ARTÍCULOS – ABRIL
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“Cada artículo es una mirada que busca entender lo que late bajo la superficie.”
COLABORADORES
Malen Alberdi – España
Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos
Sergio C. Fangul – México/España
Elspeth Gormley – España
Ángel Medina Martos – España
Monika Zgustova – España
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Demasiado ruido, muy poca vida
Malen Alberdi — España
Vivimos rodeados de pantallas, notificaciones, mensajes, alertas, sonidos que no pedimos y conversaciones que no empezamos. La tecnología, que prometía hacernos la vida más fácil, ha terminado por ocuparla entera. Y lo más preocupante no es el tiempo que pasamos conectados, sino lo poco que nos queda para nosotros mismos.
La saturación digital no es un concepto abstracto. Es real. Es diaria. Es silenciosa. Y está agotando a una sociedad que ya venía cansada de otras cosas.
Nos levantamos con el móvil. Desayunamos con titulares. Trabajamos con correos que no paran. Vivimos pendientes de mensajes que llegan a cualquier hora. Y cuando por fin termina el día, en lugar de descansar, seguimos deslizando pantallas como si buscáramos algo que nunca aparece.
La hiperconexión nos ha robado algo esencial: la presencia.
Ya no miramos de verdad. No escuchamos de verdad. No conversamos de verdad. Estamos, pero no estamos.
Y lo más triste es que lo hemos normalizado. Hemos aceptado que la vida ocurra detrás de un cristal. Que la atención sea un bien escaso. Que el silencio incomode. Que la pausa parezca un fallo.
Pero no lo es. La pausa es necesaria. El silencio es necesario. La desconexión es necesaria.
No para ser más productivos. No para rendir mejor. No para “resetearnos”. Sino para volver a sentir.
Porque cuando desconectamos del ruido, conectamos con lo que importa: con la gente que queremos, con los lugares que nos calman, con los pensamientos que nunca escuchamos, con la vida que pasa sin pedir permiso.
No se trata de demonizar la tecnología. Se trata de ponerla en su sitio. De recuperar el control. De recordar que somos humanos, no dispositivos.
Quizá la pregunta no sea “¿cuánto tiempo pasamos conectados?”, sino “¿cuánto tiempo hace que no estamos realmente presentes?”.
Y tal vez la respuesta duela un poco. Pero también puede ser el principio de algo mejor.
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AYOTE EN RAPADURA
Ilka Oliva-Corado — Estados Unidos
A Milvia la entregaron a los doce años a un hombre de treinta seis que ya se había separado tres veces y tenía en total siete hijos. Era bien sabido que golpeaba a las mujeres con las que convivió y que cuando se cansaba de ellas solamente se iba y no volvía más, dejando a las madres y a sus hijos en el olvido total. Cliente habitual del bar Rojo, el único en el municipio. Sus borracheras no tenían ni día ni horario, pero eso al padre de Milvia no le importó porque el futuro yerno lo invitaba a los cutos[1] cuando se lo encontraba en el bar.
El futuro conviviente, entonces arregló con su papá sin que su mamá ni ella supieran y este aceptó la dote de tres vacas y dos yeguas, diez quintales de máiz y dos de maicillo. En su casa su madre nunca ha tenido ni voz ni voto, todo lo decide su papá entonces para cuando se enteró se puso a llorar porque así mismo le pasó a ella. La tomó de un brazo y la sentó en una silla y le explicó que llegaría un hombre que sería su esposo y que se tenía que ir a vivir con él, le dijo que esa primera noche iba a sufrir pero que tenía que sacar eso de su memoria porque no le iba a servir de nada tenerlo ahí, porque así era la vida de las mujeres.
Milvia no entendió a qué se refería su mamá con eso. Dos semanas después llegó un hombre mayor que ella nunca había visto y se la llevó, ella lloraba porque no se quería ir, después intentó escapar, pero cada vez que llegaba a su casa su padre la iba a dejar de regreso, muy apenado y pidiendo disculpas. A Milvia recién le había bajado la primera sangre, no entendía porque un hombre se le subía encima y la lastimaba tanto, como si la odiara. Los padres que viven en el caserío El Tempisque, se sintieron orgullosos de que su hija viviera en una aldea. Mardo es de la aldea Escuinapa y sus padres le heredaron un pedazo de terreno cundido2 de piedras del tamaño de un estanque, allí construyó su casa de adobe de un solo cuarto y la cocina la hizo afuera con pedazos de lámina y tablas de lepa. 3
Milvia el primer hijo lo tuvo a los nueve meses y fue uno seguido de otro, a los dieciocho ya tenía cinco. Ella no fue la excepción, siguió el mismo patrón de crianza en el sistema patriarcal, como sus ancestras, amigas, vecinas… Hasta los dieciocho su mundo es su caserío, no conoce más allá de Comapa, jamás ha salido a la cabecera departamental, a lo más que ha llegado es a la aldea Guachipilín que es la última antes de llegar al cruce de El Amatón camino a la capital. Un día su conviviente no llegó a dormir, ni la siguiente noche, ni la otra, ni las demás. Supo al mes, que este se juntó con una muchacha de quince años en una aldea de Chiquimula. La familia de Mardo la sacó de la casa y la fueron a entregar junto a sus hijos de nuevo a su padre.
Su padre desde entonces la ha culpado del abandono de Mardo, porque ningún hombre deja a una mujer que sirva, le repite todos los días, despreciándola y restringiéndole la comida mientras que a su mamá la golpea por haber parido a una hija inservible. Milvia no le ha dicho a nadie porque cree que es normal que Mardo al igual que su papá también le pegaba y mucho más cuando llegaba borracho. Milvia siendo la mayor y la única mujer de once hermanos, desde temprana edad comenzó a trabajar el barro, ayudando a su mamá en la elaboración de comales, ollas y jarros que venden los jueves y los domingos al pie del palo de mango que le da sombra a La Pilona, en el parque central de Comapa. Nunca fue a la escuela porque las tareas en la casa siempre han sido infinitas, en cambio a sus hermanos sí los pusieron a estudiar, su papá dijo que los varones son los inteligentes y que las mujeres solo sirven para parir y para el oficio doméstico. Pero la venta no alcanza para la alimentación de trece en casa de sus padres más sus cinco hijos, su padre que trabaja de mozo en una finca lechera tampoco gana lo suficiente.
Su madre que fue al Centro de Salud regresa con la noticia de que le tiene trabajo en la capital, una enfermera le consiguió de empleada doméstica en una casa en la Zona 15. Así es como Milvia deja a sus cinco hijos al cuidado de su mamá y viaja a la capital con tres mudas de ropa en una bolsa de nailon, un par de zapatos y un monedero donde lleva solamente lo del pasaje junto con un rosario bendecido con agua de la Iglesia del Señor de Esquipulas que compró un día de mercado. El trabajo es de viernes a sábado, tiene el domingo libre. No sabe nada de encerar pisos, cubrecamas, estufas con horno, cocinas con gabinetes, aspiradoras, de extractor para jugos. Cafeteras eléctricas, tostadoras de pan, lavadora y secadora de ropa. Son tres trabajos en uno, cuidar a un recién nacido, limpiar la casa y cocinar. Y así se le van pasando los años, ya van quince yendo un domingo al mes a ver a sus hijos, los otros tres trabaja de mesera en una taquería en el mercado La Terminal.
Pero este domingo es especial, porque por primera vez tiene vacaciones, le dieron una semana, aunque no es la de Semana Santa, pero son siete días para pasar con sus hijos. Pero hará que esa semana sea la Semana Santa para ellos, los llevará a conocer la cueva de Andá Mirá, a que conozcan la cabecera departamental y también irán a comer pollo frito y a conocer la iglesia del Señor de Esquipulas, para que bendigan los rosarios que comprarán. Se llevará a su mamá con ellos, porque se merece todo, aunque es muy poco lo que ella le puede dar, el tiempo es lo que han tenido en contra siempre y la economía que los obliga a vivir con tantas limitaciones.
El Tempisque queda más allá del pueblo, tiene que caminar varios kilómetros en calle de terracería donde va encontrándose con los cercos de alambre de púas incrustados en los árboles de jiote. Es época de calor, la quebrada está seca, también los ojos de agua, abundan los remolinos en las polvaredas, tragando polvo y tosiendo va disfrutando la vista de los palos de jocote rojo, de la flor de izote, de los matasanos y la manzana rosa. Es el tiempo de los mangos tiernos y de los jocotes de febrero. Pero hay algo que Milvia extraña más que los pishtones 4 que echa 5 su abuela y la mantequilla de costal 6 que hace su mamá, es el ayote en rapadura7 que hacen juntas con su abuela, sus tías y su mamá, cuando también hacen los tamales de viaje y preparan las pacayas y el pescado seco para hacerlo envuelto en huevo, cuando la familia se une y la vida les sonríe.
Llena de polvo Milvia va asomando, pasa por debajo de la enredadera de buganvilias que se entrelazan con las del güisquilar que siguen su camino hacia las ramas del aguacate y el matasano que su mamá sembró cuando recién se casó. Un olor dulzoso que sale desde la cocina la abraza, la acaricia, la arrulla y le da refugio en su regazo, es el aroma de la rapadura hirviendo en una de las ollonas de barro de su mamá, es el ayote impregnándose de la miel de la caña, de la leche materna que la amamantó, de la tierra que la añora y la recibe emocionada cada vez que llega, son sus hijos saliendo encarrerados a encontrarla con un ramo de flores silvestres y fresco de masa. Son sus tías preparando la masa para los tamales de viaje, es su abuela saliendo de la cocina con las manos palmeando un pishtón y gritándole emocionada: “ingrata, el fuego me avisó que venías”.
Es todo, es todo lo que no tiene la capital.
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GONZALO CELORIO -PREMIO CERVANTES
Sergio C. Fangul — México/España
“La lengua española no fue la lengua de la conquista, sino la de la independencia”
El escritor mexicano de raíces asturianas comparece en Madrid, y reflexiona sobre la mezcla de géneros y la literatura del yo
“Es desde Cervantes y gracias a él que los géneros se han mezclado hasta la promiscuidad. Han dejado de ser compartimentos estancos y eso a mí me encanta”, dijo Gonzalo Celorio, último premio Cervates, escritor de múltiples géneros, pero también editor, profesor, crítico, bibliófilo, factótum del libro: su palabra favorita es “palabra”.
Entró Celorio (Ciudad de México, 78 años) con bastón y cara de buena persona, bigote blanco y ojos claros, con la voz “un tanto disminuida”, dijo. Le acompañaban el director del Museo Reina Sofía, Manuel Segade (“Esto es una invitación al diálogo entre la palabra y la imagen”, explicó al presentar), y María José Gálvez, directora general del Libro, el Cómic y la Lectura, que recordó a la recientemente fallecida Beatriz de Moura, editora de Tusquets. Fue esta la editorial del premiado desde su primera novela, Amor propio, publicada en 1992. “De Moura abrió las letras españolas al mundo y abrió el mundo a las letras españolas”, explicó el mexicano.
Tuvo el autor una profunda reflexión sobre los géneros y la literatura del yo, la que más ha practicado. “Se piensa que la literatura del yo es una literatura de la expresión lírica, pero yo creo que ha ampliado sus fronteras”, dijo. Recordó la figura de, Michel de Montaigne considerado creador del género del ensayo, que ensayaba sobre sí mismo, que era al mismo tiempo sujeto y objeto de la escritura. Y Celorio rememoró la definición del ensayo del polígrafo mexicano de Alfonso Reyes, como un “centauro” entre géneros: “Tiene una parte de dominio intelectual, pero también tiene una parte imaginativa y pasional, donde el yo se expresa”. También hay yo, por supuesto, en el género de la memoria; como también en la crónica: “Sin yo, la crónica es historia”, dijo el premiado.
La literatura de Celorio es una centrada precisamente en la memoria, sobre todo melancólica. Ha descrito sus libros como “novelas memoriosas”, donde, reconociendo lo engañoso del recuerdo Ese montón de espejos rotos,se titulan, como un verso de Borges, sus memorias publicadas por Tusquets), se adentra en el borroso territorio del pasado familiar y literario para generar nuevos relatos. “Se me cuela el yo por todos los intersticios de la escritura para hablar de mi familia”, aduce el autor y es el propio Celorio —su memoria— lo que hace de hilo conductor entre todas sus novelas, al tiempo que traza una imagen del México moderno.
“Lo que es excepcional es la presencia del yo en el ejercicio novelístico: siempre ha sido considerada la novela, desde el precedente género épico, como la conquista de la tercera persona”, subrayó. Y recordó esos fragmentos de la obra de Homero en los que el poeta griego se cuela en la narración para exhortar a Aquiles o a Héctor a hacer tal o cual cosa o embarcarse en tal o cual batalla. Sin embargo, la mezcla de géneros y la proliferación del yo sucede sobre todo cuando llega Cervantes y comienza la hibridación y la citada “promiscuidad”.
El premio también parece muestra de cierta reconciliación político-cultural entre España y México después de un enfriamiento de las relaciones cuando el entonces presidente mexicano Andrés Manuel López Obrador reclamó en 2019 una disculpa oficial por los excesos de la conquista española. Los últimos premios Princesa de Asturias, además, reportaron dos galardones para México: el de la Concordia, para el Museo Nacional de Antropología, y el de las Artes, a la fotógrafa Graciela Iturbide. La exposición La mitad del mundo. La mujer en el México indígena, que se distribuyó por varias sedes madrileñas, tuvo gran acogida institucional.
Celorio opina que la petición de un perdón por parte de España fue un “despropósito”. Fue “anacrónica”, por juzgar que no se puede solicitar un perdón por lo que sucedió hace tantos siglos, cuando ni siquiera existían los estados como existen ahora, y cuando ya había violencia en las propias sociedades indígenas; y también “retro tópica”, por juzgar aquellas sociedades indígenas como una especie de utópico paraíso perdido, sin atender a su realidad. Según señaló, la lengua española no se utilizó para conquistar, porque los evangelizadores aprendieron para ello las lenguas indígenas: “En realidad, la lengua española no fue la lengua de la conquista, sino la de la independencia”.
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EL CANSANCIO EMOCIONAL: EL PESO INVISIBLE DE NUESTRO TIEMPO
Elspeth Gormley — España
Hay un cansancio que no se ve, pero se nota. Un cansancio que no se cura durmiendo, ni con vacaciones, ni con un fin de semana sin planes. Un cansancio que no tiene nombre oficial, pero que todos reconocemos cuando aparece: el cansancio emocional.
No es tristeza. No es depresión. No es apatía. Es otra cosa.
Es ese agotamiento silencioso que sentimos cuando llevamos demasiado tiempo sosteniendo más de lo que podemos. Cuando la vida nos pide una energía que ya no tenemos. Cuando la mente va por un lado, el cuerpo por otro, y el alma intenta no quedarse atrás.
Vivimos en una sociedad que exige presencia constante, respuestas inmediatas, productividad sin pausa. Una sociedad que confunde disponibilidad con compromiso, rapidez con eficacia, ruido con vida. Y en medio de todo eso, la gente se cansa. Se cansa por dentro.
El cansancio emocional aparece cuando:escuchamos más de lo que podemos sostener, damos más de lo que recibimos, nos exigimos más de lo que sentimos, fingimos estar bien para no preocupar a nadie, vivimos acelerados sin saber por qué no encontramos un espacio real donde respirar
Y lo más duro es que este cansancio no se nota desde fuera. La gente sigue trabajando, sigue cuidando, sigue respondiendo mensajes, sigue cumpliendo. Pero por dentro… por dentro hay un peso que no se aligera.
La buena noticia es que este cansancio tiene cura. Y no es una cura rápida, ni mágica, ni espectacular. Es una cura humana.
Se cura con: silencio ,límites, pausas, verdad, espacios propios, conversaciones sinceras, momentos sin exigencia y un poco de ternura hacia uno mismo
No necesitamos ser fuertes todo el tiempo. No necesitamos poder con todo. No necesitamos estar disponibles siempre.
A veces, lo más valiente es decir: “Estoy cansada. Necesito parar.”
Porque el cansancio emocional no es un fallo. Es un aviso. Un recordatorio de que somos humanos, no máquinas. De que sentir también cansa. De que vivir también pesa. Y de que cuidarnos no es un lujo: es una forma de seguir
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EL HOMBRE ENCHUFADO
Ángel Medina Martos — España
El hombre es un ser complejo, pues conviven en él diversas personalidades. Está la que él muestra y cree tener y que le acompaña a diario. La de su propia máscara. La del actor que interpreta un papel. En boca de Balzac, fingimiento, comedia, rutina. También, la del que desearía ser- de forma más o menos consciente-, sueño, proyección, según Calderón. Y la que de él percibe los otros. Así, pues ¿cuál es la real? ¿Vivimos o somos vividos, como decía Freud?
Hay hombres que agonizan en su propio desierto. El oasis está próximo, tan cerca que ni siquiera lo perciben, pues está dentro de ellos. Bastaría con que prestasen atención a la voz interior para que la máscara fuese derritiéndose.
Y sin embargo, prefieren convivir con el anonimato. No el anonimato de lo escondido y lo humilde, sino en el del oscurantismo autoimpuesto, quizá por aquello de que es mejor ignorar que comprometerse. Por eso, la sociedad corre el riesgo de caminar hacia una nueva versión del hombre. El hombre anónimo. El hombre desesperanzado. El hombre aturdido que no razona por él sino que lo hace movido por un impulso ciego que proviene de la información almacenada desde el exterior, bien sea la que acumula de lecturas que no asimila, o el bombardeo constante de los medios de comunicación. Y siéndole más cómodo no complicarse, vacía su pensamiento, teniendo como todo juicio la ausencia del mismo. Todo lo cual le lleva a desvincular la realidad con su yo auténtico, entreteniéndose con sustitutos externos para evadirse, obteniendo el ruido como silencio.
¿Quién es este hombre?
El retrato robot puede servir de carta de presentación.
Busca la compañía solitaria o la incomunicación acompañada por una multitud invisible, con la diferencia que puede oírles e incluso verles, pero no tocarlos. Es lo que el aliento a la voz: palabras ahuecadas que se llevan las ondas y aterrizan en múltiples partes. De lo personal a lo colectivo y de la masa a la soledad. En el fondo es lo que busca: el descompromiso. La desconexión de sí mismo, anclado en un multiplicador, rehuyendo cualquier nudo gordiano que le ate a su yo, sujeto a infinidad de hilos, con la facilidad de poder deshacerlos apretando un simple botón; mejor aún: dejando de oprimirlo.
Es el modernismo del momento.
Este hombre no gusta de enfrentarse consigo. Se asemeja a una suerte de huésped cuya alma es presa de su envoltorio, sin alcanzar a obtener consciencia de ella misma.
Entre la percepción de lo que debe ser y lo que han elegido los otros, no permite que desde el exterior penetre en su interior aquello que le pueda empujar a la reflexión. A querer entendérselas con su propia identidad, y todo lo que le pueda hacer discernir acerca de quién es realmente es relegado de inmediato y ocupa su lugar lo banal, lo efímero, lo que teje el entretenimiento sin más moraleja, abonándose a lo ramplón y a lo insulso, viniendo a ocupar su mente el cosmos universal que proviene de sus proveedores de ideas. Y a base de no cavilar, uno de los hemisferios de su cerebro se va atontando, obnubilando, a la usanza de las maquinitas aritméticas, que con tanto uso, el que la soba acaba por perder cualquier facultad de cálculo personal y termina contando con los dedos. Todo lo cual abona aquel slogan de un anuncio de detergentes, tan desafortunado en su expresión como afortunado por la realidad: “usted no piense, nosotros lo hacemos por usted.”
Así, con el tiempo acaba convirtiéndose en parte de la robótica social. Y por mucha precisión que pueda tener un engendro, es bien sabido que carece de sensibilidad al adolecer de alma. ¿Dónde situar lo anímico si ni siquiera tiene constancia de ello? ¿Dónde la racionalidad, cuando no gasta neuronas?
Él, animal como el resto de las criaturas, progresivamente va haciendo algo revolucionario: alterar su naturaleza. Pues, en tanto que una fiera es incapaz de abandonar su estado primitivo, sin embargo él puede modificarla sustancialmente, y alejándose de su ser persona, deteriorar su sensibilidad progresivamente por el vaciamiento de los sentidos, convirtiéndose en un hombre no-pensante, sin religamiento a lo superior, terminando en unser tele-dirigido.
Por eso, se enchufa a una cosa llamada sistema operativo, convirtiéndose al final en una especie de parte del cableado al más puro estilo “Matrix” y como último invento al “Whatsapp” (= ¿qué es esta aplicación?). A cualquier hora del día y de la noche es necesario estar conectado para ser.
Desconectar para conectarse. That is the question. No prestar tal grado de atención, que se convierte en adición a los modernos medios de interrelación social; tener espacios para poder regar la mente con agua que obre el milagro de producir semillas de pensamientos de mayor calado; desechar tanta información desinformadora que terminan por embotar el conocimiento.
Y más allá de ello, después de ponerlo en práctica, preguntarse. Sí, preguntarse. Doblemente. Primero, interpelándose con aquélla frase de los Beatles” ¿Qué hace un chico como yo en un lugar como éste? O lo que vendría a ser lo mismo: ¿Puedo ser yo mismo, dejándome sustituir por los demás? Y luego, vaciado de lo de fuera y acongojado por lo que vislumbra dentro, decirse: “¿Hacia dónde dirigir mi razón y mi voluntad para recuperar el rumbo? De lo limitado a lo infinito. El cielo como montera.
Por ello, se impone recuperar el “yo” perdido y abandonar tantas clavijas. De no hacerlo es muy fácil caer en la definición de hombre masa. Y lo peor de todo, sentirse. ¿Eres? ¿Somos? La medida está en la dependencia a las conexiones.
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CUANDO LA SOCIEDAD TOLERA EL MAL
Monika Zgustova — España
Crecí en la Praga comunista, donde a mi padre lo detuvieron y torturaron varias veces por su actividad disidente. Mi madre, en cambio, intentaba protegernos haciendo pequeños gestos de conformidad, como poner banderas en las fiestas oficiales. En ellos veía las dos actitudes que surgen cuando un país cae en el autoritarismo: unos pocos se rebelan; la mayoría se acomoda o colabora.
Años después, ya como estudiante en Estados Unidos, pasé un tiempo en la Argentina de la dictadura militar. Allí reconocí el mismo clima: miedo, resignación, cafés vacíos y una sociedad que había aceptado a los militares esperando orden y seguridad. Yo misma fui expulsada del país por cuestionar a un militar, lo que confirmó mi impresión de una comunidad que prefería no mirar el horror.
Más tarde entrevisté en Moscú a mujeres que habían sobrevivido al gulag. También allí se repetían las dos posturas: algunas se rebelaban aun a riesgo de morir; la mayoría obedecía para evitar castigos. Curiosamente, sobrevivieron más las valientes que las sumisas. Lo mismo ocurría en los campos nazis, donde mujeres como Milena Jesenská mantenían una libertad interior que las guardias no podían quebrar.
En la Rusia actual he visto cómo personas que antes defendían la memoria histórica han terminado minimizando los crímenes del pasado. “Se cansaron de pertenecer a la minoría”, me dijeron.
En Estados Unidos, donde viajé durante décadas, observo una pasividad parecida: muchos no reaccionan ante el deterioro democrático porque se sienten paralizados por los cambios bruscos. Confían en que “esto no puede durar”, mientras lo impensable se vuelve cotidiano.
Recuerdo que Václav Havel, tras la caída del comunismo, elogió a quienes resistieron y reprochó a la sociedad su complacencia, que permitió cuarenta años de tiranía. Esa misma inacción amenaza hoy a otros países.
Los autoritarios se alimentan de la apatía y del entretenimiento que adormece a la población. Por eso, en lugar de cerrar los ojos, deberíamos imaginar cómo sería nuestra vida dentro de unos años si permitimos avanzar al autoritarismo. Ese ejercicio debería impulsarnos a actuar antes de que sea demasiado tarde.











