CUENTOS Y RELATOS FEBRERO

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En los cuentos, la realidad y la fantasía se entrelazan, tejiendo historias que desafían la lógica y revelan las verdades más profundas del ser humano. Elspeth Gormley

EL MUNDO DE ALEJANDRO
Lidia B. Carciofetti / Argentina
El mundo de Alejandro es su habitación. Come, duerme, juega solito allí… no quiere compañía y se molesta toda vez que sus hermanitos quieren entrar a conversar con él o demostrarle cariño.
Ale nació con el síndrome de autismo grado máximo. Una prueba muy dura para toda la familia que lo esperaban con tanta expectativa… Sus berrinches cada vez más acentuados hacían que hasta se diera la cabeza contra la pared y se lastimara.
Curarle las heridas se volvían una odisea, pues no quería que nadie lo toque. Tenía asistente 3 veces por semana, para sus terapias.
El tiempo que estaba con ellos tomaba atención, le daban tarea y era muy aplicado hasta que el desenfreno le hacía romper los papeles y tirarlos en el cesto.
Bello su aspecto cuando pasaba yo por la vereda, su carita y sus ojitos perdidos me miraban fijo. Yo le sonreía, pero no servía de nada.
Vivió en su mundo hasta los 14 años. Nunca festejó con alegría la fiesta que organizaban en su honor.
Estaba presente su cuerpo pero él no.
Un día de pleno invierno, aprovechó un descuido de la familia que estaba cenando, y como ladrón sin hacer ruido abrió la puerta y se escapó. Se dieron cuenta sus hermanos cuando fueron a retirar el servicio de la cena.
La policía lo encontró en la plaza a más de 10 cuadras de allí.. Sus padres lo llevaban cuando el aceptaba ir.
Tenía el torso desnudo y temblaba de frío, pero corría entre los juegos y sonreía a carcajadas. A duras penas entre sus padres y el oficial pudieron sujetarlo.
Sufrió hipotermia, y como consecuencia Neumonía bilateral.
Hoy Ale ya descansa en paz, tal vez la que tanto deseó tener en el mundo impenetrable que el mismo construyó, a pesar de todo el amor que su familia le demostraba.
Lo recordé porque vi un niño con ésta crisis en un centro comercial, solo que pudieron calmarlo.
No podré olvidar nunca sus ojitos a través de la ventana.
¡Que tristeza convivir con un ser amado así! Es como convivir con la misma muerte.
Seamos empáticos con ellos y con la familia porque solo ellos saben cómo se hace para vivir en su mundo.

EL MÉDICO DE CLOTILDE
Carlos H. González Saavedra / Argentina
Bajé rápidamente la rampa de la guardia del hospital, con ganas de llegar a casa. Estuve toda la noche, atendiendo. Sin darme cuenta tropiezo con una señorita, que casi la tiro al piso con mi empellón. ¿Perdón te lastime? pregunto avergonzado -¡No estoy bien! iba distraída, no te sientas mal, dijo mirándome con simpatía.
Sus ojos tenían una mirada muy subyugante y cautivadora, Sin contar cuando baje la vista y encontré una esbelta muchacha de pelo castaño buenas curvas y ojos celestes. -Te alcanzo a algún lado, tengo el auto en la cortada, a la vuelta. Ayudándole con carpetas que seguía juntando del piso. -No, voy a una cuadra a ver a mi abuelo que esta medio pachucho. ¿Qué le paso?¿ puedo ayudar? no quería perderme esa sonrisa entre picara y seductora. -Sí ¿me quieres acompañar? -Claro, respondí entusiasmado. -Perdón, me llamo Arie ¿y tú? -Mm….. No te va a gustar, riéndose y con un mohín contesta: Clotilde. -Es original, poco común. Repliqué haciéndome el simpático
Caminamos una cuadra y la casita estaba en el fondo, sin revocar, dentro de un terreno como de cincuenta metros. Daba una cosita entrar, pero…ella se desplazaba contenta y yo la miraba y empezaba a tenerle ganas. Era muy seductora. Abrimos con cuidado y oí el crujido lento de la puerta de chapa por las bisagras oxidadas, entramos a la cocina, muy sencilla por cierto. Un dormitorio donde estaba don Eleuterio Zabala y un bañito muy pobre. -Enseguida regreso, se fue a la habitación, mientras tanto, me quede mirando unas paredes celestes despintadas, estaba todo sucio, los mosaicos del piso sin pasar un trapo, pocos enseres de cocina, sobre la mesada vieja de madera, un anafe de tres hornallas y una garrafa. Todo muy lúgubre.
Un sonido gutural de Don Eleuterio rompió el estado de observación que yo tenía -Ya está abuelo. ya está. Quédese tranquilo, ya fui a buscar al médico.
Me puse de pie esperando que Clotilde me llamase. Tardaba un poco pero entendí que estaba tranquilizando al abuelo, al que se oía respirar raro. Veo que corre la cortina y se sienta a mi lado, en la silla de paja que había en la cocina, más otras tres y un banquito que coronaba la desvencijada mesa, cubierta con un mantel de hule. Me intrigaba Clotilde, porque ella tenia muy buen aspecto, no coincidía con la pobreza del lugar. No hice comentario. Aprendí tanto en la guardia, en el día a día, que preferí no hacerlo.
A los pocos minutos otro sonido gutural como un alarido sacudió el silencio que me producía mirar a Clotilde embelesado. Ella corrió al dormitorio me levanté de la silla y le pregunté, ¿Qué pasa? -No se, hace unos días que esta así, comenta llorando. -¿Puedo verlo, revisarlo? Estoy haciendo la residencia, en el portafolio tengo algunos medicamentos, el estetoscopio y la compu que siempre llevo conmigo. -Sí, claro, pasa gracias. Me encuentro en una habitación toda revuelta, ropa tirada en el suelo. Hasta un sobre abierto de un banco de la zona, vacío. Todo desprolijo y el viejo que gritaba. No distaba mucho de lo que era la cocina, pero llamo mi atención la habitación. Siento un grito de Clotilde diciendo: -Javier, Javier, cuando comenzaba a revisar al abuelo. -Quien es Javier, pregunto. -Mi hermano -Abre dijo Javier desde la calle. El portón de alambre estaba cerrado con candado, siempre se lo ponía, por temor, según me dijo al entrar.
Salí a abrirle y sigo revisando a Don Eleuterio, tenía un cuadro complicado rayano a la neumonía. -Hay que internarlo, comenté. Sus ojitos me miraban con desesperación. -Bueno comenta Clotilde voy a avisar a la vecina.
El hermano me saluda al pasar y se va. Sentí cerrar la puerta de la cocina con fuerza, poner una traba del lado de afuera y la voz dulce de Clotilde con tono acelerado, diciendo: -¡Vamos, vamos!
Me levanté del costado de la cama y traté de abrir la puerta. Cosa que no conseguí. Miré por la ventana del baño, tan chiquita que ni un gato pasaba por allí. La cocina tenia unas rejas y postigos de madera y en el dormitorio una ventana de chapa, de las fuertes, con pestillos oxidados por la falta de uso. Trate en forma insistente, casi frenética, pero no logré abrir. Pensé, en buscar el celular y llamar a la policía o alguien que me ayude y me doy cuenta que el maletín había desaparecido. Estaba encerrado muerto de frío con el camisolín de medico y sin nada, mientras, el abuelo gritando, gimiendo por falta de aire. Casi suplicando, con mirada furiosa. ¿Quién carajo me pidió que me meta en este lio? Estaba enojado conmigo mismo. Soy un calentón, me recriminaba.
Me tranquilice y sin darme cuenta me quede dormido. Un ruido muy fuerte de tormenta me despierta. Las ventanas vibraban, golpeteaban los postigos por el viento. Al rato volví a dormirme. Me había vencido nuevamente el cansancio. Eleuterio respiraba con dificultad, cada vez más notoria. Se había pasado el efecto del valium que le había suministrado.
Sus manos siempre las había tenido cubiertas con las sabanas y colchas, aparentemente cruzadas sobre el estomago. Observe que las movía como para mostrarlas o hacer algo con ellas. Sus ojos miraban con odio. -¿Qué le pasa Don Zabala, en esas manos?, pregunté. Mientras abrí cuidadosamente la colcha y la sabana, para revisarlas. Mi sorpresa fue mayor, al advertir que portaba un calibre 38 apuntando a su vientre, maniatado con cinta de embalar. Inmovilizado de la cintura para abajo. -¡Me han asaltado¡ ¿no se dio cuenta? -No, pensé que estaba enfermo, contesté confundido. -Idiota lo embaucaron como a mí. Se llevaron la jubilación y la plata del terreno. Desáteme pide enérgicamente, o es uno de ellos que lo dejaron para escapar tranquilos.
Costaba entenderle, se agitaba pero así y todo exigía que lo desate. -Jubilado como policía, conozco bien el paño. Desáteme ¿no me escuchó? ¡desáteme!
Yo entendía claramente lo que pedía y más temor me daba. Lo miro sin responderle, pensando…¿si lo suelto y empieza a los tiros? Mejor me llevo el arma y listo. Desato solo el arma como puedo, ante sus maldiciones.
Estaba amaneciendo y preferí esperar mientras Zabala como podía, gritaba. Le había tapado parcialmente su boca con un pedazo de cinta de embalar, que encontré. Quería salir de ahí lo más rápido posible.
Providencialmente con el sol, la habitación lucia iluminada y me permite ver una hendija junto con el pestillo que se había soltado. Con lo cual de un patadón logre abrirla. Subí como pude y salté al pasto. Cuando llego a la puerta, veo que no estaba puesto el candado y salí más rápido que ligero, en busca de mi auto. Claro, nunca lo encontré. Lo había estacionada en una cortada, detrás del hospital. Déjalo en la cortada, siempre me decían y eso hice. Al mirar el nombre de la calle para orientarme, leo Eleuterio Zabala. Estaba todo dicho.
Finalmente el 38 terminó entre las sabanas sucias del hospital, que serían retiradas por el lavadero. Tomé un remís, muerto de frío, me llevó a la casa de mis padres. Durante una semana no fui al hospital. Pedí traslado a Neuquén a una salita donde una tía que era directora, me insistía que fuera.
Nunca hubiesen entendido mi explicación del porque estaba allí y el porqué había salido por la ventana, corriendo con ropa de medico con un arma en la mano. Lo único que tenia explicación, es que era médico acreditado, con lo cual no me exculpaba de nada. Así fue.

EL ABRAZO DEL MAR Y LA LUNA
Elspeth Gormley / España
La noche se despliega como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que titilan en la distancia. La luna llena, majestuosa y resplandeciente, se alza en el cielo, bañando el mar con su luz plateada. El océano, en respuesta, se extiende hacia ella, como si quisiera abrazarla, en una danza eterna de atracción y deseo.
Cada ola que rompe en la orilla parece susurrar secretos antiguos, historias de navegantes y criaturas marinas que han habitado sus profundidades. La brisa marina acaricia mi rostro, trayendo consigo el aroma salado y fresco del mar. Es un momento de conexión profunda, donde la naturaleza revela su belleza y misterio, y donde el alma humana encuentra refugio y consuelo.
El mar y la luna comparten una danza eterna, un vaivén que refleja la armonía y el equilibrio del universo. La luna, con su poder gravitacional, rige las mareas, moviendo las aguas en un ciclo constante de subida y bajada. El mar, en su vastedad infinita, acoge este influjo con gracia, adaptándose a los cambios y mostrando su fuerza y serenidad en cada movimiento ondulante.
Pasear por la playa en una noche así es un privilegio que pocas veces se encuentra. La arena fría bajo mis pies desnudos, el sonido rítmico de las olas y la luz suave de la luna crean una atmósfera de paz y reflexión, un remanso de tranquilidad en medio de la vorágine de la vida cotidiana. Me siento en una roca y contemplo el horizonte, donde el cielo y el mar se encuentran en un abrazo infinito, un encuentro que trasciende el tiempo y el espacio.
El mar es como la vida: en ocasiones sereno y apacible, invitándonos a disfrutar de sus orillas con alegría y despreocupación. En otras, desata su furia y arrasa con todo a su paso, recordándonos su poder indomable y la necesidad de respeto y humildad ante la naturaleza. Pero siempre, en su inmensidad insondable, encontramos consuelo y sabiduría, un espejo en el que se reflejan nuestras propias emociones y experiencias.
La luna, testigo silenciosa de nuestras noches, nos recuerda la importancia de la constancia y la paciencia. Su luz, aunque reflejada, ilumina nuestro camino y nos guía en la oscuridad, un faro de esperanza en medio de las tinieblas. Juntos, el mar y la luna nos enseñan a encontrar belleza en lo simple y a valorar los momentos de calma y reflexión, a descubrir la grandeza en los pequeños detalles y a abrazar la serenidad en medio de la tormenta.
En noches como esta, me siento parte de algo más grande, una diminuta pieza en el vasto mosaico del universo. La inmensidad del mar y la serenidad de la luna me envuelven en su abrazo, recordándome la maravilla de estar vivo, la magia de existir en un mundo lleno de misterios y maravillas. Y así, bajo el cielo estrellado, me dejo llevar por la poesía de la noche, permitiendo que el abrazo del mar y la luna llene mi alma de paz y asombro.

EN EL SALÓN DE CONFERENCIAS
Jaime Hoyos Forero / Colombia
Queridos asistentes a este salón de conferencias.
Este cuento, señoras y señores, lo advierto honradamente desde el comienzo, es exclusivamente para mujeres. Sugiero, por lo tanto, que los señores se retiren. Si alguno insiste en quedarse, lo hace bajo su responsabilidad.
Quiero responder a la pregunta que los señores me están haciendo sin mover los labios y con cierta sonrisa picaresca, pregunta que es esta: “¿qué pasa si me quedo?”. Pues verán. Al regresar cada uno a su casa, si es soltero, encontrará muerto a su perro. Si no tiene perro encontrará a su gato, muerto. Y si no tiene gato, no podrá oír ni ver las noticias de la noche: el televisor se habrá dañado. Lo siento.
Y si el que se queda aquí oyendo el cuento es casado, a éste le doy la desagradable noticia de que al llegar a su casa hallará viva ¡qué horror! a su suegra. Después no digan los señores que no lo advertí.
Pero a los que se retiren, les cuento este chisme: En el siguiente salón y en pantalla gigante están pasando un partido de fútbol sensacional. Están en el minuto 30 del 2º. tiempo y nuestro seleccionado está jugando maravillosamente. Nuestro portero parece un Supermán. El resultado parcial es de 5-0… a favor del rival.
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Ahora bien, queridas señoras. El cuento es este: Había una vez en un lejano país del oriente, donde todavía de flor en flor vuelan los elefantes rociando con sus trompas los jardines encantados, había pues, un millón de hermosas mujeres y un millón de hombres “tipo adonis”, según decían las mismas señoras.
Sin embargo, en aquel rico país (rico porque el subsuelo estaba inundado de petróleo) había un pequeño, pequeñísimo problema, pese a que cada mujer era una “venus” y cada hombre un “adonis”. El problema era este: Los hombres -quién lo creyera- no estaban muy interesados en las mujeres. Solamente los motivaba el fútbol, el ciclismo, la lucha libre, el boxeo… y los otros hombres.
El rey estaba preocupado. Las sociólogas y las estadistas del reino pronosticaban que 30 años más adelante, la población que ahora era de 2 millones, sería de sólo 1.500.000. No había nacimientos. Y se juzgaba que en 80 años más, la población sería de sólo 2 habitantes: El rey y la reina. (Nota importante: la inseminación artificial estaba prohibida).
Allí comenzaron a verse cosas, unas veces curiosas y otras veces bochornosas. Por ejemplo: Todos los cargos públicos, todas las “curules” del congreso, todas las alcaldías estaban manejados por mujeres. Por una parte ellas con su inteligencia, superior a la de los hombres, su sagacidad, superior a la de los hombres, su visión para los negocios, superior a la de los hombres, ocupaban todos los espacios importantes. Desde luego, los hombres también estaban ocupados: Manejaban los buses, “boleaban” ladrillo, tapaban los huecos de las calles; en fin, todos los oficios de fuerza. Seguían siendo, pues, el sexo fuerte: Hábiles para echarse sobre los hombros la pesada responsabilidad de los bultos de papa.
Y desde luego, no eran brutos. Por ejemplo: Los médicos eran excelentes enfermeros, los economistas, excelentes “amas” de casa, los periodistas, sorprendentes chismosos, los arquitectos, insuperables albañiles y los pilotos de avión, inigualables choferes.
Los hombres, además, se idearon (porque siempre han sido, como ya lo dijimos, muy inteligentes) otras profesiones que ya existían pero que ahora acaparaban por completo: Diseño de ropa interior, servicio de manicura, servicio doméstico, etc.
La vida entonces era cada vez más complicada. Por ejemplo, la tasa de matrimonios había subido del 33% al 50% pero con el agravante de que los que se casaban eran hombres con hombres.
Los hombres se pusieron felices cuando en el periódico apareció el siguiente título a 8 columnas: “Es un hecho el embarazo de los hombres”. Los que se tomaron el trabajo de leer el subtítulo, se desilusionaron. Decía: “es un hecho el embarazo de los hombres, es decir el obstáculo, la dificultad, la incomodidad que tienen para coser calcetines”.
De todos modos la población se acababa de año en año. El rey y la reina estaban, como es de suponerse, preocupadísimos.
¡Pero, oh maravilla!, en ese momento tan crítico, a la ministra sin cartera se le ocurrió una fulgurante idea: ordenó por decreto que firmó el rey, que todas las mujeres se maquillaran de tal manera que parecieran hombres por dentro y por fuera. ¿Cómo? Bueno… las mujeres, que son como sabemos muy inteligentes, se ingeniaron la manera. Yo no supe cómo pero que se las ingeniaron… se las ingeniaron. No sé si ayudadas por la magia o por qué, pero se las arreglaron para que los hombres volvieran con ellas a… ya sabemos a qué.
Y como los hombres, desde Adán han sido seducidos por las mujeres, les quedó gustando la cosa, volvió todo a la normalidad y la población del reino comenzó a crecer y crecer.
Los hombres se casaron con las mujeres, no todos, pero vivieron muy felices.

AZUL CELESTE Y NEGRO
Carlos Pérez de Villarreal / Argentina
No se conocían. Habían nacido el mismo día, mes y año, pero no se conocían. Ella pertenecía a una de las familias pudientes porteñas, que emigraba todos los veranos hacia la costa marplatense. Vivía en la loma de Stella Maris, en una gran casona que dominaba una hectárea de parques y jardines. Por esa época, en el grupo más representativo del espectro social, se cotizaba más alto el poder del dinero que el origen. Su padre había tenido fortuna con la venta de ganado vacuno y poseía grandes latifundios. Él, pertenecía a la clase trabajadora. Sus progenitores, emigrados «de las Europas» vivían en una modesta casa en el barrio Norte, a cuatro cuadras de la estación del ferrocarril.
Pero llegó un día en que la vida los comenzó a enredar. Como un mazo de cartas que se mezclan y se barajan, el azar intervino y a los cinco años de edad se vieron por primera vez. María Rosa y Juan José, una tarde calurosa de enero; ella pegada a las faldas de su madre y él agarrado a la mano de la suya, se miraron fijamente. La familia Gómez Olazábal, necesitaba empleadas para trabajar durante el verano en los quehaceres de la casona y la madre de Juan, con buenas referencias, se presentó para el consiguiente empleo. Allí nomás la contrataron. Los ojos azul celestes de María Rosa y los negros de Juan, quedaron prendados uno del otro. Una corriente de afecto los sacudió y desde el primer momento en que pudieron, cuando se daban las circunstancias, jugaban juntos. Él le enseñó los trucos del balero y ella aportó su conocimiento de las flores. A partir de allí, durante varios veranos, los jóvenes fueron afianzando su relación. Compartían su pasión por la lectura; ella proveía los libros y él su incansable naturalidad para escribir. Poco a poco esa relación fue transformándose en amor. Amor juvenil, puro, íntegro; pero oculto, porque la diferencia de clases, impedía cualquier exteriorización.
La Belle Epoque comenzaba a desintegrarse. El despilfarro de los años locos se terminaba. Una nueva burguesía que ascendía en lo social y algunos hechos concretos, como la construcción de la Ruta 2, marcaban un nuevo paradigma. Llegó el fin del último verano y las familias ya no se vieron más. El azul celeste y el negro, dejaron de mirarse. La vida los separaba.
Aquel 16 de Junio de 1955, el General Perón llegó como todos los días muy temprano a la Casa de Gobierno. Juan salió de la pensión ubicada a tres cuadras de allí, bastante más tarde. Hacía cuatro años que vivía en Buenos Aires. Pasado el mediodía, se dirigió a la zona de las «librerías de viejo». Siempre concurría. Después, entre el gentío, en un día nublado y frío, se dirigió a la Plaza de Mayo. No llegó. Sintió el rumor de los aviones. Se había comentado que habría un desfile aéreo, pero cuando miró para arriba, tembló. Varios aeroplanos sobrevolaban los aires. Alcanzó a distinguir uno de ellos que dejó caer un inmenso cilindro negro. Luego vino la explosión, otras bombas comenzaron a explotar. El caos se apoderó de la Plaza. Como un hormiguero reventado, la gente despavorida, huía en todas direcciones. Los gritos de los heridos, el aullar de las sirenas y el pánico generalizado ganaron las calles. Corrió desesperado por Hipólito Yrigoyen, dobló en Defensa para alejarse, pero cuando vio el zaguán, prácticamente se zambulló adentro. Tremendamente agitado, trató de tranquilizarse, cuando una figura femenina entró tras él a los tropezones y se agarró a su brazo para no caer. Unos ojos miraron los suyos, con miedo primero y sorpresa después. El azul celeste y el negro, se volvían a encontrar. Se fundieron en un abrazo interminable. Apretados uno al otro hasta hacerse doler, se quedaron así hasta que pasó lo peor. Luego vino la ayuda a los heridos, socorrer a los más débiles, sentir el sufrimiento ante la muerte; hasta que por fin cansados por dentro y por fuera, fueron a la pensión de él. La soledad del cuarto los acogió de la mano. Gimieron, sollozaron, rugieron, entreverados sus cuerpos, hasta que poco a poco la respiración se relajó y el esfuerzo, más tarde… fue silencioso, con goce de ternura.
Ese fue el principio. Siguieron viéndose varias veces más. Ella le contó que vivía en Buenos Aires. Se había casado con un hombre que no le brindó su amor y había enviudado años más tarde. Su familia había quedado desmembrada a raíz de la muerte de sus padres, en un accidente, perdiéndose casi todas las propiedades, pero había una pequeña casa en Mar del Plata, que ella quería volver a usar. Su sueño era ese. Él le contó que era un solterón empedernido, que había podido lograr escribir ya tres libros, los cuales habían sido publicados por una Editorial, brindándole la posibilidad de estar en la capital del país. Pero también su idea era volver a Mar del Plata. De pronto un día, María Rosa desapareció de la vida de Juan como un soplo en el viento. Un grave accidente doméstico la dejó inválida. No quiso dar compasión. Sin su dirección, Juan la buscó por todas partes, desesperado, con ansias, dolor y rabia, pero no la encontró. El azul celeste y el negro, volvían a dejar de mirarse.
El anciano, se sentó despaciosamente en uno de los bancos de la sucursal de PAMI en Mar del Plata. La primavera tardía no quería llegar en ese octubre frío. Había hablado ya con la empleada que lo atendió por su trámite, pero debía esperar un poco, por unos papeles. Acomodó el bastón entre sus piernas y la cartera en la silla vacía, a su lado. Extrajo un libro de su interior. Un amigo se lo había regalado hacía muy poco, era de un escritor marplatense. Su título, significativo: La aventura de narrar. Comenzó a leerlo y se distrajo. No vio la silla de ruedas, que con la mujer sentada dentro se arrimaba para ser atendida. La voz de la empleada lo sorprendió: —¡Qué coincidencia, el mismo día, mes y año del señor que estuvo aquí antes que usted!
Sobresaltado se paró, el bastón sonó como un pistoletazo cuando cayó al suelo. A él no le importó. Rengueando se acercó rápidamente a la silla dándola vuelta. El azul celeste y el negro, después de tanto tiempo… volvían a encontrarse.
Juan se inclinó y con un dedo rescató una lágrima que rodaba por la mejilla de María Rosa, llevándosela a los labios. Se acercó al oído de ella y le murmuró unas palabras. La empleada, sorprendida, le preguntó: —¿Conoce al señor? —¡De toda la vida! —contestó María Rosa —Disculpe, pero estoy intrigada, ¿Qué le dijo? —¡Esta vez es para siempre!

SENTENCIA DE LA TRENZA
Graciela Reveco / Argentina
Me vi obligada a emitir un veredicto que ningún juez daría. Mi tierra era fértil y por mis venas corrían extensos ríos hasta que él llegó a mi vida. Manipulaba siempre en el mismo sitio, al principio solo con palabras. El cabello trenzado iluminaba tanto mi belleza que un puño definitivo evitó que escuchara el último arañazo de vocales sangrantes. No tembló su mano, incluso pudo huir sin culpas. A partir de ese día, me soñó todas las noches, mientras la trenza de mi cabello crecía en el silencio húmedo, avanzaba, avanzaba… desde el féretro hacia la tierra, sigilosa, provocativa. La última vez me soñó llegando hasta su cama, alzada mi trenza como una rubia serpiente. Por la mañana, lo encontró la empleada del servicio doméstico, tan lejos de mis ríos y tan cerca de su infierno, ahorcado.

REALISMO
Graciela Reveco/ Argentina
Antes de dormir, miró debajo de la almohada de su mujer. Noche tras noche soñaba que ella tomaba un arma, la apoyaba en su cabeza y disparaba; el estruendo, real y vívido, lo despertaba, mientras ella dormía plácidamente sin hacer ruido. No había contacto entre ellos, la culpaba, la vejaba y se iba a la calle en busca de otros placeres. Terminaría con eso esa misma mañana, la echaría sin contemplaciones, nada, solo se llevaría el maldito sueño que no lo dejaba dormir tranquilo.
Acomodó otra vez la cabeza y se sumergió en las sombras deseando alivio, sin embargo, allí estaba de nuevo, pero por primera vez, desde que lo soñara, vio un brillo especial en los ojos de su mujer y gritó amenazante para detenerla, pero no podía porque era un sueño, y seguía gritando mientras ella tomaba el arma debajo de la almohada, mientras la apoyaba en su cabeza, mientras disparaba, solo que esta vez el estruendo… no lo despertó.

CAPACIDADES DIFERENTES
Sandra B. Romeo / Argentina
Siempre le habían gustado las mancias y las había desarrollado muy bien. Después de la operación que aún la mantenía inactiva, se dio cuenta de que contaba con un nuevo don.
Todavía no sabía que nombre darle a su último tesoro, pero empezó con los ejercicios. Pensaba en un objeto con ganas, con pasión y ese objeto venía a ella, lo movía a su antojo por la habitación. Varias tareas cotidianas realizaba desde la cama. Corría las cortinas, se alcanzaba los libros que había en la biblioteca del cuarto, los cuadernos y lápices que había dejado sobre el escritorio danzaban en el aire limpio hasta sus manos.
Tratando de dominar su habilidad pensó que debía agregar objetos de más peso y contundencia a sus pruebas. Empezaron a formar parte de las danzas circulares floreros, sillas, jarrones y banquetas.
De pronto y sin aviso su suegra abrió la puerta con fuerza. Hacía varios días que escuchaba ruidos extraños, como si la habitación entera hubiera cobrado vida. En esa bruja de pueblo que era su nuera ella nunca había confiado: «¿qué se trae encerrada ahí tantos días? Ya tendría que estar ocupándose de su casa, que yo aquí no pienso quedarme a vivir».
La puerta abierta por sorpresa. El estupor en la mirada, el miedo en la acción. El pensamiento suelto, puro como látigo de energía. El juego de mates tallados girando en el aire. Golpeando la cabeza con fuerza.
Rebotando. Estallando.
La mano alzada como si quisiera detenerse o como si hubiera golpeado. El cuerpo sin vida en el suelo. Segundos, sólo segundos.
Una luz de comprensión se abre paso por su mente. «Cuando se quiere algo con fuerza desde adentro el universo entero conspira para que eso suceda». ¿Será esa la explicación para su capacidad de mover objetos a la distancia?

AÚN NO ES TIEMPO ABUELA
Walter Rotela / Uruguay
Visitábamos una de las montañas cercanas a la ciudad de la Paz, en Bolivia, cuando ocurrió lo de la abuela. Sí, lo contó Rodrigo y lo vi cuando bajó. Entre risas y lágrimas de un susto disimulado comentó que estando en la ladera de la montaña, mientras le faltaba el aire sintió cierto mareo. Se encontraba al borde de un precipicio, pero debía seguir. Estaba cansado y había venido para conquistar la montaña. No quiso tomar el vino que nos regalaron la noche anterior. Su meta era llegar lo más alto posible. El aire estaba fresco esa mañana, un poco sobre el medio día, aunque el sol calentaba lo suficiente para mantenerse bien. Sin campera sería imposible soportar ese viento suave pero penetrante, que cala hasta los huesos. Unos chicos que ayudaban a su abuela en el refugio de la montaña, tenían sus abrigos, sus guantes, sus gorras con los cobertores de orejas. Nos miraban con cariño, pero cobraban para entrar al baño. Era esa su tarea. Esa que la abuela, les había encomendado, en ese tiempo de vacaciones, lejos de la ciudad, a los pies de la montaña. Yo observaba el paisaje con un dejo de desconfianza y con admiración. Estar a tanta altura era un sueño, un sacrificio también. Cada paso es todo un logro. El dolor de cabeza había estado presente durante toda la noche, no paró en la mañana. Por eso no quise subir la ladera, no quise crear una situación extraña pará los más jóvenes, para nadie. Pedro, muy valiente, con sus 66 años subió despacio, con cautela, tomando cada bocanada de aire con tranquilidad, con gracia casi. Pero estaba decidido a conocer el otro lado de la montaña que teníamos en frente. Era un reto, y como tal, lo tomó. “Subiré hasta donde se pueda, seguiré hasta lo más alto posible, pero no dejaré de intentarlo”-aseguró, antes de seguir al grupo. Rodrigo y el resto de los viajeros turistas que participaban de la travesía a la montaña estaban felices de poder tocar la nieve, sentir el frío, pero otra cosa era sentir el agotamiento y la falta de aire.
Sin embargo, la juventud está cargada con esa energía que desafía toda experiencia que se interpone. Por eso Rodrigo sitió que se iba. Sí, así lo manifestó al estar cerca del ómnibus y mientras se recuperaba dijo: «Saben que vi a mi abuelita. Vi que estaba todo nubladito. Y sí, a los 5.000 metros había nubes rozando la ladera de la montaña, pero mi abuela no podía estar allí. Me refregué los ojos y no lo podía creer. Esa mujer, era no hay dudas, mi abuela. Con la mano me decía algo así como que me acercara». Todos lo miramos incrédulos, pero él insistió en lo mismo: “yo la miré de reojo. No sabía si creer o no pero le repetí que no era tiempo y me levanté, vi que uno de los chicos seguía varios pasos más adelante, se dio vuelta, me miró y: ¿Estás bien? Le contesté afirmativamente con la cabeza y lo seguí, sin decir nada. Miraba para abajo y un gran precipicio estaba allí. Tropezar con una pequeña piedra podía ser lo último antes de caer por la ladera. De hecho, un niño pequeño, que acompañaba a otros turistas que estaban subiendo la ladera, estuvo a punto de caer. De no ser por la rapidez con que reaccionó un adulto de nuestro grupo, ese niño hubiese caído delante de nuestras narices. Pero no fue así, no cayó ese niño, no caí yo, y ahora sé que pudo ser mi abuelita; pero entendí que quería vivir. Quiero vivir le dije: Aún no es tiempo abuela”. Rodrigo siguió el viaje, llegó a los pies de la zona nevada, se sacó unas fotos y regresó; pero de esa experiencia no se olvidará nunca. Lo contó en tono de broma, pero creo que eso marcó un antes y un después en su vida. Quizás fue sólo producto de la falta de aire, quién sabe. Lo cierto es que ahora se lo ve disfrutar más de cada paso, subiendo otras montañas en otro país, del sur.


