CUENTOS Y RELATOS – ABRIL
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“Cada historia es un latido que encuentra su lugar.”
COLABORAN…
Alberdi, Maren – España
Balsells, Magi – España
Carciofetti, Libia Beatriz – Argentina
Fontana, Luz – Italia/España
González Saavedra – Argentina
Gormley, Elspeth – España
Hoyos Forero, Jaime – Colombia
Morini, Andrea – Argentina
Pérez de Villarreal, Carlos – Argentina
Rotela, Walter H. – Uruguay
Yuste, Emiliano F. – España
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LA PANTALLA QUE RESPIRABA
Alberdi Maren — España
A Aurelia siempre le había parecido que las pantallas respiraban. No sabía explicarlo bien, pero cada vez que su nieta encendía el móvil, aquello se iluminaba como un pecho que toma aire. A Aurelia, que apenas había ido a la escuela y que aprendió a escribir su nombre a los cuarenta, aquello le parecía casi magia.
Vivía sola desde hacía años, en un piso pequeño donde el reloj de pared marcaba el ritmo de los días. La televisión era su compañía, pero últimamente también le hablaban de cosas que no entendía: códigos QR, aplicaciones, videollamadas, contraseñas que había que cambiar cada dos por tres. “El mundo va muy deprisa”, murmuraba mientras calentaba el café.
Un martes, su vecina del quinto —una chica colombiana con una risa que llenaba la escalera— le tocó la puerta.
—Doña Aurelia, ¿quiere que le enseñe a hacer videollamadas? Así habla con su hijo cuando quiera.
Aurelia dudó. Le daba vergüenza no saber. Le daba miedo tocar algo y romperlo. Pero la risa de la muchacha era tan luminosa que dijo que sí.
Se sentaron juntas en la mesa de la cocina. La chica le explicó despacio, sin prisa, como si estuviera enseñándole a tejer un punto nuevo. Aurelia miraba la pantalla como quien mira un animal desconocido: con respeto, con cautela, con un poco de cariño.
—Mire, aquí aprieta… y aquí aparece su hijo.
Y apareció. Su hijo, desde Alemania, con la barba más larga y los ojos más cansados. Aurelia sintió que el corazón se le subía a la garganta.
—Mamá… —dijo él, sorprendido—. ¿Tú… tú hiciste esto?
Ella no sabía qué contestar. Solo sonrió, tímida, orgullosa, como una niña que muestra su primer dibujo.
Después de colgar, Aurelia se quedó mirando el móvil apagado. Ya no le parecía un animal extraño. Ni una máquina que respiraba. Le parecía una puerta. Una puerta que, por primera vez, podía abrir sola.
Esa noche, mientras la luna se colaba por la ventana, Aurelia pensó que aprender no era cosa de jóvenes. Era cosa de valientes. Y que, aunque el mundo corriera demasiado, ella aún podía caminarlo a su ritmo, con pasos pequeños pero firmes.
Porque la tecnología no la hacía menos. La hacía más acompañada.
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VIEJO ROBLE
Balsells Magi — España
Por una suave brisa en este día caluroso, ha llegado hasta mí una bella estampa de estos humildes y simpáticos seres como son las mariposas
Soy un árbol ya con muchos años, lo que me ha permitido disfrutar durante décadas de la hermosura de estos frágiles y hermosos insectos
Hoy recuerdo con cariño mi brote de la madre tierra y solo al aparecer ya vinieron a saludarme, posándose en mis incipientes ramas que se doblegaban aun por su escaso peso
Siempre han anidado entre mis ramas, y las hojas han sido sus hermanas que las han alimentado y protegido de los enemigos naturales y de las inclemencias del tiempo
Algunas en mi resquebrajada corteza por los fenómenos de la naturaleza también se han anidado, dando una sensación de colorido muy especial
Cuando elevan el vuelo, es como si el arco iris se aposentara en todos los lugares, es una hermosa visión, que muchos poetas han querido pintar pero nunca han conseguido la belleza que ellas impregnan en el espacio
No puedo soñar como tu querida mariposa, ya que no es una de mis condiciones, tampoco puedo volar ya que alas no tengo, pero si puedo disfrutar de la alegría de tu presencia
Cuando ellas se elevan al cielo, se realiza una explosión de colores y vuelven es para darme a conocer bellezas que sus ojos ven
Cuando aparecen los primeros fríos, se van marchando, ha finalizado su vida, dejan a sus queridas hermanas las hojas que también mustias van perdiendo su color, ellas también abandonan las ramas como si quisieran acompañarlas en su último viaje
Pero para mi deleite, se que siempre volveré a disfrutar de su hermosa compañía en primavera
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PASEO SON SOBRINOS Y NIETOS
Carciofetti Libia — Argentina
Decidimos ese sábado —no hace ni un mes— con Ariel llevar a sus nietos, mis sobrinos, a Villa Carlos Paz. Nos tocó un día espectacular. Fuimos por el camino más apasionante, bordeando montañas y ríos.
Los sobrinos y nietos ni se enteraron por dónde iban: celulares, jueguitos y auriculares con una música que ni Ariel ni yo entendíamos.
A los pocos minutos de subir al auto comenzó el show del “¡Tengo hambre!”. No habían querido almorzar porque la comida preparada con tanto esmero por su abuela “no les había gustado”.
Así que, al apearse para la excursión aventura, quedó bien en claro: —¿No les gustó la comida? —Bueno, vayan sabiendo que hasta la hora de merendar no van a comer nada. Al que no le guste la idea… ¡se baja!
Mutis por el foro y partimos. Un paisaje de novela. Hicimos varias paradas para tomar fotos.
—Mirá, tía, ahí venden queso y salame… allá pan casero… y más allá… ¡más allá nadaaaa! —les dijo el abuelo.
—Son las tres de la tarde, no es hora de merendar —agregué—. Además vamos a subir a la aerosilla, y a la tía la van a embromar con que quieren vomitar, porque se tira de la aerosilla. A ella le da impresión.
—Ehhhh, ¡no es para tanto! —dice Catalina. —Sí lo es —le contesto—. Me impresiona.
Catalina iba conmigo y no había forma de sujetarla. —No me agarres a mí, porque yo sé patinar y nadie me agarra. —Pero patinar no tiene nada que ver con la altura, Cata. —También voy en avión sola yo… —Bueno, mija, que Dios la ampare… y a mí también.
Subimos y bajamos de la aerosilla, que le costó al abuelo 500$ los mayores y 300$ los menores. —¡Un robo! —¡No es para tanto! —otra vez la Cata. Pero bueno… las aventuras cuestan. Ver desde esa altura es como haberse convertido en pájaro y sobrevolar la Villa tan hermosa.
—¿A dónde quieren ir ahora? En coro: “¡A la Casa de Casper!”, el fantasmita que desafía la ley de la gravedad.
Ariel me dice: —Yo no voy a entrar. Voy a comprar la merienda y nos vamos al lado del río. —Ehhh, ¡queremos comer! —dice Santino. —A eso voy… a comprar la merienda. —¿No vamos a merendar al restaurante? —¿Qué restaurante? Vamos al lado del río. Aquí es una fortuna sentarse en un restaurante. —¿Todo es caro? —Para ustedes, sí. —Mi papi siempre me lleva a restaurantes y nos deja pedir lo que queremos… Le hago seña de que cierre la boca porque el abuelo ya estaba levantando presión.
La entrada a la Casa del Fantasmita: 300$ per cápita.
Esperamos que se formara el grupo. Cuando ya éramos unas quince personas, la chica que nos guiaba advirtió: —Sugiero que quien tenga claustrofobia no entre. Ustedes mismos tienen que encontrar la salida al laberinto. Los pasillos son resbaladizos y no se ve nada.
Ni me acordaba de que en mi viaje de bodas había entrado con mi amor, por eso no sentía la misma seguridad que mis sobrinos.
Avril, Santino y Catalina, entre todos los grandes, perdidos en el laberinto de puertas, encontraron la entrada a la casa tétrica de Casper. Yo estaba más perdida que turco en la neblina, pero me consolé enseguida porque un muchacho que estaba al lado mío, cuando le dije “pasá adelante así te sigo”, me respondió: —Noooo, yo te sigo a vos, no veo nada.
Mis sobrinos, encolumnados, nos guiaban. Una señora resbaló y cayó, otra estaba mareada, y yo no veía la hora de que terminara esta odisea. Pero quedé fascinada con la historia (búsquenla en Google, vale la pena). Nunca imaginé cómo se puede desafiar la ley de la gravedad.
En un tramo antes de la salida me pegué una patinada que casi llego a Córdoba de regreso. Cuando me vio Santino, en vez de darme la mano, me dijo delante de todos: —¡Sos una maricona, tía! ¿Cómo te vas a resbalar así? No te traemos más.
Así que ellos me llevaban a mí… y yo sin saberlo. Me causó tanta gracia que casi podría decir que con altura casi me voy en aguas.
AL FIN se hizo la luz y pudimos salir airosos, aunque mi compañero boquense y yo quedamos “contracturados”.
Afuera nos esperaba el abuelo con una suculenta bandeja de sándwiches de miga, una bolsa de facturas rellenas espectaculares y aguas saborizadas. Abarajaron todo como si fuera la última vez que iban a comer.
—¡Qué río ni río! —dijo Santi—. ¡Yo no doy más de hambre! Así que ahí nomás, en plena calle, dentro de la camioneta, comimos todo.
Luego esperamos al Cucú a las 19 hs y regresamos chochos de la vida, por haber disfrutado de un paseo que ni ellos ni nosotros olvidaremos.
—Sí, pero nos faltó ir a la pileta debajo de la aerosilla —dice Santi. —Como te hubiera dicho el tío Miguel: “Mañana a la tarde… pero por la noche”.
Y al baño todos, porque yo no paro más, ¿eh? Como una tromba bajaron antes de salir a la ruta, en la estación de servicio.
—¿No vamos a tomar un helado? (Por lo bajo me dice Ariel: “Son una máquina de pedir… insaciables”). —¿En la ruta no hay heladerías, abuelo? —Ayyyy, Santi, ¿cómo va a haber en la ruta? —¿Y si nos volvemos? —Bueno, el año que viene volvemos, ¿querés?
Así que les recomiendo el paseo con sobrinos y nietos, munidos de bolsillos con plata y toda la paciencia del mundo. Porque los chicos son como las criaturas, diría mi hermana: lo mejor de nuestra vida… pero no se cansan de pedir.
—Las pulseras de colores se las debo, chicos, porque no se puede estacionar en el centro. —Ehhhh, tíaaaa, daleeee.
—¿Cómo me porté? —pregunta Catalina. —¡Pésimo! —le digo. —Ehhhh, ¡no es para tanto! Y al ratito se durmió. Los tres, unos santos. LOS AMOOOO. Y con el abuelo disfrutamos del paseo y la estadía.
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EL RUMOR DE LAS TÚNICAS
Fontana Luz — Italia/España
La Semana Santa siempre llegaba a su calle como un murmullo antiguo. No era cuestión de fe —al menos no para ella— sino de memoria. De una memoria que no había vivido, pero que la rozaba cada año como un pañuelo húmedo.
Esa tarde, Luz salió al balcón cuando escuchó el primer redoble. El aire olía a cera tibia y a azahar, una mezcla que solo existía en esos días, como si el tiempo se plegara sobre sí mismo. Desde arriba, veía a la gente reunirse en silencio, cada uno con su historia, su duelo, su esperanza.
Lo que más le impresionaba no eran los pasos, ni las imágenes, ni siquiera la solemnidad. Era el ritmo de las túnicas. Ese vaivén lento, casi hipnótico, que parecía mover el mundo un milímetro hacia dentro. Como si cada penitente cargara no un símbolo, sino una vida entera.
Luz observaba y pensaba que la Semana Santa tenía algo de espejo. No mostraba lo que uno era, sino lo que uno evitaba mirar. El cansancio, la fragilidad, la necesidad de sostenerse en algo —aunque fuera en un tambor que marcaba el compás de los pasos.
Un niño pequeño, sentado en los hombros de su padre, señalaba las velas con los ojos muy abiertos. Luz sonrió. Para él, aquello era un desfile misterioso. Para los mayores, quizá un consuelo. Para ella, un recordatorio de que incluso en la oscuridad hay un orden secreto, una luz que no se apaga del todo.
Cuando la procesión dobló la esquina y el sonido se fue apagando, Luz se quedó un momento más en el balcón. El aire seguía oliendo a cera. Y en ese olor encontró algo parecido a la calma.
No era creyente. No necesitaba serlo. Bastaba con sentir que, por un instante, todo el pueblo respiraba al mismo ritmo.
Y eso, pensó, también era una forma de milagro.
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DE POSTRE, DURAZNOS
González Saavedra Carlos — Argentina
Corría el año 1960 y a papa lo ascendieron.Significaba una sustancial mejora económica.
Casi de pincha papeles a la teneduría de libros; su jefe contador, había sido promovido, a la gerencia
El frigorífico “LA NEGRA” estaba en Avellaneda y era unos de los primeros y más modernos de la época.No era fácil progresar en esas empresas, ya que sus dueños, ingleses, eran sumamente exigentes con sus empleados.
Debía estar todo en absoluto orden, para enviar los reportes a Inglaterra.
Papa para eso era un genio, aparte mis tíos trabajaban en el correo en despacho al exterior, de manera que las cartas salían y llegaban con una rapidez inusual, lo cual había merecido, tanto el jefe como papa felicitaciones varias.
Mamá estaba contenta, mi hermana y yo sabíamos que algo bueno y nuevo estaba pasando.
En un almuerzo familiar, mis padres anuncian que han invitado al promovido gerente, a almorzar en casa, a modo de festejo por los ascensos.
Debíamos portarnos bien en la mesa.
No apoyar los codos, esperar que mama sirva, cruzar las manos y mantenerse a una cuarta de la mesa, cosa que papa se ocupaba una semana antes del evento, de medir con su mano si estábamos bien.
Por supuesto la casa debía estar impecable para ese domingo y debíamos colaborar.
Enceramos los pisos, lavamos el patio esa mañana.Estaba todo reluciente.
Mi hermana con un vestidito muy lindo y yo con pantalón corto y camisa al tono.
Impecables los cuatro.
El contador Enrique Talent había dicho que tomaba el tren en Constitución de las 11.10hs y estaría llegando a las 11.50hs.a Rafael Calzada. Papa lo iría a buscar a la estación.
La mesa con mantel y flores, daban un toque muy calido, a la visita.
Cuando faltaban unos minutos para ir a buscar al contador, un grito de desesperanza de mama anuncia….
Carlos me olvide el postre!!!Porque no compras en el anden de la estación, una lata de duraznos al natural, en esa frutería que abrieron nueva, de paredes de chapa amarillas.
Papa sin mucho que solucionar, asintió con la cabeza y allá fue.Domingo al mediodía no había muchas alternativas, estaba todo cerrado, tampoco había tiempo para salir a buscar nada.
Llego 11.50hs. Justo cuando bajaban todos, entre ellos Talent, que entre sus manos traía unos ramos de flores para mama y una lata de duraznos en almíbar comprados en Constitución.
Ante el recibimiento, papa no dijo palabras, se sintió agraciado por los presentes ya que de algún bolsillo termino sacando caramelos para mi hermana y para mí.
Enrique Talent era una persona muy humana, de mirada y apariencia triste.Iluminaba su expresión con una sonrisa y encendidos ojos celestes., algo mayor, soltero y con ganas de mucho afecto, papa lo estimaba mucho.
Todo se desarrollo en absoluta normalidad, almorzamos muy rico.A los postres, mama había preparado en una fuente de
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LA CASA DE LOS ACENTOS
Gormley Elspeth — España
La primera vez que Elena escuchó a su vecina rusa cantar mientras tendía la ropa, pensó que aquello no era una canción, sino un rezo antiguo. No entendía una sola palabra, pero la melodía le abrió una grieta dulce en el pecho, como si alguien hubiese empujado una ventana que llevaba años atascada.
En su edificio convivían acentos como quien convive con plantas: cada uno con su forma de crecer, de ocupar el aire, de pedir luz. Los niños marroquíes jugaban en el portal mezclando árabe y español sin darse cuenta, como si ambos idiomas fueran dos colores que siempre habían pertenecido a la misma paleta. La señora alemana del tercero bajaba cada mañana con su pan de centeno envuelto en un paño bordado, y al cruzarse con Elena le regalaba un “Guten Morgen” que sonaba a madera limpia.
A Elena le gustaba pensar que el edificio era una especie de orquesta desordenada. A veces desafinada, sí, pero siempre viva. Había aprendido que convivir con otras culturas no era un acto de tolerancia, sino de descubrimiento: descubrir que el té puede ser un ritual, que el silencio también es una forma de cariño, que una receta compartida puede curar un mal día.
Una tarde, mientras preparaba café, escuchó golpes en la puerta. Era Ahmed, el chico del cuarto, con una bandeja de dulces recién hechos. “Ramadán”, dijo sonriendo. Elena no sabía qué responder, así que simplemente abrió la puerta de par en par. Él entró, dejó los dulces en la mesa y, sin pedir permiso, empezó a contarle cómo su abuela los hacía en Casablanca.
Y entonces Elena lo entendió: convivir con otras culturas no te cambia de golpe, te cambia por dentro, como una luz que se enciende sin hacer ruido. Te ensancha. Te vuelve más humana.
Aquella noche, mientras probaba los dulces, pensó que su edificio era, en realidad, una casa de acentos. Y que cada acento, cada gesto, cada historia, era una forma distinta de decir “aquí estoy”, “aquí vivimos”, “aquí nos hacemos compañía”.
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SOBRE DON QUIJOTE
Hoyos Forero Jaime — Colombia
Él me ha dicho:
-Las mujeres, Jaime amigo, son ángeles, y por eso hay que amarlas y ese amor es ante todo un ejercicio del alma.-
Como veis, las palabras anteriores no están en el Quijote. Me las ha dicho él, al oído, porque don Quijote -para quienes lo amamos- vive en este y en todos los siglos y nos acompaña siempre -igual que el ángel de la guarda- y nos habla en el bus, en el coche, en la calle, en el silencio de la noche o en el tumulto de la urbe. No os extrañéis, pues, cuando me veáis a solas moviendo los labios…Es que estoy, seguramente, dialogando con don Quijote; y si veis que levanto la vista es, simplemente, porque mi invisible amigo va cabalgando a Rocinante.
Os invito, queridos amigos, y esto no lo hago por mí, sino cumpliendo una orden secreta de don Quijote, que a partir de hoy os contagiéis de su locura: Veréis cómo os sentiréis, y espero que para siempre, acompañados de mi señor don Quijote y seréis felices enmendando entuertos y exigiendo justicia sin que os importe tropezar y caer entre las aspas de los molinos. Entonces sentiréis que don Quijote acudirá en vuestro auxilio y sabréis que él no ha muerto, que no es un libro solamente, una novela, sino un hombre vivo, un padre, un loco y un amigo.
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EL ESCRIBIENTE
Morini Andrea — Argentina
Germán lleva días sepultado en su desván. Ese cubículo asfixiante, saturado de lomos de cuero y papel, ha dejado de ser su refugio para convertirse en su celda. Le agrada —o quizá ya solo soporta— el olor rancio de los volúmenes que trepan por las paredes, del suelo al techo, como una hiedra de celulosa que amenaza con devorar el único ventanuco que da a la calle. Desde niño imaginaba que de esas páginas brotaban historias; ahora, sospecha que son esas mismas historias las que lo están entretejiendo a él.
Sabe que el tiempo se le escapa entre los dedos, como arena que huye desesperada de vuelta al mar. El fin avanza, lento e inexorable; no es momento de flaquear. Se ha propuesto parir la historia más maravillosa jamás contada. Ha conjurado a las musas en su beneficio y, al parecer, estas le han concedido el don, aunque el precio sea su propia carne.
Los pensamientos brotan con una violencia febril, llenando folios y folios. Esta vez, la s ideas no son volátiles; son garras que arrastran sus dedos hacia el papel. Su figura, envarada y macilenta, emerge entre el cúmulo de folios apilados como el cadáver de un náufrago en un mar de tinta.
No come. No bebe. Su hambre es de letras, una bulimia creativa que ha devorado cualquier otro instinto. Ha prometido terminar y el pacto es sagrado. El mensajero debe entregar la revelación; ese fue el trato con Calíope, una deidad que ahora se le antoja hambrienta, esperando el pregón del numen con una ansiedad que roza lo perverso.
Siente que avanza por una ciénaga espesa que se enrosca en sus vísceras y atrapa sus extremidades. El aire en el desván es denso, casi sólido. Crear es su pasión, pero ahora el llamado exige su ser entero, átomo por átomo. El final se aproxima; lo presiente en el crujir de sus propios huesos, en la arritmia de un corazón que ya no le pertenece.
Un vértigo agónico lo embarga al desgranar los últimos párrafos. Mientras los misterios se develan en el papel, su mente parece astillarse. Finalmente, cuando las últimas letras caen con el susurro siniestro de hojas secas, sabe que la tarea ha terminado. La musa estará satisfecha; el escribiente ha cumplido.
Entonces, en el preciso instante de estampar el punto final, Germán siente que el papel comienza a succionarlo. No hay alivio, solo una disolución aterradora. Su cuerpo se desvanece, diluyéndose en el objeto de su deseo, arrastrado por un goce oscuro hacia el abismo de lo ignoto.
Ya no queda hombre, solo tinta.
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EL RELOJ DE ARENA
Pérez de Villarreal Carlos — Argentina
Las uñas pintadas de rojo fuego eran perfectas. Modelaban los dedos finos, delicados, de las manos de la mujer.
En la mesa reposaban solo tres objetos: una Beretta 9 mm, un celular y un reloj de arena.
La mano de mujer tomaba el reloj exactamente cada dos minutos y lo daba vuelta.
Lo había contado ya tres veces: 1001, 1002, 1003… El seco golpe sobre la mesa me turbaba.
Sentado en una silla rústica, con mis manos atadas en la espalda, sentía mi cuerpo retorcerse de dolor. El energúmeno golpeaba tres veces: arriba, al medio y abajo.
Cabeza, pecho y estómago.
No con mucha fuerza, para no lastimarme demasiado. Lo importante era que hablara.
Dos minutos de descanso… dos minutos de paliza, tranquila, concienzuda; pero que penetraba hasta el alma.
No podía durar mucho más, si no, ya no tendría fuerzas.
Observé el viejo garaje Un olor rancio a pintura y aceite viejo impregnaba el ambiente.
Dos o tres coches arrumbados dejaban ver el desuso del lugar.
La cortina metálica estaba totalmente baja. Un Peugeot nuevo, azul, reluciente, estaba apuntando hacia la puerta. Estaba allí desde que la camioneta nos trajo.
La mujer me miró inquisitivamente. Se adelantó sobre la mesa. Intenté sonreír con los labios agrietados. La sangre me inundó la boca. Escupí hacia adelante y bajé la cabeza.
El energúmeno se aflojó, se corrió hacia atrás un paso.
¡Fue mi momento!
Con el taco derecho del borceguí golpeé la pata de la silla. La hoja de 5 centímetros salió por la punta de la gruesa suela y con un “click” metálico quedó encajada. La hundí con fuerza en los testículos del grandote. Oí perfectamente el ruido suave del acero sobre la carne y empujé con todas las fuerzas, bien arriba.
No miré la cara de sorpresa del musculoso.
Con todas mis fuerzas me levanté y me tiré por encima de la mesa sobre la mujer.
Mi cuerpo voló atado a la silla y caímos enredados contra el suelo. El golpe me aturdió, crujió la madera que saltó en pedazos y crujió mi cuerpo también.
La mujer llevó la peor parte. Yacía tirada con la cabeza en una extraña posición.
Las uñas pintadas de rojo fuego seguían siendo perfectas.
Los ojos desorbitados. Inmóvil
Me destrabé, levanté un brazo, después el otro. Me liberé y busqué la 9. La encontré en el suelo casi al lado de la mujer muerta.
Estaba sin seguro, la cerrrojé con suavidad; tenía un proyectil en la recámara. Acercándome al hombre, vi que temblaba en el suelo con las manos en los genitales, llenas de sangre. Le apunté a la cabeza y disparé. Dejó de temblar.
Me arrimé a una vieja pileta, donde pude lavarme un poco. El cuerpo dolía… pero estaba vivo.
Sabía que volverían a buscarme, pero esperaba estar bastante lejos para entonces.
Había engañado, sí. Un gran vuelto había ido a parar a mis manos.
Hoy, en una cuenta bien segura en un banco offshore. Pero en mi negocio las cosas se daban así.
Vives en el filo de una navaja, traicionando y traicionado. Lo tomas o lo dejas. Y si lo tomas, te arriesgas.
Y si te arriesgas, te puede costar hasta la vida. Y sin vida, no hay negocio.
Me preocupaba que me hubieran atrapado. Era un descuido que no debería volver a pasar.
Dejé de ser amenazador. Al convertirme en un ser civilizado, había cometido el peor de los errores.
Levanté la persiana.
Fui hasta el Peugeot y, cuando estaba por subir, un brillo en el suelo me llamó la atención.
El reloj de arena, totalmente intacto en su cuadrante metálico, me miraba de costado.
En su interior, las partículas ocupaban los dos lados. Buena señal, pensé.
Lo tomé, lo puse en el asiento del acompañante, subí al auto y arranqué.
Fue lo último que hice en mi vida.
Una gran explosión, como un hongo gigantesco, demolió todo el lugar.
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VICTORIA
Rotela Walter H. — Uruguay
Victoria mira el puerto desde la ventana de su cocina. El sol sube rápido por el éste cada mañana. Y ella disfruta ese instante. Después de ver la salida del sol toma el mate de la mañana. Se apronta y sale a buscar algún libro en las tiendas de libros usados. Canjea los que ya leyó, aunque suele guardar algunos, cual reliquia. Es su pasatiempo
predilecto.
Un mañana de mayo, después de la salida del sol, se quedó con la mirada perdida. En la radio sintonizada en AM pasaban una noticia del día anterior. Una niña había muerto a manos del adulto a cuyo cargo estaba. Inmediatamente recordó, a sus setenta años, situaciones vividas en su niñez. Palizas, corridas. Recuerdos que consideraba enterrados en lo profundo de la rojiza tierra.
Victoria vive sola. Nunca quiso casarse o tener hijos. Se había jurado eso ̶ y lo cumplió ̶ de no traer niños al mundo. Era la séptima hija de un total de catorce hermanos. Su niñez la había pasado como criada en una y otra casa, como la mayoría de sus hermanas. Desde muy chica tuvo un carácter fuerte. Era muy rebelde y no se quedaba callada ante nadie. Para bien o para mal.
La mañana en cuestión, tras la rutina de ver salir el sol se dio un baño y salió como de costumbre, pero no visitó ninguna tienda de libros, no recorrió el micro-centro, no subió a ningún colectivo, sólo caminó. Y sus pasos la llevaron a la entrada de un templo, una pequeña capilla a donde concurría a oír misa, los primeros años tras su llegada a la ciudad capital. Pero hacía muchos años que no pisaba el interior del lugar.
Esa mañana encontró abierto el templo e ingresó. Se persignó y vio que un sacerdote estaba cerca del confesionario. Se acercó y le dijo: «Necesito contarle».
̶ Bien, bien… Lo que quieras decir. Pero sentémonos en un banco.
̶ Sí, sí. Estoy cansada. Gracias.
Lo que Victoria tenía para decir le llevó una hora, que le pareció corta al sacerdote. Ella parecía muy cansada al principio, sin embargo, el hombre de canas intuyó que ella necesitaba decir más, pero quizás en otra ocasión. Era mucho para un
solo día.
La mañana estaba hermosa, el sol se colaba por entre las hojas, el bullicio de la ciudad iba creciendo; pero dentro de la capilla reinaba la calma. Sólo un murmullo era audible, donde ellos se encontraban. A un costado, hacia el frente, una mujeres rezaban el rosario, tenían un ritmo, un punto de inicio y otro de cierre, siempre el mismo, casi
como el lub dub del corazón.
El sacerdote la miró y casi susurrando le mencionó que la recordaba, pero que hacía años no venía, como solía hacerlo los domingos.
̶ Sí, dejé de venir… dejé de venir pero sigo creyendo… Sabe el sol…. El sol me da esperanzas ̶ se animó a comentar.
̶ Cada día es un regalo del señor… Y tú eres una mujer fuerte, luchadora ̶ Expresó él mirando hacia ella y hacia una entrada de luz que provenía de lo alto de una pared.
̶ Creo padre, que al contarle esto que tenía aquí guardado… Al contarle me saqué… Me saqué un gran peso.
̶ Haz cargado demasiados años con este lastre y ya es hora… Es hora de dejarlo atrás. Tu nombre hace honor a esto que es tu vida: una victoria. Vive, vive y sé feliz. El sufrimiento no te doblegó, pero cargaste por demás con ese equipaje.
No dejes de visitar nuestra capilla, otras personas podrían aprender mucho de tus caminos en esta tierra color sangre.
̶ Lo haré. Seguramente mis pasos volverán a traerme, como lo hicieron hoy, después de tantos años.
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LA RUEDA DE LA INFORTUNA
Yuste Felipe. E. — España
El gallo no cantaba para despertarle. Cantaba porque Antonio ya llevaba una hora despierto, con las manos abiertas en grietas blancas de frío, sacando a las mulas del corral como quien arranca el día a tirones.
En el pueblo le llamaron Antoñín hasta los diez. Después, ni diminutivos ni infancia. El tiempo allí no se estiraba: se gastaba.
A los seis ya seguía a su abuelo por los cerros, aprendiendo a leer el cielo como otros leen cuentos. A los ocho iba solo, con las manos rajadas por la escarcha de enero y las ampollas de julio reventadas antes de curarse.
La casa era de adobe y de hambre antigua. Se comía lo que respiraba: huevos si había suerte, leche si la cabra no estaba seca, matanza si el año no era tacaño.
La fiebre se curaba trabajando. La escuela era un lujo reservado a los días de lluvia fuerte, y esos días casi nunca llegaban.
Su único juguete fue un palo. Su única amiga, una mula gris llamada Ceniza. La cepillaba cada tarde, no por cariño, sino por supervivencia: si Ceniza caía, la tierra se quedaba muda. Y si la tierra no hablaba, no había pan.
Así aprendió Antonio: antes a leer nubes que a leer libros. Las nubes nunca mentían.
Capítulo 2 — Fuego y levadura
A los trece, su padre habló con el tahonero.
—El chico es fuerte y no se queja.
No hizo falta más.
Cambió el establo por el horno. El frío por las brasas. Las estrellas por el humo.
Entraba a las tres de la mañana, cuando el pueblo aún soñaba, y salía cuando ya olía a guiso en las cocinas.
El calor le secaba el sudor antes de que pudiera caerle. Los nudillos sangraban de tanto heñir, pero él seguía.
Aprendió a medir la levadura a ojo, a sacar hornazos que olían a fiesta aunque su vida no tuviera ninguna.
Guardaba las monedas en una lata de membrillo bajo el jergón. No para comprarse nada. Para soñar con una tahona propia donde las deudas fueran de otros, no suyas.
Capítulo 3 — Madrid y espejismos
Cuando terminó la mili, Madrid le prometió trabajo. Y cumplió. Pero también cobró. Y cobró caro.
Fue peón, repartidor, socio engañado, churrero cansado.
Montó un obrador que duró lo que dura un suspiro mal contado. El socio se llevó la furgoneta, los clientes y la mitad de su fe.
Luego vino la churrería. Y después, el cuerpo roto.
La palabra diálisis le cayó encima como un ladrillo mojado.
El trasplante llegó de un chaval de 22 años. Antonio nunca quiso saber su nombre. Le bastaba con sentir la cicatriz tirándole como un alambre cada vez que tosía.
Mientras él aprendía a mear otra vez, Luis y Marisol —sus empleados, su confianza— vaciaban el bar de madrugada. Se llevaron hasta los taburetes.
Cuando salió del hospital, solo quedaban las marcas claras en las paredes donde antes colgaban los cuadros.
La policía tomó nota. Nada más.
El banco tomó el crédito.
La Seguridad Social tomó las cuotas.
Y un año después, Luis y Marisol lo denunciaron.
El juez les creyó a ellos. A él, no.
Pagó sus sueldos, sus intereses, su silencio. Pagó con el piso en el divorcio. Pagó con la dignidad de quien ya no tiene fuerzas ni para enfadarse.
A los cincuenta, Antonio ya no tenía ni teléfono a su nombre.
Las oportunidades eran nubes de abril: ruido, promesa, y luego granizo.
Capítulo 4 — La vuelta sin gloria
Volvió al pueblo con 58 años, una maleta coja y una cicatriz que dolía cuando cambiaba el tiempo.
El pueblo ya no era su pueblo.
La tahona era un bazar.
Su casa, un esqueleto con el tejado hundido.
Los viejos lo miraban como se mira a un perro que vuelve derrotado.
Trabajó lo que pudo: aceituna, obra, pintura del cementerio. Todo en negro. Todo por días.
El cuerpo pedía tregua. La nevera no.
Por las tardes se sentaba en el poyo de su casa caída. Veía pasar tractores donde antes pasaban mulas. Ceniza llevaba cuarenta años muerta. Él se sentía igual.
Pensó que la jubilación sería un descanso. Un respiro. Un cigarro sin culpa.
Se equivocó.
Capítulo 5 — El juzgado no olvida
La carta llegó un martes de febrero.
Un Dacia Logan.
Un crédito viejo.
Una deuda que nunca murió.
La pensión: 840 euros.
El embargo: total.
La ley decía que le correspondían 700 para no morirse.
El banco decía otra cosa.
Pidió fiado en el súper: pan de molde barato y una pastilla de caldo.
El tendero apuntó en la libreta con esa mezcla de pena y vergüenza que duele más que el hambre.
En el poyo, desmigó el pan. Las gallinas del vecino vinieron corriendo.
Eran siete.
Como los que eran en su casa cuando él era niño.
Les tiró las migas. Ellas picoteaban deprisa, como si también tuvieran prisa por sobrevivir.
Antonio escupió al suelo. No por rabia. Por cansancio.
Setecientos euros para no morirse.
Él, ni eso.
Y allí, en ese poyo, entendió que la rueda de la infortuna no gira: aplasta.
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