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Colaboran en esta sección: Antonio Camacho (Argentina), Hernando Álvarez (Colombia), E. Gormley (España), Joseph Jane (Inglaterra), Dorothy Villalobos (EEUU)

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CERVANTES Y EL IDIOMA

Antonio Camacho Gómez

Argentina

«No es permisible a una comunidad civilizada dejar su lengua desarbolada, a la deriva, al garete, sin velas, sin capitanes, sin rumbo». Pedro Salinas

En su obra La responsabilidad del escritor», Salinas expone algunas interrogantes como: ¿Tiene o no tiene el hombre como individuo, el hombre en comunidad, la sociedad, deberes inexcusables, mandatarios en todo momento con su idioma?,

Esos interrogantes marcan una posición comprometida con la herramienta más significativa de comunicación y entendimiento que poseen los hombres, que utilizan los pueblos y cuya preservación de bastardeo, la pobreza expresiva, la limitación del vocabulario, la adulteración de la norma inherente a su esencia, constituye una necesidad indispensable. Así lo entienden los constructores del idioma, desde Nebrija a Cuervo, desde Valdés, «Diálogo de la lengua», a Julio Casares, para citar a algunos gramáticos y tratadistas de prosapia directamente vinculados con la causa imperial del castellano. Ellos constituyen una pléyade de preceptistas, estudiosos e inquietos luchadores por la conservación, brillo y pureza del lenguaje común, robustecidos por la simiente vivificante de las voces americanas y abierto, pluma del alma, en el decir de Cervantes, a los términos que la ciencia, la técnica, el arte, el progreso en general, generan copiosa y permanentemente.

Pero si es lícita y conveniente la incorporación de voces nuevas a la lengua milenaria nacida con las glosas de San Millán y Silos, impulsada por el condado de Castilla, auténtica realidad política origen de una nación, y a la que el autor del Quijote, de andadura universal, jerarquizó produciendo una obra múltiple que lo sitúa a la cabeza de las letras hispanas y entre los primeros puestos de las universales, no lo es cuanto ello implica alguna forma de corruptela idiomática. Extranjerismos innecesarios, deformación de vocablos, destrucción de la sintaxis, desinterés por la prosodia, indiferencia por la ortografía son los males corrientes que muchas veces se procura justificar por pereza mental, abulia correctiva, despreocupación generalizada, intereses espurios, que también los hay.

No se trata de salvaguardar un academicismo a ultranza, de acotar el lenguaje con cerrazón purista, lo que conduciría a su empobrecimiento, o de pretender el uso de un castellano elitista, el de esa aristocracia idiomática formada por los mejores poetas de la comunidad lingüística a que se refiere Amado Alonso, sino de evitar la agresión constante que lo deteriora y lo corrompe en su calidad de bien espiritual y vehículo incomparable de relación interpersonal. Y esto es lo primordial en esta fecha en que se celebra el Día del Idioma recordando la triste jornada del 23 de abril de 1616 en que, pobre y solo, murió Miguel de Cervantes Saavedra, novelista, dramaturgo y poeta, que cuatro días antes, al dedicar las aventuras de su caballero andante al conde de Lemos, había escrito: «Puesto ya el pie en el estribo, con las ansias de la muerte, gran señor, ésta te escribo…». En realidad, el autor de las Novelas Ejemplares, cuyo cuatri centenario del fallecimiento recordamos, murió el 22 de abril de una hidropesía y fue enterrado el 23, con pocos días de diferencia de su par inglés Shakespeare, de cuya desaparición también se cumplen cuatrocientos años.

En este tiempo conflictivo por cuestiones vinculadas con la economía, la política, la inobservancia total o parcial de los derechos humanos, veintiuna naciones unidas por el lazo armonioso de una misma lengua, de un léxico común, el que cada día interesa más en países tan poderosos y diferentes como la Unión Soviética y los Estados Unidos, deben bregar por limpiarlo de impurezas que separan y degradantes formas de expresión.-

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EL DIA EN QUE GARCIA MÁRQUEZ ME ESCRIBIO EN CARTAGENA

SU LISTA DE CLASICOS IMPRESCINDIBLES EN LA LITERATURA

Hernando Álvarez

Director de BBC Mundo

Colombia

Desde hace casi 30 años, guardo en mi casa una lista de obras clásicas que Gabriel García Márquez me escribió, de puño y letra, una tarde de abril de 1995.

La historia de cómo llegué a tenerla se la he contado innumerables veces a mi familia y a mis amigos.

Es una anécdota que muestra tanto mi absoluta ignorancia como el carisma, la generosidad y la sencillez del único escritor colombiano que ha ganado el Premio Nobel de Literatura.

Parte con una pregunta, termina con la lista e incluye un delicioso helado.

Maestro, tengo que confesarle que me aburro tremendamente con los clásicos y que no he logrado leerme ninguno.

Me dijo que en su juventud él también había visto los clásicos con desdén hasta que un mentor le dijo alguna vez que nunca llegaría a ser un gran escritor si no conocía los clásicos griegos.

Me contó que cuando los descubrió se enamoró de ellos. Me habló de su obsesión por Edipo y cómo siempre lo sedujo la historia de un hombre que quiso investigar quién había matado a su padre para llegar a la trágica conclusión de que él mismo había sido el asesino.

Me pidió que hiciera un esfuerzo para sobrepasar el tedio que me generaba el lenguaje antiguo y me concentrara en las fabulosas historias que contaban.

-Y si tuviera que hacer una lista de los clásicos imprescindibles ¿Cuáles entrarían?, le pregunté.

-Hagamos la lista, me dijo emocionado mientras abría con rapidez su libreta de reportero y con un plumón de tinta negra empezó a escribir el listado que ilustra esta historia y que trascribo a continuación tal y como la escribió él:

1. La biblia

2. La mil y una noches

2a. Platón y Aristóteles

3. Odisea

3a Los filósofos ilustres. Diógenes Laercio

4. Sófocles: Edipo

5. Los doce Césares (Suetonio)

6. Plutarco

7. La divina comedia (infierno)

8. Horacio (Poesía)

9. El mío cid (Romances)

10. El Amadís de Gaula

11. Quijote

12. Poesía: Siglo de Oro español

13. Gargantúa y Pantagruel

14. Paraíso Perdido – Milton

15. Cronistas de Indias

Eso es lo que tengo.

Hasta el día de hoy me arrepiento del gran error que cometí al no haber tomado notas sobre lo que me decía de cada obra mientras la iba escribiendo. No me acuerdo de por qué usó 2a y 3a, por ejemplo. ¿Cuál era la lógica de esa subdivisión? Tampoco de por qué el número 16 quedó vacío.

Soy consciente de que esta lista que decidí compartir finalmente hoy cuando se conmemoran los diez años de su muerte, hubiera sido más útil si tuviera observaciones más precisas sobre por qué incluyó cada obra.

Quizás por ello siempre me había dado cierto pudor compartirla.

Pero hace poco, cuando vi la emoción que suscitó en una amiga bibliófila cuando la vio colgada en una de las paredes de mi casa, pensé que por más errores periodísticos que tenga esta historia que les estoy contando, algún valor anecdótico tendría para quienes la puedan conocer.

También me acordé de la gran frase que dijo el propio García Márquez cuando publicó sus memorias: “La vida no es lo que uno vivió, sino la que recuerda y cómo la recuerda para contarla”.

De la lista he leído con los años algunas crónicas de Indias, Edipo, La Odisea, pasajes de la Biblia, la Divina Comedia, las Mil y Una Noches, y algún que otro poema del Siglo de Oro.

Pero quiero creer que el autor de ese canon maravilloso e improvisado no se hubiera disgustado conmigo por no haberle dado el debido respeto a cada una de sus recomendaciones.

Eso pienso, como consuelo, cuando recuerdo otro consejo que me dio esa inolvidable tarde de abril, cuando en otra vergonzosa confesión le admití que aún no había podido leer el Quijote:

Lo que te recomiendo es que dejes el libro encima del inodoro, así cada vez que te sientes ahí lees un poco.

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LA UTOPIA DE LA PAZ

E. Gormley

España

La utopía de la paz ha sido un sueño compartido por la humanidad a lo largo de los siglos. Es una visión de un mundo donde la armonía, la justicia y la compasión prevalecen sobre el conflicto y la discordia. Aunque a menudo se percibe como inalcanzable, esta aspiración sigue siendo una brújula moral que guía nuestros esfuerzos colectivos hacia un futuro mejor.

La paz utópica no es simplemente la ausencia de guerra, sino un estado en el que todos los seres humanos viven en igualdad y respeto mutuo. En esta visión, las barreras que dividen a las personas—como la raza, la religión y la clase social—se disuelven, y en su lugar emerge una sociedad basada en la colaboración y el entendimiento mutuo.

Imaginar una utopía de paz es soñar con comunidades donde la educación, la salud y las oportunidades son accesibles para todos, independientemente de su origen. Es visualizar un mundo donde los recursos se gestionan de manera sostenible y equitativa, y donde el medio ambiente se protege y se valora como el hogar común de toda la humanidad.

La cultura de la paz utópica promueve el diálogo en lugar del conflicto, la empatía en lugar de la indiferencia. Los valores de la no violencia, la justicia y la solidaridad se integran profundamente en todas las instituciones, desde las escuelas hasta los gobiernos. En este mundo ideal, las diferencias se celebran como una fuente de riqueza cultural, no como un motivo de división.

Aunque la utopía de la paz puede parecer distante, cada pequeño paso hacia ella es significativo. Las acciones individuales y colectivas que fomentan el respeto, la tolerancia y la cooperación son ladrillos fundamentales en la construcción de esta visión. La paz comienza en el corazón de cada persona y se extiende hacia afuera, creando ondas de cambio positivo en nuestras comunidades y más allá.

La utopía de la paz nos recuerda que, aunque las condiciones actuales pueden ser desafiantes, nunca debemos perder la esperanza ni la determinación de trabajar por un mundo mejor. Es una meta noble que nos inspira a ser la mejor versión de nosotros mismos, a tender puentes en lugar de levantar muros, y a seguir creyendo en el poder transformador del amor y la comprensión

La utopía de la paz ha sido un sueño compartido por la humanidad a lo largo de los siglos. Es una visión de un mundo donde la armonía, la justicia y la compasión prevalecen sobre el conflicto y la discordia. Aunque a menudo se percibe como inalcanzable, esta aspiración sigue siendo una brújula moral que guía nuestros esfuerzos colectivos hacia un futuro mejor.

La paz utópica no es simplemente la ausencia de guerra, sino un estado en el que todos los seres humanos viven en igualdad y respeto mutuo. En esta visión, las barreras que dividen a las personas—como la raza, la religión y la clase social—se disuelven, y en su lugar emerge una sociedad basada en la colaboración y el entendimiento mutuo.

Imaginar una utopía de paz es soñar con comunidades donde la educación, la salud y las oportunidades son accesibles para todos, independientemente de su origen. Es visualizar un mundo donde los recursos se gestionan de manera sostenible y equitativa, y donde el medio ambiente se protege y se valora como el hogar común de toda la humanidad.

La cultura de la paz utópica promueve el diálogo en lugar del conflicto, la empatía en lugar de la indiferencia. Los valores de la no violencia, la justicia y la solidaridad se integran profundamente en todas las instituciones, desde las escuelas hasta los gobiernos. En este mundo ideal, las diferencias se celebran como una fuente de riqueza cultural, no como un motivo de división.

Aunque la utopía de la paz puede parecer distante, cada pequeño paso hacia ella es significativo. Las acciones individuales y colectivas que fomentan el respeto, la tolerancia y la cooperación son ladrillos fundamentales en la construcción de esta visión. La paz comienza en el corazón de cada persona y se extiende hacia afuera, creando ondas de cambio positivo en nuestras comunidades y más allá.

La utopía de la paz nos recuerda que, aunque las condiciones actuales pueden ser desafiantes, nunca debemos perder la esperanza ni la determinación de trabajar por un mundo mejor. Es una meta noble que nos inspira a ser la mejor versión de nosotros mismos, a tender puentes en lugar de levantar muros, y a seguir creyendo en el poder transformador del amor y la comprensión

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COCAINA ROSA LA PELIGROSA DROGA QUE SURGIÓ EN AMERICA LATINA

Y AHORA ESTA DE MODA EN LAS FIESTA DE EUROPA

Joseph Janes

Escritor BBC

Un coctel de drogas sintéticas conocido como cocaína rosa se ha convertido rápidamente en una preocupación importante en España, Reino Unido y otros lugares.

A principios de este mes, las autoridades españolas llevaron a cabo la mayor redada de drogas sintéticas de su historia, incautando una gran cantidad de cocaína rosa junto con más de un millón de pastillas de éxtasis. La operación se centró en redes de tráfico de drogas en Ibiza y Málaga.

Esta peligrosa sustancia se ha relacionado con un número creciente de muertes relacionadas con las drogas. La composición impredecible y la creciente popularidad de la cocaína rosa han dado lugar a llamamientos de las organizaciones europeas que buscan reducir los daños de las drogas para que se tomen medidas urgentes para abordar los riesgos que plantea.

A pesar de su nombre, la cocaína rosa no necesariamente contiene cocaína. Suele ser una mezcla de varias otras sustancias, como MDMA, ketamina y 2C-B. El MDMA, comúnmente conocido como éxtasis, es un estimulante con propiedades psicodélicas, mientras que la ketamina es un potente anestésico que tiene efectos sedantes y alucinógenos. Las drogas 2C se clasifican como psicodélicas, pero también pueden producir efectos estimulantes.

La cocaína rosa, que suele encontrarse en forma de polvo o píldora, es conocida por su color vibrante, diseñado para realzar su atractivo visual. Se colorea con colorante alimentario y, a veces, con sabor a fresa u otros aromas.

Esta peligrosa sustancia está vinculada a un número cada vez mayor de muertes relacionadas con las drogas.

La cocaína rosa, ( y todas las drogas ) no sólo destruye vidas, sino también roba sueños y esperanzas. ¡¡¡ Di no y elige vivir plenamente !!!

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ONCE DE SEPTIEMBRE

Dorothy Villalobos

EEUU

  Mi nombre es Dani y la historia que les voy a narrar la viví hace muy poco. Como todos los días de trabajo me levanté a las 5.45 de la mañana. La noche anterior los meteorólogos habían anunciado un día espectacular de los finales del verano y la llegada del otoño. Como siempre tome una ducha, bebí un café y salí por la puerta sin despertar a mi novia. Ella se levantaría algo más tarde, no comenzaba hasta las nueve de la mañana en su trabajo. Salí por la entrada del edificio en donde vivo y muy cerca en el estanquillo compre un periódico. Mientras caminaba con pasos rápidos le eche una ojeada y lo guarde en mi cartera. Ya habría tiempo más tarde para ver las nuevas y saber de los deportes. Siempre caminaba a mi trabajo a pesar de quedarme a media milla de la casa, me servía de ejercicio y saludaba a todos los vecinos y comerciantes del lugar que encontraba en mi camino a esas horas tempranas.

      Llegue y como siempre saludé a mis compañeros; siempre lo hacíamos con mucho cariño, como si hiciera un año que no nos veíamos. Esa mañana fue una de tantas. El aroma del café ya invadía los pasillos y seguí saludando hasta recoger la orden del día. Siempre que llegábamos teníamos que además de marcar la tarjeta, llenar una pequeña forma de lo que haríamos en el día. Y fue en ese momento que mi compañero, siempre alegre y parlanchín me dijo. 

–¡Oh, hombre! Que clase de día nos toca hoy, si se esto me quedo en la casa. Yo lo mire y me reí. 

–¿Qué bicho te picó? –Le pregunte; y me contestó muy serio: 

–La fecha de hoy no me gusta es 9-11. 

Y yo le dije:

–¿y eso qué tiene que ver? y Mario se quedó callado por unos segundos, pero muy pronto me contestó:

–9-11, esto me hace presentir ambulancia, policía, emergencias.

Yo, al verlo tan serio, no pude aguantar la risa y le dije: 

–Tú, un hombre moderno y joven creyendo en esas tonterías. Pero note en el fondo de su mirada algo extraño, puedo jurar que parecía miedo.

Terminamos de cargar y salimos con nuestro camión a dos cuadras del trabajo. A nosotros nos tocaba  entregar siempre, por años, en los edificios # 1 y # 7; ellos formaban parte de nuestras vidas diarias. Allí  conocíamos a todas las secretarías de muchos pisos y también a gran parte del personal. Siempre que  entraba a cada oficina, se me brindaban café, pastelitos o cualquier bocadillo acostumbrados en las  mañanas y sobre todo muchas sonrisas.

        Como soy joven y  muy alto, siempre las muchachas me estaban echando bromas. Aquel día en  particular recibí muchos piropos de las señoras, porque mis ojos se veían de un azul muy especial, y tan  temprano en la mañana eso me hizo sentir muy bien. Seguí trajinando con mis encargos y cuando termine  con ellos salí de nuevo al camión donde quedaron otros pocos mensajes y paquetes que debía entregar en el  piso 101; por eso lo estaba dejando para último, no sabía por qué pero siempre aquellos piso altos me  hacían sentir mariposas en el estómago.

      No llevaba dos minutos fuera del edificio, cuando escuche aquel ruido y sentí que debajo de mi la  tierra tembló; a mi lado empezaron a caer pedazos de cristales y papeles encendidos, personas que se  tiraban, no podía comprender lo que estaba pasando. Alguien comenzó a gritar “un avión chocó con la  torre”, “un avión chocó con la torre”; pero en mi cabeza no cabía semejante cosa, fue cuando al levantar la  vista me di cuenta de mi error; efectivamente, algo había entrado por el costado del edificio, las llamas ya  se veían por fuera, y un impulso sobrehumano me hizo regresar dentro donde momentos antes estaban mis  compañeros. Empecé a gritar, que salieran que algo horrible había ocurrido, que había fuego, gritaba por  los pasillos como enloquecido, pero algunos no me hacían caso. Empecé a llamar por los intercomunicadores a las demás oficinas de la compañía y a rogarles que salieran, pero pocos me hicieron caso.

      Salí de nuevo a la calle, temblaba de miedo, me acordaba de lo que dijo Mario, ya las calles estaban  llenas de policías, bomberos, paramédicos, la gente que se agrupaba y fui testigo del impacto del segundo  avión. Quedé petrificado, cada vez entendía menos, y entre los policías y bomberos corrí de nuevo adentro  de mi estación; ya para estos momento gritaba enloquecido, pero los jefes decían que no me preocupara, no  había peligro. Yo le comencé a rogar a Mario y otros compañeros que saliéramos, pero se mostraban  indecisos. Fue cuando Sofía, mi compañera, bastante gruesa e impedida, pidió que la ayudara, ella si quería  salir, para ella era más difícil salir si algo grave ocurría.  Y sin pensarlo dos veces, casi como enloquecido,  medio me la puse al hombro y salí lo más pronto posible con ella. Había andado un buen tramo, cuando los  bomberos comenzaron a gritar, ya estaba en la puerta y conmigo mi amiga, alguien corrió en muestra  ayuda, y la lleve como a dos cuadras de distancia, allí alguien me ayudo y yo regresaba de nuevo al  edificio, tenía que convencer a mis compañeros del peligro. 

     Pero ya no lo pude hacer, casi en la puerta un policía me empujó y me agarro del brazo como si su mano  fuera una tenaza y me dijo” corre que estamos en peligro”, yo dudaba, pero aquel hombre con una fuerza  descomunal me llevaba del brazo. Entonces comprendí que aquello era cierto. Una fuerza nunca sentida  dentro de mí me hizo volar, más que correr, unido al policía que me había salvado la vida, corría, y corría,  y fue cuando entre gritos me dijo, no mires para atrás, corre, no pares. El aire empezó a ponerse pesado, un  polvo como humo empezó a cubrirnos y corrimos con más velocidad. Pude coger del brazo a una mujer que  estaba petrificada viendo lo que venía, y también a ella la llevaba en andas. No puedo recordar cuantas  calles corrimos en medio de aquella nube que nos rodeaba, pero llegó un momento en que paramos, y aquel  hombre que me había salvado la vida, y la señora que venía conmigo nos abrazamos como viejos conocidos  y empezamos a llorar. Yo creo que de miedo, o dando gracias por haber escapado por muy poco tiempo del desastre, y por la tristeza infinita que sentíamos. En aquellos momentos todavía no me había dado cuenta  que en verdad las dos torres habían caído, no fue hasta que aquel polvo empezó a disiparse que nos dimos  cuenta de la magnitud de la desgracia. 

Recordé en aquellos momentos a mi madre y me di cuenta que si estaba por casualidad viendo la televisión  se estaría volviendo loca; ella sabía muy bien donde yo pasaba mi día. Intenté, sin resultado usar mi  teléfono, pero este no respondía, le dije al policía que también estaba como embobado, que había que  llamar a nuestras familias y decirles que estábamos bien. Y entre el polvo pude ver un teléfono callejero,  como un loco le eche una moneda. En verdad no sabía a quién de mi familia llamaba, solo sabía que era un  teléfono familiar, y sentí la voz de mi cuñada, y a grito le dije ‘soy Dani’, estoy bien, avísale a todos que  estoy bien, pero que tengo que regresar a tratar de ayudar, y acto seguido colgué el auricular. Algo similar  hizo el policía, nos abrazamos de nuevo con la  nueva amiga que lloraba desconsoladamente y se la encargamos a un grupo de periodistas que empezaban a llegar. De alguna parte apareció un pañuelo de  mujer, alguien no los dio, y lo partimos a la mitad. Nos cubrimos como pudimos la nariz y boca y corrimos  nuevo hacia aquello que quedaba de mi lugar de trabajo. Parecía que un gran terremoto había azotado  aquella parte de la ciudad. 

      En todas las caras solo se veía el dolor. Parecíamos estatuas caminando, nuestro cuerpo completo estaba  lleno de un polvo blanco que se había incrustado dentro y fuera de nosotros y que nos estaba apretando el  pecho. Sin darnos cuenta estábamos en una cadena humana, tratando de empezar a quitar los destrozos. En  mi mente la imagen de Mario, no la podía borrar, y con ella las caras de todos aquellos que aquella mañana  me saludaron y me dieron una sonrisa.

     Todo era inútil, los hierros estaban muy calientes, y el polvo y el humo no nos dejaban avanzar.  Seguidamente, aquello se empezó a llenar de cuánta ayuda aparecían por todo los contornos. El cansancio, la falta de oxígeno, me empezaron a vencer. Tenía que buscar donde sentarme por unos momentos, y fue  cuando sentí que alguien suavemente me empujaba, tratando de sacarme de aquel lugar. Mis ropas estaban  empapadas por el agua que echaban los bomberos, queriendo extinguir el fuego. Y casi sin notarlo otras  manos se unieron a las primera, y entre ambos me llevaron casi en vilo hacia fuera de todo aquel desastre.

      Hasta ese momento o mejor dicho, hasta mucho rato después fue que me di cuenta que mis manos  estaban todas llenas de heridas, al igual que mis brazos y mi cara. Fue tanto el deseo de ayudar, que no  pensé por un momento en cómo lo hacía. Allí mismo en una ambulancia me comenzaron a curar las heridas  y las quemaduras que tenía. No quería que me alejaran de allí. Solo les decía necesitaba algo de tomar y un  pequeño descanso y volvería de nuevo a mi labor. Pero una enfermera dulce y cariñosa me hizo entender  que ya no había mucho que hacer. Yo le dije que mis compañeros estaba allí enterrados, que  no importaba mi condición física, yo tenía que volver por ellos. Y fue allí, en esos momentos que pude  comprender la magnitud del desastre. Como le diría a María, la esposa de Mario, que no fui capaz de  salvarlo y a su pequeña hija que por cobarde no saque a su padre aunque hubiera sido a rastras de aquel  lugar. Lloraban sin poder contenerme, los sollozos me estremecía y comencé a temblar, nunca había  sentido tanta impotencia no tenía idea de lo que en verdad había sucedido. 

       Esa misma madrugada salí del hospital al cual me habían llevado. Mis nervios y mis fuerzas me había  traicionado, no podía regresar por el momento a el lugar del desastre. Y alguien caritativo me llevó fuera del salón de emergencias. Allí afuera me esperaba mi hermano que ya le habían avisado donde estaba, me tire en sus brazos como un niño, no podía dejar de llorar y él me abrazaba, me restregaba la cabeza, me volvía a abrazar y también lloraba. Todos los que esperaban afuera para saber algo de sus familiares, empezaron hacerme preguntas, todos querían saber de los suyos, pero yo no podía contestar ni una palabra. Les habían dicho que algunos de la compañía estaban allí. Pero estaba seguro que era yo solamente el único que estaba de todos en ese hospital. 

      Muchas de las personas que estaban allí, sobre todo madres desesperadas me empezaron a abrazar, y yo como un niño me dejaba acariciar de todas ellas. Ahora me doy cuenta que abrazaban en mi al ser amado que no acababa de encontrar, ya la gente tenía conciencia de que serían muy pocos los que como yo, salieron con bien de aquel lugar.

      Llegamos a la casa alrededor de la una de la mañana. No fue a mi casa que me llevaron, sino a la de mi hermano, y me extraño; entonces fue cuando pregunté por mi novia, ¿por qué no estaba en mi casa? ¿Por qué a la casa de José? Era que no me había dado cuenta que mi casa solamente quedaba a unas cuadras del lugar del desastre. En ningún momento me había pasado por la mente que allí también estaría todo afectado. Vi a mi novia y solo pude llorar en sus brazos. Había sido un día de fuertes emociones, mi cuerpo temblaba, como si tuviera mucho frío, y horribles pesadillas no me dejaban dormir. Pero logre sobreponerme, tenía que descansar, debía volver lo más pronto posible para poder ayudar. Pero mis manos estaban muy quemadas. No tenía ninguna noticia de mis compañeros y eso me desesperaba más.

      Pasó casi una semana, para que mis quemaduras y heridas más o menos sanarán y volví de nuevo a  ayudar, trabajaba con furia y fuerza lo que me mandaban a hacer, ya los trabajadores por contratas también  habían comenzado en la limpieza del lugar.  El área de mi hogar estaba cerrada, también allí se había  perdido todo bajo el polvo, estábamos sin lugar fijo donde vivir, pero vivos. Y fue cuando tuve valor de  regresar a mi oficina matriz que está muy cerca de lo que eran las torres. Ellos sabían que estaba mi cuerpo  bien, pero no sabían hasta qué punto psicológicamente me había recuperando. Allí pude confirmar mí  sospecha, solo yo y la compañera que ayude a salir habíamos sobrevivido de todo el grupo. Ella también se  encontraba bajo los efectos del trauma. Me sentí morir de nuevo un poco, un escalofrío recorrió mi espalda,  pero a la vez sentí un gran alivio en mi alma y pude con toda mi fuerza gritar “Gracias, Señor, por dejarme  en esta ocasión salir con vida y recoge en tu pecho a todos los que te has llevado esta vez”.  

     Hoy ya han pasado varios meses, casi tres y todavía no puedo dejar de recordar ese día; cuando cierro los  ojos veo claramente aquella mañana y en mis pensamientos aparecen aquellos rostros que tan alegres me saludaban cada día. Sé muy bien del gran vacío que dejaron entre los suyos. También conozco el dolor muy  de cerca, el fantasma de lo que pude haber hecho y nunca logré, aunque hubiera querido; yo solamente era  un hombre contra la traición de un grupo, pero, eso de cualquier manera hoy no me da tranquilidad, sé que  tengo necesidad de borrar de mi mente todos los recuerdos, por lo menos una gran mayoría. Sé muy bien  *que la vida sigue, pero la herida que llevo en el alma, todavía no la he podido cerrar. Sé que llegará el día en que pueda salir adelante con este recuerdo sin que me haga llorar, pero no la pesadilla que me tocó vivir, esa me seguirá a lo largo de toda esta vida como otras más. Creo que el día en que tenga mis hijos, desde muy pequeños les enseñare amar al prójimo, sin importarle raza, lugar de nacimiento ni relación familiar. 

      Si los hombres nos entendiéramos mejor, no habría tanta tristeza, ni madre  llorando a sus hijos, que  mueren por falta de comprensión. Al final creo que como país hemos aprendido una gran lección, no nos  podemos confiar, siempre tenemos que mirar alrededor, nunca se sabe cuando de nuevo la desgracia nos puede tocar. Y cada noche elevo una plegaria por aquellos que perdimos, por sus familiares, y por mí mismo, que hoy necesito tanta paz dentro de mi alma.                               


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