CUENTOS Y RELATOS

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Cuentos Y Relatos Noviembre
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COLABORAN EN ESTA SECCIÓN

Elspeth Gormley (España) – Carlos González Saavedra (Argentina) – Jaime Hoyos Forero (Colombia) – Andrea Morini (Argentina) – Carlos F. Pérez de Villarreal (Argentina) – Sandra Romeo (Argentina) – Walter H. Rotela (Uruguay)

EL MAR Y SU LAMENTO SILENCIOSO

Elspeth GormleyEspaña

En un rincón del vasto océano, donde las olas susurraban secretos al viento, el mar sentía una tristeza profunda e inconmensurable. Este inmenso cuerpo de agua, que había sido testigo de la evolución de la vida y el surgimiento de civilizaciones, ahora se encontraba impotente ante la devastación que los humanos infligían sobre él.

El mar, antaño lleno de vida y maravilla, observaba cómo sus aguas se llenaban de basura y plástico. Las criaturas que una vez nadaban libres entre sus corrientes, ahora luchaban por sobrevivir en un entorno cada vez más hostil. Los corales, que eran jardines submarinos de colores vibrantes, se blanqueaban y morían, víctimas del aumento de la temperatura y la acidez del agua.

Cada ola que rompía en la costa llevaba consigo un lamento silencioso, un grito de auxilio apenas audible en el bullicio del mundo moderno. El mar recordaba con nostalgia los tiempos en que los humanos lo respetaban y veneraban, cuando los pescadores cantaban canciones de agradecimiento y las historias de criaturas marinas eran contadas con admiración.

Ahora, el mar observaba cómo las costas se llenaban de construcciones y las industrias vertían sus desechos sin remordimiento. Sentía la tristeza de perder a sus hijos marinos y ver cómo las playas se convertían en vertederos. Las aguas, una vez prístinas, eran ahora caminos de muerte para los que en ellas habitaban.

A pesar de su inmensidad y poder, el mar se sentía impotente. Sabía que su furia podría causar destrucción, pero no deseaba vengarse de la humanidad. Anhelaba que los humanos abrieran los ojos y vieran el daño que estaban causando. Anhelaba que volvieran a sentir la conexión con él y recordaran la belleza y la vitalidad que una vez habían compartido.

En su tristeza, el mar decidió que, aunque sus lamentos parecieran en vano, seguiría enviando mensajes a través de sus olas. Cada gota de agua, cada susurro del viento, llevaba consigo una súplica de esperanza. Porque, aunque el mar se sentía solo en su dolor, sabía que en algún lugar, había corazones humanos que todavía escuchaban su llamada.

La verdadera belleza del mar reside en su capacidad para regenerarse y sostener la vida. Si escuchamos su lamento y respondemos con acciones responsables, podemos devolverle la vitalidad y la alegría que una vez tuvo. Es nuestra responsabilidad y privilegio cuidar del mar, para que futuras generaciones puedan disfrutar de su esplendor y aprender de su sabiduría.

El mar, en su infinita paciencia, aguarda el día en que la humanidad despierte y vuelva a cuidarlo como antes. Porque sabe que, juntos, podemos restaurar la armonía perdida y devolverle al mar la sonrisa que alguna vez había brillado en sus aguas cristalinas.

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LOS NIÑOS DE SIRIA

Carlos González Saavedra – Argentina

Soy Roy Mitchel, trabajo hace mas de treinta años como fotógrafo profesional. El diario me envió a Alepo un día antes que empezaran otra vez, a bombardear.

Compartí en las afueras, si así, se puede llamar, en una ciudad destruida, un lugar con una habitación y un baño, juntos a dos colegas. Periodistas, un Español Alfredo Espinoza y un Alemán Helmut Bachman. Instalados donde dormíamos como podíamos. La habitación de tres por dos. El baño muy precario. No podía ser de otra manera.

Al día siguiente, una camioneta Toyota, con tres soldados en la caja pertrechados nos traslada al Noroeste , para estar mas protegidos, pero las imágenes de espanto anularon mi sensibilidad. No podía ser sensible, debía ser fuerte y sobrevivir.

Tenia experiencia en mi vida pero esta no me la esperaba.

Tome fotos, muchas de lo que pasaba, estuve en hospitales recién bombardeados, calles intransitables niños y enfermos desplazados junto con la población civil. Horror de una guerra por el poder, nada mas.

Escuche a un dirigente político decir -¿Porque usar suelo Sirio, para pelear?-. Ni siquiera había tiempo de contestar.

Estaba devastado, no encontré la belleza en ninguna de mis fotos. Ninguna mirada compasiva, solo preguntas o súplicas. Nunca me imaginaba un alemán llorando, esa noche después de un día terrible, Helmut lloró, como un chico, desconsoladamente. Sus manos temblaban tanto que no podía escribir. Solo puso de título “Esto es lo que pasa en Alepo”

Alfredo con mas años, hizo una nota a un anciano refugiado en un rinconcito, debajo de un techito, absolutamente vulnerable. Aseguraba: «Acá nada me va a pasar, así los dispuso Alá». Su deseo, era su única esperanza.

Por mi parte habia mandado imágenes por demás del horror en un solo día. Era muy difícil encontrar algo positivo, esperanzador. Miraba a los niños los mas perjudicados, los que sufren, los que piden ayuda. Como fotógrafo profesional tenia la obligación conmigo mismo de mostrar algo que llevara una ilusión una mirada de amor.

Mi hermana directora de una editorial en Vancouver, me pedía fotografías, aunque sea una, de los lugares que me mandaba el diario.-Tiene que ser esperanzadora, sino no mandes nada. Me admiraba por eso me exigía

Entre los escombros encontré tres hermanitos que al verme, vinieron corriendo.

Uno de ellos, el mas chico, muy simpático, reía siempre. Vivía esa vida como una aventura. Sus hermanas entre risas preguntaban si las adoptaría.

Me dejaban sin palabras. Mi silencio me abrumaba.

Pude mandarle a mi hermana una foto que lo decía todo: una de las nenas con su mirada preguntaba: ¿por qué? Otra un poco mas seria, pero no tanto aseguraba: ¿Me vas a adoptar, no?¡No tenemos familia! El mas sonriente nada me pedía solo con su mirada me lo decía todo:-¡Todo estará bien! no te preocupes. Solo le faltaba guiñarme un ojo.

Así lo pensé, así me lo mostró su corazón ¡Asi me enseño a vivir!

Por su parte mi hermana en la revista de Vancouver puso la foto de ellos diciendo:

“No hay espanto que pueda, con la mirada esperanzadora de un niño”

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EL SEÑOR SABELOTODO

Cuento original de W. Somerset Maugham

Versión libre de Jaime Hoyos Colombia

No siempre la tranquilidad llega cuando más la buscamos.

Llevaba muchos meses, posiblemente diez u once, desarrollando un enorme trabajo como corresponsal de guerra en Alemania, es decir, entre los enemigos, los disparos, las bombas, los espías.

Ahora comenzaba a gozar de una semana libre de trabajo, para reponer fuerzas. Para ello -con tan poco tiempo- nada mejor que una travesía en un trasatlántico de lujo.

Pero, oh mala suerte. El barco estaba lleno, todos los pasajeros -¿Quieren creerme?- iban acompañados de sus esposas, o sus hijos o sus amigos. No había un solo camarote libre para mí solo, así que acepté compartir -ya no había tiempo para cambiar los planes- con otro viajero, tal vez de la misma edad, calvo, muy buen hablador y demasiado instruido en todas las ciencias y las artes. Eso estaría bien, si no se metiera en todo. No solo todo lo sabía sino que enseñaba toda su sabiduría, a todos y a toda hora. Era abominable. Lo llamaban “Sabelotodo”, él lo sabía desde luego y créanme que hasta se ufanaba de ello. Me caía mal, muy mal.

Me hablaba de geografía, de historia, de música, de pintura, hasta la una o dos de la mañana. Sabelotodo era insoportable.

Un día, la simpática pareja de la mesa del comedor -mesa con ocho sillas ocupadas- quedaron frente a nosotros. Él, muy agradable, era ingeniero de petróleos en Francia, desde hacía un año. Como tenía que vivir en las construcciones petroleras marinas, había dejado a su esposa desde hacía un año en su apartamento de Nueva York y ahora disfrutaban juntos de unas buenas vacaciones. Ella era un encanto de mujer, bella y simpática, y los dos gozaban plenamente, después de un año de separación forzosa, en una unión matrimonial que no pasaba de unos pocos años y aún no tenían hijos. Se veían dichosos.

Sabelotodo, mirándola -ya hemos dicho que era muy bonita- dijo:

-Qué hermoso collar de perlas luce usted. Me atrevo a decir que son auténticas, no cultivadas, sino legítimas.

Ella se sonrojó, se puso nerviosa e instintivamente trató de ocultar parte del collar entre su pecho.

Sabelotodo, agregó alzando el tono de su voz: -Señora, usted pagó no menos de quince mil dólares por su hermoso collar. Es precioso y de perlas legítimas.

El marido soltó una sonora carcajada y dijo en tono fuerte:

-Ja, ja, ja. Si está tan seguro de que son perlas legítimas, amigo Sabelotodo, le apuesto quinientos dólares.

-Acepto -Contestó el que todo lo sabe.

Entonces, el esposo de la señora, agregó:

-Señor Sabelotodo, qué equivocado está usted. Así que ganaré la apuesta. Son perlas de fantasía. Un día antes de abordar, en Nueva York, mi mujer adquirió el collar en una tienda de fantasías cercana al apartamento, por solo 18 dólares.

Murmullo general. El ambiente estaba tenso.

-¿Quisiera usted, señora -le preguntó el sabio- permitirme por un momento el collar?

-Sí señor -contestó ella a regañadientes, buscando el broche y después de un minuto, dijo:

-Qué pena, no pude soltarlo.

Pero su marido, visiblemente emocionado por la apuesta, buscó el broche alrededor del cuello de su linda esposa, y soltándolo entregó el collar al sabio.

Sabelotodo lo tomó cuidadosamente, lo miró largo rato, mientras una sonrisa apareció en sus labios.

La hermosa señora, que aún sin el collar seguía viéndose muy linda, miraba a Sabelotodo, lela, con cara de angustia. No entiendo cómo su esposo no se dio cuenta de esto.

Y Sabelotodo, que ya iba a exclamar con toda la euforia de un ganador, “son legítimas”, al ver la angustia en el rostro de la señora, se tomó varios segundos, acaso quince, y dijo con seriedad:

-Señora, su esposo tiene razón: las perlas no son legítimas, sino apenas una muy buena imitación.

Devolvió de inmediato el collar a la señora, sacó cinco billetes de a cien dólares y pagó la apuesta al ganador.

A la mañana siguiente, muy temprano, cuando yo me afeitaba -Sabelotodo aún no se levantaba- oí un ruido de algo que pasaba raspando la puerta por debajo. Era un sobre dirigido al señor Sabelotodo. Lo recogí y lo entregué. No había dentro del sobre ninguna esquela, ninguna explicación, ninguna firma… Solamente quinientos dólares.

Mientras se levantaba, Sabelotodo, a quien a partir de ese momento comencé a apreciarlo, comentó:

-Si yo tuviera una linda esposa en Nueva York y tuviese que pasar un año, trabajando en París, no cometería la tontería de dejarla sola.

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EL RETORNO

Andrea Morini – Argentina


Camino sin rumbo, en la noche neblinosa del insomnio. Percibo formas que me persiguen, susurrantes, amenazadoras, que evaden misteriosas, la mirada vacilante.
Tengo miedo, visceral y profundo, pero sigo adelante, con la certeza de que mis pasos me guiarán al hogar perdido, dónde esperan mis padres, ansiosos, el retorno.
No les avisé que regreso, no pude calmarles el dolor de la espera, tan solo la sorpresa en sus rostros valdrá los pesares acaecidos en el peregrinar hasta su regazo.
Ante cada pisada siento la respiración de los monstruos acechando, sabedores de su poder para entorpecer el camino.
Me sobrevuelan reminiscencias del joven que fui, mi habitación en la parte superior de la casa; recuerdo a mí madre poniendo sábanas limpias en la cama, acomodando mi revuelo juvenil.
Todo debe estar como antes de mí partida, el tiempo congelado en aquella lejana noche en que fui arrancado de su tibieza, la música sonando, mientras en los rostros demudados de los míos se anclaba el terror ante la violencia que se enseñoreaba en la casa.

Hace tanto tiempo que me fui, que he olvidado los aromas cotidianos, las risas y palabras compartidas, todo aquello que habla de nosotros.
Mí hermano, el pequeño, debe ser bastante mayor ya. «¿Se acordará de mí?»
La noche se cierne profunda, plomiza, los pasos retumban en el empedrado, cuando, al fin, entreveo la casona familiar.
El corazón se acelera y casi no puedo respirar, es tanta la emoción que me embarga.
Avanzo rápido hacia la luz que percibo en el zaguán, aún las sombras me protegen. Tanto horror me ha calado hasta el alma, no logro desembarazarme de él.
Continúo aproximándome, debo asomarme al resplandor de la única farola que ilumina esa parte de la calle. Observo, a través de la ventana, a mí madre trajinando en la habitación del primer piso, intuyo el color de la ropa de cama que coloca. Celeste, cómo siempre me gustó, el gesto me acaricia el espíritu.
Decido seguir adelante, ya nada falta para estar en sus brazos protectores. Me entrego a esa sensación, cálida, placentera.

Dejo atrás la zona de penumbras, cuando alcanzo a escuchar, una vez más, aquella voz pétrea, urgida de autoridad, que grita —¡Alto! Pero… es tanto el deseo de volver que doy otro paso.
Desde el piso percibo, hoy como entonces, el grito desgarrado de mi madre, mientras una voz cavernosa susurra algo que no entiendo.
El ciclo se repite inexorablemente.
Una última lágrima se derrama por mi mejilla.
Luego todo termina: la noche, el miedo, las luces, el dolor y la vida.

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TRIBUTO

Carlos Pérez de VillarrealArgentina

La tarde desapacible, se hizo más sombría aún cuando comenzó el crepúsculo. Las nubes bajas corrían como en estampida, y de golpe, la llovizna se transformó en lluvia, feroz, con un viento arrachado. Desde la pequeña elevación, podía verse parte del camino. Por él, velozmente se divisó al jinete que corría anhelante. Su cabalgadura, un regio percherón, llevaba los ijares rojos por la sangre de las lastimaduras. Las espuelas habían hecho su trabajo, pese a la malla metálica que cubría el lomo del animal. Los cascos levantaban a su paso pedazos de barro que lanzados como proyectiles, volaban por el aire cayendo varios metros más atrás; mientras que la baba colgante de su belfo, demostraba sus últimos esfuerzos.

Sobre un fondo de montañas inmensas, el castillo se divisaba aún bajo la lluvia. Sus muros, enormes, daban la impresión de fortaleza. Era un poder material dentro del contexto natural que lo rodeaba. El mensajero cabalgó rápido por el puente levadizo de madera que salvaba el fos -pestilente por el agua estancada y los deshechos que contenía-, y entró raudamente por la puerta abierta, dejando atrás el rastrillo. Antes que su cabalgadura se detuviera, desmontó de un salto pese a la armadura con que contaba y se dirigió al primer paje que salió a su encuentro. Su orden fue tajante: —¡Sacadle los arreos, limpiadlos, llevad el caballo al foso y matadlo! No vivirá mucho más, está reventado.

Tambaleándose por el cansancio, cruzó el Patio de Armas y se dirigió a la Sala Militar que tan bien conocía. El Capitán de la Plaza lo estudió con detenimiento: —¡Comandante estáis deshecho!—exclamó. —¡Eso no tiene importancia! —contestó el jinete— ¡Llevadme ante el Rey, rápido, traigo un despacho muy importante que debo entregarle!

La Torre del Homenaje se encontraba silenciosa. Por un ventanuco mal cerrado, se colaba el agua fría de la lluvia, que el viento hacía volar. En la sala principal, un inmenso hogar prendido, daba una sensación agradable de calor. El humo que a veces remolineaba fuera de la chimenea, hacía sentir el seductor olor de la madera quemada. El Rey estaba sentado en un sillón inmenso de madera. Cubierto con sus vestimentas matinales, abrigado, el calor del fuego le hacía sentir somnolencia. Pero no era solamente la situación; la noche anterior no había podido dormir casi nada. El mensajero le había traído la noticia esperada, pero no por eso deseada: el juego se llevaría a cabo exactamente dentro de diez días. El juego de Ajedrez Viviente, al final se realizaría.

Era la forma que había establecido con su oponente, el Visir Abdul Al-Mohardín, para dirimir los territorios pretendidos por ambos. En un lugar a determinar, se armarían los 64 escaques, disponiendo las piezas humanas: Reyes, Reinas, Caballeros, Alfiles, Torres y Peones. Pero estaba en juego algo más que un simple entretenimiento para dirimir la posesión de una comarca. Se había convenido que la pieza tomada debía ser eliminada, ponerla fuera de combate. En definitiva: matarla. Era la manera de evitar un enfrentamiento de dos ejércitos que dejarían miles de muertos y devastación de poblados. Y además, conformaría el ansia de muerte que todos llevaban dentro. Se vivía una época dura. Pero de alguna manera, por primera vez en muchos años, los reyes resolverían personalmente sus intereses.

Eligió cuidadosamente a los peones, por su bravura. Sus alfiles caballos y torres fueron seleccionados por sus condiciones estratégicas, su tenacidad y orgullo. La Dama, su Reina, su consorte, fue excepcionalmente instruida. Sabía que el sacrificio de algunos de ellos sería inevitable, pero estaba seguro de ganar. Tenía conciencia que jugaría muy bien, pero siempre estaban las circunstancias adversas. ¡Si sabía él lo que era eso! Su reinado llevaba ya veinte años.

Se decidió entre ambos monarcas, usar un lugar especial para el juego. Una colina plana que quedaba casi a la misma distancia de ambos reinos. Cientos de hombres de ambos bandos la alisaron, armaron el gigantesco tablero blanco y negro, y colocaron las tiendas para todas las comitivas. Una pequeña ciudad totalmente abastecida surgió de la nada, en muy poco tiempo. De un lado la bandera negra con la cimitarra blanca en el medio, determinaba el lugar de Abdul Al-Mohardín. Del otro lado, la bandera blanca con la rosa roja. Era su distintivo. Nunca supo realmente por qué la eligió como su estandarte, tal vez por la sangre derramada en las luchas de conquista, tal vez porque era su color favorito, tal vez porque la planta tenía una flor hermosa pero su tallo estaba lleno de espinas, como la vida. Tal vez…

Llegó al lugar un día antes proponiéndose estudiar largamente sus jugadas. Esa noche no descansó mucho. La tensión lo desvelaba, hasta que al final el sueño lo venció. El sonido de una trompeta sonó clara en el amanecer neblinoso. Se despertó, su mente voló y automáticamente, por instinto, se preparó; física y espiritualmente. Había mucho en juego.

Se encontraron en el tablero. Cada uno de los personajes tomó posición. El nerviosismo por ambas partes se sentía, casi palpable. Estaba en juego la vida de cada uno de ellos, y más que eso, la vida del reino. Le llamó la atención la belleza de la Dama negra. Una piel morena, delicada. Ojos rasgados, exóticos. El pelo azabache cayendo lacio entre sus hombros. Una verdadera vestal.

Se sortearon las piezas y cuando obtuvo las blancas, se sintió eufórico: tenía la iniciativa. Comenzaba bien… ¡No podía perder!

P4R (Peón 4 Rey) fue su primera jugada, luego vino el desarrollo. Caballos y alfiles afuera, torres en posición, enroques -para él, corto, para el Visir, largo-, hasta que se detuvieron al mediar la partida. Aquí había que jugar con cuidado, un error sería fatal.

Estudió largamente sus próximas jugadas y la de su oponente, hasta que al final se decidió. Peón por peón, caballo por peón, alfil por caballo, torre por alfil, torre por torre… y las jugadas se hacían cada vez más frenéticas. Las piezas tomadas inmediatamente que salían del tablero eran ejecutadas. Las lanzas se tiñeron de rojo, las espadas entraban y salían de la carne humana y la pila de los cuerpos iba en aumento. El suelo de tierra comenzó a cambiar de color. El olor a sangre inundó el ambiente. Un rayo cayó estruendosamente seguido del retumbar de los truenos que desgarraban el cielo. Una tormenta se precipitaba sobre la zona. Pero en ese preciso lugar, la muerte reía. Parecía su obra maestra.

Miró por un momento el juego y vio «su jugada». La dama contraria estaba a su alcance… ¡Dama por Dama! De costado observó como un cuchillo penetraba en el pecho de la belleza negra. Observó su rostro y vio en sus ojos resignación… y triunfo. ¡Y de repente se dio cuenta!

La celada preparada por su rival había dado resultado El alfil negro corrió por la diagonal de su color y parado en A4 exclamó ¡JAQUE! Se corrió al costado, al lado de su peón. La Torre negra entró en 8 y profirió ¡JAQUE! Se movió al único lugar disponible. El caballo negro saltó y exclamó con un grito espeluznante: ¡MATE!

Salió tambaleando del tablero aún perplejo. Solo atinó a levantar la vista para ver a su ganador. Una cimitarra negra, como un tizón del infierno, le cercenó la cabeza. Esta, aún con el rostro desconcertado, rodó hasta los pies de la Dama negra… como un tributo.

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DERECHO DE AUTOR

Sandra RomeoArgentina

Ella cerró el libro y quedó perpleja. Pensando. Alterada. «No puede ser», la vio decirse, «no puede terminar así».

La veía pensar y repensar la historia, incapaz de digerirla, de aceptarla. «¿Y si en vez de muertas están dormidas?», eso es, dijo con un soberbio gesto de triunfo, «están dormidas, no, mejor aún, están drogadas, seguramente eso quiere decir el escritor. ¡Y por supuesto no fueron violadas!».

Una ráfaga de impotencia me envolvió y reconozco que mi voz sonó un tanto alta al reclamar mis derechos de autor. Esta lectora, mi lectora, bastardeaba mi obra, denigrándola, quitándome toda posibilidad de ser el padre de mis personajes. Ellos viven y mueren según mis designios más profundos, aquellos que nadie se anima a reconocer. Los de la bestia.

La veo levantarse del cómodo sillón, correr las cortinas y vislumbrar en las sombras del exterior a mis personajes. Desde un remoto pasado le llegan sus voces ahora encontradas dentro de las páginas de mi libro. Lo sé. Por eso lo compró. Por eso de entre todos los posibles, su mano se dirigió a él…o fue dirigida.

Ahora busca, reclama con la mirada una ayuda que no sé si le llegará. Un perdón tardío. Una herida en la página para escapar de la tragedia.

Luego de encender las luces externas, acomoda la lámpara, se hace un café, mira el libro dado vuelta sobre el sillón. Lo observa desde arriba, como sopesando la historia, las palabras. Mis palabras. Está pensando si seguir la lectura o dejarla allí hasta mañana o hasta nunca.

Lo siento en mi cuerpo. Ella cree que resolvió un problema. Pero no. Lo que se le escapa es que soy un excelente escritor, muy dueño de mis historias. Y ésta no termina como ella cree. O como ella quiere. O querría.

Toma el libro decidiendo finalizar el capítulo. Las luces externas se apagan bruscamente en silencio.

Ella levanta la mirada. Sólo alcanza a pensar «no puede ser, no puede terminar así».

Se rasga la página. Caen las letras en una lluvia terminal armando los titulares del diario La voz del pueblo, edición matutina. «La mujer fue encontrada muerta y violada dentro de su casa. La policía trabaja en la hipótesis del crimen pasional».

Yo soy el dueño de la vida y la muerte de mis personajes. Ella no lo aceptó.

Y sí, podía terminar así.

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PE SALVADOR…1 (EDUVIGIS)

Walter H. Rotela – Uruguay

Ella vino de Riacho He’e… fumaba esos cigarros «poguazú» (1) que espantaban a los mosquitos cuando estábamos en el frente de batalla…. Lo recuerdo bien -asegura doña Tomasina-, sentada a la sombra de un árbol de mango frondoso. Su nombre era Eduvigis. Se cortó el pelo hasta el cuero cabelludo. En ese tiempo no aceptaban a mujeres en el frente. Las mujeres estaban en las escuelas, como niñas que ayudaban para sembrar y cosechar tabaco y alimentos para los soldados. Las de buena posición auspiciaban de madrinas, otras, con menos recursos, como yo, -comenta Tomasina- de enfermeras. Y otras reemplazaron a los hombres en los lugares de trabajo, tanto en la ciudad como en el campo.

Eduvigis siguió a su marido, al frente. Peleó como los hombres, disparando, empujando la bayoneta hacia delante y sacando el machete para hacer un corte limpio, en caso de necesidad. Cuando las balas terminaban y no había tiempo de recargar, seguía con la bayoneta o el machete.

La conocí en el Hospital Auxiliar número 7, un 3 de febrero de 1934. Hacía un calor insoportable.

Ella venía con el grupo de soldados que marchaban desde hacía varios días desde el apartado oeste chaqueño. Me tocó atenderla justo cuando casi se desmayaba por la fiebre. Me asignaron al soldado Fulgencio González. Y lo asistí de la mejor manera -sigue el relato doña Tomasina-.

Era necesario bañarlo al tal Fulgencio a fin de combatir la fiebre alta. Lo desvestí porque deliraba como un loco. Un cántaro de barro cocido y una palangana de hojalata usábamos para lavar las heridas y bajar las temperaturas a estos soldados. Los sentábamos en una silla de madera bajo un frondoso árbol y los rociábamos con un jarro. Al hacerlo descubrí sus senos apretados por unas tiras de género blanco, algodón. No dije nada y preferí hablar con el soldado, al recuperarse. Me pidió mantener el secreto.

Mi jefe conocía el tema y me exigió lo mismo. El soldado Fulgencio González era, en realidad, la señora Eduvigis, mujer de un tal Eleuterio González, soldado, el sí, que murió en manos de su mujer, en la batalla del Boquerón, en septiembre del año 1932.

Se estableció una fuerte amistad entre nosotras y mantuvimos el silencio. Cuando no se pudo proteger más dicho secreto en el hospital la asignaron nuevamente al frente y fuimos juntas, como enfermera y soldado, acompañando al contingente que llevó el presidente Ayala en octubre del año ’34.

Allí nos internamos en plena guerra y combatimos a la par, ella como soldado y yo como enfermera. Su voz ronca era el producto de fumar esos cigarros poguazú. Y sí, espantaban tanto a los mosquitos como a los posibles curiosos, de la identidad de Eduvigis. Era brava y se ganó el respeto de sus compañeros, y el mío, por supuesto.

Una noche, cuando descansábamos sorbiendo la escasa agua que teníamos, me contó porqué ella acompañaba a su esposo en esa guerra. Era el único pariente que tenía. Había perdido a su familia entera por una serie de enfermedades. Y nosotras éramos testigos de la muerte de cientos de soldados bolivianos por la falta del líquido elemento; por enfermedades vinculadas a la escasas fuente de agua buena para beber.

Dos días después, de aquella larga noche de relatos, Eduvigis se ganó el respeto, no sólo de nuestros compatriotas, sino de los desconsolados soldados bolivianos. Les servía agua, por demás racionada, a los soldados -prisioneros- que se entregaban, sumidos en la desesperación, ante la escasez del vital líquido.

«Pe Salvador» (2) la llamaban los combatientes nuestros, después de aquella heroica mañana que servía agua a decenas de sedientos hombres moribundos, a la sombra de los bosques de palmeras, entre árboles de “tatané”, “guarapubú” o “yvira pitã”.

Una patrulla de avanzada que venía de unos kilómetros al oeste relató que descubrieron cientos de botellas de bebidas alcohólicas fuertes. Algunos, al ver las primeras botellas, creyeron que eran ofrendas al «Yasí Yateré» (3) ; pronto descubrieron que fueron dejadas por los altos mandos bolivianos en su retirada. Lo que me convenció que aquella actitud de Eduvigis -y la determinación de los soldados- los salvó de la muerte segura, sea por sed u otras causas relacionadas.

Aclaración de expresiones usadas en guaraní:

1 – poguazú: cigarro grande, en guaraní.

2 – Pe salvador: nuestro salvador, en guaraní.

3 – Yasí Yateré: Duende o gnomo de la mitología guaraní

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