ARTÍCULOS – MARZO


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Articulos-1

“Miradas que profundizan. Voces que interpretan.”


COLABORADORES – ARTÍCULOS

  • Domínguez Iñigo – Italia
  • Corado Ilka Oliva – Estados Unidos
  • Gormley Elspeth – España
  • Martínez Alonso – Estados Unidos
  • Montero Rosa – España
  • Peyro Ignacio – España

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EL VATICANO

Domínguez Iñigo – Italia

Roma y el Vaticano hacen el vacío a los sermones de Peter Thiel sobre la llegada del anticristo

El dueño de Palantir, mentor de J. D. Vance y gurú ultra tecnológico, imparte un seminario en Roma entre la indiferencia de la política y la irritación de la Santa Sede

Presentarse en Roma, a dos pasos del Vaticano, para anunciar la llegada del anticristo es una empresa ambiciosa incluso para Peter Thiel, magnate de Silicon Valley, dueño de Palantir y gurú de la ultraderecha estadounidense. Tras sus charlas exclusivas en San Francisco y Tokio, aterrizó en la capital italiana para un seminario secreto de cuatro días —El Anticristo bíblico— con la intención de seducir a las élites. Pero Roma, lejos de rendirse al espectáculo, le ha hecho el vacío. De tan exclusivo, el evento ha acabado pareciendo una reunión de apestados.

La política italiana ha huido en estampida: con la guerra en Irán y un referéndum decisivo a la vuelta de la esquina, nadie quiere fotos con un visionario trumpista que anuncia el apocalipsis. Meloni atraviesa uno de sus peores momentos y no está para iluminados. Y aunque Palantir sea un actor clave en la seguridad estadounidense, eso no basta para abrir puertas estos días.

Thiel, que se considera filósofo y profeta, defiende que la libertad es incompatible con la democracia y que una élite tecnológica deberá dirigir el mundo tras vencer a la globalización y la inmigración. Ya tuvo un pie en la Casa Blanca de Trump y ahora cuenta con la cercanía del vicepresidente J. D. Vance. En Roma promete revelar quién es el anticristo el último día; de momento solo ha insinuado que Greta Thunberg sería uno de sus legionarios.

El Vaticano tampoco ha disimulado su irritación. Ve en Thiel una intromisión del ultracristianismo made in USA, empeñado en influir en la Santa Sede. El Papa, sin citarlo, lanzó un dardo el mismo día del inicio del seminario: “Dios no puede ser reclutado por las tinieblas”. Para Thiel, León XIV es un “Papa woke”, sobre todo por sus advertencias sobre la inteligencia artificial, el fetiche del magnate.

El secretismo del evento no impidió que se filtrara su ubicación: el palacio Taverna. El primer día solo aparecieron figuras menores de Hermanos de Italia y la Liga. Ni rastro de altos cargos. Hubo incluso misa en latín en un templo tradicionalista, aunque Thiel no se dignó a asistir. La anfitriona fue la asociación ultraconservadora Vincenzo Gioberti, después de que se desmintieran rumores sobre la participación de instituciones pontificias.

Roma, en suma, ha preferido mirar hacia otro lado. Ni la política ni la Iglesia han querido avalar a un profeta tecnológico que llega anunciando el fin del mundo y buscando discípulos. Esta vez, su aura de exclusividad ha funcionado justo al revés.

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TAMALITOS DE LOROCO

Corado Ilka Oliva – Estados Unidos

El anuncio de la tormenta invernal hizo que la gente corriera a los supermercados a abastecerse, Lupita no fue la excepción. Compró lo habitual, sus verduras para sus ensaladas, arroz, dos libras de costilla porque el caldo no puede faltar en los días de tormenta, pan dulce porque no podría tomar café sin su pedazo de pan al lado. El otro día hizo sopa de lentejas con espinaca y también tortitas de carne con berro, no le gusta cómo luce la acelga en ese lugar, apagada y sus hojas marchitas, no le dan ganas de cocinarla así. Porque para ella la memoria de las hojas de acelga tiene la frescura de la tierra fértil de la aldea El Calvario, donde creció.

Ya lleva todo en la canasta, su piña que parte en rodajas y las cáscaras que las pone a hervir con canela y pasa tomando el agua como té durante la nevada. En la tormenta pasada le dio por hacer pan, se discutió unos panes galanes que hacen en su aldea para Semana Santa. Aunque claro, un horno de estufa jamás tendrá parecido con el horno de leña en el patio de la casa de su infancia. No están sus hermanas, ni su mamá ni su abuela, no están las tías, no tiene a quién preguntarle cuánto de sal, si la masa ya está en su punto, o si el horno necesita más leña, pero hacer el pan la hace mantener la memoria viva de las tardes bañadas de luz que espera que un día conozcan sus hijos, cuando los tenga, porque quiere tener cuatro.

Va buscando los tamalitos de elote que llegan congelados desde El Salvador, se los come con leche, como en su infancia. Aunque a veces también se los come con crema y queso fresco. Cuando hace atol de elote le toca echarle un poco se harina de máiz o maicena, porque se le corta porque los elotes están muy tiernos, pero no hay cómo conseguirlos más sazones. El atol le gusta dejarlo cuajar y al siguiente día cortarlo con leche, como lo hacía su abuela porque así le enseñó su abuela a hacerlo.

Abre el congelador y agarra la bolsa de seis tamales, si comprara la de veinticuatro no tendría dónde ponerla. Enfrente están los congeladores llenos de frutas, hojas y comida que llega desde toda Latinoamérica. Siempre se encuentra las bolsas de jocote rojo de febrero que cuestan un ojo de la cara, un ojo de la cara a cambio de doce jocotes por bolsa. Es un crimen, siempre alega con ella misma, lo mismo del precio de los tamales de elote. Si le contara a su abuela lo que cuesta el manojo de las hojas de banano le diría que se regrese inmediatamente, que qué anda haciendo tan lejos buscando lo que no ha perdido.

La historia de Lupita es como la de muchas adolescentes que creen estar enamoradas perdidamente y que en la efervescencia de la alucinación dejan todo atrás siguiendo al que más tarde les va a desdichar la vida. No lo supo ver con dieciséis años, solo pensó que junto a su novio podrían hacer una vida juntos lejos de todos, porque nadie aceptaba su relación con un hombre de cuarenta y seis, separado y con seis hijos. Ahora que tiene veinticinco y después de haber vivido nueve años con un alcohólico violento que le pegaba todos los días entiende por qué su familia se oponía. Se escapó con él y no dio tiempo a que lo metieran preso por abusador de menores.

Recién lo acaba de dejar y renta un estudio con un balcón que tiene como vista la pared de atrás de un edificio de cincuenta apartamentos. Sabe que se reconstruirá, que podrá ponerse de pie y que continuará caminando, conociendo, experimentando y dándose la oportunidad de respirar con calma y en paz. Ahora está aprendiendo poco a poco lo que es el amor propio, lo que significa disfrutar de su propia compañía, su ser interior, de la inmensidad de sus sueños y a cuidarse como cuidaba las flores del jardín en la casa de su infancia. Porque es un crisantemo, se dice siempre cuando se ve al espejo. Los crisantemos dobles que sembraba en los surcos de la parcela de sus padres a los que cuidaba con dedicación y ternura.

Junto a las bolsas de jocotes encuentra recién llegadas las bolsas de flor de pito, chipilín y loroco, todo producto guatemalteco. El alma se le va en vilo y no la puede alcanzar, siente su corazón acelerarse, le hace falta el aire. El loroco siempre lo cortó en casa de sus abuelos paternos, en el oriente guatemalteco. Allá conoció las parcelas llenas de palos de limón, los palos de mango enormes como ceibas. La manzana rosa, las quesadillas de arroz, el queso seco y las tunas rojeando entre los zacatales secos del desierto al pie de la Sierra de Las Minas.

Inmediatamente agarró cuatro bolsas, tomó harina de máiz salpor, un rollo de tusas y con urgencia llegó a su casa a preparar los tamalitos de loroco. Mientras estos hervían, agarró su taza de café y se sentó en el balcón a ver la nieve caer. Su nido huele de pronto a monte, mango tierno, chico zapote, a paternas y a los pomelos maduros al pie de los palos de jocote marañón.

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CUANDO LA HISTORIA SE OLVIDA

Gormley Elspeth – España

Vivimos en un tiempo en el que la inmediatez lo ocupa todo. La juventud —y no solo la juventud— se mueve entre pantallas, estímulos rápidos y una sensación de presente continuo que deja poco espacio para mirar hacia atrás. No es una crítica generacional, sino un síntoma de época: la historia se percibe como algo lejano, ajeno, casi decorativo.

Pero cuando la historia se desconoce, la sociedad pierde una de sus herramientas más valiosas: la capacidad de prever.

La historia no es un libro viejo. La historia no está para memorizar fechas, sino para entender patrones.

Cada conflicto, cada crisis, cada avance y cada retroceso deja señales. No son advertencias dramáticas, sino lecciones prácticas: qué funcionó, qué fracasó, qué decisiones tuvieron consecuencias que nadie vio venir.

Cuando una sociedad ignora su pasado, repite errores que ya estaban escritos. No por falta de inteligencia, sino por falta de memoria. El riesgo de empezar siempre desde cero

Una generación que no conoce la historia cree que todo empieza con ella. Y eso tiene un coste: se confunden problemas nuevos con problemas antiguos, se repiten discursos que ya demostraron su ineficacia, se idealizan soluciones que antes fracasaron, se subestiman riesgos que ya fueron advertidos

No es culpa de nadie en particular. Es el resultado de un mundo que privilegia la velocidad sobre la profundidad.

Tenemos la responsabilidad de transmitir, porque. La historia no se hereda sola.

Hay que contarla, explicarla, contextualizarla. No desde la nostalgia, sino desde la lucidez.

No se trata de imponer una visión del pasado, sino de ofrecer herramientas para entender el presente. Una sociedad que conoce su historia no es más culta: es más resistente, más crítica, más difícil de manipular.

La historia no es un museo: es un mapa. Y un mapa no sirve para mirar, sino para orientarse. Cuando una generación lo pierde de vista, toda la sociedad camina a ciegas.

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LOS DESMANES DE EL ICE

Martínez Alonso – Estados Unidos

El ICE mantiene detenida a la periodista colombiana Estefany Rodríguez pese a que un juez ordenó su libertad bajo fianza

El Comité para la Protección de los Periodistas exige la liberación de la reportera arrestada el 4 de marzo: “Rodríguez debe ser puesta en libertad sin demora”

La periodista colombiana Estephany Rodríguez, permanece bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) pese a que un juez de inmigración ordenó su liberación bajo fianza el lunes, luego de que las autoridades migratorias apelaran la decisión. Rodríguez, reportera del medio en español Nashville Noticias, fue arrestada el 4 de marzo cuando se encontraba con su esposo en un vehículo identificado con el logotipo del medio. De acuerdo con testimonios recogidos por su defensa, agentes migratorios en vehículos sin identificar la rodearon y la detuvieron, en un operativo que sus abogados califican como dirigido y no rutinario.

Aunque un juez de inmigración le concedió una fianza de 10.000 dólares el 16 de marzo, las autoridades migratorias decidieron apelar la decisión ese mismo día, lo que ha mantenido a la periodista bajo custodia en un centro de detención en Luisiana. La situación ha complicado su defensa legal, especialmente tras días sin comunicación con su equipo. “Es una situación muy difícil cuando intentas defender sus derechos como periodista”, dijo su abogado Joel Coxander a la prensa.

La defensa también ha denunciado condiciones de detención preocupantes. Coxander afirmó a Nashville Noticias. que su clienta ha sido sometida a “un trato inhumano y duro”, mientras que documentos judiciales describen que fue aislada durante varios días y sometida a procedimientos que habrían afectado su salud.

Por otra parte, los abogados sostienen que Rodríguez fue detenida sin una orden judicial válida y que existen inconsistencias en los documentos presentados posteriormente por el Gobierno. Además, argumentan que la detención constituye una represalia por su trabajo periodístico, particularmente su cobertura de operativos del ICE.

“El caso de Estefany es importante no porque sea único, sino porque pone de relieve la represión cruel y violenta contra nuestros vecinos en el marco de la actual política de deportaciones masivas contra la que hemos estado luchando”, declaró Coxander.

Rodríguez llegó a Estados Unidos en 2021 tras huir de Colombia, donde recibió amenazas de muerte relacionadas con su labor periodística. Desde entonces, solicitó asilo y obtuvo un permiso de trabajo válido hasta 2029. También inició recientemente un proceso para obtener la residencia permanente tras casarse con un ciudadano estadounidense. Su caso de asilo sigue pendiente.

Las autoridades migratorias, por su parte, sostienen que la periodista incumplió condiciones de su estatus migratorio al no asistir a citas programadas. Sin embargo, su familia y defensa aseguran que una de las citas coincidió con una tormenta de hielo que paralizó Nashville, y que posteriormente fue reprogramada por la misma agencia. “Nuestras familias deben estar unidas, y este sistema migratorio defectuoso ha causado un profundo daño a miles y miles de familias en todo el país”, dijo su esposo, Alejandro Medina a la prensa

Diversas organizaciones internacionales han reaccionado al caso. El Comité para la Protección de los Periodistas instó a su liberación inmediata y expresó preocupación por el monto de la fianza y la demora en ejecutarla. “Nos alegra saber que, en la audiencia de fianza, se ordenó la puesta en libertad de Estefany Rodríguez, que se encontraba bajo custodia del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, pero nos preocupa que el importe de la fianza sea inusualmente elevado. Se debe permitir que su equipo pague la fianza de inmediato y Rodríguez debe ser puesta en libertad sin demora”, afirmó Katherine Jacobsen, coordinadora del programa del CPJ para Estados Unidos, Canadá y el Caribe, en un comunicado.

La organización fue más allá al advertir sobre un patrón más amplio: Departamento de Seguridad Nacional.y sus organismos dependientes se están utilizando cada vez más para coartar los derechos amparados por la Primera Enmienda, incluida la libertad de prensa. La detención de Rodríguez es el último ejemplo de una tendencia preocupante”.

De igual forma, Reporteros Sin Fronteras (RSF) denunció que el caso ilustra los riesgos que enfrentan los periodistas migrantes en Estados Unidos: “Una vez más, agentes del ICE han detenido a una periodista que cubría sus actividades. Es probable que la detención y el encarcelamiento de Estefany Rodríguez sean ilegales y constituyan un ejemplo escandaloso de los peligros a los que se enfrentan los periodistas que cubren temas de inmigración en este país”.

El arresto de Rodríguez se produce en medio de una ofensiva de deportaciones intensificada por la Administración Trump, en la que periodistas que cubren estas políticas podrían estar siendo objeto de escrutinio o represalias. Uno de los casos más difundidos es el del periodista salvadoreño Mario Guevara, detenido y posteriormente deportado tras cubrir protestas migratorias.

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LEPROSO

Montero Rosa – España

Se trata de una dolencia mítica, de un mal que se ha confundido durante siglos con el Mal como si tuviera algo demoniaco

Leproso. Qué brutalidad de palabra. Primero porque secuestra despectivamente a la persona bajo el nombre de una enfermedad, como si todo en ese individuo estuviera borrado por su padecimiento (no decimos canceroso, por ejemplo), y después porque se trata de una dolencia mítica, de un mal que se ha confundido durante siglos con el Mal como si tuviera algo demoniaco, de modo que las pobres víctimas del bacilo de Hansen (ese es el nombre técnico) no solo soportaban una dolencia atroz (dolorosa, deformante, mutiladora) y que fue incurable hasta 1981, sino que, por añadidura, sufrían un maltrato social espezlunante: han sido apaleados, perseguidos, expulsados del mundo, encerrados para siempre. Leproso. Un término traspasado por el sufrimiento.

“Mi padre estuvo enfermo de lepra”, me escribió hace poco una lectora, Lola Campos. Unos meses antes de morir, el hombre redactó unas pocas páginas autobiográficas y le pidió a Lola que terminara su libro si él no podía. Han tenido que pasar 30 años para que ella cumpliera el mandato paterno, pero ahora lo ha hecho y lo ha sacado en Universo de Letras, la plataforma de autopublicación en Planeta. Se titula Nuestro Dios privado y es un tex.to poderoso y alucinante, un testimonio insólito que merecería mayor difusión.

Todo empezó en 1962, cuando Juan Campos, un profesor de Latín e Inglés de 29 años residente en Málaga, casado, con un embarazo en marcha, acudió al médico porque estaba muy fatigado. Tras una batería de pruebas, el conmovido doctor dictó sentencia: “Hijo, tienes lepra. Tienes que abandonar tu trabajo, tu familia y tu vida para siempre, e internarte en la leprosería de Trillo (Guadalajara). Has de hacerlo antes de 15 días o si no irá la Guardia Civil a llevarte”.

El horror que este diagnóstico provocaba se intuye en el hecho de que tanto la esposa como sus suegros le apoyaron, pero su propia madre lo repudió y lo echó de casa. Llegó Campos a Trillo en un marzo helador; nada más atravesar la cancela del recinto vio el cementerio, y pensó: “De aquí no salgo ni muerto”.

Pero sí salió, seis años después, porque los nuevos antibióticos rebajaban de tal modo la carga del bacilo que la enfermedad ya no era contagiosa. En 1968 regresó a su vida, aunque cada año tenía que pasar un mes en el hospital. Siguió teniendo hijos, hasta sumar nueve; cambió de trabajo y se hizo contable. En 1981 se descubrió que administrar un cóctel de tres fármacos durante un año acababa con la enfermedad, y desde esa fecha la OMS proporciona gratuitamente el tratamiento a quien lo precise. Así que la lepra se cura, pero Lola no lo ha sabido hasta ahora, cuando se ha puesto a investigar para escribir el libro. Leyéndolo adviertes que, bajo una apariencia de normalidad, la vida que llevaban era bastante rara. Los niños sabían lo de la lepra y tenían ir a Sanidad todos los años para hacerse dolorosas pruebas, con cortes en la oreja y raspaado de heridas (salían todos llorando, cuenta Lola), pero de eso no se hablaba nunca, hasta el punto de no mencionar ni la curación. Hasta ahora, con el libro, no se han asomado de verdad a ese inmenso cráter de silencio.

En 1987, Campos pidió la baja por primera vez por una gripe y en la oficina se enteraron de su pasado médico. Entraron en pánico: precintaron su despacho y le obligaron a jubilarse. Él intentó explicar que estaba curado, pero no escucharon. Ni uno solo de sus compañeros le llamó. Sus amigos y colegas de años. Leproso, ya digo.

Los fuertes fármacos habían destrozado su salud. A los 57 años y en apenas dos meses tuvo una hemorragia intracraneal y tres trombosis que dejaron secuelas de las que se recuperó dificultosamente. Para peor, cada vez que lo llevaban al hospital le volvían a poner medicación contra la lepra, innecesaria y sin duda un veneno para él. En 1993, a los 60 años, Juan Campos se suicidó. Y curiosamente ha sido al llegar a los 60 cuando su hija Lola ha decidido poner luz en las tinieblas y escribir este libro. Para ello ha ido al sanatorio de Fontilles (Alicante), la única leprosería que queda en Europa, centro de referencia mundial. Ha hablado con antiguos enfermos, que cuentan atrocidades, el maltrato indecible que han sufrido en este país.

Es una historia subterránea, desconocida y chocante: hay otros mundos, pero están en este. Sigue habiendo lepra en el mundo, sobre todo en la India; en España, de 10 a 15 casos al año. Y se cura, aunque la gente se empeñe en ignorarlo.

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VIAJAR Y AMAR

Peyro Ignacio – España

Uno no debería viajar solo donde antes ha viajado enamorado. Hay algunas razones poderosas por lo obvias, empezando porque el amor sabe buscar sus sitios y nos llevará a Córdoba o a Nápoles o a París antes que —con perdón— a Collado Mediano. Si se fijan, además, hay una cierta predestinación en estos viajes: una especie de providencia o de ángel de la guarda de los enamorados por el cual todo sale bien incluso cuando sale mal; si hace sol, porque parece que la primavera en conjunto se ha puesto de nuestro lado; si llueve, porque acuérdate cómo llovía.

Después, cabe pensar —aunque el amor gusta, como dice el Lied de la errancia—, que alguien es más alguien cuando su figura destaca en un tiempo y, sobre todo, en un paisaje: “me dueles en Galicia en 2012”. Son siempre curiosas las materialidades —libros, imágenes— que nos evocan ante los demás, pero quizá ninguna más intensa que las ciudades y los restaurantes, los hoteles y los bares que fueron un día santos lugares del amor.

Por supuesto, no es sabio viajar solo donde viajamos enamorados por la melancolía física de la pérdida, por la vivencia del rostro perdido como miembro fantasma. Contra esto nada ha mejorado las receas de los clásicos, dejar que pase el tiempo y, si uno es propenso, leer algún poema. Hay, sin embargo, otras razones no por más sutiles menos devastadoras. El ser humano vive de comparar, y la presencia del enamorado sobre el mundo es la manera más poderosa que tenemos de habitarlo: una exaltación que contrasta a aquel que fuimos con el sabor a agua tibia de la normalidad presente. Los amores fallidos, de alguna manera, nos hacen viejos. Y puede haber un sentimiento amargo al pensar en el caudal de felicidad que se nos dio y que quizá malversamos.

Se dirá que esto ocurre siempre: el abogado que somos se comió al actor o al ingeniero que un día pudimos ser. El problema específico del amor es más bien haber traicionado una alegría con el desencanto del tiempo. Y eso nos puede causar una melancolía que es implantable cuando uno es joven: el preguntarnos que quizá ni el tiempo nos hizo bien ni nos hizo mejores. No es una lección hermosa de la vida el considerar lo mal que envejecen algunas alegrías. Ni ver cómo nos crece, imperceptible, esa costra del tiempo que es el escepticismo cuando hemos tenido esa mirada del enamorado que nos descubre el mundo como debería ser, o que nos lo devuelve tal y como fue antes de haber sido desencantado. En el XIX al menos , lo llmaron de un modo muy bonito “ Las ilusiones perdidas “

Con esta excepción, que quizá nos ponga algunos tachones en el mapa, uno no quería dejar de hacer un elogio del viajar solo. Un elogio poco militante: el placer de la vida es tanto vivirla como conversarla, y lo mismo puede decirse de los viajes. Si, además, el infierno son los otros, consuela poco saber lo infernales que les resultaremos a la vez a los demás. Hay, en todo caso, un placer específico en el viajar solo, que no tiene que ver con la introspección: para eso, mejor un retiro de yoga o unos ejercicios espirituales. Tiene que ver más bien con volver a exponerse, con regresar a aquellos momentos en el tiempo en los que todavía descubríamos; con la ilusión de poder darle al mundo el orden —“pues ahora me tomo una cervecita”— que queremos y al que, por supuesto, jamás, en los días de diario, se somete. Viajar solo da una nueva dimensión a muchas cosas: la libertad, de pronto, es coger un tren, y la subversión tal vez sea pasar la tarde leyendo un diario de papel. Reganar una cierta soberanía, sentir la alegría de desaparecer en un sitio en el que no somos nada para nadie: viajar solo es un placer particular. Muchos debemos de estar de acuerdo: leo en The Spectator que el mercado para viajeros solitarios alcanzará el billón de euros en 2030.

Hace años le dije a mi novia que iba a Venecia, pero que tenía que ir solo: era más una peregrinación que un viaje. Solo la jurisdicción excepcional que es Venecia puede hacer pasar por natural un comentario que, en cualquier otro lugar, sería delito de pretensión o una excusa de capullo. Ella lo entendió perfectamente. La ironía es que, al poco de llegar, pensé ue hubiera sido mejor ir con ella. He ahí otra de las verdades de la vida: nada como viajar enamorado donde una vez viajaste solo.

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