ARTÍCULOS – JUNIO
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CUANDO EL DOLOR NO DEBE DE SER TINTA
La libertad de expresión es un pilar de cualquier sociedad democrática, pero… ¿Qué sucede cuando esa libertad se convierte en un eco amplificado del horror, sin cuidado por quienes aún cargan con sus cicatrices?
La reciente controversia en torno al libro El odio ha vuelto a abrir una herida que nunca cerró del todo. Más allá de los tecnicismos legales, la verdadera pregunta late con fuerza: ¿Qué sentirías tú si fueras la madre de esas dos criaturas asesinadas por su propio padre?
Ruth Ortiz no ha pedido censura. Ha pedido respeto. Ha suplicado que no se transforme su duelo en literatura ajena, sin haber cruzado al menos una palabra con quien más lo ha llorado. ¿Acaso ese silencio editorial no es también una forma de violencia?
El autor de la novela afirma que no da voz al asesino, sino que lo confronta. Pero en su decisión de no hablar con Ruth —para evitar “distracciones”— asoma el vértice más incómodo de todo esto: cuando el mercado dicta más que la conciencia.
Porque no todo vale. Porque la libertad de expresión, para ser justa, debe también ser compasiva. Y porque en la piel de la madre aún sangra la pregunta que muchos no se atreven a hacer: ¿por qué convertir el espanto en un relato si no es para sanar… sino para vender?

LICUADO DE FRUTAS
Ilka Oliva-Corado / Estados Unidos
Tanita siempre anheló un licuado de frutas, un sueño inalcanzable en su infancia. Las licuadoras eran voladas de las que hablaban en los anuncios de radio cuando sintonizaban a Porfirio Cadena “El ojo de vidrio”. Qué emoción, recuerda Tanita, cuando llovía en la radio, escuchar los truenos que sacudían la lámina de la casa, el sonido de las manitas de los caballos caminando sobre el adoquín: taca, taca, taca, ta…
Se imaginaba que todo aquello acontecía entre los montes y se le perdía la mente entre los caminos reales, los palos de guayabos rojos y los zacatales. Se preguntaba si en las casas de ese lugar también se alumbraban con candil como en la suya, o si las niñas también tenían que acarrear agua de la quebrada como le tocaba a ella. Si tenían un radio Philips de batería como el que tenía su abuelo, si también remendaban la ropa y si hacían mamasos con sal cuando torteaban. Si los hombres dormían en una cama y las mujeres en otra, como en su casa y en las casas de las vecinas de su aldea.
Si tenían hamacas colgadas de las vigas en el corredor y si en sus pueblos también tenían nacimientos de agua. Si fiaban la sal, el aceite y la panela y lo pagaban con cargas de leña, manojos de ocote y flores de izote en la temporada, como en su pueblo. Si en el pueblo de Porfirio Cadena también las niñas anhelaban ir a estudiar y si las mujeres podían decidir no tener hijos, si en algún lugar del mundo las mujeres podían decidir no tener hijos. Si se lavaban los dientes con sal y ceniza y si hacían jabón de aceituno.
A la hora del almuerzo su papa sintonizaba Mosaico en madera, el programa radial que le permitió conocer la hermosa melodía de la marimba. Un sollozo silencioso humedecía sus ojos cuando las notas se deslizaban lentamente como bejucos entre las ramas de los matasanos y el palo de jocote corona, observando desde las alturas el chiquero de los coches donde ella les desgranaba mazorcas para alimentarlos. Sentía una especie de vahído, un suspiro que se le quedaba ahogado en la garganta, algo tan profundo y armonioso como el canto de las chicharras acariciando su alma al medio día o como la oscuridad de la noche siendo cortejada por la luz de las luciérnagas.
¿Qué será la marimba, a qué le llaman Tierra fría, el Altiplano guatemalteco?, todo lo que ella conocía estaba ahí, lo más lejos que había llegado su vista era a Ahuachapán, El Salvador, cuando se subía a la piedrona del patio y allá a los lejos asomaba entre la arboleda un puñado de techos de teja. Su mar era el río Paz. Y un camino angosto y serpentino, acolchonado de cáscaras de árboles de encino rojo, conacaste y chaparrones era la frontera entre Guatemala y El Salvador.
Siempre tuvo preguntas que se le anudaban en la garganta y que jamás se atrevió a verbalizar: por qué las niñas no van a la escuela y los niños sí, por qué los hombres de la casa no lavan los trastos, por qué solo los hombres tienen permitido hacer los chicharrones, por qué las mujeres tienen prohibido subirse a los árboles. Qué es argeñar, por qué dicen los adultos que cuando alguien está muy feliz y sonríe es porque algo malo pasará después, que mejor no esté tan feliz y que evite la desgracia. Por qué es prohibido estar feliz si la desgracia en realidad es tener amebas en la panza y estar cundida de piojos. Por qué los niños se comen los mocos. Y la pregunta fundamental de su vida, ¿por qué los zompopos de mayo dan tanta felicidad?
El día que emigró a la capital siendo adolescente, Tanita al recibir su primer sueldo como empleada doméstica fue al mercado la Terminal y con una sed de toda una vida compró un licuado de frutas, lo sintió tan insípido que fue como tomar atol shuco hecho de máiz blanco.
Y sorprendida por la puñalada en la espalda que le dio el progreso de la capital, vino a acordar que el gran avance del que hablaban: el cemento y la urbanización, no alcanzaba para que las hijas de las empleadas domésticas también fueran a la escuela.
Sangrando por la herida, en el famoso pueblón conoció a las hermanas de muchos músicos que tocaban marimba, cuando el domingo se juntaban en Guatemala Musical, niñas y adolescente que al igual que ella fueron destinadas al trabajo doméstico mientras que los hombres de la casa eran los artistas respetados.
Entonces supo que la licuadora no era un lujo, que el jugo de frutas no era inalcanzable y que la imaginación era más dulce, acogedora y humana que la realidad, entonces hizo su propia revolución: comenzó a aprender a escribir el abecedario.

EL PAPA LEÓN XIV: “Desarmar la palabra es desarmar el mundo”
Carlos Fresnina
Corresponsal privado / Roma
En su primer encuentro con la prensa, el Papa León XIV proclamó un firme “No más guerra”, durante la oración del Regina Coeli, haciendo mención especial a las diócesis de Valladolid, Toledo y Madrid. En una audiencia celebrada en el Salón Pablo VI del Vaticano, ante más de mil periodistas que cubrieron el cónclave y el funeral de su antecesor, Francisco, el nuevo Pontífice abogó por un periodismo valiente y comprometido con la verdad.
El momento más aplaudido fue cuando exigió la liberación de los periodistas encarcelados por ejercer su labor: “Solo quienes están verdaderamente informados pueden tomar decisiones justas”, señaló. Pidió a los medios no caer en lenguajes que alimenten el odio, la intolerancia o los prejuicios, y los instó a ser defensores de una “información desarmada y confiable”.
León XIV también habló del impacto de la inteligencia artificial, animando a un uso responsable y empático de esta tecnología emergente. Cerró la audiencia con calidez, saludando a la periodista peruana Paula Oghaz, quien le colocó un chal andino como símbolo de cercanía con América Latina. Paula, autora del libro “Mitad monjes, mitad soldados” sobre abusos dentro de Sodalicio, agradeció visiblemente emocionada el respaldo del Papa a la labor de quienes denuncian desde el periodismo.
Antes de retirarse, León XIV dejó una frase que resonó en cada rincón de la sala: “La paz comienza contigo”.

EL ESPEJISMO DEL “ TODO VALE “
Elspeth Gormley / España
Vivimos en una sociedad donde se confunde libertad con falta de responsabilidad, y donde el respeto parece un valor en vías de extinción.
Desde la desvalorización de los educadores, hasta la agresividad en redes sociales o en la calle. ¿Cuándo fue que dejamos de escuchar y parece ser que se volvió “anticuado” decir “gracias” o “por favor”?
Hubo un tiempo en que el saludo abría puertas, el “gracias” era más que una palabra y el “por favor” no era una rareza. Hoy, sin embargo, parece que la cortesía ha quedado arrinconada, como si fuera una pieza de museo que se observa con nostalgia, pero que ya nadie quiere usar. En la calle, en las aulas, en la esfera pública —y sobre todo en las redes sociales—, el respeto se ha visto sustituido por la inmediatez del juicio y la soberbia de la opinión sin escucha.
Se confunde la crítica con el insulto, la libertad de expresión con el derecho a herir, y la honestidad con la crudeza innecesaria. ¿En qué momento dejamos de mirar a los ojos para entender al otro? ¿Cuándo nos pareció buena idea hablar más fuerte, pero escuchar menos? El respeto no exige sumisión, exige humanidad.
En el imaginario colectivo de antaño, la autoridad no era el grito, ni la amenaza, ni el castigo. Era la voz de la experiencia, la figura que inspiraba por su ejemplo, no por su jerarquía. Hoy, sin embargo, pareciera que todo lo que representa límites o contención es visto como opresión. Se ha confundido el derecho a cuestionar con la obligación de desacreditar.
El maestro, el médico, el abuelo, el escritor… ya no son faros, sino blancos fáciles. Se ha olvidado que no toda autoridad es imposición, y que muchas veces representa el cuidado, la guía, el amor volcado en forma de consejo. Recuperar el respeto hacia estas figuras no es ceder terreno, es reconocer el valor de quien camina antes para allanar el camino de los demás.
Vivimos en una cultura donde todo parece medirse en clics, en segundos, en la velocidad con la que se desliza un dedo por una pantalla. Lo profundo espanta; lo rápido seduce. La reflexión ha sido reemplazada por la reacción, el diálogo por el monólogo, y el pensamiento por la prisa de tener razón. Ya no importa tanto comprender como opinar, ni tanto aprender como aparentar.
Se ha perdido el gusto por lo lento, por lo elaborado, por aquello que requiere pausa. ¿Dónde quedaron los silencios fértiles, los libros que se saborean página a página, las conversaciones que no buscan ganar sino acompañar? La profundidad ha pasado de ser virtud a ser rareza. Y con ella, la empatía, la escucha, la conexión verdadera.
No, no todo está perdido. No todos los jóvenes “pasan de todo”. No toda autoridad es corrupta. No toda palabra es ruido. A veces, simplemente, lo bueno hace menos escándalo que lo malo. Pero eso no significa que no exista.
Hay jóvenes que leen en silencio, que ayudan sin postearlo, que cuidan sin esperar aplauso. Hay adultos que inspiran desde la humildad y el ejemplo. Hay familias que aún enseñan a pedir perdón, a agradecer, a mirar a los ojos. Todo eso existe, aunque no sea tendencia
Este no es un manifiesto nostálgico por un pasado idealizado. Es una invitación firme a mirar de frente lo que nos duele, pero también a no rendirnos ante el estruendo del vacío. Recuperar valores no es retroceder: es reencontrarnos con lo que nos sostuvo y lo que aún puede sostenernos. Porque reconstruir la profundidad, el respeto y la empatía… también es un acto de revolución.

EL HOMBRE QUE SE PENSABA A SI MISMO
Ángel Medina / España
El Hombre es un animal de costumbres, y cuando estas se instalan en la sociedad acaban convirtiéndose en normas, algo que le hace percibir el aparente confort dentro de su madriguera, frenándose a exponerse a algo nuevo. Y es que los que se adaptan a su laberinto, la propia inercia los acaba confundiendo.
Lo que nos dicen tres grandes pensadores sirve para hacer un diseño del hombre de nuestro tiempo. Albert Camús afirma: “El hombre moderno es la única criatura que rechaza ser lo que es”, de lo cual se desprende la conciencia que de sí mismo tiene. ¿Qué piensa el hombre de sí? Por su parte, Ernest Bloch nos plantea un interrogante: “El hombre es algo que tenemos que encontrar todavía. No sabemos aún lo que somos, y no somos todavía lo que seremos”. Aunque ha sabido penetrar en la esencia de la física cuántica y desintegrar el átomo, sin embargo, se desconoce. El último, Paul Ricoeur es más optimista: “El hombre es posible”. Todavía estamos a tiempo de esbozar lo que es un hombre. Son tres ponderaciones que vienen a advertirnos que el hombre es una pasión inútil (por sí mismo), que existe la posibilidad de reencontrarse consigo, según la altura de sus deseos (hurgando dentro de él), que todavía es posible (aplicando su voluntad).
Las sociedades cambian, pero el hombre, si quiere serlo ha de reorientar el camino para hallarse. Debe ser capaz de comprender lo que le ofrece el mundo y esforzarse para alcanzar ser el que puede ser. Ciertamente, está aturdido por tanta información, tantas opiniones y criterios distintos, tanta banalidad e intrascendencia que hurtan la responsabilidad a cambio de lo superfluo e intrascendente.
El hombre ha de abrirse al pensamiento. Ha de ejercitarlo. Y como no hay ciencia infusa que valga, todo conocimiento proviene del exterior. Información para conseguir formación, y el abanico de las ideas, filtrarlas por el tamiz de su testa y transformarla en opinión.
De manera consciente o inconsciente el hombre de la sociedad moderna ha caído (o se lo han conculcado) en la autosuficiencia. En bastarse a sí mismo. Pero, ni la sociedad, ni la política, ni el consumismo- sean cosas o ideas- hacen crecer el proyecto de hombre que todos somos, en un mundo que valora a sus hijos por lo que tienen y lo que hacen, pero no por lo que son. Somos como el grano que la tierra convierte en espiga. El riesgo es que, ahogado y pereciendo no dé el fruto deseado. Por eso, importa el terreno de la siembra. Sin embargo, el hombre no es solo materialidad. Necesita algo más. El problema radica en que, para encontrarse, tiene que buscar el soporte. Y la sociedad actual ha renunciado a la Verdad. A lo sumo la representa con medias verdades, que resultan ser las peores verdades. La verdad hay que buscarla. No como concepto solamente, sino, ante todo, en cómo me afecta a mí como sujeto. Para ello el hombre ha de reflexionar sobre lo que tiene y lo que desea. Salir de sí mismo para regresar y encontrarse. Una prueba de que el hombre no se basta a sí mismo, es la incapacidad de amarse. Pues, ¿quién se ama si no es a costa de odiarse? Extraña pregunta, sí. Esto viene a decirnos, que, incapaz de excusarse ante él y los demás, necesita saberse perdonado desde esa apelación a la Verdad que lo trasciende, a poco que se avenga a abrirse a ella.
Nadie que se piensa (ese es el problema de nuestra sociedad: no pararse demasiado a recapacitar y dejar ir la vida tras lo inmediato) a fuer de ser honesto consigo, puede aceptarse. Ya lo explicaba Feuerbach a su manera: que el Ser Supremo es la elevación al infinito de las cualidades que el hombre gustaría poseer. ¿Hay uno solo que se considere como el que desearía ser? Basta echar la mirada atrás y pensar en la conducta que se arrastra. El pasado. Aquellas cosas que no queremos ni recordar y que realmente nos avergüenzan. Por eso las cubrimos con el olvido, aunque en realidad permanecen con nosotros. No somos capaces de reconocerlas, tomarlas como experiencias de lo que no debe ser y continuar el camino al abrigo de la confianza. Saber perdonarnos. En el fondo, el hombre se detesta. Sin contrición, no hay cambio. Necesita saberse amnistiado. Pero, para ello ha de examinarse. De ahí la importancia de hacer un alto en el camino y recapacitar. Confrontar ideas y valores.
Toda metanoia invita a la introspección. Pararse a considerar por dónde discurre la vida. Por eso, es conveniente adentrarse sigilosamente en su interior. Dejarse rasgar con la precisión de un bisturí. El ser humano, como la cebolla, está recubierto de distintas capas, infinidad de partes que constituyen su todo. No es posible tratar su conjunto, pero, sí, al menos una parte de él que pueda reorientarle.
“El hombre que se pensaba a sí mismo” es mi último libro, de reciente aparición. En él trato de proyectar una lucecita, con la pretensión de que el lector pueda meditar lo que en él se dice acerca del hombre. Alguien con el que pueda identificarse quien lo tenga en sus manos.

DEL TIEMPO Y SUS CAMINOS
Beatriz Villacañas / España
LA HERIDA DE LA BELLEZA
La belleza, lo dijeron Platón y, mucho después, en el siglo XIX, el joven poeta romántico inglés John Keats en su poema “Oda a una urna griega”, está unida a la verdad, y ambas están tan unidas que, en realidad, son lo mismo. Mas la belleza, tanto para Platón como para Keats, no es sólo algo que se percibe con los sentidos, sino que, junto a ello, es decir, la belleza que captamos con los ojos, la que nos llega, como la música, penetrando nuestros oídos, es la belleza invisible, lo que tiene que ver con el bien: aquello que no se ve pero se percibe con el alma, aquello que eleva el espíritu, lo que nos hace mejores, incluso más sabios, pues la belleza no visible está también unida a la sabiduría.
Hace tiempo escribí, en la sección “Tomando la palabra” de mi libro Hermano tiempo. Pensamientos a la intemperie, que la belleza es la diosa que tiene la facultad de ser visible e invisible. Y, en ambas manifestaciones, la belleza es algo esencial en nuestra vida.
La belleza, asimismo, causa herida. Pero es una herida que, lejos de perjudicar, nos enriquece, nos da, incluso, ese golpe manso al corazón que nos salva del vacío. No pocas veces la belleza sobrecoge y hasta nos hace llorar. Un acto de bondad, de sacrificio, de generosidad, de entrega amorosa, hace brotar nuestras lágrimas y nos redime frente al mal y su fealdad. También los adagios musicales duelen y se gozan a un tiempo. Lo bello, intensificando nuestra emoción, puede hacernos llorar mientras lo gozamos.
Los espíritus heridos por la belleza salen fortalecidos por ella, pues están penetrados por su verdad y por su luz. La propia palabra “lucidez” ya habla por sí sola. Ser lúcido es tener clarividencia, y la clarividencia se sustenta en la belleza y la verdad, clarividencia que nos hace también ver, aunque a simple vista parezca algo paradójico, todo aquello que forma parte del mal y que es, por tanto, rechazable, Con la belleza, con la verdad, adquirimos la fuerza para combatir a sus enemigos, es decir, al mal y a sus agentes.
La belleza, como la poesía, es revelación, es epifanía. Y su herida, ese golpe benévolo que nos despierta y que despiertos nos mantiene, nos hace fuertes desde el llanto, nos enriquece de amor y de empatía.
Gozosa es la herida de la belleza. Gozosa es la lágrima que la belleza hace brotar. Que nos siga haciendo fuertes esa herida suya al contemplarla con los ojos, al oír su música. Y al sentirla invisible, pero siempre grande y poderosa.




















