CRÓNICAS Y ENSAYOS – MARZO
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“Miradas que analizan. Voces que cuestionan.”
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COLABORADORES- CRÓNICAS Y ENSAYOS
- Alberdi Maren – España
- Gormley Elspeth – España
- Páez Escobar Gustavo – Colombia
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CUANDO EL VIENTO HABLE – ÁNGELA BANZAS
Alberdi Maren – España
Hay libros que no se leen: se escuchan. Cuando el viento hable, de Ángela Banzas, pertenece a esa categoría de historias que parecen llegar desde un lugar más antiguo que la memoria, como si alguien —o algo— susurrara desde detrás de los árboles. Quizá por eso el viento es el verdadero hilo conductor de esta novela: no sopla, habla. Y cuando habla, lo hace para recordar lo que las familias llevan generaciones intentando callar.
Lo que más me atrapó desde el principio es esa sensación de que la autora no escribe solo una trama, sino un eco. Un eco de mujeres, de silencios heredados, de heridas que no se nombran pero que se transmiten igual que el color de los ojos. En esta historia, las mujeres no son solo personajes: son raíces. Son memoria. Son las que sostienen el mundo mientras los demás miran hacia otro lado.
Ángela Banzas construye una Galicia que no es decorado, sino presencia. La lluvia cae como si quisiera limpiar algo más que los caminos; la tierra guarda secretos con la paciencia de quien ha visto demasiadas vidas pasar; y el viento… el viento es el mensajero incómodo que insiste en que la verdad, tarde o temprano, encuentra una rendija para salir. Esa Galicia húmeda, casi mística, se convierte en un personaje más, uno que respira, observa y empuja.
Pero lo que realmente conmueve es la forma en que la novela aborda los secretos familiares. No desde el morbo, sino desde la humanidad. Todos sabemos —porque lo hemos vivido, lo hemos visto o lo hemos intuido— que hay cosas que en las familias no se dicen. Se guardan. Se esconden. Se tapan con frases hechas, con silencios largos, con miradas que cambian de dirección. Y sin embargo, esos silencios pesan. Condicionan. Marcan. La novela lo muestra con una delicadeza que duele: lo no dicho puede moldear una vida entera.
Las mujeres de esta historia cargan con ese peso. No desde el victimismo, sino desde la resistencia silenciosa. Son mujeres que protegen, que callan, que intuyen, que sostienen. Y también son mujeres que, llegado el momento, deciden hablar. Porque llega un punto en que el silencio ya no protege: asfixia. Y entonces el viento —ese viento que todo lo sabe— se convierte en aliado.
Hay algo profundamente humano en la búsqueda de identidad que atraviesa la novela. No es solo una investigación del pasado: es un intento de entender quién se es, de dónde se viene y qué parte de la vida pertenece realmente a uno mismo y no a las sombras heredadas. La verdad, cuando aparece, no siempre consuela. Pero libera. Y esa liberación, aunque duela, es necesaria.
Cuando el viento hable es, al final, un acto de memoria. Una invitación a escuchar lo que llevamos demasiado tiempo evitando. Una historia que nos recuerda que la verdad no destruye: repara. Que el pasado no es un enemigo, sino una raíz. Y que a veces basta con detenerse, cerrar los ojos y dejar que el viento hable para entender por fin lo que siempre estuvo ahí, esperando ser escuchado.
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KOSOVO
Gormley Elspeth – España
Crónica de un viaje. Donde la gente sostiene lo que la historia rompió
Hace ocho años viajé a Kosovo. No sabía que aquel lugar, pequeño en el mapa, iba a dejar una huella tan grande. Hay ciudades que se muestran enseguida, y otras que te obligan a mirar más despacio. Kosovo pertenece a las segundas.
Una parte de la ciudad aún olía a guerra, a humo antiguo, a paredes que habían visto demasiado. La otra parte respiraba distinto: más ligera, más abierta, como si intentara avanzar sin olvidar. Ese contraste no estaba solo en las calles: estaba en la gente.
Mientras mis acompañantes se fueron a recorrer la ciudad, yo preferí quedarme sola en el centro. A veces, para entender un lugar, hay que quedarse quieta. Y fue en esa quietud donde apareció lo esencial.
Allí conocí a un sacerdote que hablaba español. No fue casualidad: fue uno de esos encuentros que parecen colocados en el camino para abrir una puerta. Me habló de la ciudad, sí, pero sobre todo me habló de su gente. De los que resistieron. De los que perdieron. De los que reconstruyeron con las manos lo que la historia había roto. De los que siguen ahí, día tras día, sin hacer ruido, sosteniendo la vida como pueden.
En Kosovo, la guerra no es un recuerdo lejano: es una sombra que convive con la luz. Y aun así, la gente no se rinde. Hay una dignidad silenciosa en sus gestos, una fuerza que no necesita explicarse. No es heroísmo; es supervivencia. Es seguir adelante porque no hay otra opción.
La Catedral de la Madre Teresa: un refugio en medio del contraste
El sacerdote me llevó a la Catedral de la Madre Teresa, un lugar que no impresiona por su tamaño, sino por su significado. Allí, en medio de una ciudad marcada por la fractura, la catedral se levanta como un espacio de calma. Su interior es luminoso, sobrio, casi desnudo. No busca deslumbrar: busca ofrecer un respiro.
Me explicó que la catedral no es solo un templo: es un símbolo. Un recordatorio de que incluso en los territorios más heridos, el arte y la fe pueden abrir un hueco para la esperanza. Un lugar donde cualquiera puede entrar, sentarse y respirar, aunque sea por un momento.
La gente: el verdadero paisaje de Kosovo
Podría hablar del Cañón de Rugova, de los monasterios medievales, de las montañas que rodean Peja. Pero lo que más recuerdo de Kosovo no son sus paisajes, sino su gente.
Gente que ha visto caer su mundo y aun así sigue levantándose. Gente que perdió familiares, casas, certezas, y aun así conserva una forma de amabilidad que desarma. Gente que no olvida, pero tampoco se queda atrapada en el pasado. Gente que vive, simplemente vive, con una fuerza que no se aprende en ningún libro.
Kosovo me enseñó que hay lugares donde la historia pesa, pero la gente pesa más. Que incluso en las ciudades partidas, la vida encuentra su manera de avanzar. Y que a veces basta un encuentro inesperado —un sacerdote, una conversación, una mirada— para descubrir que el alma de un país no está en sus monumentos, sino en quienes lo habitan.
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SALAMBÓ O LA GUERRA
Páez Escobar Gustavo – Colombia
Gustavo Flaubert, novelista de imaginación portentosa, muerto el 8 de mayo de 1880, no escribió sólo para su tiempo, en el que suscitó ardorosas polémicas, sino que creó una obra de proyección imperecedera. Salambó, escrita a continuación de Madame Bovary, es el arquetipo de la novela histórica. En la primera describe con gran realismo la tragedia del hombre, tomando como pretexto los arrebatos y la sensualidad de una amante impetuosa, y en la segunda, con fondo violento, pinta el drama de la guerra. Puede pensarse que Salambó, una especie de diosa humana incrustada en la historia de Cartago, es la metamorfosis de Emma Bovary, la heroína de una miserable aldea francesa.
Salambó será la mejor referencia de Cartago la guerrera, una de las capitales más famosas del mundo antiguo, que buscó ser dueña del planeta, al igual que Roma, su enemiga indomable. Cartago, dueña del mar y cuna de fieros combatientes, para defender su territorio y atacar al enemigo adiestró temibles ejércitos y armó poderosas flotas marítimas. Tenía que ser grande, aun destruida, porque nació para ser colosal. Amílcar Barca, amo violento y forjado para la guerra, que nunca retrocedía, de no ser para volver a embestir, es la personificación del valor, de la furia humana. Muerto él, aparece su hijo Aníbal, otro bravo de la historia, con vocación de héroe, que solo de nueve años había jurado ante los altars de su patria que nunca dejaría de odiar a Roma.
Las guerras púnicas
Aníbal es el hombre prudente y valeroso, sagaz y calculador. Se trata del mayor estratega del mundo en todos los tiempos. Con solo 25 años de edad se pone al frente de los suyos y se lanza a las guerras del horror y la esclavitud, las famosas guerras púnicas, de nunca acabar, como que la primera duraría 23 años. Es el genio militar por excelencia a quien nadie había superado. Cartago, amurallada e inexpugnable, con 700.000 habitantes que vivían en función de guerrear, desafía el ímpetu del enemigo y se sostiene como capitana del mar, altiva y desdeñosa. Si al fin cae dominada tras largas sangrías de parte y parte, también termina con ella el imperio y nace la leyenda. Y Aníbal, que no había nacido para ser dominado, apura el veneno que portaba como solución de última hora.
Sobre las ruinas de Cartago escribió Flaubert su novela monumental. Y esto no es sólo una figura. Primero se entregó a vastas y minuciosas investigaciones, se metió entre archivos confusos y contradictorios, y luego se fue, como investigador inconforme, a los propios escombros, todavía humeantes, a oler la historia misma. Consultó a tratadistas, pulsó la historia, escudriñó el paisaje y la época, y solo después de muchos años y de profundas meditaciones puso sobre el papel la primera palabra de su obra gigante, cuando estaba seguro de poder ambientar aquel formidable drama humano.
¿Mujer o diosa?
Cartago se volvió una obsesión para Flaubert. Su pluma logró plasmar los hechos no tanto como el arqueólogo que destapa piedra por piedra en busca de vestigios humanos, sino como el artista consumado que llega más lejos al poder fabricar un ambiente. Entendidos los contornos de aquel cuadro fabuloso, el novelista se imagina la intensidad del momento histórico y crea a Salambó como la protagonista sublime que estimula apetitos y desencadena batallas. No se sabe si es mujer o es diosa, y acaso esa misma mitología contribuye a suponer a Cartago como un eco fantástico, por más turbulencia que haya caído en sus entrañas. En célebre polémica sostenida con Sainte-Beuve, le dice Flaubert: «Creo realmente haber hecho algo que se parece a lo que debió ser Cartago». Es más: no se podrá comprender hoy la historia de Cartago sin leer Salambó. Tampoco se entenderá la revolución rusa sin leer a sus novelistas, ni se captará la historia de Francia sin las novelas de la época.
Salambó es un cuadro histórico, más que la historia misma. Es el nombre de una batalla, de muchas batallas. Cuando se quiera saber quiénes eran los bárbaros, y qué significaban los ejércitos mercenarios, y por qué los pueblos antiguos eran aguerridos, con su fondo de torturas, de niños sacrificados, de esclavos pisoteados, de mujeres ultrajadas, será preciso leer Salambó. El autor, que al propio tiempo es paisajista y sicólogo, historiador y poeta, y esencialmente artista, recoge las costumbres, las creencias religiosas, el respeto a los dioses y la exageración de los mitos, o sea, el alma del pueblo, para novelarnos la época. Con gran precisión señala a cada cosa por su nombre, en tarea de envidiable penetración. Las armas, los arreos militares, los usos y estilos, todo tiene maravillosa identidad.
Pintura de la época
Y por encima de todo está la época. Ejércitos temibles que vuelan por las montañas, arremeten en las encrucijadas y derrotan al enemigo; maniobras navales que hacen encrespar los mares; camellos amaestrados que rompen distancias y aplastan al adversario: he ahí la fiereza del hombre cuando se vuelve huracanado. Los dioses empujaban a la guerra y esta se convertía en un grito de la sangre. Las ciudades se levantaban sobre hitos de grandeza. Los hombres, templados en el valor, ofrendaban a sus dioses con el sacrificio de sus arterias. Salambó, la hija de Amílcar, surge sobre este panorama como la impoluta deidad a la que se respeta y se ama, se teme y se desea. Es la diosa de carnes voluptuosas, de grandes ojos tranquilos, de apetencias ocultas, que acaso por su misma sublime categoría vive alejada de los placeres, entre perfumes y gasas relajantes, y cuya existencia discurre en medio de abstinencias, ayunos y purificaciones, como la virgen asombrosa a quien el pueblo quiere incontaminada. Pero ella siente sus soledades, sin conseguir dominar los ímpetus de la carne, cada vez más intranquilos. Apenas la cuidan y la miman la esclava solícita y la serpiente sensual, pitón inofensivo que le transmite voluptuosidad.
Epopeya del amor
El velo que el bárbaro Matho, su enamorado, roba a la diosa Rabbet ante los ojos atónitos de Salambó, agitará la vida de la ciudad porque los dioses no pueden ser despojados de sus sagradas vestiduras. Ese velo, emblema de la fe del pueblo adorador de sus ídolos, será su castigo si no aparece. El propio Amílcar lanza sobre su hija una maldición, y ella, que no ignora las astucias de la mujer, termina rescatándolo, pero al costo de su virginidad. Entrega colérica, clamorosa como la voz misma del pueblo que no se resigna a la desprotección de los dioses. Salambó es una batalla, y no sólo de ejércitos, sino también de la conciencia. Esta mujer fulgurante, otra madame Bovary transplantada a escenario distinto, se alza sobre la historia de Cartago y de la humanidad entera como faro luminoso. Ama y odia, como las grandes heroínas. Sufre. A su vista se despedaza el pueblo y en sus oídos retumba el clamor de la guerra. Ella lleva en su pecho otro eco, el de la venganza, que no logra consumar hasta la saciedad que la enardecía, porque el amor es más potente. El amor puede ser un solo instante, una mirada o un pensamiento, como lo consagra esta obra cumbre que termina escribiéndole a la historia, en el rescoldo de las pasiones bélicas, un intenso drama del alma. Es la epopeya del amor, que se hace más grande sobre el conflicto de la guerra.
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