CARTAS – OCTUBRE
Nota Editorial
Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

«Cada carta es un latido que no se archiva: se sostiene, se abraza, se cree.”
Colaboradores de CARTAS – OCTUBRE
- Carlos González Saavedra – Argentina
- Elspeth Gormley – España
- Sarah Petrone – Argentina
AMANDA A SOFÍA
Carlos González Saavedra – Argentina
Te extraño tanto, que apenas una suave brisa me acaricia, pienso que llegaste.
Al tiempo una enorme desilusión me envuelve.
Tus días en la cárcel se hacen muy largos. Los míos esperándote aún más.
Los días de encierro nos han servido para conocernos. Llegará el momento que la vida nos pondrá libres
Seguiré trabajando en la penitenciaria. Vos seguirás presa de tu profesión, la prostitución. La que quieres dejar, pero es más fuerte que vos. Seré libre al fin, vos, no lo sé.
Te deseo lo mejor!
Eduardo

LA INJUSTICIA DE LA JUSTICIA
Elspeth Gormley – España
Dicen que la justicia es ciega, pero a veces parece sorda. O muda. O demasiado obediente.
Hay mujeres que denuncian y esperan. Que repiten su historia en voz alta, en voz rota, en voz legal. Y aún así, el sistema les responde con silencio, con demora, con tecnicismos que no entienden.
La injusticia de la justicia no es solo que llegue tarde. Es que a veces no llega. O llega vestida de neutralidad, cuando lo que se necesita es compasión.
Hay dolores que no aparecen en las radiografías. No hay hematomas, no hay fracturas. Pero hay miedo. Hay insomnio. Hay hijos que tiemblan cuando oyen una llave girar.
Y aún así, se les obliga a ver a sus padres. A compartir fines de semana. A fingir normalidad. Porque el papel dice que no hay peligro. Porque el expediente está limpio.
¿Cómo se mide el daño que no deja marcas? ¿Cómo se prueba el miedo que vive en el cuerpo, pero no en los papeles?
La justicia debería ser abrigo. Pero a veces es un trámite. Y en ese trámite, muchas voces se pierden.
Hay niños que aprenden a callar antes de aprender a hablar. Que dibujan casas sin ventanas. Que sueñan con puertas que no se abren.
Y hay madres que los miran, que los sostienen, que los protegen como pueden. Pero el sistema les exige pruebas. Les exige calma. Les exige que no se rompan.
La injusticia de la justicia es esa: pedir equilibrio a quien vive en el temblor. Pedir pruebas a quien solo tiene miedo. Pedir paciencia a quien ya ha esperado demasiado.
Los jueces aplican la ley, sí, pero no siempre la justicia.
La ley es un conjunto de normas escritas, creadas por legisladores. La justicia es un ideal ético, muchas veces subjetivo, que busca equidad, reparación y dignidad.
En teoría, la ley debería estar inspirada en la justicia. Pero en la práctica, la ley puede estar desfasada, sesgada o incompleta. Y los jueces están obligados a seguirla, incluso si va en contra de su conciencia o del sentido común.
En esta sociedad tan avanzada, ¿Cómo es posible que la ley aún no sepa leer el miedo? ¿Cómo es posible que las penas no reflejen el daño real, ni la reparación necesaria?
“La justicia no debería pedir pruebas del miedo. Debería saber leer el temblor.” “Porque hay verdades que no se archivan. Se sostienen. Se abrazan. Se creen.

CARTA DE UNA MADRE DE LA GUERRA
Sarah Petrone – Argentina
Hijo querido
Hace mucho tiempo que he escrito esta carta. La guardé porque no sé a dónde dirigirla. Desde que partiste a la guerra vivo orando, pidiendo que el cielo te cuide y me permita volver a verte antes de que entregue mi alma al infinito.
Mis lagrimas de dolor han hecho un surco por mi cara y mis ojos han desteñido su color por tanto llanto.
Cada mañana despierto con el fragor de la guerra. Por las noches, la única canción de cuna que se escucha es el llanto de los niños huérfanos. Todo se ha cubierto de polvo negro, cuerpos mutilados y cenizas. Nada quedó de nuestra casa y me refugio entre los escombros, buscando algún pequeño pedazo de nuestra historia, pero los recuerdos se van perdiendo cada vez más rápido de mi cabeza. Son como trozos de piedras en el camino, y duelen.
Por eso te escribo, para rescatar retazos de la vida que perdimos. Se escuchan rumores de paz en la frontera, pero siguen los bombardeos y los gritos. En el cielo no hay estrellas, solo resplandores de incendios y lluvias de cenizas.
Hijo querido, suelta las armas, te lo pido. Al mundo no es así como se lo conquista. Regresa. Búscame entre los vivos, todavía.
Mamá.


