CUENTOS Y RELATOS – JULIO
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“Relatos que despiertan sueños, cuentos que no saben dormir.”

LA CASA DE LOS ABUELOS
Miriam Alberganti / Argentina
No me acuerdo cómo viajamos. Vinimos a visitar a mis abuelos. Los padres de mi papá que eran de Rosario como él. Yo les había contado que por trabajo vivíamos en Mendoza. Mi mamá se quedó con mis hermanas. Viajamos: las dos «mayores» con papá. La casa… impresionante. Teníamos que portarnos como nenas educadas. Las recomendaciones: lavarse las manos, no levantar los codos al usar los cubiertos, comer con la boca cerrada y mucho más. Claro, el viaje era largo y pasamos unos días acá. Conocimos un montón de primos. Algunos muchos mayores y otros casi de nuestra edad. Mi papá tenía cinco hermanos cuatro mujeres y un varón, que era el tercero. Por supuesto, recorrimos toda la casa. Nosotras con papá paramos en el tercer piso, donde vivía mi tía sola. Daba a la terraza y ella tenía sus plantas y mi abuelo dos pajareras enormes, una con canarios y otra con unos pájaros negros muy lindos, pero que gritaban un montón. En el segundo piso, vivían mis abuelos y, como en una suerte de departamento aparte del mismo piso, había dos habitaciones y baño para mis tíos –el hermano de papá y su señora– y sus dos hijos. En el primer piso o planta baja, que fue lo que más me impresionó, había una sala enorme con un piano de cola, que tocaba mi abuela tocaba, y algunos sillones. Esa sala tenía una puerta que no se abría hasta la hora de las comidas. Era de madera y vidriecitos de muchos colores, me dijeron que se llamaba vitral, muy linda. En la misma planta, se hallaba el escritorio de mi abuelo al que entré creo que una vez. La hora de almorzar en general en éste viaje fue de conocer la casa de los otros tíos abuelos y de las otras hermanas de papá. ¡Ah, otra cosa! La casa tenía sótano. Mi abuelo me llevó una vez. El iba al mercado y traía las verduras y otras compras que hacían falta y como yo pregunté por la cocina, ¡me la mostró y me dijo que no era lugar para chicos! Nunca más bajé, pero me hubiera gustado investigar más. La cena siempre era en casa, ¡y bajábamos bañadas y cambiadas, muy coquetas! Desde el primer día, la mesa era para mí un espectáculo. Les cuento: copas para agua transparentes, las copas de color para el vino blanco y otra para el vino tinto. Bueno con estas cosas, copas altas tenía un problemón. ¡Cómo hacer para no romper nada! Fue complicado, pero me salió. En todos los días que pasamos, no rompimos nada. Claro, en casa, en Mendoza, no es que viviéramos como indios: pero usábamos vasos comunes y siempre había algún modelo distinto, porque rompíamos fácilmente. Teníamos copas, pero se usaban para los mayores cuando había fiestas. La comida era muy rica y variada, parecida a la de casa, pero… primer plato, segundo plato y postre eran como mucho. Yo comía bien; pero pedía un poco menos de todo porque no se podía despreciar ninguno. Este fue un viaje inolvidable. De vuelta en casa, las dos contábamos de todo al mismo tiempo. Yo, especialmente, quedé impresionada por dos cosas: mi abuelo que cuando terminaba cada comida preguntaba en vos muy alta: «¿Quién quiere un par de huevos fritos?» Después de semejante comida todos se reían con gusto. La otra cuestión que me llamaba la atención era la mesa puesta con todas las copas, que para mí eran de una luminosidad enorme.

LOBEZNO
Magi Balsells / España
En aquellas agrestes montañas, pérdidas en la inmensidad de la nada, solo cabras son sus moradores normales, alimentándose los de hermosos pastos que cubre la tierra, donde procrean y nacen sus crías
Donde el aire es puro sin ningún atisbo de polución, y el agua pura, fresca y cristalina que baja de las nieves de las más altas montañas, serpenteando entre los cauces que con los años se han ido creando
Alguna ave rapaz sobrevuela los altos picachos dando una paz inmensa, con este vuelo majestuoso que solo ellas saben dar solo se oyen, sus graznidos y el balar de las cabras rompe el silencio que en este lugar mora, que en algunos momentos parece música celestial
Todo ello es contemplado por un zagal de no más de 14 años, que cuida del ganado, acompañado de dos hermosos perros que son sus vigilantes y únicos amigo, ya que esta solo en esta inmensidad
Hace dos años, se quedo sin su sostén querido, su madre, su padre ya lo perdió antes de nacer, se encontró solo, sin saber que hacer, nadie se quedo con su persona, eran tiempos muy difíciles, no abundaba la comida, fueron años de malas cosechas
Estuvo mendigando durante un tiempo, hasta que encontró un modo de vivir, quizás no fuera el adecuado para su edad ni por sus pobres conocimientos pero era el que se le ofreció, y sin dudar lo aceptó
La oferta vino por el cabrero que ya era muy mayor y no podía cuidar de sus rebaño, la oferta era simple, que se encargara del cuidado de los animales, y el cabrero e le enseñaría lo mas básico, le daría techo y comida y haría un reparto de las posibles ganancias que se podrían suscitar con la venta de la leche que producían las cabras
Su mentor le llevaría comida cada dos días, muy frugal queso y pan aparte de la leche que consumiera, eso si sin limite además tendría una tosca cabaña, hecha ya hace muchos años con ramas de los árboles que en este monte abundaban, no era mucho pero por lo menos tendría un techo para refugiarse cuando aparecieran las tormenta o en invierno la nieve
Los días transcurrían con gran monotonía siempre era lo mismo, solo cambiaba de lugar cuando veía que los pastos donde estaba parecían decrecer, entonces trasladaba el ganado a otras fuentes de alimentación para que las cabras tuvieran el alimento necesario y pudieran dar la leche necesaria, la cual almacenaba en los grandes bidones que después se llevaba el cabrero cada dos días en su carro
En una mañana mientras intentaba guiar el rebaño, le pareció oír un sonido diferente, algo parecido a un lloro o un lamento, alguien o algo se estaba quejando, paró el rebaño y lo dejo al cuidado de sus amigos los perros, que mostraban un cierto nerviosismo, estaban inquietos por los sonidos que no sabían de donde salían
Agarró su bastón con fuerza y determinación y empezó a indagar quien o que era el causante de esta inquietud, y entonces lo vio, era como una bola de algodón, era una cría de lobo, estaba prisionera por una trampa, que sujetaba con fuerza una de sus extremidades. Con precaución y cierto recelo se fue acercando, el pobre animal parecía muy asustado.
Sin pensarlo mas y con las fuerzas mínimas que tenia procuró abrir la trampa, al final y con gran esfuerzo lo consiguió, siendo en aquel momento lamido por el pequeño animal, lo que le dejo tranquilo, vio que no lo atacaría sino muy al contrario le estaba agradeciendo lo que había hecho por el.
Examinó su pata y vio que tenia una herida producida por los dientes de la trampa, no sabia que hacer, pero pensó que necesitaría cuidados, por lo menos intentaría curar la herida, con el agua que llevaba en su cantimplora lavó la herida, rasgó una parte baja de su camisa y vendó como pudo la pata dañada.
Una vez finalizado esta cura provisional, pensó que estaría hambriento, fue y ordeño una de las cabras, y en su plato se lo dio al pequeño lobo, el cual empezó a lamer la fresca leche, y en santiamén dejo el plato más limpio imposible, por lo cual volvió a llenárselo y pasó lo mismo, aunque ahora cuando terminó se acurruco a su lado cerrando los ojos respirando tranquilamente y se quedó dormido.
No sabia que hacer, ya que primero debía cuidar de su rebaño, pero no podía dejar a este hermoso animal a su suerte, y tomo la decisión que considero mas adecuada, recoger el rebaño y volver a la cabaña, donde podría cuidar mejor a su nuevo amigo.
Dicho y hecho, llamo a sus perros y les indico que volvían a casa ellos obedientes recogieron el rebaño y lo fueron guiando hasta sus corrales.
Una vez ya en su aposento, volvió a mirar la herida, y con sus mínimos conocimiento vio que no había afectado en demasía la extremidad, tenia un pequeño botiquín que usaba para curar las heridas de las cabras, donde había, alcohol, una pomada y vendas limpias, se puso en la tarea de limpiar mejor la herida, limpió primero con alcohol y aplicó la pomada que daba muy buenos resultados en la cicatrización de como había comprobado con las cabras, lo envolvió todo con la vendas limpias.
Se preparó un poco de comida, una vez engullido el pan y el queso se tumbó para descansar, quedándose dormido junto al lobezno.
Cuando despertó al día siguiente muy de mañana, como era su costumbre, quedo asombrado al ver al lobezno durmiendo junto a los perros, los cuales lo arropaban con sus cuerpos parecía como si lo protegieran.
Al momento todos estaban despiertos, preparo la comida de los animales y preparo a sus perros para el trabajo diario, sin saber que hacer con el nuevo amigo, por lo cual decidió llevárselo consigo para el pastoreo, así podría comprobar cómo se encuentra de la herida sufrida, pero antes destapo la venda que le había puesto la noche anterior y vio que la herida tenía un buen color, seguramente sería.
gracias a la pomada que le aplico, volvió a limpiar y aplico una nueva capa de la pomada y vendó la pata.
Ya todo dispuesto empezó su trabajo diario, saco al rebaño de los corrales y guiado por sus fieles perros se dirigió a unos prados cercanos, muy abundantes de fresca hierba.
El lobezno andaba a su lado con cierta dificultad, por lo decidió cogerlo en sus brazos, no fuera cuestión que se malograra lo conseguido.
Fue un hermoso día, tranquilo, y satisfactorio, se respiraba mucha paz, estaba contento por el suceso ocurrido, sin dejar de pensar que quizás la familia del lobito estuviera buscándolo.
Al atardecer, los animales habían pastado convenientemente El Sol empezaba a menguar y descendía la temperatura, ésta era la señal para volver hacia la cabaña.
Llamó a sus perros, para que hicieran el trabajo que tan bien sabían realizar y todos juntos de dirigieron a su morada en busca de su sustento y disfrutar del merecido descanso.
Llegando a la misma, encerró las cabras en su corral, y preparo la comida para sus amigos , cuando de golpe se oyó unos aullidos muy fuerte y cercanos, en principio se asustó, eran muy similares a los que había efectuado su lobezno, pero no era solo uno sino varios y en diferentes tonalidades, como realizados por diferentes voces.
Noto que raspaban en su puerta, era de lo mas frágil imaginable, poco podría aguantar, sus perros se pusieron delante suyo para protegerlo de este posible peligro, ladrando como aviso de que estaban dispuestos a luchar.
En este momento el lobezno, se adelanto todos ellos y lanzo un aullido, sonó muy diferente a los que antes había lanzado cuando estaba sujeto a una trampa, se hizo el silencio.
Los perros callaron los aullidos desaparecieron, quedó una espera tensa, que rompió el lobezno acercándose a la puerta, donde volvió a emitir unos aullidos que denotaban alegría, automáticamente fueron correspondidos por unos similares desde el otro lado de la puerta.
Y la puerta en este momento se abrió, y en su dintel apareció una manada de lobos, de los cuales uno se abrió paso hasta llegar al lobezno, lamiéndolo repetidas veces y atrayéndolo a su pecho, mientras el resto de la manada estaba quieta y expectante, no se veía ningún ánimo de ataque, mantenía una posición de tranquilidad.
La madre loba, dejó a su hijo al lado y se acercó al muchacho, lo olio, le dio un par de vueltas, se restregó en sus temblorosas piernas y al final se elevó hasta su cara, lamiéndola profundamente, apoyando su gran cabeza sobre su hombro.
Una vez realizado este acto podríamos decir de agradecimiento, se replegaron, quedando solo el lobezno en la habitación, se acercó al muchacho y le lanzo un tenue aullido como si tuviera pena en marcharse con su familia, dio media vuelta y se incorporó al lado de su madre perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Desde aquel momento, nunca más volvió a verlo, aunque si más de una vez se oyeron sus aullidos.
Tampoco ocurrieron más ataques a los rebaños, parecía que los lobos no hubiesen estado nunca.
Solo quedo la paz en este hermoso lugar.

SI AMAR FUERA FÁCIL
Libia B. Carciofetti / Argentina
Si amar fuera fácil, no existiría la palabra rencor.
Porque ante una ofensa reaccionaríamos perdonando a quien nos ofendió.
Si amar fuera fácil, las guerras no tendrían sentido.
Si amar fuera fácil, no habría niños desamparados,
porque cada ser se convertiría, no en un hogar de tránsito sino en un refugio de ternura.
Si amar fuera fácil, no haríamos distinciones de razas, de lenguas, de religiones.
Si amar fuera fácil, aprenderíamos con empeño a convivir y a comportarnos como seres maduros.
Si amar fuera fácil, entenderíamos de que manera DIOS amó a este mundo que entregó a su único Hijo a morir por nuestros pecados.
Si amar fuera fácil aprenderíamos a conjugar el verbo desde el final al principio… Ellos, vosotros, nosotros, el, tu… yo.
Si amar fuera fácil, ofrecería lo poco o mucho que tengo ante una necesidad inminente.
Si amar fuera fácil, donaría mis órganos mientras disfruto de salud para salvar a otro.
Si amar fuera fácil, sería la muleta imaginaria del que le falta una pierna y me convertiría en alas del que no tiene ninguna.
Si amar fuera fácil me convertiría en los ojos del que no puede ver, contándole que florecieron las glicinas y haciendo que huela su perfume.
Si amar fuera fácil, honraríamos a nuestros padres como lo manda DIOS.
Si amar fuera fácil, la palabra «TE QUIERO» no se caería de nuestro labios.
Si amar fuera fácil, nos dolería en el mismo lugar la herida de nuestro prójimo.
Si amar fuera fácil, los ancianos y los niños ocuparían un lugar importante en nuestro corazón.
Si amar fuera fácil, seríamos más tolerantes y obedeceríamos a nuestros superiores.
Si amar fuera fácil, utilizaríamos la palabra lo siento, perdón, gracias… ¿te ayudo?
Si amar fuera fácil, no se pondría el sol sobre nuestro enojo.
Si amar fuera fácil, la amistad se convertiría en un idilio eterno.
Si amar fuera fácil, no habría tantas familias separadas por un muro de indiferencia.
SI amar fuera tan fácil, no sería un bello desafío.
Si amar no fuera ¡TAN DIFÍCIL! hoy yo no hubiera escrito esto y tú no lo hubieras leído hasta el final…
*Intentemos amar y darnos, que a su tiempo cosecharemos el fruto de nuestro intento*
Que DIOS que es el AMOR en potencia, nos conceda este don…
Abrazos a tu corazón

EL MÉDICO DE CLOTILDE
Carlos Gonzáles Saavedra / Argentina
Salí de la guardia del hospital con el cuerpo molido y la cabeza flotando. Había pasado la noche en urgencias sin tregua. Al bajar por la rampa, mi paso se cruzó con el de una joven a la que casi derribó sin querer.
—¡Perdón! ¿Te lastimé? —balbuceé, aún atrapado en mi cansancio. —No, tranquilo… Estaba distraída —respondió, con una sonrisa luminosa.
Sus ojos celestes atraparon los míos. Era esbelta, de curvas suaves y pelo castaño, con una expresión entre pícara y tierna. Me sentí hechizado.
—¿Te llevo? Tengo el coche a la vuelta —dije, mientras la ayudaba a recoger unas carpetas caídas. —Gracias, pero no. Voy a ver a mi abuelo, vive a una cuadra, está algo enfermo.
—¿Qué le pasa? ¿Puedo echarle un vistazo? Soy residente médico, tal vez pueda ayudar —ofrecí, queriendo alargar la conversación y, lo confieso, seguir disfrutando de su presencia.
—¿Quieres acompañarme?
—Claro. Ariel —dije, presentándome—.
Clotilde rió. —No te va a gustar mi nombre.
—Es único. Me encanta.
La casa estaba al fondo de un terreno modesto. Sin revocar, desvencijada, parecía abandonada por los años. Sin embargo, Clotilde caminaba con alegría, como si el deterioro no le afectará. La seguí.
La puerta de chapa crujió al abrir. Dentro, el ambiente era triste: paredes despintadas, cocina escasa, mosaicos maltratados, una mesada de madera vieja y una garrafa apoyada junto a un anafe. En el dormitorio, don Eleuterio Zabala respiraba con dificultad.
Clotilde entró a su habitación. Yo, curioso, recorría con la vista el hogar decadente. Pobreza evidente, desorden sin consuelo. Pero ella… impecable. No encajaba con ese entorno. Me guardé los juicios.
Un gemido gutural del anciano interrumpió mis pensamientos.
—Ya está, abuelo. Fui a buscar al médico —le decía Clotilde, con ternura.
Volvió y se sentó a mi lado en una silla de paja, junto a una mesa tapada con un mantel de hule. Todo olía a encierro y humedad.
De repente, otro grito más agudo sacudió el silencio. Clotilde corrió al cuarto. Me levanté preocupado.
—¿Puedo revisarlo? Llevo conmigo algunos medicamentos y el estetoscopio.
—Sí, por favor. Pasa.
La habitación era un caos: ropa tirada, papeles abiertos, un sobre de banco vacío… Me concentré en el viejo. Tenía un cuadro severo, probablemente una neumonía. Urgía internación.
—Voy a avisar a la vecina —dijo Clotilde.
Su hermano, Javier, llegó en ese momento, cruzó la cocina y se fue con rapidez. Sentí la puerta cerrarse con fuerza. Y entonces, escuché la voz acelerada de Clotilde desde afuera:
—¡Vamos, vamos!
Me dirigí a la puerta, pero no cedía. Estaba trabada por fuera. Las ventanas eran pequeñas, con rejas, postigos, pestillos oxidados. No había salida. Ni mi maletín estaba: había desaparecido.
El viejo seguía gimiendo con rabia y desesperación. Yo, atrapado con mi camisolín de médico, temblando.
“¿Quién me mandó a meterme en este lío?” Pensé, furioso conmigo mismo. Me senté junto al abuelo. Sin querer, me dormí vencido por el agotamiento.
Desperté con el rugido de una tormenta. Las ventanas vibraban, el viento arremetía, y el anciano volvía a quejarse. El Valium que le había dado se disipaba, y noté que movía las manos debajo de las colchas.
Me acerqué. Su mirada me quemó. Le retiré con cuidado la sábana… y lo vi. Un revólver, calibre 38, atado con cinta de embalar sobre su estómago. Estaba maniatado.
—¡Me han asaltado, imbécil! ¿No lo ves? ¡Me robaron la jubilación y la plata del terreno! ¡Desátame!
—Pensé que estaba enfermo… —respondí, confundido. —¡Te embaucaron! Igual que a mí. ¿Sos uno de ellos? ¿Te dejaron para hacer tiempo? ¡Desátame!
Me paralice. ¿Desatar a un jubilado ex policía con un arma cargada y furia en los ojos? Mejor no. Le saqué el arma como pude y le tapé la boca con cinta. Preferí esperar.
Con la luz del amanecer, descubrí que uno de los pestillos se había soltado. Le di una patada a la ventana, abrí una rendija y me escabullí al jardín. Corrí hacia la calle.
El candado del portón ya no estaba. Salí como un relámpago, pero mi auto no aparecía. No estaba en la cortada que mencioné… ni siquiera reconocía la calle. Al mirar el cartel: “Eleuterio Zabala”.
Todo estaba dicho.
El revólver terminó escondido entre sábanas sucias del hospital, que el lavadero retiraría. Tomé un remis y me refugié en casa de mis padres, helado, ausente, sin explicaciones.
Una semana después, pedí traslado a Neuquén, donde una tía me recibió en una salita de atención primaria.
Nunca conté exactamente lo que pasó. Nadie lo hubiera entendido. Y yo… yo tampoco del todo.

YO ERA EL FARO
Elspeth Gormley / España
En este relato cargado de sal y silencio, el faro se transforma en voz, en testigo, en milagro. Porque no todos los héroes tienen rostro: algunos brillan para que otros no se hundan.
Yo era el faro. No tenía piernas, ni brazos, ni voz. Pero cada noche me alzaba sobre la costa como un centinela inmóvil, lanzando luz donde todo era sombra. No lo hacía por mí. Lo hacía por ellos: los que se aventuraban en la oscuridad, con la esperanza de encontrar tierra, consuelo o destino.
Desde mi altura, lo veía todo. Las tormentas que rugían como bestias, los barcos que resistían con espinas de madera y alma humana. Vi marinos que cantaban para no llorar, vi embarcaciones que se alejaban sin promesa de regreso. Y también vi al farero —ese hombre callado que vivía a mi lado— estudioso de mareas, amigo del viento, solitario sin queja. Subía cada día hasta lo más alto, con cuadernos gastados y ojos abiertos. Me hablaba. Yo le respondía con luz.
Aquella noche, el cielo se desgarró. La tormenta llegó con furia antigua, con olas que parecían querer devorar la costa. Los pájaros huyeron antes que el primer trueno, y la lluvia comenzó a golpear el alma del mundo. Fue entonces cuando lo vi: un barco, pequeño pero valiente, luchando entre espumas y abismos. Se encallaba, lentamente, sin que nadie pudiera ayudarle. Nadie… excepto yo.
Mis luces giraron sin pausa, cortando la negrura como cuchillas luminosas. El farero corrió a mí, encendió los motores, pronunció palabras que sólo el mar entiende. “No nos falles,” murmuró. Y no lo hice.
Alumbré con toda la fuerza que guardaba desde siglos pasados. Y el barco me vio. Gritó en silencio. Se desplazó apenas, lo justo para evitar la muerte. Encalló, sí… pero lo hizo en arena, no en tragedia.
Desde entonces, sigo encendido. En las noches serenas como en las de ira. Porque no todos los héroes tienen rostro. Algunos brillan para que otros no se hundan. Y yo… yo era el faro.

EL RETORNO
Andrea Morini / Argentina
Camino sin rumbo, en la noche neblinosa del insomnio.
Percibo formas que me persiguen, susurrantes, amenazadoras, que evaden misteriosas, la mirada vacilante.
Tengo miedo, visceral y profundo, pero sigo adelante, con la certeza de que mis pasos me guiarán al hogar perdido, dónde esperan mis padres, ansiosos, el retorno.
No les avisé que regreso, no pude calmarles el dolor de la espera, tan solo la sorpresa en sus rostros valdrá los pesares acaecidos en el peregrinar hasta su regazo.
Ante cada pisada siento la respiración de los monstruos acechando, sabedores de su poder para entorpecer el camino.
Me sobrevuelan reminiscencias del joven que fui, mi habitación en la parte superior de la casa; recuerdo a mí madre poniendo sábanas limpias en la cama, acomodando mi revuelo juvenil.
Todo debe estar como antes de mí partida, el tiempo congelado en aquella lejana noche en que fui arrancado de su tibieza, la música sonando, mientras en los rostros demudados de los míos se anclaba el terror ante la violencia que se enseñoreaba en la casa.
Hace tanto tiempo que me fui, que he olvidado los aromas cotidianos, las risas y palabras compartidas, todo aquello que habla de nosotros.
Mí hermano, el pequeño, debe ser bastante mayor ya. «¿Se acordará de mí?»
La noche se cierne profunda, plomiza, los pasos retumban en el empedrado, cuando, al fin, entreveo la casona familiar.
El corazón se acelera y casi no puedo respirar, es tanta la emoción que me embarga. Avanzo rápido hacia la luz que percibo en el zaguán, aún las sombras me protegen. Tanto horror me ha calado hasta el alma, no logro desembarazarme de él.
Continúo aproximándome, debo asomarme al resplandor de la única farola que ilumina esa parte de la calle. Observo, a través de la ventana, a mí madre trajinando en la habitación del primer piso, intuyo el color de la ropa de cama que coloca. Celeste, cómo siempre me gustó, el gesto me acaricia el espíritu.
Decido seguir adelante, ya nada falta para estar en sus brazos protectores. Me entrego a esa sensación, cálida, placentera.
Dejo atrás la zona de penumbras, cuando alcanzo a escuchar, una vez más, aquella voz pétrea, urgida de autoridad, que grita “Alto”, pero… es tanto el deseo de volver que doy otro paso.
Desde el piso percibo, hoy como entonces, el grito desgarrado de mi madre, mientras una voz cavernosa susurra algo que no entiendo.
El ciclo se repite inexorablemente.
Una última lágrima se derrama por mi mejilla.
Luego todo termina: la noche, el miedo, las luces, el dolor y la vida.

DON ESTANISLAO
Walter Hugo Rotela González / Uruguay
Salvatore estaba a punto de cumplir la mayoría de edad. Pensaba casarse. Trabajó desde los seis años. Primero ayudó en la casa de don Abelino Contreras. Después pasó a trabajar en la panadería que tenía el caraí1 Abelino. Hacía de todo: barría, apilaba bolsas de harina, acomodaba latas o repartía el pan. Hasta los doce años no percibió ni un guaraní. Después sí; pero siempre fue poca cosa. A los dieciséis seguía viviendo en la misma casa, pero trabajaba para un hojalatero. Allí comenzó a ganar dinero y a charlar con otras personas. Su mundo se amplió. Era más grande que lo que él conocía. Había otras tierras más allá de las kibebé.
Don Elías, el hojalatero, le preguntaba a menudo por su familia y él rehuía del tema de la mejor manera. Una mañana, Salvatore, llegó al trabajo y, tras saludar a don Elías, le preguntó si lo ayudaría a encontrar a su padre. El veterano puso cara de confundido; pero conocía algo de la vida de su empleado. Y le dijo que sí, aunque fingió desconocer totalmente la historia, más allá de que lo poco que sabía por palabras de don Abelino, que nunca fue dado a hablar de sus criados.
Salvatore no era, claro, hijo de don Abelino Contreras. Vivía en su casa, pero era un criado. Sus padres lo dejaron a cargo de don Abelino a los cinco años de edad y nunca más los volvió a ver. Y ahora que estaba a punto de casarse se preguntaba por sus orígenes. ¿Quién era? ¿Quiénes habían sido sus padres? ¿Vivían aún? ¿Qué les diría a los padres de su novia, ahora que no podía seguir eludiendo las preguntas? Aunque ellos conocían su condición de criadito, ahora era un hombre a punto de casarse con su hija.
Las únicas caras que Salvatore conocía como familiares eran las de los Contreras. Sin embargo, ellos siempre le habían dejado en claro que, si bien era de algún modo parte de la familia, no era más que un criadito. Tenían un lazo lejano de sangre, pero la condición económica de sus padres lo ponía en un lugar diferente al de ellos. Él era un criadito.
Don Elías conocía a mucha gente. Entre ellos a unos sacerdotes que tenían buenos contactos. Así que se comprometió a ayudarlo a buscar datos sobre su familia, a partir de la poca información que la familia de don Abelino le proporcionó. Conocía las intenciones de casarse de Salvatore. Éste, además, le confió que deseaba conocer algo más sobre sus padres y posibles hermanos, antes de formar su propia familia.
Seis meses después de que Salvatore le pidiera ayuda a su patrón, éste le entregó una carta. Se la había enviado a él uno de sus conocidos. El remitente era un religioso que residía en la zona de la campaña donde, posiblemente, vivieran los padres de Salvatore. La carta decía, textualmente:
Estimado Sr. don Elías González:
Le escribo a fin de poner en su conocimiento las novedades reunidas en torno a la pesquisa que llevo adelante según su solicitud y en relación al destino de los familiares de su dependiente, don Salvatore.
Por un lado, cumplo en informarle que la señora madre del joven falleció poco tiempo después de dar a luz al segundo hermano del joven. Eso consta en actas de la Parroquia de la Santísima Trinidad de la zona parroquial donde también hallé otros datos. Por ejemplo, el bautismo de otros hijos.
Fue la antigua secretaria parroquial, aún viva pero que no trabaja más, quién me proporcionó la información de la señora, pues la conocía por trabajar para una amiga suya. Se desempeñaba como lavandera y, además, le vendía leche, pues tenía una vaca lechera.
El esposo de la señora, don Estanislao Ayala, quedó a cargo de tres vástagos muy pequeños. Se desposó con una joven mujer que conoció en estas tierras. Hace tres años, poco más o menos, don Estanislao emigró hacia otra zona del país. Destino que no logré conocer.
Estimado don Elías, espero haber contribuido con la causa de su dependiente en alguna medida. Quizás más adelante pueda conocer más sobre el paradero del padre de Salvatore, para poder compartirlo. Pero el resultado de esa búsqueda sólo Dios conoce.
Atte. le envío mis saludos y la bendición de Dios.
R. P. Francisco Rodríguez
El joven Salvatore quedó pensativo y le expresó a don Elías: «No sé si estar triste o alegrarme después de leer esta carta».
̶ Salvatore, Salvatore… Tienes un padre, don Estanislao. Y está vivo. Y tienes hermanos por conocer. Posees una familia en alguna parte de estas tierras rojas.
̶ Sí… Estanislao. Quizás cuando tenga hijos, si mi esposa lo consiente, lo llamaré Estanislao.
P
2
Expresiones de la lengua guaraní utilizadas en este cuento:
1 Caraí: señor
2 Kibebé: alimento a base de zapallo hervido, de color amarillo a rojizo.

AUTOS QUE SE DETIENEN
Walter Hugo Rotela González / Uruguay
—¡Corré, corré, vamos ahora…!
—Pero… ¿Y Juan?
—Déjalo… ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta!
—La gran p… No puede ser… No puede ser…
Cada noche igual… Se repite el mismo sueño perturbador de los autos que se detienen, es claro el chirrido de las ruedas… Le siguen las detonaciones de armas, una, dos, tres y otra vez ruido de un motor que ruge, rompe el silencio y se desvanece.
Una y otra vez la escena del auto azul que se para, justo, delante de otro automóvil gris, chapa BA517 872*. Bajan tres hombres y una mujer; abren la puerta izquierda y disparan contra quien conducía. Éste, antes de dejar de respirar, saca un arma y mata a uno de sus atacantes.
Empapado en sudor Roberto se despierta, ansioso, enojado y triste con un grito ahogado. Cada noche se despierta así, casi siempre un rato después de dormirse, cuando el reloj marca las 3 de la mañana. En ese momento siente que su corazón late rápido y con fuerza. Le cuesta volver a retomar el sueño, por lo que se incorpora. A veces puede decirlo, otras, sólo lo piensa: “Tenía razón Juan, el número de la chapa era una señal del destino”
Roberto se levanta, dolorido, con una tremenda contracción muscular. Se dirige a la heladera y bebe, en forma pausada, un vaso de leche. Luego se acerca a su escritorio, enciende la luz y mira un viejo bloc de notas, muy gastado, algo amarillento. Mira en su interior y repasa unas frases escritas, años atrás. Se tranquiliza, un poco, al releer una que dice: “la libertad exige sacrificios” … Está escrita en la parte de atrás de una vieja fotografía en sepia, de una mujer joven, de tez con pecas, cabello largo, recogido en una trenza. Vuelve al dormitorio. Intenta dormir, da vueltas en la cama, una y otra vez. Tras una media hora, al fin, lo consigue.
A la mañana se despierta, deambula por su viejo apartamento. Mira las cosas y se pierde en sus cavilaciones. Sale al balcón, riega las plantas, casi marchitas, como él, con su piel gastada, algo reseca, sin la grasa bajo la piel de los años jóvenes. Con pocas ganas, habitualmente, se viste y va a dar una vuelta por el parque. Mira las matrículas de autos, recuerda a Juan. El amigo apostador estaba en lo cierto -suele pensar. La desgracia y la sorpresa estaban escritas en la chapa.
Hace un par de años se jubiló y busca cómo pasar el tiempo. Se encuentra con viejos camaradas de sus años de facultad en el exilio y conversan sobre los tiempos actuales, la política internacional y, casi siempre, surgen los recuerdos de cuando fueron compañeros de armas. Los temas que surgen, habitualmente, tuercen hacia un tiempo específico y la charla se vuelve algo tensa. La conversación, a esa altura, es en voz baja, como en secreto y con la vista clavada en los que pasean a sus perros, mientras caminan. Con cautela, recorren algunos detalles, luego sus miradas se pierden, más allá del horizonte. En pleno medio día, cuando la calle se vuelve un hormiguero, ellos aún están ahí. Más de una vez, un frenado de auto los altera, los incomoda. A Roberto, más que al resto. Juegan ajedrez, lo practican, lo estudian tanto o más, que a sus 19 años. Cada movimiento está precedido de largos silencios y algunos suspiros.
La tarde transcurre entre actividades varias, visita a familiares, salidas para hacer compras pequeñas, tareas todas para que el cansancio se acumule y vuelva posible el sueño. Ese sueño que prefiere que no llegue, se resiste, le teme, pero no lo dice. Calla, siempre calla. El sueño nunca llega antes de las dos o tres de la mañana. Un rato antes de que hace su entrada la pesadilla de cada noche… Aparece el auto chapa BA517 872
—¡Corré, corré, dale vamos ahora…!
—Pero… ¿Y Juan?
—Déjalo, ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta**!
—La gran p… No puede ser… No puede ser…
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*Para los que juegan a la quiniela en el Río de la Plata, a ciertos sueños les corresponde un número. Así a la desgracia le corresponde el 517, y a la sorpresa el 872.
**La yuta es una expresión del lunfardo que se usa en el conurbano bonaerense para referirse a la policía.


