ARTÍCULOS – OCTUBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

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“Cada artículo es un viaje. Cada palabra, un vagón que cruza el tiempo.”

Elspeth Gormley

Colaboradores en Artículos

  1. Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos – Frijol Camagua
  2. Elspeth Gormley – España – Cuando el lenguaje golpea
  3. Jaime Hoyos Forero – Colombia – Sexismo lingüístico
  4. Ángel Medina – España – El aborto entre el derecho y la contradicción social
  5. Martín Yelime – España. – Entre velos y contradicción escolar

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FRIJOL CAMAGUA

Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos

Clemencia compró frijol camagua iba por chiles dulces y cebollas, pero el frijol le salió al paso desde el canasto de nía[ María. Primero se paró de cabeza, saltó, levantó las manos y bailó, pero Clemencia estaba entretenida buscando los chiles más galanes. El camagua no se dio por vencido y utilizó su última herramienta, se lanzó de panzazo sobre los manojos de siente montes, sabía que era la única forma de captar la atención de la despistada. 

Con cinco chiles en la bolsa, Clemencia buscó las cebollas, pero como un montarral espeso de finales de invierno, aparecieron frente a ella los siete montes. Sintió el aroma de su infancia llegado desde las montañas de la Sierra de las Minas. Se le erizó la piel y se le dejaron caer en manada el puño de recuerdos cuando vendían queso fresco, crema, requesón y suero en la casa de sus padres en Teculután, Zacapa. 

Los años en los que si llovía su madre les gritaba desde donde estuviera, que fueran a tapar los espejos con una toalla y que le desconectaran el televisor, rituales que Clemencia no sigue y que no les enseñó a sus hijos. De hecho, sus hijos no saben qué es el requesón y mucho menos el suero de vaca, si ella les contara que su madre ponía una herradura de caballo atrás de la puerta con una trenza de ajos, no le creerían le dirían que de dónde sacó esa historia. Mucho menos les diría que regaba la entrada de la casa con agua de siete montes o que el manojo lo dejaba en un jarrón abajo del mostrador. 

¿Le creerían si les contara que creció barriendo el patio con escoba de escobillo? Primero le preguntarían qué es escobillo[3]. No, sus hijos no la imaginarían así, regando el patio con palangana o lavando la ropa a mano y tendiendo la ropa en un lazo. Mucho menos le creerían que también ordeñaba las vacas que compró su abuelo materno para que su madre comenzara con un negocio y no estuviera a la espera de que Silverio, su esposo, le diera dinero. 

Pero es que si les contara que sus pies se le llenaban de niguas, le dirían que qué le pasó, que si se siente bien o está delirando, que qué es todo eso de lo que está hablando. No le creerían que creció comiendo tortillas, mismas que están prohíbas en su casa, como la papa, los elotes, los plátanos y todo lo que dice su entrenadora personal y la nutrióloga de la familia que no se debe comer. 

Es su culpa, Clemencia se lleva la mano al pecho, a los lejos escucha la voz de nía María que le pregunta qué va a llevar, pero no distingue, no capta qué le dice, la ve mover los labios pero no entiende lo que le está diciendo.  Es su culpa, se dice a ella misma, es su culpa por no enseñarles de dónde viene, cuáles son sus raíces, por eso son unos adolescentes arrogantes, que creen que porque tienen dinero y cinco empleados en su casa al servicio de todos sus caprichos les pertenecen como si fueran sus zapatos. 

Es su culpa no haberlos acercado a su familia, a sus raíces, en cambio sí con la familia de su esposo, adinerada, con buenos modales, que viajan alrededor del mundo cuando se les da la gana y viven de vacaciones en vacaciones. ¿Por qué renunció a su identidad? Un golpe de realidad le cae como balde de agua fría, por qué escondió a su familia y nunca los visitó si nunca le hicieron daño, al contrario, sus padres se desvivieron por ella y sus cinco hermanos. ¿Por qué sus hijos no conocen a sus tíos ni a sus abuelos? 

¿Por qué se inventó un título universitario que no tiene? ¿Para no avergonzarlos en ser la única en la familia sin título de la universidad?  Qué estúpida, se dice y se da un golpe en la cabeza con la mano. Nía María le sigue preguntando que qué va a llevar, ve a Clemencia más despistada de lo de siempre, ¿con quién estará hablando ahora? 

Clemencia va al mercado todos los jueves, la lleva uno de los dos pilotos, aunque las empleadas encargadas de la casa son las que hacen las compras en el supermercado, Clemencia tiene el mismo ritual de los jueves desde hace quince años. Necesita sentir las verduras y las hierbas frescas, sabe que jamás se compararán con las del supermercado por mucho dinero que pague al comprarlas.  

Nía María le sube la voz, qué te pasa Clemencia, le pregunta y la hace volver en sí. Nía María, cómo está, deme por favor un manojo de cebolla, quisiera llevarme los siete montes, pero no tengo en dónde ponerlos y regáleme por favor cinco libras de frijol camagua. Los frijoles se dan la mano y comienzan a saltar juntos, por fin la Clemen se los llevará, les encanta ver desde las ventanas de la cocina el patio lleno de grama verde, la piscina y el jacuzzi, aunque después terminen envueltos en masa y tuza.  Clemencia ha visto el frijol camagua durante años, siempre a mediados del invierno y cuando es el tiempo del atol de elote, los elotes asados con limón y sal, del chipilín con arroz y crema y de los tamalitos de frijol camagua. Compra una rapadura canche y un ayote sazón.

De cuando en cuando a Clemencia le dan estos golpes de realidad, la llama la tierra donde nació, siente en la boca del estómago un halo helado cuando tiene nostalgia, pero nunca se ha atrevido a regresar, solamente les envía dinero a sus padres mensualmente. Es mucho lo que tiene qué perder, una vez al mes nía María le lleva tortillas, Clemencia se las come a escondidas en su habitación, con queso fresco que compra en el mercado. Después las vomita, sería incapaz de subir de peso y que sus amigas la juzguen y peor aún su familia política. El frijol camagua se lo lleva de regalo a las empleadas para que hagan sus tamales, lo mismo con el ayote y la rapadura y vean que mala empleadora no es. 

Se despide de nía María, se sube al automóvil donde la espera el piloto y se va, en el camino se prepara para entrar de nuevo en su personaje, deja ser Clemencia y se convierte en Valentina, en fingir se ha convertido en una experta, total, todo lo que tiene alrededor es falsedad. Se lleva las manos a la cara imaginándose que, si en su pueblo supieran que se ha puesto de nombre Valentina para encajar en sociedad, inmediatamente le llamarían tina, bañera, chorro de agua, charco, ojo agua donde toman agua las vacas, hasta el frijol camagua y los siete montes se reirían de ella,  sabe que en el oriente no perdonan.

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CUANDO EL LENGUAJE GOLPEA

Elspeth Gormley – España

El otro día escribí sobre la música. Sobre esas letras que, entre ritmos pegajosos y coreografías virales, esconden violencia. Letras que denigran a las mujeres, que las convierten en objeto, en trofeo, en carne sin alma. Pensé que era suficiente. Que con ese artículo había dicho lo necesario.

Pero ayer vi unos reels en TikTok. Y me quedé helada.

No eran solo palabras malsonantes. Era el tono. La actitud. El desprecio. El maltrato físico mostrado como broma. La humillación convertida en entretenimiento. Y lo más inquietante: no eran solo ellos. También ellas. Degradando a otras mujeres. Repitiendo insultos. Celebrando la violencia como si fuera empoderamiento.

¿Qué estamos enseñando a nuestros jóvenes? ¿A hablar mal? ¿A ser el chulito de la clase? ¿A maltratar a las mujeres y a celebrarlo? ¿A confundir libertad con crueldad?

El vocabulario que utilizan es terrible. Pero más terrible aún es la normalización. La risa. El aplauso. El algoritmo que premia el escándalo y silencia la ternura.

Y no, no es solo culpa de las redes. Es un espejo. Un reflejo de lo que no hemos querido mirar. De lo que no hemos querido corregir. Porque el lenguaje no solo nombra: también construye. Y si construimos desde el insulto, desde la cosificación, desde la burla… ¿qué tipo de sociedad estamos edificando?

Hoy no escribo para denunciar. Escribo para preguntar. Para incomodar. Para invitar a mirar más allá del filtro. Porque si no enseñamos a hablar con respeto, con compás, con dignidad… seguiremos criando generaciones que confunden violencia con estilo.

Y si no enseñamos a escuchar con ternura, seguiremos creyendo que el grito es más fuerte que el argumento. Que el golpe es más eficaz que el abrazo. Que el desprecio es más viral que el respeto.

“Si el lenguaje construye mundos, que el nuestro no siga edificando violencia.”

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SEXISMO LINGÜÍSTICO

Jaime Hoyos Forero – Colombia

Hace unos años, en Bogotá, una orden judicial obligaba al Gobierno a darle a la ciudad, como uno de sus lemas, la expresión “Bogotá para todos y todas” en lugar de “Bogotá para todos”.

Espero que el juez que dio la orden, haya sido condenado a perder la mitad, por lo menos, de su lengua, por haber cometido semejante barbaridad.

Ese juez y todos los sexistas, debieran recordar (se enseña en la escuela) que en español y en general en los idiomas modernos, se emplea –y es norma-  el llamado masculino genérico o colectivo mixto a través del género gramatical masculino.

El buen uso del idioma no tiene por qué mancharse de sexismo ni política. Del buen uso son ejemplos patentes padres (“padre y madre”), reyes (“rey y reina”), príncipes (“príncipe y princesa”), etc.

A continuación, dos ejemplos del buen uso en oraciones, tomados del diccionario de dudas de la Academia, donde se ve con toda claridad el uso correcto y limpio del colectivo mixto:

“Los hombres prehistóricos se vestían con pieles de animales; En mi barrio hay muchos gatos, (donde de la referencia no quedan excluidas  las mujeres prehistóricas ni las gatas”).

 Cuando excepcionalmente no queda claro que el masculino genérico se refiere a ambos sexos, sí se emplea el recurso de desdoblamiento: hombres y mujeres pueden servir en el ejército.

La Real Academia advierte que es grave error gramatical “las series coordinadas de ambos géneros propias del lenguaje político y administrativo actual.

Madrid.- ¿Es necesario el desdoblamiento léxico para no ser sexistas? No para la Real Academia Española (RAE), cuyo pleno considera que recurrir a fórmulas como «ciudadanos y ciudadanas» supone recargar el lenguaje hasta hacerlo impracticable y cita como ejemplo un artículo de la Constitución de Venezuela:

«Sólo los venezolanos y venezolanas por nacimiento podrán ejercer los cargos de presidente o presidenta de la República, vicepresidente ejecutivo o vicepresidenta ejecutiva…», reza el citado fragmento que se alarga, innecesariamente según la RAE, para escribir en masculino y femenino casi una veintena de cargos.

A este extremo de ridiculez se puede llegar por no seguir las normas de la Academia.

Y las normas académicas exigen que se escriba con claridad, belleza y economía de palabras. Y el desdoblamiento léxico es  -como llaman ahora a las cosas que al multiplicarse dañan-   un virus que al ir contra la economía del buen decir, afecta gravemente el idioma.

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EL ABORTO ENTRE EL DERECHO Y LA CONTRADICCIÓN SOCIAL

Ángel Medina – España

Hablar del aborto en España implica abordar un debate complejo. La propuesta de incluirlo en el artículo 43 de la Constitución ha generado controversia: algunos juristas advierten que podría debilitar su protección legal, al no tener el mismo rango que el artículo 15. Mientras tanto, más del 80% de los procedimientos se siguen derivando a clínicas privadas, a pesar de la reforma de 2023 que buscaba fortalecer la sanidad pública.

La cuestión se ha convertido en arma política, con tensiones entre comunidades autónomas y partidos. A nivel internacional, algunos países avanzan: México lo despenalizó en 2023 y Francia lo blindó constitucionalmente en 2024. Sin embargo, millones de mujeres aún enfrentan abortos inseguros, con graves consecuencias para su salud.

El uso del término “interrupción voluntaria del embarazo” encubre, la realidad de una muerte. Desde la fecundación, el desarrollo embrionario muestra signos de vida humana progresiva. El feto no es parte del cuerpo de la madre, sino un ser con origen genético propio. La noción de “vida humanizada” solo al nacer resulta cuestionable desde el punto de vista biológico y ético.

También se abordan los argumentos económicos: ¿es válido eliminar al hijo por falta de recursos? En una sociedad donde la pobreza se extiende sin solución política, surge la pregunta sarcástica: “Si se trata de reducir bocas, ¿por qué no empezar por quienes más comen?”

Se denuncia una inversión de valores, donde el derecho a la vida queda subordinado a otros intereses. La Ley debe garantizar ese derecho, no relativizarlo. Se protege la vida del culpable, pero se elimina la del inocente. Basta mirar atrás: el Holocausto comenzó eliminando a quienes no eran útiles para la sociedad. Hoy, las leyes que favorecen la eutanasia deberían hacernos reflexionar sobre el riesgo que corren los mayores.

La Ley no puede ser neutra ni permisiva. Debe ser garante, no espectadora. Aunque la maternidad implica responsabilidad, la mujer embarazada en situación vulnerable debe ser apoyada. Es preferible fomentar la adopción como alternativa digna, antes que eliminar al hijo. También se requiere una educación que distinga entre sexualidad responsable y pornografía.

El aborto, más allá de la permisividad, exige una reflexión profunda sobre el valor de la vida humana y el papel de la Ley como garante de los derechos fundamentales.

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ENTRE VELOS Y CONTRADICCION ESCOLAR

Martín Yelime – España

En las aulas de Europa, el velo no es solo una prenda: es símbolo, frontera, y a veces, conflicto. Cada mañana, niñas musulmanas cruzan el umbral escolar con el hiyab como parte de su identidad. Lo hacen por fe, por respeto familiar. Pero también lo hacen en un espacio que exige neutralidad, convivencia y respeto por las normas sociales compartidas. La escuela pública no es una extensión del hogar. Es un lugar donde se aprende a vivir con otros, a negociar diferencias, a entender que la libertad individual tiene límites cuando entra en contacto con la comunidad. En casa, cada familia puede seguir sus rituales, sus creencias, sus códigos. Pero en la escuela, el velo adquiere otro significado: se convierte en símbolo visible de una diferencia que, en algunos contextos, genera tensión.

No se trata de prohibir por prohibir. Se trata de preguntarse qué representa el velo en una sociedad que lucha por la igualdad entre hombres y mujeres, por la autonomía de los menores, por la neutralidad institucional. ¿Es justo que una niña lleve velo si no puede decidir libremente? ¿Es justo que se le imponga una prenda que, en otros países, es símbolo de sumisión o incluso de castigo? La libertad religiosa es un derecho. Pero también lo es la protección de la infancia, la igualdad de género y el respeto por las normas comunes. En países como Francia o Bélgica, se ha optado por prohibir los símbolos religiosos visibles en las escuelas públicas, no como ataque a la fe, sino como defensa de la convivencia.

En España, el debate sigue abierto, y cada centro toma decisiones que a veces generan polémica, como la expulsión de una alumna por llevar hiyab. La pregunta no es si el velo debe ser permitido o no. La pregunta es si estamos dispuestos a dialogar sobre lo que representa. Porque el respeto no puede ser unilateral. Si pedimos que se respeten las tradiciones musulmanas, también debemos permitir que se nombren las nuestras: Navidad, Semana Santa, el Día de la Madre. La convivencia no se construye borrando, sino sumando. Y para sumar, hay que hablar. Con firmeza, con empatía, con claridad. Porque una niña que lleva velo en la escuela no solo está expresando su fe: también está entrando en un espacio que le pertenece a todos. Y ese espacio necesita reglas claras, diálogo constante, y una mirada que no confunda respeto con renuncia.

Porque educar no es solo enseñar contenidos, sino formar conciencia. Porque convivir no es solo tolerar, sino comprender. Y porque el velo, como símbolo, merece ser mirado con profundidad, no con prejuicio. Hoy, más que nunca, necesitamos escuelas que no se escondan tras la neutralidad, sino que abracen la complejidad. Que protejan a las niñas, respeten a las familias, y defiendan los valores que sostienen esta sociedad. No se trata de imponer, ni de prohibir sin diálogo. Se trata de nombrar lo que vemos, de cuidar lo que somos, y de recordar que la libertad no se mide por lo que uno lleva en la cabeza, sino por lo que puede decidir con dignidad. Y eso, en cualquier cultura, se llama respeto que se aprende, se enseña y se defiende.

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