—¿Qué valores querés dejarles a tus hijos? —preguntó la abuela mientras removía el café, como si en ese gesto sencillo cupiera toda la vida.
La madre se quedó pensando. No quería repetir frases hechas ni discursos de manual. Miró a sus hijos jugando en el suelo, ajenos al mundo, y sintió que la respuesta no estaba en las palabras, sino en lo que ellos veían cada día.
—Quiero que aprendan a no mentir —dijo al fin—, pero no porque yo se los diga, sino porque me vean decir la verdad aunque duela. Quiero que respeten, pero no por obligación, sino porque me vean escuchar antes de hablar. Quiero que sean libres, pero no para hacer cualquier cosa, sino para elegir con conciencia. Quiero que amen, pero no por romanticismo, sino porque entiendan que el amor también es paciencia, límites y presencia. Quiero que sean valientes, pero no para ganar, sino para no traicionarse a sí mismos.
La abuela sonrió, como quien reconoce una verdad antigua.
—Entonces ya lo estás haciendo —respondió—. Los valores no se enseñan… se contagian.
La madre miró a sus hijos otra vez. Y comprendió que, sin saberlo, cada gesto suyo era una herencia invisible que ellos estaban aprendiendo a descifrar.
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EL CAFÉ
Elspeth Gormley – España
Tras más de cuarenta años sin verse, Elspeth reconoció a Clara en cuanto entró en la cafetería.
Tomaron café y hablaron del pasado.
O al menos, Elspeth lo intentó.
Clara solo hablaba de dinero, de éxitos y de personas importantes.
Mientras la escuchaba, Elspeth buscó a la niña bondadosa que compartía secretos y bocadillos en el recreo.
No la encontró.
Al despedirse, Clara sonrió satisfecha.
Elspeth observó su taza vacía y pensó:
«Qué extraño. La he reconocido por fuera, pero la persona que vine a ver no ha llegado.»
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SENTIMIENTOS
Carlos Pérez de Villarreal-Argentina
—¿Cómo te sentís escritor? ¿Seguís siendo el mismo o cambiaste? Si, ya sé, no me digas nada, te fuiste adaptando a todo. Tenés esa particularidad de acomodarte a cualquier circunstancia. Te conozco. Sos la imaginación llevada al límite. Un creador de mundos imaginarios. ¿Querés que te cuente algo? Ahora te convertiste en el punto de unión entre lectura y creatividad, rompiendo todos los moldes establecidos.
—¿Pero no era ese el fin de tu vida?, ¿escribir no era tu pasión? ¡Al final estás en lo tuyo!
—No lo puedo negar, tenés razón, pero el trabajo se intensificó y está resultando pesado. A veces pienso que es demasiado para mí.
—Me parece que estás exagerando. ¿No te parece bueno este nuevo destino?
—Puede ser. Pero… mejor pregúntale a Lucifer, quiere que le escriba sus memorias.
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EL HOMBRE DESNUDO
Sarah Petrone-Argentina
Al doblar la esquina lo vio de espaldas. El uniforme le generó confianza. El cabello oscuro asomaba prolijo por debajo de la gorra militar. Caminaba erguido delante de ella, como marchando en un desfile.
Con un impulso infantil lo siguió a un par de metros de distancia, despacio, recelosa, pero quería confiar en él, pensó que podría contarle, pedirle ayuda y protección. Se fue acercando en silencio sin atreverse a importunarlo.
El hombre se dio cuenta, pero no se detuvo, quizá por prudencia, pensó.
Él la miró de reojo y aminoro el paso. Con disimulo la fue guiando por la vereda del callejón oscuro que propicio el encuentro.
Con pánico reconoció en él a su violador prófugo de la semana pasada.
Volvió a tener el mismo terror, el mismo asco, el dolor que otra vez la paralizaba y a sentir el mismo olor acre de la piel de ese hombre desnudo sobre ella.
Cerró los ojos…y gritó.
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UNA RISA MÁS
Yanni Tugores-Uruguay
El verano nos regala una suave brisa; es noche de Navidad. Susurros de paz recorren el lugar; los niños juegan. Solo uno está alejado, no sonríe. Su madre se acerca. Él, con ternura, mira al cielo: —¿Dios le regalará una Navidad así a los niños pobres? Ella, emocionada al ver a su niño pequeño tan reflexivo, contesta: —¿Esta noche es mágica, hijo mío; es Navidad. Todos los niños del mundo tendrán una cena hermosa y juguetes bajo el árbol. Una utopía, quizás, pero al menos ese día otro niño sonrió.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:32:022026-09-23 15:58:19MICRORRELATOS – SEPTIEMBRE
Maren Alberdi – España Libia B. Carciofetti – Argentina Carlos H. González Saavedra – Argentina Elspeth Gormley – España Jaime Hoyos Forero – Colombia Margarita Mangione – Argentina Andrea Morini – Argentina Carlos Pérez de Villarreal – Argentina Sarah Petrone – Argentina Yanni Tugores – Uruguay
DONDE EL MAR GUARDA LA MÚSICA
Maren Alberdi–España
La ciudad despertaba cada mañana junto al mar.
Las primeras luces se reflejaban en las fachadas blancas, las palmeras comenzaban a mecerse con la brisa y las fuentes llenaban los jardines con su murmullo constante. Los vendedores abrían sus puestos, los niños caminaban hacia la escuela y los pájaros trazaban círculos sobre el cielo azul.
Entre todos ellos había uno distinto.
Su plumaje era negro y brillante como el charol. No cantaba. No jugaba con los demás. Siempre aparecía solo y observaba el mundo desde las ramas más altas de los árboles.
Una tarde, dos niños lo descubrieron junto a un pequeño arroyo que cruzaba el jardín de su casa.
—Mira, allí está otra vez.
—Es verdad. Parece triste.
—También parece enfadado.
—Quizá esté solo.
Los dos permanecieron unos momentos observándolo.
El ave levantó ligeramente la cabeza.
—Nunca canta como los demás —dijo uno de ellos.
—Tal vez nadie le enseñó.
—O tal vez olvidó cómo hacerlo.
El pájaro escuchó aquellas palabras.
Por primera vez en mucho tiempo sintió algo extraño en su interior. Como una pequeña chispa que se encendía donde antes solo había silencio.
Con un brusco aleteo levantó el vuelo y desapareció entre los árboles.
Pasaron los días.
Muy cerca de la ciudad se alzaba un centro universitario donde estudiaban cientos de jóvenes. Allí existía también una orquesta formada por muchachos y muchachas que compartían una misma pasión: la música.
Entre ellos estaban una violinista de ojos oscuros y un joven violonchelista que nunca se perdía un ensayo.
Durante semanas prepararon un gran concierto.
Las partituras se llenaban de anotaciones, los instrumentos aprendían a respirar juntos y las melodías crecían poco a poco hasta llenar las aulas de ilusión.
Por fin llegó el día esperado.
El auditorio estaba lleno.
Las luces se atenuaron.
El director levantó la batuta.
Y la música comenzó a brotar.
Subía ligera como una gaviota, descendía suave como una ola y recorría el salón llenándolo todo de belleza.
Fue entonces cuando ocurrió.
Por uno de los ventanales abiertos entró una sombra veloz.
Era el pájaro negro.
Revoloteó sobre la orquesta mientras los músicos seguían tocando.
Dio una vuelta.
Después otra.
Y de pronto, como si fuera capaz de atrapar lo invisible, tomó la melodía entre su pico y escapó hacia el cielo.
La música se interrumpió.
Los instrumentos callaron.
El silencio ocupó la sala.
Nadie logró entender lo sucedido.
Mientras tanto, el ave volaba hacia el mar.
Llegó hasta una roca solitaria que se alzaba junto a un pequeño acantilado. Allí se posó contemplando el horizonte.
La melodía seguía viva.
Brillaba entre sus alas como una luz desconocida.
El pájaro quiso guardarla para sí.
Quiso quedarse con toda aquella belleza.
Pero comprendió que la música no había nacido para ser poseída.
La observó por última vez.
Luego abrió lentamente las alas.
Y la dejó marchar.
La melodía descendió sobre las aguas.
Las olas la recibieron con alegría y comenzaron a guardarla en su memoria infinita.
Llegó el verano.
Una tarde, los jóvenes de la orquesta paseaban por la costa mientras el sol descendía lentamente sobre el horizonte.
El mar estaba tranquilo.
El viento apenas susurraba entre las rocas.
Entonces uno de ellos se detuvo.
—¿Lo oyes?
—¿Qué cosa?
—Escucha.
Permanecieron en silencio.
Entre el rumor de las olas parecía surgir una música lejana.
Primero un violín.
Luego un chelo.
Después una trompeta.
Era una melodía conocida.
La misma que había desaparecido durante el concierto.
—No puede ser —murmuró alguien.
—Sí puede.
El mar la ha guardado.
Todos escucharon.
Y comprendieron que algunas cosas hermosas nunca se pierden del todo.
A veces cambian de lugar.
A veces se esconden.
A veces viajan muy lejos antes de regresar convertidas en recuerdo.
Muy cerca de ellos sonó un leve aleteo.
Sobre una roca permanecía inmóvil un pájaro negro de alas brillantes.
Ya no parecía triste.
Miró una última vez el mar, lanzó un breve graznido y emprendió el vuelo hacia el horizonte.
Mientras se alejaba, las olas continuaban guardando entre sus murmullos aquella música que ya formaba parte del ma
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ERA PRIMAVERA
Libia B. Carciofetti-Argentina
Era primavera y las Iglesias cristianas de Buenos Aires y alrededores habían organizado un «Gran PICNIC» en Los Bosques de Ezeiza. En el mes de julio aproximadamente con mi hermana ya le habíamos pedido permiso a papá para asistir; por supuesto con mi mamá, «jefa de nuestra tribu». Al «cacique» Primo, había que pedirle permiso con mucha antelación, a costa de «portarnos muy bien», estudiar sin «chistar» y demás menesteres de hijas obedientes… cosa que elaborara el permiso a nuestras salidas… y ese maldito «ya vamos a ver» que nos hartaba oír.
Yo tenía 17 años y mi hermana 13… Adolescente y joven “manejable” que acataba las órdenes a rajatabla…dominada por miradas bis a bis…tete a tete… Como era la educación de antes ¿vio?… ¿viste?
Con mi hermana contábamos con los dedos de las manos y de los pies los días que faltaban para el maravilloso evento. Ya habíamos asistido a otros encuentros en que lo habíamos pasado bárbaro… Un bosque de eucaliptos, que se sabía dónde comenzaba, pero no donde terminaba. Árboles con troncos añosos y perfumados que de solo adentrarse en el bosque ya los pulmones se hinchaban de gozo y de paz…,
Debajo de cada árbol familias, grupos, que compartíamos mates, jugos y las milanesas que preparaban las mamás la noche anterior y que devorábamos en tremendos sándwiches, porque allí todo era más rico… mamá llevaba el tejido y se juntaba a conversar con amigas que hacía tiempo no se veían, porque vivían distanciadas… tiempo de juegos, tiempo de reuniones de canto y meditaciones bíblicas, guitarreadas y caminatas… a esa «caminata» quería yo llegar en mis sueños de jovencita enamorada.
A mí me gustaba mucho un chico y el re-gustaba de mi… Ese sería un punto de encuentro fantástico…
Todo el mes de julio, agosto y parte de septiembre nos portamos como verdaderas «señoritas» con mi hermana, no cuestionábamos ninguna orden y dejamos de lado esa pregunta y respuesta odiosa… ¿Por qué?… ¡Porque no! y basta! Comíamos el guiso de mondongo que no nos gustó nunca, no nos peleábamos a la hora de lavar, estuvimos dos meses amontonando «buenas acciones» con tal de obtener el permiso… Dos días antes de la primavera, el 19 de septiembre se desató una tormenta de aquellas, que nos paralizó el corazón a las dos «Carciofetti»
MMMMMMMM. Me parece que se viene una maroma !!! Exclamó «cacique» Primo… y las dos corriendo a arrodillarnos a orar fervientemente que pare de llover…. los truenos ensordecían los oídos y aceleraban el corazón de miedo, la habitación quedaba iluminada con cada refusilo.
Papá trabajaba en el ferrocarril, se levantaba a las 4 de la madrugada y regresaba en el tren de las 15 hs. Al otro día amaneció nublado pero no llovía… así que mamá comenzó a martillar la carne para preparar las milanesas y pasarlas por el pan rallado, hizo una torta de naranja, preparó todo y a medida que íbamos acordándonos lo que faltaba lo íbamos guardando en la canasta.
A las 15 llega mi papá, la mesa tendida esperándolo… con zapallitos revueltos… con un olorcito que daban ganas de almorzar otra vez. Como te fue en la escuela, comenzó la indagatoria… ¡de diez papi! A ver a ver… y yo traía mi cuaderno con un excelente recién estrenado en matemática… muy bien! A ver vos (por mi hermana) no papi a mi me hicieron prueba hoy pero no me dieron la nota, pero la seño me dijo que estaba muy bien por lo que ella podía deducir… (De resultas se había sacado un uno y ella le había agregado el «0», ya mi mami le había dado un buen levante cuando se enteró, pero por amor a mí, que me iba a tener que quedar sin picnic «callamos las dos» por única vez me hice cómplice en beneficio mío…
La voz grave de papá sonó más esta vez, no sigan guardando más cosas en la canasta porque venía oyendo por la radio que mañana va estar peor el tiempo que ayer, se pronostica granizo y tormentas eléctricas… Un silencio de sepulcro abierto se hizo en el comedor y mi hermana comenzó a llorar como una marrana… Pero y si no pasa nada? y la radio se equivoca? y mañana amanece con sol y…y…y…
y N-A-D-A-! no salen mañana y se acabó y ¡punto! ¿Qué hago yo si se desata una tormenta y ustedes están lejos? ¡Pero papi! Y el tano ya estaba levantando presión y nos clavaba la mirada, y cuando el cacique clavaba la mirada, las indias cerraban la boca…
No dormimos en toda la noche enojadas con este papá tan «invulnerable» que nos tenía días en ascuas hasta que se resolvía a darnos el sí, para alguna salida… y siempre con mamá de custodia. Como todas las madrugadas antes de irse venía a darnos un beso, yo me hacía la dormida pero mi hermana siempre lo abrazada y besaba, esa mañana no lo hizo y le dio vuelta la cara … papá salió en silencio sin hacer preguntas…
Nosotras debíamos tomar el tren de las 6 de la madrugada para llegar al encuentro a las 9 y reservar nuestra sombra bajo del eucaliptus. Como ya no iríamos al picnic, y no teníamos clase mi mami no tuvo mejor idea que nos levantemos para después de desayunar, una limpiar cada dormitorio, el baño, el comedor, baldear la vereda, y barrer el patio.
Mi mami escuchaba radio mientras cosía y nosotros afuera comiendo «rabia» por habernos quedado sin «picnic» Oímos que mamá desde la cocina decía no, no! DIOS mío no puede ser! hasta que estalló en llanto… de verdad nos asustamos mucho; aumenta el volumen de la radio, y sin poder pronunciar palabra nos abraza a las dos… Repiten otra vez con voz alarmante ya…
¡ULTIMA NOTICIA! Tren que pasaba por Escobar a la las 5-10 de la mañana descarriló en Benavídez entre las estaciones de General Pacheco e Ingeniero Maschwizt, y volcó sobre la margen izquierda … Hasta este momento son 236 los muertos, y 400 heridos aproximadamente, entre ellos muchos jóvenes que aprovechando el día del estudiante y de la primavera se dirigían a diferentes lugares del gran Bs As… Se pide a la población que colabore con las cuadrillas de rescate porque hay cuerpos irreconocibles que serán depositados en la morgue policial de General Pacheco y hospitales de la zona…
Lo que sigue es inenarrable, pues en ese tren viajaban «mi chico», con varios jóvenes que venían subiendo desde la localidad de Zárate, y en cada estación… nosotras aparte de mi mamá, íbamos con tres amigas con sus madres.
Esa tarde papá llegó a las 19 a casa… fue eterna la espera e inmenso el abrazo que nos dio… no parábamos de llorar los cuatro.
¡Tan «niñas» entendimos que DIOS TIENE UN PLAN PARA CADA VIDA, Y PONE A LAS PERSONAS INDICADAS QUE SERÍAN COMO SEMÁFOROS ROJOS PARA DECIR SU ROTUNDO NO! En este caso fue nuestro papá, que nos mezquinaba tanto las salidas, no porque no quería que disfrutemos de la vida y la juventud, le temía a todo lo que pudiera sucedernos al salir solas…
Papá cuando salió de su sopor como nosotras nos dijo que no solamente porque pensó en una tormenta, sino que algo superior le inclinó a negarnos el permiso de ir al paseo… Sin duda fue la voz de DIOS que le susurró a sus oídos… y él le prestó oídos. Hoy estaríamos en esa lista dolorosa de tantos que iban a trabajar y otros a disfrutar del día de la primavera…
Nuestro pueblo se hizo famoso no por su adelanto edilicio, sino por este fatídico accidente.
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UNA HISTORIA REAL
Carlos González Saavedra-Argentina
Al fin llegó el ansiado sábado. ¡Había esperado mucho tiempo para que este día llegara! En mi cumpleaños, hace más de un mes, había organizado una colecta para un comedor en Cañuelas.
A los invitados a mi fiesta les pedí juguetes y útiles escolares para un comedor muy pequeño, donde cada día comían treinta niños. Se reunió bastante. También mi hermana se sumó a la ayuda y llevó todos los elementos para maquillar a cada niña que quisiera pintarse el rostro. Como artista plástica y maquilladora profesional, su trabajo sería maravilloso.
Así fue. El baúl del auto estaba completo.
Nos habían pedido que estuviéramos a las 11:30 porque a las doce se almorzaba. Era importante que nos sentáramos con ellos, y así lo hicimos: pusimos la mesa y ayudamos a servir. Siempre se preparaba comida extra, ya que había niños que traían un recipiente para llevar algo a casa para la noche.
Todo se desarrolló con mucho cariño. Después de ordenar y comer una fruta de postre, llegó el momento de entregar los regalos. Hacer una fila fue imposible, ya que se abalanzaban sobre la mesa. La señora que me acompañaba estaba agotada.
Había un niño de unos once o doce años que pedía y pedía, aunque ya quedaban muy pocas cosas. Eso obligó a la señora a ponerse firme y preguntar quién faltaba.
—Una mano levantada en primera fila gritó: ¡Yo! —No seas pícaro, tú fuiste el que más recibió —respondió enojada.
El niño bajó la vista y, con algunas lágrimas en los ojos, se sentó en silencio en un banco, lejos de todos. Esa actitud llamó la atención de Margarita, que rápidamente preguntó:
—¿Qué te pasa? —Señora, yo pedía para los más pequeños. Ellos no llegaban a la mesa, los más grandes los tapaban. Por eso me quedé sin nada.
Esas palabras la estremecieron tanto que me llamó: —¡Carlos! Pobre, se quedó sin regalos ni útiles.
Lo miré fijo a los ojos, apagados y tristes, y le pregunté: —¿Cómo te llamas? —¡Carlitos! Me dicen Tévez —respondió con una mirada pícara escondida. —¿Ah, eres de Boca? —¡Sí! —dijo orgulloso—. b —Qué lástima, yo soy de San Lorenzo, pero te doy mi palabra de honor de que el próximo sábado traeré un regalo para ti. —¡Gracias! —y se fue corriendo. Vivía en una casita muy precaria, con techo de láminas de metal y suelo de tierra. Era el mayor de seis hermanos.
Los niños se fueron, la comida sobrante se repartió y nada quedó en la olla. Di unas vueltas por el barrio, todos en la misma condición, algunos peor.
Mi sorpresa fue mayor aún cuando, en el umbral de una casa, una niñita permanecía como un testigo mudo de agradecimiento. Lucía en su cara una mariposa. Habían pasado dos horas y ahí estaba, orgullosa de su pintura. Pensé en cómo, con tan poco, podemos darles un momento de felicidad que seguramente nunca olvidarán.
Volví con mi palabra de honor empeñada, con un sabor agridulce en los labios, por las contradicciones de la vida misma. Maestras que les exigían a estos niños un cuaderno de tapa dura con cincuenta hojas, cuando comían de manera salteada.
El lunes temprano fui a la casa de deportes y compré una pelota. Le conté al vendedor lo que había vivido. Me escuchó atentamente. —Le puse en la bolsa con la pelota unas medias de Tévez. ¡Van de regalo!
Agradecí emocionado el gesto.
Durante la semana compré algunos útiles escolares y ropa, y volvimos cargados al comedor. El día estaba luminoso, los niños estaban por comer cuando llegamos. Uno de los encargados me pidió que la bolsa se la diéramos aparte, porque se iban a poner a jugar y luego vendría la comida.
Así fue que fuimos al auto con Tévez, abrí el baúl y le entregué la bolsa. —No juegues aquí, tus compañeros no van a comer. Llévala a tu casa.
Su entusiasmo, su inocencia, sus ojitos brillando en todas direcciones me llenaron de emoción. La emoción de hacer feliz a un niño, al menos por un rato.
Es importante señalar que los responsables del comedor eran Jorge, exconvicto, y su amigo Damián. Este último se había criado en un comedor, nunca conoció a sus padres; esa era su familia.
Por último, me gustaría terminar este relato verídico con una reflexión: Somos canales de abundancia divina. Merecemos todo lo que recibimos, y así como recibimos debemos dar; como damos, recibimos.
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UN AMIGO EN EL BOSQUE
Elspeth Gormley-España
Cuando recibí la noticia de que un lejano pariente me había dejado una herencia en el norte, pensé que se trataba de alguna cantidad de dinero o de unos terrenos sin importancia. Sin embargo, descubrí que mi legado era una pequeña casa situada junto a una aldea cercana al mar, escondida en el corazón de un bosque.
La vivienda era modesta, pero tenía un encanto especial. Un arroyo corría junto a ella, una vieja higuera extendía sus ramas sobre el tejado y el silencio parecía envolverlo todo. Necesitaba algunos arreglos, así que contraté a unos hombres de la aldea para acondicionarla.
Mi intención era quedarme allí una temporada para escribir una novela. Solicité una excedencia, instalé un pequeño estudio y me dispuse a vivir alejada del mundo. Con el tiempo llegaron también algunas gallinas, una cabra y un perro que pronto se convirtió en mi compañero inseparable.
La vida transcurría en calma. Pasaba las mañanas escribiendo y las tardes recorriendo el bosque. Sin embargo, al cabo de unas semanas empecé a notar algo extraño.
Durante la noche escuchaba carreras y golpes en la buhardilla. Por las mañanas aparecía siempre un ratón muerto junto a la puerta.
Pensé que el desván estaba lleno de roedores.
Una noche vi una luz azulada moviéndose tras el pequeño ventanuco de la parte superior de la casa.
Intrigada, subí la estrecha escalera de madera.
Al abrir la puerta de la buhardilla me encontré con algo imposible: una luz flotaba en el aire sin que nadie la sostuviera.
—¿Quién eres? —pregunté.
Tras unos instantes de silencio, una voz respondió:
—Soy Fernando. Fui carpintero en esta aldea.
La voz me explicó que pertenecía a la Santa Compaña. Tras morir, había emprendido el camino junto a otras almas, pero una distracción en mitad del bosque lo separó de la procesión y terminó refugiándose en aquella casa.
—Aquí espero a que vuelvan a buscarme.
Confieso que cualquier otra persona habría salido corriendo. Yo, sin embargo, sentí más curiosidad que miedo.
—¿Y los ruidos de cada noche?
—Los ratones —respondió con evidente disgusto—. Los detesto.
Aquella respuesta me hizo reír.
Resultaba curioso encontrarme ante un fantasma que detestaba a los ratones
Al día siguiente traje un gato de la aldea y el problema quedó resuelto.
A partir de entonces nació una amistad inesperada.
Fernando pasaba las noches conversando conmigo. Me hablaba de las antiguas leyendas ancestrales, de cuevas y de brujas y de las historias que había escuchado durante su larga vida.
Yo le contaba cosas de mi tierra mediterránea, tan diferente de aquellos paisajes verdes y húmedos.
Con el paso de los meses terminé acostumbrándome a su presencia.
A veces sabía que estaba cerca porque alguna silla comenzaba a moverse sola mientras la reparaba. Otras veces veía una regadera elevarse en el aire para derramar agua sobre las hortalizas del huerto.
Mi perro también terminó aceptándolo.
Al principio aullaba cuando veía aquella luz azul descender por la escalera. Después empezó a mover la cola cada vez que aparecía.
En verano fui invitada a participar en una queimada durante la noche de San Juan.
Aquella celebración me impresionó profundamente. El fuego iluminaba los rostros, el conjuro resonaba en la estancia y las antiguas creencias parecían volver a la vida durante unas horas.
Al terminar la fiesta regresé sola por un camino rural.
El coche empezó a calentarse y me vi obligada a detenerme junto a una pequeña casa donde brillaba la luz de una vela.
Me abrió una anciana vestida completamente de negro.
Nada más verme sonrió.
—Te estaba esperando.
Aquellas palabras me sorprendieron.
Le expliqué que debía de estar confundida, pues jamás nos habíamos visto.
La anciana negó con la cabeza.
—Claro que te conozco. Hace siglos fuimos familia.
Después comenzó a contar una extraña historia sobre una vida pasada en la que ambas habíamos muerto acusadas de brujería.
Lo más inquietante fue que mencionó un lunar que yo tenía en la espalda y que nadie podía ver.
Me marché de allí con una sensación difícil de explicar.
Cuando llegué a casa conté la experiencia a Fernando.
La luz permaneció en silencio.
No me dio ninguna explicación.
Y, por alguna razón, aquel silencio me impresionó más que cualquier respuesta.
Poco después llegó una gran tormenta.
Los rayos caían sobre el bosque, el viento hacía crujir los árboles y la lluvia golpeaba el tejado con violencia.
Los animales estaban aterrados.
Yo también.
Sin embargo, aquella noche advertí que la luz de Fernando permanecía junto a mi cama.
Como si estuviera vigilando.
Como si quisiera protegerme.
A la mañana siguiente me habló con una tristeza que nunca antes había percibido en su voz.
—Creo que pronto me marcharé.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué?
—Una anciana meiga de la comarca está a punto de morir. La Santa Compaña vendrá a recoger su alma… y también la mía.
La noticia me entristeció profundamente.
Durante todo aquel tiempo Fernando había sido mucho más que un fantasma.
Había sido amigo, consejero y compañero de soledad.
La noche siguiente me despertó un extraño resplandor.
Miré por la ventana y vi avanzando entre los árboles una procesión silenciosa.
Figuras cubiertas por negras túnicas caminaban lentamente portando luces azuladas y blanquecinas.
Se detuvieron ante la casa.
Entonces apareció la luz de Fernando.
La reconocí enseguida.
Permaneció inmóvil unos segundos frente a mi ventana.
Nos despedimos sin palabras.
Yo levanté la mano.
La luz parpadeó suavemente.
Después se incorporó a la procesión.
Las sombras continuaron avanzando hasta desaparecer en la oscuridad del bosque.
Durante mucho tiempo permanecí contemplando la noche vacía.
El silencio regresó poco a poco.
Y comprendí que jamás volvería a ver a mi amigo.
Aquel fantasma que detestaba a los ratones y que, sin proponérselo, había llenado de compañía mi refugio solitario de Galicia.
··· ✧ ··· ✧ ··· ✧ ····
DE GL 581 B
Jaime Hoyos Forero-Colombia
Si este encuentro de cuento y poesía se hubiera celebrado la semana anterior, habría invitado a todos ustedes con mucho gusto a mi segundo matrimonio.
Como el primero, este matrimonio no será eterno en esta vida. Durará máximo 100 años. No tengo aguante
500? -Qué embustero- pensarán algunos de ustedes.
¿500? -Cree que nos va a meter los dedos en la boca -estarán diciendo otros.
Bueno, yo no los puedo obligar a que me crean ni a que digan que mi mujer es la subcampeona del mundo (el récord lo tiene Matusalén con 969 años).
El día de la boda, hace 8 días, no faltó un tris para que el notario, un tipo serísimo, nos mandara con policía a un juzgado para que nos arrestaran por desacato a la autoridad.
-Váyanse a gozar su luna de miel a la cárcel- nos dijo, pero no nos casó, y agregó que el documento de identidad de la novia era falso. ¡Pura ignorancia del notario! Imagínense: no sabía que en 1509, año del nacimiento de mi novia, los colombianos no éramos colombianos sino neogranadinos y que los ciudadanos no éramos ciudadanos sino súbditos del Rey don Fernando II el católico y de su dulce esposita la Reina Isabel y por lo tanto el documento de identidad de mi novia no decía “cédula de ciudadanía” sino: “Cédula Real que el Rey y la Reina de Castilla, Aragón y Navarra confieren a su súbdita Venus María, hija de GL 581 B y de padre desconocido, etc. etc., año del Señor de 1509”. Hay 2 sellos, uno seco en altorrelieve y dos firmas ilegibles en letras de oro.
Pues cómo sería de bruto el notario en cuestión (mi buena educación y caridad cristiana no me permiten revelar su nombre) que todo eso le pareció un chiste.
Fue necesario que el jefe de archivos de la Biblioteca Nacional y un historiador y un químico certificaran la verdad. De esta manera pudimos casarnos. Lo hicimos en la misma notaría de marras, para humillación del notario, quien turbado y de mala guisa, no se atrevía ni a mirarnos.
Creo que ese notario es la primera persona que se ha aguantado las ganas de mirar a Venus María. Y no piensen que ella despierta curiosidad por lo viejita. Nada de eso. La gente se extasía mirándola por su extraordinaria y singular belleza y por su perenne juventud. Su rostro, cuando sonríe, lo rodea un halo fulgente y a veces es necesario bajar la vista para no deslumbrarse. Y su cuerpo, ¡ay, si les hablara de su cuerpo!, este relato se convertiría en un canto de amor, en una oda, en un poema erótico y grandioso. Con decirles que en 1866, cuando Venus María tenía tan sólo 357 años, el poeta Gustavo Adolfo Bécquer anotó en el cuaderno de ella estas palabras mientras se inspiraba mirándola: Mientras exista una mujer hermosa, habrá poesía”.
Y en 1660 Murillo, el pintor sevillano, ofreció a Venus María una fortuna para que le sirviera de modelo de su famosa “Inmaculada”. Ella posó entonces para Murillo pero no aceptó recompensa ninguna por tratarse de un cuadro para la Virgen María.
Ahora mismo yo veo en los ojos de todos ustedes estas preguntas: ¿Cómo hace su esposa para conservarse siempre joven y hermosa?
-¿Por qué ese apellido tan raro: GL 581 B?
-¿Si es verdad todo lo que usted dice, me dirán ustedes, por qué no nos la muestra?
Pues voy a contestar a esas preguntas: GL 581 B es el apellido genérico de los nacidos en el planeta de ese nombre. El planeta GL 581 B está situado en el centro de la Vía Láctea, la galaxia más cercana a la tierra. GL es de un tamaño ligeramente menor que el de la Tierra y está a una distancia de 20 años luz. Es decir, que un vuelo espacial a una velocidad de 20.000 kilómetros por hora, tardaría un millón de años en llegar. Sus habitantes, a pesar de las acechanzas del demonio, nunca le desobedecieron a Dios. Por lo tanto, no hay allí pecado original, de hecho no existe allí el pecado, no han sido castigados por Dios.
En otras palabras los seres que pueblan GL 581 B, no se arrugan, no envejecen, no mueren.
Dios, por medio de sus ángeles, a cada ser terrestre o de GL., en el mismo instante de ser concebido en el vientre de su madre, le coloca en lo más hondo de su primera célula, el alma, siempre inmortal. La diferencia está en que la primera célula de los terrícolas (no el alma) es mortal, sujeta a crecer, reproducirse y morir; mientras que la primera célula de los nacidos en GL es inmortal, como el alma.
El que dude de la existencia de GL y de que allí hay atmósfera como en la tierra y agua y por lo tanto vida, favor confirmar lo que he dicho, esta misma noche, en Wikipedia o en Google.
Estoy contestando, sigo respondiendo las preguntas: hace 500 años, un ángel nuevo, poco experimentado, cometió el pequeño error de colocar en un óvulo humano aquí en la Tierra, una célula primaria de GL, célula desde luego inmortal, siempre joven y eterna. Y así, por accidente, nació Venus María entre nosotros.
¿Que por qué no les muestro a Venus María, mi esposa?
Y…¿Por qué no iría a mostrarla?
Al terminar el encuentro de cuento y poesía, esta noche, los que quieran ver a Venus María, pueden hacerlo si bajan al parqueadero de este edificio: En la cabina de un Ferrari rojo, está esperándome mi esposa. No soy celoso. Comprendo que todos ustedes son mas jóvenes que yo. Sólo les recomiendo no mirarla demasiado tiempo a la cara: su resplandor puede volverlos ciegos.
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GUARDIAN
Marga Mangione-Argentina
Angélica era hermosa como los ángeles que adornaban las paredes de la iglesia del pueblo.
Los cabellos castaños, suavemente ondulados, caían sobre sus hombros como una cascada, la piel era morena y los ojos, de color miel. Su mamá le había dicho que eran iguales a los de su abuela materna, descendiente de rusos, a la que nunca conoció. Tenía solamente catorce años cuando su padre se la entregó a un camionero viejo, sucio y borracho, que a cambio le dio unos pesos que apenas le alcanzaron para comprar un cajón de vino barato. Eran las diez de la noche del último sábado de marzo. El otoño recién comenzaba y había sido un día cálido y agradable, pero la noche estaba bastante fresca. Angélica se apretó contra la puerta del lado contrario al conductor, llorando sin poder comprender lo que le estaba sucediendo. El reloj del tablero del camión marcaba las once, cuando el camionero lo detuvo en la banquina y comenzó a manosearla y a decirle cosas horribles, mientras babeando, trataba de besarla en la boca. Se defendió como pudo; gritando, pateando y arañando. Él entonces la bajó del camión y comenzó a golpearla brutalmente, hasta que se desvaneció. Cuando recobró el sentido, estaba sola en medio de la noche. Sus ropas desgarradas casi no la cubrían y el frío la hacía tiritar. Aterrada, estuvo un largo rato tirada sobre la tierra sin poder moverse, luego se levantó y comenzó mirar a su alrededor. Le dolía todo el cuerpo y las lágrimas corrían por su carita en forma incesante. No podía ni quería reprimirlas; no era solamente por el dolor físico, la angustia y la rabia la asfixiaban. ¡Su propio padre la había puesto a merced de ese ser repugnante que la ultrajó y lastimó de ese modo! De pronto se sobresaltó al darse cuenta que no estaba sola. Unos ojos brillantes la estaban acechando en medio de la oscuridad. Sintió que el pánico la invadía nuevamente y temblando de pies a cabeza, se dejó caer sin fuerzas para atinar a nada. Pero el instinto de conservación le obligó a forzar la vista para descubrir de quién eran esos ojos. Entonces vio a un enorme perro que la observaba agazapado a pocos metros de distancia. Pensó que el animal iba a atacarla, pero curiosamente comprendió que no le importaba, no podía pasarle nada peor que lo que le había ocurrido hacía unas horas. De madrugada, cuando la claridad comenzó a asomar en el cielo, segura de no haberse alejado mucho, decidió ponerse en marcha. Debía caminar hacia el sur, pues sabía que el camionero la noche anterior, había ido hacia el norte. Se levantó con gran esfuerzo y empezó a caminar. Quería llegar a su casa y contarle todo a su madre. Le pediría que le sacase toda esa mugre que la cubría, que curase sus heridas y luego, se dormiría en sus brazos. Su mamá la adoraba y siempre la defendía, ella se encargaría de darle un escarmiento a su padre. Muchas veces los había escuchado discutir porque él quería entregársela a algún peón de las estancias vecinas, a cambio de unos pesos. No buscaba conseguir así ayuda para los suyos, porque no le importaba nada de ellos. No trabajaba y se pasaba borracho el día entero, mientras su mujer trabajaba de sirvienta para poder alimentar a la familia. Lo único que quería su padre, era dinero para poder beber hasta hartarse, como hacía cada vez que tenía con que pagarse los tragos. Y cuando no lo conseguía, era capaz de golpear a su mujer para sacarle los pocos pesos que ganaba para el pan de sus hijos. Angélica caminaba despacio, estaba agotada y sentía un enorme peso en las piernas y el viento había secado la sangre de sus heridas, que a cada momento le dolían más. El sol ya estaba alto, debían ser más o menos las diez de la mañana y pensaba que ya tendría que estar llegando a su casa, que estaba cerquita del camino. Pero comenzó a sentirse asustada al mirar con curiosidad a su alrededor, porque le extrañaba desconocer el lugar por donde se desplazaba. Era muy raro, pues había nacido cerca de la ruta y la conocía muy bien. Comenzó a notar que el paisaje era siempre igual: el camino y a ambos lados, detrás de los alambrados, pastos amarillentos. Ningún árbol. Tampoco había visto gente. Aunque no estaban en temporada, era imposible que no pasara algún auto, micro o camión, habituales en ese camino que conectaba los balnearios con la Capital. Se volvió a mirar hacia atrás y comprobó que a cierta distancia, la venía siguiendo el perro. Era enorme, de pelo corto, completamente negro y estaba todo sucio de barro, igual que ella. El animal se había detenido y la miraba directamente a los ojos. Esa mirada la volvió a asustar, pero trató de acercársele y lo llamó. Al fin de cuentas, por algún motivo que desconocía la seguía y no la había atacado. El perro no acudió a su llamado, se sentó sin dejar de mirarla. Se sintió tan cansada, que se recostó en un matorral de pastos secos y sin darse cuenta, se quedó dormida. Cuando despertó, ya era de tarde, había dormido muchas horas a causa de su debilidad. Tenía, además de miedo, hambre y mucho frío. A unos pocos metros, seguía tendido el perro.
No sabía qué hacer, estaba afiebrada y el terror la paralizaba. Se cubrió el rostro con las manos y comenzó a sollozar, su cuerpo menudito temblaba de pies a cabeza. Entonces el animal se le acercó y comenzó a lamerle los pies descalzos. Fue algo muy dulce que logró serenarla y a pesar de la suciedad que lo cubría, intentó abrazarlo buscando calor y amparo. Esta vez el perro se le acercó dócilmente y se tendió a su lado. Junto a él se sintió protegida. Ana María se había levantado temprano, como todos los días. Le sirvió la leche a los chicos, tomó unos mates amargos y salió al patio para ver si regresaba su marido, que se había ido la tarde anterior con Angélica, su hija mayor, con la excusa de llevarla al pueblo a visitar a sus padrinos. Lo vio llegar solo y completamente borracho. Un presentimiento terrible cruzó por su mente. Corrió hasta la entrada y le preguntó a Dionisio dónde estaba la nena. Él cruzó el portón a los tumbos y sin contestarle, de un tremendo empujón la arrojó al piso. Se levantó presurosa y comenzó a zamarrearlo, clamando desesperadamente por su hija. El hombre volvió a empujarla y la golpeó varias veces con un palo que había arrancado del cerco, mientras le gritaba en medio de una carcajada:
¡Ya podés olvidarte de tu nenita, porque se la regalé a un camionero! Iba para Buenos Aires en un camión nuevito, de color verde. ¡Esa pendeja no servía para nada…, una boca menos para alimentar! ¡Ahora que la mantenga ese tipo…! La pobre mujer, aturdida por los golpes, se recostó contra un árbol. Su marido jamás quiso a Angélica, que no era hija suya. Hacía casi quince años, había estado muy enamorada de un peón golondrina, rubio y de ojos color miel, que al saber que estaba embarazada, la abandonó. Su padre, para evitar el deshonor de la familia, la había casado con Dionisio y desde entonces, su vida fue un infierno. Jamás le contó la verdad a Angélica, ahora estaba arrepentida, si hubiera hablado, tal vez las cosas serían diferentes. Loca de dolor, viendo que su marido caminaba hacia la casa obnubilado por la bebida, temiendo que dañara también a sus hijos más pequeños, recogió del suelo el palo con el que él le había pegado y lo golpeó en la cabeza hasta que el hombre se desplomó en medio de un charco de sangre. Entró a buscar a los niños que lloraban asustados y corrió con ellos hasta la comisaría del pueblo, donde denunció lo que había pasado. La policía comenzó a buscar a la niña, se hizo un operativo por la ruta, pero no había rastros de ella. Nadie había visto ni oído nada. Eran aproximadamente las cinco de la tarde, cuando un automovilista que se había desviado para no pagar el peaje, encontró a la niña deambulando a un costado de la ruta alternativa. Estaba sucia, demacrada y cubierta de sangre. A su lado caminaba un enorme perro negro que le impidió acercarse mostrando fieramente sus dientes. Sin descender del coche, por miedo al animal, le preguntó qué le había pasado, dónde vivía y se ofreció a ayudarla. Angélica, llorando, le contó todo lo sucedido. El hombre horrorizado, le dijo que subiera al auto para llevarla a la comisaría más cercana. Al principio, ella tenía miedo, pero luego accedió con la condición de que llevara también al perro. Antes de que él pudiera responder, la chica abrió la puerta trasera del vehículo, el perro subió y se acostó tranquilamente en el asiento. Angélica tuvo que permanecer dos días internada, a causa de los golpes recibidos, pero se repuso muy bien. Al salir del hospital, se encontró con el perro que estaba esperándola en la puerta. Lo abrazó con ternura y le pidió permiso a su madre para llevarlo a la casa y ella aceptó. Cuando sus hermanitos le preguntaron cómo se llamaba, sin dudar respondió: «Guardián» El Juez que intervino en la causa de la muerte de Dionisio, determinó que Ana María actuó en legítima defensa y el caso se cerró. En cuanto al camionero, fue detenido cuando su mujer lo llevó a un hospital de la Capital, con heridas infectadas. Dijo que hacía dos o tres días, lo había atacado un perro cuando bajó del camión a revisar los neumáticos. Después de curarlo y en rigor de que las heridas eran importantes, los médicos hicieron la correspondiente denuncia. La policía lo interrogó, al relacionarlo con la historia de Angélica, pero él negó rotundamente tener algo que ver en el asunto. Un oficial bastante ducho en sacarle la verdad a los sospechosos, le dijo que traería al perro que estaba con la chica para ver si lo reconocía. Acorralado, confesó que se la había comprado al padre y que quiso violarla. Pero que no lo había logrado, pues tuvo que darse a la fuga ante la furia del enorme animal, que como un fantasma, había surgido de las sombras y lo atacó ferozmente.
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GAME OVER
Andrea Morini-Argentina
Voy a desvelarles el peculiar suceso que me tocó vivir hace algún tiempo, una vivencia que aún hoy, como una sombra persistente, proyecta sus vastas consecuencias sobre mi existencia. Es una historia tejida con los hilos de la incertidumbre y la metamorfosis, un relato que me persigue incluso en la quietud de la noche.
Cierta tarde de mediados de noviembre del año pasado, o quizás del anterior… la memoria, caprichosa, ya no me permite precisarlo con exactitud. Recuerdo, eso sí, que salí, como siempre me sucedía, apurada de la oficina. La prisa era mi compañera constante en el camino hacia mi sesión de terapia semanal. Siempre, una voz interior, la resistencia, me susurraba que no debía ir más, que debía romper con esa rutina. Mas, aun así, a último momento cedía: una fuerza invisible me impulsaba y, por ende, venía el apremio, la carrera contra el tiempo que marcaba mi devenir a diario.
Con paso firme, enfilé hacia la parada de taxis más cercana, mis pensamientos ya en el diván, desmenuzando las ansiedades del día. Pero, antes de llegar a la misma, un brillo en la distancia captó mi atención: un coche desocupado. Como un regalo del azar, le hice señas con la mano, casi por instinto, para que frenara. El chófer, con un movimiento fluido, acercó el auto al cordón y abrió la puerta trasera. Subí, y tras acomodarme en el asiento, le indiqué la dirección hacia donde deseaba viajar, mi rumbo hacia el ritual semanal.
Iba enfrascada en mis asuntos, divagando entre informes y análisis, cuando, de pronto, una vibración ínfima me sacó de ese ensimismamiento. Un zumbido apenas perceptible que, sin embargo, me arrancó de mi burbuja de reflexiones. Sorprendida, busqué en la butaca, suponiendo que el celular se me había caído de la cartera, cosa nada infrecuente, dada mi proverbial distracción. El atolondramiento era ya una marca registrada de mi personalidad.
Encontré un móvil, pero al instante supe que no se trataba del mío. Su diseño, su peso, todo gritaba ajenidad. «Será del anterior pasajero», pensé en aquel momento, con una lógica impecable, aunque teñida ya de una extraña fascinación. La agitación persistía, una llamada insistente, y la tentación de responder se me tornó irresistible, una curiosidad prohibida que me jalaba con fuerza. —Hola —dije, mi voz un poco vacilante, esperando que del otro lado de la línea apareciera el dueño, para así poder entregárselo y librarme de aquel objeto misterioso.
Una voz profunda, cálida y, sin embargo, con una resonancia magnética, respondió. Era muy varonil, seductora y delicada a la vez, una melodía que me envolvió al instante. —Hola, estaba esperando que atendiera —susurró, y en ese murmullo había una intimidad inquietante, como si me conociera de siempre. Añadió, con un empalago que me erizó la piel: —¿Qué tal si le ofrezco cambiar su vida a partir de este momento? ¿Aceptaría? —Dejándome la última palabra expectante, colgada en el aire como una pregunta sin respuesta.
El temor, una ráfaga helada, me asaltó el estómago. La situación era tan inesperada, tan surrealista, que colgué atropellada; mi mano temblaba mientras el móvil se silenciaba. Pero algo, una fuerza ignota y poderosa, me impulsó a no decirle nada al taxista y guardarme el aparato sin más, sin un atisbo de racionalidad. No sabría interpretar de dónde provino ese deseo, esa compulsión irracional, pero es lo que hice entonces. Un objeto ajeno se convirtió, por lo tanto, en mi secreto, un peso en el fondo de la cartera.
Llegué a destino, al consultorio de mi terapeuta, y bajé llevándome el dispositivo conmigo. Me convencí de que tenía la intención de devolverlo, que era un acto de civismo. Sin embargo, ahora, al recordarlo, no lo tengo tan claro. Quizás la semilla de la conversión ya había sido sembrada, y la excusa del retorno era solo una capa superficial para mi creciente embeleso. Terminé de realizar las tareas previstas para esa jornada, las palabras de mi psicóloga resonando aún en mi intelecto, un eco de mis propias zozobras. Me fui directo hacia casa, mi refugio, mi pequeño santuario. Agotada, con el peso del día aún sobre mis hombros, me saqué los zapatos nada más entrar. No hay mayor satisfacción, pensé, que ese pequeño gesto, una liberación, que indica el final de un día de trabajo, el preludio del descanso codiciado. Me preparé un mate, el vapor cálido ascendiendo, y para relajarme, un rito que me traía paz, comencé a escribir unas líneas que tenía dando vueltas en mi cabeza para plasmar en una próxima novela. Necesitaba ordenar mis ideas en una hoja antes de que se perdieran en las nubes del olvido, antes de que el torbellino de la jornada las arrastrara.
Estaba perfilando los avatares de los personajes, imaginándolos con una precisión casi febril, dándoles nombre, edad, gustos, tejiendo sus azares con cada palabra cuando percibí una nueva vibración. Esta vez, las pequeñas sacudidas eran más cercanas, más íntimas. Provenían del escritorio, justo donde había apoyado el trasto descubierto, el teléfono ajeno. Lo había dejado allí con la intención de revisarlo, de ver si alguna pista se revelaba en su memoria, alguna forma de entregarlo a quien lo reclamara. Era mi excusa, mi coartada para mantenerlo cerca.
Atendí, esperanzada y, debo confesarlo, con el anhelo de que se tratara del legítimo propietario de tan peculiar objeto, el eslabón perdido de esta cadena de eventos. —Hola —respondió la voz. Era la misma que había escuchado por la mañana, la que había resonado en la cabina del taxi, ahora más intensa, más cercana—. Temprano le hice una oferta, sigo esperando su réplica —exclamó, esta vez imperativo y exigente, una autoridad implacable que no admitía dilaciones. —Creo que se ha confundido señor —Le respondí, con una convicción que comenzaba a resquebrajarse. Luego, imponiendo una lógica que ya se desvanecía, agregué—, este móvil lo encontré hoy y estoy intentando dar con la persona a la cual pertenece, por lo que, supongo, es con quien usted desea comunicarse, no conmigo —aseveré con total convicción, aunque mi voz ya flaqueaba. —No es así —respondió con un dejo glacial en su voz, un frío que me caló hasta los huesos—. ¿Acaso usted no es Clara Guzmán? —preguntó, y la mención de mi nombre me heló la sangre. Mientras afirmaba a continuación, su voz grave como un trueno distante— La conozco bien, aunque no lo crea.
Una invasión de inseguridad me atenazó el estómago, un puño invisible que me apretaba las entrañas y no me permitía responder. Corté la llamada de forma abrupta, mirando el artilugio como si el mismo encarnase un símbolo del infierno, una puerta a lo desconocido. No podía entender qué estaba pasando y eso me resultó intolerable e inquietante. La madeja de mi vida, tan ordenada hasta ese momento, comenzaba a enredarse. «¿Qué o quién quería algo de mí?», recuerdo que pensé, muy asustada, mientras daba vueltas por la habitación, convertida en un torbellino de paranoia. La pregunta rebotaba en las paredes de mi hogar, una obsesión.
En ese momento, la decisión se forjó dentro de mí como hierro candente: tenía que deshacerme del aparato, dejarlo en algún lugar lejos de mi casa de inmediato. Así que, sin pensarlo dos veces, sin dar lugar a la razón, me dirigí a la plaza que estaba justo enfrente de mi puerta, un oasis de verdor que se convirtió en mi salvación. Bajé las escaleras a toda prisa y crucé la calle apurada, el corazón latiendo desbocado. Con un gesto furtivo, casi criminal, lo apoyé sobre un banco y salí huyendo de allí como si fuera una delincuente, una fugitiva de algo que no podía nombrar. Entré atropellada al que era mi hogar entonces, cerrando con un fuerte golpe, un retumbo que resonó en el silencio de mi alma. Seguía muy intranquila, una zozobra persistente me corroía, aunque, en apariencia, ya estaba a salvo. No sabía bien de qué, qué entidad o qué fuerza me había acechado, pero quería creer que así era al fin, que la pesadilla había terminado.
Traté de serenarme, de encontrar la calma en el caos que se había desatado en mi vida. Decidí continuar trabajando en la trama de la novela, antes de comer algo, aunque lo hice con muy poca convicción. Las palabras ya no fluían con la misma facilidad, el misterio se había incrustado en cada fibra de mi ser. De pronto, una melodía familiar resonó en la habitación. Esta vez reconocí el sonido habitual de mi propio dispositivo, ese que creía seguro en mi bolso. Me sobresalté. «¿Cómo era posible?» Sin mirar la pantalla, por puro reflejo, contesté, y después de dar el saludo inicial, una voz que ya empezaba a fastidiarme, a colmar mi paciencia, alegó: —Solo tiene que contestar, Clara Guzmán, si está interesada en cambiar su vida a partir de hoy, en ese caso, nunca más tendrá que preocuparse por nada —sentenció en un tono de voz perentorio, una orden disfrazada de oferta. Y luego, rompiendo toda barrera, empezó a tutearme, como si fuera un viejo conocido, lo que sumó una nueva capa de escalofrío a mi turbación—. Necesito que afirmes o rechaces lo ofrecido ahora, no vuelvas a colgar, porque no cejaré en el intento, debo saber a qué atenerme, pero sabrás que espero una réplica positiva, por supuesto.
«¿Quién era esta persona que insistía en llamarme, que parecía saberlo todo sobre mí, incluso mi nombre completo?» «¿Por qué necesitaba mi sentencia, mi veredicto, ante su planteo tan enigmático?» «¿Qué sabía de mí, de mi vida, de mis secretos más íntimos?» Las preguntas se agolpaban en mi mente arrasada por los miedos, un torbellino incesante de dudas. Su voz, por un instante, me sonó familiar, como un eco de un pasado remoto, un recuerdo que se negaba a materializarse. —¿De qué se trata todo esto? —respondí, el enojo por la intrusión en mi vida se mezclaba con una creciente intriga—. No sé quién habla, ni por qué me está ofreciendo algo que no pedí. Si no se explica mejor, volveré a colgar —aseveré, mi voz firme, aunque ya sentía la curiosidad rondar, de manera peligrosa, como un animal hambriento a mi alrededor. —Así ya es diferente, puedo explicarte en la medida de tu afán por escuchar —expresó, su voz melosa, untuosa, una trampa de terciopelo, añadiendo con un tono casi sensual—. ¿Sí? —Por favor —le solicité, entregada por completo a la tentación de conocer de qué se trataba toda la cuestión, de desentrañar el interrogante que me envolvía. La resistencia había cedido, el enigma había ganado la partida. —Te propongo participar en un juego, Clara Guzmán, junto con otras personas que también fueron elegidas, al igual que tú —respondió la voz, y la palabra «juego» me pareció extraña, casi infantil, en medio de tanta solemnidad—. Las reglas son sencillas y te serán indicadas cuando corresponda —agregó, callando a continuación, dejando un silencio expectante.
Me encontré diciéndole, mi voz más audaz de lo que creía: —Y… ¿por qué fui elegida? ¿Quién lo hizo? —interrogué titubeante, pero la pregunta ya formulada era imposible de retirar. —Eso no es relevante, Clara. Lo importante es que lo fuiste, que tu sino te ha traído hasta aquí —respondió con una firmeza que no admitía réplicas—. Solo te puedo asegurar que no he sido quien te seleccionó, no es algo que me corresponde hacer. Pero sí puedo precisar la importancia de la propuesta y de la conversión radical que significará en tu vida, para mejor, claro, en el caso de que te interese comprometerte con ella.
Si me retrotraigo a ese momento, a la encrucijada de mi vida, no puedo precisar con exactitud qué me impulsó a consentir esa loca proposición, carente de toda lógica, de toda sensatez. Tal vez, puedo aventurar, que en una vida ordenada como siempre fue la mía, meticulosa y predecible, con pocos matices, una rara aventura no me pareció tan descabellada, tan ajena a mi ser. Además, la idea de que otras personas también estarían inmersas en la supuesta actividad lúdica, me brindaba una extraña sensación de seguridad, de no estar sola en esta locura.
«¿Por qué no?», me dije entonces, algo en mi interior me impulsaba al abismo de lo desconocido. De esa manera, me rendí ante la seducción de lo ignoto, un canto de sirena que me arrastró sin remedio. Desde entonces, todo avanzó a ritmo febril, a una velocidad que mareaba, que impedía asimilar los cambios.
Me citaron en una vieja casona de Villa Devoto, un barrio de Buenos Aires con aires de antaño. El exterior de la casa, un tanto deteriorado, contrastaba con la belleza de su entorno: un hermoso parque lleno de árboles centenarios y flores de mil colores, en una de las clásicas avenidas que engalanan esa zona de la ciudad.
Allí, en ese lugar que parecía sacado de otra época, conocí al resto de los integrantes de tan dudoso grupo, de esa cofradía de lo incomprensible. Todos estaban tan aturdidos como yo, con los ojos vidriosos de recelos, pero cada cual impulsado por alguna necesidad diferente: emocional, material, o la que su raciocinio les diera como justificación para estar ahí. Éramos marionetas de un hado incierto, atadas a hilos invisibles. En principio, la voz, a través de sus emisarios, nos explicó que debíamos superar diversas pruebas o pequeñas tareas. Aquellos que íbamos cumpliendo las fases asignadas en los primeros lugares, continuábamos participando, sorteando cada vez más complejas faenas. El resto, los que no lograban avanzar, suponíamos que eran eliminados y volvían a sus hogares, a la normalidad de sus vidas. Ahora, con la perspectiva del tiempo, entiendo que eso elegimos pensar en aquel momento, una mentira piadosa para apaciguar nuestra propia congoja.
A poco de iniciar la contienda, la competencia, comencé a sentirme mal, el cuerpo reclamaba descanso. Aquello no era un juego, sino una carrera de supervivencia, una lucha por cada aliento. Apenas comíamos, la comida era escasa y sin sabor, y reposar, poco y nada. El sueño era un lujo que no podíamos permitirnos. Por lo cual, el estado general se iba tornando cada vez más agresivo y compulsivo, una animalidad latente que afloraba con cada desafío.
Estaba decidida a ganar, a sobrevivir. Desconociéndome, arremetí con fiereza en cada ciclo, cada obstáculo, sacando fuerzas de donde no las tenía y argucias que no sabía que poseía. Ante cada meta alcanzada, a la vez que seguía adelante, algo dentro de mí se alteraba, se fracturaba, al punto tal de que empecé a sentirme ajena a mí misma, como si el yo que fui se disolviera en el éter. Pero la ambición, una bestia que no conocía, era más fuerte que la conciencia, más poderosa que el remordimiento, así que «¡Adelante!», me decía alentándome, sin vacilaciones ya, hacia lo desconocido. De esta manera, con cada paso, con cada triunfo, entré en este mundo para el cual no creía estar preparada y, en el que, sin embargo, logré subsistir a toda costa.
La voz que me había convencido para entrar en él, nunca más la escuché, se desvaneció como una promesa vacía, a pesar de que busqué en todos los rincones de este universo a su propietario, a esa entidad que había puesto en marcha mi transformación. Creí percibir, cierto día, una sonrisa amiga que se parecía mucho a la de alguien que conocí tiempo atrás, al que amé de forma salvaje, con una pasión que quemaba, pero, como entonces, su rostro se evaporó, se desvaneció como sucede ante la imposibilidad del querer en ciertas relaciones, de aquellos encuentros que no están destinados a perdurar.
Para no aburrirlos con tanta historia, con la dureza de mi ascenso en este destino macabro, volvamos al principio, al origen de mi encierro, a cómo llegué a esta situación sin retorno, a este punto sin vuelta atrás. Uno a uno mis contrincantes se fueron marchando, desvaneciéndose en la nada, mientras continuaba avanzando, lenta, pero inexorable. «¿Hacia dónde?», llegué a interrogarme alguna vez, en un raro atisbo de lucidez. Pero en realidad no tenía respuesta para eso. Era seguir adelante por la simple inercia de hacerlo, acumular más y más triunfos para mi ego personal, sin ninguna necesidad real que atesorar en ello, sin un propósito más allá de la victoria.
En cada etapa, una parte de mí se diluía, se evaporaba cual gota de rocío en un día de verano, mientras me iba convirtiendo en parte del orbe en el cual había aceptado vivir.
Aquí, en este lugar, no paso hambre ni frío, las necesidades básicas están cubiertas, pero la muerte y la resurrección se encuentran cada vez que alguien decide utilizar mi avatar en el juego de roles en el cual estoy inmersa sin poder escapar.
Escribo estas líneas mientras aún recuerdo, con una claridad dolorosa, que alguna vez fui Clara Guzmán, una simple oficinista, antes del próximo instante en que me quede sin energía, se escuche un sonido atronador, como un estruendo que anuncia el fin, y vuelva a pender sobre mí la palabra «Game Over».
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COMPARACIÓN
Carlos Pérez de Villarreal-Argentina
En el Ajedrez, como en la vida, la mejor jugada es siempre la que se realiza – Siegbert Tarrasch
Se acercó con el tablero bajo el brazo y la bolsita de plástico con las 32 piezas aventureras. Siempre nos encontrábamos en el mismo banco de la plaza, con la mesa de piedra como un comensal más. Lo abrió y desplegó. Comenzó a colocar los huéspedes:damas, reyes, caballos, torres, alfiles y peones. Él siempre jugaba con las blancas, nunca quiso perder la «iniciativa”, allí nos quedábamos: jugando, descubriendo, inventando.
Verlo concentrado en las partidas era algo que jamás podría olvidar. La tensión, el rictus de la boca, la cabeza que se movía llena de pensamientos y jugadas anticipadas, la inteligencia puesta exclusivamente al juego enfrentada a dilemas a veces insolubles, la lucha interna por doblegarme como adversario, la crispación de sus manos. Hasta que al final movía una pieza y recobraba su tranquilidad. Roberto andaba por los 80 largos, su cuerpo no lo acompañaba mucho, pero su mente era una máquina calculadora, inteligente y por sobre todas las cosas innovadora.
Estaba planificando una variante de la Defensa Siciliana, que, según él, revolucionaría el mundo ajedrecístico. Superaba todas las conocidas, porque había estudiado en profundidad las jugadas del sacerdote Pietro Carrera, analista italiano del siglo XVI, creador de la famosa jugada.
Durante todo el año, si el tiempo lo permitía, los viernes allí estábamos los dos. Él venía desde su casa mientras que yo salía de la redacción del diario. No sabía dónde vivía. Nunca se lo había preguntado. Él tampoco me lo había dicho. Era por el barrio, pero nunca quiso dar muchas explicaciones. Siempre supuse por sus ropas elegantes pero gastadas, que en algún momento de su vida había tenido un buen pasar. Tal vez la vida se le habría complicado. Cada uno de nosotros lleva su mochila al hombro que a veces pesa poco y a veces demasiado.
Un viernes primaveral no vino, lo esperé en vano otro viernes, otro, uno más. Nunca lo volví a ver. Lo busqué indagando por varios lados, pero nada. Pregunté en la misma redacción, los negocios de la zona: algunos lo conocían por la descripción que les daba, pero no sabían dónde podía vivir. Se había evaporado de mi vida como un soplo en el viento. Allí quedó la nostalgia, sin tener remedio. Una semana antes de Navidad, una señora bastante mayor apareció en el diario buscándome. Traía un envoltorio para mí de parte de Roberto. Había fallecido hacía casi tres meses. Ella era una amiga que cuidaba de él en ciertas oportunidades. Antes de partir le había dejado el recado de entregarme el paquete como regalo de Fin de Año.
Le pregunté de qué había fallecido y su respuesta fue contundente: de vejez. «Nadie muere de vejez», pensé. Pero de qué valía explicarle eso a esta mujer. Le pregunté si necesitaba algo y me explicó que no. Sólo cumplía con el pedido de Roberto Seoli. En esa conversación me enteré por primera vez de su apellido.
Esa noche, ya en casa, abrí el paquete con todo cuidado. Había esperado ese momento con ansias. No lo quise hacer en el trabajo por razones personales. Esto era mío, particularmente mío. Allí estaba el viejo tablero y los 32 trebejos, gastados, ajados, esperándome. En un sobre marrón bien cerrado, encontré una papeleta con diferentes jugadas. La letra pequeña, pareja y bien escrita, reforzaba mi impresión de que Roberto había sido una persona de una gran cultura. En la mesa chica del living, al lado de los sillones, armé todo y comencé a desarrollar lo escrito por él. ¡Formidable! ¡Excepcional! ¡La combinación perfecta! ¡Una variante de la Defensa Siciliana extraordinaria!
Me quedé quieto por un momento recordándolo con su traje raído, sus zapatos charolados de dos colores, el bastón marrón de madera lustrada y esos ojos brillantes cuando realizaba una partida magistral. En base a ella escribí un libro que resultó ser un best-seller para el mundo ajedrecístico. La variante llevaba su nombre. El nombre de un hombre que llevó su imaginación al límite.
Hoy ese tablero sigue allí. Nadie lo toca. No lo permito.
Nunca más jugué en él. Es un sempiterno recuerdo.
Roberto, vos allá andá preparando otra jugada. Yo aquí voy a hacer lo mismo.
Cuando nos encontremos… comparamos.
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¡ME QUIERO MORIR!
Sarah Petrone-Argentina
¡Me quiero morir! ¡Me quiero morir! Es increíble la cantidad de veces que repetimos a diario este latiguillo, siempre que un problema por mínimo que sea nos toca y hace que involuntariamente y sin tener en cuenta la magnitud de lo que significa esto que decimos. ¡Lo decimos! Como un mantra lanzamos al universo una petición que es sólo un exabrupto estúpido e intrascendente, sin medir las consecuencias que ello acarrea. Porque… Alguien… En algún momento, en algún lugar, el cosmos la recibe como petición del inconsciente y la envía como una maldición imposible de conjurar. Entonces el “me quiero morir” cuando un amor nos deja, un trabajo no se nos da, o cuando las ingratitudes de la vida ponen en la balanza de los sentimientos, las pérdidas inesperadas o no, que sólo sopesan los cambios, que no son más que eso, “cambios”. Para bien o para mal. Pero… Cambios. Perdoname amiga, esto parece una sesión de terapia o una tesis aburrida sobre la idea de la muerte. Pero no lo es. Tampoco sé si estás escuchándome. Sólo quiero alentarte como siempre. Morir por amor. Por traición. Por celos. Y una vez más ahora estamos aquí, en terapia intensiva, deseando que todas las pastillas que tomaste se eliminen de tu organismo y te recuperes. Estoy sentada a tu lado sin poder hacer nada. Nada más que mirarte y esperar.
Por tercera vez te encontré tirada en el baño, y otra vez sigo haciéndote el aguante. Pero no olvides que algún día puedo llegar tarde y entonces perderíamos las dos. ¿Sabés una cosa? Conozco a alguien que lo único que repite siempre, es: “No me quiero Morir”. Y lo dice en voz baja porque ya no tiene voz. Por tercera vez su propio cuerpo atentó contra ella y está mutilada como muchas mujeres por un cáncer terminal, y la veo palidecer y adelgazar hasta el extremo, sin remedio. Siempre nos ha dolido en los ojos y en las vísceras, el hambre en el mundo al ver en los noticieros las realidades de la vida. Y ahora, como si fuera poco, otra guerra, en un mundo de bárbaros que igual que en el circo romano, viven como zombis, sin ser vencedores ni vencidos, desangrándose por igual en la inconsciencia de cerebros vacíos, sin fuerzas para gritar si realmente quieren morirse o no, por una ideología que no siempre comparten. Hemos visto el miedo y el dolor en muchos ojos anestesiados a través del alcohol y las drogas, lo que nos formó en la elección de nuestras carreras médicas. Y no te sirvió de nada. Como una cábala, el número tres, marca nuestras vidas. Ésta es tu tercera vez en coma, hoy, hace tres días. Yo, otra vez, tres días que no duermo esperándote detrás de los vidrios de la terapia intensiva, que es lo que nos separa, porque eso es lo que hacen las buenas amigas, ¿no?… Bueno, creo que también lo hago por interés, quiero que te recuperes porque… Compartimos el departamento y si no nos ayudamos con el alquiler, tendría que volver a la casa de mis padres, y ahí sí que diría igual que vos ¡Me quiero morirrr! Hasta en estos momentos me sacás una sonrisa. ¡Qué hija de puta sos! Dale gorda, abrí los ojos. Hacelo por mí. Recordá lo bien que lo pasamos juntas. Extraño tu buen humor, cuando no te enroscás con la realidad que no tiene lógica dentro de tu ilógica obsesión por recuperar lo que nunca fue tuyo. No te quiere, gorda, nunca te quiso y lo sabés. Lo supiste siempre. ¿Te parezco cruel? ¡Abrí los ojos, carajo! ¿Qué le voy a decir a tu hijito cuando te precise? ¿Y a tus viejos? Ya saqué los pasajes para ir al pueblo. Nos están esperando con los brazos abiertos. No les podés hacer esto. Volver de la muerte tiene su precio y sé que me escuchás. Esa pequeña lágrima que noto en tus ojos ojalá barra con las penas de tu corazón. Te voy a ayudar, amiga. Aprendé a quererte.
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ELLA O YO
Yanni Tugores-Uruguay
Ella camina por la orilla de la playa. Una túnica negra le cubre los pies. Arrastra algo pesado en su mano derecha. Camina de un extremo al otro y a mitad del recorrido se detiene. Levanta su cabeza y me observa. Distingo su silueta negra, su rostro enmarcado en una capucha, y sus ojos solo son cuencos blancos y vacíos que me miran fijamente. ¿Tiene rostro? No lo sé. No logro distinguir con claridad; estoy detrás del ventanal de mi apartamento en un noveno piso. Todas las noches la misma rutina: camina de un lado al otro, se detiene, me observa y continúa. Afuera es verano pero aquí, dentro de mí, hace mucho frío. Me canso de mirarla. Giro mi silla y me dirijo al dormitorio. Me acuesto y me cubro con una manta tejida de cuadrados de crochet multicolores que heredé de mamá. Al fin logro dormirme. Amanece. El sol majestuoso se posa en mi cama. Intento abrir los ojos. No puedo. Algo me enturbia el pecho y sella mis párpados. Estiro las manos hasta alcanzar una silla. Me incorporo del lecho y a ciegas me tomo las piernas y las bajo. Logro sentarme. Tiro de la manta y me cubro. Conozco bien la casa, no necesito los ojos para recorrerla. El frío es cada vez más intenso. Me dirijo hacia el ventanal y corro las cortinas. Puedo sentir el sol invadiendo mi cuerpo, pero no logra calentarme. No tengo apetito ni ganas de hacer nada. Un olor nauseabundo se filtra en las fosas nasales. Seguro que son las heces de la gata que no he podido limpiar. ¿Qué puedo hacer si no veo nada? “No importa —pienso— ya lo limpiaré”. Decido quedarme allí, inmóvil, esperando. Mimí, la gata, salta en mi regazo, maúlla y ronronea. Abro el ventanal y salgo al balcón, obviamente el animal se va. Ni idea de adónde fue. Pero siempre regresa. No me preocupo. Percibo que poco a poco se retira el día. Mi olfato se impregna de sal, mis oídos del vaivén de las olas y de las risas de los enamorados que dejan la playa. Siento una luz brillante recorrer mi cuerpo, entonces sé que hay luna llena. Es extraño: ya no tengo frío. Por el contrario un intenso calor me sofoca. Siento que alguien me toma la mano y me incorpora. Puedo sentir el agua en los pies. Me tocan y abro los ojos. Estoy caminando junto a ella por la orilla del mar. La miro detenidamente. Sus ojos ya no son solo cuencos vacíos y blancos, ahora se ven enormes, rojos y un halo de fuego rodea su cuerpo. Ahora entiendo, viene a buscarme, me arrastra con ella pero… ¿adónde? El calor se hace más intenso. Yo no he sido mala. —¡No, no! ¡Por favor, déjame!
Forcejeo y logro soltarme de su mano. Me sumerjo en el mar y nado y nado hasta que no hago pie. ¿No hago pie? ¡Sí, mis piernas se mueven, puedo nadar! Ahora mis ojos ven con claridad. Sabía que había luna llena. Qué bello paisaje. El agua parece estar cubierta por noctilucas destellando su luz. Mi cuerpo, desnudo, se cubre con esos destellos. ¡Qué placer! Nado hasta la orilla y salgo. Aún no puedo creer que esté caminando. Me tiendo boca arriba sobre la arena y observo. Mi piel está tersa y mi pelo recobró el color del trigo. Mis senos lucen turgentes y en mis extremidades no se percibe ninguna arruga. ¡Soy joven otra vez! Me acerco a la orilla y miro mi silueta en el espejo que la luna me regala. Estoy desnuda, debo regresar. Antes tendré que secarme, pero… ¿cómo? La playa está desierta entonces decido caminar de un extremo al otro. A mitad del recorrido me detengo. Levanto mi mirada y veo la figura de una anciana en una silla de ruedas que me está mirando. Al bajar mi rostro, una túnica negra me cubre todo el cuerpo. Comienzo a caminar en la playa de una punta a la otra, mientras mi mano derecha arrastra una pesada guadaña.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:24:212026-09-23 22:03:31CUENTOS – SEPTIEMBRE
—Papá, ¿quieres café? Él me miró como si la palabra “café” fuera nueva. Como si nunca la hubiera pronunciado. Como si no supiera si le gustaba.
—¿Café? —repitió, despacio, como quien toca una piedra antigua. —Sí, papá. El de siempre. —El de siempre… —susurró, y en su voz había un hueco. Un hueco que antes no estaba.
Me sonrió. Pero no era su sonrisa. Era otra. Una sonrisa prestada, vacía, como si viniera de un recuerdo que ya no le pertenecía.
El café se enfriaba entre sus manos. Yo lo observaba en silencio, intentando memorizar cada gesto, cada parpadeo, cada pequeño destello de lucidez que aún quedaba en él. Porque el Alzheimer te obliga a eso: a guardar momentos como quien guarda agua en las manos, sabiendo que se escapa.
—Papá… ¿te acuerdas de mamá? Lo dije despacio, con miedo. Miedo de la respuesta. Miedo del silencio.
Él levantó la mirada. Sus ojos se llenaron de una luz que reconocí al instante: la luz del amor que no se olvida, aunque la memoria se rompa.
—Mamá… —susurró. Y sonrió. Una sonrisa limpia, verdadera, como un rayo de sol entre nubes.
—Sí, papá. Mamá. —Era… —buscó la palabra, la acarició, la sostuvo— era buena. —Lo era —respondí, sintiendo cómo se me apretaba el pecho.
Se quedó callado un momento. Miró la ventana. Miró el café. Miró sus manos. Y entonces dijo algo que me atravesó:
—A veces… la veo. —¿La ves? —Sí… pero no sé si es recuerdo… o sueño.
Me quedé quieta. No quería romper ese instante. No quería corregirlo. No quería traerlo de vuelta a la realidad. Porque en su mundo, mamá aún estaba viva. Y quizá, en algún lugar profundo, también lo estaba para mí.
—Papá… —le dije, tocándole la mano— si la ves, es porque te quiere. Él me miró. Sus ojos se humedecieron. —¿Tú también me quieres? —Claro que sí, papá. —¿Desde siempre? —Desde siempre.
Y ahí entendí la crueldad de la enfermedad: no solo roba recuerdos… roba certezas. Roba la seguridad de haber sido amado. Roba la identidad. Roba la vida.
Durante dos años lo cuidamos en casa. Mis hijos lo paseaban por el jardín, le hablaban, le contaban cosas que él ya no entendía. A veces se perdía dentro de su propia casa. A veces buscaba a su madre, como un niño. A veces se despertaba de madrugada, convencido de que tenía que ir a trabajar, aunque hacía décadas que no trabajaba.
Y cada día era más difícil. Cada día se nos iba un poco más. Cada día dejaba de ser él.
Hasta que llegó el momento que nadie quiere enfrentar: la decisión.
La decisión de ingresarlo. La decisión que te rompe. La decisión que te hace sentir culpable aunque sepas que es lo correcto.
El día que tuvimos que llevarlo al centro fue el más difícil de mi vida. No porque él protestara —ya no entendía del todo lo que pasaba— sino porque yo sabía que ese paso era una frontera. Una puerta que, una vez cruzada, ya no se abría hacia atrás.
Lo acompañé despacio por el pasillo. Él miraba las paredes como si fueran nuevas, como si nunca hubiera visto un pasillo, como si cada cuadro fuera un misterio. Yo llevaba su bolsa con ropa, pero sentía que cargaba algo mucho más pesado: la certeza de que mi papá ya no estaba ahí desde hacía tiempo.
Su cuerpo sí. Su presencia física sí. Pero él… él hacía meses que se había ido a un lugar donde yo no podía alcanzarlo.
La habitación era sencilla. Una cama, una ventana, una mesita. Él la miró con curiosidad infantil.
—¿Aquí…? —preguntó. —Sí, papá. Aquí vas a estar cuidado. —¿Cuidado…? —Sí, papá. Muy cuidado.
Se sentó en la cama. Movió las manos sobre la colcha como si fuera una textura nueva. Yo lo observaba, intentando no romperme. Pero me rompí igual.
Me acerqué. Le acomodé el jersey. Le acaricié la cara. Él me miró… pero no me reconoció.
—¿Quién eres? —preguntó, con esa voz suave que ya no era suya. Sentí que el mundo se me deshacía. Pero sonreí. Porque el Alzheimer te obliga a sonreír incluso cuando te estás cayendo.
—Soy yo, papá. —¿Yo…? —Tu hija. —¿Hija…? —repitió, como si la palabra fuera un juguete nuevo.
Cuando me fui, lloré en el coche. Lloré como nunca. Porque entendí que mi papá se había ido hacía mucho tiempo. Que lo que quedaba era su cuerpo… pero no él.
Las semanas pasaron. Yo iba a verlo cada siete días, como un ritual. A veces me reconocía. A veces no. A veces me llamaba por un nombre que no era mío. A veces me miraba como se mira a un desconocido amable.
Un jueves llevé conmigo el viejo tablero de ajedrez. Papá había sido un jugador excelente, de esos que no necesitan pensar porque la estrategia les nace sola. Lo coloqué sobre la mesa de su habitación, sin decir nada. Solo abrí el tablero y puse las piezas en su sitio.
Él estaba mirando la ventana. Pero cuando escuchó el leve sonido de la madera al tocar la mesa, giró la cabeza. Sus ojos, apagados desde hacía semanas, se encendieron de repente. Una chispa. Un destello. Un recuerdo que peleaba por volver.
—Papá… mira. Él se inclinó hacia adelante. Tocó un peón con la punta de los dedos, como si fuera un objeto sagrado. Lo levantó. Lo observó. Y sonrió.
—Esto… —murmuró. —Sí, papá. El ajedrez. —El ajedrez… —repitió, y por un instante, muy breve, volvió a ser él.
Movió un peón. Un movimiento simple, casi infantil. Pero yo lo sentí como un milagro. Porque durante esos minutos, aunque fueran pocos, aunque fueran frágiles, mi papá regresó.
Otro día llevé música. La música que él había amado toda su vida. Le coloqué los auriculares con cuidado, como si fueran alas. Conecté el lápiz de memoria. Y esperé.
Al principio no reaccionó. Pero cuando sonó la primera melodía, levantó la cabeza. Sus ojos se humedecieron. Y empezó a mover los dedos, siguiendo el ritmo. Un ritmo que su cuerpo aún recordaba aunque su mente ya no.
—Papá… ¿te gusta? Él no respondió. Pero sonrió. Una sonrisa pequeña, temblorosa, pero verdadera.
Durante unos minutos, la música lo sostuvo. Lo abrazó. Lo devolvió a sí mismo.
Pero también eso lo perdió. Un día ya no movió los dedos. Otro día ya no reaccionó. Y finalmente, la música se convirtió en un sonido más, sin significado, sin memoria.
Yo seguí llevándola igual. Porque aunque él ya no la reconociera, yo sí. Y necesitaba sentir que algo de su vida seguía ahí, aunque fuera solo para mí.
Y un amanecer de otoño, me llamaron. Me dijeron que mi papá se había ido.
Me quedé quieta. No lloré. No grité. No me derrumbé.
Porque mi papá… mi verdadero papá… se había ido hacía mucho tiempo.
Ese día solo se fue su cuerpo. Lo último que quedaba de él en este mundo.
Me acerqué a la ventana. Respiré hondo. Y pensé:
“Papá, ahora sí estás libre. Ahora sí estás entero. Ahora sí recuerdas todo.”
Y por primera vez en mucho tiempo… sentí paz.
El Alzheimer me enseñó que hay despedidas que empiezan mucho antes de la muerte. Mi padre se fue hace tiempo; hoy solo se ha ido su cuerpo.”
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A LAS DOCE Y DOCE
Derec Alcántara Tello- Perú
Intenté descifrar lo que habitaba en tu mente. Y, cuanto más lo intentaba, más me perdía en la mía.
Hay una culpa extraña en sobrevivir a ciertas cosas. Nunca sabes si hiciste todo lo posible o si simplemente aprendiste a convencerte de que no había nada más que hacer.
Durante mucho tiempo pensé que el karma me estaba castigando. No por haberte amado, sino por no haber sabido cómo hacerlo.
Qué curioso. Hubo un tiempo en que un mensaje tuyo bastaba para arreglarme el día. Hoy tengo miles de palabras guardadas que ya no saben a quién llegar.
A veces imagino que, si pudiera volver atrás, haría todo diferente. Después recuerdo que probablemente volvería a cometer los mismos errores. Porque nunca fue falta de amor. Fue falta de tiempo, de valor y de entendernos cuando todavía podíamos hacerlo.
Hay un reloj dentro de mi cabeza que dejó de funcionar hace mucho. Se quedó detenido a las doce y doce. Desde entonces, todos los recuerdos regresan a esa misma hora, como si el tiempo hubiera decidido conservar intacto el instante exacto en que todo terminó.
Y lo peor es que sigo hablándote. No porque espere una respuesta, sino porque todavía existe una parte de mí que se niega a aceptar que el silencio también puede responder.
Quizá algún día deje de escribirte. Quizá algún día deje de buscarte en personas que nunca fueron tú. Pero hoy todavía me duele admitir que intenté entender tu mente y terminé perdiendo la mía.
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A MIS 83 AÑOS
Inés Dagand-Argentina
A mis 83 años sigo pensando que cada día que amanece es un camino nuevo por recorrer, un capítulo en blanco que espera ser escrito. Me gusta levantarme con la ilusión de descubrir qué me traerá la jornada, porque siempre aparece alguna sorpresa. Por eso nunca me gustó la monotonía; me aburre. Prefiero la creatividad, imaginar, soñar y mantener viva la curiosidad.
Los días pasan muy deprisa. Quizá por eso he aprendido a valorarlos más. Disfruto de las cosas sencillas, de abrir los ojos por la mañana y agradecer que estoy aquí un día más. La vida es un regalo, y creo que nunca debemos dejar de dar las gracias por ella.
Siempre he pensado que la vida es servicio. Me acompaña una frase que siento muy verdadera: quien no sirve para servir, no sirve para vivir. Me gusta ser útil, ayudar cuando puedo, tender una mano o regalar una palabra de ánimo. Al final, lo que dejamos en los demás es lo que realmente importa.
También he aprendido que somos afortunados por la gente buena que encontramos en el camino. De todos se aprende algo. La vida es una escuela permanente y cada persona que conocemos nos deja una enseñanza, una reflexión o un recuerdo.
Cuando amanece un día espléndido y el sol asoma temprano, siento ganas de abrir las ventanas y dejar entrar el aire nuevo. Me gusta respirar profundamente y sentir que comienza otra oportunidad. Son momentos pequeños, pero llenos de belleza.
En casa nunca estoy del todo sola. Mi mascota me acompaña y me protege con esa fidelidad silenciosa que solo los animales saben ofrecer. Su compañía hace más cálidos los días.
No siempre tengo grandes historias que contar. A veces solo puedo decir que agradezco estar viva, que agradezco el cariño de los míos y que disfruto de las visitas de la familia y los amigos. Unas noches vienen mis sobrinos, otras comparto la mesa con un matrimonio amigo. Son encuentros sencillos, pero llenos de afecto, y eso basta para llenar el corazón.
Me alegra también ver triunfar a las personas que ponen amor en lo que hacen. Cuando alguien recibe un reconocimiento merecido, siento una alegría sincera. Esas cosas son una caricia para el alma y una recompensa a la entrega, al esfuerzo y al trabajo bien hecho.
Hay alegrías y también sinsabores, porque así es la vida. Pero incluso en los momentos difíciles siempre intento encontrar algo que aprender. Con los años he comprendido que vivir no consiste en que todo salga bien, sino en saber agradecer incluso aquello que nos enseña mientras duele.
Nunca imaginé que acabaría escribiendo. Durante muchos años pensé que eso era algo reservado para otras personas. Sin embargo, un día alguien me animó a expresar lo que sentía y descubrí que las palabras también podían ser mi manera de abrazar.
Ahora escribo como hablo, desde el corazón. Escribo porque la vida me sigue emocionando, porque sigo teniendo sueños, porque me gusta compartir lo aprendido y porque cada amanecer me recuerda que todavía quedan páginas por llenar.
Y mientras pueda abrir una ventana, respirar el aire de la mañana, disfrutar de la compañía de quienes quiero y dar gracias por un nuevo día, seguiré sintiéndome una mujer afortunada.
Con una sonrisa, un abrazo cálido y una suave brisa de primavera.
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CON EL SOL A CUESTAS
Enrique Fredy Díaz Castro-México
Trotando en la amalgama de recuerdos que se apretujan cuando el asueto se adueña de estas tardes salpicadas de nostalgia y de lluvia pertinaz, sustraigo aquellos en los que mi niñez arrobada en juegos, tareas escolares y el afán por jugar basketbol como lo hacían mis tíos y primos (a los que no les podía ganar por más que practicara al salir de clases) me detengo en momentos como en los que había que irle a llevar a ayudar a mi papá en leves actividades en la pequeña milpa. Cosechar el maíz, el frijol y el arroz, era un quehacer sin límite de tiempo para él, por eso yo, el mayor de siete hermanos, cumplía con la encomienda que fijaba ese gran señor que fue mi padre, mientras mi madre con su abnegación y sencillez cuidaba de la casa, de mis hermanos y de la cocina con esa disciplina tan suya y tan callada.
La felicidad pródiga y singular que me rodeaba, no alcanzaba a dimensionarla pero la alimentaba con el hecho de ver a toda ni familia unida, platicando y bromeando, correteando con mis hermanos y primos en el patio de la casa de los abuelos maternos, principalmente cuando vaciaban los costales de café capulín a secar al sol y con rastrillos de tabla los distribuían uniformemente para que el paulatino secado cobrara forma.
No pocas veces el abuelito Juan o la abuelita Chela nos regañaban por dejarnos caer en los gránulos de café recién cortado (Dios los tenga en la Eterna Gloria) aunque también ayudábamos en lo que podíamos bajo la supervisión de algunos de los tíos cuyas enseñanzas aún perduran.
Los cocoles, culrbrinas y papalotes que con finas tiras de palapas nos hacía el abuelito Juan eran verdaderas obras de arte, amarradas con hilo del oso del número cinco, cubiertas con papel de china de vistosos colores, pegados con la goma de sasaniles maduros. Los cocoles o papalotes, iban arqueados en la parte superior por un hilo al que adhería un resumbador hecho con una tira de papel.
Esos retazos de lejana felicidad infantil, son como fotografías de viejo álbum serenando la mirada y removiendo al corazón con ese compás que anuncia sonrisas inesperadas y silenciosas, mientras me traiciona una que otra lágrima indiscreta por el gusto de la evocación, incontenible pasajera del avión de esos ayeres bonito6e irrepetibles.
Mis padres, mis hermanos, mis demás familares, amigos y conocidos, nos forjamos el destino con el sol a cuestas y con la brisa de aquellas alboradas y atardeceres irradiando una felicidad que hoy seguimos viviendo pero con otros matices, otros sueños y con la familia que hemos construido al paso del tiempo, remando en la corriente que la vida dispuso para esta nave que diestra esquiva piedras y rápidos entre aguas de todas tonalidades y al compás del viento amigo y el tic tac del reloj imparable y sutil.
Anochecer del lunes 7 de septiembre de 2026.-
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HABLAR CON LA LUNA
Margarita Filiputti-Argentina
En un momento de lucidez, logró burlar la guardia y corrió hasta la plaza de la esquina, a embriagarse con el aroma de los jazmines.´
Agazapado entre los ligustros lo sorprendió la noche, plagiando lunas, escudriñando secretos de plata, que en la vorágine alocada donde pasa sus días, nunca nadie le confesó. Y de sus ojos inciertos, brotaron flechas escarlata, indagando, queriendo saber algo de ese oscuro pasado.
…Tan oscuro, tan gris, que borró de su mente todas las imágenes. —¿Cómo escapó? —retumban en el silencio las voces vehementes.
Al oírlas, un miedo ensordecedor lo paraliza. Como siempre, sabe que lo encontraran y se acurruca como un animal herido.
Los hombres de blanco están ahí. Sin explicar nada, lo llevan una vez más al tétrico pabellón de las almas marchitas.
Asomados a los mugrosos pasillos, los rostros sin luz lo reciben balbuceando frases incoherentes; mientras el fugaz sueño de hablar con la luna, se desvanece y se pierde en los intrincados laberintos de la locura.
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CAMINATA
Carlos González Saavedra-Argentina
Vivo en un pueblo de casas de tejas coloradas. Con palabras que encierran un pasado que ya no existe. Palenques sobre calles arboladas, en cuadras empedradas. Como la entrada a una estancia.
Con sus bosques de acacias. Donde los rayos del sol, se filtran entre ramas.
Con vecinos que miran y no dicen nada. Otros saludan, con una sonrisa franca, como si nada.
Un silencio me acompaña, los pájaros cantan. No quiero interrumpir su canto, esta mañana.
Camino sobre las calles, como detenido en el tiempo. Encuentro, quintas escondidas por dónde camina, plácidamente mi alma.
Silencio y belleza de ligustrinas bien cortadas. Con céspedes prolijos. Solo a cuadras del intenso tránsito de la vida cotidiana.
Algún jardinero podando, otro regando plantas, mientras el silencio habla .Cielo sin nubes, verdes y plantas.
¡Caminar, me hacía falta!
Casas de fin de semana, que guardan secretos de los que nadie habla. A pesar de historias cotidianas sobre casas abandonadas.
Voces que ya no hablan, memorias guardadas.
Semblanza de un pueblo de casas de tejas coloradas, por dónde camina placida mi alma.
Donde todo es aprendizaje y enseñanza.
Contrastes de la vida misma.
¡Cuánta falta me hacía caminar, cuánta!
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LA MUJER QUE TENÍA MIL MENSAJES Y NI UNA VOZ
Elspeth Gormley-España
Se llamaba Clara. Tenía cincuenta y tres años, dos teléfonos, tres cuentas de correo, cuatro redes sociales y una vida llena de notificaciones… pero vacía de personas.
Cada mañana, al despertar, su móvil vibraba como si el mundo entero la buscara. Mensajes, alertas, correos, anuncios, recordatorios. Un ruido constante. Una compañía falsa.
Clara respondía a todos. A veces con un emoji, a veces con un “ok”, a veces con un audio rápido. Parecía acompañada. Parecía conectada. Parecía rodeada.
Pero cuando apagaba la pantalla, el silencio era tan grande que podía escucharse a sí misma respirar.
La soledad no era nueva. Había empezado años atrás, cuando sus hijos se fueron, cuando su matrimonio se apagó, cuando sus amigas empezaron a tener vidas que ya no coincidían con la suya. Pero la soledad digital era distinta: era una soledad llena de ruido, una soledad que no se nota desde fuera, una soledad que se disfraza de compañía.
Un día, Clara se dio cuenta de algo que la golpeó como una verdad incómoda:
Tenía cientos de conversaciones… pero ninguna vida compartida.
La gente le escribía, sí. Pero nadie la miraba a los ojos. Nadie le tocaba la mano. Nadie le preguntaba cómo estaba… para escuchar la respuesta.
Una tarde, mientras preparaba café, su móvil vibró con fuerza. Un grupo de WhatsApp. Diecisiete mensajes en un minuto. Memes, fotos, audios, chistes.
Clara los leyó todos. Sonrió. Respondió con un corazón.
Y luego, sin saber por qué, se echó a llorar.
Lloró de golpe, como si alguien hubiera abierto una compuerta dentro de ella. Lloró por la falta de abrazos. Por la falta de voces reales. Por la falta de presencia. Por la falta de vida.
Lloró porque se dio cuenta de que nadie sabía que estaba llorando. Nadie. Ni uno solo de los que le escribían.
La soledad digital es así: te rodea de gente que no está. Te llena de palabras que no tocan. Te acompaña sin acompañarte.
Clara decidió salir a caminar. El móvil vibraba en su bolsillo, insistente, como un niño caprichoso. Ella no lo miró.
En la calle, la gente caminaba rápido, mirando pantallas, hablando sin hablar, viviendo sin vivir. Clara se sintió invisible. Pero también se sintió libre.
Se sentó en un banco. Respiró hondo. Miró el cielo. Miró a la gente. Miró sus manos.
Y entonces entendió algo que le dolió… pero también la despertó:
La soledad no era que nadie la buscara. La soledad era que nadie la veía.
Ese día, Clara apagó el móvil. No lo silenció. No lo puso en modo avión. Lo apagó.
Por primera vez en años, escuchó el mundo sin filtros. El viento. Los pasos. Las voces. La vida.
Y también escuchó algo que había olvidado: su propia alma.
No dejó las redes. No dejó los mensajes. No dejó la tecnología. Pero dejó de confundir ruido con compañía, pantallas con personas, mensajes con afecto.
Clara aprendió a buscar miradas. A buscar voces. A buscar manos. A buscar presencia.
Porque la soledad digital no se cura con más mensajes. Se cura con más vida.
“En un mundo lleno de pantallas, Clara descubrió que la verdadera conexión no vibra: respira.”
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DIOS, LA POESÍA Y LOS POETAS….
Marga Mangione-Argentina
Dios estaba preocupado. Había puesto en el mundo a los hombres para que la raza humana reinara sobre todo lo que existía, para que cuidaran la tierra, admiraran la belleza de la Creación y convivieran en armonía con cuanto les rodeaba. Sin embargo, observaba con tristeza que el hombre vivía continuamente entre guerras fratricidas, enfrentamientos absurdos y disputas interminables en las que afloraban sus más bajos instintos. Cualquier motivo parecía suficiente para desencadenar la violencia: un trozo de tierra, una mujer, un caballo o un simple desacuerdo. Una palabra mal interpretada bastaba para que los hombres se enemistaran y pelearan hasta la muerte. Dios contemplaba aquellos actos con desazón, porque aquello no se parecía en nada al mundo que había imaginado cuando creó a los seres humanos. Él deseaba una humanidad capaz de compartir, comprender y amar. Quería otra cosa para su Creación.
Vigilaba constantemente a aquellos hombres y mujeres que había formado a su imagen y semejanza. Desde el cielo observaba cómo repetían una y otra vez los mismos errores, incapaces de aprender de sus sufrimientos. Como castigo, les enviaba pestes y calamidades, esperando que la adversidad les enseñara prudencia y compasión. También confundió sus lenguas para ver si, al no comprenderse entre sí, disminuían los enfrentamientos y se veían obligados a buscar otros caminos para relacionarse. Pero nada parecía dar resultado. A pesar de todas las pruebas y advertencias, seguían peleándose por cualquier motivo. La guerra se había convertido en una costumbre y la rivalidad en una forma de vida. Eran guerreros por naturaleza, o al menos eso parecía.
Una noche, cansado de pensar en nuevas maneras de corregir a los hombres y de encontrar un remedio para aquella violencia interminable, decidió descansar en el Paraíso. Mientras reposaba y contemplaba la inmensidad del firmamento, escuchó de pronto una voz dulce y melodiosa que ascendía desde la tierra. Aquella voz viajaba acompañada por las notas de un instrumento que no recordaba haber creado y que producía una música tan hermosa como desconocida. Las palabras hablaban de amor, de esperanza y de los sentimientos del corazón humano. Dios permaneció inmóvil, sorprendido. Hacía mucho tiempo que no escuchaba algo tan bello salir de la boca de un hombre.
Intrigado, se asomó por detrás de una nube para ver mejor al dueño de aquella voz. Lo encontró refugiado bajo la sombra de unos frondosos árboles, cantando con serenidad, como si el mundo entero desapareciera mientras entonaba sus melodías. Dios quedó maravillado. Por un instante olvidó sus preocupaciones y se dejó llevar por aquella música que parecía capaz de devolver la paz incluso a los corazones más agitados. Entonces decidió descender para conocer a aquel extraño cantor.
Su voz retumbó como un trueno entre las copas de los árboles cuando preguntó:
—¿Quién eres, y quién te enseñó a cantar de una manera tan hermosa?
Al principio, el hombre se asustó ante la presencia de ese Ser extraño, que brillaba más que el sol, y que le hablaba con una voz tan fuerte y tan profunda. No atinó a contestar nada, pero ante la insistencia de Dios, le dijo con voz trémula: -Soy un Juglar… y voy por el mundo llevando las noticias de los acontecimientos que suceden, por medio de mis canciones. De otro modo, no se enterarían en otros pueblos, por ejemplo, lo que sucede aquí. Dios se sorprendió mucho de lo que este hombre le decía. Había estado tan ocupado en solucionar el problema de las guerras, que no se había percatado de la presencia de los Juglares. El que tenía adelante, siguió diciendo: -También cuando regreso, traigo noticias de otros lugares. Lo hago a cambio de un vaso de vino, y un trozo de pan y queso, únicamente… Soy bien recibido en cada sitio que visito. Sobre todo, por las damas, que me esperan para que les cante canciones de amor. Pero también los hombres necesitan de mí, para conocer las novedades del mundo. ¡Me quieren y aprecian lo que hago! Dios sonrió y le dijo cariñosamente: -¡Muy bien, Juglar, te felicito! ¡Sigue haciendo eso por todo el mundo! Yo voy a ayudarte parea que te respeten y te cuiden… Y pensó satisfecho: De ese modo, se acabarán las guerras. Entonces, ya más tranquilo, se volvió al cielo. Pero las guerras, lejos de acabar, siguieron creciendo y cada vez eran más sangrientas, porque el hombre, en su deseo de conquista, inventaba armas, cada vez más letales. Dios consideró que, si los escarmientos eran inútiles, entonces tendría que darle al ser humano un modo para que las buenas noticias llegasen más rápidamente de un pueblo a otro. Eso los haría más buenos, y pondría fin a las eternas peleas. Pensó y pensó, y se le ocurrió ordenarle a los Fenicios, que inventasen un modo de escribir por medio de signos que todos pudieran comprender. Así nació la escritura griega y la latina. De ese modo, volcando en un trozo de piedra, madera, papiro o tela, las canciones de los Juglares, éstas llegarían a todos los lugares de la tierra donde hubiese gente. ¡Esa sería la solución! Los seres humanos ocuparían gran parte de sus días leyendo, entonces, no tendrían tanto tiempo para pelear. Así comenzó a escribir el hombre. Pero era un trabajo titánico, pues había que hacerlo a mano, y cada libro llevaba varios meses para ser escrito. Pasaron muchos siglos y no se adelantaba mucho. Siguió pensando Dios, y se le ocurrió que un sabio llamado Gutenberg, inventara la imprenta de tipos movibles de metal. Este hombre, asociado a otros, como Johann Fust, luego con Albert Pfister, y después con Piter Schoeffer, quien introdujo ciertas modificaciones en el nuevo descubrimiento, lograron editar libros. En realidad, el primero que se imprimió fue la célebre Biblia de 42 líneas. Pocos años después, la imprenta era conocida en todo el mundo antiguo o moderno. Satisfecho, Dios creyó haber logrado por fin, que la paz reinara en la tierra. Pero los libros, lejos de traer la felicidad tan anhelada por Él, eran utilizados para enseñar las artes de la guerra. Cada vez se editaban menos libros de poesía, religión y amor, y más libros de magia negra, pornografía y estrategia en el arte de la pelea. Y, además, eran pocos los que sabían leer y escribir. Hizo que se crearan las escuelas, pero solamente los hijos de los ricos estudiaban. Y eso no era suficiente. Dios se enojó mucho. En realidad, estaba furioso. El hombre, su mayor creación, lo había desafiado por siglos y siglos. ¡Tenía que hacer algo para que esto cambiara! Pero… ¿Qué? Había probado muchas maneras diferentes sin resultado. Y fue entonces cuando se dio cuenta de algo muy importante: donde había poetas reunidos, nadie se peleaba. Todos compartían sus escritos en un ambiente de armonía y paz. Luego, cada uno se volvía a su hogar enriquecido a su vez, con lo que había recibido de sus colegas. ¡Ésa era, al fin, la solución! Tenía que sembrar poetas por toda la tierra. ¡Claro que sí! ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Y así lo hizo. Por eso hoy, en cada comunidad, en cada gran ciudad o pequeño pueblo, los poetas se reúnen a leer sus poesías y en el momento en que ellos leen, comparten o intercambian sus obras, el mundo se detiene, y en él, ¡reina la paz!
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CINCO MARIDOS Y UNA MUJER
Ángel Medina-España
Noelia era una belleza exótica. Para hacerse una idea, recuerde el lector la exuberancia de la Loren en su juventud. Grandes ojos, pómulos prominentes, boca jugosa y una melena zahína que se desparramaba sobre sus hombros como una cascada.
La mujer recordaba lo que había sido su vida hasta entonces.
Se había casado a temprana edad y era feliz. Pero, el destino es cruel y pronto retira las mieles y trae hieles. Enviudó y volvió a contraer nupcias. Así hasta cinco veces. Todos sus esposos habían pasado por una misma experiencia: acudir a la cita con la muerte mediante un accidente, ser hallados vivos al cabo del tiempo y quedar traumatizados como consecuencia del mismo, hasta que posteriormente lograron recuperar la memoria.
Escarmentada, se propuso nunca más probar suerte en el amor y para alejarse de los recuerdos nada mejor que un viaje. Al regreso se encontró con cinco cartas. Pronto pudo identificar las grafías como procedentes de cada uno de los cinco desaparecidos. Todos y cada uno de ellos le anunciaban haber salvado su vida milagrosamente y regresaban a casa con su mujercita, ignorando la situación que se había originado.
¿Qué hacer con una coyuntura tan enrevesada? Cada cual consideraba ser su marido legítimo, pero ella sabía que no era posible tal grado de macro-bigamia, por lo que decidió acudir al juez.
El instructor propuso que convivieran todos juntos. Pero Noelia, que además de guapa y sensual era virtuosa, no acepto la propuesta. Entonces, como nueva medida, arbitró que se alternasen cada uno como pareja itinerante durante un tiempo. Aquello le pareció una mojigatería, pues se le antojaba ser una mujer pública que permuta su intimidad con distintos varones, y ella, aunque muy reque casada, era toda una señora. Entonces, el regulador le planteó que echase a suerte para ver a quién le tocaba quedarse con ella, pero esta medida tampoco satisfizo a la mujer, al no considerarse el osito de feria que se obtiene como premio en una rifa. ¿Y si de disolvieran los matrimonios y ella los indemnizase? Tampoco resultó posible, pues la muchacha era bella, pero también pobre.
¿Qué hacer? ― pensaba para sí el Magistrado, contemplando en su interior que bien podría relatar a sus nietos al jubilarse tan complejo relato, seguro de oírles responder aquello de “Abuelo, no nos cuentes historias”.
Lenta, progresivamente, comenzó a fraguar en su testa una genial idea. ¿Por qué no recurrir a “él” o algo similar? Nada perdía con intentarlo, porque el caso no podía ser cerrado en falso y alguna salida tendría que haber. Meditó un buen rato, imaginando la escena del rey sabio, con el niño en sus brazos y las dos mujeres asustadas al escucharle decir que lo dividiría en dos mitades, una para cada una de ellas.
El silencio se hizo cortante como el cuchillo que penetra en la niebla densa para abrir paso a la palabra. Finalmente, sentenció con tono solemne y salomónico.
― Siendo el amor ciego ha de estar predispuesto a la entrega total e incondicional. ¿Y qué mayor consagración- les interpeló a los cinco- que la de entregar el máximo don que se posee, esto es, la vida? Así, pues dicto sentencia. Noelia les ofrecerá a ustedes una bebida que contiene cianuro. Sólo una de ellas no lo tendrá. El que viva, se constituirá en su marido. ¡A fin de cuentas, todos ustedes estaban muertos!
Al conjuro de sus palabras, los cinco hombres se miraron con cara de sorpresa. Ciertamente, ninguno esperaba una sentencia de tal calibre. Sólo el amor verdadero es capaz de darse por completo. Lentamente comenzaron a desfilar ante el estrado. Todos iban en actitud cabizbaja. Sólo uno permaneció allí. Era el primer marido. Había decidido arriesgar su vida con tal de ganar su amor. Y en aquel punto entendió ella quién la amaba de verdad. En aquel reducido espacio judicial se proclamó el renacido matrimonio. Y es que el amor es el único capaz de arriesgar los miedos que todos llevamos dentro.
La sala se había vaciado. Cuando todos salieron, habiendo quedado sólo el togado, vertió la bebida de las copas en una sola, ingirió el líquido para calmar su sed y abandonó el estrado sonriente, satisfecho por su sentencia. Salomón había actuado bajo la especie del agua.
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CLARIDAD
Cecilia Pari Silva (Khaekha -Perú
Aquella mañana decidí acercarme al ventanal de su casa, el que daba al patio principal. Lo vi sonriente, leyendo las tiras cómicas de un periódico antiguo. Cómo le gustaban. En mi mente solo existían el cariño sincero y una ternura inmensa por todo lo que hacía. Jamás imaginé nada más. ¿Amor? Eso era para necios y soñadores, para quienes estaban dispuestos a perder el tiempo, el equilibrio y hasta la libertad.
Cuando me descubrió junto al pequeño muro bajo la ventana, sonrió. Corrió a abrir la puerta y, casi como un niño, me tomó de la mano para hacerme pasar.
La tarde se convirtió en noche sin que nos diéramos cuenta. La conversación fue vaga, ambigua, pero interesante. Ninguno supo en qué momento había oscurecido.
Los años transcurrieron en un aparente silencio, al menos en lo que a sentimientos se refería. Terminó el colegio y cumplió uno de sus grandes sueños: marcharse a la capital para ingresar en la universidad.
A partir de entonces comenzaron a llegar sus cartas. Siempre puntuales. En ellas me hablaba del campus, de las nuevas amistades y, muy especialmente, de una joven llamada Amanda.
Al principio me parecía curioso el modo en que la describía, la alegría que le producía compartir un café con ella después de las clases. El tiempo siguió avanzando y yo no me inquieté. Después de todo, él era mi mejor amigo. Casi un hermano.
Pero una primavera todo cambió.
Una de sus cartas comenzaba con unas palabras que me dejaron sin aliento:
«Mi entrañable Laura… Si tan solo hubieras volteado a verme, no con ojos de amiga, sino con los de la mujer que esperé durante tanto tiempo, jamás le habría propuesto matrimonio a Amanda…»
Seguí leyendo.
Me hablaba de mis consejos, de cómo había seguido mis palabras porque estaba convencido de que yo nunca sentiría por él nada más que amistad. También confesaba que había intentado hacerme llegar sus sentimientos una y otra vez, sin obtener respuesta.
Cuando terminé la carta, sentí que el corazón quería escapar de mi pecho. Corrí a buscar las anteriores. Leí una tras otra.
Entonces lo comprendí todo. Allí estaban las señales que nunca quise ver.
«Cómo te extraño, loquilla mía…»
«Mi dorado tesoro…»
«Mi corazón salta cuando recuerdo tu nombre…»
Carta tras carta, descubrí que mi mejor amigo me había entregado su alma sin que yo fuera capaz de entenderlo.
No había sido falta de claridad por su parte. Había sido ceguera por la mía.
Y mientras sostenía aquellas hojas entre mis manos, comprendí algo que llegó demasiado tarde:
que yo también lo amaba.
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EL REGRESO.
Omar Svriz-Argentina
Después de haber partido buscando mejor destino, regreso a mi terruño , allá donde nací y me crié, al llegar a la tranquera me detengo y veo un inmenso yuyal, cubriendo la casa paterna convertida en tapera envuelta en absoluta soledad. ya no estaban los pollos patos ni gallinas que otrora cubrían el amplio patio rodeado de naranjos y mandarinos, tampoco el perro con su ladrido de bienvenida ha salido a recibirme, no estaba ese balde lleno de agua sobre la vieja mesa de algarrobo bajo el alero de la galería, debajo de ese frondoso pino descansaba el viejo arado de manceras , con el cual siendo aún un niño mi padre me enseñó a labrar la tierra, más allá la cultivadora Y esa rastra , la cual era tirada por caballos.
El alambrado parecían viejas y destempladas cuerdas de guitarra que ya no podían ejecutar ni un sonido, el pozo sin brocal, desmoronado, El yunque oxidado , sobre él descansando el martillo con sus lados deformado de tanto golpear rejas ,asadas y doblar hierros.
Mis ojos recorrían ansiosos todos los lugares , cada rincón, cada espacio, pero nada nada era igual, algo o alguien le faltaba el campo aquella tarde de verano. cuando un hilo de lágrimas surcaban mis mejillas pues me sentía un pájaro que le faltaba su rama donde posarse, al pararme detrás de la casa donde siempre tomábamos mate, allí allí estaba eso ese alguien que buscaba yo ,ahí debajo del naranjo, con su estampa casi centenaria y su sombrero de gran ala, sus flacas y huesudas manos sosteniendo entre su dedo esa asada con la cual trabajaba la tierra estos últimos años y cultivaba sus pocas plantaciones de mandiocas batatas calabazas y otras verduras que compartía con su compañera de 60 años de vivir juntos ,(mi madre )y la demás familia que vivían en el pueblo.
Allí estaba él, Don pipín ,apodo por el cual lo conocían todos a mi padre, encorvado, parece sentir mi presencia, se da vuelta y me mira como llamándome, fue tan grande la emoción que en un momento recorrí los días que pasamos juntos en mi niñez y adolescencia y de cuando trabajábamos la tierra y las siestas compartidas debajo de ese Naranjo.
Lo nombré papi, papi , cómo lo hacía siempre ,corrí extendiendo mis brazos, para rodear su cansado cuerpo, y estrecharlo en el más profundo de mis abrazos. pero cuando lo cerré para apretarlo contra mi pecho me di cuenta que no había nadie, yo estaba solo, cerré los ojos un momento y cuando los volví a abrir regresé a la realidad.
Mi padre hacía ya dos años que había dejado de existir , no pude llegar a tiempo para darle el último adiós , por eso mi padre para mí , aún sigue con su vieja asada en la mano abriendo surcos en la tierra
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A LA VIDA Reflexión en prosa
Jenny Tamayoshe (Girasol)-Estados Unidos
He aquí, querida vida, tratando de entender el porqué no te damos la importancia que realmente te mereces, si ya desde el mismo instante en que se nos concede eres una bendición…
El hecho de abrir cada día los ojos a un nuevo amanecer ya es motivo para sentirnos dichosos. ¿Por qué entonces se nos hace difícil el diario caminar por este sendero? ¿Por qué desperdiciamos este valioso tiempo en necedades absurdas cuando podríamos estar compartiendo y queriéndonos más?
¿Te has puesto a pensar cuántos en estos instantes se están aferrando a la vida que hoy se les escapa de entre las manos? ¿Cuántos te amo se pierden en el tiempo, creyendo que habrá un mañana más para decirlo?
Se viven tiempos tan agitados donde se habla de libertad, pero somos presos de nuestros propios infiernos. Vivimos en la era de la tecnología, pero donde los corazones están vacíos; donde no importa empujar al que viene cerca de ti con tal de sobresalir, donde ya nada se da de gratis sin que en el fondo se busque algo a cambio.
Cada día la vida nos enseña algo, pero hay que saberla escuchar. Nadie es perfecto, todos cometemos errores, pero es ahí donde se empieza a crecer y a caminar hacia un futuro diferente, donde lo principal será estar bien contigo mismo, porque el día que nos vayamos, solo rendiremos cuentas de todo lo que hayamos hecho en esta tierra que nos vio nacer..
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:23:302026-09-23 22:33:54RELATOS – SEPTIEMBRE
Maren Alberdi — España María Derlinda Costa Tasistro — Uruguay Santiago García Vega — México Carlos González Saavedra — Argentina Elspeth Gormley — España Andrea Kiperman — Argentina Antonio Morelos — México Andrea Morini — Argentina Carlos Pérez de Villarreal — Argentina Ana Unhold — Argentina
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LA FELICIDAD
Maren Alberdi- España
La felicidad nunca llega haciendo ruido.
A veces aparece como una brisa que apenas mueve las cortinas, como un destello mínimo que se cuela entre las rendijas del día sin pedir permiso. No avisa, no reclama, no exige. Simplemente sucede, como si el universo tuviera la delicadeza de tocarte el hombro sin que nadie más lo note.
Hay mañanas en las que uno se despierta sin saber por qué y siente que algo dentro está en calma. No es euforia, no es fiesta, no es triunfo. Es una serenidad tibia, como si el alma hubiera encontrado un rincón donde descansar. Y entonces lo entiendes: la felicidad también es eso, un silencio que acompaña.
Durante años la buscamos en los grandes acontecimientos, en los logros que brillan y en las metas que parecen justificar la vida. Pero la verdad, esa que solo se revela cuando uno ha vivido un poco, suele esconderse en lugares más sencillos.
En un gesto amable.
En una conversación que acomoda el corazón.
En un café compartido sin prisa.
En la certeza de que alguien piensa en ti.
En la luz que entra por la ventana y te recuerda que sigues aquí.
La felicidad es humilde. Por eso cuesta verla.
A veces se disfraza de rutina, de día normal, de tarde cualquiera. Se mezcla con las tareas, las preocupaciones y los pasos que damos sin pensar. Y, sin embargo, permanece ahí, esperando que la reconozcamos.
Porque la felicidad no necesita que la celebremos. Solo necesita que la miremos.
Hay quien cree que la felicidad es un destino, pero quizá sea más bien un instante que se abre. Una grieta luminosa en medio del caos. Un abrazo que llega cuando el alma se siente frágil. Una palabra que sostiene. Un recuerdo que salva. Un sueño que aún respira.
La felicidad es también aceptar. Aceptar lo que fue. Lo que no pudo ser. Lo que ya no vuelve.
Aceptar que la vida cambia y que nosotros cambiamos con ella. Que hay pérdidas que nos moldean y heridas que nos enseñan. Comprender que la felicidad no es la ausencia de dolor, sino la capacidad de seguir encontrando luz entre las sombras.
Y cuando por fin lo comprendes, algo dentro se acomoda.
Descubres que la felicidad no es un premio, sino una forma de mirar. Una manera de estar en el mundo. Algo que se cultiva despacio, como quien riega una planta sin exigirle que florezca de inmediato.
La felicidad es ese instante en el que respiras hondo y te das cuenta de que, a pesar de todo, estás viva. Que todavía hay belleza. Que aún queda camino. Que tu alma, llena de mareas, de memoria y de luz, sigue encontrando motivos para latir.
Y eso, aunque nadie lo vea, ya es felicidad.
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LEYENDA
María Derlinda Costa Tasistro–Uruguay
La leyenda dice que la felicidad es un todo que se funde con el vaivén de los sentimientos. A veces, pasa desapercibida y se nutre de la nostalgia de su pasado vencedor. ¿Quién niega la felicidad a un pobre desheredado? Los pensamientos fluyen en el caudal de los creadores que bordean la orilla del sempiterno pensador para llegar a la verdadera felicidad. El poema puja por nacer y da a luz las estrofas que acompañan su sentir. Eso es felicidad. Felicidad, eterno desafío de una melancolía austera que compite sin piedad. Felicidad que se añora en la magia nocturna que esconde su oscuridad, detrás de lentejuelas opacas que desprecian los rayos del sol. Felicidad es, un sentimiento agudo que se trasmuta en lágrimas.
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SENDERO
Santiago García Vega-México
Sendero madrugador que a pie traviesa emprendes el recorrido apresurado, sin mirar adivinas la errante piedra que tropieza, hasta dónde llegarás a fuerza de volver a desandar.
Se aleja la tenue luz de la luna abriendo paso a la mañana, tiritan temerosas las serenas telarañas, el rocío y los primeros rayos del sol hacen temblar en colores diamantes en racimos brillan a contraluz, gotas que presumen su animación de suculentos aromas.
Sendero de la mañana que enderezas el camino, se han ido las sombras, las uñas ya no rasgan mis pasos, resfriadas hojas que se estremecen de agüita, arcoíris viajero, vivaz momentáneo efímero.
Sendero de pies descalzos al murmullo de la brisa, acostado caminito que en siesta toma rumbo a la laguna, y cuando unos van y se desprenden, otros se juntan pa’ no ir vacíos.
¿Así me recibes sendero con hierbas? Olores y más olores, texturas tan diferentes, garra lija y ajuate, a veces el musgo en flor y otras parejo llano, respira gozoso plenitud esencia de la vida.
Con nuestra sola presencia leve roce de los pies, ¿será que no quiere intrusos la concurrida vereda? Inesperada visita limitado al verde, por el centro colorado, expresionistas paredes de espinosillas, lavandas y manzanillas.
Abundante perfume que llenan mi inspiración.
Senderero al atardecer de resinas y estornudos, en gratitud fresco jazmín o sahumerio de santa maría que a la par de pinares se resbalan al regreso cansado por la jornada, cortito porque es a casa, cortito por quien espera.
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¡UN DIA DE FELICIDAD!
Carlos González Saavedra-Argentina
Ese lunes, veíamos sorprendidos, como te movías. Nos tranquilizaba que el martes a las nueve de la mañana teníamos turno.
Allí fuimos, la espera se hizo larga para mí, que aguardaba al lado del consultorio. Nervioso.
La secretaria me hizo pasar.
-Bueno, quiero comunicarle señor, que su esposa no tiene la suficiente dilatación y hay sufrimiento fetal.
-Casi con un nudo en la garganta, más un sudor frio, corrió por mi espalda. Pregunte-¿Qué hay que hacer?
-Vayan a la clínica, está acá, a la vuelta.
¡Ingrésela! Hablare yo.
Su hijo, nacerá por cesárea.
-Perdón y el bolsito que teníamos preparado?
-¡Que se lo manden!
Los dos estábamos tensos, no podíamos hablar. Trate de calmarla mientras caminábamos al sanatorio, cuadra y media de distancia.
Llame como pude, a un familiar para que traigan la ropita y sabanita que con tanto amor la madre, había preparado.
Todos corrían. Mientras miraba asombrado. Todo era nuevo para nosotros.
Todo, queda postergado por la urgencia. Hasta los pensamientos.
-De pronto se abre la puerta, la suben a una camilla y se la llevan
Eran las doce del mediodía y supe que la hermana de mi suegra, medica, había llegado con el bolso.
Su condición profesional y pediatra había permitido su ingreso a sala de operaciones.
Solo me bastaba esperar.
Los asientos y paredes blancas hacían los minutos más largos.
A la 12,30 Ofelia, la tía, sonriendo: ¡Felicidades, es un varón! Sanito, con una fuerza bárbara. Con sus bracitos abiertos y sus puños cerraditos.
-¡Carlitos espere! Así lo puede ver, en la nursery a través del vidrio.
Cuando lo vi por primera vez. Ufff, se frotaba la nariz con la almohadita. Solo pude decir con lágrimas en los ojos.-¡HIJO! ¡HIJO MIO!
Cuando trajeron a mi esposa a la habitación bajo los efectos de la anestesia, solo preguntaba. ¿Es sanito, tiene todos los deditos?
Ése sin dudas, fue el día más feliz de mi vida.
El día que fuimos padres, por primera vez.
Una felicidad para toda la vida.
Deseamos tanto ése hijo. Deseaba tanto que fuera varón
Este año en el mes de octubre precisamente el 26, Martin, cumplirá 50 años!
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LA FELICIDAD ES LO QUE SOSTIENE
Elspeth Gormley-España
La felicidad no siempre brilla. A veces es apenas una raíz, algo que no se ve y, sin embargo, sostiene todo lo demás.
Es el recuerdo de la infancia, ese país al que regresamos sin proponérnoslo, donde las manos que nos cuidaron siguen encendiendo luz cuando la sombra se acerca.
Es ver caer la tarde y saber que los tuyos están bien, aunque la vida los haya llevado por caminos distintos y ciudades lejanas.
Es aceptar el día tal como llega. Con sus alegrías y sus heridas, con el cansancio que pesa algunas veces y con las sorpresas que aparecen cuando menos las esperamos.
Es aprender a desear la paz para otros sin pretender retenerlos. Comprender que cada persona tiene su propio viaje y su propia manera de cruzar el mundo.
Es agradecer lo que permanece: una conversación sincera, una mirada cómplice, el mar que sigue esperando en el mismo lugar, la memoria que nunca termina de marcharse.
La felicidad quizá no sea una meta ni un instante extraordinario.
Quizá sea simplemente esto: caminar, amar, perder, aprender y seguir dando gracias mientras la vida sucede.
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¿QUÉ ES LA FELICIDAD?
Andrea Kiperman-Argentina
Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado, compartiendo estas palabras. Acompañando el tema del mes, quise realizar una consulta imprescindible y que también me parece importante que te tomes unos segundos y la hagas internamente: ¿qué es la felicidad?
Por supuesto que no es una pregunta que solo yo me he hecho, sino que también se la han planteado grandes pensadores a lo largo de los siglos y los siglos. Empero, aprovecho y la planteo aquí, en este presente.
No me caben dudas de que el concepto de la felicidad varía entre las personas: para algunos será poder compartir con la familia; para otros, conseguir un mejor trabajo o tener salud; para aquellos, seguir un camino profesional y sus pasiones, mientras que, para otros, será tener una vida tranquila, lejos de tanto ruido de las grandes ciudades.
La felicidad, dicen, no se nota; en el día a día pasa a veces desapercibida, como un suspiro o una brizna de hierba. También, a lo largo del andar por la vida, vamos apreciando más las pequeñas cosas, los pequeños regalos que la vida nos ofrece, los pequeños grandes compartires, y nos volvemos un poco más sencillos.
La felicidad, pues, está en lo pequeño. En los detalles, en compartir, en sentir especialmente, adentro nuestro, que estamos en sintonía con nuestros deseos y sueños más profundos, más íntimos. Por eso es tan importante ir conociéndose a través de los años y hacer un trabajo personal para poder ir descubriéndonos, y así encontrar nuestros propios conceptos de felicidad.
Ahora sí, sin más, los dejo con estas palabras y la pregunta planteada anteriormente. Quedo con ustedes…
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LA FELICIDAD
Antonio Morelos- México
¿Qué es la felicidad?
En la vida del hombre existen dos objetivos importantes, uno, es la libertad y el otro, es la felicidad.
Vamos a partir, de que el mayor referente de la libertad es el Saber, la preparación, pero también esto, es utópico, porque la libertad individual, empieza a desaparecer en el propio seno familiar, aunque la Constitución política de los pueblos dice que todo individuo al nacer es libre, los gobiernos opresores inventan o ponen filtros, para que el hombre, aprenda a obedecer, lo mismo que las religiones, con la creación de necesidades que no lo son, pero las crean y hay que obedecer, eso, ayuda a la formación de sociedades obedientes, dóciles, sin libertad, pero la Felicidad es muy diferente, este objetivo del hombre, tiene muchas definiciones, pero todas muy subjetivas, a título personal, yo considero que si es una actitud de sentimientos muy personales, la felicidad es: disfrutar al máximo lo que cada quien tiene.
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ELEGIA A LA ( IN ) FELICIDAD
Andrea Morini-Argentina
El fulgor de la dicha en una existencia doblegada por la sombra no dibuja un puerto seguro, sino el tajo fugaz de un relámpago que desgarra la noche para legar, en su retirada, una ceguera más espesa y un frío más hondo. Pretender que la felicidad constituye un estado permanente es el equívoco capital de los vivos; en verdad, se trata tan solo de un espasmo de la conciencia, de un paréntesis fortuito donde el dolor del mundo descansa el pulso por puro hastío.
La felicidad auténtica, si es que tal categoría merece nombrarse, trae inscrita en su simiente la ley de su propio derrumbe. Es un relumbre arrebatado al tiempo, un brillo endeble sobre la herrumbre que se consume en el mismo instante en que la mano intenta apresarlo. En el corazón de la dicha acecha siempre el reverso del terror: la certidumbre sorda de que el equilibrio es insostenible y de que el péndulo, inexorable, retornará hacia el fondo del abismo. Aquel gozo breve no nos redime; nos sentencia a calibrar con exactitud la profundidad de la caída.
Frente a este espejismo, la infelicidad no encarna un defecto ni una fractura del orden vital, sino el sustrato perenne de la existencia, la atmósfera donde la carne se gasta y el pensamiento madura. Late una extraña y sombría nobleza en la melancolía tenaz, en el habitar las ruinas propias sin mendigar consuelos fáciles ni redenciones de cartón. La desdicha nos despoja de los oropeles de la ilusión, nos arranca la máscara de la esperanza y nos fuerza a contemplar el engranaje desnudo del tiempo, esa maquinaria voraz que devora rostros, nombres y querencias.
Pensar la condición humana hasta el fondo exige renunciar al mandato tiránico de la alegría. La dicha edulcorada que pregonan los altares seculares de la autoayuda no es sino un anestésico vulgar, concebido para apartar al hombre del espejo implacable de su propia finitud. La verdadera madurez del espíritu arranca en el instante en que se asume que la vida discurre en la penumbra, que el sufrimiento constituye la argamasa de los días y que la belleza más alta, la de un acorde roto, un crepúsculo ceniciento o un recuerdo que ya quema, solo florece sobre un suelo fecundado por la pérdida.
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FELICIDAD
Carlos Pérez de Villarreal–Argentina
¿Qué es la felicidad?, preguntó la vida. La gratitud respondió que era disfrutar de lo que uno tiene hoy; la esperanza dijo que era reír sin miedo al mañana; la sencillez aseguró que era valorar los pequeños momentos; la libertad añadió que era dejar ir lo que lastima; y la paz, con voz serena, afirmó que era vivir sin compararse. Así, cada una de estas voces fue dibujando un mapa íntimo de lo que significa ser feliz.
La palabra felicidad tiene sus raíces en el latín felicitas, derivada de felix, que significa fértil o fecundo. Este término describe un estado emocional donde predominan las emociones positivas, un bienestar vinculado a las experiencias personales de cada individuo y que se manifiesta de maneras diversas según la personalidad y el carácter de cada uno. La felicidad es, en esencia, una sensación de plenitud y calidad de vida, un estado general que se alimenta de lo que somos, de lo que sentimos y de cómo interpretamos el mundo.
También está profundamente relacionada con la motivación, ese impulso que nos permite realizar acciones y satisfacer necesidades. Tener propósitos otorga sentido a la vida y actúa como motor de bienestar, porque convierte a la persona en creadora de sus propias experiencias. Desde esta perspectiva, la felicidad se asocia a una vivencia donde las emociones positivas prevalecen sobre las negativas, acompañada de un sentido de optimismo ante los desafíos que se presentan en el camino.
La felicidad implica, además, un compromiso. Está ligada a la manera responsable en que se abordan las tareas, especialmente aquellas que facilitan el desarrollo de habilidades y que están alineadas con los objetivos personales. Y, aunque parezca contradictorio, es posible experimentar felicidad incluso en medio de problemas y adversidades. Las dificultades no excluyen la oportunidad de ser feliz; más bien, la forma en que encaramos los problemas puede definir nuestra vivencia de ellos. Una actitud positiva se construye sobre la autopercepción, las creencias, los valores y la capacidad de disfrutar incluso en los momentos inciertos.
La felicidad depende, en gran medida, de nuestros deseos e intenciones. Las aspiraciones personales guían nuestras acciones y proyectos, generando bienestar cuando nacen de nosotros mismos y no de presiones externas. Desde la ciencia, se ha demostrado que en la química del cerebro existen neurotransmisores vinculados al bienestar, como las endorfinas, liberadas por la glándula pituitaria y el hipotálamo. Estas sustancias proporcionan un efecto analgésico y placentero, aunque su influencia sea efímera. Se generan ante estímulos como el enamoramiento, el orgasmo, el consumo de chocolate o alimentos picantes, la excitación sexual e incluso el dolor.
Algunas teorías consideran la felicidad como una habilidad personal para enfrentar los retos cotidianos. Por ello se sugieren prácticas como técnicas de manejo del estrés y ejercicios de autoconocimiento, concibiéndola como una meta alcanzable. Otras teorías proponen que experimentar felicidad fomenta la creatividad y la flexibilidad, abriendo la puerta a nuevos pensamientos y recursos frente a los problemas diarios, actuando como un motor que impulsa acciones y decisiones.
Diferentes psicólogos han intentado medir el nivel de felicidad mediante pruebas y escalas que evalúan factores como el estado de ánimo, las experiencias familiares, la percepción de logros y el nivel de optimismo. Desde la filosofía, Immanuel Kant describió la felicidad como un deber humano que depende exclusivamente de uno mismo. José Ortega y Gasset, por su parte, postuló que la felicidad surge cuando los deseos —la vida proyectada— se alinean con la realidad —la vida efectiva—.
Diversas religiones coinciden en que la felicidad es un estado de paz alcanzado mediante la unión con Dios. Mientras tanto, los budistas creen que solo se logra tras liberar el sufrimiento y vencer los deseos a través del entrenamiento mental.
De cualquier manera que lo veamos, estimo que depende de nosotros encontrar «la felicidad», esos pequeños momentos que le robamos a la vida,
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FELICITAS FUGAX SP
Ana Unhold-Argentina
Desde que fue instalada en cada país una Oficina Mundial de Reclamos, no dan abasto para atender a tanto público. Larga filas de humanos de diferentes edades presentando sus reclamos sobre :”la felicidad”. Se quejan de “falla de felicidad», «que la han tenido y la perdieron», «nunca la conocieron”… Estas oficinas públicas donde se registran miles de números de trámite. Los empleados llegan agotados a las últimas horas de trabajo: ‒“Vengo a reclamar, me dijeron que duraba más” ‒ ¿Trae comprobante?‒ pregunta el abrumado empleado. ‒ No ‒ ‒ ¿La compró Ud. o se la regalaron? ‒Creo que venía con la vida ‒ responde el reclamante. Muchos de ellos tienen expectativas como garantía vencida, los momentos felices que no admiten devolución y esa costumbre humana de reclamarle a la felicidad justamente porque no se comporta como esperábamos. Y siguen las querellas como para agotar a los empleados: ‒ Venimos a demandar porque nos dijeron que la felicidad consistía en “estar contentos”. El empleado mira el expediente y responde: ‒No, hay un error‒ La felicidad no consiste en estar contentos. Consiste en encontrar para qué seguir cuando no hay motivos para estarlo. El problema, ya mundial, empieza a llamar la atención de los científicos. No saben explicar este fenómeno. Por tanto, deciden crear la: Comisión Mundial para investigar que hay detrás de la felicidad. El trabajo científico comienza con intentar clasificar a este espécimen. La taxonomía es lo más importante: ¿Hay especies? ¿Subespecies? ¿Cuál es su habitat? ¿Cuáles son sus ciclos vitales? ¿Hay felicidades migratorias? ¿Se reproducen? ¿Cómo?¿Hermafroditas o sexos separados? ¿Desaparece? ¿Puede estar en cautiverio? ¿No está donde la estamos buscando? ¿Puede aparecer cuando uno hace algo por otro? Sí, llegaron a un descubrimiento: La felicidad se resiste a ser atrapada porque quizá no es algo que se posee. ¿Qué clase de fenómeno están investigando? Cuando más intentan clasificarlo más se diluye. Así, con método científico empiezan por estudiar: felicidad doméstica y silvestre; individual y gregaria; de corta duración y longeva; migratoria, parasitaria (a expensas de otro) quizá también felicidad simbiótica (que solo existe si está en otro); es como que cada vez tiene más propiedades.Finalmente, la Comisión logra la clasificación: Reino: Emociones Phylum: Estados transitorios. Especie: Felicitas fugasx sp.
Pudieron describir características, hábitos, alimentación, reproducción, depredadores. Aparece sin aviso, difícil de capturar, no sobrevive cuando la encerramos y suele desaparecer cuando decimos ¡Qué feliz soy! Llega alguien más a la oficina de reclamos para denunciar que es una especie que se niega a permanecer en cautiverio. Se preguntan: ¿Es la felicidad un estado, un accidente, una decisión u otra cosa? Es un objeto de estudio particularmente insolente: se deja observar, pero no apresar. La felicidad, como especie biológica quizá no sea una especie solitaria. Ayudar a otros y sentirse útil puede aumentar el bienestar, la conexión y el sentido de la vida. Lo de salir del egoísmo es potente. La felicidad no se reproduce en cautiverio. Su hábitat son los lugares donde hay vínculos. Su alimentación; pequeños actos de generosidad. Sus depredadores: egoísmo, comparación, resentimiento y exceso de expectativas. Migraciones: aparece inesperadamente cuando estamos ocupados haciendo otra cosa. Felicitas no siempre aparece cuando desaparece el dolor, a veces aparece cuando el dolor encuentra para qué servir. Puede existir una forma de felicidad que no sea ausencia del dolor, sino capacidad de transformar el dolor en vida para otro. Un científico de la Comisión dijo algo desconcertante: la felicidad no parece alimentarse de felicidad, se alimenta de sentido. Se suceden largas discusiones en el equipo científico, la investigación debe terminar pero el problema, no. Deben confirmar o negar las hipótesis planteadas. Coinciden en que la felicidad no es un estado permanente en la vida. Otro muy experimentado, aporta que quien la ha vivido, sabe que no necesita poseerla para haberla disfrutado. Un plácido silencio se extendió por la sala…
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-09-23 11:22:042026-09-23 15:54:58RELATOS SOBRE LA FELICIDAD – SEPTIEMBRE
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Magi Balsells – España
Libia B. Carciofetti – Argentina
Elspeth Gormley – España
Marga Mangione – Argentina
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Azucena Velásquez – Colombia
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LA CARACOLA NACARADA
Maren Alberdi – España
Caminando un día por una playa virgen, encontré una hermosa caracola. Era verano y el mar, tranquilo y límpido, rozaba con sus labios de agua la nacarada caracola, depositada en la orilla por las olas. Mojada de mar, el sol la hacía brillar como una aparición: una mensajera de sugerencias que obligaba a fijar la mirada en ella, componiendo una escena de evocación y misterio.
Tuve el impulso de recogerla, de quitársela a la playa, pero imaginé por un momento la soledad de la arena y del agua, y me contuve. Era como robarle a la naturaleza aquella historia que parecía querer contarse desde el hueco de la caracola. La tomé entre mis manos y la llevé al oído. Una voz de mar profundo me susurró su leyenda: hablaba desde la oscuridad de una cueva submarina y apenas entreveía la claridad del sol al mediodía.
Una vez en la arena, fuera del agua, el cangrejo la abandonó y se alejó arrastrándose por la orilla. No lo volví a ver. Ella se quedó allí, extasiada de la belleza de la luz, de la blancura de la arena, del verde azulado del mar que por primera vez veía desde afuera. Y se alegró de que el cangrejo áspero y opaco no apreciara su forma, su brillo, su misterio. Todo esto me dijo susurrando la caracola.
La dejé otra vez sobre la arena mientras me invadía una sensación de inquietud y tristeza por su destino. Era bellísima y fascinante, pero su sitio estaba allí, en la playa; no debía llevármela, aunque quizás otro la apropiara y la devolviera después al fondo del mar. O quizás permanecería en la tenue soledad. Y el mar de invierno, con sus olas violentas, acabaría rompiéndola en mil pedazos contra las rocas.
La caracola estaba condenada antes o después, lo sabía, y nunca volvería a brillar de aquella manera mágica, en aquella escena de playa, mar verde azulado y verano. Pero no sería yo quien la arrebatara ahora de aquella plenitud. Allí la dejé, después de admirarla largo rato.
Y cuando me alejé, supe que iba a perdurar en mi corazón el recuerdo de aquella caracola mágica, con su voz de luz y sueños, con su fantasía de playas vírgenes e historias imposibles.
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NIEBLAS
Magi Balsells – España
Esta niebla que de la tierra húmeda se eleva, produciendo en nuestros ojos figuradas formas fantasmales, penetrando dentro de nuestro cálido cuerpo, haciendo que sintamos este frío oculto, provocando en algún momento cierto temblor de ansiedad, dejando un suave y simple rocío sobre nuestra vestimenta.
No solo están las matinales que con los rayos del sol desaparecen, no tienen ninguna importancia son cosas de la naturaleza, también están las nocturnas, las que siempre nos dan un cierto temor, por ser en la oscuridad cuantas mas formas espectrales vemos, cuando apresuramos nuestro paso, para procurar dejarla lo mas rápido y atrás posible, buscando el calor que ellas nos niegan.
También existe otro tipo de niebla mucho mas peligrosa que ningún rayo de sol logra disiparlas, estas nieblas son las de la mente, en sus diferentes formas o nombres, cada uno dentro de su idiosincrasia, tiene un parte fundamental en el comportamiento humano, pese a los múltiples medicamentos, a los estudios que continuamente se realizan, no encuentra una solución definitiva, algunos dicen que es una cuestión mental, otros que son manías, pero lo que si son, es que son ofuscaciones de nuestro pensamiento, que a diferencia de la niebla normal que con el sol desaparece, estas están tan arraigadas que no existe astro rey para iluminarlas ni borrarlas.
También existen las del corazón, pero estas muchas veces descansan en amores truncados, en desgracias ocurridas, o en situaciones amorosas no definidas son mucho mas fáciles de sanar, ya que el tiempo como gran doctor puede llegar a curarlas u otro amor puede dar solución a estos sobresaltos del corazón.
Por lo cual procuremos que nuestra niebla solo sea la que vemos muchos días, las que van desapareciendo mientras el día va amaneciendo.
Y de las otras deseemos que nunca nos sean instaladas en ninguna de nuestras partes más queridas: la mente y el corazón.
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LA PESADILLA
Libia B Carciofetti – Argentina
Horas, minutos, segundos, solo se que la noche fue larga. Aun tengo una sensación ¡Tan extraña! Mezcla de terror, y experiencia amarga… Pasillos oscuros, sin luz y un túnel por el que jamás había entrado el sol.
Solo oía el crish crash de la camilla en la que me conducían. Mi corazón, que por momentos temí dejara de latir.
Y de pronto se abrieron dos puertas vaivén, y tres hombres vestidos de blanco casi a coro preguntaron:
¿Tienes miedo? ¿Estás nerviosa??? Quise contestar, pero no tenía voz…
Se había quedado colgada afuera entre la enredadera de jazmines con olor a lluvia que había humedecido mi bata antes de entrar. Asentí con la cabeza…
¡Eres demasiado grande para tener miedo! El miedo lo inventaron para los niños, y tú ya creciste demasiado.
La voz áspera me iba abriendo una herida que no sabría como expresar el dolor que me causaba…
Con torpes modales me hicieron abrir la boca y me colocaron una pastilla debajo de mi lengua…
Recuerdo que me pusieron una máscara con dos orificios para mis ojos color verde…
La palabra «córnea» «globo ocular» «iris» «pupila» se mezcló entre el ruido de elementos de una cajita rectangular de acero inoxidable… Hasta que una jeringa con un líquido de sabor muy amargo que me inyectaron en el ojo izquierdo, me paso por la garganta.
Quise levantar la mano en señal de que me dolía, pero las fuerzas me habían abandonado. Conversaban entre ellos por lo bajo, pero yo no los podía ya ver.
Desperté no se después de cuanto tiempo, sin saber donde estaba, ni quienes eran los que me rodeaban….
Sus voces me eran familiares… de seguro eran tres… De pronto uno de ellos rompió el silencio, y acomodando su imposte de voz dijo.
Nos esforzamos por hacer todo lo posible, pero tu afección corneal degenerativa jugó en contra y no pudimos salvar la visión de tus dos ojos…
En mi semiinconsciencia trataba de abrir mis ojos y girar mi cabeza para buscar la luz, pero no lo logré…
¡Por favor descorran las cortinas! ¡quiero ver la luz!
¿Es que no has oído lo que acabamos de decirte???? -Estiré la mano para que el roce de algún afecto mío me diera calor,
pero sentí que las figuras de álgidos fantasmas danzaban a mi alrededor.
Risas burlonas y extrañas se adueñaron de la sala, quise gritar pero de mi garganta enronquecida solo pude emitir sonidos «guturales»
Entonces si rompí en llanto, un llanto que me nació del alma herida, de alguien que nunca más volvería a ver el rostro de su hijo, contemplar una flor, ver volar una mariposa, un ave.
Contemplar la vida y a mis seres queridos que forman parte de ella… Mi camisola estaba mojada en sudor, mis cabellos eran una maraña…
Oía que alguien corría alrededor de mi cama, tratando de calmarme y con dulce voz me decía… ¡Cálmese por favor!!! Tiene un poco de fiebre causada sin duda por esta «pesadilla» que a veces es producida por la anestesia…
Se tiene que tranquilizar porque en el pasillo hay alguien esperando que el médico le quite las vendas para entrar…
Ya le voy a cambiar las sábanas y la voy a poner bonita, va a estrenar esta bata que dejó su marido anoche cuando usted dormía y no quiso despertarla, es rosa como la ternura con que la miraba cuando vio que la camilla se la llevaba a la sala de operaciones.
¡DIOS! Una pesadillaaaaa!!! desde niña que no había tenido una y tan horrible.
A los minutos llegó mi médico y me quitó las vendas, seguro que si, había hecho uno de sus mejores trabajos
porque no lo hizo sólo, si no acompañado por cientos de oraciones de amigos y familiares y guiado con la pericia de la mano de DIOS…
Ahora si, dijo el doctor que pase el primer visitante… cuide las emociones…porque pueden perjudicarle la vista.
La puerta vaivén se abrió y un joven alto, apuesto, precioso como un galán de cine entró con un ramo de rosas perfumadas y se repitió casi la historia, cuando el abrió sus ojos a la vida los primeros ojos que vio, fueron los míos… y ahora cuando yo los abrí, los primeros ojos que vi fueron los de el… y en esa mirada un amor inconmensurable que va más allá de todo razonamiento humano…
Un abrazo de corazón a corazón … y un brillo distinto en nuestras miradas que se reencontraron después de tantos años volviendo a revivir sensaciones y emociones a diario.
Afuera es invierno, pero adentro mora la tibieza de un amor inalterable…
La pesadilla quedó atrás, la mirada puesta adelante, agradeciendo a DIOS por su inconfundible amor…
Las lágrimas el colirio divino que no necesita prescripción médica.
La rosas en un jarrón son las espectadoras perfumadas de este relato, mezcla de inspiración y hechos reales. y este
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EL HEREDERO
Carlos González Saavedra – Argentin
JUAN —Eufórico preguntaba—: «María, ¿es cierto lo que se dice en el pueblo? Dicen las comadres que vas a darme un hijo. ¡Qué alegría! ¡Cuánto tiempo esperando este momento!»
Juan Nobel Herrero estaba dichoso. Casi a sus sesenta años no tenía herederos para su fortuna de comerciante prominente y usurero, en un pueblo pequeño de España, lleno de misterios y cuentos.
MARÍA, muy molesta, pregunta: «¿Cómo te has enterado? En este pueblo maldito no puede guardarse un secreto.»
JUAN, sorprendido: «¿Secreto? ¿Acaso no pensabas decirme?»
MARÍA —Claro que iba a decírtelo, pero más avanzado el tiempo. ¡Tuvo que comentarlo la partera! —expresa con ganas de tomar del cuello a Remigia, la partera.
JUAN —¡Qué va, mujer! No es eso. Simplemente pasé por su casa a tomar un refresco y a recoger unos pesos, y me enteré de la nueva: ¡que voy a ser padre! Me has hecho el hombre más feliz del mundo, María, te lo agradezco —expresa contento. Siempre pasaba Juan por allí, más sabiendo que la partera, mujer de unos 42 años, era muy considerada con los deseos de Juan.
MARÍA —No me lo agradezcas tanto, Juan. Hay que esperar hasta enero.
JUAN —Pero María, Virgen de los Remedios, ¿qué más puede pasar que no arregle el tiempo?
Pasaron los ocho meses y, casi faltando unos días para el advenimiento, sacude al pueblo una noticia: después de la tormenta, un alud en el camino viejo se llevó por delante un carro con un vendedor de géneros. Pobre y maltrecho lo sacaron, pero tras dos días de agonías, el cristiano murió.
JUAN —¿Te has enterado, María, los chismes que trae el viento? Que este pobre cristiano, antes de morir, le ha dejado al notario un testamento. ¿Tendrá algo para dejar este pobre cristiano muerto?
MARÍA —Mmm… no sé. Dicen que es Juan Bilbao —comenta como si nada supiera.
JUAN —¿El vendedor de cueros? Pero si este vendía géneros.
MARÍA —Es el hijo adoptivo de Juan. Al llegar del otro lado del mar no tenía pan ni dueño, entonces don Bilbao lo adoptó, le dio su apellido y todo eso —contesta rápido para evitar preguntas incómodas.
JUAN —Pero María, ¿cómo estás tan enterada? —pregunta inevitable.
MARÍA, más incómoda aún ante la inquisidora pregunta: —Lo conocí en tu burdel. Era un joven apuesto, moreno, bien espigado, con unos hermosos ojos negros, unos brazos forjados como hierro y manos suaves como brisa —contesta sonrojada.
JUAN —Bue… bue… ¿a qué viene todo esto? —Juan, algo molesto, no queriendo saber más—. Se ve que lo has visto bastante. ¿Has tenido algo con él cuando estaba en el extranjero? —pregunta enérgico—. Mira, María, cuéntame la verdad. Por el Jesús de los maderos, soy un hombre de honor y no estoy ni para chismes ni cuentos —algo acalorado.
MARÍA —Vino una vez a dejarme unos géneros… venecianos… mmm… con un perfume que, al envolverme en ellos, me transportaban a otros cielos. Pero yo le he esquivado. Ya pasó bastante tiempo —esperando que esta explicación evitara más preguntas. Juan conocía muy bien a María.
María, cuando trabajaba en el burdel, empezó sirviendo tragos y terminó cautivando a cuanto forastero llegaba. Sus mohines y su cuerpo despertaban deseos. No era una mujer fácil: había que conquistarla, y para ganarle un beso, vaya que había que trabajar. Era muy hábil para esquivar los intentos.
Golpean la puerta de calle de la casa de Juan Nobel Herrero. ¿Quién es? ¡El notario!
Evaristo Vega, notario, hombre de letras, muy instruido y serio… hasta que tomaba unas copas y se perdía con cuanta mujer había. A pesar de todo, muy profesional. Su ambición la disimulaba con un traje negro de pantalones achupinados, camisa y corbata. Era único en el pueblo. Tenía negocios sucios y de los buenos. Buen talante, agraciado su cuerpo y arrogante.
JUAN —¿A qué debo, notario, este encuentro? Estamos al día con todo. ¿Algún atraso? ¿Alguno no pagó su cuota del sueldo? —pregunta sorprendido. No le resulta nada grata la visita del notario; tal vez presagiaba algo.
NOTARIO —Todo está bajo control, don Herrero. Solo… debo decirle que, por el niño que va a nacer, hay un testamento.
JUAN —¿Testamento? —pregunta rojo de bronca.
NOTARIO —Del vendedor de géneros, precisamente. Dado su fallecimiento y el pronto advenimiento, le ha dejado todo a este niño: propiedades y sus géneros, esos traídos de Venecia. Hay tejidos, hay sedas que valen una fortuna. Muy bonitos para atuendos —contesta con clara intención de sacarle a Herrero alguna ventaja.
JUAN —No quiero nada de ese bastardo. Nada para mi heredero. Que quede para la curia. Basta con mi fortuna —ofendido e incómodo con la nueva.
NOTARIO, con voz firme, decidida y pausada: —Debo decirle, don Herrero, que ante mí ha firmado, y he de cumplir requisitos y leyes que así manda el testamento.
María, en medio del desconcierto, se descompone y llama a la partera para que la asista con prisa: va a nacer el pequeño.
El cuarto estaba preparado de antemano: las sábanas perfumadas con lavanda, las cortinas blancas haciendo juego. Doña Remigia, la partera, solo con una tijera de apriete, toallas limpias y agua caliente en una batea. La cama impecable.
Solo espera, silencio y nervios.
El paso de las horas se hacía eterno.
De pronto, desde el fondo de la casa, se escucha un llanto y gritos. ¡Alivio y viento fresco! Risas de alegría rompen el silencio.
Juan, al escuchar el llanto, empezó a caminar eufórico, una y otra vez, haciendo huella en el suelo.
JUAN —María, tengo tanta felicidad que no importa lo que has hecho. ¡Importa que tendré mi pequeño, así como lo he soñado! —gritaba contento—. ¡Estudiará en el extranjero! Eso le espera a mi pequeño —a los gritos lo expresaba—. Contigo ya hablaremos luego. ¡Lo amaré tanto! Lo llevaré a todas partes, orgulloso de este ángel bendecido que bajó del firmamento.
PARTERA —Don Herrero… pase. Es un varón, sano, hermoso… negro.
Se miraron entre todos y un silencio se apoderó del momento, esperando la reacción de Juan, hombre casi dueño de propiedades y circunstancias de todo el pueblo.
Juan lo recibe en sus brazos, trémulo de emoción. Lo observa, lo sostiene firme, lo acaricia y, tiernamente, se le escapan unas lágrimas sobre el pequeño.
—¡Gracias, gracias! —grita eufórico, llorando. Lo lleva contra su pecho, mirando al cielo, y dice:
«¡No importa su color, sino el amor que trae dentro!»
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GERARDO Y EL PAJARITO
Elspeth Gormley – España (En recuerdo de mi padre)
Gerardo pensaba de una forma diferente a quienes gobernaban su país, y por ese motivo estaba en la cárcel. Aislado en una celda, pasaba los días en silencio. Una vez al día lo sacaban para tomar aire fresco; los carceleros no querían que le ocurriera nada.
Afuera había un jardín rodeado de muros altos y vigilado. Para Gerardo, sin embargo, era un verdadero jardín: flores, árboles que dibujaban sombras en el suelo y pájaros que llenaban el aire de vida.
Cada día recogía la poca felicidad que podía encontrar y esperaba la hora de la salida. Su alma sonreía al atravesar la puerta, inundada por la luz.
Fue por unas migas de pan que un pajarito llegó un poco más cerca. No mucho, pero lo suficiente para que Gerardo reparara en él y comenzara a observarlo con atención. El pajarito quería las migas. Tenía una cabecita delicada y redonda, que inclinaba hacia un costado como si pensara cosas importantes. Y tal vez las pensaba. Sus ojos eran redondos y brillantes, y duro era el pico con el que picoteaba el suelo sin descuidar la peligrosa proximidad del hombre.
Así comenzaron a entenderse. Gerardo descubrió que la alegría de salir se juntaba con otra: la alegría del encuentro. Cada vez que atravesaba la puerta para tumbarse al sol, se preguntaba si el pajarito estaría allí esperándolo. Y siempre estaba.
Durante semanas tuvo el cuidado de mantenerse casi inmóvil cuando el pajarito se aproximaba. Después, moviéndose muy despacio, dejaba caer las migas y retrocedía unos pasos, siempre del mismo modo, para que el pajarito aprendiera que él no representaba ningún riesgo.
El pajarito llegaba, daba pequeños saltos y al fin se animaba a picotear las migas, siempre dentro de las virtudes de Gerardo. Ese era su modo de conversar. El pájaro y él, que no hablaba con nadie, sostenían una larga conversación silenciosa.
Un día retrocedió un paso menos. El pajarito se acercó. Descubriendo que había hecho una conquista, Gerardo le dio tiempo a su pequeño amigo para que se acostumbrara. Después de muchos días, acortó nuevamente la distancia. Y el pajarito volvió a acercarse. Una alegría mayor afloró en su pecho. Sabía que era cuestión de tiempo y paciencia. Y Gerardo tenía mucho de ambas.
Poco a poco, sin hacer nada que pudiera asustarlo, fue llevando al pajarito hacia sí. Retrocedía un poco menos, dejaba caer las migas en dos tandas, confiando en que, comidas las primeras y viendo las segundas, el pajarito avanzaría. Y avanzaba.
Así fueron los meses. Muchos; tal vez un año. En la prisión corrían murmullos: Gerardo había domesticado a un pájaro. Y el pájaro llegaba todos los días, cuando él cruzaba la puerta, entre cantos y batir de alas, para comer en su mano.
Algunos hombres de otras celdas quisieron hacer lo mismo. Otros miraban desde las ventanas que daban al jardín. Todos acompañaban la escena: un pájaro confiaba en un hombre y celebraba con él pequeñas fiestas, posándose en sus dedos para comer migas en la palma abierta.
Pero ninguno lo consiguió. Aquel único pajarito repetía su confianza solo en Gerardo. Se volvió el pajarito de las buganvillas.
Tal vez por eso, aunque una luz de victoria ascendía a los ojos de todos, nadie hizo gestos ni soltó exclamación el día en que Gerardo no dejó caer las migas entre sus dedos y el pajarito fue a buscarlas directamente en su sonrisa.
Pasó el verano. Llegó el invierno. Pero en aquel país el invierno no era riguroso: había flores, los pájaros no migraban. Por eso el asombro fue mayor el día en que su amigo no apareció a la entrada del jardín. Ni ante él. Por primera vez, la hora que tenía para ser feliz se le hizo eterna entre los árboles.
Al día siguiente, una punta de angustia hirió a Gerardo en su celda mientras esperaba salir. Caminando hacia la puerta intentó escuchar a lo lejos el canto del pajarito, pero algo le decía que, aparte del sol, nada lo esperaba tras los pesados portales.
El pajarito no fue aquel día. Ni al otro. Ni a ninguno.
Al principio quiso inventar justificaciones. Pensó que había perdido el canto, o que había encontrado migas más suculentas o frutas. Pensó en cosas así, para disminuir su tristeza por la pérdida del amigo.
Solo después, cuando la tristeza fue menguando, pensó en cosas más simples: que el pajarito había seguido su destino, fuera cual fuese. Un destino que lo llevaba lejos de él, y que algún día también lo llevaría lejos para siempre de aquellos muros.
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EL SONIDO DEL SILENCIO
Marga Mangione – Argentina
No sabía por qué se encontraba en ese lugar, pero sí sabía dónde estaba; era un hospital. Pensaba que era una habitación muy grande, de esas que tienen diez, o doce camas, cinco o seis colocadas de cada lado, debajo de unos enormes ventanales.
Las voces y los ruidos hacían que se mantuviera alerta durante todo el día. Escuchaba conversaciones a su alrededor. A veces, alguno de los visitantes de los enfermos de las otras camas, se acercaba y murmuraba algo. Por lo general, sintiendo lástima por él. ¡Pobre pibe! ¿Todavía no se despertó? ¿Qué le pasó? Y el vecino de al lado contestaba: ¡Qué se yo! Lo trajeron así. Un accidente tal vez…
Las enfermeras que lo higienizaban y le cambiaban el suero, le hablaban, pero él, no les contestaba. No podía hablar, no sabía cómo hacerlo. Tampoco podía abrir los ojos. Nadie lo visitaba nunca. ¿Sería que tal vez su familia no se había enterado que estaba allí? O quizás no tenía familia. Trataba todo el tiempo de recordar qué le había pasado, pero era en vano, no recordaba nada.
Los días pasaban; monótonos, largos, interminables. Los primeros en los que tomó conciencia de que estaba internado en un hospital, los pasó desesperado, escuchando los ruidos, las voces, tratando de abrir los ojos, de gritar sus dudas, sus dolores, su angustia. Pero era inútil. Sentía el roce de las manos acomodando su cama, lavándolo, el murmullo de las voces penetraba en su cerebro enloqueciéndolo. Lo peor eran las noches, cuando todo quedaba en total y absoluto silencio por horas y horas
. Hasta que empezó a reconocer un ruido: era el goteo de una canilla. Pensó que su cama estaba ubicada al lado del baño. Sí, tenía que ser así, porque se acordaba que alguna vez estuvo visitando a alguien internado en el Hospital Fiorito de Avellaneda, y la habitación era de las dimensiones que se imaginaba tenía ésta. Antes de ingresar a esa sala, había un baño que usaban los enfermos que podían levantarse, y los familiares que se quedaban a cuidarlos.
La canilla goteaba exactamente cada segundo, de cada hora, de cada noche. Siempre igual, eternamente igual. Hasta que ese ruido comenzó a hacerse diferente. Prestó atención; ya no eran gotas cayendo monótonas sobre la superficie de una pileta. No, ahora las gotas le hablaban. ¿Se estaría volviendo loco? Comenzó a darse cuenta una madrugada, mientras trataba de sacudir la niebla que cubría sus sentidos aletargados. Lo había despertado la voz de la enfermera nocturna, preguntándole a uno de los enfermos si necesitaba algo.
Supo que todavía era de noche, porque la que hablaba era Lila, y ella se iba a las seis de la mañana. Las que estaban durante el día eran muy eficientes, pero trabajaban casi mecánicamente. En cambio, Lila se tomaba el tiempo necesario para ser cariñosa con todos. A él siempre le hablaba con dulzura, y en esos momentos sentía una pena inmensa por no poder contestarle y agradecerle sus cuidados, pero le encantaba escucharla. Cuando la muchacha se fue, volvió a oír las gotas hablándole. ¿Qué le decían? Escuchó atentamente en medio del silencio casi sepulcral que reinaba en ese lugar y a esa hora.
Ahora oyó claramente: Juan…, Juan…, Juan… ¿Sería ese su nombre…? Pensó que, si las gotas le hablaban, podría preguntarles si sabían quién era, y un montón de cosas más. Pero, ¿Cómo lo haría, si no podía hablar? Entonces las gotas le contestaron: Tranquilo Juan. No necesitas hablar. Nosotras escuchamos tus pensamientos, y te vamos a ayudar… Me llamo Juan, decidió. Y les agradeció mentalmente a las gotas. ¿Qué me pasó? Siguió preguntando con el pensamiento, y las gotas seguían hablando: tac…, tac…, tac… Moto. -escuchó- ¡Yo andaba en la moto! ¡Me habré caído, o tal vez me atropellaron!
¡No puedo recordar! Una lágrima se deslizó desde su ojo a la comisura de sus labios. Las gotas le dijeron: tac…, tac…, tac… Está bien, -les dijo- no voy a llorar, ¡pero ayúdenme por favor…! Y las gotas seguían con su: tac…, tac…, tac… Me llamo Juan. Me caí de la moto. ¡No! ¡Me tiraron de la moto! Estoy vivo, pero no puedo hablar, ni moverme, y me duele todo el cuerpo… ¿Tengo familia? El tac de las gotas le contó que tenía una mamá, una novia y hermanos, pero eso no fue de golpe, pasaron muchas semanas en las que Juan dormía de día y preguntaba de noche. Paulatinamente iba conociendo su historia, pero le faltaba hacer la pregunta más importante: ¿Se salvaría? ¿Volvería a caminar, a hablar? ¿Sabrían su mamá y su novia que estaba allí?
Esa noche preguntaría… El día se le hizo insoportable. Cuando el día acabó, y comenzó a reinar el silencio, buscó el sonido de las gotas y no lo escuchó. Esperó en vano durante muchas horas. Después, en medio de la desesperación oyó la voz de Lila, la enfermera nocturna, que comentaba con el médico de guardia: –
¡Menos mal que arreglaron esa maldita canilla, ya no la aguantaba más!
La penumbra de la habitación no permitió que la enfermera pudiera ver las lágrimas que rodaban por las mejillas de Juan…
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UN DISPARO DE LUZ
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
El hombre estiró sus dedos y juntó las manos, sintiendo el crujir de las articulaciones antes de comenzar a tocar el piano. Un cigarrillo encendido sobre el cenicero dejaba escapar una voluta de humo que ascendía lentamente hasta disolverse en el techo acristalado. El televisor, encendido pero en silencio, mostraba las evoluciones de Monserrat Otheguí en un salto fenomenal: las piernas arqueadas en una forma casi antinatural, alejándose de unas manos que parecían volar en la altura. Era la imagen perfecta de un cisne estallando en un vuelo imaginario. Algo excepcional.
La música brotaba suave al principio, en staccato, mientras los dedos se aceleraban sobre las teclas. Unas perlas de sudor comenzaban a formarse en su frente. El salón, colmado de ventanas por todas partes, en un piso muy alto del edificio ultramoderno, dejaba ver la ciudad completa. El gran loft ofrecía casi 360 grados de visión. Abajo, la noche veraniega mostraba las luces de los autos, destellos multicolores reflejados en el pavimento mojado. Una imagen surrealista, hermosa de ser vivida.
La música llegaba a su final. El hombre, en absoluta concentración, componía y tocaba al mismo tiempo. Sus brazos tensos, los dedos insaciables, el cabello lacio cayendo sobre la frente en movimientos ondulantes… Y allí, sobre el piano, la Beretta 9 mm era un detalle que no concordaba con el ambiente. Lo segundo era el cuerpo de la mujer, desangrándose lenta pero inexorablemente. Un gran charco de sangre cubría su espalda apoyada en el piso. Su vestido de gala, una rosa blanca, tenía un dejo rojo a la altura del corazón. El rostro pálido era una máscara de rabia y temor al mismo tiempo; los labios entreabiertos dejaban ver unos dientes perfectos, alineados, y una sonrisa amarga, trunca, petrificada en su boca. En la pantalla, Monserrat ejecutaba en silencio el último salto y el telón se cerraba.
El hombre terminó de tocar y se secó el sudor de la frente con la mano. La camisa empapada se pegaba a su espalda.
Se levantó del asiento, miró el cadáver de la mujer muerta, abrió uno de los ventanales y, sin emitir un solo sonido, se dejó caer al vacío.
Por un instante fue un disparo de luz, viva.
Luego se apagó.
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UN VIAJERO DE SOLES PEREGRINOS
Azucena Velásquez – Colombia
A través de la ventana de aquel rancho entretejido de madera y guadua, cuya rusticidad contrastaba con el paisaje exuberante, Daniel era feliz, sobre todo cuando se deslizaba, con la misma agilidad de un venado, por sus escarpadas cimas.
Su mundo se condensaba en aquella ventana donde permanecía cuando no podía salir.
Su vida, rodeada de animales que pastaban tranquilamente y de labriegos que cantaban a las vacas, para obtener mejor leche. Y no faltaban las escenas en las que las nubes, gracias al viento, tejían y destejían figuras caprichosas en el teatro celeste.
Un día, de manera inesperada, en su hogar apareció un extraño; su padre Lo llamó el extranjero. El hombre, de aspecto rudo y voz amable llevaba a su espalda una gran bolsa de cuero, con muchos cortes y color indescifrables. En sus manos grandes y fuertes sostenía un gran baúl metálico.
Al pequeño le inquietó, desde el primer momento, el contenido del equipaje. Mientras los adultos apuraban un café cerrero el muchacho se entregó a la tarea de abrir, con mucha dificultad, aquel cofre gigante.
Sus grandes ojos quedaron electrizados. trató de gritar, pero su garganta enmudeció. Sintió una fuerza extraña que se apoderó de su voz.
El chico despertó de un sueño de tres eternos minutos. Estaba rodeado de sus padres, el extranjero y un vecino al que llamaban el yerbatero, por sus dotes en el conocimiento de botánica. Fue quien hizo las veces de curandero para despertar al muchacho, gracias al aroma de unas yerbas que, después de frotarlas en sus axilas, pasó por la pecosa nariz de Daniel.
— ¡Campeón! ¿De nuevo en forma eh? —comentó el tegua mientras le revolvía el abundante cabello rojizo. Daniel preguntó:
—¿Què pasó, mamá?
—¿De veras, no recuerdas nada?
El jovencito se repuso y, con la vivacidad que lo caracterizaba, contó que se atrevió a abrir aquella caja de metal porque estaba seguro, que el extranjero era un pirata como Barba Negra, Morgan y otros, que su padre le contaba en las noches de luna llena. En esa caja esperaba encontrar muchos tesoros.
—Cuando abrí el baúl era yo quien estaba allí. ¡Era yo mamá! ¡era yo!
—gritó angustiado el niño, mientras se aferraba a su madre.
El extranjero se adelantó para aclarar la situación. —Lo que viste es un niño Alfa 4, momificado. —y añadió. Me fue donado por el Instituto Max Planck de Antropología Evolutiva, que apoya el instituto antropológico de mi país. Todo, con fines de investigación. Vine a América con el fin de iniciar estudios comparativos —afirmó.
Con tono de autoridad añadió:
Verán… — Yo vengo del mundo Conciencia 1. Existen múltiples mundos, con seres exactamente iguales que ustedes.
El yerbatero protestó de inmediato.
— ¿Está usted loco o se está burlando descaradamente de mí?
No. Entiendo que para ustedes sea difícil aceptarlo. Es un tema nuevo y extraño, lo comprendo, pero sepa usted que ni me burlo, ni estoy loco. A propósito, a usted lo vi hace quince días cuando viajaba hacia la ciudad de Gaza, creo que iba en misiòn de buscar acuerdos definitivos para Palestina.
¡Oh no! (respondió el yerbatero), ese viaje lo hizo mi abuelo de origen noruego, a mediados del siglo XX. Apenas yo era un niño de meses.
Lo comprendo, expresó el extranjero.
¿Cuál es el misterio de todo esto? —preguntó el padre del pequeño.
—No es un misterio, señor. Todo está muy claro. El Mundo del Primer Sol, que corresponde, como les decía, al Mundo Conciencia 1, de donde vengo, es un mundo que está a unos milímetros, detrás del reloj universal.
— ¿Y eso qué significa? —inquirió la madre.
—Eso significa, señora, que estamos aquì, en este momento a cincuenta años adelantados al lugar de donde vengo.
—¡Ya entiendo! Dijo el pequeño con aire de absoluta madurez —si en este momento fuera a su país sería un hombre de 50 años, más los que tengo, o sea…
El chico comenzó a sumarle siete, con los dedos.
Así es, niño Alfa 4 —afirmó el extranjero.
Entonces… yo podría ser su padre, señor antropólogo.
Todos rieron ante la ocurrencia del viejo de siete años.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:09:052026-09-09 14:04:10CUENTOS – AGOSTO
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
“Aquí, donde el mar piensa y la palabra respira, celebramos a quienes escriben con el alma.”
Colaboradores de esta edición
✦ Maren Alberdi – España ✦ Magi Balsells – España ✦ Santiago García Vega – México ✦ Carlos H. González Saavedra – Argentina ✦ Elspeth Gormley – España ✦ Inés Legand – Argentina
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EL ABRAZO
Maren Alberdi – España
ntes del encuentro hubo un susurro. La luz seguía reinando, pero algo en el aire sabía que estaba a punto de ocurrir. Los pájaros dudaban, el viento contenía el aliento y la Tierra parecía escuchar una música antigua que solo el cosmos conoce.
Entonces llegó ella. La Luna avanzó despacio, con la delicadeza de quien lleva siglos esperando un instante. No vino a apagar al Sol, sino a encontrarlo.
Y durante un breve minuto que valió una eternidad, se abrazaron. Ella lo cubrió por completo, como si quisiera recordarle que incluso la estrella más brillante necesita, de vez en cuando, descansar en el silencio. Y él se dejó envolver sin resistencia, entregando su luz a aquel encuentro imposible.
La Tierra observaba. Tres cuerpos danzando con una precisión tan perfecta que era difícil creer que fuera casualidad. Como si el universo entero hubiera ensayado durante millones de años para regalarnos ese instante. No era oscuridad. Era comunión. Era un romance escrito en órbitas, una carta de amor trazada sobre el cielo.
La Luna buscando al Sol y alcanzándolo al fin. El Sol dejándose encontrar. Y nosotros, pequeños habitantes de una roca suspendida en el vacío, tuvimos el privilegio de presenciar aquel abrazo.
Luego todo terminó. La luz regresó. Los sonidos volvieron. El mundo siguió girando. Pero algo había cambiado. Porque quien contempla cómo la Tierra y el cosmos laten al mismo compás, ya no vuelve a mirar el cielo de la misma manera.
“No vi un eclipse. Vi a la Luna abrazar al Sol, y durante un minuto el universo me recordó que la belleza existe.”
“Durante un minuto el cielo dejó de ser un lugar que observaba desde la Tierra y se convirtió en algo de lo que formaba parte.”
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INFORMATICOS DESPISTADOS
Magi Balsells – España
Me llama mi vecino, a las 10 de la noche, todo preocupado, porque su PC no le funciona, y tiene que entregar un trabajo al día siguiente
Así fue la conversación
V-lo siento llamarte a estas horas, pero eres mi única solución, discúlpame
Y.- no te preocupes tiene que ser algo grave para que me hagas esta llamada tu dirás
V.- pues que el PC no se me pone en marcha y como tu lo dominas mejor que yo y eres la única persona que a esta hora puedo encontrar, ya que se que generalmente siempre te encuentras en tu PC, contestando el correo o escribiendo alguna de tus cosas, eres el unico que creo puedes solucionarlo
Y.- Tranquilo,ahora subo, y veré que es lo que puede pasar
Me traslado a su domicilio, unos pisos mas arriba y lo encuentro ya en la puerta de su vivienda esperándome, con su esposa
Y hola, buenas noches, tranquilos, que si tiene arreglo lo solucionaremos
V es que no te hubiese molestado sino fuera que tengo que entregar el trabajo mañana. Y si no lo puedes arreglar que podemos hacer
Y.- tranquilo, no te pongas nervioso, todo tiene arreglo, sino se pone en marcha, bajas al mío y lo haces allí
Vamos a ver que le pasa
Me acerco a la mesita donde tiene ubicado su PC, que esta apagado y le doy a la puesta en marcha, se enciende pero la pantalla no refleja ninguna luz,
Vaya si que es raro, mira de entrada comprobare todas las conexiones para ver si estan correctas, cosa que hago de inmediato y todo esta perfectamente, vamos hacer otra prueba, inserta un disco para ver si se reproduce, me entrega uno de musica clasica, es que es muy melomano, bien, lo inserto me coloco los auriculares y se oye la música, mas extrañeza por mi parte
Repaso la pantalla y ya se lo que es, aleluya, vaya tontería, pero no había caído antes
Entonces dirigiéndome a el le digo
Y.- Tienes que ayudarme,
V.- que quieres que haga, pero mejor que llame a mi Sra. ya que ella quiero que vea como lo reparas
Y.-vale, llámala por favor
Se presenta su Sra., con cara de preocupación ya que es monitora en una escuela y usa el PC para corregir los exámenes de sus alumnos y también lo necesita
Y.- con toda mi máxima seriedad les digo
Cuando yo lo diga debéis pronunciar los dos la palabra abracadabra
Me mira absortos como si pensaran que estoy loco
V.- de verdad debemos decir esta palabra y con esto se arreglara
Y.- seguro, os doy mi palabra, pero solo cuando yo lo diga debéis decirla
¿Estáis preparados? asienten, mientras ellos están pensativos mi mano se desliza detrás de la pantalla buscando al causante de esta “”avería””
Y.- ¿preparados?
V.- si y esperando que funcione
Y.- ahora decir la palabra
Los dos al sueltan la palabra y milagro se enciende la pantalla, la cara que ponen es para enmarcar
V.- sino lo veo no lo creo, con una sola palabra se puede arreglar una avería, es alucinante lo que avanza la ciencia informática
Y.- la carcajada que emito creo que se debe oír a un kilómetro lejos
V.-. de que te ríes, lo arreglaste no se como pero lo hiciste muchas gracias
Y.- amigos míos, no arregle nada simplemente es que la pantalla estaba apagada, he pulsado el botón de encendido y ya esta nada mas
Ahora las carcajadas son generales,
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CASUALIDAD… NO
Santiago García Vega – México
La poderosa casualidad, la inigualable memoria de una vivencia que te llena el corazón, esa precisamente hace retomar una casualidad. En medio de la gran ciudad, Los Ángeles, California, venir de tan lejos y encontrarse aquí con un grato recuerdo detonado por la cara de un hombre, en las palabras de otro que observa, que mira indagando en el retrovisor de un Uber.
La cara del taxista se llenó con la mirada perspicaz pensando que tal vez las luces le traicionaban y le hacían recordar aquel feliz día donde una mano del patrón se extiende con una pelota y gusto al recibirla, con ganas de apretarla, aspirar en una sola bocanada el característico olor del plástico nuevo. Recuerdo haber jugado hasta el atardecer, hasta que la última gota de sudor salió de mi cuerpo. Recuerdo los llamados a recogerme. “Hace frío”, gritaba mi madre desde adentro. Y lo más importante: a través del retrovisor, aquella cara que sonriendo le regaló un balón. Vivo lo tengo en la mente, ese lunar que jamás se borrará. Un día de reyes abundante, fecha en la que el patrón hace posible un feliz momento a los hijos de los trabajadores.
“¿Se ofrece algo, mi buen amigo? ¿Todo bien?” “Sí, sí”, mentí. Porque observar tan detenidamente el espejo no es normal en un conductor. “Bueno, ¿usted es de México?” “Sí.” “Yo también.” “¿De dónde eres?” “De Michoacán. ¿Y usted?” “También.” “¡Ah caray! Nomás falta que seas de Tangamandapio.” “¡Sí!”
Continué intrigado y sin querer me llevé la mano a la cara indicando el lugar de un característico lunar. Recuerdo su cara perfectamente: usted me regaló un balón cuando era niño y jamás se me ha olvidado.
Llegamos al destino. No quería bajarme. De inmediato se volcaron sobre mí un sinfín de vivencias y de gratos recuerdos vividos en aquellos lugares que ya hace buen tiempo cuando sembrábamos fresa. Conversamos un poco y sin decir nada terminó esa casualidad. A los días, a propósito, pasaba justo por ahí para indagar un poco más de una persona a la cual había conocido. De hecho, aún vive en mis pensamientos; con solo evocarla me aturdo y se me llenan hasta los bolsillos de recuerdos.
De tanto andar por ahí logré nuevamente contratar otro servicio y sutilmente reforzar la plática que había quedado pendiente. Ya en confianza pregunté por Perla, si la conocía, qué había sido de ella. “Vive en la capital, casi no nos vemos, pero es muy probable que vaya en las fiestas del pueblo”, contestó. No aguanté más y solicité hablar con sus padres. Me presenté y después de una breve charla les pedí pudiera entregar una tarjeta en propia mano de Perla. Asintió y me retiré agradecido.
El tiempo hizo lo suyo. Las fiestas llegaron. La mujer de aquellos encantos juveniles dio su negativa, so pretexto de una reunión familiar, y la insistencia logró que la tarjeta fuera entregada. La vida ponía nuevamente la oportunidad, una segunda, para revivir los apasionados momentos de la juventud.
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¡ A LAS OCHO EN LA ESTACIÓN !
Carlos H. González Saavedra – Argentina
Como un rezo laico, esa consigna era el motor que impulsaba a nuestros jugadores de rugby infantil. Generalmente, las delegaciones superaban los cincuenta niños. Siempre había más de un micro. Con cánticos, banderas, sueños e ilusiones, abordaban ese colectivo bullicioso y lleno de esperanza. ¡Si ganaban, mejor!
En el mencionado punto de encuentro, aguardaba el chofer. Un señor lleno de rulos, con las manos sobre el volante y cara de pocos amigos. Era el primer hincha. Pedía a viva voz: – ¡Chicos, pórtense bien! ¡Con cuidado! A la vez, nos recordaba: – ¡Ojo! Descuento cualquier rotura. Todo impecable. ¡No se paren en los asientos! Y su recomendación inconfundible: – ¡Nene, la cortinita, nene!
Aun así, era un viaje divertido. Se lo recuerda con mucho cariño.
Después de dos horas (o más), se emprendía el regreso. Sus rulos al viento, su sonrisa… Garantía de que los había visto ganar. La mirada cariñosa y cómplice del chofer daba rienda suelta al festejo, sin descuidar, claro está, su atención al espejo retrovisor.
–¡No se olviden nada! ¡Ni botines ni bolsos! –exclamaba, mientras inspeccionaba el interior y revisaba con detalle.
Este pequeño relato busca agradecer los hermosos momentos vividos junto a Horacio. Su micro naranja y blanco estaba siempre preparado. Como una calesita, aguardaba la alegría de los niños. Un duende me contó que este micro no lleva gasoil; se alimenta de la felicidad de los pequeños.
Hoy mis hijos tienen casi cincuenta años, pero mantienen vivos esos recuerdos. Momentos grabados para siempre en sus retinas. Nos seguimos encontrando con este hincha de mis hijos. Nos saludamos con bromas y afecto, como la primera vez.
Bellos momentos de la vida. Cosas simples, pero que merecen ser contadas. Este homenaje es para todos aquellos que, con bondad, sabiduría y educación, han hecho nuestra vida más fácil. Seres anónimos, siempre olvidados por el vértigo de la vida. Que valgan estas letras para rescatarlos.
Por suerte, mis hijos lo llevan vivo en el corazón.
Gracias, Horacio Pierandrey.
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DANIEL
Elspeth Gormley – España
Me llamo Daniel. Tenía diecinueve años cuando las puertas de hierro se cerraron detrás de mí. Mi madre lloraba. Mi padre evitaba mirarme. Corría el año 1948.
Nadie sabía exactamente qué me ocurría. A veces oía voces. Otras veces me quedaba inmóvil durante horas, atrapado en pensamientos que ni yo mismo entendía. Hoy quizá habrían encontrado un nombre para mi enfermedad. Entonces, simplemente era el loco del pueblo.
El hospital psiquiátrico se alzaba sobre una colina gris. Desde lejos parecía un castillo. Desde dentro era una prisión.
Los primeros días creí que iban a ayudarme. Los médicos hablaban con palabras difíciles, me observaban como quien estudia un insecto raro. Tomaban notas mientras yo intentaba explicarles mis miedos. Nadie escuchaba realmente.
Pronto llegaron los tratamientos. Las inyecciones primero: algunas me hacían dormir durante horas; otras me provocaban temblores tan fuertes que apenas podía sostener una cuchara. Recuerdo a un médico joven diciendo: —La ciencia avanza gracias a pacientes como usted. Lo dijo sonriendo. Como si fuera un honor. Como si yo hubiera elegido aquello.
Después llegaron las terapias de choque. Me sujetaban entre varios enfermeros. Sentía el frío de los electrodos sobre las sienes. Intentaba rezar, aunque nunca había sido creyente. Luego un destello. Oscuridad. Cuando despertaba, partes de mí habían desaparecido: nombres, recuerdos, rostros. Una vez olvidé durante dos semanas cómo se llamaba mi hermana. Lloré como un niño.
Los años pasaban. Llegaban nuevos médicos con nuevas ideas. Todos convencidos de haber encontrado la respuesta. Todos nos utilizaban para demostrarlo.
Algunos pacientes desaparecían tras ciertas operaciones. Cuando regresaban, ya no eran los mismos. Caminaban lentamente. Miraban al vacío. Yo observaba y sentía miedo. Un miedo tan profundo que me despertaba jadeando por las noches.
Sin embargo, entre aquellas paredes también existía algo hermoso: la amistad. Miguel, un maestro antes de ingresar, me enseñó a no rendirme. —No dejes que te conviertan en un número —me decía—. Recuerda quién eres. Aquella frase me acompañó durante años. Porque eso era lo más difícil: no perderme. No olvidar que detrás de los diagnósticos, detrás de los experimentos, detrás de los informes médicos, seguía siendo una persona.
Llegaron los años sesenta. Los tratamientos comenzaron a cambiar. Escuché por primera vez palabras como derechos del paciente. Algunos médicos hablaban de comprensión, de terapia, de dignidad. Parecía imposible. Una revolución silenciosa.
Yo tenía ya más de treinta años. Había sobrevivido a pruebas, medicamentos experimentales, procedimientos que jamás deberían haberse realizado sin consentimiento. Había sobrevivido a una época en la que muchos de nosotros fuimos poco más que conejillos de indias.
Y entonces comprendí algo. Mi sufrimiento no podía devolverme los años perdidos. Pero quizá no había sido completamente inútil. La ciencia avanzó. Los médicos aprendieron. Y las generaciones futuras tendrían tratamientos más humanos, más seguros, más dignos.
Una tarde me senté junto a la ventana de la habitación 17. Observé a unos estudiantes de medicina atravesar el jardín. Reían. Hablaban del futuro.
Pensé en todos los que ya no estaban. En Miguel. En las mujeres y hombres cuyos nombres nadie recordaba. En quienes soportaron dolor, miedo y abandono para que otros recibieran una atención mejor.
Y por primera vez no sentí rabia. Sentí tristeza. Pero también orgullo.
Porque la historia nunca hablará de nosotros. Pero cada vez que una persona con una enfermedad mental sea tratada con respeto, cada vez que un médico elija escuchar antes que castigar, una pequeña parte de nosotros seguirá viva. La mía también. La del chico de diecinueve años que un día entró por aquellas puertas de hierro y que, contra todo pronóstico, logró conservar su humanidad.
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CUANDO EL SOL TARDA
Inés Legand – Argentina
Perdón por no escribir más temprano —dice Inés—. Hoy estuve pintando un cuadro grande, de un metro por ochenta. Vinieron visitas, la casa se llenó de voces, y recién ahora, en este silencio que me acompaña, puedo sentarme a escribir. Mis hijos ya están en Suiza. El sol también. Aquí los días no cambian: la luz parece haberse quedado en Europa y nosotros seguimos esperando que vuelva, que nos regale un poco de calor, que nos diga que no todo está perdido.
La tierra está enojada, lo siento en el aire, en las noticias, en el miedo que se cuela por las rendijas. Tanta destrucción, tanto dolor, tantas vidas que se apagan sin entender por qué. Por eso escribo. Porque escribir alivia el alma, porque las palabras son colores cuando la vida se pone gris.
Hoy, por fin, salió el sol. Salió sigilosamente, como pidiendo disculpas por tardar tanto. Abrí las ventanas y dejé que la luz entrara, que tocara las paredes, que me recordara que la vida —a pesar de todo— sigue siendo bella, con alegrías y sinsabores, con días que pesan y otros que levantan.
Sigamos soñando con un mundo mejor, dice mi corazón. Que reine la paz. Que nos sintamos hermanados. Eso es lo que añoro: un mundo donde la esperanza no sea un lujo, sino un derecho.
Hoy me mandaron fotos desde Suiza. Qué sueño hermoso. Mis hijos cantaron en muchos lugares, pero nunca tan lejos. Las imágenes parecen de otro mundo: limpio, claro, ordenado. Aquí, en cambio, el invierno fue el más nublado que recuerdo: húmedo, frío, con un sol ausente que parecía haberse olvidado de nosotros.
Pero aun así, abro los ojos y brota la esperanza. Porque nunca es vano el esfuerzo humano, nunca es inútil la porfía. La semilla muere para germinar. El ave Fénix renace de las cenizas. Y nosotros, los que seguimos aquí, también podemos renacer.
Nos separa la distancia, pero no los corazones. Sigamos dejando fluir los pensamientos hacia un mañana sin miedo, hacia una tierra que vuelva a ser bendita. Mis padres, mis abuelos, amaban esta tierra. La cultivaban con lágrimas y sudor. Gente sabia, honrada, cuando la palabra valía más que cualquier papel. Cuánto enseñaron sin estudios universitarios, cuánto dejaron sin pedir nada a cambio.
Hoy tengo dolor en el alma, sí. Pero veo el día con sol, y la luz me invita a creer. A sentir que todavía es posible un mundo mejor. Gracias por estar, por leerme, por acompañarme. Gracias por ser como sos.
Un abrazo lleno de colores y resplandor.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:08:312026-09-09 14:11:34RELATOS – AGOSTO
Todos los textos publicados en esta revista están protegidos por la Ley de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna. Queda estrictamente prohibida su reproducción total o parcial, distribución o difusión sin la autorización expresa de sus autores. Letras Hispanas por el Mundo respeta y defiende la creación literaria, garantizando la integridad y la autoría de cada obra.
La lluvia también escribe su propio relato.Cada gota guarda una historia.La lluviasiempre trae memoria.
COLABORADORES
Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
Maren Alberdi – España
María Derlinda Costa Tasistro – Uruguay
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Elspeth Gormley – España
Andrea Kiperman – Argentina
Andrea Morini – Argentina
Graciela Reveco – Argentina
María Rosa Rzepka – Argentina
Yenni Mara Tugores – Uruguay
Ana Unhold – Argentina
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MEMORIAS DE LA LLUVIA
Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
Afuera llueve, aunque lento y pausado, puedo oír las gotas como caen mojando la tierra que las espera ansiosamente para devolver con su olor característico y su poder evocador lo que la memoria guarda. Lluvia que conduce a mis recuerdos, a mi origen, traslado que se convierte en nostalgia, nostalgia que aviva el recuerdo con olor a infancia, a tiempo, a abrazos de los que ya no están, al primer amor… olor que huele a inocencia, a felicidad, a calma, a quietud, a almas limpias.
Lluvia menuda que al retirarse no se va del todo, se queda en la tierra, impregna el aire con el vapor de la memoria, deja su huella como si quisiera recordarme que estoy viva. ¡Huele a mamá! A un rico té con gorditas de harina recién hechas, a voces conocidas, a manos que alimentaban, a ese amor sororal que entonces parecía tan natural y hoy sé que era un regalo. Todo eso, reunido en unas gotas y en un aroma, me transporta, me hace volver la mirada a quién soy. ¡Cuánto encierra esta lluvia! Me trae recuerdos hermosos de la niñez; ver llover con contemplación desde el resguardo de la casa, esperar pacientemente a que terminara para salir corriendo a gozar de la frescura que dejaban sus gotas, respirar ese petricor que tanto disfrutaba y que hoy vuelve a impregnarme la piel y me conduce sin pedir permiso a la puerta de entrada del patio de la infancia.
Entonces… el corazón se aprieta por las voces apagadas, por las presencias que solo regresan cuando la memoria encuentra el camino, por los abrazos que ya no pueden repetirse. Pero al mismo tiempo, la lluvia me invita a agradecer porque a más de seis décadas aún pueda aparecer aquella niña mirando el agua caer esperando a que escampe para salir. Sin embargo, la lluvia también despierta lo que el tiempo parecía haber dejado seco y dormido: la pérdida y el dolor.
La lluvia fuerte me recuerda el río vertical que caía sobre mi cabeza, el sonido intenso como cataclismo celeste que no cesaba durante horas, como si el cielo llorara sin consuelo, como si escribiera con agua un poema de dolor, como si protestara y, a la vez, como si me acompañara en el sufrimiento.
Enseguida, las imágenes se hacen presentes, se posicionan una a una frente a mí: una madre desconsolada llorando a su hijo, un padre ebrio de dolor, una esposa adolorida, aturdida y desconcertada y unas niñas sin padre, con dolor también y con ganas de jugar, como si el juego pudiera detener lo que estaba sucediendo, con la conciencia propia de un niño en la que su pequeña humanidad no alcanzaba a comprender. La lluvia me devuelve ahí, no para quedarme, sino para recordarme de dónde vengo.
Hoy la lluvia menuda me sigue generando nostalgia y la lluvia fuerte me regresa a la pérdida; una me conduce a la infancia y la otra al dolor. Disfruto la llovizna y no deseo dejar de hacerlo; la lluvia fuerte sí me regresa al dolor, no la evito ni la niego, porque aun en la tormenta me reencuentro. No puedo olvidar episodios dolorosos de mi vida, son parte de mi historia, pero sí puedo, desde ellos, honrar y agradecer a quienes me dieron vida y ya no están y a quienes me acompañaron en el camino. Puedo honrar mi propia existencia al estar aquí sintiendo, recordando, contemplando la lluvia, aunque duela y haya dolido.
Así el agua del cielo se convierte en una fuente purificadora del alma, se transforma en gratitud con Dios por permitirme contemplar su belleza independientemente de los motivos que el cielo tenga para llorar. Es agua que limpia, que arrastra todo aquello que está demás; moja, seca, penetra, permanece y vuelve a comenzar como la vida, como la memoria… como yo. Quizá por eso quiero que la lluvia deje algo de ella que permanezca en la tierra, en el aire y en mí.
Porque mientras la lluvia siga despertando mis recuerdos, aquella niña que fui seguirá viviendo dentro de la mujer que soy.
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LA LLUVIA QUE ME RECUERDA
Maren Alberdi – España
La lluvia fina cae como si tuviera memoria. No golpea: acaricia. Y en cada gota trae un olor distinto, un recuerdo antiguo, una parte de mí que creía dormida.
Cuando la lluvia empieza, lo primero que llega es el olor a tierra mojada. Ese aroma profundo que solo conocen los bosques, los hayales, los caminos donde el silencio tiene raíces. Me veo niña, corriendo entre árboles altos, escuchando el murmullo de los riachuelos que serpenteaban cerca del caserío. La lluvia allí era sagrada: era hogar, era juego, era vida. Era ese perfume que solo existe cuando el agua toca la tierra que uno ha amado desde siempre.
Luego llega otro olor, distinto, más salado, más mío: el olor a mar cuando llueve. Un olor que se intensifica, que se vuelve más profundo, más azul. El mar bajo la lluvia respira de otra manera. Se abre, se expande, se deja sentir. Y yo, que vivo cerca de él, sé que ese olor no es solo agua y sal: es memoria líquida, es abrazo, es promesa.
Pero la lluvia también tiene otro rostro. En la ciudad huele diferente. Huele a asfalto mojado, a prisa detenida, a paraguas que se cruzan, a pasos que resbalan. Es un olor más duro, más gris, más humano. Y aun así, también me invade. Porque la lluvia, incluso en la ciudad, trae recuerdos: de calles recorridas, de vidas compartidas, de días que fueron y ya no son.
La lluvia fina es un puente. Une mis mundos: el bosque de mi niñez, el caserío que me vio crecer, el mar que ahora me sostiene, la ciudad que me acoge. Cada gota es una llave que abre una puerta distinta. Cada olor es una historia que vuelve.
Y cuando la lluvia cae así, suave, lenta, verdadera, siento que todo lo que fui y todo lo que soy se encuentra en un mismo lugar. En ese instante en que la piel se humedece, en ese segundo en que el aire cambia, en ese momento en que la memoria despierta.
La lluvia fina no moja: revela. Revela quién fui, quién soy, y quién sigo siendo cada vez que el cielo decide hablar en voz baja.
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LLUVIA
María Derlinda Costa Tasistro – Uruguay
Lluvia que caes en lágrimas desprendidas del cielo, así como el inconfundible aroma que transmite la madre tierra mojada. Así como las plegarias que se elevan en ruegos para aplacar la sequía.
Como la lava que se convierte en lluvia negra. Eres pecadora y salvadora cuando tú decides chisporrotear con tus gotas aquí y allá o cuando haces correr a los enamorados descubiertos por tu osadía. Lluvia fuerte que desalojas viviendas, provocando penurias y tristezas, acentuando la pobreza donde ya impera.
Inspiras respeto con tu presencia o ausencia. Eres maldita y bendita. Formas parte de nuestras vidas ya que las condicionas en el bien y en el mal.
Ten presente que muy a menudo dependemos de ti.
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DEPREDACIÓN
Enrique Fredy Díaz Castro – México
La romantización de la lluvia como fenómeno refrescante, apaciguador del clima y generador de vida, ha transitado generacionalmente y nos une en agradecer al Creador por las bondades que nos brinda. El verdor en la geografía, las cosechas en la milpa o parcela, los ríos fluyendo el vital líquido, la frescura ambiental, esas mañanas y tardes cafeteras mientras arrobados contemplamos el paisaje y múltiples beneficios que nos deja en esta parte del hemisferio durante el verano.
Todo mortal asume que la dependencia del agua es infinita, pródiga y naturalmente vital para el desarrollo del mundo y sus haberes. Cuidar sus logros e impulsarlos con vehemencia debería ser más que un acicate y costumbre arraigada, una consigna como lo es beberla, asearnos con ella, regarla a conciencia sobre tierras de cultivo y el jardin en casa; no obstante, la lluvia pareciera que en algunos se torna velado enemigo por el tema de sus cosechas y la inconsciencia humana ha fabricado implementos para contravenirla, para inhibirla: los llamados cañones antigranizo y supuestas bombas con químicos que desde las avionetas flagelan a los bancos nubosos rompiendo el natural ciclo en tiempo y forma; sin olvidar que la deforestación repercute negativamente en ese proceso refrescante para el suelo y todo ser vivo.
La tragedia mundial se cierne velozmente sobre vastas regiones continentales. América, África y Europa sufren alarmantes seguías, sus países enfrentan un panorama desolador cuyo crecimiento rebasa el potencial económico de gobiernos y consorcios; el ingreso per cápita de las arcas se debilita en combatir la sequía en el campo, los incendios forestales de descomunal dimensión y para colmo, el hombre en su desmesurada ambición, destruye a diario grandes extensiones boscosas con maquinaria o provocando gigantescas lumbreras de la manera más impune y genocida.
Si, la lluvia es muy urgente pero los emisarios de la destrucción la inhiben con saña y desprecio por la vida misma, acelerando las grandes conflagraciones que con inmediatez consumen cientos de miles de hectáreas de selvas en diversos puntos del país y del mundo provocados por la mano del hombre pero la impunidad supera a toda ley y principio que sustente el ejercicio de la justicia contra la depredación de incalculables daños que aceleran el fin de esta generación. La insensibilidad de unos cuantos está acabando con todo rastro de vida en la tierra
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EL DILUVIO QUE ME DESPERTÓ
Elspeth Gormley – España
La lluvia empezó como un susurro. Una caricia fina, casi tímida, que apenas rozaba la tierra. Era la lluvia que siempre me ha acompañado: la que huele a bosque, a hayal, a caserío, la que despierta recuerdos de infancia escondidos entre raíces y riachuelos.
Cerré los ojos y respiré. El aroma a tierra mojada me devolvió a aquellos días en los que corría descalza, cuando la vida era simple y el mundo cabía en mis manos pequeñas. La lluvia fina siempre ha sido mi puente hacia lo que fui.
Pero esa tarde, algo cambió.
El cielo se oscureció de golpe, como si hubiera decidido que ya era hora de hablar en serio. La lluvia dejó de ser caricia y se convirtió en golpe. En rugido. En torrente.
Cayó con una fuerza que parecía imposible. Una lluvia torrencial que no pedía permiso, que no avisaba, que no negociaba. Era un diluvio, pero no solo afuera: también dentro de mí.
Sentí cómo cada gota golpeaba el suelo como un martillazo, como si el cielo quisiera romper algo que llevaba demasiado tiempo quieto. Y entendí que esa lluvia no venía a mojar: venía a limpiar.
El agua arrastraba hojas, barro, polvo… y yo sentí que también arrastraba mis silencios, mis miedos, mis dudas, mi cansancio acumulado. Ese lodo interior que uno guarda sin darse cuenta.
La lluvia torrencial era un espejo. Me mostraba lo que ya no quería cargar. Me obligaba a soltar. A vaciar. A dejar ir.
Y mientras el agua corría por las calles como un río improvisado, yo también me dejé llevar. Me dejé limpiar. Me dejé romper. Me dejé reconstruir.
Cuando la tormenta empezó a aflojar, el aire cambió. Olía a mar, a ese olor profundo que solo aparece cuando la lluvia toca la sal. Un olor que me recuerda quién soy ahora, quién he aprendido a ser.
La ciudad también olía distinto. A asfalto mojado, a vida que se detiene, a gente que corre buscando refugio. Pero yo no corrí. Me quedé. Porque a veces hay que quedarse en la tormenta para entenderla.
Y entonces lo supe: la lluvia fina me trae recuerdos, pero la lluvia torrencial me trae verdad.
La primera me acaricia. La segunda me despierta.
Y ambas, juntas, me devuelven a mí.
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LLUVIA
Andrea Kiperman – Argentina
Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado compartiendo estas palabras. A veces cae así, como si nadie la estuviera mirando. Se desliza desde arriba hacia el suelo, rozando, acariciando la tierra. En ocasiones desata su furia como un león rugiente que necesita demostrar su poder; en otras simplemente pareciera que ni está presente. A veces solo molesta, se hace tan imperceptible que ni se llega a notar.
Dicen que solo su presencia sana, limpia, purifica a todos los que estamos aquí. También debo admitir que causa desastres cuando se pone furiosa, casi indomable, con esas gotas que parecen que nunca se van a terminar, inundando todos los espacios de la tierra. Muchas veces es alivio, ese alivio que baja las altas temperaturas.
Hay lugares de la tierra en los que suelen extrañarla, ya que muy pocas veces al año aparece, y otros en los que aparece cada dos por tres en pequeños momentos casi todos los días. Es simplemente así: aparece en el momento exacto, que claro, nosotros desconocemos por completo. Querida lluvia, espero que con tu agua puedas regar con tu dulzura a todo lo que habita en el mundo.
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EL ECO DE LA LLUVIA
Andrea Morini – Argentina
Mica contemplaba la lluvia azotar las tejas de la casa de enfrente. Era una jornada plomiza de invierno, de esas que —especialmente cerca del mar— te calan hasta los huesos. Las calles de su barrio yacían sepultadas bajo la misma bruma triste y espectral que le oprimía el corazón. En la acera, ancha y marchita, se erguían árboles arcaicos. En verano solían ser el orgullo de los transeúntes, pero aquel día sostenían con pesadumbre el llanto que el cielo había vertido sobre ellos. Junto a la vereda había tres automóviles estacionados. No los reconoció. Incapaz de sofocar su devoción por los misterios ajenos, se preguntó a quiénes pertenecerían y qué oscuras historias arrastrarían sus dueños; siempre había disfrutado inventar vidas para los desconocidos con los que se cruzaba por azar.
Aburrida, decidió salir a caminar. Sabía que no era el momento adecuado, pero cuando la impaciencia la dominaba, cedía sin resistencia a cualquier impulso. Necesitaba respirar un aire que de repente le resultaba escaso. Le pesaba aquella soledad suspendida en tanto espacio baldío: desde la partida definitiva de sus padres, la casona familiar había dejado de ser un hogar. La habitaba, sí, pero no la vivía; no era más que una inquilina resignada, un espectro tan intrascendente como la araña que anidaba en el rincón de la cocina, a la espera de que alguien, algún día, la barriera sin contemplaciones.
Cruzó el umbral y contempló el escenario de siempre: los pasajes estrechos, sinuosos, y los jardines frontales doblegados por lo gélido y la humedad. Una hilera de sauces, con sus ramas lánguidas rozando el barro, la saludó con solemnidad. A lo lejos, un vecino paseaba a su perro —o tal vez el perro paseaba a su dueño, la escena era demasiado difusa y a ella tampoco le importaba. Un rugido de motor quebró la monotonía; pertenecía a uno de los vehículos que había dejado atrás. Quizá algún joven impaciente por reunirse con los suyos. El chirrido de una acelerada violenta y un alarido desgarrador interrumpieron bruscamente sus pensamientos. En un parpadeo, se halló inmersa en una multitud que emergía de las penumbras de sus casas.
—¡Qué tragedia! —murmuraban unos. —¿Qué ha ocurrido? —inquirían los más lejanos.
Mica no lograba desentrañar la escena; se sentía una observadora ajena, incorpórea. De pronto, un rostro amado y lejano se destacó entre la muchedumbre. Una amplia sonrisa iluminó su semblante, hasta entonces ensombrecido por la pena, y avanzó hacia él sin dudarlo.
—No mires. Vámonos de aquí —le dijo él en un murmullo, con esa voz cálida que tanto lo caracterizaba al ponerse a su lado.
Mica, sumisa, le tendió la mano con un gesto ancestral que la inundó de una dicha olvidada. Sin embargo, vencida por un morbo involuntario, giró la cabeza hacia la esquina. Vio la aglomeración de curiosos, el cuerpo inerte y desmadejado sobre el asfalto húmedo… y fue entonces cuando lo comprendió todo.
—Sí, papá. Mejor nos vamos —respondió.
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TORMENTA
Sandra Romeo – Argentina
Quien mira hacia afuera, sueña;
Quien mira hacia adentro, despierta. Carl G. Jung
Una noche de tormenta te despierta un extraño ruido. Primero piensas en la rama contra la ventana, esa que no se deciden a cortar para no dañar al árbol que plantaron los abuelos. Pero piensas —y es cierto—: no hay viento.
Sin moverte de la cama, recorres mentalmente los espacios de la casa. Tu mente sale por esa puerta abierta del cuarto y sigue por el pasillo alfombrado. La luna se refleja a través de los ventanales amplios y se reproduce sobre la superficie del lago en miles de lunas destripadas. Sin embargo, te lo digo yo: esta noche no hay luna.
Sigue tu mente recorriendo la casa, baja por las escaleras y se siente el suave rechinar de la madera bajo sus pisadas. Una mente casi dormida o recién despierta puede decirse que pesa poco. Sin embargo, tu mente está llena de tu vida. No puede pesar poco.
En la cocina se detiene, tu mente, sobre el piso damero en blanco y negro. Y ahí está el causante del extraño ruido en esa noche de tormenta. Solo sobre las baldosas. Esperas alguna reacción de su parte, pero él se mantiene en silencio, a la expectativa. Busca, tu mente, el sitio en dónde dejó olvidado al causante del ruido. No sabe dónde lo perdió, en qué recoveco se quedó escondido para luego hacer esta aparición espectacular. No recuerda. Pero tampoco está dispuesta a hacerse cargo del abandono ni de la culpa que entrevé en los ojos de él, que la mira fijo desde el piso de la cocina en esa madrugada tormentosa.
Te agitas en la cama, percibiendo la lucha de voluntades que se está dando en ese momento en la planta baja. Quisieras intervenir, pero a estas alturas ya no sabes a favor de quién.
No se puede vivir sin una mente, eso es claro. Tampoco sin sueños, eso es doloroso.
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EMPOLGADOS BAJO LA LLUVIA
Graciela Reveco – Argentina
Llovía tanto que Leandro pensó que estaba frustrado el intento de que su padre lo llevara al campo como un miembro más de la expedición. El letargo aburrido en la vida de ciudad lo convertía en un niño apático, impreciso en sus recónditas aspiraciones, desmotivado por algún tipo de carencias. Los progenitores ofrecían bastante, sin embargo, no comprendían su íntima perspectiva. Una sola vez permitieron que acompañara al grupo, pero era tan pequeño que no bajó de la camioneta. Muchos bichos y espinos, sentenció la pobre excusa de su padre.
En esta oportunidad, sería un placer encontrar nuevas especies para su insectario y el proyecto de herbario que tenía emprendido desde días atrás. La maestra lo calificaría con excelente. Además, podría experimentar a cielo abierto la rudeza del campo, el paisaje agreste, tan lozano y salvaje como una pintura de la época indígena, como la soñara en sus largos vuelos de pájaro en libertad. Ya no era un niño, cursaba quinto grado y deseaba respirar lo autóctono desde la sublime entraña de la tierra, y no solamente a través de los libros de geografía.
Debía actuar rápido, no ocurría con frecuencia que su padre explorara terrenos para comprar parcelas. Preparó la mochila y no olvidó la Tablet para fotografiar, besó a su madre sin esperar aprobación y trepó a la camioneta. Primero el padre lo observó seriamente, pero luego puso en marcha el vehículo y partieron bajo la intensa lluvia, y la esperanza de que más adelante se detuviera. Y así fue. Tras un par de horas de viaje salieron de la carretera para ingresar a una huella pedregosa, marcada por el tránsito de los caballos y algún vehículo ocasional. El aguacero quedó atrás, empujado por la victoriosa y caliente sequedad del terreno. Leandro estornudaba cada tanto, el polvo suelto se metía por el cierre de las puertas y podía sentirlo hasta la garganta, pero no dijo nada.
Cerca del mediodía se detuvieron en una villa; la precaria construcción no le restaba encanto al lugar. La gente de allí bebía agua de pozo y se alimentaba de aves y verduras. Aquello era tan diferente a la calidez de su hogar, con la salamandra, los calefactores, el suave acolchado de lana de su cama, y en los días de calor con la frescura del aire acondicionado. En la escuela tenía compañeros que tampoco gozaban de todas esas comodidades, pero dormían lejos de las arañas y las cucarachas. El niño pensó con cierta tristeza, y a su manera, que había muchas cosas que el ser humano no podía manejar a su gusto.
Sacó las primeras fotos y decidió que había algo que podía solucionar y estaba fuera de todo contexto de escasez y desamparo que el panorama ofrecía a su ingenio fisgón. Hacía largo rato que la vejiga amenazaba estallar y debía resolver el problema. Con absoluta decisión y sin medir nada más que la urgencia, se dirigió a un frondoso árbol que estaba a unos cuantos metros de las primeras casuchas, a la entrada de la villa. Cumplía su cometido cuando descubrió unos grandes ojos negros desaprobando el hecho, un niño de su edad, moreno y desgarbado, que abanicaba su mano frente a la cara para alejar el olor. ¿Por qué le haces esto al árbol?, interpeló ceñudo, hay un retrete para eso, y ahora funciona bien porque mi papá desagotó el pozo ciego. Repetía palabras de adulto, y no esperó respuesta, ni disculpa, solo se fue.
Leandro quedó estupefacto frente al árbol, con una gran desazón. Un perro levantó la pata para imitar la acción descabellada, pero un largo silbido lo arrancó del intento. Leandro miró el cielo con ojos tristes, ojalá lloviera para borrar su desatino. Afligido, acudió al llamado de su padre. A cambio de información, bajaron de la camioneta alimentos para los aldeanos y luego partieron. El camino y el cielo estaban despejados, podían seguir un poco más adelante sin problemas. Mientras se alejaban, Leandro miró hacia atrás y vio al muchachito moreno que lo había reprendido por su mala acción; echaba baldazos de agua sobre el tronco maltratado. Un sentimiento de angustia le hizo cosquillas en el estómago, pero no estaba seguro de la estatura del daño ocasionado, solo aspiraba a que la lluvia lo sanara.
Tras otro largo trecho, se detuvieron en una bonita extensión manchada de ocre y verde musgo, salpicada de guijarros de diversa tonalidad, cactus y un sinfín de flores silvestres, amarillas y rosadas. El horizonte cerraba con un anaranjado furioso detrás del azul, pero tanta naturaleza viva no le quitó el malestar. Aprovecharon para almorzar en ese lugar y Leandro necesitó contarle el incidente a su padre. Sentía algo de vergüenza, pero él tenía una respuesta justa para todo. Esta gente vive enraizada a su terruño y cada cosa que los rodea representa un valor incalculable. No conocen nada más fiel que la naturaleza que los viste y les da de comer; la defienden como pueden. Te ofreció su sanitario, dentro de toda su pobreza fue una cuestión de educación, nada más. Igualmente, el árbol no quedó muy feliz con eso, no debe haber una próxima vez, dijo sabiamente su padre. Hablar y entender lo hizo sentir mejor. Le agradaba la experiencia, conocía lugares interesantes y aprendía a salvar errores y diferencias. Con absoluta felicidad, se dedicó a tomar más fotos, a recoger bichitos raros, algunas raíces frescas y piedras amorfas.
En el ocaso de la jornada, el campo furiosamente bello, altos arbustos coloridos, bajo una techumbre de estrellas, envolvió el regreso. Asombrado, Leandro llevaba todo en sus ojos más que en la Tablet. El horizonte esparcía iridiscencias color rosa y celeste, como un pincel avezado que cerraba la claridad del día. A lo lejos fulguraba un puñado de luces. En minutos nada más pasarían por el costado de la villa, justo frente al árbol, y Leandro pudo apreciar con asombro de dónde provenía su cosquilleo. Comprendió todo en un instante. El muchachito moreno que lo había reprendido estaba tendido bajo el árbol mancillado, y trataba de conciliar el sueño contando estrellas. Su padre tenía razón: solo había defendido sus dominios, y sin duda sus carencias eran materiales, en cambio la suya era una sola: la capacidad de valorar con el corazón lo que la vida le otorgaba. Empolgados bajo otro tipo de lluvia, sintió que su pequeña estatura había crecido con la celeridad del árbol.
Cerca de la casa familiar el cielo empujaba la tormenta hacia otra latitud y aparecían algunas estrellas entre nubes; le gustó la nueva sensación. Gracias, papá, dijo mientras bajaba corriendo de la camioneta, aunque su padre no sabía el alcance de tal agradecimiento. Leandro convino, en su despertar interior, que había una porción de felicidad para cada persona. Él tenía su propio cielo y su propia lluvia de estrellas, capturados con el telescopio desde el balcón de la planta alta, y… ¡pobre de quien se atreviera a invadirlo
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LA INUNDACIÓN
María Rosa Rzepka – Argentina
Las aguas del arroyo habían salido de su cauce buscando el declive de las tierras. Avanzaban hacia el caserío. En las casas acomodaban los enseres más importantes y los comestibles que quedaban luego de diez días de lluvia intensa. Se escuchaba el avance de la correntada, acrecentando la zozobra. Los animales seguían en los corrales, reparándose los unos a los otros. Las gallinas encaramadas en las ramas bajas de los árboles. El agua llegó rápido, aumentando el sufrimiento, estancándose entre los requechos ralentizó un tanto su marcha. Hasta que un viento del oeste comenzó a despejar el cielo. De a poco se insinuaron los rayos del sol, débilmente. La esperanza venció al barro. Exhaustos, hombres, mujeres y niños sabedores del trabajo que costaría recuperar lo perdido, se contentaban por haber resistido la inundación sin pérdidas de vida. Llegando la noche, algunas estrellas acompañaban a la luna como queriendo dar aliento a los inundados. Aquella noche no llovió. El arroyo volvió a contener sus aguas en cauce, mientras la tierra trataba de absorber las aguas, ahora quietas. Tal vez, avergonzadas
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SINFONÍA DE LLUVIA
Yenni Mara Tugores – Uruguay
Ha besado la lluvia aquel jardín, y el agua dormida de la fuente se estremece como si despertara de un sueño antiguo. El repiqueteo de las gotas golpea con fuerza sobre un periódico que rueda sin rumbo, deshaciéndose poco a poco hasta convertirse en un desecho más de la tormenta. A mi alrededor, la gente corre buscando refugio; puedo percibir las prisas, el choque de paraguas, los frenos bruscos de los vehículos, todo mezclándose con la estrepitosa caída del agua. El aleteo desesperado de los pájaros buscando abrigo y la leve brisa que agita las copas de los árboles componen un escenario que hace que mi imaginación despierte.
La fuente se desborda y se convierte en cascada, y es entonces cuando en mi mente comienza a formarse una melodía. El sonido crece, se hace más fuerte, más profundo, más envolvente, a medida que la lluvia sigue cayendo con insistencia. Cierro los ojos y dejo que mis oídos tomen el mando, deleitándose con aquella maravillosa sinfonía que parece surgir de cada rincón del jardín. Me imagino una canción, una canción de amor, y giro y giro al compás de esa música estremecedora. Oigo violines, pianos, saxos y trompetas. Mis sentidos se agudizan, mis pies comienzan a danzar, y por un instante siento que la lluvia dirige una orquesta invisible solo para mí.
De pronto, la lluvia cesa. La brisa se calma. La sinfonía se detiene. Y esa canción que nunca cantaré queda dormida en mis labios, como un secreto que la tormenta me regaló y que solo existe mientras el agua cae.
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LA LLUVIA ¿CULPABLE O INOCENTE?
Ana Unhold – Argentina
Hace tiempo se han ido sucediendo en la tierra una serie de sucesos que no pueden dejarse pasar. Esto ha llevado al Tribunal Internacional de La Haya a someter a juicio a la lluvia como responsable de tantos males. El relator lee los primeros informes: los combustibles fósiles están avivando las llamas de esta crisis. Más carbón, petróleo y gas implicarán “un futuro aún más inflamable”, con un contexto de temperaturas oceánicas excepcionalmente elevadas a escala global. La actividad climática estacional prevé temperaturas muy altas, superiores al promedio, en África, sur de Europa, península Arábiga, sur de la India, este de Asia, América Central, el Caribe, Sudamérica y Nueva Zelanda. Existe elevación de la temperatura superficial del Océano Pacífico Central y Oriental, desencadenando cambios en las lluvias y la temperatura a escala global. Vienen efectos climáticos como sequías e incremento en incendios forestales, en especial en la cuenca del Índico. Si bien desde tiempos inmemoriales se ha considerado necesaria a la lluvia, últimamente podemos observar que se ha excedido en frecuencia y cantidad en muchos lugares de la tierra, ocasionando más daños que beneficios. Por ello es que se presentan estas acusaciones. La lluvia transparente bajó lentamente la cabeza.
—Señor Fiscal, por favor lea el informe que completa lo anterior —señaló el relator. La Organización Meteorológica Mundial —agrega el fiscal— augura episodios de lluvias intensas e inundaciones, por ejemplo, en México entre agosto y octubre. Por otro lado, se considera que la lluvia también tiene responsabilidad en otro fenómeno: desde el 30 de julio el planeta ingresó en una fase de sobregiro ecológico. Representa el punto del año en que la humanidad utilizó todos los recursos naturales que la tierra puede renovar durante ese mismo año. A partir de ese momento la sociedad comienza a consumir “en números rojos” y compromete el futuro de las próximas generaciones. Según la ONU, el mundo ya agotó la capacidad de regeneración anual de los ecosistemas. El Sr. Guterres, Secretario General, ha expresado: “Necesitamos repensar urgentemente cómo producimos y consumimos. Todavía podemos cambiar el rumbo, pero solo si actuamos ahora”.
¿Cómo se realiza el cálculo del Día de Sobregiro de la Tierra, momento exacto en que la demanda de recursos ecológicos y servicios sobrepasa la capacidad de regeneración de la naturaleza para ese año? El cálculo se realiza comparando la huella ecológica —toda la superficie productiva necesaria para satisfacer las necesidades humanas de alimentos, fibras, madera, espacio para infraestructura y absorción de carbono— con la biocapacidad del planeta. La lluvia escuchaba cabizbaja y en silencio.
El fiscal continuaba leyendo: un informe de Global Footprint Network detalla que actualmente la humanidad está demandando de la naturaleza un 73% más rápido de lo que los ecosistemas pueden regenerar. El equivalente a usar 1,73 Tierras. Este fenómeno puede compararse con agotar el saldo de una cuenta bancaria y empezar a operar en déficit. Estos procesos profundizan fenómenos meteorológicos extremos, como sequías, lluvias torrenciales y olas de calor que afectan a los ecosistemas y reducen la producción alimentaria. La lluvia apenas levantó la mirada. Como información, leeremos algunas fechas claves del giro ecológico en diferentes países: Qatar, 4 de febrero; EE.UU., 14 de marzo; España, 4 de junio; Argentina, 13 de junio; Colombia, 1 de octubre. La consecuencia del sobregiro incluye un uso excesivo de recursos como agua dulce y acumulación de gases de efecto invernadero.
—Por lo tanto, podemos concluir que la lluvia es acusada de inundaciones, barro, derrumbes, cosechas perdidas, sembrados arruinados por caer fuera de tiempo, muertes humanas y animales y toda otra cantidad de desastres. La lluvia escucha en silencio y cuando le conceden la palabra, responde: —Yo siempre fui la misma. He sido una viajera en el tiempo: estuve en glaciares, océanos, nubes y nieve. Fui sangre de un dinosaurio y de una oruga; estuve en todas las lágrimas de quienes expresaron dolor; he mojado chozas y palacios; mojé a jueces y condenados al pie del cadalso. Incontables recorridos a lo largo de los siglos. Yo siempre he sido la misma. Fueron ustedes quienes talaron hectáreas y hectáreas de bosques. Ustedes cubrieron la tierra con cemento, desviaron los ríos y calentaron el planeta quemando carbón y petróleo. Podría pasar días enteros enumerando daños… No me juzguen por los daños que producen sus propias decisiones. Nunca admitiré ser culpable de daños al planeta. Soy el único idioma que todos los pueblos entendieron antes de inventar las palabras. ¿Soy culpable o inocente?
Un enorme silencio se extiende en la sala. El presidente del tribunal toma el mazo para dictar la sentencia. En ese instante un trueno amenazante hace temblar los ventanales. No se sabe si fue casualidad o si la lluvia acaba de responder…
Vuelve la escritora a la ciudad de La Plata. Llueve a cántaros. No intenta esquivar la lluvia; deja que le moje el rostro. Por primera vez comprende que no está caminando bajo una tormenta, sino bajo millones de años de historia.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-08-25 13:03:232026-09-09 14:20:44RELATOS SOBRE LA LLUVIA – AGOSTO
AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.
Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.
Los cuentos comienzan donde la imaginación decide abrir la puerta.
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COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Magi Balsells – España
Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
Santiago García Vega – México
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Inés Legand – Argentina
Andrea Morini – Argentina
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Graciela Reveco – Argentina
Ana Unhold – Argentina
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DONDE LA TIERRA RECUERDA LO QUE FUIMOS
Maren Alberdi –España
Hay lugares que no se visitan: se regresan a ellos. Sitios que guardan memoria, que despiertan lo antiguo y que nos recuerdan quiénes fuimos antes de ser quienes somos.
Zugarramurdi es uno de esos lugares. No importa cuántos años pasen, ni cuántas veces cambie el rumbo de tu vida: cuando vuelves, algo dentro se acomoda, como si la tierra dijera: “ya era hora”.
Yo nací aquí. Pero no crecí aquí. Mi infancia tuvo olor a Cantábrico, a mar bravo, a viento que golpea las ventanas como si quisiera entrar a contar historias. Crecí entre acantilados, entre redes, entre voces que hablan con el mar como si fuera un pariente. Y aun así, cada vez que volvía a Zugarramurdi, sentía que regresaba a un latido antiguo, a una memoria que me precedía.
Porque hay raíces que no necesitan presencia: solo necesitan verdad.
El sendero hacia las cuevas siempre me ha parecido un camino hacia dentro. No hacia un lugar, sino hacia una parte de mí que solo despierta aquí. A medida que avanzas, el silencio cambia. Ya no es silencio de bosque, ni silencio de montaña. Es un silencio que recuerda. Un silencio que sabe. Un silencio que te mide.
Las cuevas se abren como una boca inmensa, y la luz, por más que quiera, nunca alcanza a tocarlo todo. Quizá sea mejor así. Hay historias que no necesitan luz: necesitan respeto.
Dentro, el aire es frío. Pero no es un frío natural. Es un frío que viene de la injusticia, de la fragilidad humana, de ese miedo antiguo que convirtió la diferencia en amenaza. Aquí no hace falta imaginación: la historia está viva. Respira. Observa. Recuerda.
Pienso en aquellas mujeres —y también hombres— que fueron acusados de brujería. No por magia, sino por ignorancia. Por miedo. Por la necesidad humana de culpar a alguien cuando la vida se desordena. No eran brujas. Eran diferentes. Y eso, en ciertos siglos, era suficiente para morir.
Pero hay algo más. Algo que no se apagó ni con hogueras ni con inquisidores. Una fuerza. Una dignidad. Una verdad que sobrevivió al fuego.
Cuando salgo de la cueva, siempre me pasa lo mismo: el cielo parece abrir un claro, como si quisiera recordarme que incluso los lugares marcados por el dolor pueden tener belleza. Una belleza que no es evidente, pero que se queda dentro, como una llama pequeña que no se apaga.
Zugarramurdi no es un sitio para aprender. Es un sitio para recordar. Recordar que el miedo puede destruir. Recordar que la diferencia puede salvar. Recordar que la historia, cuando se olvida, vuelve disfrazada.
Camino de vuelta con la sensación de haber escuchado algo que no se oye con los oídos. Algo que solo se percibe cuando una parte de ti —la más antigua— despierta. Y pienso que quizá, solo quizá, las brujas no eran ellas. Quizá las brujas somos todas las que seguimos caminando con la verdad en los bolsillos, aunque el mundo prefiera la mentira.
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ME PIDES RESPETO Magi Balsells– España
¿Tú me pides que te tenga respeto? ¿Es que acaso tú lo has tenido conmigo? ¿Qué hombre alardea de sus conquistas y, no solo eso, sino que las engrandece siendo pura mentira? Sé lo que comentaste al esposo de una amiga; detalle por tu parte de lo más desagradable y fuera de lugar. Ella, al contárselo su marido, se molestó en gran manera y sin perder un instante se puso en contacto conmigo, comunicando tus alardes de conquistador en los cuales dabas explicaciones de lo que, según tú, habías conseguido conmigo. Y aún tuviste la desfachatez de decir que yo —sí, yo— había dicho que disfruté y pedía más sexo. Pobre infeliz… ¿seguro que no lo soñaste?
Te he escrito esta carta, de la cual voy a mandar copia a los conocidos o amigos de ambos para que sepan la clase de persona que eres, aclarando algunos puntos que, por fantasiosos, son merecedores de la más sonora carcajada. Daré detalles de esa hombría que presumes, dejando las cosas en su lugar y sin mentiras, que no vi por ningún lado. Quizás estaban de vacaciones.
Reconozco que mantuve unas relaciones sexuales, por decirlo de alguna manera, contigo. El intento estuvo, y mi predisposición también. Pero también incluyo en esta carta el desenlace: fue penoso por tu parte no conseguir llegar ni al principio ni al final, pese a tomarte unas pastillas —que no sé de qué serían ni me importa—. Diste mil y una excusas, pero las horas pasaban y todo seguía en punto muerto. Nada funcionó, ni tampoco vi ese miembro viril del que, según tú, siempre había sido el asombro de las damas. Creo que sería por su insignificancia y por esa triste flojedad permanente
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CEIBAS: MI PARAÍSO TERRENAL
Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México
Otoño 2020 Mi rancho me recuerda mi cuna y mi origen, de donde vengo, quién soy y a donde regresaré: a la madre tierra que me parió, me dio vida y me vio crecer.
Escenario multicolor es mi Ceibas, azul, amarillo, blanco y de todas las tonalidades que me dan paz y armonía, arcoíris de bienestar es mi rancho, en el que el horizonte verde se impone con vida; verde que transporta, verde que con su aire limpio y etéreo me purifica en sosegado remanso que adoro. Verde libertad que me hace volar a donde quiero con alas fuertes y seguras; verde que canta con sonidos propios; verde que huele a certeza anclada a mi alma y a mi mente; verde añoranza que me regresa en un suspiro al recuerdo indeleble de mi familia primera porque cuando estoy ahí sentado en una orilla, a lo lejos veo las figuras de mi padre, mi madre y mis hermanos que aparecen mirándome, como hablándome, para recordarme que siempre han estado junto a mí, que nunca se han ido. Eso me llena de nostalgia y en un suspiro amoroso abrazo a todos y mi mente me vuelve a recordar de dónde vengo. Bendita quietud en la que solo escucho los ruidos naturales de las especies felices en su hábitat, porque están en el lugar que les pertenece y eso… eso me hace desear quedarme también y mimetizarme a ellos, instalarme para siempre en ese oasis de abundancia, sin máscaras ni artificios.
Quietud que se disfruta con sus gritos armoniosos; clamores que quiero oír porque cariñosos me hablan al oído, me llaman, me atrapan, me hablan del poder y la bondad de la madre naturaleza que me invita a amarla y respetarla aun más; pero sobre todo, me hacen pensar en la bondad divina que me regala todo esto.
La noche de mi Ceibas es particular; la luna se hace grande y con su atrevido fulgor me coquetea en el romanticismo de un lugar que amo y me ama; espejo celeste que me desnuda cada noche dejándome ver como soy; escaparate perfecto que da paso a las estrellas titilantes acompañadas de las luciérnagas con sus mágico brillo que mueren por verme y alumbrarme convirtiéndose en faroles y ojos a la vez. Luna que aclara las nubes que con sus vapores flotantes y húmedos descubren la cortina y puedo ver su viaje incansable haciendo perfecto el universo nocturno. Ah, pero qué decir de la cascada de Ceibas; lleva el agua más limpia que hay, en ella veo como se reciclan mis sueños en un vaivén de vida y de esperanza, chorro cristalino que en complicidad bendita y auténtica con su arroyo me invitan a encontrarme conmigo mirándome en el espejo que conforman, recordándome el hombre que soy con todo lo que pienso, en todo lo que creo, con todo lo que siento, lo que añoro, lo que tengo y lo que no. Reflejo de mí mismo que me ordena apaciblemente perseguir mis anhelos sin olvidarme de lo esencial, de lo valioso, de lo trascendente, delo puro, de lo bueno, de lo sagrado y de todo lo que vale en esta tierra y más allá. Óleo natural perfecto que me enamora, el más bello, el lugar ideal para vivir y también para morir. Lugar que me permite ser yo y reencontrarme cada vez para atender a la renovada esperanza. Sitio privilegiado, tierra fértil y prodigiosa que da tanta vida… que me da vida. ¡Bendito Dios que me dejas gozar y estar aquí, en esta tierra en la que soy tan feliz haciéndome sentir inmensamente privilegiado!
¡¡¡Gracias, gracias, infinitas gracias Señor!!!
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MUJER TU PUEDES
Santiago García Vega – México
Salí de casa con el corazón hecho añicos. Aún resonaban en mi mente las palabras de mi padre, ese hombre que decía amarme pero que, sin quererlo, quebraba mis sueños como si fueran cristales frágiles. Para él, las mujeres solo servían para criar hijos, casarse y ser mantenidas. Ese era su legado, su sentencia, su visión del mundo. Y yo, que apenas empezaba a entender quién era, recibía aquella profecía como una piedra que me hundía.
Mi madre, en cambio, me cubrió con una bendición silenciosa. Ella no hablaba mucho, pero su mirada decía lo que mi padre nunca supo pronunciar: “Hija, tú puedes.”
Entre la bendición de una y el renegar del otro, emprendí mi camino. Sentía fuego dentro, un hervor que me empujaba a elegir: quedarme allí, atrapada en una vida que no era mía, o volar hacia la selva desprotegida de lo desconocido. Las costumbres, los círculos que encadenan, las voces que repiten lo mismo generación tras generación… todo eso me asfixiaba. Y aun así, avancé.
Allí donde las ataduras aflojan y las tinieblas confunden, donde las almas parecen arrastrarse hacia el abismo, yo toqué fondo. Pero tocar fondo no fue el final: fue el comienzo. Desde ese lugar oscuro, logré enfilar contra el océano de mis miedos. Salí a flote. Respiré bocanadas de valor. Tomé decisiones que nunca pensé que podría tomar.
Llegué luchando, cayendo, levantándome. Coquetee con la luna, esa compañera silenciosa que me arrullaba desde lo alto. Enfrenté mis temores, calibre mis emociones, derribé muros que parecían imposibles.
Cada mañana, una voz interior me gritaba: “Rendirme jamás». La mujer que llevo dentro tiene agallas. Tiene poder. Puede llegar a ser.”
Y así entendí algo esencial: No quería un compañero que fuera martillo, ni cuchillo, ni sombra que apuñalara mis sueños. Quería un igual. Un hortelano, un orfebre, un campesino del alma. Alguien que tejiera conmigo flores, vibraciones amorosas, caminos compartidos. No feminismo enfrentado: equidad. Complemento. Respeto.
Porque no existe sexo débil. La mujer es fortaleza, resguardo, dolor y creación. Forjadora de humanidades. Dichosa por siempre.
Mujer: diseño hermoso, milagro, anhelo de madre, nido de esperanzas. Inteligencia, libertad, cambio. Realidad que durante siglos fue manipulada, silenciada, encadenada.
Pero hoy no. Hoy mil puertas han sido abiertas. Para ti, para mí, para todas.
Y mientras subo la escarpada cuesta de mi propia vida, siento la palmada de la cima, la gratitud que inflama el pecho, la certeza de que he llegado hasta aquí por mis propios pasos.
Porque sí, mujer: tú puedes. Siempre pudiste. Solo necesitabas escucharlo.
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DELICIAS DE LA VIDA CONYUGAL
Carlos González Saavedra – Argentina
De pronto apareció un colibrí bebiendo el néctar de la Santa Rita pegada a la ventana. Su bello aletear terminó por despertarme. El día brillaba y yo aún en la cama, mirando el techo como si nada. Había tenido una noche intensa…
Me levanté y seguí el día planchando; tenía una pila. Planché toda la mañana. Por suerte golpearon la puerta.
—¡Llegué! ¿Qué hacés, amor? ¿Te fue bien con los fletes o tenés que salir por la tarde?
Esperaba que Guillermo me dijera que no. Resultó frustrante escuchar:
—Tengo uno a las cinco y otro a las diecinueve.
Me enojó.
—¿Cómo podés ser tan desconsiderado? ¿No te das cuenta de que entro a las veinte y, si no llego a tiempo, ¡me suspenden!
—Sería bueno que te suspendan, así te quedás más en casa y no estás todas las noches afuera.
—No me vas a cambiar. Cuando me conociste estaba de noche; te enamoraste así. ¿Acaso no me querés más?
—Nada que ver, Albertito de mi corazón. Andá, que los muchachos del correo esperan tu firma. Así despachan rápido y volvés temprano —me dijo, guiñándome un ojo.
—¡No creo! Chau —me fui dando un portazo.
—Mañana te espero con unos mates. No tomo ningún flete, así estamos juntos. ¡Beso, te quiero!
Partí creyendo que había encontrado finalmente la pareja ideal.
En la oficina encontré una notita del jefe sobre mi escritorio:
“Alberto: apure el trabajo porque nos informaron que, para las dos de la mañana, cortarán la luz y nos quedaremos sin sistema hasta las 17 horas.”
Disimulando mi alegría, comencé a adelantar mi tarea antes del corte, sabiendo claramente que, a más tardar a las 2:45, estaría con mi amorcito.
Regresé entusiasmado, casi contento, y encontré todo apagado. Me asusté. Mis pasos comenzaron a ser sigilosos en el jardín. Lejos se escuchaba cantar a Frank Sinatra. Al mirar por la ventana solo distinguí una luz tenue. Por la otra ventana sí vi una botella de champán en una frapera, sobre mi mesita de luz.
Asombrado, enfurecido, con una sensación de desamparo y locura, cegado de celos, golpeé fuertemente la puerta, a pesar de tener mi llave. Escuché una voz femenina diciendo:
—¡Guillermo, despertate, están golpeando!
Abrí y encontré a Susana, mi vecina, su marido y Guillermo en una bacanal, todos en la cama.
—¡Albertito, te explicaré! ¡Esperá!
Sin escucharlo, abrí el placard, busqué en el segundo cajón y encontré el 38 que era de papá. Mis manos nerviosas no podían siquiera sostener el arma. Un sudor frío de bronca, miseria y asco gobernaba mi cuerpo. Estaba devastado; no podía entender la situación. Después de todo lo que habíamos pasado juntos… Me sentía traicionado. Había abandonado a mi mujer y a mis dos hijos por él, y Guillermo había hablado finalmente con su papá. Por fin pudo enfrentar a un duro sargento del ejército, al que le tenía un miedo tremendo.
Mi ropa estaba empapada. Aun así, cerré los ojos temblando y disparé.
Un tiro impactó a Guillermo en la cabeza. Otro al marido de Susana, compañero de mi infancia. Y por último a Susana, en la nalga derecha.
Gritos, desesperación, angustia, dolor e impotencia. Sentado, vencido, recostado contra el placard, intenté dispararme y no pude. Lloré desconsoladamente.
Los vecinos, alertados por los disparos, llamaron a la comisaría. Sentí las sirenas de la policía. Había cambiado mi vida. Había tenido otra noche intensa, pero el colibrí ya no aleteaba.
Me dieron ocho años por los tres. Salí por buena conducta. Marcela y su marido volvieron a Tucumán. Anoche me escribió Eduardo, un guardiacárcel que conocí en prisión. Un amor.
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LOS SILENCIOS
Elspeth Gormley – España
El silencio no es solo ausencia de sonido. El silencio es una forma de presencia. Se escucha, se siente, se palpa. A veces pesa. A veces libera. A veces duele. A veces salva.
Hay silencios que ocurren en mitad del ruido: cuando alguien habla y nosotros ya no escuchamos, cuando la calle grita y aun así algo dentro queda quieto, cuando el mundo corre y uno se detiene sin saber por qué. Ese silencio es una frontera: marca el límite entre lo que somos y lo que mostramos.
Hay silencios que nacen en la soledad: cuando la casa duerme, cuando la noche se estira, cuando el cuerpo descansa pero la mente no. Ese silencio es un espejo. Nos devuelve la imagen sin filtros, sin maquillaje, sin excusas.
Y hay otro silencio, el más difícil, el más necesario: el silencio interior. Ese que aparece cuando dejamos de huir de nosotros mismos. Ese que llega cuando ya no podemos mentirnos. Ese que nos desnuda.
Porque escucharse no es fácil. Escucharse es mirarse sin defensa, es reconocer lo que evitamos, es aceptar lo que somos cuando nadie nos mira. ¿Quiénes somos cuando el ruido se apaga? ¿Quiénes somos cuando ya no hay testigos? ¿Quiénes somos cuando el silencio nos obliga a responder sin palabras?
En ese silencio descubrimos verdades que no caben en la rutina: lo que nos falta, lo que nos sobra, lo que nos duele, lo que nos sostiene, lo que ya no queremos seguir cargando.
El silencio revela. No porque hable, sino porque nos deja escuchar lo que siempre estuvo ahí. Una emoción que pedía espacio. Un pensamiento que evitábamos. Una pregunta que nunca nos atrevimos a formular.
Y entonces, en ese instante sin ruido, aparece algo que no es iluminación ni epifanía: es reconocimiento. Es decirse la verdad. Es verse por dentro. Es entender que la vida no cambia cuando el mundo calla, sino cuando nosotros lo hacemos.
Al final, cuando el ruido vuelve, cuando la rutina reclama su sitio, parece que nada ha cambiado. Pero dentro… sí. Dentro, algo se ha recolocado. Una pieza que llevaba años fuera de lugar. Una claridad que no sabíamos que necesitábamos. Una respuesta que no buscábamos, pero llegó.
Porque el silencio, el verdadero, no es vacío. Es encuentro. Es desnudez. Es verdad. Es el lugar donde, por fin, dejamos de ser lo que mostramos y empezamos a ser lo que somos.
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LO QUE TODAVÍA DICE LA LUZ
Inés Legand – Argentina
Hoy intento ordenar mis pensamientos, que son tantos y tan vivos, como colores que buscan su lugar en un lienzo. A veces escribir me cuesta, no porque falten palabras, sino porque todas quieren salir juntas, como si tuvieran prisa por convertirse en belleza.
Me refugio en lo que me sostiene: las plantas que se pintaron de amarillo, de rojo punzón, los árboles que ahora muestran su desnudez como si revelaran su propio esqueleto. Desde mi ventana veo el jacarandá, verde todavía, pero sé que dentro de unos meses nos regalará ese azul que siempre asombra. El Palo Borracho, robusto y firme, ya despejado de hojas, parece un guardián silencioso del barrio.
Así somos, privilegiados por la vida. Y pienso también en esa catástrofe tan grande en Venezuela: los socorristas sacaron un bebé, calculo de dos meses, desnudito, con solo un pañal. Lo tomó en sus brazos como si fuera un tesoro, con tanto amor… y se fue con él. El milagro siempre está acá, aunque a veces cueste verlo.
Mi hijo hoy me hizo la comida. Ayer pinté un cuadro: señal de que me siento bastante bien. El día se iluminó, y cuando la luz cambia, cambia todo. Uno es como espera tantos días: de pronto el sol dice “presente” y nos regala esa vitamina que ustedes tienen allá, tan necesaria para el ánimo y para el cuerpo.
Todavía no me encontré con Viviana; me dijo que en cualquier momento viene a visitarme. La tarde terminó. La gente vuelve a sus casas. Los negocios cierran sus puertas. El día se oscureció sin hacer ruido, como suelen hacerlo los días que ya dieron todo lo que podían dar. Ahora solo queda esperar el nuevo amanecer, ese que siempre llega con una promesa distinta.
Solo pido piedad para los que sufren. Y agradezco, amiga, tus relatos tan sentidos, tan bien transmitidos. Gracias por acompañarme en este tramo del camino, donde la pintura y la palabra todavía tienen mucho que decir.
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EL ESCRIBIENTE
Andrea Morini – Argentina
Germán lleva días sepultado en su desván. Ese cubículo asfixiante, saturado de lomos de cuero y papel, ha dejado de ser su refugio para convertirse en su celda. Le agrada —o quizá ya solo soporta— el olor rancio de los volúmenes que trepan por las paredes, del suelo al techo, como una hiedra de celulosa que amenaza con devorar el único ventanuco que da a la calle. Desde niño imaginaba que de esas páginas brotaban historias; ahora, sospecha que son esas mismas historias las que lo están entretejiendo a él. Sabe que el tiempo se le escapa entre los dedos, como arena que huye desesperada de vuelta al mar. El fin avanza, lento e inexorable; no es momento de flaquear. Se ha propuesto parir la historia más maravillosa jamás contada. Ha conjurado a las musas en su beneficio y, al parecer, estas le han concedido el don, aunque el precio sea su propia carne. Los pensamientos brotan con una violencia febril, llenando folios y folios. Esta vez, las ideas no son volátiles; son garras que arrastran sus dedos hacia el papel. Su figura, envarada y macilenta, emerge entre el cúmulo de folios apilados como el cadáver de un náufrago en un mar de tinta. El mensajero debe entregar la revelación; ese fue el trato con Calíope, una deidad que ahora se le antoja hambrienta, esperando el pregón del numen con una ansiedad que roza lo perverso.
Siente que avanza por una ciénaga espesa que se enrosca en sus vísceras y atrapa sus extremidades. El aire en el desván es denso, casi sólido. Crear es su pasión, pero ahora el llamado exige su ser entero, átomo por átomo. El final se aproxima; lo presiente en el crujir de sus propios huesos, en la arritmia de un corazón que ya no le pertenece. Un vértigo agónico lo embarga al desgranar los últimos párrafos. Mientras los misterios se develan en el papel, su mente parece astillarse. Finalmente, cuando las últimas letras caen con el susurro siniestro de hojas secas, sabe que la tarea ha terminado. La musa estará satisfecha; el escribiente ha cumplido. Entonces, en el preciso instante de estampar el punto final, Germán siente que el papel comienza a succionarlo. No hay alivio, solo una disolución aterradora. Su cuerpo se desvanece, diluyéndose en el objeto de su deseo, arrastrado por un goce oscuro hacia el abismo de lo ignoto. Ya no queda hombre, solo tinta.
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¿ QUIÉN ERES ?
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Ese día sabía que si subía a actuar, algo pasaría. Lo presentía. Siempre deseé ser actor, estimado lector. No me pregunte por qué, pero sin excepción lo quise. Desde niño, las tablas fueron mi hogar. Criado en un matrimonio de artistas, subir al escenario era con respecto a mí tan común, como para cualquier niño jugar a la pelota. Así fue, así nació mi carrera, que poco a poco fue transformándose en un vivir, en una verdadera forma de vida. Existía solo para actuar. Convengamos que no resulta tan fácil. Uno debe adentrarse en la mente de cada personaje, dejar su yo de lado y asumir el otro yo, aunque este, siempre contenga al verdadero. ¿Qué paradoja, no?
En mi caso, más de una vez, el personaje trascendió al intérprete. Eso es lo difícil de sobrellevar. Uno es uno mismo y no uno ajeno, y transformarse en el otro no es sencillo, —por supuesto si se quieren hacer las cosas bien—, porque recordemos que para mí actuar fue mi manera de vivir, excluyente y sin miramientos.
Tuve mucha fe en mí mismo, eso sí, logré con el tiempo una perfección actoral que me brindó una gran satisfacción. Pero aclaremos que todo se debió a constancia, trabajo y organización. Estudié con grandes actores, en institutos de renombre mundial, me esforcé al máximo y logré el resultado esperado… reconocimiento.
Pero ese día sabía que si subía al escenario, algo pasaría. Era una rara sensación que sentía en mi interior, hasta diría dentro de mi alma. Un sentimiento encontrado que, por un lado, me impulsaba a actuar y por el otro, me indicaba que no lo hiciera. La obra era un estreno en el principal teatro de la calle Corrientes, en esa inmensa metrópolis llamada Buenos Aires. Aunque en estos tiempos se estila mostrar todo desde un principio, nuestra compañía todavía ocultaba la escenografía. Usábamos el telón, ese gran separador que divide la sala de un teatro en dos partes bien contrapuestas. Por un lado, el espectador, estimado lector, que espera su apertura, ansioso por saber con qué se encontrará y por el otro, los actores, que también anhelantes, desean presentarse ante su público. Las luces, no olvidemos las luces: brillo cegador, calor, oscuridad, frío…Todo el abanico de posibilidades para recrear una atmósfera que debía conjugar con la actuación.
¡Qué hermoso me parecía esto, qué magia, qué sentimientos tenía dentro de mí, porque allí estábamos, ¡actuando! De pronto, en un instante —lo recuerdo con gran claridad—, al final del segundo acto, sentí un agudo dolor en la parte izquierda del pecho… me doblé en dos, caí al suelo exánime. Y casi sin querer me morí. Sí, me morí. Dejé de vivir. Al final mi presentimiento tuvo razón, algo iba a pasar si subía a actuar. Pero aquí no concluye todo, estimado lector. No, todavía falta lo mejor… o lo peor, de acuerdo a cómo se lo mire. Cuando partí, alguien preguntó: —¿Quién eres? —Un actor –respondí. —Sí, pero… ¿Quién eres? No supe qué contestar y lloré.
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CAJA DE CENIZAS
Graciela Reveco – Argentina
Somos nada y somos todo lo que dejamos
Un viento húmedo levantó el extraño sopor que se desprendía del suelo, y arrojó en el aire un sabor salino a tormentas ocultas detrás del horizonte. Visto de lejos el certero dibujo del confín, como una raya horizontal en degradé, nadie apostaría a que la bóveda transparente pudiera enjaretarse con un celaje promisorio de céfiro y agua. Desde la ventana, Manuel divisó toda la anchura plomiza, y alzó los hombros con un gesto cansino, tal vez de hartazgo, o de blanda sumisión frente al devastador panorama. Y no se refería a la perspectiva de esa mañana de julio, gélida y cruda como debía ser en la época. Restalló una pequeña lumbre en la mirada vidriosa. Trató de no despertar a Adela, su mujer, que dormía con un sueño intranquilo. Desde que él sufriera una trombosis coronaria vivía a la expectativa de todos sus movimientos. —Manuel, dejá esa escalera que no debés agitarte. Manuel, los chicos van a escardar el jardín más tarde, dejá esa carretilla. Manuel no hagás esto, Manuel no hagás aquello… No estaba seguro si el cauce que había tomado su vida era el que estaba dispuesto a soportar. El cardiólogo le habló de una inminente intervención para destapar las arterias obstruidas. Un amigo de otro tiempo accedió a la operación y no salió con vida. —Era otra época, Manuel, dejate de pavadas. El doctor dice que hay que hacerlo, y lo haremos. Adela no se dejaba intimidar por nada, ni por nadie. Iba hacia delante, braceando contra todas las dificultades, sin embargo, no alcanzaba para contener su aflicción. El pecho le saltaba como si se le hubiese metido una rana que no encontraba salida para escapar. Y el dolor…, el dolor era agudo como un apretón de dedos engrillados. Eso le provocó un despertar con sobresalto, y salió de la cama con sigilo para que ella no lo notara. El almanaque de la agenda marcaba el 29 dentro de un círculo rojo; un 29 de Julio del siglo XX, que se escapaba de las manos como una golondrina frenética por encauzar un vuelo más limpio y menos sangrante. Él mismo lo había acentuado dos días antes de establecer el día y la hora de la intervención, suponiendo que a esa altura de las circunstancias su sistema nervioso estaría controlado frente a lo inevitable. Lo cierto era que no tenía nada en claro. Quizás, el cielo encapotado del amanecer estuviese más nítido que su entendimiento. Más atrás, el reloj desplegó un efecto luminiscente en medio de la total oscuridad y sentenció las cinco de la mañana. Los chicos se levantaban a las siete. El mayor no quería estudiar y estaba empleado en una fábrica de conservas. Era su elección. El menor quería ser ingeniero, como su profesor de Mecánica Técnica, al que admiraba profundamente, y en sus horas libres atendía una Biblioteca Pública. Adela, en hora y media, estaría preparando el desayuno y dejaría todo dispuesto antes de marcharse a la escuela donde daba clases de música. Él quedaba relegado a un tiempo de ocio y espera ¿Esperando qué? Ya iba por el tercer mes de reposo absoluto y la empresa no lo dejaba cesante porque la ley lo amparaba
Dormía poco, leía mucho, televisión le resultaba estomagante y caminar premioso era el único ejercicio autorizado. Una culebra herida le revolvió las vísceras hasta llegar a la garganta. No era otra cosa que la impotencia. Regresó la mirada hacia la ventana, y apenas pudo ver a través del cristal partido por las lágrimas. El alba se anunciaba con jirones morados y espumas de malva. No iba a llover y solo el frío podría detenerlo en su caminata temprana, sin embargo, había tanto delirio glacial en su interior que daba lo mismo. Tomaría unos mates y la medicación que le menguaba el malestar, luego partiría calle abajo hasta descubrir la mañana detrás del manchón oscuro, que lentamente se iba extinguiendo con el primer bosquejo de luz. Cuando salió del baño, Adela ya estaba en la cocina iniciando la labor del día. Fue inútil su intento para evitar despertarla. —Cielo cubierto con poco cambio de temperatura –decía la radio en ese momento, después de anunciar las noticias sanguíneas, los asaltos, la desocupación y la dudosa integridad de algunos gobernantes. —Hace mucho frío para que salgas tan temprano, Manuel. Además, es peligroso. No comprendo ese capricho tuyo de hacerlo por las mañanas –inquirió la mujer ofreciéndole el primer mate del día. Manuel lo recibió y se sentó tranquilamente para degustarlo con una medialuna del día anterior. —Peligroso es quedarme solo con el bochorno. En la calle encuentro distracción y me ayuda a pensar. En estas circunstancias, ningún delincuente puede dañarme más que la vida misma. Chasqueó la lengua y sorbió un segundo mate con los ojos achinados y un gesto de sueño inútil rondándole la cabeza. El Proveedor de Milagros estaba demasiado ocupado con otros avatares más intensos. El mínimo portento lo tenía en el filo del bisturí, que le abriría el pecho en dos para recomponer el pasaje de sangre al corazón. Era lo único que podría restaurar, porque la zanja de desolación, que no estaba a la vista, no gozaría jamás de un cierre literal. Estaba incapacitado para hacer vida normal, lo seguiría estando luego de la operación y eso lo dejaba más muerto que la muerte misma. Era demasiado joven aún para que la vida lo amputara con tanta ferocidad. Le tocó a él ¿Y qué? ¿Quién era él para merecer otro designio? 29 de Julio enrarecido. El aire frío le astilló la cara como un cuchillo. Levantó el cuello de la gabardina y avanzó entre las sombras difusas entonando Cambalache con un silbo entrecortado. Adivinaba a su mujer espiando por la ventana hasta que su figura se perdiera en el vacío de la noche extinta. La rutina diaria estaba en marcha y, a medida que avanzaba sobre las calles, crecía el movimiento, la luz, la sensación térmica, la vida… Locos como él había un millón diseminados por los venturosos laberintos del universo, pero el hombre que estaba sentado en un banco de la plaza, escribiendo en un papel membretado, vaya a saber qué, seguramente padecía algún trastorno similar. Manuel lo observó un instante. Le resultaba un tanto familiar. Sí, quizás por la equívoca decisión de intentar unas líneas bajo el gélido bostezo de una mañana de Julio bajo cero (ya sentía los huesos entumecidos). La curiosidad lo empujó (total, tenía tiempo de sobra). Le dolía un poco el pecho y necesitaba descansar un momento. Seguidamente, advirtió que si pescaba un simple resfriado sería suficiente para abortar la cirugía ¿No sería esa su intención? Sentado en el banco se inclinó hacia delante para menguar el malestar. —¿Se siente bien? –interrogó el hombre.
Esta vez, Manuel lo miró a los ojos. Una profundidad de tristeza le llenó las pupilas. Le resultaba nuevamente familiar. Quizás, su gesto reflejando un desconsuelo más entre los tantos que pululaban a diario. —Sí, me siento bien, gracias —respondió llenando los pulmones de un oxígeno mórbido y húmedo –pero no importa. ¿A quién puede importarle que en unos días me rajarán en dos, me quitarán el corazón y se lo comerán delante de mí como si fuera una ciruela? El hombre se quedó mirándolo sin responder. Guardó las hojas en una carpeta mientras esbozaba una media sonrisa que ni siquiera fue. —Ahora…, sería bueno saber quién de los dos se siente peor. Al otro lado de la calle hay un café, ¿por qué eligió el hielo de la intemperie para hacer sus notas? –inquirió Manuel, a sabiendas de que tal vez lo mandarían al demonio por indagar donde no le incumbía. —Es un sábado diferente –murmuró el extraño conocido, sin dejar de ver a su alrededor con un dejo de melancolía. Estaba nublado, hacía un frío neblinoso y cruel, y Manuel no alcanzó a percibir la diferencia. Solo disparó como una flecha que halló el hueco a la distancia: —Yo también pensaba traer un lápiz y un papel para hacer una nota. —¿Por qué? —interrogó el hombre. —Porque no le encuentro razón a la vida. —No, le pregunto por qué no trajo lápiz y papel –aclaró. Manuel se quedó con la boca estúpidamente abierta tratando de descubrir la ironía, pero no había sarcasmo en aquellos ojos profundamente tristes. Y solo dijo sin buscar las palabras: —Porque tampoco le encuentro razón a la muerte. Esta vez el hombre se puso en pie. Muy alto, las espaldas anchas, con un reflejo cansino en toda su estructura, que denotaba los setenta y pico de años de relación vincular con la vida. Se marchaba, cortando con el filo del silencio una situación inusual, que dejaba a Manuel desconcertado, más triste que nunca y con la convicción de que el mundo estaba puesto del revés. Tal vez su incomodidad hizo algún ruido, el hombre se volvió impávido y lo miró directo a los ojos. Alguna extraña sentencia se enredó en sus palabras, pero le llegaron gratis, como una almoneda en el tiempo justo y preciso. —El hombre, mi amigo, es ceniza dentro de una caja. El tiempo la diluye. Tiene suerte de perseverar con la vida la proyección de sus sueños que, en definitiva, es lo único que permanece. No trajo nada para asentar su sentencia de muerte. Apueste a vivir y opérese. Hay quienes solo con la muerte pueden lograr la concreción de esos sueños. Manuel había enmudecido. Todas las palabras de su diccionario cayeron bajo una filosofía que no alcanzaba a comprender. El extraño detuvo un taxi y le escuchó decir lejanamente: —Rocha, por favor, en Palermo. Manuel se alzó de hombros y se quedó esperando que el día completara su figura de atuendo gris y desgajado bajo la subrepticia melancolía del invierno. Permaneció sentado en el banco; el agitado movimiento del despertar humano circuló frente a sus ojos; tenía esperanza de descubrir una fisonomía diferente en el perfecto acabado de una mañana similar a la del día anterior.
El puesto de flores, en una esquina de la plaza, abrió su colorido abanico en medio de la acritud meteorológica. La tienda mayorista levantó persianas. El café, que precedía la entrada al Shopping, invitaba a sumergirse en una sensual calidez con sabor a café con leche. En la otra esquina, el puesto de revistas, y el canillita gritando a viva voz, amonestaron el abstracto silencio que se impuso frente a la celeridad existencial. El tránsito pesado y horrísono destruyó el ensalmo que mantenía con su deflagración interior. Tal vez, salir esa mañana buscando la forma que le facilitara desaparecer, y evitar la contienda que iniciaba con la vida, no fue del todo desatinado. Se puso de pie, cerró lo más que pudo la gabardina y volvió sobre sus pasos. Se detuvo un instante frente al puesto de revistas. Sonrió con un sentimiento inédito, desconocido ¿Le agradaba leer? Sí. ¿Qué hacía durante todo el día? Leer. Lo demás le aburría en extremo. Luego de la operación, lo más probable es que lo jubilaran por incapacidad. La idea de un puesto de revistas consiguió horadar en su interior el estímulo que necesitaba frente a un destino inevitable; eso si le perdonaban la vida y salía indemne del quirófano ¿Por qué no? El hombre lo dijo, ahora lo captaba. Su máxima oportunidad era la vida, no la muerte. Adela no le quitó los ojos de encima mientras se movía de un lado para el otro tratando de ordenar el desquicio que dejaron los chicos luego de la merienda. En la mañana, Manuel había regresado de su caminata con una aureola de luz que se dilataba en cada uno de sus gestos y de sus palabras. Había almorzado con avidez y luego durmió una siesta corta, aseverando que no debía restarle tiempo a la oportunidad de vivir. Al levantarse, desempolvó una Enciclopedia de Historia Universal y se enfrascó en la lectura mientras que ella le alcanzaba los mates sagrados de la tarde. Qué esencia le templó la sangre para aceptar la operación con ese marcado optimismo, Adela no quería saberlo por temor a deslizar algún comentario inadecuado que deshiciera la certeza. Se colgaría de su ánimo renovado, y nada más. El reloj de pared marcó las siete de la tarde con una floja campanada, lo que alertó a la mujer y la llevó a encender la televisión. Su programa favorito ya había comenzado. Sus carcajadas fueron más intensas que de costumbre; sobradamente nerviosas. Manuel, que estaba en la sala tratando de concentrarse, salía de la lectura cada vez que ella pegaba saltos en la silla, emocionada, seguramente por alguna escena pueril. Minutos después, contrario a lo que su imaginación suponía, la risa se convirtió en un llanto desigual, casi un murmullo de rabia y de tristeza. Asustado, acudió a la cocina de inmediato. Él, el extraño conocido, estaba allí ocupando toda la pantalla del televisor, con el rostro sereno y la profundidad de sus ojos tristes. La voz hueca del locutor anunciaba su designio: —Como último recurso para salvar la Fundación en peligro, el doctor René Favaloro atravesó su corazón con un disparo.
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NUEVA VIDA
Ana Unhold – Argentina
Tabatinga, 2 de enero de 2006.
Teresinha:
Después de tantos meses de silencio, finalmente he decidido escribirte.
Recibí todas y cada una de tus cartas, y por el tono de irritación creciente, imagino tu enojo frente a mi prolongado e inexplicable silencio.No me resultaba fácil exponer tantos aspectos de una misma cuestión en una sola hoja de papel. Trataré de hacerlo por el bien de los dos. Así quedamos en paz.
Recordarás que mi nombramiento como Ingeniero Jefe de la Petrolera, para la zona norte del país, fue muy oportuno. Después de quince años, tediosos por cierto, nuestro matrimonio languidecía. Tu reiterada negativa a darme un hijo, era uno de los motivos. Si seguíamos juntos era en parte por conveniencia económica, y el resto, social. Siempre estuviste muy preocupada por el “qué dirán!, y tu reputación en Bahía, seguramente se hubiera visto afectada si te divorciabas. El pertenecer a una familia tradicional, siempre te ha condicionado para actuar con prejuicios frente a muchas situaciones.
Fue así que, tal como estaba nuestra relación, hace exactamente un año viajé solo a instalarme en esta región fronteriza de Brasil con Colombia y Perú, a orillas de ese gigante que es el río Amazonas.
Por vez primera, en mis cuarenta y tres años, tuve conciencia de mi pequeñez, de ser apenas un minúsculo eslabón en la cadena de la vida. Desde el primer viaje en una lancha con motor fuera de borda, sobre las aguas color café, perdí esa sensación de incertidumbre que me acompañara desde que dejé la ciudad;mi arrogancia quedó ahogada en las aguas del río y tuve la certeza de cuán insignificantes somos frente a tanta belleza.
Este lugar, olvidado por muchos desde las grandes capitales, impresiona como otras poblaciones de frontera, pero tiene sus peculiaridades.
Por ejemplo, el clima tan caluroso. Aquí, donde estoy ahora, Tabatinga (Brasil), cruzando una calle, Leticia (Colombia). Muy cerca, Perú.
Rápidamente pude interiorizarme de las características propias del lugar, de la autonomía que ostentan los hombres y mujeres, al sentirse dueños y señores de esa franja particular de terreno que es una frontera. Van y vienen libremente, estudian, se enamoran, se casan, comercian, trafican, lejos de las ciudades cabeceras de sus respectivos países. Tienen leyes propias que los rigen, se entremezclan, respetan lo que eligen, con una decisión incuestionable.
Aquí es donde estoy. Pasaron pocos días de mi arribo y enfermé. Contraje una de las enfermedades tropicales que exigen mucho tiempo y paciencia para su curación, siempre que sobrevivas. Sabes lo obstinado que soy; por ello me negué a ser vacunado antes de viajar. Por la misma razón me negué a ser internado en el hospital.
¡Siempre estoy probando hasta dónde soy fuerte!Me quedé en una de las comunidades originarias. Algo dentro de mí, me indicaba que ése era el camino correcto. No me arrepiento. El chamán de la comunidad , hizo todo lo que estaba su alcance para mi curación:limpiezas energéticas quemando plantas amazónicas, infusiones y ceremonias invocando a sus ancestros.
Afiebrado, durante no sé cuántos días, me debatí entre el delirio y la conciencia. En mis alucinaciones se mezclaban , como una rápida sucesión de fotografías, imágenes del pasado, alternando con coloridos flashes de la selva y el río. En uno de aquellos accesos sentí que caía desde una cascada; al incorporarme de un salto en mi cama de palmas, una mano fresca me sujetó: era Humarí, la joven hija del chamán, quien, como pude saber, había pasado días y noches refrescando mi frente y mis labios, evitando así que muriera deshidratado.
Esta dulce indígena, ha sido mi inseparable compañera. Sentada a los pies de su padre, acompañó mi convalescencia.Con simples palabras me fue explicando el origen del mundo,según sus creencias, y otras valiosas enseñanzas, que fueron abriendo ventanas hacia mundos impensados,hasta hoy, para mí.
Cuando fui mejorando, me llevaron a conocer lugares de ensueño: islas de micos, lagos de aguas negras ,por suspensión de carbón, donde danzan delfines rosados y grises. Yo dudé, hasta que lo ví y me maravilló. He alcanzado la serenidad necesaria como para pasar horas contemplando la naturaleza. Mi espíritu se solaza en la vista de las enormes hojas de la Victoria Regia, flotando mansamente sobre las aguas. Ahora comprendo cuáles han sido las fuentes de inspiración de Vasconcelos y Jorge Amado, que tanto nos gustaba leer en nuestras vacaciones en la playa.
Teresinha, a estas alturas, te parecerá que es un desconocido quien escribe esta carta. Estás en lo cierto. De aquel ansioso ingeniero, preocupado solamente por hacer dinero y comprar cosas, ya no queda más que el nombre. Puedo asegurarte que esa parte de mí, murió hace ya un año. Hoy si me vieras, encontrarías a un hombre feliz, de barbas rojizas, dedicado a la pintura, viviendo en una cabaña de troncos con techo de paja, a orillas del río Amazonas. Paso mis días observando miles de aves, despertando con los sonidos de la selva al amanecer, y soñando con los millones de grillos por la noche. Disfruto de la densa quietud de los días calurosos y de la bendita lluvia que moja la tierra;de comer dorados y pirarucúes, de tomar guaraná y marearme, de vez en cuando, con unas cuantas caipirinhas.
Como habrás comprendido, no volveré a la ciudad. Esta es mi nueva vida.
Espero que puedas perdonar, si con esta decisión, te causo algún dolor. Que seas lo más dichosa que puedas.
Con afecto, Joao Gilberto.
PD: Ayer Humarí me comunicó que está embarazada. Seré padre.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-07-27 17:24:462026-07-27 17:24:47CUENTOS Y RELATOS – JULIO
AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.
Nota:El contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes. Queda prohibida la reproducción total o parcial sin autorización expresa de su autor.
Hay caminos que parecen elegidos por nosotros… y otros que nos eligen sin avisar.
COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Elspeth Gormley – España
Antonio Morelos-México
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
María Rosa Rzepka – Argentina
EL DESTINO NO ES UN MISTERIO: ES UNA CONSECUENCIA
Maren Alberdi – España
Hay días que no anuncian nada. Días que empiezan como siempre: el café, la luz, la rutina que se repite sin preguntarte si sigues siendo la misma persona que ayer. Pero el destino no trabaja con señales grandiosas. El destino trabaja con microcambios: una duda que aparece, una incomodidad que no sabes nombrar, una pregunta que no se va.
La mayoría de la gente cree que el destino es algo que llega desde afuera, como una carta que alguien deja en el buzón. Pero no. El destino se fabrica dentro, en silencio, mientras tú haces tu vida sin darte cuenta.
A veces se manifiesta en un gesto mínimo: una frase que te descoloca, una persona que te mira distinto, una decisión que parecía insignificante y termina moviendo una pieza que llevaba años quieta.
Ese día, mientras la ciudad seguía su ritmo, alguien —cualquiera de nosotros— sintió que algo estaba fuera de lugar. No era el mundo. Era él. Era su mirada. Era su forma de interpretar lo que siempre había visto igual.
En mitad de la mañana, sin ruido, sin urgencia, llegó esa sensación que no se puede explicar: una claridad que no ilumina, pero ordena; una certeza que no grita, pero pesa; una verdad que no cambia la vida, pero cambia la dirección.
No hubo milagros. No hubo epifanías. No hubo revelaciones.
Solo un instante. Un instante en el que uno se reconoce, en el que deja de mentirse, en el que entiende que el destino no es algo que “llega”, sino algo que se revela cuando uno está preparado para verlo.
Al final del día, nada parece haber cambiado. Las calles siguen siendo las mismas, la gente también, la rutina igual. Pero dentro… no. Dentro, algo se ha movido. Y ese movimiento —pequeño, íntimo, casi invisible— es suficiente para alterar un pensamiento, una decisión, un camino entero.
El destino, al final, no es magia. Es coherencia. Es el momento en que lo que sientes, lo que piensas y lo que haces dejan de pelear entre sí. Es el instante en que la vida deja de empujarte y tú empiezas a caminar hacia donde siempre supiste que tenías que ir.
COMPAÑERO INSEPARABLE
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Esa linea recta permanente e ineludible que nos rige y lleva por el único carril asignado de origen, semejante a carretera en desierto, línea de la que a veces da miedo mencionar, guarda la peculiaridad de ser única en cada uno de nosotros. Sesgos imperceptibles podremos tener en nuestro deambular, tropiezos y errores cometer, lo mismo que aciertos, pero la singularidad que tengamos es como una huella digital, fotografia de rostro que nos identifica en y ante el mundo.
Hoy que los años me atosigan con su din don permanente, reviso con frecuencia ese significado infalible y objetivo; destino, compañero infalible y rotundo: despliegas tus manecillas precisas para dictar cada segundo de mi ruta e invitas a que la mirada esté fija en lo que sigue, sin darme chance a reflexionar en el mañana, su cercanía kilómetros que como el horizonte se atraviesan frente a mi fruncido seño.
Compañero inseparable, destino (a veces amigo, otras no tanto) nunca accedas a que la trivialidad y el desconcierto me atosiguen en el turbulento discurrir de la época actual, dame la fuerza para no perderme, levantarme y seguir como acostumbras: impávido, insensible y rotundo, a fin de cuentas estás en tu papel, eres el gran protagonista en la tierra, en el agua y en el aire, aunque Dios es el único facultado para decidir cuando y de qué manera iremos .
EL DESTINO Y SUS FORMAS
Elspeth Gormley – España
El destino nunca se presenta como una línea recta. Tiene curvas, desvíos, silencios, mareas que suben y bajan sin avisar. Es una suma de decisiones que tomamos sin saber que eran importantes, encuentros que parecían casuales,pérdidas que nos rompieron,intuiciones que nos salvaron, y pequeñas señales que solo comprendemos cuando miramos hacia atrás.
Hay quien dice que todo está escrito. Hay quien asegura que lo escribimos nosotros.Yo creo que el destino es una conversación: la vida propone, y nosotros respondemos. A veces con valentía,a veces con miedo, a veces sin entender nada.
El destino llega de muchas formas. A veces es una persona que aparece justo cuando la necesitamos. A veces es una oportunidad mínima que, sin saberlo, cambia el rumbo. A veces es un viaje, un paisaje nuevo, un olor, una palabra que nos despierta. A veces es simplemente un instante: ese segundo en el que algo dentro de nosotros dice “sí” o dice “no”.
El destino no es un misterio. Es movimiento. Es avanzar, retroceder, detenerse, volver a empezar.
Es la manera en que elegimos, renunciamos, perdonamos, seguimos. Es la forma en que la vida nos toca… y la forma en que respondemos.
Y cuando lo transformamos en escritura, cuando lo dejamos en papel para que no se pierda, el destino se vuelve claro: se revela, se ordena, se ilumina. Como si las palabras encendieran una luz sobre aquello que antes solo era sombra.
Porque al final, el destino no es un lugar. Es la manera en que caminamos hacia nosotros mismos.
EN EL DESTINO
Antonio Morelos- México
La conceptualización que se ha hecho del vocablo Destino, tomándolo como la estructura inmanente de la figura construida, como algo inevitable en la existencia del hombre, es bastante amplia y muy variada, aplicable en todos los niveles sociales: tanto en política como en religión, laborales, educativos y otros. Pero ¿el destino es algo construido con anticipación por alguien, para que tú llegues y tomes el que más te guste o el que te imponen? ¿O tú lo tienes que elaborar y cargarlo para siempre? ¿O se te entrega como una herencia?
Por lo que yo considero, es bien difícil aceptar una de esas opciones, porque para ser hombre no basta solo con serlo por nacimiento. No. Un hombre es por lo que crea y hace; es decir, es lo que él se proyecta ser. Por lo que él no es más que su proyecto. Un hombre es el resultado de sus actos: se hace al elegir su moral; es la relación que tiene con su compromiso real.
El destino, filosóficamente, es el determinismo y la predestinación. Religiosamente, se dice que el futuro es guiado directamente o escrito por un poder superior; es una fuerza sobrenatural e inevitable que rige la vida humana, que es predestinación y no azar.
En la Biblia lo marcan como un propósito divino apoyado en el libre albedrío, pero que no es azar. Con base en todo esto, considero, que el vocablo destino, igual que suerte, pecado, purgatorio, gloria, infierno, así como diablo, son vocablos abstractos y que en realidad solo son eso, pero no existen
¿EXISTE EL DESTINO?
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
El concepto de destino se refiere a una fuerza sobrenatural que es inevitable y no se puede eludir. Según muchas creencias, este impulso dirige la vida humana hacia un fin necesario y que ya está determinado. Esto se opone a la noción de libre albedrío o libertad. Determinadas personas defienden que el destino está escrito desde nuestro nacimiento, como si cada individuo llegara al mundo en forma inevitable y ya definido. Otras argumentan, en contrario, que el ser humano construye y moldea su propia trayectoria a medida que avanza en la vida.
Albert Einstein no solo dejó un legado imborrable en el campo de la física, sino que también compartió reflexiones profundas sobre diversos aspectos de la existencia humana. Entre los temas que atrajeron su curiosidad se encuentra el destino, y una de sus citas revela su pensamiento: «Un hombre se identifica gradualmente con la forma de su destino. Un hombre es, a la larga, sus propias circunstancias». Esta perspectiva también abre la puerta a la reflexión sobre la capacidad humana para aprender, adaptarse y evolucionar a lo largo del tiempo. Si somos, en última instancia, el resultado de nuestras circunstancias, también transformamos esas situaciones a través de las elecciones y esfuerzos conscientes.
En esencia, la afirmación de Einstein implica que nuestros sucesos, lejos de ser meros eventos externos, desempeñan un papel crucial en la formación del destino. La interacción constante entre nuestras acciones, decisiones y las situaciones que enfrentamos contribuye a la creación de la senda que recorremos en la vida. Este enfoque sostiene que no somos meros espectadores pasivos, sino que participamos activamente en su creación y desarrollo.
No solo la ciencia y la filosofía nos dan la pauta para creer esto. En la literatura podemos citar al poeta Amado Nervo, que nos dice: «… yo fui el arquitecto de mi propio destino». Hasta Borges, nos enuncia su pensamiento, en El jardín de los senderos que se bifurcan, primera parte de Ficciones, donde aparece el memorable relato La biblioteca de Babel, una historia sobre la eternidad y el infinito. Existen múltiples visiones respecto al origen del destino: viene con nosotros al nacer como que se construye a través de las particulares decisiones.
En última instancia, parece depender de cada uno de nosotros; porque somos los protagonistas de la historia propia. Es un aspecto misterioso de nuestras vidas, y aunque no sabemos con certeza si ya está escrito o si lo forjamos con cada elección, sigue siendo un tema apasionante y abierto a interpretación. ¿Creemos que ya todo está escrito?, ¿existe un destino fijado de antemano?, ¿somos los seres humanos quienes con personales decisiones moldeamos nuestras vidas? Arduo debate.
DESTINO DE GÁRGOLA
Maria Rosa Rzepka – Argentina
Siempre soñó con ocupar un lugar en el frente de ese templo, digno ejemplo de arquitectura gótica. Lucirse cerca del inmenso rosetón que corona la punta del arco de entrada. Que todas las miradas se posen en su silueta. Por cierto mucho más vivaz que las de esas esculturas tiesas y apiñadas que miran desde sus almas de piedra desgastadas en los arcos del portal. No tienen más remedio que presenciar la entrada y salida de los fieles y visitantes del templo desde su seriedad sin espaldas.
En cambio a ella le tocó un espacio secundario en el vértice donde se encuentran el sur y el oeste. Son pocos los que caminan esos rumbos por los fondos del templo, a no ser los vagabundos o los que viven de la caridad, cuando al finalizar cada jornada se dirigen allí para ordenar sus tesoros o las migajas conseguidas. El cielo es igual de azul, es verdad, y la vista se pierde en esa villa de campaña con sus casitas plantadas aquí y allá. Desde su ubicación parecen gotas de color salpicadas sobre un manto de colinas. Todo está previsto. Invierno, primavera, verano y otoño se suceden con sus propias variantes. Los que a poco eran chicuelos ensayando su puntería con piedras arrojadas a escondidas, ya son hombres. Los que cargaban bultos trajinando de un lado a otro, ya descansan en el camposanto, allí a pocos metros del templo. Los arbotantes conservan su rigidez esquelética a pesar de las lluvias, el sol y los vientos. El musgo se ensaña con los espacios menos expuestos a la luz y el calor, vistiéndolos con una alfombra verde oscuro. Y ella desde su puesto pareciera ignorarlo todo, pero no. Permanece atenta a las variaciones que se suceden desde hace unos trescientos y pico de años.
Ha visto pasar la vida de varias generaciones. Ha sido testigo de la industrialización, de los cambios de la moda, de las hambrunas y las pestes que dejaron un tendal de muertos y huérfanos de padres y de hijos. Pero nada se compara con esos ruidos lejanos que van acercándose cada vez más hasta hacer vibrar las campanas aunque no sea horario para llamar al ángelus. Pronto sabrá que son los soldados, los aliados como se los denomina a esa comunión de seres que muertos de miedo se esconden en las trincheras.
Entre los aldeanos algunos festejan su llegada y otros la ven como una pizca más del horror. La virtud de las esposas sucumbe, ya por piedad, por placer o por violencia. Ella, la gárgola es testigo mudo. Pero toma nota del momento histórico y de la histeria. Desde su inquebrantable posición de piedra comprende que también los hombres están hechos de piedra, aunque tal vez nunca se den cuenta.
https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-07-27 17:23:522026-08-04 18:49:01RELATOS SOBRE EL DESTINO- JULIO
Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.
“En cada microrrelato cabe un mundo: una chispa, un silencio y una verdad.”
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✦ COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Lorenzo Uterga – España
Alfredo Sánchez Plana – España
Elspeth Gormley – España
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Sarah Petrone – Argentina
María Guillermina Sánchez Magariños – Argentina
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VACACIONES
Maren Alberdi – España
Las vacaciones empezaron el día que dejé de correr. No cuando hice la maleta, ni cuando llegué al destino, sino cuando entendí que necesitaba un descanso de mí misma.
Me senté frente al mar sin expectativas, como quien se sienta frente a un viejo amigo. El agua me habló en su idioma antiguo, y yo, por primera vez en meses, escuché.
No viajé lejos. Viajé hondo. Y descubrí que el verdadero descanso no está en cambiar de lugar, sino en volver a habitarse.
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GUARDIA
Lorenzo Uterga – España
El médico salió del quirófano con las manos temblando. Había salvado una vida, pero nadie lo vio. Nadie vio que llevaba catorce horas de pie, que no había cenado, que su espalda ardía. Solo vieron el resultado: un corazón que volvía a latir. Él sonrió, cansado. En el pasillo, una madre le tomó la mano. —Gracias, doctor. Y en ese instante entendió que, aunque el mundo no lo note, hay batallas que solo ellos ganan en silencio.
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EL RUIDO
Alfredo Sánchez Plana – España
La guerra terminó, dijeron. Pero cada noche, en el cuarto oscuro, el soldado seguía escuchando explosiones que ya no existían. Su hijo le preguntó por qué dormía con los zapatos puestos. Él no respondió. Solo miró la ventana, esperando un ataque que nunca llegaría. La guerra había acabado afuera. Dentro de él, no.
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VERANO
Elspeth Gormley – España
El verano llegó con su insolencia habitual: luz que entra sin llamar, calor que desordena, tiempo que se estira como un gato al sol.
Las tardes olían a fruta madura y a promesas que nadie se atrevía a decir en voz alta. Yo caminaba despacio, como si cada sombra fuera un recuerdo y cada rayo una posibilidad.
El verano no me pidió nada, solo que me dejara llevar. Y yo, por una vez, obedecí. Porque hay estaciones que no se viven: se rinden.
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FANTASMAS BUCANEROS
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
El vino, áspero y fuerte, Corre por las gargantas resecas. No hay paz en esos hombres.
No despiertan ningún anhelo.
Sus almas solo poseen dolor, miedo, sinrazón. Detrás de esa imagen eternizada, Soplan los vientos del infierno.
Son los viejos fantasmas bucaneros, Que quieren encontrar la paz que nunca hallarán.
Esa puerta abierta y delicada, Que les permita redimirse Ante los ojos de sus propios dioses.
Desdichados fantasmas filibusteros, Sólo piensan en ellos mismos.
Sus sufrimientos eternos. Los vuelven cada vez más inalcanzables. El vino, áspero y fuerte, Sigue corriendo por esas gargantas resecas.
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INDECISIÓN
Sarah Petrone – Argentina
Está bien, reconozco que fue culpa mía. -Pensó.Yo fui quién se creyó lo del billete premiado y vi la oportunidad de vengarme del hipócrita de mi jefe.Ya sé que fui y le conté a su esposa sobre nuestra relación, y además… le rompí los expedientes de todo un año de trabajo…
Pasado mañana vence la hipoteca que él me pagaba. No sé qué hacer. ¿Me aceptará una disculpa si se la doy?
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BASURA
María Guillermina Sánchez Magariños – Argentina
Estaban ahí, gastados por el tiempo. Desechados como a los viejos cuando molestan. ¿Quién se llevaría semejante porquería? Remendados, sucios, malolientes. Solo una persona reparó en ellos. Llevaba un atado de ropa al hombro y venía descalzo.
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https://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.png00le-administradorhttps://letrashispanasporelmundo.com/wp-content/uploads/2015/07/logo-web.pngle-administrador2026-06-30 22:34:192026-07-03 11:12:23MICRORRELATOS – JUNIO
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