CUENTOS – OCTUBRE
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Entre la realidad y el sueño habitan los cuentos: pequeñas ventanas abiertas a la imaginación, la memoria y la esperanza.»
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COLABORADORES
Maren Alberdi (España), Lidia B. Carciofetti (Argentina), Santiago García (México), María Alejandra González Alvarado (Guatemala), Carlos González Saavedra (Argentina), Elspeth Gormley (España), Jaime Hoyos Forero (Colombia), Fernando José Martínez Alderete (Chile), Ángel Ariel Navarro (Argentina), Carlos Pérez de Villarreal (Argentina), Graciela Reveco (Argentina ) Sandra Romero (Argentina)
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EL DÍA QUE EL MICRÓFONO SE QUEDÓ SIN VOZ
©Maren Alberdi- España

Aquella mañana desperté antes que nadie.
Colgado de mi soporte, brillante, impecable, observaba el escenario vacío mientras los primeros rayos de luz se colaban por las ventanas. Los técnicos iban y venían a mi alrededor. Me limpiaron con cuidado, ajustaron mis niveles y equilibraron mis frecuencias.
«Perfecto», dijo uno de ellos.
Y yo casi habría sonreído, de haber tenido labios.
Sabía que aquel no era un día cualquiera.
Había música aguardando en los instrumentos. Había discursos escritos con esmero. Había risas preparadas para escapar de muchas gargantas. Había emociones listas para convertirse en sonido.
Y yo sería el puente.
La voz de unos llegaría a los oídos de otros gracias a mí.
Me sentía importante.
Útil.
Vivo.
Las horas avanzaron. Las butacas comenzaron a llenarse. El murmullo de la gente era como una marea creciente. Yo esperaba impaciente a la persona con la que iba a compartir la jornada.
Conocía su voz.
Habíamos trabajado juntos muchas veces.
Sabía cuándo iba a reír antes incluso de que lo hiciera. Sabía los silencios que utilizaba para emocionar y las pausas con las que hacía pensar al público.
Éramos un buen equipo.
Pero entonces ocurrió.
Un teléfono sonó.
Una conversación breve.
Un cambio de rostros.
Un gesto de preocupación.
Y una frase que cayó sobre mí como una losa:
«No podrá venir.»
Al principio no entendí.
Esperé.
Seguro que llegaría más tarde.
Seguro que era un retraso.
Seguro que alguien se había equivocado.
Pero los minutos siguieron avanzando y la verdad se hizo tan evidente como dolorosa.
No vendría.
Todo estaba preparado.
Las luces.
La música.
La gente.
Y yo.
Pero no vendría.
Por primera vez en mucho tiempo deseé estar desenchufado.
Los altavoces seguían emitiendo un leve zumbido de fondo. Los instrumentos aguardaban pacientes. Sin embargo, dentro de mí solo había silencio.
Un silencio enorme.
Pesado.
Triste.
Comprendí entonces que no echaba de menos el trabajo.
Ni los aplausos.
Ni siquiera las palabras.
Lo que echaba de menos era a quien les daba vida.
Porque un micrófono, por muy perfecto que esté ajustado, no existe para escuchar su propia voz.
Existe para acompañar la voz de alguien más.
Y aquel día, rodeado de cientos de sonidos, descubrí la soledad.
Permanecí inmóvil durante toda la jornada.
Nadie percibió mi tristeza.
Nadie puede ver llorar a un micrófono.
Pero si alguien se hubiera acercado lo suficiente, quizá habría notado que entre el ruido de la sala y el murmullo de la gente había una pequeña frecuencia temblando.
La frecuencia de la decepción.
La de la espera.
La de un amigo que había preparado todo su corazón para escuchar una voz… y tuvo que conformarse con el eco de su ausencia.
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EL MUNDO DE ALEJANDRO
©Lidia B. Carciofetti ( Santiago del Estero-Argentina )
El mundo de Alejandro es su habitación. Come, duerme, juega solito allí… no quiere compañía y se molesta toda vez que sus hermanitos quieren entrar a conversar con él o demostrarle cariño.
Ale nació con el síndrome de autismo grado máximo. Una prueba muy dura para toda la familia que lo esperaban con tanta expectativa… Sus berrinches cada vez más acentuados hacían que hasta se diera la cabeza contra la pared y se lastimara.
Curarle las heridas se volvían una odisea, pues no quería que nadie lo toque. Tenía asistente 3 veces por semana, para sus terapias.
El tiempo que estaba con ellos tomaba atención, le daban tarea y era muy aplicado hasta que el desenfreno le hacía romper los papeles y tirarlos en el cesto.
Bello su aspecto cuando pasaba yo por la vereda, su carita y sus ojitos perdidos me miraban fijo. Yo le sonreía, pero no servía de nada.
Vivió en su mundo hasta los 14 años. Nunca festejó con alegría la fiesta que organizaban en su honor.
Estaba presente su cuerpo pero él no.
Un día de pleno invierno, aprovechó un descuido de la familia que estaba cenando, y como ladrón sin hacer ruido abrió la puerta y se escapó. Se dieron cuenta sus hermanos cuando fueron a retirar el servicio de la cena.
La policía lo encontró en la plaza a más de 10 cuadras de allí.. Sus padres lo llevaban cuando el aceptaba ir.
Tenía el torso desnudo y temblaba de frío, pero corría entre los juegos y sonreía a carcajadas. A duras penas entre sus padres y el oficial pudieron sujetarlo.
Sufrió hipotermia, y como consecuencia Neumonía bilateral.
Hoy Ale ya descansa en paz, tal vez la que tanto deseó tener en el mundo impenetrable que el mismo construyó, a pesar de todo el amor que su familia le demostraba.
Lo recordé porque vi un niño con ésta crisis en un centro comercial, solo que pudieron calmarlo.
No podré olvidar nunca sus ojitos a través de la ventana.
¡Que tristeza convivir con un ser amado así! Es como convivir con la misma muerte.
Seamos empáticos con ellos y con la familia porque solo ellos saben cómo se hace para vivir en su mundo.
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UNA LOMBRIZ PREOCUPADA
©Santiago García – México
En una maceta de anturios vivía una lombriz de nombre Beatriz, a mañana tarde y noche se asomaba por uno de los pequeños orificios que ella misma había creado con el propósito de mudarse de ahí.
Resulta que días antes escuchó a la señora de la casa decir: ¿Algo está secando estas plantas? Voy a ponerle algún remedio, no vaya a ser que algún animalito se esté comiendo las raíces. Así que vivía con el temor de morir el día en que pusieran tal veneno.
Una noche en su desesperación Salió a buscar a la caracola que lenta se repasaba en los bordes de aquella maceta. ¿Qué pasa Bety? Te noto desesperada ¿Qué tienes?
¡Hay amiguita Carola, quisiera irme de aquí, al jardín o a otro lugar! La señora de la casa pondrá un plaguicida y matará a todos los bichos que aquí vivimos aquí. ¿Podrías ayudarme?
Va a estar muy difícil, –Le contestó carola– si te cargo tardaríamos mucho y te secarías sobre mi casa. Si te vas solita la tierra resecará tu piel y no alcanzarás a llegar.
¿Entonces qué hago? Tranquila, –añadió– tú sigue poniendo tus huevecillos en algún recoveco de la tierra, seguro son los nixticuiles los que se comen las raíces. Los humanos saben que no eres herbívora solo comes la tierrita y tus desechos son los nutrientes (NPK) que ayudan al crecimiento de las plantas, seguro y lo que pondrán será para otros animalitos, además con tanto túnel ventilas la tierra de tu precioso hogar.
¿Será? – incrédula y pensativa preguntó la lombriz—Sí amiga, cada una de nosotras tenemos una función en la vida, siéntete orgullosa, mírame a mí, yo estoy orgullosa de mi casa aún llevándola a cuestas y de las estelas que brillan a la luz de la luna y en el día tornasol como arcoíris. Vivimos por alguna razón en cada lugar. Aquí cumplimos nuestro ciclo. ¡No te apures tanto! Verás que pronto llega la primavera y la planta florecerá, con suerte hasta se le olvida que la tenía que fumigar.
Se despidieron las amigas, pronto llegó la nueva estación y con ella radiantes flores rojas y unas brillantes hojas verdes.
No te preocupes querida amiga
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LA FLOR QUE SE CONVIRTIÓ EN VIENTO
©María Alejandra González Alvarado Guatemala
Había una vez un jardín inmenso, llamado Finca El Carmen. No era un jardín cualquiera, pues en cada rincón crecía una historia y en cada sendero se guardaba un recuerdo. Allí vivía Chacha, una mujer alegre y noble, de esas personas que parecen llevar el sol en el corazón. Le encantaba bailar cuando sonaba la música, compartir la comida en familia, reír hasta que le doliera el estómago y cuidar con dedicación a cada animal y planta que habitaba en la finca. Su amor era tan grande que parecía alcanzar cada árbol, cada flor y cada criatura que encontraba en su camino.
Tuvo dos hijas: Alejandra, la mayor, y Ana, la menor. Mucho tiempo atrás, Chacha había sido una joven llena de energía, con pasos ligeros y sueños tan amplios como el horizonte. Sin embargo, sus bisnietos solo la conocieron siendo ya una mujer mayor, con el rostro surcado por arrugas suaves que contaban las historias de una vida bien vivida. Su piel era tan delicada como la de un higo seco al sol y sus manos, endurecidas por los años, conservaban las huellas de incontables jornadas jugando y trabajando con la tierra que tanto amaba.
Además de sus hijas, Chacha tenía tres nietos: Alejandro, el mayor, y los más pequeños, Francisco Javier y Maite Ariana. Para ella eran un motivo constante de alegría. Alejandro, además, ya había formado su propia familia y le había regalado a Chacha la dicha de convertirse en bisabuela. Los pequeños David Alejandro y Ariana Elizabeth eran los brotes más tiernos de su árbol familiar, flores nuevas que iluminaban sus días y llenaban de esperanza su corazón.
En la finca, el tiempo no se medía con relojes ni calendarios. Allí los días transcurrían al ritmo del canto de las chorchas, del aroma del café recién tostado y de la lluvia golpeando suavemente los tejados. Las estaciones no llegaban marcadas por números, sino por la floración de los árboles, la maduración de los frutos y las reuniones familiares bajo la sombra de los viejos cafetos.
Fue precisamente el año en que nació su bisnieto mayor cuando Chacha comenzó a sentirse diferente. Poco a poco, las fuerzas empezaron a abandonarla. Caminar le costaba cada vez más y sus pasos, antes ágiles, se fueron volviendo lentos. Ya no podía bailar durante horas como hacía en otros tiempos. Parecía que sus pies quisieran hundirse en la tierra que tanto había cuidado, como si estuvieran buscando convertirse en raíces de aquel lugar al que pertenecían.
Sus ojos, que antes podían seguir el vuelo veloz de un colibrí entre los árboles, comenzaron a cansarse. Había detalles que ya no lograba distinguir desde lejos y algunas formas se le escapaban entre sombras. Sin embargo, nunca perdieron el brillo cálido de su color café ni esa mirada serena capaz de transmitir cariño con solo un gesto. Aunque su cuerpo cambiaba, la bondad que vivía en ella permanecía intacta.
Una noche tranquila, mientras la finca dormía envuelta en el canto lejano de los grillos, Alejandro se sentó junto a su bisabuela. La observó en silencio durante unos momentos y, al notar su cansancio, sintió una tristeza que no supo explicar.
—Chacha, ¿por qué estás tan cansada? —preguntó con suavidad.
Ella sonrió. Su sonrisa seguía siendo tan cálida como un rayo de sol en una mañana fresca.
—Ay, mijo —respondió acariciándole la mano—, mi cuerpo es como un reloj al que poco a poco se le está acabando la cuerda. Ya no tengo la misma energía de cuando vos eras chiquito y corrías por toda la finca. ¿Ves esta casa? Es bonita y fuerte, pero la madera también envejece con el tiempo. A mí me pasa igual. La vida es así. Todo lo que nace, crece, cambia y algún día llega a su final.
Alejandro tragó saliva. Aquellas palabras le produjeron un nudo en la garganta.
—¿Y cómo será ese final? ¿Ya sabes a dónde vas a ir?
Chacha guardó silencio durante unos segundos y luego señaló por la ventana hacia un viejo árbol de jocote.
—No me voy a ir lejos. Mira ese árbol. El año pasado perdió todas sus flores. Parecía triste, vacío, como si estuviera dormido para siempre. Pero en realidad su esencia seguía allí, escondida en las raíces, esperando el momento de regresar convertida en hojas, frutos y nuevas flores.
Luego lo miró con ternura y añadió:
—Lo mismo ocurre con nosotros, mijo. El tiempo pasa para todos. Resistir no significa quedarse quieto. Significa aprender a transformarse cuando llega el momento. Todo cambia de forma, pero nada del amor que damos desaparece.
Aquellas palabras quedaron grabadas en el corazón de Alejandro.
Poco después, la habitación de Chacha quedó en silencio. Una mañana, su cuerpo ya no tuvo fuerzas para sostener más inviernos ni más veranos. Simplemente descansó. Parecía como si se hubiese quedado dormida mientras soñaba con la finca que tanto amaba.
Los primeros días fueron difíciles. El aire parecía más pesado y la ausencia llenaba cada rincón de la casa. Incluso el canto de los pájaros parecía sonar más lejano. Muchas personas lloraban su partida y hablaban de cuánto la extrañarían.
Sin embargo, Alejandro recordaba aquella conversación junto a la ventana. Él conocía el secreto que Chacha le había confiado. Sabía que, aunque su cuerpo ya no estuviera allí, su esencia seguía viva. Permanecía en la raíz profunda de la familia, en los recuerdos compartidos, en las enseñanzas que había dejado y en el amor que había sembrado durante toda su vida.
Un día, mientras caminaba entre los cafetales, Alejandro sintió una brisa suave que le acarició el rostro. El viento traía consigo el aroma del café recién cocido mezclado con el perfume de las rosas del jardín. Cerró los ojos y escuchó el suave crujido de las hojas secas bajo sus pies.
Por un instante tuvo la sensación de que alguien caminaba a su lado.
Y entonces sonrió.
No porque hubiera visto algo extraordinario, sino porque comprendió algo importante.
Chacha estaba allí.
No como antes, sentada en su silla o trabajando en el jardín. Estaba allí de otra manera. Formaba parte de todo aquello que había amado durante su vida. Estaba en la brisa que atravesaba los árboles, en la sombra fresca de los cafetos y en las flores que abrían sus pétalos cada mañana para saludar al sol.
Alejandro comprendió que Chacha se había fundido con la finca, convirtiéndose en parte de su alma. Vivía en el sabor dulce de los frutos que ella ayudó a sembrar, en la tierra fértil que nutría las raíces y en cada amanecer que iluminaba El Carmen.
Ya no estaba enferma. Ya no estaba cansada. Ya no sentía dolor en los huesos ni pesadez en los pasos.
Ahora era libre como una mariposa Morpho, con sus alas azules atravesando la luz. Era fuerte como el tronco antiguo del Chicharro, capaz de resistir vientos y tormentas. Chacha no había perdido la batalla contra el tiempo. Simplemente había aprendido a transformarse en algo más grande.
Desde entonces, cada vez que Alejandro visita la finca, ya no busca a Chacha en su habitación ni en los rincones de la vieja casa de madera. La encuentra en el sonido del cafetal cuando el viento lo atraviesa. La encuentra en el murmullo del agua, en la fuerza silenciosa de la tierra y en el color brillante de las flores que nacen una y otra vez.
Porque comprendió que quienes amamos nunca desaparecen del todo.
Permanecen en nuestras costumbres, en nuestras palabras, en los recuerdos que compartimos y en la huella que dejaron en nuestro corazón. Chacha ya no vive solamente en El Carmen. Vive en cada lugar al que sus seres queridos llevan su memoria y su amor.
Así que, si algún día sienten que una brisa suave les despeina el cabello o les acaricia el rostro cuando menos lo esperan, imaginen que es Chacha pasando a saludarlos. Quizá esté riendo como siempre, jugando con el viento y regalándoles un beso invisible al oído. Un beso tejido con el susurro de la brisa, con el aroma de las flores y con la ternura eterna de quien nunca se marchó del todo.
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DON HILARIO GÓMEZ – EL FERRETERO DEL PUEBLO
©Carlos González Saavedra- Argentina
Han pasado veinte años y Gómez seguía enamorado de Estela. Su amiga de toda la vida.
Esos amores silenciosos, que no encuentran el momento, por el respeto, por vergüenza. O no sabemos cómo decirlo
Una mañana lo sorprendió una llamada. Diciéndole que estaría en el pueblo por el fin de semana largo. De paso, arreglaría algunas cosas con el escribano Medina.
-¡Hilario te tengo una sorpresa! Al fin nos vamos a encontrar.
Al ferretero se le iluminaron los ojos.
-Acabo de llegar amiguito. A las cinco, en la confitería del centro? como siempre!¿Podes?
Pregunta entusiasmada.
¡Si! Contesto presuroso.
-Hilario se preparó como nunca, dejo a Pancho atendiendo el negocio. Mientras se hacia el nudo de la corbata y rociaba con la mejor colonia.
Recordaba a Estela con su aroma fresco que siempre llevaba. Lo enamoraba su perfume, Soñaba con ella.
Sus ojos colmados de alegría, esperaban el momento.
Tenía tantas cosas guardadas, tantos sueños. Desde ese otoño del 76, no se veían.
Más allá del algún saludo para los cumpleaños o fiestas.
Al llegar al lugar, observó a Estela que lucía un vestido de flores. Estaba preciosa.
Al minuto, un señor bien puesto se acercó. ¡Te presento a mi futuro marido! Comento enamorada Estela.
Con una sonrisa le estrecho su mano, mientras se le aflojaban las piernas y un sudor frio corría por la espalda.
A Hilario se le derrumbo todo. Todo. Sus pensamientos no paraban de dar vuelta por su cabeza.
Estaba mudo escuchando.
-¡Quería proponerte que fueras el padrino de nuestra boda! Comentó Estela emocionada.
Un amigo de tantos años. No podría dejarte afuera de mi felicidad. Es importante para mí, que estés.
Imprevistamente se levantó, casi tira, la silla.
-¿Perdón, llegare antes que pase el tren? de 17,45 Tengo un trámite que hacer.
-Supongo que sí! ¿Dónde vas? Pregunto preocupada, Estela ante la mirada atónita, de los parroquianos. ¿Estás Bien?
¡Sí! Que tengas una buena vida! Contesto siempre presuroso Hilario.
No podía contener ninguna emoción, necesitaba abandonar el lugar.
-Estas segura que está bien? Vos que lo conoces mejor. Lo note nervioso. Comento el futuro marido.
¡Tiene esos arranques! Siempre fue así, después se le pasa!
Hubo una época que se pasaba diciendo:
Que su vida terminaría en forma trágica. Después se olvidaba.
-¡Espero que esta vez no sea cierto! Que todo siga igual. Comento el novio, preocupado.
-¡No! Sigamos con la lista de casamiento. Ya volverá
Esa tarde los testigos apostatados en la estación, vieron un señor muy bien vestido, de buen porte correr entre las vías. Haciendo caso omiso, a los gritos .Avisando que venía una locomotora negra, echando humo. Con un silbido desesperado a sus espaldas.
Con sus ojos inyectados en sangre, furiosos, desconsolado, corrió.
Así como lo hizo estos veinte años, sosteniendo su trabajo, su ferretería. Sorteando inconvenientes, esperando.
Estela era su última parada, para completar su sueño.
Parecía poseído, corría, desafiando a la muerte.
Siguió hasta que ésa libertad tan ansiada, llego. Voló alto
No podía más con el peso, de ése amor, no correspondido.
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LA MÚSICA Y EL AJEDREZ
©Elspeth Gormley- España
La tarde descendía lentamente junto al mar.
Las olas llegaban hasta la orilla con el mismo ritmo paciente con el que los años llegan a la vida de las personas.
Sentado en un banco del paseo, Tomás observaba un tablero de ajedrez. Frente a él no había nadie.
Movía una pieza, pensaba unos segundos y después permanecía inmóvil mirando el horizonte.
A pocos metros, una joven tocaba un piano instalado para un pequeño concierto al aire libre.
Las notas viajaban sobre la brisa marina.
Un niño que paseaba con sus padres se detuvo junto al anciano.
—¿Está jugando solo? —preguntó.
Tomás sonrió.
—No exactamente.
—¿Y quién es su rival?
—La vida.
El niño miró a un lado y a otro.
—Pues no la veo.
—Porque la vida nunca se sienta enfrente. Te mueve las piezas desde donde menos lo esperas.
La pianista, atraída por la conversación, dejó de tocar y se acercó.
—Eso suena interesante.
Tomás señaló el piano.
—La música y el ajedrez se parecen mucho a la vida.
—¿De verdad? —preguntó ella.
—Más de lo que imaginas.
Tomó un peón entre sus dedos.
—Mira esta pieza. Parece insignificante. Sin embargo, si avanza con paciencia puede llegar al otro extremo del tablero y convertirse en reina.
—Como los sueños —dijo la joven.
—Exactamente. Empiezan siendo pequeños. Casi invisibles. Pero crecen paso a paso.
La pianista sonrió.
—Y una gran melodía también comienza con una sola nota.
—Ya lo ves —respondió Tomás—. Ni las obras maestras ni las grandes victorias aparecen de golpe.
El niño observó las piezas.
—¿Y los errores?
La joven soltó una pequeña carcajada.
—Los músicos conocemos muy bien esa palabra.
Tomás asintió.
—Y los ajedrecistas también.
Como si quisiera demostrarlo, la pianista volvió al piano y comenzó a tocar.
De pronto, una nota sonó equivocada.
Ella retiró las manos con gesto de frustración.
—Siempre me pasa. Cuando una melodía está saliendo bien, termino estropeándola.
Tomás la observó.
—¿Y por una nota equivocada dejarás de tocar?
—No.
—Entonces tampoco deberías dejar de vivir por un error.
La joven guardó silencio.
El niño parecía pensar en aquellas palabras.
Tomás volvió a mirar el tablero.
—La verdad es que las peores jugadas no son las que hacemos mal. Son las que dejamos de hacer por miedo.
Nadie respondió.
El viento arrastró un puñado de hojas sobre el paseo.
Entonces el niño señaló una pieza caída junto al tablero.
—¿Por qué no la vuelve a poner?
Tomás la tomó con suavidad.
Era una reina.
Su sonrisa se volvió triste.
—Porque una vez que una pieza se pierde, no regresa.
La pianista percibió algo en su voz.
—¿Habla del ajedrez?
El anciano tardó unos segundos en responder.
—No.
Miró el mar.
—Hace años perdí a mi esposa.
Las palabras quedaron suspendidas entre los tres.
—Durante mucho tiempo pensé que la partida había terminado.
La joven bajó la mirada.
El niño también guardó silencio.
—Cada mañana despertaba creyendo que ya no tenía sentido seguir jugando.
—¿Y qué hizo? —preguntó el niño finalmente.
Tomás contempló el horizonte.
—Seguí avanzando un movimiento cada día. Solo uno. Igual que este peón.
—¿Y funcionó?
—No al principio.
Sonrió.
—Pero un día descubrí algo.
La pianista esperó.
—Que una nota triste no termina una canción.
Levantó la reina capturada.
—Y que perder una pieza importante no significa perder toda la partida.
La joven regresó lentamente al piano.
Esta vez comenzó una melodía diferente.
Había notas alegres.
Notas melancólicas.
Notas que parecían tropezar y levantarse de nuevo.
Era imperfecta.
Y precisamente por eso resultaba hermosa.
Tomás cerró los ojos para escucharla.
El niño permaneció junto a él.
Cuando la última nota se desvaneció en el aire, preguntó:
—Entonces, ¿qué es la vida?
Tomás observó el tablero, el piano y la línea azul donde el mar se unía con el cielo.
—La vida es una partida de ajedrez acompañada por una melodía.
—¿Y ganar?
El anciano sonrió.
—Eso no es lo más importante.
—¿No?
—No.
Miró una vez más la reina que sostenía entre los dedos.
—Lo importante es seguir jugando cuando has perdido una pieza.
La pianista apoyó las manos sobre las teclas.
—Y seguir tocando cuando una nota sale mal.
Tomás asintió.
—Porque al final, las personas no recordamos las partidas perfectas ni las canciones perfectas.
Recordamos aquellas que tuvieron el valor de continuar.
Y mientras el mar seguía cantando su eterna melodía sobre la arena, los tres comprendieron algo sencillo y verdadero: que vivir no consiste en evitar los errores ni las pérdidas.
Consiste en convertir cada movimiento y cada nota en una razón para seguir adelante.
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EN EL SALÓN DE CONFERENCIAS
©Jaime Hoyos Forero ( Bogotá -Colombia )
Queridos asistentes a este salón de conferencias.
Este cuento, señoras y señores, lo advierto honradamente desde el comienzo, es exclusivamente para mujeres. Sugiero, por lo tanto, que los señores se retiren. Si alguno insiste en quedarse, lo hace bajo su responsabilidad.
Quiero responder a la pregunta que los señores me están haciendo sin mover los labios y con cierta sonrisa picaresca, pregunta que es esta: “¿qué pasa si me quedo?”. Pues verán. Al regresar cada uno a su casa, si es soltero, encontrará muerto a su perro. Si no tiene perro encontrará a su gato, muerto. Y si no tiene gato, no podrá oír ni ver las noticias de la noche: el televisor se habrá dañado. Lo siento.
Y si el que se queda aquí oyendo el cuento es casado, a éste le doy la desagradable noticia de que al llegar a su casa hallará viva ¡qué horror! a su suegra. Después no digan los señores que no lo advertí.
Pero a los que se retiren, les cuento este chisme: En el siguiente salón y en pantalla gigante están pasando un partido de fútbol sensacional. Están en el minuto 30 del 2º. tiempo y nuestro seleccionado está jugando maravillosamente. Nuestro portero parece un Supermán. El resultado parcial es de 5-0… a favor del rival.
Ahora bien, queridas señoras. El cuento es este: Había una vez en un lejano país del oriente, donde todavía de flor en flor vuelan los elefantes rociando con sus trompas los jardines encantados, había pues, un millón de hermosas mujeres y un millón de hombres “tipo adonis”, según decían las mismas señoras.
Sin embargo, en aquel rico país (rico porque el subsuelo estaba inundado de petróleo) había un pequeño, pequeñísimo problema, pese a que cada mujer era una “venus” y cada hombre un “adonis”. El problema era este: Los hombres -quién lo creyera- no estaban muy interesados en las mujeres. Solamente los motivaba el fútbol, el ciclismo, la lucha libre, el boxeo… y los otros hombres.
El rey estaba preocupado. Las sociólogas y las estadistas del reino pronosticaban que 30 años más adelante, la población que ahora era de 2 millones, sería de sólo 1.500.000. No había nacimientos. Y se juzgaba que en 80 años más, la población sería de sólo 2 habitantes: El rey y la reina. (Nota importante: la inseminación artificial estaba prohibida).
Allí comenzaron a verse cosas, unas veces curiosas y otras veces bochornosas. Por ejemplo: Todos los cargos públicos, todas las “curules” del congreso, todas las alcaldías estaban manejados por mujeres. Por una parte ellas con su inteligencia, superior a la de los hombres, su sagacidad, superior a la de los hombres, su visión para los negocios, superior a la de los hombres, ocupaban todos los espacios importantes. Desde luego, los hombres también estaban ocupados: Manejaban los buses, “boleaban” ladrillo, tapaban los huecos de las calles; en fin, todos los oficios de fuerza. Seguían siendo, pues, el sexo fuerte: Hábiles para echarse sobre los hombros la pesada responsabilidad de los bultos de papa.
Y desde luego, no eran brutos. Por ejemplo: Los médicos eran excelentes enfermeros, los economistas, excelentes “amas” de casa, los periodistas, sorprendentes chismosos, los arquitectos, insuperables albañiles y los pilotos de avión, inigualables choferes.
Los hombres, además, se idearon (porque siempre han sido, como ya lo dijimos, muy inteligentes) otras profesiones que ya existían pero que ahora acaparaban por completo: Diseño de ropa interior, servicio de manicura, servicio doméstico, etc.
La vida entonces era cada vez más complicada. Por ejemplo, la tasa de matrimonios había subido del 33% al 50% pero con el agravante de que los que se casaban eran hombres con hombres.
Los hombres se pusieron felices cuando en el periódico apareció el siguiente título a 8 columnas: “Es un hecho el embarazo de los hombres”. Los que se tomaron el trabajo de leer el subtítulo, se desilusionaron. Decía: “es un hecho el embarazo de los hombres, es decir el obstáculo, la dificultad, la incomodidad que tienen para coser calcetines”.
De todos modos la población se acababa de año en año. El rey y la reina estaban, como es de suponerse, preocupadísimos.
¡Pero, oh maravilla!, en ese momento tan crítico, a la ministra sin cartera se le ocurrió una fulgurante idea: ordenó por decreto que firmó el rey, que todas las mujeres se maquillaran de tal manera que parecieran hombres por dentro y por fuera. ¿Cómo? Bueno… las mujeres, que son como sabemos muy inteligentes, se ingeniaron la manera. Yo no supe cómo pero que se las ingeniaron… se las ingeniaron. No sé si ayudadas por la magia o por qué, pero se las arreglaron para que los hombres volvieran con ellas a… ya sabemos a qué.
Y como los hombres, desde Adán han sido seducidos por las mujeres, les quedó gustando la cosa, volvió todo a la normalidad y la población del reino comenzó a crecer y crecer.
Los hombres se casaron con las mujeres, no todos, pero vivieron muy felices
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EL BOLÍGRAFO PREGONERO
©Fernando José Martínez Alderete
Hubo una vez, hace mucho tiempo, una librería donde además de libros vendían artículos finos como plumas, billeteras, agendas de piel, libretas, relojes, entre otras cosas. Este lugar se encontraba en Santiago la capital chilena.
En una vitrina había un bolígrafo que por fuera era color café con filos dorados, con punta de diamante, su facha era muy fina, pero tenía un problema que lo hacía sufrir mucho, su tinta era verde esmeralda y por tal razón se quejaba y
gemía amargamente con los compañeros de vitrina:
—Dichosos ustedes los que son de tinta negra o azul muy fuerte, seguramente serán comprados muy pronto por gente de alta clase, importante, si yo tuviera su color podría comprarme algún político o artista reconocido, logrando firmar conmigo, documentos valiosos, libros o autógrafos que inmortalizarán mi huella, incluso siendo de tinta roja sería útil para marcar errores, pero tuve la mala suerte de tener líquido verde.
¿Así quién va a quererme?
—No te preocupes, compañero, para alguien has de servir, no pierdas la fe, —decía amablemente una pluma de tinta negra.
Otras plumas cuchicheaban riéndose de él, ridiculizándolo con el mote de… “El pobre quedado”.
Los días pasaban y muchos bolígrafos se vendían y se iban, el de tinta verde cada vez se ponía más y más triste al quedarse solo.
Un día antes del 12 de julio de 1970, llegó una señora a esa librería buscando un regalo especial para su marido, ya que al día siguiente sería su onomástico, pidió un bolígrafo de tinta verde porque a él le gustaba firmar sus cosas con ese color.
El vendedor tomó el bolígrafo deprimido que no cabía en sí mismo de la tremenda alegría que sintió; cual fue su enorme sorpresa que, justo el día del cumpleaños, su esposa le entrega el bolígrafo a esta persona tan importante, precisamente cuando iban en un avión hacia España por un homenaje que le hicieron a su trayectoria.
Estando en pleno vuelo, una persona reconoce a esta eminencia y le pide que le firme un libro, este libro se llama… “Los versos del capitán”.
Toma su pluma nueva y firma: “Para un amigo especial: Leopoldo Alfaro, esperando que conserve este simple
recuerdo de… Pablo Neruda.
El bolígrafo nunca imaginó ni en sueños que estaría en manos del poeta, futuro premio Nobel de literatura, quien lo adquirió fue Matilde Urrutia.
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EL OTRO ASTERIÓN
©Autor: Ángel Ariel Navarro ( Corrientes, Argentina )

«Pero de tantos juegos, el que prefiero es el del otro Asterión» (La casa de Asterión – Jorge Luis Borges)
Yo soy el otro, el que escapó de la espada mas no de la perpetua soledad del laberinto. Oculto siempre en los aljibes oscuros que pueblan las innumerables galerías, he visto al asomarme apenas, aquella tarde, el filo de la espada cercenando la vida de Asterión. Sentí pena por él en ese instante, también envidia y mucha angustia. Sentí unas ganas tremendas de salir corriendo, como un carnero desbocado, por los infinitos corredores y estrellarme contra alguno de los muros de piedra.
Ahora, yo soy el único… o el otro. Soy el monstruo que mora en los aljibes del laberinto. Nadie sabe de mi existencia. ¿Acaso lo sospechó Asterión cuando me invocaba cada día creyéndome un vástago de su imaginación? He salido cuando él me llamaba ansiosamente para invitarme a jugar y recorrer la casa. Hemos reído juntos hasta quedarnos sin aliento. A veces caíamos al suelo desde alguna azotea y nuestra sangre se confundía entre las hojarascas y el moho. Eso nos divertía. En ocasiones corríamos con la cabeza gacha y nos estrellábamos peligrosamente el uno contra el otro. Algunas veces nos desmayábamos tras el impacto y, al recobrar la conciencia, nos desternillábamos de la risa al recordar lo sucedido.
Yo soy el otro, el que quedó solo para siempre. También, al igual que Asterión, aguardo con ansias mi redención; recorro las profundas y enmarañadas galerías pero no encuentro a nadie que, cuando menos, se horrorice de verme. Nadie sabe que estoy aquí. ¿Con qué razón alguien se internaría en este sombrío laberinto? Yo, sin embargo, espero, mientras grito de furia, mientras me estrello contra los muros, mientras juego peligrosamente con otro Asterión que cada noche, cuando la soledad se torna insoportable, invoco en mi desesperación y éste emerge, cauteloso, desde alguno de los aljibes oscuros que pueblan las innumerables galerías…
EL OTRO ASTERIÓN forma parte de mi libro «ExtraVagancias» (2023)
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AZUL CELESTE Y NEGRO
©Carlos Pérez de Villarreal ( Mar del Plata – Argentina )
No se conocían. Habían nacido el mismo día, mes y año, pero no se conocían. Ella pertenecía a una de las familias pudientes porteñas, que emigraba todos los veranos hacia la costa marplatense. Vivía en la loma de Stella Maris, en una gran casona que dominaba una hectárea de parques y jardines. Por esa época, en el grupo más representativo del espectro social, se cotizaba más alto el poder del dinero que el origen. Su padre había tenido fortuna con la venta de ganado vacuno y poseía grandes latifundios. Él, pertenecía a la clase trabajadora. Sus progenitores, emigrados «de las Europas» vivían en una modesta casa en el barrio Norte, a cuatro cuadras de la estación del ferrocarril.
Pero llegó un día en que la vida los comenzó a enredar. Como un mazo de cartas que se mezclan y se barajan, el azar intervino y a los cinco años de edad se vieron por primera vez. María Rosa y Juan José, una tarde calurosa de enero; ella pegada a las faldas de su madre y él agarrado a la mano de la suya, se miraron fijamente. La familia Gómez Olazábal, necesitaba empleadas para trabajar durante el verano en los quehaceres de la casona y la madre de Juan, con buenas referencias, se presentó para el consiguiente empleo. Allí nomás la contrataron. Los ojos azul celestes de María Rosa y los negros de Juan, quedaron prendados uno del otro. Una corriente de afecto los sacudió y desde el primer momento en que pudieron, cuando se daban las circunstancias, jugaban juntos. Él le enseñó los trucos del balero y ella aportó su conocimiento de las flores. A partir de allí, durante varios veranos, los jóvenes fueron afianzando su relación. Compartían su pasión por la lectura; ella proveía los libros y él su incansable naturalidad para escribir. Poco a poco esa relación fue transformándose en amor. Amor juvenil, puro, íntegro; pero oculto, porque la diferencia de clases, impedía cualquier exteriorización.
La Belle Epoque comenzaba a desintegrarse. El despilfarro de los años locos se terminaba. Una nueva burguesía que ascendía en lo social y algunos hechos concretos, como la construcción de la Ruta 2, marcaban un nuevo paradigma. Llegó el fin del último verano y las familias ya no se vieron más. El azul celeste y el negro, dejaron de mirarse. La vida los separaba.
Aquel 16 de Junio de 1955, el General Perón llegó como todos los días muy temprano a la Casa de Gobierno. Juan salió de la pensión ubicada a tres cuadras de allí, bastante más tarde. Hacía cuatro años que vivía en Buenos Aires. Pasado el mediodía, se dirigió a la zona de las «librerías de viejo». Siempre concurría. Después, entre el gentío, en un día nublado y frío, se dirigió a la Plaza de Mayo. No llegó. Sintió el rumor de los aviones. Se había comentado que habría un desfile aéreo, pero cuando miró para arriba, tembló. Varios aeroplanos sobrevolaban los aires. Alcanzó a distinguir uno de ellos que dejó caer un inmenso cilindro negro. Luego vino la explosión, otras bombas comenzaron a explotar. El caos se apoderó de la Plaza. Como un hormiguero reventado, la gente despavorida, huía en todas direcciones. Los gritos de los heridos, el aullar de las sirenas y el pánico generalizado ganaron las calles. Corrió desesperado por Hipólito Yrigoyen, dobló en Defensa para alejarse, pero cuando vio el zaguán, prácticamente se zambulló adentro. Tremendamente agitado, trató de tranquilizarse, cuando una figura femenina entró tras él a los tropezones y se agarró a su brazo para no caer. Unos ojos miraron los suyos, con miedo primero y sorpresa después. El azul celeste y el negro, se volvían a encontrar. Se fundieron en un abrazo interminable. Apretados uno al otro hasta hacerse doler, se quedaron así hasta que pasó lo peor. Luego vino la ayuda a los heridos, socorrer a los más débiles, sentir el sufrimiento ante la muerte; hasta que por fin cansados por dentro y por fuera, fueron a la pensión de él. La soledad del cuarto los acogió de la mano. Gimieron, sollozaron, rugieron, entreverados sus cuerpos, hasta que poco a poco la respiración se relajó y el esfuerzo, más tarde… fue silencioso, con goce de ternura.
Ese fue el principio. Siguieron viéndose varias veces más. Ella le contó que vivía en Buenos Aires. Se había casado con un hombre que no le brindó su amor y había enviudado años más tarde. Su familia había quedado desmembrada a raíz de la muerte de sus padres, en un accidente, perdiéndose casi todas las propiedades, pero había una pequeña casa en Mar del Plata, que ella quería volver a usar. Su sueño era ese. Él le contó que era un solterón empedernido, que había podido lograr escribir ya tres libros, los cuales habían sido publicados por una Editorial, brindándole la posibilidad de estar en la capital del país. Pero también su idea era volver a Mar del Plata. De pronto un día, María Rosa desapareció de la vida de Juan como un soplo en el viento. Un grave accidente doméstico la dejó inválida. No quiso dar compasión. Sin su dirección, Juan la buscó por todas partes, desesperado, con ansias, dolor y rabia, pero no la encontró. El azul celeste y el negro, volvían a dejar de mirarse.
El anciano, se sentó despaciosamente en uno de los bancos de la sucursal de PAMI en Mar del Plata. La primavera tardía no quería llegar en ese octubre frío. Había hablado ya con la empleada que lo atendió por su trámite, pero debía esperar un poco, por unos papeles. Acomodó el bastón entre sus piernas y la cartera en la silla vacía, a su lado. Extrajo un libro de su interior. Un amigo se lo había regalado hacía muy poco, era de un escritor marplatense. Su título, significativo: La aventura de narrar. Comenzó a leerlo y se distrajo. No vio la silla de ruedas, que con la mujer sentada dentro se arrimaba para ser atendida. La voz de la empleada lo sorprendió: —¡Qué coincidencia, el mismo día, mes y año del señor que estuvo aquí antes que usted!
Sobresaltado se paró, el bastón sonó como un pistoletazo cuando cayó al suelo. A él no le importó. Rengueando se acercó rápidamente a la silla dándola vuelta. El azul celeste y el negro, después de tanto tiempo… volvían a encontrarse.
Juan se inclinó y con un dedo rescató una lágrima que rodaba por la mejilla de María Rosa, llevándosela a los labios. Se acercó al oído de ella y le murmuró unas palabras. La empleada, sorprendida, le preguntó: —¿Conoce al señor? —¡De toda la vida! —contestó María Rosa —Disculpe, pero estoy intrigada, ¿Qué le dijo? —¡Esta vez es para siempre!
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EL COLOR DE LA VENGANZA
Graciela Reveco- Argentina
Jueves rojo, día de reunión. Por un momento todo se le antojó rojo. El mismo camino, la indumentaria impecable y oscura, el equipo en orden y el sueño ligero para cumplir las horas de custodio. Y cerca del lugar, un resplandor rojo. Advirtió la agitación de gente huyendo y el temor de los curiosos que avanzaron como en una película en cámara lenta: grisáceos, húmedos, enmudecidos, sin nada que los detuviera hasta su propio stop de excitación. Por la mañana habían solicitado su presencia de valor, respeto, tenacidad y suficiencia. Todo eso era él. Le resultó extraña la severidad de la orden, y se sintió molesto frente al cielo empotrado que veía tras la ventana y en el ir y venir de los transeúntes con el mismo sentimiento de inseguridad y miseria. Un relámpago empequeñeció la mirada, no desde la descarga de tensión entre nubes, sino desde otro lugar más solidario, semejante al limbo, ese lugar de transición entre el Infierno y el Paraíso, que la Iglesia acababa de abolir para los que carecían de la bendición divina y no merecían ni una cosa ni la otra.
Le pareció más oportuno que irrisorio que destrabaran lo que la Teología se encargó de transmitir a través de los siglos. ¿El alma solo puede salvarse desde esa zona gris? Cosas de clérigos. Igualmente, los mellizos, sus pequeños retoños, el domingo anterior recibieron por primera vez la Eucaristía con toda esa parafernalia. En la ceremonia, el sacerdote diluyó la luz blanca que ingresaba tras los vitrales con su sermón rutinario; la falta de pan, los despidos laborales, la mano insensible de un coreano capaz de asesinar a treinta y dos estudiantes en Estados Unidos, la joven madre argentina con un disparo en la cabeza, que murió frente a los ojos alucinados de su pequeño hijo. El horror frente a la cruz y la bendición, y el sentido de la infelicidad, anacrónico giraluz capaz de acrecentar la fe para no morir en la muerte ajena, evitar la propia y conseguirlo. Sobre todo eso, conseguirlo, pero… ¿cómo hacerlo si todo se reducía a una especie de oscuro encantamiento y malos augurios?
Un día normal, y a la vez raro. Jueves de reunión. Rojo. Al despertar de la siesta no estaba seguro de nada, hasta que su mujer sentenció lo harta y aburrida de su trabajo extra por las noches. Una queja más entre los clamores cotidianos. Absorto en eso, preparó la vestimenta, se cercioró de que el arma reglamentaria estuviera en condiciones y la afirmó al cinturón sin dejar de ofrecerle una dulce caricia, como si agasajara el hábito de vida que lo retenía sobre la Tierra; protegía su destino de custodio, aunque representara el perfil más terrible de la muerte. Acompañó a los niños con una taza de té y su mujer no lo dejó salir sin el beso de despedida, que fue como un grito de angustia porque si me dejas los niños no morirán de hambre pero yo moriré de pena sin morirme, y la voz se alejó con su figura y remarcó en cada paso morirme como un eco hasta trepar al colectivo y dejarla atrás sin emitir sonidos para que los niños no supieran que vivía asustada. Hacía falta el dinero, tenía que hacerlo. No se detuvo en el Café de los Amigos, como solía hacer; pasó sin entusiasmo, pero sonrió al pensar en las veces que los acompañó y les hizo saber cuánto los necesitaba para aflojar la tensión familiar y la carga pesada de su oficio.
En medio de todo el bagaje de emociones, ya lejos de la casa, recordó que era el “aniversario” de otro jueves inolvidable, circunstancia que le llegó como una puñalada; aquel hecho programado por un niño proscrito que derramó su vida bajo el influjo de fuego de su arma reglamentaria. Detrás del cortejo fúnebre, al que no pudo faltar, lo sacudió la anatema de la madre, incapaz de reconocer que su matriz parió una mala semilla, o que la semilla creció en su útero enfermo o que el cigoto provino de un esperma desquiciado, o que nadie hizo nada para salvarlo, todo eso en una sola unidad que pudiera explicar lo inexplicable, que completara la idea precisa sobre la raíz de todas las raíces, malas y buenas en una sociedad plural. No fue él quien mató a ese niño, fue la delincuencia instalada en todos los órdenes imaginables.
Agrio sabor en un jueves de reunión. Apenado, pero a la vez con esa especie de felicidad por el cumplimiento del deber. La tardenoche comenzaba a tejer una negra telaraña y no podía faltar un vistazo a su lejana infancia. Las imágenes convergían en una misma secuencia. Alzó los ojos y la última luz del día rasgó el cielo con su marioneta infantil. Escuchó a su madre alertándolo de la lluvia y que el volantín sería polvo para el viento. No había lluvia, ni su madre desyuyaba begonias por las pocas monedas que pagarían el pan del almuerzo. Ella leía poesía luego de ser madre, esposa y jardinera, mientras su padre aserraba maderas. Y él estaba metido en ese sueño de alquerías. El corazón rupestre de los hombres continuaba siendo el mismo de cuando él era un niño empobrecido por la misma costumbre ciudadana de modificar el pan en cada mesa, porque eres pobre tienes hambre y porque eres niño te doy mis migas y porque no eres nada mañana tampoco serás nada. Y continuaba siendo nada.
Sí, por un momento todo se le antojó de color rojo: la calle, la tormenta, los indiferentes, los inadaptados, en un semicírculo de almas curiosas, y la lengua de una sirena abriéndose paso para llegar hasta él. Al menos, tuvo tiempo para rememorar. Su gastada humanidad, su destino, se reflejó en una sola mirada: los ojos del animal herido, madre del niño delincuente que cayó frente a su arma reglamentaria un año atrás. Mujer decidida que lo enfrentó en ese jueves rojo de dudosa reunión y efecto aniversario para ver su sangre confundida con la lluvia, que al fin llegaba con la inevitable consecuencia de abandonarlo todo. Así, con el color de la venganza, y un solo disparo.
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NO LOS DEBIERON DESPERTAR

©Sandra Romero – Argentina
Nadie recuerda quién cerró la puerta por última vez, pero en la casa todos saben que no debe abrirse. Ese mandato nació sin palabras y sobrevivió a todo: a enfermedades, a silencios. También sobrevivió a los que ya no están, como si la casa hubiera aprendido a custodiarlo sola.
Y fue tu herencia.
Aprendiste a mirar las paredes, las manchas de humedad, cualquier cosa antes que esa puerta. Finalmente se te hizo costumbre esquivar aquel tramo de pasillo. Sin embargo, en las noches calmas escuchaste más de una vez un murmullo leve, casi un suspiro, atravesar la puerta cerrada y llegar, sostenido en la ausencia, hasta tu cuarto. Como si alguien intentara pronunciar tu nombre sin voz.
«Seguramente son imaginaciones mías» pensabas.
Y seguías de largo.
No acudías al llamado.
Hasta esa noche.
Te despertó un golpe leve. No urgente, apenas lo suficiente para interrumpir un sueño en el que no alcanzaste a ver el rostro que te miraba. Te quedaste inmóvil, respirando lo justo, sintiendo aquella presencia en tu cuarto. No amenazaba. Tan solo reclamaba atención.
Decidiste que había llegado el momento de romper el mandato.
Te sentiste convocado.
Y te dirigiste hacia la puerta de aquella habitación.
El pasillo se te hizo más largo de lo que recordabas. El aire tenía una densidad nueva, más espesa, más contenida, como si avanzaras dentro de un recuerdo tapiado. Frente a la puerta, tantas veces evitada, percibiste un leve temblor. No era sonido ni vibración. Era reconocimiento.
Algo al otro lado sabía que estabas allí.
Algo que llevaba demasiado tiempo esperando.
Algo que respiraba en silencio.
Ante tu presencia, la puerta se abrió apenas, con un susurro opaco, como si liberara una exhalación retenida durante décadas. Una oscuridad que parecía viva, tibia, expectante, cayó sobre tus ojos.
Y todo fue luz.
Te viste acariciando las maderas de la cama, las curvas de su cuerpo. Reconociste el aroma dulzón de los azahares y los jazmines guardados en los viejos baúles. Tus brazos abrazaban y se abrazaban en un vano intento de retenerla. Llorabas el llanto duro de quien sabe que no puede regresar.
Al abrir los cajones cerrados, los viste.
Ahí estaban todos.
Los contenidos. Los olvidados. Los exiliados. Los juramentados.
Los recuerdos que formaban parte de tu ser volvieron a darte vida, sustancia, corporeidad. Regresaron con la fuerza de lo que ha permanecido demasiado tiempo enterrado, reclamando su lugar. Y te atraparon.
La casa suspiró aliviada.
La puerta se cerró sin ruido.
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