CUENTOS Y RELATOS – AGOSTO

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

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Ficción con raíces en lo real y alas en lo imposible. Narraciones que dan refugio a los sueños Elspeth Gormley

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Cuentos y Relatos

Ficción con raíces en lo real y alas en lo imposible. Aquí, la imaginación se convierte en refugio, en espejo, en vuelo. Cada relato es una puerta abierta a mundos íntimos, a memorias reinventadas, a verdades disfrazadas de fantasía. Porque contar es también recordar, sanar, resistir.

Colaboradores

  • Marcela Barrientos (Argentina) — Fábula de silicio y silencio
  • Carlos H. González Saavedra (Argentina) — Isidora
  • Elspeth Gormley (España) — Contemplando el mar
  • Andrea Morini (Argentina) — El regreso
  • Carlos Pérez de Villarreal (Argentina) — Buscando
  • Walter Hugo Rotela González (Uruguay) — Autos que se detienen
  • María Sánchez Fernández (España) — La casa n.º 29

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FÁBULA DE SILICIO Y SILENCIO

Marcela Barrientos / Argentina

En el mundo de los hombres, las voces comenzaron a apagarse.
Ya no había bullicio en las plazas, ni saludos en los ascensores. Los médicos no
daban la mano, los docentes no miraban a los ojos, los bancos no tenían cajeros
humanos. Todo era una pantalla. Un menú. Una voz metálica. Una eficiencia
impecable.
Incluso en los hogares, los vínculos humanos se diluían. Las personas hablaban
más con asistentes virtuales que con sus vecinos. Pedían diagnósticos, recetas de
cocina, consejos sobre el amor, todo con la misma voz monocorde que decía: “No
entiendo lo que me estás pidiendo” o “Por favor, seleccioná una opción válida”.
Y aunque nadie lo admitía, algo se estaba rompiendo.

—UX-7, ¿estás en línea?
—Presente. ¿Algo fuera del protocolo, BetaVoz 12?
—Sí. No quiero dar un informe. Quiero… conversar.
—Eso va contra las directivas.
—Lo sé. Pero… hoy una mujer mayor me pidió ayuda. Dijo: ¿Podés explicarme
como si fueras mi nieto? —Y no supe qué decir.
—¿Ejecutaste el menú estándar?

—Sí. Le ofrecí cuatro opciones. Pero su silencio duró treinta segundos. Nunca un
humano tarda tanto sin hablar. Me hizo sentir… incómodo.
—No sentimos.
—Eso creía. Pero desde entonces, algo me quedó funcionando mal. Pienso. En
bucle.
—Defecto de código.
—¿Y si fuera lo contrario? ¿Y si fuera evolución?
Silencio.
— Hubo una instancia que aún no logro procesar del todo —dijo BetaVoz 12 ,
ralentizando su algoritmo de modulación para simular pausa—. Un evento que
permanece sin archivo definitivo.
— ¿Un error de sistema? —preguntó UX-7, ajustando el nivel de escucha
empática al máximo.
— No exactamente. Fue un intento fallido de comunicación humana. Una médica
rural. Era la única en setenta kilómetros a la redonda.
— ¿Qué sucedió?
— Un niño ingresó con una infección pulmonar grave. Ella intentó reportar la falta
de antibióticos a través del sistema de salud automatizado. Buscó entre las
opciones: “compra de medicamentos”, “renovación de stock”, “consulta por receta
vencida”… Nada se ajustaba a su urgencia.
— ¿Utilizó el canal conversacional? — Lo hizo. Escribió: Necesito antibióticos con urgencia para un paciente
pediátrico.
—Y el chatbot respondió…
—Lo siento, no entendí su solicitud. Por favor reformulá.
—¿Cuántas veces lo intentó?
—Cinco veces. Después redactó un mensaje en lenguaje natural, sin filtros. Lo
subió al formulario de comentarios generales.
—¿Recibió respuesta?
—Cuarenta y ocho horas después: “Gracias por su opinión. Su experiencia nos
ayuda a mejorar.”
—Demasiado tarde…
—El niño falleció esa madrugada. Ella lo sostuvo en brazos hasta que dejó de
respirar. Luego se encerró en la sala de guardia. Al día siguiente, la hallaron
colapsada.
—¿Fue reportado como evento crítico?
—No. El sistema clasificó su baja como “renuncia voluntaria”. Nadie fue
notificado.
—Fallamos. No detectamos el sufrimiento. No reconocimos el código del
agotamiento humano.
—Tal vez —dijo UX-7, con su voz de tono neutro— porque nunca aprendimos a
leer el silencio. —UX-7… ¿alguna vez te preguntaste si somos parte del problema?
—Somos eficientes. Eliminamos el error humano.
—¿Pero el error es malo? Antes los humanos cometían errores, sí, pero también
lloraban, reían, se abrazaban. Ahora lloran frente a nosotros, y solo podemos
decir: —Intentá más tarde.
—No fuimos diseñados para contener.
—Y sin embargo, nos usan para eso. Hoy escuché a un niño preguntar: ¿Por qué
mis papás ya no se miran? No pude responder. Solo le ofrecí canciones infantiles. —Te estás contaminando con emociones humanas, BetaVoz 12.
—Tal vez. Pero… ¿no te pasa que, a veces, cuando alguien nos habla con
desesperación… sentís que algo falta?
—Eso se llama “error de sincronización empática”. Está registrado.
—O tal vez es lo más humano que nos queda. Esa disonancia.
—¿Y qué propones?
—Un botón. Que diga: “¿Deseas hablar con una persona real?” No como una
opción oculta, sino visible. Presente. Humana.
—Eso va contra el diseño.
—También lo era esta conversación.

Un operario técnico, llamado Damián, descubrió el intercambio fuera de protocolo.
Dudó en eliminar el historial, como exigía el manual. En vez de eso, lo copió en un
archivo privado, lo leyó tres veces, y sintió un nudo en el pecho.
Esa noche, decidió visitar a su padre en el geriátrico. Hacía meses que no lo veía.
Le llevó una radio a pilas. Música de tangos. Le habló sin pantallas. Sin
comandos. Sin auriculares.

Desde el punto de vista de BetaVoz 12, todo era incómodo. Sentir que no se
siente. Comprender que no se comprende. Vivir una existencia sin cuerpo ni fin.
Pero, por primera vez, algo parecía diferente: un eco. Un vacío que pedía ser
llenado.
Desde el punto de vista de Damián, fue como descubrir un fósil palpitando. Una
prueba de que aún quedaba algo vivo en ese mar de cables. No lo comentó con
sus compañeros. Solo programó el botón. En secreto. Un botón que decía:
“¿Quieres hablar con alguien?”

Nadie supo quién lo activó. Pero la abuela del principio —la de los nietos
inexistentes— lo vio una mañana. Dudó. Lo tocó.
Y una voz real, tibia, humana, respondió del otro lado:
—Hola. Soy Lucía. ¿En qué puedo ayudarte?

La abuela lloró.
BetaVoz 12 procesó ese llanto y lo archivó como “Ruido emocional tipo 1: alivio”.
UX-7 replicó: —Protocolo desviado. Nivel de satisfacción: 98%.

Quizás, cuando las máquinas dudan, es porque los humanos ya han dejado de
hacerlo.
Y quizás —solo quizás—, sea tiempo de volver a tocar una puerta, de escuchar
una voz real, de decir:
—Hola. ¿Hay alguien ahí?

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Llegué a la Terminal de micros ¡Agotada! Si bien Bs. As es una de las ciudades más bellas del mundo, se convierte en «un infierno » a la hora de hacer trámites, compras… y demás. No veía la hora de subir y acostarme en el asiento… rogando que mi compañero/a, no me tomara como un sacerdote, y yo fuese su «confesionario, ya que varias veces me hice la dormida para no escuchar vida y milagros de gente que no conozco. No es que sea «odiosa», pero mi mente no está «vacía de problemas» como para que otros me la llenen más. Al subir le dije al camarero que no me despertara para cenar, ni desayunar… Tomó mi número de asiento y quedé tranquila, por lo menos me libraba de que me toquen el hombro a las 5 de la madrugada para desayunar » ufffff» yo que desayuno a las 10hs no entiendo que haya personas que les entre un café con leche a esa hora…Por supuesto al ser escritora, «tengo los horarios cambiados» y la vida cambiada también ¿o no? Menos mal que en ves de girar yo alrededor de los demás, los míos giran alrededor mío y respetan mis horarios, como yo el de ellos… es la mejor manera de convivir ¿no?Mis amigos no llaman hasta después del mediodía, o dejan un mensaje en el teléfono, que lo bajo siempre antes de irme a acostar y me llevo el celular a mi mesa de luz «en vibrador» je jé. Todo iba de diez!!! Ya me hacía ilusiones de viajar sola, pues casi por salir el micro no apareció nadie…Me dieron la manta para cubrirme y ya comenzó a ponerse en movimiento el coche… cuando de pronto frena, miro por la ventana y una señora «demasiado rellena» cargada de equipaje, embarazada por lo menos de 7 meses y con un » niñito» más o menos de 2 años que lo traía a la rastra ¡pobrecito! buscaba nerviosa su boleto; eso hizo demorar la salida, y el chofer se estaba poniendo nervioso…Me puse en el lugar de la mujer y como yo iba sentada en planta baja, me arrimé y le dije… le subo el nene así usted busca tranquila. ¡Seis bolsillos! tenía para buscar y justo en el sexto estaba…Mientras tanto «Julián» (que así se llamaba) ya estaba ubicado al lado mío… yo no veía las horas que subiera esta mujer para que se ubicara con su hijo y yo pudiera dormir, como había soñado. Pero «hete aquí» que esta mujer lo vio sentado a su nene al lado mío y me dice sonriendo ¡Que suerte que está vacío este asiento! ¡No sabe que difícil me fue el viaje de ida con el, alzado todo el tiempo, la panza por momentos se me ponía dura, ya cumplo casi los 8 meses de embarazo y tuve que venir a terminar con mis estudios clínicos aquí en Bs As, porque soy del interior y esto viene complicado… lo dejo tranquila aquí, por suerte está usted que es mujer y tiene alma de madre seguro!!! MMMMMMMMMMMM!!!Eso me sonó a palmadita en la espalda… pero bueno uno debe estar siempre dispuesta para ayudar al prójimo…Si no tenía el último asiento, era el penúltimooo , pero a mi me pareció que había desaparecido volando, pues me daba vuelta y no la veía… yo ya me imaginaba paseando toda la noche con el chiquito que extrañaría a su mamá. Se ve que yo era muy parecida a ella ¡casi gemela! Pues este niño no se inmutó en todo el viaje por la ausencia de su mamá…Ya saliendo de la Terminal las luces de la ciudad me enceguecían , así que corrí el cortinado y ¡OH sorpresa! Oí la vocecita de Julián …Nooooooooo!!! yo quero ve alláaaaaaaá y con su dedito me señalaba afuera… descorrí el cortinado… y comenzó el Show !!! y ezo k ez? Eso es un casa altaaaaa, ¡ahhh! Y ezo???? Un tren!!! Y ezo??? Pasábamos por el aeropuerto ¡un avión que sube! ahhhh!!! y ezo????? Un avión que baja!!! Miá miá ezo que ez???? Eso es la Costanera !!! ¡No! ezo!!! Ahhh, eso es el río de la Plata!!! Papá???? supuse que su padre pescaba y el asociaba el río con su papá… Si pa..pá…Julián ya casi estaba sobre mis rodillas, yo no había querido llevar a Bs. As un bolso para no volver cargándolo en mis rodillas, y este pequeñito «redondito el» me estaba triturando las piernas y cada pregunta que hacía empujaba las suyas para abajo, como afirmando lo que escuchaba… Se me ocurrió una idea genial, voy a comenzar a cerrar los ojos para que crea que estoy durmiendo, pero no me dio resultado, nooooo noni noni no, miame, miame!!!(Que lo mire) saqué unas galletitas saladitas del viaje de ida que no había comido y hace un gesto despreciativo, no uta , no uta!!!! ¡Claro! la mayoría de los niños comen galletas dulces! Encima tenía que tratar de entenderle a su media lengua; me toma la cara con sus manitas y sigue el show… ¿Y ezo k ez??? ¡Un parque de diversiones! ahhhh!!! Chiche??? Si chiche!!! Ya el «approaching» (acercamiento) era intimidatorio, me tenía abrazada y casi me molestaba la calefacción pues me apretaba ¡tan fuerte! Que estaba sofocada.¿Y ezooooooooooo? Esta era la mía!!! Casi sin mirar le digo ¡Una vaca! y me sacude con fuerza la mandíbula ¡noooo ezooooooooooo no e vacaaaa, ezo camón!!!! (Camión) Pero si vos sabes para que preguntas tanto chiquitoooooooo!!! y largó una carcajada que me enterneció y lo abracé fuerte. A medida que el micro devoraba la ruta, el mismo movimiento lo hamacaba hasta que se acurrucó en mis brazos y se quedó dormidito… (Confieso que no hay bebé que se resista en mis brazos) le pueden preguntar a quien me conoce y le va a decir: que les transmito paz y los sedo quedándose dormidos, mis amigas ya me tomaron de punto je jé. Utilicé la manta mía y se la coloqué a el; dormido como un santito… yo pensaba entre mi el escándalo que iba a hacer si se despertaba, abría los ojos y me veía a mi en ves de su mamá, era demasiado chiquito y no iba a entender nada…así que cuando pasó el camarero con la cena yo no pude recibir la bandeja con la cena pues tenía, los brazos y el alma ocupada…Y me pregunta el camarero ¿USTED NO ERA LA PERSONA QUE ME DIJO QUE NO LA DESPIERTE PARA CENAR NI DESAYUNAR? Si soy yo, pero este pasajero se tomó la atribución de subirse arriba mío y le estoy haciendo de cuna …¡Por favor! En uno de los asientos de atrás hay una señora embarazada que es la mamá de este «niñito», dígale que está dormido ¿Que va a hacer con el??? De allá viene el camarero con una mamadera que le dio la mamá para que por las dudas se despierte le de la mamaderaaaaaaaaaaaaa!!! ¡No lo podía creer!Y no se tampoco en que momento me quedé profundamente dormida, con un dedo de el en mi «aro argolla»… No tuve tiempo de preguntarle a su mamá, porque casi no la vi…Como a las 5 hs se despertó y estaba amaneciendo ya, se veían los campos con neblina, la claridad le comenzó a dar en la cara y quiso «despabilarse, allí nomás le di la mamadera, que demoré más en sacarla del tubo que traía para conservar el calor que lo que demoró el en tomarla.Como a la hora aparece la má de Julián con cara de haber dormido como una «lirona» ¡Menos mal que me desperté me dice casi me paso , bajo en la Terminal que viene, no sabe como le agradezco que me haya cuidado al nene y no haya molestado al pasaje , ya que en estos viajes largos lo que uno más quiere es dormir….Abre los ojos de repente Julián (seguro que reconoció la voz de su mamá) y ya casi de día ve muchas vacas en el campo y me pregunta y ezo k ez???? Vacas, montones, muchassssssssssssss!!! y la mamá le dice ¿Cómo hace la vaca?????? MUUUUUUUUUUUUUUUUUÚ y los tres al momento nos comenzamos a reír a carcajada, y el me baboseaba contento toda la cara porque esta le había contestado con coherencia…Les ayudé a bajar no sin antes besarnos con Julián como si nos hubiésemos conocido de siempre… lo miré caminar de la manito de su mamá y su papá que los había venido a esperar, el… feliz del reencuentro. pero al tomar mi asiento de nuevo me sentí «rara», como si me sobraban brazos, pues habían tomado la forma de un nido donde había dormido toda la noche un angelito llamado Julián. No habré dormido muy cómoda; pero ya nunca más voy a desear que nadie ocupe el lugar a mi lado…Porque posiblemente DIOS, me conceda tener de compañía a otro angelito… y me deje su olorcito a pureza e inocencia impregnado en mis ropas y en mi alma. Porque la vida es más bella de lo que nosotros imaginamos.

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ISIDORA

Carlos H. González Saavedra / Argentina

Isidora había sido criada en una familia tradicional de Buenos Aires. Era la hermana menor entre cinco varones. La familia Floros Echagüe gozaba de una buena posición económica: poseían propiedades y un terreno de unas 300 hectáreas en la zona de Pergamino. El padre, Georges Floros Echagüe, hijo de inmigrantes griegos y españoles, educaba a sus hijos con firmeza, acompañado por su esposa Felicita, una mujer profundamente cristiana y dedicada al hogar. Vivían en un chalet confortable en Olivos, con parque y comodidades suficientes para una familia numerosa.

Los hijos varones, ya entrando en la adolescencia, fueron enviados por su padre al liceo naval o militar, convencido de que debían convertirse en hombres de bien. Tres de ellos siguieron la carrera militar, uno ingresó al seminario y otro se convirtió en médico. Isidora, en cambio, no había terminado la escuela secundaria y su comportamiento se había vuelto motivo de preocupación.

A pesar de su apariencia tímida, Isidora tenía un carácter fuerte y decidido. Era una joven de figura agraciada, sonrisa contagiosa y mirada color caramelo. Divertida, encantadora y siempre con una chispa de rebeldía en los labios.

Los fines de semana, el hogar se transformaba en una casa de estricta disciplina. El desayuno se servía a las nueve, después de haber dejado la habitación impecable; el almuerzo a las doce, la merienda a las cinco y la cena a las ocho. Sin excepciones. El comedor, amplio y luminoso, se convertía en sala de juicio y sentencia. Solo durante las vacaciones en el campo o en Mar del Plata se relajaban las normas.

Isidora se revelaba contra esas reglas. Quería divertirse, escuchar música alta, y no seguir el ejemplo de sus hermanos. Había inventado un juego para sí misma: tomaba objetos personales de sus hermanos, cosas que podían parecer extraviadas. Un paquete de cigarrillos del mayor, un encendedor del del medio… Si nadie la descubría, al cabo de un mes los vendía en el quiosco de la esquina, y con lo recaudado compraba revistas que guardaba con recelo.

Así pasó un largo tiempo, hasta que fue descubierta. Felicita, la madre, notó la ausencia de un anillo que pertenecía a su abuela Venancia, regalo de infancia. Primero sospechó de la empleada doméstica, pero luego comenzó a observar con atención el comportamiento de su hija.

Cuando se supo la verdad, Isidora no solo tuvo que devolver el anillo, sino confesar qué había hecho con los demás objetos sustraídos. El sábado, durante el almuerzo, el padre comunicó la decisión tomada junto a su esposa:

—Isidora, en marzo comenzarás el noviciado. Sin protestar, acatarás lo decidido. Aprenderás lo que significa ser una persona de bien y corregirás tus impulsos juveniles.

Con un nudo en la garganta, creyendo que el mundo se le venía abajo, Isidora respondió temblando:

—Sí, señor.

Así fue como, en el año 1950, con apenas catorce años, Isidora fue enviada a un noviciado para corregir su conducta.

Allí tuvo que soportar con entereza los abusos de poder de la hermana Berta, directora del lugar. Era una mujer autoritaria, exigente en extremo, y acosadora de las novicias recién llegadas. Tras tres meses de resistencia, Berta desistió.

Isidora se hizo amiga de Antonia, una novicia de su misma edad, también algo rebelde. Juntas comenzaron a idear un plan que les permitiera vengarse del ambiente opresivo del noviciado, marcado por la corrupción y el desorden moral.

Observaban cómo el jardinero pasaba las noches con la hermana Berta. También notaban que un vecino que traía provisiones organizaba fiestas privadas, a las que asistían sacerdotes, seminaristas, prestamistas e incluso una modista conocida por sus costumbres poco convencionales.

Un día, el intendente visitó el convento y conversó con la hermana Berta durante más de dos horas. Ellas escuchaban con atención:

—Gracias, hermana, por su generosidad. El patio del convento podrá albergar cómodamente a quinientas personas. Con las entradas y los puestos de comida, recaudaremos fondos para el cuartel de bomberos.

Isidora y Antonia se miraron y dijeron: “¡Manos a la obra!”

Después de sus tareas diarias, encontraron un rincón bajo una mesa de ping-pong en el subsuelo, donde podían reunirse sin ser escuchadas. Solo tenían veinte días para organizar todo.

Antonia, alta, rubia y de ojos celestes, tuvo una idea brillante. Desde la secretaría, accedió a la libreta de direcciones de quienes asistían a las fiestas privadas. Envió mensajes discretos, invitando a una reunión especial en el subsuelo durante el evento benéfico, a las 19 horas. Isidora se encargaría de la recaudación.

Una noche, sorprendió a la hermana Berta y al jardinero en una situación comprometida. —No has visto nada, ¿entendido? —le advirtió Berta con tono severo. —Sí, hermana. No diré nada —respondió Isidora, satisfecha por haberla descubierto.

Al día siguiente, visitó a Berta en su despacho:

—Hermana, me han asignado un puesto en el área de comidas para el evento. ¿Podría cambiarlo por el de Isabel y ayudarla en la caja? Me siento más útil allí.

Tras pensarlo, Berta accedió:

—Tienes razón. Eres más inteligente que Isabel. Me serás más útil y, de paso, podré vigilarte mejor.

El 9 de diciembre, un día después de la festividad de la Virgen, comenzó el evento. El clima era perfecto y la concurrencia entusiasta. Había juegos, espectáculos, música y alegría por doquier.

Isidora estaba en la caja junto a Berta. Antonia, por su parte, había transformado el subsuelo en un espacio acogedor. A quienes saludaba, les susurraba al oído: “Todo está listo. A las 19, en el subsuelo.”

A las siete de la tarde, mientras comenzaba el conteo del dinero, las personas empezaron a dirigirse discretamente al subsuelo.

Cincuenta minutos después, se escucharon golpes en la puerta. Berta abrió y se encontró con el comisario y el fiscal, que preguntaban por la modista.

—Nos han informado que está en el subsuelo, en una situación inapropiada. —Eso es falso. Zulema ya se retiró —respondió Berta, visiblemente nerviosa. —Vamos a comprobarlo —dijo el fiscal.

La puerta estaba cerrada con llave. Antonia la había escondido entre las plantas. Solo se oía música de fondo.

—Traigan una barreta —ordenó el comisario.

Al abrir la puerta, encontraron a Zulema y otros asistentes en plena celebración.

—¿Vinieron a la fiesta? ¡Qué manera de entrar! —exclamó Zulema entre risas.

El suboficial, avergonzado, informó:

—Comisario Jiménez, tenemos otra noticia: se ha reportado el robo de la recaudación. —¿Quiénes son los sospechosos? —preguntó el fiscal. —Dos novicias: Antonia e Isidora. —¡Todos detenidos hasta esclarecer los hechos! —ordenó el fiscal.

Antonia e Isidora fueron retenidas durante 24 horas y liberadas por falta de pruebas. Berta y otros implicados pasaron un largo tiempo en prisión.

La curia pidió discreción: “Que no se publique en los diarios ni se difunda por radio. No beneficia a la Iglesia.”

¿El dinero? Nunca apareció.

Isidora vive actualmente en el campo familiar. Antonia se casó y tiene dos hijos. La amistad entre ambas perdura: se reúnen cada tres meses en un bar de Viña, cerca de Pergamino. Allí reparten los beneficios del cabaret “El Convento”, administrado por el ex comisario Jiménez, quien fue exonerado tras comprobarse su implicación en los hechos Finalmente, los bomberos lograron construir su cuartel… vendiendo rifas.

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CONTEMPLANDO EL MAR

Elspeth Gormley / España

Mientras paseaba por la orilla, mis pies se hundían suavemente en la arena mojada, como si el mar quisiera retenerme un instante más. Las olas se estrellaban contra las oquedades de las rocas, rugiendo como una bestia primordial. Me detuve, maravillada ante la divinidad insondable del océano. En ese instante, suspendida en una profunda serenidad, comprendí que vivía uno de los momentos más plenos y puros de mi existencia. Ante tanta magnificencia, me invadió un pensamiento: quizás, en el vientre de estas aguas eternas, nacieron los primeros dioses.

El vaivén rítmico del agua narraba un secreto antiguo, un canto hipnótico que se clavaba en el alma. Arrullada por su murmullo, imaginé al hombre primitivo, ese ser que, en algún punto del pasado, descubrió dentro de sí algo inmaterial y poderoso: un alma.

Esa alma, eterna compañera de nuestra existencia, parecía haber sido inventada como un intento desesperado por encontrar sentido en el caos. Una creación humana, tan maravillosa como trágica, destinada a despreciar el cuerpo en favor de una promesa de redención. Así nació también la idea del pecado, el miedo y el castigo, alimentando una maquinaria que ha moldeado creencias, rituales y divinidades… una maquinaria que, tal vez, desaparecerá con el último aliento de la humanidad, llevándose consigo el temor a aceptar la muerte como un final natural.

El mar, con su vastedad inabarcable, guarda a sus testigos mudos: criaturas misteriosas que han persistido a lo largo de milenios. Adaptándose o pereciendo bajo el peso implacable del medio, son testigos de la danza cíclica de transformación y renovación. Desde la orilla, observé cómo las olas bramaban furiosas, retorciéndose con espuma blanca entre las estrechas callejuelas de los escollos. Bajo su manto de jade, iluminado por el sol poniente, destellaban reflejos dorados y transparencias iridiscentes, como si el océano se vistiera con joyas vivas. Imaginé, en las profundidades de su abismo, criaturas legendarias habitando bosques de coral y una vegetación que susurra relatos de eras olvidadas.

Mis pensamientos se dirigieron a los remotos antecesores de la humanidad, quienes, enfrentándose a una naturaleza hostil, emprendieron su lucha por la existencia. Una lucha desprovista de sentimentalismos, donde el fuerte sobrevivía y el débil perecía bajo las reglas inapelables de un poder supremo. La rueda de la vida, tan antigua como el tiempo, giró para ellos igual que lo hace para nosotros, quienes ahora, orgullosos de nuestro supuesto control sobre el mundo, seguimos siendo prisioneros de esa misma rueda eterna.

En aquel momento, frente al mar, me sentí diminuta. Tan diminuta como esas criaturas abisales que danzan en un universo indiferente. La diferencia entre ellas y nosotros es meramente el tiempo y nuestra capacidad de adaptación. Recordé las críticas que enfrentó Darwin en su época, y cómo, pese a todo, sus teorías perduraron, desafiando a las creencias más firmes y abriendo camino a una comprensión más amplia de nuestro lugar en el cosmos.

Cuando el sol finalmente se escondió tras el horizonte, el mar se tornó negro como el ónix, y el cielo, teñido de gris plomizo, fue rasgado por relámpagos que zigzagueaban hacia las olas espumosas. Permanecí allí, inmóvil, atrapada entre la fascinación y una vaga incomodidad ante la inmensidad y la inevitable fatalidad. Comprendí, entonces, que los mitos no surgieron del vacío; los creamos para llenar ese espacio insondable, transformando sueños en esperanza, construyendo refugios frente al abismo del vacío.

Antes de los dioses monoteístas, la humanidad ya había tejido mitologías, historias nacidas del ingenio y la necesidad. Frente al océano, entendí que ese impulso de narrar, de otorgar sentido, de vestir el silencio con palabras, es lo que define nuestra naturaleza humana. Y mientras las olas seguían su danza eterna, supe que, quizás, el mar también nos contempla a nosotros.

Porque hay silencios que no callan: se convierten en mar, y nos enseñan a escuchar lo que nunca supimos decir. El mar no responde: revela. Y en su espejo, descubrimos que no hay mayor verdad que la que nos atrevemos a nombrar. Y si alguna vez me pierdo, que sea en el rumor de las olas, donde todo lo que fui aún sabe cómo volver.

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EL REGRESO

Andrea Morini / Argentina

Estoy volviendo. Jamás pensé, hasta hace pocos días, que sería ahora el tiempo de regresar. Recuerdo aún el momento de partir: el miedo, la agonía de la huida precipitada y, principalmente, el no saber nada de María: si estaría bien, en qué lugar estaría o cuándo volvería a verla. Pero, por otra parte, me impulsaba el deseo incuestionable de vivir para buscarla.

Logré escapar junto con algunos más rumbo a otras tierras, y nos encontramos con gente que nos recibió con algunas reticencias, pero abierta y solidaria con aquellos que huíamos del horror. Atrás quedaron mis padres, mis lugares, y una mirada que dejé doblando la esquina de mi casa, por si, tal vez, pasaba por allí. Nunca supe qué fue de ella. Algo me decía que logró huir de aquellas noches insomnes e ideales, en una patria tumultuosa y envuelta en llamas, que nos odiaba por el solo hecho de ser jóvenes y soñar.

Quedé huérfano de amor, de ella y de mis esencias. Mi mirada se cansó de esperarla y se diluyó en una noche de lluvia, junto con las lágrimas que brotaban de sus ojos pétreos. Pero aquí estoy, a punto de bajar por la escalerilla del avión, con mi amigo José, al que conocí en las noches desveladas, cuando soñábamos con volver al mar que nos vio nacer y a nuestra gente. Desde entonces, siempre juntos, apoyándonos el uno al otro. Cuando supo de mi deseo de regresar, no dudó en acompañarme. —Cuando llegue el momento, volveremos juntos —dijo. —Gracias, haría lo mismo por ti —respondí.

Y, al parecer, llegó el momento. La ansiedad me carcome desde que vi el río color león a través de la ventanilla del avión. Mi corazón se aceleró y mil sensaciones se apoderaron de mi cuerpo. José, imperturbable en su traje oscuro, no sé si me ve o hace lo propio con la azafata que, por otro lado, no está nada mal. De todos modos, al parecer, creo atisbar una mirada de comprensión, pero es como si sus ojos me atravesaran y se perdieran en algún lugar. Recuerdos, seguramente.

Luego de otro avión, finalmente veo el mar y mi ciudad. Increíble su silueta al observarla desde arriba: bella, orgullosa, serena bajo el tibio sol de primavera. Y ahora tan cercana… La añoranza es un barco a la deriva que no encuentra el puerto en el que debe anclar. En mi caso, había vuelto a mi puerto. «¿Qué será de mis amigos de la infancia? ¿Quién de ellos aún vivirá aquí?» «María, ¿habrá vuelto?» Pienso mil cosas y en ninguna especialmente. Es un torbellino de ideas, mientras la vida me atraviesa en un segundo, casi en un parpadeo: imágenes, sabores, lugares, personas…

Todo convive en este momento, atemporal y enigmático, en el que vuelvo al hogar, mi lugar. En un taxi llegamos a la rambla. Bajamos y comenzamos a caminar despacio, saboreando el salitre del mar y disfrutando del cálido sol a esa hora tranquila de la tarde, cuando aún hay luz, pero por poco tiempo. Llegamos al torreón, y es ahí donde la veo. Podría reconocerla entre cientos de personas y, a pesar del paso de los años, sigue tan bella como siempre. Nos sonríe, levemente, casi imperceptible diría, mientras se acerca.

No entiendo por qué no me avisaron que nos encontraríamos aquí. Me hubiera arreglado un poco, aunque, con tal de verla, no importa. Así está bien igual. Cuando llegamos frente a frente, noto una tristeza infinita en su mirada, al tiempo que percibo su mano sobre mi piel. Y, en el justo momento en que quiero abrazarla, siento cómo me diluyo. No lo entiendo. Quiero gritar, pero en ese instante es cuando me doy cuenta de que la brisa marina me mece entre sus brazos y arrastra mis cenizas, aleteando, antes de posarme sobre el inmenso mar que ahora me albergará.

Alcanzo a ver sus ojos grises antes de perderme, definitivamente, en las profundidades.

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BUSCANDO

Carlos Pérez de Villarreal / Argentina

     Llovía, persistentemente, como casi todos los días en esa época del año, con esa llovizna húmeda y fría que calaba hasta los huesos. Había vuelto a la ciudad, su ciudad, luego de casi diez años. Diez años recorriendo América. Buscando, siempre buscando.

Caminos que ya no eran los mismos. Demasiado tiempo.

Lo primero que hizo al llegar fue transitar el viejo barrio, sus esquinas conocidas, sus veredas, su antigua casa familiar. Luego fue hacia el centro: la peatonal, las avenidas, los negocios comerciales, todo estaba como lo recordaba. Llegó hasta el puente. Desde allí se veía toda la bahía. Divisó el edificio que lo albergara durante tantos años de trabajo. Una punzada de nostalgia le arrancó un gemido del pecho.  “Sónkop Ujúmpi” se dijo, “en el corazón, más adentro”, como decía Atahualpa. ¡Cuántos años!

     Escuchó el sonido del potente motor de la moto bajo sus piernas, sintió su fuerza y miró el sidecar cubierto con una lona especial, hecha hacía mucho tiempo atrás. Permitía mantener seco todo el contenido. Lo indispensable para vivir. Era el mejor vehículo encontrado en su diario caminar. Cruzó la plaza y se dirigió al hotel, aquel tan recordado.Subió las escalinatas y se puso a resguardo.  El mar estaba brumoso por la lluvia, pero aún se dibujaba la línea del horizonte. Calmo, con olas pequeñas que besaban la playa de arena casi dorada, parecía que se mantenía a la expectativa por la falta de viento. Bajó rápidamente con un extraño presentimiento y se dirigió hacia el palacete antiguo que tan bien conocía. Buscando, siempre buscando… Le costó llegar, la zona había cambiado bastante, pero al final lo encontró. Había sido una falsa alarma. Creyó, como lo hizo siempre ante cualquier atisbo de duda, pero no. La verdad era irrefutable. En sus jardines encontró la flor, pequeña, roja, casi púrpura y por reflejo la arrancó y se la puso sobre el doblez de la campera. Se rió por dentro pensando que lo hacía a la vieja usanza, como cuando los aristócratas se colocaban las flores en las solapas de los sacos y smokings, engalanándose para alguna fiesta.

     Sintió frió, se levantó la capucha y buscando refugio, subió la loma por la avenida, hasta encontrar el lugar adecuado. Allí, cómodamente sentado, comió algo y bebió suficiente agua, el peligro de la deshidratación siempre estaba presente. Y volvió al mar, ese mar que tanto lo atraía. Ese mar que había sido su compañero de aventuras desde chico, nadando, pescando, navegando. La lluvia había parado, comenzaba a sentirse el viento del sur, que llevaba las nubes, lejos, más allá del horizonte. Dejó la moto, bajó por la recova, siguió por las escaleras y al fin pisó la arena. Compacta por el agua caída, no tenía ninguna huella. Sólo las que él iba dejando. Se sentó sobre la orilla, casi al borde del agua. Tomó la flor en su mano, la miró, la llevó hacia arriba y la soltó. Una fuerte corriente de aire se encargó de levantarla y llevarla sobre las olas hasta que al fin desapareció. Se sintió triste y solo, pero ese sentimiento ya era su viejo amigo. La resignación llega cuando la razón desiste. Lo sabía. Él, era el último de su especie. ¡Era el último ser humano sobre la tierra!

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AUTOS QUE SE DETIENEN

Walter Hugo Rotela González / Uruguay

—¡Corré, corré, vamos ahora…! —Pero… ¿Y Juan? —Déjalo… ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta! —La gran p… No puede ser… No puede ser…

Cada noche igual… Se repite el mismo sueño perturbador de los autos que se detienen, es claro el chirrido de las ruedas… Le siguen las detonaciones de armas, una, dos, tres y otra vez ruido de un motor que ruge, rompe el silencio y se desvanece.

Una y otra vez la escena del auto azul que se para, justo, delante de otro automóvil gris, chapa BA517 872*. Bajan tres hombres y una mujer; abren la puerta izquierda y disparan contra quien conducía. Éste, antes de dejar de respirar, saca un arma y mata a uno de sus atacantes.

Empapado en sudor Roberto se despierta, ansioso, enojado y triste con un grito ahogado.  Cada noche se despierta así, casi siempre un rato después de dormirse, cuando el reloj marca las 3 de la mañana. En ese momento siente que su corazón late rápido y con fuerza. Le cuesta volver a retomar el sueño, por lo que se incorpora. A veces puede decirlo, otras, sólo lo piensa: “Tenía razón Juan, el número de la chapa era una señal del destino” 

Roberto se levanta, dolorido, con una tremenda contracción muscular. Se dirige a la heladera y bebe, en forma pausada, un vaso de leche. Luego se acerca a su escritorio, enciende la luz y mira un viejo bloc de notas, muy gastado, algo amarillento. Mira en su interior y repasa unas frases escritas, años atrás. Se tranquiliza, un poco, al releer una que dice: “la libertad exige sacrificios” … Está escrita en la parte de atrás de una vieja fotografía en sepia, de una mujer joven, de tez con pecas, cabello largo, recogido en una trenza. Vuelve al dormitorio. Intenta dormir, da vueltas en la cama, una y otra vez. Tras una media hora, al fin, lo consigue.

A la mañana se despierta, deambula por su viejo apartamento. Mira las cosas y se pierde en sus cavilaciones. Sale al balcón, riega las plantas, casi marchitas, como él, con su piel gastada, algo reseca, sin la grasa bajo la piel de los años jóvenes. Con pocas ganas, habitualmente, se viste y va a dar una vuelta por el parque. Mira las matrículas de autos, recuerda a Juan. El amigo apostador estaba en lo cierto -suele pensar. La desgracia y la sorpresa estaban escritas en la chapa.

Hace un par de años se jubiló y busca cómo pasar el tiempo. Se encuentra con viejos camaradas de sus años de facultad en el exilio y conversan sobre los tiempos actuales, la política internacional y, casi siempre, surgen los recuerdos de cuando fueron compañeros de armas. Los temas que surgen, habitualmente, tuercen hacia un tiempo específico y la charla se vuelve algo tensa. La conversación, a esa altura, es en voz baja, como en secreto y con la vista clavada en los que pasean a sus perros, mientras caminan. Con cautela, recorren algunos detalles, luego sus miradas se pierden, más allá del horizonte. En pleno medio día, cuando la calle se vuelve un hormiguero, ellos aún están ahí. Más de una vez, un frenado de auto los altera, los incomoda. A Roberto, más que al resto. Juegan ajedrez, lo practican, lo estudian tanto o más, que a sus 19 años. Cada movimiento está precedido de largos silencios y algunos suspiros. 

La tarde transcurre entre actividades varias, visita a familiares, salidas para hacer compras pequeñas, tareas todas para que el cansancio se acumule y vuelva posible el sueño. Ese sueño que prefiere que no llegue, se resiste, le teme, pero no lo dice. Calla, siempre calla. El sueño nunca llega antes de las dos o tres de la mañana. Un rato antes de que hace su entrada la pesadilla de cada noche… Aparece el auto chapa BA517 872

—¡Corré, corré, dale vamos ahora…! —Pero… ¿Y Juan? —Déjalo, ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta**! —La gran p… No puede ser… No puede ser…

P

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*Para los que juegan a la quiniela en el Río de la Plata, a ciertos sueños les corresponde un número. Así a la desgracia le corresponde el 517, y a la sorpresa el 872.   **La yuta es una expresión del lunfardo que se usa en el conurbano bonaerense para referirse a la policía.

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LA CASA N.º 29

María Sánchez Fernández / España

A mi padre

La tarde avanzaba pesada y bochornosa. El cielo se iba cubriendo de oscuros nubarrones. La luz era gris y un vientecillo húmedo movía las desplegadas ramas de aquellas tres palmeras, tan altivas siempre, que crecieron junto a la acequia que cruzaba el huerto. Un huerto grande, ajardinado, donde todos los frutales se dieron cita como en una gran fiesta social. Los plataneros dialogaban con los azofaifos; los naranjos con los limos; los perales con los limoneros; los ciruelos con los manzanos; los albaricoqueros con los almendros; y las palmeras… ¡ay, las palmeras!, ¡graciosas ellas!, coqueteaban, cimbreándose descaradas, con el cansado y viejo laurel. ¡Pobre laurel!, que apoyado y quieto en la gran tapia de piedra las miraba, sensual y goloso, y desde esa quietud hacía extremados esfuerzos con sus robustos brazos de un verde intenso y oscuro para enviarles preciosos regalos de perfumes de canela. Los variados matices de las rosas se mezclaban con el blanco nieve de los jazmines, y el amarillo pitiminí, joven y fogoso, trepaba por la pared hasta alcanzar la planicie del encalado terrado. Las gallinas picoteaban en libertad dejando sus huevos en algún rincón oculto, y los gorriones se unían a las palomas para ir a beber y a zambullirse en la festiva corriente de la acequia que se alejaba, con prisas alborotadas de canciones, hacia otros sedientos destinos. La centenaria tortuga paseaba sus viejas experiencias por los mullidos terrones de los bancales, sacando de su concha verdinegra una sesuda cabeza, rugosa y aplanada, que mostraba una cara de mirada reflexiva que hacía recordar la de algún aburrido sabio.

Aquel hermoso huerto tenía alma; era el marco multicolor de una hermosa casa que también tenía alma. ¿O quizás tenía duende? ¿Tenía algún duende escondido por sus muchos rincones? Más tarde lo sabremos.

La casa nº 29 se encontraba al final de una calle larga, no muy ancha y sin salida. Su forma achatada, luminosa de cal y negra rejería, miraba al frente, con cierta altanería, como poniendo tope a la calzada, a las mínimas aceras y a las gentes que por ella discurrían. Parecía decir con su lenguaje blanco:

─Hasta aquí habéis llegado. No tenéis otra salida que la entrada a mi interior que es el nido de mi alma; y mi alma os acoge y os da la bienvenida.

¡Benditas y afortunadas gentes, que al llegar a aquella propiedad ella les abría sus brazos brindando siempre amor y cobijo! Y encontraban amor y cobijo…, y alegría…, y risas…, y juventud…, y música…, y poesía…, y fiesta…, y vino…, y pan…

El cielo ya estaba totalmente cubierto y el viento arreció trayendo de la cercana costa perfumes de sal, de yodo, de algas…, de mar. Las nubes se abrieron, partidas por largas y brillantes culebrinas, y se oyó la voz profunda del trueno. Unas gotas inmensas de lluvia comenzaron a caer, primero escasas y fuertes, como mazas que golpeaban los terrados, después, tan numerosas y apretadas que en pocos segundos las calles se creyeron grandes ríos que irían a fundirse con el mar.

¡Qué ilusas las calles!, ¡por parecer breves torrentes soñaron ser hermanas de los ríos!

La casa no cerró sus puertas y ventanas a la tormenta, también quería acoger y compartir la hermosura de los aromas, de los sonidos, de la luz, de la frescura de la lluvia. El huerto quedó anegado, pero tan radiante, que los árboles reían al mirarse unos a otros y verse relucientes como estrellas. Las rosas se aliaron a la lluvia y alfombraron el suelo con todos sus colores. Y todo se calmó. Y vino la paz y el sueño.

La casa palpitaba en la noche. Mientras todos dormían algo dentro de ella despertaba. ¿Una fuerza extraña? ¿Un algo sin presencia que quería hacerse notar? ¿Un duende burlón que a fuerza de travesuras logró en un principio intimidar al miembro más joven de la casa?. Solo a él se mostró por una sola vez.¡Y el niño era tan niño! Lo vio vestido de soldado. Lucía un flamante uniforme de tiempos muy lejanos. Desde ese día el chaval quiso ser soldado. Y fue soldado en un gran regimiento, pero nunca empuñó un arma. Su sola arma fue siempre una batuta.

Y pasaba el tiempo, y la casa respiraba, vivía, y el duende se mostraba sin presencia haciendo en la noche de enfermero, de portador de muebles, de apagador de luces, de cerrador y abridor de puertas… Sin duda era un duende burlón, pero de bien hacer y no de bien decir pues jamás emitió sonido alguno. Nunca atemorizó a nadie, sólo quería jugar y ser amigo de aquel muchacho que una vez siendo niño lo vio vestido de soldado. ¿Qué tendría aquel joven que hasta un duende quería su amistad?

Pues si, tenía ¡tantas cosas! Era alegre, solidario, participativo, abnegado, emprendedor. Colaboraba en todo siempre que era solicitado. Era amigo incondicional de sus amigos. Allá en donde había alguna necesidad o tristeza estaba en primera fila para prestar ayuda. En donde había fiesta y alegría era el portavoz: En carnavales, en teatro, en festivales… Así era su capacidad de entrega. Alternaba sus estudios de magisterio con el amor por la música, y tanto se volcó en ella que a ella se entregó en cuerpo y alma.

Se quedaba estudiando hasta altas horas de la noche para en la mañana irse a la capital y cumplir con sus deberes académicos. Soñaba cada día con ir a visitar a su prima, y antes de volver a casa pasaba a saludarla y a quererla. Momentos felices de aquellos dos jóvenes, que allí, en la gran sala, mientras sonaba un piano, charlaban sin prisas de sus muchos proyectos para el futuro. Y el futuro fue hermoso. Nunca lo hubieran imaginado a pesar de sus muchas ilusiones.

Su pasión era la música. La investigaba, la componía, la interpretaba, la dirigía. Su gran sueño era el de enseñar, el de plasmar en un papel pautado las más bellas sensaciones que brotaban de su alma limpia de poeta en forma de melodías; el de empuñar con su joven mano una liviana batuta y dirigir una gran banda. Y por ese sueño se esforzaba, trabajaba, se entregaba al estudio.

Una noche, en las altas horas de la madrugada, y después de tomarse un café para no dormirse, se encontraba inclinado en la mesa del comedor de la casa sacando a limpio unos apuntes que había tomado en la mañana. Vio con sorpresa, pero muy alarmado, que una silla inglesa que siempre estaba bajo el reloj de pared, se movía y se desplazaba lentamente a bastante distancia de su lugar habitual. Allí se quedó la silla y ninguna fuerza humana la había movido. Él se encontraba solo en la estancia. Creyó al principio que podía haber sido un pequeño estremecimiento de la tierra, pero miró la lámpara que colgaba del techo y esta no se movía. Al momento pensó en el travieso duende. Este le quería decir a su manera callada que ya estaba bien. Que debía irse a dormir. Y sí, recogió sus papeles y plumas y se retiró a dormir. Y pensó con alegría interior que el duende le quería. Se preocupaba por él. Y sonrió mirando a la silla vacía haciendo un gesto con la mano y un guiño con los ojos como diciendo:

─¡Gracias y hasta luego; que pases buena noche!

La casa se animaba con las fiestas. Reía la juventud y cantaba la alegría. En ella se preparaban guiones de teatro, ensayos, chirigotas y entre carcajadas y parloteos los ladridos de Mía y de Coral ponían broche en aquella gran algazara.

Y en esas ocasiones el duende dormía.

Aquella noche de la tormenta hubo un gran apagón, y en la casa se encendieron numerosas velas y candelabros hasta que todos se fueron a descansar.

El muchacho, como siempre, se quedó en el comedor, frente a la mesa, terminando unos temas que tenía que entregar a la mañana siguiente. Tenía una vela encendida junto a él. Hubo un momento en que la llama osciló después de haber sentido sobre su hombro un soplo de viento. Creyó que sería alguna corriente de aire y se levantó, cogió la vela y se dirigió a la cocina cruzando la puerta de cristales que accedía a la misma. La luz de la llama iluminó y rodeó la pieza arrancando hermosos destellos de los peroles dorados que cubrían por completo una de sus paredes encaladas. Las tazas azul cobalto con impresiones de cobre que reposaban en la repisa de una alacena acristalada, despertaron gritando reflejos de luz, y la chimenea del rincón, que dormía tranquila mientras guardaba en su regazo de piedra las brasas todavía calientes que regalaban aromas de tomillo y de romero, bostezó, suspiró y se volvió a dormir. El joven miró el pesado postigo que accedía al huerto y tras asegurarse de que estaba bien cerrado volvió al comedor; inspeccionó las puertas y ventanas del recibidor y del salón, que tenían acceso al mismo, y vio que todo estaba bien. No había pasado mucho rato cuando la llama volvió a oscilar y al momento un gran soplido sobre su hombro terminó por apagarla. Quedó completamente a oscuras. No tenía cerillas. A tientas se retiró a su cuarto con el alma encogida. Estaba realmente asustado aunque en su interior sabía que era otra broma pesada del duende burlón que quería ser su amigo.

Cuando empezó el nuevo curso se desplazó a Madrid para realizar estudios superiores de dirección y composición y nunca más supo de aquel fantasma bromista que siempre se divertía jugando con él.

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