CUENTOS Y RELATOS -MARZO
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“La imaginación toma la palabra.”
COLABORADORES – CUENTOS Y RELATOS
- Balsells Magi – España
- Díaz Castro Enrique Fredy – México
- González Saavedra Carlos – Argentina
- Gormley Elspeth – España
- Hoyos Forero Jaime – Colombia
- Morini Andrea – Argentina
- Rotela Walter – Uruguay
- Pérez de Villarreal Carlos – Argentina
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CONGRESO DE PLANETAS
Balsells Magi – España
En un punto equidistante de la Vía Láctea, se celebra estos días un Congreso que agrupa a los planetas más importantes de dicha Vía, bajo la presidencia del Sol; esta reunión se ha efectuado a petición del planeta Tierra. Los equipos de transmisión de dicho evento están patrocinados por La Fuerza Cósmica, con el apoyo técnico de las Ondas Solares. Se inicia la sesión con la intervención del convocante, La Tierra.
Queridos hermanos planetarios, quizás os haya extrañado esta solicitud de reunión, cosa que no se hacía desde hace muchos siglos, pero la necesidad de encontrar una solución que sirva para salvarme es lo que lo ha provocado. Automáticamente Marte quiere tomar la palabra, cosa que es atajada rápidamente por la presidencia, El Sol, comunicándole que no es su turno de intervención. Sigue por tanto La Tierra, con su parlamento.
Conocéis que soy de todo nuestro sistema solar el que tiene vida vegetal y animal, de lo cual muchos de vosotros habéis presumido con los planetas de otras galaxias; pues la cuestión es que me están aniquilando los componentes animales de mi planeta. Pese a mis constantes avisos, no hacen ningún caso a mis requerimientos. No importa si produzco terremotos, si hago verter lava por los volcanes —que como todos sabéis, esto merma mi temperatura interior, lo cual podría provocar un paro en mis sistemas—; aparte provoco inundaciones catastróficas, parecidas a las que en su momento me vi obligado y solo se salvaron unos cuantos que iban con Noé. He provocado glaciaciones; en esto me ayudó nuestro presidente emitiendo mucho menos calor hacia mí, siempre guardando las premisas mínimas de seguridad para que no falleciera en el intento.
No conseguí nada. Emergieron otra vez como la mala hierba, multiplicándose rápidamente como una plaga, aunque al ser pocos en su momento no me causaban muchos quebraderos de cabeza. Ellos siguieron con sus guerras, con sus inventos, y a mí me dejaron tranquilo… hasta este instante. Inventaron la Bomba Atómica: esto fue el principio de una contaminación de mis arterias, que con mucho cuidado pude sanar. Se inventó algo muy dañino, como es el plástico; entiendo que para algunas cosas es muy útil, pero están llenándome de bolsas de basura que yo no puedo digerir como quisiera. Tardo mucho, pero mientras se van acumulando y llegará un momento en que me ahogarán.
Algunas buenas personas intentaron aplicar el reciclaje. Buena idea, pero no dio el resultado apetecible. Estos seres que me pueblan son desconsiderados con mi madre, la naturaleza; no les importa que ella sufra, y si ella sufre, sufro yo. Pero cada día son más, pese a estas guerras interminables que siempre tienen, unas veces para extraerme mis tesoros —como puede ser mi sangre, el petróleo— o mis joyas como el oro o la plata o cualquier mineral que según ellos tenga una utilidad. Es un robo descarado y no hay justicia que los pare. Cada día quieren más y más, y yo no puedo darles nada más. Estoy en la ruina absoluta; este siglo no he podido contribuir a la donación general que se efectúa para preservar este sistema.
Somos muchos entre planetas y satélites, y alguno de vosotros ya en su tiempo se encontró con una situación semejante, como fue lo que le ocurrió a Marte: hoy en día es un páramo estéril, que con mucho sacrificio está intentando volver a ser otra de las joyas de este sistema. Sé que al final lo conseguirá. Los demás, para su suerte, no son habitables, por lo menos por esta raza que me ha invadido, ya que muchos de ellos aún están en estado embrionario, con atmósferas realmente peligrosas para mis invasores.
En fin, no quiero extenderme más, ya que la situación es muy delicada y por esto he convocado esta reunión. Y desde esta tribuna os pido que me deis solución a este peligroso problema.
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TAN SÓLO LES FALTA HABLAR
Díaz Castro Enrique Fredy – México
Hay escenas que duelen más de lo que deberían. Verlos ahí, a la orilla de la carretera, con hambre, con sed, sin un lugar al que llamar hogar, buscando entre la basura un mendrugo que alguien olvidó. Bajo el sol que quema o la lluvia que cala, reciben pedradas de quienes nunca aprendieron a sentir lástima. Y aun así, siguen ahí, silenciosos, esperando algo mejor.
Duele también encontrarlos atropellados por choferes que no frenan, como si sus vidas no valieran nada. Su único “pecado” fue haber dado cariño a quien un día los compró, los alimentó con croquetas y agua en una cubeta… hasta que dejó de hacerlo. Hasta que se cansó. Hasta que los abandonó.
Y sin embargo, tan sólo les falta hablar para decir lo que sienten. Son juguetones, nobles, incapaces de fallar. Te cuidan sin pedir nada, capaces incluso de dar la vida por ti. Sus corazones, tan sensibles, sólo conocen el perdón, aunque hayan recibido heridas que no merecían.
Con maullidos o ladridos expresan su alegría, su afecto, su necesidad de compañía. No entienden el desprecio, pero lo sufren. No comprenden la humillación, pero la recuerdan. Por eso no deberíamos llamarnos “amos”, sino compañeros. Ellos no pidieron llegar a nuestras vidas: nosotros los buscamos, y en ese gesto nació su lealtad.
Gatos o perritos, da igual. De cachorros son pura ternura; de adultos, pura belleza. Uno, dos o tres… los que sean. Lo importante es cuidarlos bien, ahora y siempre. Que nunca tengamos que repetir, con tristeza y arrepentimiento, aquello que dijo Alberto Cortés: “Era sólo un perro.” Porque nunca lo fue.
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HOTEL EN ROSARIO
González Saavedra Carlos – Argentina
El día no me alcanzaba. Todo pasaba vertiginosamente y yo debía estar en Rosario a primera hora. Ya eran las ocho de la noche y tenía 350 kilómetros por delante. Finalmente me decidí, puse primera y salí. Conocía un hotel para viajantes donde siempre me habían atendido bien y no era caro. Llegué pasada la medianoche. —Buenas noches, ¿una habitación? —Sí, tengo una pequeña. El hotel está completo. —No se haga problema. ¿Me despierta a las siete, por favor? A las ocho y media tengo una reunión a tres cuadras de aquí. —Bien, señor.
Estaba agotado. Vi la cama y me desplomé. En esos días vivía corriendo, así que decidí ducharme por la mañana. A las siete en punto sonó el teléfono: —Señor, son las siete. —Ya bajo, gracias.
El comedor del hotel era un mundo de gente. Parecía que todos habíamos decidido desayunar a la misma hora. El trajín de los mozos era tan febril que me contagiaron la inquietud. Miraba para todos lados buscando al mozo de mi mesa, preguntándome quién me atendería. Cuando por fin se acercó, me sorprendió su aspecto: delgado, cabello morocho engominado hacia atrás, bigotes finitos, muy educado. Atendía como en un hotel de pueblo. —Mozo, ¿puedo pedirle un favor? —Usted dirá, señor. Fermín es mi nombre. —Tráigame un jugo de naranja, pomelo y limón. —Bien, señor. ¿Todo junto? —Sí. —¿En un solo vaso? —Sí, Fermín. Después el café con leche. —Sí. —¿Con medialunas de grasa? —Sí.
No habían pasado cinco minutos cuando volvió, intrigado: —¿Por qué juntos? —Lo tomo así hace años —respondí, ya algo impaciente.
El tiempo pasaba y yo seguía sin desayunar, mientras otros que habían llegado después ya se marchaban. —Fermín, ¿falta mucho? —No, ya lo traigo.
Entre preguntas y respuestas había perdido quince minutos. Soy de los que piden, toman y se van, aunque sobre tiempo. Acostumbrado a la city porteña. Finalmente llegó con una bandeja enorme y un vaso casi de jarra con los tres jugos mezclados, además del café con leche y las medialunas. Era tanta la cantidad de jugo que tuve que tomarlo despacio, mirando desesperado la hora. Fermín, atento a cualquier gesto mío, no me quitaba ojo.
Al terminar, se acercó: —¿Estuvo bien el jugo, señor? —Sí. Tráigame la cuenta, por favor.
Miré el reloj: tenía diez minutos para llegar a la reunión, por suerte a solo tres cuadras. —Mandé comprar unas naranjas especiales a la verdulería de la vuelta, son muy buenas. ¿Siempre toma este desayuno con el jugo incluido? —Sí, hace años. —Nunca había escuchado esa mezcla. ¿Cómo se le ocurrió?
Apurado y sin ganas de explicarle, recurrí a la fórmula infalible: —Me lo recomendó el médico —Y salí corriendo, como siempre.
La reunión salió muy bien y al mediodía ya estaba de vuelta en Buenos Aires.
Pasaron seis meses o más cuando volví a pernoctar en el mismo hotel. Ya me había olvidado de Fermín y del jugo. Pero al verlo aparecer, me saludó como si nada hubiera pasado: —¿Cómo le va, doctor? —Hola, Fermín, un gusto saludarlo. No soy doctor —respondí cortesmente—, solo vengo por negocios. —Simplemente decimos “doctor” a los que lucen una estirpe como usted. —Muchas gracias —respondí sonriendo. —Ya le preparo lo de siempre.
Al rato volvió con una bandeja aún más grande que la anterior y el famoso vaso tipo jarra con el jugo de naranja, pomelo y limón. —Doc, ¿cómo anda de salud? —Bien —contesté rápido. —Lo veo con buen semblante. Se nota que su médico dio en la tecla. Le pregunté al mío si podía tomarlo y me dijo que sí, que es un enzimático fantástico. Desde aquella vez que usted vino, lo empecé a tomar y me siento muy bien.
Sin salir de mi asombro, con mucha ternura, lo abracé. —No sabe lo feliz que me hace verlo así.
Me fui del hotel Urquiza con un gran recuerdo, por la atención y por la inocencia con la que Fermín me atendió. Era el único que nunca estaba apurado, pero llegaba a tiempo a todas las mesas.
Gracias, Fermín.
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CONVERSACIONES CON EL MAR
Gormley Elspeth – España
La primavera ya ha empezado, aunque aquí el mar siempre se adelanta unos días. Lo noto en cuanto bajo al paseo: el aire tiene otra textura, más tibia, más abierta. Camino despacio, como hago siempre por las mañanas, dejando que el cuerpo se despierte al ritmo que quiere, sin exigencias.
A estas alturas de la vida, una aprende a no empujar nada.
El mar me espera. Lo sé porque hoy suena distinto. Tiene ese rumor que solo aparece cuando cambia la estación, como si también él necesitara decirme algo. Me acerco hasta la orilla y dejo que la primera ola me toque los pies. Es su manera de saludarme. Yo le devuelvo el saludo en silencio. —Ya estás otra vez con tus cosas —le digo por dentro, sin mover los labios.
El mar no responde, pero me entiende. Siempre me ha entendido mejor que muchas personas. Él no pide explicaciones, no exige claridad, no quiere que le cuente nada. Le basta con que esté aquí, con que lo mire, con que respire a su lado.
Hoy está tranquilo, pero no dócil. Tiene ese vaivén firme que me calma más que cualquier palabra. Me siento en la arena húmeda, sin importarme la ropa. La primavera me vuelve un poco más valiente, o quizá más sincera. —He tenido un invierno raro —le confieso—. De esos que te dejan un cansancio que no sabes de dónde viene.
La ola que llega ahora es más larga, más lenta. Como si me escuchara. —Ya lo sé —parece decirme—. Pero mírame: siempre vuelvo.
Y ahí está la lección, la de siempre, la que me repite cada año sin cansarse.
El mar vuelve. Aunque se retire, vuelve. Aunque se enfade, vuelve. Aunque yo me pierda un poco, vuelve.
Me quedo un rato así, sin prisa, dejándome acompañar. No necesito nada más. Ni respuestas, ni planes, ni certezas. Solo este diálogo mudo que me ordena por dentro.
Cuando me levanto para seguir caminando, siento algo que no sentía desde hace meses: una especie de claridad suave, como si el mar me hubiera recolocado las piezas sin tocarme.
La primavera ya ha empezado. Y yo también.
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EXPERIENCIA ÚNICA
Hoyos Forero Jaime – Colombia – Marzo 2026
Abril de 1970. Un mes después cumplí los 20 años. Hoy pienso que esa es la edad más interesante del hombre: Está en la mitad de la carrera universitaria, tiene su primera novia, los padres están llenos de vida y creen —qué ingenuos— que su hijo es el mejor de las criaturas y que llegará a ser el predestinado de Dios para manejar el mundo. A esa edad me puse la primera corbata, manejé el primer carro, con estrellada y todo, hice mi primera travesía por el océano, en barco y en avión, fui campeón de tenis juvenil y le ofrecí a mi novia, pagada por mí, la primera Coca-Cola. Pero en las vacaciones de mitad de año, no podía hacer mi voluntad, sino la de mi padre: trabajar arduamente en la finca que lindaba con los cerros, nuestros viñedos y el mar. “Así sabrás —decía mi padre— por qué los vinos más acreditados son los de nuestros viñedos, los Santa Lucía.
Serían las 6.30 de una tarde de junio de aquel año, 1970, cuando por la oscuridad que se venía encima, prendí las luces del tractor que avanzaba por el comienzo del penúltimo surco de mi tarea de ese día. Estaba solo. Los últimos trabajadores se habían retirado a las cinco de la tarde. Me sorprendí cuando, intempestivamente, se apagaron el motor y las luces del tractor. —¿Y ahora qué pasó?— me dije, pensando que iba a terminar completamente de noche mi trabajo, mientras trataba de encender la linterna para revisar la batería del tractor, pero —¡ah desgracia!— tampoco funcionó la linterna.
Fue entonces cuando reparé que a unos cincuenta metros de distancia se acercaba un individuo, para mí completamente extraño, pero me pareció, no sé si por la oscuridad, que no llevaba ropa. Pero un instante después la sangre se me heló al advertir que a unos cien o ciento cincuenta metros atrás del hombre extraño, se encendió y apagó muy rápidamente una serie de luces en círculo que salieron de una rueda del tamaño de una camioneta. Entonces caí en la cuenta de que estaba frente a lo que los periódicos llaman ovnis o platillos voladores y que el ser que a mí se acercaba, en silencio y sin sonreír, era un extraterrestre. Su cabeza, de la frente y las orejas hacia arriba, era como la tapa de una caja cuadrada, casi oculta tan extraña forma por una abundante cabellera verde. Sus demás facciones eran iguales a las nuestras y acabé de comprobar que estaba completamente desnudo. Yo continuaba helado, como paralizado.
—Acompáñeme— dijo. ¿Dijo? En realidad no abrió la boca, no movió los labios ni los ojos, no emitió sonido, no hizo seña alguna. Pero yo oí sin oír, o entendí, mejor dicho, que dijo “acompáñeme”. ¿Hablaba español? ¿Se expresaba en algún idioma? No lo sé, pero oí, como si hablara castellano, que me dijo “acompáñeme”. Fuimos a la nave espacial: la de las luces que yo había visto. Él caminaba muy rápido, al punto que yo tenía que andar casi corriendo. Al subir tres escalones para llegar a la puerta de la nave, me di cuenta de que estaba desnudo… También yo.
Dentro de la nave, de pie, como si se fuera a tomar una foto, había como una docena de extraterrestres machos, y una sola hembra. Todos, como el que fue al tractor, tenían caras serias, pero el aspecto de su rostro era agradable, no intimidante sino más bien amable, pero serios y desnudos. La mujer (o la extraterrestre, ¿cómo decirle?) sonreía. Era el único ser que sonreía. Lo hacía abiertamente y vi que su dentadura estaba formada como por pequeñas y brillantes estrellas. Debo decir, si aún no lo habéis sospechado, que ella era bellísima. La dentadura de ellos (cómo decirles: ¿de los machos?) no era de brillantes estrellas sino de chispas de fuego, de modo que los alimentos los llevaban crudos a la boca y con las chispas de fuego los cocinaban. Todos, ellos y ella, al moverse dentro de la cápsula aérea, y a diferencia de nosotros, producían visos brillantes, algunos de colores leves muy transparentes. Estos visos desaparecían cuando se movían afuera de la nave.
Había estado secuestrado como una hora, cuando comencé a serenarme y a adquirir algo de confianza. Así que le pregunté al extraterrestre que conocí cerca del tractor una hora antes y que yo presumía que era como el jefe, si me permitirían volver a la finca. —Claro que sí —contestó— siempre que nos prometa guardar absoluto silencio respecto de todo lo que ha visto. Y por el contrario, puede comentarlo si desea volver para siempre con nosotros. Dicho esto, la extraterrestre me sonrió inequívocamente, como si dijera: “Hola, humano, vuelve pronto”.
Algunas otras preguntas me fueron contestadas por el jefe. Así que supe que la nave venía del planeta denominado GL 581-B que se halla en nuestra misma galaxia, a cien años luz de la Tierra. De modo que a una velocidad de 50.000 kilómetros por hora, se requieren cien años para realizar el viaje. —Pero si ninguno de ustedes tiene —repliqué— más de 35 años según creo, al juzgar por la apariencia. —Lo que pasa —dijo el extraterrestre— es que en GL 581-B, somos inmortales. Hemos leído —agregó— la historia de Eva y Adán, pero en GL, nuestros primeros padres no fueron estúpidos creyéndole a una culebra, de modo que somos inmortales. Al llegar a los 34 años, seguimos así, sin envejecer ni enfermar como ustedes. —Si no mueren —le dije— ¿cómo puede caber en ese planeta tanta gente? El extraterrestre respondió: —cada mil años ocupamos un nuevo planeta.
Después de un gran rato de charla, volví a casa, refregándome los ojos como si hubiera despertado de un sueño. —Vuelve —fueron sus últimas palabras. ¿De quién? De la bellísima muchacha. Camino de la casa, noté dos cosas: volví a verme vestido, y el surco y medio que me faltaba por trabajar, estaba perfectamente terminado. ¿No os preguntáis, queridos oyentes y lectores, por qué he resuelto contaros esta cierta e increíble historia? Ahora duermo —ya lo imagináis— con la ventana de mi cuarto, abierta.
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ÚLTIMO PUERTO
Morini Andrea – Argentina
El sol de fin de mayo es una herida pálida que no termina de cerrar; una luz sin fuerza que rebota, inútil, sobre el asfalto mojado. Laura observa el cordón de la vereda con la mirada perdida, allí donde las huellas del auto oficial ya se han disuelto bajo la llovizna persistente. Se han ido. Hace apenas unos instantes, dos hombres de la Armada, embutidos en impermeables oscuros y con el rostro tallado en una gravedad castrense, permanecían en su puerta. Portaban un legajo sobrio, de cartulina rígida, y una bolsa de lona que exhalaba un aire salino y rancio, empapada por la humedad del puerto. Al marcharse, el vacío que dejaron no fue un hueco, sino una extensión inconmensurable: todo el peso del Atlántico Sur se filtró por el umbral, inundando el living.
Javier. No hace falta pronunciar el nombre para sentir la punzada de escarcha en el centro del pecho. Dos de mayo. El océano, esa masa negra e indiferente. Laura cierra los ojos y puede verlo: un silbido ciego bajo el casco, un destello súbito en la profundidad y la onda expansiva del torpedo británico desgarrando el acero del crucero como si fuera papel húmedo. El frío asesino. Un término tan seco, tan técnico, para una muerte tan vasta, tan líquida y repentina. Sus dedos blancos aprietan el telegrama oficial. El encabezado, «Jefatura de Operaciones Navales», le parece una ironía sangrienta. Son palabras blindadas, diseñadas para no dejar pasar el sentimiento: «Desaparecido en acción». Laura sabe leer entre líneas. Sabe que esas palabras son el eufemismo de un ataúd de agua a cuatro mil metros de profundidad.
Luego está la bolsa. La vuelca sobre la mesa del comedor y el contenido cae con un sonido sordo, despojado de gloria. Un cinturón de lona con la hebilla devorada por el óxido; una boina de lana oscura con el escudo desprendido, deshilachada por el uso; y una fotografía de ella, arrugada y con los bordes amarillentos por el contacto con la piel de Javier. Su hermano, el que reía a gritos, el que prometió volver para el invierno, ha quedado reducido a esta colección de naufragios recuperados de la sal.
A sus espaldas, el pasillo del departamento se extiende como un túnel de silencio absoluto. Solo lo interrumpen los crujidos eléctricos de la radio, que sigue emitiendo marchas militares y comunicados triunfalistas, y la respiración entrecortada, casi transparente, de su abuela en la habitación contigua. La anciana lleva meses librando su propia batalla contra una enfermedad que la consume desde adentro. Tiene el rostro demacrado, una máscara de cera donde los ojos turbios buscan sombras que ya no están. Ella no sabe que el General Belgrano se hundió; no sabe que su nieto se ha vuelto parte del fondo del mar.
Desde aquel dos de mayo, Laura ha sobrevivido a fuerza de ficciones. Ha inventado cartas que nunca llegaron, llenas de anécdotas heroicas sobre el oleaje y promesas de un regreso triunfal que jamás escribirá. Ha sostenido la vida de la abuela con mentiras piadosas, como quien mantiene encendida una vela en medio de un vendaval. Pero el papel del telegrama cruje en su mano, recordándole la urgencia de la realidad. Tiene que decírselo. El tiempo de la abuela es una cuenta regresiva, una arena que se escapa entre los dedos, y el peso de la verdad reclama su lugar.
—¿Podrá esta noticia ser el último golpe en el puerto? —se pregunta en voz baja, mirando de nuevo la calle vacía y gris. El deber de la nieta, la verdad de la guerra y el dolor de la hermana: son tres anclas arrastrándose por el fondo de su alma, rasgando todo a su paso. Laura se da la vuelta. Sus ojos se fijan en la puerta cerrada de la habitación, esa frontera final donde la mentira todavía protege a la vejez. —Abuela —susurra, y la palabra suena extraña en el encierro.
Camina hacia la puerta. La palabra vuelve a formarse en su boca, pero esta vez no sale como un llamado, sino que se rompe, irremediablemente, en un sollozo que huele a mar y a pérdida.
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CHIQUITO
Rotela Walter – Uruguay
Cuando me dijeron que tendría la posibilidad de encontrarme con “chiquito” inmediatamente pensé en un hombre de baja estatura, cabellos lacios y voz ronca, como me lo habían pintado. Sin embargo, cuando llegamos a su casa y la tuvimos en frente, pensé que me estaban embromando o que era la esposa del personaje a quien tendría la posibilidad de entrevistar. Pero… en todo estaba yo errado. La mujer se acercó y nos miró desde lejos, tomó una jarrá de tereré¹ y la guampa². Se sentó en un sillón y nos invitó a hacer lo mismo y compartir la refrescante bebida. El calor y la humedad estaban destruyéndonos, en esa mañana de enero de 2002. La temperatura había alcanzado los 42 grados centígrados y la humedad rondaba el 82 por ciento. Éramos tres visitantes —el fotógrafo, un reportero de un diario local que accedió a guiarnos y yo— que nos sentamos en derredor de la señora María López. Ella tomó la iniciativa en la conversación. Empezamos hablando del tiempo y del viaje para llegar hasta su pueblo, como distraídamente. De repente, se acercó un hombre mayor, como ella, pero era casi tres cabezas más alto que la mujer y dos más que nosotros. Un octogenario muy bien conservado. Se encontraron en una tierna mirada y tras un breve saludo él se retiró, al tiempo que nos dijo: “No se dejen impresionar por los relatos de chiquito. No lo hagan. A veces, no para de hablar de aquellos tiempos… Pidan que les cuente sobre la Batalla de los Criptógrafos”.
En ese momento ella entendió, supongo, por mi cara de perplejidad, que debía explicar eso de “chiquito”. Comenzó con un breve relato de cómo se integró a las fuerzas de combate junto con sus hermanos, de cabeza rapada y pantalones largos gastados en febrero del año ‘34. “Después que cedimos como ciudadanos responsables y comprometidos gran cantidad de mesas para hacer cajones para granadas y municiones nos convencimos, mis hermanos y yo, que debíamos estar en el frente de batalla. Necesitábamos hacer más. Nos alistamos a fines del ‘33 y tuvimos casi un par de meses de entrenamiento. Entonces, nos pusieron en marcha hacia la zona de la Cañada Tarija. Es decir, tras el armisticio de diciembre del ‘33 a enero del ‘34.” “¿Y por qué lo de chiquito…?” —insistí. Y ella, tomando el refrescante líquido servido en la guampa, con voz ronca relató: “Es que cuando me incorporé lo hice como si fuese un varón. Mi tamaño, al lado de los otros combatientes era destacable. Era, realmente, el más chiquito de los soldados, pero yo era mujer y necesitaba ocultar mi identidad de género. No estaba permitida la presencia de mujeres en el frente de batalla como soldado. Sin embargo, no quería abandonar a mis hermanos. Debido a que me crie junto a ellos adquirí sus modales, lo que me permitió alcanzar un aspecto, aceptablemente, varonil. Por otra parte, debido al consumo de cigarros po’í³ mi voz sonaba más ronca, incluso, que la de mis hermanos.”
El sargento que nos recibió nunca se percató de mi condición de mujer. Sólo mucho después, estando herida, un médico me revisó y dio el aviso al comandante. Estuve a punto de ser fusilada la mañana en que me descubrieron. Pero ocurrió que fui trasladada a la capital y mis hermanos —que casi corrieron misma suerte, es decir, la de ser fusilados— fueron trasladados a otra zona de conflicto, y allí participaron de varias batallas más. Yo, en cambio, fui destinada a servir como enfermera, dejando de actuar como soldado. —Pero, según su esposo, fue una pieza importante en la “batalla de los Criptógrafos”. —Sí, es cierto, pero… tenía que ver con la educación que yo poseía en ese entonces, y que nos sirvió para descifrar los mensajes de radiotelégrafos. Fuimos un grupo reducido… pero sí un grupo de personas que trabajamos intensamente. Eso nos permitió ganar una batalla. Capturó nuestro ejército no sólo armas, sino mapas que explicaban la inexistencia de pozos de agua en esa zona desértica. Esta era uno de los mayores problemas en la guerra, la falta de agua. Muchos… perdieron la vida, literalmente, por sed. En ambos bandos el agua fue un factor importante, determinante, en la toma de decisiones…
Desde aquella época hasta hoy me acompaña, siempre, ese cántaro que ven allí —dijo mientras nos mostraba un sector de la habitación—. Allí reposaba un antiguo cántaro de cerámica con agua fresca, el cual podía servirse con un jarro de aluminio, colocado encima de un plato de lata que estaba sobre la vasija. “Lo conservo con agua limpia y fresca. Me recuerda lo importante que son algunas cosas, y que solemos dar por entendido que siempre están o estarán al alcance de la mano; pero no es así… El agua sale de las canillas… pero cuánto más habrá de ser así…” Una tardecita —continuó el relato “chiquito”, al tiempo que encendía un clásico cigarro po´i— capturamos a un grupo de unos veinte hombres que se arrimaron presurosos a un estanque, al que llegamos primero nosotros, un grupo de cuatro soldados y un sargento. Nos escondimos, y vimos cómo se desnudaban algunos y se tiraban de cabeza al agua, mientras todos bebían, a más no poder, de aquella fuente… Los sorprendimos y capturamos. Ellos sólo pedían calmar su sed. Fue a partir de allí que comprendí la importancia del agua. De hecho, algunos pozos estaban secos y en general en esa zona eran escasos.
Comprendí también tras el relato, que su voz grave tenía que ver con el consumo de tabaco, que mantenía desde los años de su juventud. Era muy interesante verla fumar aquel cigarro pequeño, dejando escapar el humo, con una expresión de liberación. Quizás, lo liberador fuese el compartir su historia con otros, como una suerte de desahogo. El recinto donde nos encontrábamos quedó impregnado por el olor del tabaco, creando una atmósfera especial. Por un tiempo indefinido, todo pareció quedar en silencio. Extraño fue al punto que nos miramos. Era un silencio inquietante. Pero pronto continuó nuestra anfitriona con su relato. María, con sus ochenta años, mantenía una férrea voluntad por vivir. Y su aspecto no era la de alguien que se siente acabado, sino jovial. Muy bien arreglada y con un suave maquillaje, parecía un contraste increíble frente a lo que seguramente fue su aspecto al presentarse ante el regimiento que la reclutó. Su jovialidad era rara en ese ambiente tan caluroso y húmedo, que a nosotros nos estaba afectando. Sin embargo, ella fue agregando otras anécdotas, unas tras otras, incansable, mientras nos servía el tereré. En algunos momentos sonreía, por las picardías contadas. Cómo al recordar cómo había engañado a sus compañeros de aquél entonces, y a sus superiores. Era claro que lo había hecho no tanto por una cuestión de orgullo, sino por el amor que profesaba a su familia.
En ese entonces, sus dos hermanos —nos explicó— eran la única familia que le quedaba. Su madre había fallecido por una rara enfermedad, en tanto que su padre había sido capturado y luego asesinado por el enemigo. Pero de eso se enteró mucho tiempo después, al unirse al ejército. Él figuraba en las listas de soldados desaparecidos, y su interés era encontrarlo. Transcurrido unos años tras la contienda bélica supo, por boca de un antiguo compañero de combate del padre, que tras ser capturado, éste fue fusilado. Su cuerpo jamás fue hallado. La mirada de “chiquito” era penetrante. Escudriñaba el alma de quien la tenía enfrente. Al menos eso me pareció en ese encuentro. Y tras mantener entrevistas con otros de sus compañeros de combate, lo confirmé. Hablaron muy bien de ella, pero le tenían un respeto fuera de lo común. Ella los había ayudado en reiteradas ocasiones. Y explicaron que ella tenía un don, un poder. Encontraba siempre la forma de ayudar a los heridos, de estimularlos, de consolarlos. Incluso dijeron que tenía cierta capacidad de hipnotizarlos. Y para ello utilizaba, según contaron, una pluma de cabureí⁴. Investigando sobre el asunto me enteré que los chamanes de la región lo usaban para sus hechizos, para lo que llaman payé⁵.
Una tarde, pensando en la entrevista que habíamos mantenido con ella, recordé que, en un momento de la misma, mantuvimos una charla por separado. Tras la ronda de ingesta del tereré, ella se apartó y me pidió que la siguiera hasta el patio tapizado por ladrillos y enredaderas y me señaló: “Tu camino estará marcado por los libros, por la escritura de relatos, por tu imaginación. Nunca dejes de soñar despierto”. Aquellas palabras quedaron en el aire, y no reparé en sus expresiones, sino hasta muchos años después de ese encuentro. Y no compartí con ella mi afición por la escritura, en ningún momento, pues la entrevista que mantuvimos fue debido a que estaba escribiendo un informe para una revista, un semanario, que aparecía los fines de semana con el diario. Chiquito había ingresado como un varón al ejército, participando como tal en los enfrentamientos; pero había salido del frente, como mujer, por orden de su superior y bajo reserva absoluta. Sin embargo, en un reporte encontrado sobre su destinación a la capital aparecía como: soldado Mario López, nacido en 1916, en Tavapy.
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AMIGOS
Pérez de Villarreal Carlos – Argentina
Cuento basado en la canción “Decir amigo» de Joan Manuel Serrat.
Habían nacido con dos semanas de diferencia. Sus casas estaban en la misma cuadra: Carrer de Salses; casi pegadas una a la otra. Así fue como Pedro y Diego fueron vecinos; cursaron la primaria en el mismo colegio en el barrio de Horta. La secundaria los formó en las mismas aulas. Fueron amigos… Las correrías de chicos, la calle y su niñez fueron compartidas. La natilla de la madre de Pedro se compartía con la mistela que brindaba la otra madre, la de Diego. La adolescencia los puso en vuelo y el despertar sexual hacia la hombría fue compartido con la misma mujer. Y luego vinieron las salidas, el vino, la guitarra, las canciones y las broncas. Las peleas llegaron solo cuando ellos respondían. Siempre a dúo. Siempre espalda con espalda y ¡a la hostia con todo lo que viniera!, repartiendo trompadas. Ya buscar hembras entre ciudad y ciudad. Así era todo. Amistad de familia. Amistad entre ellos. Amistad de hierro. Indestructible.
Veinte años y el servicio los llevó a compartir tiendas, botas, cartucheras y fusil. Allí demostraron que eran excelentes tiradores. Ambos descollaban. No se sacaban distancia. Las bromas de la Compañía llegaban hasta el Batallón. Hasta se jugaba dinero por ver quién ganaría cada competencia. Pero siempre fue “lo tuyo nuestro y lo nuestro de los dos”. Y luego vino la filosofía de la vida. Diego se inclinó más por la liberación de los pueblos, la inclusión, la creencia en el frente popular, y puso en ello su entereza moral. Pedro fue más circunspecto. Para él, la autoridad debía ser restablecida. Obediencia y deber fueron su consigna. Allí, por primera vez, comenzaron las diferencias… Aunque el respeto era mutuo, confrontaban.
En julio del 36, el general Franco pasa a Marruecos y comienza la Guerra Civil Española. Motivos sociales, políticos y bélicos separan a los dos amigos. Hubo dos bandos bien definidos y una carnicería increíble. Se peleaba y se moría con un cigarrillo en los labios. La vida ya no importaba. Diego revistaba en el bando republicano. Pedro se encontraba alistado en el bando sublevado. Atrás quedaba la existencia conocida. Ahora era otra sensación. Se mataba fríamente no ya para sobrevivir… sino para escapar de la vida. En esos difíciles años, nunca se encontraron enfrentados. Por esas cosas del destino, ambos se habían convertido en francotiradores.
En marzo del 39, a punto ya de terminar esa maldita guerra, Pedro se encontraba defendiendo las posiciones tomadas. Allí habían probado sus armas y sus estrategias Alemania e Italia. A Hitler y al Duce, esta Guerra Civil les había servido como campo de entrenamiento para lo que vendría después. Los españoles pagan el costo: en vidas, en economía y en destrucción. Hasta los rusos intervinieron calladamente… Esa mañana de primavera, Pedro se encontraba en su barraca limpiando el Mossin-Nagant de tres líneas. Se había convertido en su aliado más fiel… Debía cuidarse. De él dependía su propia vida. Al clarear el día, las tropas franquistas comenzaron su avance. Para él la orden impartida fue clara: debía situarse sobre una colina entre unas encinas junto a su observador y concentrarse en una vieja casa abandonada en la que se ocultaban tropas sublevadas.
El asistente de Pedro, un soldado vasco de Zalduendo de Álava, callado, miraba con sus binoculares la casa abandonada. Algo se movió en la última ventana del 2º piso, justo debajo del techo a dos aguas. Ante el aviso, Pedro tomó posición y observó con su mira telescópica el lugar. Todo estaba en calma. No obstante, distinguió un brillo metálico. Observó con mejor detenimiento. En ese día primaveral, Diego se encontraba en una vieja casona abandonada. Su orden era abatir la mayor cantidad de soldados franquistas y volverse hacia Madrid, último reducto que podía defenderse. Solo, se situó en el 2º piso para observar el avance de las tropas. Usó su mira telescópica para ver. Recorrió el camino, el prado y dirigió el aparato hacia un pequeño bosque de encinas.
Los dos se vieron, uno con el arma lista y el otro no. Ambos se miraron. Los rostros cambiados, las manos ajadas, la mirada triste y lejana, pero se reconocieron. Por un momento el tiempo se detuvo. Por un momento las Ramblas los vieron pasar juntos, riéndose a carcajadas. Por un momento… Pedro bajó el arma y Diego se escabulló. Una media sonrisa apareció en sus labios, que el vasco no entendió porque había bajado sus binoculares. Diego escapando entre los matorrales tenía esa misma expresión en sus labios. El 1° de abril de 1939, pocos días después, Franco entraba triunfante en Madrid y cesaban las hostilidades. La guerra había terminado.
La calle Carrer d’en Quintana se encontraba bastante concurrida ese día de primavera de 1983 en Barcelona. Dos hombres ya ancianos, en el N° 5, en el antiguo Can Cullerets, tomaban una absenta. Sus cuerpos marchitos contrastaban con sus ojos vivaces, que al mirarse sonreían acordándose de esa mirada cómplice en una casa delante de un encinar… mucho tiempo atrás.
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