CUENTOS Y RELATOS – ABRIL

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Cuentos-y-relatos

“Cada historia es un latido que encuentra su lugar.”

COLABORAN…

Alberdi, Maren – España
Balsells, Magi – España
Carciofetti, Libia Beatriz – Argentina
Fontana, Luz – Italia/España
González Saavedra – Argentina
Gormley, Elspeth – España
Hoyos Forero, Jaime – Colombia
Morini, Andrea – Argentina
Pérez de Villarreal, Carlos – Argentina
Rotela, Walter H. – Uruguay
Yuste, Emiliano F. – España

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LA PANTALLA QUE RESPIRABA

Alberdi Maren — España

A Aurelia siempre le había parecido que las pantallas respiraban. No sabía explicarlo bien, pero cada vez que su nieta encendía el móvil, aquello se iluminaba como un pecho que toma aire. A Aurelia, que apenas había ido a la escuela y que aprendió a escribir su nombre a los cuarenta, aquello le parecía casi magia.

Vivía sola desde hacía años, en un piso pequeño donde el reloj de pared marcaba el ritmo de los días. La televisión era su compañía, pero últimamente también le hablaban de cosas que no entendía: códigos QR, aplicaciones, videollamadas, contraseñas que había que cambiar cada dos por tres. “El mundo va muy deprisa”, murmuraba mientras calentaba el café.

Un martes, su vecina del quinto —una chica colombiana con una risa que llenaba la escalera— le tocó la puerta.

—Doña Aurelia, ¿quiere que le enseñe a hacer videollamadas? Así habla con su hijo cuando quiera.

Aurelia dudó. Le daba vergüenza no saber. Le daba miedo tocar algo y romperlo. Pero la risa de la muchacha era tan luminosa que dijo que sí.

Se sentaron juntas en la mesa de la cocina. La chica le explicó despacio, sin prisa, como si estuviera enseñándole a tejer un punto nuevo. Aurelia miraba la pantalla como quien mira un animal desconocido: con respeto, con cautela, con un poco de cariño.

—Mire, aquí aprieta… y aquí aparece su hijo.

Y apareció. Su hijo, desde Alemania, con la barba más larga y los ojos más cansados. Aurelia sintió que el corazón se le subía a la garganta.

—Mamá… —dijo él, sorprendido—. ¿Tú… tú hiciste esto?

Ella no sabía qué contestar. Solo sonrió, tímida, orgullosa, como una niña que muestra su primer dibujo.

Después de colgar, Aurelia se quedó mirando el móvil apagado. Ya no le parecía un animal extraño. Ni una máquina que respiraba. Le parecía una puerta. Una puerta que, por primera vez, podía abrir sola.

Esa noche, mientras la luna se colaba por la ventana, Aurelia pensó que aprender no era cosa de jóvenes. Era cosa de valientes. Y que, aunque el mundo corriera demasiado, ella aún podía caminarlo a su ritmo, con pasos pequeños pero firmes.

Porque la tecnología no la hacía menos. La hacía más acompañada.

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VIEJO ROBLE

Balsells Magi — España

Por una suave brisa en este día caluroso, ha llegado hasta mí una bella estampa de estos humildes y simpáticos seres como son las mariposas

Soy un árbol  ya con muchos años, lo que me ha permitido disfrutar durante décadas  de la hermosura  de estos frágiles y hermosos insectos

Hoy recuerdo con cariño mi brote de la madre tierra y solo al aparecer ya vinieron a saludarme, posándose en mis incipientes ramas  que se doblegaban aun por su escaso peso

Siempre han anidado entre mis ramas,  y las hojas han sido sus hermanas  que las han alimentado y protegido de los enemigos naturales y de las inclemencias del tiempo

Algunas en mi resquebrajada corteza por los fenómenos de la naturaleza también se han anidado, dando una sensación de colorido muy especial

Cuando elevan el vuelo, es como si el arco iris se aposentara  en todos los lugares, es una hermosa visión, que muchos poetas han querido pintar pero nunca han conseguido la belleza que ellas impregnan en el espacio

No puedo soñar como tu querida mariposa, ya que no es una de mis condiciones, tampoco puedo volar ya que alas no tengo, pero si puedo disfrutar de la alegría de tu presencia

Cuando ellas se elevan al cielo, se realiza una explosión de colores y vuelven es para darme a conocer bellezas que sus ojos ven

Cuando aparecen los primeros fríos, se van marchando, ha finalizado su vida, dejan a sus queridas hermanas las hojas que también mustias van perdiendo su color, ellas también abandonan las ramas  como si quisieran acompañarlas en su último viaje

Pero para mi deleite, se que siempre volveré a disfrutar de su hermosa compañía en primavera

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PASEO SON SOBRINOS Y NIETOS

Carciofetti Libia — Argentina

Decidimos ese sábado —no hace ni un mes— con Ariel llevar a sus nietos, mis sobrinos, a Villa Carlos Paz. Nos tocó un día espectacular. Fuimos por el camino más apasionante, bordeando montañas y ríos.

Los sobrinos y nietos ni se enteraron por dónde iban: celulares, jueguitos y auriculares con una música que ni Ariel ni yo entendíamos.

A los pocos minutos de subir al auto comenzó el show del “¡Tengo hambre!”. No habían querido almorzar porque la comida preparada con tanto esmero por su abuela “no les había gustado”.

Así que, al apearse para la excursión aventura, quedó bien en claro: —¿No les gustó la comida? —Bueno, vayan sabiendo que hasta la hora de merendar no van a comer nada. Al que no le guste la idea… ¡se baja!

Mutis por el foro y partimos. Un paisaje de novela. Hicimos varias paradas para tomar fotos.

—Mirá, tía, ahí venden queso y salame… allá pan casero… y más allá… ¡más allá nadaaaa! —les dijo el abuelo.

—Son las tres de la tarde, no es hora de merendar —agregué—. Además vamos a subir a la aerosilla, y a la tía la van a embromar con que quieren vomitar, porque se tira de la aerosilla. A ella le da impresión.

—Ehhhh, ¡no es para tanto! —dice Catalina. —Sí lo es —le contesto—. Me impresiona.

Catalina iba conmigo y no había forma de sujetarla. —No me agarres a mí, porque yo sé patinar y nadie me agarra. —Pero patinar no tiene nada que ver con la altura, Cata. —También voy en avión sola yo… —Bueno, mija, que Dios la ampare… y a mí también.

Subimos y bajamos de la aerosilla, que le costó al abuelo 500$ los mayores y 300$ los menores. —¡Un robo! —¡No es para tanto! —otra vez la Cata. Pero bueno… las aventuras cuestan. Ver desde esa altura es como haberse convertido en pájaro y sobrevolar la Villa tan hermosa.

—¿A dónde quieren ir ahora? En coro: “¡A la Casa de Casper!”, el fantasmita que desafía la ley de la gravedad.

Ariel me dice: —Yo no voy a entrar. Voy a comprar la merienda y nos vamos al lado del río. —Ehhh, ¡queremos comer! —dice Santino. —A eso voy… a comprar la merienda. —¿No vamos a merendar al restaurante? —¿Qué restaurante? Vamos al lado del río. Aquí es una fortuna sentarse en un restaurante. —¿Todo es caro? —Para ustedes, sí. —Mi papi siempre me lleva a restaurantes y nos deja pedir lo que queremos… Le hago seña de que cierre la boca porque el abuelo ya estaba levantando presión.

La entrada a la Casa del Fantasmita: 300$ per cápita.

Esperamos que se formara el grupo. Cuando ya éramos unas quince personas, la chica que nos guiaba advirtió: —Sugiero que quien tenga claustrofobia no entre. Ustedes mismos tienen que encontrar la salida al laberinto. Los pasillos son resbaladizos y no se ve nada.

Ni me acordaba de que en mi viaje de bodas había entrado con mi amor, por eso no sentía la misma seguridad que mis sobrinos.

Avril, Santino y Catalina, entre todos los grandes, perdidos en el laberinto de puertas, encontraron la entrada a la casa tétrica de Casper. Yo estaba más perdida que turco en la neblina, pero me consolé enseguida porque un muchacho que estaba al lado mío, cuando le dije “pasá adelante así te sigo”, me respondió: —Noooo, yo te sigo a vos, no veo nada.

Mis sobrinos, encolumnados, nos guiaban. Una señora resbaló y cayó, otra estaba mareada, y yo no veía la hora de que terminara esta odisea. Pero quedé fascinada con la historia (búsquenla en Google, vale la pena). Nunca imaginé cómo se puede desafiar la ley de la gravedad.

En un tramo antes de la salida me pegué una patinada que casi llego a Córdoba de regreso. Cuando me vio Santino, en vez de darme la mano, me dijo delante de todos: —¡Sos una maricona, tía! ¿Cómo te vas a resbalar así? No te traemos más.

Así que ellos me llevaban a mí… y yo sin saberlo. Me causó tanta gracia que casi podría decir que con altura casi me voy en aguas.

AL FIN se hizo la luz y pudimos salir airosos, aunque mi compañero boquense y yo quedamos “contracturados”.

Afuera nos esperaba el abuelo con una suculenta bandeja de sándwiches de miga, una bolsa de facturas rellenas espectaculares y aguas saborizadas. Abarajaron todo como si fuera la última vez que iban a comer.

—¡Qué río ni río! —dijo Santi—. ¡Yo no doy más de hambre! Así que ahí nomás, en plena calle, dentro de la camioneta, comimos todo.

Luego esperamos al Cucú a las 19 hs y regresamos chochos de la vida, por haber disfrutado de un paseo que ni ellos ni nosotros olvidaremos.

—Sí, pero nos faltó ir a la pileta debajo de la aerosilla —dice Santi. —Como te hubiera dicho el tío Miguel: “Mañana a la tarde… pero por la noche”.

Y al baño todos, porque yo no paro más, ¿eh? Como una tromba bajaron antes de salir a la ruta, en la estación de servicio.

—¿No vamos a tomar un helado? (Por lo bajo me dice Ariel: “Son una máquina de pedir… insaciables”). —¿En la ruta no hay heladerías, abuelo? —Ayyyy, Santi, ¿cómo va a haber en la ruta? —¿Y si nos volvemos? —Bueno, el año que viene volvemos, ¿querés?

Así que les recomiendo el paseo con sobrinos y nietos, munidos de bolsillos con plata y toda la paciencia del mundo. Porque los chicos son como las criaturas, diría mi hermana: lo mejor de nuestra vida… pero no se cansan de pedir.

—Las pulseras de colores se las debo, chicos, porque no se puede estacionar en el centro. —Ehhhh, tíaaaa, daleeee.

—¿Cómo me porté? —pregunta Catalina. —¡Pésimo! —le digo. —Ehhhh, ¡no es para tanto! Y al ratito se durmió. Los tres, unos santos. LOS AMOOOO. Y con el abuelo disfrutamos del paseo y la estadía.

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EL RUMOR DE LAS TÚNICAS

Fontana Luz — Italia/España

La Semana Santa siempre llegaba a su calle como un murmullo antiguo. No era cuestión de fe —al menos no para ella— sino de memoria. De una memoria que no había vivido, pero que la rozaba cada año como un pañuelo húmedo.

Esa tarde, Luz salió al balcón cuando escuchó el primer redoble. El aire olía a cera tibia y a azahar, una mezcla que solo existía en esos días, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo. Desde arriba, veía a la gente reunirse en silencio, cada uno con su historia, su duelo, su esperanza.

Lo que más le impresionaba no eran los pasos, ni las imágenes, ni siquiera la solemnidad. Era el ritmo de las túnicas. Ese vaivén lento, casi hipnótico, que parecía mover el mundo un milímetro hacia dentro. Como si cada penitente cargara no un símbolo, sino una vida entera.

Luz observaba y pensaba que la Semana Santa tenía algo de espejo. No mostraba lo que uno era, sino lo que uno evitaba mirar. El cansancio, la fragilidad, la necesidad de sostenerse en algo —aunque fuera en un tambor que marcaba el compás de los pasos.

Un niño pequeño, sentado en los hombros de su padre, señalaba las velas con los ojos muy abiertos. Luz sonrió. Para él, aquello era un desfile misterioso. Para los mayores, quizá un consuelo. Para ella, un recordatorio de que incluso en la oscuridad hay un orden secreto, una luz que no se apaga del todo.

Cuando la procesión dobló la esquina y el sonido se fue apagando, Luz se quedó un momento más en el balcón. El aire seguía oliendo a cera. Y en ese olor encontró algo parecido a la calma.

No era creyente. No necesitaba serlo. Bastaba con sentir que, por un instante, todo el pueblo respiraba al mismo ritmo.

Y eso, pensó, también era una forma de milagro.

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DE POSTRE, DURAZNOS

González Saavedra Carlos — Argentina

Corría el año 1960 y a papa lo ascendieron.Significaba una sustancial mejora económica.
Casi de pincha papeles a la teneduría de libros; su jefe contador, había sido promovido, a la gerencia
El frigorífico “LA NEGRA” estaba en Avellaneda y era unos de los primeros y más modernos de la época.No era fácil progresar en esas empresas, ya que sus dueños, ingleses, eran sumamente exigentes con sus empleados.
Debía estar todo en absoluto orden, para enviar los reportes a Inglaterra.


Papa para eso era un genio, aparte mis tíos trabajaban en el correo en despacho al exterior, de manera que las cartas salían y llegaban con una rapidez inusual, lo cual había merecido, tanto el jefe como papa felicitaciones varias.
Mamá estaba contenta, mi hermana y yo sabíamos que algo bueno y nuevo estaba pasando.
En un almuerzo familiar, mis padres anuncian que han invitado al promovido gerente, a almorzar en casa, a modo de festejo por los ascensos.


Debíamos portarnos bien en la mesa.
No apoyar los codos, esperar que mama sirva, cruzar las manos y mantenerse a una cuarta de la mesa, cosa que papa se ocupaba una semana antes del evento, de medir con su mano si estábamos bien.
Por supuesto la casa debía estar impecable para ese domingo y debíamos colaborar.
Enceramos los pisos, lavamos el patio esa mañana.Estaba todo reluciente.
Mi hermana con un vestidito muy lindo y yo con pantalón corto y camisa al tono.
Impecables los cuatro.


El contador Enrique Talent había dicho que tomaba el tren en Constitución de las 11.10hs y estaría llegando a las 11.50hs.a Rafael Calzada. Papa lo iría a buscar a la estación.
La mesa con mantel y flores, daban un toque muy calido, a la visita.
Cuando faltaban unos minutos para ir a buscar al contador, un grito de desesperanza de mama anuncia….
Carlos me olvide el postre!!!Porque no compras en el anden de la estación, una lata de duraznos al natural, en esa frutería que abrieron nueva, de paredes de chapa amarillas.


Papa sin mucho que solucionar, asintió con la cabeza y allá fue.Domingo al mediodía no había muchas alternativas, estaba todo cerrado, tampoco había tiempo para salir a buscar nada.
Llego 11.50hs. Justo cuando bajaban todos, entre ellos Talent, que entre sus manos traía unos ramos de flores para mama y una lata de duraznos en almíbar comprados en Constitución.
Ante el recibimiento, papa no dijo palabras, se sintió agraciado por los presentes ya que de algún bolsillo termino sacando caramelos para mi hermana y para mí.


Enrique Talent era una persona muy humana, de mirada y apariencia triste.Iluminaba su expresión con una sonrisa y encendidos ojos celestes., algo mayor, soltero y con ganas de mucho afecto, papa lo estimaba mucho.
Todo se desarrollo en absoluta normalidad, almorzamos muy rico.A los postres, mama había preparado en una fuente de

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LA CASA DE LOS ACENTOS

Gormley Elspeth — España

La primera vez que Elena escuchó a su vecina rusa cantar mientras tendía la ropa, pensó que aquello no era una canción, sino un rezo antiguo. No entendía una sola palabra, pero la melodía le abrió una grieta dulce en el pecho, como si alguien hubiese empujado una ventana que llevaba años atascada.

En su edificio convivían acentos como quien convive con plantas: cada uno con su forma de crecer, de ocupar el aire, de pedir luz. Los niños marroquíes jugaban en el portal mezclando árabe y español sin darse cuenta, como si ambos idiomas fueran dos colores que siempre habían pertenecido a la misma paleta. La señora alemana del tercero bajaba cada mañana con su pan de centeno envuelto en un paño bordado, y al cruzarse con Elena le regalaba un “Guten Morgen” que sonaba a madera limpia.

A Elena le gustaba pensar que el edificio era una especie de orquesta desordenada. A veces desafinada, sí, pero siempre viva. Había aprendido que convivir con otras culturas no era un acto de tolerancia, sino de descubrimiento: descubrir que el té puede ser un ritual, que el silencio también es una forma de cariño, que una receta compartida puede curar un mal día.

Una tarde, mientras preparaba café, escuchó golpes en la puerta. Era Ahmed, el chico del cuarto, con una bandeja de dulces recién hechos. “Ramadán”, dijo sonriendo. Elena no sabía qué responder, así que simplemente abrió la puerta de par en par. Él entró, dejó los dulces en la mesa y, sin pedir permiso, empezó a contarle cómo su abuela los hacía en Casablanca.

Y entonces Elena lo entendió: convivir con otras culturas no te cambia de golpe, te cambia por dentro, como una luz que se enciende sin hacer ruido. Te ensancha. Te vuelve más humana.

Aquella noche, mientras probaba los dulces, pensó que su edificio era, en realidad, una casa de acentos. Y que cada acento, cada gesto, cada historia, era una forma distinta de decir “aquí estoy”, “aquí vivimos”, “aquí nos hacemos compañía”.

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SOBRE DON QUIJOTE

Hoyos Forero Jaime — Colombia

Él me ha dicho: 

-Las mujeres, Jaime amigo, son ángeles, y por eso hay que amarlas y ese amor es ante todo un ejercicio del alma.-

Como veis, las palabras anteriores no están en el Quijote. Me las ha dicho él, al oído, porque don Quijote  -para quienes lo amamos-  vive en este y en todos los siglos y  nos acompaña siempre  -igual que el ángel de la guarda- y nos habla en el bus, en el coche, en la calle, en el silencio de la noche o en el tumulto de la urbe. No os extrañéis, pues, cuando me veáis a solas moviendo los labios…Es que estoy, seguramente, dialogando con don Quijote; y si veis que levanto la vista es, simplemente, porque mi invisible amigo va cabalgando a Rocinante.

Os invito, queridos amigos, y esto no lo hago por mí, sino cumpliendo una orden secreta de don Quijote,  que a partir de hoy os contagiéis de su locura:  Veréis cómo os sentiréis, y espero que para siempre, acompañados de mi señor don Quijote y seréis felices enmendando entuertos y exigiendo justicia sin que os importe tropezar  y caer entre las aspas de los molinos. Entonces sentiréis que don Quijote acudirá en vuestro auxilio y sabréis que él no ha muerto, que no es un libro solamente, una novela, sino un hombre vivo, un padre, un loco y un amigo.

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EL ESCRIBIENTE

Morini Andrea — Argentina

Germán lleva días sepultado en su desván. Ese cubículo asfixiante, saturado de lomos de cuero y papel, ha dejado de ser su refugio para convertirse en su celda. Le agrada —o quizá ya solo soporta— el olor rancio de los volúmenes que trepan por las paredes, del suelo al techo, como una hiedra de celulosa que amenaza con devorar el único ventanuco que da a la calle. Desde niño imaginaba que de esas páginas brotaban historias; ahora, sospecha que son esas mismas historias las que lo están entretejiendo a él.

Sabe que el tiempo se le escapa entre los dedos, como arena que huye desesperada de vuelta al mar. El fin avanza, lento e inexorable; no es momento de flaquear. Se ha propuesto parir la historia más maravillosa jamás contada. Ha conjurado a las musas en su beneficio y, al parecer, estas le han concedido el don, aunque el precio sea su propia carne.

Los pensamientos brotan con una violencia febril, llenando folios y folios. Esta vez, la s ideas no son volátiles; son garras que arrastran sus dedos hacia el papel. Su figura, envarada y macilenta, emerge entre el cúmulo de folios apilados como el cadáver de un náufrago en un mar de tinta.

No come. No bebe. Su hambre es de letras, una bulimia creativa que ha devorado cualquier otro instinto. Ha prometido terminar y el pacto es sagrado. El mensajero debe entregar la revelación; ese fue el trato con Calíope, una deidad que ahora se le antoja hambrienta, esperando el pregón del numen con una ansiedad que roza lo perverso.

Siente que avanza por una ciénaga espesa que se enrosca en sus vísceras y atrapa sus extremidades. El aire en el desván es denso, casi sólido. Crear es su pasión, pero ahora el llamado exige su ser entero, átomo por átomo. El final se aproxima; lo presiente en el crujir de sus propios huesos, en la arritmia de un corazón que ya no le pertenece.

Un vértigo agónico lo embarga al desgranar los últimos párrafos. Mientras los misterios se develan en el papel, su mente parece astillarse. Finalmente, cuando las últimas letras caen con el susurro siniestro de hojas secas, sabe que la tarea ha terminado. La musa estará satisfecha; el escribiente ha cumplido.

Entonces, en el preciso instante de estampar el punto final, Germán siente que el papel comienza a succionarlo. No hay alivio, solo una disolución aterradora. Su cuerpo se desvanece, diluyéndose en el objeto de su deseo, arrastrado por un goce oscuro hacia el abismo de lo ignoto.

Ya no queda hombre, solo tinta.

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EL RELOJ DE ARENA

Pérez de Villarreal Carlos — Argentina


Las uñas pintadas de rojo fuego eran perfectas. Modelaban los dedos finos, delicados, de las manos de la mujer.
En la mesa reposaban solo tres objetos: una Beretta 9 mm, un celular y un reloj de arena.
La mano de mujer tomaba el reloj exactamente cada dos minutos y lo daba vuelta.
Lo había contado ya tres veces: 1001, 1002, 1003… El seco golpe sobre la mesa me turbaba.
Sentado en una silla rústica, con mis manos atadas en la espalda, sentía mi cuerpo retorcerse de dolor. El energúmeno golpeaba tres veces: arriba, al medio y abajo.
Cabeza, pecho y estómago.
No con mucha fuerza, para no lastimarme demasiado. Lo importante era que hablara.
Dos minutos de descanso… dos minutos de paliza, tranquila, concienzuda; pero que penetraba hasta el alma.
No podía durar mucho más, si no, ya no tendría fuerzas.
Observé el viejo garaje Un olor rancio a pintura y aceite viejo impregnaba el ambiente.
Dos o tres coches arrumbados dejaban ver el desuso del lugar.
La cortina metálica estaba totalmente baja. Un Peugeot nuevo, azul, reluciente, estaba apuntando hacia la puerta. Estaba allí desde que la camioneta nos trajo.
La mujer me miró inquisitivamente. Se adelantó sobre la mesa. Intenté sonreír con los labios agrietados. La sangre me inundó la boca. Escupí hacia adelante y bajé la cabeza.
El energúmeno se aflojó, se corrió hacia atrás un paso.
¡Fue mi momento!
Con el taco derecho del borceguí golpeé la pata de la silla. La hoja de 5 centímetros salió por la punta de la gruesa suela y con un “click” metálico quedó encajada. La hundí con fuerza en los testículos del grandote. Oí perfectamente el ruido suave del acero sobre la carne y empujé con todas las fuerzas, bien arriba.
No miré la cara de sorpresa del musculoso.
Con todas mis fuerzas me levanté y me tiré por encima de la mesa sobre la mujer.

Mi cuerpo voló atado a la silla y caímos enredados contra el suelo. El golpe me aturdió, crujió la madera que saltó en pedazos y crujió mi cuerpo también.
La mujer llevó la peor parte. Yacía tirada con la cabeza en una extraña posición.
Las uñas pintadas de rojo fuego seguían siendo perfectas.
Los ojos desorbitados. Inmóvil
Me destrabé, levanté un brazo, después el otro. Me liberé y busqué la 9. La encontré en el suelo casi al lado de la mujer muerta.
Estaba sin seguro, la cerrrojé con suavidad; tenía un proyectil en la recámara. Acercándome al hombre, vi que temblaba en el suelo con las manos en los genitales, llenas de sangre. Le apunté a la cabeza y disparé. Dejó de temblar.
Me arrimé a una vieja pileta, donde pude lavarme un poco. El cuerpo dolía… pero estaba vivo.
Sabía que volverían a buscarme, pero esperaba estar bastante lejos para entonces.
Había engañado, sí. Un gran vuelto había ido a parar a mis manos.
Hoy, en una cuenta bien segura en un banco offshore. Pero en mi negocio las cosas se daban así.
Vives en el filo de una navaja, traicionando y traicionado. Lo tomas o lo dejas. Y si lo tomas, te arriesgas.
Y si te arriesgas, te puede costar hasta la vida. Y sin vida, no hay negocio.
Me preocupaba que me hubieran atrapado. Era un descuido que no debería volver a pasar.
Dejé de ser amenazador. Al convertirme en un ser civilizado, había cometido el peor de los errores.
Levanté la persiana.
Fui hasta el Peugeot y, cuando estaba por subir, un brillo en el suelo me llamó la atención.
El reloj de arena, totalmente intacto en su cuadrante metálico, me miraba de costado.
En su interior, las partículas ocupaban los dos lados. Buena señal, pensé.
Lo tomé, lo puse en el asiento del acompañante, subí al auto y arranqué.
Fue lo último que hice en mi vida.
Una gran explosión, como un hongo gigantesco, demolió todo el lugar.

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VICTORIA

Rotela Walter H. — Uruguay

Victoria mira el puerto desde la ventana de su cocina. El sol sube rápido por el éste cada mañana. Y ella disfruta ese instante. Después de ver la salida del sol toma el mate de la mañana. Se apronta y sale a buscar algún libro en las tiendas de libros usados. Canjea los que ya leyó, aunque suele guardar algunos, cual reliquia. Es su pasatiempo
predilecto.
Un mañana de mayo, después de la salida del sol, se quedó con la mirada perdida. En la radio sintonizada en AM pasaban una noticia del día anterior. Una niña había muerto a manos del adulto a cuyo cargo estaba. Inmediatamente recordó, a sus setenta años, situaciones vividas en su niñez. Palizas, corridas. Recuerdos que consideraba enterrados en lo profundo de la rojiza tierra.
Victoria vive sola. Nunca quiso casarse o tener hijos. Se había jurado eso ̶ y lo cumplió ̶ de no traer niños al mundo. Era la séptima hija de un total de catorce hermanos. Su niñez la había pasado como criada en una y otra casa, como la mayoría de sus hermanas. Desde muy chica tuvo un carácter fuerte. Era muy rebelde y no se quedaba callada ante nadie. Para bien o para mal.
La mañana en cuestión, tras la rutina de ver salir el sol se dio un baño y salió como de costumbre, pero no visitó ninguna tienda de libros, no recorrió el micro-centro, no subió a ningún colectivo, sólo caminó. Y sus pasos la llevaron a la entrada de un templo, una pequeña capilla a donde concurría a oír misa, los primeros años tras su llegada a la ciudad capital. Pero hacía muchos años que no pisaba el interior del lugar.
Esa mañana encontró abierto el templo e ingresó. Se persignó y vio que un sacerdote estaba cerca del confesionario. Se acercó y le dijo: «Necesito contarle».
̶ Bien, bien… Lo que quieras decir. Pero sentémonos en un banco.
̶ Sí, sí. Estoy cansada. Gracias.
Lo que Victoria tenía para decir le llevó una hora, que le pareció corta al sacerdote. Ella parecía muy cansada al principio, sin embargo, el hombre de canas intuyó que ella necesitaba decir más, pero quizás en otra ocasión. Era mucho para un
solo día.
La mañana estaba hermosa, el sol se colaba por entre las hojas, el bullicio de la ciudad iba creciendo; pero dentro de la capilla reinaba la calma. Sólo un murmullo era audible, donde ellos se encontraban. A un costado, hacia el frente, una mujeres rezaban el rosario, tenían un ritmo, un punto de inicio y otro de cierre, siempre el mismo, casi
como el lub dub del corazón.
El sacerdote la miró y casi susurrando le mencionó que la recordaba, pero que hacía años no venía, como solía hacerlo los domingos.
̶ Sí, dejé de venir… dejé de venir pero sigo creyendo… Sabe el sol…. El sol me da esperanzas ̶ se animó a comentar.
̶ Cada día es un regalo del señor… Y tú eres una mujer fuerte, luchadora ̶ Expresó él mirando hacia ella y hacia una entrada de luz que provenía de lo alto de una pared.
̶ Creo padre, que al contarle esto que tenía aquí guardado… Al contarle me saqué… Me saqué un gran peso.

̶ Haz cargado demasiados años con este lastre y ya es hora… Es hora de dejarlo atrás. Tu nombre hace honor a esto que es tu vida: una victoria. Vive, vive y sé feliz. El sufrimiento no te doblegó, pero cargaste por demás con ese equipaje.
No dejes de visitar nuestra capilla, otras personas podrían aprender mucho de tus caminos en esta tierra color sangre.
̶ Lo haré. Seguramente mis pasos volverán a traerme, como lo hicieron hoy, después de tantos años.

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LA RUEDA DE LA INFORTUNA

Yuste Felipe. E. — España

El gallo no cantaba para despertarle. Cantaba porque Antonio ya llevaba una hora despierto, con las manos abiertas en grietas blancas de frío, sacando a las mulas del corral como quien arranca el día a tirones.

En el pueblo le llamaron Antoñín hasta los diez. Después, ni diminutivos ni infancia. El tiempo allí no se estiraba: se gastaba.

A los seis ya seguía a su abuelo por los cerros, aprendiendo a leer el cielo como otros leen cuentos. A los ocho iba solo, con las manos rajadas por la escarcha de enero y las ampollas de julio reventadas antes de curarse.
La casa era de adobe y de hambre antigua. Se comía lo que respiraba: huevos si había suerte, leche si la cabra no estaba seca, matanza si el año no era tacaño.
La fiebre se curaba trabajando. La escuela era un lujo reservado a los días de lluvia fuerte, y esos días casi nunca llegaban.

Su único juguete fue un palo. Su única amiga, una mula gris llamada Ceniza. La cepillaba cada tarde, no por cariño, sino por supervivencia: si Ceniza caía, la tierra se quedaba muda. Y si la tierra no hablaba, no había pan.
Así aprendió Antonio: antes a leer nubes que a leer libros. Las nubes nunca mentían.

Capítulo 2 — Fuego y levadura

A los trece, su padre habló con el tahonero.
—El chico es fuerte y no se queja.
No hizo falta más.

Cambió el establo por el horno. El frío por las brasas. Las estrellas por el humo.
Entraba a las tres de la mañana, cuando el pueblo aún soñaba, y salía cuando ya olía a guiso en las cocinas.
El calor le secaba el sudor antes de que pudiera caerle. Los nudillos sangraban de tanto heñir, pero él seguía.
Aprendió a medir la levadura a ojo, a sacar hornazos que olían a fiesta aunque su vida no tuviera ninguna.

Guardaba las monedas en una lata de membrillo bajo el jergón. No para comprarse nada. Para soñar con una tahona propia donde las deudas fueran de otros, no suyas.

Capítulo 3 — Madrid y espejismos

Cuando terminó la mili, Madrid le prometió trabajo. Y cumplió. Pero también cobró. Y cobró caro.

Fue peón, repartidor, socio engañado, churrero cansado.
Montó un obrador que duró lo que dura un suspiro mal contado. El socio se llevó la furgoneta, los clientes y la mitad de su fe.
Luego vino la churrería. Y después, el cuerpo roto.

La palabra diálisis le cayó encima como un ladrillo mojado.
El trasplante llegó de un chaval de 22 años. Antonio nunca quiso saber su nombre. Le bastaba con sentir la cicatriz tirándole como un alambre cada vez que tosía.

Mientras él aprendía a mear otra vez, Luis y Marisol —sus empleados, su confianza— vaciaban el bar de madrugada. Se llevaron hasta los taburetes.
Cuando salió del hospital, solo quedaban las marcas claras en las paredes donde antes colgaban los cuadros.

La policía tomó nota. Nada más.
El banco tomó el crédito.
La Seguridad Social tomó las cuotas.
Y un año después, Luis y Marisol lo denunciaron.
El juez les creyó a ellos. A él, no.

Pagó sus sueldos, sus intereses, su silencio. Pagó con el piso en el divorcio. Pagó con la dignidad de quien ya no tiene fuerzas ni para enfadarse.

A los cincuenta, Antonio ya no tenía ni teléfono a su nombre.
Las oportunidades eran nubes de abril: ruido, promesa, y luego granizo.

Capítulo 4 — La vuelta sin gloria

Volvió al pueblo con 58 años, una maleta coja y una cicatriz que dolía cuando cambiaba el tiempo.
El pueblo ya no era su pueblo.
La tahona era un bazar.
Su casa, un esqueleto con el tejado hundido.
Los viejos lo miraban como se mira a un perro que vuelve derrotado.

Trabajó lo que pudo: aceituna, obra, pintura del cementerio. Todo en negro. Todo por días.
El cuerpo pedía tregua. La nevera no.

Por las tardes se sentaba en el poyo de su casa caída. Veía pasar tractores donde antes pasaban mulas. Ceniza llevaba cuarenta años muerta. Él se sentía igual.

Pensó que la jubilación sería un descanso. Un respiro. Un cigarro sin culpa.
Se equivocó.

Capítulo 5 — El juzgado no olvida

La carta llegó un martes de febrero.
Un Dacia Logan.
Un crédito viejo.
Una deuda que nunca murió.

La pensión: 840 euros.
El embargo: total.
La ley decía que le correspondían 700 para no morirse.
El banco decía otra cosa.

Pidió fiado en el súper: pan de molde barato y una pastilla de caldo.
El tendero apuntó en la libreta con esa mezcla de pena y vergüenza que duele más que el hambre.

En el poyo, desmigó el pan. Las gallinas del vecino vinieron corriendo.
Eran siete.
Como los que eran en su casa cuando él era niño.

Les tiró las migas. Ellas picoteaban deprisa, como si también tuvieran prisa por sobrevivir.
Antonio escupió al suelo. No por rabia. Por cansancio.

Setecientos euros para no morirse.
Él, ni eso.

Y allí, en ese poyo, entendió que la rueda de la infortuna no gira: aplasta.

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¿ POR QUÉ ESCRIBO? – RELATOS

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Por-que-escribo.relatos

COLABORAN

Alberdi Maren – España

Gormley Elspeth – España

Kiperman Andrea – Argentina

Pérez de Villarreal Carlos – Argentina

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ESCRIBIR…

Alberdi Maren — España

Hay días en los que algo dentro de mí empuja, arde, insiste. Una corriente interna que no sé detener y que me pide salida.
No es inspiración ni disciplina: es urgencia.
Una urgencia que me atraviesa y me obliga a abrir un cuaderno como quien abre una ventana en mitad de un incendio.

Cuando algo duele, la tinta lo reconoce antes que yo. Cuando algo ilumina, la página lo celebra sin pedir explicaciones.
La palabra se convierte en refugio, en brújula, en respiración.

No sé vivir sin nombrar lo que me pasa.
Hay emociones que solo entiendo cuando las dejo caer sobre el papel. Hay silencios que solo se abren cuando los escribo. Hay verdades que solo se revelan cuando las miro desde la distancia de una frase.

Cada palabra es un regreso: a lo que fui, a lo que soy, a lo que todavía no sé que seré.

Las historias me buscan. Las voces me rozan. Las memorias insisten. Si no las escribo, me persiguen; si las escribo, me acompañan.

La vida, sin metáforas, sería demasiado literal. Yo necesito belleza para sobrevivir, incluso cuando duele.
Necesito verdad, incluso cuando tiembla.

Algo en mí se ordena cuando escribo. Algo en mí se salva cuando termino. Y mientras haya una palabra ardiendo en mi boca, sabré que sigo viva.

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¿POR QUÉ ESCRIBO?

Gormley Elspeth — España

Hay quienes escriben por oficio, por costumbre o por disciplina. Yo no. Yo escribo porque lo necesito. Porque hay días en los que la vida pesa más de lo que admito, y entonces la palabra se convierte en el único territorio donde puedo respirar sin pedir permiso.

Escribo porque, cuando algo me atraviesa, no encuentro otra forma de comprenderlo que no sea entregarlo al papel. La tinta ordena lo que el corazón desordena. Me calma. Me explica. Me sostiene. A veces, incluso, me rescata de mí misma.

Escribo porque hay silencios que no sé pronunciar, pero que sí sé escribir. Porque lo que callo busca salida, y la encuentra en un verso, en una frase, en un párrafo que llega sin anunciarse, como si emergiera de un lugar más hondo que mi propia voz.

Escribo porque la memoria es frágil y la emoción fugaz. Y al escribir, lo que siento permanece un instante más, lo suficiente para mirarlo de frente y comprenderlo desde otra luz.

Escribo porque hay personas que ya no están, pero regresan cuando las nombro. Porque hay heridas que se suavizan cuando las cuento. Porque hay alegrías que se multiplican cuando las comparto.

Escribo porque, cuando no lo hago, algo en mí se apaga. Como si la vida perdiera un matiz, un color, un latido.

Escribo porque es mi manera de estar en el mundo. De acompañar y acompañarme. De mirar hacia dentro sin miedo. De transformar lo que me ocurre en algo que pueda ofrecer.

Escribo porque, al final, la palabra es mi casa. Y cada vez que regreso a ella, me reconozco.

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¿ POR QUÉ ESCRIBO?

Kiperman Andrea — Argentina

Antes que nada, gracias por estar del otro lado, compartiendo estas palabras. Hoy me invade una profunda gratitud al escribir estas líneas y, siguiendo el tema del mes, esa sensación se agranda aún más. ¿Por qué escribo? Es una pregunta que me he hecho innumerables veces, y cada una de ellas tuvo una respuesta distinta.

Escribir nació en uno de los momentos más desafiantes de mi vida, impulsada por grandes escritores y padrinos literarios a quienes estaré siempre agradecida. Entre letra y letra, entre poema y poema, descubrí que todo el terremoto que llevaba dentro podía expresarse y convertirse en un puente hacia un “otro”.

Ese otro sois vosotros. Los que estáis allí, del otro lado. Quizá habéis vivido experiencias parecidas a las mías, quizá no. Pero creo que compartir reflexiones, pensamientos, sentimientos y aspectos de la vida que a veces pesan permite que las palabras crucen mares, vientos y ríos, y lleguen —susurrantes— a los rincones más recónditos del mundo. Basta con que una sola persona las lea para que algo se alivie, se ilumine o acaricie su corazón.

En un mundo donde el tiempo parece no existir, sentarse a leer es un acto de rebeldía. Y escribir para compartirlo es, también, una caricia al alma.

Escribo porque, a través del arte, de las palabras, de las prosas y de los recuerdos, uno puede mantener viva una llama que nunca se apaga. Escribo para llegar a ojos y corazones, para acompañar, aclarar, compartir y reflexionar juntos, creciendo día a día como personas y como seres humanos.

Escribo porque una parte de mí está aquí, en estos escritos que compartimos mes a mes, día a día.

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¿POR QUÉ ESCRIBIR?

Pérez de Villarreal Carlos — Argentina

En octubre de 2024, en la primera revista que inició su presencia en las redes, escribía un texto similar a este. Sigo pensando igual.

Más de una vez nos hemos preguntado: ¿por qué escribir? Aún no he hallado la respuesta definitiva.
Sí sé que mi intención al redactar es narrar, contar, relatar, en definitiva, transmitir lo que costó esfuerzo, energía y tal vez atrevimiento; y por sobre todas las cosas, la necesidad imperiosa de decir con palabras escritas aquello que he sentido, soñado o que he imaginado.
Todo concuerda con uno mismo, no hay dudas. Todo lleva, en una circunferencia perfecta, a realizar aquello que se desea fervientemente. Lo que sí puedo afirmar es que permite abrir las alas de la imaginación y llevarnos lejos. Volar por lugares y situaciones que jamás pensábamos encontrar.
Expresamos inquietudes, deseos, aspiraciones, fantasías, obsesiones y hasta parte de nuestros recuerdos.
Todo se amalgama, todo se ensambla, para dar a luz un conjunto de emociones que nos hace sentir que realmente vale la pena. ¡Sí, escribir vale la pena! Vale la pena porque es un modo de vivir, es una relación que nos permite percibir y experimentar lo que nos rodea. Abre la puerta a un mundo impensado, desconocido, donde somos el nexo de unión en este sorprendente viaje hacia la ficción.

Escribir encierra conmociones, sutilezas, ironía y, por sobre todas las cosas… pasión.
Muchas veces tratamos de explicar lo inexplicable. Nunca tenemos certezas. El tiempo no es nada, no es medible. No nos desvivimos por el ayer. No pretendemos ser el mañana. Nos hacemos a nosotros mismos, sin límites,
porque un segundo es la vida entera. En un segundo se nace y en un segundo se muere.
Los que escribimos tenemos una peculiaridad: llevamos a los lectores a nuestro universo literario, los internamos en él.
Por eso pienso que escribir un poema, un relato, un cuento o una novela es atrapar al lector, despertar en él sus recuerdos, sus alegrías, sus añoranzas.
Identificado con la escritura, debemos facilitarle el camino de la comprensión de algo que él ni siquiera pensaba y creo que hasta nosotros tampoco. Muchas veces tratamos de explicar lo inexplicable.
Lo único válido es enfrentarse a uno mismo, tener una visión propia e ir tras ella, con arrojo, obstinación, honestidad y trabajo. ¡Es el coraje y el entusiasmo lo que hacen la diferencia!

Debemos crear, crear y crear para que la magia no se detenga nunca, porque además, disfrutamos la necesidad que nos brinda la escritura: comunicación. La narrativa vocifera, revela, manifiesta, acusa, hace reír, pensar y recapacitar.
Esta tarea requiere esfuerzo, dedicación e intelecto y una habilidad especial: una destreza fantástica donde entran en juego la técnica, la perseverancia y el talento.
No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, ni por la forma de escribir, sino por los sentimientos que producimos en el lector cuando nos lee: un recuerdo, una interpretación, una visión. Tal vez, hasta se haga partícipe necesario de nuestra narrativa; porque cuando cerramos un libro, jamás somos los mismos.
Pero también se debe tener en cuenta que nosotros, al crear, también manifestamos un cambio: dejamos de ser lo que éramos para ser otros.
Me gusta pensar que somos creadores de mundos imaginarios, hacedores de cuentos, maceradores de palabras.

¿Y qué significa escribir?
Asumo que es una puerta de entrada hacia una percepción distinta, que genera una conexión entre el escritor y el lector, el cual se ve sumergido en un universo sorprendente.
La imaginación llevada al límite.
Misterio, persistencia y expresión.
Recordar y olvidar.
Conquistar y prescindir.
Nostalgia, meditación, encanto y ardor.
Intriga, miedo, alegría, tristeza.
Pensamientos, conceptos, imágenes tal vez aún no reveladas.
Mensajes que parecen verdaderos y pueden ser mentiras consideradas verdades.
Llamas, furia, ensueño y fascinación.
La magia de la escritura es abrir las puertas a un mundo impensado, que tal vez nos haga sentir mejor y tal vez, ser mejores.
Creo en lo más profundo de mí mismo que la escritura es libertad; eso es todo.

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CUENTOS Y RELATOS -MARZO

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“La imaginación toma la palabra.”


COLABORADORES – CUENTOS Y RELATOS

  • Balsells Magi – España
  • Díaz Castro Enrique Fredy – México
  • González Saavedra Carlos – Argentina
  • Gormley Elspeth – España
  • Hoyos Forero Jaime – Colombia
  • Morini Andrea – Argentina
  • Rotela Walter – Uruguay
  • Pérez de Villarreal Carlos – Argentina

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CONGRESO DE PLANETAS

Balsells Magi – España

En un punto equidistante de la Vía Láctea, se celebra estos días un Congreso que agrupa a los planetas más importantes de dicha Vía, bajo la presidencia del Sol; esta reunión se ha efectuado a petición del planeta Tierra. Los equipos de transmisión de dicho evento están patrocinados por La Fuerza Cósmica, con el apoyo técnico de las Ondas Solares. Se inicia la sesión con la intervención del convocante, La Tierra.

Queridos hermanos planetarios, quizás os haya extrañado esta solicitud de reunión, cosa que no se hacía desde hace muchos siglos, pero la necesidad de encontrar una solución que sirva para salvarme es lo que lo ha provocado. Automáticamente Marte quiere tomar la palabra, cosa que es atajada rápidamente por la presidencia, El Sol, comunicándole que no es su turno de intervención. Sigue por tanto La Tierra, con su parlamento.

Conocéis que soy de todo nuestro sistema solar el que tiene vida vegetal y animal, de lo cual muchos de vosotros habéis presumido con los planetas de otras galaxias; pues la cuestión es que me están aniquilando los componentes animales de mi planeta. Pese a mis constantes avisos, no hacen ningún caso a mis requerimientos. No importa si produzco terremotos, si hago verter lava por los volcanes —que como todos sabéis, esto merma mi temperatura interior, lo cual podría provocar un paro en mis sistemas—; aparte provoco inundaciones catastróficas, parecidas a las que en su momento me vi obligado y solo se salvaron unos cuantos que iban con Noé. He provocado glaciaciones; en esto me ayudó nuestro presidente emitiendo mucho menos calor hacia mí, siempre guardando las premisas mínimas de seguridad para que no falleciera en el intento.

No conseguí nada. Emergieron otra vez como la mala hierba, multiplicándose rápidamente como una plaga, aunque al ser pocos en su momento no me causaban muchos quebraderos de cabeza. Ellos siguieron con sus guerras, con sus inventos, y a mí me dejaron tranquilo… hasta este instante. Inventaron la Bomba Atómica: esto fue el principio de una contaminación de mis arterias, que con mucho cuidado pude sanar. Se inventó algo muy dañino, como es el plástico; entiendo que para algunas cosas es muy útil, pero están llenándome de bolsas de basura que yo no puedo digerir como quisiera. Tardo mucho, pero mientras se van acumulando y llegará un momento en que me ahogarán.

Algunas buenas personas intentaron aplicar el reciclaje. Buena idea, pero no dio el resultado apetecible. Estos seres que me pueblan son desconsiderados con mi madre, la naturaleza; no les importa que ella sufra, y si ella sufre, sufro yo. Pero cada día son más, pese a estas guerras interminables que siempre tienen, unas veces para extraerme mis tesoros —como puede ser mi sangre, el petróleo— o mis joyas como el oro o la plata o cualquier mineral que según ellos tenga una utilidad. Es un robo descarado y no hay justicia que los pare. Cada día quieren más y más, y yo no puedo darles nada más. Estoy en la ruina absoluta; este siglo no he podido contribuir a la donación general que se efectúa para preservar este sistema.

Somos muchos entre planetas y satélites, y alguno de vosotros ya en su tiempo se encontró con una situación semejante, como fue lo que le ocurrió a Marte: hoy en día es un páramo estéril, que con mucho sacrificio está intentando volver a ser otra de las joyas de este sistema. Sé que al final lo conseguirá. Los demás, para su suerte, no son habitables, por lo menos por esta raza que me ha invadido, ya que muchos de ellos aún están en estado embrionario, con atmósferas realmente peligrosas para mis invasores.

En fin, no quiero extenderme más, ya que la situación es muy delicada y por esto he convocado esta reunión. Y desde esta tribuna os pido que me deis solución a este peligroso problema.

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TAN SÓLO LES FALTA HABLAR

Díaz Castro Enrique Fredy – México

Hay escenas que duelen más de lo que deberían. Verlos ahí, a la orilla de la carretera, con hambre, con sed, sin un lugar al que llamar hogar, buscando entre la basura un mendrugo que alguien olvidó. Bajo el sol que quema o la lluvia que cala, reciben pedradas de quienes nunca aprendieron a sentir lástima. Y aun así, siguen ahí, silenciosos, esperando algo mejor.

Duele también encontrarlos atropellados por choferes que no frenan, como si sus vidas no valieran nada. Su único “pecado” fue haber dado cariño a quien un día los compró, los alimentó con croquetas y agua en una cubeta… hasta que dejó de hacerlo. Hasta que se cansó. Hasta que los abandonó.

Y sin embargo, tan sólo les falta hablar para decir lo que sienten. Son juguetones, nobles, incapaces de fallar. Te cuidan sin pedir nada, capaces incluso de dar la vida por ti. Sus corazones, tan sensibles, sólo conocen el perdón, aunque hayan recibido heridas que no merecían.

Con maullidos o ladridos expresan su alegría, su afecto, su necesidad de compañía. No entienden el desprecio, pero lo sufren. No comprenden la humillación, pero la recuerdan. Por eso no deberíamos llamarnos “amos”, sino compañeros. Ellos no pidieron llegar a nuestras vidas: nosotros los buscamos, y en ese gesto nació su lealtad.

Gatos o perritos, da igual. De cachorros son pura ternura; de adultos, pura belleza. Uno, dos o tres… los que sean. Lo importante es cuidarlos bien, ahora y siempre. Que nunca tengamos que repetir, con tristeza y arrepentimiento, aquello que dijo Alberto Cortés: “Era sólo un perro.” Porque nunca lo fue.

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HOTEL EN ROSARIO

González Saavedra Carlos – Argentina

El día no me alcanzaba. Todo pasaba vertiginosamente y yo debía estar en Rosario a primera hora. Ya eran las ocho de la noche y tenía 350 kilómetros por delante. Finalmente me decidí, puse primera y salí. Conocía un hotel para viajantes donde siempre me habían atendido bien y no era caro. Llegué pasada la medianoche. —Buenas noches, ¿una habitación? —Sí, tengo una pequeña. El hotel está completo. —No se haga problema. ¿Me despierta a las siete, por favor? A las ocho y media tengo una reunión a tres cuadras de aquí. —Bien, señor.

Estaba agotado. Vi la cama y me desplomé. En esos días vivía corriendo, así que decidí ducharme por la mañana. A las siete en punto sonó el teléfono: —Señor, son las siete. —Ya bajo, gracias.

El comedor del hotel era un mundo de gente. Parecía que todos habíamos decidido desayunar a la misma hora. El trajín de los mozos era tan febril que me contagiaron la inquietud. Miraba para todos lados buscando al mozo de mi mesa, preguntándome quién me atendería. Cuando por fin se acercó, me sorprendió su aspecto: delgado, cabello morocho engominado hacia atrás, bigotes finitos, muy educado. Atendía como en un hotel de pueblo. —Mozo, ¿puedo pedirle un favor? —Usted dirá, señor. Fermín es mi nombre. —Tráigame un jugo de naranja, pomelo y limón. —Bien, señor. ¿Todo junto? —Sí. —¿En un solo vaso? —Sí, Fermín. Después el café con leche. —Sí. —¿Con medialunas de grasa? —Sí.

No habían pasado cinco minutos cuando volvió, intrigado: —¿Por qué juntos? —Lo tomo así hace años —respondí, ya algo impaciente.

El tiempo pasaba y yo seguía sin desayunar, mientras otros que habían llegado después ya se marchaban. —Fermín, ¿falta mucho? —No, ya lo traigo.

Entre preguntas y respuestas había perdido quince minutos. Soy de los que piden, toman y se van, aunque sobre tiempo. Acostumbrado a la city porteña. Finalmente llegó con una bandeja enorme y un vaso casi de jarra con los tres jugos mezclados, además del café con leche y las medialunas. Era tanta la cantidad de jugo que tuve que tomarlo despacio, mirando desesperado la hora. Fermín, atento a cualquier gesto mío, no me quitaba ojo.

Al terminar, se acercó: —¿Estuvo bien el jugo, señor? —Sí. Tráigame la cuenta, por favor.

Miré el reloj: tenía diez minutos para llegar a la reunión, por suerte a solo tres cuadras. —Mandé comprar unas naranjas especiales a la verdulería de la vuelta, son muy buenas. ¿Siempre toma este desayuno con el jugo incluido? —Sí, hace años. —Nunca había escuchado esa mezcla. ¿Cómo se le ocurrió?

Apurado y sin ganas de explicarle, recurrí a la fórmula infalible: —Me lo recomendó el médico —Y salí corriendo, como siempre.

La reunión salió muy bien y al mediodía ya estaba de vuelta en Buenos Aires.

Pasaron seis meses o más cuando volví a pernoctar en el mismo hotel. Ya me había olvidado de Fermín y del jugo. Pero al verlo aparecer, me saludó como si nada hubiera pasado: —¿Cómo le va, doctor? —Hola, Fermín, un gusto saludarlo. No soy doctor —respondí cortesmente—, solo vengo por negocios. —Simplemente decimos “doctor” a los que lucen una estirpe como usted. —Muchas gracias —respondí sonriendo. —Ya le preparo lo de siempre.

Al rato volvió con una bandeja aún más grande que la anterior y el famoso vaso tipo jarra con el jugo de naranja, pomelo y limón. —Doc, ¿cómo anda de salud? —Bien —contesté rápido. —Lo veo con buen semblante. Se nota que su médico dio en la tecla. Le pregunté al mío si podía tomarlo y me dijo que sí, que es un enzimático fantástico. Desde aquella vez que usted vino, lo empecé a tomar y me siento muy bien.

Sin salir de mi asombro, con mucha ternura, lo abracé. —No sabe lo feliz que me hace verlo así.

Me fui del hotel Urquiza con un gran recuerdo, por la atención y por la inocencia con la que Fermín me atendió. Era el único que nunca estaba apurado, pero llegaba a tiempo a todas las mesas.

Gracias, Fermín.

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CONVERSACIONES CON EL MAR

Gormley Elspeth – España

La primavera ya ha empezado, aunque aquí el mar siempre se adelanta unos días. Lo noto en cuanto bajo al paseo: el aire tiene otra textura, más tibia, más abierta. Camino despacio, como hago siempre por las mañanas, dejando que el cuerpo se despierte al ritmo que quiere, sin exigencias.

A estas alturas de la vida, una aprende a no empujar nada.

El mar me espera. Lo sé porque hoy suena distinto. Tiene ese rumor que solo aparece cuando cambia la estación, como si también él necesitara decirme algo. Me acerco hasta la orilla y dejo que la primera ola me toque los pies. Es su manera de saludarme. Yo le devuelvo el saludo en silencio. —Ya estás otra vez con tus cosas —le digo por dentro, sin mover los labios.

El mar no responde, pero me entiende. Siempre me ha entendido mejor que muchas personas. Él no pide explicaciones, no exige claridad, no quiere que le cuente nada. Le basta con que esté aquí, con que lo mire, con que respire a su lado.

Hoy está tranquilo, pero no dócil. Tiene ese vaivén firme que me calma más que cualquier palabra. Me siento en la arena húmeda, sin importarme la ropa. La primavera me vuelve un poco más valiente, o quizá más sincera. —He tenido un invierno raro —le confieso—. De esos que te dejan un cansancio que no sabes de dónde viene.

La ola que llega ahora es más larga, más lenta. Como si me escuchara. —Ya lo sé —parece decirme—. Pero mírame: siempre vuelvo.

Y ahí está la lección, la de siempre, la que me repite cada año sin cansarse.

El mar vuelve. Aunque se retire, vuelve. Aunque se enfade, vuelve. Aunque yo me pierda un poco, vuelve.

Me quedo un rato así, sin prisa, dejándome acompañar. No necesito nada más. Ni respuestas, ni planes, ni certezas. Solo este diálogo mudo que me ordena por dentro.

Cuando me levanto para seguir caminando, siento algo que no sentía desde hace meses: una especie de claridad suave, como si el mar me hubiera recolocado las piezas sin tocarme.

La primavera ya ha empezado. Y yo también.

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EXPERIENCIA ÚNICA

Hoyos Forero Jaime – ColombiaMarzo 2026

Abril de 1970. Un mes después cumplí los 20 años. Hoy pienso que esa es la edad más interesante del hombre: Está en la mitad de la carrera universitaria, tiene su primera novia, los padres están llenos de vida y creen —qué ingenuos— que su hijo es el mejor de las criaturas y que llegará a ser el predestinado de Dios para manejar el mundo. A esa edad me puse la primera corbata, manejé el primer carro, con estrellada y todo, hice mi primera travesía por el océano, en barco y en avión, fui campeón de tenis juvenil y le ofrecí a mi novia, pagada por mí, la primera Coca-Cola. Pero en las vacaciones de mitad de año, no podía hacer mi voluntad, sino la de mi padre: trabajar arduamente en la finca que lindaba con los cerros, nuestros viñedos y el mar. “Así sabrás —decía mi padre— por qué los vinos más acreditados son los de nuestros viñedos, los Santa Lucía.

Serían las 6.30 de una tarde de junio de aquel año, 1970, cuando por la oscuridad que se venía encima, prendí las luces del tractor que avanzaba por el comienzo del penúltimo surco de mi tarea de ese día. Estaba solo. Los últimos trabajadores se habían retirado a las cinco de la tarde. Me sorprendí cuando, intempestivamente, se apagaron el motor y las luces del tractor. —¿Y ahora qué pasó?— me dije, pensando que iba a terminar completamente de noche mi trabajo, mientras trataba de encender la linterna para revisar la batería del tractor, pero —¡ah desgracia!— tampoco funcionó la linterna.

Fue entonces cuando reparé que a unos cincuenta metros de distancia se acercaba un individuo, para mí completamente extraño, pero me pareció, no sé si por la oscuridad, que no llevaba ropa. Pero un instante después la sangre se me heló al advertir que a unos cien o ciento cincuenta metros atrás del hombre extraño, se encendió y apagó muy rápidamente una serie de luces en círculo que salieron de una rueda del tamaño de una camioneta. Entonces caí en la cuenta de que estaba frente a lo que los periódicos llaman ovnis o platillos voladores y que el ser que a mí se acercaba, en silencio y sin sonreír, era un extraterrestre. Su cabeza, de la frente y las orejas hacia arriba, era como la tapa de una caja cuadrada, casi oculta tan extraña forma por una abundante cabellera verde. Sus demás facciones eran iguales a las nuestras y acabé de comprobar que estaba completamente desnudo. Yo continuaba helado, como paralizado.

—Acompáñeme— dijo. ¿Dijo? En realidad no abrió la boca, no movió los labios ni los ojos, no emitió sonido, no hizo seña alguna. Pero yo oí sin oír, o entendí, mejor dicho, que dijo “acompáñeme”. ¿Hablaba español? ¿Se expresaba en algún idioma? No lo sé, pero oí, como si hablara castellano, que me dijo “acompáñeme”. Fuimos a la nave espacial: la de las luces que yo había visto. Él caminaba muy rápido, al punto que yo tenía que andar casi corriendo. Al subir tres escalones para llegar a la puerta de la nave, me di cuenta de que estaba desnudo… También yo.

Dentro de la nave, de pie, como si se fuera a tomar una foto, había como una docena de extraterrestres machos, y una sola hembra. Todos, como el que fue al tractor, tenían caras serias, pero el aspecto de su rostro era agradable, no intimidante sino más bien amable, pero serios y desnudos. La mujer (o la extraterrestre, ¿cómo decirle?) sonreía. Era el único ser que sonreía. Lo hacía abiertamente y vi que su dentadura estaba formada como por pequeñas y brillantes estrellas. Debo decir, si aún no lo habéis sospechado, que ella era bellísima. La dentadura de ellos (cómo decirles: ¿de los machos?) no era de brillantes estrellas sino de chispas de fuego, de modo que los alimentos los llevaban crudos a la boca y con las chispas de fuego los cocinaban. Todos, ellos y ella, al moverse dentro de la cápsula aérea, y a diferencia de nosotros, producían visos brillantes, algunos de colores leves muy transparentes. Estos visos desaparecían cuando se movían afuera de la nave.

Había estado secuestrado como una hora, cuando comencé a serenarme y a adquirir algo de confianza. Así que le pregunté al extraterrestre que conocí cerca del tractor una hora antes y que yo presumía que era como el jefe, si me permitirían volver a la finca. —Claro que sí —contestó— siempre que nos prometa guardar absoluto silencio respecto de todo lo que ha visto. Y por el contrario, puede comentarlo si desea volver para siempre con nosotros. Dicho esto, la extraterrestre me sonrió inequívocamente, como si dijera: “Hola, humano, vuelve pronto”.

Algunas otras preguntas me fueron contestadas por el jefe. Así que supe que la nave venía del planeta denominado GL 581-B que se halla en nuestra misma galaxia, a cien años luz de la Tierra. De modo que a una velocidad de 50.000 kilómetros por hora, se requieren cien años para realizar el viaje. —Pero si ninguno de ustedes tiene —repliqué— más de 35 años según creo, al juzgar por la apariencia. —Lo que pasa —dijo el extraterrestre— es que en GL 581-B, somos inmortales. Hemos leído —agregó— la historia de Eva y Adán, pero en GL, nuestros primeros padres no fueron estúpidos creyéndole a una culebra, de modo que somos inmortales. Al llegar a los 34 años, seguimos así, sin envejecer ni enfermar como ustedes. —Si no mueren —le dije— ¿cómo puede caber en ese planeta tanta gente? El extraterrestre respondió: —cada mil años ocupamos un nuevo planeta.

Después de un gran rato de charla, volví a casa, refregándome los ojos como si hubiera despertado de un sueño. —Vuelve —fueron sus últimas palabras. ¿De quién? De la bellísima muchacha. Camino de la casa, noté dos cosas: volví a verme vestido, y el surco y medio que me faltaba por trabajar, estaba perfectamente terminado. ¿No os preguntáis, queridos oyentes y lectores, por qué he resuelto contaros esta cierta e increíble historia? Ahora duermo —ya lo imagináis— con la ventana de mi cuarto, abierta.

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ÚLTIMO PUERTO

Morini Andrea – Argentina

El sol de fin de mayo es una herida pálida que no termina de cerrar; una luz sin fuerza que rebota, inútil, sobre el asfalto mojado. Laura observa el cordón de la vereda con la mirada perdida, allí donde las huellas del auto oficial ya se han disuelto bajo la llovizna persistente. Se han ido. Hace apenas unos instantes, dos hombres de la Armada, embutidos en impermeables oscuros y con el rostro tallado en una gravedad castrense, permanecían en su puerta. Portaban un legajo sobrio, de cartulina rígida, y una bolsa de lona que exhalaba un aire salino y rancio, empapada por la humedad del puerto. Al marcharse, el vacío que dejaron no fue un hueco, sino una extensión inconmensurable: todo el peso del Atlántico Sur se filtró por el umbral, inundando el living.

Javier. No hace falta pronunciar el nombre para sentir la punzada de escarcha en el centro del pecho. Dos de mayo. El océano, esa masa negra e indiferente. Laura cierra los ojos y puede verlo: un silbido ciego bajo el casco, un destello súbito en la profundidad y la onda expansiva del torpedo británico desgarrando el acero del crucero como si fuera papel húmedo. El frío asesino. Un término tan seco, tan técnico, para una muerte tan vasta, tan líquida y repentina. Sus dedos blancos aprietan el telegrama oficial. El encabezado, «Jefatura de Operaciones Navales», le parece una ironía sangrienta. Son palabras blindadas, diseñadas para no dejar pasar el sentimiento: «Desaparecido en acción». Laura sabe leer entre líneas. Sabe que esas palabras son el eufemismo de un ataúd de agua a cuatro mil metros de profundidad.

Luego está la bolsa. La vuelca sobre la mesa del comedor y el contenido cae con un sonido sordo, despojado de gloria. Un cinturón de lona con la hebilla devorada por el óxido; una boina de lana oscura con el escudo desprendido, deshilachada por el uso; y una fotografía de ella, arrugada y con los bordes amarillentos por el contacto con la piel de Javier. Su hermano, el que reía a gritos, el que prometió volver para el invierno, ha quedado reducido a esta colección de naufragios recuperados de la sal.

A sus espaldas, el pasillo del departamento se extiende como un túnel de silencio absoluto. Solo lo interrumpen los crujidos eléctricos de la radio, que sigue emitiendo marchas militares y comunicados triunfalistas, y la respiración entrecortada, casi transparente, de su abuela en la habitación contigua. La anciana lleva meses librando su propia batalla contra una enfermedad que la consume desde adentro. Tiene el rostro demacrado, una máscara de cera donde los ojos turbios buscan sombras que ya no están. Ella no sabe que el General Belgrano se hundió; no sabe que su nieto se ha vuelto parte del fondo del mar.

Desde aquel dos de mayo, Laura ha sobrevivido a fuerza de ficciones. Ha inventado cartas que nunca llegaron, llenas de anécdotas heroicas sobre el oleaje y promesas de un regreso triunfal que jamás escribirá. Ha sostenido la vida de la abuela con mentiras piadosas, como quien mantiene encendida una vela en medio de un vendaval. Pero el papel del telegrama cruje en su mano, recordándole la urgencia de la realidad. Tiene que decírselo. El tiempo de la abuela es una cuenta regresiva, una arena que se escapa entre los dedos, y el peso de la verdad reclama su lugar.

—¿Podrá esta noticia ser el último golpe en el puerto? —se pregunta en voz baja, mirando de nuevo la calle vacía y gris. El deber de la nieta, la verdad de la guerra y el dolor de la hermana: son tres anclas arrastrándose por el fondo de su alma, rasgando todo a su paso. Laura se da la vuelta. Sus ojos se fijan en la puerta cerrada de la habitación, esa frontera final donde la mentira todavía protege a la vejez. —Abuela —susurra, y la palabra suena extraña en el encierro.

Camina hacia la puerta. La palabra vuelve a formarse en su boca, pero esta vez no sale como un llamado, sino que se rompe, irremediablemente, en un sollozo que huele a mar y a pérdida.

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CHIQUITO

Rotela Walter – Uruguay

Cuando me dijeron que tendría la posibilidad de encontrarme con “chiquito” inmediatamente pensé en un hombre de baja estatura, cabellos lacios y voz ronca, como me lo habían pintado. Sin embargo, cuando llegamos a su casa y la tuvimos en frente, pensé que me estaban embromando o que era la esposa del personaje a quien tendría la posibilidad de entrevistar. Pero… en todo estaba yo errado. La mujer se acercó y nos miró desde lejos, tomó una jarrá de tereré¹ y la guampa². Se sentó en un sillón y nos invitó a hacer lo mismo y compartir la refrescante bebida. El calor y la humedad estaban destruyéndonos, en esa mañana de enero de 2002. La temperatura había alcanzado los 42 grados centígrados y la humedad rondaba el 82 por ciento. Éramos tres visitantes —el fotógrafo, un reportero de un diario local que accedió a guiarnos y yo— que nos sentamos en derredor de la señora María López. Ella tomó la iniciativa en la conversación. Empezamos hablando del tiempo y del viaje para llegar hasta su pueblo, como distraídamente. De repente, se acercó un hombre mayor, como ella, pero era casi tres cabezas más alto que la mujer y dos más que nosotros. Un octogenario muy bien conservado. Se encontraron en una tierna mirada y tras un breve saludo él se retiró, al tiempo que nos dijo: “No se dejen impresionar por los relatos de chiquito. No lo hagan. A veces, no para de hablar de aquellos tiempos… Pidan que les cuente sobre la Batalla de los Criptógrafos”.

En ese momento ella entendió, supongo, por mi cara de perplejidad, que debía explicar eso de “chiquito”. Comenzó con un breve relato de cómo se integró a las fuerzas de combate junto con sus hermanos, de cabeza rapada y pantalones largos gastados en febrero del año ‘34. “Después que cedimos como ciudadanos responsables y comprometidos gran cantidad de mesas para hacer cajones para granadas y municiones nos convencimos, mis hermanos y yo, que debíamos estar en el frente de batalla. Necesitábamos hacer más. Nos alistamos a fines del ‘33 y tuvimos casi un par de meses de entrenamiento. Entonces, nos pusieron en marcha hacia la zona de la Cañada Tarija. Es decir, tras el armisticio de diciembre del ‘33 a enero del ‘34.” “¿Y por qué lo de chiquito…?” —insistí. Y ella, tomando el refrescante líquido servido en la guampa, con voz ronca relató: “Es que cuando me incorporé lo hice como si fuese un varón. Mi tamaño, al lado de los otros combatientes era destacable. Era, realmente, el más chiquito de los soldados, pero yo era mujer y necesitaba ocultar mi identidad de género. No estaba permitida la presencia de mujeres en el frente de batalla como soldado. Sin embargo, no quería abandonar a mis hermanos. Debido a que me crie junto a ellos adquirí sus modales, lo que me permitió alcanzar un aspecto, aceptablemente, varonil. Por otra parte, debido al consumo de cigarros po’í³ mi voz sonaba más ronca, incluso, que la de mis hermanos.”

El sargento que nos recibió nunca se percató de mi condición de mujer. Sólo mucho después, estando herida, un médico me revisó y dio el aviso al comandante. Estuve a punto de ser fusilada la mañana en que me descubrieron. Pero ocurrió que fui trasladada a la capital y mis hermanos —que casi corrieron misma suerte, es decir, la de ser fusilados— fueron trasladados a otra zona de conflicto, y allí participaron de varias batallas más. Yo, en cambio, fui destinada a servir como enfermera, dejando de actuar como soldado. —Pero, según su esposo, fue una pieza importante en la “batalla de los Criptógrafos”. —Sí, es cierto, pero… tenía que ver con la educación que yo poseía en ese entonces, y que nos sirvió para descifrar los mensajes de radiotelégrafos. Fuimos un grupo reducido… pero sí un grupo de personas que trabajamos intensamente. Eso nos permitió ganar una batalla. Capturó nuestro ejército no sólo armas, sino mapas que explicaban la inexistencia de pozos de agua en esa zona desértica. Esta era uno de los mayores problemas en la guerra, la falta de agua. Muchos… perdieron la vida, literalmente, por sed. En ambos bandos el agua fue un factor importante, determinante, en la toma de decisiones…

Desde aquella época hasta hoy me acompaña, siempre, ese cántaro que ven allí —dijo mientras nos mostraba un sector de la habitación—. Allí reposaba un antiguo cántaro de cerámica con agua fresca, el cual podía servirse con un jarro de aluminio, colocado encima de un plato de lata que estaba sobre la vasija. “Lo conservo con agua limpia y fresca. Me recuerda lo importante que son algunas cosas, y que solemos dar por entendido que siempre están o estarán al alcance de la mano; pero no es así… El agua sale de las canillas… pero cuánto más habrá de ser así…” Una tardecita —continuó el relato “chiquito”, al tiempo que encendía un clásico cigarro po´i— capturamos a un grupo de unos veinte hombres que se arrimaron presurosos a un estanque, al que llegamos primero nosotros, un grupo de cuatro soldados y un sargento. Nos escondimos, y vimos cómo se desnudaban algunos y se tiraban de cabeza al agua, mientras todos bebían, a más no poder, de aquella fuente… Los sorprendimos y capturamos. Ellos sólo pedían calmar su sed. Fue a partir de allí que comprendí la importancia del agua. De hecho, algunos pozos estaban secos y en general en esa zona eran escasos.

Comprendí también tras el relato, que su voz grave tenía que ver con el consumo de tabaco, que mantenía desde los años de su juventud. Era muy interesante verla fumar aquel cigarro pequeño, dejando escapar el humo, con una expresión de liberación. Quizás, lo liberador fuese el compartir su historia con otros, como una suerte de desahogo. El recinto donde nos encontrábamos quedó impregnado por el olor del tabaco, creando una atmósfera especial. Por un tiempo indefinido, todo pareció quedar en silencio. Extraño fue al punto que nos miramos. Era un silencio inquietante. Pero pronto continuó nuestra anfitriona con su relato. María, con sus ochenta años, mantenía una férrea voluntad por vivir. Y su aspecto no era la de alguien que se siente acabado, sino jovial. Muy bien arreglada y con un suave maquillaje, parecía un contraste increíble frente a lo que seguramente fue su aspecto al presentarse ante el regimiento que la reclutó. Su jovialidad era rara en ese ambiente tan caluroso y húmedo, que a nosotros nos estaba afectando. Sin embargo, ella fue agregando otras anécdotas, unas tras otras, incansable, mientras nos servía el tereré. En algunos momentos sonreía, por las picardías contadas. Cómo al recordar cómo había engañado a sus compañeros de aquél entonces, y a sus superiores. Era claro que lo había hecho no tanto por una cuestión de orgullo, sino por el amor que profesaba a su familia.

En ese entonces, sus dos hermanos —nos explicó— eran la única familia que le quedaba. Su madre había fallecido por una rara enfermedad, en tanto que su padre había sido capturado y luego asesinado por el enemigo. Pero de eso se enteró mucho tiempo después, al unirse al ejército. Él figuraba en las listas de soldados desaparecidos, y su interés era encontrarlo. Transcurrido unos años tras la contienda bélica supo, por boca de un antiguo compañero de combate del padre, que tras ser capturado, éste fue fusilado. Su cuerpo jamás fue hallado. La mirada de “chiquito” era penetrante. Escudriñaba el alma de quien la tenía enfrente. Al menos eso me pareció en ese encuentro. Y tras mantener entrevistas con otros de sus compañeros de combate, lo confirmé. Hablaron muy bien de ella, pero le tenían un respeto fuera de lo común. Ella los había ayudado en reiteradas ocasiones. Y explicaron que ella tenía un don, un poder. Encontraba siempre la forma de ayudar a los heridos, de estimularlos, de consolarlos. Incluso dijeron que tenía cierta capacidad de hipnotizarlos. Y para ello utilizaba, según contaron, una pluma de cabureí⁴. Investigando sobre el asunto me enteré que los chamanes de la región lo usaban para sus hechizos, para lo que llaman payé⁵.

Una tarde, pensando en la entrevista que habíamos mantenido con ella, recordé que, en un momento de la misma, mantuvimos una charla por separado. Tras la ronda de ingesta del tereré, ella se apartó y me pidió que la siguiera hasta el patio tapizado por ladrillos y enredaderas y me señaló: “Tu camino estará marcado por los libros, por la escritura de relatos, por tu imaginación. Nunca dejes de soñar despierto”. Aquellas palabras quedaron en el aire, y no reparé en sus expresiones, sino hasta muchos años después de ese encuentro. Y no compartí con ella mi afición por la escritura, en ningún momento, pues la entrevista que mantuvimos fue debido a que estaba escribiendo un informe para una revista, un semanario, que aparecía los fines de semana con el diario. Chiquito había ingresado como un varón al ejército, participando como tal en los enfrentamientos; pero había salido del frente, como mujer, por orden de su superior y bajo reserva absoluta. Sin embargo, en un reporte encontrado sobre su destinación a la capital aparecía como: soldado Mario López, nacido en 1916, en Tavapy.

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AMIGOS

Pérez de Villarreal Carlos – Argentina

Cuento basado en la canción “Decir amigo» de Joan Manuel Serrat.

Habían nacido con dos semanas de diferencia. Sus casas estaban en la misma cuadra: Carrer de Salses; casi pegadas una a la otra. Así fue como Pedro y Diego fueron vecinos; cursaron la primaria en el mismo colegio en el barrio de Horta. La secundaria los formó en las mismas aulas. Fueron amigos… Las correrías de chicos, la calle y su niñez fueron compartidas. La natilla de la madre de Pedro se compartía con la mistela que brindaba la otra madre, la de Diego. La adolescencia los puso en vuelo y el despertar sexual hacia la hombría fue compartido con la misma mujer. Y luego vinieron las salidas, el vino, la guitarra, las canciones y las broncas. Las peleas llegaron solo cuando ellos respondían. Siempre a dúo. Siempre espalda con espalda y ¡a la hostia con todo lo que viniera!, repartiendo trompadas. Ya buscar hembras entre ciudad y ciudad. Así era todo. Amistad de familia. Amistad entre ellos. Amistad de hierro. Indestructible.

Veinte años y el servicio los llevó a compartir tiendas, botas, cartucheras y fusil. Allí demostraron que eran excelentes tiradores. Ambos descollaban. No se sacaban distancia. Las bromas de la Compañía llegaban hasta el Batallón. Hasta se jugaba dinero por ver quién ganaría cada competencia. Pero siempre fue “lo tuyo nuestro y lo nuestro de los dos”. Y luego vino la filosofía de la vida. Diego se inclinó más por la liberación de los pueblos, la inclusión, la creencia en el frente popular, y puso en ello su entereza moral. Pedro fue más circunspecto. Para él, la autoridad debía ser restablecida. Obediencia y deber fueron su consigna. Allí, por primera vez, comenzaron las diferencias… Aunque el respeto era mutuo, confrontaban.

En julio del 36, el general Franco pasa a Marruecos y comienza la Guerra Civil Española. Motivos sociales, políticos y bélicos separan a los dos amigos. Hubo dos bandos bien definidos y una carnicería increíble. Se peleaba y se moría con un cigarrillo en los labios. La vida ya no importaba. Diego revistaba en el bando republicano. Pedro se encontraba alistado en el bando sublevado. Atrás quedaba la existencia conocida. Ahora era otra sensación. Se mataba fríamente no ya para sobrevivir… sino para escapar de la vida. En esos difíciles años, nunca se encontraron enfrentados. Por esas cosas del destino, ambos se habían convertido en francotiradores.

En marzo del 39, a punto ya de terminar esa maldita guerra, Pedro se encontraba defendiendo las posiciones tomadas. Allí habían probado sus armas y sus estrategias Alemania e Italia. A Hitler y al Duce, esta Guerra Civil les había servido como campo de entrenamiento para lo que vendría después. Los españoles pagan el costo: en vidas, en economía y en destrucción. Hasta los rusos intervinieron calladamente… Esa mañana de primavera, Pedro se encontraba en su barraca limpiando el Mossin-Nagant de tres líneas. Se había convertido en su aliado más fiel… Debía cuidarse. De él dependía su propia vida. Al clarear el día, las tropas franquistas comenzaron su avance. Para él la orden impartida fue clara: debía situarse sobre una colina entre unas encinas junto a su observador y concentrarse en una vieja casa abandonada en la que se ocultaban tropas sublevadas.

El asistente de Pedro, un soldado vasco de Zalduendo de Álava, callado, miraba con sus binoculares la casa abandonada. Algo se movió en la última ventana del 2º piso, justo debajo del techo a dos aguas. Ante el aviso, Pedro tomó posición y observó con su mira telescópica el lugar. Todo estaba en calma. No obstante, distinguió un brillo metálico. Observó con mejor detenimiento. En ese día primaveral, Diego se encontraba en una vieja casona abandonada. Su orden era abatir la mayor cantidad de soldados franquistas y volverse hacia Madrid, último reducto que podía defenderse. Solo, se situó en el 2º piso para observar el avance de las tropas. Usó su mira telescópica para ver. Recorrió el camino, el prado y dirigió el aparato hacia un pequeño bosque de encinas.

Los dos se vieron, uno con el arma lista y el otro no. Ambos se miraron. Los rostros cambiados, las manos ajadas, la mirada triste y lejana, pero se reconocieron. Por un momento el tiempo se detuvo. Por un momento las Ramblas los vieron pasar juntos, riéndose a carcajadas. Por un momento… Pedro bajó el arma y Diego se escabulló. Una media sonrisa apareció en sus labios, que el vasco no entendió porque había bajado sus binoculares. Diego escapando entre los matorrales tenía esa misma expresión en sus labios. El 1° de abril de 1939, pocos días después, Franco entraba triunfante en Madrid y cesaban las hostilidades. La guerra había terminado.

La calle Carrer d’en Quintana se encontraba bastante concurrida ese día de primavera de 1983 en Barcelona. Dos hombres ya ancianos, en el N° 5, en el antiguo Can Cullerets, tomaban una absenta. Sus cuerpos marchitos contrastaban con sus ojos vivaces, que al mirarse sonreían acordándose de esa mirada cómplice en una casa delante de un encinar… mucho tiempo atrás.

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RELATOS DÍA INTERNACIONAL DE LA MUJER 2026

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Se permite la difusión del contenido siempre que se mencione la autoría o la página Letras Hispanas por el Mundo

Relatos-mujer

“Relatos para un 8M que nos invita a pensar, leer y renacer.”

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COLABORAN

  • Maren Alberdi – España
  • Luz Fontana – Italia
  • Elspeth Gormley – España
  • Sandra Romeo – Argentina
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LA MUJER QUE ENCENDIA FAROS

Maren Alberdi – España

Cada madrugada, cuando el pueblo aún dormía, Clara subía la colina con una linterna vieja que apenas alumbraba sus pasos. Nadie sabía por qué lo hacía. Algunos decían que era costumbre, otros que era manía, otros que simplemente estaba sola.

Pero Clara no subía para verse. Subía para ver a las demás.

Desde lo alto, encendía su faro pequeño —una lámpara de aceite que había heredado de su abuela— y lo dejaba brillar hacia el valle. No iluminaba mucho, apenas un hilo de luz temblorosa. Pero era suficiente para que otras mujeres, en otras casas, supieran que no estaban solas en la oscuridad.

Una noche, una niña del pueblo la siguió. —¿Por qué lo haces? —preguntó. Clara sonrió. —Porque todas necesitamos un faro alguna vez. Y porque un faro no se pregunta a quién ilumina. Solo lo hace.

Con el tiempo, más mujeres subieron con ella. Cada una llevó su propia luz: una vela, una linterna, una lámpara improvisada. Y la colina, que antes era un punto solitario, se convirtió en un cielo en la tierra.

Desde entonces, en ese pueblo, el Día de la Mujer no se celebra con discursos. Se celebra encendiendo luces. Porque allí aprendieron que la valentía no siempre ruge: a veces solo ilumina.

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LA ESQUINA DE LA LUZ

Luz Fontana – Italia

En el barrio había una esquina donde siempre daba el sol. No era un lugar especial: un trozo de acera, una farola vieja, una pared con grafitis que nadie terminaba de borrar. Pero a esa hora de la tarde, la luz caía de una forma que hacía que todo pareciera un poco más posible.

Allí se encontraban, casi sin planearlo, dos mujeres.

Clara salía del trabajo con los hombros tensos y el pelo recogido a toda prisa. Había pasado el día entero explicando cosas que nadie quería escuchar, como si su voz fuera un ruido de fondo. Elena llegaba en bici, con las manos manchadas de grasa y una sonrisa que siempre parecía recién estrenada. Era mecánica, y le gustaba decir que arreglar bicicletas era más fácil que arreglar el mundo.

Se saludaban con un gesto pequeño, casi tímido, como quien reconoce un refugio sin admitirlo.

Un día, Clara llegó con los ojos brillantes de rabia. —Hoy me han vuelto a interrumpir en la reunión —dijo—. Tres veces. Y la última… la última ha sido para repetir lo que yo acababa de decir.

Elena apoyó la bici en la pared y se cruzó de brazos. —Pues mira —respondió—, yo hoy he tenido que explicarle a un cliente que sí, que una mujer puede cambiarle los frenos sin que se muera nadie.

Se rieron. No porque hiciera gracia, sino porque a veces reír es la única forma de no romperse.

La luz seguía cayendo sobre ellas, cálida, insistente.

Con el tiempo, empezaron a quedarse un poco más. A hablar de lo que dolía y de lo que sostenía. De lo que habían aprendido a callar y de lo que ya no pensaban callarse nunca más.

Una tarde, mientras Clara hablaba con las manos —porque cuando se soltaba, hablaba también con el cuerpo—, Elena la miró con una claridad nueva. Como si la luz de la esquina hubiera cambiado de sitio y ahora le iluminara directamente el pecho. —¿Puedo decirte algo? —preguntó Elena, sin apartar la mirada.

Clara asintió. —Cuando estás aquí… no sé. Me siento menos sola.

Clara tragó saliva. No era una confesión grandiosa. No era una declaración de película. Era algo más verdadero: un hilo que se tendía entre las dos. —A mí me pasa lo mismo —respondió—. Y no sabía cómo decirlo.

No se tocaron. No hacía falta. La luz las envolvía como si lo hiciera por ellas.

Desde entonces, la esquina dejó de ser solo un lugar donde daba el sol. Se convirtió en un punto de encuentro, en un espacio seguro, en un recordatorio de que las mujeres —todas, de todas las formas posibles— pueden encontrarse, sostenerse y reconocerse sin pedir permiso.

Porque a veces la revolución empieza así: con dos mujeres que se miran de frente, y una luz que, por fin, no las deja en sombra.

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EL HILO QUE CRUZO EL MAR

Elspeth Gormley – España

Amina llegó a España una madrugada fría de enero. No sabía exactamente dónde estaba; solo sabía que había tierra firme bajo sus pies y que el mar, por fin, había dejado de rugir. Llevaba tres días sin dormir, con la ropa pegada al cuerpo y la mirada fija en un horizonte que ya no existía. Pero estaba viva. Y eso, para ella, era un comienzo.

Había salido de Senegal con una mochila pequeña y una promesa: “volveré cuando pueda sosteneros a todos”. Su madre le había trenzado el pelo la noche anterior a su partida, apretando cada mechón como si quisiera dejarle un hilo invisible que la guiara de vuelta a casa. —No olvides quién eres —le dijo—. Ni de dónde vienes. Amina asintió, aunque sabía que el viaje la cambiaría para siempre.

En España la recibió un centro de acogida, un edificio gris que olía a sopa caliente y a cansancio. Allí aprendió sus primeras palabras en castellano: hola, gracias, mañana. Palabras pequeñas, pero suficientes para empezar a tejer una vida nueva.

Los primeros meses fueron duros. Muy duros. Amina limpiaba escaleras por las mañanas, cuidaba a una anciana por las tardes y estudiaba español por las noches. A veces lloraba en silencio, no por tristeza, sino por agotamiento. Pero cada vez que pensaba en rendirse, recordaba las manos de su madre trenzando su cabello. Ese hilo invisible seguía ahí, tirando de ella hacia adelante.

Un día, mientras limpiaba un portal en Alicante, una vecina la observó en silencio. —Tú trabajas muy bien —le dijo—. ¿Has pensado en estudiar algo? Amina sonrió tímidamente. —Quiero… cuidar. A personas. A mayores. A niños. A quien necesite. La mujer la miró con una ternura inesperada. —Entonces ven conmigo. Conozco un sitio donde puedes formarte.

Ese gesto cambió su vida.

Amina comenzó un curso de auxiliar sociosanitaria. Le costaba seguir las clases, pero no se rendía. Subrayaba cada palabra, repetía cada frase, preguntaba sin miedo. Sus compañeras la admiraban. —Tú tienes una fuerza que no se ve todos los días —le decían. Ella sonreía, sin saber muy bien cómo responder.

Al terminar el curso, consiguió trabajo en una residencia. Allí descubrió algo que no esperaba: que su voz, suave y cálida, tenía el poder de calmar a quienes ya habían olvidado casi todo. Que sus manos, firmes y delicadas, podían sostener cuerpos frágiles sin hacerles daño. Que su presencia, silenciosa y constante, era un refugio para muchos.

Una tarde, mientras acompañaba a pasear a una mujer mayor, esta le tomó la mano. —Eres luz, hija —le dijo—. No dejes que nadie te apague. Amina sintió un nudo en la garganta. Nadie se lo había dicho desde que dejó su hogar.

Con el tiempo, alquiló una habitación, envió dinero a su familia y comenzó a ahorrar para traer a su hermana pequeña. Cada paso era lento, pero firme. Cada día era una conquista.

El 8 de marzo, sus compañeras de la residencia la invitaron a una manifestación. —Ven con nosotras —le dijeron—. Este día también es tuyo. Amina dudó. No sabía si pertenecía a ese “nosotras”. Pero fue.

Cuando llegó a la plaza y vio a tantas mujeres juntas —jóvenes, mayores, migrantes, españolas, madres, estudiantes— sintió algo que no había sentido desde que dejó Senegal: pertenencia.

Una chica le ofreció un cartel. —Escribe lo que quieras. Amina pensó un momento y escribió despacio, con letra temblorosa:

Mi camino fue largo. Pero aquí también florezco.”

Al levantar el cartel, sintió que el hilo invisible que la unía a su madre seguía intacto. No la tiraba hacia atrás. La sostenía.

Y por primera vez desde que cruzó el mar, Amina se sintió completa

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COMPAÑERAS DE VIAJE

Sandra Romeo – Argentina

Sin luces ni sombras en su mirada, la anciana estaba parada en el andén de la estación, inmóvil entre la marea de gente.
Semejaba un árbol reseco esperando el hachazo final.
Quizá fue esto lo que llamó la atención de Ángela. Y eso que ella no era afecta a iniciar relaciones con personas desconocidas.
Se acercó a la vieja despacio, aprovechando los huecos que dejaban los pasajeros apretujados sobre la plataforma.
La tomó con cuidado del brazo con temor a que se le deshiciera en las manos y la despegó unos pasos del bloque humano.
Se sintió mirada, y en esa mirada, espejo a futuro, se vio.
Tuvo miedo.
Aun así ayudó a la viejita a subirse al tren y conseguir un asiento en los vagones atestados.
Dio media vuelta para marcharse pero la voz cascada de una historia la atrapó.
—Sí—dijo la otra—, estoy sola en el mundo y soy vieja. Piensan que no lo sé, que no me doy cuenta o que soy tan estúpida como para no verlo. Sin embargo no siempre fue así. Sé de la familia, del amor y del abrazo. Sé del abandono.
Ángela se hizo un lugar a su lado dispuesta a escuchar.
Las manos huesudas de la anciana dibujaban signos en el aire y su mirada legañosa la enfocó al tiempo que le decía: —Todo se remite a la confianza, querida. Cuando una confía nunca está sola.
Cuando una confía, vive.
La joven ahuecó sus brazos y la contuvo. Con el traqueteo del tren y la cadencia de su monólogo la viejita se fue quedando dormida, no sin antes depositar a Ángela en la contemplación de su propio pasado.
Recordó.
El amor con Eduardo. La pasión que los condenaba a una vida apartada. La familia hinchando su vientre, bebiendo su tiempo así como su sangre.
Los engaños.
Otras que nunca serían ella. Solo pasajeras sin ancla ni destino en la vida de él. Pero otras al fin.
Y la soledad que se coagulaba en horas de espanto durante el día y la asfixiaba durante la noche al punto de sentirse expulsada del tiempo.
Despacio, muy despacio, se deshizo del abrazo a su compañera de viaje acomodándole la cabeza con cuidado sobre el asiento de cuerina verde.
No sabía dónde estaba, pero sí sabía que debía bajarse de ese tren que era su vida. La otra, pajarillo breve en el inmenso vagón, seguramente viajaría hacia el final.
Se paró con lentitud dirigiéndole a la viajera una última mirada de cómplice
agradecimiento.

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LA NIEBLA – RELATOS – FEBRERO

Nota Editorial: Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

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Toda historia comienza cuando la niebla decide abrir un umbral.

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COLABORAN

  • Maren Alberdi España
  • Magi Balsells – España
  • Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

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LA NIEBLA

Maren Alberdi – España

Dicen que hubo un tiempo en que un pequeño pueblo pesquero vivía atrapado en una rutina tan espesa como la propia niebla que un día llegó del horizonte. Aunque lo tenían todo -el mar generoso, los huertos fértiles, el bosque vivo, la paz con los pueblos vecinos-, la gente caminaba sin alma, “como ausentes, sin una sonrisa de saludo…”, hasta que la niebla vino a mostrarles lo que no querían ver.

Aquel amanecer, los pescadores vieron cómo una masa gris avanzaba desde la línea donde el mar besa al cielo. No era una bruma ligera, sino un muro vivo que se movía con la lentitud de un gigante cansado. Cuando llegó al pueblo, lo cubrió todo: calles, casas, animales, voces, miradas. La vida quedó suspendida. Los pájaros callaron, los perros se escondieron, los niños dejaron de jugar.

El pueblo entero se convirtió en un mundo sin luz, sin tacto, sin sonido.

Los días pasaban y la niebla no se movía. Era como si una fuerza invisible hubiera apagado la voluntad de todos.

Entonces, los ancianos decidieron acudir a Euri, la bruja buena que vivía junto al bosque. Ella los recibió con una lámpara antigua en la mano, su rostro iluminado por sombras que parecían hablar.

Les dijo que la niebla no era un castigo, sino un espejo. Que la ambición por una felicidad inmediata los había vuelto ciegos a lo que ya tenían. Que la niebla solo les mostraba el vacío que ellos mismos habían creado.

Aquella noche, Euri bajó sola a la playa. Encendió una hoguera con los restos de una barca y, desnuda frente al mar, danzó alrededor del fuego recitando conjuros de perdón y memoria. Cuando cayó rendida, la luna llena iluminó el cielo como si quisiera ayudarla. El mar despertó, las olas rugieron, y la niebla comenzó a retirarse, concentrándose en un bloque blanco que se hundió lentamente en el océano.

Al amanecer, el pueblo despertó a un sol radiante. Los pájaros cantaban, los perros corrían, las casas brillaban. La vida había vuelto. Pero junto a las brasas de la hoguera solo encontraron los harapos de Euri. Su cuerpo ya no estaba. Algunos dicen que se hundió con la niebla. Otros, que subió por un rayo de luna para reunirse con la estrella que siempre la guiaba.

Lo cierto es que, desde aquel día, el pueblo aprendió a mirar. Y nunca más volvió a aburrirse.

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NIEBLAS

Magi Balsells España

Esta niebla que, desde la tierra húmeda, se eleva produciendo en nuestros ojos figuradas formas fantasmales, penetra en nuestro cálido cuerpo y nos hace sentir un frío oculto, provocando en algún momento un leve temblor de ansiedad, dejando un suave rocío sobre nuestra vestimenta.

No solo están las matinales, que con los primeros rayos del sol desaparecen sin mayor importancia, simples caprichos de la naturaleza. También están las nocturnas, esas que siempre nos provocan un cierto temor. En la oscuridad, cuantas más formas espectrales creemos ver, más apresuramos el paso para dejarlas atrás lo antes posible, buscando el calor que ellas nos niegan.

Pero existe otro tipo de niebla, mucho más peligrosa, que ningún rayo de sol logra disipar. Son las nieblas de la mente, con sus múltiples formas y nombres. Cada una, según nuestra idiosincrasia, juega un papel fundamental en el comportamiento humano. A pesar de los medicamentos y de los estudios que continuamente se realizan, no se encuentra una solución definitiva. Algunos dicen que son cuestiones mentales; otros, simples manías. Pero lo cierto es que son ofuscaciones del pensamiento que, a diferencia de la niebla natural que se desvanece con el sol, están tan arraigadas que no existe astro rey capaz de iluminarlas ni borrarlas.

También existen las nieblas del corazón. Estas, muchas veces, nacen de amores truncados, de desgracias vividas o de situaciones afectivas no resueltas. Son más fáciles de sanar, porque el tiempo —ese gran doctor— puede llegar a curarlas, o quizá otro amor logre poner orden en esos sobresaltos del alma.

Procuremos, entonces, que nuestra niebla sea solo la que vemos muchos días, la que se disipa mientras el amanecer avanza. Y de las otras, deseemos que nunca se instalen en nuestras partes más queridas: la mente y el corazón.

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SILUETAS

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

Las ruedas de los patines en línea dejaban tras de sí el sonido áspero del roce con el pavimento. El cuerpo esbelto de la joven mujer se inclinaba en esa pose característica de los patinadores: inclinada hacia adelante, la mano izquierda atrás, apoyada en la cintura, mientras la derecha acompañaba el vaivén de las piernas, en forma acompasada. El movimiento era continuo, tranquilo, sin prisa… pero sin pausa.

María Eugenia se sentía contenta, saludable por fuera y por dentro. Gozaba del momento, en donde todas sus energías psíquicas y físicas estaban puestas en el patinaje. Dueña de una fuerte personalidad e interesada en cuidar su aspecto, daba rienda suelta a sus gustos. Había dejado hacía una hora su consultorio de psicóloga y, aunque tenía una invitación de un pretendiente, decidió salir a practicar su deporte favorito. Soltera, sin hijos, ni ataduras, vivía su vida tal cual lo deseaba, al momento.

Aunque el otoño había comenzado, el sol todavía estaba fuerte. Unas gotas de transpiración corrieron por su mejilla derecha, dejando un pequeño surco sobre la piel cobriza. Su sombra, todavía no muy alargada, estaba detrás de ella, siguiendo el ritmo de sus movimientos. En un momento determinado tomó conciencia de que debía descansar. Miró su cronómetro colocado en la muñeca y comprobó que ya había cumplido el tiempo de ida. Cuando vio el cordón de una isla en el medio de la calzada, se detuvo, se sentó y, sacando su pequeña cantimplora del equipo, bebió lenta y pausadamente. Se sintió satisfecha, un poco cansada por el ejercicio, pero llena de vitalidad.

Vio su sombra proyectarse delante y, en un gesto de broma, la saludó con la mano. Por supuesto, recibió el mismo cumplido. Guardó la botella en su pequeño arsenal, se levantó y comenzó de nuevo a balancearse con ritmo al compás de los patines, rumbo a su departamento, ya de regreso. La sombra ahora se encontraba al frente. Distinguió su casco, su figura, el torso, los brazos y las piernas balanceándose al ritmo de la marcha.

De repente… una duda germinó en su mente. Cuando había saludado a la sombra en el momento en que estaba sentada, recordaba haber movido su mano derecha, ¿Le había contestado igual o había movido la otra mano? Pensó y repasó en su memoria todos los movimientos realizados. Su intelecto estaba acostumbrado a analizar críticamente los actos de las personas. Puso en práctica su adiestramiento. Conclusión: algo aterrador. Estaba plenamente segura de que la sombra había contestado con la mano izquierda. ¡No podía ser! ¡Era una locura! ¡Qué estaba pasando!

Fijó su vista adelante y movió su mano derecha. El saludo vino… con la mano izquierda. Atónita, paró de golpe aplicando los frenos traseros con desesperación. Quedó clavada al piso, totalmente desconcertada.

Una niebla espesa comenzó a cubrir el espacio que la rodeaba. Algo inquietante, malévolo se expandió y la cubrió por completo. Poco a poco, la bruma fue desvaneciéndose, hasta que al fin se disipó. En el pavimento solo quedó reflejada una oscura silueta.

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CUENTOS Y RELATOS – ENERO

Nota Editorial. Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablantes.

Relatos

“Historias que iluminan cuando cae la luz.”

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COLABORADORES

✦Miriam Alberganti – Argentina
✦Magi Balsells – España
✦Carlos González Saavedra – Argentina
✦Elspeth Gormley – España
✦Jaime Hoyos Forero – Colombia
✦Andrea Kiperman – Argentina
✦Andrea Morini – Argentina
✦Graciela Reveco – Argentina
✦Sandra B. Romeo – Argentina

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TODO LO QUE AMO

Miriam Alberganti – Argentina

La verdad que este año no lo empecé tan bien, sentía que el mundo se me venía abajo y en ese momento solo me concentre en resistir.

Al cabo de un tiempo cambie mi plan, ya no se trataba de resistir, comencé a entrenar mi mente para recibir lo mejor. Me planté, me formé, me preparé , me determiné y las oportunidades comenzaron a aparecer y el cielo se volvió a abrir.

Ya no recuerdo cuántas minis vacaciones me tomé este año… Playas de Ñandubaysal, Carnaval de Gualeguaychú, Las Heras, Capilla del Señor, Rosario, Quebracho ladeado en Córdoba, , Chapadmalal en Mar del Plata, Zárate, Campana… Ninguna fue planeada, en todas me invitaron…

Y perdí la cuenta de cuántas excursiones y lugares bellísimos que conocí en Bs.As , palacios, cafés notables, estancias, centros históricos, lugares increíbles que desconocía que marcaron leyendas urbanas y acontecimientos que marcaron el rumbo de miles de familias que eligieron nuestro país para regalarle su descendencia. Cuánta rica historia incorpore!

A tal punto que decidí comenzar la carrera de turismo!

Aplícalo a la relación que quieras…

«Si no te responde: ¡Ya te está respondiendo!

Quien quiere estar: ¡Aparece!

Quien lo siente: ¡Se comunica!

Quien puede:¡Se queda!

¿Todo lo demás? ¡Es excusa!

El silencio también es un mensaje: ¡Y a veces es el más honesto!

Llego a la conclusión, que todo mal momento pasa, que la buena gente nunca se va, que de todo se aprende, que la vida siempre sorprende, que una cosa es desear estar bien y otra muy distinta es «determinar», que vivir preocupándose nos roba la vida, que el amor y el humor nunca falla, sana cura,libera y restaura., y lo más sorprendente es que hay una fuerza que ningún mal momento la puede frenar, ¡LA FUERZA INTERIOR!

¿Conciencia tranquila? ¿Paz en el corazón? ¿Momentos lindos? ¿Buenas acciones? ¿Pensamientos puros?

¡Todo sirve para construirnos y evolucionar!

Me propuse «crear recuerdos con la gente que amo» y es una de las mejores experiencias de este año!

Reconstruir relaciones, recuperar vínculos, hablar de conversaciones incómodas, de entender silencios, o soltar personas y pesos innecesarios, es como limpiar nuestro «Placard emocional», es liberarse, es hacer lugar, es sumar, es incorporar lo nuevo y hasta devolver lo que no es nuestro.

Llegar a un lugar que hace rato no vas y te reciben con la alegría de siempre, que ese lugar de la mesa nunca se perdió, charlas profundas y restauradoras con «ese o esa» que menos te imaginas, momentos impagables de tanta risa tan sana que quedan fijados en la memoria vividos con la familia o amigos, abrazos y palabras cariñosas que muchas veces me hicieron sentir amada y contenida!

¿Que si fue un año malo o bueno?

Tuve muchas situaciones y razones para deprimirme y no salir de la cama. Pero elegí aprovechar la adversidad para, si se pudiera, ser mejor persona, y créanme que disfrute el proceso, ¡me gusta quien soy! ¡Gracias a quienes me ayudan a serlo! Agradezco a la vida por esos seres de luz que me acompañan en el camino!

¡Que afortunada soy!

¡Estoy tranquila, estoy en paz!

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EL VIEJO LIBRO

Magi Balsells – España

Que sorpresa, al efectuar unas obras en mi vivienda, me he encontrado con algo que pensé estaría perdido, y si lo ha estado durante muchos años, el hallarlo me ha devuelto a mi juventud, cuántos recuerdos han aparecido en breves momentos en mi pensamiento, cuánta añoranza hay en su contenido, cuánto deseo y cariño hay en este viejo libro.

Casi con temor abro su portada, y allí en la primera hoja, una dulce dedicación a mi persona, con cuidado paso las primeras paginas, recreándome en la lectura de su contenido y leyendo unas anotaciones en los márgenes que hice en su momento, me parecen escritas por otra persona ya que hoy las encuentro aun siendo mías de un gran contenido y sentimiento,

Cada página, es un dulce recuerdo, no me hace falta leerlo ya que las palabras escritas van reviviendo en mi mente, pese a los años transcurridos

Al llegar a la mitad de este libro, hace su aparición, lo más deseado y añorado en su día, unos pétalos de una rosa, que en su momento, llenos de fragancia aromatizaban el libro, hoy caducas y secas, siguen para mi siendo frescas y lozanas como el primer día. Con mucho tiento cojo uno de los pétalos; esta seco y posiblemente crujiente, pero esto no me importa, solo pienso en que no se rompa, lo acerco a mis labios para depositar en la rigidez de su tersura el mas puro beso, tan cerca está de mí que aun pasados los años mantiene un fondo de suave aroma, cierro los ojos y se presenta en mi memoria el recuerdo de día que me fue regalado y por la persona que tuvo este bello detalle,

Éramos muy jóvenes, pero teníamos un amor puro y sincero, ella un año mas joven que yo, solo tenia 15 años, con sus pobres ahorros me compro este gran regalo, que juntos pasábamos las horas deleitándonos con su contenido, mientras nuestras manos enlazadas soportaban el cariño que nos profesábamos

Muchas horas pasamos leyendo y releyendo esta magnifica obra poética, basándonos en el intentamos nuestros incipientes ensayos poéticos, no se si eran bellos ni rimados, pero eran una glosa al cariño que de nuestras letras emanaban.

Pero nuestra felicidad se trunco, era época de escasez, poco trabajo, mucha miseria, sus padres decidieron marchar a buscar fortuna a otro país, y así de golpe sin esperarlo nuestras vidas se separaron, quedamos en escribirnos, pero algo mas aumento nuestra desdicha, mis padres también emigraron y yo con ello, nuestro amor quedo en el olvido.

Cuanto lloré, cuantas noches despierto estuve pensando, como estaría, que haría, mil y un pensamientos se alojaba en mi mente

Con los días se fue perdiendo este deseo, aunque no quedo en el olvido; así pasaron muchos años, yo nunca pude mirar a otra mujer ya que su grácil figura permanentemente estaba en mi mente, ninguna me parecía lo suficiente hermosa para desbancar a mi flor querida

Voy a cerrar el libro y guardarlo, ya que me estoy entristeciendo, de lo que puedo ser y no fue, al pasar la ultima pagina, encuentro un papel pegado, que nunca lo había visto en las muchas horas de lectura

Con curiosidad lo abro y allí con su fina letra hay una nota de mi amada que dice

«Mi querido amor Debería haberte dicho esto de palabra, pero he preferido hacerlo de esta manera, se que nos separan, e ingenié una manera de poder volvernos a encontrar en el futuro, no se si recordaras que antes de marcharme con mis padres , te pedí este libro, allí puse en el ultimo instante y antes de devolvértelo esta nota, hoy tengo 15 años, pero dentro de los mismos que ahora tengo o sea 30, estaré en el pinar que había junto a la ermita de san Jacobo, en el día de tu cumpleaños, si no estas lo sentiré mucho significara que no has leído mi nota, por lo cual cada día de tu cumpleaños allí te esperaré, esto será mi prueba de amor hacia ti, iré cada año, esperándote.»

Te quiero Que alegría, dentro de dos días es mi cumpleaños, no puedo perder mas tiempo, pediré permiso en el trabajo a cuenta de vacaciones, no creo que haya ningún problema. Estoy tan nervioso que hasta el libro se me ha caído de las manos, no sé que hacer si gritar reír o llorar, no lo sé, pues las sensaciones que tengo no puedo enumerarlas

Hoy es el día que debemos encontrarnos, ya llevo más de dos horas sentado en el pórtico de la ermita, estoy anhelante. No se si vendrá o a que hora, es igual esperaré hasta la noche si hace falta, pero no será necesario, por el camino, viene una figura femenina, no se si será ella, veo que es toda una mujer, nada que ver con aquella chiquilla de pelo rubio y trenzas, pero algo tiene que me es familiar, no puedo esperarla aquí, me levanto y salgo corriendo a su encuentro. ¡Si, es ella, no me equivoqué, aquí está.!

Nos juntamos con un fuerte abrazo, mi corazón golpea mi tórax con la fuerza de un ciclón, no sé que decir, pero creo que no son necesarias la palabras, las miradas son suficiente

Una vez pasado estos naturales arrebatos, empezamos a contarnos nuestras vidas, ella aun soltera y yo también, ella esperándome siempre y yo deseándola mas que a mi vida.

Me pregunta, me esperaste todo este tiempo.

Solo tenía un pensamiento y era volver a estar contigo, para hoy ya con cierta edad decirte lo mucho que te quiero y que de tu lado nada ni nadie me separará.

Y así fue como volví a recuperar el amor de mi vida.

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RENACER CON EL ALMA VENDADA

Carlos González Saavedra – Argentina

El día se presentaba espléndido: un sol imponente, cielo limpio. Una suave brisa nos acariciaba el rostro.

Sin embargo, Enrique lucía destrozado, derrumbado. Al mirarlo a los ojos, comprendí que no tenía consuelo, ni él ni su esposa. La pérdida de su hija mayor los había dejado sin fuerzas.

Como amigo cercano, no sabía qué hacer, más que estar a su lado. En un breve diálogo lo alenté diciéndole: ¡Fuerza, amigo!

Se dio vuelta lentamente y me contestó: “Tus palabras son como aspirina: calman mi dolor, pero enseguida aparece otra vez… hasta escuchar la voz de otro amigo alentándome. Así ando por la vida.”

Quedé perplejo, obviamente sin saber qué decirle. Lo vi alejarse lentamente, con pasos pesados, sin ganas de nada.

Los acompañé los primeros días en su casa. Pero la vida continúa.

Finalmente me llamó para invitarme a una peña folclórica, para juntar fondos para viajar a la provincia de Córdoba. Juntaron el dinero y fueron a un evento llamado RENACER, creado por padres con el mismo dolor.

A partir de allí fueron a otros. Aprendieron a renacer entre las cenizas, a tratar de vivir otra vez la vida. Con ayuda de familiares y amigos, construyeron una nueva vida.

Esta historia real, que me tocó tan de cerca, me hizo admirarlos y aprender de ellos. No sé si podría renacer como ellos. A través de los años, han sido un ejemplo de superación.

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LA CARACOLA

Elspeth Gormley – España

Caminando un día por una playa virgen encontré una hermosa caracola. Era verano y el mar, tranquilo y cálido, rozaba con sus labios de agua la nacarada caracola depositada en la orilla por las olas. Mojada de mar, el sol la hacía brillar como una aparición, como una mensajera de sugerencias que obligaba a centrar en ella la mirada, componiendo una escena de evocación y misterio.

Tuve el impulso de recogerla, de quitársela a la playa, pero por un momento imaginé la soledad de la arena y el agua, y me contuve. Era como robarle a la naturaleza aquella escena, aquella historia que parecía querer contarse desde el hueco de la caracola. La tomé entre mis manos y la llevé al oído. Una voz de mar profundo me susurró su leyenda: había vivido en la oscuridad de una cueva submarina y apenas entreveía la claridad del sol al mediodía. Una vez pasó por allí un cangrejo ermitaño, de esos que caminan esgrimiendo una gran pinza, y se introdujo en ella apropiándosela como refugio. Entonces, arrastrándose, arrastrándola, emprendió el camino hacia la orilla. La luz creciente la fascinaba, llenando su concha de bellas irisaciones que nunca había contemplado en la penumbra de su retiro en la cueva.

Una vez en la arena, fuera del agua, el cangrejo la abandonó y se alejó arrastrándose por la orilla. No le volvió a ver… quizás volvió al mar, quizás se apropió de otra caracola. Ella se quedó allí, extasiada de la belleza de la luz, de la blancura de la arena, del verde azulado del mar que por primera vez veía desde afuera. Y se alegró de que el cangrejo se hubiera ido; no le gustaba su caparazón áspero y opaco, su pinza amenazante, su posesión ciega, sus ojos pequeños, su cobardía. Todo esto me dijo susurrando la caracola.

La dejé otra vez sobre la arena mientras experimentaba una sensación de inquietud y tristeza por su destino. Era bellísima y fascinante, pero su sitio estaba allí, en la playa; no debía llevármela. Aunque quizás fuera de nuevo apropiada por otro cangrejo que la arrastraría otra vez al fondo del mar, que la abandonaría otra vez en la tenue soledad. O quizás, permaneciendo sola en la playa, el mar de invierno, con sus olas violentas, acabara rompiéndola en mil pedazos contra las rocas del fondo. O tal vez otro caminante como yo decidiera robarla sin escrúpulos para su exclusivo deleite, y al final terminara olvidada en alguna vitrina de una casa cualquiera.

La caracola estaba condenada antes o después, lo sabía, y nunca volvería a brillar de aquella mágica manera, en aquella escena de playa, mar verde azulado y verano. Pero no sería yo quien la arrebatara ahora de aquella plenitud. Allí la dejé, después de admirarla largo rato.

Y cuando me alejé, sabía que iba a perdurar en mi corazón durante mucho tiempo, a salvo de las manos del azar y de los mares de invierno, mientras siguiera viva en mi mente el recuerdo de la caracola, con su voz de luz y sueños, con su fantasía de playas vírgenes e historias imposibles.

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NO TODOS APRENDEN LEYENDO

Jaime Hoyos Forero – Colombia

Había leído muchas historias de amores imposibles. No sé por qué razón estas tristes historias en las que el hombre -el enamorado- siempre perdía, le entusiasmaban de alguna manera. No todos, sin embargo, aprenden leyendo. Y entre estos estaba Jimmy, como cariñosamente le llamaban sus amigos. José, con quien tenía una más estrecha amistad, le decía: —Jimmy, tienes vocación de mártir. ¿Cómo pueden gustarte esas historias?

Y lo que José no sabía ni podía imaginar era que su amigo se había enamorado perdidamente -igual que en las historias y novelas que leía- de un amor imposible. Helena, efectivamente, era una mujer muy rica. Tal vez porque el dinero nada le costaba -era la hija única de un potentado millonario- tampoco le costaba nada despilfarrarlo. —Puedo hacerlo —decía—, mi padre es mi inacabable caja fuerte.

Helena sabía, además, que cuando su padre faltara, ella heredaría la totalidad de su hacienda. Incluso hacía el cálculo de que si gastara diez mil dólares por día, su fortuna le alcanzaría hasta cumplir 115 años. ¿Por qué Jimmy se enamoró de Helena? Descartado que fuese por dinero. Jamás. Jimmy era un romántico empedernido y es sabido que a esta clase de enamorados solo les importa el amor. Y Helena… ¿estaba enamorada? Digámoslo de esta manera: a ella le fascinaba la cortesía, la amabilidad, el modo respetuoso de tratar a los demás, la simpatía de Jimmy que les parecía inigualable a las amigas de Helena. Pero, ¿realmente estaba enamorada? Lo prefería, sí, a sus muchos amigos adinerados, tan malcriados y arrogantes y vanos. Helena, dueña de tres camionetas Mercedes Benz, dos de ellas con chófer propio y recibida con extremas venias por los empleados de los cinco clubes a los que pertenecía su padre, un día invitó a Jimmy a un matrimonio al Washington Club. En el primer grupo de invitados a donde llegaron esa tarde, alguien le preguntó a Jimmy: —Oye, no nos parece haberte visto. ¿Dónde estudiaste?

Cuando respondió que era egresado del Colegio oficial municipal del barrio Los Remedios, ellos, los amigos de Helena se miraron como si hubieran dicho: “Este pobrete…” Uno de ellos, preguntó a Helena: —¿Es tu amigo?

Luego de un momento de reflexión, ella contestó: —Es mi escolta preferido.

Jimmy se fue escabullendo lentamente. Nadie lo vio alejarse… ni ella. Salió del club, cabizbajo y anímicamente malherido.¿Será necesario agregar que ese fue el fin de esa relación?

Tiempo después -hay hombres que no aprenden- nuestro “héroe” se enamoró de Luisa, tan arrogante como Helena, sin mucho dinero pero con un deseo irrevocable de figurar en la política. Su verbosidad impetuosa fascinaba a Jimmy. Luisa, en solo dos años, fue concejala, diputada, senadora. Cuando necesitó depositar en su cuenta bancaria una millonada proveniente de favores hechos a gente de la mafia, Luisa no dudó en decirle a Jimmy: —El 10% es tuyo. Solo tienes que depositar esos milloncitos en tu cuenta y ya te diré qué ir haciendo con ellos.

¿Será necesario agregar que esa relación se acabó de plano cuando Jimmy se sintió “objeto” y testaferro de su novia?

Tiempo después -hay hombres que no aprenden- nuestro héroe, incapaz de aplicarse los versos magistrales de Andrés Eloy Blanco, “He renunciado a ti. No era posible, fueron vapores de la fantasía; son ficciones que a veces dan a lo inaccesible una proximidad de lejanía. He renunciado a ti, serenamente, como renuncia a Dios el delincuente; he renunciado a ti como el mendigo que no se deja ver del viejo amigo. Y como el ciego junto al libro abierto. Y el niño pobre ante el juguete caro”

Nuestro hombre -quién lo creyera- volvió a enamorarse, no ya de una millonaria ni de una ambiciosa política, sino de una intelectual…¡Lo que le faltaba! Trinidad -Triny la llamaban familiarmente-, era una excelente escritora. Había publicado libros a granel y conocía a mucha, mucha gente del mundo de las letras. Cuando José la conoció, dijo a su amigo: —Jimmy, por Dios… ¿Otra vez?-

Triny era espectacular por su belleza, su hidalguía, su don de gentes, su profunda simpatía. Era dueña de una sonrisa celestial, que cautivaba a hombres y mujeres. Su rostro, su cuerpo, su alma, eran de diosa. ¡Toda ella…era la encarnación de la belleza y del amor! Cuando Jimmy la besó por primera vez, supo (¿Es comparar tan malo?) que esta vez una mujer amada, verdaderamente amada, había entrado en su vida. ¡Quién lo creyera!

José, tuvo que rendirse y exclamar: —¡Jimmy, ganaste…Te saliste con la tuya! Si la llegas a dejar, ¡te mato… prefiero un amigo muerto que un hombre que desprecie el diamante en el alma de una mujer!

José y Jimmy, al calor de un vino y teniendo delante de sus ojos un retrato de Triny, recitaron a voz en cuello los versos de Amado Nervo: “Todo en ella encantaba, todo en ella atraía, su mirada, su gesto, su sonrisa, su andar. El efluvio de Francia de su boca fluía. Era llena de gracia, como el avemaría… Quien la vio no la pudo ya jamás olvidar”. Y ahora, dijeron los dos a un mismo tiempo:

“Repitamos los verso no en pasado, sino en presente… En un presente que nunca acabe”.

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REINICIO

Andrea Kiperman – Argentina

Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado, compartiendo estas palabras.

El tema de este mes tiene que ver con el Reinicio, un tema de más interesante y más aún en los comienzos de un gran año. A veces el reinicio se puede dar simplemente con una nueva bocanada de aire fresco, cuando sentimos que el aire ingresa y, en ese instante, remueve todas nuestras preocupaciones. Y esto no lo digo solamente yo.

La idea es poder, en estos tiempos donde la urgencia, la rapidez y los ritmos acelerados están presentes en nuestra vida cotidiana —cada vez más rápida, aunque no sepamos muy bien hacia dónde corremos—, conectarnos con nosotros mismos, con nuestra respiración, con nuestras emociones y pensamientos.

En un mundo donde lo externo cada vez cobra más “importancia”, el reinicio que propongo tiene que ver con ir hacia adentro. Volver a nuestro ritmo, intentar estar presentes en aquello que hagamos durante el día, tomarnos unos minutos —si se puede— para respirar con tranquilidad. Cuando estemos en la calle, poder apreciar, como turistas, el lugar en el que vivimos, disfrutar del paisaje y reiniciar nuestros pensamientos.

La idea sería poder vivir cada día de manera diferente, en el mismo lugar en el que estamos, pero desde una mirada totalmente distinta.

¿Te animas a reiniciarte?

Quedo con ustedes…

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EL CANTO DE LA ORALIDAD

Andrea Morini – Argentina

El viento helado de la noche se filtraba por las rendijas de la vieja cabaña, silbando una melodía que a Doña Clara le resultaba inquietante. Había dedicado su vida entera a relatar leyendas, pero esa noche, la historia que guardaba en su vientre parecía querer nacer antes de tiempo. Sentada frente al fuego, se esforzaba por escuchar más allá del dolor, buscando consuelo en el susurro de las brasas.
Clara era una benzedeira, una mujer que tejía el mundo visible con el invisible. Sabía que su parto no sería un simple acto de la carne, sino el alumbramiento de un espíritu con un destino marcado. La imaginación popular dictaba que aquellos nacidos bajo la luna traían consigo la sombra de la floresta y la fuerza de los caboclos; esos que nunca cruzaron el río de la muerte y que moran ahora como seres encantados.
Ella lo había presentido en las señales: el canto mudo del urutaú al amanecer y el agua del pozo tornándose color miel. Necesitaba saber si el alma que venía era libre o si estaba atada a los antiguos juramentos de su linaje. De repente, una voz grave y nítida resonó, no desde el exterior, sino desde la profundidad de la choza.

—Madre, déjame ayudarte a contar mi propia historia —dijo la voz. Clara abrió los ojos mientras un sudor frío le recorría la frente. La voz provenía de su vientre; no era un grito de dolor, sino una súplica cargada de saber ancestral.
La benzedeira sonrió con la certeza de quien comprende, al fin, el misterio. El miedo se disipó. Era un encantado quien venía al mundo, un hijo del monte. Mientras las contracciones se intensificaban, Clara se preparó para dar a luz al niño que esa misma noche le enseñaría el verdadero lenguaje de los caboclos. Entonces, comenzó a murmurar su plegaria:

«Oh, fuerzas que me ven; oh, voces del silencio: que mi espíritu logre escuchar más allá del ruido y mi alma tenga el valor de narrar lo aprendido. Invoco a la imaginación que traza el mapa del espíritu para conocer la verdad que yace oculta y quieta. Que se abran las señales en el humo y en la arena, y se revele lo que es inquietante y lo que es sereno. Por el poder de la criatura que mi cuerpo entrega al mundo y la memoria que me ata a lo más profundo. Llamo a los caboclos, guías de la tierra y del destino, y a los encantados, guardianes de mi camino. ¡Que este saber sea luz en mi senda oscura! ¡Que así sea!».

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BESO BLANCO

Graciela Reveco – Argentina

Incluso en el final de todos los crepúsculos hay una dimensión ignota dentro de los seres, que no se quiebra jamás. Estar ausente, porque no se es visible a los ojos, es una cuestión que no se puede acreditar como verdad absoluta. Alba lo siente así, y se ha quedado prendada de la luminosidad del cosmos, como si cada punto de luz le anunciara que el conjunto representa la mano evangélica cuya misión será dibujar en su mirada de duelo la presencia que necesita para
seguir respirando.

Cada día el edificio renace con un efluvio distante, desde la altura omnisciente que le otorga la distribución equitativa de los departamentos hasta el suelo abrupto de cerámicos espejados. La ventana de la habitación permanece abierta, sitio del que no ha salido por mucho tiempo y en el que Alba atiende a un inusitado privilegio que vibra en todo su misticismo. El reloj marca la misma hora de la fatalidad, cuando cercenó el futuro de los abrazos, las discrepancias, las ternuras aladas y los labios en un beso rojo, como bucólico azar que nunca borrará su mente. La blancura inmaculada que desprende el cielo por escasos segundos le trasmite esa conmoción inédita; algo se dibuja solo para ella, que acude, la toca y… la besa. No quiere saber si es una ilusión, solo necesita vivirlo y así lo representa, como un holograma cibernético en la interioridad del alma. La congoja no le permite cerrar la ventana y espera el instante que llegue como un abalorio en la desdicha, dormida tal vez en un sueño palmario, sin límites, sin regreso, inmersa en la oposición a la realidad. Y puede ver en su interior lo que él ve detrás de la nebulosa, detrás del recuerdo, detrás de toda esa magnificencia que puede crear la Fe. Lo quiere blanco porque él vive en la ausencia literal y absoluta del color, y escucha el sonido trémulo de su voz sin palabras.
No hay matiz en los pensamientos del hombre que navega frente a la entelequia de Alba. Algo sepulcral lo ha borrado y lo detiene en un negro espectro, no obstante, él sigue pilotando por el aire, en ese espacio beligerante y profundo donde las estrellas sucumben cada noche al influjo del Universo, entre espumas de algodón flotante, en medio de una maqueta sin acuarelas que aguarda el cincel. El sol está oculto en algún punto cardinal que no encuentra, y tampoco produce alarma en la quietud de Alba, porque Alba solo vive para la espera. El piloto reflexiona sobre el dictamen de la extraña presunción que el paisaje le ofrece, diferente de otras ocasiones, quizás menos azul, menos naranja, menos rosa. La avioneta está lejos y está cerca, se ve y no se ve, y de pronto se aquieta.

Alba sabe que antes de partir él revisó la parte afectada, que por bastante tiempo advirtió señales de disfuncionalidad, pero la seguridad de él nunca fue la suya, aunque siga afirmando a la distancia que nada puede sucederle a esa espléndida
carcasa, mezcla de aluminio y aleaciones que la sustentan invencible y la sostienen sobre los brazos del aire en un lugar mediático y desconocido. “No quiero que vueles sin resolver el problema”, suplicó ella la última vez, con la mano
alzada diciendo adiós. Con treinta años de convivir con su porfía, luego de dar un vistazo general, esa mañana él se escabulló sigiloso hacia dentro de la pequeña cabina con olor a pintura vieja para volar como un pájaro insuflado de alas
nuevas, desoyendo la petición de su mujer. Durante el vuelo, comprendió con cierto dolor intolerante a los deseos verbales que el tiempo en los espacios abiertos no tiene calendarios, que la velocidad es intransigente a los apremios
humanos y que todo sucede sin previo aviso, o con avisos que se ignoran. Un frío oráculo y el punzón del desafuero lo fusionan rabioso con el negro hilado de una telaraña, pero regresa siempre al mismo lugar del blanco, nieve en los ojos de
Alba, los mismos que pintan sobre la maqueta buscando la forma y el color. La nívea vocación persiste por esa analogía de soledad que acontece en un sueño convulso. Volar es sugestivo, casi una desazón sangrante frente a la seguridad
del peligro, y todo piloto lo sabe, pero volar solo con su significante no le permitió retener el remanente que deja el amor luego de la carne en la anunciación del encuentro. El sello del amor sin la presencia. Soledad en la nada, sin embargo
puede traspasar la piel y sacudir el espasmo que le provoca estar dentro de ella. Alba tiene la aptitud para encontrar elementos en sí misma que la alivien y piensa que quiso subir a la avioneta y él no se lo permitió, piensa en el riesgo que le quitó de las manos, piensa que emparentado con un destino deliberadamente ortodoxo le dejó un designio que cifra el orden de su existencia. La anáfora duele y choca con las paredes acústicas del cerebro, pero no es dolor. Es el pensamiento que daña adentro de cada fibra que inexorable permanece con vida.

Todas las ausencias pertenecen al infinito y él no está a la vista, está en el torrente de la hembra despojada del embrión original, en la entrega incondicional al recuerdo. Se trata de un cuerpo vivo y otro volátil que funden sus voces en un
mismo blanco, con el fuego abrasado a la piel y al espíritu, atrapado en la risa llanto, más allá de cualquier parámetro anormal en la distancia. No hay palabra escrita, ni reflexión oral, ni sacramento divino capaz de detener la ira, el dolor por
esos besos y abrazos robados y no vividos. Desde su lecho negro, el piloto necesita llegar a esos labios, a ese cuerpo que lo espera tembloroso; quisiera volver hacia atrás y no eludir el consejo, pero subió a la máquina y ascendió muy
alto, tan alto, que la intención se queda en dos puntos luminosos que emergen desde la superficie de la Tierra, desde el mar brumoso en los ojos de Alba. Sobre la maqueta del fantasma surge la figura de la mujer lejana. Ella acude como una
deidad suprema que imagina la flor, aspira el aroma y se aparea en el aire, se espeja en el mar breñoso del deseo y llega a la piel con el oráculo perverso del instinto hasta desintegrarse en el orgasmo. Él con Alba, adentro de Alba, pero sabe que el blanco se ha perdido en una difusa cancela abierta, con lágrimas en los ojos y una zanja bermeja y solitaria en medio del pecho sin latidos porque a través de ese surco se le escapó la vida. Alba llegará algún día hasta él de otra forma, cuando lo permita su propio reloj de arena. Un lápiz de algodón ayuda en la proeza pictórica, una estela de humo que se evapora hasta que una sombra de luz con un beso robado al ingenio se lo arrebata. Y una voz sin sonido asevera con resignación profética que hay un tiempo para Alba. A él le resta emulsionar su hialina presencia con la nada, sin poder quebrar la nueva dimensión en la que vive, tan triste y tan solo, como alguna vez clamara Shakespeare entre el sepulcro y el verso en sus poemas de azúcar. La dulzura de las tumbas que se abren a destiempo para desgajar el amor y depositarlo en el único cuerpo que aún respira, el de Alba.

Alba, quieta en su cama sin arrugas, en su habitáculo de memorias, iluminada con el resplandor que ingresa mansamente por la ventana del edificio, recupera su instante. Sin vestigios de negritud, recibe el beso blanco que llega con el viento, que la acaricia y la consuela, y luego al diluirse como una brizna de luz irredenta, sabe que necesita acudir a la ventana, despertar, respirar ese aire desconocido con formas de moléculas místicas, bienhechor en la medida supletoria de los sueños, y… saltar… saltar… saltar hasta llegar al fondo de los espejos de la cerámica, piso abajo, donde el intervalo estelar de la muerte puede fundirla con él, por fin en la única realidad consistente, en el blancos curo planeta de todos los silencios, pero… el aire y el sol chocan con su rostro, sacuden su cuerpo y la despiertan.
Con los ojos abiertos al nuevo día, Alba sabe que la soledad le permite un reencuentro con su nueva vida, sin él, y entiende que lo único que debe arrojar al vacío es la tristeza.

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DÍA DE CINE

Sandra B. Romeo – Argentina

Que se hace una mañana, en que todo lo que fuere parece una migaja de lo que pudiera ser. Silvio Rodríguez. Poeta y cantautor cubano


La película comenzó a la hora prevista (¡cómo le gustaba el cine!). Todos los miércoles, a pesar de la continuas peleas con su mujer por el tema, él horario de diecinueve en adelante era sagrado. Era su espacio.
Ni le interesaba saber previamente de qué historia se trataría ese día. Sentía el vértigo de los protagonistas en su propia sangre.
A veces no le gustaba pensar en eso -y menos aún aceptarlo-, pero en esos perfectos momentos de soledad y comunión con la pantalla, él, Julián González dejaba de ser quien era.
Algunas tardes abandonaba sus treinta y cinco años para llegar a los sesenta de un personaje comenzando su jubilación.
Otras, cambiaba su trabajo en la oficina pública para convertirse en ese domador de caballos del oeste que viajaba de feria en feria llevándose siempre a la chica más linda.
Así, sus sueños a través de la ficción se convertían en realidad. Aunque todavía no lograba consumar su más preciada ambición: sentirse poseedor de una lancha.
Se arrellanó en la butaca veintitrés mientras la oscuridad inundaba la sala, la gente, el aire.
Las letras se recortaron blancas y rojas en la pantalla, y la música del océano inundó sus oídos.

Ahí, al alcance de su mano, de sus sentidos, de todo su ser, se encontraba el objeto de sus desvelos: la lancha más hermosa que pudiera imaginarse.
Y el torbellino comenzó.
El viento sacudía su cabello.
El sol quemaba su piel y él, al mando de su lancha rompía las olas, las partía en dos, las cabalgaba ensanchando sus horizontes, esos mismos que años atrás, en otra vida de lejanos recuerdos, le habían sabido grises.
Disfrutaba del olor de la sal pegada a su piel. De la inmensidad. De la soledad y de su nueva habilidad náutica.
Viró bruscamente poniendo proa al infinito estallante de sol -acaso para desafiar aquellos lejanos recuerdos grises- y aceleró a toda máquina sintiendo que se perdía.
Se convertían él y su lancha en un puntito minúsculo en el horizonte en llamas, fundiéndose con él.
La vida era una fiesta.
El mar estaba en calma cuando se encendieron las luces de la sala y el público, escaso, comenzó a salir a la noche de otoño.

Su esposa todavía lo busca en cines en dónde la butaca veintitrés siempre está vacía.

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CUENTOS Y RELATOS – DICIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

“Cada historia es un latido que nos recuerda que el tiempo pasa, pero la palabra permanece.”

··· ✧ ··· COLABORADORES DEL MES ··· ✧ ···

  • Magi Balsells – España
  • Libia B. Carciofetti – Argentina
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Jaime Hoyos Forero – Colombia
  • Andrea Morini – Argentina
  • Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

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NIEBLAS

Magi Balsells – España

Esta niebla que de la tierra húmeda se eleva, produciendo en nuestros ojos figuradas formas fantasmales, penetrando dentro de nuestro cálido cuerpo, haciendo que sintamos este frío  oculto, provocando en algún momento cierto temblor  de ansiedad, dejando un suave y simple rocío sobre  nuestra vestimenta.

No solo están las matinales que con los rayos del sol desaparecen, no tienen ninguna importancia son cosas de la naturaleza, también están las nocturnas, las que siempre nos dan un cierto temor, por  ser en la oscuridad cuantas mas formas espectrales vemos, cuando apresuramos nuestro paso, para procurar dejarla lo mas rápido y atrás posible, buscando el calor que ellas nos niegan.

También existe otro tipo de niebla mucho mas peligrosa que ningún rayo de sol logra disiparlas, estas nieblas son las de la mente, en sus diferentes formas o nombres, cada uno dentro de su idiosincrasia, tiene  un parte fundamental en el comportamiento humano, pese a los múltiples medicamentos, a los estudios que continuamente se realizan, no encuentra una solución definitiva, algunos dicen que es una cuestión mental, otros que son manías, pero lo que si son, es que son ofuscaciones de nuestro pensamiento, que a diferencia de la niebla normal que con el sol desaparece, estas están tan arraigadas que no existe astro rey para iluminarlas ni borrarlas.

También existen las del corazón, pero estas muchas veces descansan en amores truncados, en desgracias ocurridas, o en situaciones amorosas no definidas son mucho mas fáciles de sanar, ya que el tiempo como gran doctor  puede llegar a curarlas u otro amor puede dar solución a estos sobresaltos del corazón.

Por lo cual procuremos que nuestra niebla solo sea la que vemos muchos días, las que van desapareciendo mientras el día va amaneciendo.

Y de las otras deseemos que nunca nos sean instaladas en ninguna de nuestras partes más queridas:  la mente y el corazón.

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ERA PRIMAVERA

Libia B. Carciofetti – Argentina

Era primavera y las Iglesias cristianas de Buenos Aires y alrededores habían organizado un «Gran PICNIC» en Los Bosques de Ezeiza. En el mes de julio aproximadamente con mi hermana ya le habíamos pedido permiso a papá para asistir; por supuesto con mi mamá, «jefa de nuestra tribu». Al «cacique» Primo, había que pedirle permiso con mucha antelación, a costa de «portarnos muy bien», estudiar sin «chistar» y demás menesteres de hijas obedientes… cosa que elaborara el permiso a nuestras salidas… y ese maldito «ya vamos a ver» que nos hartaba oír.

Yo tenía 17 años y mi hermana 13… Adolescente y joven “manejable”  que acataba las órdenes a rajatabla…dominada por miradas bis a bis…tete a tete… Como era la educación de antes ¿vio?… ¿viste?

Con mi hermana contábamos con los dedos de las manos y de los pies los días que faltaban para el maravilloso evento. Ya habíamos asistido a otros encuentros en que lo habíamos pasado bárbaro… Un bosque de eucaliptos, que se sabía dónde comenzaba, pero no donde terminaba. Árboles con troncos añosos y perfumados que de solo adentrarse en el bosque ya los pulmones se hinchaban de gozo y de paz…,  

Debajo de cada árbol familias, grupos, que  compartíamos mates, jugos y las milanesas que preparaban las mamás la noche anterior y que devorábamos en tremendos sándwiches, porque allí todo era más rico… mamá llevaba el tejido y se juntaba a conversar con amigas que hacía tiempo no se veían, porque vivían distanciadas… tiempo de juegos,  tiempo de reuniones de canto y meditaciones bíblicas, guitarreadas y caminatas… a esa «caminata»  quería yo llegar en mis sueños de jovencita enamorada.

A mí me gustaba mucho un chico y el re-gustaba de mi… Ese sería un punto de encuentro fantástico…

Todo el mes de julio, agosto y parte de septiembre nos portamos como verdaderas «señoritas» con mi hermana, no cuestionábamos ninguna orden y dejamos de lado esa pregunta y respuesta odiosa… ¿Por qué?… ¡Porque no! y basta! Comíamos el guiso de mondongo que no nos gustó nunca, no nos peleábamos a la hora de lavar, estuvimos dos meses amontonando «buenas acciones» con tal de obtener el permiso… Dos días antes de la primavera, el 19 de septiembre se desató una tormenta de aquellas, que nos paralizó el corazón a las dos «Carciofetti»

MMMMMMMM. Me parece que se viene una maroma !!! Exclamó «cacique» Primo… y las dos corriendo a arrodillarnos a orar fervientemente que pare de llover…. los truenos ensordecían los oídos y aceleraban el corazón de miedo, la habitación quedaba iluminada con cada refusilo.

Papá trabajaba en el ferrocarril, se levantaba a las 4 de la madrugada y regresaba en el tren de las 15 hs. Al otro día amaneció nublado pero no llovía… así que mamá comenzó a martillar la carne para preparar las milanesas y pasarlas por el pan rallado, hizo una torta de naranja, preparó todo y a medida que íbamos acordándonos lo que faltaba lo íbamos guardando en la canasta.

A las 15 llega mi papá, la mesa tendida esperándolo… con zapallitos revueltos… con un olorcito que daban ganas de almorzar otra vez. Como te fue en la escuela, comenzó la indagatoria… ¡de diez papi! A ver a ver… y yo traía mi cuaderno con un excelente recién estrenado en matemática… muy bien! A ver vos (por mi hermana) no papi a mi me hicieron prueba hoy pero no me dieron la nota, pero la seño me dijo que estaba muy bien por lo que ella podía deducir… (De resultas se había sacado un uno y ella le había agregado el «0», ya mi mami le había dado un buen levante cuando se enteró, pero por amor a mí, que me iba a tener que quedar sin picnic «callamos las dos» por única vez me hice cómplice en beneficio mío…

La voz grave de papá sonó más esta vez, no sigan guardando más cosas en la canasta porque venía oyendo por la radio que mañana va estar peor el tiempo que ayer, se pronostica granizo y tormentas eléctricas… Un silencio de sepulcro abierto se hizo en el comedor y mi hermana comenzó a llorar como una marrana…   Pero y si no pasa nada? y la radio se equivoca? y mañana amanece con sol y…y…y…

y N-A-D-A-! no salen mañana y se acabó y ¡punto! ¿Qué hago yo si se desata una tormenta y ustedes están lejos? ¡Pero papi! Y el tano ya estaba levantando presión y nos clavaba la mirada, y cuando el cacique clavaba la mirada, las indias cerraban la boca…

No dormimos en toda la noche enojadas con este papá tan «invulnerable» que nos tenía días en ascuas hasta que se resolvía a darnos el sí, para alguna salida… y siempre con mamá de custodia. Como todas las madrugadas antes de irse venía a darnos un beso, yo me hacía la dormida pero mi hermana siempre lo abrazada y besaba, esa mañana no lo hizo y le dio vuelta la cara … papá salió en silencio sin hacer preguntas…

Nosotras debíamos tomar el tren de las 6 de la madrugada para llegar al encuentro a las 9 y reservar nuestra sombra bajo del eucaliptus. Como ya no iríamos al picnic, y no teníamos clase mi mami no tuvo mejor idea que nos levantemos para después de desayunar, una limpiar cada dormitorio, el baño, el comedor, baldear la vereda, y barrer el patio.

Mi mami escuchaba radio mientras cosía y nosotros afuera comiendo «rabia» por habernos quedado sin «picnic» Oímos que mamá desde la cocina decía no, no! DIOS mío no puede ser! hasta que estalló en llanto… de verdad nos asustamos mucho;  aumenta el volumen de la radio, y sin poder pronunciar palabra nos abraza a las dos… Repiten otra vez con voz alarmante ya…

¡ULTIMA NOTICIA! Tren que pasaba por Escobar a la las 5-10 de la mañana descarriló en Benavídez entre las estaciones de General Pacheco e Ingeniero Maschwizt,  y volcó sobre la margen izquierda … Hasta este momento son 236 los muertos, y 400 heridos aproximadamente, entre ellos muchos jóvenes que aprovechando el día del estudiante y de la primavera se dirigían a diferentes lugares del gran Bs As… Se pide a la población que colabore con las cuadrillas de rescate porque hay cuerpos irreconocibles que serán depositados en la morgue policial de General Pacheco y hospitales de la zona…

Lo que sigue es inenarrable, pues en ese tren viajaban «mi chico», con varios jóvenes que venían subiendo desde la localidad de Zárate, y en cada estación… nosotras aparte de mi mamá, íbamos con tres amigas con sus madres.

Esa tarde papá llegó a las 19 a casa… fue eterna la espera e inmenso el abrazo que nos dio… no parábamos de llorar los cuatro.

¡Tan «niñas» entendimos que DIOS TIENE UN PLAN PARA CADA VIDA, Y PONE A LAS PERSONAS INDICADAS QUE SERÍAN COMO SEMÁFOROS ROJOS PARA DECIR SU ROTUNDO NO! En este caso fue nuestro papá, que nos mezquinaba tanto las salidas, no porque no quería que disfrutemos de la vida y la juventud, le temía a todo lo que pudiera sucedernos al salir solas…

Papá cuando salió de su sopor como nosotras nos dijo que no solamente porque pensó en una tormenta, sino que algo superior le inclinó a negarnos el permiso de ir al paseo… Sin duda fue la voz de DIOS que le susurró a sus oídos… y él le prestó oídos. Hoy estaríamos en esa lista dolorosa de tantos que iban a trabajar y otros a disfrutar del día de la primavera…

Nuestro pueblo se hizo famoso no por su adelanto edilicio, sino por este fatídico accidente.

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UNA HISTORIA REAL

Carlos H. González Saavedra -Argentina

Al fin llegó el ansiado sábado. ¡Había esperado mucho tiempo para que este día llegara! En mi cumpleaños, hace más de un mes, había organizado una colecta para un comedor en Cañuelas.

A los invitados a mi fiesta les pedí juguetes y útiles escolares para un comedor muy pequeño, donde cada día comían treinta niños. Se reunió bastante. También mi hermana se sumó a la ayuda y llevó todos los elementos para maquillar a cada niña que quisiera pintarse el rostro. Como artista plástica y maquilladora profesional, su trabajo sería maravilloso.

Así fue. El baúl del auto estaba completo.

Nos habían pedido que estuviéramos a las 11:30 porque a las doce se almorzaba. Era importante que nos sentáramos con ellos, y así lo hicimos: pusimos la mesa y ayudamos a servir. Siempre se preparaba comida extra, ya que había niños que traían un recipiente para llevar algo a casa para la noche.

Todo se desarrolló con mucho cariño. Después de ordenar y comer una fruta de postre, llegó el momento de entregar los regalos. Hacer una fila fue imposible, ya que se abalanzaban sobre la mesa. La señora que me acompañaba estaba agotada.

Había un niño de unos once o doce años que pedía y pedía, aunque ya quedaban muy pocas cosas. Eso obligó a la señora a ponerse firme y preguntar quién faltaba.

—Una mano levantada en primera fila gritó: ¡Yo! —No seas pícaro, tú fuiste el que más recibió —respondió enojada.

El niño bajó la vista y, con algunas lágrimas en los ojos, se sentó en silencio en un banco, lejos de todos. Esa actitud llamó la atención de Margarita, que rápidamente preguntó:

—¿Qué te pasa? —Señora, yo pedía para los más pequeños. Ellos no llegaban a la mesa, los más grandes los tapaban. Por eso me quedé sin nada.

Esas palabras la estremecieron tanto que me llamó: —¡Carlos! Pobre, se quedó sin regalos ni útiles.

Lo miré fijo a los ojos, apagados y tristes, y le pregunté: —¿Cómo te llamas? —¡Carlitos! Me dicen Tévez —respondió con una mirada pícara escondida. —¿Ah, eres de Boca? —¡Sí! —dijo orgulloso—. b —Qué lástima, yo soy de San Lorenzo, pero te doy mi palabra de honor de que el próximo sábado traeré un regalo para ti. —¡Gracias! —y se fue corriendo. Vivía en una casita muy precaria, con techo de láminas de metal y suelo de tierra. Era el mayor de seis hermanos.

Los niños se fueron, la comida sobrante se repartió y nada quedó en la olla. Di unas vueltas por el barrio, todos en la misma condición, algunos peor.

Mi sorpresa fue mayor aún cuando, en el umbral de una casa, una niñita permanecía como un testigo mudo de agradecimiento. Lucía en su cara una mariposa. Habían pasado dos horas y ahí estaba, orgullosa de su pintura. Pensé en cómo, con tan poco, podemos darles un momento de felicidad que seguramente nunca olvidarán.

Volví con mi palabra de honor empeñada, con un sabor agridulce en los labios, por las contradicciones de la vida misma. Maestras que les exigían a estos niños un cuaderno de tapa dura con cincuenta hojas, cuando comían de manera salteada.

El lunes temprano fui a la casa de deportes y compré una pelota. Le conté al vendedor lo que había vivido. Me escuchó atentamente. —Le puse en la bolsa con la pelota unas medias de Tévez. ¡Van de regalo!

Agradecí emocionado el gesto.

Durante la semana compré algunos útiles escolares y ropa, y volvimos cargados al comedor. El día estaba luminoso, los niños estaban por comer cuando llegamos. Uno de los encargados me pidió que la bolsa se la diéramos aparte, porque se iban a poner a jugar y luego vendría la comida.

Así fue que fuimos al auto con Tévez, abrí el baúl y le entregué la bolsa. —No juegues aquí, tus compañeros no van a comer. Llévala a tu casa.

Su entusiasmo, su inocencia, sus ojitos brillando en todas direcciones me llenaron de emoción. La emoción de hacer feliz a un niño, al menos por un rato.

Es importante señalar que los responsables del comedor eran Jorge, exconvicto, y su amigo Damián. Este último se había criado en un comedor, nunca conoció a sus padres; esa era su familia.

Por último, me gustaría terminar este relato verídico con una reflexión: Somos canales de abundancia divina. Merecemos todo lo que recibimos, y así como recibimos debemos dar; como damos, recibimos.

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LAS PIEDRAS QUE CUENTAN

Elspeth Gormley – España

Cada tarde, al bajar la marea, aparecía una concha distinta en la orilla.  No era la misma, aunque se pareciera: cada una traía un dibujo nuevo, como si el mar escribiera mensajes secretos en su piel.  
Desde niña pensé que las conchas y las piedrecillas que aparecían en la orilla tenían historias. No eran simples restos del mar: cada forma escondía un relato, cada grieta era un secreto.  
Cuando mis hijos y mis nietos eran pequeños, jugábamos a descifrarlas. Si la piedra parecía antigua, entonces guardaba una historia de piratas, de barcos hundidos con tesoros que nunca llegaron a puerto.  
Si la concha brillaba como recién nacida, era señal de un cuento nuevo: quizá la aventura de un pescador que no regresó,  no porque el mar se enfureciera con él, sino porque una sirena se enamoró de su canto y lo llevó con ella a un reino escondido bajo las olas.  
Así, cada piedra era un libro abierto, cada concha un mapa secreto, y la orilla se convertía en biblioteca infinita.  
Hoy, cuando camino por la playa, sigo recogiendo esas historias. Las guardo en la memoria como quien guarda tesoros, porque sé que el mar nunca deja de escribir,  y que cada piedra, cada concha,  es también espejo de nuestra propia vida: unas veces áspera, otras pulida,  pero siempre con una historia que merece ser contada.  
Y entonces comprendo que no soy yo quien inventa los cuentos, sino el mar, que me los confía como cartas selladas para que nunca se pierdan.

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DE GL 581 B

Jaime Hoyos Forero – Colombia

Si este encuentro de cuento y poesía se hubiera celebrado la semana anterior, habría invitado a todos ustedes con mucho gusto a mi segundo matrimonio.

Como el primero, este matrimonio no será eterno en esta vida. Durará máximo 100 años. No tengo aguante

500? -Qué embustero- pensarán algunos de ustedes.

¿500? -Cree que nos va a meter los dedos en la boca -estarán diciendo otros.

Bueno, yo no los puedo obligar a que me crean ni a que digan que mi mujer es la subcampeona del mundo (el récord lo tiene Matusalén con 969 años).

El día de la boda, hace 8 días, no faltó un tris para que el notario, un tipo serísimo, nos mandara con policía a un juzgado para que nos arrestaran por desacato a la autoridad.

-Váyanse a gozar su luna de miel a la cárcel- nos dijo, pero no nos casó, y agregó que el documento de identidad de la novia era falso. ¡Pura ignorancia del notario! Imagínense: no sabía que en 1509, año del nacimiento de mi novia, los colombianos no éramos colombianos sino neogranadinos y que los ciudadanos no éramos ciudadanos sino súbditos del Rey don Fernando II el católico y de su dulce esposita la Reina Isabel y por lo tanto el documento de identidad de mi novia no decía “cédula de ciudadanía” sino: “Cédula Real que el Rey y la Reina de Castilla, Aragón y Navarra confieren a su súbdita Venus María, hija de GL 581 B y de padre desconocido, etc. etc., año del Señor de 1509”. Hay 2 sellos, uno seco en altorrelieve y dos firmas ilegibles en letras de oro.

Pues cómo sería de bruto el notario en cuestión (mi buena educación y caridad cristiana no me permiten revelar su nombre) que todo eso le pareció un chiste.

Fue necesario que el jefe de archivos de la Biblioteca Nacional y un historiador y un químico certificaran la verdad. De esta manera pudimos casarnos. Lo hicimos en la misma notaría de marras, para humillación del notario, quien turbado y de mala guisa, no se atrevía ni a mirarnos.

Creo que ese notario es la primera persona que se ha aguantado las ganas de mirar a Venus María. Y no piensen que ella despierta curiosidad por lo viejita. Nada de eso. La gente se extasía mirándola por su extraordinaria y singular belleza y por su perenne juventud. Su rostro, cuando sonríe, lo rodea un halo fulgente y a veces es necesario bajar la vista para no deslumbrarse. Y su cuerpo, ¡ay, si les hablara de su cuerpo!, este relato se convertiría en un canto de amor, en una oda, en un poema erótico y grandioso. Con decirles que en 1866, cuando Venus María tenía tan sólo 357 años, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer anotó en el cuaderno de ella estas palabras mientras se inspiraba mirándola: Mientras exista una mujer hermosa, habrá poesía”.

Y en 1660 Murillo, el pintor sevillano, ofreció a Venus María una fortuna para que le sirviera de modelo de su famosa “Inmaculada”. Ella posó entonces para Murillo pero no aceptó recompensa ninguna por tratarse de un cuadro para la Virgen María.

Ahora mismo yo veo en los ojos de todos ustedes estas preguntas: ¿Cómo hace su esposa para conservarse siempre joven y hermosa?

-¿Por qué ese apellido tan raro: GL 581 B?

-¿Si es verdad todo lo que usted dice, me dirán ustedes, por qué no nos la muestra?

Pues voy a contestar a esas preguntas: GL 581 B es el apellido genérico de los nacidos en el planeta de ese nombre. El planeta GL 581 B está situado en el centro de la Vía Láctea, la galaxia más cercana a la tierra. GL es de un tamaño ligeramente menor que el de la Tierra y está a una distancia de 20 años luz. Es decir, que un vuelo espacial a una velocidad de 20.000 kilómetros por hora, tardaría un millón de años en llegar. Sus habitantes, a pesar de las acechanzas del demonio, nunca le desobedecieron a Dios. Por lo tanto, no hay allí pecado original, de hecho no existe allí el pecado, no han sido castigados por Dios.

En otras palabras los seres que pueblan GL 581 B, no se arrugan, no envejecen, no mueren.

Dios, por medio de sus ángeles, a cada ser terrestre o de GL., en el mismo instante de ser concebido en el vientre de su madre, le coloca en lo más hondo de su primera célula, el alma, siempre inmortal. La diferencia está en que la primera célula de los terrícolas (no el alma) es mortal, sujeta a crecer, reproducirse y morir; mientras que la primera célula de los nacidos en GL es inmortal, como el alma.

El que dude de la existencia de GL y de que allí hay atmósfera como en la tierra y agua y por lo tanto vida, favor confirmar lo que he dicho, esta misma noche, en Wikipedia o en Google.

Estoy contestando, sigo respondiendo las preguntas: hace 500 años, un ángel nuevo, poco experimentado, cometió el pequeño error de colocar en un óvulo humano aquí en la Tierra, una célula primaria de GL, célula desde luego inmortal, siempre joven y eterna. Y así, por accidente, nació Venus María entre nosotros.

¿Que por qué no les muestro a Venus María, mi esposa?

Y…¿Por qué no iría a mostrarla?

Al terminar el encuentro de cuento y poesía, esta noche, los que quieran ver a Venus María, pueden hacerlo si bajan al parqueadero de este edificio: En la cabina de un Ferrari rojo, está esperándome mi esposa. No soy celoso. Comprendo que todos ustedes son mas jóvenes que yo. Sólo les recomiendo no mirarla demasiado tiempo a la cara: su resplandor puede volverlos ciegos.

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GAME OVER

Andrea Morini – Argentina

Voy a desvelarles el peculiar suceso que me tocó vivir hace algún tiempo, una vivencia que aún hoy, como una sombra persistente, proyecta sus vastas consecuencias sobre mi existencia. Es una historia tejida con los hilos de la incertidumbre y la metamorfosis, un relato que me persigue incluso en la quietud de la noche.

Cierta tarde de mediados de noviembre del año pasado, o quizás del anterior… la memoria, caprichosa, ya no me permite precisarlo con exactitud. Recuerdo, eso sí, que salí, como siempre me sucedía, apurada de la oficina. La prisa era mi compañera constante en el camino hacia mi sesión de terapia semanal. Siempre, una voz interior, la resistencia, me susurraba que no debía ir más, que debía romper con esa rutina. Mas, aun así, a último momento cedía: una fuerza invisible me impulsaba y, por ende, venía el apremio, la carrera contra el tiempo que marcaba mi devenir a diario.

Con paso firme, enfilé hacia la parada de taxis más cercana, mis pensamientos ya en el diván, desmenuzando las ansiedades del día. Pero, antes de llegar a la misma, un brillo en la distancia captó mi atención: un coche desocupado. Como un regalo del azar, le hice señas con la mano, casi por instinto, para que frenara. El chófer, con un movimiento fluido, acercó el auto al cordón y abrió la puerta trasera. Subí, y tras acomodarme en el asiento, le indiqué la dirección hacia donde deseaba viajar, mi rumbo hacia el ritual semanal.

Iba enfrascada en mis asuntos, divagando entre informes y análisis, cuando, de pronto, una vibración ínfima me sacó de ese ensimismamiento. Un zumbido apenas perceptible que, sin embargo, me arrancó de mi burbuja de reflexiones. Sorprendida, busqué en la butaca, suponiendo que el celular se me había caído de la cartera, cosa nada infrecuente, dada mi proverbial distracción. El atolondramiento era ya una marca registrada de mi personalidad.

Encontré un móvil, pero al instante supe que no se trataba del mío. Su diseño, su peso, todo gritaba ajenidad. «Será del anterior pasajero», pensé en aquel momento, con una lógica impecable, aunque teñida ya de una extraña fascinación. La agitación persistía, una llamada insistente, y la tentación de responder se me tornó irresistible, una curiosidad prohibida que me jalaba con fuerza. —Hola —dije, mi voz un poco vacilante, esperando que del otro lado de la línea apareciera el dueño, para así poder entregárselo y librarme de aquel objeto misterioso.

Una voz profunda, cálida y, sin embargo, con una resonancia magnética, respondió. Era muy varonil, seductora y delicada a la vez, una melodía que me envolvió al instante. —Hola, estaba esperando que atendiera —susurró, y en ese murmullo había una intimidad inquietante, como si me conociera de siempre. Añadió, con un empalago que me erizó la piel: —¿Qué tal si le ofrezco cambiar su vida a partir de este momento? ¿Aceptaría? —Dejándome la última palabra expectante, colgada en el aire como una pregunta sin respuesta.

El temor, una ráfaga helada, me asaltó el estómago. La situación era tan inesperada, tan surrealista, que colgué atropellada; mi mano temblaba mientras el móvil se silenciaba. Pero algo, una fuerza ignota y poderosa, me impulsó a no decirle nada al taxista y guardarme el aparato sin más, sin un atisbo de racionalidad. No sabría interpretar de dónde provino ese deseo, esa compulsión irracional, pero es lo que hice entonces. Un objeto ajeno se convirtió, por lo tanto, en mi secreto, un peso en el fondo de la cartera.

Llegué a destino, al consultorio de mi terapeuta, y bajé llevándome el dispositivo conmigo. Me convencí de que tenía la intención de devolverlo, que era un acto de civismo. Sin embargo, ahora, al recordarlo, no lo tengo tan claro. Quizás la semilla de la conversión ya había sido sembrada, y la excusa del retorno era solo una capa superficial para mi creciente embeleso. Terminé de realizar las tareas previstas para esa jornada, las palabras de mi psicóloga resonando aún en mi intelecto, un eco de mis propias zozobras. Me fui directo hacia casa, mi refugio, mi pequeño santuario. Agotada, con el peso del día aún sobre mis hombros, me saqué los zapatos nada más entrar. No hay mayor satisfacción, pensé, que ese pequeño gesto, una liberación, que indica el final de un día de trabajo, el preludio del descanso codiciado. Me preparé un mate, el vapor cálido ascendiendo, y para relajarme, un rito que me traía paz, comencé a escribir unas líneas que tenía dando vueltas en mi cabeza para plasmar en una próxima novela. Necesitaba ordenar mis ideas en una hoja antes de que se perdieran en las nubes del olvido, antes de que el torbellino de la jornada las arrastrara.

Estaba perfilando los avatares de los personajes, imaginándolos con una precisión casi febril, dándoles nombre, edad, gustos, tejiendo sus azares con cada palabra cuando percibí una nueva vibración. Esta vez, las pequeñas sacudidas eran más cercanas, más íntimas. Provenían del escritorio, justo donde había apoyado el trasto descubierto, el teléfono ajeno. Lo había dejado allí con la intención de revisarlo, de ver si alguna pista se revelaba en su memoria, alguna forma de entregarlo a quien lo reclamara. Era mi excusa, mi coartada para mantenerlo cerca.

Atendí, esperanzada y, debo confesarlo, con el anhelo de que se tratara del legítimo propietario de tan peculiar objeto, el eslabón perdido de esta cadena de eventos. —Hola —respondió la voz. Era la misma que había escuchado por la mañana, la que había resonado en la cabina del taxi, ahora más intensa, más cercana—. Temprano le hice una oferta, sigo esperando su réplica —exclamó, esta vez imperativo y exigente, una autoridad implacable que no admitía dilaciones. —Creo que se ha confundido señor —Le respondí, con una convicción que comenzaba a resquebrajarse. Luego, imponiendo una lógica que ya se desvanecía, agregué—, este móvil lo encontré hoy y estoy intentando dar con la persona a la cual pertenece, por lo que, supongo, es con quien usted desea comunicarse, no conmigo —aseveré con total convicción, aunque mi voz ya flaqueaba. —No es así —respondió con un dejo glacial en su voz, un frío que me caló hasta los huesos—. ¿Acaso usted no es Clara Guzmán? —preguntó, y la mención de mi nombre me heló la sangre. Mientras afirmaba a continuación, su voz grave como un trueno distante— La conozco bien, aunque no lo crea.

Una invasión de inseguridad me atenazó el estómago, un puño invisible que me apretaba las entrañas y no me permitía responder. Corté la llamada de forma abrupta, mirando el artilugio como si el mismo encarnase un símbolo del infierno, una puerta a lo desconocido. No podía entender qué estaba pasando y eso me resultó intolerable e inquietante. La madeja de mi vida, tan ordenada hasta ese momento, comenzaba a enredarse. «¿Qué o quién quería algo de mí?», recuerdo que pensé, muy asustada, mientras daba vueltas por la habitación, convertida en un torbellino de paranoia. La pregunta rebotaba en las paredes de mi hogar, una obsesión.

En ese momento, la decisión se forjó dentro de mí como hierro candente: tenía que deshacerme del aparato, dejarlo en algún lugar lejos de mi casa de inmediato. Así que, sin pensarlo dos veces, sin dar lugar a la razón, me dirigí a la plaza que estaba justo enfrente de mi puerta, un oasis de verdor que se convirtió en mi salvación. Bajé las escaleras a toda prisa y crucé la calle apurada, el corazón latiendo desbocado. Con un gesto furtivo, casi criminal, lo apoyé sobre un banco y salí huyendo de allí como si fuera una delincuente, una fugitiva de algo que no podía nombrar. Entré atropellada al que era mi hogar entonces, cerrando con un fuerte golpe, un retumbo que resonó en el silencio de mi alma. Seguía muy intranquila, una zozobra persistente me corroía, aunque, en apariencia, ya estaba a salvo. No sabía bien de qué, qué entidad o qué fuerza me había acechado, pero quería creer que así era al fin, que la pesadilla había terminado.

Traté de serenarme, de encontrar la calma en el caos que se había desatado en mi vida. Decidí continuar trabajando en la trama de la novela, antes de comer algo, aunque lo hice con muy poca convicción. Las palabras ya no fluían con la misma facilidad, el misterio se había incrustado en cada fibra de mi ser. De pronto, una melodía familiar resonó en la habitación. Esta vez reconocí el sonido habitual de mi propio dispositivo, ese que creía seguro en mi bolso. Me sobresalté. «¿Cómo era posible?» Sin mirar la pantalla, por puro reflejo, contesté, y después de dar el saludo inicial, una voz que ya empezaba a fastidiarme, a colmar mi paciencia, alegó: —Solo tiene que contestar, Clara Guzmán, si está interesada en cambiar su vida a partir de hoy, en ese caso, nunca más tendrá que preocuparse por nada —sentenció en un tono de voz perentorio, una orden disfrazada de oferta. Y luego, rompiendo toda barrera, empezó a tutearme, como si fuera un viejo conocido, lo que sumó una nueva capa de escalofrío a mi turbación—. Necesito que afirmes o rechaces lo ofrecido ahora, no vuelvas a colgar, porque no cejaré en el intento, debo saber a qué atenerme, pero sabrás que espero una réplica positiva, por supuesto.

«¿Quién era esta persona que insistía en llamarme, que parecía saberlo todo sobre mí, incluso mi nombre completo?» «¿Por qué necesitaba mi sentencia, mi veredicto, ante su planteo tan enigmático?» «¿Qué sabía de mí, de mi vida, de mis secretos más íntimos?» Las preguntas se agolpaban en mi mente arrasada por los miedos, un torbellino incesante de dudas. Su voz, por un instante, me sonó familiar, como un eco de un pasado remoto, un recuerdo que se negaba a materializarse. —¿De qué se trata todo esto? —respondí, el enojo por la intrusión en mi vida se mezclaba con una creciente intriga—. No sé quién habla, ni por qué me está ofreciendo algo que no pedí. Si no se explica mejor, volveré a colgar —aseveré, mi voz firme, aunque ya sentía la curiosidad rondar, de manera peligrosa, como un animal hambriento a mi alrededor. —Así ya es diferente, puedo explicarte en la medida de tu afán por escuchar —expresó, su voz melosa, untuosa, una trampa de terciopelo, añadiendo con un tono casi sensual—. ¿Sí? —Por favor —le solicité, entregada por completo a la tentación de conocer de qué se trataba toda la cuestión, de desentrañar el interrogante que me envolvía. La resistencia había cedido, el enigma había ganado la partida. —Te propongo participar en un juego, Clara Guzmán, junto con otras personas que también fueron elegidas, al igual que tú —respondió la voz, y la palabra «juego» me pareció extraña, casi infantil, en medio de tanta solemnidad—. Las reglas son sencillas y te serán indicadas cuando corresponda —agregó, callando a continuación, dejando un silencio expectante.

Me encontré diciéndole, mi voz más audaz de lo que creía: —Y… ¿por qué fui elegida? ¿Quién lo hizo? —interrogué titubeante, pero la pregunta ya formulada era imposible de retirar. —Eso no es relevante, Clara. Lo importante es que lo fuiste, que tu sino te ha traído hasta aquí —respondió con una firmeza que no admitía réplicas—. Solo te puedo asegurar que no he sido quien te seleccionó, no es algo que me corresponde hacer. Pero sí puedo precisar la importancia de la propuesta y de la conversión radical que significará en tu vida, para mejor, claro, en el caso de que te interese comprometerte con ella.

Si me retrotraigo a ese momento, a la encrucijada de mi vida, no puedo precisar con exactitud qué me impulsó a consentir esa loca proposición, carente de toda lógica, de toda sensatez. Tal vez, puedo aventurar, que en una vida ordenada como siempre fue la mía, meticulosa y predecible, con pocos matices, una rara aventura no me pareció tan descabellada, tan ajena a mi ser. Además, la idea de que otras personas también estarían inmersas en la supuesta actividad lúdica, me brindaba una extraña sensación de seguridad, de no estar sola en esta locura.

«¿Por qué no?», me dije entonces, algo en mi interior me impulsaba al abismo de lo desconocido. De esa manera, me rendí ante la seducción de lo ignoto, un canto de sirena que me arrastró sin remedio. Desde entonces, todo avanzó a ritmo febril, a una velocidad que mareaba, que impedía asimilar los cambios.

Me citaron en una vieja casona de Villa Devoto, un barrio de Buenos Aires con aires de antaño. El exterior de la casa, un tanto deteriorado, contrastaba con la belleza de su entorno: un hermoso parque lleno de árboles centenarios y flores de mil colores, en una de las clásicas avenidas que engalanan esa zona de la ciudad.

Allí, en ese lugar que parecía sacado de otra época, conocí al resto de los integrantes de tan dudoso grupo, de esa cofradía de lo incomprensible. Todos estaban tan aturdidos como yo, con los ojos vidriosos de recelos, pero cada cual impulsado por alguna necesidad diferente: emocional, material, o la que su raciocinio les diera como justificación para estar ahí. Éramos marionetas de un hado incierto, atadas a hilos invisibles. En principio, la voz, a través de sus emisarios, nos explicó que debíamos superar diversas pruebas o pequeñas tareas. Aquellos que íbamos cumpliendo las fases asignadas en los primeros lugares, continuábamos participando, sorteando cada vez más complejas faenas. El resto, los que no lograban avanzar, suponíamos que eran eliminados y volvían a sus hogares, a la normalidad de sus vidas. Ahora, con la perspectiva del tiempo, entiendo que eso elegimos pensar en aquel momento, una mentira piadosa para apaciguar nuestra propia congoja.

A poco de iniciar la contienda, la competencia, comencé a sentirme mal, el cuerpo reclamaba descanso. Aquello no era un juego, sino una carrera de supervivencia, una lucha por cada aliento. Apenas comíamos, la comida era escasa y sin sabor, y reposar, poco y nada. El sueño era un lujo que no podíamos permitirnos. Por lo cual, el estado general se iba tornando cada vez más agresivo y compulsivo, una animalidad latente que afloraba con cada desafío.

Estaba decidida a ganar, a sobrevivir. Desconociéndome, arremetí con fiereza en cada ciclo, cada obstáculo, sacando fuerzas de donde no las tenía y argucias que no sabía que poseía. Ante cada meta alcanzada, a la vez que seguía adelante, algo dentro de mí se alteraba, se fracturaba, al punto tal de que empecé a sentirme ajena a mí misma, como si el yo que fui se disolviera en el éter. Pero la ambición, una bestia que no conocía, era más fuerte que la conciencia, más poderosa que el remordimiento, así que «¡Adelante!», me decía alentándome, sin vacilaciones ya, hacia lo desconocido. De esta manera, con cada paso, con cada triunfo, entré en este mundo para el cual no creía estar preparada y, en el que, sin embargo, logré subsistir a toda costa.

La voz que me había convencido para entrar en él, nunca más la escuché, se desvaneció como una promesa vacía, a pesar de que busqué en todos los rincones de este universo a su propietario, a esa entidad que había puesto en marcha mi transformación. Creí percibir, cierto día, una sonrisa amiga que se parecía mucho a la de alguien que conocí tiempo atrás, al que amé de forma salvaje, con una pasión que quemaba, pero, como entonces, su rostro se evaporó, se desvaneció como sucede ante la imposibilidad del querer en ciertas relaciones, de aquellos encuentros que no están destinados a perdurar.

Para no aburrirlos con tanta historia, con la dureza de mi ascenso en este destino macabro, volvamos al principio, al origen de mi encierro, a cómo llegué a esta situación sin retorno, a este punto sin vuelta atrás. Uno a uno mis contrincantes se fueron marchando, desvaneciéndose en la nada, mientras continuaba avanzando, lenta, pero inexorable. «¿Hacia dónde?», llegué a interrogarme alguna vez, en un raro atisbo de lucidez. Pero en realidad no tenía respuesta para eso. Era seguir adelante por la simple inercia de hacerlo, acumular más y más triunfos para mi ego personal, sin ninguna necesidad real que atesorar en ello, sin un propósito más allá de la victoria.

En cada etapa, una parte de mí se diluía, se evaporaba cual gota de rocío en un día de verano, mientras me iba convirtiendo en parte del orbe en el cual había aceptado vivir.

Aquí, en este lugar, no paso hambre ni frío, las necesidades básicas están cubiertas, pero la muerte y la resurrección se encuentran cada vez que alguien decide utilizar mi avatar en el juego de roles en el cual estoy inmersa sin poder escapar.

Escribo estas líneas mientras aún recuerdo, con una claridad dolorosa, que alguna vez fui Clara Guzmán, una simple oficinista, antes del próximo instante en que me quede sin energía, se escuche un sonido atronador, como un estruendo que anuncia el fin, y vuelva a pender sobre mí la palabra «Game Over».

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COMPARACIÓN

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

En el Ajedrez, como en la vida, la mejor jugada es siempre la que se realiza – Siegbert Tarrasch

Se acercó con el tablero bajo el brazo y la bolsita de plástico con las 32 piezas aventureras. Siempre nos encontrábamos en el mismo banco de la plaza, con la mesa d piedra como un comensal más. Lo abrió y desplegó. Comenzó a colocar los huéspedes:damas, reyes, caballos, torres, alfiles y peones. Él siempre jugaba con las blancas, nunca quiso perder la «iniciativa”, allí nos quedábamos: jugando, descubriendo, inventando.

Verlo concentrado en las partidas era algo que jamás podría olvidar. La tensión, el rictus de la boca, la cabeza que se movía llena de pensamientos y jugadas anticipadas, la inteligencia puesta exclusivamente al juego enfrentada a dilemas a veces insolubles, la lucha interna por doblegarme como adversario, la crispación de sus manos. Hasta que al final movía una pieza y recobraba su tranquilidad. Roberto andaba por los 80 largos, su cuerpo no lo acompañaba mucho, pero su mente era una máquina calculadora, inteligente y por sobre todas las cosas innovadora.

Estaba planificando una variante de la Defensa Siciliana, que revolucionaría el mundo ajedrecístico. Superaba todas las conocidas, porque había estudiado en profundidad las jugadas del sacerdote Pietro Carrera, analista italiano del siglo XVI, creador de la famosa jugada.

Durante todo el año, si el tiempo lo permitía, los viernes allí estábamos los dos. Él venía desde su casa mientras que yo salía de la redacción del diario. No sabía dónde vivía. Nunca se lo había preguntado. Él tampoco me lo había dicho. Era por el barrio, pero nunca quiso dar muchas explicaciones. Siempre supuse por sus ropas elegantes pero gastadas, que en algún momento de su vida había tenido un buen pasar. Tal vez la vida se le habría complicado. Cada uno de nosotros lleva su mochila al hombro que a veces pesa poco y a veces demasiado.

Un viernes primaveral no vino, lo esperé en vano otro viernes, otro, uno más. Nunca lo volví a ver. Lo busqué indagando por varios lados, pero nada. Pregunté en la misma redacción, los negocios de la zona: algunos lo conocían por la descripción que les daba, pero no sabían dónde podía vivir. Se había evaporado de mi vida como un soplo en el viento. Allí quedó la nostalgia, sin tener remedio. Una semana antes de Navidad, una señora bastante mayor apareció en el diario buscándome. Traía un envoltorio para mí de parte de Roberto. Había fallecido hacía casi tres meses. Ella era una amiga que cuidaba de él en ciertas oportunidades. Antes de partir le había dejado el recado de entregarme el paquete como regalo de Fin de Año.

Le pregunté de qué había fallecido y su respuesta fue contundente: de vejez. «Nadie muere de vejez», pensé. Pero de qué valía explicarle eso a esta mujer. Le pregunté si necesitaba algo y me explicó que no. Sólo cumplía con el pedido de Roberto Seoli. En esa conversación me enteré por primera vez de su apellido.

Esa noche, ya en casa, abrí el paquete con todo cuidado. Había esperado ese momento con ansias. No lo quise hacer en el trabajo por razones personales. Esto era mío, particularmente mío. Allí estaba el viejo tablero y los 32 trebejos, gastados, ajados, esperándome. En un sobre marrón bien cerrado, encontré una papeleta con diferentes jugadas. La letra pequeña, pareja y bien escrita, reforzaba mi impresión de que Roberto había sido una persona de una gran cultura. En la mesa chica del living, al lado de los sillones, armé todo y comencé a desarrollar lo escrito por él. ¡Formidable! ¡Excepcional! ¡La combinación perfecta! ¡Una variante de la Defensa Siciliana extraordinaria!

Me quedé quieto por un momento recordándolo con su traje raído, sus zapatos charolados de dos colores, el bastón marrón de madera lustrada y esos ojos brillantes cuando realizaba una partida magistral. En base a ella escribí un libro que resultó ser un best-seller para el mundo ajedrecístico. La variante llevaba su nombre. El nombre de un hombre que llevó su imaginación al límite.

Hoy ese tablero sigue allí. Nadie lo toca. No lo permito.

Nunca más jugué en él. Es un sempiterno recuerdo.

Roberto, vos allá andá preparando otra jugada. Yo aquí voy a hacer lo mismo.

Cuando nos encontremos… comparamos.

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CUENTOS Y RELATOS DE NAVIDAD

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

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Ninos-cuentos-4

A

Aquí laten las voces que hacen del invierno un hogar.”

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✦ Colaboradores ✦

  • Magi Balsells – España
  • Marcela Barrientos – Argentina
  • Carlos H. González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Graciela Reveco – Argentina
  • María Sánchez Fernández – España

FIESTAS DE NAVIDAD

Magi Balsells-España

Días señalados en el calendario, momentos de ilusión y alegría nos invaden, lo que es momentos de reunión con la familia y los seres queridos, el jolgorio y también el recogimiento, si hay con quien disfrutar de ello.

Solo estoy, en un gran piso, sin pareja, sin hijos, sin nada mas que mi sola compañía, los únicos familiares muy lejanos están y poco contacto ha habido en estos últimos años, todos tienen sus problemas, todos tienen su familia y yo me he quedado solo, solo con mis recuerdos, con mis tristes pensamientos, con la tristeza de no ver mas a mis seres muy amados, todos ellos desaparecieron hace ya algún tiempo sin ver que yo me quedaba abandonado a esta situación no deseada.

Tengo que celebrar la Nochebuena, con qué o con quién, no puedo ni llamar a ninguna puerta para que me acojan en estos días, aunque solo fuera una sola, el poder sentir el calor y el cariño de otras personas, mis amigos tampoco están y los pocos que me quedan ellos quizás estén en la misma situación, ya solos nos quedamos muchas veces.

Pondré la mesa y en ella las fotografías de los que se fueron, así no estaré tan solo, encenderé todas luces para iluminar la casa como a ellos les gustaba, pondré todo el servicio como si aun estuvieran, hablare con ellos aunque no pueda oír sus voces, pero en mi mente si los escuchare, reiré con ellos aunque las lagrimas afloren mansamente en mis mejillas

Llaman a la puerta, ¿quien será? Es el vecino de al lado, que me viene a buscar, no admite excusas me están esperando en su mesa y en el sitio de honor, ahora es cuando las lagrimas salen a borbotones. Me es imposible dar las gracias, la emoción tapa cualquier palabra, todos me acogen como uno más de ellos.

Gracias a mis deudos por lograr este milagro se que habéis sido vosotros los que habéis tocado el corazón de estas personas.

Veo que en el mundo aun existe bondad.

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EL PUEBLO QUE HABIA DEJADO DE CREER

Marcela Barrientos – Argentina

En el pueblo de *San Silencio*, la Navidad ya no era una fecha: era apenas una palabra gastada. Las luces colgaban por costumbre, no por ilusión; los villancicos sonaban como ecos lejanos, y en las casas nadie esperaba nada más que el paso del tiempo. —La Navidad es para los que aún creen —decían los mayores—, y aquí ya casi nadie cree en nada.

Ese año, como todos los anteriores, el frío llegó puntual y la plaza se llenó de hojas secas en lugar de risas. El viejo pesebre municipal permanecía guardado en un depósito, cubierto de polvo y olvido. Nadie lo reclamó. Nadie… excepto *Luna*. Luna tenía ocho años y una forma especial de mirar el mundo, como si aún pudiera escuchar lo invisible. La noche del 24 de diciembre, salió de su casa con una vela encendida entre las manos. No sabía por qué, solo sentía que debía hacerlo.

Cuando llegó a la plaza, ocurrió lo extraordinario. La luz de la vela no tembló con el viento. Al contrario, creció. Y en ese silencio profundo, una nevada suave comenzó a caer, aunque el cielo estaba despejado. No era nieve común: cada copo brillaba como si llevara dentro un recuerdo feliz.

Los vecinos salieron a las puertas. Algunos lloraron sin saber por qué. Otros recordaron una voz, una canción, una mesa compartida. Entonces, en el centro de la plaza, apareció el pesebre olvidado, intacto, luminoso. No era nuevo ni perfecto, pero estaba vivo. Y en él, el Niño parecía sonreír, no por haber nacido, sino por haber sido esperado otra vez.

Desde esa noche, San Silencio cambió. No porque los problemas desaparecieran, sino porque algo volvió a habitar los corazones: la certeza de que la esperanza no muere, solo espera ser llamada.

Y así, cada Navidad, una vela se enciende en la plaza. No para recordar lo que fue, sino para creer -otra vez- en lo que aún puede nacer.

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UN RELATO DE NAVIDAD

Carlos H González Saavedra – Argentina

Ese domingo estaba ansioso, más que otras veces. Aunque conocía Río, en mi cuarto viaje me faltaba descubrir el Río profundo, ese donde se respira Brasil en las paredes. El samba y la pobreza de las favelas. Contrastes y desigualdad de un país maravilloso. El brasileño común, de la sonrisa permanente, de la energía que te invade. En cada rincón, en cada vuelta de la esquina hay una sorpresa cercana a la bohemia, la melancolía y esa fuerza increíble para salir adelante, cantando a pesar de todo.

Todo eso, ni más ni menos, de la mano de mi hijo Federico, residente en Río desde hace nueve años. —Padre, ¿qué quieres conocer bien? —Un bar de esos donde se hace música con una tapita de refresco o una lata de cerveza. —Bien, esta noche vamos a lo de Alfredo. —Perfecto, ya me gustó la idea con solo conocer el nombre.

Allí fuimos, domingo a las nueve de la noche. Imaginé un bar grande, no un local pequeño que no tenía más de ocho metros de frente por doce de fondo.

Federico me presentó a Alfredo, que permanecía sentado en la puerta del local, en una mesa, con una planilla donde anotaba las consumiciones. —Padre, aquí funciona así: al fondo tienes dos neveras cargadas de cervezas, alguna botella de vino y agua. Una barra para lavar alguna copa y un pequeño baño. Te sirves y le avisas a Alfredo lo que tomas, él lo anota y al irnos pagamos.

En un costado del angosto salón había una madera donde alguien apoyaba el codo, tomando una cerveza. En el centro, sentados en sillas o bancos comunes, músicos y más gente en la calle que dentro del local. —¿Por qué se llama Bip Bip? —pregunté asombrado. —Alfredo le puso ese nombre por el Correcaminos, no se le ocurrió otro. Y ojo, aquí no se aplaude, está prohibido. Solo se chasquean los dedos, por respeto a los vecinos y a la música. Si hay mucho ruido, ¡no sabes cómo se pone Alfredo! —acotó Federico.

El samba recorría las paredes y nuestros oídos. Era un momento y un lugar pleno de magia. Venían unos, otros se iban. Siempre ocupaban los banquitos. Tocaban con instrumentos pero también marcando el ritmo con cucharitas. —Padre, este es un bar socialista. Los martes se viene a hablar de política. Los músicos son profesores del conservatorio, algunos también de canto. —¿Cómo, los músicos también pagan lo que consumen? —Aquí todos pagamos, ellos también.

La bohemia me arrancaba el corazón. Fui dos veces al baño, para quedarme en la barra de atrás, observándolo todo. El bullicio iba subiendo en intensidad y el número de gente en la acera crecía.

De pronto, Alfredo se levantó furioso de su silla. Los músicos dejaron de tocar y un silencio sepulcral se adueñó del lugar. Alfredo, con problemas respiratorios por el cigarrillo, cercano a los sesenta y cinco años, se ponía colorado y hablaba entrecortado para poder tomar aire: —Aquí venimos a escuchar música y disfrutar. Si hablamos gritando, no escuchamos la música y es una falta de respeto a los vecinos. Si no les gusta, se van y listo.

Después de su alocución, complicada por su falta de aire, una suave melodía de flauta devolvió la normalidad. Alfredo se volvió a sentar. La noche se nos escapaba de las manos, eran como la una de la mañana y seguía llegando gente. —¿A qué hora cierran, Federico? —Hasta que salga el sol. Nosotros, si quieres en una hora más, nos vamos, padre. Mañana tengo que trabajar. —Sí, hijo, cuando me digas. —Quedémonos una hora más. —De acuerdo.

Las paredes impregnadas de nostalgia, decoradas con recuerdos y fotos, mostraban en un rincón un diploma con una distinción del Ministerio de Cultura, nombrando al Bip Bip como lugar cultural de Río de Janeiro. Cobró otra dimensión el sitio donde me había traído mi hijo, cuna del samba y del sentir autóctono de Brasil.

Solo tomaba cervezas, iba por la quinta, y veía cómo Federico se divertía con ellos. Aprendí los secretos de la pandereta, tan famosa por su sonido característico, tocada con el movimiento de la muñeca. El profesor nos señalaba: —Mira, esa niña está tocando mal. Para mí, tocaba de maravilla. Hasta que la escuché con atención, comprendí lo que decía. Su sonido me transformaba. Eso sí que era maravilloso, como todo lo que estaba allí.

Mientras la música acariciaba los oídos y todos movíamos el cuerpo al compás, una muchacha con una lata de helado de cinco litros, con una ranura en la tapa, invitaba a todos a dejar una propina. Pensé que sería para los músicos. —Federico, muy bueno el lugar, quedé encantado. ¡Cómo tocan, qué maravilla! ¿Ahora cada uno paga su cerveza? Increíble, menos mal que después con la propina se arreglan. Hermoso regalo me hiciste, hijo. —No, padre. Ese dinero que se junta cada noche, durante todo el año, es para el día de Navidad. —¿Cómo? —Alfredo, en Navidad, pone las mesas en la calle y da de comer a todos los indigentes y personas sin hogar. Hace una gran mesa y brinda con todos ellos, por la Navidad.

Ese comentario me dio una dimensión mucho más profunda de Alfredo y sus músicos, de su altruismo, de su humanidad. Rescatando al hombre concreto de una sociedad injusta y salvaje. Me impactó mucho emocionalmente.

Antes de irme, volvimos y tuve la oportunidad de confundirme en un abrazo con Alfredo, cosa inusual según mi hijo. Le había escrito un poema al lugar. Federico se encargó de dárselo a su amigo para que lo tradujera. Seguramente fue por eso que me abrazó. Sentí su emoción. Lo abracé por tantas cosas, que no me alcanzaban los brazos para decirle gracias. Me sentía en deuda con él.

Alfredo falleció de un enfisema pulmonar hace un año y medio. El amigo de mi hijo, cuyo nombre no recuerdo, quedó a cargo del lugar.

Después nos invadió la pandemia y no pude volver. Me gustaría regresar al Bip Bip y ayudar a servir la mesa, rescatando miradas de agradecimiento y felicidad por Alfredo, por su inmensa humanidad. Brindando, con ojos emocionados, por una ¡Feliz Navidad!

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CUENTO DE NAVIDAD

La luz que nunca se apaga

Elspeth Gormley – España

En un pequeño pueblo junto al mar, cada diciembre se repetía un gesto sencillo:  las familias colocaban una lámpara en la ventana, como señal de esperanza. No era lujo ni adorno, solo una luz humilde que decía: “aquí hay un hogar abierto, aquí hay alguien que espera.”  
Crecí en tierra de marineros rudos, donde el Cantábrico rugía con furia cuando se enfadaba. De pequeña, me subía a una silla y desde la ventana miraba el mar extasiada, y veía que en cada puerta brillaba una luz encendida.  
Esa luz no era solo candil, era promesa: los que partían al mar sabían que esa era la señal de que los esperaban, que su casa seguía siendo puerto seguro.  

Aquella Navidad, Clara encendió su lámpara con un temblor distinto. Su padre había partido meses atrás, y la casa parecía más vacía que nunca.  
Pero al encender la luz, recordó sus palabras: “la Navidad no es ausencia, es memoria que se convierte en compañía.”  

Esa noche, las calles se llenaron de ventanas iluminadas. Cada lámpara era un latido compartido,  un puente invisible entre casas y corazones, un gesto sencillo que vencía la distancia.  

Cuando la medianoche llegó, el pueblo entero parecía un cielo en la tierra: cientos de luces brillaban como estrellas, y cada una contaba una historia de amor, de pérdida, de esperanza.  

Desde entonces, sé que la Navidad no se mide en regalos, sino en la fuerza de una luz compartida. La misma que en el Cantábrico esperaba a los marineros, la misma que en cada ventana dice: no estás solo, aquí hay alguien que espera.”  

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ROSAS DE HOY PARA MAÑANA

Graciela Reveco – Argentina

Fue en vísperas de Navidad cuando un ligero despertar insinuó que llegaría con un abalorio de sorpresas. Mamá hizo un gran esfuerzo para que mi regalo fuera la pelota de trapo más hermosa que alguien pudiera imaginar, redonda y blanca, un tanto agrisada por el tiempo, cerrada y muy firme, no se rompería tan pronto como las otras, pero algo me molestaba en un rincón del corazón; yo no podía obsequiarle nada, los dos estábamos muy bien, pero no teníamos mucho dinero, apenas para vivir con lo que ella ganaba amasando en la panadería del barrio.

También, en esa Navidad, mi padrino (un primo de mamá) llegó con un regalo muy especial, dijo que el señor que lo acompañaba deseaba verme jugar en un equipo que esa tarde competiría en el club de la ciudad, y que debía desangrarme como lo hacía si domingos. Los ojos de mi madre dijeron sin decir que eso podía ser muy bueno para los dos.

De inmediato acudimos a la cancha, debía practicar unas cuantas horas con una pelota de verdad, descanso de por medio. Era emocionante y me latía el corazón con una fuerza arrolladora. Mi padrino sabía que no me costaría nada acostumbrar mis pies a esa maravilla redonda y blanca que no me cansaba de apretar contra mi pecho hasta doler.

Mientras me preparaba, la pelota fue a dar muchas veces cerca de un puesto de flores que estaba a la entrada del club, y cuando iba por ella me quedaba viendo un balde repleto de rosas blancas. ¿Te gustan?, preguntó la florista con una gran sonrisa. Le gustan a mi mamá, dije con los ojos trizados, y salí a la carrera con una esperanza que aún no entendía.

Más tarde, mi padrino me llevó a los vestuarios; el partido iniciaría muy pronto. Estaba asustado, pero no lo demostraría, jugar al fútbol era lo que más amaba en el mundo después de mi madre.

En medio del primer tiempo, reconocí que el grupo de jugadores era bastante malo, no dejaba completar un avance, muy lentos en el conjunto (mis amigos jugaban mejor en la canchita, y con pelotas de trapo). Frente a lo que nadie esperaba, me senté en una orilla, sobre el verde campo de juego, y dije que no quería seguir, que aquello era un bochorno, además de que nos adelantaban con dos goles.

Mi padrino corrió hasta mí sin enojarse (era lo único que yo temía) y sentenció que era muy pequeño para tamaña actitud y que debía volver al juego. Chiquito, susurró cerca de mi oído para que solo yo lo escuchara, si haces un gol, de los que acostumbras en tu canchita dominguera, te doy unos cuantos pesos. Lo miré con los ojos terriblemente más trizados, y otra vez salí a la carrera.

No perdía la esperanza, ni en ese inicio, ni en la felicidad de mi madre. No sabía cómo iba a ocurrir el milagro, pero fue espontáneo y premonitorio. Lo cierto, es que ese día marqué mi futuro. No hice un gol, hice cinco, y al finalizar el encuentro levanté mi mano, las palmas bien arriba, como esperando mucho más del cielo; en ese momento solo aspiraba a mi dinero bien ganado y multiplicado por cada tanto.

Fue una travesura, porque de seguir así no había chance para el equipo, pero también lo hice por otra razón. Muchos años después puedo contarlo, a pesar de los berrinches y los correctivos que permitieron mi triunfo como futbolista. Es verdad que nunca jugué con el blanco incierto de aquella pelota de trapo que zurció mi madre, pero esa noche de Navidad ella puso sobre la mesa un enorme ramo de rosas blancas. Todas para ella.

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LA NAVIDAD DE HALLEY

María Sánchez Fernández – España

Hace algún tiempo vino a caer en mis manos la famosa obra de Sigmund Freud La interpretación de los sueños. Comencé a leerla y quedé tan fascinada que en un par de días ya la había concluido.

Es fabuloso poder comprobar cómo nuestra mente, al sentirse libre de control mientras dormimos, divaga y se nos escapa por los caminos más inverosímiles. Vivimos nuestro mundo cotidiano, pero deformado por mil cabriolas que nos zarandean caprichosamente.

Una noche de invierno, próxima la Navidad, salí a la terraza de mi casa para respirar un poco de aire puro. Aunque hacía mucho frío, el cielo estaba despejado. Lo miré largamente y quedé maravillada de la profundidad de su negrura, que se hacía más intensa con el brillo limpísimo de los millones de estrellas que lo tachonaban. Alguna que otra se escapaba veloz y desaparecía rápidamente.

Entré en mi habitación, me metí en la cama y conecté la radio para oír un programa informativo. Al momento me quedé dormida. Mi mente empezó a trabajar rápida, libre, sin cadenas, y soñé. Soñé con un mundo fantástico llamado “Cosmos”. Yo era una estrella fugaz que corría sin cesar por aquel espacio inmenso sin principio ni fin. Miles de cuerpos danzaban ingrávidos, moviéndose acompasados por el negro silencio que cantaba eternidades. Me sentía liberada, etérea, y corría y corría sin dirección ni destino. En mi loca carrera llegué a una zona en la que los cuerpos celestes se apretaban entre sí formando una gran masa de brillante mutismo.

Una multitud de estrellas de todas las clases y condiciones rodeaban curiosas y admiradas a otra de……mayor tamaño y belleza. Era hermosa, rutilante, vestida de luz blanquísima con destellos rosados y lucía una enorme cola, tan ancha y tan larga que cubría todo lo que mi vista de estrella menor podía alcanzar. Se estaba celebrando una gran fiesta en la que cada astro mostraba sus habilidades o contaba una historia en la que había tomado parte. Una estrella pequeña y tímida entonó una breve balada que decía de tenues parpadeos. Un astro opaco y torpón narró una historia de negros y largos silencios. Otras, más alegres y divertidas, inquietas y fugaces como yo, me invitaron a danzar…, y danzamos…, y danzamos…, por una eternidad.

La reina de la fiesta pidió la palabra y participó en aquella velada contando una hermosa historia. Su voz, de ráfaga purísima, inundó toda aquella inmensidad, y los allí presentes escuchamos con la mayor atención. —Mi relato es corto en el tiempo, pero su contenido en esencia es largo y largo…, tan largo que nunca se acabará por los siglos de los siglos: En mi amplio caminar por los senderos del universo, llegué muy cerca de un planeta llamado Tierra. Curiosa me acerqué a él y me detuve. Era azul y muy bello. Formaba parte de un grupo de nueve que giran…alrededor de un astro muy poderoso llamado Sol. Me aproximé cuanto pude y observé que en él se movían extraños seres de múltiples especies. Se veían grandes masas azules que se movían sin cesar, a las que ellos llamaban mares; también se veían grandes espacios verdes en los que se desarrollaba con gran profusión la vida de aquel planeta. Entre todas las especies, había una que dominaba a las demás: era el hombre. Seguí mi camino, pero siempre me detuve periódicamente en mi viaje eterno allá, sobre la Tierra, para recrearme en ella y observar a sus criaturas.

En una ocasión pude ver que en una pequeña aldea ocurría algo extraordinario. El Sol ya no alumbraba y estaba oscuro. Solamente mi luz la hacía visible. Gozosos grupos de hombres se dirigían a un lugar muy humilde en apariencia. Traían presentes, canciones y danzas. Me acerqué más y aquel paraje se iluminó. Observé que en un reducido espacio, como los que los hombres dan cobijo a otros seres inferiores en la escala de su vida cotidiana, había un hombre y una mujer que sostenía en sus brazos a un Niño recién nacido. Era el Niño más hermoso que soñar se puede. Todos, al llegar, se postraron ante Él en señal de adoración. Más tarde vi una gran comitiva de personas lujosamente vestidas que, al llegar ante aquel humilde establo, desmontaron de sus cabalgaduras y se postraron ante el Niño. ¡Qué belleza ante tantas muestras de amor! ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era aquella persona tan pequeña a la que todos adoraban como si fuera el mismo Dios?

Un ser celeste, brillante como un astro pero con apariencia de hombre, pronunció unas hermosas palabras que inundaron aquel modesto lugar de dulcísimas melodías: GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD

La estrella enmudeció y quedó por unos instantes absorta para después proseguir: —Enseguida comprendí. Aquel planeta Tierra había sido elegido por el Sumo Hacedor para realizar sus grandes designios. Ese Niño recién nacido sería el destino del mundo, y yo, una humilde estrella, una ínfima partícula de este Todo Inmenso, había sido testigo del acontecimiento más grande jamás ocurrido.”

“Entonces, henchido de gozo, también canté con aquellas criaturas bienaventuradas y de buena voluntad un GLORIA A DIOS”.

Desperté de mi sueño. Tenía conectada la radio que emitía en aquellos momentos el magnífico Gloria de Saint-Saëns: GLORIA IN ALTISSIMIS DEO.

La teoría de Freud quedaba confirmada. Al escuchar mientras dormía aquel inmenso Gloria, esos estímulos sensoriales externos hicieron que viviera por unos brevísimos momentos la Navidad del Cometa Halley.

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CUENTOS Y RELATOS NOVIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Cuentos-y-relatos

“Aquí, la imaginación escribe con luz.”


COLABORADORES DE ESTA EDICIÓN

  • Miriam Alberganti – Argentina
  • Magi Balsells – España
  • María Elena Camba – Argentina
  • Judith Cartagena Espina – Colombia
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  • Sandra Romeo – Argentina
  • María Sánchez Fernández – España

***** ***** *****

¡ GRACIAS !

Miriam Alberganti – Argentina

A veces me sorprende cómo hay personas que aún se acuerdan de mí.  Con algunos hace ya decenas de años que no me veo, y con otros no tanto;  pero con cada uno de ellos he compartido experiencias de vida que, en su momento,  
lo único que hicieron fue crear historia y recuerdos.  

A veces rememoro viejas situaciones donde prevaleció el abrazo,  la contención, la palabra en el instante justo, la presencia,  el compartir, los detalles, las lágrimas derramadas  y hasta esa risa que me hacía doler la cara.  

Muchas veces fui yo quien dejó un recuerdo en el otro,  pero muchas más fueron ellos quienes dejaron huellas de amor en mí.  ¿Cómo no agradecer a la vida por haberme cruzado con personas tan lindas?  

Hoy también me rodean seres luminosos que acarician mi alma solo con su presencia,  y que siguen siendo parte de mi historia.  
Gracias, gracias a aquellos y a estos por hacer mi vida más hermosa.  Es más lo que recibí que lo que di.  

Les aseguro que todos esos momentos están guardados en mi cofre de tesoros,  que llevo y llevaré siempre en mi corazón.  
Gracias a todos los que, de una manera u otra, me recuerdan e hicieron que mi cumpleaños fuese una maravillosa experiencia personal.  

CAMINO Y MOCHILA

Magi Balsells – España

Mochila al hombro, inicio mi camino sin rumbo, sin ningún plan establecido, solo buscando la libertad de andar por donde quiera y el tiempo que quiera, sin prisas, recreándome en los diferentes paisajes que van apareciendo delante de mis ojos, viviendo las experiencias de las pocas personas que encuentre en mi caminar, ya que mis caminos serán siempre por las más agrestes y solitarias montañas, ya que no intento establecer ningún vínculo con mis congéneres. Durmiendo bajo el amparo de las estrellas —ellas nunca me engañarán—, comiendo lo que la naturaleza me ofrezca: será poco o mucho, pero siempre será más sano que cualquier comida de la ciudad. Poder contemplar el firmamento en las noches claras, donde las estrellas son la luz que me ilumina con sus guiños constantes; ver la luna en todo su esplendor y belleza, y dejar que mi imaginación vuele mientras mi mente elabora pensamientos puros. Buscar un rincón para aposentarme y poder dormir en mi saco, sin sufrir las inclemencias de la fría noche. Despertar junto a un arroyo, donde el agua cristalina me servirá para mi aseo y calmará mi sed matutina, y donde los pájaros, con su trinar que saluda al nuevo día, son música celestial que ningún coro puede igualar. Ello me servirá para poder retomar este camino sin objetivo, solo el de la libertad personal.

Respirar las fragancias matutinas, con ese perfume tan especial que se nota entre las hierbas; la pureza del aire que embriaga mis sentidos, bálsamo para mis pulmones, motor de mi cuerpo. Es la maravilla de la naturaleza, de la que con gran placer disfruto gratuitamente.

Encontraré animales del bosque que, ante mi presencia, huirán, ya que para ellos soy, de momento, un enemigo que solo busca sus vidas. Esto es lo que han aprendido estos seres tan indefensos, aunque ellos, dentro de su ignorancia, no saben que no todos los humanos, por suerte, somos iguales.

REFLEXIONES NAVIDEÑAS

María Elena Camba – Argentina

El bar era uno de esos típicos de Palermo, repleto a esa hora. Pablo y Juan intentaban escucharse, elevando la voz por sobre la música, que estaba bastante fuerte. Faltaba poco para la llegada de las fiestas. Estaban sentados junto al ventanal y veían pasar la gente, apurada, cargando regalos, intentando llegar a sus casas antes de que anocheciera.
La mirada de Juan se perdía en un horizonte imaginario mientras revolvía su taza de café, hasta que, de golpe, Pablo lo escuchó decir:

  • Cuando yo era chico, Papa Noel ni figuraba, no existía-.
  • Parecía que pensaba en voz alta.
  • Es cierto – le contestó Pablo-. Era el Niño Dios el de los regalos.
  • Sí, siempre de chicos hacíamos el pesebre con el Niñito Dios y los Reyes
    Magos
  • Esto de Papa Noel- agregó indignado- lo importaron de otros países para vendernos cosas.
  • Me acuerdo de que en casa armábamos el pesebre, empezábamos como diez días antes. ¡Cuántos recuerdos! – dijo Pablo con nostalgia.
  • Nosotros teníamos chimenea. Y recogíamos del jardín hojas, ramas de pino, hasta piñas para poner alrededor. Mi mamá forraba las paredes del hogar con papel metalizado. Era toda una ceremonia.
  • Vos eras un afortunado que tenías casa con jardín. Nuestro departamento era chiquito, pero en el living había una araña de bronce redonda. La cubríamos con unas boas verdes y colgábamos estrellitas. Y en la mesa del comedor hacíamos la ciudad de Belén con el pesebre en el medio.
  • Todo eso se acabó, inclusive ahora los chicos ni saben la historia de Jesús. Lo que les interesa son los regalos y ver a Papá Noel. Mi hijo mayor se disfraza y tira los regalos desde la terraza, con el clásico JO JO, para que no lo
    reconozcan mis nietos.
  • En lo de mi hija directamente no hay pesebre, sólo el arbolito con sus luces de colores. Ellos no creen en nada, son ateos, pero bien que arman su arbolito.
  • ¡Los tiempos cambiaron tanto! ¿Quién va a la iglesia ahora?
  • Cierto, me hacés acordar cuando en Nochebuena íbamos a misa de gallo y recién después de salir de la iglesia volvíamos a cenar y poníamos el niñito Jesús en el pesebre, porque ya había nacido.
  • Ahora todo es material, todo comercio, para eso sirven las fiestas.
  • Sí, todo consumismo ¿Qué tiene que ver con nosotros y nuestras costumbres
    Papa Noel? Vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida. Y en un trineo tirado por renos…
  • Ja, ja, cierto. ¿Alguna vez viste en Argentina un reno? Ni siquiera en el sur, que hace frío y nieva encontrás un reno.
  • Tantas fiestas que nos meten y no son nuestras… Desde hace unos años incorporamos una nueva, Halloween, la festejamos como tarados… todos los negocios se adornan con telarañas, brujas, murciélagos…
  • Tal cual y el día de la Tradición, en cambio, casi no se festeja. Somos el mundo al revés. ¡Qué país! Por todos lados empiezan a vender esas calabazas para que los chiquitos se las pongan en la cabeza y las casas de disfraces se llenan
    de plata. Una locura.
  • Después nos peleamos con los uruguayos sobre quién inventó el mate y el dulce de leche, pero de fiestas nuestras…. Nada.
    En la mesa de al lado un matrimonio ruso conversaba tranquilamente. Cada tanto los miraban y se sonreían. Quizás les llamaba la atención cómo gesticulaban, aunque no comprendieran del todo la conversación. O quizás sí entendían. Había tantos rusos últimamente en Buenos Aires. Juan, que los tenía enfrente y los miraba de a ratos. agregó en un tono irónico:
  • Ahora empezaron con la Pachamama, un poco tarde se acordaron. Igual es un esnobismo porque los que ponen recordatorios en Facebook o en Instagram son hippies con Osde. A lo mejor, si tenemos suerte, llegamos a celebrar
    alguna fiesta indígena, reverenciar al Dios de la Lluvia, bailar desnudos bajo la luz de la luna, todo puede suceder.
  • Tenés razón, Juan- respondió Pablo. Y hablando de esnobismo, amigo, no vengamos más a esta cafetería. Hoy le pedí un café con leche al mozo y me dijo que aquí servían solo Flat White…
  • ¡Impresentable! Y encima nos pregunta ¿Qué quieren chicos? Yo no soy ningún chico, soy un señor mayor- y golpeando la mesa agregó – Rajemos de acá Pablo, acabo de pagar la cuenta.

  • Se perdieron por las calles del barrio, donde los talleres mecánicos habían devenido en negocios de diseño, donde las viejas casas se demolían cada vez con mayor velocidad, donde costaba contemplar el cielo, oculto por altos edificios. Ya no había casi vestigios del viejo Palermo que recordaban. Sólo persistía el aroma de los tilos y la alfombra celeste de las flores de jacarandá que cubría las veredas.
    Y ellos continuaban, a su modo, resistiendo.

Y….ME VOLVÍ A CASAR

Judith Cartagena Espina – Colombia

A los 61 años, me volví a casar con mi primer amor: Pero en nuestra noche de bodas, al desnudarla, me impactó y me dolió profundamente lo que vi.

Me llamo Rajiv y tengo 61 años.

Mi primera esposa falleció hace ocho años, tras una larga enfermedad. Desde entonces, he vivido solo, en silencio. Mis hijos ya están casados, cada uno ocupado con su vida. Una vez al mes vienen a visitarme, me dejan dinero y medicinas… y se van rápido.

No los culpo. Tienen sus propias responsabilidades, y lo entiendo.

Pero en las noches de tormenta, cuando la lluvia golpea el techo de hojalata y el viento se cuela por las grietas, me siento insoportablemente pequeño… y solo.

El año pasado, navegando por Facebook, me topé con Meena, mi primer amor del instituto.

La adoraba por aquel entonces. Tenía el pelo largo y suelto, unos profundos ojos negros y una sonrisa tan radiante que podía iluminar toda la clase. Pero justo cuando me preparaba para el examen de admisión a la universidad, su familia concertó su matrimonio con un hombre diez años mayor, del sur de la India.

Después de eso, perdimos el contacto.

Cuarenta años después, el destino volvió a cruzarse en nuestros caminos.

Ella también enviudó; su marido había fallecido cinco años antes. Vivía con su hijo menor, pero él trabajaba en otra ciudad y rara vez volvía a casa.

Al principio, intercambiamos saludos sencillos.

Luego vinieron las llamadas.

Luego el café por las tardes.

Y sin darme cuenta, iba en mi vieja moto a su casa cada pocos días, llevándole una cesta de fruta, algunos dulces y analgésicos.

Un día, medio en broma, le dije:

— «¿Y si… dos almas viejas como nosotras nos casáramos? ¿No aliviaría eso la soledad?»

Para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Entré en pánico y le dije rápidamente que solo era una broma, pero ella sonrió suavemente y asintió con suavidad.

Y así, a los 61 años, me volví a casar con mi primer amor.

El día de nuestra boda, yo vestía un sherwani marrón oscuro.

Ella llevaba un sencillo sari de seda color crema.

Llevaba el pelo recogido con cuidado, adornado con un pequeño broche de perla.

Vinieron amigos y vecinos a celebrar.

Todos decían: «¡Parecen jóvenes enamorados otra vez!».

Y, sinceramente, así me sentí.

Esa noche, después de recoger los restos del banquete, ya eran más de las diez.

Le preparé un vaso de leche caliente y salí a cerrar la puerta con llave y apagar las luces del porche.

Nuestra noche de bodas, algo que nunca pensé que volvería a vivir a mi edad, por fin había llegado.

Entré en la habitación. Ella estaba sentada en la cama, esperando con una tímida sonrisa.

Me acerqué.

Con manos temblorosas, le quité suavemente la blusa…

Y entonces me quedé paralizado.

Su espalda, sus hombros, sus brazos estaban cubiertos de marcas oscuras. Viejas cicatrices, profundas y entrecruzadas como un mapa del sufrimiento.

Sentí que se me rompía el corazón.

Se cubrió rápidamente con una manta, con los ojos abiertos de miedo.

Temblé al preguntar:

— “Meena… ¿qué te pasó?”

Se dio la vuelta, con la voz quebrada:

— “En aquellos años… tenía un carácter terrible. Gritaba… me pegaba… Nunca se lo conté a nadie…”

Me senté a su lado, desconsolada, con lágrimas en los ojos.

Todos esos años, había vivido en silencio, con miedo, con vergüenza, sin decírselo a nadie.

Tomé su mano y la puse suavemente contra mi pecho.

— “Se acabó. A partir de hoy, nadie volverá a hacerte daño. Nadie tiene derecho a hacerte sufrir… excepto yo, pero solo por amarte demasiado”.

Rompió a llorar, un llanto suave y tembloroso que resonó por la habitación. La abracé con ternura. Su espalda era frágil, sus huesos ligeramente prominentes: esta pequeña mujer que había soportado tanto, durante tantos años.

Nuestra noche de bodas no fue como la de las parejas jóvenes.

Nos acostamos una junto a la otra en silencio, escuchando los grillos afuera, el viento susurrando entre los árboles.

Le acaricié el pelo. La besé en la frente.

Me rozó la mejilla y susurró:

— «Gracias. Gracias por mostrarme que todavía hay alguien en este mundo que se preocupa por mí».

Sonreí.

A los 61 años, por fin entendí:

La felicidad no está en la riqueza ni en las pasiones salvajes de la juventud.

Está en tener una mano que me sostenga, un hombro en el que apoyarme y alguien que se quede toda la noche… solo para escuchar tu corazón latir.

Mañana llegará.

¿Quién sabe cuántos días me quedan?

Pero una cosa está clara:

Por el resto de su vida, compensaré todo lo que perdió.

La cuidaré. La protegeré. Para que nunca más tenga miedo.

Porque para mí, esta noche de bodas —después de medio siglo de añoranza, oportunidades perdidas y una espera interminable—

es el regalo más grande que la vida me ha dado.

CUANDO QUISE SER MARADONA

Carlos González Saavedra – Argentina

A las ocho de la mañana de aquel primero de enero, había llegado el día. Después de esperar siete años, al fin comenzaban las vacaciones.
Había elegido un destino tranquilo, lejos de todo bullicio, al menos durante los primeros días.
También había decidido con quién ir: no quería una compañera que estuviera diciéndome lo que debía hacer o no.

Conocía Merlo, en San Luis, pero no la ciudad misma, sino sus alrededores.
Los Molles, precisamente, donde también se mantiene el microclima.
En esa zona, suspendidas en el aire por efecto del viento, hay partículas subatómicas llamadas iones negativos, un elemento imprescindible para combatir el estrés.
Nos quedaríamos diez días.

El dueño ofrecía un pequeño departamento contiguo a su casa, dentro de lo que él mismo describía como un paraíso.
Guillermo era una persona muy agradable y amable en el trato. No había exagerado nada de lo que prometió, al contrario.
Era su casa familiar, donde vivía con su esposa y dos de sus hijos, ya que la tercera estudiaba en Córdoba. Su esposa, cariñosa y muy atenta.
Había transformado un antiguo garaje en un coqueto departamento rodeado de aire puro y naturaleza.

Tenía comedor diario con cocina incluida, un pasillo que conducía a la galería acristalada donde los pájaros, confundidos por la transparencia, a veces chocaban.
Por allí se llegaba al dormitorio, confortable, amplio y limpio. El baño, para mi gusto pequeño, pero suficiente.
Todo rodeado de mil quinientos árboles, con riego por goteo ideado por Guillermo.
Un gallinero bien cuidado, con aves de la zona, a unos 150 metros. Parrilla y hasta horno de barro para cocinar unas empanadas o pizzas. Todo, al pie del Cerro de los Comechingones.
Ah, y un gran estanque para almacenar el agua que bajaba del cerro, con una bomba que funcionaba de vez en cuando. Prácticamente no hacía falta, pues el agua de las vertientes cumplía su cometido.

Diez días plenos de sol, naturaleza y bienestar.
Los primeros cuatro, por efecto del microclima, dormíamos profundamente, además de una siesta de tres horas.
La rutina era desayuno, charla, café o mate, almuerzo, siesta, alguna broma si surgía, té o mate, cena y otra vez descanso.
Mirar un cielo estrellado, lejos de las luces de la ciudad, era francamente un sueño.

Completamente descansados después de esos cuatro días, uno quiere hacer de todo: salir, escalar, rapel, pasear, viajar, conocer. La energía y vitalidad eran envidiables.
Eso hicimos hasta que, faltando tres días para irnos, Guillermo preguntó:
—Carlos, ¿te bañaste en el estanque?
—No, ni me acerqué.
—A la hora de la siesta toma el sol en el estanque. Solo escucharás el canto de los pájaros en un silencio increíble y el agua de vertiente que se mantiene fresca.

Nunca fui muy aficionado a las piscinas, pero ante su insistencia acepté.
—¿Sabes nadar? —preguntó. Igual el agua apenas llega a la cintura, aclaró.
—Me voy a Buenos Aires pero vuelvo en tres días. No quiero regresar y enterarme de que no te metiste —comentó en tono de broma.
—Aquí tienes una colchoneta inflable, la dejo preparada por si quieres disfrutar. Hasta el sábado —se despidió.

Confieso que no me atraía demasiado el plan, pero tampoco era descabellado.
Al día siguiente, después de almorzar, observando el estanque pensé: ¿por qué no?
Carmen prefirió dormir.

De pronto una imagen llenó mi mente: Maradona en Cuba, con un habano y acompañado de dos jóvenes.
Toda esa escena me impulsó a imitarlo. Aunque no había señoritas, sino una señora de mi edad que dormía profundamente, nada me privó del intento de ser, por un rato, Maradona.

Puse la colchoneta inflable en el estanque y vi cómo se deslizaba suavemente. Sol radiante, agua fresca, temperatura ideal.
Guillermo me había dicho:
—¿Sabes cómo usar la colchoneta? Se trepa desde atrás, lentamente, hasta que estés acostado en ella. Después, con cuidado, te das vuelta y te acomodas.
—Sí, claro —respondí como si lo hubiera hecho muchas veces.

Mi primer intento fue un fracaso: al intentar trepar, la colchoneta se dio vuelta y terminé en un chapuzón en medio del estanque, mientras Carmen se reía a carcajadas.
El segundo intento lo planeé mejor: la traje al borde, me puse en cuclillas sobre las piedras, la sujeté con la mano izquierda y me lancé como un delfín. Tampoco lo logré: la colchoneta apareció fuera del estanque. Hasta hoy no sé cómo ocurrió.

—No me vas a vencer —me dije.
Pensé: si Diego lo hizo, que está más gordo que yo, ¿por qué yo no?

Tercer intento. Me senté en el borde con los pies en el agua, fingiendo calma. Abracé la colchoneta y me deslicé suavemente sobre ella. Terminé en el fondo del estanque, mientras la colchoneta flotaba espléndida como si nada.
Mi perseverancia fue mayor aún: intenté vencerla una y otra vez, sin éxito.

Casi resignado, me vino otro pensamiento que me ayudó a salir de la frustración: ¿y si a Diego lo ayudaron? ¿Y si había alguien sosteniéndolo bajo el agua? ¿Y si las chicas eran un fotomontaje? Solo el habano sería cierto, por la publicidad.

Desistí. Me quedó como tarea pendiente. En casa no tengo estanque, así que sabe Dios cuándo aprenderé.

Al último día volvió Guillermo. La pregunta era obvia y la respuesta también:
—Carlos, ¿todo bien en el estanque? ¿Probaste la colchoneta?
—Fantástico, una tarde espectacular. Disfruté muchísimo, parecía Maradona en Cuba.
—Que estés bien y buen viaje. Vuelvan pronto.
—Gracias, Guillermo. Hasta la próxima.

LA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ

Elspeth Gormley – España

En un desván polvoriento de una casa antigua, Clara encontró una caja de madera con el nombre de su abuelo grabado en la tapa. Dentro, cuidadosamente dobladas, había decenas de cartas amarillentas, todas dirigidas a la misma persona: Madre. Ninguna tenía sello ni marcas de correo. Eran cartas que nunca habían salido de aquella habitación.

Clara comenzó a leer. La primera hablaba de un joven que, en la posguerra, buscaba consuelo en la escritura. “Madre, hoy la ciudad parece un fantasma. Camino entre ruinas y pienso en tu voz, que me sostiene.” Cada carta era un fragmento de vida: la espera de un trabajo, la ilusión de un amor, el miedo a la represión. El abuelo había escrito como quien conversa con alguien que ya no está, como quien se aferra a la palabra para no desaparecer.

Las cartas se sucedían como estaciones de un viaje íntimo. En una, describía cómo se reunía con amigos en un café clandestino, leyendo poemas prohibidos. En otra, confesaba que había aprendido a sembrar tomates en un huerto improvisado, porque “la tierra es la única que no traiciona”. Clara descubrió que su abuelo había sido un hombre de resistencia silenciosa, que transformaba la soledad en memoria escrita.

Pero lo más sorprendente llegó al final: una carta sin fecha, escrita con una caligrafía temblorosa. “Madre, si alguna vez alguien encuentra estas palabras, sabrá que no fueron para ti solamente. Fueron para todos los que no pudieron hablar, para los que callaron por miedo. Que estas cartas sean testimonio de que seguimos vivos en la palabra.” Clara comprendió entonces que su abuelo nunca quiso enviar aquellas cartas: eran un legado, un archivo secreto de dignidad.

Conmovida, decidió publicar algunas en un pequeño blog literario. Al hacerlo, comenzaron a llegar mensajes de desconocidos que decían haber sentido lo mismo en sus propias familias: cartas escondidas, diarios ocultos, voces que nunca llegaron a destino. La historia de su abuelo se convirtió en un espejo colectivo.

Clara cerró la caja y la guardó de nuevo en el desván, pero ya no era un objeto olvidado. Era un faro. Cada vez que escribía, sentía que alguien la acompañaba desde esas páginas amarillentas. Y comprendió que, aunque las cartas nunca llegaron a su madre, habían llegado a ella, y a todos los que aún buscan en la palabra un refugio contra el silencio.

PUBS

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

El Liverpool se encontraba repleto.
Era la “hora pico” diría un viejo cliente del lugar. Pero tenía razón.
Invierno, viernes siete y media de la noche, pleno centro de la Capital… el bar estaba lleno de gente joven que había terminado su jornada semanal y era “la previa” para la salida nocturna.

Eli trataba de llegar a las mesas con la bandeja en una mano, llena de jarros de cerveza.
No le resultaba fácil, y menos cuando el estúpido de la gorra roja la hizo tropezar.
A duras penas consiguió enderezar el cuerpo y sortear el obstáculo. La mirada fría, intimidó a Jorge, que sacándose la gorra pidió disculpas que, por supuesto, no fueron escuchadas. Eli ya estaba en otra parte.
Un brazo pasó por el cuello de Jorge sacudiéndolo un poco y cuando se dio vuelta, encontró a Soledad mirándolo divertida. Se había percatado de lo que había pasado e intentaba reconfortarlo.

A cuatro metros de distancia, Isabella, en plan de conquista, hablaba con su jefe del gabinete de abogados.
Hacía dos meses le había echado el ojo y hoy sería el día especial, lo presentía. Por segunda vez estaban juntos en un pub y las miradas de su compañero hacia su anatomía delantera eran cada vez más frecuentes. Es que el saco abierto y la camisa desprendida hasta el segundo botón, dejaban entrever sus encantos.

En la barra, Juan bebía despaciosamente su whisky.
Hizo crujir los tres cubos de hielo en su interior al sacudir el vaso, mientras por el espejo observaba a la morocha que de espaldas le sonreía a veces, cuando sus dos acompañantes la dejaban. Si lo volvía a mirar, encaraba, total el no ya lo tenía. Iba por el sí.

Damián, detrás de la caja, sonreía para sus adentros.
Sabía con certeza que abrir el local había sido un verdadero acierto. Era lo que le había dicho a su socio en la conversación mantenida un año atrás. El tiempo había confirmado su presentimiento.

Entre el gentío que abarrotaba el lugar, nadie vio al joven de campera negra y jeans, que desde el fondo de la barra se fue alejando despacio hacia la puerta de salida.
Nadie se dio cuenta que el joven había entrado con una mochila y ahora se iba sin ella.
Nadie observó el bulto oscuro que quedaba bien apretado entre el apoya pie y la barra.
Esa noche de diversión y alegría, donde las emociones y los sentimientos se encontraban a flor de piel, nadie advirtió nada.

Una semana después los grandes titulares todavía estaban hablando de la explosión de una bomba en un pub, en pleno centro de la capital, con un saldo de 30 víctimas mortales y 40 heridos, algunos de consideración; por lo que se pensaba que las muertes ascenderían. Ninguna organización reclamó el hecho. Realmente los inspectores de policía y fuerzas especiales a cargo, todavía no tenían una base sólida en la investigación.

La puerta del viejo Bar “El antiguo”, en la zona de Recoleta, se abrió ese viernes a la tarde-noche, dos meses después.
Un joven de campera negra y jean, con una mochila al hombro se dirigió hacia el fondo de la barra.

EL MANUSCRITO

Sandra Romeo – Argentina

¿Qué es un acto humano si no una ilusión
cuando dos interpretaciones distintas
son igualmente válidas?
Lawrence Durrell. Escritor británico

El sol cae a pico sobre las piedras de los acantilados como si todas las horas transcurrieran en un mediodía eterno.
Durante los atardeceres violentos las tonalidades varían del rojo al ocre, del amarillo al ciruela sin compasión, rápidamente.
Sin transición la noche acalorada se desmorona sobre la tierra.
Olvido en este clima.
Hice todo lo que pude por acercarme a los hechos. Traté de rescatarlos para que ocuparan su sitio en el drama que nos tocó vivir.
Sin embargo…
—Pienso en usted con el debido rencor.
»Alejado de todos, poniendo nuestros actos y palabras bajo la lupa de su soberbia creerá, en un momento, haber llegado a la verdad. ¡¡Gran error , amigo mío!!
»Nosotros, todos y cada uno, podríamos darle versiones distintas sobre lo que sucedió y sobre usted mismo. Todas verdaderas.
Estas palabras me había escrito Demetrio a poco de instalarme aquí.
Lo único que pude hacer fue enviarle mi manuscrito así como estaba, sin corregir y, quién sabe, sin ninguna verdad.
La lancha correo de esa semana depositó en mis manos un sobre de papel marrón.
A l frente sólo mi nombre; ni dirección ni apellido. En el reverso, la letra desmañada y torpe de Demetrio asaltó mi alma.
Atadas con una cinta violeta cayeron las hojas de mis escritos, corregidas aquí y allá con trazos rojos. Gruesos…
Deslizándome entre sus frases comprendí que no habría olvido posible. Entre mis manos comenzaban a desperezarse los recuerdos.
Ahí estaban todos otra vez.
Los esquivados hábilmente por mi memoria selectiva; los vivos aún, los muertos ya.
Los hechos contundentes se erguían desde esas hojas tomando la dimensión y la altura que yo les había negado y que Demetrio recuperaba.
¿Para quién?
Insistía sobre mi inocencia en aquellas páginas en las que yo me culpaba por abandono, desamor, engaño y desidia.
Me quitaba importancia en donde yo afirmaba haber sido ungido por ella:

—Nada más lejos de la realidad, amigo mío, Norah se volcaba a usted para desviar a su marido del verdadero amante.
¡Pensar que el recuerdo de haber sido elegido me sostuvo desde entonces! Por favor
Demetrio, déjeme solo con mi memoria perdida, en este lugar alejado de verdades.
Pero es inútil.
En un punto sí estaba de acuerdo conmigo.
Cuando yo me nombro portador de desgracias. Por mis burdos engaños el dolor anidó en Aniela y luego partieron juntos.
—Sí, las mentiras la desintegraron, minaron su salud ya quebrada. Ambos lo sabíamos.
Juntos velamos noches enteras su tos y su fiebre, antes o después de que usted llegara de sus incursiones infieles en aquella ciudad espuria. Esos grandes ojos oscuros lo seguían por toda la habitación sin perderse un detalle de sus comedias domésticas de marido abnegado. Ya ve usted, querido amigo, hay certezas clavadas en la memoria.
¡La implacable lucidez de Demetrio!
Los comentarios en rojo comienzan a marcarme a fuego.
Ciertamente, hay muchas cosas que desconozco.
Lo que no ignoro es el peso de su muerte. Casi una pluma en mis brazos hacia el hospital; plomo fundido en mis manos el resto de mis días.
Lo que sé es cómo me siguen ese par de grandes ojos negros por todos mis caminos.
A veces pienso si me cuidan o si sólo esperan el momento de pedirme explicaciones.
Los ojos de Aniela…
Han pasado las horas agobiantes del día. El atardecer rabioso se debate en brazos de la noche cuando Lucio me acerca el farol y con su mutismo de siglos me indica que se retira.
El alba se anuncia con un aire cristalino y su primera luz ilumina otra verdad: yo sostengo que Norah me amó.
Él afirma que sólo fui para ella una fachada pobre y delirante; una broma absurda mi figura a su lado, una pieza más en el macabro juego de su vida.
—Ya lo ve amigo mío, las mujeres que nos han amado o no, han partido ya. Unas vivas, otras muertas.
»Aniela, Norah…
»Ante tales acontecimientos implacables de nuestras vidas, yo no podía dejar que usted siguiera sin comprender la esencia de sus caracteres; solamente eso me indujo a enviarle nuevamente su manuscrito, (quizá ahora un poco mío también).
»No sé si quiera tomar en cuenta estas verdades indiferenciadas, pero con ellas y las suyas quizá comprenda la pequeña exacta medida de los sufrimientos ajenos.
»O su inacabable magnitud…
»Con el afecto de siempre, Demetrio.
El lápiz rojo comienza a diluirse.

Deja manchones sanguinolentos en las hojas ventosas arremolinadas en la orilla del agua.
Los primeros rayos del sol apagan la luz del farol agotado.
Rebotan en la madera vencida de una silla vacía

LA NAVIDAD DE HALLEY

María Sánchez Fernández – España

Hace algún tiempo vino a caer en mis manos la famosa obra de Sigmund Freud “La interpretación de los sueños”. Comencé a leerla y quedé tan fascinada que en un par de días ya la había concluido.

Es fabuloso poder comprobar cómo nuestra mente, al sentirse libre de control mientras dormimos, divaga y se nos escapa por los caminos más inverosímiles. Vivimos nuestro mundo cotidiano, por ejemplo de mil cabriolas que nos zarandean caprichosamente.


Una noche de invierno, próxima a la Navidad, salí a la terraza de mi casa para tirar un poco de basura. El cielo estaba tan claro que me fijé en las estrellas. Me quedé un rato observándolas, pensando en lo pequeñas que somos en comparación con el universo. Me pregunté si habría vida en otros planetas, si alguien nos estaría observando. Alguna de las estrellas parecía moverse.

Regresé a mi habitación, me metí en la cama y conecté la radio para buscar un programa informativo. Al momento me quedé dormida.

Mi mente empezó a trabajar rápida, libre, sin cadenas, y soñé.

Soñé con un mundo fantástico llamado “Cosmos”. Yo era una estrella fugaz que cruzaba el cosmos por aquel espacio inmenso sin principio ni fin. Miles de cuerpos con grandes masas vagaban por el universo. Me desplacé por el espacio como una estrella fugaz, sin rumbo fijo, sin destino, sin tiempo, sin espacio. Todo era negro, sin color, sin sonido.

Me sentía liberada, etérea, y corría y corría sin dirección. De repente, vi una estrella que brillaba más que las demás. Me acerqué a ella y observé que en su interior se estaba formando una gran nube de brillante materia.

Una multitud de estrellas de todas las clases y condiciones rodeaban curiosas y admiradas a otra de mayor tamaño y belleza. Era hermosa, rutilante, vestida de suave gasa blanca; con su lenta traslación, se movía como bailarina en su danza de las esferas. Era tan bella que una vista de estrella menor quiso poseerla y se le acercó.

La estrella mayor, al notar la presencia de la menor, giró sobre su eje y la había también parte. Usaba una suave música que la envolvía toda. Era como una brisa que se deslizaba por su cuerpo. La estrella menor se acercó más y más, y cuando estuvo muy cerca, giró también sobre su eje y se unió a la danza. Ambas giraban y giraban, envueltas en la música, y se fueron alejando del lugar donde estaban. La música se fue apagando y la danza se hizo más lenta. Finalmente, se detuvieron y se quedaron juntas, muy juntas, en un rincón del universo.

La reina de la fiesta pidió la palabra y participó en aquella velada contando una hermosa historia, llena de fragancia purísima, inundada toda de luz, de amor y de paz. A mí personalmente escuchamos con la mayor atención:

«Mi relato es corto en el tiempo, pero su contenido en esencia es largo y se ha ido transmitiendo de generación en generación a lo largo de los siglos:

«Acababa de nacer uno de los soles mayores del universo, llegó muy cerca de una estrella menor. Curiosa me acerqué a él y me detuve. Era azul y muy bello. Formaba parte de un grupo de nueve que giran…

Alrededor del sol

Alrededor de un astro muy poderoso llamado Sol. Me aproximé cuanto pude y observé que en él se movían masas enormes de múltiples especies. Se veían grandes llamas que se alzaban como si fueran grandes edificios encendidos. Las masas que se movían en el Sol eran tan grandes que no alcanzaba a dimensionarlas. Las llamas que se levantaban y caían eran tan grandes que los edificios más altos del mundo quedaban pequeños. Las llamas las dominaban a las demás con su brillantez.

Seguí mi camino, pero sentí que una fuerza poderosa me atraía en mi viaje extraordinario. El Sol, la Tierra, para recrearme en ella y observar a sus criaturas.

En una ocasión pude ver que en una pequeña aldea ocurría algo extraordinario. El Sol ya no iluminaba y estaba oscuro. Solamente mi luz la hacía visible. Gozo y emoción se apoderaron de mí. Me acerqué más y observé que en una humilde casa había un niño. Observé que en un reducido espacio en la parte inferior de la casa se encontraba un pesebre. En él estaba un niño recién nacido. Su madre lo sostenía en sus brazos y lo arrullaba. El niño era hermoso, su rostro resplandecía. Era el Niño más hermoso que había visto.

Todos, al llegar, se postraron ante Él en señal de adoración.


Una extraña visita

Más tarde vino una gran comitiva de personas importantes vestidas de elegantes ropas que buscaban la cabaña señalada por una estrella brillante. Hablaban de cálculos astronómicos de sus cabalgaduras y se postraron ante el Niño.

Los pastores se preguntaban maravillados: ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era aquel pequeño que acababa de nacer? ¿Y qué todos adoraban como si fuera el mismo Dios?

Y en ese cielo estrellado, brillaron como un sol los ángeles de los cielos, y enmudecidos los humanos escucharon un mensaje de paz y amor que resonó en el firmamento:

¡GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD!

La estrella enmudeció y quedó por unos instantes absorbida por después proseguir.

Seguidamente comprendió. Aquel planeta Tierra había sido escogido por el Señor hacedor para realizar sus grandes designios. Ese Niño recién nacido era el enviado de Dios, su hijo, una humilde estrella, un cometa que se convirtió en testigo mudo y privilegiado del acontecimiento más grande jamás ocurrido.


Entonces, henchida de gozo, también canté con agua las cristianas bienaventuranzas y de buena voluntad dije: GLORIA A DIOS.

Después me dormí. Tenía conciencia de la radio que emitía un espléndido canto de Navidad, el clásico de Saint-Saëns, GLORIA IN ALTISSIMIS DEO.

La teoría de Freud quedaba confirmada. Al escuchar música de Navidad, la buena Gloria, excitada de estímulos sensoriales excesivos, había soñado, en unos brevísimos momentos, que vivía, por unos brevísimos momentos, la Navidad del Cometa Halley.

CUENTOS Y RELATOS «LA LEALTAD» NOVIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Lealtad-relatos

“Donde el silencio abriga, la lealtad florece.”

Colaboran en esta sección:

Carlos González Saavedra – Argentina

Elspeth Gormley – España

Andrea Kiperman – Argentina

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LEALTAD

Carlos González Saavedra – Argentina

Uno camina por la vida apresurado, sin detenerse en las cosas simples que hemos aprendido. Aquellas que nos han formado. Valores que, por el vértigo con que vivimos, parecemos olvidar. No soy la excepción.

Trabajaba todos los días y, en los tiempos libres, iba al gimnasio; otros días, a meditación; los que quedaban, al teatro. No paraba.

Vivo solo, y mi única compañía era Rambo, un ovejero que me habían regalado cuando tenía siete años. Sus anteriores dueños eran mayores, vivían en un departamento y ya no podían con su fuerza.

Caminábamos juntos por las mañanas. Me sentaba a tomar mi cafecito en el bar de la esquina, siempre con él a mi lado.

Rambo era feliz paseando con mis nietos. Lo había acostumbrado a caminar sin correa. Libre.

Recuerdo una noche de festejo en una de las reuniones. Terminó bastante tarde; después fuimos a comer pizza y seguimos la charla. Me acordé de Rambo a las dos de la madrugada. Llegué lo más rápido que pude. Estaba sentado, cuidando la casa detrás del portón de hierro. Erguido, elegante y con la mirada alerta.

Me sentí cuidado, acompañado. Al abrir, su alegría fue tal que se quedó dentro de casa para siempre. Estaba educado para no ensuciar.

Así pasaron otros siete años, plenos de cariño y compañía. Era un amigo leal.

Empezó a enfermarse de viejo, y viví muy dolorosamente su despedida, por el dolor de su bendita cadera.

Ya en sus últimas horas, tirado en el living junto al hogar, no daba más. Me resistía a darle una inyección, aunque ya había hablado con una veterinaria.

Tenía un compromiso impostergable por trabajo. Debía ausentarme, pero volvería en una hora. No sabía qué hacer. No podía dejarlo. No tenía opción.

Entonces decidí hablarle como a un amigo. Le dije: “¡Rambo! Ya me cuidaste mucho. Vuelvo en una hora. Descansa tranquilo”. Lo acaricié. Con lágrimas en los ojos, sentí que esa fue mi despedida.

Llamé a mi hija, que vivía cerca, y me fui. A la media hora me avisó que, al entrar, lo encontró muerto.

Si bien sabía lo que ocurriría, no dejé de sentir una desazón, un vacío enorme en mi corazón.

Llorando, lo enterré en el jardín. Sentí, por mucho tiempo, que no había sido tan leal como él. Después, con los años, entendí que debía ser así.

Tuve tres ovejeros que me han acompañado. Amo esa raza. Mayka, Indio y Rambo: todos me dejaron una enseñanza enorme.

Rambo fue el que más lealtad me mostró. El que, con su silencio, me habló siempre. Y así nos entendimos.

Rambo se fue en silencio, pero me habló más que nadie.

Separador-dorado

LA FUERZA INVISIBLE DE LA LEALTAD

Elspeth Gormley – España

La lealtad no se impone: se elige. Es un acto consciente, una decisión que nos mantiene fieles a una persona, a una causa o a unos principios, incluso cuando el camino se vuelve difícil.
En tiempos dominados por la prisa y el interés propio, la lealtad se convierte en resistencia silenciosa.

Ser leal no es obedecer sin pensar, sino sostener con dignidad aquello en lo que creemos. Es permanecer cuando otros se ausentan, defender la verdad aunque incomode, no traicionar la confianza que alguien ha depositado en nosotros.

La lealtad es espejo y raíz: refleja quiénes somos y el lugar que ocupamos en la vida de los demás. Una amistad sin lealtad se quiebra, una sociedad sin lealtad se fragmenta, una política sin lealtad se reduce a espectáculo vacío.

Necesitamos recuperar la lealtad como virtud cotidiana. No importa si nace de un gesto pequeño o de una gran decisión:
cada acto de lealtad construye confianza, y la confianza es el tejido que sostiene la convivencia. La lealtad no es palabra antigua: es semilla de todo futuro compartido.

La lealtad también es memoria: es el compromiso que no se olvida, la promesa que se cumple incluso en silencio,
la certeza de que alguien estará allí cuando más lo necesitemos.

Es fuerza invisible que sostiene vínculos, que da sentido a la palabra dada, que convierte lo efímero en eterno.
Sin ella, todo se desvanece; con ella, todo se enraíza y florece.

“La lealtad no se grita, se demuestra: es el hilo invisible que sostiene la dignidad de toda palabra.”

Separador-dorado

LEALTAD

Andrea Kiperman – Argentina

Lealtad: una palabra de gran valor que nos remite a otra época, a un momento casi tan lejano como el sol. Lo leal, lo distinto, los valores que se desvanecen en estas sociedades modernas, extrañas, líquidas, dubitativas, ambiguas y desconcertantes. La lealtad es uno de los valores más difíciles de encontrar. ¿Qué es la lealtad, sino un valor casi extinto como los dinosaurios? En un mundo tan incierto, la lealtad grita su importancia, porque ya no se trata de la cantidad, sino de la calidad de personas que te acompañan en tus días y en tu vida. Se trata de aquellas que están contigo en los momentos de luz y de sombra. No de quien te sonríe en la cara, sino de quien cuida tu espalda. La lealtad, hoy, es la figurita difícil del álbum. Pero si se busca, aparece. Como las grandes cosas de la vida, llega en el momento menos pensado; como el amor, simplemente toca la puerta. Ojalá podamos reflexionar sobre a quiénes estamos dejando entrar en nuestra vida, porque es importante reconocernos ese valor.

Separador-dorado