ARTÍCULOS – JUNIO

Nota: Todo el contenido de esta revista se encuentra amparado por la Ley Española de Propiedad Intelectual y por el Convenio de Berna, artículo 2 y concordantes.

Articulos

“Las palabras no solo cuentan historias: también despiertan conciencias.”

✦ COLABORADORES

(

  • Maren Alberdi – España
  • Ilka Oliva Corado – Guatemala / EE.UU.
  • Enrique Fredy Díaz Castro – México
  • Santiago García Vega – México
  • Elspeth Gormley – España
  • Máriam Martínez-Bascuñán – España
  • Rebeca Smith – México

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EL DÍA EN QUE LAS HOGUERAS ME ENCENDIERON LA LLAMA DEL IDIOMA

Maren Alberdi – España

El pasado lunes 22 salí a pasear por Alicante para ver las Hogueras. Quería perderme entre las plantàs, disfrutar de los ninots, de la sátira, del arte que cada año levanta esta ciudad con un orgullo que se huele en el aire. Había 92 monumentos. No pude verlos todos, claro, pero recorrí los del centro con esa mezcla de asombro y cariño que solo entiende quien ha vivido aquí más de veinte años.
Cada plantà tenía su alegoría, su crítica, su guiño a este mundo que parece arder por dentro. Hasta ahí, todo perfecto.
Pero hubo algo que me atravesó como un cubo de agua fría.
En cada monumento había un cartelito explicativo. Y en todos, absolutamente en todos, el orden era este:
Primero inglés. Luego español. Y el valenciano… desaparecido en combate.
Me quedé de piedra. No entendía nada. Me acerqué a preguntar.
La respuesta fue un suspiro disfrazado de excusa:
—Es que aquí vive más del 25% de extranjeros.
Y ahí, me hirvió la sangre.
Porque sí, es cierto: Alicante tiene más de un 25% de población extranjera. Y los pueblos de alrededor aún más: algunos llegan al 75%. Perfecto. Bienvenidos sean.
Pero ¿en qué país vivimos? ¿En qué lengua se nombra esta tierra? ¿Desde cuándo lo nuestro va detrás?
Toda la vida los carteles han estado así:
** Español- Valenciano – Inglés**
Este año no. Este año el inglés va primero. El español, segundo. Y el valenciano, directamente borrado.
Y yo ya estoy cansada. Cansada de que lo nuestro se esconda para no molestar. Cansada de que se nos pida ceder siempre. Cansada de que parezca que defender el español —y nuestras lenguas cooficiales— es casi un acto de rebeldía.
Porque cuando yo he viajado a países donde no se habla español, nadie me ha puesto los carteles en mi idioma. He tenido que aprender, buscarme la vida, preguntar. Y me ha parecido lo normal.
Entonces, ¿por qué aquí tenemos que ponerlo todo en inglés primero? ¿Por qué aquí lo nuestro se relega? ¿Por qué aquí siempre cedemos?
Llevo más de veinte años viviendo en esta comunidad. Conozco a muchos ingleses que llevan aquí quince años o más y no saben decir ni “buenos días”. ¿De quién es la responsabilidad? De ellos, sí. Pero también de quienes les han acostumbrado a que no hace falta aprender nada, porque siempre habrá alguien que les responda en su idioma.
Yo no lo hago. No por mala, sino por respeto: si vienes a un país, aprendes su lengua. Como hemos hecho todos.
Y mientras tanto, hay personas, asociaciones y grupos literarios que se dejan la piel para que el español se lea en todo el mundo… y otros que solo se preocupan por “los que vienen”, aunque eso implique borrar lo nuestro.
Pues no. Yo no pienso callarme. Yo seguiré defendiendo mi idioma: el español. Y también nuestras lenguas cooficiales: el valenciano, el catalán, el euskera, el gallego. Porque todas ellas cuentan nuestra historia.
Pero la lengua oficial, la que nos une, la que hablamos todos, es el español.
Y no pienso dejar que se diluya entre carteles que ponen lo ajeno por delante de lo propio.
El fuego de las Hogueras lo quema todo. Pero hay cosas que no deberíamos permitir que se quemen jamás.
Entre ellas, nuestra lengua.

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TORTILLAS DE LOROCO

Ilka Oliva – Corado

La gallina murush] se le atravesó de nuevo en los sueños. La vio corriendo despavorida junto a la bandada buscando las hojas de repollo que les acaba de tirar en el patio para que coman. La nombró Murushona, desde que la pollita nació. Su abuela Tiba le regaló dos huevos de su gallina inglesa, una miniatura de gallina con las plumas colochas, mismos que Emelda puso junto a los otros cuando una de las gallinas de la casa se quedó. Durante las tres semanas de incubación estuvo atenta al nacimiento de las crías y fue todo un festejo cuando sus dos pollitas nacieron.

Pero a los días una murió y quedó entonces la única murusha en medio de las manadas de pollos que abarrotaban el patio cuando se les tiraba comida. Realmente nunca supo cuántas gallinas llegaron a tener, el terreno donde vivían era grande. Sus papás cuidaban a las afueras de la capital una cochiquera de unos veterinarios adinerados que tenían negocios por todos lados en Guatemala. En los terrenos de la gente adinerada Emelda comenzó a ver los cercos de bloques con alambre de púas en la última hilera, una hilera de úes que las llenaban de cemento con pedazos de botellas de vidrio que quebraban específicamente para ese tipo de seguridad. Un mundo distinto al del campo.

Los hijos del sol, les llamaban los trabajadores porque eran albinos, hijos de alemanes emigrados.  De lo que llegó a saber su padre, ellos contaban con parcelas con siembras de verduras en Patzún, Chimaltenago, ganado en Jalapa, fincas de árboles de mango Tommy, en Chiquimula. Cafetales en Alta Verapaz.  En tierra fría colindando con México compraron a saber cuántas manzanas de terreno, le escuchó decir a su papá cuando le contó a su mamá sobre la nueva compra de los terratenientes. A su padre le ofrecieron ir a cuidar las fincas de coco que tenían en Izabal, pero su mamá dijo que el clima era infernal y que para allá se fuera el diablo. Y en la casa como se hacía lo que decía su mamá, entonces el diablo de seguro se fue para allá, pero ellos no.

Su abuela le contó en unas de las tantas conversaciones que tuvieron cuando iba de visita a Teculután, que cuando era niña las gallinas crecían en el monte, ponían los huevos en nidos que improvisaban en el zacate. En ese entonces nadie se preocupaba por cuántas gallinas tenían y si los huevos se los iba a comer la zarigüeya o cualquier otro animal porque había en abundancia.  

Emelda conoció la abundancia cuando fue a visitar la casa de los abuelos paternos por primera vez, con los años comprendió que abundancia no significa tener de más para desperdiciar y que tampoco tiene nada que ver con el dinero. Siempre sintió fascinación por las manos creadoras de su abuela, que le enseñó a hacer queso fresco y mantequilla de costal, las quesadillas más deliciosas que comió fueron las que hizo su abuela. 

Le enseñó a trabajar el barro, a hacer sus propios comales, ollas y jarros. El bordado de las mantas para las tortillas y el de las almohadas. Aprendió a cómo medir la intensidad del fuego en el polletón para no desperdiciar la leña y no quemar las tortillas. El café lo aprendió a hervir en las brasas a un lado del comal sin que se le tumbara y los bananos majunches los asó siempre en el rescoldo, como tostaba los pishtones

En la capital todo era distinto, aun estando a las afueras todo lo tenían que comprar. El pago se lo daban a su padre con atraso de tres meses y jamás le pagaron por el trabajo de toda la familia que también hacía, pero para los dueños eso era obligación que no merecía remuneración económica. Cuando su padre les pedía aumento le salían con que un favor le estaban haciendo con tener a toda la familia ahí sin pagar renta. 

Un trabajo sin horario de lunes a domingo, sin permiso de enfermedad y sin vacaciones. Vacaciones, le contestaba cualquiera de los albinos, vacaciones son las que les damos nosotros dejándolos vivir aquí.  Emelda comenzó a cuidar cerdos a la edad de tres años y a los cinco ya sabía cómo caparlos, lo que nunca hizo y sintió una asquerosidad fue comerse las criadillas. Sus papás, al contrario, así recién cortadas, sólo les lavaban la sangre y se las metían a la boca. 

Emelda ve a la Murushona correr, ha retrocedido en el tiempo, no tiene los sesenta años de ahora, es apenas una niña de siete, aún no sabe que tendrá hijas y que emigrarán de indocumentadas a Estados Unidos y mucho menos que sus nietas nacerán en ese país y que hablarán inglés y que rechazarán el español, avergonzadas. Que no querrán saber nada de Guatemala y mucho menos del lujo y del honor de comer tortillas con loroco y queso hechas por la abuela, como lo tuvo ella. 

Notas:

 Murusha: Persona de pelo rizado, de herencia afrodescendiente. 

 Colocha: Persona con el cabello rizado o crespo.

Polletón: Mesa grande de barro para cocinar con fuego, donde se coloca el comal y la hornilla. 

Pishtón: Tortilla gruesa. 

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SER TOLERANTE 

Enrique Fredy Díaz Castro – México

Mi hijo: un  joven discreto, analítico y previsor, me ha dado muchas lecciones de vida y precisiones a la hora de  decidir sobre cosas cotidianas o trascentales; pertinentemente sugiere y como si fuera una partida de ajedrez opta por avanzar o esperar aun cuando la tormentas ya esté encima.

En sus torneos, en sus clases o en circunstancias diversas donde he podido acompañarlo hasta donde es permitido, han salido a flote su carácter, honestidad, firmeza y tolerancia. 

Es en serio: hay veces que me preocupo o exaspero ante algún escenario adverso y créanme que con sutileza y sangre fría me dice: espérate papá, hagámosle de este modo, pero hijo -replico- tú tranquilo, me dice mirándome a los ojos, sé que te preocupa lo que pueda pasar pero creo que es mejor ser cautelosos y evadir la frontalidad o bien (dependiendo del caso) actuar con precisión.

En una ocasión, recuerdo que el último boleto del autobús que abordaría se agotó breves minutos antes y me alteré, mientras él con pasmosa serenidad dijo: despreocúpate, somos muchos pasajeros con el mismo destino, ya verás que en media hora anunciarán otro y no pasará nada. 

Poco después en el altavoz se escuchó que otra unidad estaba formando para abordar, sonrió, acudió a formarse y entre el nerviosismo de otros adquirentes, obtuvo su boleto, me abrazó y subió al camión que poco más tarde lo llevaría a su destino.

Hay muchos ejemplos más que podría describir sobre esos detalles que lo caracterizan cuando de ser tolerante se trata, pero prefiero ser parco, asumir este dato que me pareció objetivo y preciso en alusión al tema en cuestión.

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¿CÓMO SE ATREVEN?
Adaptación del Discurso de Greta Thunberg ante la ONU

Santiago García Vega – México

Todo está mal, yo no debería estar aquí, debería estar en la escuela del otro lado del océano. Sin embargo, ¿vienen a mí en busca de esperanza? ¡Cómo se atreven! Ustedes han robado mis sueños y mi niñez con sus palabras vacías, y sin embargo, somos afortunados. Allá la gente está sufriendo, allá la gente está muriendo, los ecosistemas están colapsando. Ha iniciado la extinción masiva y ustedes hablan de dinero, de cuentos de hadas, sobre el crecimiento económico eterno. ¡Cómo se atreven!

Por más de 30 años la ciencia ha sido clara, clara como el agua, como la nieve, como la luz. ¡Cómo se atreven! A mirar para otro lado, a decir que es suficiente con políticas sin soluciones, con políticas de contaminación y muerte. Ustedes dicen que “nos escuchan”, que entienden esta urgencia. Pero… ¿qué importa nuestra tristeza?, ¿qué importa nuestra molestia?, nuestro enojo y nuestra ira? Simplemente ya no les creo. No entienden la situación y si acaso la entendieran, ¿por qué se rehúsan a actuar? ¿Acaso son seres malignos? Simplemente me rehúso a creerlo. ¿Por qué no actúan? ¿Por qué sólo intentan? ¿Por qué no dan solución total?

¿Por qué esperar a una reacción irreversible más allá, sí, más allá del control humano? No hay puntos de inflexión, no hay retroalimentación, el calentamiento se esconde aquí, en la tóxica contaminación del aire, de los mares y de nuestros suelos. Gigatoneladas de dióxido de carbono que mi generación y mis hijos succionarán. ¡Absolutamente inaceptable! ¡Simplemente no queremos vivir las consecuencias! Uno punto cinco grados de temperatura serán nuestros fatídicos verdugos. Revirtamos el cambio climático.

¿Cómo se atreven? ¿Cómo pretenden acertar con resolutivos técnicos y comunes? Hasta hoy no hay soluciones, no hay planes ni líneas de acción. Si los números te incomodan, paremos la hecatombe ambiental. Insensatos, digan las cosas como son, con madurez, con responsabilidad. Nos están fallando, nos están traicionando, estamos empezando a entender su traición; el ojo avizor de la presente generación y de todas las generaciones

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VACACIONES DE ANTES: EL VIAJE QUE NOS HIZO CRECER
Elspeth Gormley – España

Hubo un tiempo en que las vacaciones no eran un destino, sino un acontecimiento. Un ritual familiar que empezaba mucho antes de salir de casa, cuando mi padre anunciaba con solemnidad: “Este año, quince días fuera.”

No viajábamos lejos. No hacía falta. España estaba llena de pequeños pueblos que parecían mundos enteros. Y nosotros, que vivíamos junto al mar, nos adentrábamos hacia el interior como quien cruza una frontera invisible. Para mí, niña entonces, aquello era pura magia.

Mi padre conducía un Seat 1500 que a mis ojos era un coche enorme, casi majestuoso. Un coche que olía a gasolina, a ilusión y a verano. No íbamos a hoteles: íbamos a casas de huéspedes, hogares donde las familias abrían sus puertas a los veraneantes y donde cada desayuno sabía a pan recién hecho y a conversación cercana.

Pero si por casualidad mi padre decía: “Este año iremos en tren”, entonces el viaje se convertía en aventura.

Los trenes tenían compartimentos para seis personas. Se abrían las puertas correderas y allí dentro se formaba una pequeña comunidad improvisada. Todos llevaban tortilla de patatas envuelta en papel de estraza, porque entonces no existía el papel de aluminio. El tren entero olía a hogar, a campo, a verano. Los niños corríamos por los pasillos, los mayores compartían historias, y cuando el tren paraba en alguna estación perdida, los vendedores de bocadillos se acercaban a las ventanillas ofreciendo pan tierno, refrescos y sonrisas.

Un viaje de 400 kilómetros podía durar ocho horas, pero nadie tenía prisa. El tiempo era otro. La vida también.

Hoy todo ha cambiado. Viajamos en trenes de alta velocidad que cruzan el país en dos horas. No hay compartimentos, ni vendedores en las estaciones, ni olor a tortilla que recorra los vagones. Ya no se comparte comida con desconocidos, ni se improvisan amistades en un pasillo.

Las casas de huéspedes casi han desaparecido. Ahora tenemos hoteles, apartamentos turísticos, casas rurales… Todo más cómodo, más rápido, más moderno.

Y sin embargo, quienes vivimos las dos épocas, a veces sentimos una nostalgia suave, no del pasado en sí, sino de la cercanía que había entonces.

La gente era más próxima. Se compartían bocadillos, mapas, consejos. Si alguien necesitaba algo, siempre había una mano que se ofrecía. Las vacaciones eran sencillas, sí, pero estaban llenas de humanidad.

La mayoría de familias “volvían al pueblo” en verano. Era lo habitual: reencontrarse con los abuelos, con los primos, con las calles de siempre. Pero nosotros no. Nosotros salíamos del pueblo para veranear. Mientras otros regresaban a sus raíces, nosotros emprendíamos camino hacia lo desconocido: pueblecitos del interior, casas de huéspedes, paisajes que parecían inventados. Y quizá por eso, cada viaje tenía para mí un brillo especial, como si el mundo empezara justo donde terminaba nuestra calle.

Y aunque el mundo haya cambiado, aunque los trenes vuelen y las distancias se acorten, hay algo que permanece:

La memoria de aquellos veranos que nos enseñaron a mirar el mundo con ojos de niña.

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LOS SILENCIOS DEL PAPA PREVOST

Máriam Martínez-Bascuñán -España

Cuando “víctima de abuso” se convierte en “persona herida”, el sujeto se queda solo con su dolor. Y el dolor no comparece ante un juez

El Papa ha conseguido que España, un país con 1.621 acusados de abusos y mas de 3.000 víctimas, documentadas, hable durante una semana de migración, de humanismo, de polarización… y sólo marginlmente los abusos, no sea que la Iglesia se ofenda. ¿Cómo es posible que aceptemos este desplazamiento? León XIV diseñó su viaje para presentarse como el papa político pos-Francisco, y habló de migración de dignidad, incluso denunciò en el congreso la xenofobia escogiendo con precisión qué cosas siguen siendo “espirituales” e inexpugnables al lenguaje de la justicia. En Montserrat, donde una investigación encargada por la propia abadía concluyó que el monje Andreu Soler abusó de menores durante más de 30 años,no dijo ni una palabra sobrre el asunto En la Conferencia Episcopal, sentado a su mesa, estuvo el cardenal Rouco Varela, acusado de encubrir dos casos de pederastia y por uno de los cuales el arzobispado de Madrid acabo condenado a indemnizar en 2007. Allí, ane los obispos y a puerta cerrada, sí habló de “justicia” y “reparación”, pero fuera, donde todo el mundo le escuchaba, sólo dijo “herida”. Utilizó las palabras del derecho donde no se le oía y las del consuelo ante la opinión pública. Pero las palabras solo obligan si se dicen en voz alta. Por eso, Montserrat fue el lugar donde el silencio se convirtió en acto.

La teórica britámica Sara Ahmer ya nos habló de las instituciones que dicen escuchar las quejas para no atenderlas, allí donde la declaración sustituye al acto y decir “escuchamos” reemplaza al acto de escuchar. Leamos una de las frases de Prevost: “Cada persona herida debe poder encontrar escucha sincera, acogida, protección y caminos reales de sanación”. No dice “víctima” ni nombra el delito. Cuando “víctima de abuso” se convierte en “persona herida”, el sujeto pierde su estatuto jurídico y se queda solo con su dolor. Y el dolor, a diferencia del delito, no comparece ante un juez. Pero Europa se hizo arrebatándole a la Iglesia esta gramática. Lo escribió una mujer en 1847. En Jane Eyre Charlotte Brontë cuenta cómo Jane está a punto de casarse con Rochester cuando descubre que él ya tiene una esposa… encerrada en el desván Rochester le frece amor y protección, todo el cuidado que una mujer sin recursos podría desear. Le ofrece lo que la Iglesia ofrece a sus víctimas: el cuidado de quien te ha dañado, a condición de no nombrar el daño. Pero Jane se marcha de noche, sola, a través del páramo, después de pronunciar una frase que es uno de los nacimientos secretos del individuo europeo: “I care for myself”. Me importo a mí misma. No es individualismo sino algo más radical: la negativa a que sea otro (el hombre, la institución, la autoridad) quien decida cómo se nombra lo que le ha pasado.

Buena parte de Europa se construyó sobre este gesto. La emancipación de las mujeres fue eso, los derechos de los trabajadores también. Europa, en su mejor versión, le quitó a la Iglesia las palabras del dolor humano y las puso en manos de quien sufre. ¿Qué ha pasado para que volvamos a pedir a Roma lo que Europa tardó siglos en quitarle? Las palabras seculares de la dignidad parecen huérfanas: la política las ha gastado, el mercado las ha vaciado y una autoridad antigua, vestida de humanismo, se ofrece a devolvérnoslas. Aplaudimos a un papa que habla de los migrantes con el lenguaje de los derechos y de las víctimas de su propia iglesia, con el de la compasión, y no notamos (o preferimos no notar) que esa asimetría es precisamente lo que habíamos aprendido a no tolerar. Frente a la Nunciatura protestaban las víctimas a alas que no quiso recibir. Ellas, las molestas, las discola las que exigen ser nombradas y no solo consoladas, sostienen hoy lo mejor de Europa. Dicen, 200 años después de Jane y en español: “Me importo a mí misma”. Es la frase más humanista que se ha pronunciado esta semana, y no la dijo el Papa.

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VIOLENCIA DURANTE EL MUNDIAL
Rebeca Smith – México

El Mundial de fútbol, además de ser una celebración global, suele traer consigo un aumento preocupante de violencia dentro de los hogares. En México, organizaciones nacionales e internacionales han registrado incrementos de entre 26% y 38% en agresiones familiares durante el torneo, según ONU Mujeres, y hasta 40% cuando hay consumo de alcohol. Las víctimas principales son mujeres, niñas, niños y adolescentes.

Durante este Mundial ya se han visto señales claras de ese aumento: atropellamientos en celebraciones multitudinarias en Chihuahua, Baja California Sur y Zacatecas; peleas y destrozos en el Ángel de la Independencia; y agresiones contra madres buscadoras que protestaban en Guadalajara y Ciudad de México.

ONU Mujeres lanzó dos campañas: En equipo contra la violencia familiar y Cero Tolerancia: Tarjeta Azul contra la explotación infantil, enfocadas en prevenir violencia y explotación sexual durante el torneo. Señalan factores que agravan la violencia: alcohol, mala gestión emocional y tensiones económicas por apuestas. Las denuncias ya han aumentado.

La Red Nacional de Refugios también activó su campaña La violencia contra las mujeres no es parte del juego. Han repartido miles de folletos y atendido a más de 1.600 mujeres directamente. Durante el Mundial, sus llamadas y mensajes han aumentado un 50%, incluso de niñas, niños y adolescentes que buscan ayuda para proteger a sus madres o identificar violencia en casa.

La organización advierte que la violencia se está normalizando en redes y medios, que la presentan como “euforia” o “celebración”, cuando en realidad son agresiones. Insisten en que el único responsable es el agresor.

A esto se suma la explotación sexual, que aumenta en contextos de turismo masivo. De enero a mayo, México registró 253 mujeres víctimas de trata, más de la mitad en Quintana Roo.

La Red por los Derechos de la Infancia en México (Redim) alerta de que los derechos de niñas, niños y adolescentes están siendo ignorados en la planificación del Mundial 2026. México es el segundo país del mundo en explotación sexual infantil. Los megaeventos deportivos generan transformaciones urbanas y sociales que afectan especialmente a quienes viven en desigualdad.

Otra campaña, Infórmate, Empatiza y Protege, recuerda que la mayoría de agresores sexuales de menores son familiares o conocidos, y que el abuso infantil es mucho más frecuente de lo que se reconoce. Llaman a romper el silencio y no minimizar señales de alerta.

Finalmente, la campaña Tarjeta Azul, impulsada por ONU Mujeres, UNICEF y el sector hotelero de Ciudad de México, busca proteger a menores en hoteles durante el Mundial mediante capacitación y protocolos de actuación.

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