EDITORIAL – JUNIO

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Editorial

LA VIDA

La vida no siempre avanza con calma. A veces se desordena, se acelera, se tensa. Y últimamente, parece que vivimos en un mundo donde cada día cuesta un poco más mantener la serenidad, la educación y el respeto.

Lo veo en la calle, en las noticias, en las redes, en las conversaciones que escucho sin querer. Lo veo en cómo nos hablamos, en cómo nos miramos, en cómo nos hemos acostumbrado a que lo brusco sea normal y lo amable sea raro.

Y lo veo también en algo que, aunque parezca pequeño, dice mucho: la manera en que tratamos nuestro idioma.

En España —sobre todo en la costa— ya es habitual ver anuncios únicamente en inglés. Carteles solo en inglés. Menús solo en inglés. Indicaciones solo en inglés. Como si el español fuera opcional. Como si lo nuestro tuviera que esconderse para no molestar. Como si hablar nuestra lengua fuera un detalle sin importancia.

Pero no lo es.

El español es una de las lenguas más habladas del mundo. Es cultura. Es historia. Es identidad. Es raíz. Es casa. Es memoria. Es lo que somos.

Y defenderlo no es un gesto político. Es un gesto de dignidad.

No se trata de rechazar a nadie. Se trata de recordar que tenemos un idioma que merece respeto, que merece presencia, que merece orgullo. Que quienes vienen de fuera son bienvenidos, pero que la convivencia empieza por reconocer dónde estás y cómo se nombra la tierra que te acoge.

Mientras tanto, la vida real sigue. La de quienes madrugan, la de quienes cuidan, la de quienes sostienen hogares, la de quienes trabajan sin hacer ruido, la de quienes aún creen en la bondad aunque el mundo vaya deprisa y a veces sin rumbo.

La vida de quienes intentan mantener la calma en medio del ruido. La vida de quienes siguen respetando aunque no reciban respeto. La vida de quienes no gritan, pero sienten. La vida de quienes no insultan, pero piensan. La vida de quienes no imponen, pero defienden lo suyo.

Porque la vida no es un escaparate ni una competición de quién habla más alto. La vida es lo que pasa en las casas, en las calles, en los gestos pequeños, en las decisiones que tomamos cada día.

Y mientras todo esto ocurre, el mundo nos recuerda que la vida también tiembla. Lo vimos en Venezuela, donde un edificio se derrumbó como si fuera papel. No podemos detener un terremoto, ni una inundación, ni el viento cuando decide arrasar. Pero sí podemos evitar que esas tragedias se conviertan en catástrofes humanas. Eso depende de algo tan simple —y tan ignorado— como invertir en seguridad, en estructuras dignas, en edificios que no se caigan porque alguien decidió ahorrar donde nunca se debe ahorrar.

Porque al final, siempre pasa lo mismo: los ricos se hacen más ricos, y los pobres pagan el precio. Y la vida, que ya es frágil por sí misma, se vuelve aún más vulnerable cuando quienes tienen el poder de proteger no lo hacen.

Quizá por eso junio me deja un sabor raro. Demasiadas cosas, demasiados cambios, demasiadas grietas en el mundo y también aquí, en España. En la costa, donde ya no solo se pierde el idioma, sino también una forma de convivir, de respetar lo que somos, de reconocer la tierra que nos sostiene.

Junio ha sido un mes que me ha obligado a mirar la vida de frente: lo que se rompe, lo que se sostiene, lo que se defiende y lo que se pierde cuando no se cuida. Y aun así, la vida sigue. A veces herida, a veces cansada, a veces desordenada… pero sigue. Y nosotros con ella.

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