POESÍA – JULIO

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Poemas-julio

Aquí, la poesía encuentra su casa.

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COLABORADORES

Maren Alberdi – España
Sandra Edith Aguíñiga – México
Pablo Antonio Alvarado Moya – Nicaragua
Magi Balsells – España
Inés Blanco (Luna de abril) – Colombia
Libia Beatriz Carciofetti – Argentina
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Santiago García Vega – México
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Jaime Hoyos Forero – Colombia
Lamberto Ibárez Solís – México
Carlos Jaramillo Diego – México
Andrea Kiperman – Argentina
Liliana Lorán – Argentina
Marga Mangione – Argentina
Nuri Montenegro – Ecuador
Antonio Morelos – México
José Luis Moreno – México
Sarah Petrone – Argentina
Jesús Hildebrando Rodríguez Sánchez – Venezuela
Elvira Sastre – España
Yanni Tugores – Uruguay

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CUANDO ARDE LO QUE SOMOS
Maren Alberdi – España

Arde el monte
y no es solo fuego:
es la tierra diciendo basta.

El humo sube
como un rezo que nadie escucha,
como un grito que se pierde
entre la prisa de los hombres.

Los pájaros huyen,
las raíces tiemblan,
la luz se vuelve roja
como si el cielo sangrara.

Y yo, frente a las llamas,
siento que algo mío también se quema:
la memoria,
la infancia,
el futuro.

Cada incendio es una herida del mundo
y también nuestra.
Que el fuego nos despierte.
Que la tierra nos perdone.

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DOLOR QUE DUELE
Sandra Edith Aguíñiga – México

Dolor que cala en los huesos.
Dolor que quita el aliento, que oprime, que no deja respirar.
Dolor que enfría y entumece hasta el temblor.
Dolor que aturde, que no deja oír.
Dolor roca milenaria que resiste mis fuerzas.
Dolor que como nubarrón me ensombrece y no me deja ver bien.
Dolor que enferma haciendo metástasis en todo mi ser.
Dolor que eclipsa la alegría y convoca la tristeza.
Dolor que tumba y me impide levantar.
Dolor que aprisiona y despoja.

Dolor que duele; ¡ya déjame, ya doliste bastante, ya tuviste tu tiempo, vete;
ya no duelas así; no arrebates pedazos del alma!
¡Cómo dueles, dolor!

¡Basta! Hoy te reemplazo por amor.
Ese que da calor cuando hay frío; el que enciende la luz en la oscuridad;
que oxigena el alma cuando falta el aliento; aquel que escucha, sana, esclarece
y devuelve la alegría.
Amor que no hiere: libera.
Amor que ama: entra, ven a confortar mi alma, lléname de ti.

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EXTRAÑÁNDOTE Pablo Antonio Alvarado Moya – Nicaragua

Lástima que hoy no estés conmigo

Miro el reloj y son las siete

escribo estos versos y te pienso cinco minutos

miro la luna (extraño tus abrazos)

luego una estrella, y son tus besos

Estiro los brazos (claman por ti).

Lástima que no estés hoy conmigo

Miro el reloj y son las ocho

¿Qué estaríamos haciendo ahora?

Quizás estaría perdido en tu dulce mirada

Escalando tus cordilleras

Mientras nuestros cuerpos comparten su calor…

Lástima que hoy no estés conmigo

Miro el reloj y son las nueve

Podríamos cerrar los ojos (imaginar que estamos juntos)

Y al volver al frío entorno de esta noche, tendríamos:

Yo, el vital líquido de tus labios

Tú, los versos del poeta.

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COMO FUE
Magi Balsells – España

Te vi, me enamoré al momento.
Te seguí con pasos cautelosos,
así viendo siempre tu encanto;
mis pensamientos fueron amorosos.

No osé, no me atreví a decirte nada;
las palabras en mí no fluían.
Me hubiese gustado decirte “amada”,
mis labios cerrados no se atrevían.

De golpe tu bella persona se ocultó.
Lo decidí: en tu puerta me quedaba.
La larga espera me emocionó;
en ese momento supe que ya te amaba.

Largo tiempo después saliste de una vez.
Me miraste, me sonreíste, me cautivó.
Pausadamente me acerqué a ti sin doblez;
tus manos me tendiste, eso me enamoró.

Desde entonces hombre muy feliz soy;
de tu lado no me quiero nunca apartar.
Contigo, donde sea, siempre voy,
así en todo momento te puedo amar.

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DE LA TIERRA Y LAS PALABRAS
Inés Blanco (Luna de abril) – Colombia

Ojos milenarios
que desde adentro
todo lo vigilan.

Raíces crecidas
en el surco de las manos…
hojas y frutos de la tierra.

La sed de las piedras
se sacia en los ríos;
aleteo, espejos de agua.

Humo en las ojeras
de la noche ciega,
parpadeo de luciérnagas.

Danza de palmeras
adormece la tarde,
huye solitario un cangrejo.

Dolor y silencio en la boca
de los árboles talados…
lloro de aves desterradas.

En el vientre de mí misma
se gestaron las palabras
abonadas con mi sangre.

La música les llegó del aire,
venían cantando primaveras
desde el primer aliento.

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A VECES LAS NUBES Libia Beatriz Carciofetti – Argentina

A veces las nubes
también lloran sangre.
Cuando ven a la tierra
detenerse en su andar.
Cuando ven que se talan
indiscriminadamente sus bosques,
sin haber una ley que
los pueda amparar.

La desidia abolida,
lo que firman los hombres
y se mira hacia otro lado
al momento de actuar.

A veces las nubes
también lloran sangre.
Y la atmósfera se convierte
en un vapor letal
que inhibe los sentidos
y arremete a la raza,
convirtiendo al ser humano
en una marioneta de sal.

El agujero de ozono, diametralmente,
se expande, y pronto ha de estallar.
Y nosotros, mutantes incapacitados,
habremos caído en una trampa mortal.

Las nubes, a veces,
también lloran sangre.
Pues ya no saben de qué manera exclamar
que se tome conciencia y no contaminemos
esta tierra que se hizo para disfrutar.

Necesitamos nubes blancas,
con texturas de espuma,
con apariencia a jazmines
perfumados de azahar.
Que se acaricien entre ellas,
se besen, se abracen,
para que así puedan derramar
lágrimas limpias, sin contaminantes,
que aparenten figuras
talladas de cristal.

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DESPUÉS DE LA LLUVIA
Enrique Fredy Díaz Castro – México

Su música es un arrullo
que despierta los sentidos,
como aliviante suspiro
que se pierde entre murmullos.

Ver al cielo encapotado,
los cerros reverdeciendo,
y el sol que se va perdiendo
sobre aquel manto nublado

Se torna gratificante
mientras se escuchan los truenos,
señal de un período ameno
con la lluvia refrescante.

Por las calles los riachuelos
indican que allá en la sierra
bien mojada está la tierra
con la bendición del cielo.

Nos empapa la alegría,
el aire huele a riqueza,
con la divina proeza
de refrescarnos el día.

Las avecillas callaron
cubriéndose en la floresta,
en medio de aroma y fiesta
que sus trinos resguardaron.

¡Que ya mojé mis zapatos,
mi pantalón y camisa!
¡No importa, deja tus prisas,
ya te secarás al rato!

Después de la lluvia siente
cómo tu espíritu canta,
el ánimo se agiganta
con lo fresco del ambiente.

Las plazas y los jardines
recobran el señorío,
como el torrente los ríos,
y el perfume los jazmines.

Gracias por el temporal,
¡oh Señor del universo!,
por el potencial inmenso
en el naciente maizal.

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¿QUÉ HE VISTO EN TU MIRADA?
Santiago García Vega – México

Quizá una introspectiva reflexión,
ecos y rescoldos de justificados reproches,
tal vez frutos amargos tragados a la fuerza
que resurgen en suculentos almibarados.

Deja de tocar las llamaradas purgatorias,
pisa descalza las brasas que trascienden,
gritan y trascienden hasta tu mero centro.
¡Adelante! Lucha por ti, por tu razón de ser.

Mejor una sonrisa, una mirada de valor
a la pared que permanece aletargada
en silencios relativos, en callados monosílabos
que resuenen en constantes ilusiones postergadas.

Miradas que depuran en balanzas por la vida,
miradas que precisan, miradas que valoran
aquellas experiencias de dolor desacordadas,
frías, calculadoras y por tanto un poco hostiles.

Siente el oasis de tus ojos aceituna,
flor de arena en polvorientas dunas,
en resolanas diurnas y gélidos diamantes nocturnales.
¡Oh princesa de tan lejanos jardines babilónicos!
¿Cómo has merecido investiduras tales?

Al amanecer esa tristeza reirá, se irá,
esa amargura gritará al saberse casi sola,
arrastrada por el viento cual semilla vulnerable
incrustada en la roca inaccesible,
alta, sujeta a los verdes musgos,
valiente espora que nada la detiene.

Desecha cada coraje, desafortunada vida,
afloja resentimientos que separan tu cintura.
Que la luz de la alborada sea brisa, sea mañana.
Grítalo a lo cercas, susúrralo a lo alto.

Siente, olorosa flor, la resina y su frescura,
el logro de haber llegado,
la palmada de la cima ante la escarpada cuesta.
Sonríe, radiante peineta de blancas flores.
Suspira, inflama de gratitud al amor de tus amores.

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ALGUNA VEZ, TENDRÉ QUE HACERLO
Carlos González Saavedra – Argentina

Alguna vez, tendré que hacerlo
para mirar la vida desde adentro,
para danzar libre en el universo,
encontrarme con los seres queridos
que no he visto por un tiempo.

Alguna vez, tendré que hacerlo.
Siempre he comenzado
nuevo y renovado,
con los ojos abiertos,
con las manos desatadas
y el pecho al descubierto.

Alguna vez, tendré que hacerlo
cuando lo disponga el dueño
del universo.
Soltaré mi traje,
guardar é recuerdos,
llevaré enseñanzas,
me llenaré de sueños.

Alguna vez, tendré que hacerlo
cuando me mande un guiño
el creador,
cuando sienta que este
es el momento,
y tendré herederos,
y estaré entre las estrellas
esperando ser llamado de nuevo.

Por ahora, sigo en movimiento,
apreciando la magia de la vida,
oliendo las flores,
disfrutando los soles de invierno,
las nostálgicas hojas del otoño,
el verano, la naturaleza,
los buenos momentos,
la copa de vino,
los amores intensos,
las manos entrelazadas,
los abrazos eternos.

Por ahora, ni loco suelto mi cuerpo.
Tengo tanto para disfrutar
que no tengo tiempo.
Ni quiero saberlo.

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LA LUZ DE MIS LETRAS
Elspeth Gormley – España

No nací del silencio,
sino del temblor que deja el viento
cuando acaricia lo que ama.

Mi voz no grita,
pero deja cicatrices dulces
en quien se atreve a escucharla.

Soy la brisa que no pide permiso,
pero entra por las rendijas del alma.

He amado sin ruido,
como el mar que besa la costa
sin romperla,
pero la transforma.

He llorado sin romperme,
como quien sabe
que la sal también es medicina
y que hay lágrimas que limpian
sin que nadie las vea.

Mi memoria es un jardín sin rejas,
donde crecen las voces
que el mundo quiso callar.

Soy raíz y vuelo,
puerto y tormenta,
abrazo y despedida.

Escribo porque el mundo
me eligió para decir lo que calla.
Y en cada verso,
hay un latido azul
que aún no sabe callarse.

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LAS DICHAS DEL AMOR

Jaime Hoyos Forero – Colombia

“Yo soy el que en los labios guarda sabor de uvas.

Racimos refregados. Mordeduras bermejas.

Yo soy el que en la hora del amor te desea”.

(Pablo Neruda)

Todas las dichas del amor están

En tu cálido cuerpo, diluidas.

En mis labios de tierra florecieron tus besos

Y en mis dedos quedaron guedejas de tu pelo.

Yo soy el que en la noche despierta tus instintos.

Tu ser es el jardín de asombro de mis ojos,

flor roja cuyos pétalos deshojaron mis manos

y dejaron en ellas sus aromas de Oriente.

Y ahora rompe mis cercos;

tus brazos de querube, conviértelos en alas;

pon a volar en ellas tu corazón inmenso.

Libera de tu pecho los deseos contenidos.

Da rienda a tus secretos, revélame tus sueños.

Me gustas como eres: la mujer más auténtica,

la que todo lo puede por el hombre que ama.

La del verso sin métrica rebosante de esencias,

la de la ardiente estrofa cargada de metáforas.

La que le canta al hombre con fuego de palabras,

con poemas que llevan la marca de tus besos,

y en donde cada sílaba quema como una brasa.

Ámame más si puedes:

Mírame ciegamente porque soy el que te ama.

Yo soy el que en la noche levanta tus dos brazos

y te siembra caricias y te riega de besos

y brinda por tu vida con seco vino puro

en las copas talladas de tus bruñidos senos.

Y no ceses de amarme porque la vida es corta,

y solamente amando se puede entrar al cielo.

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MIS PRIMERAS CANAS

Lamberto Ibárez Solís – México

Son regalos de la vida

y productos de los años;

ya voy bajando peldaños

de lo que fue la subida.

Mis sienes están teñidas;

están brotando las canas,

mis tardes no son tan vanas,

ni mis mañanas vacías;

muchos motivos había

para vivirlos con ganas.

Mis canas son el producto

de mis años ya cumplidos,

de mis momentos vividos,

de mi vejez el reducto.

De mi experiencia el conducto

y dar razón del camino;

pues incierto es el destino

que nos depara el vivir

que amargo es el sufrir

cuando fallamos sin tino.

Mis canas vienen poblando

mi otrora cabello negro

que me convierten en suegro

por si me andan buscando.

Dios me vino regalando

tres hermosas mujercitas,

les juro; son tan bonitas

que una ya me hizo abuelo

con un nieto de mi vuelo

que viene de buena “pita”.

Noticias de mi vejez;

ya se va mi juventud

y pasar a la quietud;

vivir la calma tal vez.

Que me da mi madurez

con el cambio de los años;

viviendo los desengaños

que nos ofrece la vida;

jugaremos la partida;

aunque nos haga más daño.

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INDIFERENCIA
Carlos Jaramillo Diego – México

Cuán pequeño es este mundo,
lo comprobé en esta tarde;
me encuentro tan sorprendido,
pues nunca pensé encontrarte.

Pero hoy caminabas hacia mí,
y es que ha pasado tanto tiempo
que en tu rostro descubrí
huellas de sufrimiento.

Una mirada sin brillo
perdida entre tus sienes,
teñida de blancos hilos
que el tiempo jamás detiene.

Me sorprendió que perdieras
esa altivez y arrogancia,
de la cual te envanecieras
con un aire de importancia.

Y así, nos cruzamos en la acera
que atestiguó tus palabras
de aquel juego de quimeras
con que ayer me perturbabas.

Tú cruzaste indiferente,
pero nunca me perdiste;
yo vi que sufrías consciente
por lo que nunca quisiste.

Con el dolor en la frente
fingiste como ayer día,
mas tu corazón latiente
del pecho se te salía.

Yo me olvidé del encuentro,
pues el tiempo es medicina;
eso me ha enseñado el crono:
que el tiempo cura y olvida.

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VIEJOS AMORES Andrea Kiperman – Argentina

A veces se extrañan viejos amores.

A veces el recuerdo abraza la melancolía

de lo que pudo haber sido.

Aromas, lugares, recuerdos, viajes, personas,

caricias, sonrisas, abrazos y besos.

A veces nos extrañamos a nosotros allí.

A veces extrañamos a la familia,

a los momentos de celebración,

envueltos en vino o burbujas.

A veces extrañamos esos ojos negros,

tan compañeros, tan amables.

Simplemente, a veces extrañamos a viejos amores,

con tantos momentos vividos, con tanta vida juntos,

con tantos sueños que no fueron, tanto camino transitado,

tantos besos dados, de todo lo que pudo haber sido y no fue.

A veces se extraña todo, y nos extrañamos a nosotros allí.

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SUBLIME INSPIRACIÓN AGRADECIDA Liliana Lorán – Argentina – En memoria

Sublime inspiración, bendita esencia,

acude por favor pues te convoco

con humildad casi piadosamente,

para que ordenes con gracia y armonía

las ideas que deambulan por mi mente,

los recuerdos y vivencias que a porfía

buscan un lugar en mis palabras

que las ayuden a llegar hasta mi gente.

Necesito de tu ardiente compañía,

necesito tu susurro confidente,

la fuerza con que a mi oído le confías

los vocablos justos, el tono inminente

con que tus versos llenos de recodos

escondan, con cadencia permanente,

los conceptos, los reclamos, los elogios,

la energía, o la ternura simplemente…

Contigo he cantado desde siempre

a las cosas que pueblan mi memoria,

recordando mi infancia bienhadada,

mi adolescencia, mi juventud, la trayectoria

que he tratado de dar a mi existencia,

colmada de vivencias que han marcado

cada día y minuto de mi historia

con pautas que mis mayores me han legado.

Ahora que en la vida ya he andado

más de la mitad de mi camino,

descubro que he vencido con esfuerzo

la timidez que tanto me ha impedido

llegar a mi entorno como ahora,

para que sepan al menos que he vivido,

poniendo toda mi alma de mujer

en todos los roles que he cumplido.

Dos padres me dio Dios de maravilla,

abuelos de oro, tíos y primos amorosos,

un hijo que es mi orgullo y regocijo,

una nieta que es la niña de mis ojos,

una nuera que es la hija de mi alma,

un hombre que me ama y es mi esposo,

mi sobrina, mi ahijado y un hijo del corazón,

tres joyas y además amigos muy valiosos.

Dios es testigo que puse lo mejor de mí,

a lo largo de los años,

para poder entregar lo que esperaban

aquellos que a mi lado caminaron.

No sé si faltaron mis sonrisas,

no sé si sobraron mis regaños,

solo sé que El Altísimo ha sido generoso

rodeando con amor todos mis pasos.

Y es bueno y honroso agradecer

todo lo que me ha sido concedido.

No sé si tanta cosecha la he sembrado,

no sé si todo lo ganado es merecido,

más bien es un regalo bondadoso

de aquellos que comparten mi destino,

a través de quienes recibí el ciento por uno

que el Señor nos tiene prometido.

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GLORIOSO TANGO ARGENTINO
Marga Mangione – Argentina

Tango dulce melodía
que en el alma se arrincona,
con gemido de bordona
y quejas de bandoneón.

Primera y dulce canción
que mi vieja me cantara,
en noches de luna clara
o de oscura cerrazón.

Tango, traviesa pirueta,
que nace desde la entraña,
y que a los pies acompaña
haciendo al cuerpo vibrar.

Hombre y mujer al bailar,
de dos seres hacen uno,
pues de ese abrazo ninguno
puede consciente escapar.

Tango que nació en la esquina,
bajo un farol orillero,
conquistando al barrio entero
en noches de serenata.

Se lo bailó en alpargata,
después llegó a los salones,
conquistando corazones,
vistiendo traje y corbata.

Tango, viejo compañero
de mis horas desoladas,
en oscuras madrugadas
fuiste luz en mi camino.

Siempre alerta te imagino
para tenderme la mano;
vos sos mi guía y mi hermano,
¡glorioso tango argentino!

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EL ECO DEL VIENTO
Nuri Montenegro – Ecuador

Dibujamos mapas sobre la arena,
creyendo descifrar el rumbo de las mareas
con el orgullo de quien domina el horizonte.
Pero el mar no pide permiso:
llega con su ola más fría,
borra la huella del camino
y se lleva, en un susurro,
el pilar de tu templo.

Quedas suspendido en el vacío,
las manos vacías, el mapa roto,
descubriendo la fragilidad de tus muros.
Y justo ahí, en el centro del naufragio,
donde la lógica ya no tiene voz,
hallas un faro que no buscabas.

Una mirada ajena a las cartas de navegación,
un latido que sintoniza con el tuyo,
devolviendo el calor a las cenizas.
Caen los viejos cimientos
y te descubres, al fin, vulnerable y libre.

Comprendes entonces que el destino
no es el puerto que elegiste,
sino la corriente que te arrastra y te salva.
Puedes resistirte con todas tus fuerzas,
pero la vida, sabia y persistente,
siempre encuentra la grieta perfecta
para llevarte a donde de verdad perteneces.

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NECEDAD Antonio Morelos – México

No es crítica destructiva,

ni tampoco es lisonjera,

no le hablo mal a la vida,

ni apapacho al que muera ,

pero el necio sin medida

es por necio, fácil presa.

La necedad de los vivos

es un fracaso anunciado,

se mueren y no han vivido,

lloran sin haber llorado,

culpando no haber podido

hallar lo que no han buscado.

El necio culpa sin ver,

culpar sin haber culpable,

más la culpa puede ser

del que culpa y él lo sabe,

pero por necio también

la culpa en él tiene parte.

El necio solo por serlo

culpa sin tener razón,

no busca causa, ni duelo,

solo necedad en acción,

siendo culpar su consuelo

y la necedad, su honor.

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TE AMO José Luis Moreno – México

Las flores me contaron que suspiras…

Te imagino… ¿no sabes que te quiero?

Las estrellas dijeron que me llamas

y me escondo admirando así sus brillos…

Al cielo has murmurado así mi nombre…

Lo he escuchado y me siento conmovido.

El ángel de tu guarda me ha mirado

y a susurros le he dicho que te amaba,

que nací, de ti estando enamorado.

Las flores que suspiros me trajeron,

con el brillo de estrellas cuando llamas;

Con murmullos los cielos me dijeron,

que a tu ángel le dijiste que me amas.

Y te amo así renazca en muchas vidas.

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LAS LUCES
Sarah Petrone – Argentina

Se están apagando las luces
que encendían en mis ojos
los faroles que ponían
tintes de color a todo.

Las grietas que se han zurcido
alrededor, no son pocas;
las he cosido con hilos
invisibles, y se han roto.

Pedazos del alma mía
buscan por los entornos
los muchos que se han perdido
detrás de sueños remotos.

Se están apagando las luces,
se están marchitando las flores;
mi tiempo, tal vez vencido,
está por cambiar de forma.

Replicó en el tintineo
de los brindis y las copas
el deseo de seguirte
sin dudas tras mi despojo.

Vertiendo por las vertientes,
mi vida busca el arroyo
donde serena decida
el rumbo que a todos toca.

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CONMIGO Jesús Hildebrando Rodríguez Sánchez – Venezuela

Desde que tú estás conmigo,

ha cambiado el firmamento

y más dichoso me siento

porque estoy bajo tu abrigo;

en secreto te lo digo

que voy de la dicha en pos

para que escuches mi voz

susurrándote el oído

que yo nunca había tenido

una bella como vos.

Viajo con mis alegrías

como el viento en el planeta

y esa dicha se respeta

en las noches y en los días,

escuchando melodías

y extasiado en lo solaz

por la dicha que me das

con tu actuación cariñosa

tan atenta y tan preciosa,

porque eres buena y capaz.

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LA SUERTE DE QUE TODO SIGA EN SU SITIO Elvira Sastre – España

Tus arrugas:

las toco y pienso en todos esos campos

que asaltamos de jóvenes,

que allanamos sin vergüenza

y con pasión.

Tus arrugas:

las toco y veo ahora

montañas llenas de ríos

e historias,

hechas con árboles ya viejos

que nadie entiende que resumen el paisaje.

Tu cuerpo:

lo toco y creo en el deseo

del tiempo,

en los sueños de las noches de insomnio.

Tu cuerpo:

lo toco y lo recorro de memoria y recuerdo

lo absoluto del amor,

el milagro de conocerte e invadirte

con la paz que da

alcanzar el hogar,

la maravillosa suerte de que todo siga en su sitio.

Tu silencio:

lo toco y me parece joven,

tus veinte años devueltos a un gemido entrecortado.

Tu silencio:

lo toco y lo traduzco en otro idioma

que se antoja lejano pero sigue ahí,

hablándonos,

recordando la chispa que enciende el juego,

el trozo de madera que lo aviva.

Te toco,

Y entro en ti,

con el nervio de una guerra

que ya ha terminado

pero en la que aún resuenan los disparos.

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BAJO EL SUSURRO DEL SILENCIO
Yanni Tugores – Uruguay

MUJER

He nacido mujer
y de una mujer he nacido,
y a su vez ella de otra y de otra.
Dios me ha dado el don de parir,
alimentar y cuidar.
Batallo, corriendo de acá para allá.
Soy virtuosa, cínica, alegre, triste,
encantadora y perversa.
Puedo ser todo a la vez.
Me doy tiempo para amar y odiar,
planchar y bailar.

Tengo mareada a la vida,
pues en mí
corre el espíritu de abuela
y de niña a la vez.
Pero aún necesito abrazos,
te amo, te extraño,
pues jamás pasan de moda.

Los jóvenes nos olvidan.
Alguna vez los protegimos,
los amamos, los cuidamos.
Soy una mujer,
pero tengo fecha de vencimiento.
Caducaré, me extinguiré sin dejar huella.
Quedaré esparcida por el aire,
por la tierra o por el mar.
Quizás bajo la mirada de aquel
que un día se fue
y no miró hacia atrás.

De las mujeres que fui
solo queda esta que soy:
la aprendiz de poeta,
la amiga leal, la compañera.
Soy mujer, madre,
esposa y compañera.
Y le doy gracias a Dios
con mis sienes que blanquean,
con este cuerpo cansado,
que me permite ser así:
una mujer fuerte,
una mujer guerrera.

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ARTÍCULOS – JULIO

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: El contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes. Queda prohibida la reproducción total o parcial sin autorización expresa de su autor.

Articulos

Cada artículo es una llave que abre un pensamiento.

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COLABORADORES

Maren Alberdi – España

Najat El Hachimi – España

Enrique Fredy Díaz Castro – México

Elspeth Gormley – España

Jaime Hoyos – Colombia

Ángel Medina – España

Juan José Millás – España

Marta Peirano-España

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MOROS Y CRISTIANOS DONDE LA HISTORIA AÚN RESPIRA

Maren Alberdi – España

En estas tierras nuestras, donde el Mediterráneo se abre como un libro antiguo, la historia no duerme: se representa, se canta, se desfila, se revive. Las fiestas de Moros y Cristianos —en Alcoy, en Villajoyosa, en Orihuela y en tantos pueblos que guardan memoria— son mucho más que un espectáculo: son identidad, legado y emoción.

Pero para entender su fuerza, hay que volver atrás. A mediados del siglo XIII, en un tiempo de fronteras cambiantes y tensiones constantes, Alcoy vivió un episodio que marcaría para siempre su historia. En 1276, la ciudad resistió el ataque de las tropas del caudillo musulmán Al‑Azraq, figura clave en la resistencia mudéjar. La tradición cuenta que, en el momento más crítico, se produjo una intervención milagrosa que inclinó la victoria hacia el bando cristiano. Desde entonces, Alcoy recuerda aquel día no como guerra, sino como memoria, identidad y agradecimiento.

Con el paso de los siglos, otras localidades del Mediterráneo adoptaron sus propias representaciones, cada una con su estilo, su música, sus comparsas y su manera de contar la historia. Lo que nació como una conmemoración se transformó en una celebración cultural, donde la devoción se mezcla con el espectáculo y la memoria con el orgullo de pertenencia.

En Villajoyosa, el mar se convierte en escenario. El desembarco moro —único en el mundo— hace que la playa entera contenga el aliento mientras las tropas llegan por agua, como si el tiempo retrocediera y la historia volviera a escribirse sobre la arena. Es imposible no emocionarse: el Mediterráneo también participa.

En Orihuela, la entrada de Moros y Cristianos es pura elegancia. Filàs y comparsas avanzan como si fueran páginas vivas de un manuscrito medieval. La música, los colores, los trajes bordados… todo parece decir: “Esto somos. Esto fuimos. Esto seguimos siendo.”

Y no es casualidad que estas celebraciones tengan el reconocimiento de Fiestas de Interés Turístico Internacional. Porque aquí, en nuestra tierra, la historia no se conserva en vitrinas: se interpreta, se celebra y se comparte.

Quien las vive, lo sabe. Quien las ve por primera vez, queda marcado. Quien las escucha, entiende que no son solo fiestas: son memoria, orgullo y cultura.

Y quizá convenga recordarlo, compi… que lo que tenemos aquí, tan cerca, tan nuestro, es algo que muchos en el mundo querrían tener: una historia que aún camina por las calles.

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UNA NIÑA EN LA FINAL DEL MUNDIAL
Najat El Hachimi

Que el mundo haya decidido obviar el significado machista del velo no hace inofensiva la prenda.

No estaba contenta ni nada, la niña, cogida de la mano del capitán de la selección española, desfilando hacia el centro del campo. La alegría en su rostro contrastaba con la tela lila que le cubría la cabeza y el cuello, esa prenda emblema de la misoginia islámica que se impone para que las mujeres sepamos cuál es nuestro lugar en el mundo, para que interioricemos que la simple presencia de nuestros cuerpos en el espacio público supone un problema, un conflicto, un desafío al orden patriarcal. Religiosos más o menos tradicionales, rigoristas o fanáticos, todos dicen que vamos desnudas si dejamos nuestro pelo al descubierto. Y la desnudez provoca a los hombres. Pobrecitos ellos, tienen tan poco control sobre sus instintos que a nosotras no nos queda otra que tomar medidas para ahorrarles la incomodidad de la excitación provocada por esas fibras peligrosas que brotan de nuestro cuero cabelludo como serpientes de Medusa. Así se marca la diferencia sexual que no existe porque hombres y mujeres tenemos pelo en la cabeza.

Que el mundo haya decidido obviar el significado machista del velo no hace inofensiva la prenda. Más bien todo lo contrario, su carga simbólica es de una violencia insoportable para cualquiera que crea en los derechos humanos y en el respeto a la dignidad de las mujeres. El hiyab es tan degradante como los grilletes de los esclavos; pero hay que respetarlo porque representa la diversidad. ¿Qué diversidad tolerable es esa forma de marcar a fuego a las mujeres, de envolverlas en la bandera del sometimiento al orden teocrático internacional?

Claro que la niña no sabe de eso, del mismo modo que las que son disfrazadas de mujercitas hipersexuales no entienden que se las está moldeando para que se acostumbren a ser lo que los hombres han decidido que sean. Antes las musulmanas se ponían el velo al casarse, después al llegar a la pubertad y ahora les es impuesto a edades cada vez más tempranas para que se acostumbren, porque nadie nace con la vocación de borrar esa parte de su identidad individual. Podrían raparnos al cero como los nazis, pero prefieren taparnos y que solo el marido pueda acceder a ese exclusivo privilegio. Dirán que es identidad y habrá quien se habrá alegrado de ver a la niña velada entrando en el estadio. O les da igual que se sexualice de ese modo a una cría ante la mirada de millones de personas. Es su cultura, su religión, hay que respetarla. Será que los niños, con su pelo libre, no tienen nada de eso. Aunque, ¿Qué podemos esperar de la FIFA y esa fratría misógina que ostenta el poder en el mundo del fútbol?

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NO SE VENDE

Enrique Fredy Díaz Castro – México

¡México, país hospitalario y celoso de su origen!

¡México, mi patria bendecida y orgullosa de su pueblo y su cultura!

Tú que me viste nacer sobre un petate y bajo humilde techo,  no tienes porqué abrigar a sionistas genocidas y cobardes, no tienes porqué sucumbir al encanto de aventureros facciosos y criminales.

Tu soberanía es tan grande y tu riqueza inagotable que sin medir un ápice de cinismo, hay quienes no cabiendo en su patria, recurren a volverse facinerosos, mercenarios al servicio del mejor postor para invadir territorio de buenos.

No permitamos que sicarios israelitas

quieran apoderarse del agua que un gobierno vendepatria les pretende entregar.

No permitamos que su discreto plan anexionista intente siquiera convertirnos en colonia israelí.

México es de los mexicanos y no se vende ni debemos debemos permitir que  intenten hipotecar su noble y portentosa soberanía al extranjero.

México es grande, libre e independiente.

¡Simple y llanamente, defendámoslo!

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EL PODER DE LA PALABRA
Elspeth Gormley – España

La palabra tiene un poder inmenso. Todo lo que sale de nuestra boca pesa, deja huella y transforma. Lo más pequeño, aquello que parece insignificante, puede herir profundamente; y una sola frase puede iluminar un día entero. Las palabras validan emociones, sostienen alegrías, pero también pueden atacar el punto más frágil de quien las recibe. Todos recordamos alguna frase que nos rompió y otra que nos salvó.

La palabra es nuestro puente más usado para comunicarnos, y también el más peligroso. Sirve para nombrar la belleza, la amistad, la solidaridad, para hablar del amor y del agradecimiento. ¿Y qué sería del amor sin las palabras? ¿Qué sería de la vida sin esa capacidad de decir lo que sentimos, de expresar lo que nos conmueve, de reconocer lo que nos une?

Sin embargo, la palabra también miente, manipula y hiere. Se utiliza para insultar, discriminar o falsear la realidad. Es triste que una riqueza tan grande se emplee para destruir. La palabra puede ser poesía, creación, vida, alimento para el alma, luz, abrazo… pero también puede ser grito, sombra y arma.

Cada día hay voces que intentan imponerse elevando el tono, justificando ataques, creyendo que su mensaje les da permiso para herir. La responsabilidad es nuestra. Elegir si usamos la palabra para construir o para destruir depende únicamente de nosotros. Practicarlo —o censurarlo— también.

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EL ESPAÑOL – LENGUA UNIVERSAL

Jaime Hoyos – Colombia

José Santos Chocano (1875-1934), peruano, al hablar de nuestra madre —la lengua castellana, de la que todos somos hijos— creó el poema “Seno de reina”, que dice:

Era una reina hispana.
No sé ni quién sería,
ni cuál su egregio nombre,
ni cómo su linaje:
sé apenas la elegancia
con que de su carruaje
saltó, al oír a un niño
que en un rincón gemía.

Y dijo: “¿Por qué llora?”
La tarde estaba fría
y el niño estaba hambriento.
La reina abrióse el traje
y le dio el seno blanco
por entre el blanco encaje,
como lo hubiese hecho
Santa Isabel de Hungría.

Es gloria de la estirpe
la que le dio su pecho
a aquel hambriento niño
que acaso sentiría
más tarde un misterioso
dinástico derecho;
y es gloria de la estirpe,
porque ese amor fecundo
con que la reina al niño
le dio su seno un día,
¡fue el mismo con que España
le dio su seno a un mundo!


Pues bien: sin ella, sin España, no existiría nuestro idioma, y tal vez ninguno de nosotros. La lengua castellana es hija del latín de Cicerón y, no tan poco, del mozárabe (como ajedrez o almohada), del euskera o vascuence, del indigenismo americano y de la mutua influencia de los idiomas actuales más usados. La lengua castellana es la forma de entendernos, de amarnos, de descubrir lo que era inescrutable, de idear el futuro y conocer el pasado, de dirigirnos a Dios y a los hombres.

En el año 2010, la ONU oficializó a nivel mundial seis idiomas: el árabe, el chino, el ruso, el francés, el inglés y el español. Así que estos seis idiomas parecen ser los más importantes a nivel universal, de un total de más de siete mil que se hablan actualmente, aunque cerca de la mitad está desapareciendo. La Real Academia de la Lengua, fundada en 1713, ha sido siempre fundamental para el buen manejo del idioma y actualmente se mantiene muy al día en información idiomática. Gracias a la Real Academia, el español se mantiene sobre bases sólidas.

En 1977, el texto en español más viejo que se conocía era el Códice 60, una anotación al margen escrita por un monje benedictino en el monasterio de San Millán de la Cogolla, fechada en el año 977. Mil años después, el rey Juan Carlos declaró al monasterio “Cuna de la lengua”, y la placa conmemorativa dice: “En recuerdo de las glosas emilianenses, primer testigo de la lengua española”.

Pero después se hallaron testigos más antiguos: el Códice 46 (año 964), la “Nodicia de kesos” (año 852) y el más antiguo de todos, los “Cartularios de Valpuesta”, año 804. Así que recordemos siempre el 804 como el primer texto escrito en lengua castellana.

A finales del siglo X y XI se escribieron los primeros poemas del Mester de juglaría, y en el XIII los del Mester de clerecía, iniciados por Gonzalo de Berceo, padre de todos los poetas de habla hispana. En español se inventó el romance, y en el siglo XVI nació la novela castellana con Miguel de Cervantes Saavedra.

No olvidaremos nunca a don Quijote, que murió en el capítulo 74 de la segunda parte. Pero el triunfo de Cervantes fue lograr la resurrección de don Quijote en nuestros corazones. Don Quijote nos acompaña siempre, igual que un ángel de la guarda. No os extrañéis si me veáis moviendo los labios: estoy dialogando con él; y si levanto la vista, es porque mi invisible amigo va cabalgando a Rocinante.

El Quijote no es una comedia de aventuras: es una tragedia. La tragedia de los locos sublimes de todas las razas y tiempos. Más que el Día del Idioma, hoy celebramos un año más de la muerte del hombre que dio vida al ser inmortal de la lengua castellana: don Quijote.

Rubén Darío le compuso unas bellas letanías, donde le dice:

“Ora por nosotros, señor de los tristes,
que de fuerza alientas y de ensueños vistes,
coronado de áureo yermo de ilusión
que nadie ha podido vencer todavía,
por la adarga al brazo, toda fantasía,
y la lanza en ristre, toda corazón.”

Si don Quijote hubiera sido humano, sería hermoso colocar su imagen en los altares, completando un trío de santos:
San Francisco de Asís.
San Pablo de Tarso.
San Quijote de la Mancha.

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¿HOY O MAÑANA…?      

Ángel Medina – España

Quién no recuerda la elegante belleza de una Deneuve? ¿Qué decir de la exuberancia exótica de la Loren? ¿Cómo definir la beldad concupiscente expresada en la mirada de la Gardner?  ¿Dónde situar la finesse encantadorade la muñequita Bardot? ¿Acaso no es para entrecortarse el suspiro al contemplar la lindeza de la Lollo?

Mas, ¡ay!, todo eso pertenece al ayer. Basta con entrar en el navegador, escribir un nombre y añadir:” Antes y ahora”. Y al conjuro se desvanece la primera imagen para ser suplantada por la actual. Donde todo era atracción, encanto y finura, por arte de birlibirloque, contrariamente al espejito mágico de la malvada reina de Blancanieves, se ha transformado en decadencia. La hermosura de la flor se ha marchitado. (Que no toque nadie a rebato machista, pues esto dicho a modo de ejemplo vale para todos y cada uno de los mortales). Es más, si queremos personalizar, tomemos una fotografíaretrospectiva en la que nos encontrábamos junto a un grupo de amigos, compañeros de trabajo o familiares. De inmediato resuena en nuestra testa aquello de: fulanito ya no está; menganito, tampoco, zutanito se nos fue anteayer mismo. Y siguiendo el dedo cual puntero hemos de admitir que son ya muchos los que dejaron este valle de lágrimas. Mas, de repente nos invade la duda: ¿Y yo…? Punto y final de la meditación. Eso, mejor lo dejamos para mañana.

Tempus fugit. Cierto, porque el tiempovuela.

Hay un refrán que hunde sus raíces en la palabra “procrastinar”, del latín procrastinare (pro―adelante― crastinus―mañana) Esto es: retrasar algo. Lo que se refuta en el proverbio “No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy”.

No se trata de caer en los extremos. No se nos insta a estar de continuo pensando en la adversidad que ha de sobrevenir al paso del tiempo y que no puede evitarse, como se aproximaría al perfil estoico. Tampoco el reverso de la moneda, cuál sería el epicureísmo, pensando que la vida toda no tiene más afán que el del placer. Más bien, de lo que se trata es de tomar conciencia de lo que es la vida y adónde nos lleva; aunque eso, probablemente acarrearía algún cambio de actitud, algo que posiblemente podría incomodarnos. Sacarnos de una rutina a la que nos hemos acomodado. Y es sabido que el hombre una vez dentro de su propio laberinto, a pesar de la estrechez tiene más miedo en salir de él que en permanecer. Tal vez pensando que vale más lo malo conocido que lo bueno por conocer, lo que implicaría, quizá a dar la vuelta al caparazón de cómo se vive para vivir cómo se piensa. Metanoia.

Sin embargo, es costumbre arraigada en nuestro hoy eso de la gandulería de la mente. A este propósito, conviene recordar lo que decía un poeta contemporáneo: “Si el diablo quiere perseverar en la tentación del hombre, habrá de modificar la jerarquía de sus seducciones, y en consecuencia alterar el orden de los llamados “pecados capitales”, de modo que el último, la pereza, se convierta en el más prioritario. Porque, si la pereza de antes consistía en la astenia para realizar cualquier actividad mundana, la que padece el hombre actual es la de relajar su espíritu, hasta el punto de perder el conocimiento de sí mismo, lo que le lleva a desinteresarse por su proyección final.

Decía Hamlet aquello de “morir, dormir, tal vez soñar…” Y nuestro Calderón lo de “la vida es sueño”. Lo malo no es soñar― vislumbrar lo mejor por acontecer― sino dormir la realidad y mecerse sin control en el filo de la navaja de la existencia, anestesiando el pensamiento, como si así pudiéramos ignorarla. ¿Acaso no es el hombre también tiempo?

Ciertamente, pensar en el fin encoje el ánimo, pues el hombre está hecho para la vida. Y ello supone vivirse sin fin. Esa es la voz que vibra en el interior de cada uno. ¡Vivir, sí! Siempre vivir. Pero, por más que se pueda mirar hacia otra parte, somos conscientes―  aún sin pararnos a pensarlo― que convive en nosotros una eterna compañera de viaje que espera siempre pacientemente: como una amante o como un sayón. Eso depende de nosotros.

La aceptación requiere madurar. Ese instinto de existir sin terminarse necesita de una esperanza, si bien esa certidumbre confiada precisa edificarse en la mente. Es como la casa levantada sobre rocas, que podrá resistir las embestidas del temporal, en tanto que la construida sin solidez acabará cayendo. Sería oportuno reflexionar ¿puede levantarse una casa sin cimientos? O lo que es lo mismo: ¿en la soledad de la última hora, tendrá el hombre firmeza para soportar la infinita levedad de su ser?

La altiva razón no entiende sino aquello que domina. Y, siendo el hombre raciocinio y también sensibilidad habrá de dialogarse sin violentarla, lo cual exige tiempo. No se puede dejar la esperanza para el último momento, cuando llega la desconexión que pasa entre la vida sensible y el misterio inefable que se abre ante él. ¿Un “viaje” hacia la nada?

¿O tal vez…?

Quizá eso es lo que debería meditarse. Hoy mejor que mañana.

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MEJOR PIDAN DISCULPAS

Juan José Millás – España

Comprendo a los hinchas argentinos que, entre estupefactos y airados, gritaban ante las cámaras de la tele que España les habia robado el partido. A mí, ya lo he denunciado en otras ocasiones, vienen robándome el Nobel de Física desde hace años. En cuanto al de Literatura, me lo quitaron de manera simbólica al negárselo a Virginia Woolf, Borges, Kafka, Tólstoi, Joyce, Proust, etcétera. Es una basura, no lo quiero. Aspiro además a obtener premios que no merezca porque los que merezco son todos una mierda. En Amadeus, la película de Milos Forman, me identifiqué con el reflexivo y sensato Salieri, a quien Dios, inexplicablemente, negó el talento musical que regaló al idiota de Mozart. A dónde vamos a parar.

Al ganar ese Mundial, que España estaba destinada a perder, se le hizo un feo insoportable a Leo Messi, pobre, que se jubilaba ese día aciago. Hasta el inmortal Maradona, que consiguió en vida una bula para meter goles con la mano, debió de revolverse en su tumba al ver esa jugada tan sucia del destino encarnada en las malas artes españolas. No me interesa el fútbol, pero me preocupan los delirios nacionalistas y los desórdenes geoestratégicos que puede suscitar. Ustedes, Pedro Sánchez y Felipe VI, sigan provocando al eje Milei-Trump (al que, por cierto, le birlaron también el Nobel de la Paz), y en una de esas toman el palacio de la Zarzuela y secuestran al Rey como secuestraron a Maduro. Mejor pidan disculpas.

Me llamó la atención, por cierto, la habilidad diabólica del árbitro para fingir que iba con Argentina, cuando no dejó de favorecer a España. ¡Qué prodigio de maldad, de disimulo, de perfidia! Imposible sospechar de un sujeto con esas artes, a menos que seas un perspicaz hincha argentino. Ahora solo cabe esperar que Trump ordene a Infantino, que cambie el resultado, como le ordenó destruir aquella tarjeta roja, y se haga al fin justicia. Así descansaremos aquí también, porque tanta celebración agota.

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UNA CABAÑA EN EL BOSQUE

Marta Peirano-España

Mi Ítaca es una casa azul en lo alto de una pequeña colina donde mi abuela da de comer a sus gallinas, atiende un huerto y vigila una empanada de xoubas en su horno de leña, frotándose las manos y limpiándoselas con el mandil. Está cercada por muros de piedra tapizados de musgo de los que salen las lagartijas y racimos de dedaleras púrpuras llenas de pecas. Detrás de los muros hay fincas de berza, maíz y patata. Más abajo está la iglesia donde están enterrados mis muertos, con un cruceiro y una fuente por la que baja agua limpia y fría de manantial.

Si subes al tejado puedes ver que en todas direcciones irradian suaves colinas onduladas cubiertas de pasto, alternadas aquí y allí por bosques de roble y castaño, pino y eucalipto, asfaltados de brezo, xestas y toxos. Cuando subes por uno de sus caminos enmarcados de zarzamora puedes encontrarte zorros, jabalíes y tejones, petirrojos, mirlos y busardos y, a partir de la noche de Todos los Santos, el milano real. Los jueves llega la pesca con su carga de jurel, merluza y rodaballo; los lunes llega el panadero con sus bollas, empanadas y, si hay fiestas, roscón.

Desde niña he soñado con pasar los últimos años de mi vida en esa casa. Es el paraíso de mi infancia; mi Walden, mi Tinker Creek, mi Blackwater Pond. Y el otro día, mientras trataba de entender qué aportan los modelos y de la IA a nuestra habilidad de combatir los incendios, me di cuenta de que nunca llegaré a mi cabaña del bosque. Que mi Ítaca desaparecerá con la crisis climática antes de que yo llegue allí.

Ojalá me equivoque, pero no lo creo. Este es mi argumento: hay cámaras de IA con visión de múltiples espectros, capaces de vigilar el bosque de día y de noche, capaces de detectar humo o fuego de forma inmediata y avisar a los servicios de emergencia para decirles qué forma tiene y dónde está. Hay drones autónomos con cámaras térmicas capaces de peinar áreas afectadas y ayudar a los operadores a verificar focos sin poner en riesgo la vida de los bomberos. Hay satélites, sistemas de comunicación capaces de resistir un fallo eléctrico, un humo intenso y el calor. Estamos mejor equipados que nunca. Los forestales están mejor formados que nunca, todo el mundo cuenta con más información. Pero la tecnología no nos salva. Ahora y para siempre, nos salvan los demás.

Quién salvará una casa en mitad de un monte que arde, cuando no hay voluntad política ni para tomar las medidas más asequibles que ya sabemos que funcionan para que el incendio no exista en primer lugar. Si ahora los incendios ya son inevitables y, una vez ocurren, ya no se pueden parar, quién querrá asegurar una vivienda dentro de 10 años en un país que nadie salvará de las llamas. Cuántos vecinos le quedarán a mi aldea cuando sea tan arriesgado vivir cerca del bosque como hacerlo a la orilla del mar.

Dice Cavafis que Ítaca no es tanto un lugar sino la visión que nos da sentido a nuestra vida. Qué sentido nos deja el fuego a los que nunca soñamos con yates, joyas, conquistas intergalácticas y proyectos de dominación mundial. Sólo ese viaje misántropo pero digno hacia el lugar amado, pequeño y discreto, donde solo hay árboles, libros, animales y rocas.

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CRÓNICAS Y ENSAYOS – JULIO

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Cronicas

Las crónicas nacen donde la vida se detiene a pensar.

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COLABORAN

Maren Alberdi – España

Miriam Alberganti – Argentina

Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos

Elspeth Gormley – España

Gustavo Páez Escobar – Colombia

Beatriz Villacañas – Españ

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DESDE LA LADERA DEL BAZTÁN

Maren Alberdi España

Sentada en la ladera, puedo ver todos los pueblecitos del Valle de Baztán como si fueran semillas antiguas esparcidas por una mano divina. Aquí, en esta tierra húmeda y profunda, nada es solo paisaje: todo es mito, memoria, susurro, presencia. El Baztán no tiene una sola leyenda: es un territorio donde la mitología vasca respira como si fuera parte del aire, del musgo, del agua que corre entre piedras.

En estas montañas, el bosque no está solo. Nunca lo está.

Aquí vive el Basajaun, el Señor del Bosque, gigante corpulento cubierto de vello espeso, con una cabellera que le llega hasta las rodillas y un pie humano y otro de pezuña redonda. Cuando el viento cambia, cuando los lobos rondan, cuando la tormenta se acerca, él grita. Y sus gritos no son amenaza: son aviso, son protección, son la voz antigua que cuida del ganado y de los hombres que aún creen en la montaña.

Dicen que fue él quien enseñó a los humanos a trabajar el hierro, a cultivar el trigo, a entender la tierra. El primer herrero. El primer agricultor. El primer maestro. El primer guardián.

Y si el bosque tiene dueño, el agua también.

En los arroyos limpios, en las cuevas húmedas, en los saltos de agua escondidos, viven las lamias, esas criaturas hermosas y extrañas que peinan sus cabellos rubios con peines de oro. Mitad mujer, mitad animal. Mitad belleza, mitad misterio.

En la Cascada de Xorroxín —un salto de agua de cuatro metros donde nace el río Baztán— la poza profunda se llama Lamiputzu, el pozo de las lamias. Y allí, cuenta la tradición, una lamia se enamoró de un pastor. Lo amó con la fuerza de las aguas que nunca se detienen. Pero él la rechazó. Y su tristeza fue tan grande que su llanto creó un caudal eterno que aún hoy alimenta la magia de ese rincón.

Dicen que si te acercas en silencio, puedes escuchar el rumor de su pena mezclado con el agua. Dicen que si miras bien, entre la espuma aparece un destello dorado: el peine que nunca dejó de usar.

Yo, sentada en esta ladera, siento que el Baztán no es solo un valle. Es un territorio donde la realidad y la leyenda se dan la mano sin pelear. Donde el bosque tiene dueño. Donde el agua tiene alma. Donde las montañas guardan secretos que no necesitan explicación.

Y mientras el viento me roza la cara, pienso que quizá por eso este valle me llama desde siempre: porque aquí la mujer que soy se encuentra con la niña que fui, y ambas entienden que hay lugares donde la vida no se cuenta… se recuerda.

“En algunos lugares la mitología no es cuento: es la forma que tiene la tierra de hablar.”

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CÓMO NACIÓ Y EVOLUCIONÓ EL CASTELLANO

Miriam Alberganti – Argentina

El castellano —o español— es una lengua nacida del encuentro, la mezcla y la transformación. Su origen se remonta al latín vulgar que los romanos llevaron a la península ibérica, pero su desarrollo posterior es el resultado de siglos de convivencia entre pueblos muy distintos: íberos, celtas, romanos, visigodos, árabes, judíos y, más tarde, las culturas indígenas de América. Hoy es una de las lenguas más habladas del planeta y continúa expandiéndose y cambiando.
1. El origen: del latín a las primeras formas del castellano

Cuando Roma conquistó la península ibérica, el latín vulgar se impuso como lengua administrativa y cotidiana. Ese latín se mezcló con las lenguas prerromanas —íbero, celtíbero, tartesio y el euskera, que aún perdura— y dio lugar a las primeras variedades romances.

Tras la caída del Imperio romano, los visigodos aportaron algunos términos y estructuras, y más tarde, la llegada de los árabes dejó una huella profunda en el vocabulario, la ciencia, la agricultura y la vida cotidiana. Palabras como acequia, almohada, azúcar, ojalá o albahaca son herencia directa de esa convivencia.

El castellano, por tanto, no nació de todas las culturas por igual, pero sí se enriqueció con aportes sucesivos que lo hicieron más complejo y diverso.

2. La expansión hacia América

En el siglo XVI, el castellano cruzó el océano. Los colonizadores llevaron consigo una variedad del español con fuerte influencia andaluza, ya que muchos procedían del sur de España.

En América, el castellano se transformó aún más: incorporó palabras indígenas como canoa, cacique, maíz, hule, chocolate, aguacate o tomate, y convivió con lenguas como el náhuatl, el quechua, el guaraní y el mapudungún.

Hoy, el español de América es tan legítimo como el peninsular, y juntos forman una lengua viva, plural y en constante movimiento.

3. Una lengua que sigue creciendo

El castellano continúa evolucionando gracias a:

  • la migración
  • los medios de comunicación
  • la ciencia y la tecnología
  • la globalización

De ahí provienen italianismos como piano o soneto, galicismos como garaje o pantalón, y anglicismos como fútbol, vagón o champú. También han surgido neologismos como internet, ciberespacio, globalización o desburocratizar.

Hoy el español es:

  • la segunda lengua materna más hablada del mundo,
  • una de las más estudiadas en Europa,
  • y el segundo idioma más usado en Estados Unidos.
4. La literatura medieval: juglares y clérigos

En la Edad Media, el castellano comenzó a tomar forma literaria.

Mester de juglaría

Los juglares del siglo XII transmitían oralmente historias de héroes y gestas. Su obra más emblemática es el Poema de Mío Cid, donde la figura histórica de Rodrigo Díaz de Vivar se convierte en un héroe legendario.

Mester de clerecía

En los siglos XIII y XIV, los clérigos comenzaron a escribir en lengua romance para enseñar y difundir conocimientos. Sus textos eran cultos, en verso y con intención didáctica. Entre sus autores destacan Gonzalo de Berceo y Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita.

5. Alfonso X: el rey que hizo del castellano una lengua de cultura

Alfonso X el Sabio (1221–1284) impulsó un proyecto cultural sin precedentes. Reunió en su corte a cristianos, musulmanes y judíos, y creó escuelas de traductores que llevaron al castellano obras fundamentales: la Biblia, el Corán, el Talmud, textos científicos, históricos y jurídicos.

Bajo su mandato se escribieron:

  • las Cantigas de Santa María (en gallego),
  • el Fuero Real,
  • la Primera Crónica General,
  • la General Estoria,
  • y los Libros del saber de Astronomía, con las célebres Tablas Alfonsíes.

Gracias a él, el castellano dejó de ser solo lengua hablada y se convirtió en lengua de ciencia, historia y derecho.

Conclusión

El castellano no es solo un idioma: es una historia viva. Una lengua que nació del latín, se enriqueció con culturas diversas, cruzó océanos, se mezcló con pueblos indígenas y hoy sigue creciendo con cada generación.

Es, en esencia, una lengua de encuentros.

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ATOL DE MOSH

Ilka Oliva Corado – Estados Unidos

Rufina saca un poco de comida y la echa en el comedero de los pajaritos, después llena el recipiente de agua y los cuelga de nuevo en el árbol. De allí se alimentan también los patos silvestres, las ardillas y de vez en cuando las liebres a las que ella llama conejitos silvestres, todos se amontonan al pie del árbol a disfrutar la comida que cae desde la rama.  Por inercia al final de la primavera siempre quiere sembrar máiz, frijol y maicillo. Ayote y güisquil para que se enreden en el árbol y se vayan en puro vicio para arriba, como las flores de campana y las buganvilias en el palo de jocote y en el matasano en la casa de sus abuelos en San Ixtán, Jalpatagua. 

Ese árbol que es una especie de pino de los que usan para navidad en Estados Unidos, por días parece ciprés y cuando la nostalgia se acurruca en las persianas de la ventana en los días de otoño, aparece entre las ramas el musgo blanco y las orquídeas de la tierra donde dejó el ombligo. Rufina entonces hace atol de mosh y compra pan francés, para elaborar paso a paso el ritual que realiza solo en los días en los que el clima ablanda el hierro fundido que acoraza su alma, para reencontrarse con las manos morenas de la niña que fue. 

Absorta las admira, las acaricia y las besa. Manos hacedoras, que crean, que juegan, que trabajan, que sueñan, que hilan, manos que emigraron para seguir sobreviviendo. Entonces Rufina, tosca y ruda como las generaciones de mujeres que la antecedieron en su árbol genealógico, poco a poco comienza a quitarle los siete candados a su puerta y asoma lentamente hacia la luz que irradian las manos morenas de la niña que habita en su espíritu. 

Emocionada por la aparición comienza a contarle cuentos, le lee libros, le compra acuarelas, le cocina su comida favorita, la peina, le enseña a lustrar sus zapatos y a forrar sus libros. La baña con jabón de coche, le quita lo percudido con un pashte natural y al final la perfuma con Agua Florida. La niña de manos morenas ya sabe tortear, remendar sus calcetas y el ruedo de su uniforme, rajar leña, ordeñar las vacas, hacer queso, crema y mantequilla de costal. Secar la carne, hacer adobe, acuñar las tejas del techo, capar los marranos y descuartizar las gallinas para el caldo. Ayuda a su abuela a hacer los comales, las ollas y los cántaros de barro que salen a vender los fines de semana a Comapa. 

En verano con el canto de las chicharras y la luz de las luciérnagas la niña aparece de nuevo antes del amanecer, con el canto de los gallos que habitan en la memoria de Rufina, su reloj natural está en sintonía con el horario en el que los zacatales sazonan y los mozotes comienzan a pegarse en las mangas de los pantalones para la época del ayote en rapadura, el atol shuco y el máiz salpor. Para cuando Rufina acuerda la niña ya le tiene el café servido, endulzado con rapadura canche, Rufina lo toma así, le da pena decirle que desde hace años toma el café sin azúcar, es que si se lo dice la niña le va a decir que ya aprendió las mañas de ese país y que es capaz también hace ayuno intermitente y que quiere bajar de peso para andar como cadáver con las ropas cáidas. 

Rufina que no cree en el petate del muerto ha comenzado a rezar para que la niña no abra la puerta de la refri y se encuentre con los jugos verdes. Y ojalá que no haya abierto los gabinetes porque le va a ir a contar a todos a la aldea que la Rufina se agringó porque ahora compra multivitamínicos y suplementos con colágeno no sé qué. Qué más colágeno que el caldo de patas le va a decir. Rufina comienza a sudar solo de imaginarse y salta de la cama, la niña le tostó tortillas para que le eche al café. 

Claro, es su versión más joven, es la versión de su infancia, claro que le tostará tortillas para echarle al café y le pasará un banano para que también le eche, por supuesto que endulzó el café con rapadura. Rufina le agradece inmensamente la delicadeza de prepararle el desayuno, la niña se disculpa por no servirle leche de vaca con tortillas tostadas y frijoles parados, pero es que no hay leche en esa casa y mucho menos frijoles. Rufina le quiere explicar que los frijoles le dan gases y que la leche la inflama, pero mejor cierra el pico antes de que la otra la agarre a leñazos y el arrastre de las crines por toda la casa.

Esa niña dulce, rebelde, tartamuda, despeinada, es la médula espinal de la mujer que es hoy en día.  Rufina la abraza, quiere protegerla, y le dice que ella ha hecho bien en jugar pelota, en treparse a los árboles, en jugar cincos, trompo, yoyo, en montar los caballos a pelo, en ponerse pantalón de lona y camisa a cuadros como su abuela.  Que tiene derecho a que no le gusten los vestidos y que si cuando crezca no quiere maquillarse que no lo haga. Que si no se quiere casar que no se case y si no quiere tener hijos que no los tenga tampoco. Que es dueña absoluta de su sexualidad y de su cuerpo, que en su cuerpo solo decide ella. Le repite que la admira porque jamás creyó en que las frutas se argeñan si se sube una mujer a los árboles. Que le fascina su tenacidad y lo indomable de su carácter, la necedad y su pelo sin peinar, el gran charral, la rebelión de tener su pelo suelto. De atreverse a dar su opinión, a preguntar, a no quedarse con la duda, su instinto silvestre, propio del monte, una mula sin domar. 

Con el amanecer la niña ha desaparecido, afuera comienzan a picar los mosquitos y los zancudos, Rufina se sirve un vaso de fresco de semilla de ayote y ajonjolí y saca su libro y se sumerge en las historias venidas de otros tiempos, escritas en otros parajes, en otra cultura, con distinto idioma, para entregarse a ella, migrante de mil caminos desde su infancia. 

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VIAJANDO POR RUSIA

Elspeth Gormley – España

Desde que era niña tuve un deseo: conocer esa tierra lejana y misteriosa que para nosotros era Rusia. En aquellos tiempos, la Unión Soviética parecía un mundo inaccesible. Leía a los clásicos rusos desde los catorce años y mi imaginación se llenaba de vivencias no vividas, pero deseadas, influenciadas por esas novelas maravillosas que me enseñaban el alma de un pueblo oprimido y castigado: primero por las invasiones constantes, fruto de la codicia del poder, y después por el yugo omnipotente de la riqueza zarista ante el campesino sometido, el mujik, el humilde funcionario que debía demostrar dignidad bajo su traje raído mientras en su tugurio, compartido con otras familias, se hacinaba una prole acuciada por el hambre y la enfermedad.

Las penurias del estudiante entre pan, buhardillas y libros mugrientos, luchando por labrarse un porvenir en la sociedad que le tocó vivir. Esa es la crudeza dulzona de Fiódor Dostoievski y de Máximo Gorki, suavizada por el humor satírico de Anton Chéjov, el romanticismo de León Tolstói y la dulzura de Turguéniev. Yo deseaba vivir su arte, su alma, su historia.

Y un día, el 24 de agosto de 2017, cumplí mi gran deseo: volé hacia esa tierra soñada que durante tantos años había pintado en el gran lienzo de mi mente.

Llegamos muy de mañana a San Petersburgo y el calor ya acuciaba. Después del desayuno en un local subterráneo tapizado de maderas oscuras, nos dirigimos a un lujoso hotel en el centro de la ciudad, frente al Ministerio de Asuntos Exteriores. Hicimos una visita panorámica en bus y vi San Petersburgo tal como la había soñado: señorial, majestuosa, obra dirigida por un zar caprichoso y activo como Pedro I. La ciudad es un compendio de lo más bello de Europa.

Numerosos canales la atraviesan, y el río Neva, bajo puentes monumentales, la cruza majestuoso en busca del mar, escoltado por magníficos palacios y catedrales de cúpulas multicolores donde predomina el fulgor del oro. Las estatuas presiden plazas y jardines, sin distinciones, destacando a sus principales estadistas.

Y el arte… cuánto arte en San Petersburgo. Los museos predominan, y el Ermitage, a la misma orilla del Neva, lo rubrica: un museo grandioso donde se reúnen las más bellas obras de arte por capricho, obra y gracia de Catalina II La Grande.

La música, la danza… Tuve el privilegio de asistir al Teatro Nacional Mariinsky y escuchar y ver el alma de Tchaikovsky en El lago de los cisnes, interpretado por el Ballet Nacional y la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. ¿Habrá mejor sueño realizado?

Y la religiosidad del pueblo ruso… No soy católica, pero nunca sentí a Dios tan cerca como en la misa ortodoxa que pude oír en Nuestra Señora de Kazán. La gente siempre de pie ante la cara de Dios. Las mujeres, jóvenes y mayores, cubiertas con pañuelos. No hay bancos ni reclinatorios, y la polifonía —siempre en directo— se mezcla con los mosaicos de esmalte y oro que cubren por completo el interior de los templos. Aquella mañana de domingo mis ojos se empañaron.

Salimos en un tren diurno hacia Moscú y llegamos ya declinada la tarde. Al poner pie en tierra, el semblante de todos era el mismo: descompuesto. Aquello era una auténtica caldera. Además del intenso calor, una niebla que no era niebla, sino humo espeso, no dejaba ver más de veinte metros. Ya estábamos advertidos por las noticias internacionales de que Moscú estaba sitiada por el fuego, pero nunca imaginamos tal magnitud.

Nos fuimos preocupados al hotel, un cinco estrellas donde todo era confort y lujo, y allí tratamos de tranquilizarnos. Como los medios de transporte y los lugares de visita estaban acondicionados, era soportable, pero el panorama de la ciudad aquel primer día era desolador.

Visitamos la Plaza Roja con mascarillas, porque el humo secaba las gargantas, y tuvimos que usar gafas de sol para proteger los ojos. La temperatura era de 42 grados. Al día siguiente tuvimos una tregua: el ambiente se aclaró, aunque el calor seguía siendo insoportable. Volvimos a la Plaza Roja y pudimos admirar su grandiosidad con algún rayo de sol.

Visitamos el Kremlin, que nunca imaginé como una gran ciudad amurallada que guarda maravillosas catedrales de cúpulas doradas, hermosos museos, edificios estatales y preciosas plazas y jardines. Allí, tras los muros rojos de su muralla, nos maravillamos con el Museo de la Armería. Nunca pude imaginar tanta riqueza reunida.

Y el metro… jamás vi una obra de tal magnitud en arte y buen gusto.

Al tercer día hicimos una visita nocturna en bus. Moscú es una ciudad monstruo por su grandeza. Nunca imaginé tanta hermosura: la Universidad, la Plaza de la Reverencia con su gran obelisco coronado por figuras al aire, esa fuente kilométrica de surtidores rojos como la sangre… y las grandes avenidas, todo iluminado con exquisito gusto.

Y aquella noche llovió. Sí, llovió entre una gran tormenta de viento y aparato eléctrico, y la mañana amaneció fresca y radiante, sin calor y sin humo. Pudimos despedirnos de Moscú bajo el sol y un cielo azul.

A veces una cruza fronteras para descubrir que el verdadero territorio que se transforma es el que llevamos dentro

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DOS CÁRCELES LITERARIAS

Gustavo Páez Escobar – Colombia

Dos cárceles famosas en la historia de la literatura son las de Reading, en Inglaterra, y la de Lecumberri, en Méjico. Si por allí no hubieran pasado Óscar Wilde y Álvaro Mutis, no tendrían la nombradía que obtuvieron desde que ellos las honraron como presidiarios. Con estas circunstancias caprichosas del destino se unen dos mundos y dos tragedias, tanto alrededor de los personajes y sus carreras líricas, como de los vejámenes que sufrieron en la cárcel, gracias a los cuales la literatura ganó dos obras maestras: “Balada de la cárcel de Reading”, la de Wilde, y “Diario de Lecumberri”, la de Mutis.

Tanto Wilde como Mutis eran poetas destacados en el momento de su reclusión, y después lograrían mayor celebridad. Hacían parte de los altos círculos sociales de sus países y eran los perfectos dandis de sus épocas, dados además a la buena vida, el hedonismo, el afán de notoriedad, el exhibicionismo e incluso la extravagancia. Ambos estudiaron en otras naciones, y los dos fueron lectores apasionados desde muy jóvenes. Uno y otro protagonizaron intensos escándalos sociales: Wilde por sus relaciones homosexuales, y Mutis por un desfalco en la compañía donde trabajaba.

Fueron a presidio a edades parecidas: Wilde a los 41 años, Mutis a los 36. El tiempo del cautiverio fue también similar: 24 meses el uno, 15 meses el otro. Ambos, por los días de su adversidad, mantenían relaciones sentimentales con gente de la nobleza: Wilde con un lord, Mutis con una condesa. En fin, un cúmulo de extrañas similitudes concurren en estos sucesos, ocurridos con 64 años de distancia, y los convierten, a pesar del fondo amargo que poseen, en capítulos apasionantes de la comedia humana.

Óscar Wilde nace en Dublín en octubre de 1854. Su padre era un oftalmólogo de prestigio, y su madre tenía afición por la poesía y la bohemia. De ella heredó el temperamento y la vena literaria. En la Universidad de Oxford sobresalió en letras clásicas y en humanidades, y bien pronto se manifestó su placer por la literatura clásica de todos los tiempos. Su indudable vocación lo llevó a hacerse notar, por cuanto medio encuentra a la mano, en los círculos intelectuales de Londres.

Desde temprana edad aparecen sus inclinaciones homosexuales. En la propia universidad se hacen evidentes sus relaciones con otros compañeros. Esta conducta comienza a escandalizar a la sociedad, pero él pasa por encima de los prejuicios y las murmuraciones para mostrarse como lo que es. En 1884, a los 30 años de edad, rodeado de una serie de irreverencias y extravagancias, se casa con Constance Lloyd, joven agraciada y dueña de cierta fortuna, a quien tampoco parecen importarle los chismes que circulan alrededor de su elegido. El matrimonio logra estabilidad por varios años y en él llegan dos hijos que hacen la felicidad de la pareja.

Su horizonte literario se amplía luego de sus viajes a Nueva York y París, ciudad donde se vuelve amigo de famosos escritores: Hugo, Daudet, Mallarmé, Zola, Verlaine. Su nombre consigue los mayores reconocimientos de la crítica, mientras su desprecio de las costumbres imperantes lo hace detestable ante la ortodoxa sociedad inglesa. En 1889 escribe un relato que no deja duda sobre su naturaleza homosexual, hecho que refrenda al año siguiente con “El retrato de Dorian Gray”, la única novela que escribe y que se convierte en su obra más renombrada. El homosexual que hay en esta obra es una pintura del alma del propio autor. Por esta época su unión conyugal con Constance es cada vez más frágil, y poco tiempo después llega el rompimiento definitivo.

En 1890 conoce al lord Alfred Douglas, apuesto mancebo, hijo de un marqués, con quien inicia una amistad tempestuosa que alborota el avispero londinense. Las intervenciones del marqués no logran nada distinto de unir más a la pareja, la que muestra arrestos suficientes para romper con la moral burguesa e irse a Argelia en un viaje desafiante, hecho que desencadena la inmediata reacción del padre iracundo, quien acusa al escritor de conducta licenciosa y escándalo público. A raíz del denuncio, Wilde es detenido en 1895 y llevado a la cárcel de Holloway.

Tras un sonado proceso judicial, el poeta es condenado a trabajos forzados y, luego de pasar por varios establecimientos penitenciarios, termina en la cárcel de Reading. En uno de los traslados de penal aparece vestido de presidiario y con el pelo rapado, y el público lo hace objeto de escarnios y ultrajes. En la última cárcel presencia, horrorizado, la muerte en la horca de un recluso de 30 años, y la sevicia que se ejerce sobre el criminal –quien en un rapto de locura había matado por celos a su esposa– mueve sus más íntimas fibras de estupor y conmiseración. Este cuadro macabro, sumado a los oprobios sufridos en la mazmorra, inspiran su célebre “Balada”, que es una protesta por la crueldad del hombre y una voz de ternura por la tragedia de los infelices.

Óscar Wilde sale de la cárcel en mayo de 1897 y ese mismo día se marcha de Inglaterra y nunca más regresa. Muere en París, a la edad de 46 años, el 30 de noviembre de 1900. Solo un siglo después, tolerante ya con la condición homosexual que se ha destapado en el mundo entero, Inglaterra rectificará ante la historia aquel acto reaccionario y despiadado, obra del fanatismo y la mojigatería social.

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CHESTERTON O CÓMO NO SER HIJO DE SU TIEMPO

Beatriz Villacañas – España

Bien es sabido que en la obra de Gilbert Keith Chesterton se percibe vocación de permanencia. Y no sólo porque la obra de Chesterton, dado el genio lúcido de su creador, es, en sí, permanente, sino por la firme creencia, lo que podemos llamar fe, en lo permanente que caracteriza la personalidad y la obra del autor inglés. Frente al “Carpe diem”, que él considera pesimista por basarse en el verlo todo como algo efímero y pasajero, Chesterton, escribiendo sobre Dante Alighieri, afirma lo siguiente: “El Carpe diem no es la religión de la gente feliz, sino de gente muy infeliz, la gran alegría no está en recoger los capullos de rosa mientras se pueda, pues sus ojos están fijos en la rosa inmortal que Dante vio”.

Está claro que Chesterton supo ver algo verdaderamente feliz y luminoso en la permanencia de todo aquello que da sentido a nuestra vida, como, por supuesto, el amor. En esto Shakespeare y Chesterton se hermanan, pues es el autor renacentista inglés quien, en su soneto dieciséis, afirma: “El amor no es el juguete del tiempo, aunque al compás de su guadaña caiga la frescura de labios y mejillas”.

En el caso de Shakespeare, su fe en el amor, en el amor incluso más allá de la muerte, desafía al tiempo en abstracto. Chesterton desafía también al tiempo como entidad abstracta, porque cree en lo permanente, pero también lo desafía en su realidad concreta, esto es, el tiempo en una época determinada. ¿Y cuál fue el tiempo de Chesterton? Un tiempo en el que, con gran parecido al nuestro, era ya frecuente oír a individuos, escritores e intelectuales, decir que no creen en la verdad, que la verdad no existe, que todo es opinable. Y, por tanto, que algo puede ser bueno o malo según la opinión generalizada del momento, según la época, según el tiempo. Esta idea ya se había generalizado en vida de Chesterton. Y Chesterton, en Ortodoxia, 1908, pone de manifiesto la falacia de esta forma de pensar, la inconsistencia de quienes afirmaban que lo que pudo ser bueno para una época puede ser malo para otra. Y viceversa. Esto no es otra cosa que relativismo moral, lo cual, sin duda, es algo grave, pero, a su vez, ridículo, como muestra Chesterton con su enérgico sentido del humor: “La imbécil costumbre de decir que una cosa puede ser sostenida en una época pero no en otra es lo mismo que decir que cierta filosofía puede ser creída en lunes pero no en viernes.”.

Chesterton fue más allá de su propio tiempo, de todo tiempo.

Y su obra vive permanencia.                                                                                          

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MICRORRELATOS- JULIO

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Microrrelatos

Historias mínimas, emociones completas.

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COLABORADORES

  • Maren Alberdi – España
  • Luz Fontana- Italia
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Oswaldo Lusardi – Italia
  • Sebastián Ochoa – México
  • Sarah Petrone – Argentina

RECUERDOS

Maren Alberdi – España

Hay recuerdos que no envejecen. Mi padre nunca fue de grandes discursos, pero tenía una forma de mirar que decía más que cualquier palabra. A veces pienso que su silencio era un mapa: uno que yo aprendí a leer tarde, cuando ya sabía que el amor también se escribe sin voz.

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EL RELOJ SIN TIEMPO

Luz Fontana – Italia

Luz descubrió que la vida cambiaba en detalles mínimos: una puerta abierta, una frase dicha a destiempo, una mirada que duraba un segundo más.

Aquella tarde, al entrar en la pequeña tienda de la esquina, encontró un objeto que no buscaba y una certeza que no esperaba: a veces, lo que transforma un día no es un milagro, sino un gesto tan pequeño que casi pasa desapercibido.

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LA CHICA DEL TREN

Carlos González Saavedra – Argentina

Nuestras miradas se cruzaron en la estación de trenes. Una leve sonrisa movió tus labios.

Trate de acercarme .Pero el vagón pero está completo y frustraba mi intención.

Otra vez tu sonrisa, más prenunciada, más evidente.

Al llegar se abrieron las puertas y unos brazos con ramos de flores te recibieron.

Nunca más volví, a verte.

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INFANCIA

Elspeth Gormley – España

La infancia es un lugar al que no se vuelve, pero que nunca se va. Los años pasan, las ciudades cambian, la vida se acelera… y aun así, basta un olor, una canción o una luz de tarde para que todo regrese: la risa, la casa, la inocencia. Como si el tiempo, por un instante, se olvidara de avanzar.

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LOS PADRES

Oswaldo Lusardi – Italia

Los padres guardan silencios que pesan más que las palabras. A veces no saben decir lo que sienten, pero lo sostienen igual: con manos torpes, con miedo escondido, con amor que no siempre acierta. Uno crece y entiende tarde que también ellos estaban aprendiendo.

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LOS POLÍTICOS

Sebastián Ochoa – México

Sebastián siempre sospechó que los políticos tenían un talento especial: podían prometer el cielo mientras vendían la sombra. Un día asistió a un mitin y descubrió el truco. No era magia, era práctica. Habían aprendido a hablar de futuro sin mencionar el presente. Y mientras la gente aplaudía, él entendió que algunos discursos no buscan convencer, sino distraer. Por eso, cuando terminó la reunión, Sebastián no aplaudió: prefirió guardar silencio, que a veces es la única forma de no caer en el espectáculo.

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EL PESCADOR

Sarah Petrone – Argentina

Acampó junto al río, preparó la caña de pescar, ensartó la carnada en el anzuelo y lo arrojó al agua. La espera estéril lo adormeció al calor de la siesta de la tarde.

La tormenta se desató sin permiso atravesando su cuerpo cansado. Creyó sangrar por cada poro de su piel.

El pez tensó la línea al engullir el bocado. La crecida lo despertó con el agua al cuello.

Las grandes manos de Dios disiparon las nubes del verano. Oyó su carcajada.

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CUENTOS Y RELATOS – JULIO

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Cuentos-y-relatos

Los cuentos comienzan donde la imaginación decide abrir la puerta.

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COLABORADORES

Maren Alberdi – España

Magi Balsells – España

Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México

Santiago García Vega – México

Carlos González Saavedra – Argentina

Elspeth Gormley – España

Inés Legand – Argentina

Andrea Morini – Argentina

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

Graciela Reveco – Argentina

Ana Unhold – Argentina

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DONDE LA TIERRA RECUERDA LO QUE FUIMOS

Maren Alberdi España

Hay lugares que no se visitan: se regresan a ellos. Sitios que guardan memoria, que despiertan lo antiguo y que nos recuerdan quiénes fuimos antes de ser quienes somos.

Zugarramurdi es uno de esos lugares. No importa cuántos años pasen, ni cuántas veces cambie el rumbo de tu vida: cuando vuelves, algo dentro se acomoda, como si la tierra dijera: “ya era hora”.

Yo nací aquí. Pero no crecí aquí. Mi infancia tuvo olor a Cantábrico, a mar bravo, a viento que golpea las ventanas como si quisiera entrar a contar historias. Crecí entre acantilados, entre redes, entre voces que hablan con el mar como si fuera un pariente. Y aun así, cada vez que volvía a Zugarramurdi, sentía que regresaba a un latido antiguo, a una memoria que me precedía.

Porque hay raíces que no necesitan presencia: solo necesitan verdad.

El sendero hacia las cuevas siempre me ha parecido un camino hacia dentro. No hacia un lugar, sino hacia una parte de mí que solo despierta aquí. A medida que avanzas, el silencio cambia. Ya no es silencio de bosque, ni silencio de montaña. Es un silencio que recuerda. Un silencio que sabe. Un silencio que te mide.

Las cuevas se abren como una boca inmensa, y la luz, por más que quiera, nunca alcanza a tocarlo todo. Quizá sea mejor así. Hay historias que no necesitan luz: necesitan respeto.

Dentro, el aire es frío. Pero no es un frío natural. Es un frío que viene de la injusticia, de la fragilidad humana, de ese miedo antiguo que convirtió la diferencia en amenaza. Aquí no hace falta imaginación: la historia está viva. Respira. Observa. Recuerda.

Pienso en aquellas mujeres —y también hombres— que fueron acusados de brujería. No por magia, sino por ignorancia. Por miedo. Por la necesidad humana de culpar a alguien cuando la vida se desordena. No eran brujas. Eran diferentes. Y eso, en ciertos siglos, era suficiente para morir.

Pero hay algo más. Algo que no se apagó ni con hogueras ni con inquisidores. Una fuerza. Una dignidad. Una verdad que sobrevivió al fuego.

Cuando salgo de la cueva, siempre me pasa lo mismo: el cielo parece abrir un claro, como si quisiera recordarme que incluso los lugares marcados por el dolor pueden tener belleza. Una belleza que no es evidente, pero que se queda dentro, como una llama pequeña que no se apaga.

Zugarramurdi no es un sitio para aprender. Es un sitio para recordar. Recordar que el miedo puede destruir. Recordar que la diferencia puede salvar. Recordar que la historia, cuando se olvida, vuelve disfrazada.

Camino de vuelta con la sensación de haber escuchado algo que no se oye con los oídos. Algo que solo se percibe cuando una parte de ti —la más antigua— despierta. Y pienso que quizá, solo quizá, las brujas no eran ellas. Quizá las brujas somos todas las que seguimos caminando con la verdad en los bolsillos, aunque el mundo prefiera la mentira.

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ME PIDES RESPETO
Magi BalsellsEspaña

¿Tú me pides que te tenga respeto? ¿Es que acaso tú lo has tenido conmigo? ¿Qué hombre alardea de sus conquistas y, no solo eso, sino que las engrandece siendo pura mentira? Sé lo que comentaste al esposo de una amiga; detalle por tu parte de lo más desagradable y fuera de lugar. Ella, al contárselo su marido, se molestó en gran manera y sin perder un instante se puso en contacto conmigo, comunicando tus alardes de conquistador en los cuales dabas explicaciones de lo que, según tú, habías conseguido conmigo. Y aún tuviste la desfachatez de decir que yo —sí, yo— había dicho que disfruté y pedía más sexo. Pobre infeliz… ¿seguro que no lo soñaste?

Te he escrito esta carta, de la cual voy a mandar copia a los conocidos o amigos de ambos para que sepan la clase de persona que eres, aclarando algunos puntos que, por fantasiosos, son merecedores de la más sonora carcajada. Daré detalles de esa hombría que presumes, dejando las cosas en su lugar y sin mentiras, que no vi por ningún lado. Quizás estaban de vacaciones.

Reconozco que mantuve unas relaciones sexuales, por decirlo de alguna manera, contigo. El intento estuvo, y mi predisposición también. Pero también incluyo en esta carta el desenlace: fue penoso por tu parte no conseguir llegar ni al principio ni al final, pese a tomarte unas pastillas —que no sé de qué serían ni me importa—. Diste mil y una excusas, pero las horas pasaban y todo seguía en punto muerto. Nada funcionó, ni tampoco vi ese miembro viril del que, según tú, siempre había sido el asombro de las damas. Creo que sería por su insignificancia y por esa triste flojedad permanente

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CEIBAS: MI PARAÍSO TERRENAL

Sandra Edith Aguíñiga Luquín – México

Otoño 2020
Mi rancho me recuerda mi cuna y mi origen, de donde vengo, quién soy y a donde regresaré: a la madre tierra que me parió, me dio vida y me vio crecer.

Escenario multicolor es mi Ceibas, azul, amarillo, blanco y de todas las tonalidades que me dan paz y armonía, arcoíris de bienestar es mi rancho, en el que el horizonte verde se impone con vida; verde que transporta, verde que con su aire limpio y etéreo me purifica en sosegado remanso que adoro. Verde libertad que me hace volar a donde quiero con alas fuertes y seguras; verde que canta con sonidos propios; verde que huele a certeza anclada a mi alma y a mi mente; verde añoranza que me regresa en un suspiro al recuerdo indeleble de mi familia primera porque cuando estoy ahí sentado en una orilla, a lo lejos veo las figuras de mi padre, mi madre y mis hermanos que aparecen mirándome, como hablándome, para recordarme que siempre han estado junto a mí, que nunca se han ido. Eso me llena de nostalgia y en un suspiro amoroso abrazo a
todos y mi mente me vuelve a recordar de dónde vengo.
Bendita quietud en la que solo escucho los ruidos naturales de las especies felices en su hábitat, porque están en el lugar que les pertenece y eso… eso me hace desear quedarme también y mimetizarme a ellos, instalarme para siempre en ese oasis de
abundancia, sin máscaras ni artificios.

Quietud que se disfruta con sus gritos armoniosos; clamores que quiero oír porque cariñosos me hablan al oído, me llaman,
me atrapan, me hablan del poder y la bondad de la madre naturaleza que me invita a amarla y respetarla aun más; pero sobre todo, me hacen pensar en la bondad divina que me regala todo esto.


La noche de mi Ceibas es particular; la luna se hace grande y con su atrevido fulgor me coquetea en el romanticismo de un lugar que amo y me ama; espejo celeste que me desnuda cada noche dejándome ver como soy; escaparate perfecto que da
paso a las estrellas titilantes acompañadas de las luciérnagas con sus mágico brillo que mueren por verme y alumbrarme convirtiéndose en faroles y ojos a la vez. Luna que aclara las nubes que con sus vapores flotantes y húmedos descubren la cortina y puedo ver su viaje incansable haciendo perfecto el universo nocturno. Ah, pero qué decir de la cascada de Ceibas; lleva el agua más limpia que hay, en ella veo como se reciclan mis sueños en un vaivén de vida y de esperanza, chorro
cristalino que en complicidad bendita y auténtica con su arroyo me invitan a encontrarme conmigo mirándome en el espejo que conforman, recordándome el hombre que soy con todo lo que pienso, en todo lo que creo, con todo lo que siento, lo
que añoro, lo que tengo y lo que no. Reflejo de mí mismo que me ordena apaciblemente perseguir mis anhelos sin olvidarme de lo esencial, de lo valioso, de lo trascendente, delo puro, de lo bueno, de lo sagrado y de todo lo que vale en esta tierra y más allá.
Óleo natural perfecto que me enamora, el más bello, el lugar ideal para vivir y también para morir. Lugar que me permite ser yo y reencontrarme cada vez para atender a la renovada esperanza. Sitio privilegiado, tierra fértil y prodigiosa que da tanta vida… que me da vida.
¡Bendito Dios que me dejas gozar y estar aquí, en esta tierra en la que soy tan feliz haciéndome sentir inmensamente privilegiado!

¡¡¡Gracias, gracias, infinitas gracias Señor!!!

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MUJER TU PUEDES

Santiago García Vega – México

Salí de casa con el corazón hecho añicos. Aún resonaban en mi mente las palabras de mi padre, ese hombre que decía amarme pero que, sin quererlo, quebraba mis sueños como si fueran cristales frágiles. Para él, las mujeres solo servían para criar hijos, casarse y ser mantenidas. Ese era su legado, su sentencia, su visión del mundo. Y yo, que apenas empezaba a entender quién era, recibía aquella profecía como una piedra que me hundía.

Mi madre, en cambio, me cubrió con una bendición silenciosa. Ella no hablaba mucho, pero su mirada decía lo que mi padre nunca supo pronunciar: “Hija, tú puedes.”

Entre la bendición de una y el renegar del otro, emprendí mi camino. Sentía fuego dentro, un hervor que me empujaba a elegir: quedarme allí, atrapada en una vida que no era mía, o volar hacia la selva desprotegida de lo desconocido. Las costumbres, los círculos que encadenan, las voces que repiten lo mismo generación tras generación… todo eso me asfixiaba. Y aun así, avancé.

Allí donde las ataduras aflojan y las tinieblas confunden, donde las almas parecen arrastrarse hacia el abismo, yo toqué fondo. Pero tocar fondo no fue el final: fue el comienzo. Desde ese lugar oscuro, logré enfilar contra el océano de mis miedos. Salí a flote. Respiré bocanadas de valor. Tomé decisiones que nunca pensé que podría tomar.

Llegué luchando, cayendo, levantándome. Coquetee con la luna, esa compañera silenciosa que me arrullaba desde lo alto. Enfrenté mis temores, calibre mis emociones, derribé muros que parecían imposibles.

Cada mañana, una voz interior me gritaba: “Rendirme jamás». La mujer que llevo dentro tiene agallas. Tiene poder. Puede llegar a ser.”

Y así entendí algo esencial: No quería un compañero que fuera martillo, ni cuchillo, ni sombra que apuñalara mis sueños. Quería un igual. Un hortelano, un orfebre, un campesino del alma. Alguien que tejiera conmigo flores, vibraciones amorosas, caminos compartidos. No feminismo enfrentado: equidad. Complemento. Respeto.

Porque no existe sexo débil. La mujer es fortaleza, resguardo, dolor y creación. Forjadora de humanidades. Dichosa por siempre.

Mujer: diseño hermoso, milagro, anhelo de madre, nido de esperanzas. Inteligencia, libertad, cambio. Realidad que durante siglos fue manipulada, silenciada, encadenada.

Pero hoy no. Hoy mil puertas han sido abiertas. Para ti, para mí, para todas.

Y mientras subo la escarpada cuesta de mi propia vida, siento la palmada de la cima, la gratitud que inflama el pecho, la certeza de que he llegado hasta aquí por mis propios pasos.

Porque sí, mujer: tú puedes. Siempre pudiste. Solo necesitabas escucharlo.

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DELICIAS DE LA VIDA CONYUGAL

Carlos González Saavedra – Argentina

De pronto apareció un colibrí bebiendo el néctar de la Santa Rita pegada a la ventana. Su bello aletear terminó por despertarme. El día brillaba y yo aún en la cama, mirando el techo como si nada. Había tenido una noche intensa…

Me levanté y seguí el día planchando; tenía una pila. Planché toda la mañana. Por suerte golpearon la puerta.

—¡Llegué! ¿Qué hacés, amor? ¿Te fue bien con los fletes o tenés que salir por la tarde?

Esperaba que Guillermo me dijera que no. Resultó frustrante escuchar:

—Tengo uno a las cinco y otro a las diecinueve.

Me enojó.

—¿Cómo podés ser tan desconsiderado? ¿No te das cuenta de que entro a las veinte y, si no llego a tiempo, ¡me suspenden!

—Sería bueno que te suspendan, así te quedás más en casa y no estás todas las noches afuera.

—No me vas a cambiar. Cuando me conociste estaba de noche; te enamoraste así. ¿Acaso no me querés más?

—Nada que ver, Albertito de mi corazón. Andá, que los muchachos del correo esperan tu firma. Así despachan rápido y volvés temprano —me dijo, guiñándome un ojo.

—¡No creo! Chau —me fui dando un portazo.

—Mañana te espero con unos mates. No tomo ningún flete, así estamos juntos. ¡Beso, te quiero!

Partí creyendo que había encontrado finalmente la pareja ideal.

En la oficina encontré una notita del jefe sobre mi escritorio:

“Alberto: apure el trabajo porque nos informaron que, para las dos de la mañana, cortarán la luz y nos quedaremos sin sistema hasta las 17 horas.”

Disimulando mi alegría, comencé a adelantar mi tarea antes del corte, sabiendo claramente que, a más tardar a las 2:45, estaría con mi amorcito.

Regresé entusiasmado, casi contento, y encontré todo apagado. Me asusté. Mis pasos comenzaron a ser sigilosos en el jardín. Lejos se escuchaba cantar a Frank Sinatra. Al mirar por la ventana solo distinguí una luz tenue. Por la otra ventana sí vi una botella de champán en una frapera, sobre mi mesita de luz.

Asombrado, enfurecido, con una sensación de desamparo y locura, cegado de celos, golpeé fuertemente la puerta, a pesar de tener mi llave. Escuché una voz femenina diciendo:

—¡Guillermo, despertate, están golpeando!

Abrí y encontré a Susana, mi vecina, su marido y Guillermo en una bacanal, todos en la cama.

—¡Albertito, te explicaré! ¡Esperá!

Sin escucharlo, abrí el placard, busqué en el segundo cajón y encontré el 38 que era de papá. Mis manos nerviosas no podían siquiera sostener el arma. Un sudor frío de bronca, miseria y asco gobernaba mi cuerpo. Estaba devastado; no podía entender la situación. Después de todo lo que habíamos pasado juntos… Me sentía traicionado. Había abandonado a mi mujer y a mis dos hijos por él, y Guillermo había hablado finalmente con su papá. Por fin pudo enfrentar a un duro sargento del ejército, al que le tenía un miedo tremendo.

Mi ropa estaba empapada. Aun así, cerré los ojos temblando y disparé.

Un tiro impactó a Guillermo en la cabeza. Otro al marido de Susana, compañero de mi infancia. Y por último a Susana, en la nalga derecha.

Gritos, desesperación, angustia, dolor e impotencia. Sentado, vencido, recostado contra el placard, intenté dispararme y no pude. Lloré desconsoladamente.

Los vecinos, alertados por los disparos, llamaron a la comisaría. Sentí las sirenas de la policía. Había cambiado mi vida. Había tenido otra noche intensa, pero el colibrí ya no aleteaba.

Me dieron ocho años por los tres. Salí por buena conducta. Marcela y su marido volvieron a Tucumán. Anoche me escribió Eduardo, un guardiacárcel que conocí en prisión. Un amor.

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LOS SILENCIOS

Elspeth Gormley – España

El silencio no es solo ausencia de sonido. El silencio es una forma de presencia. Se escucha, se siente, se palpa. A veces pesa. A veces libera. A veces duele. A veces salva.

Hay silencios que ocurren en mitad del ruido: cuando alguien habla y nosotros ya no escuchamos, cuando la calle grita y aun así algo dentro queda quieto, cuando el mundo corre y uno se detiene sin saber por qué. Ese silencio es una frontera: marca el límite entre lo que somos y lo que mostramos.

Hay silencios que nacen en la soledad: cuando la casa duerme, cuando la noche se estira, cuando el cuerpo descansa pero la mente no. Ese silencio es un espejo. Nos devuelve la imagen sin filtros, sin maquillaje, sin excusas.

Y hay otro silencio, el más difícil, el más necesario: el silencio interior. Ese que aparece cuando dejamos de huir de nosotros mismos. Ese que llega cuando ya no podemos mentirnos. Ese que nos desnuda.

Porque escucharse no es fácil. Escucharse es mirarse sin defensa, es reconocer lo que evitamos, es aceptar lo que somos cuando nadie nos mira. ¿Quiénes somos cuando el ruido se apaga? ¿Quiénes somos cuando ya no hay testigos? ¿Quiénes somos cuando el silencio nos obliga a responder sin palabras?

En ese silencio descubrimos verdades que no caben en la rutina: lo que nos falta, lo que nos sobra, lo que nos duele, lo que nos sostiene, lo que ya no queremos seguir cargando.

El silencio revela. No porque hable, sino porque nos deja escuchar lo que siempre estuvo ahí. Una emoción que pedía espacio. Un pensamiento que evitábamos. Una pregunta que nunca nos atrevimos a formular.

Y entonces, en ese instante sin ruido, aparece algo que no es iluminación ni epifanía: es reconocimiento. Es decirse la verdad. Es verse por dentro. Es entender que la vida no cambia cuando el mundo calla, sino cuando nosotros lo hacemos.

Al final, cuando el ruido vuelve, cuando la rutina reclama su sitio, parece que nada ha cambiado. Pero dentro… sí. Dentro, algo se ha recolocado. Una pieza que llevaba años fuera de lugar. Una claridad que no sabíamos que necesitábamos. Una respuesta que no buscábamos, pero llegó.

Porque el silencio, el verdadero, no es vacío. Es encuentro. Es desnudez. Es verdad. Es el lugar donde, por fin, dejamos de ser lo que mostramos y empezamos a ser lo que somos.

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LO QUE TODAVÍA DICE LA LUZ

Inés Legand – Argentina

Hoy intento ordenar mis pensamientos, que son tantos y tan vivos, como colores que buscan su lugar en un lienzo. A veces escribir me cuesta, no porque falten palabras, sino porque todas quieren salir juntas, como si tuvieran prisa por convertirse en belleza.

Me refugio en lo que me sostiene: las plantas que se pintaron de amarillo, de rojo punzón, los árboles que ahora muestran su desnudez como si revelaran su propio esqueleto. Desde mi ventana veo el jacarandá, verde todavía, pero sé que dentro de unos meses nos regalará ese azul que siempre asombra. El Palo Borracho, robusto y firme, ya despejado de hojas, parece un guardián silencioso del barrio.

Así somos, privilegiados por la vida. Y pienso también en esa catástrofe tan grande en Venezuela: los socorristas sacaron un bebé, calculo de dos meses, desnudito, con solo un pañal. Lo tomó en sus brazos como si fuera un tesoro, con tanto amor… y se fue con él. El milagro siempre está acá, aunque a veces cueste verlo.

Mi hijo hoy me hizo la comida. Ayer pinté un cuadro: señal de que me siento bastante bien. El día se iluminó, y cuando la luz cambia, cambia todo. Uno es como espera tantos días: de pronto el sol dice “presente” y nos regala esa vitamina que ustedes tienen allá, tan necesaria para el ánimo y para el cuerpo.

Todavía no me encontré con Viviana; me dijo que en cualquier momento viene a visitarme. La tarde terminó. La gente vuelve a sus casas. Los negocios cierran sus puertas. El día se oscureció sin hacer ruido, como suelen hacerlo los días que ya dieron todo lo que podían dar. Ahora solo queda esperar el nuevo amanecer, ese que siempre llega con una promesa distinta.

Solo pido piedad para los que sufren. Y agradezco, amiga, tus relatos tan sentidos, tan bien transmitidos. Gracias por acompañarme en este tramo del camino, donde la pintura y la palabra todavía tienen mucho que decir.

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EL ESCRIBIENTE

Andrea Morini – Argentina

Germán lleva días sepultado en su desván. Ese cubículo asfixiante, saturado de lomos de cuero y papel, ha dejado de ser su refugio para convertirse en su celda. Le agrada —o quizá ya solo soporta— el olor rancio de los volúmenes que trepan por las paredes, del suelo al techo, como una hiedra de celulosa que amenaza con devorar el único ventanuco que da a la calle.
Desde niño imaginaba que de esas páginas brotaban historias; ahora, sospecha que son esas mismas historias las que lo están entretejiendo a él.
Sabe que el tiempo se le escapa entre los dedos, como arena que huye desesperada de vuelta al mar. El fin avanza, lento e inexorable; no es momento de flaquear. Se ha propuesto parir la historia más maravillosa jamás contada.
Ha conjurado a las musas en su beneficio y, al parecer, estas le han concedido el don, aunque el precio sea su propia carne.
Los pensamientos brotan con una violencia febril, llenando folios y folios. Esta vez, las ideas no son volátiles; son garras que arrastran sus dedos hacia el papel. Su figura, envarada y macilenta, emerge entre el cúmulo de folios apilados como el cadáver de un náufrago en un mar de tinta.
El mensajero debe entregar la revelación; ese fue el trato con Calíope, una deidad que ahora se le antoja hambrienta, esperando el pregón del numen con una ansiedad que roza lo perverso.

Siente que avanza por una ciénaga espesa que se enrosca en sus vísceras y atrapa sus extremidades. El aire en el desván es denso, casi sólido. Crear es su pasión, pero ahora el llamado exige su ser entero, átomo por átomo. El final se aproxima; lo presiente en el crujir de sus propios huesos, en la arritmia de un corazón que ya no le pertenece.
Un vértigo agónico lo embarga al desgranar los últimos párrafos. Mientras los misterios se develan en el papel, su mente parece astillarse.
Finalmente, cuando las últimas letras caen con el susurro siniestro de hojas secas, sabe que la tarea ha terminado. La musa estará satisfecha; el escribiente ha cumplido.
Entonces, en el preciso instante de estampar el punto final, Germán siente que el papel comienza a succionarlo. No hay alivio, solo una disolución aterradora. Su cuerpo se desvanece, diluyéndose en el objeto de su deseo, arrastrado por un goce oscuro hacia el abismo de lo ignoto. Ya no queda hombre, solo tinta.

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¿ QUIÉN ERES ?

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

Ese día sabía que si subía a actuar, algo pasaría. Lo presentía. Siempre deseé ser actor, estimado lector. No me pregunte por qué, pero sin excepción lo quise. Desde niño, las tablas fueron mi hogar. Criado en un matrimonio de artistas, subir al escenario era con respecto a mí tan común, como para cualquier niño jugar a la pelota. Así fue, así nació mi carrera, que poco a poco fue transformándose en un vivir, en una verdadera forma de vida. Existía solo para actuar.
Convengamos que no resulta tan fácil. Uno debe adentrarse en la mente de cada personaje, dejar su yo de lado y asumir el otro yo, aunque este, siempre contenga al verdadero. ¿Qué paradoja, no?

En mi caso, más de una vez, el personaje trascendió al intérprete. Eso es lo difícil de sobrellevar. Uno es uno mismo y no uno ajeno, y transformarse en el otro no es sencillo, —por supuesto si se quieren hacer las cosas bien—, porque recordemos que para mí actuar fue mi manera de vivir, excluyente y sin miramientos.

Tuve mucha fe en mí mismo, eso sí, logré con el tiempo una perfección actoral que me brindó una gran satisfacción. Pero aclaremos que todo se debió a constancia, trabajo y organización.
Estudié con grandes actores, en institutos de renombre mundial, me esforcé al máximo y logré el resultado esperado… reconocimiento.

Pero ese día sabía que si subía al escenario, algo pasaría. Era una rara sensación que sentía en mi interior, hasta diría dentro de mi alma. Un sentimiento encontrado que, por un lado, me impulsaba a actuar y por el otro, me indicaba que no lo hiciera.
La obra era un estreno en el principal teatro de la calle Corrientes, en esa inmensa metrópolis llamada Buenos Aires. Aunque en estos tiempos se estila mostrar todo desde un principio, nuestra compañía todavía ocultaba la escenografía. Usábamos el telón, ese gran separador que divide la sala de un teatro en dos partes bien contrapuestas. Por un lado, el espectador, estimado lector, que espera su apertura, ansioso por saber con qué se encontrará y por el otro, los actores, que también anhelantes, desean presentarse ante su público.
Las luces, no olvidemos las luces: brillo cegador, calor, oscuridad, frío…Todo el abanico de posibilidades para recrear una atmósfera que debía conjugar con la actuación.

¡Qué hermoso me parecía esto, qué magia, qué sentimientos tenía dentro de mí, porque allí estábamos, ¡actuando!
De pronto, en un instante —lo recuerdo con gran claridad—, al final del segundo acto, sentí un agudo dolor en la parte izquierda del pecho… me doblé en dos, caí al suelo exánime. Y casi sin querer me morí. Sí, me morí.
Dejé de vivir.
Al final mi presentimiento tuvo razón, algo iba a pasar si subía a actuar.
Pero aquí no concluye todo, estimado lector.
No, todavía falta lo mejor… o lo peor, de acuerdo a cómo se lo mire.
Cuando partí, alguien preguntó:
¿Quién eres?
Un actor –respondí.
Sí, pero… ¿Quién eres?
No supe qué contestar y lloré.

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CAJA DE CENIZAS

Graciela Reveco – Argentina

Somos nada y somos todo lo que dejamos

Un viento húmedo levantó el extraño sopor que se desprendía del suelo, y arrojó en el aire un sabor salino a tormentas ocultas detrás del horizonte. Visto de lejos el certero dibujo del confín, como una raya horizontal en degradé, nadie apostaría a que la bóveda transparente pudiera enjaretarse con un celaje promisorio de céfiro y agua.
Desde la ventana, Manuel divisó toda la anchura plomiza, y alzó los hombros con un gesto cansino, tal vez de hartazgo, o de blanda sumisión frente al devastador panorama. Y no se refería a la perspectiva de esa mañana de julio, gélida y cruda como debía ser en la época.
Restalló una pequeña lumbre en la mirada vidriosa. Trató de no despertar a Adela, su mujer, que dormía con un sueño intranquilo. Desde que él sufriera una trombosis coronaria vivía a la expectativa de todos sus movimientos.
—Manuel, dejá esa escalera que no debés agitarte. Manuel, los chicos van a escardar el jardín más tarde, dejá esa carretilla. Manuel no hagás esto, Manuel no hagás aquello…
No estaba seguro si el cauce que había tomado su vida era el que estaba dispuesto a soportar. El cardiólogo le habló de una inminente intervención para destapar las arterias obstruidas. Un amigo de otro tiempo accedió a la operación y no salió con vida.
—Era otra época, Manuel, dejate de pavadas. El doctor dice que hay que hacerlo, y lo haremos.
Adela no se dejaba intimidar por nada, ni por nadie. Iba hacia delante, braceando contra todas las dificultades, sin embargo, no alcanzaba para contener su aflicción. El pecho le saltaba como si se le hubiese metido una rana que no encontraba salida para escapar. Y el dolor…, el dolor era agudo como un apretón de dedos engrillados. Eso le provocó un despertar con sobresalto, y salió de la cama con sigilo para que ella no lo notara.
El almanaque de la agenda marcaba el 29 dentro de un círculo rojo; un 29 de Julio del siglo XX, que se escapaba de las manos como una golondrina frenética por encauzar un vuelo más limpio y menos sangrante. Él mismo lo había acentuado dos días antes de establecer el día y la hora de la intervención, suponiendo que a esa altura de las circunstancias su sistema nervioso estaría controlado frente a lo inevitable. Lo cierto era que no tenía nada en claro. Quizás, el cielo encapotado del amanecer estuviese más nítido que su entendimiento.
Más atrás, el reloj desplegó un efecto luminiscente en medio de la total oscuridad y sentenció las cinco de la mañana. Los chicos se levantaban a las siete. El mayor no quería estudiar y estaba empleado en una fábrica de conservas. Era su elección. El menor quería ser ingeniero, como su profesor de Mecánica Técnica, al que admiraba profundamente, y en sus horas libres atendía una Biblioteca Pública. Adela, en hora y media, estaría preparando el desayuno y dejaría todo dispuesto antes de marcharse a la escuela donde daba clases de música.
Él quedaba relegado a un tiempo de ocio y espera ¿Esperando qué? Ya iba por el tercer mes de reposo absoluto y la empresa no lo dejaba cesante porque la ley lo amparaba

Dormía poco, leía mucho, televisión le resultaba estomagante y caminar premioso era el único ejercicio autorizado. Una culebra herida le revolvió las vísceras hasta llegar a la garganta. No era otra cosa que la impotencia. Regresó la mirada hacia la ventana, y apenas pudo ver a través del cristal partido por las lágrimas.
El alba se anunciaba con jirones morados y espumas de malva. No iba a llover y solo el frío podría detenerlo en su caminata temprana, sin embargo, había tanto delirio glacial en su interior que daba lo mismo. Tomaría unos mates y la medicación que le menguaba el malestar, luego partiría calle abajo hasta descubrir la mañana detrás del manchón oscuro, que lentamente se iba extinguiendo con el primer bosquejo de luz. Cuando salió del baño, Adela ya estaba en la cocina iniciando la labor del día. Fue inútil su intento para evitar despertarla.
—Cielo cubierto con poco cambio de temperatura –decía la radio en ese momento, después de anunciar las noticias sanguíneas, los asaltos, la desocupación y la dudosa integridad de algunos gobernantes.
—Hace mucho frío para que salgas tan temprano, Manuel. Además, es peligroso. No comprendo ese capricho tuyo de hacerlo por las mañanas –inquirió la mujer ofreciéndole el primer mate del día. Manuel lo recibió y se sentó tranquilamente para degustarlo con una medialuna del día anterior.
—Peligroso es quedarme solo con el bochorno. En la calle encuentro distracción y me ayuda a pensar. En estas circunstancias, ningún delincuente puede dañarme más que la vida misma.
Chasqueó la lengua y sorbió un segundo mate con los ojos achinados y un gesto de sueño inútil rondándole la cabeza. El Proveedor de Milagros estaba demasiado ocupado con otros avatares más intensos. El mínimo portento lo tenía en el filo del bisturí, que le abriría el pecho en dos para recomponer el pasaje de sangre al corazón. Era lo único que podría restaurar, porque la zanja de desolación, que no estaba a la vista, no gozaría jamás de un cierre literal. Estaba incapacitado para hacer vida normal, lo seguiría estando luego de la operación y eso lo dejaba más muerto que la muerte misma. Era demasiado joven aún para que la vida lo amputara con tanta ferocidad. Le tocó a él ¿Y qué? ¿Quién era él para
merecer otro designio?
29 de Julio enrarecido. El aire frío le astilló la cara como un cuchillo. Levantó el cuello de la gabardina y avanzó entre las sombras difusas entonando Cambalache con un silbo entrecortado. Adivinaba a su mujer espiando por la ventana hasta que su figura se perdiera en el vacío de la noche extinta. La rutina diaria estaba en marcha y, a medida que avanzaba
sobre las calles, crecía el movimiento, la luz, la sensación térmica, la vida…
Locos como él había un millón diseminados por los venturosos laberintos del universo, pero el hombre que estaba sentado en un banco de la plaza, escribiendo en un papel membretado, vaya a saber qué, seguramente padecía algún trastorno similar. Manuel lo observó un instante. Le resultaba un tanto familiar. Sí, quizás por la equívoca decisión de intentar unas líneas bajo el gélido bostezo de una mañana de Julio bajo cero (ya sentía los huesos entumecidos). La curiosidad lo empujó (total, tenía tiempo de sobra). Le dolía un poco el pecho y necesitaba descansar un momento. Seguidamente, advirtió que si pescaba
un simple resfriado sería suficiente para abortar la cirugía ¿No sería esa su intención?
Sentado en el banco se inclinó hacia delante para menguar el malestar.
—¿Se siente bien? –interrogó el hombre.

Esta vez, Manuel lo miró a los ojos. Una profundidad de tristeza le llenó las pupilas. Le resultaba nuevamente familiar. Quizás, su gesto reflejando un desconsuelo más entre los tantos que pululaban a diario.
—Sí, me siento bien, gracias —respondió llenando los pulmones de un oxígeno mórbido y húmedo –pero no importa. ¿A quién puede importarle que en unos días me rajarán en dos, me quitarán el corazón y se lo comerán delante de mí como si fuera una ciruela?
El hombre se quedó mirándolo sin responder. Guardó las hojas en una carpeta mientras esbozaba una media sonrisa que ni siquiera fue.
—Ahora…, sería bueno saber quién de los dos se siente peor. Al otro lado de la calle hay un café, ¿por qué eligió el hielo de la intemperie para hacer sus notas? –inquirió Manuel, a sabiendas de que tal vez lo mandarían al demonio por indagar donde no le incumbía.
—Es un sábado diferente –murmuró el extraño conocido, sin dejar de ver a su alrededor con un dejo de melancolía. Estaba nublado, hacía un frío neblinoso y cruel, y Manuel no alcanzó a percibir la diferencia. Solo disparó como una flecha que halló el hueco a la distancia:
—Yo también pensaba traer un lápiz y un papel para hacer una nota.
—¿Por qué? —interrogó el hombre.
—Porque no le encuentro razón a la vida.
—No, le pregunto por qué no trajo lápiz y papel –aclaró.
Manuel se quedó con la boca estúpidamente abierta tratando de descubrir la ironía, pero no había sarcasmo en aquellos ojos profundamente tristes. Y solo dijo sin buscar las palabras:
—Porque tampoco le encuentro razón a la muerte.
Esta vez el hombre se puso en pie. Muy alto, las espaldas anchas, con un reflejo cansino en toda su estructura, que denotaba los setenta y pico de años de relación vincular con la vida.
Se marchaba, cortando con el filo del silencio una situación inusual, que dejaba a Manuel desconcertado, más triste que nunca y con la convicción de que el mundo estaba puesto del revés. Tal vez su incomodidad hizo algún ruido, el hombre se volvió impávido y lo miró directo a los ojos. Alguna extraña sentencia se enredó en sus palabras, pero le llegaron
gratis, como una almoneda en el tiempo justo y preciso.
—El hombre, mi amigo, es ceniza dentro de una caja. El tiempo la diluye. Tiene suerte de perseverar con la vida la proyección de sus sueños que, en definitiva, es lo único que permanece. No trajo nada para asentar su sentencia de muerte. Apueste a vivir y opérese.
Hay quienes solo con la muerte pueden lograr la concreción de esos sueños.
Manuel había enmudecido. Todas las palabras de su diccionario cayeron bajo una filosofía que no alcanzaba a comprender. El extraño detuvo un taxi y le escuchó decir lejanamente:
—Rocha, por favor, en Palermo.
Manuel se alzó de hombros y se quedó esperando que el día completara su figura de atuendo gris y desgajado bajo la subrepticia melancolía del invierno. Permaneció sentado en el banco; el agitado movimiento del despertar humano circuló frente a sus ojos; tenía esperanza de descubrir una fisonomía diferente en el perfecto acabado de una mañana
similar a la del día anterior.

El puesto de flores, en una esquina de la plaza, abrió su colorido abanico en medio de la acritud meteorológica. La tienda mayorista levantó persianas. El café, que precedía la entrada al Shopping, invitaba a sumergirse en una sensual calidez con sabor a café con leche. En la otra esquina, el puesto de revistas, y el canillita gritando a viva voz, amonestaron el abstracto silencio que se impuso frente a la celeridad existencial. El tránsito pesado y horrísono destruyó el ensalmo que mantenía con su deflagración interior. Tal vez, salir esa mañana buscando la forma que le facilitara desaparecer, y evitar la contienda que
iniciaba con la vida, no fue del todo desatinado.
Se puso de pie, cerró lo más que pudo la gabardina y volvió sobre sus pasos. Se detuvo un instante frente al puesto de revistas. Sonrió con un sentimiento inédito, desconocido ¿Le agradaba leer? Sí. ¿Qué hacía durante todo el día? Leer. Lo demás le aburría en extremo.
Luego de la operación, lo más probable es que lo jubilaran por incapacidad. La idea de un puesto de revistas consiguió horadar en su interior el estímulo que necesitaba frente a un destino inevitable; eso si le perdonaban la vida y salía indemne del quirófano ¿Por qué no?
El hombre lo dijo, ahora lo captaba. Su máxima oportunidad era la vida, no la muerte.
Adela no le quitó los ojos de encima mientras se movía de un lado para el otro tratando de ordenar el desquicio que dejaron los chicos luego de la merienda. En la mañana, Manuel había regresado de su caminata con una aureola de luz que se dilataba en cada uno de sus gestos y de sus palabras. Había almorzado con avidez y luego durmió una siesta corta, aseverando que no debía restarle tiempo a la oportunidad de vivir. Al levantarse, desempolvó una Enciclopedia de Historia Universal y se enfrascó en la lectura mientras que ella le alcanzaba los mates sagrados de la tarde. Qué esencia le templó la sangre para aceptar la
operación con ese marcado optimismo, Adela no quería saberlo por temor a deslizar algún comentario inadecuado que deshiciera la certeza. Se colgaría de su ánimo renovado, y nada más.
El reloj de pared marcó las siete de la tarde con una floja campanada, lo que alertó a la mujer y la llevó a encender la televisión. Su programa favorito ya había comenzado. Sus carcajadas fueron más intensas que de costumbre; sobradamente nerviosas. Manuel, que estaba en la sala tratando de concentrarse, salía de la lectura cada vez que ella pegaba saltos en la silla, emocionada, seguramente por alguna escena pueril. Minutos después, contrario a lo que su imaginación suponía, la risa se convirtió en un llanto desigual, casi un murmullo de rabia y de tristeza. Asustado, acudió a la cocina de inmediato.
Él, el extraño conocido, estaba allí ocupando toda la pantalla del televisor, con el rostro
sereno y la profundidad de sus ojos tristes. La voz hueca del locutor anunciaba su designio:
—Como último recurso para salvar la Fundación en peligro, el doctor René Favaloro
atravesó su corazón con un disparo.

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NUEVA VIDA

Ana Unhold – Argentina

Tabatinga, 2 de enero de 2006.

Teresinha:

Después de tantos meses de silencio, finalmente he decidido escribirte.

Recibí todas y cada una de tus cartas, y por el tono de irritación creciente, imagino tu enojo frente a mi prolongado e inexplicable silencio.No me resultaba fácil exponer tantos aspectos de una misma cuestión en una sola hoja de papel. Trataré de hacerlo por el bien de los dos. Así quedamos en paz.

Recordarás que mi nombramiento como Ingeniero Jefe de la Petrolera, para la zona norte del país, fue muy oportuno. Después de quince años, tediosos por cierto, nuestro matrimonio languidecía. Tu reiterada negativa a darme un hijo, era uno de los motivos. Si seguíamos juntos era en parte por conveniencia económica, y el resto, social. Siempre estuviste muy preocupada por el “qué dirán!, y tu reputación en Bahía, seguramente se hubiera visto afectada si te divorciabas. El pertenecer a una familia tradicional, siempre te ha condicionado para actuar con prejuicios frente a muchas situaciones.

Fue así que, tal como estaba nuestra relación, hace exactamente un año viajé solo a instalarme en esta región fronteriza de Brasil con Colombia y Perú, a orillas de ese gigante que es el río Amazonas.

Por vez primera, en mis cuarenta y tres años, tuve conciencia de mi pequeñez, de ser apenas un minúsculo eslabón en la cadena de la vida. Desde el primer viaje en una lancha con motor fuera de borda, sobre las aguas color café, perdí esa sensación de incertidumbre que me acompañara desde que dejé la ciudad;mi arrogancia quedó ahogada en las aguas del río y tuve la certeza de cuán insignificantes somos frente a tanta belleza.

Este lugar, olvidado por muchos desde las grandes capitales, impresiona como otras poblaciones de frontera, pero tiene sus peculiaridades.

Por ejemplo, el clima tan caluroso. Aquí, donde estoy ahora, Tabatinga (Brasil), cruzando una calle, Leticia (Colombia). Muy cerca, Perú.

Rápidamente pude interiorizarme de las características propias del lugar, de la autonomía que ostentan los hombres y mujeres, al sentirse dueños y señores de esa franja particular de terreno que es una frontera. Van y vienen libremente, estudian, se enamoran, se casan, comercian, trafican, lejos de las ciudades cabeceras de sus respectivos países. Tienen leyes propias que los rigen, se entremezclan, respetan lo que eligen, con una decisión incuestionable.

Aquí es donde estoy. Pasaron pocos días de mi arribo y enfermé. Contraje una de las enfermedades tropicales que exigen mucho tiempo y paciencia para su curación, siempre que sobrevivas. Sabes lo obstinado que soy; por ello me negué a ser vacunado antes de viajar. Por la misma razón me negué a ser internado en el hospital.

¡Siempre estoy probando hasta dónde soy fuerte!Me quedé en una de las comunidades originarias. Algo dentro de mí, me indicaba que ése era el camino correcto. No me arrepiento. El chamán de la comunidad , hizo todo lo que estaba su alcance para mi curación:limpiezas energéticas quemando plantas amazónicas, infusiones y ceremonias invocando a sus ancestros.

Afiebrado, durante no sé cuántos días, me debatí entre el delirio y la conciencia. En mis alucinaciones se mezclaban , como una rápida sucesión de fotografías, imágenes del pasado, alternando con coloridos flashes de la selva y el río. En uno de aquellos accesos sentí que caía desde una cascada; al incorporarme de un salto en mi cama de palmas, una mano fresca me sujetó: era Humarí, la joven hija del chamán, quien, como pude saber, había pasado días y noches refrescando mi frente y mis labios, evitando así que muriera deshidratado.

Esta dulce indígena, ha sido mi inseparable compañera. Sentada a los pies de su padre, acompañó mi convalescencia.Con simples palabras me fue explicando el origen del mundo,según sus creencias, y otras valiosas enseñanzas, que fueron abriendo ventanas hacia mundos impensados,hasta hoy, para mí.

Cuando fui mejorando, me llevaron a conocer lugares de ensueño: islas de micos, lagos de aguas negras ,por suspensión de carbón, donde danzan delfines rosados y grises. Yo dudé, hasta que lo ví y me maravilló. He alcanzado la serenidad necesaria como para pasar horas contemplando la naturaleza. Mi espíritu se solaza en la vista de las enormes hojas de la Victoria Regia, flotando mansamente sobre las aguas. Ahora comprendo cuáles han sido las fuentes de inspiración de Vasconcelos y Jorge Amado, que tanto nos gustaba leer en nuestras vacaciones en la playa.

Teresinha, a estas alturas, te parecerá que es un desconocido quien escribe esta carta. Estás en lo cierto. De aquel ansioso ingeniero, preocupado solamente por hacer dinero y comprar cosas, ya no queda más que el nombre. Puedo asegurarte que esa parte de mí, murió hace ya un año. Hoy si me vieras, encontrarías a un hombre feliz, de barbas rojizas, dedicado a la pintura, viviendo en una cabaña de troncos con techo de paja, a orillas del río Amazonas. Paso mis días observando miles de aves, despertando con los sonidos de la selva al amanecer, y soñando con los millones de grillos por la noche. Disfruto de la densa quietud de los días calurosos y de la bendita lluvia que moja la tierra;de comer dorados y pirarucúes, de tomar guaraná y marearme, de vez en cuando, con unas cuantas caipirinhas.

Como habrás comprendido, no volveré a la ciudad. Esta es mi nueva vida.

Espero que puedas perdonar, si con esta decisión, te causo algún dolor. Que seas lo más dichosa que puedas.

Con afecto, Joao Gilberto.

PD: Ayer Humarí me comunicó que está embarazada. Seré padre.

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RELATOS SOBRE EL DESTINO- JULIO

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: El contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes. Queda prohibida la reproducción total o parcial sin autorización expresa de su autor.

Destino

Hay caminos que parecen elegidos por nosotros… y otros que nos eligen sin avisar.

Separador

COLABORADORES

Maren Alberdi – España

Enrique Fredy Díaz Castro – México

Elspeth Gormley – España

Antonio Morelos-México

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

María Rosa Rzepka – Argentina

Separador

EL DESTINO NO ES UN MISTERIO: ES UNA CONSECUENCIA

Maren Alberdi – España

Hay días que no anuncian nada. Días que empiezan como siempre: el café, la luz, la rutina que se repite sin preguntarte si sigues siendo la misma persona que ayer. Pero el destino no trabaja con señales grandiosas. El destino trabaja con microcambios: una duda que aparece, una incomodidad que no sabes nombrar, una pregunta que no se va.

La mayoría de la gente cree que el destino es algo que llega desde afuera, como una carta que alguien deja en el buzón. Pero no. El destino se fabrica dentro, en silencio, mientras tú haces tu vida sin darte cuenta.

A veces se manifiesta en un gesto mínimo: una frase que te descoloca, una persona que te mira distinto, una decisión que parecía insignificante y termina moviendo una pieza que llevaba años quieta.

Ese día, mientras la ciudad seguía su ritmo, alguien —cualquiera de nosotros— sintió que algo estaba fuera de lugar. No era el mundo. Era él. Era su mirada. Era su forma de interpretar lo que siempre había visto igual.

En mitad de la mañana, sin ruido, sin urgencia, llegó esa sensación que no se puede explicar: una claridad que no ilumina, pero ordena; una certeza que no grita, pero pesa; una verdad que no cambia la vida, pero cambia la dirección.

No hubo milagros. No hubo epifanías. No hubo revelaciones.

Solo un instante. Un instante en el que uno se reconoce, en el que deja de mentirse, en el que entiende que el destino no es algo que “llega”, sino algo que se revela cuando uno está preparado para verlo.

Al final del día, nada parece haber cambiado. Las calles siguen siendo las mismas, la gente también, la rutina igual. Pero dentro… no. Dentro, algo se ha movido. Y ese movimiento —pequeño, íntimo, casi invisible— es suficiente para alterar un pensamiento, una decisión, un camino entero.

El destino, al final, no es magia. Es coherencia. Es el momento en que lo que sientes, lo que piensas y lo que haces dejan de pelear entre sí. Es el instante en que la vida deja de empujarte y tú empiezas a caminar hacia donde siempre supiste que tenías que ir.

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COMPAÑERO INSEPARABLE

Enrique Fredy Díaz Castro – México

Esa linea recta permanente e ineludible que nos rige y lleva por el único carril asignado de origen, semejante a carretera en desierto, línea de la que a veces da miedo mencionar, guarda la peculiaridad de ser única en cada uno de nosotros. Sesgos imperceptibles podremos tener en nuestro deambular, tropiezos y errores cometer, lo mismo que aciertos, pero la singularidad que tengamos es como una huella digital, fotografia de rostro que nos identifica en y ante el mundo.

Hoy que los años me atosigan con su din don permanente, reviso con frecuencia ese significado infalible y objetivo; destino, compañero infalible y rotundo: despliegas tus manecillas precisas para dictar cada segundo de mi ruta e invitas a que la mirada esté fija en lo que sigue, sin darme chance a reflexionar en el mañana, su cercanía kilómetros que como el horizonte se atraviesan frente a mi fruncido seño.

Compañero inseparable, destino (a veces amigo, otras no tanto) nunca accedas a que la trivialidad y el desconcierto me atosiguen en el turbulento discurrir de la época actual, dame  la fuerza para no perderme, levantarme y seguir como acostumbras: impávido, insensible y rotundo, a fin de cuentas estás en tu papel, eres el gran protagonista en la tierra, en el agua y en el aire, aunque Dios es el único facultado para decidir cuando y de qué manera iremos .

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EL DESTINO Y SUS FORMAS

Elspeth Gormley – España

El destino nunca se presenta como una línea recta. Tiene curvas, desvíos, silencios, mareas que suben y bajan sin avisar. Es una suma de decisiones que tomamos sin saber que eran importantes, encuentros que parecían casuales,pérdidas que nos rompieron,intuiciones que nos salvaron, y pequeñas señales que solo comprendemos cuando miramos hacia atrás.

Hay quien dice que todo está escrito. Hay quien asegura que lo escribimos nosotros.Yo creo que el destino es una conversación: la vida propone, y nosotros respondemos. A veces con valentía,a veces con miedo, a veces sin entender nada.

El destino llega de muchas formas. A veces es una persona que aparece justo cuando la necesitamos. A veces es una oportunidad mínima que, sin saberlo, cambia el rumbo. A veces es un viaje, un paisaje nuevo, un olor, una palabra que nos despierta. A veces es simplemente un instante: ese segundo en el que algo dentro de nosotros dice “sí” o dice “no”.

El destino no es un misterio. Es movimiento. Es avanzar, retroceder, detenerse, volver a empezar.

Es la manera en que elegimos, renunciamos, perdonamos, seguimos. Es la forma en que la vida nos toca… y la forma en que respondemos.

Y cuando lo transformamos en escritura, cuando lo dejamos en papel para que no se pierda, el destino se vuelve claro: se revela, se ordena, se ilumina. Como si las palabras encendieran una luz sobre aquello que antes solo era sombra.

Porque al final, el destino no es un lugar. Es la manera en que caminamos hacia nosotros mismos.

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EN EL DESTINO

Antonio Morelos- México

La conceptualización que se ha hecho del vocablo Destino, tomándolo como la estructura inmanente de la figura construida, como algo inevitable en la existencia del hombre, es bastante amplia y muy variada, aplicable en todos los niveles sociales: tanto en política como en religión, laborales, educativos y otros. Pero ¿el destino es algo construido con anticipación por alguien, para que tú llegues y tomes el que más te guste o el que te imponen? ¿O tú lo tienes que elaborar y cargarlo para siempre? ¿O se te entrega como una herencia?

Por lo que yo considero, es bien difícil aceptar una de esas opciones, porque para ser hombre no basta solo con serlo por nacimiento. No. Un hombre es por lo que crea y hace; es decir, es lo que él se proyecta ser. Por lo que él no es más que su proyecto. Un hombre es el resultado de sus actos: se hace al elegir su moral; es la relación que tiene con su compromiso real.

El destino, filosóficamente, es el determinismo y la predestinación. Religiosamente, se dice que el futuro es guiado directamente o escrito por un poder superior; es una fuerza sobrenatural e inevitable que rige la vida humana, que es predestinación y no azar.

En la Biblia lo marcan como un propósito divino apoyado en el libre albedrío, pero que no es azar.  Con base en todo esto, considero, que el vocablo destino, igual que suerte, pecado, purgatorio, gloria, infierno, así como diablo, son vocablos abstractos y que en realidad solo son eso, pero no existen

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¿EXISTE EL DESTINO?

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

El concepto de destino se refiere a una fuerza sobrenatural que es inevitable y no se puede eludir. Según muchas creencias, este impulso dirige la vida humana hacia un fin necesario y que ya está determinado. Esto se opone a la noción de libre albedrío o libertad.
Determinadas personas defienden que el destino está escrito desde nuestro nacimiento, como si cada individuo llegara al mundo en forma inevitable y ya definido.
Otras argumentan, en contrario, que el ser humano construye y moldea su propia trayectoria a medida que avanza en la vida.

Albert Einstein no solo dejó un legado imborrable en el campo de la física, sino que también compartió reflexiones profundas sobre diversos aspectos de la existencia humana. Entre los temas que atrajeron su curiosidad se encuentra el destino, y una de sus citas revela su pensamiento: «Un hombre se identifica gradualmente con la forma de su destino. Un hombre es, a la larga, sus propias circunstancias».
Esta perspectiva también abre la puerta a la reflexión sobre la capacidad humana para aprender, adaptarse y evolucionar a lo largo del tiempo.
Si somos, en última instancia, el resultado de nuestras circunstancias, también transformamos esas situaciones a través de las elecciones y esfuerzos conscientes.

En esencia, la afirmación de Einstein implica que nuestros sucesos, lejos de ser meros eventos externos, desempeñan un papel crucial en la formación del destino. La interacción constante entre nuestras acciones, decisiones y las situaciones que enfrentamos contribuye a la creación de la senda que recorremos en la vida. Este enfoque sostiene que no somos meros
espectadores pasivos, sino que participamos activamente en su creación y desarrollo.

No solo la ciencia y la filosofía nos dan la pauta para creer esto. En la literatura podemos citar al poeta Amado Nervo, que nos dice: «… yo fui el arquitecto de mi propio destino».
Hasta Borges, nos enuncia su pensamiento, en El jardín de los senderos que se bifurcan, primera parte de Ficciones, donde aparece el memorable relato La biblioteca de Babel, una historia sobre la eternidad y el infinito.
Existen múltiples visiones respecto al origen del destino: viene con nosotros al nacer como que se construye a través de las particulares decisiones.

En última instancia, parece depender de cada uno de nosotros; porque somos los protagonistas de la historia propia.
Es un aspecto misterioso de nuestras vidas, y aunque no sabemos con certeza si ya está escrito o si lo forjamos con cada elección, sigue siendo un tema apasionante y abierto a interpretación.
¿Creemos que ya todo está escrito?, ¿existe un destino fijado de antemano?, ¿somos los seres humanos quienes con personales decisiones moldeamos nuestras vidas?
Arduo debate.

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DESTINO DE GÁRGOLA

Maria Rosa Rzepka – Argentina

Siempre soñó con ocupar un lugar en el frente de ese templo, digno ejemplo de arquitectura gótica.
Lucirse cerca del inmenso rosetón que corona la punta del arco de entrada. Que todas las miradas se posen en su silueta. Por cierto mucho más vivaz que las de esas esculturas tiesas y apiñadas que miran desde sus almas de piedra desgastadas en los
arcos del portal. No tienen más remedio que presenciar la entrada y salida de los fieles y visitantes del templo desde su seriedad sin espaldas.

En cambio a ella le tocó un espacio secundario en el vértice donde se encuentran el sur y el oeste.
Son pocos los que caminan esos rumbos por los fondos del templo, a no ser los vagabundos o los que viven de la caridad, cuando al finalizar cada jornada se dirigen allí para ordenar sus tesoros o las migajas conseguidas.
El cielo es igual de azul, es verdad, y la vista se pierde en esa villa de campaña con sus casitas plantadas aquí y allá. Desde su ubicación parecen gotas de color salpicadas sobre un manto de colinas.
Todo está previsto. Invierno, primavera, verano y otoño se suceden con sus propias variantes.
Los que a poco eran chicuelos ensayando su puntería con piedras arrojadas a escondidas, ya son hombres. Los que cargaban bultos trajinando de un lado a otro, ya descansan en el camposanto, allí a pocos metros del templo.
Los arbotantes conservan su rigidez esquelética a pesar de las lluvias, el sol y los vientos.
El musgo se ensaña con los espacios menos expuestos a la luz y el calor, vistiéndolos con una alfombra verde oscuro. Y ella desde su puesto pareciera ignorarlo todo, pero no. Permanece atenta a las variaciones que se suceden desde hace unos trescientos y pico de años.

Ha visto pasar la vida de varias generaciones. Ha sido testigo de la industrialización, de los cambios de la moda, de las hambrunas y las pestes que dejaron un tendal de muertos y huérfanos de padres y de hijos.
Pero nada se compara con esos ruidos lejanos que van acercándose cada vez más hasta hacer vibrar las campanas aunque no sea horario para llamar al ángelus.
Pronto sabrá que son los soldados, los aliados como se los denomina a esa comunión de seres que muertos de miedo se esconden en las trincheras.

Entre los aldeanos algunos festejan su llegada y otros la ven como una pizca más del horror.
La virtud de las esposas sucumbe, ya por piedad, por placer o por violencia.
Ella, la gárgola es testigo mudo. Pero toma nota del momento histórico y de la histeria.
Desde su inquebrantable posición de piedra comprende que también los hombres están hechos de piedra, aunque tal vez nunca se den cuenta.

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POEMAS SOBRE EL DESTINO

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Poemas-destino-2

Hay destinos que se revelan solo cuando caminamos hacia la luz que ya nos pertenece.

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COLABORAN

Maren Alberdi – España

Enrique Fredy Díaz Castro – México

Carlos González Saavedra – Argentina

Elspeth Gormley – España

Marga Mangione – Argentina

Sara Petrone – Argentina

María Rosa Rzepka – Argentina

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DONDE EL DESTINO RESPIRA
Maren Alberdi – España

El destino vive
en los lugares donde nadie mira:
en la sombra leve de una duda,
en la luz pequeña
que se enciende
cuando ya no esperábamos nada.

Se mueve despacio,
como si conociera
cada grieta del alma.
A veces se detiene,
como quien escucha.
A veces avanza,
como quien sabe.
A veces nos llama
desde un rincón del tiempo
que aún no hemos vivido.

El destino no empuja,
susurra.
No ordena,
invita.
No exige,
abre puertas
que solo se revelan
cuando el corazón está quieto
y la mirada se vuelve interior.

Y allí,
en ese instante suspendido
donde todo parece respirar,
descubrimos que el destino
no es un lugar,
sino una forma de despertar
lo que siempre estuvo dentro.

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ALTIBAJOS
Enrique Fredy Díaz Castro – México

Al compás de los años y su historia,
salpicados de risas y de llanto,
desplegamos de nuestro andar el manto
persiguiendo el tic tac de cada hora.

Revisamos al paso el calendario,
como queriendo detener el tiempo,
tal absurdo asomo del pensamiento
escondido en un rincón del armario.

Recorremos esos primeros metros
del camino que nos brinda la infancia,
cuando todo es gratuito y elegancia,
sosteniendo con gallardía el cetro.

Es el cobijo de nuestro hogar sagrado
indisoluble y umbilical cordón
para enseñarnos que es férrea condición
forjar principios en pos de lo anhelado.

De nuestros viejos y la familia entera
sorbemos el intensivo aprendizaje
nadie conoce la duración del viaje
ni lo sinuoso de la ancha carretera,

Pero algo es cierto: la vida cual ruleta,
irá perdiendo su andar vertiginoso
y cuando llegue el momento del reposo
lento o de pronto terminará la meta.

Es necesario plantarse en cada etapa
con la visión, carácter y coraje
consolidando del piso el andamiaje
como el guerrero con espada y capa.

Inevitable es la ruta del destino
el que una vez tomamos de la mano,
y con firmeza le respondimos ¡Vamos!
con decisión para enfrentar el sino.

Y me pregunto cuando volteo al pasado
¿De cuántos tomos será mi enciclopedia,
en donde errores y aciertos no intermedian
con el silencio, sinodal obsecado?

A fin de cuentas hay que seguir de frente
tratando de dejar perdurable huella,
que no haga el polvo del olvido su mella
y sea el recuerdo por buen plazo vigente.

La vida es mira, convicción y trabajo
es alegría, es amor por los tuyos,
por eso siempre, salvaguarda ese arrullo
para así juntos, rebasar altibajos

··· ✤ ✤ ···

DESTINO

Carlos González Saavedra – Argentina

Me han pedido que escriba

Sobre el destino.

No sé…, Por parte mí sigo, escribo y camino.

Cuando quiero llegar a destino

Nunca sé, que pasara en el camino

Si me enamoro, si quedo trabajando, en algún pueblo perdido.

sin saber que tal vez, que ése, sería mi destino.

Enseñanzas, aventuras y desafíos

Que nos depara el destino?

Para mí, ese destino es ése lugar, calentito,

Donde tomamos una sopa o un guiso

Cuando aprieta el frio, donde criamos los hijos.

Donde uno encuentra unos ojos enamorados

Una caricia, o un abrazo de alivio

Sigo mi camino

Dios, es él que conoce mi destino.

Por eso sigo, escribo y camino.

··· ✤ ✤ ···

EL DESTINO CAMINA CONMIGO
Elspeth Gormley – España

El destino camina conmigo
como la marea:
a veces sube,
a veces baja,
pero siempre vuelve.

Me ha llevado por costas tranquilas,
por ciudades llenas,
por silencios que dolían
y por luces que sanaban.

No sé si lo elijo
o si él me elige a mí,
pero cada vez que miro atrás
descubro que todo tenía sentido,
aunque entonces no lo entendiera.

Y quizá,
en ese ir y venir constante,
el destino solo intenta enseñarme
a confiar en su ritmo.

· ✤ ✤ ··

ESAS COSAS DEL DESTINO

Marga Mangione – Argentina

En una casa rodante
se fue mi vecino al río,
con su mujer y su tío,
y su primo el vigilante.
Su esposa iba adelante
y atrás catorce parientes,
que viajaban muy sonrientes,
aunque estaban apretados,
algunos iban sentados
y todos muy impacientes.
Pero se pinchó la rueda
de un neumático trasero,
con un tremendo agujero,
y todos a la vereda.
Debajo de una arboleda
esperaron con paciencia,
y simularon prudencia,
pues deseaban llegar pronto,
y como nadie era tonto
fingían tener conciencia.
La cuestión es que tenían
viaje y comida gratuita,
la graciosa ventajita,
de aprovecharse del tío,
que no decía ni pío,
cuando de él se aprovechaban,
sabiendo que se abusaban,
ya que mucho los quería,
por su familia daría
la vida, si precisaban.
Pero ellos indiferentes
sólo querían disfrutar,
y en lo posible sacar,
toda el agua de sus fuentes.
Pasar por inteligentes
buenitos y cariñosos,
pero eran muy peligrosos,
porque esperaban su muerte,
y el tío que era tan fuerte
los mantenía furiosos.

De mala gana ayudaron
a cambiar la rueda rota,
obviando el sudor que brota,
y muy pronto terminaron.
De nuevo se acomodaron
la casa volvió a la ruta,
con la familia falluta,
que va cantando contenta,
mientras la ansiedad aumenta
en su ambición prostituta.
El hombre siempre propone
teje planes y artimañas,
quiere triunfar con sus mañas,
pero es Dios el que dispone.
Seguramente supone
que ha de lograr con su empresa,
llevar el pan a su mesa,
con lo que a otro le ha quitado,
sin ver que está equivocado
y que es su intensión aviesa.
Hubo un brusco movimiento
y la gran casa rodante,
en un breve y loco instante,
volcó sobre el pavimento.
Un desenlace violento
de un accidente maldito,
posteriormente descrito,
esa noche de vigilia,
despidiendo a esa familia
que voló hacia el infinito.
Quizás por un gran milagro
alguien que ha salido ileso,
sorprende a todos por eso
y yo al Señor lo consagro.
Él es un viejito magro
con una pena gigante,
por esa familia amante,
y entre llantos se lamenta,
que pasados los ochenta
perdió la casa rodante…

· ✤ ✤ ···

…. Y DEJÓ EL BARRIO

Sara Petrone- Argentina

Se dejó convencer que era el destino,

creyó firmemente que lo era,

cambió decidida su rutina

dejando atrás, el patio de la escuela.

No pudo ver… Quizá tampoco quiso,

justificó de buena gana su ceguera,

soñó con la escasa ilusión que perseguía

y salió a caminar por el barrio y sus veredas.

Cada rincón, los tiempos de su infancia,

y el duro revés del cachetazo de la vida

se fueron colando sin prisas y sin pausas

por el hueco de su mente, al que temía.

No quiso ver las luces de su ocaso

ni aquel primer amor que aún sonreía,

ni el cielo azúl,ni el sol de la mañana.

Tampoco le importó si los perdía.

El mundo la atrapó de madrugada,

la sorprendió en un recodo del camino,

atrás dejaba el alma de la infancia,

su tiempo mejor … Su nombre… Sus amigos.

· ✤ ✤ ···

DESTINOS

María Rosa Rzepka – Argentina

Se refleja mi rostro asombrado
en tu forma de lágrima atada.
Así el pétalo escurre tu frescura
y la tierra sedienta te aguarda.

Tal vez sean iguales destinos;
tú de gota perlada de agua
deslizándote llegas y pasas.
Yo, de simple mortal que a la vida
acaricia con estas palabras.

· ✤ ✤ ···

CARTAS – JULIO

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Cartas-junio

“Cada carta es un puente entre dos almas que aún se buscan.”

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COLABORADORES

Maren Alberdi – España

José Ernesto Druán – Costa Rica

Carlos González Saavedra – Argentina

Elspeth Gormley – España

Sarah Petrone – Argentina

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CARTA A LA INJUSTICIA DE LA JUSTICIA

Maren Alberdi – España

Hoy te escribo, Justicia, aunque sé que no te gusta que te nombren cuando fallas. Te escribo desde este rincón del Mediterráneo donde la vida respira despacio, y donde la gente aprende a sostenerse sola porque tú, Justicia, a veces no llegas… y cuando llegas, llegas tarde.

Te escribo porque estoy cansada de verte caminar con los ojos vendados solo cuando te conviene. Porque te he visto mirar hacia otro lado mientras alguien se desmoronaba en silencio, esperando una respuesta que nunca llegó.

Te escribo porque ya no sé si eres balanza o si eres viento. Porque pesas cuando no debes y soplas cuando no toca. Porque a veces pareces un dios caprichoso y otras, una sombra que no protege a nadie.

Te escribo porque he visto vidas romperse por un sello mal puesto, por un expediente olvidado, por una firma que nunca llegó, por un error que nadie quiso reconocer. He visto lágrimas que no deberían existir, y silencios que duelen más que cualquier sentencia.

Te escribo porque me duele tu frialdad. Tu manera de convertir el dolor en trámite, la verdad en papel, la dignidad en espera. Me duele que no escuches el temblor de las manos que sostienen documentos como si fueran esperanza. Me duele que no veas los ojos que se apagan mientras tú decides.

Te escribo porque te has olvidado de la gente. De la madre que suplica, del hijo que lucha, del anciano que reclama, del inocente que confía, del culpable que también merece humanidad. Te has olvidado de que detrás de cada caso hay un corazón que late y una vida que se sostiene como puede.

Te escribo porque aún creo en ti, aunque me falles, aunque me canses, aunque me duelas. Creo en lo que deberías ser, no en lo que eres ahora.

Te escribo para recordarte que la justicia sin alma es solo un edificio lleno de ecos. Un lugar donde se oyen palabras pero no se escucha el dolor. Un lugar donde la verdad se sienta en una silla y espera… y espera… y espera.

Te escribo para pedirte que despiertes. Que mires. Que escuches. Que recuerdes que tu nombre es una promesa, y que las promesas, Justicia, no se firman: se cumplen.

Hoy te escribo porque la gente sigue esperando. Porque la verdad sigue esperando. Porque la dignidad sigue esperando. Y porque tú, Justicia, no puedes seguir llegando tarde.

Porque cuando tú llegas tarde, la vida se rompe. Y cuando la vida se rompe, no hay sentencia que la repare.

Por eso te escribo. Por eso te nombro. Por eso te reclamo. Porque aún creo que puedes ser lo que un día prometiste ser.

Justicia… haz justicia.

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LEALTAD

José Ernesto Druán – Costa Rica

Querida Lealtad:

No sé en qué momento dejaste de ser una palabra y te volviste un refugio. Tal vez fue el día en que descubrí que no todos permanecen, que algunos solo están mientras el viento sopla a favor. Tú, en cambio, no te mueves con las corrientes: te quedas donde el corazón decide.

He visto cómo te confunden con obediencia, como si ser leal significara callar o aceptar. Pero tú no eres eso. Tú eres firmeza, claridad, la mano que no suelta incluso cuando el camino se vuelve áspero. Eres la voz que dice “aquí estoy” sin necesidad de promesas.

Por eso te escribo hoy. Para agradecerte por las veces que me sostuviste cuando otros se fueron, por recordarme que la lealtad no se exige: se demuestra. Y porque, aunque el mundo cambie de piel cada día, tú sigues siendo la misma.

Con respeto y gratitud,
José Ernesto Druán

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ES NUESTRO SUEÑO

Carlos González Saavedra – Argentina

No despiertes de éste sueño, que es nuestro. Que tanto queremos. Por suerte podemos atravesar distancias a través de las letras.

Mi corazón late fuerte. Estoy seguro que estaremos juntos en unos meses. Las ansias de tenerte entre mis brazos es muy grande.

Esta carta, solo sirve para acercarme. Que me tengas presente.

Te mando un beso enorme, otro día te sigo escribiendo  ,mi amor, ahora tengo “compañía”

Beso

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MUJERES DE LA NOCHE ANTIGUA

Elspeth Gormley – España

A vosotras, mujeres de la noche antigua, a vosotras que caminasteis por los bosques de Zugarramurdi, a vosotras que fuisteis llamadas brujas cuando solo erais libres,os escribo desde un tiempo que no os pudo salvar, pero sí recordar.

Sé que vuestra historia no es un mito. Sé que no sois leyenda. Sé que fuisteis víctimas de la Inquisición española, esa que en el siglo XVII envió a la hoguera a decenas de mujeres y hombres, más de setenta almas acusadas de brujería, cuando en realidad solo eran diferentes, solo eran sabias, solo eran libres.

No sé si llevo vuestra sangre, pero sí llevo vuestra sombra. Una sombra que no asusta, una sombra que acompaña, una sombra que me habla cuando el mundo se vuelve demasiado ruidoso.

A veces pienso en vosotras, en cómo os miraron, en cómo os juzgaron, en cómo os temieron por saber cosas que otros no entendían, por hablar con la tierra, por escuchar el viento, por curar con hierbas, por vivir sin pedir permiso.

No quiero imaginar vuestro dolor, pero sí vuestra fuerza. La fuerza de seguir siendo vosotras incluso cuando el fuego quiso borrar vuestro nombre.

Yo no soy vosotras, pero os llevo dentro. En cada intuición que me guía, en cada silencio que me protege, en cada decisión que nace de un lugar que no sé nombrar. En cada vez que la vida me empuja y yo respondo con una calma que no es mía, sino vuestra.

Dicen que el destino está escrito. Vosotras sabéis que no. Que el destino se rompe, se cambia, se desafía, se reconstruye. Vosotras lo hicisteis, aunque el mundo no lo viera.

Hoy os escribo para deciros que no estáis olvidadas. Que vuestra historia sigue viva en quienes no aceptamos las sombras que otros imponen. Que vuestra voz sigue en quienes escuchamos la intuición, la tierra, la memoria, la raíz.

Si alguna vez el destino vuelve a temblar bajo mis pies, os prometo que caminaré con vuestra fuerza. No para repetir vuestra historia, sino para honrarla.

Con respeto, con luz, con silencio, con memoria, os escribo desde este tiempo que por fin os nombra sin miedo.

Elspeth.

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CARTA SIN DESTINO

Sarah Petrone – Argentina

Aquí estoy otra vez, buscando en la incongruencia de las palabras, una razón que justifique las diferentes interpretaciones sobre la finitud de la vida…Y su destino.

Se dice que en el libro de la historia de cada uno, todo lo que nos sucederá ya está escrito de antemano en sus páginas. Claro, siempre que el mítico trío de las hilanderas griegas no jueguen con las hebras invisibles que Clota tejió para nosotros, y terminen midiendo y cortando el largo de los hilos de la vida que nos toca por derecho.

Entonces, el destino deja de estar predeterminado por el Plan Divino para ser juguete de ese otro destino. Mito o realidad, nos dejamos influenciar según nos convenga, por diferentes creencias y a veces creemos tomar al destino con nuestras propias manos.

Los hados que intervienen como consejeros en nuestras vidas en forma de amigos, colaboradores, de oraciones de los que se preocupan y nos quieren, a veces miran hacia otro lado y nos dejan a nuestro libre albedrío, es cuando el destino se desorienta y esas encrucijadas son las que enferman el alma y casi siempre dan un vuelco inesperado y fundamental en nuestro camino. Y eso está bien. Es cuando el destino nos pone a prueba para ver si podemos manejar solos, nuestra propia historia de vida, torciendo la directiva del destino.

Nadie sabe qué sucederá mañana. El destino es una incógnita indescifrable que ningún horóscopo puede aseverar.

Bueno, al principio hablé de la incongruencia de mis palabras, creo haber sido fiel  a lo dicho. No sé si los he confundido o simplemente conseguí alguna sonrisa escéptica.  De cualquier manera quiero pensar que la culpa es por haber nacido bajo un destino loco y contradictorio, al que me enfrento cara a cara, día tras día, porque es el ordenador de lo que me sucede y no lo puedo modificar.

No me escondo detrás de mis palabras, mis palabras siempre son un grito.  Y el destino es una quimera sin respuesta.

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ANÉCDOTAS DE VIDA – JULIO

AVISO EDITORIAL: Las opiniones vertidas en esta publicación son responsabilidad exclusiva de sus autores y no reflejan necesariamente la postura editorial de la revista.

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Anecdotas-de-vida

Pequeños momentos que, sin buscarlo, se convierten en historias. Instantes que revelan la belleza de lo cotidiano y la fuerza de lo vivido

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COLABORAN

  • Miriam Alberganti – Argentina
  • Maren Alberdi – España
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Andrea Kiperman – Argentina
  • Marga Mangione – Argentina
  • Yanni Tugores – Uruguay

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EL DIENTE EN EL MONEDERO

Miriam Alberganti – Argentina

Mairim tenía cinco años y medio, y un diente que se le movía desde el domingo. Ese diente flojo que te ocupa toda la boca.

La abuela había vuelto de la mercería de Gaona con un monedero de hule a lunares rojos, de los que hacían ¡CLAC! bien fuerte. Lo había puesto arriba de la heladera, donde ponía todo lo que no quería que Mairim tocara.

— Ni se te ocurra, Mairim. Ahí guardo para el almacén de Don José.

Mairim no quería plata. Mairim quería el ¡CLAC!

A la hora de la siesta, cuando la abuela roncaba bajito con la radio en AM, Mairim arrastró la banqueta de la cocina, se subió en puntas de pie y bajó el monedero.

¡CLAC! Lo abrió.

Adentro había dos billetes de un peso y olor a perfume barato.

Ella tenía en el bolsillo del delantal tres tesoros: un botón grande de nácar, un caramelo Mielcitas a medio comer que guardaba «para después» y el diente, que de tanto tocarlo con la lengua, se le cayó ahí mismo, adentro del monedero.

Plop.

Mairim se tapó la boca. Se miró en el espejo de la cocina. Tenía un agujero negro, negro. Y el diente estaba ahora entre los billetes de la abuela.

Justo en ese momento, la abuela se despertó.

— ¿Qué hacés ahí arriba, Mairim?

Mairim, con la boca cerrada para que no se le escapara el aire por el agujero, le mostró el monedero orgullosa.

— Te lo cuidé, abu.

La abuela abrió el monedero para ir a lo de Don José y se encontró con todo: el botón, el Mielcitas pegoteado a un billete de un peso y el dientito manchado de caramelo.

La miró.

— ¡Mairim! ¡¿Qué es esto?!

— Lo importante — dijo Mairim, y por el agujerito se le escapó un silbido —. El Ratón Pérez ya vino.

La abuela intentó despegar el Mielcitas del billete. Imposible. Estaba soldado.

Tuvo que ir hasta lo de Don José con el billete pegoteado y con un botón de nácar y un diente de regalo.

Don José lo miró, lo olió y le dijo:

— Rosa, decile a Mairim que el Ratón Pérez me debe el vuelto. Le cobré dos pesos el caramelo.

Nota del autor: De muy chiquita me llamaban por el apodo de MAIRIM o sea mi nombre al revés (MIRIAM) Será tal vez, que siempre fui al revés de todo sistema?)

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LA CALAVERA DE MI MARIDO

Maren Alberdi – España

Poco después de casarme tuve un capricho peculiar: quería una calavera humana como lámpara para mi mesa de trabajo. Mi esposo, al principio, no estaba muy convencido… pero al final aceptó. Habló con un amigo suyo, forense, y este con otro contacto. Y sí: un día apareció en casa una calavera, limpita, perfecta, lista para ocupar su lugar en mi escritorio.

Al principio impresionaba, pero luego se volvió parte del paisaje. Mi marido, con su humor, me dijo:

—Estarás contenta, ya tienes tu calavera… pero recuerda que esa calavera es mía, dijo mi esposo

Pocos años después mi esposo falleció. La calavera siguió en mi mesa, como una presencia silenciosa que nunca me molestó.

Un día vino un electricista porque tenía un problema con un conmutador. El hombre iba revisando la casa y, de repente, se detuvo en seco al ver la calavera.

—Uy, señora… ¿tiene usted una calavera? —Sí —le dije yo, muy tranquila—. Es de mi marido.

El hombre no dijo nada más. Terminó su trabajo, le pagué, y cada uno siguió con su vida.

Por la tarde, al salir con mis hijos, el conserje de la finca de enfrente se acercó:

—Doña Maren… ¿qué le ha dicho usted al electricista? —¿Yo? Nada. ¿Por qué? —Pues verá… cuando ha terminado en su casa me ha dicho: “Pepe, la señora Maren es muy amable… pero un poco rarita, ¿verdad?” Y claro, yo le he dicho que no veía nada raro en usted. —¿No? —respondió el electricista—. Pues te diré: ¡tiene la calavera de su esposo en el escritorio!

Y yo, qué quieres que te diga… Me reí…Porque sí, quizá soy un poco rarita..Pero feliz.

  Hace muchos años que la calavera ya no está… aunque algunos aún creen que la guardo en un cajón.  

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INDIO, MI OVEJERO

Carlos González Saavedra – Argentina

¡No supe cuidarte!

 Hoy decidiste un camino distinto, pensé .Sin embargo, busque en vano por barrios cercanos.

Puse carteles con tu foto. Nadie te había visto.

Así pasaron cuatro horas de desesperanza y angustia. Al borde de las lágrimas, le cuento a mi hija. ¡No sabía que hacer!

-¡Sílbale Papa!

-Es una locura, hace cuatro horas que se fue.

-¡Sílbale, haceme caso.

Así fue, en la esquina de mi casa comencé a  llamarlo como siempre.

Esperanzado, que alguien lea mi número  de teléfono, en el huesito metálico del cuello.

Pero acercarse, no sería tarea fácil. Un ejemplar hermoso ovejero, manto negro.

Solo pasaron cinco minutos y sonó el teléfono.

-¡Señor, acá en la puerta de casa hay un perro!

-¡Si sí es mi perro!¿ Donde esta? Que lo voy a buscar!

A más de cuarenta cuadras de casa. Indio me esperaba con un tachito de agua al lado.

Temblaba de miedo. Llorando, nos subimos al auto.

Agradeciendo a la señora, por su llamado.

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LA VEZ QUE ME PERDI EN LONDRES

Elspeth Gormley – España

Tenía diecisiete años y aquel verano estudiaba inglés en Londres. Mi inglés era malísimo, y viajar en metro era casi ciencia ficción para una chica de la España de los años setenta. En mi ciudad no había metro, así que cada línea, cada cruce, cada túnel era un laberinto.

Una mañana me perdí. Plano en mano, preguntaba a la gente cómo llegar a Charing Cross Road, pero no entendía nada de lo que me respondían. El acento, la rapidez, el ruido… todo me sonaba igual: incomprensible.

De pronto vi a un matrimonio mayor. Pensé: “Estos seguro que tienen más paciencia.” Me acerqué con mi mejor sonrisa y un inglés perfecto —o eso creía yo— y les pregunté si podían orientarme.

Ellos me miraban sin decir nada. Yo pensé: “Madre mía, qué mal hablo.” Así que repetí la pregunta, más despacio, más clara, más desesperada.

Entonces la señora se giró hacia su marido y dijo: “Ay, José… que no sabemos qué le pasa a esta zagala y me parece que tiene algún problema «

Me quedé petrificada. ¿Españoles? ¿Allí, en medio del metro de Londres?

“Pues claro, hija”, me dijo ella. “¿Qué te sucede?”

No sabían exactamente dónde estaba la calle que buscaba, pero sus hijos vivían a pocos metros de donde nos encontrábamos. Me llevaron hasta su casa, me dieron agua, me tranquilizaron y me ayudaron a regresar.

Aquel día aprendí dos cosas: que perderse también es una forma de encontrarse, y que los españoles, incluso lejos de casa, siempre acaban reconociéndose.

Aún mantengo amistad con los hijos de aquel matrimonio. El metro me perdió, pero ellos me encontraron.

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LA DUDA EN LA MIRADA
Andrea Kiperman – Argentina

¿Alguna vez sintieron algo tan fuerte al mirar por primera vez a una persona que el mundo alrededor pareciera detenerse? A mí me pasó con unos ojos negros. Un instante breve, pero tan intenso que quedó grabado para siempre.

La vida nos separó. Entre idas y venidas, silencios y desencuentros, pasaron años sin saber nada el uno del otro. A veces la vida es caprichosa: aleja a ciertas personas y acerca a otras sin explicación.

Recuerdo un viaje a Santiago de Chile. Volvíamos a Buenos Aires, muy temprano, el aeropuerto lleno de gente que iba y venía. En medio de ese movimiento, sentí una mirada fija en mí. Levanté la vista… y lo vi. O creí verlo.

Caminamos en direcciones opuestas apenas unos segundos, lo que dura una brisa de verano. Seguí andando, pero la duda se quedó conmigo: ¿Habrá sido él?

El mundo es demasiado grande para un encuentro así, después de tantos años de silencio. Por momentos creo que sí. Por momentos creo que no.

Esa duda, como a vos, me acompañará un tiempo más.

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MI ORGULLO DE MUJER

Marga Mangione – Argentina

Trabajé muchos años administrando propiedades en la inmobiliaria de mi esposo, desde que la fundó en 1978. Era la década del 80, y un joven policía que había concluido su contrato de locación vino a traerme las llaves y todos los recibos de servicios, luego de que el propietario revisara la propiedad a satisfacción.

Ese día me dijo con mucha amabilidad que él había pagado todo, pero que si llegaba alguna nueva boleta con consumo, lo llamara a su trabajo, que de inmediato vendría a buscarla para abonarla. Y sí, llegó una boleta con consumo. No era una gran suma, pero había deuda. Como siempre se había portado bien, pensé que no tendría problemas, así que lo llamé.

Cuando atendió el teléfono y le comenté el motivo de mi llamada, me respondió furioso: “Mire Margarita, esa boleta descuéntesela al dueño o páguela usted, porque bastante he pagado en estos dos años de contrato para beneficio de ustedes, que son unos chupa sangre. Y ni se le ocurra volver a molestarme al trabajo, si no quiere que la encuentren algún día tirada en una zanja”. Y cortó. Quedé impactada por esa respuesta. Diría que helada. No era la forma en que habíamos llevado la relación durante los dos años de locación. Siempre se portó de manera educada y cumplió con sus obligaciones sin demoras, pero todo había cambiado de repente.

Sabiendo que se desempeñaba en la Oficina Regional de la Policía de la Provincia de Buenos Aires, en Quilmes, le dije a mi esposo que me llevase hasta allí. Serían cerca de las cinco de la tarde cuando llegamos, y al querer ingresar por la puerta principal me detuvo un oficial de apellido griego, que no voy a mencionar, pero que nunca olvidé. “¿Señora? ¿En qué puedo ayudarla?”, dijo secamente. Cuando le manifesté que iba a denunciar a un compañero suyo, cambiaron los colores de su rostro y nos hizo pasar muy presuroso, llevándonos hasta la oficina del comisario, quien nos hizo sentar y me pidió que relatara lo ocurrido. Una vez que le expliqué, llamó a un subalterno y le dijo: “Che, fulano, traeme el legajo del chofer del sub”. Cuando el agente se lo entregó, lo abrió, me mostró la foto y me preguntó: “¿Es éste?”. “Sí, señor comisario”, respondí. Entonces se puso de pie, me hizo pasar a una oficina para que me tomaran la denuncia (que tecleó con dos dedos un agente en una vieja Remington), y se acercó a darme la mano. Noté entonces que tenía una pronunciada renguera.

Él notó mi mirada y me dijo: “Un balazo hace años… gajes del oficio”. Después de que me tomaron la denuncia, me pidió mi número de teléfono porque me llamaría para devolverme el dinero. A los pocos días cumplió con su palabra. Por consejo de mi abogado, le dije que no quería el dinero, que no lo necesitaba, y que lo dejaba para comprar yerba y azúcar para el mate cocido de la tropa. Mi interés había sido dejar en claro que, por ser mujer, no me iba a dejar amedrentar por nadie.

El comisario dijo que de ninguna manera, que el dinero era mío y que pasara a buscarlo cuando quisiera. Así lo hice a los pocos días. El joven policía no cumplió con su promesa de dejarme tirada en una zanja, porque aún estoy aquí, después de más de 40 años. Gracias a Dios, nunca más lo volví a ver. Y mi orgullo de mujer quedó satisfecho.

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EL ADIÓS A LA TÍA IRIS

Yanni Tugores – Uruguay

Mi tía Iris había sido muy estricta en todo. Más aún a la hora en que le tocara partir. Se aseguró de dejar, escrito ante escribanos, que, para su velorio no quería que hubiera discursos, ni lágrimas, ni flores ni música fúnebre.
Lo que sí quería era que se contratara al “Negro Rada”, ¡ojo que esto no es discriminación! A Rada un prestigioso cantante
afrodescendiente de mi país, le gusta que le digan negro.
Tal como mi tía había dejado estipulado, Rada llegó a la sala velatoria con su banda. El ambiente, que de por sí prometía ser inusual, cambió por completo cuando el músico empezó a entonar su clásico tema titulado «Muriendo de plena». Con su voz y percusión tan particulares, resonaron los versos exactos que mi tía Iris solía tararear y que, a su manera, resumían su filosofía de vida:
…Cuando yo me muera no quiero llantos ni penas prefiero que se me vele bailando una rica plena…
Al principio, los vecinos se quedaron helados. A muchos les pareció una broma de humor negro o una escena sacada de una película surrealista, dada la situación. Sin embargo, los más allegados a la tía conocíamos bien su espíritu alegre. La mayoría de mi familia, entendiendo a la perfección el mensaje, dejó los prejuicios de lado y bailamos alrededor del ataúd.
Así, en lugar de tristeza, lo que reinó fue la alegría tal cual como ella lo deseaba.
Estoy segura de que mi tía Iris, estuvo allí con nosotros, bailando al ritmo de la plena y disfrutando de la fiesta inolvidable que ella misma se encargó de organizar.

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EDITORIAL – JULIO

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Editorial-la-tierra-arde

“Negar el cambio climático no apaga incendios; solo alimenta la ignorancia.

CUANDO EL FUEGO YA NO AVISA

Arde España. Arde Francia. Arde Italia. Arde Grecia. Arde el Mediterráneo entero como si fuera una sola herida abierta.

Y mientras miles de familias pierden sus casas, mientras los bomberos forestales se dejan la piel, mientras los pueblos se vacían envueltos en humo… todavía hay quien dice que el cambio climático no existe. Todavía hay quien se atreve a mirar a otro lado, como si negar la realidad fuera suficiente para apagarla.

Pero el fuego no entiende de ideologías. El fuego no vota. El fuego no pregunta. El fuego arrasa.

Lo que estamos viviendo no es “verano”, no es “ciclo natural”, no es “lo de siempre”. Es una emergencia climática que lleva años avisando y que ahora grita con llamas de veinte metros. Los montes no arden solos. Arden por sequías extremas, por olas de calor inéditas, por años de dejadez política, por falta de prevención, por recortes, por miradas hacia otro lado.

Y sí: quien sigue diciendo que el cambio climático es un invento, es un irresponsable. Porque negar lo evidente no solo es ignorancia: es peligro. Es jugar con la vida de todos. Es condenar a nuestros hijos a un planeta que ya no puede más.

Europa entera está ardiendo. Los mapas son rojos. Los cielos son grises. Los animales huyen. Los pueblos lloran. Los bomberos se desploman agotados. Y aun así, hay quien prefiere seguir discutiendo en lugar de actuar.

La tierra está diciendo basta. Y nosotros, si queremos seguir viviendo en ella, tenemos que escucharla.

No podemos permitir que la negación, la indiferencia o la ignorancia sigan marcando el rumbo. No podemos seguir aceptando discursos que minimizan lo que ya es una tragedia global. No podemos seguir confiando en quienes creen que el clima es una opinión y no una evidencia científica.

El Mediterráneo está ardiendo. Europa está ardiendo. Y si no reaccionamos, lo que se quema no es solo el bosque: es nuestro futuro.

Que este fuego nos despierte. Que este fuego nos una. Que este fuego nos obligue, de una vez por todas, a actuar.

Porque negar el cambio climático no apaga incendios. Pero la conciencia sí puede evitar que el próximo sea peor.

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