ARTÍCULOS – SEPTIEMBRE

JUGADAS Y PUNTADAS: LA VIDA

Maren Alberdi – España

En la vida cotidiana, muchas personas avanzan entre decisiones que parecen pequeñas pero que definen su camino. La metáfora del ajedrez y la del paño —dos imágenes antiguas, prácticas y profundamente humanas— permiten comprender cómo cada individuo enfrenta sus circunstancias, repara lo que se rompe y busca sentido en medio de lo que pesa.
Este artículo explora esa idea: la vida como tablero y como tejido, donde cada jugada y cada puntada revelan una forma de resistencia.

En el ajedrez, ninguna pieza elige su lugar de origen. El peón nace en la primera línea, la reina en el centro, el caballo en la esquina. Cada una tiene movimientos posibles y otros prohibidos.

La vida funciona de manera similar: hay quienes nacen con más libertad, quienes cargan más peso, quienes avanzan con facilidad y quienes solo pueden moverse un paso cada vez.

Sin embargo, incluso el peón —la pieza más humilde del tablero— puede transformarse si llega al final.
Esa posibilidad, silenciosa y poderosa, recuerda que la vida no está completamente escrita, que siempre existe un margen para cambiar el destino, aunque el camino sea largo y lleno de obstáculos.

La vida también es paño. Un tejido que recibimos con hilos viejos, con roturas antiguas, con manchas que no pusimos nosotros.

A lo largo de los años, cada persona cose lo que puede: remienda un cansancio, zurce una pérdida, refuerza una esperanza.

Estas puntadas no suelen verse desde fuera. Son gestos íntimos, cotidianos, que sostienen la dignidad de quienes siguen adelante a pesar del desgaste.
En un mundo que exige rapidez y perfección, el acto de reparar se convierte en una forma de resistencia tranquila, una manera de decir: todavía sigo aquí.

La vida se mueve entre estrategia y cuidado. Entre pensar la próxima jugada y sostener el tejido que nos mantiene en pie.

Hay días en los que somos torre: firmes, quietas, observando. Otros en los que somos caballo: obligadas a girar, a saltar, a cambiar de dirección sin aviso.

Y mientras jugamos, seguimos cosiendo. Cosemos paciencia, memoria, cansancio, sueños que aún no encuentran su lugar.

Esta doble tarea —avanzar y reparar— define la vida de muchas personas que no pueden permitirse detenerse.
Personas que sostienen familias, trabajos, silencios, esperanzas.
Personas que, como tantas mujeres anónimas, viven entre jugadas difíciles y puntadas invisibles.

No importa si la vida nos colocó como reina o como peón, si el paño quedó perfecto o lleno de remiendos.

Lo que importa es haber sostenido el hilo y haber avanzado con dignidad.
Porque la vida, vista desde la raíz, no se trata de ganar: se trata de resistir con belleza, aunque duela, aunque pese, aunque el camino sea de tierra húmeda y sombra antigua.

«La vida no se mide por las piezas que movemos, sino por los hilos que no dejamos romper.»

SOMOS LOS DIRECTORES DE NUESTRA VIDA: el piano donde todos aprendemos a tocar

Elspeth Gormley- España

En algún momento de la vida descubrimos que nadie va a venir a dirigir nuestra orquesta. Que no existe un maestro oculto marcando el compás. Que somos nosotros —con nuestras dudas, nuestros silencios y nuestras pequeñas valentías— quienes levantamos la batuta y decidimos cómo suena nuestra historia.

La vida es como un piano. Tiene teclas blancas y teclas negras. Las blancas representan los días que fluyen sin resistencia: los encuentros que iluminan, las decisiones que no duelen, las certezas que sostienen.

Las negras son las otras: las pérdidas, los miedos, las noches largas, los momentos en los que la vida parece desafinada.

Pero ninguna melodía verdadera existe sin ambas. No hay música completa hecha solo de luz. No hay biografía auténtica hecha solo de sombra.

Ser director de la propia vida no significa tenerlo todo claro. Significa algo más humilde y más profundo: decidir cómo reaccionamos, qué sostenemos, qué soltamos, qué dejamos que nos transforme.

Cada persona toca su propio piano. Unos con manos firmes, otros con manos temblorosas, otros aprendiendo sobre la marcha. Pero todos, sin excepción, componemos algo irrepetible.

Hay días en los que la vida nos pide un acorde mayor, y otros en los que solo podemos sostener una nota mínima. Hay momentos en los que sentimos que la melodía se nos rompe, pero incluso entonces, la música sigue dentro, esperando que volvamos a tocar.

En la cultura del éxito rápido se nos enseña a evitar las teclas negras, como si fueran errores, como si fueran fallas, como si fueran algo que hay que esconder.

Pero las grandes melodías —las que permanecen— nacen precisamente de la mezcla entre lo claro y lo oscuro. De la capacidad de integrar lo que duele sin dejar que nos destruya. De la valentía de tocar incluso cuando la vida desafina.

Nadie puede tocar por nosotros. Nadie puede decidir qué nota viene después. Nadie puede sostener el silencio que necesitamos o el impulso que nos salva.

Dirigir la propia vida es un acto íntimo, a veces solitario, a veces luminoso, siempre profundamente humano.

La vida no es la música que suena, sino la que seguimos tocando cuando las teclas negras nos reclaman el alma.»