ARTÍCULOS – AGOSTO
Nota Editorial
Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada palabra es propiedad de su autor, quien la comparte bajo su sensibilidad y mirada única. La reproducción de este contenido debe hacerse con respeto, siempre citando su fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo el amparo de la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

“Donde el pensamiento observa, el faro escribe en luz.” ( Elspeth)
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Antes de comenzar…
Agosto nos trae voces que laten desde distintos rincones del mundo hispano. Cada artículo aquí reunido es una ventana abierta a pensamientos que interpelan, conmueven o despiertan. Desde la introspección más íntima hasta la crítica social más punzante, estas letras no solo informan: transforman. Porque escribir es también resistir, recordar, imaginar. Y leer, un acto de complicidad con quienes se atreven a mirar más allá.
Colaboradores Artículos
Miriam Alberganti (Argentina) — El abandono interior
Martín Caparrós (España) — La palabra odio
Ika Oliva (Estados Unidos) — Helado de coco
Elspeth Gormley (España) — Cuando el ritmo entra por el oído
Karmen Hidalgo (España) — Donde la costa no sabe qué decir
Karelia Vázquez (España) — Más perros, menos niños
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EL ABANDONO INTERIOR
Miriam Alberganti / Escritora humanista / Argentina
En el silencio de la noche, cuando la soledad nos envuelve, recordamos los momentos en que fuimos abandonados, dejados a nuestra suerte, sin una mano que nos ayude.
La vida es un quilombo, un caos, donde a veces nos sentimos solos, sin nadie que nos dé la palmada en la espalda, que nos guíe el ojo cuando algo nos sale bien.
Pero en ese vacío, encontramos formas de tapar el dolor, de olvidar el abandono, con cigarrillos, con comida, con alcohol, con cualquier cosa que nos haga sentir menos solos.
Sin embargo, esos paliativos no curan, solo tapan la herida, la hacen sangrar más, porque el dolor no se va con un curita, se necesita algo más profundo, más auténtico.
Quizá el secreto esté en frenar, en sentir, en recordar que en ese abandono lo que nos falta es lo que debemos buscar, amor, comprensión, apoyo, alguien que nos escuche.
Es hora de pedir ayuda, de buscar a alguien que nos dé un abrazo, que nos haga sentir vivos, de llorar, de gritar, de decir lo que sentimos, de pedir lo que necesitamos sin miedo.
No hay peor abandono que el que nos hacemos a nosotros mismos, no hay mayor dolor que el que nos infligimos, así que parémonos un momento, miremos en el espejo de nuestra alma, y busquemos lo que nos falta con honestidad.
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LA PALABRA ODIO
Martín Caparrós / España
Cuando un grupo confuso no tiene nada en común, nada lo acopla tanto como inventarse un odio compartido
«Dime a quién odias y te diré quién eres”, no dijo nunca ningún profeta, ningún filósofo barbudo, y sin embargo pocas frases definirían mejor los días que vivimos, las personas que somos.
La palabra odio nos viene del latín, faltaba más, pero fue cambiando con el tiempo: si al principio se refería a algo que no nos gustaba o incluso nos enojaba —inodiare es el origen de enojar— en algún momento la palabra dio el salto cualitativo necesaria, para que la Academia, tan comedida defina odio como “antipatía y aversión hacia algo o alguien cuyo mal se desea”. Y entonces todo cambia: una cosa es detestar a algo o alguien; otra muy distinta aborrecerlos lo suficiente como para desearles —si no causarles— algún mal. Allí donde la aversión o el rencor pueden ser pasivos, el odio actúa: se hace cargo de lo que piensa o siente y ataca en consecuencia.
Hay por lo menos dos odios muy distintos. El odio personal acepta tantas causas que es casi un capricho: fulano cree que mengano lo ha perjudicado en un negocio o un amor o una partida de mus y decide odiarlo de todo corazón. Son odios que, en general, no van muy lejos: la barra del bar o la mesa familiar o la oficina y se manifiestan, cuando lo hacen, en pequeñas putadas. (La palabra putada es tan hispana, tan apropiada para el odio personal: perjudicar al otro un poco, molestarlo, intrigar en su contra.)
El odio colectivo es otra cosa. Desde siempre -o algo muy parecido a siempre-, fue el mejor instrumento de control y movilización sociales. Sin grandes esfuerzos, con imaginación escasa, los odios permitieron que se formaran grupos, sociedades, y dentro de esas sociedades grupos que se unían porque odiaban más o menos lo mismo. Cuando un grupo confuso no tiene nada en común, nada lo acopla tanto como inventarse un odio compartido.
No suelen ser originales. El odio, en general, es perezoso: no hay ninguno más fácil de imponer que el odio al otro –el “otrio”– en cualquiera de sus formas. El otro, en nuestras historias, es definido por ciertos rasgos básicos: el color de su piel, sus costumbres, sus dioses y santitos. La presencia de gentes diferentes casi siempre alcanzó para que jefes sin escrúpulos consiguieran convencer a seguidores sin cacúmenes de que esos otros eran el mal y había que atacarlos, aniquilarlos si cabía.
Así, gracias al odio, se fue armando la historia. El otrio permitió y potenció los peores liderazgos. Y, en general, cuando un pueblo sufre y no consigue entender por qué, no hay nada más fácil de convencerlo de que la culpa es de esos otros y que deben por lo tanto odiarlos en todo el sentido de la palabra odio: desearles el mal, causarles el mal, hacer todo para tratar de destruirlos.
En los últimos 80 años, sin embargo, el odio tuvo mala prensa. Esa sobredosis brutal que fue el nazismo nos dejó casi vacunados y últimamente nadie reivindicaba el odio: quedaba feo, sonaba viejo y rencoroso, perdedor. Si algo ha cambiado en la última década es que el odio ha recuperado su legitimidad y su potencia. El presidente argentino J. Milei dijo hace unas semanas que “no odiamos suficiente a los periodistas” y le dio tanto placer oírse que no para de repetirlo; el futuro expresidente norteamericano D. Trump dijo en su fiesta nacional que odia a los demócratas -además de los inmigrantes, empleados públicos, chinos, mujeres y demás etcéteras-. Y, en general, hablar con odio ha vuelto a ser un gran negocio.
Ahora hay en España un partido más o menos legal y unos grupos más o menos clandestinos que ponen en escena los mecanismos más básicos, más clásicos del odio: la sinergia entre unos energúmenos con pantalla que convocan a odiar a algún tipo de otro —los inmigrantes, los infieles, los zurdos, los diversos diversos— y unos energúmenos con palos y disfraces que completan ese odio con su fuerza bruta. Su estrategia es muy simple: implantar en algunos los gusanitos de su propio odio, despertar en otros el odio contra ellos y, uno más uno, conseguir que todo el escenario sea un choque de odios: allí ganan.
No pretendo disfrazarme de hare krishna y predicar que el odio se detiene con amor: el amor no tiene nada que ver en todo esto, salvo esa variedad babosa y vergonzante que se profesan los que se reúnen alrededor de su odio. Ni amor ni odio contra ellos: la ley, nomás, que no hay nada más desalentador que perder la libertad por creerse más libre que nadie.
La libertad no tiene grados: no hay libertad cuando algunos la tienen más que otros. Ni hay libertad cuando, so pretexto de ejercerla, se recurre al odio.
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HELADO DE COCO
lIka Oliva / Estados Unidos
Despierta como todos los días a las tres de la madrugada, se pega un estirón en la cama de metal que tiene una pata coja y dan un salto, cae parada en el piso de tierra.
Destranca la puerta hecha con pedazos de tablas y sale al patio a cepillarse los dientes y a lavarse la cara con el agua fría que recibió el sereno de la noche. Corta un limón en dos, le deja caer un poco de bicarbonato y se lo pasa en los sobacos.
Se amarra el pelo en una cola, termina de ponerse los zapatos y jalar un suéter. Comienza a caminar por el bulevar principal de Los Cerezos, periferia en donde vive y sale en el primer bus que va hacia el mercado Las Golondrinas que queda en la capital. Los pilotos ya la conocen, la ven hacer el mismo recorrido todos los lunes, Julia de ocho años va a comprar la fruta para hacer los helados que vende en el mercado.
A las cinco de la mañana en punto estaciona el bus en la parada, le dice al piloto que no se vaya a ir sin ella. Julia tiene cuarenta y cinco minutos para comprar la fruta y salir despepitada a tomar el bus que, si se va sin ella, le toca esperar el que llega a las ocho y si esto sucede echa a perder el día de venta, porque no llegaría a tiempo para vender los helados y sería un gran desbalance en la economía semanal de la familia.
Ve tanta fruta fresca que la quiere comprar toda: naranjas, toronjas, pomelas, zunzas y los costales de limones color de las plumas de la bandada de pericos que pasan volando todas las tardes, camino hacia las montañas verde botella que admira desde el patio de su casa. Se imagina una su limonada al medio día cuando va a las carreras a estudiar. Pasa por la cebollera y con ganas compraba un manojo de un ciento de las galanas, le encanta la cebolla roja, las come con su papá crudas cuando hacen huevos fritos y los acompañan con frijoles parados.
El olor de los canastos llenos de nances la atolondra, lo que daría por comerse un puñado. A un costado está la venta de mora, compra dos libras. Sigue caminando, sintiendo vibrar en su corazón el alma de Las Golondrinas. Avanza a paso ligero, pero sin dejar de observar absolutamente todo lo que logran acaparar sus sentidos, los costales llenos de especias y los granos de maíz de colores variados lo mismo que el frijol. Los manojos de tuzas cuelgan de las vigas que sostienen el techo de nailon en los locales de venta de granos, al igual que las candelas de todos colores, los rollos de puros, las trenzas de ajo, la canela como la forma de las astillas que da a un quetzal el costal la señora que vende leña de encino al final de la cuadra en donde vive. Quiere comprarlo todo, especialmente las carambolas para hacer fresco para el almuerzo.
Cuando pasa por la tomatera se impresiona de la variedad de tomates, pero siempre apuesta por el tomate mandarina porque le gusta su acidez, aunque no tiene dinero para comprar, si tuviera compraría una libra para hacer chirmol para comerlo con las tortillas recién salidas del comal que echa la señora que vende tortillas galanas en la cuadra vecina. Cada lunes el viaje de Julia está lleno de colores, aromas, voces, sonidos y formas que solo tiene el mercado, un mundo en sí mismo. Un mundo que se le va quedando impregnado en la imaginación y la memoria. Un mundo que poco a poco va formando su identidad y su sentido de pertenencia. Un mercado que se convierte en la raíz que la sostiene.
Arrecia el paso porque el tiempo se le está yendo, vive enamorada de las panelas canches, un pedazo de panela con tortilla caliente es su almuerzo cuando regresa de vender helados y se alista en quince minutos para irse a estudiar en la tarde. Pero en esta ocasión no tiene dinero para comprar panela como sucede con regularidad, cosa que no evita que la señora que la vende le regale siempre un pedazo para saborear. Justo enfrente está la venta de cocos y Julia una vez más suspira al ver aquellos racimos aperchados como las rajas de ocote en manojo que venden a la par.
Pide dos cocos sazones, pero le encantaría comprar un agua de coco en bolsa y un tamal de frijol de los que venden tostados con el calor de las brasas al final del corredor. Lo que daría Julia por tener dinero para comprar un su vaso de atol de arroz en leche, con el hambre que carga se pediría dos. Por último, compra una bolsa de palillo para helados en donde venden el ocote y se va despepitada a comprar las dos libras de manía. La siguiente semana le tocará comprar la caja de banano verde para los chocobananos, después ir a la sandillera a comprar las piñas para los chocopiñas.
Siempre que pasa por el sector donde venden flores suspira y se maravilla con tanta hermosura y frescura. Saca unas cuantas monedas de la bolsa de su pantalón y les pregunta a las vendedoras que cuánto puede comprar con lo que tiene, más de alguna agarra un manojo de claveles, lo desamarra y le hace otro más pequeño que le vende. Quisiera comprar media docena de plátanos para hacerlos cocidos y comerlos con leche, pero la leche es un lujo que no se puede dar, tampoco los plátanos.
Son las cinco con cuarenta y cinco minutos y el aroma de los claveles la envuelve, la cobija y la arrulla mientras duerme de regreso en el bus para su casa. La ensoñación le durará una semana, hasta el próximo lunes que regrese a recorrer a las carreras las venas del mercadón
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CUANDO EL RITMO ENTRA POR EL OÍDO
Elspeth Gormley / España
Lo que entra por el oído, también llega al corazón. Y cuando la música degrada, el silencio se vuelve cómplice. No todo vale.
Hay letras que no solo entretienen, sino que perpetúan estigmas, reproducen violencias y consolidan jerarquías. Cada verso tiene peso, cada ritmo tiene intención. Y aunque la música nos haga mover el cuerpo, no siempre eleva el alma.
El “perreo”, nacido en Puerto Rico como parte del universo sonoro del reguetón, es primo hermano de otros ritmos urbanos que hoy dominan las pistas. Su origen está marcado por la mezcla de culturas, por la resistencia, por la calle. Pero en su evolución, muchas veces se ha desviado hacia narrativas que glorifican la humillación, el consumo sin conciencia y la masculinidad tóxica.
La diferencia sociocultural se siente en cada compás: mientras unos bailan por placer, otros sobreviven entre escombros, entre ausencias, entre luchas que no caben en una canción de moda. ¿Podemos seguir celebrando ritmos que glorifican la violencia simbólica, mientras en otros rincones del mundo se pelea por la dignidad más básica?
La música puede ser fuego —que quema, que arrasa, que anestesia— pero también faro: que guía, que despierta, que transforma. Hoy más que nunca, necesitamos letras que defiendan la dignidad —en la pista de baile, en las calles, en los territorios donde la vida se juega cada día, sin aplausos ni focos.
Porque esto es lo que escuchan miles de jóvenes y adolescentes cada día. Y cuando el mensaje se repite sin filtro, sin contexto, sin crítica, se convierte en creencia. Les hace pensar que las mujeres son solo cuerpos disponibles, que el sexo es lo mejor —lo único— que pueden ofrecer o desear. Y así, la música deja de ser arte para convertirse en espejo distorsionado de una sociedad que aún no ha aprendido a mirar con respeto.
Porque cuando la palabra se convierte en acción, la indiferencia pierde fuerza. Y cuando el arte se alía con la conciencia, el ruido se convierte en mensaje. Que la música no solo nos haga vibrar, sino también pensar. Que no solo nos entretenga, sino que nos interpele.
Porque hay melodías que pueden abrir caminos, y versos que pueden sembrar esperanza. Que el sonido no nos adormezca, sino que nos despierte. Que el ritmo no nos arrastre, sino que nos eleve.
Y que nunca olvidemos: lo que se baila sin pensar, se termina creyendo sin querer.
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DONDE LA COSTA NO SABE QUE DECIR
Karmen Hidalgo / España
Reflexiones sobre las pateras y los jóvenes migrantes
Llegan sin papeles, pero con historias. Llegan como avalancha, pero con pies fríos y esperanzas temblando. Se deslizan entre la niebla del miedo y el rumor del mar, que nunca juzga ni pregunta de dónde vienes.
La mirada migrante no siempre cabe en titulares. Todos merecen una vida digna, pero los desafíos son reales. A menudo se entrelazan cuestiones complejas: edades inciertas, documentación incompleta, vacíos legales y contextos criminales que no los definen pero los condicionan.
Los menores migrantes: brújulas rotas en tierra ajena. No siempre son víctimas inocentes ni delincuentes predestinados. Son simplemente jóvenes sin brújula, navegando en un país extraño. En España hay censados unos 14.000 menores extranjeros no acompañados. Al cumplir la mayoría de edad, muchos de ellos se enfrentan a la pérdida de protección estatal, y a un laberinto de trámites para obtener documentación y recursos para su integración. Lo que sigue suele ser la exclusión: falta de vivienda, empleo esquivo, acceso limitado a educación y servicios sociales.
Entre necesidad y naufragio: los matices del trabajo migrante La contradicción es evidente. Hoy día muchas industrias —especialmente en el medio rural— claman por mano de obra. Sin embargo, un flujo migratorio sin orden ni políticas claras no garantiza integración. El tejido social se debilita cuando las llegadas no se acompañan de una acogida responsable.
Necesitamos:
· Políticas migratorias sostenibles y transparentes.
· Proyectos de acogida con seguimiento real, no solo simbólico.
· Corresponsabilidad internacional frente a una realidad que ya no tiene fronteras físicas.
️No se trata de cifras ni de políticas abstractas. Se trata de vidas que cruzan mares, de preguntas sin respuesta, de una realidad que exige más que compasión momentánea: compromiso, escucha y visión.
Y mientras la costa busca palabras, ellos siguen llegando —como latidos flotando entre olas. Y quizás, algún día, entendamos que la frontera más difícil no es la geográfica, sino la que separa la compasión del miedo.
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MÁS PERROS, MENOS NIÑOS LAS CIFRAS QUE EXPLICAN EL AMOR POR LAS MASCOTAS
Karelia Vázquez / España
Mientras la natalidad cae en picado en la Unión Europea, el número de mascotas se dispara. En la última década, los nacimientos descendieron de 5,2 millones a 3,67 millones, mientras los perros se triplicaron. En España, hay más de 10 millones de perros frente a menos de dos millones de niños menores de cinco años. Esta transformación estadística refleja un giro profundo: los animales de compañía han pasado de “mascotas” a “familia”.
Impulsados por la soledad urbana y el debilitamiento de los vínculos comunitarios, cada vez más personas otorgan a sus mascotas atributos emocionales humanos. Se habla de “antropomorfización”: los perros llevan gabardinas de Burberry, se les receta antidepresivos como a sus dueños y se les inscribe en apps de citas como Pawmates. Una encuesta en Hungría reveló que dos tercios de los propietarios consideran a sus mascotas más importantes que cualquier ser humano de sus vidas.
La unión entre personas y mascotas ha dado lugar al concepto de familia multiespecie: vínculos afectivos que imitan la crianza tradicional. Especialistas afirman que en tiempos de hiperindividualismo, cuidar de un animal resulta más accesible emocional y económicamente que tener hijos. Y, una vez que el niño llega, la mascota se mantiene: irrenunciable, inseparable.
El auge de esta convivencia transformó leyes e industrias. En 2023 se aprobó en España la Ley de Bienestar Animal, que reemplaza “dueño” por “tutor” y permite el acceso de mascotas al transporte público. Las clínicas veterinarias son ahora hospitales con endoscopias, cardiocirugías y cuidados paliativos. El gasto anual por mascota ronda los 1.000 a 1.400 euros; muchos se endeudan para pagar tratamientos. El sector de alimentación generó 1.900 millones de euros en un solo año.
Los vínculos son tan fuertes que el duelo por una mascota es cada vez más largo y devastador. Algunas personas optan por clonar a sus animales mediante empresas como Ovoclone. Sin embargo, expertos advierten: la humanización puede afectar el bienestar animal. Ponerles ropa sin necesidad, malinterpretar un lamido como “beso” cuando en realidad pide espacio… donde los humanos ven amor, puede haber incomodidad.
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