CARTAS – JUNIO

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ENTRE TUS PÁGINA Y LAS MÍAS

«Las cartas guardan los latidos de lo que nunca se dijo, de lo que el tiempo no quiso olvidar y de lo que, al fin, encuentra su voz.»

Separador-dorado

María Elena Camba / Argentina

¡Pasó tanto tiempo! ¿Cómo resumir mi historia? Casada por 25 años, dos hijos y un nieto. Y la misma necesidad de verte, el mismo temblor en mis manos al intentar escribirte, palpitaciones en el pecho al evocar nuestra vida y ese amor a la distancia. De novela nuestro noviazgo y también este reencuentro. Todo volvió a la memoria cuando fallecieron mis padres. La vida se quebró en mil pedazos y me encontré recordando mi infancia, la adolescencia, los viajes a Córdoba para verte. Y mamá acompañando esas escapadas, haciéndonos “el aguante” como dicen por aquí. Una chica sola a esa edad no podía viajar a visitar a su novio, estaba mal visto. Teníamos sólo 16 y 20 años.

Nos conocimos en Villa Allende, íbamos todos los años a veranear. Vos de Córdoba y yo de Buenos Aires. El mismo grupo de amigos en vacaciones. Y entre cabalgatas, guitarreadas y asados, surgió esa atracción tan fuerte. Fuiste mi hombre, el que se llevó el recuerdo de las primeras noches de amor. Tantas cartas fueron y vinieron de Córdoba a Buenos Aires. Ochocientos kilómetros unidos por palabras compartidas. Todas las semanas nos escribíamos. No había celulares y las llamadas de larga distancia salían muy caras. Era más fácil plasmar los sentimientos sobre el papel que en una comunicación telefónica .Así fuimos forjando entre palabras una relación apasionada.

No pude tirar tus cartas cuando me casé. Las llevé conmigo resguardadas en lo más profundo de mi armario. En los momentos de soledad, cuando estaba triste, me refugiaba en esos mensajes de amor, recordaba el logotipo que habías dibujado con las iniciales de mi nombre, sentía nuevamente el aroma a jazmines y madreselvas del jardín de Villa Allende y nos veía abrazados contando estrellas fugaces bajo la luna.

Cuando te recibiste pensé que vendrías a Buenos Aires a vivir, que me propondrías casamiento. Pero decidiste viajar a Europa por un año. Se quebró algo dentro mío. Mezcla de orgullo herido por el abandono y de decepción. Pero eras libre, quizás lo que amé siempre en vos fue esa libertad, el no sentirte atado a nada. A tu regreso hubo un verano más en Villa Allende. Viniste a visitarme, intentaste besarme como si nada hubiera pasado pero yo guardaba el rencor del año de soledad y no pude aceptarte.

No hubo más veranos con aroma a jazmines ni besos como los tuyos. . No hubo más cartas de amor como las nuestras Sí otros novios hasta que conocí a mi marido. Y seguí el mandato de toda mujer. Me casé. Y al año me enteré que vos también te casabas.

Nunca logré olvidarte. Pero no puedo ponerte esto en el mail que te estoy escribiendo, lo borro, estoy tan nerviosa que ya ni me acuerdo dónde está la tecla para suprimir. Aquí la encontré, eliminado. Si fuera tan fácil borrar los recuerdos como lo hacemos con el teclado de la computadora.

¡Cuánto camino recorrimos para llegar a este momento! Yo con 50 años y vos con 55. Vos viudo y yo divorciada. Y un mensaje de pésame por la muerte de mamá. Otra vez las palabras nos unen a la distancia. Pasaron tres meses hasta que pude pensar en tu cariñosa esquela. Busqué en Google tus datos. Fue fácil encontrarte. Te escribí un mail y me contestaste enseguida. Intercambiamos fotos. Tu cara surgió con la mirada inconfundible que tanto amé y tus ojos azules tiñeron de ilusión tanto dolor. Ausencia y abandono. Mi divorcio y la muerte de mis padres. Tu viudez repentina.

Me pediste el número de teléfono y ese mismo día te lo envié por mail. Cuando sonó el fijo de casa corrí a atender desde mi cuarto y cerré la puerta como cuando adolescente. ¡Esa voz! A borbotones surgieron sentimientos encontrados en el medio de las palabras. Y continuaron los mails hasta ayer. Decidiste venir a Buenos Aires a verme. Me pediste la dirección. Y ahora estoy en mi correo reescribiendo nuestra historia. Diciéndote que tengo ganas de verte con la mayor formalidad y corrección que amerita a una mujer de 50 años. Quizás podamos construir algo juntos. Sin cartas ni mails mediante. Si la vida nos brinda una segunda oportunidad de querernos. Mañana, cuando llegues.

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CARTA QUE NUNCA FUE ENVIADA

Libia Beatriz Carciofetti / Argentina

Te invito a estar en mi vida sin pretender que te quedes para siempre, Té invito a permanecer a mi lado. Sin incitarte a que firmes un contrato de permanencia. Té invito a que me acompañes en mi viaje de sueños… Sin que te sientas obligado a seguir soñando conmigo. Té invito a mirar el sol ocultándose en un atardecer… Sin tener necesariamente que sentir el mismo éxtasis que yo. Te invito a levantar los ojos al cielo para agradecer a Dios sus bendiciones… Sin que esto te involucre a tener el mismo credo. Te invito a correr tomado de mi mano por el parque .Sin pretender que te mojes con el mismo rocío. Te invito a remar cuesta arriba en el río de la vida… Sin exigirte que tomes un remo para ayudarme, solo quiero que me atiendas cuando digo que tengo mis brazos cansados de tanto remar sola , lo comprendas y no lo cuestiones. Te invito a la función diaria del Circo de esta vida… Sin implicar que esto te cause gracia, al ver tantos payasos vestidos de personas honorables y santas. Te invito a mi corazón esperanzado de cambiar el mundo… Sin que esto te implique a ti decir: «gracias», «lo siento», «te quiero», «perdón»… ¿me necesitas?… ¡estoy aquí!!… ¡eres muy importante para mi !Te invito a que me oigas dar gracias a Dios, por haber enviado a su Único Hijo al mundo a morir por mis pecados en una cruz…. Sin que esto te obligue a juntar tus manos y orar. Te invito a sonreírles a los niños sin hogar, a los discapacitados, a besarlos y amarlos… Sin que te sientas en la obligación de darles una limosna de tu tiempo y de tu dinero. Te invito a desplegar las alas de la fantasía…. Sin que ello te obligue a volar en mi misma dirección. Te invito a cantar una canción… Sin que esto te obligue a aprender la letra ni la melodía de memoria .Te invito a entrar en mi corazón… Sin que te sientas presionado a quedarte a vivir en él. Te invito a mirar juntos el futuro con esperanza… Sin pretender con ello que tengas mis mejores objetivos. Te invito a entrar en mi memoria y recorras mi pasado…. Sin que necesariamente me cuestiones ¿por qué no estabas ahí? Te invito a que leas mis poemas de amor…Sin que necesariamente debas darme una opinión sobre ellos. Te invito a que seamos uno, pero en dos cuerpos…. Sin usurparnos, sin asfixiarnos… Solo por amor.

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CARTA QUE NUNCA ESCRIBÍ

Carlos González Saavedra / Argentina

Hola, Espero que esta carta te encuentre bien, radiante como siempre. Intentaré volcar en ella lo que nunca me animé a decirte.

Han pasado muchos años, casi cuarenta, desde aquellos días en los que trabajabas en el jardín con ternura y amor. Tus hijos y los míos eran compañeros, y en cada evento o cumpleaños, nuestras miradas se cruzaban.

Éramos jóvenes, casados, en plena crianza, y la vida, con sus circunstancias, nos llevó por caminos distintos. Luego, nuestros encuentros fueron casuales: caminabas siempre acompañada por tu marido, quien, debo decir, siempre me cayó bien.

Pero cada vez que nuestras miradas se encontraban, algo en mí cambiaba. Empecé a desearte.

Preguntaba por ti a tus hijos. Sabía que practicabas natación en un club de barrio, pero jamás me animé a ir a verte. Me lo tenía prohibido, aunque sabía que ganabas premios.

Cada vez que coincidiamos, sonreías . Tu mirada tenía algo distinto, más pícaro, más profundo. Nunca estuve seguro del todo, pero me encantaba.

Hace tres años, en diciembre, la Navidad nos puso frente a frente en una esquina. Tú ibas con tu madre, yo estaba solo.

Si necesitaba una señal para saber que había algo más que simples miradas, fue aquella: te acercaste, me abrazaste y dijiste con una hermosa sonrisa:

—¡Felicidades!

Te alejaste ante la sorpresa de tu madre, mientras yo quedaba balbuceando, sonriendo como un idiota.

Luego, te apareciste en el circuito donde camino por las mañanas. Tres veces nos encontramos. Caminamos juntos. Ahí terminé de enamorarme.

Cada vez que nuestras manos se rozaban, se abría un mundo de ensueños. Te sentía radiante, pero aun así no me animé a preguntarte cuándo ni dónde podía pasar a buscarte.

Te deseaba mucho. Hablaba con uno de tus hijos, así sabía de ti. Pero no quise romper el código entre mis hijos y mi familia.

Volvió a pasar otras tres veces. En una de ellas, me pellizcaste la mano mientras tomaba café con un amigo y tú, apurada con tu hija, pasaste por mi lado.

Otra vez, te pregunté:

—¿Cuándo nos vemos?

No supiste qué contestar. Tampoco insistí.

La tercera fue la más intensa. Estábamos frente a frente, en una calle cerca del centro. Nuestras miradas se hablaron como nunca, listas para besarse. Pero tu hijo vivía a media cuadra. Imposible.

Hoy hace más de un año que no te veo. Sé que estás abocada al cuidado de tu madre. Sigues con tu marido. Yo sigo solo.

Te he pensado tanto tiempo que decidí escribirte. Nunca me animé, pero sé que te amé en silencio, desde el día en que te conocí.

Espero que un día encuentres este sobre, ajado y viejo, tirado al descuido entre tus plantas.

En él sabrás cuánto te amo.

Separador-dorado

A LOS PODEROSOS DEL MUNDO

Elspeth Gormley / España

Están sentados sobre una bomba que ustedes mismos han construido. Y cuando estalle, no habrá refugio, ni negociaciones, ni tregua que los proteja del peso de sus propias decisiones.

No importa si son rusos, ucranianos, israelíes, palestinos o iraníes. Lo único que verdaderamente importa—lo único que debería importar—son las personas que habitan esos países. Pero ustedes no lo ven así.

Para ustedes, son cifras. Daños colaterales. Piezas sacrificables. Las vidas arrancadas no son tragedias; son estadísticas. Los hogares reducidos a escombros no son pérdidas; son consecuencias inevitables.

La guerra en Ucrania ha sido una muestra brutal de su desprecio por la humanidad. Ciudades devoradas por las llamas, cuerpos que ya no tienen nombre, niños que nunca conocerán la paz. Y mientras tanto, ustedes trazan líneas en mapas, convierten vidas en fichas, planifican la siguiente masacre con el mismo cálculo frío de quien juega al ajedrez.

Las sirenas de alerta ya no suenan solo en los países en guerra; el terror se ha convertido en idioma universal. Porque ustedes, los que gobiernan el mundo, han decidido que la sangre es un recurso más, que el miedo es una moneda de cambio.

No escuchan al pueblo. No les importan las protestas, los gritos de dolor, las súplicas de quienes imploran justicia. Porque en su mundo, el único lenguaje que vale es el del poder.

Los niños que hoy corren bajo fuego serán adultos incapaces de olvidar el sonido de la destrucción. Las familias, despojadas de su hogar, deambularán como sombras, sin tierra, sin destino. Se bloquea la ayuda, se niega la existencia, se marca con crueldad quién merece vivir y quién está condenado a morir.

Tal vez para ustedes esto sea solo una estrategia. Un cálculo. Una transacción. Pero cuando todo termine, cuando los cadáveres sean contados y el polvo se asiente sobre lo que fueron ciudades, ¿Qué quedará?

¿Qué historia se escribirá sobre ustedes?

No queremos discursos vacíos ni promesas recicladas. No queremos condolencias hipócritas ni reuniones diplomáticas llenas de gestos ensayados. Queremos acción. Queremos que dejen de jugar con vidas como si fueran simples números en sus balances de poder.

Porque el día en que sus muros se desmoronen, cuando la historia los alcance, lo único que quedará será la sangre en sus manos y el juicio implacable del tiempo.

Y cuando el último disparo haya sido efectuado, ¿habrá vencedores? ¿O solo quedarán ruinas, recuerdos y generaciones marcadas por su ambición?

Separador-dorado

CARTA

Andrea Kiperman / Argentina

Para empezar esta carta—la cual no sé si alguna vez enviaré—me invade una sensación de duda extrema. ¿Realmente vale la pena escribir estas palabras para vos? ¿Tiene sentido plasmar todo esto después de tanto tiempo? Aún no tengo la respuesta.

Han pasado tantas cosas… Frustraciones, decepciones, momentos desoladores que atravesaste con una fortaleza que quizá ni sabías que tenías. Injusticias que no merecías, palabras mal dichas que tuviste que soportar, críticas y desvalorizaciones que intentaron apagar tu luz. Y sin embargo, aquí estás.

Porque la vida es eso, ¿no? Un viaje constante entre lo bueno y lo malo, lo malo y lo bueno—que al final terminan fundiéndose en lo mismo. Y en medio de todo, los instantes mágicos que quedan grabados en el rincón más profundo del alma.

Pienso en cuántas veces tuviste que transformarte, renacer de tus propias cenizas como el ave fénix, como si fueras parte de algo mitológico o mágico. Porque sí, la vida también tiene su lado mágico: hay segundos que quedan en la retina por siempre, como destellos de algo más grande que nosotros.

Hay quienes viven la vida así, sin más. Pero hay otros que la viven como si cada día fuera un milagro. Y creo que nunca debemos olvidar eso. No hay que quedarse con las ganas de hacer nada. Hay que seguir el llamado del alma, perseguir los sueños, arriesgarse por aquello que de verdad importa, sin miedo.

La vida es una de cal y otra de arena, pero con esas mismas partículas se pueden construir cosas hermosas: amistades, familia, compañerismo, momentos que nos transforman.

No quiero despedirme sin recordar que las palabras tienen un valor inmenso. Hay que utilizarlas con sabiduría. No existe el diario del lunes, y nadie tiene la certeza absoluta del mañana. Pero lo único seguro es que la vida puede sorprenderte en un abrir y cerrar de ojos.

Así que haz lo que sientas. Escucha tu corazón. Si sigues su guía, jamás te equivocarás.

Te quiero.

De mi para mi

Separador-dorado

PARA TI, TE ESCRIBO

Sarah Petrone / Argentina

Espero que me recuerdes, todavía

aunque sé que no recibes mis mensajes,

pero escribo esta carta, igual, para decirte

que se me perdió en el tiempo tu voz, y mi esperanza.

La noche ha cubierto de sombras nuestro idilio,

tal vez no te importe ahora, el mencionarlo,

pero fue creciendo en mi ser, cuando te fuiste,

un rayo de luz de amor, y está en mi alma.

Mi mundo se despertó a un nuevo día,

un tiempo de esperanzas me acompaña

y he visto que en mis mañanas, aún vivían

risas sin llantos…Y alguno que otro canto.

Una nueva emoción me atrajo. Y no sabía

cuánto cabía en mis sueños que esperaban

dejarme atrapar por ellos, cualquier día,

ahora he completado lo deseado.

Te desconozco, lo sé. No eres el mismo,

ese que remendaba mis retazos,

ya dejó de pertenecerme la rutina

que cayó del otro lado de mi cama.

Espero que me recuerdes, todavía.

Yo, sé que nunca más podré olvidarte,

un pedazo de ti sanó mi herida

y me hizo despertar y abrir los brazos.

Ninguno de los dos, carga, por cierto,

con deudas por cumplir con ningún pago

y aunque no lo merezcas, juraría

…Que tiene los ojos tuyos…Y que te aguarda.

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NAVIDAD ES UNA RAZÓN PARA NACER, NO PARA MORIR

Graciela Reveco / Argentina

Una carta que inicia con el final y es de otro tiempo, con la simpleza de la vida que no espera la muerte, igualmente sirve para el ayer, para hoy, para mañana, sentimiento que el tiempo no modifica, sino que retroalimenta.

El sol alfombra las calles de manchones dorados. Los pájaros no cantan y se detiene el murmullo de la vida. Profundo silencio y gotas que caen sobre el polvo que nacemos. Y solo quedan las palabras como un solitario oropel en el recuerdo…

En muchas ocasiones he visto florecer ilusiones en los jardines de la vida, papá, pero en aquellos años, aquel día en especial, una variedad tangible de hojas mustias y opacas tapizaron tristemente abatidas el verde paisaje de la soledad.

Ya estás atrapando sueños subida a ese eterno árbol, decías, temeroso de la salud de mis huesos si perdía el equilibrio. Y yo me reía.

Tu voz era un eco luminoso que irradiaba mi entorno. Sabías que mi travesura era mágica y natural como mis pocos años. En honor a la verdad, levitaba en un remolino alucinante de intenso olor a Navidad y por eso me gustaba trepar el árbol y mojar con la manguera sus flores amarillas. Una quimera recóndita de mis sentidos, allí, donde el sueño y la realidad se confundían a menudo. Tú sabías que era sinónimo de niñez apresurada, de calurosas vacaciones en vísperas del retorno de Jesús Niño portando la esperanza precursora del mañana. Entonces, adivinando mis ocurrencias infantiles, te subías al árbol conmigo y gozabas de esa magia estupenda que era el olor a la vida. Mira, mira mi corazón, galopa como un potro salvaje. Claro que lo veía, y así, sin freno, como un acontecer fortuito y a destiempo, una invasión de madurez precipitada me golpeó el alma y me robó la sonrisa. Estúpido orate que revoloteó en la mente y dibujó en el aire una estrella rota en mil pedazos. Podía percibir el temor de la hormiga bajo el zapato; por primera vez cundió el miedo a lo impensado. Tú solo reías, papá, en franca y maravillosa plenitud, pero yo hubiese querido detener con mis manos en esos saltos que agitaban tu pecho hacia arriba y hacia abajo en un continuo vaivén. Era la calesita rota del parque de diversiones, pero en otra dimensión.

A partir de entonces, mis tiempos de risa, mi corta distancia entre la niñez y la adolescencia, no fueron impedimento para descubrir la honda melancolía de tus ojos, tus largos silencios con ternuras dichas muy bajo en frases sin terminar.

Eras tan grande de alma y espíritu, y con el tiempo comencé a verte frágil y pequeño mientras descansabas en tu reposera roja bajo la fresca sombra del almendro en flor. Indolente y lejano como una mariposa herida, indecisa de levantar el vuelo. No había horizonte en tu mirada, solo infinito, y extendías tu mano con denuedo tratando de alcanzarlo, de rozarlo apenas con los dedos.

Vibraba en mí la esperanza de que tu mirada fuera más allá de un místico final sin regreso. Tal vez alguna fuerza Divina clarificó tus misterios y donde yo veía oscuridad el sol continuaba saliendo. Era una constante verte caer y levantarte.

Vamos a jugar, corre, corre que te alcanzo, y no detenías el ímpetu por ganarle a la adversidad. Aunque no lo dijeras, yo era la parte sana que tenías y que te infundía el aliento que ibas perdiendo en el esfuerzo de vivir.

Despuntaba el alba de mis años frescos cuando tuve que aprender a reemplazar lágrimas por sonrisas, evasivas por respuestas que te hicieran pensar que, si bien el tiempo transcurría, no perdíamos la vida, sino que ganábamos horas de esperanzas compartidas, de olor a Navidad cada doce meses. Extenso o no el riguroso camino, había que alentar cada mañana bebiendo aire puro bajo un cielo azul interminable como espejo de nuestro continuo latir. No obstante, fui y seré siempre tu pequeña, que se trepaba al árbol con la manguera para ponerle perlas a las flores amarillas, porque irrumpía el efluvio del verano, equidistante al nuevo Nacimiento.

Muchas veces tu corazón intentó detenerse, hasta que un día no opuso resistencia. Mis veinte años resultaron pocos para enfrentar la dureza de ese sábado 21 de diciembre. Como un esperado reloj que de pronto marcó las 11:15 en una mañana sin olor a nada. Como una insulsa película de la vida en blanco y negro. Entonces, convertí la Navidad en una perenne caracola que serpenteaba en mi turbulento mar privado. Marcó huellas insondables, pero también blandió su

vuelo blanco de palomas por Quien llega cada año para fortalecer el espíritu malherido.

Aquellos tiempos infantiles, y otros incomparables durante 1970, década hermosa y a la vez triste por ese día específico, tan diferente al resto de mi vida, la cobarde realidad, la muerte, incapaz de mezclarse con los sueños para convertirse en una utopía, quebraron con ignominia la parte más sensible de mi interior, y con el corazón rabioso e impotente por tantos días de risa, que finalmente fueron llanto, utilicé mi única arma de combate, la palabra: El sol alfombra las calles de manchones dorados. Los pájaros no cantan y se detiene el murmullo de la vida.

Profundo silencio y gotas que caen sobre el polvo que nacemos. Y solo quedan las palabras como un solitario oropel en el recuerdo…

Hoy, papá, porque hoy será para siempre, solo me sube a los ojos el dolor de tus eternas ausencias. Y ese orate disparatado que habita en mis sentimientos y me trae el eco lejano de tu alegría, escaneando en mi tristeza, se pregunta: ¿Cómo vivo sin tu risa si era la cálida brisa que aspiraba en las mañanas?

Separador-dorado