CUENTOS Y RELATOS – JULIO

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Cuentos-y-relatos

Los cuentos comienzan donde la imaginación decide abrir la puerta.

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COLABORADORES

Maren Alberdi – España

Magi Balsells – España

Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México

Santiago García Vega – México

Carlos González Saavedra – Argentina

Elspeth Gormley – España

Inés Legand – Argentina

Andrea Morini – Argentina

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

Graciela Reveco – Argentina

Ana Unhold – Argentina

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DONDE LA TIERRA RECUERDA LO QUE FUIMOS

Maren Alberdi España

Hay lugares que no se visitan: se regresan a ellos. Sitios que guardan memoria, que despiertan lo antiguo y que nos recuerdan quiénes fuimos antes de ser quienes somos.

Zugarramurdi es uno de esos lugares. No importa cuántos años pasen, ni cuántas veces cambie el rumbo de tu vida: cuando vuelves, algo dentro se acomoda, como si la tierra dijera: “ya era hora”.

Yo nací aquí. Pero no crecí aquí. Mi infancia tuvo olor a Cantábrico, a mar bravo, a viento que golpea las ventanas como si quisiera entrar a contar historias. Crecí entre acantilados, entre redes, entre voces que hablan con el mar como si fuera un pariente. Y aun así, cada vez que volvía a Zugarramurdi, sentía que regresaba a un latido antiguo, a una memoria que me precedía.

Porque hay raíces que no necesitan presencia: solo necesitan verdad.

El sendero hacia las cuevas siempre me ha parecido un camino hacia dentro. No hacia un lugar, sino hacia una parte de mí que solo despierta aquí. A medida que avanzas, el silencio cambia. Ya no es silencio de bosque, ni silencio de montaña. Es un silencio que recuerda. Un silencio que sabe. Un silencio que te mide.

Las cuevas se abren como una boca inmensa, y la luz, por más que quiera, nunca alcanza a tocarlo todo. Quizá sea mejor así. Hay historias que no necesitan luz: necesitan respeto.

Dentro, el aire es frío. Pero no es un frío natural. Es un frío que viene de la injusticia, de la fragilidad humana, de ese miedo antiguo que convirtió la diferencia en amenaza. Aquí no hace falta imaginación: la historia está viva. Respira. Observa. Recuerda.

Pienso en aquellas mujeres —y también hombres— que fueron acusados de brujería. No por magia, sino por ignorancia. Por miedo. Por la necesidad humana de culpar a alguien cuando la vida se desordena. No eran brujas. Eran diferentes. Y eso, en ciertos siglos, era suficiente para morir.

Pero hay algo más. Algo que no se apagó ni con hogueras ni con inquisidores. Una fuerza. Una dignidad. Una verdad que sobrevivió al fuego.

Cuando salgo de la cueva, siempre me pasa lo mismo: el cielo parece abrir un claro, como si quisiera recordarme que incluso los lugares marcados por el dolor pueden tener belleza. Una belleza que no es evidente, pero que se queda dentro, como una llama pequeña que no se apaga.

Zugarramurdi no es un sitio para aprender. Es un sitio para recordar. Recordar que el miedo puede destruir. Recordar que la diferencia puede salvar. Recordar que la historia, cuando se olvida, vuelve disfrazada.

Camino de vuelta con la sensación de haber escuchado algo que no se oye con los oídos. Algo que solo se percibe cuando una parte de ti —la más antigua— despierta. Y pienso que quizá, solo quizá, las brujas no eran ellas. Quizá las brujas somos todas las que seguimos caminando con la verdad en los bolsillos, aunque el mundo prefiera la mentira.

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ME PIDES RESPETO
Magi BalsellsEspaña

¿Tú me pides que te tenga respeto? ¿Es que acaso tú lo has tenido conmigo? ¿Qué hombre alardea de sus conquistas y, no solo eso, sino que las engrandece siendo pura mentira? Sé lo que comentaste al esposo de una amiga; detalle por tu parte de lo más desagradable y fuera de lugar. Ella, al contárselo su marido, se molestó en gran manera y sin perder un instante se puso en contacto conmigo, comunicando tus alardes de conquistador en los cuales dabas explicaciones de lo que, según tú, habías conseguido conmigo. Y aún tuviste la desfachatez de decir que yo —sí, yo— había dicho que disfruté y pedía más sexo. Pobre infeliz… ¿seguro que no lo soñaste?

Te he escrito esta carta, de la cual voy a mandar copia a los conocidos o amigos de ambos para que sepan la clase de persona que eres, aclarando algunos puntos que, por fantasiosos, son merecedores de la más sonora carcajada. Daré detalles de esa hombría que presumes, dejando las cosas en su lugar y sin mentiras, que no vi por ningún lado. Quizás estaban de vacaciones.

Reconozco que mantuve unas relaciones sexuales, por decirlo de alguna manera, contigo. El intento estuvo, y mi predisposición también. Pero también incluyo en esta carta el desenlace: fue penoso por tu parte no conseguir llegar ni al principio ni al final, pese a tomarte unas pastillas —que no sé de qué serían ni me importa—. Diste mil y una excusas, pero las horas pasaban y todo seguía en punto muerto. Nada funcionó, ni tampoco vi ese miembro viril del que, según tú, siempre había sido el asombro de las damas. Creo que sería por su insignificancia y por esa triste flojedad permanente

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CEIBAS: MI PARAÍSO TERRENAL

Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México

Otoño 2020
Mi rancho me recuerda mi cuna y mi origen, de donde vengo, quién soy y a donde regresaré: a la madre tierra que me parió, me dio vida y me vio crecer.

Escenario multicolor es mi Ceibas, azul, amarillo, blanco y de todas las tonalidades que me dan paz y armonía, arcoíris de bienestar es mi rancho, en el que el horizonte verde se impone con vida; verde que transporta, verde que con su aire limpio y etéreo me purifica en sosegado remanso que adoro. Verde libertad que me hace volar a donde quiero con alas fuertes y seguras; verde que canta con sonidos propios; verde que huele a certeza anclada a mi alma y a mi mente; verde añoranza que me regresa en un suspiro al recuerdo indeleble de mi familia primera porque cuando estoy ahí sentado en una orilla, a lo lejos veo las figuras de mi padre, mi madre y mis hermanos que aparecen mirándome, como hablándome, para recordarme que siempre han estado junto a mí, que nunca se han ido. Eso me llena de nostalgia y en un suspiro amoroso abrazo a
todos y mi mente me vuelve a recordar de dónde vengo.
Bendita quietud en la que solo escucho los ruidos naturales de las especies felices en su hábitat, porque están en el lugar que les pertenece y eso… eso me hace desear quedarme también y mimetizarme a ellos, instalarme para siempre en ese oasis de
abundancia, sin máscaras ni artificios.

Quietud que se disfruta con sus gritos armoniosos; clamores que quiero oír porque cariñosos me hablan al oído, me llaman,
me atrapan, me hablan del poder y la bondad de la madre naturaleza que me invita a amarla y respetarla aun más; pero sobre todo, me hacen pensar en la bondad divina que me regala todo esto.


La noche de mi Ceibas es particular; la luna se hace grande y con su atrevido fulgor me coquetea en el romanticismo de un lugar que amo y me ama; espejo celeste que me desnuda cada noche dejándome ver como soy; escaparate perfecto que da
paso a las estrellas titilantes acompañadas de las luciérnagas con sus mágico brillo que mueren por verme y alumbrarme convirtiéndose en faroles y ojos a la vez. Luna que aclara las nubes que con sus vapores flotantes y húmedos descubren la cortina y puedo ver su viaje incansable haciendo perfecto el universo nocturno. Ah, pero qué decir de la cascada de Ceibas; lleva el agua más limpia que hay, en ella veo como se reciclan mis sueños en un vaivén de vida y de esperanza, chorro
cristalino que en complicidad bendita y auténtica con su arroyo me invitan a encontrarme conmigo mirándome en el espejo que conforman, recordándome el hombre que soy con todo lo que pienso, en todo lo que creo, con todo lo que siento, lo
que añoro, lo que tengo y lo que no. Reflejo de mí mismo que me ordena apaciblemente perseguir mis anhelos sin olvidarme de lo esencial, de lo valioso, de lo trascendente, delo puro, de lo bueno, de lo sagrado y de todo lo que vale en esta tierra y más allá.
Óleo natural perfecto que me enamora, el más bello, el lugar ideal para vivir y también para morir. Lugar que me permite ser yo y reencontrarme cada vez para atender a la renovada esperanza. Sitio privilegiado, tierra fértil y prodigiosa que da tanta vida… que me da vida.
¡Bendito Dios que me dejas gozar y estar aquí, en esta tierra en la que soy tan feliz haciéndome sentir inmensamente privilegiado!

¡¡¡Gracias, gracias, infinitas gracias Señor!!!

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MUJER TU PUEDES

Santiago García Vega – México

Salí de casa con el corazón hecho añicos. Aún resonaban en mi mente las palabras de mi padre, ese hombre que decía amarme pero que, sin quererlo, quebraba mis sueños como si fueran cristales frágiles. Para él, las mujeres solo servían para criar hijos, casarse y ser mantenidas. Ese era su legado, su sentencia, su visión del mundo. Y yo, que apenas empezaba a entender quién era, recibía aquella profecía como una piedra que me hundía.

Mi madre, en cambio, me cubrió con una bendición silenciosa. Ella no hablaba mucho, pero su mirada decía lo que mi padre nunca supo pronunciar: “Hija, tú puedes.”

Entre la bendición de una y el renegar del otro, emprendí mi camino. Sentía fuego dentro, un hervor que me empujaba a elegir: quedarme allí, atrapada en una vida que no era mía, o volar hacia la selva desprotegida de lo desconocido. Las costumbres, los círculos que encadenan, las voces que repiten lo mismo generación tras generación… todo eso me asfixiaba. Y aun así, avancé.

Allí donde las ataduras aflojan y las tinieblas confunden, donde las almas parecen arrastrarse hacia el abismo, yo toqué fondo. Pero tocar fondo no fue el final: fue el comienzo. Desde ese lugar oscuro, logré enfilar contra el océano de mis miedos. Salí a flote. Respiré bocanadas de valor. Tomé decisiones que nunca pensé que podría tomar.

Llegué luchando, cayendo, levantándome. Coquetee con la luna, esa compañera silenciosa que me arrullaba desde lo alto. Enfrenté mis temores, calibre mis emociones, derribé muros que parecían imposibles.

Cada mañana, una voz interior me gritaba: “Rendirme jamás». La mujer que llevo dentro tiene agallas. Tiene poder. Puede llegar a ser.”

Y así entendí algo esencial: No quería un compañero que fuera martillo, ni cuchillo, ni sombra que apuñalara mis sueños. Quería un igual. Un hortelano, un orfebre, un campesino del alma. Alguien que tejiera conmigo flores, vibraciones amorosas, caminos compartidos. No feminismo enfrentado: equidad. Complemento. Respeto.

Porque no existe sexo débil. La mujer es fortaleza, resguardo, dolor y creación. Forjadora de humanidades. Dichosa por siempre.

Mujer: diseño hermoso, milagro, anhelo de madre, nido de esperanzas. Inteligencia, libertad, cambio. Realidad que durante siglos fue manipulada, silenciada, encadenada.

Pero hoy no. Hoy mil puertas han sido abiertas. Para ti, para mí, para todas.

Y mientras subo la escarpada cuesta de mi propia vida, siento la palmada de la cima, la gratitud que inflama el pecho, la certeza de que he llegado hasta aquí por mis propios pasos.

Porque sí, mujer: tú puedes. Siempre pudiste. Solo necesitabas escucharlo.

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DELICIAS DE LA VIDA CONYUGAL

Carlos González Saavedra – Argentina

De pronto apareció un colibrí bebiendo el néctar de la Santa Rita pegada a la ventana. Su bello aletear terminó por despertarme. El día brillaba y yo aún en la cama, mirando el techo como si nada. Había tenido una noche intensa…

Me levanté y seguí el día planchando; tenía una pila. Planché toda la mañana. Por suerte golpearon la puerta.

—¡Llegué! ¿Qué hacés, amor? ¿Te fue bien con los fletes o tenés que salir por la tarde?

Esperaba que Guillermo me dijera que no. Resultó frustrante escuchar:

—Tengo uno a las cinco y otro a las diecinueve.

Me enojó.

—¿Cómo podés ser tan desconsiderado? ¿No te das cuenta de que entro a las veinte y, si no llego a tiempo, ¡me suspenden!

—Sería bueno que te suspendan, así te quedás más en casa y no estás todas las noches afuera.

—No me vas a cambiar. Cuando me conociste estaba de noche; te enamoraste así. ¿Acaso no me querés más?

—Nada que ver, Albertito de mi corazón. Andá, que los muchachos del correo esperan tu firma. Así despachan rápido y volvés temprano —me dijo, guiñándome un ojo.

—¡No creo! Chau —me fui dando un portazo.

—Mañana te espero con unos mates. No tomo ningún flete, así estamos juntos. ¡Beso, te quiero!

Partí creyendo que había encontrado finalmente la pareja ideal.

En la oficina encontré una notita del jefe sobre mi escritorio:

“Alberto: apure el trabajo porque nos informaron que, para las dos de la mañana, cortarán la luz y nos quedaremos sin sistema hasta las 17 horas.”

Disimulando mi alegría, comencé a adelantar mi tarea antes del corte, sabiendo claramente que, a más tardar a las 2:45, estaría con mi amorcito.

Regresé entusiasmado, casi contento, y encontré todo apagado. Me asusté. Mis pasos comenzaron a ser sigilosos en el jardín. Lejos se escuchaba cantar a Frank Sinatra. Al mirar por la ventana solo distinguí una luz tenue. Por la otra ventana sí vi una botella de champán en una frapera, sobre mi mesita de luz.

Asombrado, enfurecido, con una sensación de desamparo y locura, cegado de celos, golpeé fuertemente la puerta, a pesar de tener mi llave. Escuché una voz femenina diciendo:

—¡Guillermo, despertate, están golpeando!

Abrí y encontré a Susana, mi vecina, su marido y Guillermo en una bacanal, todos en la cama.

—¡Albertito, te explicaré! ¡Esperá!

Sin escucharlo, abrí el placard, busqué en el segundo cajón y encontré el 38 que era de papá. Mis manos nerviosas no podían siquiera sostener el arma. Un sudor frío de bronca, miseria y asco gobernaba mi cuerpo. Estaba devastado; no podía entender la situación. Después de todo lo que habíamos pasado juntos… Me sentía traicionado. Había abandonado a mi mujer y a mis dos hijos por él, y Guillermo había hablado finalmente con su papá. Por fin pudo enfrentar a un duro sargento del ejército, al que le tenía un miedo tremendo.

Mi ropa estaba empapada. Aun así, cerré los ojos temblando y disparé.

Un tiro impactó a Guillermo en la cabeza. Otro al marido de Susana, compañero de mi infancia. Y por último a Susana, en la nalga derecha.

Gritos, desesperación, angustia, dolor e impotencia. Sentado, vencido, recostado contra el placard, intenté dispararme y no pude. Lloré desconsoladamente.

Los vecinos, alertados por los disparos, llamaron a la comisaría. Sentí las sirenas de la policía. Había cambiado mi vida. Había tenido otra noche intensa, pero el colibrí ya no aleteaba.

Me dieron ocho años por los tres. Salí por buena conducta. Marcela y su marido volvieron a Tucumán. Anoche me escribió Eduardo, un guardiacárcel que conocí en prisión. Un amor.

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LOS SILENCIOS

Elspeth Gormley – España

El silencio no es solo ausencia de sonido. El silencio es una forma de presencia. Se escucha, se siente, se palpa. A veces pesa. A veces libera. A veces duele. A veces salva.

Hay silencios que ocurren en mitad del ruido: cuando alguien habla y nosotros ya no escuchamos, cuando la calle grita y aun así algo dentro queda quieto, cuando el mundo corre y uno se detiene sin saber por qué. Ese silencio es una frontera: marca el límite entre lo que somos y lo que mostramos.

Hay silencios que nacen en la soledad: cuando la casa duerme, cuando la noche se estira, cuando el cuerpo descansa pero la mente no. Ese silencio es un espejo. Nos devuelve la imagen sin filtros, sin maquillaje, sin excusas.

Y hay otro silencio, el más difícil, el más necesario: el silencio interior. Ese que aparece cuando dejamos de huir de nosotros mismos. Ese que llega cuando ya no podemos mentirnos. Ese que nos desnuda.

Porque escucharse no es fácil. Escucharse es mirarse sin defensa, es reconocer lo que evitamos, es aceptar lo que somos cuando nadie nos mira. ¿Quiénes somos cuando el ruido se apaga? ¿Quiénes somos cuando ya no hay testigos? ¿Quiénes somos cuando el silencio nos obliga a responder sin palabras?

En ese silencio descubrimos verdades que no caben en la rutina: lo que nos falta, lo que nos sobra, lo que nos duele, lo que nos sostiene, lo que ya no queremos seguir cargando.

El silencio revela. No porque hable, sino porque nos deja escuchar lo que siempre estuvo ahí. Una emoción que pedía espacio. Un pensamiento que evitábamos. Una pregunta que nunca nos atrevimos a formular.

Y entonces, en ese instante sin ruido, aparece algo que no es iluminación ni epifanía: es reconocimiento. Es decirse la verdad. Es verse por dentro. Es entender que la vida no cambia cuando el mundo calla, sino cuando nosotros lo hacemos.

Al final, cuando el ruido vuelve, cuando la rutina reclama su sitio, parece que nada ha cambiado. Pero dentro… sí. Dentro, algo se ha recolocado. Una pieza que llevaba años fuera de lugar. Una claridad que no sabíamos que necesitábamos. Una respuesta que no buscábamos, pero llegó.

Porque el silencio, el verdadero, no es vacío. Es encuentro. Es desnudez. Es verdad. Es el lugar donde, por fin, dejamos de ser lo que mostramos y empezamos a ser lo que somos.

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LO QUE TODAVÍA DICE LA LUZ

Inés Legand – Argentina

Hoy intento ordenar mis pensamientos, que son tantos y tan vivos, como colores que buscan su lugar en un lienzo. A veces escribir me cuesta, no porque falten palabras, sino porque todas quieren salir juntas, como si tuvieran prisa por convertirse en belleza.

Me refugio en lo que me sostiene: las plantas que se pintaron de amarillo, de rojo punzón, los árboles que ahora muestran su desnudez como si revelaran su propio esqueleto. Desde mi ventana veo el jacarandá, verde todavía, pero sé que dentro de unos meses nos regalará ese azul que siempre asombra. El Palo Borracho, robusto y firme, ya despejado de hojas, parece un guardián silencioso del barrio.

Así somos, privilegiados por la vida. Y pienso también en esa catástrofe tan grande en Venezuela: los socorristas sacaron un bebé, calculo de dos meses, desnudito, con solo un pañal. Lo tomó en sus brazos como si fuera un tesoro, con tanto amor… y se fue con él. El milagro siempre está acá, aunque a veces cueste verlo.

Mi hijo hoy me hizo la comida. Ayer pinté un cuadro: señal de que me siento bastante bien. El día se iluminó, y cuando la luz cambia, cambia todo. Uno es como espera tantos días: de pronto el sol dice “presente” y nos regala esa vitamina que ustedes tienen allá, tan necesaria para el ánimo y para el cuerpo.

Todavía no me encontré con Viviana; me dijo que en cualquier momento viene a visitarme. La tarde terminó. La gente vuelve a sus casas. Los negocios cierran sus puertas. El día se oscureció sin hacer ruido, como suelen hacerlo los días que ya dieron todo lo que podían dar. Ahora solo queda esperar el nuevo amanecer, ese que siempre llega con una promesa distinta.

Solo pido piedad para los que sufren. Y agradezco, amiga, tus relatos tan sentidos, tan bien transmitidos. Gracias por acompañarme en este tramo del camino, donde la pintura y la palabra todavía tienen mucho que decir.

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EL ESCRIBIENTE

Andrea Morini – Argentina

Germán lleva días sepultado en su desván. Ese cubículo asfixiante, saturado de lomos de cuero y papel, ha dejado de ser su refugio para convertirse en su celda. Le agrada —o quizá ya solo soporta— el olor rancio de los volúmenes que trepan por las paredes, del suelo al techo, como una hiedra de celulosa que amenaza con devorar el único ventanuco que da a la calle.
Desde niño imaginaba que de esas páginas brotaban historias; ahora, sospecha que son esas mismas historias las que lo están entretejiendo a él.
Sabe que el tiempo se le escapa entre los dedos, como arena que huye desesperada de vuelta al mar. El fin avanza, lento e inexorable; no es momento de flaquear. Se ha propuesto parir la historia más maravillosa jamás contada.
Ha conjurado a las musas en su beneficio y, al parecer, estas le han concedido el don, aunque el precio sea su propia carne.
Los pensamientos brotan con una violencia febril, llenando folios y folios. Esta vez, las ideas no son volátiles; son garras que arrastran sus dedos hacia el papel. Su figura, envarada y macilenta, emerge entre el cúmulo de folios apilados como el cadáver de un náufrago en un mar de tinta.
El mensajero debe entregar la revelación; ese fue el trato con Calíope, una deidad que ahora se le antoja hambrienta, esperando el pregón del numen con una ansiedad que roza lo perverso.

Siente que avanza por una ciénaga espesa que se enrosca en sus vísceras y atrapa sus extremidades. El aire en el desván es denso, casi sólido. Crear es su pasión, pero ahora el llamado exige su ser entero, átomo por átomo. El final se aproxima; lo presiente en el crujir de sus propios huesos, en la arritmia de un corazón que ya no le pertenece.
Un vértigo agónico lo embarga al desgranar los últimos párrafos. Mientras los misterios se develan en el papel, su mente parece astillarse.
Finalmente, cuando las últimas letras caen con el susurro siniestro de hojas secas, sabe que la tarea ha terminado. La musa estará satisfecha; el escribiente ha cumplido.
Entonces, en el preciso instante de estampar el punto final, Germán siente que el papel comienza a succionarlo. No hay alivio, solo una disolución aterradora. Su cuerpo se desvanece, diluyéndose en el objeto de su deseo, arrastrado por un goce oscuro hacia el abismo de lo ignoto. Ya no queda hombre, solo tinta.

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¿ QUIÉN ERES ?

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

Ese día sabía que si subía a actuar, algo pasaría. Lo presentía. Siempre deseé ser actor, estimado lector. No me pregunte por qué, pero sin excepción lo quise. Desde niño, las tablas fueron mi hogar. Criado en un matrimonio de artistas, subir al escenario era con respecto a mí tan común, como para cualquier niño jugar a la pelota. Así fue, así nació mi carrera, que poco a poco fue transformándose en un vivir, en una verdadera forma de vida. Existía solo para actuar.
Convengamos que no resulta tan fácil. Uno debe adentrarse en la mente de cada personaje, dejar su yo de lado y asumir el otro yo, aunque este, siempre contenga al verdadero. ¿Qué paradoja, no?

En mi caso, más de una vez, el personaje trascendió al intérprete. Eso es lo difícil de sobrellevar. Uno es uno mismo y no uno ajeno, y transformarse en el otro no es sencillo, —por supuesto si se quieren hacer las cosas bien—, porque recordemos que para mí actuar fue mi manera de vivir, excluyente y sin miramientos.

Tuve mucha fe en mí mismo, eso sí, logré con el tiempo una perfección actoral que me brindó una gran satisfacción. Pero aclaremos que todo se debió a constancia, trabajo y organización.
Estudié con grandes actores, en institutos de renombre mundial, me esforcé al máximo y logré el resultado esperado… reconocimiento.

Pero ese día sabía que si subía al escenario, algo pasaría. Era una rara sensación que sentía en mi interior, hasta diría dentro de mi alma. Un sentimiento encontrado que, por un lado, me impulsaba a actuar y por el otro, me indicaba que no lo hiciera.
La obra era un estreno en el principal teatro de la calle Corrientes, en esa inmensa metrópolis llamada Buenos Aires. Aunque en estos tiempos se estila mostrar todo desde un principio, nuestra compañía todavía ocultaba la escenografía. Usábamos el telón, ese gran separador que divide la sala de un teatro en dos partes bien contrapuestas. Por un lado, el espectador, estimado lector, que espera su apertura, ansioso por saber con qué se encontrará y por el otro, los actores, que también anhelantes, desean presentarse ante su público.
Las luces, no olvidemos las luces: brillo cegador, calor, oscuridad, frío…Todo el abanico de posibilidades para recrear una atmósfera que debía conjugar con la actuación.

¡Qué hermoso me parecía esto, qué magia, qué sentimientos tenía dentro de mí, porque allí estábamos, ¡actuando!
De pronto, en un instante —lo recuerdo con gran claridad—, al final del segundo acto, sentí un agudo dolor en la parte izquierda del pecho… me doblé en dos, caí al suelo exánime. Y casi sin querer me morí. Sí, me morí.
Dejé de vivir.
Al final mi presentimiento tuvo razón, algo iba a pasar si subía a actuar.
Pero aquí no concluye todo, estimado lector.
No, todavía falta lo mejor… o lo peor, de acuerdo a cómo se lo mire.
Cuando partí, alguien preguntó:
¿Quién eres?
Un actor –respondí.
Sí, pero… ¿Quién eres?
No supe qué contestar y lloré.

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CAJA DE CENIZAS

Graciela Reveco – Argentina

Somos nada y somos todo lo que dejamos

Un viento húmedo levantó el extraño sopor que se desprendía del suelo, y arrojó en el aire un sabor salino a tormentas ocultas detrás del horizonte. Visto de lejos el certero dibujo del confín, como una raya horizontal en degradé, nadie apostaría a que la bóveda transparente pudiera enjaretarse con un celaje promisorio de céfiro y agua.
Desde la ventana, Manuel divisó toda la anchura plomiza, y alzó los hombros con un gesto cansino, tal vez de hartazgo, o de blanda sumisión frente al devastador panorama. Y no se refería a la perspectiva de esa mañana de julio, gélida y cruda como debía ser en la época.
Restalló una pequeña lumbre en la mirada vidriosa. Trató de no despertar a Adela, su mujer, que dormía con un sueño intranquilo. Desde que él sufriera una trombosis coronaria vivía a la expectativa de todos sus movimientos.
—Manuel, dejá esa escalera que no debés agitarte. Manuel, los chicos van a escardar el jardín más tarde, dejá esa carretilla. Manuel no hagás esto, Manuel no hagás aquello…
No estaba seguro si el cauce que había tomado su vida era el que estaba dispuesto a soportar. El cardiólogo le habló de una inminente intervención para destapar las arterias obstruidas. Un amigo de otro tiempo accedió a la operación y no salió con vida.
—Era otra época, Manuel, dejate de pavadas. El doctor dice que hay que hacerlo, y lo haremos.
Adela no se dejaba intimidar por nada, ni por nadie. Iba hacia delante, braceando contra todas las dificultades, sin embargo, no alcanzaba para contener su aflicción. El pecho le saltaba como si se le hubiese metido una rana que no encontraba salida para escapar. Y el dolor…, el dolor era agudo como un apretón de dedos engrillados. Eso le provocó un despertar con sobresalto, y salió de la cama con sigilo para que ella no lo notara.
El almanaque de la agenda marcaba el 29 dentro de un círculo rojo; un 29 de Julio del siglo XX, que se escapaba de las manos como una golondrina frenética por encauzar un vuelo más limpio y menos sangrante. Él mismo lo había acentuado dos días antes de establecer el día y la hora de la intervención, suponiendo que a esa altura de las circunstancias su sistema nervioso estaría controlado frente a lo inevitable. Lo cierto era que no tenía nada en claro. Quizás, el cielo encapotado del amanecer estuviese más nítido que su entendimiento.
Más atrás, el reloj desplegó un efecto luminiscente en medio de la total oscuridad y sentenció las cinco de la mañana. Los chicos se levantaban a las siete. El mayor no quería estudiar y estaba empleado en una fábrica de conservas. Era su elección. El menor quería ser ingeniero, como su profesor de Mecánica Técnica, al que admiraba profundamente, y en sus horas libres atendía una Biblioteca Pública. Adela, en hora y media, estaría preparando el desayuno y dejaría todo dispuesto antes de marcharse a la escuela donde daba clases de música.
Él quedaba relegado a un tiempo de ocio y espera ¿Esperando qué? Ya iba por el tercer mes de reposo absoluto y la empresa no lo dejaba cesante porque la ley lo amparaba

Dormía poco, leía mucho, televisión le resultaba estomagante y caminar premioso era el único ejercicio autorizado. Una culebra herida le revolvió las vísceras hasta llegar a la garganta. No era otra cosa que la impotencia. Regresó la mirada hacia la ventana, y apenas pudo ver a través del cristal partido por las lágrimas.
El alba se anunciaba con jirones morados y espumas de malva. No iba a llover y solo el frío podría detenerlo en su caminata temprana, sin embargo, había tanto delirio glacial en su interior que daba lo mismo. Tomaría unos mates y la medicación que le menguaba el malestar, luego partiría calle abajo hasta descubrir la mañana detrás del manchón oscuro, que lentamente se iba extinguiendo con el primer bosquejo de luz. Cuando salió del baño, Adela ya estaba en la cocina iniciando la labor del día. Fue inútil su intento para evitar despertarla.
—Cielo cubierto con poco cambio de temperatura –decía la radio en ese momento, después de anunciar las noticias sanguíneas, los asaltos, la desocupación y la dudosa integridad de algunos gobernantes.
—Hace mucho frío para que salgas tan temprano, Manuel. Además, es peligroso. No comprendo ese capricho tuyo de hacerlo por las mañanas –inquirió la mujer ofreciéndole el primer mate del día. Manuel lo recibió y se sentó tranquilamente para degustarlo con una medialuna del día anterior.
—Peligroso es quedarme solo con el bochorno. En la calle encuentro distracción y me ayuda a pensar. En estas circunstancias, ningún delincuente puede dañarme más que la vida misma.
Chasqueó la lengua y sorbió un segundo mate con los ojos achinados y un gesto de sueño inútil rondándole la cabeza. El Proveedor de Milagros estaba demasiado ocupado con otros avatares más intensos. El mínimo portento lo tenía en el filo del bisturí, que le abriría el pecho en dos para recomponer el pasaje de sangre al corazón. Era lo único que podría restaurar, porque la zanja de desolación, que no estaba a la vista, no gozaría jamás de un cierre literal. Estaba incapacitado para hacer vida normal, lo seguiría estando luego de la operación y eso lo dejaba más muerto que la muerte misma. Era demasiado joven aún para que la vida lo amputara con tanta ferocidad. Le tocó a él ¿Y qué? ¿Quién era él para
merecer otro designio?
29 de Julio enrarecido. El aire frío le astilló la cara como un cuchillo. Levantó el cuello de la gabardina y avanzó entre las sombras difusas entonando Cambalache con un silbo entrecortado. Adivinaba a su mujer espiando por la ventana hasta que su figura se perdiera en el vacío de la noche extinta. La rutina diaria estaba en marcha y, a medida que avanzaba
sobre las calles, crecía el movimiento, la luz, la sensación térmica, la vida…
Locos como él había un millón diseminados por los venturosos laberintos del universo, pero el hombre que estaba sentado en un banco de la plaza, escribiendo en un papel membretado, vaya a saber qué, seguramente padecía algún trastorno similar. Manuel lo observó un instante. Le resultaba un tanto familiar. Sí, quizás por la equívoca decisión de intentar unas líneas bajo el gélido bostezo de una mañana de Julio bajo cero (ya sentía los huesos entumecidos). La curiosidad lo empujó (total, tenía tiempo de sobra). Le dolía un poco el pecho y necesitaba descansar un momento. Seguidamente, advirtió que si pescaba
un simple resfriado sería suficiente para abortar la cirugía ¿No sería esa su intención?
Sentado en el banco se inclinó hacia delante para menguar el malestar.
—¿Se siente bien? –interrogó el hombre.

Esta vez, Manuel lo miró a los ojos. Una profundidad de tristeza le llenó las pupilas. Le resultaba nuevamente familiar. Quizás, su gesto reflejando un desconsuelo más entre los tantos que pululaban a diario.
—Sí, me siento bien, gracias —respondió llenando los pulmones de un oxígeno mórbido y húmedo –pero no importa. ¿A quién puede importarle que en unos días me rajarán en dos, me quitarán el corazón y se lo comerán delante de mí como si fuera una ciruela?
El hombre se quedó mirándolo sin responder. Guardó las hojas en una carpeta mientras esbozaba una media sonrisa que ni siquiera fue.
—Ahora…, sería bueno saber quién de los dos se siente peor. Al otro lado de la calle hay un café, ¿por qué eligió el hielo de la intemperie para hacer sus notas? –inquirió Manuel, a sabiendas de que tal vez lo mandarían al demonio por indagar donde no le incumbía.
—Es un sábado diferente –murmuró el extraño conocido, sin dejar de ver a su alrededor con un dejo de melancolía. Estaba nublado, hacía un frío neblinoso y cruel, y Manuel no alcanzó a percibir la diferencia. Solo disparó como una flecha que halló el hueco a la distancia:
—Yo también pensaba traer un lápiz y un papel para hacer una nota.
—¿Por qué? —interrogó el hombre.
—Porque no le encuentro razón a la vida.
—No, le pregunto por qué no trajo lápiz y papel –aclaró.
Manuel se quedó con la boca estúpidamente abierta tratando de descubrir la ironía, pero no había sarcasmo en aquellos ojos profundamente tristes. Y solo dijo sin buscar las palabras:
—Porque tampoco le encuentro razón a la muerte.
Esta vez el hombre se puso en pie. Muy alto, las espaldas anchas, con un reflejo cansino en toda su estructura, que denotaba los setenta y pico de años de relación vincular con la vida.
Se marchaba, cortando con el filo del silencio una situación inusual, que dejaba a Manuel desconcertado, más triste que nunca y con la convicción de que el mundo estaba puesto del revés. Tal vez su incomodidad hizo algún ruido, el hombre se volvió impávido y lo miró directo a los ojos. Alguna extraña sentencia se enredó en sus palabras, pero le llegaron
gratis, como una almoneda en el tiempo justo y preciso.
—El hombre, mi amigo, es ceniza dentro de una caja. El tiempo la diluye. Tiene suerte de perseverar con la vida la proyección de sus sueños que, en definitiva, es lo único que permanece. No trajo nada para asentar su sentencia de muerte. Apueste a vivir y opérese.
Hay quienes solo con la muerte pueden lograr la concreción de esos sueños.
Manuel había enmudecido. Todas las palabras de su diccionario cayeron bajo una filosofía que no alcanzaba a comprender. El extraño detuvo un taxi y le escuchó decir lejanamente:
—Rocha, por favor, en Palermo.
Manuel se alzó de hombros y se quedó esperando que el día completara su figura de atuendo gris y desgajado bajo la subrepticia melancolía del invierno. Permaneció sentado en el banco; el agitado movimiento del despertar humano circuló frente a sus ojos; tenía esperanza de descubrir una fisonomía diferente en el perfecto acabado de una mañana
similar a la del día anterior.

El puesto de flores, en una esquina de la plaza, abrió su colorido abanico en medio de la acritud meteorológica. La tienda mayorista levantó persianas. El café, que precedía la entrada al Shopping, invitaba a sumergirse en una sensual calidez con sabor a café con leche. En la otra esquina, el puesto de revistas, y el canillita gritando a viva voz, amonestaron el abstracto silencio que se impuso frente a la celeridad existencial. El tránsito pesado y horrísono destruyó el ensalmo que mantenía con su deflagración interior. Tal vez, salir esa mañana buscando la forma que le facilitara desaparecer, y evitar la contienda que
iniciaba con la vida, no fue del todo desatinado.
Se puso de pie, cerró lo más que pudo la gabardina y volvió sobre sus pasos. Se detuvo un instante frente al puesto de revistas. Sonrió con un sentimiento inédito, desconocido ¿Le agradaba leer? Sí. ¿Qué hacía durante todo el día? Leer. Lo demás le aburría en extremo.
Luego de la operación, lo más probable es que lo jubilaran por incapacidad. La idea de un puesto de revistas consiguió horadar en su interior el estímulo que necesitaba frente a un destino inevitable; eso si le perdonaban la vida y salía indemne del quirófano ¿Por qué no?
El hombre lo dijo, ahora lo captaba. Su máxima oportunidad era la vida, no la muerte.
Adela no le quitó los ojos de encima mientras se movía de un lado para el otro tratando de ordenar el desquicio que dejaron los chicos luego de la merienda. En la mañana, Manuel había regresado de su caminata con una aureola de luz que se dilataba en cada uno de sus gestos y de sus palabras. Había almorzado con avidez y luego durmió una siesta corta, aseverando que no debía restarle tiempo a la oportunidad de vivir. Al levantarse, desempolvó una Enciclopedia de Historia Universal y se enfrascó en la lectura mientras que ella le alcanzaba los mates sagrados de la tarde. Qué esencia le templó la sangre para aceptar la
operación con ese marcado optimismo, Adela no quería saberlo por temor a deslizar algún comentario inadecuado que deshiciera la certeza. Se colgaría de su ánimo renovado, y nada más.
El reloj de pared marcó las siete de la tarde con una floja campanada, lo que alertó a la mujer y la llevó a encender la televisión. Su programa favorito ya había comenzado. Sus carcajadas fueron más intensas que de costumbre; sobradamente nerviosas. Manuel, que estaba en la sala tratando de concentrarse, salía de la lectura cada vez que ella pegaba saltos en la silla, emocionada, seguramente por alguna escena pueril. Minutos después, contrario a lo que su imaginación suponía, la risa se convirtió en un llanto desigual, casi un murmullo de rabia y de tristeza. Asustado, acudió a la cocina de inmediato.
Él, el extraño conocido, estaba allí ocupando toda la pantalla del televisor, con el rostro
sereno y la profundidad de sus ojos tristes. La voz hueca del locutor anunciaba su designio:
—Como último recurso para salvar la Fundación en peligro, el doctor René Favaloro
atravesó su corazón con un disparo.

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NUEVA VIDA

Ana Unhold – Argentina

Tabatinga, 2 de enero de 2006.

Teresinha:

Después de tantos meses de silencio, finalmente he decidido escribirte.

Recibí todas y cada una de tus cartas, y por el tono de irritación creciente, imagino tu enojo frente a mi prolongado e inexplicable silencio.No me resultaba fácil exponer tantos aspectos de una misma cuestión en una sola hoja de papel. Trataré de hacerlo por el bien de los dos. Así quedamos en paz.

Recordarás que mi nombramiento como Ingeniero Jefe de la Petrolera, para la zona norte del país, fue muy oportuno. Después de quince años, tediosos por cierto, nuestro matrimonio languidecía. Tu reiterada negativa a darme un hijo, era uno de los motivos. Si seguíamos juntos era en parte por conveniencia económica, y el resto, social. Siempre estuviste muy preocupada por el “qué dirán!, y tu reputación en Bahía, seguramente se hubiera visto afectada si te divorciabas. El pertenecer a una familia tradicional, siempre te ha condicionado para actuar con prejuicios frente a muchas situaciones.

Fue así que, tal como estaba nuestra relación, hace exactamente un año viajé solo a instalarme en esta región fronteriza de Brasil con Colombia y Perú, a orillas de ese gigante que es el río Amazonas.

Por vez primera, en mis cuarenta y tres años, tuve conciencia de mi pequeñez, de ser apenas un minúsculo eslabón en la cadena de la vida. Desde el primer viaje en una lancha con motor fuera de borda, sobre las aguas color café, perdí esa sensación de incertidumbre que me acompañara desde que dejé la ciudad;mi arrogancia quedó ahogada en las aguas del río y tuve la certeza de cuán insignificantes somos frente a tanta belleza.

Este lugar, olvidado por muchos desde las grandes capitales, impresiona como otras poblaciones de frontera, pero tiene sus peculiaridades.

Por ejemplo, el clima tan caluroso. Aquí, donde estoy ahora, Tabatinga (Brasil), cruzando una calle, Leticia (Colombia). Muy cerca, Perú.

Rápidamente pude interiorizarme de las características propias del lugar, de la autonomía que ostentan los hombres y mujeres, al sentirse dueños y señores de esa franja particular de terreno que es una frontera. Van y vienen libremente, estudian, se enamoran, se casan, comercian, trafican, lejos de las ciudades cabeceras de sus respectivos países. Tienen leyes propias que los rigen, se entremezclan, respetan lo que eligen, con una decisión incuestionable.

Aquí es donde estoy. Pasaron pocos días de mi arribo y enfermé. Contraje una de las enfermedades tropicales que exigen mucho tiempo y paciencia para su curación, siempre que sobrevivas. Sabes lo obstinado que soy; por ello me negué a ser vacunado antes de viajar. Por la misma razón me negué a ser internado en el hospital.

¡Siempre estoy probando hasta dónde soy fuerte!Me quedé en una de las comunidades originarias. Algo dentro de mí, me indicaba que ése era el camino correcto. No me arrepiento. El chamán de la comunidad , hizo todo lo que estaba su alcance para mi curación:limpiezas energéticas quemando plantas amazónicas, infusiones y ceremonias invocando a sus ancestros.

Afiebrado, durante no sé cuántos días, me debatí entre el delirio y la conciencia. En mis alucinaciones se mezclaban , como una rápida sucesión de fotografías, imágenes del pasado, alternando con coloridos flashes de la selva y el río. En uno de aquellos accesos sentí que caía desde una cascada; al incorporarme de un salto en mi cama de palmas, una mano fresca me sujetó: era Humarí, la joven hija del chamán, quien, como pude saber, había pasado días y noches refrescando mi frente y mis labios, evitando así que muriera deshidratado.

Esta dulce indígena, ha sido mi inseparable compañera. Sentada a los pies de su padre, acompañó mi convalescencia.Con simples palabras me fue explicando el origen del mundo,según sus creencias, y otras valiosas enseñanzas, que fueron abriendo ventanas hacia mundos impensados,hasta hoy, para mí.

Cuando fui mejorando, me llevaron a conocer lugares de ensueño: islas de micos, lagos de aguas negras ,por suspensión de carbón, donde danzan delfines rosados y grises. Yo dudé, hasta que lo ví y me maravilló. He alcanzado la serenidad necesaria como para pasar horas contemplando la naturaleza. Mi espíritu se solaza en la vista de las enormes hojas de la Victoria Regia, flotando mansamente sobre las aguas. Ahora comprendo cuáles han sido las fuentes de inspiración de Vasconcelos y Jorge Amado, que tanto nos gustaba leer en nuestras vacaciones en la playa.

Teresinha, a estas alturas, te parecerá que es un desconocido quien escribe esta carta. Estás en lo cierto. De aquel ansioso ingeniero, preocupado solamente por hacer dinero y comprar cosas, ya no queda más que el nombre. Puedo asegurarte que esa parte de mí, murió hace ya un año. Hoy si me vieras, encontrarías a un hombre feliz, de barbas rojizas, dedicado a la pintura, viviendo en una cabaña de troncos con techo de paja, a orillas del río Amazonas. Paso mis días observando miles de aves, despertando con los sonidos de la selva al amanecer, y soñando con los millones de grillos por la noche. Disfruto de la densa quietud de los días calurosos y de la bendita lluvia que moja la tierra;de comer dorados y pirarucúes, de tomar guaraná y marearme, de vez en cuando, con unas cuantas caipirinhas.

Como habrás comprendido, no volveré a la ciudad. Esta es mi nueva vida.

Espero que puedas perdonar, si con esta decisión, te causo algún dolor. Que seas lo más dichosa que puedas.

Con afecto, Joao Gilberto.

PD: Ayer Humarí me comunicó que está embarazada. Seré padre.

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RELATOS SOBRE EL DESTINO- JULIO

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: El contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes. Queda prohibida la reproducción total o parcial sin autorización expresa de su autor.

Destino

Hay caminos que parecen elegidos por nosotros… y otros que nos eligen sin avisar.

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COLABORADORES

Maren Alberdi – España

Enrique Fredy Díaz Castro – México

Elspeth Gormley – España

Antonio Morelos-México

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

María Rosa Rzepka – Argentina

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EL DESTINO NO ES UN MISTERIO: ES UNA CONSECUENCIA

Maren Alberdi – España

Hay días que no anuncian nada. Días que empiezan como siempre: el café, la luz, la rutina que se repite sin preguntarte si sigues siendo la misma persona que ayer. Pero el destino no trabaja con señales grandiosas. El destino trabaja con microcambios: una duda que aparece, una incomodidad que no sabes nombrar, una pregunta que no se va.

La mayoría de la gente cree que el destino es algo que llega desde afuera, como una carta que alguien deja en el buzón. Pero no. El destino se fabrica dentro, en silencio, mientras tú haces tu vida sin darte cuenta.

A veces se manifiesta en un gesto mínimo: una frase que te descoloca, una persona que te mira distinto, una decisión que parecía insignificante y termina moviendo una pieza que llevaba años quieta.

Ese día, mientras la ciudad seguía su ritmo, alguien —cualquiera de nosotros— sintió que algo estaba fuera de lugar. No era el mundo. Era él. Era su mirada. Era su forma de interpretar lo que siempre había visto igual.

En mitad de la mañana, sin ruido, sin urgencia, llegó esa sensación que no se puede explicar: una claridad que no ilumina, pero ordena; una certeza que no grita, pero pesa; una verdad que no cambia la vida, pero cambia la dirección.

No hubo milagros. No hubo epifanías. No hubo revelaciones.

Solo un instante. Un instante en el que uno se reconoce, en el que deja de mentirse, en el que entiende que el destino no es algo que “llega”, sino algo que se revela cuando uno está preparado para verlo.

Al final del día, nada parece haber cambiado. Las calles siguen siendo las mismas, la gente también, la rutina igual. Pero dentro… no. Dentro, algo se ha movido. Y ese movimiento —pequeño, íntimo, casi invisible— es suficiente para alterar un pensamiento, una decisión, un camino entero.

El destino, al final, no es magia. Es coherencia. Es el momento en que lo que sientes, lo que piensas y lo que haces dejan de pelear entre sí. Es el instante en que la vida deja de empujarte y tú empiezas a caminar hacia donde siempre supiste que tenías que ir.

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COMPAÑERO INSEPARABLE

Enrique Fredy Díaz Castro – México

Esa linea recta permanente e ineludible que nos rige y lleva por el único carril asignado de origen, semejante a carretera en desierto, línea de la que a veces da miedo mencionar, guarda la peculiaridad de ser única en cada uno de nosotros. Sesgos imperceptibles podremos tener en nuestro deambular, tropiezos y errores cometer, lo mismo que aciertos, pero la singularidad que tengamos es como una huella digital, fotografia de rostro que nos identifica en y ante el mundo.

Hoy que los años me atosigan con su din don permanente, reviso con frecuencia ese significado infalible y objetivo; destino, compañero infalible y rotundo: despliegas tus manecillas precisas para dictar cada segundo de mi ruta e invitas a que la mirada esté fija en lo que sigue, sin darme chance a reflexionar en el mañana, su cercanía kilómetros que como el horizonte se atraviesan frente a mi fruncido seño.

Compañero inseparable, destino (a veces amigo, otras no tanto) nunca accedas a que la trivialidad y el desconcierto me atosiguen en el turbulento discurrir de la época actual, dame  la fuerza para no perderme, levantarme y seguir como acostumbras: impávido, insensible y rotundo, a fin de cuentas estás en tu papel, eres el gran protagonista en la tierra, en el agua y en el aire, aunque Dios es el único facultado para decidir cuando y de qué manera iremos .

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EL DESTINO Y SUS FORMAS

Elspeth Gormley – España

El destino nunca se presenta como una línea recta. Tiene curvas, desvíos, silencios, mareas que suben y bajan sin avisar. Es una suma de decisiones que tomamos sin saber que eran importantes, encuentros que parecían casuales,pérdidas que nos rompieron,intuiciones que nos salvaron, y pequeñas señales que solo comprendemos cuando miramos hacia atrás.

Hay quien dice que todo está escrito. Hay quien asegura que lo escribimos nosotros.Yo creo que el destino es una conversación: la vida propone, y nosotros respondemos. A veces con valentía,a veces con miedo, a veces sin entender nada.

El destino llega de muchas formas. A veces es una persona que aparece justo cuando la necesitamos. A veces es una oportunidad mínima que, sin saberlo, cambia el rumbo. A veces es un viaje, un paisaje nuevo, un olor, una palabra que nos despierta. A veces es simplemente un instante: ese segundo en el que algo dentro de nosotros dice “sí” o dice “no”.

El destino no es un misterio. Es movimiento. Es avanzar, retroceder, detenerse, volver a empezar.

Es la manera en que elegimos, renunciamos, perdonamos, seguimos. Es la forma en que la vida nos toca… y la forma en que respondemos.

Y cuando lo transformamos en escritura, cuando lo dejamos en papel para que no se pierda, el destino se vuelve claro: se revela, se ordena, se ilumina. Como si las palabras encendieran una luz sobre aquello que antes solo era sombra.

Porque al final, el destino no es un lugar. Es la manera en que caminamos hacia nosotros mismos.

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EN EL DESTINO

Antonio Morelos- México

La conceptualización que se ha hecho del vocablo Destino, tomándolo como la estructura inmanente de la figura construida, como algo inevitable en la existencia del hombre, es bastante amplia y muy variada, aplicable en todos los niveles sociales: tanto en política como en religión, laborales, educativos y otros. Pero ¿el destino es algo construido con anticipación por alguien, para que tú llegues y tomes el que más te guste o el que te imponen? ¿O tú lo tienes que elaborar y cargarlo para siempre? ¿O se te entrega como una herencia?

Por lo que yo considero, es bien difícil aceptar una de esas opciones, porque para ser hombre no basta solo con serlo por nacimiento. No. Un hombre es por lo que crea y hace; es decir, es lo que él se proyecta ser. Por lo que él no es más que su proyecto. Un hombre es el resultado de sus actos: se hace al elegir su moral; es la relación que tiene con su compromiso real.

El destino, filosóficamente, es el determinismo y la predestinación. Religiosamente, se dice que el futuro es guiado directamente o escrito por un poder superior; es una fuerza sobrenatural e inevitable que rige la vida humana, que es predestinación y no azar.

En la Biblia lo marcan como un propósito divino apoyado en el libre albedrío, pero que no es azar.  Con base en todo esto, considero, que el vocablo destino, igual que suerte, pecado, purgatorio, gloria, infierno, así como diablo, son vocablos abstractos y que en realidad solo son eso, pero no existen

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¿EXISTE EL DESTINO?

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

El concepto de destino se refiere a una fuerza sobrenatural que es inevitable y no se puede eludir. Según muchas creencias, este impulso dirige la vida humana hacia un fin necesario y que ya está determinado. Esto se opone a la noción de libre albedrío o libertad.
Determinadas personas defienden que el destino está escrito desde nuestro nacimiento, como si cada individuo llegara al mundo en forma inevitable y ya definido.
Otras argumentan, en contrario, que el ser humano construye y moldea su propia trayectoria a medida que avanza en la vida.

Albert Einstein no solo dejó un legado imborrable en el campo de la física, sino que también compartió reflexiones profundas sobre diversos aspectos de la existencia humana. Entre los temas que atrajeron su curiosidad se encuentra el destino, y una de sus citas revela su pensamiento: «Un hombre se identifica gradualmente con la forma de su destino. Un hombre es, a la larga, sus propias circunstancias».
Esta perspectiva también abre la puerta a la reflexión sobre la capacidad humana para aprender, adaptarse y evolucionar a lo largo del tiempo.
Si somos, en última instancia, el resultado de nuestras circunstancias, también transformamos esas situaciones a través de las elecciones y esfuerzos conscientes.

En esencia, la afirmación de Einstein implica que nuestros sucesos, lejos de ser meros eventos externos, desempeñan un papel crucial en la formación del destino. La interacción constante entre nuestras acciones, decisiones y las situaciones que enfrentamos contribuye a la creación de la senda que recorremos en la vida. Este enfoque sostiene que no somos meros
espectadores pasivos, sino que participamos activamente en su creación y desarrollo.

No solo la ciencia y la filosofía nos dan la pauta para creer esto. En la literatura podemos citar al poeta Amado Nervo, que nos dice: «… yo fui el arquitecto de mi propio destino».
Hasta Borges, nos enuncia su pensamiento, en El jardín de los senderos que se bifurcan, primera parte de Ficciones, donde aparece el memorable relato La biblioteca de Babel, una historia sobre la eternidad y el infinito.
Existen múltiples visiones respecto al origen del destino: viene con nosotros al nacer como que se construye a través de las particulares decisiones.

En última instancia, parece depender de cada uno de nosotros; porque somos los protagonistas de la historia propia.
Es un aspecto misterioso de nuestras vidas, y aunque no sabemos con certeza si ya está escrito o si lo forjamos con cada elección, sigue siendo un tema apasionante y abierto a interpretación.
¿Creemos que ya todo está escrito?, ¿existe un destino fijado de antemano?, ¿somos los seres humanos quienes con personales decisiones moldeamos nuestras vidas?
Arduo debate.

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DESTINO DE GÁRGOLA

Maria Rosa Rzepka – Argentina

Siempre soñó con ocupar un lugar en el frente de ese templo, digno ejemplo de arquitectura gótica.
Lucirse cerca del inmenso rosetón que corona la punta del arco de entrada. Que todas las miradas se posen en su silueta. Por cierto mucho más vivaz que las de esas esculturas tiesas y apiñadas que miran desde sus almas de piedra desgastadas en los
arcos del portal. No tienen más remedio que presenciar la entrada y salida de los fieles y visitantes del templo desde su seriedad sin espaldas.

En cambio a ella le tocó un espacio secundario en el vértice donde se encuentran el sur y el oeste.
Son pocos los que caminan esos rumbos por los fondos del templo, a no ser los vagabundos o los que viven de la caridad, cuando al finalizar cada jornada se dirigen allí para ordenar sus tesoros o las migajas conseguidas.
El cielo es igual de azul, es verdad, y la vista se pierde en esa villa de campaña con sus casitas plantadas aquí y allá. Desde su ubicación parecen gotas de color salpicadas sobre un manto de colinas.
Todo está previsto. Invierno, primavera, verano y otoño se suceden con sus propias variantes.
Los que a poco eran chicuelos ensayando su puntería con piedras arrojadas a escondidas, ya son hombres. Los que cargaban bultos trajinando de un lado a otro, ya descansan en el camposanto, allí a pocos metros del templo.
Los arbotantes conservan su rigidez esquelética a pesar de las lluvias, el sol y los vientos.
El musgo se ensaña con los espacios menos expuestos a la luz y el calor, vistiéndolos con una alfombra verde oscuro. Y ella desde su puesto pareciera ignorarlo todo, pero no. Permanece atenta a las variaciones que se suceden desde hace unos trescientos y pico de años.

Ha visto pasar la vida de varias generaciones. Ha sido testigo de la industrialización, de los cambios de la moda, de las hambrunas y las pestes que dejaron un tendal de muertos y huérfanos de padres y de hijos.
Pero nada se compara con esos ruidos lejanos que van acercándose cada vez más hasta hacer vibrar las campanas aunque no sea horario para llamar al ángelus.
Pronto sabrá que son los soldados, los aliados como se los denomina a esa comunión de seres que muertos de miedo se esconden en las trincheras.

Entre los aldeanos algunos festejan su llegada y otros la ven como una pizca más del horror.
La virtud de las esposas sucumbe, ya por piedad, por placer o por violencia.
Ella, la gárgola es testigo mudo. Pero toma nota del momento histórico y de la histeria.
Desde su inquebrantable posición de piedra comprende que también los hombres están hechos de piedra, aunque tal vez nunca se den cuenta.

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MICRORRELATOS – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Micro

“En cada microrrelato cabe un mundo: una chispa, un silencio y una verdad.”

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✦ COLABORADORES
  1. Maren Alberdi – España
  2. Lorenzo Uterga – España
  3. Alfredo Sánchez Plana – España
  4. Elspeth Gormley – España
  5. Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  6. Sarah Petrone – Argentina
  7. María Guillermina Sánchez Magariños – Argentina

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VACACIONES

Maren Alberdi – España

Las vacaciones empezaron el día que dejé de correr. No cuando hice la maleta, ni cuando llegué al destino, sino cuando entendí que necesitaba un descanso de mí misma.

Me senté frente al mar sin expectativas, como quien se sienta frente a un viejo amigo. El agua me habló en su idioma antiguo, y yo, por primera vez en meses, escuché.

No viajé lejos. Viajé hondo. Y descubrí que el verdadero descanso no está en cambiar de lugar, sino en volver a habitarse.

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GUARDIA

Lorenzo Uterga – España

El médico salió del quirófano con las manos temblando. Había salvado una vida, pero nadie lo vio. Nadie vio que llevaba catorce horas de pie, que no había cenado, que su espalda ardía. Solo vieron el resultado: un corazón que volvía a latir. Él sonrió, cansado. En el pasillo, una madre le tomó la mano. —Gracias, doctor. Y en ese instante entendió que, aunque el mundo no lo note, hay batallas que solo ellos ganan en silencio.

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EL RUIDO

Alfredo Sánchez Plana – España

La guerra terminó, dijeron. Pero cada noche, en el cuarto oscuro, el soldado seguía escuchando explosiones que ya no existían. Su hijo le preguntó por qué dormía con los zapatos puestos. Él no respondió. Solo miró la ventana, esperando un ataque que nunca llegaría. La guerra había acabado afuera. Dentro de él, no.

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VERANO

Elspeth Gormley – España

El verano llegó con su insolencia habitual: luz que entra sin llamar, calor que desordena, tiempo que se estira como un gato al sol.

Las tardes olían a fruta madura y a promesas que nadie se atrevía a decir en voz alta. Yo caminaba despacio, como si cada sombra fuera un recuerdo y cada rayo una posibilidad.

El verano no me pidió nada, solo que me dejara llevar. Y yo, por una vez, obedecí. Porque hay estaciones que no se viven: se rinden.

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FANTASMAS BUCANEROS

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

El vino, áspero y fuerte, Corre por las gargantas resecas. No hay paz en esos hombres.

No despiertan ningún anhelo.

Sus almas solo poseen dolor, miedo, sinrazón. Detrás de esa imagen eternizada, Soplan los vientos del infierno.

Son los viejos fantasmas bucaneros, Que quieren encontrar la paz que nunca hallarán.

Esa puerta abierta y delicada, Que les permita redimirse Ante los ojos de sus propios dioses.

Desdichados fantasmas filibusteros, Sólo piensan en ellos mismos.

Sus sufrimientos eternos. Los vuelven cada vez más inalcanzables. El vino, áspero y fuerte, Sigue corriendo por esas gargantas resecas.

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INDECISIÓN

Sarah Petrone – Argentina

Está bien, reconozco que fue culpa mía. -Pensó.Yo fui quién se creyó lo del billete premiado y vi la oportunidad de vengarme del hipócrita de mi jefe.Ya sé que fui y le conté a su  esposa sobre nuestra relación, y además… le rompí los expedientes  de todo un año de trabajo…

Pasado mañana vence la hipoteca que él me pagaba. No sé qué hacer. ¿Me aceptará una disculpa si se la doy?

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BASURA

María Guillermina Sánchez MagariñosArgentina


Estaban ahí, gastados por el tiempo. Desechados como a los viejos cuando molestan. ¿Quién se llevaría semejante porquería? Remendados, sucios, malolientes. Solo una persona reparó en ellos. Llevaba un atado de ropa al hombro y venía descalzo.

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CUENTOS Y RELATOS – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Cuentos-y-relatos-1

Cada cuento es una vida que se abre, y cada relato una verdad que se atreve a respirar

✦ COLABORADORES
  1. Maren Alberdi – España
  2. María Elena Camba – Argentina
  3. Libia B. Carciofetti – Argentina
  4. Inés Dagand – Argentina
  5. Enrique Fredy Díaz Castro – México
  6. Santiago García Vega – México
  7. Carlos González Saavedra – Argentina
  8. Elspeth Gormley – España
  9. Jaime Hoyos Forero – Colombia
  10. Andrea Morini – Argentina
  11. Gustavo Páez Escobar – Colombia
  12. Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  13. Graciela Reveco – Argentina
  14. Sandra Romeo – Argentina

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AN JUAN EN ZUGARAMURDI

Maren Alberdi – España

Zugarramurdi no es un pueblo. Es un latido. Un susurro antiguo escondido entre montes verdes, donde la tierra huele a humedad, a helecho, a historia que no se ha apagado.

La Noche de San Juan aquí no es fiesta. Es ritual. Es memoria viva. Es un puente entre lo que fuimos y lo que seguimos siendo.

El pueblo celebra el Sorginaren Eguna, el Día de la Bruja, y todo parece transformarse. Las calles se llenan de gente, sí, pero también de algo más: una energía que se nota en la piel, como si el aire vibrara distinto.

Las cuevas… Ay, las cuevas. Esas cuevas no se visitan: se sienten. Cuando entras, la temperatura baja, el silencio pesa, y la piedra parece respirar contigo. No es miedo. Es respeto. Es esa sensación de que allí, hace siglos, pasó algo que todavía no se ha ido del todo.

La hoguera purificadora arde fuera, como un corazón encendido. El fuego sube, cruje, ilumina los rostros. Y todos saben que ese fuego no es solo llama: es limpieza, es renacer, es dejar atrás lo viejo para abrir paso a lo nuevo.

Dentro de la cueva, comienza la representación del akelarre. Las brujas bailan al ritmo profundo de la txalaparta, golpe a golpe, como si llamaran a la montaña. Sus sombras se mueven entre las paredes húmedas, y por un instante, parece que el tiempo retrocede.

Y entonces llegan los zanpantzar, con sus cencerros enormes, sus pieles, su fuerza ancestral. No vienen a asustar. Vienen a ahuyentar el miedo, a romper la oscuridad, a recordarnos que la luz siempre vuelve.

Los niños miran fascinados. Los mayores también. Porque en Zugarramurdi, esa noche, todos sentimos lo mismo: que la tierra tiene memoria, que las cuevas guardan secretos, y que hay lugares donde la historia no se lee… se respira.

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FABIOLA

María Elena Camba – Argentina


En el desierto de cada día el viento borra las huellas de todas las caravanas, barre los pasos de dios en el paso de cada hombre, borra las huellas de todos ellos en el desierto de cada mundo. En el desierto de cada vida hay una huella que nada borra: la del desierto de cada vida, la huella que el viento traza
Hugo Mujica

Llegó a su casa en el tren pasadas las veintidós horas. La línea Belgrano Sur siempre se atrasaba y nunca podía calcular el tiempo que le llevaría el viaje. Los vagones estaban abarrotados de gente y la mayoría dormía después de una jornada agota dora. Los pasajeros se movían acompasadamente al ritmo del tren, sin ofrecer resistencia, con la mirada perdida, ignorando por completo lo que ocurría a su alrededor. Atravesó el andén con rapidez y caminó esas treinta cuadras interminables de tierra que se transformaban en un lodazal los días lluviosos. No había casi luz en las calles y tenía que adivinar dónde ponía los pies. A lo lejos se escuchaba alguna cumbia, risas, gritos, un partido de fútbol, llantos. Todos los sonidos se confundían sin sentido en medio de la oscuridad reinante. Entró a la vivienda con un único cuarto donde convivían todos, su hombre y sus hijos, siete en total. Fabiola había llegado hacía diez años de San Miguel de Tucumán, donde vivía con su familia.

Su padre trabajaba en un ingenio todo el año. Ella y sus hermanos lo ayudaban de junio a agosto, cuando llegaba la cosecha de la caña de azúcar. Cortaban cañas, las despuntaban y ataban para despacharlas en camiones. Una familia humilde de trabajo, como tantas en Tucumán. Su infancia había sido feliz y tranquila. Todo había cambiado cuando conoció a aquel hombre en el campo. Había venido para la zafra, como otros peones golondrinas. Mientras cosechaban él no le había sacado la vista de encima.
Cuando cayó la tarde la siguió hasta su casa y se quedó detrás de un árbol esperando, como un animal en celo. Fabiola salió a la puerta y lo encontró.
Conversó un rato con él. Después caminaron juntos hasta que se perdieron en el monte. Tenía solo doce años. A los cinco meses su abdomen estaba muy abultado y algo se movía en su interior. Le habían hecho su primer hijo. Lo crio sola, nunca más vio al hombre después de esa noche.

A los tres años del nene conoció a Aramayo. Era amigo de José, su hermano y había llegado de Bolivia para trabajar en el ingenio. Se enamoraron y a la semana estaban de novios. Aramayo soñaba con Buenos Aires. La convenció de que allí encontrarían trabajo y podrían formar una familia. No podía llevar a Pablito, por lo menos los primeros tiempos. No había plata suficiente para los tres. Dejó a su hijo en Tucumán, a cargo de su madre y partieron.

Se instalaron en un terrenito en González Catán. No tenían papeles pero nadie les reclamaría nada. Alambraron una parce la y se metieron. Durmieron en una carpa hasta que Aramayo levantó una pieza. Él era albañil. Consiguió trabajo en una empresa constructora como obrero y ella como empleada doméstica en una casa de familia. La única expectativa era ahorrar dinero para seguir construyendo su casa.

Pero Fabiola pronto tuvo que dejar su trabajo. Estaba embarazada. Cuando nació su primera hija todo había cambiado. El
dinero no alcanzaba y el futuro se fue opacando con el desden canto. Aramayo cobraba la quincena y llegaba muy tarde. Ella ya estaba dormida y la montaba sin hablarle. Lo hizo todas las noches hasta que tuvo su hija. Después vinieron los otros y la situación empeoró. Cuando Clarita tuvo seis años, Fabiola comenzó a trabajar nuevamente y ella se quedaba cuidando a
sus hermanitos. Lo único que pensaba a la noche era en darle de comer a los nenes y dormir. Cada tanto recordaba con nostalgia su infancia en Tucumán. El monte donde se confundía el perfume y los colores de los jacarandaes y los lapachos florecidos. Su mamá cuidando la huerta, sus hermanos corriendo entre los molles, la zafra. Fabiola empezó a negársele a
Aramayo. No quería que le hiciera más hijos pero él llegaba tomado, la golpeaba y se salía con la suya. Una vecina le dijo que presentara la denuncia en la policía pero no se la quisieron tomar. Lo intentó varias veces con el mismo resultado.

La noche en que la golpeó en la cara hasta cansarse se decidió. A la mañana siguiente, cuando él se había ido, tomó el
tren como todos los días. Siguió hasta la última estación. En la Terminal bajó las escaleras y comenzó a caminar sin rumbo. Al atardecer se tiró a descansar en una esquina con lo puesto. Era verano y se durmió pensando en que por fin estaba sola, tranquila. Aramayo ya no podría abusar de ella,ya no la molestaría.

Pensó en los hijos, a los que había abandonado. Sus ojos se llenaron de lágrimas. Los días pronto transcurrieron sin horizontes y su vida anterior le pareció cada vez más lejana. Las caritas de sus hijos comenzaron a borrarse hasta que se desdibujaron, como su identidad. Se instaló en las cercanías
de la Basílica del Espíritu Santo, en el barrio de Palermo. Deambulaba por la plaza y sus alrededores, con su paso corto, nervioso, la cara acartonada y sus ojos color ámbar que miraban más allá, sin fijar la vista en ninguna parte.–Buen día, señora. ¿No tendría una moneda? Su voz era metálica, sonora, como la de un locutor entrena do que siempre ensaya el mismo
repertorio. Llevaba un gorro tejido del cual se escapaban algunas mechas de un negro desteñido, una pollera muy larga y amplia por la que asomaban unos pequeños pies calzados en zapatillas también negras. Un saco cubría totalmente sus brazos y la mantenía abrigada invierno y verano.
Las estaciones no hacían mella en su cuerpo. La gente pasaba pretendiendo no verla. A veces le tiraban una moneda, intentando con el gesto lavarse las manos sucias por tanta indiferencia. Algunos vecinos de la cuadra la conocían y le traían ropa, latas de comida, frazadas, algún colchón. Siempre limpiaba la vereda rítmicamente con esa escoba gastada, intentando quitar hasta el último rastro de polvo.

Después trasladaba todos sus paquetes hasta el lugar que había barrido y comenzaba nuevamente la pantomima en otro sector de la cuadra. La sonrisa estampada en esa boca desdentada era como una máscara que ocultaba su pasado. Pero la vida en la calle no le había ensombrecido el alma y conservaba una ternura casi infantil, especialmente con los animales y los niños. A veces, algún peatón la contemplaba casi con envidia cuando en medio de la plaza ensayaba, girando en círculos, una danza tribal, mientras arrojaba arroz a las palomas.
Sus días transcurrían siempre iguales, circulando en el territorio sombrío dela locura, en el abismo de la precariedad y la desnudez

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EL POETA DEL PONCHO

Libia B Carciofetti – Argentina

Estaba por comenzar la segunda parte del Encuentro de Escritores en Cosquín, y creo que no fue casualidad que yo llegara quince minutos antes. La verdad es que los horarios son un desafío para mí… una tortura china.

De repente lo vi venir hacia mí: barba larga mal cortada, un sombrero muy viejo, el pelo desgarbado —no sucio, pero mal entrado— y un poncho liviano, poncho al fin, en plena tarde de verano, a las cuatro de la tarde.

Apenas me vio entrar, se acercó directamente con varias hojas fotocopiadas en la mano.

—¿Usted es escritora? —Eso dicen los que me leen —le respondí.

Me acercó una de las hojas y me dijo:

—¿No leería uno de mis escritos?

A las apuradas, y para que no se sintiera mal, leo lo que luego transcribo y le digo sinceramente:

—¡Me encanta!

Me sonríe y contesta:

—Hágala quedar entonces…

—Muchas gracias —atiné a decirle, mientras la colocaba dentro de mi carpeta.

Pero él se quedó de pie, como esperando algo. Entonces le dije:

—Yo justo traje dos poemas para leer, es lo único que tengo.

—¿Sabe? —me dijo— yo los versos no los vendo. Es “a voluntad”, y con eso me mantengo. No tengo familia ni casa. En la Muni me dejan dormir en un rincón, y con mi poncho me cubro cuando hace frío. Frente a la plaza hay una fotocopiadora donde me imprimen gratis los versos que escribo debajo de ese árbol —¿lo ve? el más frondoso—. Ya es como mi casa. Ahí dormimos las noches de verano, mi perrito y yo, bajo las estrellas. Me nacen versos, y recuerdo mi niñez tan desgraciada… El poncho también es mi pañuelo.

—¿No va a quedarse a escucharnos? Ya comienza la ronda de lectura…

—Me quedaría… pero mire la hora que es, y yo todavía no comí nada.

El corazón se me hizo agua. Abrí mi cartera y le di unos pesos, no mucho, lo que tenía de cambio.

Me sorprendió: tomó mi mano y me la besó.

—¡Dios la bendiga, poeta!

Se iba retirando mientras yo rogaba que no me llamaran al escenario en ese momento, porque estaba ahogada en llanto.

Antes me había dicho:

—Para el festival del folklore siempre me doy el lujo de sentarme en un restaurante a comer “comida”, con postre y todo.

Él se alejaba, y a mí me quedaba el caudal de sus letras en mi carpeta: toda su riqueza.

Y pienso, como pienso siempre: no conocí ningún poeta que se haya enriquecido escribiendo… ¿por qué será?

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COLORES DEL DÍA QUE PASA

Inés Dagand- Argentina

Hoy intento ordenar mis pensamientos, que son tantos y tan vivos, como colores que buscan su lugar en un lienzo. A veces escribir me cuesta, no porque falten palabras, sino porque todas quieren salir juntas, como si tuvieran prisa por convertirse en belleza.

Me refugio en lo que me sostiene: las plantas que se pintaron de amarillo, de rojo punzón, los árboles que ahora muestran su desnudez como si revelaran su propio esqueleto. Desde mi ventana veo el jacarandá, verde todavía, pero sé que dentro de unos meses nos regalará ese azul que siempre asombra. El Palo Borracho, robusto y firme, ya despejado de hojas, parece un guardián silencioso del barrio.

Así somos, privilegiados por la vida. Y pienso también en esa catástrofe tan grande de Venezuela… los socorristas sacaron un bebé, calculo de dos meses, desnudito, con solo un pañal. Lo tomó en sus brazos como si fuera un tesoro, con tanto amor… y se fue con él. El milagro siempre está acá, aunque a veces cueste verlo.

Mi hijo hoy me hizo la comida. Ayer pinté un cuadro: señal de que me siento bastante bien. El día se iluminó, y cuando la luz cambia, cambia todo. Uno es como espera tantos días: de pronto el sol dice “presente” y nos regala esa vitamina que ustedes tienen allá, tan necesaria para el ánimo y para el cuerpo.

Todavía no me encontré con Viviana; me dijo que en cualquier momento viene a visitarme. La tarde terminó. La gente vuelve a sus casas. Los negocios cierran sus puertas. El día se oscureció sin hacer ruido, como suelen hacerlo los días que ya dieron todo lo que podían dar. Ahora solo queda esperar el nuevo amanecer, ese que siempre llega con una promesa distinta.

Solo pido piedad para los que sufren. Y agradezco, amiga, tus relatos tan sentidos, tan bien transmitidos. Gracias por acompañarme en este tramo del camino, donde la pintura y la palabra todavía tienen mucho que decir.

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CORDÓN DE SUEÑOS  

Enrique Fredy Díaz Castro – México.

Reposando la tarde en la plaza del pueblo, pensé de pronto en lo fugaz que es la vida, pareciera lenta en los primeros años y después en un santiamén se nos escapa.

Mis padres y hermanos ya no están; mi hija en su ausencia sigue siendo un dolor callado y lacerante. Cada uno de ellos es un pedazo de vida que me falta, cada imagen es punto y aparte en mi discurrir por esta edad que me ubicó en el escenario vespertino que suele ser tan melancólico como realista, tan ligero entre los dedos de las manos como el agua rauda del arroyo.

Es la vida ese cordón de sueños que nos atamos a la cintura y al cual nos confiamos cono si fuera eterno sostén de nuestro peso y los recuerdos incontables y nublados.

Suelo ver mientras cierro los ojos, esas fotografías en blanco y negro, esos juegos infantiles y en un tris la adolescencia tan furtiva que parece pedirnos: «no digas lo que hiciste ayer ni cuentes lo que harás mañana».

La juventud va apareciendo como paisaje que a la vuelta de la esquina espera, ofreciendo sorpresas agridulces, agradables o fatales pero ese entramado de experiencias nos apresa, nos hace a su ritmo, a la par que el adulto analítico y certero se disfraza de estaciones del año, resbalando sin sentirlo entre metas perseguidas y logradas.

¡Ya eres adulto mayor! Y ¿Quién le dió permiso al horizonte de envolverme en su sortilegio incierto y crudo?

Pero luego sonríes al voltear la vista al pasado irrepetible y a veces absurdo como letras de un poema juvenil y tambaleante en el tiempo.

Las canas y del rostro las arrugas nos piden seguir sentados en la banca porque una indiscreta lágrima asomó titubeante a ver el grisáceo escenario por culpa del sol que ya se va.

Pronto la noche nos cubrirá el camino y en la espalda el frío de las horas empujará la necesidad de ir a casa al ritmo de paredes, rejas y faros que nos marcan la pauta mientras uno que otro transeúnte nos saluda con un hasta mañana o un qué tal.

De ese modo la vida en su imparable caminar nos marca el compás de las cosas, a la vez que el impredecible destino sigue escribiendo la trama del andar hasta la meta que sólo Dios y su infinita benevolencia saben a dónde ira a parar.

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RANITA OJOS DE SAPO

Santiago García Vega – México

En un húmedo pantano, vivía una ranita. Desde que era pequeña, lo que más quería era conocer a su padre. Cuando era renacuajo se divertía con un centenar de hermanos en un charco que amenazaba con desaparecer al término del verano. Hasta entonces, sus aletas y su cola la impulsaban a nadar, que más que rana parecía campeona de nado sincronizado.

Un día desapareció su cola y sus aletas se convirtieron en pequeñas extremidades. Su instinto la impulsó a saltar por entre musgos y prados verdes. Allá por la ciénega se encontró a su madre, despanzurrada sobre unos troncos, así tirada al sol. Como si se hubieran conocido desde siempre, comenzaron a convivir. Platicaron sobre moscas, mosquitos, gusanos y otros anuros.

Desde que vivía en el pantano platicaba con sus hermanas, ilusionada en que cuando empezara a saltar lo primero que haría sería conocer a su padre. Y así, de repente, le preguntó a su madre:

—¡Mamita querida! ¿Entre todos esos sapos, alguno de ellos es mi padre?

Ella era una rana grande, con ojos muy saltones y vivarachos, una panza que deslumbraba con relucientes colores, su boca tan grande que cuando la abría eructaba raros olores.

—¡Ay, mijita ojitos de sapo! Lo único que sé es que de éstos no es ninguno, ¡eso es seguro! —murmuró señalando a la colonia—. Yo vengo de otra laguna, y una rana como tú lo menos que necesita es saber quién es su padre.

La ranita se decepcionó al verse como todas. Con cada mentira, con cada respuesta, se sentía más triste aún; igual les pasaba a otras, pero ellas no tenían las mismas interrogantes.

Cuando pasaron los fríos llegaron los calores. La verde ranita ya escuchaba el croar de muchos sapos. Era el tiempo en que los mayores preparaban tan extraordinaria fiesta.

La tía rana invitó a ranas y ranos, sapos y sapas y algunas otras lenguas largas. En camino rumbo al estuario la subieron en una gran hoja de alocasia. Con tanto ruido y jolgorio, nutrias y cocodrilos se asomaron al desfile.

De pronto se resbala la ranita. El lodo cumplió lo suyo en el precioso vestido verde que vestía la rana, mismo que se enjuagaba con tamaños lagrimones brillantes con los últimos destellos de la tarde. Algunos agregaron a la de por sí tragedia diciendo: “Aunque la rana se vista de verde, rana se queda”.

Era tanto su pesar que en aquellas lágrimas cupo todita la tarde, paisaje, acompañantes y uno que otro cocodrilo.

Pasado el susto, con caída y todo, bailaron y retozaron. Promesas, regalos, abrazos y uno que otro golletero que le recordaba a la pobre ranita todos sus pensamientos. Uno de ellos la intrigaba:

¿Y si lo invitarían?
¿Y si viene?
Ella se consolaba. Más de una debió llegarle.

—Mamá, ¿por qué no vino mi padre?

Y como es costumbre, de su boca siempre salían espumosas mentiras, excusas y de repentes.

—¡Ay, mijita ojos de sapo! Mientras haya moscas y mosquitos tú no te preocupes por nada. Hazte a la idea de que los pesos y los tostones que ocupamos caen del cielo. Mírame a mí: no me preocupa el huracán, menos una llovizna.

Triste y decepcionada por la respuesta, un día le dijo a su madre:

—Me voy por el cauce río abajo. Allá segura estoy de encontrar respuestas.

Transcurrieron algunas temporadas. Se fueron las tempestades y un maravilloso día, uno de esos días que no se olvidan, encontró en la oquedad de un árbol al más sabio de los viejos sapos.

Con temor pero con respeto se dirige a él y pregunta:

—Tú que sabes todo sobre el pantano, ¿podrías decirme quién es mi padre?

Con voz cansada y serena contesta:

—Tu padre puede ser cualquiera, pues tu madre vivía en el charco de los placeres, muy ligera en sus saltos por cierto. Si ella no recuerda quién es, es por no condenar tu presente. Las ranas y sapos de este pantano son felices así, sin ver más allá de la humedad. Ve y vive feliz. Una cosa más —advirtió el anciano—: no escuches más mentiras, busca tu propia verdad. No escuches más palabras con veneno. Recuerda que los hechos hablan. Solo, mi querida ranita verde, abre tus orejitas y no cierres los ojos. ¡Tu corazón te dirá qué hacer!

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UNA PROMESA QUE MME SALVÓ LA VIDA

Carlos González Saavedra -Argentina

Eran las once de la mañana de un abril otoñal. El sol espléndido iluminaba generosamente la casa. Vivíamos en una casita de madera, hasta que llegara el préstamo que mis padres habían gestionado en el banco. El terreno tendría unos sesenta metros de fondo y la casa prefabricada estaba al final.

Mi hermana dormía en su cuna, junto a la ventana. Yo, sentada en el suelo, hacía un pequeño hoyito en la tierra para jugar a las bolitas.

De pronto, mamá salió apurada de la cocina y me dijo: —Voy a hablar con tu papá por teléfono. Cuida a tu hermana.

Siguiendo sus indicaciones, miré a mi hermanita: seguía durmiendo. Entré a la cocina y vi el calentador Bram Metal, de esos viejos que funcionaban con querosén y a los que había que darles bomba. En la hornalla, la llama era amarilla. Siempre le avisaba a mamá si el mechero estaba azul o naranja; ella lo destapaba con una agujita y volvía el color azul.

En ese calentador estaba preparando una sopa, en una olla grande.

Vi la llama amarilla y, con mis cuatro años y medio, tomé la agujita para destapar el mechero. Mi cabeza no alcanzaba la altura de la mesada donde estaba apoyado el calentador. Al intentar destaparlo, me quemé el dedo y, con un movimiento involuntario, tiré la olla entera sobre mí.

Sentí un calor enorme. Corrí a la habitación para ver a mi hermana; al verla bien, salí a pedir ayuda. De mi ropa salía humo. Estaba apurado, asustado, sin dolor, pero con un calor insoportable.

Corrí y corrí… Al llegar a la vereda y abrir el portón, me encontré con Derly, un vecinito, que me preguntó si me había caído en alguna zanja. No le contesté. Seguí corriendo unos setenta metros hasta la casa de Doña Chefa.

Al verme desesperado, me sacó toda la ropa, junto con la piel. Recuerdo que decía: “Lo que yo vi, ni tu mamá lo pudo ver. Estabas en carne viva.”

Envuelto en una sábana y una manta marrón y blanca, me llevaron a tomar el tren, que llegó rápido hasta Lomas de Zamora. Lo único que veía era el rayo del sol mientras iba en brazos de mamá.

En el Hospital Vecinal Gandulfo no tenían los medios necesarios, así que decidieron trasladarme en ambulancia a un hospital especializado.

Acostado en la camilla, rodeado de médicos, veía a mamá llorar. Papá, que había llegado rápido, estaba muy serio. Sentí alivio al verlo detrás de mí.

Llegamos al Instituto del Quemado. Estado gravísimo: quemaduras de segundo y tercer grado en el setenta por ciento del cuerpo.

No recuerdo más. Estaba inconsciente.

Las primeras cuarenta y ocho o setenta y dos horas son cruciales: el organismo debe empezar a expulsar todo lo que tiene “cocinado” dentro. Si no reacciona, se produce una infección generalizada que puede terminar con la vida del paciente.

Había que esperar.

El doctor Benaim les dijo a mis padres: “Haremos todo lo posible para salvarlo.”

Una enfermera comentó: “Tengan fe, lo sacaremos adelante.”

Esa noche, el cura estaba avisado para darme la extremaunción.

Finalmente, mi organismo comenzó a expulsar una espuma verde, marrón y amarilla. Eso me contaron. Creo que me entubaron, no lo sé. Los médicos estuvieron siempre a mi lado.

Un mes de internación. Mis días y mis noches prácticamente no los recuerdo. Sí recuerdo estar todo vendado, sin poder moverme.

Mis tíos Pampita y Rodolfo se habían hecho cargo de mi hermana. Vinieron a visitarme y me la mostraron. Yo no podía verla. No podía articular palabra por la angustia o la emoción. Con un gesto de la mano derecha pedía que se la llevaran, y quedaba llorando. El accidentado había sido yo. Intentaron dos veces más, pero tampoco lo permití.

Aún hoy me da tristeza esa imagen. Me costó muchos años hablar de esto, y ahora parece mentira poder escribirlo después de 63 años.

La sala era amplia. No sé si estaba solo o acompañado. Solo recuerdo la claridad de la mañana a través del vidrio y la compañía de mamá o papá.

Recuerdo vagamente el paso del tiempo y la llegada de otros médicos que venían a verme. Uno de ellos me dijo: “El lunes te vas a tu casa.” Miré por el ventanal: estaba oscuro; ese miércoles estaba nublado.

“Tenés que caminar, pero tenés que volver a aprender. Sentate en el borde de la cama y mové las piernas, una por vez, hacia adelante y hacia atrás. Cuando se sienta seguro, lo bajan”, le indicó a mis padres.

Así fue. Recuerdo que no podía creer lo que estaba haciendo. Era como una preparación para una nueva vida que comenzaba.

El lunes por la mañana me dieron el alta. De la mano de papá empecé a caminar por un pasillo largo, tocando con mi mano derecha los azulejos blancos de la pared.

Entre la gente que entraba y salía, lo único que distinguía era el sol del mediodía. Esa luz me empujaba a caminar un poco más rápido. Papá me alentaba.

Salí, y un sol generoso iluminaba la calle. Mis ojos buscaban la luz entre los árboles añosos, y un aire fresco me acariciaba. Respiraba salud.

Habían pasado treinta días. Ahora vendría la recuperación.

Llegamos a la casa de mi abuela, donde me esperaban todos mis tíos y primos. Recuerdo que todos querían atenderme. Me sentí muy querido. Mamá corría a exprimir jugo de churrasco para que lo tomara antes del almuerzo; en esos años se decía que era muy bueno por las vitaminas.

La fortaleza física, la alimentación, el amor y la fe fueron los que me ayudaron a sobrevivir este accidente.

Recuerdo a papá sentado en el borde de una paredecita en casa, descansando. Volvía de cumplir su promesa a la Virgen de Lourdes: “Si mi hijo se salva, iré caminando a la iglesia y entraré de rodillas.”

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EL MAR, CONFIDENTE DE SUEÑOS

Elspeth Gormley – España

El mar no es solo agua en movimiento. Es un alma líquida que respira con el ritmo de las mareas, un confidente silencioso de pensamientos que nunca se pronuncian en voz alta. Es el eco de nuestras emociones, la extensión infinita de lo desconocido, el guardián de historias que solo quienes saben escuchar logran descifrar.

Hay días en que su furia estalla. Las olas se alzan como titanes indomables, rompiendo contra la costa con el ímpetu de un corazón desbordado. La espuma devora la orilla, el viento se une a su danza salvaje, y el horizonte tiembla ante la batalla de agua y aire. Es el mar reclamando su poder, recordándonos que nunca podrá ser domado.

Pero también sabe ser calma. En esos momentos, su piel de cristal refleja el cielo como si quisiera fundirse con él, como si en su inmensidad guardara la respuesta a todos los silencios. Susurros de agua rozan la arena con la ternura de un beso, y su abrazo envuelve los cuerpos que se rinden ante su inmensidad.

Cuando la luna llena se posa sobre sus aguas, el mar cambia de rostro. Se vuelve un espejo de plata, un camino hacia lo infinito, un sendero celestial por el que solo los soñadores se atreven a caminar. Y en ese instante, cuando todo calla salvo el murmullo de las olas, susurra sus secretos más antiguos: navegantes perdidos, amores prometidos, deseos que nadie se atreve a pronunciar.

Lo amo porque me escucha, porque entiende el lenguaje de las emociones sin necesidad de palabras. Porque responde en el idioma de las mareas, en el vaivén de su oleaje, en el ritmo imparable de su existencia. Lo amo porque, aunque el mundo cambie, él siempre sigue ahí.

Pero el mar no es solo mío. Es tuyo, es nuestro. Es el pulso de la Tierra, el testigo silencioso de vidas que vienen y van, el latido que nunca debe cesar.

Y cuando lo contemplo, cuando su brisa golpea mi rostro y su rugido llena mis oídos, sé que no hay límites, que no hay final, que la eternidad es real.

Porque el mar no se explica. Se siente. Y es la única verdad que nunca se rompe

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ZEUS Y LOS SUPLICIOS

Jaime Hoyos Forero – Colombia

Zeus, el gran dios de la mitología griega, inventó dos torturas que me propongo emplear contra algunos de ustedes, amigos míos, si se portan mal. Helas aquí:

EL SUPLICIO DE TÁNTALO

Es el castigo perfecto para castigar la vanidad.

Era Tántalo, un hombre consentido por los dioses del Olimpo. Siendo mortal, lo sentaban a su mesa y lo habían colmado de riquezas. Pero Tántalo, vanidoso, dándoselas de superhombre, revelaba a los humanos las conversaciones confidenciales que escuchaba sentado a la mesa de los dioses. Y además, robaba el néctar y la ambrosía, exclusivas bebidas de los dioses, para dárselas a los hombres.

Su vanidad llegó al extremo de aderezar a su propio hijo en un banquete al que invitó a los dioses. Cocinar a su hijo, como si fuera un postre.

Los dioses se dieron cuenta de la maldad de Tántalo, así que lo mandaron de cabeza al Hades, esto es, al infierno, y crearon para él este castigo: Lo sumergieron  hasta el cuello en un estanque lleno de agua. Cuando con inmensa sed se agachaba a beberla, el agua del estanque se secaba. Arriba de él, había árboles con apetitosas frutas maduras, que al querer alcanzarlas, se elevaban. Y pendía a milímetros de su cabeza una enorme roca que ya iba a caerle encima.

A este triple suplicio fue Tántalo condenado eternamente.

Amigos: cuando vayáis al infierno, no le llevéis a Tántalo  “Coca-cola”. Se derramará antes de que Tántalo pueda tomarla.

LA OTRA TORTURA DE LOS DIOSES

Todos la conocéis. Recordémosla. También se castiga aquí la vanidad.

Prometeo. Más amigo de los hombres que de los dioses. Estos, los dioses, estaban demorando mucho su promesa de traerles el fuego a los humanos.

Y una tarde, Prometeo, que además de vanidoso era bromista, invitó al gran dios Zeus a un banquete. Aderezó ricamente un buey y puso en la mesa, a un lado, la deliciosa carne y al otro, los huesos recubiertos de aparente delicia. “Tomad  -dijo al dios-  lo que más gustéis”; y Zeus, engañado a pesar de ser dios, cogió los huesos mientras Prometeo soltó la carcajada. Y como si fuera poco, Prometeo robó al cielo la semilla del fuego y la trajo a los hombres. Pero a Zeus no le agradó ni la broma ni el robo.  Furioso, encadenó a Prometeo amarrándolo primero a una columna y luego al monte Cáucaso, a donde todos los días llegaba un águila y se comía el hígado que todas las noches volvía a renacerle a Prometeo.

Más tarde, Hércules, el hijo preferido de Zeus, cazó con una de sus flechas, el águila que atormentaba a Prometeo.

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AMANECER HERMOSO Y CRUEL

Andrea Morini – Argentina

A veces parezco flotar por las calles de Mar del Plata; o al menos, es la única forma que encuentro de existir. Soy una sombra arrastrada por el viento gélido del océano que se burla de mi existencia. No soy tanto una persona, sino más bien una ausencia: una forma que el mundo se niega a llenar.

Mis días son una niebla de indiferencia. Un lienzo en blanco donde la vida no deja huella. Los rostros de mis padres, vacuos. Los de mis compañeros, un reflejo distante. Todo es una pesada apatía que me carcome.

Camino por la rambla. Busco una tregua del vendaval que azota la costa. Me desvío e intento adentrarme en el corazón de la ciudad. Al cruzar, encuentro un terreno baldío. Una herida de barro y escombros frente al mar. No es un camino; es el sendero ignoto que el destino me ha preparado.

El fango me recibe con un chasquido húmedo y obsceno. Tropiezo. Mi pie se hunde y el frío me muerde: un dolor extrañamente familiar. Intento liberarme, pero el sitio, vivo y hambriento, me arrastra más profundo.

Un segundo paso en falso. Mi otra pierna se sume en la oscuridad. El lodo no me soltará, lo presiento. Me agarro a un poste. Mis uñas arañan la madera en un intento fútil. El cieno me atrae con una fuerza sobrenatural.

El silencio del lugar es un grito mudo. Estoy sola. El celular, muerto. Inútil en el bolsillo. Siempre me prometo cargarlo, nunca lo hago. Ironía cruel: la batería se acaba cuando más la necesito.

A unos metros, la vida sigue su curso en la avenida. Para mí, el mundo se ha reducido a este pozo de barro.

El terror se hace físico. El lodo sube como un depredador sin piedad. No es una caída, sino una absorción lenta y angustiosa. La tierra me devora. Cada centímetro que me hundo es una promesa de olvido.

El frío sube por mis piernas hasta mis caderas. El miedo se hace tangible. La presión en el pecho me corta la respiración. Miro alrededor esperando una señal, un milagro. Solo veo las paredes de ladrillo de edificios viejos. La ciudad, que me ha desconocido, ahora me contempla con indiferencia.

La noche se cierne; su manto oscuro cubre el sol moribundo.

Cuando el lodo alcanza mis hombros, una armonía extraña me invade. Ya no hay esperanza. No hay lucha. Solo aceptación.

Lo espeso y pegajoso sube. Supera la línea de la mandíbula y se instala en mis labios; tiene un gusto a salitre, a tierra vieja y mineral. Ya no puedo gritar, y ese silencio forzado me obliga a escuchar el latido de mi propio corazón, retumbando como un tambor bajo el barro.

Se acerca, perturbador, a los ojos. Los mantengo abiertos un segundo más, desafiando la oscuridad que trepa. Veo las luces de la calle parpadear a lo lejos, indiferentes, como estrellas que no saben que una de sus sombras se está extinguiendo.

¿Cuánta gente habrá muerto así en este suelo de postal? ¿Cuántos naufragios habrán ocurrido tierra adentro?

Cierro los ojos. Siento el abrazo helado que me engulle. El peso del mundo sobre mis párpados es absoluto. Alcanzo a preguntarme si así se sentirá la muerte: solo olvido. Una desconexión lenta de los sentidos donde el «yo» se desdibuja hasta ser nada.

Nadie sabrá mi destino, ni mi nombre, ni la grisura de mis días. Seré una veta más en el estrato de este baldío, un secreto inorgánico que se guardará bajo su manto.

Cuando vuelvo a mirar, la noche se ha ido. El sol se alza. Tiñe el cielo de tonos anaranjados. Una belleza brutal. Un amanecer hermoso y cruel.

Veo una pequeña embarcación a lo lejos. Un diminuto velero blanco. Por un instante, siento una paz inmensa. Una ironía perversa. Por primera vez, me percibo acompañada, aunque nadie sepa de mí.

Cuando la embarcación desaparece, disuelta en la bruma, siento envidia. Ella se mueve libre. Yo permanezco atrapada.

No lucho más. Me disuelvo en el suelo. Solo un mechón de pelo oscuro queda flotando sobre el limo. Testigo silente del final.

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REGLA DE MULTIPLICAR

Gustavo Páez Escobar – Colombia

I

Gertrudis, que de soltera fue muy apetecida y que por poco da su brazo a torcer con el gringo del departamento donde trabajaba, personaje grandote, rubio y de ojos azules, terminó casándose con Ismael. A ella le encantaban los cocteles que ofrecían en la compañía, y los automóviles último modelo como los del míster, y las comidas en el Gran Vatel, con champaña y whisky. A Ismaelito, en cambio, la vida le quedaba apretada, entre otras cosas porque solo ganaba $ 320.000 al mes como administrador de un almacén de sanitarios. Por eso no tenía automóvil último modelo, pero ni siquiera cualquier trasto rodante.
Tampoco sabía de champaña ni de whiskys ni de pequeños ni grandes Vateles.

Con todo, Gertrudis prefirió a Ismael. La decisión, algo difícil, se resolvió por un pequeñísimo detalle, el que puede captarse en la conversación sostenida con el míster a las tres de la madrugada en la discoteca, según ella, y en el nigth club, según él, donde se refugiaban todos los sábados:

—¿A dónde, querer, negrita, que pasemos nuestra luna de miel? Gertrudis sintió un desvanecimiento pero se mantuvo bien agarrada entre las manotas del míster y ni siquiera se puso colorada, pues la media luz del establecimiento opacaba cualquier rubor.

—Yo decirte, negrita, y tú contestarme, si querer pasar conmigo una sabrosísima, ¡cómo llamarse!, luna de miel…
—¡Ay, William!.. . ¡Ay, William!… —repetía Gertrudis tartamudeando.
—¿Querer o no querer? —la concretó el gringo. —¡William, por favor! ¡Por favor, William! ¡Me emocionas mucho,
muchísimo!

Y se agazapó gimoteando entre la musculatura del míster, quien aprovechó la ocasión para acomodarle uno de esos besos gelatinosos que saben mejor a las tres de la mañana, sobre todo si en el aire ha quedado flotando una propuesta de matrimonio. A Gertrudis no le costó trabajo seguir pegada a los labios del míster, pero al advertir que este mordisqueaba y mordisqueaba, la ofrenda perdió encanto, y recapacitando que aún no había pronunciado las palabras rituales, se
deslizó inteligentemente y, tomando aliento, exclamó: —¡Contigo hasta la muerte!
—¡Chévere, cheverísimo! —susurró el gringo, se frotó las manos como si fuera a sacarles candela y, sin importarle que aún no estaban en la cámara conyugal, levantó a Gertrudis y la hizo girar tres veces en el aire hasta que ella tuvo que suplicarle que le permitiera aterrizar, pues la efervescencia etílica estaba a punto de volverse peligrosa.
—Yo entender, morenita, que podemos hacernos libremente el amor.
—No tan libremente, William. —Explicarme: nos casamos y vamos a Cartagena a hacernos el amor.—A la luna de miel —corrigió ella, recatada. —Ser lo mismo. —Pero prefiero a Estados Unidos. —Como tú dispongas, Gertruditas de mi alma.
—Y encargaremos muchos bebés a la cigüeña —se entusiasmó Gertrudis.

—No, morenita. No ser conveniente tener criaturos. Eso llamarse explosión demográfica y representar un peligro para el mundo. ¡Teguible cosa!

—¡Oh, no! —se afanaba Gertrudis. —¡Oh, yes! —se empeñaba él.

Y en medio de la euforia terminó confesándole que por esas cosas raras de la vida había perdido un testículo al disparársele la escopeta en una cacería, y había quedado con la cuerda reventada.

—¡Pésima puntería! —fue el lacónico comentario de Gertrudis, quien se levantó exaltada y, terciándose la cartera, se esfumó como alma que lleva el diablo, mientras el míster no alcanzaba a distinguir qué tenía que ver la puntería con su plan anti demográfico.

II

Ismaelito poseía, entre muchas cualidades, la perseverancia del santo Job y no le importaba resistir inclemencias rondando la manzana donde se solazaba la pareja, si presentía que tarde o temprano habría de llegarle la oportunidad de vengarse de la gringada. Cuando la puerta se abrió, Ismael se escondió como tantas otras veces detrás del poste de la esquina, pero luego estuvo en dos brincos al lado de su amada cuando comprobó que definitivamente el míster acababa de ser destronado.

Romper un compromiso para asegurar, acto seguido, otro compromiso, es saber vivir. Gertrudis era afortunada, no cabe duda. La ocasión no se festejó con champaña ni con whisky, sino con aguardiente limpio de ese que quema el estómago y entona rápido el espíritu, y no tuvo como escenario el nigth club sino el bogotanísimo rincón de los serenateros baratos que a las tres de la mañana no tienen otro oficio que bostezar y entretener borrachos. La boda se armó con pasmosa facilidad, pero antes lo sometió ella a un test muy discreto:

—Toda la vida te he esperado… William era solo una distracción…

Cuando me propuso matrimonio me convencí de que no podía vivir sino contigo… —¡Me abrumas, Gertrudis! —interrumpió Ismael empacándose el quinto aguardiente doble. —La emoción es mía…—Nos casaremos pronto —selló él los puntos suspensivos, a tiempo que lograba al fin colocarle el primer beso de su vida, que para ella era elnúmero 15 de la noche y que le pareció más juguetón que los del míster.
—¿Cuándo es pronto, amorcito?
—Déjame hacer planes. En seis meses… ¡No! Mejor en un año…
—No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy —sentenció Gertrudis.

III

Se casaron ese mismo día, por la tarde, a manera de desenguayabe; o como premio de consolación, según pensaba ella en sus intimidades.

—¿Has estado alguna vez en cacería? —le preguntó Gertrudis.
—Nunca, pero si lo deseas me volveré tu más seguro cazador.
—¡No! —se impacientó Gertrudis—. Consérvate íntegro y no como ese zoquete del William que en lugar de hacer blanco a distancia terminó disparándose el tiro para adentro.

Ismael, sin entender nada, supuso que se trataba de un rodeo par rumiar ella su ira contra el gringo.

—¿Te gustan los niños? —también le había preguntado Gertrudis. Hubo un minuto de silencio. Un largo minuto de meditación. Ismael la miró y la remiró con ojos traviesos. Pero pronto pasó para ella el susto al confesarle que los niños eran su debilidad. Y como se explayaba en explicaciones que no venían al caso sobre sus instintos paternales, lo interrumpió para que definieran de una vez el nombre del primer hijo.

Tres horas después, resolvieron llamarlo Mauricio.

IV

Y nueve meses más tarde la cigüeña daba el primer aletazo al iniciar el descenso. La llegada de Mauricio fue todo un acontecimiento. A media noche Gertrudis sintió el primer anuncio y con un codazo puso eléctrico al marido, quien saltó como una liebre sobre el folleto que mantenía listo para asesorarse sobre los pasos de la maternidad. Repitió el espasmo. Las contracciones siguieron más frecuentes. Ambos sudaban a mares. Ismaelito, presa de la confusión, había telefoneado a los
padrinos a ofrecerles el niño, cuando la llamada ha debido ser para el médico anunciándole la salida para la clínica.

Y por poco se lanza a la calle en físicos calzoncillos, maleta en mano, olvidándose de que en apuros como este se necesita, ante todo, tener muy bien puestos los pantalones.

Camino de la clínica se aceleraron las contracciones. El alumbramiento estaba pronto a ocurrir, pues el libro no podía fallar. Puso la mano sobre el vientre de la madre y recibió un puntapié muy bien definido, y ya no dudó un minuto más sobre el sexo de la criatura.

Media ciudad recorrida bajo estos afanes, con paradas aquí y allá, siempre que a un semáforo se le ocurre ponerse rojo, y con tan pocas habilidades para desempeñar el oficio de partero, significa un viaje infernal. Ismael, medio asfixiado, respiró al fin cuando tres enfermeras se lanzaron sobre la candidata a madre y la pusieron horizontal en la camilla preparada para la emergencia.

Gertrudis, al desaparecer tras la sala de maternidad, lanzó una jubilosa sonrisa, como prometiendo que en poco tiempo llegaría con Mauricio entre los brazos. Regresó media hora más tarde, pero sin el tal Mauricio y más fresca que la diáfana mañana que se venía encima.

Los cálculos habían fallado. Mauricio, mientras tanto, continuaba jugando fútbol y ofrecía pocos deseos de querer salir a respirar aire contaminado. Ismael se deslizó por el corredor y a la salida despedazó el manual que de nada le había servido, mientras su esposa prometía volver a los tres días.

V

Y cumplió la palabra. En el momento indicado Ismael se metió entre los pantalones, sin los apremios de la otra noche, y no confundió la llamada al médico ni despertó a medio vecindario como lo había hecho aquella vez. Llegó tranquilo a la clínica, extrajo un cigarrillo y se hundió en la lectura del libro de Agatha Christie que portaba para no quedarse solo.
Bien acompañado estuvo con el detective del distrito y el médico rural que ya se vislumbraba como el asesino, hasta que un murmullo que creyó salido de la novela le puso los pelos de punta.

Gertrudis, valiente y sudorosa, se expresaba así en los últimos pujos:—¡Salga pronto, Mauricio!

Al tercer llamado salió por completo. La enfermera lo levantó de los pies y le dio la bienvenida con el tradicional golpe en las nalgas. El llanto guardado de la criatura, que ya no tenía ninguna similitud con el desarrollo policíaco, puso en la realidad al p adre. Este por poco se desvanece. Se encontró con una figura arrugada y vellosa y, para colmo del desconcierto, no halló el sexo por ninguna parte. Mal podía hallarlo en medio de su descontrol, si Adelaida iba a llamarse la nueva ciudadana.

—¿Verdad que es preciosa? —preguntó enternecida la madre. —No había visto algo tan horroroso —fue todo el comentario del padre.

Pero Adelaida, a los pocos meses, ya no era tan fea. La nariz se le fue arreglando, le brotaron los pómulos, y la frente, que al nacer parecía un acordeón, se volvió lisa. La capa de vello que tanto había impresionado a Ismael se desvaneció para dar paso a una piel delicada. Todo fue cambiando —menos el sexo, que era ya irrevocable— a los ojos del inexperto progenitor. No podía tratarse sino de una novatada, pues bien se veía que el pobre no había tenido oportunidad de comprobar que los
recién nacidos en nada se parecen a los angelitos creados por la fantasía. Las lenguas de vecinos y parientes, que suelen ser tan mentirosas, se deshacían en elogios para la niña, «todo un primor», como decían apropiadamente las señoras. El padre se inflaba entonces de orgullo, y sin darse cuenta, se le fue borrando el sentimiento que había experimentado al frustrarse el deseo de prolongar en un varón la multiplicación de su apellido.

Adán violó las fronteras prohibidas, el hombre es el animal más glotón de la naturaleza. Como Ismael no era ninguna excepción y su Eva era tan apetitosa y estaba tan resuelta como la del paraíso, la fruta por segunda vez. En lo material había visto crecer el presupuesto con un subsidio inventado por el gobierno por cada hijo que poblara la patria. En lo sentimental sus afectos eran claros. Entre mimo y mimo el matrimonio seguía progresando, y como el amor deja huellas,
pronto la esposa se sintió fértil.

¡Qué alegrías, qué fiestas, qué planes! Esta vez no fallarían. Sería un Mauricio fornido. Se hicieron de nuevo los preparativos, y de nuevo se echó el ojo a los padrinos, y de nuevo se armaron idénticas ilusiones y expectativas. Gertrudis, mujer sensata, se había concentrado en la idea del varón para contribuir así a la maternidad masculina, según le aconsejaban las matronas. Y hasta había seguido procedimientos que se decían científicos, y había visitado adivinadores y charlatanes.

—¡Salga pronto, Mauricio! —volvió a gritar.

Lo hizo con toda energía, a pulmón pleno y con fe ciega. Fue emergiendo una cabezota con una aureola tan bien dibujada, que no dudó Ismael en la aparición da una figura episcopal. Los brazos se alargaron como caucheras y dejaron ver dos muñecas macizas. Los muslos eran trozos exuberantes de tocino; y las piernas, briosas como
corceles, no podían pertenecer sino a un atleta.

¡Y qué pulmones, qué berridos! Ismael lo cogió ávidamente, lo arrulló con emoción y vio en aquel vástago la respuesta a sus exigencias. Alzó los ojos al cielo y algo dijo entre muelas, para que solo Dios lo entendiera. Pero por poco deja caer el bulto al oír que las enfermeras ponderaban «la niña tan bien formada.» Tarde se le ocurrió verificarlo, y al darse cuenta, porque hay cosas que son evidentes, rabió por la equivocación y se retiró a toda prisa como si hubiera perdido una batalla.

VI

—Mauricio se nos esfumó —comentaba años más tarde, cariacontecido, cuando llegó Rubiela, el quinto esfuerzo hecho mujer. —No te desanimes, no te desanimes —lo consolaba Gertrudis.

No era que Ismael se desanimara. En absoluto. Llegó a considerarse como un rey en medio de tantas princesas. Alguna vez, malhumorado cuando le devolvieron a todas las niñas por las cuatro mensualidades que debía en el colegio, y cuando también le habían embargado el sueldo por no cancelar la última cuenta de la clínica, y además se habían llevado el televisor por no haber vuelto a amortizar las cuotas
desde dos años atrás, protestó por tanto exceso. Pero pronto se calmó. Y sonrió sin mucha dificultad, pues por fortuna no había perdido el sentido del humor.

En estos y otros aprietos solía Gertrudis acordarse de la «teguible cosa» del gringo. Pero se burlaba de él al pensar que el muy tonto había querido pontificar sobre asuntos para él imposibles.

Ismael, filósofo de lo cotidiano, desistió al fin del varón. Y al correr del tiempo se hizo retratar, en sus bodas de oro —que de oro no tenían nada— con sus ocho hijas, sus seis nietas y sus dos bisnietas. Con su barba blanca y poblada parecía todo un patriarca. Lo era, sin duda. Rodeado de juventud y lozanía, se sintió rejuvenecido.

VII

La cigüeña es un animal travieso y suele equivocarse de puerta. Gertrudis, de pronto y a estas alturas de la vida, se vio embarazada de nuevo, y se asustó. Más bien se apenó. No estaba bien que continuara siendo una máquina reproductora, cuando ya había considerado selladas las posibilidades —que ánimos tampoco le habían faltado—. El marido,no cambio, se hinchó de vanidad. El viejo estaba remozado y su espíritu no había nunca dejado de ser juvenil. Sus ojillos picarones se rebulleron de contento como ocultando una fruición que no podía contener. Si Chaplin había demostrado virilidad a los ochenta años, él, que frisaba la misma edad, no podía quedarse atrás.

Los célebres progenitores terminaron riéndose de esta jugada del destino. Un hijo, al final de la jornada, es ciertamente para
desternillarse de risa.

Llegada la hora, se acordó la madre-abuela-bisabuela del «ábrete, sésamo» y respiró hondo, pausado, como antaño. Y como en sus buenos tiempos, sentía gozosa cómo se iba expulsando la criatura rítmicamente.
El proceso seguía teniendo mucho de armonioso, de espontáneo y de gustador. Campanillas musicales acompañaban la hora del dolor.

VIII
Y exclamó como en sus viejas épocas: —¡Salga pronto, Mauricio!

Apareció una forma rolliza, con aureola de obispo. Ismael contemplaba el hombrazo que había llegado al planeta. Dos pepas ojizarcas se abrieron como imanes. Rubio y vigoroso, era todo un exponente humano, la mejor reserva de sus energías, un digno sucesor de su raza, que multiplicaría su apellido como en la cena de los panes.

—¡Mauricio, Mauricio! —repetía sin cesar, corriendo de salón en salón, de piso en piso, hasta que los habitantes todos de la clínica quedaron enterados de la potencia, del alborozo del anciano.

Era como un trofeo que podía mostrar al mundo para que todos supieran de su vigor, de su constancia, de su machismo. Pero lo llamaron Arcadio por considerar que el nombre de Mauricio se había desgastado.

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TOC: Orden 

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina 

Carlos era en extremo metódico. Tan extremadamente ordenado que prácticamente vivía enajenado con el control del orden en todo sentido: horarios, comidas, visitas, ropa, utensilios… 

Ya había tenido problemas en su trabajo, e incluso familiares; pero era más fuerte que él: debía organizar. Vivía acomodando y acomodando lo acomodado. Era un «ordenador», las cosas que lo rodeaban tenían que estar dispuestas como él las ubicaba. Por supuesto, esto incluía distribuciones en perfectas simetrías y horarios que se debían cumplir sin excepción.  

Al principio, pensó que era solo una manía o un ritual, como muchos que podemos tener los seres humanos. Pero poco a poco se fue convenciendo de que era algo más. Entonces comenzó a tratarse con un psiquiatra, quien lo llevó a una terapia conductista que finalmente derivó en fármacos. Ninguna de las dos posibilidades dio resultado (vaya uno a saber por qué).  

La cuestión es que Carlos dejó de trabajar, casi de salir y comenzó a vivir prácticamente, encerrado en su casa. 

Su mujer (un poco alterada ya) con la excusa de que su mamá no estaba bien de salud, partió a verla un domingo por la mañana y no volvió más. Su hija, un sábado por la tarde, salió con su novio, dijo: «hasta luego» y “desaparecieron en acción” los dos. Nunca más se los volvió a ver. Su hijo mayor -era el único que lo acompañaba-, encontró trabajo muy rápidamente (algo que siempre le costó hallar). Logrado ese objetivo, un lunes por la tarde, se olvidó de regresar. 

Así Carlos, un día, quedó solo…  

Eso sí, preparaba su desayuno exactamente a las 8 de la mañana, almorzaba justo a las 12, tomaba mate (como el five o’clock) a las 5 de la tarde, cenaba a las 8 de la noche y dejaba todo dispuesto. Cada cosa en su lugar. Ordenar sobre lo ordenado. 

Su vida seguía siendo casi normal, pero algunas fallas lo hicieron darse cuenta de que el accionar del común de los mortales no coincidía con el suyo, en nada. En esos momentos se desmoronaba. 

Su pasatiempo favorito eran las series televisivas que pasaban con exactitud a las horas indicadas. Una tarde (vaya a saber uno por qué), una de las películas se atrasó 5 minutos. Fueron fatales, casi rompe el televisor y aunque no lo hizo (porque pensó que después tendría que limpiar todo y ordenar), se desestabilizó.  

Su angustia era tremenda y su desasosiego, feroz. Tomó una determinación. 

El tema, importante por sí mismo por las implicancias que generaron a futuro, es que, pasado un tiempo, su mujer en contacto con sus hijos, decidieron visitarlo para ver con que se encontraban. 

Sorpresa mayúscula: todo ordenado, en perfecta disposición, sin una mácula de polvo ni ningún objeto fuera de su lugar correspondiente… pero Carlos no estaba. Revisaron la casa, las habitaciones, el living, el baño, la cocina, el patio, el jardín y nada. Carlos no aparecía. Todo estaba a la perfección, pero al parecer el marido-padre-suegro se había esfumado. Dieron aviso a la policía, se lo buscó en los hospitales, las clínicas, las iglesias, incluso en la morgue… y nada. 

La familia volvió a su normalidad -ocupó de nuevo la vivienda-, hasta que algo la interrumpió, cuando comenzaron a embalar las pertenencias del dueño de casa, presuntamente desaparecido. 

En un rincón del placard, bien escondido, arriba de varias remeras muy ordenadas, limpio, almidonado, planchado y doblado en perfecto estado se encontraba guardado… Carlos. 

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EL DÍA DEL RAYO QUE LASTIMA

Graciela Reveco – Argentina

Tuvo miedo, porque mojó su ropa interior, después alguien me dijo que siempre ocurre a la hora de morir. Estábamos él y yo, solos en esa habitación donde nací y él fue tan feliz con mi llegada. No sé cuánto tiempo transcurrió, el suficiente para acariciar su cabeza y correr, correr… Me refugié en el baño, me miré largamente en el espejo. Tenía 20 años y hacía cinco que me preguntaba cuándo iba a llegar ese momento. Allí estaba. Salí de la casa por la lavandería, el patio y finalmente por el portón.

Tenía el Fiat en el puente de la casa, esperándome. Me subí como en cámara lenta, no recuerdo el trayecto que hice, pero sí recuerdo que fui a la casa de mi hermano mayor y me encerré en el baño. Quería regresar cuando todo hubiera pasado, pero sabía que eso no era justo.

Tampoco recuerdo el trayecto de regreso, había mucha gente en la casa y mis hermanos corrían de un lado para el otro. Mi mamá dormía sedada mientras la gente de la funeraria preparaba a mi padre. Me quedé en el patio, sin ver a nadie. Cuando todo estuvo listo en el comedor principal —en ese entonces no había salas velatorias— me senté en las escaleras de acceso a la planta alta y allí me quedé, sin poder explicar mis sentimientos, pero puedo asegurar que Dios nunca abandona a nadie. Sentí que me quedaba sola y devastada, mi padre había sido un gran amigo, hablábamos muchísimo de todo y me dejaba a la deriva.

De pronto, alguien se sentó a mi lado. El hermano de la esposa de mi hermano tenía planificado un fin de semana con sus amigos, pero allí estaba, y no se despegó de mí hasta el domingo por la noche, cuando ya había pasado el primer impacto de ese cachetazo de la vida. La vida. En realidad, el hermano de mi cuñada (un rubio bello y de grandes ojos verdes) rompió la soledad que sentía porque no se despegó nunca más de mí, y nos casamos cinco años después. A veces intento estar de acuerdo con que la muerte es parte de la vida, pero cómo duele en medio del pecho y debajo de todos los regocijos.

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GAJES DEL OFICIO

Sandra Romeo – Argentina

Lo conocimos hace un tiempo. Primero se mostró un poco inseguro en el trato y sus conversaciones eran tímidas. Se dirigía a nosotros como pidiendo permiso. Lo dejamos hacer.

Nos armó una vida a la que nos acomodamos con gusto. Estábamos seguros y bien atendidos. Poco a poco se inmiscuyó en nuestro trabajo, haciendo unos cambios aquí y allá. Lo dejamos hacer.

Nos veíamos bastante seguido y, con algunas indicaciones de nuestra parte, los encuentros y charlas mejoraron notablemente. Cada uno aportaba lo suyo.

Hasta que Raquel lo dejó, después de doce años de intentar una historia en la que a él no le fue tan bien como a nosotros. Quisimos ayudarlo, darle una mano, pero él dejó de vernos. Cerró su casa, dejó sus libros, la novela en la que estaba trabajando y se fue.

Lo encontramos en un viaje de olvido iniciado un tiempo después. Tropezamos con él una noche de niebla tan espesa que las costas se veían deshilachadas entre sus jirones. Nuestra presencia le molestó. Al fin de cuentas, Raquel y él nos habían dedicado mucho tiempo, y ese recuerdo desde su nueva soledad le dolía demasiado. Lo entendimos.

En nuestro siguiente encuentro nos sorprendió su recelo. Su rencor se enconaba en nosotros, que siempre lo habíamos dejado hacer sobre nuestras vidas. Era injusto que ahora nos reprochara el tiempo que él por gusto nos había dado. Y más injusto aún que nos echara en cara que por nosotros Raquel lo había dejado.

En realidad, al ver nuestra incondicional entrega, nuestra conexión más allá de las palabras y los gestos, fue que Raquel se dio cuenta del pobre amor que los unía. Como mujer de pocas palabras que era, simplemente se fue.

¿Qué se creerán esos dos? Aunque hace tiempo que los conozco y parte de sus vidas me pertenecen, no tienen derecho a reaparecer en esta historia como si nada hubiera pasado. Bien saben ellos, más que nadie, que Raquel me dejó. Más que dejarme, se abandonó ella de mi vida. Se deshizo en el aire.

Un día su presencia llenaba la habitación entera; brillaba ahí donde estuviera. Al día siguiente no había en la casa un solo recuerdo, una sola prenda olvidada que hablara de ella. Nada. Desapareció completamente. Ni el rastro de su imagen en el espejo, ni un dejo de su voz en las paredes, ni un átomo de su perfume en los cuartos vacíos de la casa.

Ellos lo saben. Y ahí siguen paseando por la cubierta tomados de la mano, flotando entre nosotros. Solo atentos a su amor. Sus miradas prendidas una de la otra, ajenas a toda luz que no sea la propia. Sus pasos caminan su historia sin vuelta. Yo los miro. ¡No tienen derecho a hacerme esto!

Aquí, en este viaje que creía mío solamente, que era el primer ensayo de algo que no quería compartir, me los vengo a encontrar.

Él, con su aire de perdonavidas, solamente porque todavía tiene mujer, no sé quién se cree que es. Yo sé lo que realmente es. Ella siempre rodeada de pañuelos como velos, o con sombreros de ala ancha que le ocultan la mitad del rostro… Ya ni me acuerdo de sus rasgos. ¿Aquel la habrá cambiado por otra? No, su aire me resulta bastante familiar.

De todos modos, a pesar de formar un equipo, todavía mando yo. La historia no será más lo que era, lo que ellos querían que fuera. Basta de concesiones. Todos vamos a cambiar.

Teniendo en cuenta sus reacciones pensamos que no íbamos a vernos más y nos resignamos al olvido. Sin embargo, no fue así. Quizá porque los tres necesitamos ser vistos, fue que volvimos a encontrarnos. O quizá simplemente porque en el estrecho espacio de un barco no hay demasiado lugar para desencontrarse.

Pero ya no es lo mismo. Él ahora pretende, sin consultas ni miramientos, cambiar nuestra historia. Separarnos, condenarnos a la soledad en la que él mismo habita. Pero su incapacidad no es la nuestra: no vamos a permitirle semejante ensañamiento con los sentimientos ajenos. No lo dejamos hacer.

La discusión tuvo lugar en la cubierta vacía. La noche alargaba el silencio de los tres. De la fiesta en el último piso del barco solo nos llegaban unos acordes tímidos y perdidos, ausentes como nuestras miradas.

Después de escuchar el nuevo giro que pretendía darle a la historia, le exigimos otro desarrollo. Le propusimos distintas opciones: si bien él era el autor, nosotros también teníamos derecho a opinar. No era un asunto menor: en esa historia nos iba la vida.

Se negó a escucharnos. Descansando el peso de su cuerpo en la baranda lustrada de la cubierta, miraba a mi esposa con una intensidad que, le hice notar, era insultante. Se limitó a dejarme a un lado, dando vuelta la hoja.

Se acercó a mi esposa, la recorrió con sus ojos y sus manos como si fuera la primera vez que la encontraba en su vida. No era la primera vez que la veía; pero sí la primera vez que la reconocía como mi esposa. Por eso su rostro, cuando redescubrió el de ella, se alteró con el espanto de la sorpresa. Se congeló de terror por la comprensión certera de esa imagen.

Cuando preguntaron quién se había ahogado, Raquel, mi esposa, contestó: —Solo un hombre al que su vida se le convirtió en cuento.

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LA INGRATITUD – RELATOS – MAYO

Todo el contenido publicado en esta revista está protegido por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna para la Protección de las Obras Literarias y Artísticas, conforme a su artículo 2 y disposiciones concordantes.

Olivo

Hay raíces que sostienen incluso cuando nadie las honra. Maren Alberdi

COLABORAN

  1. Maren Alberdi – España
  2. Enrique Fredy Díaz Castro – México
  3. Carlos González Saavedra- Argentina
  4. Elspeth Gormley – España
  5. Juan José Izaguirre – España
  6. Nuri Montenegro – Ecuador
  7. Ana Unhold – Argentina

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LA INGRATITUD: ESE VIEJO ANIMAL DOMÉSTICO

Maren Alberdi – España

Hay palabras que una aprende tarde, casi por obligación. La ingratitud, por ejemplo.

No porque no exista —existe desde que el mundo es mundo— sino porque una, durante años, insiste en creer que los gestos tienen memoria, que el cariño deja huella, que la gente recuerda quién le sostuvo la mano cuando el suelo temblaba. Qué ingenuidad tan hermosa y tan inútil.

La ingratitud no llega como un golpe. Llega como un silencio. Como una silla vacía que antes estaba ocupada. Como un mensaje que no se responde. Como una mirada que te atraviesa, como si fueras un mueble que ya no combina.

No hace ruido, pero desordena. No hiere, pero desgasta. No mata, pero afloja algo por dentro.

Y sin embargo —y aquí está el misterio— la ingratitud no dice nada sobre quien la recibe. Dice todo sobre quien la ejerce. Es un espejo que devuelve la pobreza emocional del otro, su incapacidad para sostener vínculos, su torpeza para reconocer lo que le fue dado sin factura.

Una aprende, con los años, a no pedir agradecimientos. A no esperar aplausos. A no reclamar lo que no llega.

Pero también aprende a cerrar puertas con suavidad, sin ruido, sin explicaciones. Porque la ingratitud no merece escándalo: merece distancia.

Y en esa distancia, curiosamente, una recupera algo que había perdido sin darse cuenta: la dignidad de seguir dando, pero ya no a cualquiera. La serenidad de elegir mejor. La libertad de no repetir la misma lección. La lucidez de no quedarse donde no hay retorno.

La ingratitud es un animal doméstico: vive en todas las casas. Pero no todas las casas la alimentan. Yo, al menos, ya no.

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FUEGOS FATUOS — Relato inspirado en el poema de mi autoría
Enrique Fredy Díaz Castro – México

La modernidad había levantado sus muros altos y brillantes, tan llenos de novedades como vacíos de raíces. En medio de ese mundo acelerado, muchos viejos —y no tan viejos— empezaron a notar algo inquietante: los valores que antes sostenían la vida cotidiana parecían desvanecerse como humo.

En otros tiempos, un niño aprendía en casa, casi sin darse cuenta, la ternura, el respeto, la disciplina. Eran enseñanzas sencillas, transmitidas en la mesa, en la calle, en la escuela. Hoy, sin embargo, esas mismas enseñanzas parecían reliquias de un pasado ingenuo, casi una subcultura que algunos miraban con desdén.

La ingratitud se había vuelto un ejemplo doloroso. Hijos que hablaban a sus padres como si fueran estorbos; jóvenes que olvidaban quién los sostuvo cuando no podían sostenerse solos. Y ese olvido dolía, taladraba, dejaba cicatrices invisibles.

Tampoco entre amigos o compañeros asomaba ya el gesto sencillo del agradecimiento. Para muchos, lo material era primero; el afecto, un lujo prescindible. Un “buenos días”, un apretón de manos, una sonrisa franca… parecían imposibles en medio de la prisa y la apatía.

Los mayores se miraban entre sí, desconcertados.

—¿Qué les pasa a estos chamacos? —preguntaban—. ¿En qué fallamos como sociedad?

Mientras tanto, la vida seguía su curso: familias sin modales, hogares sin tiempo, costumbres vacías que se repetían sin alma. La apatía se había convertido en refugio, en excusa, en hábito.

Y, sin embargo, no todo era nuevo. La violencia, por ejemplo, siempre había estado ahí, desde que el ser humano es ser humano. Pero ahora parecía distinta: más inmediata, más gratuita, más normalizada. Se agredía a animales por diversión, se contaminaban ríos sin remordimiento, se encendían conflictos por cualquier cosa.

Para colmo, muchos sentían que las leyes protegían más al agresor que al agredido. —Derechos Humanos —decían algunos—. Pero ¿y los derechos del que solo se defendió?

En medio de ese panorama, una idea volvía una y otra vez, como un eco: quizá habría que retomar los viejos manuales, aquellos que enseñaban respeto, responsabilidad, límites, humanidad. No para volver al pasado, sino para no perder el futuro.

Porque, al final, muchos de estos comportamientos —esta ingratitud, esta apatía, esta violencia sin freno— parecían eso: fuegos fatuos, destellos pasajeros que confundían, que deslumbraban, pero que no podían sostener una vida digna ni una sociedad justa.

Y el relato se cerraba con una certeza sencilla: si queremos un mundo con sustento, habrá que volver a sembrar lo que nunca debimos dejar de cuidar.

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ENFURECIDA

Carlos González Saavedra – Argentina

Después de caminar tranquilamente por la vereda, vi su silueta a lo lejos y su andar cansino, inconfundible.Una furia me invadió, tome un caño de un negocio y corrí a su encuentro, enfurecida.Iba dispuesta a partirle la cabeza. Algo me detuvo, no se que.

Han pasado muchos años esperando este momento, pensé y me dispuse a seguirlo al menos para saber donde iba y ahí esperar la oportunidad.

Se dio cuenta o percibió que lo seguía.

Siempre fue muy sagaz, habia estado un paso delante de todos, y esta vez no era la excepción.

Este sujeto habia tenido a toda mi familia en vilo durante años.

Papa al quedarse sin trabajo, acudió en su ayuda. Con el fin de contar con un préstamo para poder solventar los gastos de la casa hasta que consiguiera un nuevo trabajo.

Hipotecamos la casa familiar con la promesa devolver el dinero en dos años.

José Inverso, no tenía escrúpulos y abusaba de la buena fe y de la ignorancia de la gente de trabajo.

Recién llegado de Italia, papa habia ayudado a su padre a construir una piecita donde viviría en su juventud, mientras terminaba sus estudios.

Ayudo a toda su familia y lo sostuvo en momentos difíciles.

Siempre había un plato de comida para Inverso y familia.

Sin embargo, no tuvo valor alguno, ni consideración, a la hora de rematarnos la casa.

Poco le importo mis hermanos más chicos y mama con dificultades en la columna para desplazarse. Termino en sillas de ruedas.

Jamás entendí tanta ingratitud.

Pensé algún día te encontrare.

Como hija mayor habia tenido que salir a estudiar y limpiar casas.

Por suerte después de tres años, me recibí de enfermera y trabajada en el dispensario y en hospital.

Salía de uno y entraba en otro. Trabajaba quince horas por día. Sin sábados, ni domingos los primeros dos años.

A poco de andar perdí de vista al prestamista y cansada me senté en un macetero.Pense en volver a casa.

Lo vi salir de la farmacia y sigilosamente lo comencé a seguir.Entro en el hospital, no se lo veía bien, pero caminaba derecho.

Poniéndome el delantal, pregunto en la guardia por el.

-Le están tomando la presion, parece que no se siente bien me informan.

Preparo nerviosamente, en el baño, una jeringa, un frasco de potasio, y quedo aguardando que lo acuesten en la camilla de sala de guardia, prácticamente, al lado del baño.

Miraba por el pasillo, si alguien me habia visto. Justo ese día estaba de franco, estaba completamente, fuera de día y horario.

Finalmente viene el medico, toma la presión le da una pastilla y aconseja que descanse, en lo posible que dormite, en media hora volvía y le tomaría nuevamente, haber si habia bajado. Acusaba 24-9.

Espiaba de vez en cuando si el pasillo estaba vacío y alguien lo acompañaba.

Me apoyo sobre la puerta pido al cielo que me ayude con esto y cargo el potasio en la jeringa. Totalmente conmocionada, me tiemblan las manos, pero mi paso firme marca mi rumbo. A no aflojar, ahora que estoy tan cerca. Pienso.

En ese momento miles de fragmentos de recuerdos, perdidos vuelven a mi mente. Recuerdo a papa, vencido con sus ojos escarchados tratando de consolar a mama en su silla de ruedas.

Horas sin sueño, desazón, llantos, angustias, mama y papa entregados a la buena de Dios. Desconsolados al enterarse que habíamos perdido la casa Mis hermanos miraban asombrados con lágrimas en los ojos como el oficial de justicia ordenaba el desalojo, tirando todo en un camión de la municipalidad.

Finalmente el club de barrio nos presto un galpón, allí fuimos.

Yo sin saber que, ni cómo hacer, para sostener a mi familia, la que me habia dado todo.

Salimos adelante con la ayuda de los vecinos que contuvieron a mis hermanos y mis padres, que seguían desvastados.

Recuerdo que Inverso estaba presente.

Conmovida pedí-¡Piedad José!

-¿Para que piden dinero, si no pueden pagar? Me contesto con voz metálica.

Mientras apretaba los dientes de bronca, silenciosamente.

Dije: ¿Porque eres tan ingrato? Mirándolo a los ojos.

Nada, contesto.

Entré decidida a la habitación, dormitaba, tenía la bolsita con suero, inyecto en el suero todo el frasco de potasio.

Salgo raudamente, cuelgo mi delantal en un perchero cualquiera y gano la calle.

Un aire fresco inunda mi rostro, respiro profundamente y exhalo como abandonando tantos años de angustia. Ese día habia cambiado mi vida.

Pude demostrarme a mi misma todo lo que era capaz de hacer por mi familia.

Llego a casa, agotada y contenta mis hijos preguntan

-Estas bien bien mama?

-Siii, nunca estuve mejor

Pasaron dos días y en el diario local, informan del desafortunado desenlace que ha tenido el Sr. José Inverso al internarse en el hospital por un problema de presión.

La autopsia indico que murió por muerte natural.Nada hacia pensar en su deceso.

Sin embargo el fiscal abrió la investigación nuevamente por muerte dudosa.

Motivado por encontrarse un frasco vació de potasio y un par de guantes quirúrgicos

Un testigo afirma haber visto un señor salir raudamente de la habitación en situación sospechosa. El mismo es buscado intensamente de acuerdo a la descripción del testigo.

Al mes, una placa recordatoria en la plaza principal, homenajeando a José Inverso, una persona desinteresada y benefactora del hospital.

Por mi parte seguí con mi tarea de enfermera .Al mes fui nombrada, jefa de enfermería por mi abnegación y asistencia al los enfermos.

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LA INGRATITUD

Elspeth Gormley – España

La ingratitud no llega como un portazo. Llega como un murmullo. Como un “oye, ¿y lo mío para cuándo?” dicho con la boca llena de exigencia y las manos vacías de gratitud.

Yo lo he visto tantas veces que ya podría reconocerla por el olor: esa mezcla de prisa ajena, ego inflado y memoria selectiva.

Publicas a alguien con cariño —con tiempo robado a tu propio descanso, con cuidado, con mimo— y durante un instante crees que ese gesto va a resonar en algún lugar. Pero no. A veces lo único que resuena es la queja.

Que porque no sale mi foto.. Que si el texto debería ser más largo. Que si por qué no salen antes que otros. Que si faltaba esto, que si sobraba aquello. Y, por supuesto, ni rastro de un “gracias”. Ni uno. Ni medio.

La ingratitud es así: no muerde, pero desgasta. No grita, pero invade. No hiere, pero te deja una sombra en la piel.

Y lo peor no es lo que hacen. Es lo que te hacen pensar: que quizá fuiste tú quien dio demasiado, quien abrió demasiado, quien creyó demasiado.

Pero no. La ingratitud no habla de mí. Habla de ellos. De su pobreza emocional, de su incapacidad para sostener un gesto sin convertirlo en deuda, de esa torpeza tan suya para reconocer lo que reciben sin exigir más.

Yo ya no discuto. Ya no explico. Ya no justifico.

He aprendido a cerrar puertas con la misma suavidad con la que antes las abría. A dejar que cada cual se quede con su ruido. A no alimentar animales que no saben convivir.

Porque al final, la ingratitud es eso: gente que recibe más de lo que da, y aun así se permite exigir. Personas que convierten un gesto generoso en una obligación, y un regalo en un derecho adquirido. Y cuando ya no pueden sacar nada más, simplemente te dejan con el eco de su silencio, como si nunca hubieras estado ahí.

Sigo dando —sí—, pero no a cualquiera. Sigo publicando —sí—, pero no para quien confunde generosidad con obligación. Sigo abriendo espacio —sí—, pero solo a quienes saben que un “gracias” no cuesta nada y, sin embargo, lo cambia todo.

La ingratitud se queda fuera. Yo, dentro. Y la puerta, por fin, en paz.

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EL PERRO QUE ESPERABA

Juan José Izaguirre – España

Durante años, él fue su sombra. La seguía por la casa con ese trotecito alegre que solo tienen los perros que aman sin medida. La esperaba junto a la puerta cada tarde, como si el mundo entero cupiera en ese instante en que ella metía la llave en la cerradura. Dormía a sus pies cuando estaba triste, y ladraba a cualquiera que se acercara demasiado cuando ella tenía miedo.

Él no sabía de horarios, ni de cansancio, ni de decepciones humanas. Solo sabía querer.

Ella, en cambio, fue cambiando. Primero llegó el trabajo nuevo, luego la pareja, después la mudanza. Y con cada cambio, el perro fue ocupando menos espacio en su vida. No en la casa —en la vida. Que es donde realmente importa.

El día que hicieron las cajas, él las olió todas, moviendo la cola, creyendo que era un juego. Ella lo miró de reojo, como si le pesara algo que no quería pensar. —No puedo llevarte —murmuró, sin mirarlo a los ojos. Él ladeó la cabeza, como hacen los perros cuando intentan entender lo que no entienden.

Lo dejó en un refugio pequeño, diciendo que “no tenía sitio”. El perro, sin comprender, se quedó sentado frente a la puerta por la que ella había salido. No lloró, no ladró, no hizo escándalo. Solo esperó. Porque los perros esperan incluso cuando ya no hay nadie que vuelva.

Los voluntarios del refugio decían que era un perro bueno, noble, de esos que parecen pedir perdón por existir. Comía poco, dormía mucho, y cada vez que alguien abría la puerta, levantaba la cabeza con un brillo que se apagaba en cuanto veía que no era ella.

Pasaron semanas. Pasaron meses. El perro seguía esperando.

Un día, una niña se acercó a él con una galleta en la mano. Él la olió despacio, como si temiera romper algo. La niña lo abrazó sin miedo, y él apoyó la cabeza en su hombro, cansado, rendido, pero todavía capaz de amar.

La adoptaron esa misma tarde.

Y aunque nunca volvió a mirar hacia la puerta del refugio, aunque aprendió a dormir tranquilo y a correr por el jardín como si la vida empezara de nuevo, algo en sus ojos quedó marcado para siempre: esa herida silenciosa que deja la ingratitud de quien fue todo… y decidió no ser nada.

Porque los perros no saben odiar. Pero sí saben recordar.

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RELATO DE LA GRATITUD.

Nuri Montenegro – Ecuador

Ella miró por la ventana: eran las 17:57.
Observó la luna clara y resplandeciente y susurró: “Es luna llena”. Entonces recordó a su amor, aquellas noches en que ambos la contemplaban y el ambiente se llenaba de ternura. Sonrió con nostalgia y sintió gratitud; agradeció
a Dios por haber puesto la luna en cada uno de sus encuentros, como un
puente silencioso entre sus corazones. Comprendió que, en la distancia, la luna
seguía siendo su puerta de unión, el testigo fiel de un amor que no se apaga,
que resiste el tiempo y siempre encuentra la forma de sentirse cerca.

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INGRATITUD

Ana Unhold Argentina

La ingratitud no es olvido: es una elección.
Se expresa en gestos concretos, en el desdén o la indiferencia frente a los esfuerzos ‒ a veces sacrificios ‒ de otros.
A lo largo de la vida todos recibimos actos de generosidad. Algunos responden con
agradecimiento puntual; otros adoptan la ingratitud como una forma de estar en el mundo. Y eso es
más grave.
Soy escritora y artista plástica. He tenido maestros notables, generosos, de esos que dejan huella. Durante años, en Bogotá, me formé con ellos. Tiempo después ,ya en Argentina, una pareja se irritaba cada vez que yo los mencionaba en una presentación o en una inauguración.

No entendía por qué debía agradecer: según él el talento era únicamente mío. Esa escena, repetida, me reveló algo más profundo: la ingratitud puede disfrazarse de afirmación personal. Pero en el fondo es una forma de negación del otro, una traición silenciosa.
Creo que los talentos, son, en parte, préstamos. Los desarrollamos, sí, pero no nacen en el vacío.
No es un problema menor: atraviesa la vida privada y también la pública. La historia está llena de figuras que ampliaron derechos o mejoraron la vida de otros y, sin embargo, recibieron a cambio olvido o desprecio.
Ningún atleta llega solo. Sin embargo, no todos eligen recordar: algunos agradecen y nombran; otros se atribuyen el logro como propio.
En ese gesto mínimo ‒nombrar o borrar‒ hay una ética.

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CUENTOS Y RELATOS – MAYO

Todo el contenido publicado en esta revista está protegido por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna para la Protección de las Obras Literarias y Artísticas, conforme a su artículo 2 y disposiciones concordantes.

Historias que se escriben solas cuando alguien se atreve a recordarlas.” E. Gormley

COLABORAN

  1. Maren Alberdi – España
  2. Magi Balsells – España
  3. María Elena Camba – Argentina
  4. Ilka Oliva Corado – Estados Unidos
  5. Inés Dagand- Argentina
  6. Elspeth Gormley – España
  7. Andrea Morini – Argentina
  8. Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  9. Graciela Reveco – Argentina
  10. Sandra B. Romeo – Argentina
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BASERRI: DONDE EMPEZÓ MI MUNDO

Maren Alberdi – España

Había un lugar donde la vida tenía otro pulso. Un latido más lento, más hondo, más antiguo. Ese lugar era el baserri.No era solo una casa: era un modo de estar en el mundo. Una forma de mirar. Una memoria que no se borra.

Dicen que el baserri es símbolo de nuestra historia, de nuestra cultura, de la manera en que entendimos la vida durante siglos. Y es verdad. Pero para mí, además, fue mi primera patria.Mi infancia transcurrió entre el mar y aquel caserío que quedaba a unos kilómetros de donde vivíamos. Entre semana, ciudad y colegio.

Los fines de semana, tierra, barro, animales, humo de leña y la voz de mi amona llamándonos a la mesa

.Ella administraba todo: la casa, la economía, el huerto, los animales, los remedios, el tiempo y hasta el silencio. Era una mujer de esas que ya no se fabrican: firme, digna, trabajadora, callada, con un amor que no hacía ruido pero lo sostenía todo.Mi amona no hablaba mucho.

Miraba, observaba y callaba. Y en ese silencio suyo había más sabiduría que en cien libros. Cuando preparaba la mesa, era como si encendiera el hogar. Colocaba los platos con una delicadeza que parecía un rito. Su voz era abrigo. Su gesto, la entrada. Y nosotros, alrededor, éramos un pequeño país que solo existía allí.

Yo, pequeñita, corría por el prado creyendo que el mundo cabía a su lado. Ponía nombres de reinas a las gallinas y les inventaba vidas pequeñas.

Las vacas me miraban con esa calma de siglos que tienen los animales que han visto pasar generaciones.

Y el campo… el campo era un libro lleno de sigilos.Las manos del caserío —las de mi amona, las de mi madre, las de mis tías— siempre estaban encendidas. Amasaban el pan. Sostenían las vidas. Preparaban ventas. Cuidaban la tierra.

Y yo aprendía, sin saberlo, el pulso que al alma se aferra. Aquel baserri fue escuela y refugio. Mi mapa y mi influjo. Mi raíz más honda.

Hoy cierro los ojos y vuelve el sonido: el crujido de la madera, el golpe del cubo contra la piedra, la risa de mis primos al correr en bicicleta, el olor a sopa recién hecha y ese aroma inconfundible de la leche recién ordeñada, mezclado con el aliento dulce de los manzanos del prado

.Y entonces aparece ella: mi amona, con su pañuelo en la cabeza, su saya y su delantal siempre limpios, y esos ojos verde oliva que no necesitaban hablar para decirlo todo.

Vuelve mi amona. Vuelve su mesa. Vuelve el caserío entero.Y entonces lo entiendo: no importa cuántos años pasen ni cuántos lugares visite.

Mi origen está allí, en ese caserío que me enseñó que la vida se sostiene con manos firmes, silencios sabios y un amor que no presume, pero nunca falla

Baserri = caserío vasco

Amoma= Abuela en euskera

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UNO DE TANTOS

Magi Balsells – España

Mientras la fina y pertinaz lluvia sigue cayendo sobre mi encorvada espalda, la cual tengo protegida con un plástico , debajo del cual mis pobre pertenecías de ropa, se estan empapando poco a poco ,  y la vez penetran suavemente hacia mi cuerpo deprimido y ajado por las circunstancias de mi triste existencia de la cual no doy culpa a nadie sino a mi solo, ya que no fueron  quizás circunstancias sino malos momento que cualquiera puede pasar y por falta de experiencia  ocurre lo que a mi en estos momento me esta pasando,

No tengo casa, vivo en los portales , o debajo los arcos de algún lugar escondido, como en este momento en que estoy en el pórtico de un templo, a resguardo de esta fastidiosa humedad, esperando que amaine este aguacero para poder ir en busca de mi sustento en una casa de caridad en la cual con muy buena fe , por lo menos un plato de sopa caliente me dan y si hay suerte  puedo conseguir alguna vianda mas, buenas personas estas monjitas, entiendo que hacen lo que pueden, pero claro mis necesidades como las de muchos como yo,  son superiores a las atenciones  que recibimos , después tendré que buscar cobijo , en algún lugar en el cual quede un poco resguardado de la frialdad de la noche, llevo mis pertenencia encima mío igual que mi casa , es de cartón, hoy tuve suerte encontré una gran caja que me permite ponerme por entero en su interior, taparme con esta vieja manta que me dieron  no recuerdo quien, ya que muchos días fue cuando ocurrió, esta sucia , pringosa, no se si huele mal, es igual , nadie vendrá a taparse con ella, solo yo y por que no tengo otra cosa ni puedo comprarla, no tengo dinero si algo recojo de alguna alma bondadosa, solo me sirve para comprar algo de pan

Y si no  esperar que cierren la panadería y me den  lo que les sobro del día, poca cosa, pero algo es para alimentar mi maltrecho cuerpo, también voy por los mercados , no ha pedir , aunque alguna vez tiendo la mano y pocos depositan algo en ella, pero si en las paradas de fruta, en ellas siempre hay piezas defectuosas o en no muy buen estado, , me hacen un pequeño paquete, con diferentes tipos de fruta, , no soy muy recatado en comerla toda , y agradecerles con mis mejores palabras la atención, a veces no hay fruta  en estas condiciones, pero siempre hay alguna cosa, me conocen y saben que con cualquier detalle me conformo por misero que sea para mi siempre es un tesoro

Tengo que dejaros  sino llegare tarde a buscar mi sopa y parece que el tiempo amaino,

 Recojo mis bártulos  y parto lo más rápido que puedo, no sea cuestión que me quede sin mi ración, aunque es poca y pobre siempre es de agradecer

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UN MENSAJE

María Elena Camba – Argentina

Patricia estaba en la oficina y decidió mirar su facebook para distenderse. Era la segunda vez que esa mujer se contactaba.. Quería comunicarse con José. El no le contestaba y al verla en todas las fotos etiquetada a su lado, decidió escribirle. Cuando legó a su casa le comentó a José. La miró sorprendido y desvió la vista. -Es una mujer loca, olvidate de ella, le dijo.
Patricia se preguntó cuánto sabía de su pareja. Lo había conocido en un curso de náutica hacía diez años. Era mucho mayor, siempre le gustaron los hombres más grandes. Había cursado la universidad en España y regresó al país ya recibido.
A pesar de su advertencia , decidió contestar el mensaje. Le preguntó a Mercedes, así se llamaba la madrileña, por qué necesitaba comunicarse con José. Miró su perfil, una linda mujer, más grande. Cerró el face y se dedicó a trabajar. Llegó tarde a casa. Su marido la estaba esperando con la cena y el malbec que tanto le gustaba. No hicieron el amor, estaba agotada.
Apagó la luz. Sonó su celular, entraba un mensaje. Tapó la pantalla del teléfono con la sábana. José dormía profundamente. Era un mensaje de Mercedes, lo leyó. José es el padre de mis cuatro hijos.
Los chicos no quieren saber nada con él pero creo que lo justo es que les deje algo a ellos. Todos estos años los mantuve como pude. Por eso quiero hablar con él

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UNA TAZA DE CAFÉ RECIÉN MOLIDO

Ilka Oliva Corado – Estados Unidos

Lena abre la bolsa y toma el que piensa que es el último pedazo de champurrada pero, para su sorpresa un puñado de pedazos más pequeños se revuelve con el pozolero. Asombrada cierra los ojos y vuelve a mirar dentro de la bolsa, aquello parece un gran guindo. Con urgencia otra vez cierra los ojos deseando que al abrirlos no encuentre de nuevo la gran hondonada, pero ahí está, inamovible, para entonces Lena ha entrado en un estado de estupor  como la primera vez que vio la tierra roja de Salamá.

Algo la sacude, su respiración cambia de ritmo y siente como ahogarse con su propia saliva, desesperada hace el esfuerzo de tragar, pero hay un nudo de sal atrancado que se desmorona cuando siente el leñazo en la nuca y de sopetón comienza a rodar en los barrancos de la memoria. Cae a culumbrón] en el sabor de las mañanas de su infancia. Ahí está de nuevo la imperdible, tan puntual e insobornable nostalgia que la lleva a lugares que están refundidos en saber qué recovecos de los años juidos

Para qué púchicas se pronuncia, poniendo el enojo de pretexto, de nuevo con sus once ovejas para no declararse culpable de extrañar. Envalentonada solita se pone al brinco exigiendo que la esculquen y todo para no decir en voz alta que, como muchas otras almas la suya también añora de cuando en cuando.  Se agarra el pelo en una cola, lista para la pelea y mete el pedazo de champurrada en la taza de café y como ya ha agarrado aviada también el pozolero de la bolsa, a gusto comienza a sopear con la cuchara.   

Un pensamiento inmoral se le cruza por la cabeza, si la vieran sus amistades de ahora sopeando champurradas en una taza de café, la negarían como unas Judas. Más aterrada aún se pregunta qué dirían si supieran que su verdadero nombre es Magdalena. 

¿Magdalena?, exclamarían en coro. Sí, como el pan, les contestaría. 

No, pero es que más Judas que ella misma no hay, es toda una doble cara de las dobles caras de la clica de las Iscariotas, le replica de nuevo ese pensamiento inmoral que aparece siempre en el momento menos esperado, como la menstruación cuando se lleva ropa de color claro.  Porque dicho está que a veces los pensamientos esos metiches la ponen en aprietos, con sus cosas inservibles como las fumadas esas de la dignidad, el respeto y otras hierbas. Cosas que solo le estorban, como las esquinas de las uñas del dedo meñique de los pies, que se ponen ahí de grandes mártires, pidiendo que no les pongan tacones apretados porque las lastiman. Já, lastimada estoy yo, exclama Magdalena en voz alta, pero al instante cierra el pico y vuelve a pensar para sus adentros, porque es mejor que nadie escuche lo que la memoria y su conciencia tienen qué decirle acerca de sus mañas de loca desquiciada. 

Por ejemplo, si ya olvidó cuando de niña, descalza, acostada en la hamaca escuchaba a las chicharras cantar mientras sopeaba su tortilla tostada con banano en su taza de café recién molido, en casa de sus abuelos mientras su mirada se perdía en la majestuosa Sierra de las Minas. 

Lena entonces vuelve en sí después del trance tan deplorable en el que la dejó el leñazo en la nuca, tira el café con la champurrada en el inodoro, agarra un yogurt del refrigerador y se va al gimnasio, donde quedó de juntarse con sus amigas para la clase de yoga e ir después a tomar jugos verdes al bar de jugos de Titi, que su nombre real es Margarita María del Carmen. 

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VIENTO QUE RECUERDAA, VIENTO QUE SOSTIENE

Inés Dagand – Argentina

Relato-testimonio

Hoy el viernes amaneció con un viento terco, de esos que parecen querer llevarse nuestros pensamientos lejos, como si supieran que a veces pesan demasiado. Y la lluvia, fuerte, insistente, cae con esa manera suya de limpiar lo feo, lo malo, lo que se nos pega sin pedir permiso.

Mientras la escucho golpear contra las ventanas, me acuerdo de cuando era joven. Mi padre salía con aquel tanque con canilla, juntaba el agua de lluvia como si fuera un tesoro. Con esa agua nos lavábamos la cabeza, y yo juraba que nunca había nada más puro. También teníamos un molino bombeador, porque él tenía quinta. Qué tiempos felices fueron aquellos. La niñez siempre vuelve cuando llueve fuerte: vuelve en olor, en imágenes, en un latido.

Y hoy, poeta, el viento no deja de soplar. Sopla tanto que parece música, una música rara, fría, que anuncia un invierno adelantado. Nos enferma con gripes que llegan antes de tiempo, sin avisar. Pero no queda otra que enfrentarlo, como se enfrenta todo lo que llega sin pedir permiso.

A veces pienso que si pudiera ser golondrina, volaría hacia donde está el calor y no conocería el invierno. Pero no, yo soy más bien calandria: la que se queda en su nido aunque azote el temporal, la que resiste, la que canta igual aunque el cielo esté gris.

Por eso te pido, Inés, mándanos un rayo de sol. Uno pequeño, uno tibio, uno que ilumine nuestras mentes con poesía. Con mar. Con campo. Con olor a hierbas recién mojadas.

Un abrazo lleno de nostalgias y sueños. De esos que no se pierden con el viento.

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EL FANTASMA QUE TEMIA A LOS RATONES

Elspeth Gormley – España

Cuando heredé una pequeña casuca en una aldea de Galicia, supe que aquel lugar sería mi refugio. La casa, rodeada de bosque y con un arroyo que cantaba entre piedras, necesitaba apenas unos arreglos. La preparé con lo justo: una cocina de gas, una nevera de hielo, un colchón nuevo, velas para la noche y un pequeño huerto. Me hice de gallinas, una cabra y un perro fiel. Vivía como una asceta feliz, escribiendo en silencio mientras el bosque respiraba a mi alrededor.

Pero algunas madrugadas escuchaba ruidos en la buhardilla: carreras, golpes, y al amanecer, un ratón muerto bajo el ventanuco. Pensé en buscar un gato, hasta que una noche vi una luz azulada moviéndose arriba. Subí sin miedo.

—¿Quién eres? —pregunté.

Una voz temblorosa respondió:

—Soy Gregorio, el carpintero de la aldea. Marché con la Santa Compaña, pero me perdí. Habito aquí hasta que otra alma venga a buscarme.

Me contó que los ruidos eran culpa de los ratones.

—Siempre me dieron miedo —confesó—. Con la fuerza de la mente levanto una escoba y los aplasto.

Le prometí traer un gato. Y así empezó nuestra amistad.

Gregorio bajó a la planta baja. Su luz solo se veía de noche; de día el sol la apagaba. Me ayudaba en todo: movía sillas para arreglarlas, regaba el huerto haciendo volar un cubo lleno de agua, ordeñaba la cabra dejando caer chorros blancos en el cubo. El perro, al principio asustado, terminó moviendo la cola cuando veía descender la luz por la escalera.

Hablábamos mucho. Le pedí que me contara sobre su tierra. Su luz brilló más fuerte mientras hablaba de castros, dólmenes, meigas y la Santa Compaña. Galicia —decía— era un territorio mágico, lleno de almas antiguas.

Llegó la Noche de San Juan y fui invitada a una queimada. La ceremonia, entre brumas, orujo ardiendo y conjuros de meigas, me dejó fascinada. A la vuelta, ya de madrugada, me detuve en una casuca para pedir agua. Una anciana vestida de negro me abrió la puerta.

—Te esperaba, rapaciña —me dijo—. Nos conocemos desde hace quinientos años. A las dos nos quemaron en la hoguera. Tú tenías un lunar en la espalda.

Me marché temblando. No creía en supersticiones, pero ¿cómo sabía lo del lunar? Al llegar a casa, Gregorio me esperaba. Le conté lo ocurrido, pero no dijo nada. Quizá él sí creía.

Una noche estalló una tormenta terrible. El viento rugía, los árboles se doblaban, los animales gritaban asustados. Me refugié bajo las mantas mientras la luz de Gregorio se quedaba a mi lado, protegiéndome. No sentí miedo.

Al amanecer, el bosque brillaba limpio. Gregorio me habló con voz suave:

—Pronto me iré. Una meiga está a punto de morir. Vendrá la Santa Compaña por su alma… y por la mía.

Me dolió despedirme. Había sido mi compañía, mi consejero, mi amigo.

Esa noche, ya casi dormida, vi por la ventana una procesión de sombras con luces blancas. Se detuvieron frente a la casa. Una de las luces se acercó a mi ventana y parpadeó suavemente.

Le dije adiós con la mano.

La procesión se internó en el bosque dejando una estela de misterio y silencio.

Mi amigo Gregorio, el fantasma que temía a los ratones, se fue para siempre.

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CAMINO DE SIRGA

Andrea MoriniArgentina

El aire sabe a tierra húmeda y a promesas rotas. El camino ese hilo gris que cose el tiempo en el paisaje— me trajo hasta aquí, a esta plaza desolada, corazón mudo de un recuerdo que ya no sé nombrar.
Pero un gigante me esperaba: el gran árbol. No es solo un testigo; es un padre vegetal de sombra vasta, un patriarca que me cobija del sol cenital, ese ojo inclemente del mediodía. Bajo su dosel, el mundo parece en pausa.
Más allá, la senda se estira: es el camino de sirga, que no fluye junto a un río de agua, sino acompañando al río de la vida. Discurre cansino, cargado de piedras como mi alma. Cada guijarro es un silencio, una herida que no cerró, el peso acumulado de las jornadas sin respuesta. A mis pies, un enigma se revuelve en el polvo: un amasijo de colores que se retuerce como un sueño febril. No reconozco su origen. ¿Es el vestigio de una alegría olvidada o la pincelada de un dolor tan antiguo que se ha vuelto abstracto? Quizás es la forma en que el recuerdo, al morir, descompone su luz en mil
fragmentos irrelevantes.
Y la distancia… es tan larga la distancia recorrida desde que partí, madre. Mi voz se alza como un susurro roto por el viento, buscando tu eco en el vacío. Esa distancia no se mide en leguas, sino en las capas de mí misma que he tenido que abandonar para seguir andando.
Recuerdo el otro lugar, el sitio de la partida. Allí, un niño jugaba con mi sombra; ella era un duplicado fiel y juguetón, una compañera sin peso. Pero aquí —lugar de troncos retorcidos, hieráticos y malheridos, en este bosque interior y simbólico—, ella ha cobrado otra voluntad. La busco, pero rehúye; sigue el camino. Se ha transformado en mi propio espectro, el futuro que me precede o mi verdad que se niega a la luz. Y el abismo de la duda se abre: ¿soy la que busca o la buscada? ¿Persigo la verdad de mi partida o soy yo misma la pieza clave que el destino intenta encontrar en este laberinto de piedras?
El agotamiento es un fango en los pies. Me siento. La tierra es fría, me llama al reposo definitivo. Pero el lugar donde me desplomo no es de descanso, sino de confinamiento: estas ruinas circulares me circundan. No son de piedra, sino los despojos de mis viejas creencias, los ciclos repetitivos del error, los muros concéntricos del miedo que siempre me devuelven al mismo punto de partida. La alegoría es brutal: estoy atrapada en mi propia historia inconclusa.
Sin embargo, en el centro de la quietud, el espíritu se tensa. Me levanto. No debo hundirme, sino trazar el mapa de mi encierro para encontrar el punto por donde debo saltar.
Madre, cae la tarde, así como el olvido. La luz final es una promesa melancólica. El crepúsculo no trae consuelo, sino la confirmación de la ley natural: lo que fue debe desvanecerse. Y el olvido no es solo la pérdida de la memoria, sino la aceptación de quién eres y la de su propia negación. Solo queda la que se levanta de las ruinas; la que, cargada de piedras y perseguida por su sombra, elige caminar un paso más, sabiendo que el camino de sirga no es para volver, sino para forjar una nueva orilla.

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CAFÉ A LA TURCA

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

Los dos hombres sentados ante las tazas con un café fuerte y excelentemente molido, lo acompañaban con unas masas dulces que eran una delicia.
—Esto se llama lokum —dijo Marcelo, chupándose los dedos—. Es exquisito.
La verdad que sí —expresó Luis—. Nunca lo había probado. Está muy bueno.
Después de un cierto tiempo en el que disfrutaron la bebida y la comida, surgió la conversación:
—¿Qué te pareció la reunión? —habló Marcelo.
—Mirá, por no ser un grupo de autoayuda, fue bastante buena, porque cada uno de nosotros explicó lo que sentía… ¿No? —comentó Luis— Aparte, sinceramente, conté cosas que no le había dicho a nadie.
—¡Sí, es cierto! Creo que pusimos nuestros sentimientos afuera —Aseveró Marcelo—. Pero tengo tanto en el debe que no sé.
—¡Y yo! —dijo Luis—. El despiole que tengo en casa…
—Sí, pero vos eso lo podés corregir.
—¿Cómo?
—En primer lugar, echás a tus cuñadas. Te quedas tranquilo con tu mujer y se acabó el tema. Tu suegra ya se fue. Es el momento justo para poner las cosas en su lugar.
—No es tan fácil —aclaró Luis—. Tengo que convencer a mi mujer.
—Y viejo… apretala, ¡o ellas o vos!
¿Y si elige ellas?
¡Adiós! Vida nueva. Asunto terminado. En cambio, yo, te repito, tengo tanto en el debe.
—¿Qué tenés? Algún despelote de faldas, algún vuelto que te quedó en el camino…
—No, flaco, hay cosas que hice que son jodidas —dijo Marcelo en voz baja.
—¿Tan jodidas?
—No sé por qué te cuento esto porque no nos conocemos, pero… me llevé puesto a un tipo y una mina. Lo que más siento es la mujer. Me vio y no pude dejarla viva.
Luis se quedó mudo. No sabía qué decir.
Empezó a pensar que estaba pisando terreno minado y cambió radicalmente el ángulo de la conversación:
—¿Viste a Sakura, la mina de minifalda jean y medias negras y rojas? La verdad, me encantó.
—Sí —dijo Marcelo—. Muy sugestiva. Me hizo acordar a la mina que limpié.
Luis tragó saliva, apuró el café y se despidió con la excusa de que tenía que conversar con su mujer.
Marcelo se quedó pensativo mirando la borra en la taza. Había hablado demasiado.
Quince días después se reunieron nuevamente de acuerdo a lo acordado.
El único que faltó fue Luis.

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REALIDAD DE LA FICCIÓN

Graciela Reveco – Argentina

¿Cuál es la forma?
Los dedos endurecidos. La mirada de vidrio, roto, sin lágrimas. La costumbre estalla de algún modo. Arranco de la pantalla del computador el crudo anuncio de la página de un matutino de mi país y escojo la página en blanco del Word.
Debo masajear mis dedos para moverlos, como si quisieran abordar la caricia del piano, pero es otro el teclado, lo sé. A veces, frente al paisaje más auténtico la magia se pierde. El cielo, el mar, los coqueros y las palmeras, la ancha Avenida inundada de almas que transitan con… ¿evidente bienestar? Lo beben, lo tragan como un salvoconducto de domingo, de caluroso placer, de arena y viento. Y frente a mis ojos el vacío de la hoja, que no es más que el abismo de lo incomprensible, y brama del otro lado, en el silencio de las anchas playas de Aracajú, capital de Sergipe, pequeño y paradisíaco estado de Brasil. Cuál es la forma, me pregunto, después de leer el matutino.
A mis ojos llega un temerario círculo negro. Lo conforman cuatro policías apostados estratégicamente en una esquina de la Avenida Santos Dumont, de Atalaya. Sostienen un arma pesada. La mirada sobre un punto cardinal. Cada tanto, en el camino, se dibuja ese mismo círculo y la gente no lo advierte, o lo ignora, pero sabe que allí está, sin ruidos y a la espera.
Mi notebook, de espaldas al paisaje de la cálida Orla, de la mansa tesitura del mar y del cielo, ilumina la hoja del Word que también aguarda. Entonces, la magia se rompe.
El círculo negro se mueve muy rápido. El joven de la moto debe detenerse; obligado. Los delincuentes asolan en todos los rincones de los mapas humanos.
El chico se quita el casco y me mira a lo lejos, sé que me mira, mientras dos policías lo esposan, lo revisan minuciosamente: sus ropas, la moto, papeles, todo en una fracción de segundos, con la menor brusquedad; el tercero busca
antecedentes en la memoria virtual; el cuarto vigila. Todo en cámara lenta, y el corazón galopa como un caballo. Lo siento. Y él me mira, a mí, no a ellos. Mis dedos se mueven desolados. No sé cuál fue la sospecha para detenerlo como si
fuera un delincuente. Tal vez su aspecto, tal vez solo el inconsciente buscando la ruptura de la magia. Y con la misma parsimonia, segura, negra, le quitan las esposas, le acomodan las ropas y le devuelven los papeles. Los cuatro
uniformados se retiran satisfechos para conformar de nuevo el círculo negro. Sé que el joven motoquero aún tiembla con el casco en la mano. Antes de colocarlo en su cabeza vuelve a mirarme, estoy cerca, del otro lado de la Avenida, en el
balcón de mi cuarto, frente al mar, los dedos sobre un teclado que no es de piano y emite un sonido indescriptible. Él me pregunta en silencio; sabe que el ruido de la seguridad con que transita la gente no me permitirá escucharlo.
Adivino.

-¿Você que olha? ¿Que escreve? -grita la mirada, no entiende qué miro o qué escribo.
Estremecida hasta el último cabello suelto las palabras del texto. La notebook calla, pero quiero decirlo, aunque no sea cierto. -Ficção -respondo, pero ya me da la espalda; sabe que miento.
La moto brama después de la patada y se lo lleva lejos. Y entonces dudo; la realidad es otra.
-¿Ficción? -repito en voz alta, y en español. Y lo escribo en la página del Word con los dedos quebrados, al inicio, sin deseos de llegar a la infinita tristeza de mi punto final argentino, por aquel crudo anuncio en un diario de mi país: Violenta golpiza a un “motochorro” que intentó robarle la cartera a una mujer en pleno centro. Otra vez la gente haciendo justicia “por mano propia”. Entonces… ¿Cuál es la forma?

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COMPAÑERAS DE VIAJE

Sandra B. Romeo – Argentina

Sin luces ni sombras en su mirada, la anciana estaba parada en el andén de la estación, inmóvil entre la marea de gente.
Semejaba un árbol reseco esperando el hachazo final.
Quizá fue esto lo que llamó la atención de Ángela. Y eso que ella no era afecta a iniciar relaciones con personas desconocidas.
Se acercó a la vieja despacio, aprovechando los huecos que dejaban los pasajeros apretujados sobre la plataforma.
La tomó con cuidado del brazo con temor a que se le deshiciera en las manos y la despegó unos pasos del bloque humano.
Se sintió mirada, y en esa mirada, espejo a futuro, se vio.
Tuvo miedo.
Aun así ayudó a la viejita a subirse al tren y conseguir un asiento en los vagones atestados. Dio media vuelta para marcharse pero la voz cascada de una historia la atrapó.
—Sí —dijo la otra—, estoy sola en el mundo y soy vieja. Piensan que no lo sé, que no me doy cuenta o que soy tan estúpida como para no verlo. Sin embargo no siempre fue así. Sé de la familia, del amor y del abrazo. Sé del abandono.
Ángela se hizo un lugar a su lado dispuesta a escuchar.
Las manos huesudas de la anciana dibujaban signos en el aire y su mirada legañosa la enfocó al tiempo que le decía:
—Todo se remite a la confianza, querida. Cuando una confía nunca está sola. Cuando una confía, vive.
La joven ahuecó sus brazos y la contuvo. Con el traqueteo del tren y la cadencia de su monólogo la viejita se fue quedando dormida, no sin antes depositar a Ángela en la contemplación de su propio pasado.

Recordó.

El amor con Eduardo. La pasión que los condenaba a una vida apartada. La familia hinchando su vientre, bebiendo su tiempo así como su sangre.
Los engaños. Otras que nunca serían ella. Solo pasajeras sin ancla ni destino en la vida de él.
Pero otras al fin. la soledad que se coagulaba en horas de espanto durante el día y la asfixiaba durante la noche al punto de sentirse expulsada del tiempo.
Despacio, muy despacio, se deshizo del abrazo a su compañera de viaje acomodándole la cabeza con cuidado sobre el asiento de cuerina verde.
No sabía dónde estaba, pero sí sabía que debía bajarse de ese tren que era su vida. La otra, pajarillo breve en el inmenso vagón, seguramente viajaría hacia el final.
Se paró con lentitud dirigiéndole a la viajera una última mirada de cómplice agradecimiento.

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MICRORRELATOS – MAYO

.Todo el contenido publicado en esta revista está protegido por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna para la Protección de las Obras Literarias y Artísticas, conforme a su artículo 2 y disposiciones concordantes.

Microrrelatos

“Microrrelatos: donde lo pequeño se vuelve inmenso.” Maren Alberdi

COLABORAN

  1. Maren Alberdi – España
  2. Elspeth Gormley – España
  3. Nuri Montenegro – Ecuador
  4. Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  5. Sarah Petrone – Argentina
  6. Juan José Qulena – España
  7. Sandra B. Romeo – Argentina
  8. Santiago Ruiz de Alda – España
  9. María Rosa Rzepka – Argentina
  10. Yanni Tugores – Uruguay
  11. Ana Unhold – Argentina

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LA CUCHARILLA

Maren Alberdi – España

Encontró la cucharilla al fondo del cajón, oxidada en las esquinas, como si el tiempo también la hubiera probado. La sostuvo entre los dedos y, de pronto, la cocina se llenó del olor del café de su amona, espeso y dulce, servido siempre antes de que amaneciera del todo.

Recordó las manos firmes de aquella mujer que sostenía la casa sin decirlo, que hablaba poco pero miraba hondo. Maren cerró los ojos un instante. A veces basta un objeto mínimo para que regresen todas las mujeres que nos hicieron posibles.

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TURNO NOCTURNO

Elspeth Gormley – España

Cuando la ciudad se apaga, ella enciende la lámpara. La luz es un hilo, pero suficiente para que las palabras despierten, inquietas, como si solo la noche les diera permiso para existir.

Ella escribe sin prisa, dejando que la página respire, que los pensamientos se acomoden, que los fantasmas digan lo suyo. El turno nocturno no es un horario: es un pacto. Mientras el mundo duerme, ella sostiene el suyo con tinta. Al amanecer, cierra el cuaderno. Nadie lo sabe, pero esa frase torpe ha salvado algo que no sabría nombrar.

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RELATO DE LA GRATITUD.

Nuri Montenegro – Ecuador

Ella miró por la ventana: eran las 17:57. Observó la luna clara y resplandeciente y susurró: “Es luna llena”.

Entonces recordó a su amor, aquellas noches en que ambos la contemplaban y el ambiente se llenaba de ternura. Sonrió con nostalgia y sintió gratitud; agradeció a Dios por haber puesto la luna en cada uno de sus encuentros, como un
puente silencioso entre sus corazones. Comprendió que, en la distancia, la luna seguía siendo su puerta de unión, el testigo fiel de un amor que no se apaga, que resiste el tiempo y siempre encuentra la forma de sentirse cerca.

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EL LECTOR CÓMPLICE

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

Se detuvo por completo, callado, absurdamente quieto.
No sabía por qué, pero fue instintivo. Podía haber sido el susurrar de las hojas pasadas una a una, el olor característico del viejo papel, la angustia y la desesperación de la narración que estaba leyendo…
Lo cierto es que allí estaba, con su corazón latiendo en forma tremenda.
¡Y entonces lo comprendió! Fue como un rayo devastador iluminando la noche más oscura. Él no era un lector más, era… el “lector cómplice”.

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 MINI CLASE DE MICROCUENTO EN CINCO PASOS

Sarah Petrone – Argentina

          —Para hacer un microcuento hacen falta cinco cosas, a saber: Mucho «ingenio». Gran «talento». Que las «musas» te convoquen. Y por sobre todo, poner «sintéticamente» de un modo   «Elocuencia», algo de chispa en cada pequeña historia, dejando que la loca mente vuele libre y que rebote en un remate perfecto que ponga fin, donde toca.

          —Profe… Lo siento si eso es así. Por más que mi testa rompa, son cosas que dentro de mí debieran estar, pero se borran.                                                

(Solo quise arrancarles una sonrisa. Perdón si no lo logré)

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AUTORRETRATO

Sarah Petrone – Argentina

El viejo pintor vio plasmado en él, el perfecto claro-oscuro de su tiempo.

Su imagen reflejada desde el otro lado, sin misterios, le puso un tinte de dolor en la mirada.

Cerró los ojos… Y cubrió el espejo con un lienzo.

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LA VÍA

Juan José Qulena – España

La vía se extendía como una cicatriz brillante bajo el amanecer. Ella avanzó despacio, escuchando el crujido del metal, como si la tierra le hablara en un idioma antiguo. No esperaba tren alguno; hacía tiempo que dejó de esperar salvaciones externas. Solo quería sentir el temblor del mundo bajo sus pies. Cuando el viento cambió de dirección, comprendió que no era un aviso, sino una invitación. Siguió caminando. La vía no llevaba a ninguna parte conocida, pero por primera vez en años, no le importó.

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LETRA MUERTA

Sandra B Romeo – Argentina

La mano, enjoyada y cuidada, colgaba laxa del brazo del sillón de pana.

La luz giró dentro del amplio salón amarrando sombras acá, despejando espacios oscuros
allá.

La tormenta arreció, sin embargo, los truenos la inquietaron solo un poco más que los
recuerdos. Las brumas de la tarde parecían cargar de una oscuridad perenne su rostro.

El látigo del último relámpago la encontró sosteniendo su cabeza sacudida por sollozos
apagados.

Las ráfagas de viento descifraban, en vano ya, la carta recibida por ella esa mañana
antigua.

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LA VIDA

Santiago Ruiz de Alda España

La vida no avisó cuando cambió de rumbo. Simplemente giró, como una hoja empujada por un viento que nadie vio venir. Ella intentó agarrarse a lo conocido, pero los dedos se le llenaron de aire. Entonces entendió que vivir no era sostener, sino soltar a tiempo. Caminó hacia adelante, sin mapa, sin garantías. Y en ese vacío inesperado, descubrió algo parecido a la paz: la certeza de que, mientras siguiera moviéndose, la vida también lo haría.

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CABEZA DURA

María Rosa Rzepka – Argentina

Prudencio salió de pesca.
Caminó hasta ver el río. Sentado sobre una piedra, abrió el bolso. La carnada,
había olvidado en la casa.
Dijo mil malas palabras.
Una rana se escondió en aquella bolsa, antes de que él la arrojara.
Prudencio por imprudente se levantó. Rezongaba. Movió su asiento de piedra,
de lombrices ni la traza.
Soltó violenta patada. Rodó la piedra hacia el río. La imprudencia que mal
paga, hizo que el pie de Prudencio aplastado se encontrara.
A su casa regresó sin pescar y sin carnada. Rengueando, la bolsa al hombro.
De polizonte, la rana.

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MEMORIAS

Yanni Tugores – Uruguay

Si el ayer susurrara algún perdón o el presente algún eco del pasado o el
destino tejiera un buen comienzo y no fuese tan solo otro fracaso. Entonces
volvería a renacer a vivir sin ningún tipo de cambio. Es que fui muy feliz, feliz y
plena con todo lo que tuve y lo que he amado. Hoy viajo con brújula del alma,
navego prudente siguiendo mi destino paso a paso. El viento arrastra mi
velamen a los confines de nuevos mares, pero sigo aferrada a mis memorias,
memorias de un tiempo muy lejano.

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DORADO

Ana Unhold – Argentina

Siesta borrascosa en Bogotá. Rostros apremiados en las calles.
Ajeno al ajetreo, vestido apenas con un taparrabo y adornos de indígena, orgulloso camina
el artista callejero. Cubierto con pintura dorada, que aumenta su brillo a la luz de los relámpagos.
Se descuelga el impiadoso aguacero. Impasible continúa su marcha.
Sigo el torrente de agua dorada que se escurre. El Dorado se diluye por las alcantarillas.

CUENTOS Y RELATOS – ABRIL

Nota editorial: Todos los contenidos están protegidos por la legislación española de Propiedad Intelectual y por los derechos de sus autores. Se permite la difusión del contenido siempre que se mencione la autoría o la página.

Cuentos-y-relatos

“Cada historia es un latido que encuentra su lugar.”

COLABORAN…

Alberdi, Maren – España
Balsells, Magi – España
Carciofetti, Libia Beatriz – Argentina
Fontana, Luz – Italia/España
González Saavedra – Argentina
Gormley, Elspeth – España
Hoyos Forero, Jaime – Colombia
Morini, Andrea – Argentina
Pérez de Villarreal, Carlos – Argentina
Rotela, Walter H. – Uruguay
Yuste, Emiliano F. – España

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LA PANTALLA QUE RESPIRABA

Alberdi Maren — España

A Aurelia siempre le había parecido que las pantallas respiraban. No sabía explicarlo bien, pero cada vez que su nieta encendía el móvil, aquello se iluminaba como un pecho que toma aire. A Aurelia, que apenas había ido a la escuela y que aprendió a escribir su nombre a los cuarenta, aquello le parecía casi magia.

Vivía sola desde hacía años, en un piso pequeño donde el reloj de pared marcaba el ritmo de los días. La televisión era su compañía, pero últimamente también le hablaban de cosas que no entendía: códigos QR, aplicaciones, videollamadas, contraseñas que había que cambiar cada dos por tres. “El mundo va muy deprisa”, murmuraba mientras calentaba el café.

Un martes, su vecina del quinto —una chica colombiana con una risa que llenaba la escalera— le tocó la puerta.

—Doña Aurelia, ¿quiere que le enseñe a hacer videollamadas? Así habla con su hijo cuando quiera.

Aurelia dudó. Le daba vergüenza no saber. Le daba miedo tocar algo y romperlo. Pero la risa de la muchacha era tan luminosa que dijo que sí.

Se sentaron juntas en la mesa de la cocina. La chica le explicó despacio, sin prisa, como si estuviera enseñándole a tejer un punto nuevo. Aurelia miraba la pantalla como quien mira un animal desconocido: con respeto, con cautela, con un poco de cariño.

—Mire, aquí aprieta… y aquí aparece su hijo.

Y apareció. Su hijo, desde Alemania, con la barba más larga y los ojos más cansados. Aurelia sintió que el corazón se le subía a la garganta.

—Mamá… —dijo él, sorprendido—. ¿Tú… tú hiciste esto?

Ella no sabía qué contestar. Solo sonrió, tímida, orgullosa, como una niña que muestra su primer dibujo.

Después de colgar, Aurelia se quedó mirando el móvil apagado. Ya no le parecía un animal extraño. Ni una máquina que respiraba. Le parecía una puerta. Una puerta que, por primera vez, podía abrir sola.

Esa noche, mientras la luna se colaba por la ventana, Aurelia pensó que aprender no era cosa de jóvenes. Era cosa de valientes. Y que, aunque el mundo corriera demasiado, ella aún podía caminarlo a su ritmo, con pasos pequeños pero firmes.

Porque la tecnología no la hacía menos. La hacía más acompañada.

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VIEJO ROBLE

Balsells Magi — España

Por una suave brisa en este día caluroso, ha llegado hasta mí una bella estampa de estos humildes y simpáticos seres como son las mariposas

Soy un árbol  ya con muchos años, lo que me ha permitido disfrutar durante décadas  de la hermosura  de estos frágiles y hermosos insectos

Hoy recuerdo con cariño mi brote de la madre tierra y solo al aparecer ya vinieron a saludarme, posándose en mis incipientes ramas  que se doblegaban aun por su escaso peso

Siempre han anidado entre mis ramas,  y las hojas han sido sus hermanas  que las han alimentado y protegido de los enemigos naturales y de las inclemencias del tiempo

Algunas en mi resquebrajada corteza por los fenómenos de la naturaleza también se han anidado, dando una sensación de colorido muy especial

Cuando elevan el vuelo, es como si el arco iris se aposentara  en todos los lugares, es una hermosa visión, que muchos poetas han querido pintar pero nunca han conseguido la belleza que ellas impregnan en el espacio

No puedo soñar como tu querida mariposa, ya que no es una de mis condiciones, tampoco puedo volar ya que alas no tengo, pero si puedo disfrutar de la alegría de tu presencia

Cuando ellas se elevan al cielo, se realiza una explosión de colores y vuelven es para darme a conocer bellezas que sus ojos ven

Cuando aparecen los primeros fríos, se van marchando, ha finalizado su vida, dejan a sus queridas hermanas las hojas que también mustias van perdiendo su color, ellas también abandonan las ramas  como si quisieran acompañarlas en su último viaje

Pero para mi deleite, se que siempre volveré a disfrutar de su hermosa compañía en primavera

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PASEO SON SOBRINOS Y NIETOS

Carciofetti Libia — Argentina

Decidimos ese sábado —no hace ni un mes— con Ariel llevar a sus nietos, mis sobrinos, a Villa Carlos Paz. Nos tocó un día espectacular. Fuimos por el camino más apasionante, bordeando montañas y ríos.

Los sobrinos y nietos ni se enteraron por dónde iban: celulares, jueguitos y auriculares con una música que ni Ariel ni yo entendíamos.

A los pocos minutos de subir al auto comenzó el show del “¡Tengo hambre!”. No habían querido almorzar porque la comida preparada con tanto esmero por su abuela “no les había gustado”.

Así que, al apearse para la excursión aventura, quedó bien en claro: —¿No les gustó la comida? —Bueno, vayan sabiendo que hasta la hora de merendar no van a comer nada. Al que no le guste la idea… ¡se baja!

Mutis por el foro y partimos. Un paisaje de novela. Hicimos varias paradas para tomar fotos.

—Mirá, tía, ahí venden queso y salame… allá pan casero… y más allá… ¡más allá nadaaaa! —les dijo el abuelo.

—Son las tres de la tarde, no es hora de merendar —agregué—. Además vamos a subir a la aerosilla, y a la tía la van a embromar con que quieren vomitar, porque se tira de la aerosilla. A ella le da impresión.

—Ehhhh, ¡no es para tanto! —dice Catalina. —Sí lo es —le contesto—. Me impresiona.

Catalina iba conmigo y no había forma de sujetarla. —No me agarres a mí, porque yo sé patinar y nadie me agarra. —Pero patinar no tiene nada que ver con la altura, Cata. —También voy en avión sola yo… —Bueno, mija, que Dios la ampare… y a mí también.

Subimos y bajamos de la aerosilla, que le costó al abuelo 500$ los mayores y 300$ los menores. —¡Un robo! —¡No es para tanto! —otra vez la Cata. Pero bueno… las aventuras cuestan. Ver desde esa altura es como haberse convertido en pájaro y sobrevolar la Villa tan hermosa.

—¿A dónde quieren ir ahora? En coro: “¡A la Casa de Casper!”, el fantasmita que desafía la ley de la gravedad.

Ariel me dice: —Yo no voy a entrar. Voy a comprar la merienda y nos vamos al lado del río. —Ehhh, ¡queremos comer! —dice Santino. —A eso voy… a comprar la merienda. —¿No vamos a merendar al restaurante? —¿Qué restaurante? Vamos al lado del río. Aquí es una fortuna sentarse en un restaurante. —¿Todo es caro? —Para ustedes, sí. —Mi papi siempre me lleva a restaurantes y nos deja pedir lo que queremos… Le hago seña de que cierre la boca porque el abuelo ya estaba levantando presión.

La entrada a la Casa del Fantasmita: 300$ per cápita.

Esperamos que se formara el grupo. Cuando ya éramos unas quince personas, la chica que nos guiaba advirtió: —Sugiero que quien tenga claustrofobia no entre. Ustedes mismos tienen que encontrar la salida al laberinto. Los pasillos son resbaladizos y no se ve nada.

Ni me acordaba de que en mi viaje de bodas había entrado con mi amor, por eso no sentía la misma seguridad que mis sobrinos.

Avril, Santino y Catalina, entre todos los grandes, perdidos en el laberinto de puertas, encontraron la entrada a la casa tétrica de Casper. Yo estaba más perdida que turco en la neblina, pero me consolé enseguida porque un muchacho que estaba al lado mío, cuando le dije “pasá adelante así te sigo”, me respondió: —Noooo, yo te sigo a vos, no veo nada.

Mis sobrinos, encolumnados, nos guiaban. Una señora resbaló y cayó, otra estaba mareada, y yo no veía la hora de que terminara esta odisea. Pero quedé fascinada con la historia (búsquenla en Google, vale la pena). Nunca imaginé cómo se puede desafiar la ley de la gravedad.

En un tramo antes de la salida me pegué una patinada que casi llego a Córdoba de regreso. Cuando me vio Santino, en vez de darme la mano, me dijo delante de todos: —¡Sos una maricona, tía! ¿Cómo te vas a resbalar así? No te traemos más.

Así que ellos me llevaban a mí… y yo sin saberlo. Me causó tanta gracia que casi podría decir que con altura casi me voy en aguas.

AL FIN se hizo la luz y pudimos salir airosos, aunque mi compañero boquense y yo quedamos “contracturados”.

Afuera nos esperaba el abuelo con una suculenta bandeja de sándwiches de miga, una bolsa de facturas rellenas espectaculares y aguas saborizadas. Abarajaron todo como si fuera la última vez que iban a comer.

—¡Qué río ni río! —dijo Santi—. ¡Yo no doy más de hambre! Así que ahí nomás, en plena calle, dentro de la camioneta, comimos todo.

Luego esperamos al Cucú a las 19 hs y regresamos chochos de la vida, por haber disfrutado de un paseo que ni ellos ni nosotros olvidaremos.

—Sí, pero nos faltó ir a la pileta debajo de la aerosilla —dice Santi. —Como te hubiera dicho el tío Miguel: “Mañana a la tarde… pero por la noche”.

Y al baño todos, porque yo no paro más, ¿eh? Como una tromba bajaron antes de salir a la ruta, en la estación de servicio.

—¿No vamos a tomar un helado? (Por lo bajo me dice Ariel: “Son una máquina de pedir… insaciables”). —¿En la ruta no hay heladerías, abuelo? —Ayyyy, Santi, ¿cómo va a haber en la ruta? —¿Y si nos volvemos? —Bueno, el año que viene volvemos, ¿querés?

Así que les recomiendo el paseo con sobrinos y nietos, munidos de bolsillos con plata y toda la paciencia del mundo. Porque los chicos son como las criaturas, diría mi hermana: lo mejor de nuestra vida… pero no se cansan de pedir.

—Las pulseras de colores se las debo, chicos, porque no se puede estacionar en el centro. —Ehhhh, tíaaaa, daleeee.

—¿Cómo me porté? —pregunta Catalina. —¡Pésimo! —le digo. —Ehhhh, ¡no es para tanto! Y al ratito se durmió. Los tres, unos santos. LOS AMOOOO. Y con el abuelo disfrutamos del paseo y la estadía.

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EL RUMOR DE LAS TÚNICAS

Fontana Luz — Italia/España

La Semana Santa siempre llegaba a su calle como un murmullo antiguo. No era cuestión de fe —al menos no para ella— sino de memoria. De una memoria que no había vivido, pero que la rozaba cada año como un pañuelo húmedo.

Esa tarde, Luz salió al balcón cuando escuchó el primer redoble. El aire olía a cera tibia y a azahar, una mezcla que solo existía en esos días, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo. Desde arriba, veía a la gente reunirse en silencio, cada uno con su historia, su duelo, su esperanza.

Lo que más le impresionaba no eran los pasos, ni las imágenes, ni siquiera la solemnidad. Era el ritmo de las túnicas. Ese vaivén lento, casi hipnótico, que parecía mover el mundo un milímetro hacia dentro. Como si cada penitente cargara no un símbolo, sino una vida entera.

Luz observaba y pensaba que la Semana Santa tenía algo de espejo. No mostraba lo que uno era, sino lo que uno evitaba mirar. El cansancio, la fragilidad, la necesidad de sostenerse en algo —aunque fuera en un tambor que marcaba el compás de los pasos.

Un niño pequeño, sentado en los hombros de su padre, señalaba las velas con los ojos muy abiertos. Luz sonrió. Para él, aquello era un desfile misterioso. Para los mayores, quizá un consuelo. Para ella, un recordatorio de que incluso en la oscuridad hay un orden secreto, una luz que no se apaga del todo.

Cuando la procesión dobló la esquina y el sonido se fue apagando, Luz se quedó un momento más en el balcón. El aire seguía oliendo a cera. Y en ese olor encontró algo parecido a la calma.

No era creyente. No necesitaba serlo. Bastaba con sentir que, por un instante, todo el pueblo respiraba al mismo ritmo.

Y eso, pensó, también era una forma de milagro.

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DE POSTRE, DURAZNOS

González Saavedra Carlos — Argentina

Corría el año 1960 y a papa lo ascendieron.Significaba una sustancial mejora económica.
Casi de pincha papeles a la teneduría de libros; su jefe contador, había sido promovido, a la gerencia
El frigorífico “LA NEGRA” estaba en Avellaneda y era unos de los primeros y más modernos de la época.No era fácil progresar en esas empresas, ya que sus dueños, ingleses, eran sumamente exigentes con sus empleados.
Debía estar todo en absoluto orden, para enviar los reportes a Inglaterra.


Papa para eso era un genio, aparte mis tíos trabajaban en el correo en despacho al exterior, de manera que las cartas salían y llegaban con una rapidez inusual, lo cual había merecido, tanto el jefe como papa felicitaciones varias.
Mamá estaba contenta, mi hermana y yo sabíamos que algo bueno y nuevo estaba pasando.
En un almuerzo familiar, mis padres anuncian que han invitado al promovido gerente, a almorzar en casa, a modo de festejo por los ascensos.


Debíamos portarnos bien en la mesa.
No apoyar los codos, esperar que mama sirva, cruzar las manos y mantenerse a una cuarta de la mesa, cosa que papa se ocupaba una semana antes del evento, de medir con su mano si estábamos bien.
Por supuesto la casa debía estar impecable para ese domingo y debíamos colaborar.
Enceramos los pisos, lavamos el patio esa mañana.Estaba todo reluciente.
Mi hermana con un vestidito muy lindo y yo con pantalón corto y camisa al tono.
Impecables los cuatro.


El contador Enrique Talent había dicho que tomaba el tren en Constitución de las 11.10hs y estaría llegando a las 11.50hs.a Rafael Calzada. Papa lo iría a buscar a la estación.
La mesa con mantel y flores, daban un toque muy calido, a la visita.
Cuando faltaban unos minutos para ir a buscar al contador, un grito de desesperanza de mama anuncia….
Carlos me olvide el postre!!!Porque no compras en el anden de la estación, una lata de duraznos al natural, en esa frutería que abrieron nueva, de paredes de chapa amarillas.


Papa sin mucho que solucionar, asintió con la cabeza y allá fue.Domingo al mediodía no había muchas alternativas, estaba todo cerrado, tampoco había tiempo para salir a buscar nada.
Llego 11.50hs. Justo cuando bajaban todos, entre ellos Talent, que entre sus manos traía unos ramos de flores para mama y una lata de duraznos en almíbar comprados en Constitución.
Ante el recibimiento, papa no dijo palabras, se sintió agraciado por los presentes ya que de algún bolsillo termino sacando caramelos para mi hermana y para mí.


Enrique Talent era una persona muy humana, de mirada y apariencia triste.Iluminaba su expresión con una sonrisa y encendidos ojos celestes., algo mayor, soltero y con ganas de mucho afecto, papa lo estimaba mucho.
Todo se desarrollo en absoluta normalidad, almorzamos muy rico.A los postres, mama había preparado en una fuente de

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LA CASA DE LOS ACENTOS

Gormley Elspeth — España

La primera vez que Elena escuchó a su vecina rusa cantar mientras tendía la ropa, pensó que aquello no era una canción, sino un rezo antiguo. No entendía una sola palabra, pero la melodía le abrió una grieta dulce en el pecho, como si alguien hubiese empujado una ventana que llevaba años atascada.

En su edificio convivían acentos como quien convive con plantas: cada uno con su forma de crecer, de ocupar el aire, de pedir luz. Los niños marroquíes jugaban en el portal mezclando árabe y español sin darse cuenta, como si ambos idiomas fueran dos colores que siempre habían pertenecido a la misma paleta. La señora alemana del tercero bajaba cada mañana con su pan de centeno envuelto en un paño bordado, y al cruzarse con Elena le regalaba un “Guten Morgen” que sonaba a madera limpia.

A Elena le gustaba pensar que el edificio era una especie de orquesta desordenada. A veces desafinada, sí, pero siempre viva. Había aprendido que convivir con otras culturas no era un acto de tolerancia, sino de descubrimiento: descubrir que el té puede ser un ritual, que el silencio también es una forma de cariño, que una receta compartida puede curar un mal día.

Una tarde, mientras preparaba café, escuchó golpes en la puerta. Era Ahmed, el chico del cuarto, con una bandeja de dulces recién hechos. “Ramadán”, dijo sonriendo. Elena no sabía qué responder, así que simplemente abrió la puerta de par en par. Él entró, dejó los dulces en la mesa y, sin pedir permiso, empezó a contarle cómo su abuela los hacía en Casablanca.

Y entonces Elena lo entendió: convivir con otras culturas no te cambia de golpe, te cambia por dentro, como una luz que se enciende sin hacer ruido. Te ensancha. Te vuelve más humana.

Aquella noche, mientras probaba los dulces, pensó que su edificio era, en realidad, una casa de acentos. Y que cada acento, cada gesto, cada historia, era una forma distinta de decir “aquí estoy”, “aquí vivimos”, “aquí nos hacemos compañía”.

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SOBRE DON QUIJOTE

Hoyos Forero Jaime — Colombia

Él me ha dicho: 

-Las mujeres, Jaime amigo, son ángeles, y por eso hay que amarlas y ese amor es ante todo un ejercicio del alma.-

Como veis, las palabras anteriores no están en el Quijote. Me las ha dicho él, al oído, porque don Quijote  -para quienes lo amamos-  vive en este y en todos los siglos y  nos acompaña siempre  -igual que el ángel de la guarda- y nos habla en el bus, en el coche, en la calle, en el silencio de la noche o en el tumulto de la urbe. No os extrañéis, pues, cuando me veáis a solas moviendo los labios…Es que estoy, seguramente, dialogando con don Quijote; y si veis que levanto la vista es, simplemente, porque mi invisible amigo va cabalgando a Rocinante.

Os invito, queridos amigos, y esto no lo hago por mí, sino cumpliendo una orden secreta de don Quijote,  que a partir de hoy os contagiéis de su locura:  Veréis cómo os sentiréis, y espero que para siempre, acompañados de mi señor don Quijote y seréis felices enmendando entuertos y exigiendo justicia sin que os importe tropezar  y caer entre las aspas de los molinos. Entonces sentiréis que don Quijote acudirá en vuestro auxilio y sabréis que él no ha muerto, que no es un libro solamente, una novela, sino un hombre vivo, un padre, un loco y un amigo.

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EL ESCRIBIENTE

Morini Andrea — Argentina

Germán lleva días sepultado en su desván. Ese cubículo asfixiante, saturado de lomos de cuero y papel, ha dejado de ser su refugio para convertirse en su celda. Le agrada —o quizá ya solo soporta— el olor rancio de los volúmenes que trepan por las paredes, del suelo al techo, como una hiedra de celulosa que amenaza con devorar el único ventanuco que da a la calle. Desde niño imaginaba que de esas páginas brotaban historias; ahora, sospecha que son esas mismas historias las que lo están entretejiendo a él.

Sabe que el tiempo se le escapa entre los dedos, como arena que huye desesperada de vuelta al mar. El fin avanza, lento e inexorable; no es momento de flaquear. Se ha propuesto parir la historia más maravillosa jamás contada. Ha conjurado a las musas en su beneficio y, al parecer, estas le han concedido el don, aunque el precio sea su propia carne.

Los pensamientos brotan con una violencia febril, llenando folios y folios. Esta vez, la s ideas no son volátiles; son garras que arrastran sus dedos hacia el papel. Su figura, envarada y macilenta, emerge entre el cúmulo de folios apilados como el cadáver de un náufrago en un mar de tinta.

No come. No bebe. Su hambre es de letras, una bulimia creativa que ha devorado cualquier otro instinto. Ha prometido terminar y el pacto es sagrado. El mensajero debe entregar la revelación; ese fue el trato con Calíope, una deidad que ahora se le antoja hambrienta, esperando el pregón del numen con una ansiedad que roza lo perverso.

Siente que avanza por una ciénaga espesa que se enrosca en sus vísceras y atrapa sus extremidades. El aire en el desván es denso, casi sólido. Crear es su pasión, pero ahora el llamado exige su ser entero, átomo por átomo. El final se aproxima; lo presiente en el crujir de sus propios huesos, en la arritmia de un corazón que ya no le pertenece.

Un vértigo agónico lo embarga al desgranar los últimos párrafos. Mientras los misterios se develan en el papel, su mente parece astillarse. Finalmente, cuando las últimas letras caen con el susurro siniestro de hojas secas, sabe que la tarea ha terminado. La musa estará satisfecha; el escribiente ha cumplido.

Entonces, en el preciso instante de estampar el punto final, Germán siente que el papel comienza a succionarlo. No hay alivio, solo una disolución aterradora. Su cuerpo se desvanece, diluyéndose en el objeto de su deseo, arrastrado por un goce oscuro hacia el abismo de lo ignoto.

Ya no queda hombre, solo tinta.

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EL RELOJ DE ARENA

Pérez de Villarreal Carlos — Argentina


Las uñas pintadas de rojo fuego eran perfectas. Modelaban los dedos finos, delicados, de las manos de la mujer.
En la mesa reposaban solo tres objetos: una Beretta 9 mm, un celular y un reloj de arena.
La mano de mujer tomaba el reloj exactamente cada dos minutos y lo daba vuelta.
Lo había contado ya tres veces: 1001, 1002, 1003… El seco golpe sobre la mesa me turbaba.
Sentado en una silla rústica, con mis manos atadas en la espalda, sentía mi cuerpo retorcerse de dolor. El energúmeno golpeaba tres veces: arriba, al medio y abajo.
Cabeza, pecho y estómago.
No con mucha fuerza, para no lastimarme demasiado. Lo importante era que hablara.
Dos minutos de descanso… dos minutos de paliza, tranquila, concienzuda; pero que penetraba hasta el alma.
No podía durar mucho más, si no, ya no tendría fuerzas.
Observé el viejo garaje Un olor rancio a pintura y aceite viejo impregnaba el ambiente.
Dos o tres coches arrumbados dejaban ver el desuso del lugar.
La cortina metálica estaba totalmente baja. Un Peugeot nuevo, azul, reluciente, estaba apuntando hacia la puerta. Estaba allí desde que la camioneta nos trajo.
La mujer me miró inquisitivamente. Se adelantó sobre la mesa. Intenté sonreír con los labios agrietados. La sangre me inundó la boca. Escupí hacia adelante y bajé la cabeza.
El energúmeno se aflojó, se corrió hacia atrás un paso.
¡Fue mi momento!
Con el taco derecho del borceguí golpeé la pata de la silla. La hoja de 5 centímetros salió por la punta de la gruesa suela y con un “click” metálico quedó encajada. La hundí con fuerza en los testículos del grandote. Oí perfectamente el ruido suave del acero sobre la carne y empujé con todas las fuerzas, bien arriba.
No miré la cara de sorpresa del musculoso.
Con todas mis fuerzas me levanté y me tiré por encima de la mesa sobre la mujer.

Mi cuerpo voló atado a la silla y caímos enredados contra el suelo. El golpe me aturdió, crujió la madera que saltó en pedazos y crujió mi cuerpo también.
La mujer llevó la peor parte. Yacía tirada con la cabeza en una extraña posición.
Las uñas pintadas de rojo fuego seguían siendo perfectas.
Los ojos desorbitados. Inmóvil
Me destrabé, levanté un brazo, después el otro. Me liberé y busqué la 9. La encontré en el suelo casi al lado de la mujer muerta.
Estaba sin seguro, la cerrrojé con suavidad; tenía un proyectil en la recámara. Acercándome al hombre, vi que temblaba en el suelo con las manos en los genitales, llenas de sangre. Le apunté a la cabeza y disparé. Dejó de temblar.
Me arrimé a una vieja pileta, donde pude lavarme un poco. El cuerpo dolía… pero estaba vivo.
Sabía que volverían a buscarme, pero esperaba estar bastante lejos para entonces.
Había engañado, sí. Un gran vuelto había ido a parar a mis manos.
Hoy, en una cuenta bien segura en un banco offshore. Pero en mi negocio las cosas se daban así.
Vives en el filo de una navaja, traicionando y traicionado. Lo tomas o lo dejas. Y si lo tomas, te arriesgas.
Y si te arriesgas, te puede costar hasta la vida. Y sin vida, no hay negocio.
Me preocupaba que me hubieran atrapado. Era un descuido que no debería volver a pasar.
Dejé de ser amenazador. Al convertirme en un ser civilizado, había cometido el peor de los errores.
Levanté la persiana.
Fui hasta el Peugeot y, cuando estaba por subir, un brillo en el suelo me llamó la atención.
El reloj de arena, totalmente intacto en su cuadrante metálico, me miraba de costado.
En su interior, las partículas ocupaban los dos lados. Buena señal, pensé.
Lo tomé, lo puse en el asiento del acompañante, subí al auto y arranqué.
Fue lo último que hice en mi vida.
Una gran explosión, como un hongo gigantesco, demolió todo el lugar.

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VICTORIA

Rotela Walter H. — Uruguay

Victoria mira el puerto desde la ventana de su cocina. El sol sube rápido por el éste cada mañana. Y ella disfruta ese instante. Después de ver la salida del sol toma el mate de la mañana. Se apronta y sale a buscar algún libro en las tiendas de libros usados. Canjea los que ya leyó, aunque suele guardar algunos, cual reliquia. Es su pasatiempo
predilecto.
Un mañana de mayo, después de la salida del sol, se quedó con la mirada perdida. En la radio sintonizada en AM pasaban una noticia del día anterior. Una niña había muerto a manos del adulto a cuyo cargo estaba. Inmediatamente recordó, a sus setenta años, situaciones vividas en su niñez. Palizas, corridas. Recuerdos que consideraba enterrados en lo profundo de la rojiza tierra.
Victoria vive sola. Nunca quiso casarse o tener hijos. Se había jurado eso ̶ y lo cumplió ̶ de no traer niños al mundo. Era la séptima hija de un total de catorce hermanos. Su niñez la había pasado como criada en una y otra casa, como la mayoría de sus hermanas. Desde muy chica tuvo un carácter fuerte. Era muy rebelde y no se quedaba callada ante nadie. Para bien o para mal.
La mañana en cuestión, tras la rutina de ver salir el sol se dio un baño y salió como de costumbre, pero no visitó ninguna tienda de libros, no recorrió el micro-centro, no subió a ningún colectivo, sólo caminó. Y sus pasos la llevaron a la entrada de un templo, una pequeña capilla a donde concurría a oír misa, los primeros años tras su llegada a la ciudad capital. Pero hacía muchos años que no pisaba el interior del lugar.
Esa mañana encontró abierto el templo e ingresó. Se persignó y vio que un sacerdote estaba cerca del confesionario. Se acercó y le dijo: «Necesito contarle».
̶ Bien, bien… Lo que quieras decir. Pero sentémonos en un banco.
̶ Sí, sí. Estoy cansada. Gracias.
Lo que Victoria tenía para decir le llevó una hora, que le pareció corta al sacerdote. Ella parecía muy cansada al principio, sin embargo, el hombre de canas intuyó que ella necesitaba decir más, pero quizás en otra ocasión. Era mucho para un
solo día.
La mañana estaba hermosa, el sol se colaba por entre las hojas, el bullicio de la ciudad iba creciendo; pero dentro de la capilla reinaba la calma. Sólo un murmullo era audible, donde ellos se encontraban. A un costado, hacia el frente, una mujeres rezaban el rosario, tenían un ritmo, un punto de inicio y otro de cierre, siempre el mismo, casi
como el lub dub del corazón.
El sacerdote la miró y casi susurrando le mencionó que la recordaba, pero que hacía años no venía, como solía hacerlo los domingos.
̶ Sí, dejé de venir… dejé de venir pero sigo creyendo… Sabe el sol…. El sol me da esperanzas ̶ se animó a comentar.
̶ Cada día es un regalo del señor… Y tú eres una mujer fuerte, luchadora ̶ Expresó él mirando hacia ella y hacia una entrada de luz que provenía de lo alto de una pared.
̶ Creo padre, que al contarle esto que tenía aquí guardado… Al contarle me saqué… Me saqué un gran peso.

̶ Haz cargado demasiados años con este lastre y ya es hora… Es hora de dejarlo atrás. Tu nombre hace honor a esto que es tu vida: una victoria. Vive, vive y sé feliz. El sufrimiento no te doblegó, pero cargaste por demás con ese equipaje.
No dejes de visitar nuestra capilla, otras personas podrían aprender mucho de tus caminos en esta tierra color sangre.
̶ Lo haré. Seguramente mis pasos volverán a traerme, como lo hicieron hoy, después de tantos años.

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LA RUEDA DE LA INFORTUNA

Yuste Felipe. E. — España

El gallo no cantaba para despertarle. Cantaba porque Antonio ya llevaba una hora despierto, con las manos abiertas en grietas blancas de frío, sacando a las mulas del corral como quien arranca el día a tirones.

En el pueblo le llamaron Antoñín hasta los diez. Después, ni diminutivos ni infancia. El tiempo allí no se estiraba: se gastaba.

A los seis ya seguía a su abuelo por los cerros, aprendiendo a leer el cielo como otros leen cuentos. A los ocho iba solo, con las manos rajadas por la escarcha de enero y las ampollas de julio reventadas antes de curarse.
La casa era de adobe y de hambre antigua. Se comía lo que respiraba: huevos si había suerte, leche si la cabra no estaba seca, matanza si el año no era tacaño.
La fiebre se curaba trabajando. La escuela era un lujo reservado a los días de lluvia fuerte, y esos días casi nunca llegaban.

Su único juguete fue un palo. Su única amiga, una mula gris llamada Ceniza. La cepillaba cada tarde, no por cariño, sino por supervivencia: si Ceniza caía, la tierra se quedaba muda. Y si la tierra no hablaba, no había pan.
Así aprendió Antonio: antes a leer nubes que a leer libros. Las nubes nunca mentían.

Capítulo 2 — Fuego y levadura

A los trece, su padre habló con el tahonero.
—El chico es fuerte y no se queja.
No hizo falta más.

Cambió el establo por el horno. El frío por las brasas. Las estrellas por el humo.
Entraba a las tres de la mañana, cuando el pueblo aún soñaba, y salía cuando ya olía a guiso en las cocinas.
El calor le secaba el sudor antes de que pudiera caerle. Los nudillos sangraban de tanto heñir, pero él seguía.
Aprendió a medir la levadura a ojo, a sacar hornazos que olían a fiesta aunque su vida no tuviera ninguna.

Guardaba las monedas en una lata de membrillo bajo el jergón. No para comprarse nada. Para soñar con una tahona propia donde las deudas fueran de otros, no suyas.

Capítulo 3 — Madrid y espejismos

Cuando terminó la mili, Madrid le prometió trabajo. Y cumplió. Pero también cobró. Y cobró caro.

Fue peón, repartidor, socio engañado, churrero cansado.
Montó un obrador que duró lo que dura un suspiro mal contado. El socio se llevó la furgoneta, los clientes y la mitad de su fe.
Luego vino la churrería. Y después, el cuerpo roto.

La palabra diálisis le cayó encima como un ladrillo mojado.
El trasplante llegó de un chaval de 22 años. Antonio nunca quiso saber su nombre. Le bastaba con sentir la cicatriz tirándole como un alambre cada vez que tosía.

Mientras él aprendía a mear otra vez, Luis y Marisol —sus empleados, su confianza— vaciaban el bar de madrugada. Se llevaron hasta los taburetes.
Cuando salió del hospital, solo quedaban las marcas claras en las paredes donde antes colgaban los cuadros.

La policía tomó nota. Nada más.
El banco tomó el crédito.
La Seguridad Social tomó las cuotas.
Y un año después, Luis y Marisol lo denunciaron.
El juez les creyó a ellos. A él, no.

Pagó sus sueldos, sus intereses, su silencio. Pagó con el piso en el divorcio. Pagó con la dignidad de quien ya no tiene fuerzas ni para enfadarse.

A los cincuenta, Antonio ya no tenía ni teléfono a su nombre.
Las oportunidades eran nubes de abril: ruido, promesa, y luego granizo.

Capítulo 4 — La vuelta sin gloria

Volvió al pueblo con 58 años, una maleta coja y una cicatriz que dolía cuando cambiaba el tiempo.
El pueblo ya no era su pueblo.
La tahona era un bazar.
Su casa, un esqueleto con el tejado hundido.
Los viejos lo miraban como se mira a un perro que vuelve derrotado.

Trabajó lo que pudo: aceituna, obra, pintura del cementerio. Todo en negro. Todo por días.
El cuerpo pedía tregua. La nevera no.

Por las tardes se sentaba en el poyo de su casa caída. Veía pasar tractores donde antes pasaban mulas. Ceniza llevaba cuarenta años muerta. Él se sentía igual.

Pensó que la jubilación sería un descanso. Un respiro. Un cigarro sin culpa.
Se equivocó.

Capítulo 5 — El juzgado no olvida

La carta llegó un martes de febrero.
Un Dacia Logan.
Un crédito viejo.
Una deuda que nunca murió.

La pensión: 840 euros.
El embargo: total.
La ley decía que le correspondían 700 para no morirse.
El banco decía otra cosa.

Pidió fiado en el súper: pan de molde barato y una pastilla de caldo.
El tendero apuntó en la libreta con esa mezcla de pena y vergüenza que duele más que el hambre.

En el poyo, desmigó el pan. Las gallinas del vecino vinieron corriendo.
Eran siete.
Como los que eran en su casa cuando él era niño.

Les tiró las migas. Ellas picoteaban deprisa, como si también tuvieran prisa por sobrevivir.
Antonio escupió al suelo. No por rabia. Por cansancio.

Setecientos euros para no morirse.
Él, ni eso.

Y allí, en ese poyo, entendió que la rueda de la infortuna no gira: aplasta.

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¿ POR QUÉ ESCRIBO? – RELATOS

Nota editorial: Todos los contenidos están protegidos por la legislación española de Propiedad Intelectual y por los derechos de sus autores. Se permite la difusión del contenido siempre que se mencione la autoría o la página.

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COLABORAN

Alberdi Maren – España

Gormley Elspeth – España

Kiperman Andrea – Argentina

Pérez de Villarreal Carlos – Argentina

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ESCRIBIR…

Alberdi Maren — España

Hay días en los que algo dentro de mí empuja, arde, insiste. Una corriente interna que no sé detener y que me pide salida.
No es inspiración ni disciplina: es urgencia.
Una urgencia que me atraviesa y me obliga a abrir un cuaderno como quien abre una ventana en mitad de un incendio.

Cuando algo duele, la tinta lo reconoce antes que yo. Cuando algo ilumina, la página lo celebra sin pedir explicaciones.
La palabra se convierte en refugio, en brújula, en respiración.

No sé vivir sin nombrar lo que me pasa.
Hay emociones que solo entiendo cuando las dejo caer sobre el papel. Hay silencios que solo se abren cuando los escribo. Hay verdades que solo se revelan cuando las miro desde la distancia de una frase.

Cada palabra es un regreso: a lo que fui, a lo que soy, a lo que todavía no sé que seré.

Las historias me buscan. Las voces me rozan. Las memorias insisten. Si no las escribo, me persiguen; si las escribo, me acompañan.

La vida, sin metáforas, sería demasiado literal. Yo necesito belleza para sobrevivir, incluso cuando duele.
Necesito verdad, incluso cuando tiembla.

Algo en mí se ordena cuando escribo. Algo en mí se salva cuando termino. Y mientras haya una palabra ardiendo en mi boca, sabré que sigo viva.

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¿POR QUÉ ESCRIBO?

Gormley Elspeth — España

Hay quienes escriben por oficio, por costumbre o por disciplina. Yo no. Yo escribo porque lo necesito. Porque hay días en los que la vida pesa más de lo que admito, y entonces la palabra se convierte en el único territorio donde puedo respirar sin pedir permiso.

Escribo porque, cuando algo me atraviesa, no encuentro otra forma de comprenderlo que no sea entregarlo al papel. La tinta ordena lo que el corazón desordena. Me calma. Me explica. Me sostiene. A veces, incluso, me rescata de mí misma.

Escribo porque hay silencios que no sé pronunciar, pero que sí sé escribir. Porque lo que callo busca salida, y la encuentra en un verso, en una frase, en un párrafo que llega sin anunciarse, como si emergiera de un lugar más hondo que mi propia voz.

Escribo porque la memoria es frágil y la emoción fugaz. Y al escribir, lo que siento permanece un instante más, lo suficiente para mirarlo de frente y comprenderlo desde otra luz.

Escribo porque hay personas que ya no están, pero regresan cuando las nombro. Porque hay heridas que se suavizan cuando las cuento. Porque hay alegrías que se multiplican cuando las comparto.

Escribo porque, cuando no lo hago, algo en mí se apaga. Como si la vida perdiera un matiz, un color, un latido.

Escribo porque es mi manera de estar en el mundo. De acompañar y acompañarme. De mirar hacia dentro sin miedo. De transformar lo que me ocurre en algo que pueda ofrecer.

Escribo porque, al final, la palabra es mi casa. Y cada vez que regreso a ella, me reconozco.

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¿ POR QUÉ ESCRIBO?

Kiperman Andrea — Argentina

Antes que nada, gracias por estar del otro lado, compartiendo estas palabras. Hoy me invade una profunda gratitud al escribir estas líneas y, siguiendo el tema del mes, esa sensación se agranda aún más. ¿Por qué escribo? Es una pregunta que me he hecho innumerables veces, y cada una de ellas tuvo una respuesta distinta.

Escribir nació en uno de los momentos más desafiantes de mi vida, impulsada por grandes escritores y padrinos literarios a quienes estaré siempre agradecida. Entre letra y letra, entre poema y poema, descubrí que todo el terremoto que llevaba dentro podía expresarse y convertirse en un puente hacia un “otro”.

Ese otro sois vosotros. Los que estáis allí, del otro lado. Quizá habéis vivido experiencias parecidas a las mías, quizá no. Pero creo que compartir reflexiones, pensamientos, sentimientos y aspectos de la vida que a veces pesan permite que las palabras crucen mares, vientos y ríos, y lleguen —susurrantes— a los rincones más recónditos del mundo. Basta con que una sola persona las lea para que algo se alivie, se ilumine o acaricie su corazón.

En un mundo donde el tiempo parece no existir, sentarse a leer es un acto de rebeldía. Y escribir para compartirlo es, también, una caricia al alma.

Escribo porque, a través del arte, de las palabras, de las prosas y de los recuerdos, uno puede mantener viva una llama que nunca se apaga. Escribo para llegar a ojos y corazones, para acompañar, aclarar, compartir y reflexionar juntos, creciendo día a día como personas y como seres humanos.

Escribo porque una parte de mí está aquí, en estos escritos que compartimos mes a mes, día a día.

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¿POR QUÉ ESCRIBIR?

Pérez de Villarreal Carlos — Argentina

En octubre de 2024, en la primera revista que inició su presencia en las redes, escribía un texto similar a este. Sigo pensando igual.

Más de una vez nos hemos preguntado: ¿por qué escribir? Aún no he hallado la respuesta definitiva.
Sí sé que mi intención al redactar es narrar, contar, relatar, en definitiva, transmitir lo que costó esfuerzo, energía y tal vez atrevimiento; y por sobre todas las cosas, la necesidad imperiosa de decir con palabras escritas aquello que he sentido, soñado o que he imaginado.
Todo concuerda con uno mismo, no hay dudas. Todo lleva, en una circunferencia perfecta, a realizar aquello que se desea fervientemente. Lo que sí puedo afirmar es que permite abrir las alas de la imaginación y llevarnos lejos. Volar por lugares y situaciones que jamás pensábamos encontrar.
Expresamos inquietudes, deseos, aspiraciones, fantasías, obsesiones y hasta parte de nuestros recuerdos.
Todo se amalgama, todo se ensambla, para dar a luz un conjunto de emociones que nos hace sentir que realmente vale la pena. ¡Sí, escribir vale la pena! Vale la pena porque es un modo de vivir, es una relación que nos permite percibir y experimentar lo que nos rodea. Abre la puerta a un mundo impensado, desconocido, donde somos el nexo de unión en este sorprendente viaje hacia la ficción.

Escribir encierra conmociones, sutilezas, ironía y, por sobre todas las cosas… pasión.
Muchas veces tratamos de explicar lo inexplicable. Nunca tenemos certezas. El tiempo no es nada, no es medible. No nos desvivimos por el ayer. No pretendemos ser el mañana. Nos hacemos a nosotros mismos, sin límites,
porque un segundo es la vida entera. En un segundo se nace y en un segundo se muere.
Los que escribimos tenemos una peculiaridad: llevamos a los lectores a nuestro universo literario, los internamos en él.
Por eso pienso que escribir un poema, un relato, un cuento o una novela es atrapar al lector, despertar en él sus recuerdos, sus alegrías, sus añoranzas.
Identificado con la escritura, debemos facilitarle el camino de la comprensión de algo que él ni siquiera pensaba y creo que hasta nosotros tampoco. Muchas veces tratamos de explicar lo inexplicable.
Lo único válido es enfrentarse a uno mismo, tener una visión propia e ir tras ella, con arrojo, obstinación, honestidad y trabajo. ¡Es el coraje y el entusiasmo lo que hacen la diferencia!

Debemos crear, crear y crear para que la magia no se detenga nunca, porque además, disfrutamos la necesidad que nos brinda la escritura: comunicación. La narrativa vocifera, revela, manifiesta, acusa, hace reír, pensar y recapacitar.
Esta tarea requiere esfuerzo, dedicación e intelecto y una habilidad especial: una destreza fantástica donde entran en juego la técnica, la perseverancia y el talento.
No se es escritor por haber elegido decir ciertas cosas, ni por la forma de escribir, sino por los sentimientos que producimos en el lector cuando nos lee: un recuerdo, una interpretación, una visión. Tal vez, hasta se haga partícipe necesario de nuestra narrativa; porque cuando cerramos un libro, jamás somos los mismos.
Pero también se debe tener en cuenta que nosotros, al crear, también manifestamos un cambio: dejamos de ser lo que éramos para ser otros.
Me gusta pensar que somos creadores de mundos imaginarios, hacedores de cuentos, maceradores de palabras.

¿Y qué significa escribir?
Asumo que es una puerta de entrada hacia una percepción distinta, que genera una conexión entre el escritor y el lector, el cual se ve sumergido en un universo sorprendente.
La imaginación llevada al límite.
Misterio, persistencia y expresión.
Recordar y olvidar.
Conquistar y prescindir.
Nostalgia, meditación, encanto y ardor.
Intriga, miedo, alegría, tristeza.
Pensamientos, conceptos, imágenes tal vez aún no reveladas.
Mensajes que parecen verdaderos y pueden ser mentiras consideradas verdades.
Llamas, furia, ensueño y fascinación.
La magia de la escritura es abrir las puertas a un mundo impensado, que tal vez nos haga sentir mejor y tal vez, ser mejores.
Creo en lo más profundo de mí mismo que la escritura es libertad; eso es todo.

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CUENTOS Y RELATOS -MARZO

Nota editorial: Todos los contenidos están protegidos por la legislación española de Propiedad Intelectual y por los derechos de sus autores. Se permite la difusión del contenido siempre que se mencione la autoría o la página.

“La imaginación toma la palabra.”


COLABORADORES – CUENTOS Y RELATOS

  • Balsells Magi – España
  • Díaz Castro Enrique Fredy – México
  • González Saavedra Carlos – Argentina
  • Gormley Elspeth – España
  • Hoyos Forero Jaime – Colombia
  • Morini Andrea – Argentina
  • Rotela Walter – Uruguay
  • Pérez de Villarreal Carlos – Argentina

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CONGRESO DE PLANETAS

Balsells Magi – España

En un punto equidistante de la Vía Láctea, se celebra estos días un Congreso que agrupa a los planetas más importantes de dicha Vía, bajo la presidencia del Sol; esta reunión se ha efectuado a petición del planeta Tierra. Los equipos de transmisión de dicho evento están patrocinados por La Fuerza Cósmica, con el apoyo técnico de las Ondas Solares. Se inicia la sesión con la intervención del convocante, La Tierra.

Queridos hermanos planetarios, quizás os haya extrañado esta solicitud de reunión, cosa que no se hacía desde hace muchos siglos, pero la necesidad de encontrar una solución que sirva para salvarme es lo que lo ha provocado. Automáticamente Marte quiere tomar la palabra, cosa que es atajada rápidamente por la presidencia, El Sol, comunicándole que no es su turno de intervención. Sigue por tanto La Tierra, con su parlamento.

Conocéis que soy de todo nuestro sistema solar el que tiene vida vegetal y animal, de lo cual muchos de vosotros habéis presumido con los planetas de otras galaxias; pues la cuestión es que me están aniquilando los componentes animales de mi planeta. Pese a mis constantes avisos, no hacen ningún caso a mis requerimientos. No importa si produzco terremotos, si hago verter lava por los volcanes —que como todos sabéis, esto merma mi temperatura interior, lo cual podría provocar un paro en mis sistemas—; aparte provoco inundaciones catastróficas, parecidas a las que en su momento me vi obligado y solo se salvaron unos cuantos que iban con Noé. He provocado glaciaciones; en esto me ayudó nuestro presidente emitiendo mucho menos calor hacia mí, siempre guardando las premisas mínimas de seguridad para que no falleciera en el intento.

No conseguí nada. Emergieron otra vez como la mala hierba, multiplicándose rápidamente como una plaga, aunque al ser pocos en su momento no me causaban muchos quebraderos de cabeza. Ellos siguieron con sus guerras, con sus inventos, y a mí me dejaron tranquilo… hasta este instante. Inventaron la Bomba Atómica: esto fue el principio de una contaminación de mis arterias, que con mucho cuidado pude sanar. Se inventó algo muy dañino, como es el plástico; entiendo que para algunas cosas es muy útil, pero están llenándome de bolsas de basura que yo no puedo digerir como quisiera. Tardo mucho, pero mientras se van acumulando y llegará un momento en que me ahogarán.

Algunas buenas personas intentaron aplicar el reciclaje. Buena idea, pero no dio el resultado apetecible. Estos seres que me pueblan son desconsiderados con mi madre, la naturaleza; no les importa que ella sufra, y si ella sufre, sufro yo. Pero cada día son más, pese a estas guerras interminables que siempre tienen, unas veces para extraerme mis tesoros —como puede ser mi sangre, el petróleo— o mis joyas como el oro o la plata o cualquier mineral que según ellos tenga una utilidad. Es un robo descarado y no hay justicia que los pare. Cada día quieren más y más, y yo no puedo darles nada más. Estoy en la ruina absoluta; este siglo no he podido contribuir a la donación general que se efectúa para preservar este sistema.

Somos muchos entre planetas y satélites, y alguno de vosotros ya en su tiempo se encontró con una situación semejante, como fue lo que le ocurrió a Marte: hoy en día es un páramo estéril, que con mucho sacrificio está intentando volver a ser otra de las joyas de este sistema. Sé que al final lo conseguirá. Los demás, para su suerte, no son habitables, por lo menos por esta raza que me ha invadido, ya que muchos de ellos aún están en estado embrionario, con atmósferas realmente peligrosas para mis invasores.

En fin, no quiero extenderme más, ya que la situación es muy delicada y por esto he convocado esta reunión. Y desde esta tribuna os pido que me deis solución a este peligroso problema.

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TAN SÓLO LES FALTA HABLAR

Díaz Castro Enrique Fredy – México

Hay escenas que duelen más de lo que deberían. Verlos ahí, a la orilla de la carretera, con hambre, con sed, sin un lugar al que llamar hogar, buscando entre la basura un mendrugo que alguien olvidó. Bajo el sol que quema o la lluvia que cala, reciben pedradas de quienes nunca aprendieron a sentir lástima. Y aun así, siguen ahí, silenciosos, esperando algo mejor.

Duele también encontrarlos atropellados por choferes que no frenan, como si sus vidas no valieran nada. Su único “pecado” fue haber dado cariño a quien un día los compró, los alimentó con croquetas y agua en una cubeta… hasta que dejó de hacerlo. Hasta que se cansó. Hasta que los abandonó.

Y sin embargo, tan sólo les falta hablar para decir lo que sienten. Son juguetones, nobles, incapaces de fallar. Te cuidan sin pedir nada, capaces incluso de dar la vida por ti. Sus corazones, tan sensibles, sólo conocen el perdón, aunque hayan recibido heridas que no merecían.

Con maullidos o ladridos expresan su alegría, su afecto, su necesidad de compañía. No entienden el desprecio, pero lo sufren. No comprenden la humillación, pero la recuerdan. Por eso no deberíamos llamarnos “amos”, sino compañeros. Ellos no pidieron llegar a nuestras vidas: nosotros los buscamos, y en ese gesto nació su lealtad.

Gatos o perritos, da igual. De cachorros son pura ternura; de adultos, pura belleza. Uno, dos o tres… los que sean. Lo importante es cuidarlos bien, ahora y siempre. Que nunca tengamos que repetir, con tristeza y arrepentimiento, aquello que dijo Alberto Cortés: “Era sólo un perro.” Porque nunca lo fue.

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HOTEL EN ROSARIO

González Saavedra Carlos – Argentina

El día no me alcanzaba. Todo pasaba vertiginosamente y yo debía estar en Rosario a primera hora. Ya eran las ocho de la noche y tenía 350 kilómetros por delante. Finalmente me decidí, puse primera y salí. Conocía un hotel para viajantes donde siempre me habían atendido bien y no era caro. Llegué pasada la medianoche. —Buenas noches, ¿una habitación? —Sí, tengo una pequeña. El hotel está completo. —No se haga problema. ¿Me despierta a las siete, por favor? A las ocho y media tengo una reunión a tres cuadras de aquí. —Bien, señor.

Estaba agotado. Vi la cama y me desplomé. En esos días vivía corriendo, así que decidí ducharme por la mañana. A las siete en punto sonó el teléfono: —Señor, son las siete. —Ya bajo, gracias.

El comedor del hotel era un mundo de gente. Parecía que todos habíamos decidido desayunar a la misma hora. El trajín de los mozos era tan febril que me contagiaron la inquietud. Miraba para todos lados buscando al mozo de mi mesa, preguntándome quién me atendería. Cuando por fin se acercó, me sorprendió su aspecto: delgado, cabello morocho engominado hacia atrás, bigotes finitos, muy educado. Atendía como en un hotel de pueblo. —Mozo, ¿puedo pedirle un favor? —Usted dirá, señor. Fermín es mi nombre. —Tráigame un jugo de naranja, pomelo y limón. —Bien, señor. ¿Todo junto? —Sí. —¿En un solo vaso? —Sí, Fermín. Después el café con leche. —Sí. —¿Con medialunas de grasa? —Sí.

No habían pasado cinco minutos cuando volvió, intrigado: —¿Por qué juntos? —Lo tomo así hace años —respondí, ya algo impaciente.

El tiempo pasaba y yo seguía sin desayunar, mientras otros que habían llegado después ya se marchaban. —Fermín, ¿falta mucho? —No, ya lo traigo.

Entre preguntas y respuestas había perdido quince minutos. Soy de los que piden, toman y se van, aunque sobre tiempo. Acostumbrado a la city porteña. Finalmente llegó con una bandeja enorme y un vaso casi de jarra con los tres jugos mezclados, además del café con leche y las medialunas. Era tanta la cantidad de jugo que tuve que tomarlo despacio, mirando desesperado la hora. Fermín, atento a cualquier gesto mío, no me quitaba ojo.

Al terminar, se acercó: —¿Estuvo bien el jugo, señor? —Sí. Tráigame la cuenta, por favor.

Miré el reloj: tenía diez minutos para llegar a la reunión, por suerte a solo tres cuadras. —Mandé comprar unas naranjas especiales a la verdulería de la vuelta, son muy buenas. ¿Siempre toma este desayuno con el jugo incluido? —Sí, hace años. —Nunca había escuchado esa mezcla. ¿Cómo se le ocurrió?

Apurado y sin ganas de explicarle, recurrí a la fórmula infalible: —Me lo recomendó el médico —Y salí corriendo, como siempre.

La reunión salió muy bien y al mediodía ya estaba de vuelta en Buenos Aires.

Pasaron seis meses o más cuando volví a pernoctar en el mismo hotel. Ya me había olvidado de Fermín y del jugo. Pero al verlo aparecer, me saludó como si nada hubiera pasado: —¿Cómo le va, doctor? —Hola, Fermín, un gusto saludarlo. No soy doctor —respondí cortesmente—, solo vengo por negocios. —Simplemente decimos “doctor” a los que lucen una estirpe como usted. —Muchas gracias —respondí sonriendo. —Ya le preparo lo de siempre.

Al rato volvió con una bandeja aún más grande que la anterior y el famoso vaso tipo jarra con el jugo de naranja, pomelo y limón. —Doc, ¿cómo anda de salud? —Bien —contesté rápido. —Lo veo con buen semblante. Se nota que su médico dio en la tecla. Le pregunté al mío si podía tomarlo y me dijo que sí, que es un enzimático fantástico. Desde aquella vez que usted vino, lo empecé a tomar y me siento muy bien.

Sin salir de mi asombro, con mucha ternura, lo abracé. —No sabe lo feliz que me hace verlo así.

Me fui del hotel Urquiza con un gran recuerdo, por la atención y por la inocencia con la que Fermín me atendió. Era el único que nunca estaba apurado, pero llegaba a tiempo a todas las mesas.

Gracias, Fermín.

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CONVERSACIONES CON EL MAR

Gormley Elspeth – España

La primavera ya ha empezado, aunque aquí el mar siempre se adelanta unos días. Lo noto en cuanto bajo al paseo: el aire tiene otra textura, más tibia, más abierta. Camino despacio, como hago siempre por las mañanas, dejando que el cuerpo se despierte al ritmo que quiere, sin exigencias.

A estas alturas de la vida, una aprende a no empujar nada.

El mar me espera. Lo sé porque hoy suena distinto. Tiene ese rumor que solo aparece cuando cambia la estación, como si también él necesitara decirme algo. Me acerco hasta la orilla y dejo que la primera ola me toque los pies. Es su manera de saludarme. Yo le devuelvo el saludo en silencio. —Ya estás otra vez con tus cosas —le digo por dentro, sin mover los labios.

El mar no responde, pero me entiende. Siempre me ha entendido mejor que muchas personas. Él no pide explicaciones, no exige claridad, no quiere que le cuente nada. Le basta con que esté aquí, con que lo mire, con que respire a su lado.

Hoy está tranquilo, pero no dócil. Tiene ese vaivén firme que me calma más que cualquier palabra. Me siento en la arena húmeda, sin importarme la ropa. La primavera me vuelve un poco más valiente, o quizá más sincera. —He tenido un invierno raro —le confieso—. De esos que te dejan un cansancio que no sabes de dónde viene.

La ola que llega ahora es más larga, más lenta. Como si me escuchara. —Ya lo sé —parece decirme—. Pero mírame: siempre vuelvo.

Y ahí está la lección, la de siempre, la que me repite cada año sin cansarse.

El mar vuelve. Aunque se retire, vuelve. Aunque se enfade, vuelve. Aunque yo me pierda un poco, vuelve.

Me quedo un rato así, sin prisa, dejándome acompañar. No necesito nada más. Ni respuestas, ni planes, ni certezas. Solo este diálogo mudo que me ordena por dentro.

Cuando me levanto para seguir caminando, siento algo que no sentía desde hace meses: una especie de claridad suave, como si el mar me hubiera recolocado las piezas sin tocarme.

La primavera ya ha empezado. Y yo también.

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EXPERIENCIA ÚNICA

Hoyos Forero Jaime – ColombiaMarzo 2026

Abril de 1970. Un mes después cumplí los 20 años. Hoy pienso que esa es la edad más interesante del hombre: Está en la mitad de la carrera universitaria, tiene su primera novia, los padres están llenos de vida y creen —qué ingenuos— que su hijo es el mejor de las criaturas y que llegará a ser el predestinado de Dios para manejar el mundo. A esa edad me puse la primera corbata, manejé el primer carro, con estrellada y todo, hice mi primera travesía por el océano, en barco y en avión, fui campeón de tenis juvenil y le ofrecí a mi novia, pagada por mí, la primera Coca-Cola. Pero en las vacaciones de mitad de año, no podía hacer mi voluntad, sino la de mi padre: trabajar arduamente en la finca que lindaba con los cerros, nuestros viñedos y el mar. “Así sabrás —decía mi padre— por qué los vinos más acreditados son los de nuestros viñedos, los Santa Lucía.

Serían las 6.30 de una tarde de junio de aquel año, 1970, cuando por la oscuridad que se venía encima, prendí las luces del tractor que avanzaba por el comienzo del penúltimo surco de mi tarea de ese día. Estaba solo. Los últimos trabajadores se habían retirado a las cinco de la tarde. Me sorprendí cuando, intempestivamente, se apagaron el motor y las luces del tractor. —¿Y ahora qué pasó?— me dije, pensando que iba a terminar completamente de noche mi trabajo, mientras trataba de encender la linterna para revisar la batería del tractor, pero —¡ah desgracia!— tampoco funcionó la linterna.

Fue entonces cuando reparé que a unos cincuenta metros de distancia se acercaba un individuo, para mí completamente extraño, pero me pareció, no sé si por la oscuridad, que no llevaba ropa. Pero un instante después la sangre se me heló al advertir que a unos cien o ciento cincuenta metros atrás del hombre extraño, se encendió y apagó muy rápidamente una serie de luces en círculo que salieron de una rueda del tamaño de una camioneta. Entonces caí en la cuenta de que estaba frente a lo que los periódicos llaman ovnis o platillos voladores y que el ser que a mí se acercaba, en silencio y sin sonreír, era un extraterrestre. Su cabeza, de la frente y las orejas hacia arriba, era como la tapa de una caja cuadrada, casi oculta tan extraña forma por una abundante cabellera verde. Sus demás facciones eran iguales a las nuestras y acabé de comprobar que estaba completamente desnudo. Yo continuaba helado, como paralizado.

—Acompáñeme— dijo. ¿Dijo? En realidad no abrió la boca, no movió los labios ni los ojos, no emitió sonido, no hizo seña alguna. Pero yo oí sin oír, o entendí, mejor dicho, que dijo “acompáñeme”. ¿Hablaba español? ¿Se expresaba en algún idioma? No lo sé, pero oí, como si hablara castellano, que me dijo “acompáñeme”. Fuimos a la nave espacial: la de las luces que yo había visto. Él caminaba muy rápido, al punto que yo tenía que andar casi corriendo. Al subir tres escalones para llegar a la puerta de la nave, me di cuenta de que estaba desnudo… También yo.

Dentro de la nave, de pie, como si se fuera a tomar una foto, había como una docena de extraterrestres machos, y una sola hembra. Todos, como el que fue al tractor, tenían caras serias, pero el aspecto de su rostro era agradable, no intimidante sino más bien amable, pero serios y desnudos. La mujer (o la extraterrestre, ¿cómo decirle?) sonreía. Era el único ser que sonreía. Lo hacía abiertamente y vi que su dentadura estaba formada como por pequeñas y brillantes estrellas. Debo decir, si aún no lo habéis sospechado, que ella era bellísima. La dentadura de ellos (cómo decirles: ¿de los machos?) no era de brillantes estrellas sino de chispas de fuego, de modo que los alimentos los llevaban crudos a la boca y con las chispas de fuego los cocinaban. Todos, ellos y ella, al moverse dentro de la cápsula aérea, y a diferencia de nosotros, producían visos brillantes, algunos de colores leves muy transparentes. Estos visos desaparecían cuando se movían afuera de la nave.

Había estado secuestrado como una hora, cuando comencé a serenarme y a adquirir algo de confianza. Así que le pregunté al extraterrestre que conocí cerca del tractor una hora antes y que yo presumía que era como el jefe, si me permitirían volver a la finca. —Claro que sí —contestó— siempre que nos prometa guardar absoluto silencio respecto de todo lo que ha visto. Y por el contrario, puede comentarlo si desea volver para siempre con nosotros. Dicho esto, la extraterrestre me sonrió inequívocamente, como si dijera: “Hola, humano, vuelve pronto”.

Algunas otras preguntas me fueron contestadas por el jefe. Así que supe que la nave venía del planeta denominado GL 581-B que se halla en nuestra misma galaxia, a cien años luz de la Tierra. De modo que a una velocidad de 50.000 kilómetros por hora, se requieren cien años para realizar el viaje. —Pero si ninguno de ustedes tiene —repliqué— más de 35 años según creo, al juzgar por la apariencia. —Lo que pasa —dijo el extraterrestre— es que en GL 581-B, somos inmortales. Hemos leído —agregó— la historia de Eva y Adán, pero en GL, nuestros primeros padres no fueron estúpidos creyéndole a una culebra, de modo que somos inmortales. Al llegar a los 34 años, seguimos así, sin envejecer ni enfermar como ustedes. —Si no mueren —le dije— ¿cómo puede caber en ese planeta tanta gente? El extraterrestre respondió: —cada mil años ocupamos un nuevo planeta.

Después de un gran rato de charla, volví a casa, refregándome los ojos como si hubiera despertado de un sueño. —Vuelve —fueron sus últimas palabras. ¿De quién? De la bellísima muchacha. Camino de la casa, noté dos cosas: volví a verme vestido, y el surco y medio que me faltaba por trabajar, estaba perfectamente terminado. ¿No os preguntáis, queridos oyentes y lectores, por qué he resuelto contaros esta cierta e increíble historia? Ahora duermo —ya lo imagináis— con la ventana de mi cuarto, abierta.

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ÚLTIMO PUERTO

Morini Andrea – Argentina

El sol de fin de mayo es una herida pálida que no termina de cerrar; una luz sin fuerza que rebota, inútil, sobre el asfalto mojado. Laura observa el cordón de la vereda con la mirada perdida, allí donde las huellas del auto oficial ya se han disuelto bajo la llovizna persistente. Se han ido. Hace apenas unos instantes, dos hombres de la Armada, embutidos en impermeables oscuros y con el rostro tallado en una gravedad castrense, permanecían en su puerta. Portaban un legajo sobrio, de cartulina rígida, y una bolsa de lona que exhalaba un aire salino y rancio, empapada por la humedad del puerto. Al marcharse, el vacío que dejaron no fue un hueco, sino una extensión inconmensurable: todo el peso del Atlántico Sur se filtró por el umbral, inundando el living.

Javier. No hace falta pronunciar el nombre para sentir la punzada de escarcha en el centro del pecho. Dos de mayo. El océano, esa masa negra e indiferente. Laura cierra los ojos y puede verlo: un silbido ciego bajo el casco, un destello súbito en la profundidad y la onda expansiva del torpedo británico desgarrando el acero del crucero como si fuera papel húmedo. El frío asesino. Un término tan seco, tan técnico, para una muerte tan vasta, tan líquida y repentina. Sus dedos blancos aprietan el telegrama oficial. El encabezado, «Jefatura de Operaciones Navales», le parece una ironía sangrienta. Son palabras blindadas, diseñadas para no dejar pasar el sentimiento: «Desaparecido en acción». Laura sabe leer entre líneas. Sabe que esas palabras son el eufemismo de un ataúd de agua a cuatro mil metros de profundidad.

Luego está la bolsa. La vuelca sobre la mesa del comedor y el contenido cae con un sonido sordo, despojado de gloria. Un cinturón de lona con la hebilla devorada por el óxido; una boina de lana oscura con el escudo desprendido, deshilachada por el uso; y una fotografía de ella, arrugada y con los bordes amarillentos por el contacto con la piel de Javier. Su hermano, el que reía a gritos, el que prometió volver para el invierno, ha quedado reducido a esta colección de naufragios recuperados de la sal.

A sus espaldas, el pasillo del departamento se extiende como un túnel de silencio absoluto. Solo lo interrumpen los crujidos eléctricos de la radio, que sigue emitiendo marchas militares y comunicados triunfalistas, y la respiración entrecortada, casi transparente, de su abuela en la habitación contigua. La anciana lleva meses librando su propia batalla contra una enfermedad que la consume desde adentro. Tiene el rostro demacrado, una máscara de cera donde los ojos turbios buscan sombras que ya no están. Ella no sabe que el General Belgrano se hundió; no sabe que su nieto se ha vuelto parte del fondo del mar.

Desde aquel dos de mayo, Laura ha sobrevivido a fuerza de ficciones. Ha inventado cartas que nunca llegaron, llenas de anécdotas heroicas sobre el oleaje y promesas de un regreso triunfal que jamás escribirá. Ha sostenido la vida de la abuela con mentiras piadosas, como quien mantiene encendida una vela en medio de un vendaval. Pero el papel del telegrama cruje en su mano, recordándole la urgencia de la realidad. Tiene que decírselo. El tiempo de la abuela es una cuenta regresiva, una arena que se escapa entre los dedos, y el peso de la verdad reclama su lugar.

—¿Podrá esta noticia ser el último golpe en el puerto? —se pregunta en voz baja, mirando de nuevo la calle vacía y gris. El deber de la nieta, la verdad de la guerra y el dolor de la hermana: son tres anclas arrastrándose por el fondo de su alma, rasgando todo a su paso. Laura se da la vuelta. Sus ojos se fijan en la puerta cerrada de la habitación, esa frontera final donde la mentira todavía protege a la vejez. —Abuela —susurra, y la palabra suena extraña en el encierro.

Camina hacia la puerta. La palabra vuelve a formarse en su boca, pero esta vez no sale como un llamado, sino que se rompe, irremediablemente, en un sollozo que huele a mar y a pérdida.

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CHIQUITO

Rotela Walter – Uruguay

Cuando me dijeron que tendría la posibilidad de encontrarme con “chiquito” inmediatamente pensé en un hombre de baja estatura, cabellos lacios y voz ronca, como me lo habían pintado. Sin embargo, cuando llegamos a su casa y la tuvimos en frente, pensé que me estaban embromando o que era la esposa del personaje a quien tendría la posibilidad de entrevistar. Pero… en todo estaba yo errado. La mujer se acercó y nos miró desde lejos, tomó una jarrá de tereré¹ y la guampa². Se sentó en un sillón y nos invitó a hacer lo mismo y compartir la refrescante bebida. El calor y la humedad estaban destruyéndonos, en esa mañana de enero de 2002. La temperatura había alcanzado los 42 grados centígrados y la humedad rondaba el 82 por ciento. Éramos tres visitantes —el fotógrafo, un reportero de un diario local que accedió a guiarnos y yo— que nos sentamos en derredor de la señora María López. Ella tomó la iniciativa en la conversación. Empezamos hablando del tiempo y del viaje para llegar hasta su pueblo, como distraídamente. De repente, se acercó un hombre mayor, como ella, pero era casi tres cabezas más alto que la mujer y dos más que nosotros. Un octogenario muy bien conservado. Se encontraron en una tierna mirada y tras un breve saludo él se retiró, al tiempo que nos dijo: “No se dejen impresionar por los relatos de chiquito. No lo hagan. A veces, no para de hablar de aquellos tiempos… Pidan que les cuente sobre la Batalla de los Criptógrafos”.

En ese momento ella entendió, supongo, por mi cara de perplejidad, que debía explicar eso de “chiquito”. Comenzó con un breve relato de cómo se integró a las fuerzas de combate junto con sus hermanos, de cabeza rapada y pantalones largos gastados en febrero del año ‘34. “Después que cedimos como ciudadanos responsables y comprometidos gran cantidad de mesas para hacer cajones para granadas y municiones nos convencimos, mis hermanos y yo, que debíamos estar en el frente de batalla. Necesitábamos hacer más. Nos alistamos a fines del ‘33 y tuvimos casi un par de meses de entrenamiento. Entonces, nos pusieron en marcha hacia la zona de la Cañada Tarija. Es decir, tras el armisticio de diciembre del ‘33 a enero del ‘34.” “¿Y por qué lo de chiquito…?” —insistí. Y ella, tomando el refrescante líquido servido en la guampa, con voz ronca relató: “Es que cuando me incorporé lo hice como si fuese un varón. Mi tamaño, al lado de los otros combatientes era destacable. Era, realmente, el más chiquito de los soldados, pero yo era mujer y necesitaba ocultar mi identidad de género. No estaba permitida la presencia de mujeres en el frente de batalla como soldado. Sin embargo, no quería abandonar a mis hermanos. Debido a que me crie junto a ellos adquirí sus modales, lo que me permitió alcanzar un aspecto, aceptablemente, varonil. Por otra parte, debido al consumo de cigarros po’í³ mi voz sonaba más ronca, incluso, que la de mis hermanos.”

El sargento que nos recibió nunca se percató de mi condición de mujer. Sólo mucho después, estando herida, un médico me revisó y dio el aviso al comandante. Estuve a punto de ser fusilada la mañana en que me descubrieron. Pero ocurrió que fui trasladada a la capital y mis hermanos —que casi corrieron misma suerte, es decir, la de ser fusilados— fueron trasladados a otra zona de conflicto, y allí participaron de varias batallas más. Yo, en cambio, fui destinada a servir como enfermera, dejando de actuar como soldado. —Pero, según su esposo, fue una pieza importante en la “batalla de los Criptógrafos”. —Sí, es cierto, pero… tenía que ver con la educación que yo poseía en ese entonces, y que nos sirvió para descifrar los mensajes de radiotelégrafos. Fuimos un grupo reducido… pero sí un grupo de personas que trabajamos intensamente. Eso nos permitió ganar una batalla. Capturó nuestro ejército no sólo armas, sino mapas que explicaban la inexistencia de pozos de agua en esa zona desértica. Esta era uno de los mayores problemas en la guerra, la falta de agua. Muchos… perdieron la vida, literalmente, por sed. En ambos bandos el agua fue un factor importante, determinante, en la toma de decisiones…

Desde aquella época hasta hoy me acompaña, siempre, ese cántaro que ven allí —dijo mientras nos mostraba un sector de la habitación—. Allí reposaba un antiguo cántaro de cerámica con agua fresca, el cual podía servirse con un jarro de aluminio, colocado encima de un plato de lata que estaba sobre la vasija. “Lo conservo con agua limpia y fresca. Me recuerda lo importante que son algunas cosas, y que solemos dar por entendido que siempre están o estarán al alcance de la mano; pero no es así… El agua sale de las canillas… pero cuánto más habrá de ser así…” Una tardecita —continuó el relato “chiquito”, al tiempo que encendía un clásico cigarro po´i— capturamos a un grupo de unos veinte hombres que se arrimaron presurosos a un estanque, al que llegamos primero nosotros, un grupo de cuatro soldados y un sargento. Nos escondimos, y vimos cómo se desnudaban algunos y se tiraban de cabeza al agua, mientras todos bebían, a más no poder, de aquella fuente… Los sorprendimos y capturamos. Ellos sólo pedían calmar su sed. Fue a partir de allí que comprendí la importancia del agua. De hecho, algunos pozos estaban secos y en general en esa zona eran escasos.

Comprendí también tras el relato, que su voz grave tenía que ver con el consumo de tabaco, que mantenía desde los años de su juventud. Era muy interesante verla fumar aquel cigarro pequeño, dejando escapar el humo, con una expresión de liberación. Quizás, lo liberador fuese el compartir su historia con otros, como una suerte de desahogo. El recinto donde nos encontrábamos quedó impregnado por el olor del tabaco, creando una atmósfera especial. Por un tiempo indefinido, todo pareció quedar en silencio. Extraño fue al punto que nos miramos. Era un silencio inquietante. Pero pronto continuó nuestra anfitriona con su relato. María, con sus ochenta años, mantenía una férrea voluntad por vivir. Y su aspecto no era la de alguien que se siente acabado, sino jovial. Muy bien arreglada y con un suave maquillaje, parecía un contraste increíble frente a lo que seguramente fue su aspecto al presentarse ante el regimiento que la reclutó. Su jovialidad era rara en ese ambiente tan caluroso y húmedo, que a nosotros nos estaba afectando. Sin embargo, ella fue agregando otras anécdotas, unas tras otras, incansable, mientras nos servía el tereré. En algunos momentos sonreía, por las picardías contadas. Cómo al recordar cómo había engañado a sus compañeros de aquél entonces, y a sus superiores. Era claro que lo había hecho no tanto por una cuestión de orgullo, sino por el amor que profesaba a su familia.

En ese entonces, sus dos hermanos —nos explicó— eran la única familia que le quedaba. Su madre había fallecido por una rara enfermedad, en tanto que su padre había sido capturado y luego asesinado por el enemigo. Pero de eso se enteró mucho tiempo después, al unirse al ejército. Él figuraba en las listas de soldados desaparecidos, y su interés era encontrarlo. Transcurrido unos años tras la contienda bélica supo, por boca de un antiguo compañero de combate del padre, que tras ser capturado, éste fue fusilado. Su cuerpo jamás fue hallado. La mirada de “chiquito” era penetrante. Escudriñaba el alma de quien la tenía enfrente. Al menos eso me pareció en ese encuentro. Y tras mantener entrevistas con otros de sus compañeros de combate, lo confirmé. Hablaron muy bien de ella, pero le tenían un respeto fuera de lo común. Ella los había ayudado en reiteradas ocasiones. Y explicaron que ella tenía un don, un poder. Encontraba siempre la forma de ayudar a los heridos, de estimularlos, de consolarlos. Incluso dijeron que tenía cierta capacidad de hipnotizarlos. Y para ello utilizaba, según contaron, una pluma de cabureí⁴. Investigando sobre el asunto me enteré que los chamanes de la región lo usaban para sus hechizos, para lo que llaman payé⁵.

Una tarde, pensando en la entrevista que habíamos mantenido con ella, recordé que, en un momento de la misma, mantuvimos una charla por separado. Tras la ronda de ingesta del tereré, ella se apartó y me pidió que la siguiera hasta el patio tapizado por ladrillos y enredaderas y me señaló: “Tu camino estará marcado por los libros, por la escritura de relatos, por tu imaginación. Nunca dejes de soñar despierto”. Aquellas palabras quedaron en el aire, y no reparé en sus expresiones, sino hasta muchos años después de ese encuentro. Y no compartí con ella mi afición por la escritura, en ningún momento, pues la entrevista que mantuvimos fue debido a que estaba escribiendo un informe para una revista, un semanario, que aparecía los fines de semana con el diario. Chiquito había ingresado como un varón al ejército, participando como tal en los enfrentamientos; pero había salido del frente, como mujer, por orden de su superior y bajo reserva absoluta. Sin embargo, en un reporte encontrado sobre su destinación a la capital aparecía como: soldado Mario López, nacido en 1916, en Tavapy.

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AMIGOS

Pérez de Villarreal Carlos – Argentina

Cuento basado en la canción “Decir amigo» de Joan Manuel Serrat.

Habían nacido con dos semanas de diferencia. Sus casas estaban en la misma cuadra: Carrer de Salses; casi pegadas una a la otra. Así fue como Pedro y Diego fueron vecinos; cursaron la primaria en el mismo colegio en el barrio de Horta. La secundaria los formó en las mismas aulas. Fueron amigos… Las correrías de chicos, la calle y su niñez fueron compartidas. La natilla de la madre de Pedro se compartía con la mistela que brindaba la otra madre, la de Diego. La adolescencia los puso en vuelo y el despertar sexual hacia la hombría fue compartido con la misma mujer. Y luego vinieron las salidas, el vino, la guitarra, las canciones y las broncas. Las peleas llegaron solo cuando ellos respondían. Siempre a dúo. Siempre espalda con espalda y ¡a la hostia con todo lo que viniera!, repartiendo trompadas. Ya buscar hembras entre ciudad y ciudad. Así era todo. Amistad de familia. Amistad entre ellos. Amistad de hierro. Indestructible.

Veinte años y el servicio los llevó a compartir tiendas, botas, cartucheras y fusil. Allí demostraron que eran excelentes tiradores. Ambos descollaban. No se sacaban distancia. Las bromas de la Compañía llegaban hasta el Batallón. Hasta se jugaba dinero por ver quién ganaría cada competencia. Pero siempre fue “lo tuyo nuestro y lo nuestro de los dos”. Y luego vino la filosofía de la vida. Diego se inclinó más por la liberación de los pueblos, la inclusión, la creencia en el frente popular, y puso en ello su entereza moral. Pedro fue más circunspecto. Para él, la autoridad debía ser restablecida. Obediencia y deber fueron su consigna. Allí, por primera vez, comenzaron las diferencias… Aunque el respeto era mutuo, confrontaban.

En julio del 36, el general Franco pasa a Marruecos y comienza la Guerra Civil Española. Motivos sociales, políticos y bélicos separan a los dos amigos. Hubo dos bandos bien definidos y una carnicería increíble. Se peleaba y se moría con un cigarrillo en los labios. La vida ya no importaba. Diego revistaba en el bando republicano. Pedro se encontraba alistado en el bando sublevado. Atrás quedaba la existencia conocida. Ahora era otra sensación. Se mataba fríamente no ya para sobrevivir… sino para escapar de la vida. En esos difíciles años, nunca se encontraron enfrentados. Por esas cosas del destino, ambos se habían convertido en francotiradores.

En marzo del 39, a punto ya de terminar esa maldita guerra, Pedro se encontraba defendiendo las posiciones tomadas. Allí habían probado sus armas y sus estrategias Alemania e Italia. A Hitler y al Duce, esta Guerra Civil les había servido como campo de entrenamiento para lo que vendría después. Los españoles pagan el costo: en vidas, en economía y en destrucción. Hasta los rusos intervinieron calladamente… Esa mañana de primavera, Pedro se encontraba en su barraca limpiando el Mossin-Nagant de tres líneas. Se había convertido en su aliado más fiel… Debía cuidarse. De él dependía su propia vida. Al clarear el día, las tropas franquistas comenzaron su avance. Para él la orden impartida fue clara: debía situarse sobre una colina entre unas encinas junto a su observador y concentrarse en una vieja casa abandonada en la que se ocultaban tropas sublevadas.

El asistente de Pedro, un soldado vasco de Zalduendo de Álava, callado, miraba con sus binoculares la casa abandonada. Algo se movió en la última ventana del 2º piso, justo debajo del techo a dos aguas. Ante el aviso, Pedro tomó posición y observó con su mira telescópica el lugar. Todo estaba en calma. No obstante, distinguió un brillo metálico. Observó con mejor detenimiento. En ese día primaveral, Diego se encontraba en una vieja casona abandonada. Su orden era abatir la mayor cantidad de soldados franquistas y volverse hacia Madrid, último reducto que podía defenderse. Solo, se situó en el 2º piso para observar el avance de las tropas. Usó su mira telescópica para ver. Recorrió el camino, el prado y dirigió el aparato hacia un pequeño bosque de encinas.

Los dos se vieron, uno con el arma lista y el otro no. Ambos se miraron. Los rostros cambiados, las manos ajadas, la mirada triste y lejana, pero se reconocieron. Por un momento el tiempo se detuvo. Por un momento las Ramblas los vieron pasar juntos, riéndose a carcajadas. Por un momento… Pedro bajó el arma y Diego se escabulló. Una media sonrisa apareció en sus labios, que el vasco no entendió porque había bajado sus binoculares. Diego escapando entre los matorrales tenía esa misma expresión en sus labios. El 1° de abril de 1939, pocos días después, Franco entraba triunfante en Madrid y cesaban las hostilidades. La guerra había terminado.

La calle Carrer d’en Quintana se encontraba bastante concurrida ese día de primavera de 1983 en Barcelona. Dos hombres ya ancianos, en el N° 5, en el antiguo Can Cullerets, tomaban una absenta. Sus cuerpos marchitos contrastaban con sus ojos vivaces, que al mirarse sonreían acordándose de esa mirada cómplice en una casa delante de un encinar… mucho tiempo atrás.

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