CRÓNICAS Y ENSAYOS – SEPTIEMBRE
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COLABORADORES
Maren Alberdi – España
Carla Gloria Colomé – Estados Unidos
Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos
Elspeth Gormley – España
Gustavo Páez Escobar – Colombia
Luz Mely Reyes – Venezuela
Fernando Savater – España
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CUANDO LOS LIBROS LLENAN UN AUDITORIO

Maren Alberdi-España
Confieso que, al entrar en el auditorio y verlo completamente lleno, mi primer pensamiento no fue especialmente literario ni brillante. Fue algo mucho más humano:
«Uf… vamos a ver cómo me las arreglo.»
Había preparado unas notas. Unas pocas ideas sobre la lectura, la memoria, la identidad y el futuro. Nada hacía pensar que aquella actividad, prevista para un par de horas, acabaría convirtiéndose en una experiencia de casi cuatro.
Mi voz no es especialmente potente. Nunca lo ha sido. Quizá por eso me sorprendió que, apenas comenzaron las primeras palabras, las conversaciones se apagaran poco a poco. El murmullo desapareció y el silencio ocupó la sala.
No era un silencio impuesto. Era el silencio que nace cuando alguien decide escuchar.
A medida que avanzaba la conferencia fui observando los rostros de los asistentes. Vi atención, interés y curiosidad. Vi cabezas que asentían y miradas que permanecían fijas. Y sentí algo que toda persona que ha hablado alguna vez ante un público reconocerá de inmediato: la certeza de estar siendo escuchada de verdad.
Aquello obró un pequeño milagro.
Los nervios iniciales fueron desapareciendo y en su lugar surgió una alegría tranquila, una energía interior que parecía alimentarse de la propia atención del auditorio. Cuanto más compartía mis reflexiones sobre los libros, más evidente resultaba que las palabras encontraban un lugar donde posarse.
Aquella tarde hablamos de memoria, de identidad y de futuro. Hablamos de cómo los libros conservan la memoria de quienes nos precedieron, nos ayudan a comprender quiénes somos y nos permiten imaginar quiénes podemos llegar a ser. Hablamos de la poesía, de la novela, de los relatos y de ese extraordinario privilegio que supone poder vivir otras vidas a través de la lectura.
Pero, pensándolo bien, aquella tarde no solo hablé yo.
También aprendí.
Durante años hemos escuchado una frase que se repite casi como una verdad absoluta: que los jóvenes no leen. Que los libros han dejado de interesarles. Que la literatura ocupa un lugar cada vez más pequeño en sus vidas.
Sin embargo, lo que encontré ante mí fue una realidad muy diferente.
Encontré jóvenes interesados, participativos y profundamente curiosos. Jóvenes que leen y que además saben muy bien qué quieren leer. Jóvenes capaces de hablar de autores, de recomendar libros y de explicar con convicción qué historias les han emocionado o les han hecho pensar.
Quizá sus caminos hacia la lectura no sean los mismos que los de generaciones anteriores. Quizá descubran libros a través de las redes sociales, de una comunidad lectora o de las recomendaciones de otros jóvenes. Pero los lectores están ahí.
Y son muchos más de los que solemos imaginar.
La mejor prueba llegó al final.
Las dos horas previstas fueron quedándose cortas. Las preguntas se sucedían unas a otras. Surgieron comentarios, reflexiones y conversaciones que hicieron imposible mirar el reloj. Cuando quisimos darnos cuenta, habían transcurrido casi cuatro horas desde el comienzo del encuentro.
Y aun así nadie parecía tener prisa por marcharse.
Después compartí un café con algunos de los asistentes. Hablamos de literatura, de autores, de lecturas recientes y de proyectos personales. Fueron conversaciones espontáneas y enriquecedoras, de esas que prolongan un encuentro mucho más allá de las paredes del auditorio.
Regresé a casa cansada, pero con una felicidad serena.
A veces pensamos que somos nosotros quienes acudimos a hablar de literatura. Sin embargo, aquella tarde la literatura también me habló a mí.
Lo hizo a través de las preguntas, del interés sincero y de la mirada de aquellos jóvenes que llenaban la sala.
Y me recordó algo que nunca deberíamos olvidar: mientras exista una sola persona con ganas de abrir un libro, las historias seguirán encontrando su camino.
Aquella tarde entré en el auditorio preguntándome cómo me las arreglaría.
Salí de él con una certeza mucho más valiosa.
La literatura sigue teniendo futuro porque hay jóvenes que continúan buscándola.
Y, afortunadamente, ella sigue encontrándolos.
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DANIELA EN MIAMI Y DANIEL EN ÁFRICA

Carla Gloria Colomé–Estados Unidos
La historia de Daniela Fuentes es la de una identidad obligada a esconderse para sobrevivir. Nacida en Cuba como Daniel, supo desde muy joven que era una mujer. Tras años de discriminación, dificultades y agresiones por su condición de mujer trans, decidió abandonar la isla en busca de un futuro mejor.
Durante su travesía migratoria hacia Estados Unidos tuvo que alternar entre Daniela y Daniel según las circunstancias. En algunos lugares mostrarse como mujer suponía un riesgo añadido, por lo que volvió a vestir y aparentar ser hombre para protegerse durante el viaje a través de Centroamérica.
Cuando finalmente llegó a Miami recuperó la vida que sentía como propia. Trabajó, hizo amistades y volvió a expresarse libremente como Daniela. Sin embargo, una orden de deportación acabó llevándola a varios centros de detención migratoria, donde fue tratada como un hombre y obligada a renunciar a muchos de los elementos que formaban parte de su identidad.
Más tarde fue deportada a la República Centroafricana, un destino inesperado y muy alejado de todo lo que conocía. Allí vive con temor e incertidumbre, en un entorno donde las personas LGTBIQ+ encuentran serias dificultades para vivir abiertamente su identidad. Para sentirse más segura ha vuelto a adoptar una apariencia masculina, aunque insiste en que nunca ha dejado de ser Daniela.
Su caso ha despertado la preocupación de organizaciones defensoras de los derechos humanos, que denuncian la pérdida de protecciones para las personas trans en los centros de detención migratoria y cuestionan las deportaciones a países donde pueden quedar expuestas a discriminación o persecución.
Mientras espera poder regresar a Cuba y reconstruir nuevamente su vida, Daniela mantiene intacto su deseo de vivir algún día en un lugar donde no tenga que esconder quién es para sentirse segura.
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CATALINA SALE A CAMINAR

Ilka Oliva-Corado-Estados Unidos
Ve el reloj y le faltan quince minutos para salir de trabajar. Tiene dolor en los pies, en los tobillos, en las rodillas y las piernas se le inflaman por la retención de líquidos al pasar diez horas de pie. En su espalda siente como astillas ancladas, un ardor punzante que no se mueve de lugar, lo describiría como la sensación de un alfiler entrando en su piel a la velocidad en la que se mueve la aguja de una máquina de coser. Las muñecas de las manos las tiene inflamadas todo el tiempo. Doña Bartola que se dedica a sobar y que también es comadrona le dijo que tiene artritis en las manos y que pronto se le regará en todo el cuerpo.
Tal vez será artritis la que tiene en las caderas entonces, se dice todas las mañanas cuando se levanta y el dolor en la cintura lo siente puro chile. La suela de un zapato tiene un agujero, lo tapa con papel periódico, está que irá a donde don Obdulio, el zapatero, para que le cambie la suela, pero tiene todo el dinero comprometido en pagos.
Para cada veinte de mes Catalina está en números rojos, prestando dinero para el pasaje y no es que se malgaste lo poco que gana, es que lo que le pagan es una miseria. Sueña despierta, como la mayoría de sus compañeras en el trabajo. Algunas con una casa propia, otras con vacaciones, un automóvil, un trabajo donde no tengan que estar de pie, un esposo decente que no les pegue, un padre responsable para sus hijos, dinero suficiente para pagar los recibos y que les sobre para llegar a fin de mes.
Todas fantasean con un abrazo, con una caricia en el rostro, en el cabello. Con un masaje en los pies. Con dormir tres días seguidos. Muchas en sus conversaciones durante los 20 minutos de almuerzo cuentan que si volvieran a nacer no se casarían ni tendrían hijos, algunas al escucharlas se persignan y otras guardan silencio, diciendo para sus adentros que también harían lo mismo.
Ni Catalina ni ninguna de sus compañeras de trabajo tuvo la oportunidad de estudiar, esas alturas son inalcanzables para personas como ellas, lo han comentado en infinidad de ocasiones. Pero si hubieran tenido la oportunidad ahí habría doctoras, ingenieras, docentes, químicas y Catalina que siempre quiso ser bióloga marina. Nacida en una casa con paredes de lámina, a las orillas de un río de aguas negras, en la periferia de la ciudad de Guatemala. La mayor de ocho hermanos, casada a la fuerza en la adolescencia con un hombre treinta años mayor, madre de cuatro, Catalina sueña con juntar dinero para comprarse una prótesis dental.
Y con un bosque cerca de su casa, donde canten las chicharras y alumbren las luciérnagas. Un bosque frondoso como el de los cuentos que contaba su abuela en las tardes en las que le ayudaba a preparar la cena. Un bosque con árboles grandes que llenen de sombra el camino. Un bosque para ir a caminar.
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LA BAILARINA QUE SIGUIO DANZANDO

Elspeth Gormley-España
Hay libros que pasan por nuestras manos como pasan los trenes por una estación. Los vemos llegar, nos acompañan durante unas horas y después continúan su camino. Y luego están esos otros libros que se quedan sentados a nuestro lado mucho tiempo después de haber cerrado la última página.
Eso me ha ocurrido con La bailarina de Auschwitz, de Edith Eger.
No porque desconociera la historia. A estas alturas resulta imposible acercarse a Auschwitz sin saber, aunque sea de manera fragmentaria, lo que aquel nombre significa. Lo que no imaginaba era encontrarme con una voz tan serena. Quizá debería decir tan humana.
Durante la lectura me sorprendió que, frente a un sufrimiento difícil de comprender para quienes no lo hemos vivido, la autora no levantara barricadas entre ella y el lector. No encontré una voz dominada por el resentimiento ni el deseo de ajustar cuentas con el pasado. Encontré algo mucho más difícil: una mujer intentando comprender su propia vida.
Y eso cambia por completo la lectura.
A menudo pensamos que los testimonios sobre el Holocausto pertenecen únicamente a la historia. Los situamos en una especie de vitrina moral que debemos contemplar con respeto. Sin embargo, las páginas de Edith Eger consiguen algo distinto. Derriban esa vitrina y convierten la experiencia en una pregunta dirigida al lector.
¿Qué hacemos nosotros con nuestras propias heridas?
Mientras avanzaba entre sus recuerdos, me descubrí pensando menos en los campos de concentración y más en las pequeñas cárceles cotidianas que todos construimos alguna vez. El miedo. La culpa. Los errores del pasado. Las pérdidas que no terminamos de aceptar. Las palabras que nunca dijimos.
Tal vez ahí resida la verdadera fuerza del libro.
Desde un punto de vista literario, no estamos ante una obra que pretenda deslumbrar con recursos narrativos complejos ni con una prosa especialmente ornamentada. Su valor nace de otro lugar. De la autenticidad. De esa rara capacidad para hacer que cada reflexión parezca el resultado de una vida entera de búsqueda.
Las páginas más memorables no son necesariamente las más dramáticas. Son aquellas en las que la autora se detiene a observar el funcionamiento del alma humana. Es ahí donde la superviviente deja paso a la psicóloga, y la psicóloga deja paso a la mujer que ha aprendido, lentamente, a reconciliarse consigo misma.
Confieso que en más de una ocasión tuve que interrumpir la lectura.
No porque las escenas fueran insoportables, sino porque algunas reflexiones necesitaban silencio.
Hay libros que exigen tiempo para ser comprendidos.
Éste exige tiempo para ser sentido.
Cuando llegué al final no sentí la tristeza que esperaba. Sentí algo diferente. Una especie de gratitud difícil de explicar. Gratitud hacia quienes fueron capaces de sobrevivir para contar. Gratitud hacia quienes convierten el sufrimiento en conocimiento. Gratitud hacia quienes, habiendo conocido lo peor del ser humano, siguen siendo capaces de creer en la esperanza.
Quizá por eso, al recordar este libro, no pienso primero en Auschwitz.
Pienso en una joven obligada a atravesar el infierno y en la mujer en la que terminó convirtiéndose.
Pienso en la extraordinaria capacidad humana para levantarse una vez más.
Pienso en esa danza invisible que algunas personas continúan interpretando incluso cuando la vida parece haberles arrebatado la música.
Y entonces comprendo que el verdadero milagro de esta historia no es haber sobrevivido.
Es haber conservado la luz.
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SUCESOS PAARANORMALES (2)

Gustavo Páez Escobar-Colombia
El folclore de muchos países define a los duendes como seres fantásticos y misteriosos, de pequeña estatura y aspecto humanoide. Aparecen con las orejas en punta, que pueden interpretarse como antenas para escuchar mejor a la gente. En su vestimenta son vistosos los sombreros grandes, los zapatos excedidos y los trajes de colores. Suelen cambiar el sombrero por un gorro festivo, y llevan una bolsa en la mano o en el hombro.
Son bromistas, juguetones y vivarachos. Ese es su talante habitual, el de todos los días y todas las horas. Nunca se les ve tristes, estresados o alicaídos, porque la sonrisa es tan genuina en ellos como sus propios ojos perspicaces y pícaros. Les gusta jugar con la gente y cambiar de sitio a los objetos. Se caracterizan por su naturaleza simpática y amable. En los campos cuidan las fincas y animales, e impiden que los malos espíritus perturben el ambiente. En las viviendas amparan a los residentes con artificios ingeniosos. Son criaturas mágicas. No hay que confundirlos con los fantasmas o los espíritus perversos. En el mundo esotérico existen otros seres que tienen alguna semejanza con los duendes: los gnomos, los elfos y las hadas, pero estos son de diferente estilo.
Cuando hace medio siglo vivía yo en Armenia, una noche estaba dedicado en la biblioteca de mi casa al oficio de escritor. De repente percibí un ruido extraño, que sonaba como un aleteo cadencioso. Pensé que se trataba de una sugestión o una suposición, tal vez motivadas por el capítulo de suspenso que tramaba en la novela que escribía. Después reapareció el mismo sonido, y entendí que se trataba de algo incomprensible.
El diccionario que mantenía a la mano cambió de lugar en un instante. Y persistía el aleteo. Eran las once de la noche. Noche profunda, trastornada por el miedo y la perplejidad. Dominado por la zozobra, abandoné la biblioteca y busqué el sueño, un sueño intranquilo, como mi propio espíritu. La semana siguiente dejé de ingresar a la biblioteca, y solo lo hice cuando leí un texto respetable que me enseñó a querer a los duendes.
De nuevo en mi escritorio, el alma me volvió al cuerpo. Había adquirido la confianza. Retomé el capítulo inconcluso de la novela y me familiaricé con los ruidos insólitos. No pensaba en nada distinto a proseguir con vigor por el camino de las letras. Otra noche de buena luna, cuando había superado la barrera del desconcierto, descubrí de pronto una raya marcada en la uña del dedo medio. A este hecho no le di mayor importancia, quizás por estar concentrado en la escritura de la obra.
Borré la raya y poco después volvió a aparecer más nítida. «Es el lenguaje insistente de los duendes», pensé. Lo cierto es que me había familiarizado con ellos, y la amistad perdura hasta el día de hoy. Estas criaturas inofensivas y graciosas, amables y solidarias, buscan la amistad de los seres humanos a través del único lenguaje que saben: el suspiro, el aleteo, el susurro. Ninguna ciencia ha podido descifrar estos mitos legendarios que habitan el planeta a lo largo de los siglos
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¿QUIÉN DIÓ LA ORDEN DE BLOQUEAR Y CENSURAR A LOS MEDIOS VENEZOLANOS?

Luz Mely Reyes-Venezuela
La directora de Efecto Cocuyo, uno de los medios digitales desbloqueados, alza la voz por los todavía restringidos y por los periodistas perseguidos y exiliados
Sin VPN no se me pega internet”. La frase la soltó uno de los periodistas-editores de Efecto Cocuyo, a horas de que el gobierno de facto venezolano diera la orden de desbloquear a algunos portales digitales independientes .Me conmovió porque siempre nos ocupamos de que los usuarios puedan acceder a nuestros productos informativos, pero el costo que se paga por hacer periodismo en una dictadura va desde el roce cotidiano que termina causando una herida de agotamiento hasta la persecución brutal que obliga al exilio para no ir a una cárcel.
“Este 17 de septiembre, los redactores y editores de portales web como Efecto Cocuyo abrieron el navegador y, por primera vez en años, escribieron directamente la dirección… sin esa sensación de estar entrando por la puerta de atrás de su propia casa. La página cargó de una, limpia, como si nunca hubiera estado escondida”, escribe nuestro equipo.
La dictadura ordenó el levantamiento del bloqueo digital de varios medios de comunicación, entre ellos, Efecto Cocuyo, organización cuya dirección general manejo desde el exilio y que lideran en el terreno mis colegas Josefina Ruggiero y Danisbel Gómez.
Desde 2019, y posteriormente, tras el primer informe de la Misión de Determinación de los Hechos de la ONU en Venezuela que incluyó 19 menciones a reportajes publicados por nuestro medio, comenzamos a ser duramente hostigados, con episodios de censura que incluyeron acoso digital, campañas con acusaciones por supuesta traición a la patria, incluso llevadas adelante por la Comandancia de la Aviación, que difundió un video para incriminarnos en una supuesta conspiración contra el defenestrado Nicolás Maduro. Por supuesto que nunca faltó la mención de que éramos agentes de la CIA.
Siempre he preguntado por mis “cheques”, que supongo descansan en un cajón de algún burócrata de la agencia de inteligencia de Estados Unidos.
Luego, el 31 e3 enero de 2022, tras la cobertura de un incendio en Caracas en la tienda Cine Cittá, el bloqueo se hizo más fuerte, dejando a los usuarios en Venezuela sin acceso al medio y provocando una caída del 70% del tráfico web.
Aquella vez me enteré de la decisión del bloqueo general a través de una fuente. La orden la emitió alguien de la Comisión Nacional de Telecomunicaciones (Conatel) vía WhatsApp. Desde aquel momento y hasta este jueves 17 de septiembre, las empresas privadas de telecomunicaciones nos censuraban, incluyendo a Movistar, subsidiaria de Telefónica. Así de sencillo era quitarles a millones de venezolanos su derecho a estar informados y silenciar a los periodistas.
Por supuesto que denunciamos la agresión. La organización Espacio Público demandó información, en nuestro nombre y de otros medios, sobre las razones de la decisión, el procedimiento y los mecanismos de apelación a los que teníamos derecho. Nunca hubo respuestas. Ni de Conatel y mucho menos de la Defensoría del Pueblo.
En este tiempo de tutelaje y de supuesto encauzamiento a la democracia, los periodistas venezolanos hemos tenido exigencias que son relativamente sencillas de cumplir:
1. Desmantelamiento del marco legal utilizado para restringir la libertad de expresión y criminalizar la disidencia. Derogación de la Ley contra el Odio, la Ley de Responsabilidad Social en Radio, Televisión y Medios Electrónicos (Ley Resorte), la Ley de Fiscalización de ONG, entre otras.
2. Cese inmediato de la persecución contra periodistas, trabajadores de medios, creadores, activistas y ciudadanos, así como la libertad plena de quienes permanecen detenidos por razones de opinión.
3. Cierre de procesos judiciales contra trabajadores de la prensa y la devolución de pasaportes anulados a periodistas.
En esta ocasión, aunque levantan la medida a 14 medios, que ha sido una de las exigencias, aún alzo la voz por los 56 medios bloqueados, por todos los periodistas perseguidos y exiliados, y por los venezolanos cuyos derechos a la información y a la libertad de expresión continúan siendo vulnerados.
No es un acto de clemencia ni de justicia lo que ha hecho el gobierno de facto. Nunca nos debieron bloquear, perseguir, difamar, hostigar, amenazar ni violentar. Lo hicieron porque alguien dio la orden. ¿Quién?
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PATRIA

Fernando Savater-España
Patria es una obra de ficción, no un libro de historia. El único secreto que descubre es que ciertas cosas en su día no podían decirse sin pasar por crispador.
Considero La fiesta del Chivo una de las mejores novelas de Mario Vargas Llosa, nada menos. La egolatría demente del sátrapa, el envilecimiento sumiso y rencoroso de la población, la conspiración imposible de los asesinos, la fatalidad histórica de un país y la magistral gradación dramática en su polifonía narrativa… hacen este libro imborrable. Por eso me sorprendió que, cuando después de leerlo viajé a la República Dominicana, algunos amigos allí ante mi entusiasmo se mostraban reticentes. Sin dudar de la calidad literaria de la novela, le hacían unos reproches que me costaba entender. “Eso no sucedió el jueves, sino a la semana siguiente”, “no lo dijo Fulano, sino su mujer”, “ese día no fueron tres sino cuatro los que escaparon”… Comprendí que lo que para mí fue un gozo literario para ellos era una dolorosa rememoración vital donde la precisión redentora les parecía más exigible que el estilo o el ritmo de la trama.
Ahora oigo comentarios parecidos sobre Patria. Algunos leyeron el libro y verán la serie como documentales, discutiendo la exactitud o conveniencia de detalles menores. Otros como revelaciones de algo desconocido que por fin sale a la luz. Pero Patria es una obra de ficción, no un libro de historia. El único secreto que descubre es que ciertas cosas en su día no podían decirse sin pasar por crispador y hoy ya se aceptan como verdades morales… porque la inmoralidad está un paso mas allá. Nada de esto es demérito de la excelente novela de Aramburu. Pero los crispadores veteranos nos preguntamos cuánto habrá que esperar para que otra ficción afortunada descubra la indecencia política vasca de hoy, con sus Otegis, sus Sánchez, y su PNV medrando con unos y otros. Entonces podrá ya hablarse de ello porque estaremos aún peor.
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