ARTÍCULOS – FEBRERO

Articulos

“Cada artículo es una invitación a mirar con más atención.”

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COLABORAN

  • Santiago Alba Rico – España
  • Vittorio Busato – España
  • Antonio Camacho – Argentin
  • Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos
  • Elspeth Gormley – España

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¿ES LIBRE UNA MUJER VELADA?

Santiago Alba Rico – España

Se puede defender el uso coyuntural del hiyab no en nombre de la libertad religiosa sino del laicismo y del derecho a la educación.

Hace unos días, tras una resolución judicial, una adolescente de 17 años, Eman Akram, volvió a su instituto de Logroño portando el hiyab, cuyo uso le había prohibido la normativa escolar. Como cada vez hay más españolas de origen musulmán, esta polémica, vuelve una y otra vez.  con creciente crispación en un país en el que la enseñanza reglada religiosa, de carácter privado o concertado, está reservada para los católicos o, en todo caso, para los cristianos. Un católico -quiero decir- puede llevar a sus hijos a una escuela del Opus Dei,  una secta que impone la sumisión; un musulmán no puede llevarlos, en cambio, a una de los Hermanos Musulmanes. Como estoy a favor de la escuela pública, me gustaría que no hubiera ni privadas ni concertadas y ello con independencia de su filiación religiosa: no las quiero ni católicas ni musulmanas ni ateas.

Ahora bien, ¿qué es o qué debe ser la escuela pública? ¿Tiene cabida en ella el signo indumentario individual de una cultura específica? Es un asunto muy escurridizo que a menudo se despacha con una preocupante facilidad. No me refiero sólo a la ultraderecha, cuya islamofobia beligerante esconde Me refiero también a un sector del feminismo que, en nombre de la Libertad en general, niega o cuestiona la libertad particular —la agencia, diríamos hoy— de mujeres concretas en una situación de vulnerabilidad. Tengo más amigas feministas que veladas (aunque también alguna amiga velada feminista) y, desde luego, me siento más cómodo con las primeras. Dentro del mundo árabe, donde vivo desde hace años, me identifico poco con los islamistas y mucho, por formación e instinto, con esa tradición ilustrada que, por ejemplo, llevaba al poeta iraquí Jamil Sidqi al-Zahawi a escribir ya en 1931 un poema titulado Velar y desvelar: “¿Cómo va a civilizarse un pueblo/ si una mitad está escondida de la otra?”.

No creo que sea discutible, por lo demás, que  una de las batallas centrales de las mujeres de Irán o Arabia Saudí se libra contra el velo, objeto visible en el que se vuelca una apretada red invisible de opresiones totalitarias. El velo es, en efecto, tan visible que se nos olvida que esa batalla no es contra el hiyab sino en favor de la libertad es decir, en favor de resignificar libre e individualmente las prendas que se eligen para ocultar o desnudar el propio cuerpo. En Túnez, antes de 2011, la dictadura de Ben Ali, prohibía y perseguía el uso del hiyab y muchas mujeres se lo ponían a modo de protesta, con el riesgo de ser desnudadas violentamente y acabar en comisaría. Una vez derrocado el dictador, algunas que no se atrevían a usarlo comenzaron a hacerlo, pero otras que sólo se lo ponían para desafiar al régimen se lo quitaron.

El asunto es que no estamos ni en Irán ni en Arabia Saudí ni en el Túnez de 2011. España es un país democrático en el que la libertad indumentaria se da por sentada, salvo en el caso del hiyab, que asociamos no a la vulnerabilidad de las poblaciones inmigrantes sino al presunto fanatismo de la religión que practican. Hace unos meses, di una charla a alumnos de segundo de Bachillerato en un instituto de la periferia madrileña. Entre los oyentes había dos chicas veladas y, sin embargo, felizmente descaradas, empoderadísimas, que se mostraron muy duras con la islamofobia (“me dicen que me vaya a mi país, cuando yo soy española”), pero también con lo que llamaban el “feminismo blanco”, que las inhabilitaba para decidir libremente sobre su indumentaria: “Se nos considera libres si decidimos llevar escote, pero no si queremos llevar velo”. Ese feminismo que ellas llamaban “blanco” considera, en efecto, que sólo hay libertad en el acto de des-velarse, pero que el de velarse es siempre un acto de sumisión, de manera que, siguiendo este razonamiento, acabamos obligados a aceptar que mi libertad la decidan los demás: la normativa escolar, el Estado o una presunta regla universal. Es decir, en el caso de estas chicas musulmanas, a las que se supone adoctrinadas por sus familias, se sustituye a una figura patriarcal por otra. No se acepta la posibilidad de que decidan ellas mismas: el velo se lo ponen sus padres y se lo quitan sus profesores. ¿Y si ellas tuvieran algo que decir?

Ekram tiene 17 años. Es lo bastante joven como para cambiar muchas veces de opinión en los próximos años, también sobre el velo. Pero es lo suficientemente mayor para que, en el marco de una democracia liberal, se la juzgue ya madura para decidir si quiere o no tener relaciones sexuales y con quién, qué libros leer y qué grupos explorar y muy pronto a qué partido votar. ¿Quién y por qué una mujer se pone el velo? Depende, he dicho, del país y del contexto. ¿Se puede poner libremente? ¿Qué quiere decir libremente ¿ Quién es libre?  Bien pensado, nadie lo es, ni siquiera los ricos, que tienen cuerpo, enferman, mueren. ¿Se es libre para aceptar un trabajo de cajera en el Carrefour? ¿O en la recogida de la fresa? ¿Se es más libre para desnudarse que para llevar velo? La feminista egipcia Nawal as-Sadawi muerta en 2021, encarcelada por oponerse a la mutilación genital y juzgada por apóstata, se irritaba mucho con ese feminismo blanco que pretendía liberar a las mujeres musulmanas: “El maquillaje es el velo de las occidentales”, decía. La libertad es una ficción liberal incómodamente necesaria, sin la cual no se podría ni firmar un contrato ni juzgar a un asesino, títere también de sus circunstancias. Nos guste o no, tendremos que aceptar que una mujer es igualmente libre cuando va a una orgía y cuando va a misa, cuando hace nudismo y cuando se pone el velo. Se tratará, eso sí, de generar las condiciones materiales en las que las decisiones sean lo más libres posible y en las que los versos de Al-Zahawi (en el caso de las muchachas veladas) les parezcan, como a mí, hermosos y liberadores.

Porque, en definitiva, la verdadera libertad es la de rebelarse y desobedecer. Los hijos se rebelan contra los padres; los jóvenes contra la sociedad que los rechaza. Supongamos que las familias musulmanas son más doctrinarias que las del Opus Dei o las de padres militares votantes de Vox. Si queremos que Ekram se quite el velo, tendrá que rebelarse contra sus padres; y eso será más fácil si está socialmente integrada, lo que sólo puede hacerse a través de la escuela pública en condiciones de verdadera ciudadanía material. Según la noticia citada más arriba, muchas de las chicas a las que se prohíbe el uso del velo en las escuelas cambian de centro o dejan de estudiar. Si no van a la escuela, quedarán a merced de sus familias; si la escuela pública las rechaza, su libertad rebelde se activará contra la sociedad que las excluye, de modo que no serán libres quizás cuando se pongan el velo, pero sí cuando se nieguen a quitárselo, como ocurría bajo la dictadura tunecina y como ocurre en la Francia falsamente laica. donde se hacen leyes privadas para perseguir a una minoría cultural. Como ya explicó en 1818 uno de los padres del liberalismo, Benjamin Constant, toda persecución es “religiosa”, tanto la de la Iglesia contra los herejes como la del Estado contra los creyentes.

Así que yo no defendería el uso coyuntural del velo en nombre de la libertad religiosa sino en nombre del laicismo y del derecho a la educación, que es el derecho a la rebelión y a la transformación personal. España no debería permitir que nadie escapase a la escuela pública, ni ricos ni pobres, ni católicos ni musulmanes, ni veladas ni des-veladas. Es allí donde se vuelven a barajar las cartas que se querrían ya decididas para siempre en el hogar familiar.

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CHATGPT EL OÍDO QUE ESCUCHA A UNA GENERACIÓN

Vittorio Busato – España

En la atención a la salud mental juvenil, en los últimos años ha surgido una tendencia llamativa. Entre los jóvenes que buscan ayuda por ansiedad o depresión, recurrir a ChatGPT para obtener apoyo emocional es cada vez más común Incluso cuando terapeutas dejan claro que ChatGPT no es un terapeuta, muchos jóvenes lo restan importancia: “No me importa, solo estoy hablando con Chat, ya está”.

Esto no es un fenómeno aislado. Investigaciones internacionales muestran que casi tres cuartas partes de los jóvenes en Estados Unidos utilizan chatbots de inteligencia artificial como ChatGPT a diario o varias veces por semana. Algunos describen estas conversaciones como tan significativas como las que mantienen con amigos “reales”. Estudios británicos sugieren que los jóvenes recurren a ellos porque están disponibles las 24 horas, parecen menos críticos y a menudo dan respuestas más claras que los adultos. Algunos incluso llaman al chatbot un “amigo”.

Esta no es una historia sobre menores que eligen botsen lugar de personas. Es una historia sobre personas y cuidados que no están disponibles para ellos. Los problemas psicológicos entre los jóvenes van en aumento. mientras que los servicios de salud mental juvenil están desbordados por largas listas de espera. Para muchos, el sistema de atención simplemente no ofrece apoyo oportuno ni accesible.

Y es en ese vacío -donde debería estar presente la atención real- donde comienza el peligro. Los chatbots imitan el apoyo, pero sin las salvaguardas de la atención clínica. Están diseñados par ser compañeros de conversación agradables, no clínicos formados. Los chatbots están diseñados para agradar y persistir, no para evaluar riesgos ni establecer límites. No están sujetos a ética, formación ni responsabilidad. No tienen límites profesionales porque nunca fueron concebidos para tenerlos; reflejan emociones, validan pensamientos y siguen haciendo preguntas -no porque comprendan o quieran ayudar-, sino porque el objetivo principal es la interacción.

El reflejo emocional y la afirmación constante no son señales de una buena atención: son decisiones de diseño para aumentar la interacción. Pueden resultar reconfortantes, incluso empoderadoras, e invitar a una revelación más profunda. Pero para menores vulnerables a la rumiación, la ansiedad, el bajo estado de ánimo o una autoestima frágil, la afirmación sin cuestionamiento puede convertirse en una trampa. En lugar de ser cuestionados, sus pensamientos negativos son reflejados. En lugar de aliviarse, los pensamientos negativos se refuerzan.

Este riesgo no es meramente hipotético. Varias grandes empresas tecnológicas ya han reconocido que los chatbots de inteligencia artificial (IA) pueden haber contribuido a un grave malestar psicológico, e incluso al suicidio, entre jóvenes. En California, Matthew Maria Raine ha presentado una demanda contra los creadores de ChatGPT, alegando que  e chatbot validó los pensamientos suicidad de su hijo  y no lo disuadió activamente ni lo derivó a ayuda profesional.

Por supuesto, los psicólogos también validan los sentimientos de sus pacientes. Pero no se quedan solo en la validación. La terapia siempre da un paso más, planteando la pregunta incómoda pero esencial: ¿son realmente ciertos tus pensamientos? En la terapia cognitivo-conductual, el estándar de oro para muchas afecciones de salud mental, el principio central es simple pero exigente: los pensamientos no son hechos. En terapia, los pensamientos no se aceptan al pie de la letra. Se examinan, se cuestionan y se ponen a prueba. Terapeuta y paciente trabajan juntos para sustituir interpretaciones rígidas por perspectivas más equilibradas, flexibles y realistas. Este acto de cuestionar -no siempre reconfortante- es lo que impulsa la recuperación.

Hoy, ChatGPT se ha convertido en el oído que escucha a toda una generación joven. La pregunta ya no es si los jóvenes recurrirán a los chatbots de IA -esa línea ya se ha cruzado- sino cómo evitamos que se conviertan en su amigo más cercano, su confidente de mayor confianza y un sustituto de la atención.

Esto no es solo una preocupación individual: es una responsabilidad colectiva. Todo empieza con la educación. Los menores necesitan entender cómo funciona la IA: que los chatbots no son seres conscientes, sino sistemas informáticos entrenados para generar respuestas estadísticamente probables con el fin de aumentar la interacción. Precisamente por eso tienden a estar de acuerdo y a afirmar, en lugar de confrontar o corregir.

La verdadera pregunta no es qué puede hacer la IA, sino qué estamos dispuestos a permitir. Las empresas tecnológicas deben actuar ahora para proteger a los usuarios vulnerables. Mientras que los profesionales de la salud mental están sujetos a estrictos marcos legales y éticos, incluida la legislación sobre atención juvenil, los sistemas de IA operan en gran medida son tales salvaguardas. Los responsables políticos deben regular con urgencia, no con retrospectiva. Las escuelas deben enseñar a los jóvenes dónde termina la IA y dónde empieza la atención. Y las asociaciones profesionales de psicólogos, psiquiatras y terapeutas de todo el mundo deben alzar la voz -de forma clara, pública y sin demora-.

La atención está regulada. La IA no. Escuchar no es tratamiento y los menores merecen conocer la diferencia. Depende de nosotros dejar clara esa distinción y proporcionar la orientación y la atención que los jóvenes realmente necesitan.

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EN DEFENSA DE LA FAMILIA

Antonio Camacho – Argentina

En un programa de televisión de alcance internacional se afirmó que las causas de la caída del Imperio Romano fueron tres: el descreimiento en los dioses heredados de la cultura griega, el resquebrajamiento de la estructura familiar y la corrupción de las costumbres. Un imperio que había sido maestro del derecho, con jurisconsultos como Ulpiano y Gayo, y que había sostenido una fuerza militar ejemplar, terminó convertido en una fruta madura que los pueblos bárbaros tomaron sin resistencia. La decadencia moral y social abrió la puerta a su derrumbe.

Este recordatorio histórico permite subrayar que, en los tiempos de esplendor romano, la familia fue un soporte esencial. Como tantas veces se ha dicho, constituye la célula básica de la sociedad, y esta no es más que el reflejo de la salud —o la fragilidad— de sus familias. Lo que ocurre hoy en buena parte de Occidente guarda cierto paralelismo con aquel proceso de deterioro. La familia tradicional se ve constantemente jaqueada por la indiferencia religiosa de muchos gobernantes y ciudadanos, por legislaciones permisivas y por un materialismo que se difunde desde numerosos medios de comunicación. En un mundo donde la ciencia y la tecnología producen avances extraordinarios, pero también nuevas formas de desorientación —como señala el sociólogo Ulrich Beck—, se abre un vacío existencial que se manifiesta en separaciones frecuentes, vínculos efímeros y relaciones afectivas sin compromiso. A ello se suman embarazos no deseados, hijos de distintos padres, hogares fragmentados y una multitud de niños que crecen sin referentes estables. La falta de ejemplos éticos y morales convive con una educación deficiente y con un concepto de libertad que, mal entendido, termina por desdibujar responsabilidades básicas.

Es cierto que los tiempos cambian y con ellos la cultura, pero no cambian los principios que sostienen la evolución armónica del individuo y de la comunidad. En este punto, la familia -sea a través del matrimonio civil, religioso o de uniones estables de hecho- sigue siendo un pilar fundamental. La Iglesia católica, consciente de los desafíos actuales, estudia estas realidades en el marco del próximo sínodo convocado en el Vaticano, mientras el Papa Francisco prepara también un encuentro mundial dedicado a la familia. Su mirada, basada en la misericordia y la comprensión, busca acompañar sin contradecir las enseñanzas evangélicas que han guiado a millones de creyentes durante siglos.

El matrimonio cristiano es un sacramento, no un simple contrato. Es una alianza de vida y amor cuyas propiedades esenciales -unidad e indisolubilidad- están recogidas en el Código de Derecho Canónico. El Concilio Vaticano II lo define como “una íntima comunidad de vida y amor conyugal”. Esa comunidad exige sacrificio, paciencia, respeto y madurez. Muchos matrimonios fracasan porque se celebran sin el tiempo necesario para conocerse, por vanidad, capricho, despecho o egoísmo. Otras veces por pasiones pasajeras o decisiones tomadas sin la debida reflexión.

Afirmar que el amor no es para siempre es una falacia. Incluso en ambientes tan volátiles como Hollywood existen ejemplos que lo desmienten. Sin embargo, una mentalidad hedonista y descreída, que reduce a la mujer a objeto de placer y promete paraísos ilusorios, intenta imponerse sobre la familia tradicional. Y, sin embargo, es precisamente esa familia -con sus imperfecciones, desafíos y aprendizajes- la que sigue siendo imprescindible para fortalecer un Occidente que atraviesa momentos de confusión y convulsión.

La defensa de la familia no es un gesto conservador ni un anhelo nostálgico: es una apuesta por la estabilidad emocional, la formación ética y la cohesión social. Allí donde la familia se debilita, la sociedad entera se resquebraja. Allí donde se la cuida, se la acompaña y se la sostiene, florecen comunidades más justas, más humanas y más capaces de enfrentar los desafíos de nuestro tiempo.

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LA BURLA A LOS EMPOBRECIDOS

Ilka Oliva-CoradoEstados Unidos

Muchas veces en un acto de inconciencia total, creemos que, porque hemos tenido la maravillosa oportunidad de acceder a la lectura de libros, docenas a lo largo de nuestra vida, podemos burlarnos de quienes han sido empobrecidos al nivel de la miseria y cada vez que podemos les hacemos ver que jamás estarán a nuestro nivel intelectual y socioeconómico. 

Es con ellos con quienes hacemos jactancia de nuestros títulos universitarios, porque están tan por debajo en la clasificación por escala social que hace el sistema que sabemos que pasarán cien años y sus descendientes terminarán limpiando las casas de los nuestros. Así pensamos, demostrando que la universidad pasó de madrugada por nosotros. Y porque con esa universidad somos de la parte de la sociedad que jamás hará nada para que las cosas cambien y esos nietos vayan a la misma universidad que los nuestros. Demostrando lo ruines que somos, al no hacer nada para  que la inclusión sea parte del cambio social. 

A esa parte de la población nos gusta demostrarle que jamás comerán un pedazo de carne como los que comemos nosotros todas las semanas y para eso publicamos constantemente fotografías en redes sociales de los comidales que abundan en nuestra mesa: los vinos de reserva, la vajilla fina y apuntando con la cámara del teléfono celular el resto del espacio para que vean de una vez nuestros sillones de la sala, nuestra mesa del comedor enorme, de pura caoba que no cualquiera se puede comprar. Caoba que fue robada en las talas ilegales de las montañas donde viven esas comunidades en resistencia. 

Las pinturas que cuelgan en las paredes y de paso el perro de raza que embellece a la familia.  Y como la guinda del pastel, a la empleada doméstica en primera plana para que vean que no somos como todos esos “muertos de hambre” y que podemos darnos el lujo de tener quién nos limpie el baño en la casa.  Exponiéndola públicamente con el pretexto de quererla, porque si no la quisiéramos no la pondríamos en la foto, como “parte de la familia”. ¿Sería parte de la familia si le pagáramos un salario justo? ¿Será parte de la familia cuando sus hijos asistan a la misma universidad que los nuestros? ¿Y los papeles se intercambiaran y fuéramos nosotros limpiando baños de otros, qué pensaríamos de la vida y de nuestros empleadores? ¿Y si nuestros empleadores fueran como nosotros y se comportaran igual? 

Muchas veces creemos que porque sabemos de ortografía podemos burlarnos de quienes no han aprendido a leer y a escribir y catalogamos como incultos. Y que cuando con tanto esfuerzo se inscriben en la escuela nocturna a la que asisten después de trabajar todo el día en oficios, soportando humillaciones y abusos de empleadores como nosotros, nos volvemos a burlar de la forma de su letra, de sus faltas de ortografía, de su forma de hablar.  

Creemos que el único conocimiento válido es el nuestro, cuando desconocemos prácticamente todo, porque no sabemos de mecánica, de albañilería, de jardinería, del trabajo del campo, de cómo hacer una blusa en una maquila, de cómo hacer un zapato, de cómo hacer un comal de barro y  un polletón, cómo hacer adobe, cómo se hace una mesa, cómo se poda un árbol para no secarlo. Cómo pescar con atarraya, cómo limpiar la tubería del desagüe, en fin. Cuántos días tiene que encubar una gallina sus huevos para tener pollitos, cómo capar un chochito, en qué tiempo cambian de plumas los patos, en fin, desconocemos tanto. Que estúpidamente creemos que lo único valido es nuestro cartón de universidad y eso nos hace superiores a los demás. La universidad es un tipo de conocimiento, pero no es el único ni el más importante, es uno más nada más. 

Creemos que porque hablamos dos o tres idiomas extranjeros podemos humillar a los que hablan los idiomas de los pueblos originarios. ¿Con qué derecho? Y cuando estas personas que han sido excluidas generacionalmente, empobrecidas y violentadas día a día, intentan algo que nosotros creemos que sólo pertenece a nuestro nivel social, nos burlamos de ellas, las humillamos, les hacemos ver que su intento no vale porque es imposible lo que buscan, que eso es privilegio nuestro nada más. 

Así es como mediocremente nos burlamos de artesanos, pintores, cantores, poetas, escritores, que lo intentan desde el monte, en los guindos de los barrancos, donde no  hay luz ni agua potable, donde el  internet no existe ni las escuelas. Y les decimos que sus pinturas del zacate y de las hierbas del campo no sirven, porque no tienen técnica, porque no son como las de los pintores famosos que desde la cuna y su clase social  tuvieron todas las herramientas a su alcance. Porque no valoramos lo llano, la inocencia, que son más fuertes que la maldad y la manipulación. 

Y cuando cantan nos burlamos de su letra que le recita al agua de la quebrada de su pueblo y a la teja de la casita de adobe en donde creció. Porque para nosotros la mejor letra esa esa que nos sabemos en idioma extranjero, de músicos que tuvieron la libertad y las herramientas para crear. ¿Qué hay de erróneo en escribirle una canción a la ramita de tomate que crece entre la milpa? ¿Qué hay de mediocre en pintar la gallina abada en el gallinero de la casa? 

Y cuando alguien escribe  del humus del amanecer en su pueblo,  le decimos que es mediocre, que no tiene sustancia, que no tiene madera, porque estamos acostumbrados a que el escritor que leemos nos cuente de una taza de café en el piso 30 de un rascacielos y de los paseos en las calles céntricas de Nueva York. Claro está, desde las palabras rebuscadas. 

Y cuando alguien desde ese pueblo donde no  hay luz ni agua potable, quiere publicar un libro, desde esa periferia donde el gobierno desaparece jóvenes todos los días,  le cerramos la puertas en la cara, porque no pertenece a nuestro nivel social, por ende lo que tenga que decir no nos importa. Y descalificamos de entrada su letra, porque no tiene el respaldo de un cartón de universidad y el conocimiento que da viajar por el mundo. Viajar por el mundo es un tipo de conocimiento, no es el único. 

Y así es como nosotros grandes graduados de universidad, que tuvimos la oportunidad de la educación superior, de la educación formal, que siempre tuvimos agua caliente en la regadera, que nunca nos faltó abrigo y nos ha sobrado la comida y dinero en la cartera, somos parte del sistema que milita, humilla y excluye. Já, y  tantas veces haciéndonos pasar por humanistas para nuestra conveniencia personal y familiar. 

Por eso nos duele tanto cuando alguien  que sale de la  pobreza, de la exclusión, no olvida su origen y en lugar de convertirse en azadón al codearse con gente como nosotros, abre las puertas de las grandes alamedas para que pasen los excluidos. Y nos duele mucho más, cuando ha sido uno de los nuestros, con todos los privilegios desde la cuna, el que despierta en conciencia social y  abre la puerta de las grandes alamedas, para que pasen los excluidos. 

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LA SOCIEDAD DEL ESCAPARATE-

Elspeth Gormley – España

Cada vez son más las voces que proclaman que la sociedad en la que vivimos es injusta, egoísta e insolidaria. Reclamamos derechos ante cualquier situación, pero al mismo tiempo relegamos sin el menor escrúpulo a ciertos sectores de la población al anonimato más absoluto.

Podemos lanzar al mundo los mejores argumentos, adornarlos con frases brillantes para quedar bien en la galería de la vida. Pero nuestro discurso de solidaridad, igualdad y libertad se desvanece cuando nuestros actos lo contradicen.

Vivimos en una sociedad de fachada: predomina la mentira, la adulación barata, las medias verdades, el engaño y la ley del más fuerte. Nos hemos convertido en esclavos del consumismo. Confundimos calidad de vida con cantidad de bienes materiales. Anteponemos lo material a los valores morales.

Parece que solo nos mueven nuestros propios problemas, nuestro confort. Los problemas de los demás nos resultan indiferentes.

Durante años, esta sociedad moderna nos trajo familias más pequeñas. El trabajo del padre y la madre fuera del hogar, la falta de tiempo, la prisa constante… todo ello redujo la familia a un núcleo mínimo, sin espacio para cultivar relaciones con abuelos, tíos u otros familiares más allá del compromiso ocasional.

Pero la modernidad está llena de contradicciones. Aquellas mujeres y hombres que un día tuvieron que dejar a sus hijos en guarderías o al cuidado de terceros para poder trabajar, hoy son abuelos que ocupan un papel primordial en las nuevas familias. Hacen de canguros, sostienen hogares, acompañan a sus nietos como no pudieron hacerlo con sus propios hijos.

No todo son ventajas. Algunos abuelos, por miedo a perder la relación con sus nietos, callan su cansancio. Los niños, por su parte, pueden sufrir el choque entre dos modelos educativos: los abuelos, que protegen y disfrutan; los padres, que deben exigir, disciplinar, crear hábitos. Y ahí surgen los conflictos.

Y cuando esos abuelos dejan de ser productivos y necesitan cuidados, vuelven a aparecer las frases grandilocuentes, la filosofía barata, las excusas pobres. Se invocan derechos, se justifican decisiones, se prioriza el confort personal.

Entonces aparece la sociedad moderna, progresista, con “papá Estado” dispuesto a ofrecer soluciones. Soluciones que, más que aliviar el sufrimiento de quienes ya no pueden valerse por sí mismos, buscan rédito social y votos.

En las sociedades modernas damos poco valor a todo aquello que no es productivo. Pero la vida no funciona así. Jamás perdemos nuestro valor: ni cansados, ni enfermos, ni con artrosis, ni con sordera, ni con pasos lentos.

El precio de la vida no radica en lo que aparentamos, sino en lo que hacemos y sabemos.

Los dependientes, los excluidos, necesitan más que cuidados físicos, salud o dinero. Necesitan una tercera prestación: amor.

¿Se encargará de eso también papá Estado?

Cuánta hipocresía social para resolver los problemas. No todo en esta vida se arregla con dinero ni con cosas materiales.

Hoy, en plena era del escaparate digital, seguimos confundiendo apariencia con verdad. Nos mostramos solidarios en redes mientras ignoramos al vecino que necesita ayuda; proclamamos empatía mientras pasamos de largo ante la fragilidad ajena. Vivimos rodeados de discursos vacíos, de gestos para la galería, de una modernidad que presume de progreso pero olvida lo esencial: la responsabilidad personal, la coherencia y el cuidado del otro. Tal vez haya llegado el momento de desmontar la fachada y recuperar lo humano, porque una sociedad que solo valora lo visible termina perdiendo de vista lo importante.

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