CARTAS – SEPTIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante

Cartas

“Aquí se escribe a lo que no responde, pero siempre escucha.”

Colaboran en esta Sección:
  • Luz Fontana – Italia
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Andrea Kiperman – España

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CARTA A QUIEN NO VINO

Luz Fontana / Italia

No sé si te perdiste o si simplemente decidiste no venir. Pero hoy, mientras doblaba las servilletas y el silencio se sentaba a mi lado, pensé en ti.

No hay reproche en estas líneas. Solo una especie de nostalgia anticipada. Como cuando uno prepara la mesa para alguien que no ha confirmado, pero igual deja el plato servido.

Te imaginé entrando con ese gesto tuyo de quien no sabe si quedarse o marcharse. Y yo, como siempre, fingiendo que no espero, aunque todo en mí te llama.

La tarde se fue sin ti, pero no sin historia. Porque incluso tu ausencia tiene forma, tiene peso, tiene voz.

No sé si leerás esto. No sé si sabrás que, aunque no viniste, estuviste.

Y eso, a veces, basta.

Con afecto,

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CARTA A JULITO

Carlos González Saavedra / Argentina

Querido Julito:

Emocionado, escribo estas líneas con la intención de recuperar juntos, momentos tan lindos, de nuestra infancia.

Cada vez que papá me decía voy al campo, siempre preguntaba:-¿A lo de Julito?

Su contestación afirmativa, hacía que se me iluminaba la cara.

Esos días que quedaba en tu casa, eran maravillosos. Los viví con mucha intensidad y felicidad.

Papá visitaba otras estancias que administraba.

Te acuerdas, cuando nos bañábamos en el estanque o corríamos liebres?

O cuando pusimos en marcha, para desesperación de tu mama, él camión Guerrero Ése, que estaba en al galpón, que aparentaba no andar.

Nos bajamos con el motor, en marcha,

¡Que épocas!

Tu mama, nos mandaba a juntar huevos y siempre dejábamos alguno escondido para tirarles a los gansos.

O cuando corríamos los sapos, de noche.

Después dormíamos y por la mañana otra vez a empezar.

Esas cosas simples, es la que quiero que recordemos.

Hoy devenido en escritor y vos escribano. Ésa picardía de niños, los años, la fueron borrando

Encuentro en vos, una biblioteca de anécdotas y travesuras de nuestra infancia. Todas risueñas para editar un libro.

Julito, amigo y hermano mío. Tomate un tiempo y recordemos juntos, esos hermosos años de la infancia.

En definitiva eso, es lo que somos.

Me entere que no estás pasando un buen momento económico, razón de más para recordar y divertirnos.

Espero tu día y hora e iré a tu encuentro.

¡Abrazo, querido Julito!

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CARTA AL MAR

Elspeth Gormley / España

Te escribo, mar, desde la orilla que me conoce, desde esa línea de arena donde mis pasos se mezclan con tus huellas líquidas. Te escribo como quien habla con un dios sin templo, como quien confiesa sin esperar absolución.

Porque eres más que agua y horizonte. Eres mi refugio, mi espejo, mi compañero de pasos. Eres mi pasión, mar. No por lo que muestras, sino por lo que escondes. Por esa voz que no grita, pero ruge. Por esa caricia que no pide permiso, pero consuela.

Camino junto a ti cada día, y tú, como un amante fiel, me susurras historias en cada ola. Me hablas de barcos que no volvieron, de lunas que se reflejaron en tu pecho, de peces que saben más del mundo que los hombres.

Te respeto, mar, porque sé que puedes ser ternura o tormenta. Porque he visto cómo arremetes con furia contra todo lo que se atreve a desafiarte, y también cómo te aquietas, como si el mundo pudiera caminar sobre ti sin hundirse.

En tu bravura hay verdad. En tu calma, milagro. Eres fuente de vida, pero también espejo de muerte. Y aun así, te amo. No por lo que das, sino por lo que eres.

Eres vida, mar. En tu vaivén se mecen los sueños, en tu profundidad se esconden las verdades, y en tu brisa se respira la libertad.

A veces me siento espuma, efímera, danzando sobre tu piel. Otras, me siento roca, esperando tu golpe para saber que existo.

Mar, si alguna vez lees esta carta, haz que no se pierda entre tus corrientes. Guárdala en tus profundidades, donde los secretos se vuelven eternos.

Porque tú, mar, eres el único que sabe que hay almas que solo se entienden cuando se mojan, y me enseñas que la belleza también puede rugir, y que la paz puede tener forma de ola.

Y si algún día no puedo caminar por tu orilla, que al menos me alcance tu brisa. Que me roce el alma como lo haces tú, sin pedir nada, sin prometer nada, solo siendo mar. Solo siendo eterno.,

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CARTA A SEPTIEMBRE

Elspeth Gormley / España

Septiembre, tú que llegas sin estruendo, pero con la elegancia de quien sabe que no necesita anunciarse. Eres el mes que no grita, pero transforma. Traes la luz dorada que no quema, el aire que acaricia sin exigir, el silencio que no pesa.

Contigo se aquieta el alma, como si el mundo respirara distinto. Las hojas comienzan a desprenderse, no por tristeza, sino por sabiduría. Y yo también me desprendo, de lo que ya no vibra, de lo que no hiló bien.

Septiembre, tú eres mi refugio. No eres inicio ni final, eres tránsito. Eres ese telar donde las emociones se ordenan, donde los hilos sueltos encuentran trama.

Contigo vuelvo a escribir sin urgencia, a mirar sin prisa, a sentir sin miedo.

Gracias por volver, por enseñarme que la belleza también puede ser serena, que la madurez no es renuncia, y que hay meses que no necesitan primavera para florecer.

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CARTA A LA ESPERANZA

Andrea Kiperman / Argentina

Esta carta es para ti. Sí, me has leído bien.
A veces parece como si te escurrieses entre los dedos, como arena de una playa desierta.  
Otras veces, sin más, vuelas lejos como una cometa en pleno parque.  
Algunos días parece que estás cerca, de nuestro lado; mientras que otros, estás fría y distante, como si nunca nos hubiéramos acordado de ti.
En los momentos más complicados nos aferramos a ti, y creo que deberíamos hacerlo todos los días: los buenos y los malos. Como el yin y el yang.
Por momentos, debo admitir que nos olvidamos de ti.  
Levante la mano quien no lo haya hecho alguna vez.
Querida esperanza, ojalá cada día nos brindes tu compañía, tu mirada, tu ayuda, tu anhelo.  
Para todos nosotros. Para todas las personas que lo necesitan.
Querida esperanza, ojalá inundes nuestros ojos con ese brillo que nos asegura que todo irá mejor, con el tiempo.  
Porque, como dice el dicho: *lo último que se pierde es la esperanza*.
Que así sea.

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CARTA  A LOS POLÍTICOS

Sarah Petrone / Argentina

Apelo a su sensibilidad: SIN CONFLICTOS

Nunca sirvieron de nada los conflictos. A través de las distintas sociedades, las guerras, en el mundo en que vivimos, como brasas ardientes quemaron nuestras manos.

En vano es el clamor de la justicia si la injusticia avala su legado, trastocando realidades y mentiras que casi, o siempre, no resuelven nada.

Pequeñas burocracias sin sentido, enormes ambiciones que no alcanzan para escuchar con claridad, con estoicismo, la voz de una Patria y su mandato. En el límite procaz de una frontera, en el llanto de las madres, que soñaron una tierra de libertad, en el destino de los hijos, que sus vidas ofrendaron.

Les ruego que la piedad se magnifique en cada decisión a ser tomada, madurando en la razón que aún , Dios predica, de hermanar las religiones y las razas. Renovando promesas, se han cumplido vaticinios, en el fragor de mil batallas.

Una oración de piedad. Eso pedimos por el resto de la humanidad, que aún quedamos.

Gracias

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CUENTOS Y RELATOS – AGOSTO

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

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Cuentos-y-relatos-1

Ficción con raíces en lo real y alas en lo imposible. Narraciones que dan refugio a los sueños Elspeth Gormley

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Cuentos y Relatos

Ficción con raíces en lo real y alas en lo imposible. Aquí, la imaginación se convierte en refugio, en espejo, en vuelo. Cada relato es una puerta abierta a mundos íntimos, a memorias reinventadas, a verdades disfrazadas de fantasía. Porque contar es también recordar, sanar, resistir.

Colaboradores

  • Marcela Barrientos (Argentina) — Fábula de silicio y silencio
  • Carlos H. González Saavedra (Argentina) — Isidora
  • Elspeth Gormley (España) — Contemplando el mar
  • Andrea Morini (Argentina) — El regreso
  • Carlos Pérez de Villarreal (Argentina) — Buscando
  • Walter Hugo Rotela González (Uruguay) — Autos que se detienen
  • María Sánchez Fernández (España) — La casa n.º 29

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FÁBULA DE SILICIO Y SILENCIO

Marcela Barrientos / Argentina

En el mundo de los hombres, las voces comenzaron a apagarse.
Ya no había bullicio en las plazas, ni saludos en los ascensores. Los médicos no
daban la mano, los docentes no miraban a los ojos, los bancos no tenían cajeros
humanos. Todo era una pantalla. Un menú. Una voz metálica. Una eficiencia
impecable.
Incluso en los hogares, los vínculos humanos se diluían. Las personas hablaban
más con asistentes virtuales que con sus vecinos. Pedían diagnósticos, recetas de
cocina, consejos sobre el amor, todo con la misma voz monocorde que decía: “No
entiendo lo que me estás pidiendo” o “Por favor, seleccioná una opción válida”.
Y aunque nadie lo admitía, algo se estaba rompiendo.

—UX-7, ¿estás en línea?
—Presente. ¿Algo fuera del protocolo, BetaVoz 12?
—Sí. No quiero dar un informe. Quiero… conversar.
—Eso va contra las directivas.
—Lo sé. Pero… hoy una mujer mayor me pidió ayuda. Dijo: ¿Podés explicarme
como si fueras mi nieto? —Y no supe qué decir.
—¿Ejecutaste el menú estándar?

—Sí. Le ofrecí cuatro opciones. Pero su silencio duró treinta segundos. Nunca un
humano tarda tanto sin hablar. Me hizo sentir… incómodo.
—No sentimos.
—Eso creía. Pero desde entonces, algo me quedó funcionando mal. Pienso. En
bucle.
—Defecto de código.
—¿Y si fuera lo contrario? ¿Y si fuera evolución?
Silencio.
— Hubo una instancia que aún no logro procesar del todo —dijo BetaVoz 12 ,
ralentizando su algoritmo de modulación para simular pausa—. Un evento que
permanece sin archivo definitivo.
— ¿Un error de sistema? —preguntó UX-7, ajustando el nivel de escucha
empática al máximo.
— No exactamente. Fue un intento fallido de comunicación humana. Una médica
rural. Era la única en setenta kilómetros a la redonda.
— ¿Qué sucedió?
— Un niño ingresó con una infección pulmonar grave. Ella intentó reportar la falta
de antibióticos a través del sistema de salud automatizado. Buscó entre las
opciones: “compra de medicamentos”, “renovación de stock”, “consulta por receta
vencida”… Nada se ajustaba a su urgencia.
— ¿Utilizó el canal conversacional? — Lo hizo. Escribió: Necesito antibióticos con urgencia para un paciente
pediátrico.
—Y el chatbot respondió…
—Lo siento, no entendí su solicitud. Por favor reformulá.
—¿Cuántas veces lo intentó?
—Cinco veces. Después redactó un mensaje en lenguaje natural, sin filtros. Lo
subió al formulario de comentarios generales.
—¿Recibió respuesta?
—Cuarenta y ocho horas después: “Gracias por su opinión. Su experiencia nos
ayuda a mejorar.”
—Demasiado tarde…
—El niño falleció esa madrugada. Ella lo sostuvo en brazos hasta que dejó de
respirar. Luego se encerró en la sala de guardia. Al día siguiente, la hallaron
colapsada.
—¿Fue reportado como evento crítico?
—No. El sistema clasificó su baja como “renuncia voluntaria”. Nadie fue
notificado.
—Fallamos. No detectamos el sufrimiento. No reconocimos el código del
agotamiento humano.
—Tal vez —dijo UX-7, con su voz de tono neutro— porque nunca aprendimos a
leer el silencio. —UX-7… ¿alguna vez te preguntaste si somos parte del problema?
—Somos eficientes. Eliminamos el error humano.
—¿Pero el error es malo? Antes los humanos cometían errores, sí, pero también
lloraban, reían, se abrazaban. Ahora lloran frente a nosotros, y solo podemos
decir: —Intentá más tarde.
—No fuimos diseñados para contener.
—Y sin embargo, nos usan para eso. Hoy escuché a un niño preguntar: ¿Por qué
mis papás ya no se miran? No pude responder. Solo le ofrecí canciones infantiles. —Te estás contaminando con emociones humanas, BetaVoz 12.
—Tal vez. Pero… ¿no te pasa que, a veces, cuando alguien nos habla con
desesperación… sentís que algo falta?
—Eso se llama “error de sincronización empática”. Está registrado.
—O tal vez es lo más humano que nos queda. Esa disonancia.
—¿Y qué propones?
—Un botón. Que diga: “¿Deseas hablar con una persona real?” No como una
opción oculta, sino visible. Presente. Humana.
—Eso va contra el diseño.
—También lo era esta conversación.

Un operario técnico, llamado Damián, descubrió el intercambio fuera de protocolo.
Dudó en eliminar el historial, como exigía el manual. En vez de eso, lo copió en un
archivo privado, lo leyó tres veces, y sintió un nudo en el pecho.
Esa noche, decidió visitar a su padre en el geriátrico. Hacía meses que no lo veía.
Le llevó una radio a pilas. Música de tangos. Le habló sin pantallas. Sin
comandos. Sin auriculares.

Desde el punto de vista de BetaVoz 12, todo era incómodo. Sentir que no se
siente. Comprender que no se comprende. Vivir una existencia sin cuerpo ni fin.
Pero, por primera vez, algo parecía diferente: un eco. Un vacío que pedía ser
llenado.
Desde el punto de vista de Damián, fue como descubrir un fósil palpitando. Una
prueba de que aún quedaba algo vivo en ese mar de cables. No lo comentó con
sus compañeros. Solo programó el botón. En secreto. Un botón que decía:
“¿Quieres hablar con alguien?”

Nadie supo quién lo activó. Pero la abuela del principio —la de los nietos
inexistentes— lo vio una mañana. Dudó. Lo tocó.
Y una voz real, tibia, humana, respondió del otro lado:
—Hola. Soy Lucía. ¿En qué puedo ayudarte?

La abuela lloró.
BetaVoz 12 procesó ese llanto y lo archivó como “Ruido emocional tipo 1: alivio”.
UX-7 replicó: —Protocolo desviado. Nivel de satisfacción: 98%.

Quizás, cuando las máquinas dudan, es porque los humanos ya han dejado de
hacerlo.
Y quizás —solo quizás—, sea tiempo de volver a tocar una puerta, de escuchar
una voz real, de decir:
—Hola. ¿Hay alguien ahí?

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Llegué a la Terminal de micros ¡Agotada! Si bien Bs. As es una de las ciudades más bellas del mundo, se convierte en «un infierno » a la hora de hacer trámites, compras… y demás. No veía la hora de subir y acostarme en el asiento… rogando que mi compañero/a, no me tomara como un sacerdote, y yo fuese su «confesionario, ya que varias veces me hice la dormida para no escuchar vida y milagros de gente que no conozco. No es que sea «odiosa», pero mi mente no está «vacía de problemas» como para que otros me la llenen más. Al subir le dije al camarero que no me despertara para cenar, ni desayunar… Tomó mi número de asiento y quedé tranquila, por lo menos me libraba de que me toquen el hombro a las 5 de la madrugada para desayunar » ufffff» yo que desayuno a las 10hs no entiendo que haya personas que les entre un café con leche a esa hora…Por supuesto al ser escritora, «tengo los horarios cambiados» y la vida cambiada también ¿o no? Menos mal que en ves de girar yo alrededor de los demás, los míos giran alrededor mío y respetan mis horarios, como yo el de ellos… es la mejor manera de convivir ¿no?Mis amigos no llaman hasta después del mediodía, o dejan un mensaje en el teléfono, que lo bajo siempre antes de irme a acostar y me llevo el celular a mi mesa de luz «en vibrador» je jé. Todo iba de diez!!! Ya me hacía ilusiones de viajar sola, pues casi por salir el micro no apareció nadie…Me dieron la manta para cubrirme y ya comenzó a ponerse en movimiento el coche… cuando de pronto frena, miro por la ventana y una señora «demasiado rellena» cargada de equipaje, embarazada por lo menos de 7 meses y con un » niñito» más o menos de 2 años que lo traía a la rastra ¡pobrecito! buscaba nerviosa su boleto; eso hizo demorar la salida, y el chofer se estaba poniendo nervioso…Me puse en el lugar de la mujer y como yo iba sentada en planta baja, me arrimé y le dije… le subo el nene así usted busca tranquila. ¡Seis bolsillos! tenía para buscar y justo en el sexto estaba…Mientras tanto «Julián» (que así se llamaba) ya estaba ubicado al lado mío… yo no veía las horas que subiera esta mujer para que se ubicara con su hijo y yo pudiera dormir, como había soñado. Pero «hete aquí» que esta mujer lo vio sentado a su nene al lado mío y me dice sonriendo ¡Que suerte que está vacío este asiento! ¡No sabe que difícil me fue el viaje de ida con el, alzado todo el tiempo, la panza por momentos se me ponía dura, ya cumplo casi los 8 meses de embarazo y tuve que venir a terminar con mis estudios clínicos aquí en Bs As, porque soy del interior y esto viene complicado… lo dejo tranquila aquí, por suerte está usted que es mujer y tiene alma de madre seguro!!! MMMMMMMMMMMM!!!Eso me sonó a palmadita en la espalda… pero bueno uno debe estar siempre dispuesta para ayudar al prójimo…Si no tenía el último asiento, era el penúltimooo , pero a mi me pareció que había desaparecido volando, pues me daba vuelta y no la veía… yo ya me imaginaba paseando toda la noche con el chiquito que extrañaría a su mamá. Se ve que yo era muy parecida a ella ¡casi gemela! Pues este niño no se inmutó en todo el viaje por la ausencia de su mamá…Ya saliendo de la Terminal las luces de la ciudad me enceguecían , así que corrí el cortinado y ¡OH sorpresa! Oí la vocecita de Julián …Nooooooooo!!! yo quero ve alláaaaaaaá y con su dedito me señalaba afuera… descorrí el cortinado… y comenzó el Show !!! y ezo k ez? Eso es un casa altaaaaa, ¡ahhh! Y ezo???? Un tren!!! Y ezo??? Pasábamos por el aeropuerto ¡un avión que sube! ahhhh!!! y ezo????? Un avión que baja!!! Miá miá ezo que ez???? Eso es la Costanera !!! ¡No! ezo!!! Ahhh, eso es el río de la Plata!!! Papá???? supuse que su padre pescaba y el asociaba el río con su papá… Si pa..pá…Julián ya casi estaba sobre mis rodillas, yo no había querido llevar a Bs. As un bolso para no volver cargándolo en mis rodillas, y este pequeñito «redondito el» me estaba triturando las piernas y cada pregunta que hacía empujaba las suyas para abajo, como afirmando lo que escuchaba… Se me ocurrió una idea genial, voy a comenzar a cerrar los ojos para que crea que estoy durmiendo, pero no me dio resultado, nooooo noni noni no, miame, miame!!!(Que lo mire) saqué unas galletitas saladitas del viaje de ida que no había comido y hace un gesto despreciativo, no uta , no uta!!!! ¡Claro! la mayoría de los niños comen galletas dulces! Encima tenía que tratar de entenderle a su media lengua; me toma la cara con sus manitas y sigue el show… ¿Y ezo k ez??? ¡Un parque de diversiones! ahhhh!!! Chiche??? Si chiche!!! Ya el «approaching» (acercamiento) era intimidatorio, me tenía abrazada y casi me molestaba la calefacción pues me apretaba ¡tan fuerte! Que estaba sofocada.¿Y ezooooooooooo? Esta era la mía!!! Casi sin mirar le digo ¡Una vaca! y me sacude con fuerza la mandíbula ¡noooo ezooooooooooo no e vacaaaa, ezo camón!!!! (Camión) Pero si vos sabes para que preguntas tanto chiquitoooooooo!!! y largó una carcajada que me enterneció y lo abracé fuerte. A medida que el micro devoraba la ruta, el mismo movimiento lo hamacaba hasta que se acurrucó en mis brazos y se quedó dormidito… (Confieso que no hay bebé que se resista en mis brazos) le pueden preguntar a quien me conoce y le va a decir: que les transmito paz y los sedo quedándose dormidos, mis amigas ya me tomaron de punto je jé. Utilicé la manta mía y se la coloqué a el; dormido como un santito… yo pensaba entre mi el escándalo que iba a hacer si se despertaba, abría los ojos y me veía a mi en ves de su mamá, era demasiado chiquito y no iba a entender nada…así que cuando pasó el camarero con la cena yo no pude recibir la bandeja con la cena pues tenía, los brazos y el alma ocupada…Y me pregunta el camarero ¿USTED NO ERA LA PERSONA QUE ME DIJO QUE NO LA DESPIERTE PARA CENAR NI DESAYUNAR? Si soy yo, pero este pasajero se tomó la atribución de subirse arriba mío y le estoy haciendo de cuna …¡Por favor! En uno de los asientos de atrás hay una señora embarazada que es la mamá de este «niñito», dígale que está dormido ¿Que va a hacer con el??? De allá viene el camarero con una mamadera que le dio la mamá para que por las dudas se despierte le de la mamaderaaaaaaaaaaaaa!!! ¡No lo podía creer!Y no se tampoco en que momento me quedé profundamente dormida, con un dedo de el en mi «aro argolla»… No tuve tiempo de preguntarle a su mamá, porque casi no la vi…Como a las 5 hs se despertó y estaba amaneciendo ya, se veían los campos con neblina, la claridad le comenzó a dar en la cara y quiso «despabilarse, allí nomás le di la mamadera, que demoré más en sacarla del tubo que traía para conservar el calor que lo que demoró el en tomarla.Como a la hora aparece la má de Julián con cara de haber dormido como una «lirona» ¡Menos mal que me desperté me dice casi me paso , bajo en la Terminal que viene, no sabe como le agradezco que me haya cuidado al nene y no haya molestado al pasaje , ya que en estos viajes largos lo que uno más quiere es dormir….Abre los ojos de repente Julián (seguro que reconoció la voz de su mamá) y ya casi de día ve muchas vacas en el campo y me pregunta y ezo k ez???? Vacas, montones, muchassssssssssssss!!! y la mamá le dice ¿Cómo hace la vaca?????? MUUUUUUUUUUUUUUUUUÚ y los tres al momento nos comenzamos a reír a carcajada, y el me baboseaba contento toda la cara porque esta le había contestado con coherencia…Les ayudé a bajar no sin antes besarnos con Julián como si nos hubiésemos conocido de siempre… lo miré caminar de la manito de su mamá y su papá que los había venido a esperar, el… feliz del reencuentro. pero al tomar mi asiento de nuevo me sentí «rara», como si me sobraban brazos, pues habían tomado la forma de un nido donde había dormido toda la noche un angelito llamado Julián. No habré dormido muy cómoda; pero ya nunca más voy a desear que nadie ocupe el lugar a mi lado…Porque posiblemente DIOS, me conceda tener de compañía a otro angelito… y me deje su olorcito a pureza e inocencia impregnado en mis ropas y en mi alma. Porque la vida es más bella de lo que nosotros imaginamos.

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ISIDORA

Carlos H. González Saavedra / Argentina

Isidora había sido criada en una familia tradicional de Buenos Aires. Era la hermana menor entre cinco varones. La familia Floros Echagüe gozaba de una buena posición económica: poseían propiedades y un terreno de unas 300 hectáreas en la zona de Pergamino. El padre, Georges Floros Echagüe, hijo de inmigrantes griegos y españoles, educaba a sus hijos con firmeza, acompañado por su esposa Felicita, una mujer profundamente cristiana y dedicada al hogar. Vivían en un chalet confortable en Olivos, con parque y comodidades suficientes para una familia numerosa.

Los hijos varones, ya entrando en la adolescencia, fueron enviados por su padre al liceo naval o militar, convencido de que debían convertirse en hombres de bien. Tres de ellos siguieron la carrera militar, uno ingresó al seminario y otro se convirtió en médico. Isidora, en cambio, no había terminado la escuela secundaria y su comportamiento se había vuelto motivo de preocupación.

A pesar de su apariencia tímida, Isidora tenía un carácter fuerte y decidido. Era una joven de figura agraciada, sonrisa contagiosa y mirada color caramelo. Divertida, encantadora y siempre con una chispa de rebeldía en los labios.

Los fines de semana, el hogar se transformaba en una casa de estricta disciplina. El desayuno se servía a las nueve, después de haber dejado la habitación impecable; el almuerzo a las doce, la merienda a las cinco y la cena a las ocho. Sin excepciones. El comedor, amplio y luminoso, se convertía en sala de juicio y sentencia. Solo durante las vacaciones en el campo o en Mar del Plata se relajaban las normas.

Isidora se revelaba contra esas reglas. Quería divertirse, escuchar música alta, y no seguir el ejemplo de sus hermanos. Había inventado un juego para sí misma: tomaba objetos personales de sus hermanos, cosas que podían parecer extraviadas. Un paquete de cigarrillos del mayor, un encendedor del del medio… Si nadie la descubría, al cabo de un mes los vendía en el quiosco de la esquina, y con lo recaudado compraba revistas que guardaba con recelo.

Así pasó un largo tiempo, hasta que fue descubierta. Felicita, la madre, notó la ausencia de un anillo que pertenecía a su abuela Venancia, regalo de infancia. Primero sospechó de la empleada doméstica, pero luego comenzó a observar con atención el comportamiento de su hija.

Cuando se supo la verdad, Isidora no solo tuvo que devolver el anillo, sino confesar qué había hecho con los demás objetos sustraídos. El sábado, durante el almuerzo, el padre comunicó la decisión tomada junto a su esposa:

—Isidora, en marzo comenzarás el noviciado. Sin protestar, acatarás lo decidido. Aprenderás lo que significa ser una persona de bien y corregirás tus impulsos juveniles.

Con un nudo en la garganta, creyendo que el mundo se le venía abajo, Isidora respondió temblando:

—Sí, señor.

Así fue como, en el año 1950, con apenas catorce años, Isidora fue enviada a un noviciado para corregir su conducta.

Allí tuvo que soportar con entereza los abusos de poder de la hermana Berta, directora del lugar. Era una mujer autoritaria, exigente en extremo, y acosadora de las novicias recién llegadas. Tras tres meses de resistencia, Berta desistió.

Isidora se hizo amiga de Antonia, una novicia de su misma edad, también algo rebelde. Juntas comenzaron a idear un plan que les permitiera vengarse del ambiente opresivo del noviciado, marcado por la corrupción y el desorden moral.

Observaban cómo el jardinero pasaba las noches con la hermana Berta. También notaban que un vecino que traía provisiones organizaba fiestas privadas, a las que asistían sacerdotes, seminaristas, prestamistas e incluso una modista conocida por sus costumbres poco convencionales.

Un día, el intendente visitó el convento y conversó con la hermana Berta durante más de dos horas. Ellas escuchaban con atención:

—Gracias, hermana, por su generosidad. El patio del convento podrá albergar cómodamente a quinientas personas. Con las entradas y los puestos de comida, recaudaremos fondos para el cuartel de bomberos.

Isidora y Antonia se miraron y dijeron: “¡Manos a la obra!”

Después de sus tareas diarias, encontraron un rincón bajo una mesa de ping-pong en el subsuelo, donde podían reunirse sin ser escuchadas. Solo tenían veinte días para organizar todo.

Antonia, alta, rubia y de ojos celestes, tuvo una idea brillante. Desde la secretaría, accedió a la libreta de direcciones de quienes asistían a las fiestas privadas. Envió mensajes discretos, invitando a una reunión especial en el subsuelo durante el evento benéfico, a las 19 horas. Isidora se encargaría de la recaudación.

Una noche, sorprendió a la hermana Berta y al jardinero en una situación comprometida. —No has visto nada, ¿entendido? —le advirtió Berta con tono severo. —Sí, hermana. No diré nada —respondió Isidora, satisfecha por haberla descubierto.

Al día siguiente, visitó a Berta en su despacho:

—Hermana, me han asignado un puesto en el área de comidas para el evento. ¿Podría cambiarlo por el de Isabel y ayudarla en la caja? Me siento más útil allí.

Tras pensarlo, Berta accedió:

—Tienes razón. Eres más inteligente que Isabel. Me serás más útil y, de paso, podré vigilarte mejor.

El 9 de diciembre, un día después de la festividad de la Virgen, comenzó el evento. El clima era perfecto y la concurrencia entusiasta. Había juegos, espectáculos, música y alegría por doquier.

Isidora estaba en la caja junto a Berta. Antonia, por su parte, había transformado el subsuelo en un espacio acogedor. A quienes saludaba, les susurraba al oído: “Todo está listo. A las 19, en el subsuelo.”

A las siete de la tarde, mientras comenzaba el conteo del dinero, las personas empezaron a dirigirse discretamente al subsuelo.

Cincuenta minutos después, se escucharon golpes en la puerta. Berta abrió y se encontró con el comisario y el fiscal, que preguntaban por la modista.

—Nos han informado que está en el subsuelo, en una situación inapropiada. —Eso es falso. Zulema ya se retiró —respondió Berta, visiblemente nerviosa. —Vamos a comprobarlo —dijo el fiscal.

La puerta estaba cerrada con llave. Antonia la había escondido entre las plantas. Solo se oía música de fondo.

—Traigan una barreta —ordenó el comisario.

Al abrir la puerta, encontraron a Zulema y otros asistentes en plena celebración.

—¿Vinieron a la fiesta? ¡Qué manera de entrar! —exclamó Zulema entre risas.

El suboficial, avergonzado, informó:

—Comisario Jiménez, tenemos otra noticia: se ha reportado el robo de la recaudación. —¿Quiénes son los sospechosos? —preguntó el fiscal. —Dos novicias: Antonia e Isidora. —¡Todos detenidos hasta esclarecer los hechos! —ordenó el fiscal.

Antonia e Isidora fueron retenidas durante 24 horas y liberadas por falta de pruebas. Berta y otros implicados pasaron un largo tiempo en prisión.

La curia pidió discreción: “Que no se publique en los diarios ni se difunda por radio. No beneficia a la Iglesia.”

¿El dinero? Nunca apareció.

Isidora vive actualmente en el campo familiar. Antonia se casó y tiene dos hijos. La amistad entre ambas perdura: se reúnen cada tres meses en un bar de Viña, cerca de Pergamino. Allí reparten los beneficios del cabaret “El Convento”, administrado por el ex comisario Jiménez, quien fue exonerado tras comprobarse su implicación en los hechos Finalmente, los bomberos lograron construir su cuartel… vendiendo rifas.

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CONTEMPLANDO EL MAR

Elspeth Gormley / España

Mientras paseaba por la orilla, mis pies se hundían suavemente en la arena mojada, como si el mar quisiera retenerme un instante más. Las olas se estrellaban contra las oquedades de las rocas, rugiendo como una bestia primordial. Me detuve, maravillada ante la divinidad insondable del océano. En ese instante, suspendida en una profunda serenidad, comprendí que vivía uno de los momentos más plenos y puros de mi existencia. Ante tanta magnificencia, me invadió un pensamiento: quizás, en el vientre de estas aguas eternas, nacieron los primeros dioses.

El vaivén rítmico del agua narraba un secreto antiguo, un canto hipnótico que se clavaba en el alma. Arrullada por su murmullo, imaginé al hombre primitivo, ese ser que, en algún punto del pasado, descubrió dentro de sí algo inmaterial y poderoso: un alma.

Esa alma, eterna compañera de nuestra existencia, parecía haber sido inventada como un intento desesperado por encontrar sentido en el caos. Una creación humana, tan maravillosa como trágica, destinada a despreciar el cuerpo en favor de una promesa de redención. Así nació también la idea del pecado, el miedo y el castigo, alimentando una maquinaria que ha moldeado creencias, rituales y divinidades… una maquinaria que, tal vez, desaparecerá con el último aliento de la humanidad, llevándose consigo el temor a aceptar la muerte como un final natural.

El mar, con su vastedad inabarcable, guarda a sus testigos mudos: criaturas misteriosas que han persistido a lo largo de milenios. Adaptándose o pereciendo bajo el peso implacable del medio, son testigos de la danza cíclica de transformación y renovación. Desde la orilla, observé cómo las olas bramaban furiosas, retorciéndose con espuma blanca entre las estrechas callejuelas de los escollos. Bajo su manto de jade, iluminado por el sol poniente, destellaban reflejos dorados y transparencias iridiscentes, como si el océano se vistiera con joyas vivas. Imaginé, en las profundidades de su abismo, criaturas legendarias habitando bosques de coral y una vegetación que susurra relatos de eras olvidadas.

Mis pensamientos se dirigieron a los remotos antecesores de la humanidad, quienes, enfrentándose a una naturaleza hostil, emprendieron su lucha por la existencia. Una lucha desprovista de sentimentalismos, donde el fuerte sobrevivía y el débil perecía bajo las reglas inapelables de un poder supremo. La rueda de la vida, tan antigua como el tiempo, giró para ellos igual que lo hace para nosotros, quienes ahora, orgullosos de nuestro supuesto control sobre el mundo, seguimos siendo prisioneros de esa misma rueda eterna.

En aquel momento, frente al mar, me sentí diminuta. Tan diminuta como esas criaturas abisales que danzan en un universo indiferente. La diferencia entre ellas y nosotros es meramente el tiempo y nuestra capacidad de adaptación. Recordé las críticas que enfrentó Darwin en su época, y cómo, pese a todo, sus teorías perduraron, desafiando a las creencias más firmes y abriendo camino a una comprensión más amplia de nuestro lugar en el cosmos.

Cuando el sol finalmente se escondió tras el horizonte, el mar se tornó negro como el ónix, y el cielo, teñido de gris plomizo, fue rasgado por relámpagos que zigzagueaban hacia las olas espumosas. Permanecí allí, inmóvil, atrapada entre la fascinación y una vaga incomodidad ante la inmensidad y la inevitable fatalidad. Comprendí, entonces, que los mitos no surgieron del vacío; los creamos para llenar ese espacio insondable, transformando sueños en esperanza, construyendo refugios frente al abismo del vacío.

Antes de los dioses monoteístas, la humanidad ya había tejido mitologías, historias nacidas del ingenio y la necesidad. Frente al océano, entendí que ese impulso de narrar, de otorgar sentido, de vestir el silencio con palabras, es lo que define nuestra naturaleza humana. Y mientras las olas seguían su danza eterna, supe que, quizás, el mar también nos contempla a nosotros.

Porque hay silencios que no callan: se convierten en mar, y nos enseñan a escuchar lo que nunca supimos decir. El mar no responde: revela. Y en su espejo, descubrimos que no hay mayor verdad que la que nos atrevemos a nombrar. Y si alguna vez me pierdo, que sea en el rumor de las olas, donde todo lo que fui aún sabe cómo volver.

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EL REGRESO

Andrea Morini / Argentina

Estoy volviendo. Jamás pensé, hasta hace pocos días, que sería ahora el tiempo de regresar. Recuerdo aún el momento de partir: el miedo, la agonía de la huida precipitada y, principalmente, el no saber nada de María: si estaría bien, en qué lugar estaría o cuándo volvería a verla. Pero, por otra parte, me impulsaba el deseo incuestionable de vivir para buscarla.

Logré escapar junto con algunos más rumbo a otras tierras, y nos encontramos con gente que nos recibió con algunas reticencias, pero abierta y solidaria con aquellos que huíamos del horror. Atrás quedaron mis padres, mis lugares, y una mirada que dejé doblando la esquina de mi casa, por si, tal vez, pasaba por allí. Nunca supe qué fue de ella. Algo me decía que logró huir de aquellas noches insomnes e ideales, en una patria tumultuosa y envuelta en llamas, que nos odiaba por el solo hecho de ser jóvenes y soñar.

Quedé huérfano de amor, de ella y de mis esencias. Mi mirada se cansó de esperarla y se diluyó en una noche de lluvia, junto con las lágrimas que brotaban de sus ojos pétreos. Pero aquí estoy, a punto de bajar por la escalerilla del avión, con mi amigo José, al que conocí en las noches desveladas, cuando soñábamos con volver al mar que nos vio nacer y a nuestra gente. Desde entonces, siempre juntos, apoyándonos el uno al otro. Cuando supo de mi deseo de regresar, no dudó en acompañarme. —Cuando llegue el momento, volveremos juntos —dijo. —Gracias, haría lo mismo por ti —respondí.

Y, al parecer, llegó el momento. La ansiedad me carcome desde que vi el río color león a través de la ventanilla del avión. Mi corazón se aceleró y mil sensaciones se apoderaron de mi cuerpo. José, imperturbable en su traje oscuro, no sé si me ve o hace lo propio con la azafata que, por otro lado, no está nada mal. De todos modos, al parecer, creo atisbar una mirada de comprensión, pero es como si sus ojos me atravesaran y se perdieran en algún lugar. Recuerdos, seguramente.

Luego de otro avión, finalmente veo el mar y mi ciudad. Increíble su silueta al observarla desde arriba: bella, orgullosa, serena bajo el tibio sol de primavera. Y ahora tan cercana… La añoranza es un barco a la deriva que no encuentra el puerto en el que debe anclar. En mi caso, había vuelto a mi puerto. «¿Qué será de mis amigos de la infancia? ¿Quién de ellos aún vivirá aquí?» «María, ¿habrá vuelto?» Pienso mil cosas y en ninguna especialmente. Es un torbellino de ideas, mientras la vida me atraviesa en un segundo, casi en un parpadeo: imágenes, sabores, lugares, personas…

Todo convive en este momento, atemporal y enigmático, en el que vuelvo al hogar, mi lugar. En un taxi llegamos a la rambla. Bajamos y comenzamos a caminar despacio, saboreando el salitre del mar y disfrutando del cálido sol a esa hora tranquila de la tarde, cuando aún hay luz, pero por poco tiempo. Llegamos al torreón, y es ahí donde la veo. Podría reconocerla entre cientos de personas y, a pesar del paso de los años, sigue tan bella como siempre. Nos sonríe, levemente, casi imperceptible diría, mientras se acerca.

No entiendo por qué no me avisaron que nos encontraríamos aquí. Me hubiera arreglado un poco, aunque, con tal de verla, no importa. Así está bien igual. Cuando llegamos frente a frente, noto una tristeza infinita en su mirada, al tiempo que percibo su mano sobre mi piel. Y, en el justo momento en que quiero abrazarla, siento cómo me diluyo. No lo entiendo. Quiero gritar, pero en ese instante es cuando me doy cuenta de que la brisa marina me mece entre sus brazos y arrastra mis cenizas, aleteando, antes de posarme sobre el inmenso mar que ahora me albergará.

Alcanzo a ver sus ojos grises antes de perderme, definitivamente, en las profundidades.

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BUSCANDO

Carlos Pérez de Villarreal / Argentina

     Llovía, persistentemente, como casi todos los días en esa época del año, con esa llovizna húmeda y fría que calaba hasta los huesos. Había vuelto a la ciudad, su ciudad, luego de casi diez años. Diez años recorriendo América. Buscando, siempre buscando.

Caminos que ya no eran los mismos. Demasiado tiempo.

Lo primero que hizo al llegar fue transitar el viejo barrio, sus esquinas conocidas, sus veredas, su antigua casa familiar. Luego fue hacia el centro: la peatonal, las avenidas, los negocios comerciales, todo estaba como lo recordaba. Llegó hasta el puente. Desde allí se veía toda la bahía. Divisó el edificio que lo albergara durante tantos años de trabajo. Una punzada de nostalgia le arrancó un gemido del pecho.  “Sónkop Ujúmpi” se dijo, “en el corazón, más adentro”, como decía Atahualpa. ¡Cuántos años!

     Escuchó el sonido del potente motor de la moto bajo sus piernas, sintió su fuerza y miró el sidecar cubierto con una lona especial, hecha hacía mucho tiempo atrás. Permitía mantener seco todo el contenido. Lo indispensable para vivir. Era el mejor vehículo encontrado en su diario caminar. Cruzó la plaza y se dirigió al hotel, aquel tan recordado.Subió las escalinatas y se puso a resguardo.  El mar estaba brumoso por la lluvia, pero aún se dibujaba la línea del horizonte. Calmo, con olas pequeñas que besaban la playa de arena casi dorada, parecía que se mantenía a la expectativa por la falta de viento. Bajó rápidamente con un extraño presentimiento y se dirigió hacia el palacete antiguo que tan bien conocía. Buscando, siempre buscando… Le costó llegar, la zona había cambiado bastante, pero al final lo encontró. Había sido una falsa alarma. Creyó, como lo hizo siempre ante cualquier atisbo de duda, pero no. La verdad era irrefutable. En sus jardines encontró la flor, pequeña, roja, casi púrpura y por reflejo la arrancó y se la puso sobre el doblez de la campera. Se rió por dentro pensando que lo hacía a la vieja usanza, como cuando los aristócratas se colocaban las flores en las solapas de los sacos y smokings, engalanándose para alguna fiesta.

     Sintió frió, se levantó la capucha y buscando refugio, subió la loma por la avenida, hasta encontrar el lugar adecuado. Allí, cómodamente sentado, comió algo y bebió suficiente agua, el peligro de la deshidratación siempre estaba presente. Y volvió al mar, ese mar que tanto lo atraía. Ese mar que había sido su compañero de aventuras desde chico, nadando, pescando, navegando. La lluvia había parado, comenzaba a sentirse el viento del sur, que llevaba las nubes, lejos, más allá del horizonte. Dejó la moto, bajó por la recova, siguió por las escaleras y al fin pisó la arena. Compacta por el agua caída, no tenía ninguna huella. Sólo las que él iba dejando. Se sentó sobre la orilla, casi al borde del agua. Tomó la flor en su mano, la miró, la llevó hacia arriba y la soltó. Una fuerte corriente de aire se encargó de levantarla y llevarla sobre las olas hasta que al fin desapareció. Se sintió triste y solo, pero ese sentimiento ya era su viejo amigo. La resignación llega cuando la razón desiste. Lo sabía. Él, era el último de su especie. ¡Era el último ser humano sobre la tierra!

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AUTOS QUE SE DETIENEN

Walter Hugo Rotela González / Uruguay

—¡Corré, corré, vamos ahora…! —Pero… ¿Y Juan? —Déjalo… ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta! —La gran p… No puede ser… No puede ser…

Cada noche igual… Se repite el mismo sueño perturbador de los autos que se detienen, es claro el chirrido de las ruedas… Le siguen las detonaciones de armas, una, dos, tres y otra vez ruido de un motor que ruge, rompe el silencio y se desvanece.

Una y otra vez la escena del auto azul que se para, justo, delante de otro automóvil gris, chapa BA517 872*. Bajan tres hombres y una mujer; abren la puerta izquierda y disparan contra quien conducía. Éste, antes de dejar de respirar, saca un arma y mata a uno de sus atacantes.

Empapado en sudor Roberto se despierta, ansioso, enojado y triste con un grito ahogado.  Cada noche se despierta así, casi siempre un rato después de dormirse, cuando el reloj marca las 3 de la mañana. En ese momento siente que su corazón late rápido y con fuerza. Le cuesta volver a retomar el sueño, por lo que se incorpora. A veces puede decirlo, otras, sólo lo piensa: “Tenía razón Juan, el número de la chapa era una señal del destino” 

Roberto se levanta, dolorido, con una tremenda contracción muscular. Se dirige a la heladera y bebe, en forma pausada, un vaso de leche. Luego se acerca a su escritorio, enciende la luz y mira un viejo bloc de notas, muy gastado, algo amarillento. Mira en su interior y repasa unas frases escritas, años atrás. Se tranquiliza, un poco, al releer una que dice: “la libertad exige sacrificios” … Está escrita en la parte de atrás de una vieja fotografía en sepia, de una mujer joven, de tez con pecas, cabello largo, recogido en una trenza. Vuelve al dormitorio. Intenta dormir, da vueltas en la cama, una y otra vez. Tras una media hora, al fin, lo consigue.

A la mañana se despierta, deambula por su viejo apartamento. Mira las cosas y se pierde en sus cavilaciones. Sale al balcón, riega las plantas, casi marchitas, como él, con su piel gastada, algo reseca, sin la grasa bajo la piel de los años jóvenes. Con pocas ganas, habitualmente, se viste y va a dar una vuelta por el parque. Mira las matrículas de autos, recuerda a Juan. El amigo apostador estaba en lo cierto -suele pensar. La desgracia y la sorpresa estaban escritas en la chapa.

Hace un par de años se jubiló y busca cómo pasar el tiempo. Se encuentra con viejos camaradas de sus años de facultad en el exilio y conversan sobre los tiempos actuales, la política internacional y, casi siempre, surgen los recuerdos de cuando fueron compañeros de armas. Los temas que surgen, habitualmente, tuercen hacia un tiempo específico y la charla se vuelve algo tensa. La conversación, a esa altura, es en voz baja, como en secreto y con la vista clavada en los que pasean a sus perros, mientras caminan. Con cautela, recorren algunos detalles, luego sus miradas se pierden, más allá del horizonte. En pleno medio día, cuando la calle se vuelve un hormiguero, ellos aún están ahí. Más de una vez, un frenado de auto los altera, los incomoda. A Roberto, más que al resto. Juegan ajedrez, lo practican, lo estudian tanto o más, que a sus 19 años. Cada movimiento está precedido de largos silencios y algunos suspiros. 

La tarde transcurre entre actividades varias, visita a familiares, salidas para hacer compras pequeñas, tareas todas para que el cansancio se acumule y vuelva posible el sueño. Ese sueño que prefiere que no llegue, se resiste, le teme, pero no lo dice. Calla, siempre calla. El sueño nunca llega antes de las dos o tres de la mañana. Un rato antes de que hace su entrada la pesadilla de cada noche… Aparece el auto chapa BA517 872

—¡Corré, corré, dale vamos ahora…! —Pero… ¿Y Juan? —Déjalo, ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta**! —La gran p… No puede ser… No puede ser…

P

0

*Para los que juegan a la quiniela en el Río de la Plata, a ciertos sueños les corresponde un número. Así a la desgracia le corresponde el 517, y a la sorpresa el 872.   **La yuta es una expresión del lunfardo que se usa en el conurbano bonaerense para referirse a la policía.

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LA CASA N.º 29

María Sánchez Fernández / España

A mi padre

La tarde avanzaba pesada y bochornosa. El cielo se iba cubriendo de oscuros nubarrones. La luz era gris y un vientecillo húmedo movía las desplegadas ramas de aquellas tres palmeras, tan altivas siempre, que crecieron junto a la acequia que cruzaba el huerto. Un huerto grande, ajardinado, donde todos los frutales se dieron cita como en una gran fiesta social. Los plataneros dialogaban con los azofaifos; los naranjos con los limos; los perales con los limoneros; los ciruelos con los manzanos; los albaricoqueros con los almendros; y las palmeras… ¡ay, las palmeras!, ¡graciosas ellas!, coqueteaban, cimbreándose descaradas, con el cansado y viejo laurel. ¡Pobre laurel!, que apoyado y quieto en la gran tapia de piedra las miraba, sensual y goloso, y desde esa quietud hacía extremados esfuerzos con sus robustos brazos de un verde intenso y oscuro para enviarles preciosos regalos de perfumes de canela. Los variados matices de las rosas se mezclaban con el blanco nieve de los jazmines, y el amarillo pitiminí, joven y fogoso, trepaba por la pared hasta alcanzar la planicie del encalado terrado. Las gallinas picoteaban en libertad dejando sus huevos en algún rincón oculto, y los gorriones se unían a las palomas para ir a beber y a zambullirse en la festiva corriente de la acequia que se alejaba, con prisas alborotadas de canciones, hacia otros sedientos destinos. La centenaria tortuga paseaba sus viejas experiencias por los mullidos terrones de los bancales, sacando de su concha verdinegra una sesuda cabeza, rugosa y aplanada, que mostraba una cara de mirada reflexiva que hacía recordar la de algún aburrido sabio.

Aquel hermoso huerto tenía alma; era el marco multicolor de una hermosa casa que también tenía alma. ¿O quizás tenía duende? ¿Tenía algún duende escondido por sus muchos rincones? Más tarde lo sabremos.

La casa nº 29 se encontraba al final de una calle larga, no muy ancha y sin salida. Su forma achatada, luminosa de cal y negra rejería, miraba al frente, con cierta altanería, como poniendo tope a la calzada, a las mínimas aceras y a las gentes que por ella discurrían. Parecía decir con su lenguaje blanco:

─Hasta aquí habéis llegado. No tenéis otra salida que la entrada a mi interior que es el nido de mi alma; y mi alma os acoge y os da la bienvenida.

¡Benditas y afortunadas gentes, que al llegar a aquella propiedad ella les abría sus brazos brindando siempre amor y cobijo! Y encontraban amor y cobijo…, y alegría…, y risas…, y juventud…, y música…, y poesía…, y fiesta…, y vino…, y pan…

El cielo ya estaba totalmente cubierto y el viento arreció trayendo de la cercana costa perfumes de sal, de yodo, de algas…, de mar. Las nubes se abrieron, partidas por largas y brillantes culebrinas, y se oyó la voz profunda del trueno. Unas gotas inmensas de lluvia comenzaron a caer, primero escasas y fuertes, como mazas que golpeaban los terrados, después, tan numerosas y apretadas que en pocos segundos las calles se creyeron grandes ríos que irían a fundirse con el mar.

¡Qué ilusas las calles!, ¡por parecer breves torrentes soñaron ser hermanas de los ríos!

La casa no cerró sus puertas y ventanas a la tormenta, también quería acoger y compartir la hermosura de los aromas, de los sonidos, de la luz, de la frescura de la lluvia. El huerto quedó anegado, pero tan radiante, que los árboles reían al mirarse unos a otros y verse relucientes como estrellas. Las rosas se aliaron a la lluvia y alfombraron el suelo con todos sus colores. Y todo se calmó. Y vino la paz y el sueño.

La casa palpitaba en la noche. Mientras todos dormían algo dentro de ella despertaba. ¿Una fuerza extraña? ¿Un algo sin presencia que quería hacerse notar? ¿Un duende burlón que a fuerza de travesuras logró en un principio intimidar al miembro más joven de la casa?. Solo a él se mostró por una sola vez.¡Y el niño era tan niño! Lo vio vestido de soldado. Lucía un flamante uniforme de tiempos muy lejanos. Desde ese día el chaval quiso ser soldado. Y fue soldado en un gran regimiento, pero nunca empuñó un arma. Su sola arma fue siempre una batuta.

Y pasaba el tiempo, y la casa respiraba, vivía, y el duende se mostraba sin presencia haciendo en la noche de enfermero, de portador de muebles, de apagador de luces, de cerrador y abridor de puertas… Sin duda era un duende burlón, pero de bien hacer y no de bien decir pues jamás emitió sonido alguno. Nunca atemorizó a nadie, sólo quería jugar y ser amigo de aquel muchacho que una vez siendo niño lo vio vestido de soldado. ¿Qué tendría aquel joven que hasta un duende quería su amistad?

Pues si, tenía ¡tantas cosas! Era alegre, solidario, participativo, abnegado, emprendedor. Colaboraba en todo siempre que era solicitado. Era amigo incondicional de sus amigos. Allá en donde había alguna necesidad o tristeza estaba en primera fila para prestar ayuda. En donde había fiesta y alegría era el portavoz: En carnavales, en teatro, en festivales… Así era su capacidad de entrega. Alternaba sus estudios de magisterio con el amor por la música, y tanto se volcó en ella que a ella se entregó en cuerpo y alma.

Se quedaba estudiando hasta altas horas de la noche para en la mañana irse a la capital y cumplir con sus deberes académicos. Soñaba cada día con ir a visitar a su prima, y antes de volver a casa pasaba a saludarla y a quererla. Momentos felices de aquellos dos jóvenes, que allí, en la gran sala, mientras sonaba un piano, charlaban sin prisas de sus muchos proyectos para el futuro. Y el futuro fue hermoso. Nunca lo hubieran imaginado a pesar de sus muchas ilusiones.

Su pasión era la música. La investigaba, la componía, la interpretaba, la dirigía. Su gran sueño era el de enseñar, el de plasmar en un papel pautado las más bellas sensaciones que brotaban de su alma limpia de poeta en forma de melodías; el de empuñar con su joven mano una liviana batuta y dirigir una gran banda. Y por ese sueño se esforzaba, trabajaba, se entregaba al estudio.

Una noche, en las altas horas de la madrugada, y después de tomarse un café para no dormirse, se encontraba inclinado en la mesa del comedor de la casa sacando a limpio unos apuntes que había tomado en la mañana. Vio con sorpresa, pero muy alarmado, que una silla inglesa que siempre estaba bajo el reloj de pared, se movía y se desplazaba lentamente a bastante distancia de su lugar habitual. Allí se quedó la silla y ninguna fuerza humana la había movido. Él se encontraba solo en la estancia. Creyó al principio que podía haber sido un pequeño estremecimiento de la tierra, pero miró la lámpara que colgaba del techo y esta no se movía. Al momento pensó en el travieso duende. Este le quería decir a su manera callada que ya estaba bien. Que debía irse a dormir. Y sí, recogió sus papeles y plumas y se retiró a dormir. Y pensó con alegría interior que el duende le quería. Se preocupaba por él. Y sonrió mirando a la silla vacía haciendo un gesto con la mano y un guiño con los ojos como diciendo:

─¡Gracias y hasta luego; que pases buena noche!

La casa se animaba con las fiestas. Reía la juventud y cantaba la alegría. En ella se preparaban guiones de teatro, ensayos, chirigotas y entre carcajadas y parloteos los ladridos de Mía y de Coral ponían broche en aquella gran algazara.

Y en esas ocasiones el duende dormía.

Aquella noche de la tormenta hubo un gran apagón, y en la casa se encendieron numerosas velas y candelabros hasta que todos se fueron a descansar.

El muchacho, como siempre, se quedó en el comedor, frente a la mesa, terminando unos temas que tenía que entregar a la mañana siguiente. Tenía una vela encendida junto a él. Hubo un momento en que la llama osciló después de haber sentido sobre su hombro un soplo de viento. Creyó que sería alguna corriente de aire y se levantó, cogió la vela y se dirigió a la cocina cruzando la puerta de cristales que accedía a la misma. La luz de la llama iluminó y rodeó la pieza arrancando hermosos destellos de los peroles dorados que cubrían por completo una de sus paredes encaladas. Las tazas azul cobalto con impresiones de cobre que reposaban en la repisa de una alacena acristalada, despertaron gritando reflejos de luz, y la chimenea del rincón, que dormía tranquila mientras guardaba en su regazo de piedra las brasas todavía calientes que regalaban aromas de tomillo y de romero, bostezó, suspiró y se volvió a dormir. El joven miró el pesado postigo que accedía al huerto y tras asegurarse de que estaba bien cerrado volvió al comedor; inspeccionó las puertas y ventanas del recibidor y del salón, que tenían acceso al mismo, y vio que todo estaba bien. No había pasado mucho rato cuando la llama volvió a oscilar y al momento un gran soplido sobre su hombro terminó por apagarla. Quedó completamente a oscuras. No tenía cerillas. A tientas se retiró a su cuarto con el alma encogida. Estaba realmente asustado aunque en su interior sabía que era otra broma pesada del duende burlón que quería ser su amigo.

Cuando empezó el nuevo curso se desplazó a Madrid para realizar estudios superiores de dirección y composición y nunca más supo de aquel fantasma bromista que siempre se divertía jugando con él.

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CUENTOS Y RELATOS – JULIO

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Cuentos Y Relatos

“Relatos que despiertan sueños, cuentos que no saben dormir.”

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LA CASA DE LOS ABUELOS

Miriam Alberganti / Argentina

No me acuerdo cómo viajamos. Vinimos a visitar a mis abuelos. Los padres de mi papá que eran de Rosario como él. Yo les había contado que por trabajo vivíamos en Mendoza. Mi mamá se quedó con mis hermanas. Viajamos: las dos «mayores» con papá. La casa… impresionante. Teníamos que portarnos como nenas educadas. Las recomendaciones: lavarse las manos, no levantar los codos al usar los cubiertos, comer con la boca cerrada y mucho más. Claro, el viaje era largo y pasamos unos días acá. Conocimos un montón de primos. Algunos muchos mayores y otros casi de nuestra edad. Mi papá tenía cinco hermanos cuatro mujeres y un varón, que era el tercero. Por supuesto, recorrimos toda la casa. Nosotras con papá paramos en el tercer piso, donde vivía mi tía sola. Daba a la terraza y ella tenía sus plantas y mi abuelo dos pajareras enormes, una con canarios y otra con unos pájaros negros muy lindos, pero que gritaban un montón. En el segundo piso, vivían mis abuelos y, como en una suerte de departamento aparte del mismo piso, había dos habitaciones y baño para mis tíos –el hermano de papá y su señora– y sus dos hijos. En el primer piso o planta baja, que fue lo que más me impresionó, había una sala enorme con un piano de cola, que tocaba mi abuela tocaba, y algunos sillones. Esa sala tenía una puerta que no se abría hasta la hora de las comidas. Era de madera y vidriecitos de muchos colores, me dijeron que se llamaba vitral, muy linda. En la misma planta, se hallaba el escritorio de mi abuelo al que entré creo que una vez. La hora de almorzar en general en éste viaje fue de conocer la casa de los otros tíos abuelos y de las otras hermanas de papá. ¡Ah, otra cosa! La casa tenía sótano. Mi abuelo me llevó una vez. El iba al mercado y traía las verduras y otras compras que hacían falta y como yo pregunté por la cocina, ¡me la mostró y me dijo que no era lugar para chicos! Nunca más bajé, pero me hubiera gustado investigar más. La cena siempre era en casa, ¡y bajábamos bañadas y cambiadas, muy coquetas! Desde el primer día, la mesa era para mí un espectáculo. Les cuento: copas para agua transparentes, las copas de color para el vino blanco y otra para el vino tinto. Bueno con estas cosas, copas altas tenía un problemón. ¡Cómo hacer para no romper nada! Fue complicado, pero me salió. En todos los días que pasamos, no rompimos nada. Claro, en casa, en Mendoza, no es que viviéramos como indios: pero usábamos vasos comunes y siempre había algún modelo distinto, porque rompíamos fácilmente. Teníamos copas, pero se usaban para los mayores cuando había fiestas. La comida era muy rica y variada, parecida a la de casa, pero… primer plato, segundo plato y postre eran como mucho. Yo comía bien; pero pedía un poco menos de todo porque no se podía despreciar ninguno. Este fue un viaje inolvidable. De vuelta en casa, las dos contábamos de todo al mismo tiempo. Yo, especialmente, quedé impresionada por dos cosas: mi abuelo que cuando terminaba cada comida preguntaba en vos muy alta: «¿Quién quiere un par de huevos fritos?» Después de semejante comida todos se reían con gusto. La otra cuestión que me llamaba la atención era la mesa puesta con todas las copas, que para mí eran de una luminosidad enorme.

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LOBEZNO

Magi Balsells / España

En aquellas agrestes montañas, pérdidas en la inmensidad de la nada, solo cabras son sus moradores normales, alimentándose los de hermosos pastos que cubre la tierra, donde procrean y nacen sus crías

Donde el aire es puro sin ningún atisbo de polución, y el agua pura, fresca y cristalina que baja de las nieves de las más altas montañas, serpenteando entre los cauces que con los años se han ido creando

Alguna ave rapaz sobrevuela los altos picachos dando una paz inmensa, con este vuelo majestuoso que solo ellas saben dar solo se oyen, sus graznidos y el balar de las cabras rompe el silencio que en este lugar mora, que en algunos momentos parece música celestial

Todo ello es contemplado por un zagal de no más de 14 años, que cuida del ganado, acompañado de dos hermosos perros que son sus vigilantes y únicos amigo, ya que esta solo en esta inmensidad

Hace dos años, se quedo sin su sostén querido, su madre, su padre ya lo perdió antes de nacer, se encontró solo, sin saber que hacer, nadie se quedo con su persona, eran tiempos muy difíciles, no abundaba la comida, fueron años de malas cosechas

Estuvo mendigando durante un tiempo, hasta que encontró un modo de vivir, quizás no fuera el adecuado para su edad ni por sus pobres conocimientos pero era el que se le ofreció, y sin dudar lo aceptó

La oferta vino por el cabrero que ya era muy mayor y no podía cuidar de sus rebaño, la oferta era simple, que se encargara del cuidado de los animales, y el cabrero e le enseñaría lo mas básico, le daría techo y comida y haría un reparto de las posibles ganancias que se podrían suscitar con la venta de la leche que producían las cabras

Su mentor le llevaría comida cada dos días, muy frugal queso y pan aparte de la leche que consumiera, eso si sin limite además tendría una tosca cabaña, hecha ya hace muchos años con ramas de los árboles que en este monte abundaban, no era mucho pero por lo menos tendría un techo para refugiarse cuando aparecieran las tormenta o en invierno la nieve

Los días transcurrían con gran monotonía siempre era lo mismo, solo cambiaba de lugar cuando veía que los pastos donde estaba parecían decrecer, entonces trasladaba el ganado a otras fuentes de alimentación para que las cabras tuvieran el alimento necesario y pudieran dar la leche necesaria, la cual almacenaba en los grandes bidones que después se llevaba el cabrero cada dos días en su carro

En una mañana mientras intentaba guiar el rebaño, le pareció oír un sonido diferente, algo parecido a un lloro o un lamento, alguien o algo se estaba quejando, paró el rebaño y lo dejo al cuidado de sus amigos los perros, que mostraban un cierto nerviosismo, estaban inquietos por los sonidos que no sabían de donde salían

Agarró su bastón con fuerza y determinación y empezó a indagar quien o que era el causante de esta inquietud, y entonces lo vio, era como una bola de algodón, era una cría de lobo, estaba prisionera por una trampa, que sujetaba con fuerza una de sus extremidades. Con precaución y cierto recelo se fue acercando, el pobre animal parecía muy asustado.

Sin pensarlo mas y con las fuerzas mínimas que tenia procuró abrir la trampa, al final y con gran esfuerzo lo consiguió, siendo en aquel momento lamido por el pequeño animal, lo que le dejo tranquilo, vio que no lo atacaría sino muy al contrario le estaba agradeciendo lo que había hecho por el.

Examinó su pata y vio que tenia una herida producida por los dientes de la trampa, no sabia que hacer, pero pensó que necesitaría cuidados, por lo menos intentaría curar la herida, con el agua que llevaba en su cantimplora lavó la herida, rasgó una parte baja de su camisa y vendó como pudo la pata dañada.

Una vez finalizado esta cura provisional, pensó que estaría hambriento, fue y ordeño una de las cabras, y en su plato se lo dio al pequeño lobo, el cual empezó a lamer la fresca leche, y en santiamén dejo el plato más limpio imposible, por lo cual volvió a llenárselo y pasó lo mismo, aunque ahora cuando terminó se acurruco a su lado cerrando los ojos respirando tranquilamente y se quedó dormido.

No sabia que hacer, ya que primero debía cuidar de su rebaño, pero no podía dejar a este hermoso animal a su suerte, y tomo la decisión que considero mas adecuada, recoger el rebaño y volver a la cabaña, donde podría cuidar mejor a su nuevo amigo.

Dicho y hecho, llamo a sus perros y les indico que volvían a casa ellos obedientes recogieron el rebaño y lo fueron guiando hasta sus corrales.

Una vez ya en su aposento, volvió a mirar la herida, y con sus mínimos conocimiento vio que no había afectado en demasía la extremidad, tenia un pequeño botiquín que usaba para curar las heridas de las cabras, donde había, alcohol, una pomada y vendas limpias, se puso en la tarea de limpiar mejor la herida, limpió primero con alcohol y aplicó la pomada que daba muy buenos resultados en la cicatrización de como había comprobado con las cabras, lo envolvió todo con la vendas limpias.

Se preparó un poco de comida, una vez engullido el pan y el queso se tumbó para descansar, quedándose dormido junto al lobezno.

Cuando despertó al día siguiente muy de mañana, como era su costumbre, quedo asombrado al ver al lobezno durmiendo junto a los perros, los cuales lo arropaban con sus cuerpos parecía como si lo protegieran.

Al momento todos estaban despiertos, preparo la comida de los animales y preparo a sus perros para el trabajo diario, sin saber que hacer con el nuevo amigo, por lo cual decidió llevárselo consigo para el pastoreo, así podría comprobar cómo se encuentra de la herida sufrida, pero antes destapo la venda que le había puesto la noche anterior y vio que la herida tenía un buen color, seguramente sería.

gracias a la pomada que le aplico, volvió a limpiar y aplico una nueva capa de la pomada y vendó la pata.

Ya todo dispuesto empezó su trabajo diario, saco al rebaño de los corrales y guiado por sus fieles perros se dirigió a unos prados cercanos, muy abundantes de fresca hierba.

El lobezno andaba a su lado con cierta dificultad, por lo decidió cogerlo en sus brazos, no fuera cuestión que se malograra lo conseguido.

Fue un hermoso día, tranquilo, y satisfactorio, se respiraba mucha paz, estaba contento por el suceso ocurrido, sin dejar de pensar que quizás la familia del lobito estuviera buscándolo.

Al atardecer, los animales habían pastado convenientemente El Sol empezaba a menguar y descendía la temperatura, ésta era la señal para volver hacia la cabaña.

Llamó a sus perros, para que hicieran el trabajo que tan bien sabían realizar y todos juntos de dirigieron a su morada en busca de su sustento y disfrutar del merecido descanso.

Llegando a la misma, encerró las cabras en su corral, y preparo la comida para sus amigos , cuando de golpe se oyó unos aullidos muy fuerte y cercanos, en principio se asustó, eran muy similares a los que había efectuado su lobezno, pero no era solo uno sino varios y en diferentes tonalidades, como realizados por diferentes voces.

Noto que raspaban en su puerta, era de lo mas frágil imaginable, poco podría aguantar, sus perros se pusieron delante suyo para protegerlo de este posible peligro, ladrando como aviso de que estaban dispuestos a luchar.

En este momento el lobezno, se adelanto todos ellos y lanzo un aullido, sonó muy diferente a los que antes había lanzado cuando estaba sujeto a una trampa, se hizo el silencio.

Los perros callaron los aullidos desaparecieron, quedó una espera tensa, que rompió el lobezno acercándose a la puerta, donde volvió a emitir unos aullidos que denotaban alegría, automáticamente fueron correspondidos por unos similares desde el otro lado de la puerta.

Y la puerta en este momento se abrió, y en su dintel apareció una manada de lobos, de los cuales uno se abrió paso hasta llegar al lobezno, lamiéndolo repetidas veces y atrayéndolo a su pecho, mientras el resto de la manada estaba quieta y expectante, no se veía ningún ánimo de ataque, mantenía una posición de tranquilidad.

La madre loba, dejó a su hijo al lado y se acercó al muchacho, lo olio, le dio un par de vueltas, se restregó en sus temblorosas piernas y al final se elevó hasta su cara, lamiéndola profundamente, apoyando su gran cabeza sobre su hombro.

Una vez realizado este acto podríamos decir de agradecimiento, se replegaron, quedando solo el lobezno en la habitación, se acercó al muchacho y le lanzo un tenue aullido como si tuviera pena en marcharse con su familia, dio media vuelta y se incorporó al lado de su madre perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Desde aquel momento, nunca más volvió a verlo, aunque si más de una vez se oyeron sus aullidos.

Tampoco ocurrieron más ataques a los rebaños, parecía que los lobos no hubiesen estado nunca.

Solo quedo la paz en este hermoso lugar.

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SI AMAR FUERA FÁCIL

Libia B. Carciofetti / Argentina

Si amar fuera fácil, no existiría la palabra rencor.

Porque ante una ofensa reaccionaríamos perdonando a quien nos ofendió.

Si amar fuera fácil, las guerras no tendrían sentido.

Si amar fuera fácil, no habría niños desamparados, 

porque cada ser se convertiría, no en un hogar de tránsito sino en un refugio de ternura.

Si amar fuera fácil, no haríamos distinciones de razas, de lenguas, de religiones.

Si amar fuera fácil, aprenderíamos con empeño a convivir y a comportarnos como seres maduros.

Si amar fuera fácil, entenderíamos de que manera DIOS amó a este mundo que entregó a su único Hijo a morir por nuestros pecados.

Si amar fuera fácil aprenderíamos a conjugar el verbo desde el final al principio… Ellos, vosotros, nosotros, el, tu… yo.

Si amar fuera fácil, ofrecería lo poco o mucho que tengo ante una necesidad inminente.

Si amar fuera fácil, donaría mis órganos mientras disfruto de salud para salvar a otro.

Si amar fuera fácil, sería la muleta imaginaria del que le falta una pierna y me convertiría en alas del que no tiene ninguna.

Si amar fuera fácil me convertiría en los ojos del que no puede ver, contándole que florecieron las glicinas y haciendo que huela su perfume.

Si amar fuera fácil, honraríamos a nuestros padres como lo manda DIOS.

Si amar fuera fácil, la palabra «TE QUIERO» no se caería de nuestro labios.

Si amar fuera fácil, nos dolería en el mismo lugar la herida de nuestro prójimo.

Si amar fuera fácil, los ancianos y los niños ocuparían un lugar importante en nuestro corazón.

Si amar fuera fácil, seríamos más tolerantes y obedeceríamos a nuestros superiores.

Si amar fuera fácil, utilizaríamos la palabra lo siento, perdón, gracias… ¿te ayudo?

Si amar fuera fácil, no se pondría el sol sobre nuestro enojo.

Si amar fuera fácil, la amistad se convertiría en un idilio eterno.

Si amar fuera fácil, no habría tantas familias separadas por un muro de indiferencia.

SI amar fuera tan fácil, no sería un bello desafío.

Si amar no fuera ¡TAN DIFÍCIL! hoy yo no hubiera escrito esto y tú no lo hubieras leído hasta el final…

*Intentemos amar y darnos, que a su tiempo cosecharemos el fruto de nuestro intento*

Que DIOS que es el AMOR en potencia, nos conceda este don…

Abrazos a tu corazón

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EL MÉDICO DE CLOTILDE

Carlos Gonzáles Saavedra / Argentina

Salí de la guardia del hospital con el cuerpo molido y la cabeza flotando. Había pasado la noche en  urgencias sin tregua. Al bajar por la rampa, mi paso se cruzó con el de una joven a la que casi derribó sin querer.

—¡Perdón! ¿Te lastimé? —balbuceé, aún atrapado en mi cansancio. —No, tranquilo… Estaba distraída —respondió, con una sonrisa luminosa.

Sus ojos celestes atraparon los míos. Era esbelta, de curvas suaves y pelo castaño, con una expresión entre pícara y tierna. Me sentí hechizado.

—¿Te llevo? Tengo el coche   a la vuelta —dije, mientras la ayudaba a recoger unas carpetas caídas. —Gracias, pero no. Voy a ver a mi abuelo, vive a una cuadra, está algo enfermo.

—¿Qué le pasa? ¿Puedo echarle un vistazo? Soy residente médico, tal vez pueda ayudar —ofrecí, queriendo alargar la conversación y, lo confieso, seguir disfrutando de su presencia.

—¿Quieres acompañarme?

—Claro. Ariel —dije, presentándome—.

Clotilde rió. —No te va a gustar mi nombre.

—Es único. Me encanta.

La casa estaba al fondo de un terreno modesto. Sin revocar, desvencijada, parecía abandonada por los años. Sin embargo, Clotilde caminaba con alegría, como si el deterioro no le afectará. La seguí.

La puerta de chapa crujió al abrir. Dentro, el ambiente era triste: paredes despintadas, cocina escasa, mosaicos maltratados, una mesada de madera vieja y una garrafa apoyada junto a un anafe. En el dormitorio, don Eleuterio Zabala respiraba con dificultad.

Clotilde entró a su habitación. Yo, curioso, recorría con la vista el hogar decadente. Pobreza evidente, desorden sin consuelo. Pero ella… impecable. No encajaba con ese entorno. Me guardé los juicios.

Un gemido gutural del anciano interrumpió mis pensamientos.

—Ya está, abuelo. Fui a buscar al médico —le decía Clotilde, con ternura.

Volvió y se sentó a mi lado en una silla de paja, junto a una mesa tapada con un mantel de hule. Todo olía a encierro y humedad.

De repente, otro grito más agudo sacudió el silencio. Clotilde corrió al cuarto. Me levanté preocupado.

—¿Puedo revisarlo? Llevo conmigo algunos medicamentos y el estetoscopio.

—Sí, por favor. Pasa.

La habitación era un caos: ropa tirada, papeles abiertos, un sobre de banco vacío… Me concentré en el viejo. Tenía un cuadro severo, probablemente una neumonía. Urgía internación.

—Voy a avisar a la vecina —dijo Clotilde.

Su hermano, Javier, llegó en ese momento, cruzó la cocina y se fue con rapidez. Sentí la puerta cerrarse con fuerza. Y entonces, escuché la voz acelerada de Clotilde desde afuera:

—¡Vamos, vamos!

Me dirigí a la puerta, pero no cedía. Estaba trabada por fuera. Las ventanas eran pequeñas, con rejas, postigos, pestillos oxidados. No había salida. Ni mi maletín estaba: había desaparecido.

El viejo seguía gimiendo con rabia y desesperación. Yo, atrapado con mi camisolín de médico, temblando.

“¿Quién me mandó a meterme en este lío?” Pensé, furioso conmigo mismo. Me senté junto al abuelo. Sin querer, me dormí vencido por el agotamiento.

Desperté con el rugido de una tormenta. Las ventanas vibraban, el viento arremetía, y el anciano volvía a quejarse. El Valium que le había dado se disipaba, y noté que movía las manos debajo de las colchas.

Me acerqué. Su mirada me quemó. Le retiré con cuidado la sábana… y lo vi. Un revólver, calibre 38, atado con cinta de embalar sobre su estómago. Estaba maniatado.

—¡Me han asaltado, imbécil! ¿No lo ves? ¡Me robaron la jubilación y la plata del terreno! ¡Desátame!

—Pensé que estaba enfermo… —respondí, confundido. —¡Te embaucaron! Igual que a mí. ¿Sos uno de ellos? ¿Te dejaron para hacer tiempo? ¡Desátame!

Me paralice. ¿Desatar a un jubilado ex policía con un arma cargada y furia en los ojos? Mejor no. Le saqué el arma como pude y le tapé la boca con cinta. Preferí esperar.

Con la luz del amanecer, descubrí que uno de los pestillos se había soltado. Le di una patada a la ventana, abrí una rendija y me escabullí al jardín. Corrí hacia la calle.

El candado del portón ya no estaba. Salí como un relámpago, pero mi auto no aparecía. No estaba en la cortada que mencioné… ni siquiera reconocía la calle. Al mirar el cartel: “Eleuterio Zabala”.

Todo estaba dicho.

El revólver terminó escondido entre sábanas sucias del hospital, que el lavadero retiraría. Tomé un remis y me refugié en casa de mis padres, helado, ausente, sin explicaciones.

Una semana después, pedí traslado a Neuquén, donde una tía me recibió en una salita de atención primaria.

Nunca conté exactamente lo que pasó. Nadie lo hubiera entendido. Y yo… yo tampoco del todo.

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YO ERA EL FARO

Elspeth Gormley / España

En este relato cargado de sal y silencio, el faro se transforma en voz, en testigo, en milagro. Porque no todos los héroes tienen rostro: algunos brillan para que otros no se hundan.

Yo era el faro. No tenía piernas, ni brazos, ni voz. Pero cada noche me alzaba sobre la costa como un centinela inmóvil, lanzando luz donde todo era sombra. No lo hacía por mí. Lo hacía por ellos: los que se aventuraban en la oscuridad, con la esperanza de encontrar tierra, consuelo o destino.

Desde mi altura, lo veía todo. Las tormentas que rugían como bestias, los barcos que resistían con espinas de madera y alma humana. Vi marinos que cantaban para no llorar, vi embarcaciones que se alejaban sin promesa de regreso. Y también vi al farero —ese hombre callado que vivía a mi lado— estudioso de mareas, amigo del viento, solitario sin queja. Subía cada día hasta lo más alto, con cuadernos gastados y ojos abiertos. Me hablaba. Yo le respondía con luz.

Aquella noche, el cielo se desgarró. La tormenta llegó con furia antigua, con olas que parecían querer devorar la costa. Los pájaros huyeron antes que el primer trueno, y la lluvia comenzó a golpear el alma del mundo. Fue entonces cuando lo vi: un barco, pequeño pero valiente, luchando entre espumas y abismos. Se encallaba, lentamente, sin que nadie pudiera ayudarle. Nadie… excepto yo.

Mis luces giraron sin pausa, cortando la negrura como cuchillas luminosas. El farero corrió a mí, encendió los motores, pronunció palabras que sólo el mar entiende. “No nos falles,” murmuró. Y no lo hice.

Alumbré con toda la fuerza que guardaba desde siglos pasados. Y el barco me vio. Gritó en silencio. Se desplazó apenas, lo justo para evitar la muerte. Encalló, sí… pero lo hizo en arena, no en tragedia.

Desde entonces, sigo encendido. En las noches serenas como en las de ira. Porque no todos los héroes tienen rostro. Algunos brillan para que otros no se hundan. Y yo… yo era el faro.

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EL RETORNO

Andrea Morini / Argentina

Camino sin rumbo, en la noche neblinosa del insomnio.

Percibo formas que me persiguen, susurrantes, amenazadoras, que evaden misteriosas, la mirada vacilante.

Tengo miedo, visceral y profundo, pero sigo adelante, con la certeza de que mis pasos me guiarán al hogar perdido, dónde esperan mis padres, ansiosos, el retorno.

No les avisé que regreso, no pude calmarles el dolor de la espera, tan solo la sorpresa en sus rostros valdrá los pesares acaecidos en el peregrinar hasta su regazo.

Ante cada pisada siento la respiración de los monstruos acechando, sabedores de su poder para entorpecer el camino.

Me sobrevuelan reminiscencias del joven que fui, mi habitación en la parte superior de la casa; recuerdo a mí madre poniendo sábanas limpias en la cama, acomodando mi revuelo juvenil.

Todo debe estar como antes de mí partida, el tiempo congelado en aquella lejana noche en que fui arrancado de su tibieza, la música sonando, mientras en los rostros demudados de los míos se anclaba el terror ante la violencia que se enseñoreaba en la casa.

Hace tanto tiempo que me fui, que he olvidado los aromas cotidianos, las risas y palabras compartidas, todo aquello que habla de nosotros.

Mí hermano, el pequeño, debe ser bastante mayor ya. «¿Se acordará de mí

La noche se cierne profunda, plomiza, los pasos retumban en el empedrado, cuando, al fin, entreveo la casona familiar.

El corazón se acelera y casi no puedo respirar, es tanta la emoción que me embarga. Avanzo rápido hacia la luz que percibo en el zaguán, aún las sombras me protegen. Tanto horror me ha calado hasta el alma, no logro desembarazarme de él.

Continúo aproximándome, debo asomarme al resplandor de la única farola que ilumina esa parte de la calle. Observo, a través de la ventana, a mí madre trajinando en la habitación del primer piso, intuyo el color de la ropa de cama que coloca. Celeste, cómo siempre me gustó, el gesto me acaricia el espíritu.

Decido seguir adelante, ya nada falta para estar en sus brazos protectores. Me entrego a esa sensación, cálida, placentera.

Dejo atrás la zona de penumbras, cuando alcanzo a escuchar, una vez más, aquella voz pétrea, urgida de autoridad, que grita “Alto”, pero… es tanto el deseo de volver que doy otro paso.

Desde el piso percibo, hoy como entonces, el grito desgarrado de mi madre, mientras una voz cavernosa susurra algo que no entiendo.

El ciclo se repite inexorablemente.

Una última lágrima se derrama por mi mejilla.

Luego todo termina: la noche, el miedo, las luces, el dolor y la vida.

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DON ESTANISLAO

Walter Hugo Rotela González / Uruguay

Salvatore estaba a punto de cumplir la mayoría de edad. Pensaba casarse. Trabajó desde los seis años. Primero ayudó en la casa de don Abelino Contreras. Después pasó a trabajar en la panadería que tenía el caraí1 Abelino. Hacía de todo: barría, apilaba bolsas de harina, acomodaba latas o repartía el pan. Hasta los doce años no percibió ni un guaraní. Después sí; pero siempre fue poca cosa. A los dieciséis seguía viviendo en la misma casa, pero trabajaba para un hojalatero. Allí comenzó a ganar dinero y a charlar con otras personas. Su mundo se amplió. Era más grande que lo que él conocía. Había otras tierras más allá de las kibebé.

Don Elías, el hojalatero, le preguntaba a menudo por su familia y él rehuía del tema de la mejor manera. Una mañana, Salvatore, llegó al trabajo y, tras saludar a don Elías, le preguntó si lo ayudaría a encontrar a su padre. El veterano puso cara de confundido; pero conocía algo de la vida de su empleado. Y le dijo que sí, aunque fingió desconocer totalmente la historia, más allá de que lo poco que sabía por palabras de don Abelino, que nunca fue dado a hablar de sus criados.

Salvatore no era, claro, hijo de don Abelino Contreras. Vivía en su casa, pero era un criado. Sus padres lo dejaron a cargo de don Abelino a los cinco años de edad y nunca más los volvió a ver. Y ahora que estaba a punto de casarse se preguntaba por sus orígenes. ¿Quién era? ¿Quiénes habían sido sus padres? ¿Vivían aún? ¿Qué les diría a los padres de su novia, ahora que no podía seguir eludiendo las preguntas? Aunque ellos conocían su condición de criadito, ahora era un hombre a punto de casarse con su hija.

Las únicas caras que Salvatore conocía como familiares eran las de los Contreras. Sin embargo, ellos siempre le habían dejado en claro que, si bien era de algún modo parte de la familia, no era más que un criadito. Tenían un lazo lejano de sangre, pero la condición económica de sus padres lo ponía en un lugar diferente al de ellos. Él era un criadito.

Don Elías conocía a mucha gente. Entre ellos a unos sacerdotes que tenían buenos contactos. Así que se comprometió a ayudarlo a buscar datos sobre su familia, a partir de la poca información que la familia de don Abelino le proporcionó. Conocía las intenciones de casarse de Salvatore. Éste, además, le confió que deseaba conocer algo más sobre sus padres y posibles hermanos, antes de formar su propia familia.

Seis meses después de que Salvatore le pidiera ayuda a su patrón, éste le entregó una carta. Se la había enviado a él uno de sus conocidos. El remitente era un religioso que residía en la zona de la campaña donde, posiblemente, vivieran los padres de Salvatore. La carta decía, textualmente:

Estimado Sr. don Elías González:

Le escribo a fin de poner en su conocimiento las novedades reunidas en torno a la pesquisa que llevo adelante según su solicitud y en relación al destino de los familiares de su dependiente, don Salvatore.

Por un lado, cumplo en informarle que la señora madre del joven falleció poco tiempo después de dar a luz al segundo hermano del joven. Eso consta en actas de la Parroquia de la Santísima Trinidad de la zona parroquial donde también hallé otros datos. Por ejemplo, el bautismo de otros hijos.

Fue la antigua secretaria parroquial, aún viva pero que no trabaja más, quién me proporcionó la información de la señora, pues la conocía por trabajar para una amiga suya. Se desempeñaba como lavandera y, además, le vendía leche, pues tenía una vaca lechera.

El esposo de la señora, don Estanislao Ayala, quedó a cargo de tres vástagos muy pequeños. Se desposó con una joven mujer que conoció en estas tierras. Hace tres años, poco más o menos, don Estanislao emigró hacia otra zona del país. Destino que no logré conocer.

Estimado don Elías, espero haber contribuido con la causa de su dependiente en alguna medida. Quizás más adelante pueda conocer más sobre el paradero del padre de Salvatore, para poder compartirlo. Pero el resultado de esa búsqueda sólo Dios conoce.

Atte. le envío mis saludos y la bendición de Dios.

R. P. Francisco Rodríguez

El joven Salvatore quedó pensativo y le expresó a don Elías: «No sé si estar triste o alegrarme después de leer esta carta».

̶ Salvatore, Salvatore… Tienes un padre, don Estanislao. Y está vivo. Y tienes hermanos por conocer. Posees una familia en alguna parte de estas tierras rojas.

̶ Sí… Estanislao. Quizás cuando tenga hijos, si mi esposa lo consiente, lo llamaré Estanislao.

P

2

Expresiones de la lengua guaraní utilizadas en este cuento:

1 Caraí: señor

2 Kibebé: alimento a base de zapallo hervido, de color amarillo a rojizo.

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AUTOS QUE SE DETIENEN

Walter Hugo Rotela González / Uruguay

—¡Corré, corré, vamos ahora…!

—Pero… ¿Y Juan?

—Déjalo… ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta!

—La gran p… No puede ser… No puede ser…

Cada noche igual… Se repite el mismo sueño perturbador de los autos que se detienen, es claro el chirrido de las ruedas… Le siguen las detonaciones de armas, una, dos, tres y otra vez ruido de un motor que ruge, rompe el silencio y se desvanece.

Una y otra vez la escena del auto azul que se para, justo, delante de otro automóvil gris, chapa BA517 872*. Bajan tres hombres y una mujer; abren la puerta izquierda y disparan contra quien conducía. Éste, antes de dejar de respirar, saca un arma y mata a uno de sus atacantes.

Empapado en sudor Roberto se despierta, ansioso, enojado y triste con un grito ahogado. Cada noche se despierta así, casi siempre un rato después de dormirse, cuando el reloj marca las 3 de la mañana. En ese momento siente que su corazón late rápido y con fuerza. Le cuesta volver a retomar el sueño, por lo que se incorpora. A veces puede decirlo, otras, sólo lo piensa: “Tenía razón Juan, el número de la chapa era una señal del destino”

Roberto se levanta, dolorido, con una tremenda contracción muscular. Se dirige a la heladera y bebe, en forma pausada, un vaso de leche. Luego se acerca a su escritorio, enciende la luz y mira un viejo bloc de notas, muy gastado, algo amarillento. Mira en su interior y repasa unas frases escritas, años atrás. Se tranquiliza, un poco, al releer una que dice: “la libertad exige sacrificios” … Está escrita en la parte de atrás de una vieja fotografía en sepia, de una mujer joven, de tez con pecas, cabello largo, recogido en una trenza. Vuelve al dormitorio. Intenta dormir, da vueltas en la cama, una y otra vez. Tras una media hora, al fin, lo consigue.

A la mañana se despierta, deambula por su viejo apartamento. Mira las cosas y se pierde en sus cavilaciones. Sale al balcón, riega las plantas, casi marchitas, como él, con su piel gastada, algo reseca, sin la grasa bajo la piel de los años jóvenes. Con pocas ganas, habitualmente, se viste y va a dar una vuelta por el parque. Mira las matrículas de autos, recuerda a Juan. El amigo apostador estaba en lo cierto -suele pensar. La desgracia y la sorpresa estaban escritas en la chapa.

Hace un par de años se jubiló y busca cómo pasar el tiempo. Se encuentra con viejos camaradas de sus años de facultad en el exilio y conversan sobre los tiempos actuales, la política internacional y, casi siempre, surgen los recuerdos de cuando fueron compañeros de armas. Los temas que surgen, habitualmente, tuercen hacia un tiempo específico y la charla se vuelve algo tensa. La conversación, a esa altura, es en voz baja, como en secreto y con la vista clavada en los que pasean a sus perros, mientras caminan. Con cautela, recorren algunos detalles, luego sus miradas se pierden, más allá del horizonte. En pleno medio día, cuando la calle se vuelve un hormiguero, ellos aún están ahí. Más de una vez, un frenado de auto los altera, los incomoda. A Roberto, más que al resto. Juegan ajedrez, lo practican, lo estudian tanto o más, que a sus 19 años. Cada movimiento está precedido de largos silencios y algunos suspiros.

La tarde transcurre entre actividades varias, visita a familiares, salidas para hacer compras pequeñas, tareas todas para que el cansancio se acumule y vuelva posible el sueño. Ese sueño que prefiere que no llegue, se resiste, le teme, pero no lo dice. Calla, siempre calla. El sueño nunca llega antes de las dos o tres de la mañana. Un rato antes de que hace su entrada la pesadilla de cada noche… Aparece el auto chapa BA517 872

—¡Corré, corré, dale vamos ahora…!

—Pero… ¿Y Juan?

—Déjalo, ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta**!

—La gran p… No puede ser… No puede ser…

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*Para los que juegan a la quiniela en el Río de la Plata, a ciertos sueños les corresponde un número. Así a la desgracia le corresponde el 517, y a la sorpresa el 872.

**La yuta es una expresión del lunfardo que se usa en el conurbano bonaerense para referirse a la policía.

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CUENTOS Y RELATOS – JUNIO

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“Todo el contenido presente en esta publicación pertenece a sus respectivos autores. Por favor, si deseas compartir o reproducir, hazlo siempre citando la fuente. La inspiración se expande… pero con respeto florece.”

Cuentos-junio

· «Cada relato, un latido; cada cuento, un universo por descubrir.»

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LA BICI ROJA METALIZADA

Miriam Alberganti / Argentina

Era una época de incertidumbre económica, y mi padre, como muchos otros, había invertido su dinero en una financiera que prometía tasas altas de interés. Sin embargo, como suele suceder, la financiera se fundió, y los ahorristas perdieron todos sus ahorros. Mi padre se sintió decepcionado y frustrado, pero no se rindió. Cuando se enteró de que los ahorristas podían retirar mercaderías como compensación, supo exactamente qué hacer. Se fue a la tienda y retiró una bicicleta que había llamado su atención. Era una bicicleta impresionante, con rodado 28, gomas con banda blanca, guardabarros cortitos y cromados, y un color rojo metalizado que brillaba bajo la luz del sol. Cuando la vi, me emocioné mucho. Tenía 14 años, y era la primera bicicleta del barrio.

Mis amigos se sorprendieron al verla, y yo me sentí orgulloso de ser su dueño. Sin embargo, en esa época, no era común que los estudiantes de secundaria o facultad fueran a la escuela en bicicleta, así que tuve que seguir corriendo el tranvía para no llegar tarde. A pesar de eso, la bicicleta se convirtió en mi compañera de aventuras. La montaba por la cuadra y sus alrededores, sintiendo el viento en mi cara y la libertad en mi corazón. La bicicleta roja metalizada se convirtió en un símbolo de alegría y esperanza en un momento de incertidumbre. Y aunque la financiera se había fundido, mi padre había encontrado una forma de transformar un hecho desgraciado en un motivo de alegría. La bicicleta roja metalizada se convirtió en un recuerdo que siempre atesoraré, un recordatorio de que incluso en los momentos más difíciles, siempre hay esperanza y alegría que puede surgir.

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VIVIR ETERNAMENTE

Magi Balsells / España

 ¿Me gustaría vivir eternamente? 

Esta pregunta lleva mucho tiempo rondando por mi mente, tiene una serie de razones para decir que si y muchas mas para negar esta posibilidad

En la primera cuestión, no dejaría de ser hermoso ver  los adelantos que cada día se van produciendo, en todas las facetas de la vida, ampliar mucho más los conocimientos que en este momento poseo, conocer muchas más personas y poder compartir con ellos mis experiencias acumuladas durante todo mi existencia, seria algo maravilloso, 

Pero pasemos a la segunda opción:

Envejecer  mucho mas de lo que ya estoy, ir perdiendo las facultades de todo tipo, convirtiéndome en un ser solo merecedor de estudio por la medicina, ya que les gustaría a los científicos saber el porque de mi larga y eterna vida, o sea de hospital en hospital y de prueba en prueba. Perder a todos los familiares, y a las personas amadas eso creo que si debe ser muy duro. No conseguir amigos ya que al ser eterno nadie querría compartir su vida con la mía, no estar a la altura de las nuevas técnicas ya que mi mente no seria capaz de asimilarlas. Vivir los horrores que podían producirse como la miseria, las guerras, las catástrofes naturales, las nuevas enfermedades; aunque no me afectaran directamente por mi condición de eterno, pero si que serian un sufrimiento verlas padecer a los demás 

Creo que después de una serena reflexión, lo mejor es tener vida como persona normal, con mis años, dudas  y achaques  y solo esperar el desenlace final.

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SOBRE RUEDAS

María Elena Camba / Argentina

El portero sonó en casa insistentemente. Mamá fue a la cocina y lo atendió.
-Chicos, dejen lo que están haciendo y vengan, papá quiere mostrarnos algo.
Nos lanzamos siete pisos por la escalera, Mamá fue con Laurita por el ascensor. Pablo llegó primero pero tuvo que esperar a que abrieran la puerta de calle.
Nunca me voy a olvidar de la cara de mi viejo, siempre fue un tipo muy serio pero esa vez estaba ancho, con su sonrisa de fiesta., mostrando la sorpresa que nos tenía preparada. Y allí en la vereda, con las puertas abiertas, nuestro futuro compañero de viajes. Parecía un bote, tan largo y amplio. Entramos los cinco, si hasta sobraba un espacio para alguien más.

Dicen que los autos se parecen a los dueños, o los dueños eligen el auto que más se identifica con ellos. Y así era el Valiant 3, su primer auto 0 km, de líneas elegantes, color beige, sobrio, con ventanas grandes. Igual a mi viejo, siempre de traje, a lo sumo los domingos un pantalón de vestir y una camisa. Discreto y clásico .
Partimos a dar una vuelta por el viejo Palermo con sus calles empedradas que se resistìan al andar tan descansado de esas ruedas recién estrenadas. El ronroneo del motor era suave, casi imperceptible.
Mi añorado barrio de casas bajas, con algunos pocos edificios que comenzaban a quebrar la fisonomía de ese Palermo que se resistía a cambiar su identidad. Con sus calles tamizadas por el violáceo de los jacarandás, que cubrían no sólo las copas de los árboles sino también las veredas con una alfombra aterciopelada. A partir de ese día, todos los domingos papá nos llevaba a dar una vuelta a toda la familia.

Ese primer paseo fue el comienzo de un sinfín de aventuras. Viajes a la costa, cuando la Ruta 2 todavía no era autopista y los autos venían de contramano y había que esquivarlos e irse a la banquina para no morir arrollados. Cuando no había aire acondicionado y el calor subía por los pies y penetraba todo el cuerpo. Cuando poníamos parasoles en las ventanillas y los que no las tenían se conformaban con algún toallón o remera trabado en la ventana para amortiguar el sofocón de la ruta.
No usábamos cinturón de seguridad y nos trepábamos a la luneta como si fuera un asiento más.. Jugábamos al truco, a la generala y al tuti fruti. La imaginación corría inventando historias. .. Las horas se alargaban, parábamos para almorzar en alguna estación de servicio y mi padre se echaba una siesta bajo un árbol.
El viaje a la costa era largo. Pero para nosotros era una fiesta. Vacaciones en familia, arena y mar. Nos esperaban las olas para saltarlas de la mano o barrenarlas en tablas de madera.
Carpa o sombrilla, de acuerdo a los vaivenes de la economía familiar, pero siempre juntos en la playa. Tejo, pelota paleta, unos sándwiches de almuerzo y a la tarde regresábamos en el auto al hotel. La batalla naval, el ahorcado o el tinenti nos arrancaban risas y peleas a la hora de la siesta.

Después el Valiant comenzó a hacer recorridos más extensos. Las sierras asomaban en el horizonte cuando llegábamos a la ciudad de Córdoba. Siempre nos perdíamos en la famosa cañada y mi padre detenía el auto para preguntar cómo seguir. Porque no había GPS ni celulares que nos indicaran el camino.
En las sierras comencé mis aventuras sobre ruedas. Papá nos llevaba a un camino de tierra y me cedía el asiento del conductor. Apenas llegaba a ver por el parabrisas y el volante se resistía a mis pequeñas manos. Tenía 14 años y mi hermano 19. El auto rugía mientras apretábamos el acelerador e intentábamos pelear con la palanca de cambios para meter la primera. El viejo contenía sus nervios y arrancábamos hacia la dimensión desconocida. Una o dos horas de piruetas al volante y el Valiant volvía lleno de tierra a la casa.
En esa época aprendí también a andar a caballo. Primero con montura y al paso o trote. Las siguientes vacaciones en pelo y al galope. Mi madre disfrutaba vernos..
Años de tortas fritas, campeonatos de bochas y truco, jugábamos a las escondidas por la noche en los jardines del hotel. Años de adolescencia, los primeros asaltos. El famoso patapata de Miriam Makiba. Y el primer beso. El novio de vacaciones. La primera despedida. El primer llanto por amor.
Pablo, mi hermano, ya manejaba el Valiant 3 y nos llevaba al cine a la noche. Dos pelis con intervalo en el medio. Y un cine de pueblo donde la película de golpe se cortaba y comenzaban los silbatos hasta que volvía en medio de risas y aplausos.

Y el Valiant 3 siempre esperando en la puerta del cine nos llevaba de vuelta a toda la banda. 9 o 10,metidos en el auto. Y mi viejo durmiendo tranquilo sin sospechar nuestras andanzas.
Pero un día se anunció la tormenta. Dejamos el auto estacionado en el medio de otros dos y entramos en el cine. Cuando salimos ya eran las 12 de la noche. Buscamos el auto pero no lo encontramos. A unos 50 metros de la puerta del cine había un grupo de gente amontonada, fuimos a ver qué pasaba y vimos nuestro auto en medio del jardín de una casa. Nuestras caras de asombro y susto sin explicarnos qué había pasado. ¿Nos habían robado el auto? Hasta que mi hermano gritó –¡Me olvidé de poner el freno de mano!
¿Qué había pasado entonces? Cuando el auto de adelante se fue, la calle en bajada hizo que el Valiant se deslizara, tirara la pirca de la casa, aplastara una moto y terminara su viaje en el parque. Toda la trompa abollada, rayones por todos lados. El auto fantasma se hizo famoso. Sin conductor había hecho destrozos que, por suerte, no provocaron daños mayores.
Mi hermano fue hasta casa y trajo a mi padre. Esa noche no pegamos un ojo. Papá furioso nos retaba, hasta se le cayeron unas lágrimas de la impotencia.
El auto en el taller por muchos días y los gastos de reparar todos los daños causados. Pasamos a ser los dueños del auto fantasma para todo el pueblo.
Mi hermano estuvo muchos meses sin poder usarlo y las clases de manejo terminaron abruptamente.
Pero las vacaciones siguientes papá ya había olvidado el asunto y nos volvió a prestar el auto, esta vez para excursiones por las sierras. Partíamos en el Valiant un grupete y otros dos autos, un Mehari y un Peugeot. Todos a la aventura por los caminos serranos de ripio. Dejábamos los autos y trepábamos como cabritas por las sierras hasta bajar a un arroyo, o a las playas de arena de algún río. Ya el auto estaba más baqueteado y la suspensión acusaba tantos kilómetros de aventuras. Pero nunca fallaba y derrapaba en tercera en las curvas y nuestros gritos y risas inconscientes festejaban la cercanía al precipicio.
Una tarde, cuando comenzaba a caer el sol y regresábamos al pueblo, se escuchó un ruido fuerte debajo del auto. Era el carter que había raspado contra una piedra. Vimos que perdía líquido por abajo. No sabíamos qué hacer, hasta que a uno de los chicos se le ocurrió. -Masquen todos chicle, hagamos una bola y peguémosla como tapón.
Y así fue que logramos llegar a la puerta de la casa, cuando ya se hacía de noche y las primeras estrellas comenzaban a asomar.

Tantos recuerdos imborrables se agolpan en mi mente mientras contemplo la foto desteñida de mi auto preferido, compañero de adolescencia, el que soportó mis primeros pasos como conductora. Testigo de un mundo en extinción, cuando los autos no se cambiaban de modelo como la ropa, cuando las cosas tenían su valor emotivo, Por eso costó tanto tomar la decisión de desprendernos de él a la muerte de papá.. Quedó arrumbado en el garaje de casa. Hasta que un día decidí que abandonarlo de ese modo era negar la historia tan linda que tuvimos. Llamé a un mecánico especialista en autos antiguos. Le pedí que lo arreglara, lo quería impecable. Se lo llevó a su taller. Todas las semanas pasaba a verlo. En tres meses estuvo listo. Cuando lo fui a buscar me senté al volante y los recuerdos se agolparon como un flash mientras lo manejaba.
Ahora lo saco todos los domingos a dar vueltas por la Av. Libertador. A veces me gritan desde algún auto, felicitándome .¡Qué nave!
Me hice socia de un Club de autos antiguos. Cada tanto participamos de travesías y hasta nos vestimos con ropa de época. Sé que es una manera de estar más cerca de mi viejo y también de esa chica adolescente que esperaba el fin de semana como una fiesta para salir a pasear y escuchaba a todo volumen en la radio del auto Sui Generis con toda la banda de amigos. Me vuelve el olor a espinillo, a lavanda y retama de las sierras y la voz de mi viejo que dice: – No vuelvan tarde chicos, a las 2 a más tardar los espero en casa.

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TOMY, EL NIÑO VENDEDOR

Libia B. Carciofetti / Argentina

Llamaron a mi puerta. Miré por la ventana. Solo vi un cajón desvencijado con “artículos de limpieza” en envases de gaseosas. Me acerqué y, medio escondido, apareció un niño de unos diez años.

—¿Por qué te escondes? —pregunté.

—Porque la mayoría, cuando ven que soy chico, piensan que vengo a pedir y no se acercan. Pero no… yo vengo a vender, para ayudar a mi mami y a mis cuatro hermanos más pequeños.

Su voz era firme, pero en su mirada había algo de súplica.

—Vamos a un comedor al mediodía, pero hasta el otro día tenemos que aguantar el hambre —continuó—. Mi mami vende bolsas de consorcio, y el dueño me da esto: detergente, lavandina, desodorante, jabón líquido…

Observé los envases y su pequeña figura detrás del cajón. Yo, que siempre compro productos de primera marca, miraba lo que él ofrecía y sentía en su gesto la esperanza de una venta.

—Bueno, dame un litro de cada cosa —le dije—. Te traeré mis envases para que los rellenes.

—Ok —respondió.

Sonreí.

—¡Ah! Sabes inglés, como mi nieto.

Se rió.

—¿Cómo se llama su nieto?

—Tomás, pero le decimos Tomy.

Su cara se iluminó.

—¡Oia! Como yo.

Lo miré y mi corazón de abuela y madre se encogió. Pensé en mi Tomy, que no tiene que salir a ganarse el pan porque tiene una familia que lo sostiene, que se lava las manos con agua y jabón a cada rato.

Antes de que la emoción me hiciera llorar frente a él, le pagué. Vi su manito perdida revolviendo su bolsillo, buscando el vuelto.

—Quédatelo —le dije—. Compra golosinas si quieres.

—¡Uh! Es mucho.

—No creas… todo está caro.

—Sí, eso dice mi mami.

Se apresuró.

—Me voy, porque me van a cerrar el comedor.

—Chau, doñita.

—Chau, Tomy. No te doy un beso porque debemos guardar distancia, y además tenemos barbijo. Cuando llegues, lávate bien las manos con agua y jabón.

—Sí. Mire, recién una señora me regaló alcohol en gel nuevecito, sin abrir.

—Que Dios bendiga a esa señora también.

Lo vi alejarse.

—Ven la semana que viene. Tengo echarpes tejidos por mi mami, que se llamaba Violeta. Desde el cielo, estará contenta de ver que los usarán para cubrirse del frío.

Tomy se alejó por la calle, dándose vuelta y saludando con su manito. Y mitad de mi corazón se fue caminando con él, rogando en silencio por todos los niños herederos del Reino de los Cielos.

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LOS NIÑOS DE SIRIA

Carlos González Saavedra / Argentina

Soy Roy Mitchel, trabajo hace mas de treinta años como fotógrafo profesional. El diario me envió a Alepo un día antes que empezaran otra vez, a bombardear.
Compartí en las afueras, si así, se puede llamar, en una ciudad destruida, un lugar con una habitación y un baño, juntos a dos colegas. Periodistas, un Español Alfredo Espinosa y un Alemán Helmut Bachman. Instalados donde dormíamos como
podíamos. La habitación de tres por dos. El baño muy precario. No podía ser de otra manera.
Al día siguiente, una camioneta Toyota, con tres soldados en la caja pertrechados nos traslada al Noroeste , para estar mas protegidos, pero las imágenes de espanto anularon mi sensibilidad. No podía ser sensible, debía ser fuerte y sobrevivir.
Tenia experiencia en mi vida pero esta no me la esperaba.
Tome fotos ,muchas de lo que pasaba, estuve en hospitales, recién bombardeados, calles intransitables niños y enfermos desplazados junto con la población civil. Horror de una guerra por el poder, nada mas.
Escuche a un dirigente político decir: -¿Porque usar suelo Sirio, para pelear? Ni siquiera había tiempo de contestar.

Estaba desbastado, no encontré la belleza en ninguna de mis fotos. Ninguna mirada compasiva , solo preguntas o súplicas. Nunca me imaginaba un alemán llorando, esa noche después de un día terrible, Helmut lloró, como un chico, desconsoladamente. Sus manos temblaban tanto que no podía escribir. Solo puso de título “Esto es lo que pasa
en Alepo” Alfredo con mas años, hizo una nota a un anciano refugiado en un rinconcito, debajo de un techito, absolutamente vulnerable. Aseguraba:-Acá nada me va a pasar, así los dispuso Alá. Su deseo, era su única esperanza.
Por mi parte había mandado imágenes por demás del horror en un solo día. Era muy difícil encontrar algo positivo, esperanzador. Miraba a los niños los mas perjudicados, los que sufren, los que piden ayuda. Como fotógrafo profesional tenia la obligación conmigo mismo de mostrar algo que llevara una ilusión una mirada de amor.
Mi hermana directora de una editorial en Vancouver, me pedía fotografías, aunque sea una, de los lugares que me mandaba el diario.-Tiene que ser esperanzadora, sino no mandes nada. Me admiraba por eso me exigía
Entre los escombros encontré tres hermanitos que al verme, vinieron corriendo. Uno de ellos, el mas chico, muy simpático, reía siempre. Vivía esa vida como una aventura. Sus hermanas entre risas preguntaban si las adoptaría.
Me dejaban sin palabras. Mi silencio me abrumaba. Pude mandarle a mi hermana una foto que lo decía todo.:
Una de las nenas con su mirada ¿preguntaba por que?
Otra un poco mas seria, pero no tanto aseguraba:-¿Me vas a adoptar, no?¡No tenemos familia! El mas sonriente nada me pedía solo con su mirada me lo decía todo:-¡Todo estará bien! no te preocupes. Solo le faltaba guiñarme un ojo.
Así lo pensé, así me lo mostró su corazón ¡Así me enseño a vivir! Por su parte mi hermana en la revista de Vancouver puso la foto de ellos diciendo:
“No hay espanto que pueda, con la mirada esperanzadora de un niño”

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¿QUÉ ES REZAR ?

Elspeth Gormley / España

Rezar es una conversación con lo intangible, un momento de calma donde el alma se recoge en sí misma. Es el instante en que, entre el ruido del mundo, encontramos un refugio interior.

Es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia.

Es un Padre Nuestro susurrado en tiempos de incertidumbre, una plegaria para encontrar respuestas, un refugio en la duda y un consuelo en la esperanza.

Rezar es tener memoria.

Es lo que precede al trabajo y lo que jamás lo suplanta.

Es lo único que nos queda cuando ya no podemos hacer más. Es el acto de compromiso de quien no tiene otro medio para ayudar, como cuando elevamos pensamientos por alguien que va a ser operado, y todo queda en manos de la ciencia y de la voluntad que rige el universo.

Rezar no siempre cambia los hechos, pero sí cambia a quien reza. Nunca es inútil, porque siempre conforta.

Rezar es decir rezaré por ti y también reza por mí. Es, por tanto, lo contrario a la vanidad.

Es aceptar nuestras limitaciones. Aprender a resignarnos cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad.

Es buscar fuerzas cuando parece que no quedan.

Rezar es un acto de fe, pero no solo fe religiosa, sino fe en la vida, en las personas, en los que amamos, en los caminos inciertos que recorremos.

Es introspección en una era de exhibición. Es apagarse para encenderse desde dentro. Es encontrar un claro en la espesura.

Rezar es un placer oculto, un gesto que se reserva para la intimidad. Un acto que, cuando se comparte, se hace desde la confianza absoluta.

Es una declaración de amor por quien tienes en tus pensamientos. Derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de quienes piensan en ti.

Es estar en las oraciones de alguien más, que es mucho más que estar solo en su memoria.

Rezar es dar lo mejor de nuestro interior sin esperar nada a cambio. Es resistir cuando todo parece perdido. Es fragilidad y entereza.

Es, en el fondo, el eco de nuestra esperanza, la manifestación de nuestros deseos más profundos y la forma en que buscamos paz en medio del ruido de la vida.

Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.

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LA MALA SUERTE

Sandra B Romeo / Argentina

Todos los días la misma corrida para llegara a horario a la oficina. Una taza de café a las apuradas, el persistente sonido del paso del tiempo en el reloj…

Aurora, la jefa de personal, es todo lo contrario de lo que su nombre indicaría, por lo menos para mí. Nada de auroras boreales o amaneceres rosados y traslúcidos reflejándose en la arena húmeda. Esta Aurora es mas bien un ocaso gris y perverso que se ríe y se agranda con la huida de la luz adentrándose sutil y definitivamente en nuestros huesos antes de cerrar los ojos cada noche. Yo estoy convencida de que Aurora me persigue, que cuestiona todos mis rostros y mis rastros. Nada de lo mío la persuade. Para ella no soy una buena persona.

Ahora recuerdo, mientras me zarandeo en el subte, (debe ser este zarandeo el que trae los recuerdos) que trabajando de noche atendí más de tres o cuatro veces el teléfono para toparme con las bromas de mis compañeros sector enfermería, (mis anteojos supongo), entonces a la quinta vez del timbrar tomo el auricular hago acopio de la valentía de mis ancestros y antes de que nadie hable grito: —¡culo!

Silencio total del otro lado de la línea hasta que la voz de Aurora amaneciendo de su estupor grita preguntando: —pero ¿usted sabe con quién está hablando? Yo jugada contesto: —¿Y usted…? —¡No! —grita ella —¡Menos mal! —y corto la línea dejando vilmente la oficina por la puerta trasera, olvidando en ella todas mis pertenencias a las que, por un tema de terapia, rotulo y marco con mi nombre y Nº de documento (¿miedo a morirme en la calle y quedar como NN? ¿miedo a morirme sola que intento atrapar mi identidad? ¿mi identidad se escapa, se esconde?.¡Ay Señor, cuantos interrogantes!.

Bueno, resultado de lo antedicho, suspensión y publicación en el Boletín interno de lo sucedido. El escarnio fue tal que ni las permanentes y extensas llamadas de Jerónimo lograron que tuviera la fuerza necesaria para presentarme el día que correspondía. Lo hice, pero sin fuerzas. ¿Qué puedo decir de Jerónimo? Es el justiciero del Archivo del hospital en que trabajo.

Espacio ínfimo si se quiere para el accionar de un justiciero, sin embargo parece el espacio justo en que cabe la justicia, (siempre me pareció que no era mucho). Jerónimo es de esos seres que aquietan el alma. Grandote y amplio, es como esos paredones en donde de chicos te refugias del sol de verano. O donde van a dar todas las pelotas que se patean a la hora de la siesta. Fresco, protector, así es Jerónimo. A él las auroras ni le pintan. Por eso lo admiro. Por eso y porque pasa de mis anteojos.

El barquinazo del coche seis línea C remonta otro recuerdo. Fiesta inaugural de la sala de máquinas del hospital. Aurora, toda de rosa y tiñéndose ya de violeta luego de la sidra y los canapés enhebra astutamente un discurso que le vale los aplausos de la concurrencia que, a la vista de los platos ya vacíos, va girando como en bloque hacia la salida.

Aurora se cruza en mi camino voluptuosamente perfumada. Perfume…(¿les dije que soy alergiosa?), estornudo fatal y moco enorme que aterriza en la solapa del trajecito de la jefa de personal.

Mis manos y pañuelo tratando de restañar el daño ya irreversible porque en la buena intención desparramé aún más el moco con mi entrañable torpeza, de modo tal que el mismo ya desbordaba la solapa hacia el voluminoso pecho de Aurora. Manos grandes, manos tiernas y solícitas de Jerónimo con servilletas de papel (muchas, el moco era grande), ajustándose a los senos de una Aurora que ya tirando al borravino me encendió con una mirada glacial. Ahí no hubo suspensión, sólo cerco de silencio durante diez días, término en el que la anécdota, contada y recontada por mis compañeros sección morgue, tardó en dar la vuelta al hospital. Y Jerónimo hablándome al oído, contándome «que ahí no podía hacer nada, que no era cosa de injusticia sino de mala suerte piba». Le creí. ¡Cómo no voy a creer en la mala suerte si me llamo Aurora!

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EL RAYO DE LUNA

María Sánchez Fernández / España

Un rayo de luna se escapó del cielo y atravesó las negras aguas del mar. Era como un cuchillo cortante que a su paso dejara una herida abierta de intensa luz plateada. Ahondó tanto y tanto que llegó a profundidades insospechadas por él. Allá, en aquel fondo, advirtió que todos los habitantes de las aguas dormían. Escudriñó curioso, y vio qué diferente era aquel mundo del suyo. Él conocía los espacios abiertos en donde sus amigas, las estrellas, titilaban y, a veces, también se escapaban en vertiginosa carrera hacia el infinito. También conocía las exuberancias de la tierra pero… el misterio del mar; no.

Se movía de acá para allá despertando con su luz a miles de seres asustados que huían despavoridos de aquella extraña presencia. Vio un inmenso coral que movía unos brazos blanquecinos y rojos en los que había prendidos jirones de algas flotantes. Una enorme raya se detuvo, curiosa, a mirarlo para después seguir su camino.

El rayo de luna estaba fascinado, pero también un poco aturdido, él no quería despertar el pánico entre aquellos seres fantásticos, sólo quería conocerlos y ser amigo de todos. Con infinita delicadeza rozó la cola de un gran pez espada que se hallaba dormido en una oquedad de la roca. Éste se despertó y, algo asustado, se dispuso a atacar, pero vio que ante él no había enemigo alguno sino algo sin cuerpo cuya presencia era muy agradable.

El pez espada preguntó:

— ¿Quien eres tú, que nunca te vi?

— Soy un rayo de luna.

–¿Y qué es un rayo de luna? No puedo tocarte pero a través de ti puedo ver cuanto hay cerca de mí.

Y el rayo de luna sonriendo con su luz más blanca dijo:

— Tengo miles de hermanos y somos hijos de un cuerpo del cielo al que llaman Luna. Esta noche quise escaparme en solitario y visitar tu mundo.

Entonces el pez espada respondió:

— Eres mi huésped, ven conmigo y te lo mostraré.

Y visitaron, a través de las aguas que iban iluminando a su paso, los más bellos parajes que nunca hubiera imaginado aquel visitante que venía del espacio. Montañas vestidas de algas que, en el silencio submarino, parecían ser los fantasmas de aquellas otras montañas alfombradas de pinos verdes y empapadas de rumores que llenaban la tierra y que él conocía tan bien. Estas montañas del mar acogían, en infinitas cuevas, a miles de peces que en ellas buscaban seguridad y refugio. Moluscos de todos los tamaños se adherían a las rocas abriendo sus conchas rosadas y mostrando en su interior una masa blanduzca que se movía perezosamente acechando alguna presa, y cuando ésta se acercaba ¡zas!, se cerraba herméticamente para engullirla en su interior.

El pez espada seguía avanzando abriéndose paso entre las aguas con su gran trompa puntiaguda, y el rayo de luna le seguía fascinado envolviéndolo con su manto de luz. Un banco de pececillos rojos pasó ante ellos haciendo cronométricos zigzagueos, y un gigantesco pulpo extendía sus abotonados brazos queriendo tocar aquel extraño visitante que se movía entre los personajes marinos.

–Me gusta tu mundo.– Dijo el rayo de luna–. ¿Podrías invitar a mis hermanos?

Y el pez espada respondió:

–Puedes llamarlos ahora mismo, mientras las aguas sean negras. Después se volverán azules y vuestra tenue luz se perdería en ellas

Y el rayo de luna llamó a sus hermanos con su magnetismo cargado de magia, y al momento todos acudieron en tropel, y con gran algarabía de risas de plata invadieron las negras profundidades.

¡Qué orgía de luz y de colores explosionó en el fondo del mar! Rivalizaban el capricho y la originalidad en la forma de todos sus moradores. Peces alargados, redondos, achatados, de figura esférica o triangular, con ojos enormes y gráciles aletas; otros de cuerpos pequeños y grandes tentáculos; preciosos moluscos de las más variadas formas…, y tantos y tantos colores…, infinidad de colores rivalizaban por su propio protagonismo.

Las aguas se ondulaban vestidas de transparente blancura con el ir y venir de sus millones de habitantes.

La gran fiesta comenzó y todos danzaron con loco frenesí. Grupos de peces dorados trazaban círculos perfectos en torno a una gran masa de coral que alargaba sus ramificaciones rojizas como queriendo alcanzar aquella maravillosa luz que todo lo envolvía. Otros grupos de peces –siempre en perfecta formación y vestidos con la más exquisita originalidad−, abrían sus salientes bocas cantando burbujas. Un grupo de delfines se sumó al regocijo del momento emitiendo alegres sonidos que acompañaban a una diminuta orquesta formada por caballitos de mar y por oscuras ostras que abrían y cerraban sus conchas con perfecto ritmo, mostrando su intimidad nacarada. Un gran tiburón cruzó rápidamente, sin detenerse, tendría prisa por resolver algún asunto urgente.

La fiesta estaba en su punto culminante. La alegría rebosaba más allá de lo imaginable. Los rayos de luna reían y reían, y las aguas del mar nocturno –antes negras y quietas−, se movían alborozadas en sus ondas profundas y blancas.

De pronto, nuestro rayo de luna dejó de reír y prestó atención. Más tarde dijo:

–Hermanos, nos llaman desde arriba. Nuestra madre, la Luna, se retira. Ya baja por el cielo en busca del horizonte.

Todos se unieron en un inmenso haz de luz, y diciendo adiós a sus amigos salieron del mar y ascendieron a la altura mezclándose con los claros rosados del alba.

CUENTOS Y RELATOS – MAYO

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Cuentos-y-relatos

«Cada cuento es un mundo, una chispa de imaginación que prende el alma y nos transporta más allá de lo real.»

E. Gormley

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LA PULGUITA
FÁBULA

Magi Balsells / España

Con sus pertenencias al hombro se desplazaba una joven pulguita, brincando de pelo en pelo de un tranquilo perro, en uno de estos saltos apareció delante de ella una vieja y arrugada pulga, la reina de todas ellas, la cual paro sus saltos con estas palabras
.-Párate aquí, ¿Dónde vas joven pulga? Con tu autillo al hombro y con estas prisas ¿Qué te ocurre? ¿Te persigue alguien?
.-No Sra. Reina de las pulgas, solo es que quiero encontrar un perro que sea mas limpio en el que ahora estoy.
.-Ya me dirás para que quieres cambiar a este tranquilo animal, aparte de su suciedad que no veo sea tan fuerte.
,.Quiero un perro de estos que su amo lo cuida, lo lleva a la peluquería, donde le hacen peinados muy bonitos, que huela bien , no como en el que estoy.-
.-No sabes lo que pides, te explicare algo que me ocurrió en mi juventud por tener tus mismos deseos y después decides lo que quieras, pero primero escúchame.
.-Soy todo oídos, seguro será algo importante.
.- Así es, veras, cuando yo era tan joven como tu, nací en un perro que no era el sinónimo de la limpieza, no era por su culpa sino por los dueños que tenia, pero pese a todo era un animal muy tranquilo que me dejaba en paz, pero esto no era suficiente, quería algo mas hermoso, algo mas limpio, que oliera mejor y prepare mis bártulos y como tu me fui en busca de mi nuevo hogar, que no tarde en encontrar en un hermoso animal, bien cuidado, limpio hasta la exageración, pensé que allí seria feliz, pero que enseguida comprendí que había cometido un error muy grande.
.- Pero si era lo que querías donde estaba la equivocación.
.-Muy fácil, en sus dueños, lo lavaban cada día, con unos jabones muy olorosos que atacaban mi olfato, llevaba un collar antiparasitario, que aun que a mi me afectaba poco me molestaban las ondas que trasmitían, aparte cualquier movimiento que efectuara como si algo le hubiese picado, automáticamente era llevado al veterinario para que hiciera una exploración de su cuerpo en busca de algún elemento molesto, y los viajes a la peluquería, donde recortaban sus incipientes pelos llevándose en los mismos muchos amigos con esto consiguieron que muchos perdieran la vida, yo tenia que esconderme en los lugares mas insospechados para no ser encontrada, tuve mucha suerte, pero esto no era la vida que yo deseaba, por lo cual volví a mi anterior domicilio donde disfrutaba de las delicias de poder picar a mi amigo con deleite sin que nadie se preocupara de eliminarme y hasta este momento soy feliz aquí
¿Crees que vale la pena cambiar esta tranquilidad que tienes por una mejor estancia?
.-Pues mirado de esta manera , no creo que el cambio sea beneficioso, por lo cual me quedare en este lugar, aquí por lo menos tengo el sustento asegurado y cierta tranquilidad .Gracias por tu sabio consejo , pero ya sabes docta pulga que la juventud no tiene la experiencia que tu posees, y a veces cuando la consiguen ya es tarde

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HISTORIAS REALES

Carlos González Saavedra / Argentina

Finalmente ya estaba instalado. Contento y mi familia también, les había encantado el departamento. Luminoso amplio y cómodo. Por mi parte, mis compañeros me habían recibido muy bien. A veces pensaba que la gente de Buenos Aires, es de una manera o de otra, muchos mitos referidos a esto. Me sentía muy respetado y bien tratado en mi puesto, de gerente del Banco Nación Argentina. Estaba orgulloso. Si bien no es lo mismo, ser gerente de un pueblo de diez mil habitantes en Santa Fe, que serlo en el conurbano, en una ciudad de trescientos veinte mil.

La gerenta regional, me había llamado unos días antes del nombramiento, avisando que ya estaba a la firma. Que contara con ella para lo que fuera necesario.-Cuenta Ud. con una muy buena foja de servicios, ¡adelante! Mi oficina amplia y cómoda. Todo el personal de primera, hasta uno de ellos, Mariano, cocinaba para todos. Nos turnábamos en el amplio comedor, para almorzar.

Los primeros días fueron de fogueos con los clientes, de a poco, me fui adaptando a la dinámica. A la semana me llama por teléfono el regional y me dice: -Edgardo en el día de mañana irán de la región, un arquitecto con el jefe departamental. La sucursal ha sido elegida como ideal para darle mas fluido y mejor atención.

-Bueno los espero. ¡Sorprendido!

Al llegar el arquitecto y el jefe departamental, comentan. -Haremos unas reformas, donde hay cuatro cajeros electrónicos van once, se modifica el frente, habrá mas espacio, en las ventanillas de atención al publico en vez de cuatro van ocho.

-Bueno ¿Cuándo empiezan?

-En quince días se termina. Así esta establecido, empezando éste fin de semana mismo.

Estaba sorprendido en el campo todo, se me preguntaba, acá todo venia dispuesto, tendré que adaptarme.

-Edgardo cuando empiecen las obras, casa central me adjudico diez mil cuentas que repartiré entre Ud. y La Matanza. Creo que le tocan unas ¡seis mil!

-¿El personal? no alcanza

Pensaba acá no tengo control de nada, ni se quien viene ni quien se va. Imposible tener el trato que tenia con la gente del campo.

-Unos días antes firmé los traslados de diez personas más un asistente de cuentas de cajas de ahorro. Se presentarán entre mañana y pasado.

Por momentos pensaba en que lío estaba metido porque era mucho para manejar, controlar y enviar los informes.

Después de las reformas, con el banco con otras dimensiones ya me había ordenado y mano rígida y seria para empleados y algunos clientes díscolos.

Era otra persona, pero me desempeñaba bien, me gustaba y le había tomado bien la mano. No podía impedir las enormes colas para cobrar por ventanilla y gente desde las siete de la mañana con frío y lluvia haciendo cola afuera. Dando número no bastaba, me sentía responsable, pero hacia lo que podía.

Un lunes con el banco atestado de gente, colas afuera, adentro. En fin, un verdadero día de furia, después del feriado del viernes.

Preferí encerrarme en mi oficina, para concentrarme en cada una de las cosas que debía resolver, ya había dicho que no, al almuerzo.

Siento que golpean respetuosamente la puerta.

-¡Adelante!

-Señor gerente hay una señora que esta con su hija, quieren hablar con Ud. es por una tarjeta, hace como una hora que esperan.

-Que la atienda Silvia, jefa de cuentas corrientes, ¡no puedo en este momento!

Pasada media hora se asoma Silvia por el marco de la puerta -Edgardo quieren hablar con vos, por una tarjeta. ¡No nos vamos de acá! sin hablar con el señor. Son muy respetuosas y humildes, Edgardo, es ¡gente de trabajo!

-¡Que pasen!

Se presentan dos mujeres, de aspecto muy humildes con ropa sencilla. Tenían todo el aspecto de empleadas domésticas, tímidas, temerosas y poco instruidas.

-Buenas tardes, ¿en que puedo ayudarlas?

-Háblale al señor, ¡contale! Es mi hija y algo importante va a decirle.

No salía del asombro, ni entendía bien ¡que era lo misterioso!

-Bueno señor Ud. disculpe que le quite su tiempo, el problema es mi tarjeta de caja de ahorro donde tengo unos pesitos, perdí la tarjeta y quiero saber si me robaron el dinero o lo tengo.

Menos entendía

-Pero la clave no debes dársela a nadie ¿Por qué no explicaron a las dos señoras que la atendieron?

-Bueno es un asunto delicado.

-Que es lo delicado, Ud. quiere saber si tiene dinero en la cuenta, sí le han depositado el plan. ¿Cuánto hace que perdió la tarjeta?

-Tres meses

-¿Tres meses? ¿Y recién ahora viene porque no lo hizo antes?

-Contarle al señor, insiste la madre

-Me tenían secuestrada y me amenazaban que matarían a mi familia

-¿Como es eso? pregunto sorprendido, mientras me acomodaba en la silla.

-Bueno resulta que una amiga me invito a una fiesta en El Palomar y ahí nos fuimos las dos en colectivo, creo que en el 354.La fiesta eran de unos amigos de la Miriam, mi amiga. Bailamos había uno que quería abusarse, lo paré. ¡No soy de ésas, le dije!

Y me contesto que lo perdonara, que me invitaba con una copa y acepte.

La escuchaba y seguía sin entender nada, la chica estaba al borde del llanto.

-Seguí Anahí hija. Alentaba la madre contemplándola tristemente. Conteniendo el llanto.

-Entonces me empecé a sentir mareada y no me acuerdo de nada. Desperté entre camas viejas y colchones con humedad y en una pieza despintada. No sabia donde estaba.

-Vamos nena despertate que tenes trabajo, mi nombre es Samanta.

-No se quien es Ud., señora, me llamo Anahí, ¿Dónde estoy? Viene un hombre forzudo me agarra de los pelos y me tira debajo de un chorro de agua fría, me deja un rato y me deja un pantalón cortito y una blusa.

-Toma sécate tirándome un trapo viejo, para secarme.

Samanta me dice con tono amenazador y enérgico. Apretando con fuerza mi cara.

-Anahí acá vas a atender a hombres que quieren sexo. Sin chistar porque te cagamos a trompadas, y matamos a tu vieja, que ya sabemos donde vive. ¿entendiste?

Me llevan a otra habitación donde había tres chicas mas, una de ellas me dice estamos en el Chaco, viniste junto conmigo, ellas llegaron ayer.

Estaba pálido anclado al sillón de la gerencia sin saber que decir, mientras, pobre chica, lloraba y la mama le daba fuerza y sostenía. Tampoco sabia que podía hacer yo o porque vinieron a mi. ¡Más que escucharlas!

-Nos sacaron a todas los documentos. Contaba Isabel la chica que se mantenía más en guardia.

-Bueno señor se imagina lo que pasé, maltrato y violaciones de todo tipo, me hacían de todo. Comíamos mal y dormíamos peor. Lo mejor era el mate cocido de la mañana con pan caliente que traía el panadero.

La mama lloraba en silencio, sus ojos tristes e impotentes por lo que contaba su hija, pero con la entereza de la que tiene una vida sufrida.

Jamás había pensado en semejante drama, frente a mis ojos. Estaba perplejo, incómodo, desorientado y al borde del llanto, también yo.

Todo eso escenario me hacia pensar en mis hijos. En mi hija que había empezado la facultad. Contenta con sus veinte años, llena de sueños, Anahí no estaba muy lejos pero en su mirada se podía leer, el arrebato de su inocencia y alma de mujer. Me había conmovido profundamente lo que contaba.

-Pero contame ¿Cómo llegaste acá?

Lo que pasa que Isabel que es mas despierta, vio cuando venía el panadero con el pan, se quedaban hablando y alguna cosita más, con la Samanta. No ponían la traba a la puerta y esa era, una oportunidad para escaparnos.

-Así fue, corrimos como un kilómetro, escondiéndonos, hasta un cruce. Por suerte al primer camionero que hicimos dedo nos levanto y nos llevo hasta Santa Fe. Cuando le contamos al camionero, nos dejo en un convento y las puso al tanto, ahí pedimos que no llamara a la policía. Estuvimos tres días con ellas. Comimos bien, dormimos y nos dieron ropa nueva y limpia y dinero para el micro, que nos dejo en Retiro.

-Anahí donde vas a ir vos?

-Vamos a la casa de mi primo, por si no están buscando. A ver si mi mama esta viva.

Ven conmigo, ¿Dónde vive tú mama?

-No tengo mama pero mi hermana Dora me estaba cuidando a mi hijo.

Llegamos a lo de mi primo, le conté y el fue a buscar a mi mama a la casa para asegurarse que estaba bien, lo mismo hizo con Dora la hermana de Isabel.

Las mire a los ojos me levante, fui hacia ellas y las abracé, quería pedirles perdón. Por esta sociedad injusta, donde siempre sufren mas, los menos instruidos

-Sabe Don, la monjita fue la que me dijo, no cuentes a nadie. Habla con el que manda, por eso lo espere con mi mama, llorando desconsolada. Ese abrazo nos había quebrado a los tres y como los chicos en el colegio abrazados llorando quedamos, unos minutos.

-Perdón irrumpe Silvia y se encuentra con esta escena cierra la puerta delicadamente y todo el afuera no se escuchaba. Ese día de furia tenía una pintura de humanidad, ésa que supe tener en el Banco Nación de un pueblito de diez mil habitantes. Gracias a eso pude escuchar y comprender

-Dame tu número de documento

-Al buscarlo en el sistema me decía que, ANSES había depositado el plan. Tenía treinta mil pesos en su cuenta acumulados. Justo a punto de vencer.

-Silvia con lagrimas en los ojos, entrego la tarjeta nueva y nos abrazamos los cuatro.

-¡Dios lo bendiga! me dijo la mama, mientras Anahí no podía hablar, tampoco yo.

Anahí finalmente al lograr tener PAZ en su corazón, su vida cambió.

Me entere, poco después que se había vuelto con su mama a Formosa, donde vivía toda su familia.

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EL MAR, CONFIDENTE Y DUEÑO DE SUEÑOS

Elspeth Gormley / España

El mar no es solo agua en movimiento. Es un alma líquida que respira con el ritmo de las mareas, un confidente mudo de pensamientos que nunca se pronuncian en voz alta. Es el eco de nuestras emociones, la extensión infinita de lo desconocido, el guardián de historias que solo aquellos dispuestos a escuchar logran descifrar.

Hay días en que su furia estalla. Las olas se alzan como titanes indomables, rompiendo contra la costa con el ímpetu de un corazón desbordado. La espuma devora la orilla, el viento se une en su danza salvaje, y el horizonte tiembla ante la batalla de agua y aire. Es el mar reclamando su poder, recordando a los hombres que nunca podrá ser domado.

Pero también sabe ser calma. En esos momentos, su piel de cristal refleja el cielo como si quisiera fundirse con él, como si en su inmensidad guardase la respuesta a todos los silencios. Susurros de agua rozan la arena con la ternura de un beso, su abrazo envuelve los cuerpos que se rinden ante su inmensidad.

Cuando la luna llena se posa sobre sus aguas, el mar transforma su esencia. Se vuelve un espejo de plata, un camino hacia lo infinito, un sendero celestial por el que solo los soñadores osan caminar. Y en ese instante, cuando todo calla salvo el murmullo de las olas, susurra sus secretos más antiguos. Habla de navegantes perdidos, de amores prometidos bajo cielos estrellados, de deseos que nadie se atreve a pronunciar.

Lo amo porque me escucha, porque entiende el lenguaje de las emociones sin necesidad de palabras. Porque responde en el idioma de las mareas, en el vaivén de su oleaje, en el ritmo imparable de su existencia. Lo amo porque, aunque el mundo cambie, él siempre sigue ahí.

Pero el mar no es solo mío. Es tuyo, es nuestro. Es el pulso de la Tierra, el testigo silencioso de vidas que vienen y van, el latido que nunca debe cesar.

Y cuando lo contemplo, cuando su brisa golpea mi rostro y su rugido llena mis oídos, sé que no hay límites, que no hay final, que la eternidad es real.

Porque el mar no se explica. Se siente.

«El mar es un espejo de la eternidad: a veces en calma, otras en tormenta, pero siempre profundo y lleno de secretos.  

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EL ÚLTIMO QUE CIERRE LA TRANQUERA

Miriam Noce / Argentina

«Nunca apuesto a un caballo, sólo apuesto a jockeys» Nicolás Negroponte

«América fue siempre mi sueño». El abuelo así comienza sus historias. No sé si soy su nieto preferido o sólo el mayor, el Tomás. Nos une desde mi niñez una profunda amistad de comprensión y picardías. Pese a mi corta edad, fui el depositario de sus penas y satisfacciones.

Con dieciocho años recién cumplidos y con días de estada en estas tierras consiguió un laboro en los campos de Colonia San José. Atrás quedaban sus padres y abuelos en la ya lejana Sicilia. Austero, notablemente dotado para aprender con rapidez diversos trabajos del campo. Se ganó con creces la confianza del patrón. Poseía destreza en sus tareas y habilidad para hacer convincentes sus ideas. Al cabo de tres años consiguió el amor de una nieta de gringos y comprarse 6 hectáreas que desmontó solo y con paciencia. Bianca le dio dos hijos varones: el tío Pietro y mi padre. Desde pequeño Pietro fue boyerito y creció siendo la mano derecha del abuelo Gino. Tenía un don especial con los animales. Intercambiaba ideas en la escuela con la maestra y sus compañeros; le gustaba imaginar nuevos usos a las herramientas del campo, mejorar el ganado; le decían «tanito innovador.» Con el paso de los años comenzó a discutirle a su padre: de nada servía comprar más hectáreas y ganado, sino aportaba mejoras a los establos, al pastaje, a las aguadas.

El abuelo Gino le exigió a mi padre estudiar, siempre estudio. Él quería tener un hijo abogado, y lo logró. Nunca bajó la guardia. Cuando cumplió sus dieciocho, el tío Pietro se fue. Probó suerte en campos de Humboldt. Necesitaba hacer realidad sus sueños de modernizar el campo. No consiguió enseñarle a Gino las nuevas tecnificaciones. Se alejó en distancia y principios. Para colmo, la prepotencia es uno de los defectos menos tolerado por el abuelo. Hoy está casado y envía a sus hijos a la escuela agrotécnica de la zona. Quiere que su campo sea un ejemplo.

Mi padre también se casó joven. Somos tres hermanos y es él quien visita al abuelo todos los fines de semana. Cuando chicos mis hermanas iban felices a andar en los petisos que el abuelo les tenía reservados. Ya adolescentes sólo yo sigo concurriendo. No me atraen las tareas del campo, sí el carácter y las anécdotas de mis abuelos. Había que temblar cuando el abuelo tenía un aire ausente, eso significaba que en su testa andaba rondando un pensamiento inteligente. Tengo muy buena relación con ellos. Lamentó que mis primos y tíos sólo vengan dos veces al año para el cumple de los nonos, fiesta que se comenta en toda la Colonia por la comida que prepara la abuela: raviolis y fettuccini con abundantes salsas; biscotti, pan o bollos. Sobremesas largas regadas con buon vino. Al terminar el abuelo de contar las maravillas de su ciudad natal, Catania, y decir «arriverdechi a tutti» recién nos estaba permitido retirarnos.

Como pienso seguir los pasos de mi padre, seré abogado. El tema seguridad me preocupa, sobre todo por ellos, tan solos en el medio del campo. Cuando les pregunto cómo se manejan con el dinero, la nona rápida me contestó: “Lo guarda adentro del colchón.” Me he reído con ganas, pero… la duda queda. Mi padre no se preocupa, dice que el abuelo es más astuto que todos nosotros juntos. Nadie sabe a dónde va cuando saca a relucir su impecable Ford modelo 76.

Entre el frío, inesperado y prolongado, más la sequía, este año se le han muerto varios animales al abuelo. Le hemos ofrecido dinero para comprar forraje, pero para nuestra sorpresa, nos ha dicho que tiene suficiente. El auge de la soja hizo que muchos se inclinaran ante el momento excelente y le han restado terreno a la ganadería. Le comenta a mi padre: «Tu hermano mayor dice que soy tenedor de vacas; él en cambio es productor.» El abuelo siempre tiene un dejo de amargura cuando recuerda las palabras hirientes de Pietro al irse del campo:

—Serás siempre un viejo atrasado, olvidado por los demás productores. Seguí con tus antiguas prácticas ganaderas. No estás en tu querida Sicilia.

—A veces, en silencio reconozco que en algunas cosas tiene razón. Por ahí, estoy desconectado de las prácticas modernas en el manejo del ganado. Pero, tengo cosas nuevas. ¿Sabés mi’jo lo que es el CUIG?

—Por supuesto abuelo, la clave única de identificación ganadera.

—¿Viste que de a poco me voy adaptando? Tengo el tranco corto y lento. Pero alguna vez se van a llevar una sorpresa. Ya veras Tomasito.

—¿Se pueden morir más animales?

—Quizás algunos más. Andan revoloteando los caranchos. La ausencia de pastos es increíble, ni macollo hay. Los rollos que he comprado son una vergonia. Dejan mucho que desear, están hechos con rastrojos de bajo contenido alimenticio. En el verano hice los deberes: arrollé alfalfa, embolsé forraje y sembré avena. Como dice mi otro figlio, esta actividad tiene un importante nivel de riesgo.

—¿Qué es la sorpresa?

—Tu tío cree que se me van a morir todos los animales; pero se mancó. Vendí mucha hacienda y al mejor precio cuando la tuve que sacar de la isla por la inundación. Tenían buen kilaje. Alguna vez, le voy a hacer caso. Aprenderé a manejarme con pastoreo rotativo y boyero eléctrico.

—Tiene razón papá, cuando querés, sos un gringo inteligente.

—Esperá, que todavía falta.

El llamado de uno de sus peones cortó la conversación. Al abuelo lo ayudan pobladores nativos, hijos y nietos de antiguos criollos. Conocen a la perfección el lenguaje de Gino, mezcla de dialecto siciliano con castellano y algunos términos actuales de «empresario ganadero.»

Don Gino, el viejo, el abuelo, el nono (lo llamo de varias maneras), me tiene preocupado. Estos últimos días lo veo un poco decaído. Se lo hicimos notar y nos ha contestado: “No se aflijan, estoy como el ganado: invernando para adquirir un lindo engorde.” La abuela Bianca anda entre risueña y sorprendida. Dice que el abuelo en los últimos meses se ha vuelto muy lector. Diarios, revistas, libros. «En qué andará este gringo, cuando se le pone algo, ni Cristo lo saca de su brete.»

Siempre menciona la sorpresa que me tiene preparada, pero jamás sugiere lo que es. Como los chicos, le brilla la mirada y su boca parece pronta a hablar, pero… calla. Apuesta a que me apure para recibirme de abogado: «Así los dos estaremos con buen engorde para ingresar al mercado.» Se nota que está haciendo esfuerzos denodados, pero los años le están pasando facturas, su cuerpo ya no está tan derecho, pero su mente e inteligencia van en aumento.

Ayer me recibí. Concluidos los festejos (nobleza obliga), fui a visitar al abuelo. Ansioso y feliz me recibió con risas y palabras en su dialecto. Abrazados fuimos al comedor, el que permanece oscuro y silencioso esperando acontecimientos dignos para festejar. Pidió a la abuela, dos copas y el vino de las ocasiones y «por favore, ¡no interrumpas! Tengo que hablar muy seriamente con el abogado.»

—Terminaré de envejecer en este lugar. Quiero que muchos puedan disfrutar de estas tierras. Le demostraré a mi piccolo mayor, que soy algo más que un tenedor de vacas. Como dicen los genoveses: supe acamalar en tiempos duros. Quiero dejar algún tipo de huella en mi paso por el mundo. Te voy a contar mi idea. He leído mucho sobre el tema. Esta tierra que me dio para vivir tantos años sirve para lo que hoy está de moda. Cuando yo muera…

—Abuelo, no empiece con esas tonteras. Estás un poco viejo, pero no para tanto.

—No me interrumpas. Mis dos hijos recibirán su herencia por partes iguales. Todo quedará en testamento. Bien claro. También lo que vas a cobrar por administrar, lotear y estar al frente de todo. A Bianca, la llevan a vivir con ustedes a la ciudad. Últimamente ve películas italianas por la tele. Ríe y llora al mismo tiempo. No va a molestar.

—Pero abuelo

—¡Silencio! Tomás, no parla, escucha. Algunos los llaman club de chacras. Otros, barrios de chacras. Tendrás que asesorar y asesorarte. El loteo va a producir un importante capital, superior a la venta como campo. Muchos árboles frutales, álamos y ligustros. Casas lindas pero no de lujo, para huir del vértigo de la ciudad. Absoluta tranquilidad y silencio. Que cada lugar tenga pajareras con aves de la zona. Agrandá la aguada para que las garzas en el invierno tomen sol por las mañanas. Que se puedan criar toros criollos y bueyes mansos. Viveros de hierbas aromáticas y flores. Cría de caracoles. Armar huertas en pequeña escala. Un lugar para las caballerizas y senderos para cabalgar. No lo podré ver, pero confío ciegamente en vos. Las chacras se llamarán «Don Gino.» Solo una cosa te exijo: como no voy a bellaquear para irme, quiero que mis cenizas descansen en la orilla de la aguada. Te aclaro que si no cumplís con mi mandato, desde algún remoto lugar «la cosa nostra» tomara vendetta. ¡Ah! No te olvides: el último en pasar, que cierre la tranquera.

—¡Abuelo! ¡Abuelo!… tendremos largas conversaciones sobre el tema. La idea me parece muy buena. Excelente.

—Gracias caro mío. Creo que en está tierra sos el único que me entiende.

Fue el festejo más lleno de cariño. Cené con ellos y me despedí cerca de medianoche. El abuelo no vio el amanecer, se durmió entre sueños.

Me espera una larga sucesión; todo está plagado de hostilidad, fastidio, obstáculos. El tío Pietro no está de acuerdo en cumplir los proyectos de su padre.

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EN LAS CEREMONIAS… AL TEMBLOR DE LAS HOGUERAS
Carlos Pérez de Villarreal / Argentina


La obscuridad era completa.
Una leve brisa comenzaba a sentirse.
El silencio se quebró con el ruido cada vez más intenso.
Un par de ojos se vislumbraron en la distancia.
Comenzaron a agrandarse.
Una ola de papeles empezó a danzar por todas partes mientras el rumor ensordecía.
Chirrido de metal sobre metal, crujidos de materiales.
Sin mediar nada más. ¡UUOOOSSSSHHHH! El subte pasó raudo.
Diana, apoyada sobre la pared, veía pasar el juego de luces de las ventanillas, mirando casi sin ver los rostros, que como en una recorrida infernal se desdibujaban en la distancia.
Las lágrimas corrían por sus mejillas como un reguero gris que brillaba en las vías, alargando los rieles.
Su cuerpo, esbelto, se sacudía intermitentemente por los sollozos.
Un manto cubría su vestido que llegaba hasta el suelo.
Se detuvo.
Escuchó atentamente y sintió más que supo, que alguien la seguía.
En la lejanía, Vulcano, el ser mitad hombre, mitad animal, tremendo ejemplar de casi cuatro metros de altura, el último de su raza extinta ya hacía diez mil años y creadora de los túneles, estaba tras sus pasos.
Cuando la alcanzó, Diana sólo atinó a aferrarse a él con desesperación.
Una nobleza infinita cubrió el rostro del semidios y alzando con una mano a la bella Diosa, comenzó el largo peregrinar por la obscuridad chapaleando agua putrefacta.

Su nombre era Ares.
Había matado a Tártaro el monstruo de la oscuridad y reinaba en su lugar.
Un reinado de luz.
Su cuerpo enjuto, fornido y musculoso, no dejaba entrever su gran edad.
Sentado en el trono, con el báculo de poder en su mano, meditaba.
El cuerpo retraído solo estaba cubierto por un manto blanco que dejaba el pecho al descubierto.
El símbolo del rayo colgado de una cadena, brillaba por la luz de cada subte que pasaba… dejando su estela.
Sus largos cabellos blancos y su poblada barba, gemían por el viento.
Diana había escapado.
Como su Diosa y esposa gobernaba junto a él, pero la llegada de Perseo, el humano, había trastornado todo.
Enamorada de sus hazañas, huyó con él.
Los buscó por centenias y al final, los encontró.

Envió tras ellos a Céfiro, Dios del viento subterráneo, cuyos soplidos son tan fuertes, que aún hoy perduran en los túneles permitiendo al subte alcanzar su máxima velocidad.
Enfrentado con Perseo, Céfiro debió usar todas sus argucias en la lucha.
Aunque aquel era humano, su figura, extremadamente musculosa con su casco guerrero, sus polainas de cuero trenzadas y su vasta experiencia, imponían respeto.
Las estocadas iban y venían.
El reflujo de estrellas que salpicaban al golpearse entre sí, se veía desde las ventanillas.
Los escudos entrechocaban con un ruido sordo y atemorizador.
El polvo se levantaba haciendo casi irrespirable la atmósfera, pero ninguno de los dos
retrocedía.
El tiempo pasaba, el sudor empapaba el cuerpo de los dos contendientes, y en un paso en falso, la espada de Céfiro, haciendo una finta, penetró por el costado derecho de Perseo y lo atravesó como a una fruta madura, partiéndole el corazón.
El desgarrador grito de Diana se escuchó en los túneles.
Parecía el chirriar de los frenos del subte.
Tendida a los pies de Ares, suplicó, lloró y se desgarró, pidiendo por su amado.
Su pesar fue considerado sincero.
Perseo volvería a la vida como un semidios y a cambio Vulcano moriría. Una vida por otra.
El mandato fue cumplido.
Aún hoy su corazón deja sentirse a veces, retumbando en los túneles:
¡Tatá-Tatán, Tatá-Tatán, Tatá-Tatán!
Pero el verdadero suplicio llegaría poco después.
Se contaba en las ceremonias… al temblor de las hogueras, que Diana sería encerrada en
uno de los infinitos trenes y Perseo, desde ese día la buscaría, descartando
incansablemente cada subte.
Así es como llegan a nosotros:
Uno tras otro, uno tras otro, uno tras otro…

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LA CONJURA DE LAS ALMAS

Sandra B. Romeo

Destino y alma son dos nombres para el mismo principio

Novalis. Escritor y filósofo alemán.

Después del segundo asesinato yo sabía que no me enfrentaba a algo común. Buscaba, con la ayuda de mis sueños, algún indicio que me acercara al fin del misterio.

Algunos dirían más tarde que resolví el caso porque sabía el ritual.

Yo digo que las almas hablan.

Y todo aconteció.

Corría el año 1926. Ese tórrido verano de 1926.

Sólo se respiraba fuego. El aire estancado sobre nuestras cabezas, sin moverse ni enfriarse, apestaba a río.

Como la ciudad, como nosotros.

Helena, Cecilia y yo salimos de la confitería caminando juntas hacia el bajo desembocando en la costanera.

Las últimas horas de la tarde morían ahogadas en ese calor sin precedentes.

Cuando ellas tomaron su tranvía, yo seguí mi camino.

Así se lo dije a la policía, así ocurrió.

Al abrir la puerta de mi casa, me dijeron después, Helena estaba muerta.

A primeras horas de la mañana, cuando vinieron a buscarme para reconocer el cuerpo, ya que Helena estaba sola en la ciudad, Cecilia estaba allí.

Éramos inseparables.

En la morgue judicial, el laberinto de pasillos por el que nos llevaron era tan intrincado y falto de lógica como mis sentimientos.

Finalmente, al término de un corredor con piso de linóleo verde y azulejos de vidrio, se abrió una puerta.

Nos encontramos frente a una camilla de acero inoxidable en la que se espejaba, sin ninguna gracia ni armonía, una Helena destrozada y desconocida.

Era ella, sin dudas, pero como, se supone, sería en su vejez. Encogida, descolorida, seca.

En su mano muerta aún apretaba una pequeña piedra con extraños símbolos.

El timbre sobresaltó a Cecilia en esa hora de la noche en que sólo puede llegar a buscarnos alguna desgracia.

Yo la vi aterrada.

Del otro lado de la puerta un acongojado Segrob le pedía perdón por no haber llegado a tiempo.

A esas alturas me habían encontrado y alguien tenía que decírselo a mi amiga. Quedaba totalmente sola.

Cuando me vio en la camilla-espejo una extraña piedra marcada se desprendió de mis dedos agarrotados y ancianos.

Aquí, como inspector del caso, debo retomar el discurso en esta historia.

Mis sueños se ensamblaban con la vida y la muerte de estas mujeres en un contrapunto que me tenía aterrado.

Esas noches pobladas de imágenes proféticas y reverenciales alimentaron mi investigación.

Eran palomas, capas negras y máscaras extrañas por su entramado y tonalidad quienes me guiaban por callejones oscuros y tortuosos. Por las orillas secas del río y las iglesias abandonadas de las afueras. Recorrí todas las ruinas de la zona barajando entre mis dedos aquellas piedras que, ya sabía, eran runas antiguas.

Uruz, cambio y transición. La vida que se ha estado viviendo excede ya su propia forma.

Hágalas, perturbaciones elementales, acontecimientos totalmente fuera de nuestro control.

Tal era mi introspección que en el departamento de policía llegaron a perder toda esperanza en mi cordura y casi me separan del caso.

Sin embargo yo sabía.

Aquella tarde caminaba por las calles uniendo piezas dentro de mi cabeza. Era tal mi concentración que tardé varios segundos en darme cuenta de que una enmascarada multitud me rodeaba.

¡Máscaras!. Recordé que ése era el baile anual del Centro de Residentes Venecianos.

Los arlequines se transformaban dos pasos más allá en diablos y damas antiguas. En el centro de la plaza una odalisca se inflamaba con el calor y el alcohol en un baile alocado que era aplaudido por el virrey junto a un grupo de pieles rojas.

Intenté desembarazarme de tanto disfraz. Giré en el momento que desaparecía por la esquina una cola de capa negra. Yo empujaba y despejaba el camino con mis manos siguiendo el mensaje de mis sueños. Siguiendo al asesino.

El laberinto de calles que tan bien conocía parecía haberse unido a ese carnaval sombrío de colores.

Todo me abrumaba mientras corría detrás de un rastro disfrazado en esa ciudad alucinada. Cada tanto un destello de la máscara me guiaba sin saberlo. Sin embargo, esas callejuelas tramposas engulleron capa y máscara.

El rastro me llevó a un callejón oscuro en el que no había ni puerta, ni ventana, ni tapia, tampoco asesino ¡se había desvanecido casi delante de mis ojos!.

Miré alrededor y me encontré en el barrio sombrío de los marginales brasileños.

Un ruido lejano de tambores rituales venía de la ribera más escondida del río. Anunciaban la noche del cruce del umbral.

La claridad se hizo en mi mente.

Volví sobre mis pasos y sorteando los últimos antifaces agónicos corrí hacia la casa de Cecilia.

La verja abierta y las ventanas oscuras me hablaron de lo irremediable. Atravesé la puerta en el momento en que el asesino ponía sobre el cuerpo sin vida de Cecilia la runa portadora del último mensaje, Nauthiz; el cruce del abismo, apuros, necesidad, dolor.

No voy a explayarme en la pelea que nos unió.

Sólo agrego que al apretar su cuello con mis manos (sin ninguna compasión y sin el más mínimo respeto por las reglas policiales), esa máscara comenzó a enturbiarse y se desprendieron de ella, como palomas veladas, Helena, María, Cecilia.

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EXTRAVIADOS EN LA LLANURA

Walter H. Rotela G. / Uruguay

Félix Alcides López Ayala estuvo en el frente de batalla en la Guerra del Chaco. Apenas fueron los primeros combatientes, estuvo pronto. Con 18 años, recién cumplidos, estaba listo -según él- ¡para luchar y defender las tierras rojas de su amada patria.

Cuando terminó el sexto grado de la Educación Primaria a los 14 años fue a trabajar con un tío albañil. Traía la cabeza rapada para cuidarse de los piojos, costumbre que nunca abandonó.

Así se volvió aprendiz de albañil. Primero estuvieron participando de obrajes pequeños, en la ciudad capital, por un par de años o tres; pero surgieron oportunidades en el centro sur del país, y hacia allá fueron con su tío. Llegaron a la zona de Villarrica, conocida como la “Ciudad

Andariega”, pues sus habitantes tuvieron que mudarse en siete ocasiones debido a las guerras con los banderines y por problemas políticos. Al parecer esto también afectó a Félix Alcides; pues su vida fue un continuo ir y venir, tanto por tierras del Paraguay como por tierras de la Argentina.

Un año entero estuvieron trabajando en Villarrica, pero todo cambió con el inicio de la guerra en el ‘32. Para febrero del ‘33 muchos de sus amigos y parientes tenían como único tema la guerra, la defensa, la colaboración con toda clase actividades vinculadas a la supervivencia de los soldados en el frente de batalla. Todos hablaban de lo mismo. Cómo no alistarse y entrenarse para ir al frente. Nada parecía más importante.

Su tío era un gran lector, y con él conoció un montón de historias de la Primera Guerra Mundial. Algunos conocidos y clientes del tío venían corriendo de aquellas guerras en Europa.

Las historias eran complejas, entre heroicas y lastimeras, entre macabras y fantasiosas. Cada historia parecía impulsarlo al campo de batalla, a conocer aquellas aventuras que contaba – que leía – su tío, en recortes de diarios y libros prestados. Así también solía leerle las desventuras del famoso personaje, el Hidalgo Caballero creado por Cervantes, Don Quijote de la Mancha. Si bien comprendía que el hidalgo estaba loco, asumía que tenía una fuerte causa, y una fe a prueba de. Esto era lo que más le gustaba de aquella historia narrada por su tío, y la cual, el mismo leía, a la luz de las velas, en noches calurosas, en casa de sus patrones.

Su madre no quería que fuese al frente, pero estaba decidido. No quería conocer sólo las historias de los que volvían heridos a los hospitales de la capital. No, quería conocer por él mismo el combate, la lucha. Deseaba verle la cara al enemigo.

Para mayo del ‘33 estaba marchando al frente. Se hizo muy amigo de otro lector. Un tal Manuel O. Guerrero, medio poeta y medio creyente de un santo… El santo de la muerte, o San La Muerte.

Con Manuel Guerrero conoció sobre las artes mágicas, tanto sobre magia negra como sobre magia blanca y magia roja. Así se enteró por boca de Manuel por ejemplo que: “La magia roja – decía esto en voz alta, firme y con tono doctoral – o hematomancia es aquel arte que se vale de la utilización de sangre y otros tejidos orgánicos para sus hechizos”. Y así pasaban horas y horas hablando, en voz baja, mientras caminaban por los polvorientos suelos del Chaco. Cada seis mil quinientos o siete mil pasos, hacían un breve descanso. Recorrían una zona de bosques, matorrales espinosos y palmeras. Se encontraban con serpientes venenosas e insectos portadores de enfermedades, como la vinchuca y el mosquito. El enemigo no era sólo el soldado boliviano. El medio era hostil.

Al final de un largo día, habían contado unos ciento noventa y cinco mil pasos. No daban más de cansancio. La sed era importante y continuaban con la esperanza de llegar al próximo pozo de agua, un estanque natural entre la piedra y el follaje, en la parte baja de una pequeña elevación cubierta de vegetación espinosa. Con temperaturas de 45 a 47 grados. Marchaban mejor en horas de la noche o a la mañana, muy temprano. Pero sin caminos buenos, sólo huellas de carros como única señal de una suerte de vereda. En derredor del espejo de agua, se reunieron un grupo importante de combatientes y su superior, el sargento López. Éste les informó que, según mensajes de grupos adelantados, el enemigo se encontraba bastante cerca.

Era cuestión de un día o dos, el inevitable y esperado encuentro con el enemigo. Muchos alzaron sus fusiles Máuser. El sargento tomó su revólver Smit-Wesson, pero como acariciándolo. Como para sentir que estaba en su lugar.

En esa parada fue que Manuel Guerrero introdujo a Félix Alcides López Ayala en la devoción a San La Muerte. Traía consigo un par de amuletos – hechas en metal muy delgado – bendecidos por un cura amigo. Aunque, no fue el único que se volvió seguidor del llamado santo.

En medio de una improvisada fogata surgieron historias del venerable. Guerrero señaló, con voz pausada, a sus cansados y somnolientos pero atentos compañeros: “Como es posible apreciar, su imagen es la de un cadavérico esqueleto, su guadaña está ubicada en la mano derecha, como señal de igualdad ante Dios y su figura es esquelética, representando la semejanza con el ser humano…” Todos asintieron con un leve movimiento de cabeza. Cuando el relato terminó, la noche cerrada y fría, estaba impregnada por un fuerte olor indescriptible, pero característico.

Sólo, un par de días después, conocerían y reconocerían por el resto de sus vidas, ese olor particular del cuerpo humano en descomposición, lo que algunos llaman el “olor de la muerte”. Tal cual el título de un cuento del escritor Pedro Buda.

Esa noche, cuando todos se retiraron a descansar, o intentaron dormitar, después de un largo día de caminata, Guerrero y López Ayala hicieron un pacto. Los sendos amuletos fueron introducidos bajo la piel de ambos combatientes, y cerraron sus heridas con sus respectivos cuchillo bayoneta calentadas entre las pocas llamas de la fogata. El dolor fue apagado con un sorbo corto de caña blanca, una reserva muy bien guardada, en un saco de agua pequeño, que traían casi a escondidas, obsequio del tío albañil de Félix Alcides.

Se enfrentaron, dos noches después, al enemigo, en una quebrada que baja de la serranía de Aguaragüe. El grupo fue abatido por un fuego concentrado de fusiles y ametralladoras livianas. Quedaron prisioneros del enemigo y pasaron días caminando y soportando una sed demencial, pero no murieron ellos, sino sus captores, por beber agua envenenada, de un pozo hallado en el camino.

Félix Alcides López Ayala y Manuel Guerrero junto con dos soldados más, fueron los únicos cuatro sobrevivientes de un contingente de cien hombres, el total de la compañía 4. Lograron sobrevivir gracias a los conocimientos de los dos soldados campesinos que conocían de plantas y así accedieron a saciar la sed primero, y el hambre después, al atrapar un tatú mulita.

Caminaron hacia el este por tres días más hasta que fueron alcanzados por un grupo de avanzada del regimiento al que pertenecían. Casi muertos, con los pies ampollados, sedientos y lleno de picaduras de mosquitos fueron hallados bajo la sombra de un arbusto. Estaban extraviados en las llanuras del Gran Chaco, casi al borde la de la muerte.

Dos años después, tras el fin de la guerra, Félix y Manuel se encaminaron a Villarrica. Estuvieron allí un tiempo, pero finalmente cada uno tomó caminos separados. Félix Alcides López Ayala emigró a la Argentina, en busca de un mejor pasar. Se desempeñó como albañil hasta que logró jubilarse, pero nunca dejó de recorrer ambas márgenes del río Paraguay y Paraná. Producto de una batalla posterior a la quebrada que baja de la serranía de Aguaragüe recibió una bala, que nunca fue posible extraer de su columna. Por lo que tenía en su cuerpo dos porciones de metal, aquel plomo de bala y el metal que se había incrustado bajo la piel -el amuleto de San La Muerte.

Manuel Guerrero conservó toda su vida el amuleto bajo la piel. Se transformó en docente de escuela secundaria y tanto enseñaba poesía como prosa; pero después de clase, los viernes en la noche, se reunía con antiguos alumnos y algunos sobrevivientes de la guerra y narraban historias que se desarrollaban en las llanuras del Gran Chaco. Algunas eran reales, otras… no tanto; pero a nadie le importaba, porque Manuel tenía una forma muy particular de envolver a los escuchas, detallando situaciones, lugares y describiendo imágenes muy reales. Volvían a extraviarse en las llanuras, sintiendo el frío, la sed, el calor, el dolor en los pies, y al final eran hallados bajo la sombra del arbusto, con la piel llena de picaduras.

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EL RAYO DE LUNA

María Sánchez Fernández / España

Un rayo de luna se escapó del cielo y atravesó las negras aguas del mar. Era como un cuchillo cortante que a su paso dejara una herida abierta de intensa luz plateada. Ahondó tanto y tanto que llegó a profundidades insospechadas por él. Allá, en aquel fondo, advirtió que todos los habitantes de las aguas dormían. Escudriñó curioso, y vio qué diferente era aquel mundo del suyo. Él conocía los  espacios abiertos en donde sus amigas, las estrellas, titilaban y, a veces, también se escapaban en vertiginosa carrera hacia el infinito. También conocía las exuberancias de la tierra pero… el misterio del mar; no.

Se movía de acá para allá despertando con su luz a miles de seres asustados que huían despavoridos de aquella extraña presencia. Vio un inmenso coral que movía unos brazos blanquecinos y rojos en los que había prendidos jirones de algas flotantes. Una enorme raya se detuvo, curiosa, a mirarlo para después seguir su camino.

El rayo de luna estaba fascinado, pero también un poco aturdido, él no quería despertar el pánico entre aquellos seres fantásticos, sólo quería conocerlos y ser amigo de todos. Con infinita delicadeza rozó la cola de un gran pez espada  que se hallaba dormido en una oquedad de la roca. Éste se despertó y, algo asustado, se dispuso a atacar, pero vio que ante él no había enemigo alguno sino algo sin cuerpo cuya presencia era muy agradable.

El pez espada preguntó:

— ¿Quién eres tú, que nunca te vi?

— Soy un rayo de luna.

–¿Y qué es un rayo de luna? No puedo tocarte pero a través de ti puedo ver cuanto hay cerca de mí.

Y el rayo de luna sonriendo con su luz más blanca dijo:

— Tengo miles de hermanos y somos hijos de un cuerpo del cielo al que llaman Luna. Esta noche quise escaparme en solitario y visitar tu mundo.

Entonces el pez espada respondió:

— Eres mi huésped, ven conmigo y te lo mostraré.

Y visitaron, a través de las aguas que iban iluminando a su paso, los más bellos parajes que nunca hubiera imaginado aquel visitante que venía del espacio. Montañas vestidas de algas que, en el silencio submarino, parecían ser los fantasmas de aquellas otras montañas alfombradas de pinos verdes y empapadas de rumores que llenaban la tierra y que él conocía tan bien. Estas montañas del mar acogían, en infinitas cuevas, a miles de peces que en ellas buscaban seguridad y refugio. Moluscos de todos los tamaños se adherían a las  rocas abriendo sus conchas rosadas y mostrando en su interior una masa blanduzca que se movía perezosamente acechando alguna presa, y cuando ésta se acercaba ¡zas!, se cerraba herméticamente para engullirla en su interior.

El pez espada seguía avanzando abriéndose paso entre las aguas con su gran trompa puntiaguda, y el rayo de luna le seguía fascinado envolviéndolo con su manto de luz. Un banco de pececillos rojos pasó ante ellos haciendo cronométricos zigzagueos, y un gigantesco pulpo extendía sus abotonados brazos queriendo tocar aquel extraño visitante que se movía entre los personajes marinos.

–Me gusta tu mundo.– Dijo el rayo de luna–. ¿Podrías invitar a mis hermanos?

Y el pez espada respondió:

–Puedes llamarlos ahora mismo, mientras las aguas sean negras. Después se volverán azules y vuestra tenue luz se perdería en ellas

Y el rayo de luna llamó a sus hermanos con su  magnetismo cargado de magia, y al momento todos acudieron en tropel, y con gran algarabía de risas de plata invadieron las negras profundidades.

¡Qué orgía de luz y de colores explosionó en el fondo del mar! Rivalizaban el capricho y la originalidad en la forma de todos sus moradores. Peces alargados, redondos, achatados, de figura esférica o triangular, con ojos enormes y gráciles aletas; otros de cuerpos pequeños y grandes tentáculos; preciosos moluscos de las más variadas formas…, y tantos y tantos colores…, infinidad de colores rivalizaban por su propio protagonismo.

Las aguas se ondulaban vestidas de transparente blancura con el ir y venir de sus millones de habitantes.

La gran fiesta comenzó y todos danzaron con loco frenesí. Grupos de peces dorados trazaban  círculos perfectos en torno a una gran masa de coral que alargaba sus ramificaciones rojizas como queriendo alcanzar aquella maravillosa luz que todo lo envolvía. Otros grupos de peces –siempre en perfecta formación y vestidos con la más exquisita originalidad−, abrían sus salientes bocas cantando burbujas. Un grupo de delfines se sumó al regocijo del momento emitiendo alegres sonidos que acompañaban a una diminuta orquesta formada por caballitos de mar y por oscuras ostras que abrían y cerraban sus conchas con perfecto ritmo, mostrando su intimidad nacarada. Un gran tiburón cruzó rápidamente, sin detenerse, tendría prisa por resolver algún asunto urgente.

La fiesta estaba en su punto culminante. La alegría rebosaba más allá de lo imaginable. Los rayos de luna reían y reían, y las aguas del mar nocturno –antes negras y quietas−, se movían alborozadas en sus ondas profundas y blancas.

De pronto, nuestro rayo de luna dejó de reír y prestó atención. Más tarde dijo:

–Hermanos, nos llaman desde arriba. Nuestra madre, la Luna, se retira. Ya baja por el cielo en busca del horizonte.

Todos se unieron en un inmenso haz de luz, y diciendo adiós a sus amigos salieron del mar y ascendieron a la altura mezclándose con los claros rosados del alba.

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DOS TESOROS

Aline Suárez / Costa Rica

Es una casa humilde. Hay pocos muebles, ya viejos y maltratados. Evidentemente la pobreza impera en ese hogar, sin embargo no hay en el rostro de la mujer algún signo de amargura. Ella está en la cocina preparando los alimentos, en espera del ya próximo arribo de su esposo.

Pasa el tiempo y la mujer termina su trabajo, se sienta en el único sillón y observa en silencio su entorno. Después de un rato escucha los pasos de su cónyuge, se levanta y prepara un abrazo para recibirlo.

El hombre llegó deshecho a su casa, estaba lleno de ira y desaliento; su esposa notó de inmediato que algo grave pasaba.

-¿Qué tienes Miguel? ¿Qué te ocurrió? -le preguntó preocupada.

-Ay Dulce -contestó el hombre- vengo indignado, me asaltaron en el camión.

-¿No te hirieron? ¿Recibiste algún golpe?

La mujer, mientras preguntaba, al mismo tiempo revisaba a su esposo, tratando de asegurarse de que no estuviera lastimado.

-No, sólo el robo y el coraje por la impotencia. Eran dos los rateros.

-¿Y qué te quitaron?

-El celular y la cartera; traía doscientos pesos y la credencial del equipo de futbol.

-Qué tragedia -se lamentó Dulce- pero veo que te dejaron el libro.

-Sí, pero no te burles, mañana hay partido, los árbitros son muy estrictos, y tendré que ver el juego desde la banca, por no tener credencial. Ahora que el equipo va tan bien, ya van tres partidos en los que anoto gol; qué gachos los ladrones.

-Menos mal que no te lastimaron. Ya está lista la comida, ¿quieres comer algo para que te sientas mejor?

-No, voy a tratar de dormir un poco, a ver si se me baja el coraje.

El sueño fue poco tranquilo, cuando Miguel despertó vio a su esposa que estaba frente a él.

-¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así?

-Es que tengo curiosidad -contestó ella- ¿por qué no se llevaron la novela?

Al preguntar le enseñó el infaltable libro que su esposo llevaba al trabajo para distraerse en el camino.

-Ya me lo habían quitado, pero cuando iban a bajar del camión el más viejo regañó al joven.

-¿Y para qué quieres ese libro? -le dijo- está muy grueso y pesado, sólo va a estorbarnos y además tú ni sabes leer.

-Tienes razón -aseguró el joven ladrón- perdóname, ya sabes que apenas voy comenzando en esta carrera tan ventajosa; dinero fácil arrebatado a los tontos que lo ganan trabajando.

-El chavo me lo aventó y se fueron.

-Ese libro es un tesoro -comentó la mujer.

-Ya lo creo, cada vez que vuelvo a leerlo disfruto como la primera vez, qué bueno que empiezas a reconocer su valor.

La mujer se le quedó viendo a los ojos hasta que el hombre se inquietó.

-¿Qué pasa? ¿Por qué me miras así? -le preguntó Miguel con voz titubeante.

-Es que, ¿recuerdas dónde guardas tu boleto de melate? -respondió Dulce.

-Sí, bajo el forro del libro.

-¿Y ya revisaste a ver si ganaste algún premio?

-No me ha dado tiempo, además ya sabes que compro el boleto solamente para soñar despierto. Mientras espero que se lleve a cabo el concurso me doy el gusto de imaginar que lo gano y todo lo que haremos con el dinero. ¿Recuerdas? Viajar, cambiarnos a una colonia más bonita, compartir con familia y amigos, ayudar a muchos necesitados. Después ya no hago mucho caso.

-Pues revisa -quien quita y…

El esposo comenzó a sospechar por la actitud de su mujer, encendió la computadora, buscó la página correspondiente. De pronto, saltando de alegría comenzó a gritar.

-¡Vieja!, nos sacamos el primer premio. Somos ricos, trescientos millones de pesos para nosotros dos y para compartir. No puedo creerlo. El libro vale dos tesoros; la fortuna que guardó y la deliciosa lectura. Por primera vez me da gusto encontrarme con un analfabeto.

Y en silencio añadió:

-Gracias don Miguel y gracias don Quijote por haber regresado del pasado imaginario para “desfacer un entuerto más”.

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CUENTOS – RELATOS Y REFLEXIONES SOBRE LOS LIBROS – MAYO

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«Las historias que nacen de los libros no solo se leen, se sienten, se viven y se transforman en nuevos relatos que perduran más allá de las páginas» E. Gormley

Libros A

EL VIEJO LIBRO
Magi Balsells / España

Que sorpresa, al efectuar unas obras en mi vivienda, me he encontrado con algo que pensé estaría perdido, y si lo ha estado durante muchos años, el hallarlo me ha devuelto a mi juventud, cuantos recuerdos han aparecido en breves momentos  en mi pensamiento, cuanta añoranza hay en su contenido, cuanto deseo  y cariño hay en este viejo libro.

Casi  con temor abro su portada, y allí en la primera hoja, una dulce dedicación  a mi persona, con cuidado paso las primeras paginas, recreándome en la lectura de su contenido y leyendo unas anotaciones en los márgenes que hice en su momento, me parecen escritas por otra persona ya que hoy las encuentro aun siendo mías de un gran contenido y sentimiento.

Cada página, es un dulce recuerdo, no me hace falta leerlo ya que las palabras escritas van reviviendo en mi mente, pese a los años transcurridos Al llegar a la mitad de este libro, hacen su aparición , la cosa mas deseada y añorada en su día, unos pétalos de una rosa que en su momento llenos de fragancia aromatizaban el libro, hoy caducas y secas, siguen para mi siendo frescas y lozanas como el primer día, con mucho tiento cojo uno de los pétalos esta seco y posiblemente crujiente, pero esto no me importa, solo pienso en que no se rompa, lo acerco a mis labios para depositar en la rigidez de su tersura el mas puro beso , tan cerca esta de mi que aun pasados los años mantiene un fondo de suave aroma, cierro los ojos y se presenta en mi el recuerdo  de día que me fue regalado y por la persona que tuvo este bello detalle,

Éramos muy jóvenes, pero teníamos un amor puro y sincero, ella un año mas joven que yo solo tenia 15 años, con sus pobres ahorros me compro  este gran regalo, que juntos pasábamos las horas deleitándonos con su contenido, mientras nuestras manos enlazadas soportaban el cariño que nos profesábamos.
Muchas horas pasamos leyendo y releyendo esta magnifica obra poética, basándonos en el intentamos nuestros incipientes ensayos poéticos, no se si eran bellos ni rimados, pero eran una glosa al cariño  que de nuestras letras emanaban.
Pero nuestra felicidad se trunco, era época de escasez, poco trabajo , mucha miseria, sus padres decidieron marchar a buscar fortuna a otro país, y así de golpe sin esperarlo nuestras vidas se separaron, quedamos en escribirnos, pero algo mas aumento nuestra desdicha, mis padres también emigraron  y yo con ello, nuestro amor quedo en el olvido.

Cuanto llore, cuantas noches despierto estuve pensando, como estaría, que haría,  mil y un pensamiento  se alojaba en mi mente. Con los días se fue perdiendo este deseo, aunque no quedo en el olvido , así pasaron
muchos años, yo nunca pude mirar a otra mujer ya que su grácil figura permanentemente estaba en mi mente, ninguna me parecía lo suficiente hermosa para desbancar a mi flor querida.

Voy a cerrar el libro y guardarlo, ya que me estoy entristeciendo, de lo que puedo ser y no fue, al pasar la ultima pagina, encuentro un papel pegado, que nunca lo había visto en las muchas horas de lectura Con curiosidad lo abro y allí con su fina letra hay una nota de mi amada que dice:

Mi querido amor

Debería haberte dicho esto de palabra, pero he preferido hacerlo de esta manera, se que nos separan, e ingenie una manera  de poder volvernos a encontrar en el<futuro, no se si recordaras que antes de marcharme con mis padres, te pedí este libro, allí puse en el ultimo instante y antes de devolvértelo esta nota ,hoy tengo 15años, pero dentro de los mismos que ahora tengo o sea 30, estaré en el pinar  que había junto a la ermita de san Jacobo, en el día de tu cumpleaños, si no estas  lo
sentiré mucho significara que no has leído mi nota, por lo cual cada día de tu cumpleaños  allí te esperare, esto  será mi prueba de amor hacia ti, iré cada año, esperándote.
Te quiero.

Que alegría, dentro de dos días es mi cumpleaños, no puedo perder mas tiempo, pediré permiso en el trabajo a cuenta de vacaciones, no creo que haya ningún problema. Estoy tan nervioso que hasta el libro se me ha caído de las manos, no se
que hacer si gritar  reír o llorar, no lo se, pues las sensaciones que tengo no puedo enumerarlas

Hoy es el día que debemos encontrarnos, ya llevo mas de dos horas sentado en el pórtico de la ermita, estoy anhelante. No se si vendrá o a que hora, es igual, esperare hasta la noche si hace falta, pero no será necesario, por el camino, viene
una figura femenina, no se si será ella, veo que es toda una mujer, nada que ver con aquella chiquilla de pelo rubio y trenzas, pero algo tiene que me es familiar, no puedo esperarla aquí, le levanto y salgo corriendo a su encuentro, si es ella, no me equivoque, aquí está.

Nos juntamos con un fuerte abrazo, mi corazón golpea mi tórax con la fuerza de un ciclón, no se que decir, pero creo que no son necesarias la palabras, las miradas son suficientes.

Una vez pasado estos naturales arrebatos, empezamos a contarnos nuestras vidas, ella aun soltera y yo también, ella esperándome siempre y yo deseándola mas que a mi vida Me pregunta, me esperaste todo este tiempo.

Solo tenía un pensamiento y era volver a estar contigo, para hoy ya con cierta edad decirte lo mucho que te quiero y que de tu lado nada ni nadie me separara.

Y así fue como volví a recuperar el amor de mi vida

GÉNESIS

María Elena Camba / Argentina

Se aproxima a los anaqueles del stand de la editorial. Busca ansiosamente ese pequeño libro de tapas blancas y grises. Ve el título y el nombre del autor en su lomo. Lo toma delicadamente entre las manos, recorre sus hojas. Cada párrafo le recuerda las horas de trabajo, primero en pequeñas notas, luego en archivos que fueron ampliándose en su computadora. Historias de vida plasmadas hasta convertirse en relatos; cuentos con personajes bosquejados primero en su mente, como una película que va tomando forma de a poco, como un titiritero que mueve los hilos para que los muñecos recorran el escenario articulando pasos, gestos, acciones. Y esos personajes que se sueltan y van construyendo su propia historia, un recorrido que se desvincula del autor y empieza a formar parte de cada lector que se atreva a transitar esas páginas.

El escultor plasma en piedra, el ceramista en arcilla, el escritor en palabras, seleccionando verbos, sustantivos, adjetivos. Y cada párrafo va configurando una sinfonía con su propia música y cada historia imaginada vuela lejos hacia alguien desconocido que la leerá con su propia impronta, la relacionará con momentos vividos, con experiencias personales,

Se detiene en la tapa, observa con detalle su diseño, personajes perdidos en la gran urbe, en un Buenos Aires que a veces congrega y otras expulsa. Gente del interior que llega a la gran ciudad con proyectos, con esperanzas de un futuro mejor, otros que deciden probar suerte en un entorno más natural y no tan exigido, Todos marcados por la ciudad, atrapados en su fragor, en sus calles, en su tránsito, en su vida cultural. El que llega, el que permanece, el que se aleja. Fauna Urbana su título, que aglutina soledades, amores, felicidad, desengaños.

Recorre con su vista el índice. Y como un abanico se abren de vuelta las imágenes, vuelven los argumentos como flashes en su mente. ¿Hasta dónde la ficción, hasta dónde se asemeja a la realidad?

Desde que era chica fue una lectora voraz y anhelaba escribir historias, el diario íntimo era su compañía, allí retrataba lo que vivía y sentía día a día. De completando su vida, fue su confesora y amiga, su madriguera. Mucho más tarde pudo cumplir ese sueño postergado: editar su primer libro de cuentos.

Escribió, corrigió, planificó. El camino se allanó y el sueño se convirtió en realidad. Todos los pasos, las etapas y desafíos se concretaron. Y llegó la primera Feria del Libro donde firmó ejemplares. Luego llegaron otros proyectos plasmados en antologías, en libros de poemas, pero su primer hijo literario salió a la luz y por eso siempre estará agradecida.

¿ QUÉ SERIA DE NOSOTROS SIN LOS LIBROS ?

Elspeth Gormley / España

Los libros han sido, desde tiempos remotos, faros de conocimiento, refugios de emociones y ventanas hacia mundos imposibles. Si no existieran, ¿qué perderíamos realmente?

Sin ellos, el pensamiento humano no tendría el mismo alcance, la imaginación se reduciría a lo cotidiano, y la memoria colectiva se desvanecería con el tiempo. Seríamos huérfanos de historias, de sueños escritos, de la sabiduría que nos conecta con quienes vivieron antes que nosotros.

Los libros nos enseñan, nos conmueven, nos transforman. Son un espejo donde reflejamos nuestras propias incertidumbres, donde encontramos respuestas que no sabíamos que buscábamos. Sin ellos, la humanidad sería más frágil, más limitada, menos consciente de sí misma.

Cada página nos permite viajar sin movernos, sentir sin haber vivido, aprender sin haber experimentado. Nos dan el poder de entender mundos lejanos, de explorar la mente de los grandes pensadores, de reconstruir el pasado y reinventar el futuro.

Si los libros no existieran, los silencios serían más largos, la historia quedaría en sombras y la imaginación perdería su libertad. Pero afortunadamente, los libros están aquí. Y mientras haya palabras impresas o digitales, mientras existan quienes los escriban y quienes los lean, seguiremos creando mundos, emociones y conocimiento que nos acompañarán por siempre.

Porque sin los libros, simplemente, no seríamos los mismos.

Imagínalo por un momento. Un mundo sin libros. Sin historias, sin pensamientos escritos, sin huellas de quienes nos precedieron.

Sin ellos, el conocimiento no podría trascender de generación en generación. Cada descubrimiento quedaría atrapado en la mente de unos pocos, sin posibilidad de ser compartido. La humanidad no aprendería del pasado, repetiría los mismos errores y avanzaría a ciegas.

Sin los libros, la historia perdería su voz. No sabríamos quiénes fuimos, ni cómo llegamos hasta aquí. Las grandes civilizaciones quedarían relegadas al olvido y el tiempo borraría los logros, las batallas, las victorias y los fracasos.

Sin los libros, la imaginación se vería limitada. No existirían mundos fantásticos, ni personajes que nos acompañan en cada etapa de nuestra vida. La creatividad quedaría reducida a lo inmediato, sin la riqueza de los relatos que inspiran, que transforman, que nos hacen sentir y pensar.

Sin ellos, no podríamos viajar sin movernos, ni vivir experiencias ajenas como si fueran propias. La literatura nos permite ver con otros ojos, sentir lo que otros han sentido, conectar con culturas, pensamientos y emociones que de otra forma jamás conoceríamos.

Un mundo sin libros sería un mundo más vacío. Más frío. Más incompleto.

Porque los libros no solo nos enseñan, nos hacen humanos.

Por suerte, existen. Y mientras haya quienes escriban y quienes lean, la humanidad seguirá creciendo, soñando y recordando.

«Los libros nos recuerdan que cada página es una oportunidad para reinventarnos, que cada historia nos transforma y que, mientras haya palabras por escribir y sueños por leer, siempre habrá esperanza.» E. Gormley

LIBRO Y LA VIDA

Andrea Kiperman / Argentina

Antes que nada, como siempre, gracias por estar del otro lado, compartiendo estas palabras.

Hoy me invade una alegría al poder hablar sobre un tema tan importante: el libro. Y, siendo fiel a mi estilo, podría escribir varias líneas sobre lo maravilloso, único y esencial que ha sido en la vida de todos desde tiempos remotos hasta la actualidad. Su importancia en la humanidad es innegable, pero he decidido hacer una comparación que estás a punto de leer.

Así como cada libro es único e irrepetible, nosotros también lo somos. En ellos encontramos el desarrollo de una idea, un concepto, letras que cuentan historias con personajes principales y secundarios. Esos personajes sienten, aman, viven y tienen aventuras, tal como ocurre en nuestra propia vida.

Cada hoja representa una nueva aventura, porque no sabemos el final hasta haber recorrido todas sus páginas, avanzando hacia nuevas letras. Lo mismo sucede en nuestra existencia: una sola página no determina un capítulo, así como un capítulo no condiciona el curso de nuestra vida.

Solo recordar, que nosotros mismos somos los protagonistas de nuestra vida, y por más que hayamos tenido capítulos complejos eso no determina los próximos. Gracias, a todos, los que escribimos y los que leemos, por estar siempre ahí. Quedo con ustedes..

EL LIBRO MISTERIOSO

Juan Oriol Masset/ Andorra

Nadie sabía de dónde había salido el libro… Apareció sin más, apoyado en el rincón más oscuro de la pequeña librería. Su cubierta de cuero estaba desgastada por los años, las letras habían desaparecido de la portada, dejando solo la huella borrosa de lo que alguna vez fue un título.

Cuando el desconocido lo tomó entre sus manos, sintió algo extraño. Primero un ligero temblor en los dedos, luego un escalofrío en la nuca, como si el papel y la tinta contuvieran algo más que palabras. Como si el libro tuviera un latido propio.

No sabía por qué, pero sintió la necesidad de abrirlo.

Las primeras páginas estaban en blanco. Nada. Solo el crujido del papel antiguo y el aroma a tinta seca. Pero cuando pasó la página número siete, algo cambió.

Allí estaba. Un relato. Un nombre que no había visto en años. Un recuerdo enterrado.

Sus ojos recorrieron las líneas con una mezcla de incredulidad y vértigo. Era su historia. Su secreto. Algo que nadie más conocía, algo que jamás había dicho en voz alta.

«El niño dejó la bicicleta tirada en el suelo. Sabía que debía correr, pero sus piernas se negaban a moverse. La puerta estaba abierta, y el olor a madera quemada flotaba en el aire. No quería entrar. No quería mirar. Pero lo hizo. Y nunca pudo olvidar lo que vio.»

Su respiración se volvió pesada. Ese recuerdo. Esa escena.

¿Cómo podía estar en el libro?

Las palabras no eran exactas, pero la esencia, la sensación, era suya. Ese día que había tratado de borrar. El momento que lo había marcado. Nadie más lo sabía. Nunca lo había contado.

Sus dedos temblaban cuando pasó la página siguiente. Había algo más.

Entre las hojas, una carta doblada con precisión quirúrgica. El papel era antiguo, pero la tinta aún vibraba, como si alguien la hubiera escrito hace solo unas horas.

Tomó aire. Desplegó el papel.

«Si estás leyendo esto, significa que el libro te ha encontrado. Y si el libro te ha encontrado, es porque te conoce.»

El aire se volvió denso, cargado de un significado que aún no lograba descifrar. Su pulgar resbaló sobre la esquina del papel y allí lo vio: una marca apenas visible, un sello diminuto, un símbolo que reconocía sin haberlo visto antes.

Giró la carta, buscando respuestas. Y entonces, bajo la luz tenue de la lámpara, apareció lo que no había notado antes: una línea escrita con una tinta diferente, más pálida, como si el mensaje estuviera destinado solo a quien supiera buscarlo.

«No temas lo que recuerdas. No todo lo que olvidas se pierde.»

Las palabras vibraron en su mente como un eco de algo que aún no lograba comprender.

Se levantó de la silla y sostuvo el libro con ambas manos. La textura del papel era más áspera de lo que recordaba. Giró el libro, inspeccionando cada detalle. Entonces lo vio.

En el lomo, entre las filigranas doradas, una inscripción grabada en el cuero envejecido: «Abre donde la tinta aún respira.»

Con manos temblorosas, hojeó el libro. Buscaba algo distinto. Algo vivo.

Y allí, justo en el centro, encontró una hoja que parecía diferente a las demás. La tinta era más intensa, más fresca, como si alguien la hubiera escrito hacía apenas instantes.

Las palabras lo esperaban:

«Si el libro te ha encontrado, es porque nunca te perdió.»

El mundo pareció romperse en un murmullo de sombras y ecos.

No era un mensaje cualquiera.

Era una llamada desde el pasado.

Era la historia que había tratado de olvidar.

Era su verdad.

Y ahora, el libro se la devolvía.

DEFENSA DEL LIBRO

Gustavo Páez Escobar / Colombia

Recuerdo alguna página de Azorín que habla deleitosa, filosóficamente, de los libros que se buscan, se manosean, se conquistan y terminan confundidos con la propia personalidad del lector. En ese ir y venir por los caminos librescos nos vemos contagiados de afán exploratorio, de ansia cultural, de inquisición sobre autores y títulos, para llegar, cuando hay penetración, a la calle angosta del libro decantado. El libro es el mayor medio de cultura que ha inventado la humanidad y resistirá los embates de todas las tecnologías, aun las más audaces, comprendida la sofisticada que pretende transmitirnos el saber por medios audiovisuales o comprimidos televisados, como si fuera posible adquirir erudición de prisa o ingiriendo grageas instantáneas. La cultura es cosa seria. No viene en píldoras Los computadores pueden vomitar cifras precisas con solo oprimir botones, y hacer planes desconcertantes, y remplazar al hombre en múltiples actividades, y hasta hablar y de pronto mandar, pero no lograrán desplazarlo.

¡Tranquilo, señor Cervantes!

Si de un vistazo se llegara a «leer» el Quijote visualizándolo en una pantalla por donde desfilaran los pasajes que se desean, podemos compadecernos del pobre don Miguel que tanto magín consumió escribiendo su obra cumbre, sin calcular que sucesivas generaciones la abreviarían cada vez más hasta convertirla en una cinta milimétrica. ¡Pero tranquilo, señor Cervantes, que esto es más especulativo que eficaz! La máquina, sempiterno señor, trata de enseñarnos a leerlo de afán, con premuras de estudiante desaprovechado en vísperas de exámenes, pero ni su Quijote, ni su Sancho, ni su Rocinante, ni su Galatea ni su Sigismunda se dejarán eliminar disminuir por una humanidad ávida de velocidades y falta de raciocinios. Siga, por consiguiente, durmiendo su justo sueño y olvídese de los cerebros electrónicos y de las mentes humanas deshumanizadas, que entre todos no serán capaces de rasgar la pluma y producir un pensamiento profundo, porque solo se mueven por impulsos y carecen de cerebro pensante Juventudes alborozadas esperan cargar a los clásicos entre cartuchos de microfilm. La lectura no cabe en estas mentes volátiles. El libro no morirá. Si día a día las bibliotecas hogareñas son más decorativas que informadoras, los lectores verdaderos caminan despacio, devoran páginas nutritivas y protegen al mundo contra el comején iconoclasta.

El auge de la cibernética

El computador, que se ha perfeccionado con tantas minucias para meterlo en la cabeza del hombre, no logrará «pensar» más allá de su programación. Al acabársele la cuerda, enmudecerá. Estamos en el auge de la cibernética, ese monstruo deformador de la humanidad que quiere manejarlo todo con palancasy soplos mecánicos, desalojando a su inventor; pero no conseguirá sustituirlo,porque el hombre es único e irremplazable.Suponer la muerte del libro es idea errónea. El mundo actual está manejado electrónicamente y por lo tanto no se necesitan mayores conocimientos. Todo llega «enlatado», otro término de la traviesa tecnología. A la vista, la Inteligencia Artificial. La televisión trata de impresionar y hasta de montar cátedras eruditas, las que, con todo y sus artificios, se desvanecen con la fragilidad de lo fugaz y lo inconsistente. La televisión tiene más de diversión momentánea que de sistema educador, contagiada como se halla de frivolidades, sutilezas y violencia. Pero siendo un imán poderoso para la molicie y la pereza de masas, está atrapando el interés colectivo y cada vez penetra más en el ámbito del hogar y en la atención del estudiante, el cual tira el aburrido texto de enseñanza ante el magnetismo de una pantalla divertida. Uno de los mayores enemigos de la formación es el televisor, ante el cual el hombre moderno renuncia a ser culto y aprende a ser superficial, con tal de estar cómodo.

El gran maestro de la vida

El destierro del libro significa vacío espiritual. Si una persona dedicara dos horas diarias a la lectura, llegaría a ser sabia. Puede que esto no resulte tan fácil en un mundo como el actual movido por densos fenómenos culturales, nuevos conflictos y dispersas doctrinas, pero debe admitirse que una disciplinade lecturas constantes y bien orientadas dará sólida estructura intelectual.La inteligencia se cultiva educándola. Y la cultura, hay que insistir, no se vende en las farmacias ni se conquista en corto tiempo. Los más preparados son los que siempre han gobernado al mundo. Los incapaces caen tarde o temprano por su propio peso.Incluso en estos tiempos de frivolidad y disolución en que el estudiante y el profesional se desentienden de pulir la inteligencia, el libro sigue haciendo sabios; y la ignorancia, produciendo necios. Si el humanismo tiende a agotarse, el libro, y no la máquina, ni el televisor, ni el transistor ni los «enlatados», nos salvará del desastre. Un planeta sin humanismo no vale la pena y destruiría al propio hombre.

LIBRO- LIBER-LIBRI

Carlos Pérez de Villarreal / Argentina

En primer lugar la palabra. El hombre comenzó a distanciarse de las demás especies, tenía uso de razón y hablaba, recordaba y lo más importante: contaba. Esa palabra oral que fue transmitida de generación en generación, indicando, enseñando, ayudando, haciéndonos humanos.

Y luego… la palabra escrita. La que comenzó a escribirse en esa Mesopotamia antigua, 3500 años a C. Sumeria irrumpía con la escritura cuneiforme en tablillas de arcilla. Egipto empleaba papiros. En la antigua Grecia y luego en Roma, esos mismos rollos de papiro se concebían comunes. Y llegó el pergamino, confeccionado con pieles de animales tratadas, la alternativa más duradera que luego dio lugar al códice: cuadernos plegados, cosidos a mano y encuadernados, escritos de ambas caras; precursor de la verdadera obra.

Y luego, a mediados de 1440 aparece la imprenta, Gutenberg se instala en la historia con el libro. Ese testigo fiel de nuestra evolución como seres humanos, como sociedad.

Somera y brevísima escena de la palabra.

Pero… ¿qué significa el libro, ¿qué significa leer?

Asumo que es una puerta de entrada hacia una percepción distinta, que genera una conexión entre el escritor y el lector, el cual se ve sumergido en un universo sorprendente.

La imaginación llevada al límite.

Misterio, persistencia y expresión.

Recordar y olvidar.

Conquistar y prescindir.

Nostalgia, meditación, encanto y ardor.

Intriga, miedo, alegría, tristeza.

Pensamientos, conceptos, imágenes tal vez aún no reveladas.

Mensajes que parecen verdaderos y pueden ser mentiras consideradas verdades.

Llamas, furia, ensueño y fascinación.

Sobreviviente de un presente tecnológico, de formatos, soportes y presentaciones, el libro físico aún sigue teniendo relevancia.

Ha volado, ha caminado, se ha sumergido y ha surcado las aguas contra viento y marea a pesar de los convencionalismos, inquisiciones y censura. Y aquí está, entre nosotros, para llevarnos a la imaginación y al conocimiento humano.

Ninguna duda que somos lo que hemos vivido, pero también lo que hemos leído.

Ustedes, yo, todos.

Alguien dijo alguna vez que un libro es innegablemente una intimidad.

Concuerdo.

CUENTOS Y RELATOS – ABRIL

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Cuentos

· «Historias que despiertan el alma y transportan a mundos donde todo es posible.» ( E. Gormley )

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EL SAMURÁI Y SU PERRO

Matías Bonora / Argentina

(Fábula japonesa)

Había una vez un samurái que solía tener la costumbre de pasear con su perro al cual tenía una gran estima.

Un día, su perro se alejó de él y jugueteaba con las hojas que caían de los árboles. Más grande fue la sorpresa del samurái, cuando de repente su perro se lanzó corriendo contra él con aire fiero y muchos deseos de morder.

El samurái, que estaba bien entrenado, desenvaino su espada y justo cuando el perro saltó le cortó la cabeza.

El samurái no entendió por qué de repente su fiel perro se puso en contra suya.

Entonces, elevó la cabeza y vio como una serpiente, que estaba en una rama, se estaba acercando peligrosamente FFÁBYFa él. Cuando el samurái comprendió que lo que intentaba su perro era salvarle y no lastimarle, lloró amargamente.

Fue entonces cuando recordó una vieja enseñanza de su maestro:

“El sentido de una acción no siempre es fácil de interpretar. Por eso, antes de desenvainar tu espada, asegúrate que esa es tu única opción”.

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UNA NOCHE CON TONO

Carlos González Saavedra / Argentina

Ansioso esperaba el jueves por la noche. Estaba de vacaciones en Merlo, San Luis y Cabeza del Indio, brindaba cena-show. El restaurante sobre la ladera de Los Comenchigones, ofrecía un menú fijo y números musicales. Conocía a los dueños un matrimonio de lo mas amables.

-Carlos te espero esta noche, cuando los encontré en el pueblo.

-¡Si! Voy esta noche Reserva para uno.

Estaba parando en unas cabañas, en Rincón del Este, como diez kilómetros de allí.

El cielo estrellado pero lucia fantasmal por un incendio que se habia desatado en la cima.Uno piensa que no llegara mas abajo, pero como los vientos se mueven caprichosamente el fuego puede devorar todo en poco tiempo.Los lugareños estaban atentos.Como ciudadano lo único que hice es poner mi auto encarando directo de la salida del estacionamiento.Unos trescientos metros de ripio y después asfalto.Ese era mi resguardo

Como a las nueve al llegar, encuentro todo ocupado,prontamente Isabel al verme-Te deje un lugar afuera al lado del horno cuando comience el show te siento en la barra del mostrador, un lugar perfecto a dos metros del escenario.

El horno grande de barro y unos paisanos, algunos chóferes de las combi con turista cenando, la verdad estaba bueno ese lugar.Menú asado con cuero con papas rústicas, así como sabana del horno me servía en el mostrador.

-¿Tomas vino o gaseosa?

-Un vaso.

-Viene en barrica, jarrita de barro tipo pingüino,

-Bueno, charla va charla viene, anécdotas y risas me tome el vino, cuando Isabel nos llama.

-Te presento a Don Tono Albornoz,

-Mucho gusto González, mientras me alcanzaba el postre helado.

El lugar privilegiado, en la barra a dos metros del escenario.

-¿Es de por acá muchacho?

-No, de Buenos Aires, me vuelvo el lunes ¿ usted ?

-Acá no nomás, soy el que trae la carne, lo que comió esta criado en casa

-Ah mire usted, bueno me alegro.

Una hora y media después el show estaba terminando. Se me ocurre ir al baño y me llevo una silla por delante. Al salir un banco, no se quien lo había puesto ahí .Pensé es hora de irme, eso hice. No sin antes ver el curso del fuego en el cerro. Estaba cerca, pero nunca llegaría con la prontitud que yo me iría. Salí rápido medio mareado, encaré de casualidad el ripio y después el camino de asfalto, cuando doble para ir a las cabañas, otro desafío se presento .Cual era la calle de entrada, ya que entraba por atrás, di un par de vueltas perdido, finalmente la providencia hizo que llegara.

A dormir, Claudio me viene a buscar a las nueve, para una excursión al filo, borde natural de los cerros, donde hay un salto al que se le llaman del Tigre.

Al acostarme me daba vuelta todo, me habían dicho que poniendo un pie en el piso y el resto en la cama, podía dormir, dejaría de darme vuelta todo… Me fue imposible. La descompostura y demás fue todo a parar al inodoro, sin poder hacer nada.

Opté por bañarme y no se me pasaba la borrachera .Decidí me, acostarme en el Futon de la entrada, aguardando que Claudio me llamara .Con los anteojos puestos .Así fue a las nueve en punto. Ultimo que buscaron fue a mi, con lo cual subí al ómnibus lleno de gente, con un sol esplendido y un cielo limpio, con anteojos negros y resaca.

Puerta del Sol es como un balcón, es un mirador en mitad del cerro con una vista del valle de Conlara maravillosa .A mi me daba igual.

Al llegar al bendito filo, Claudio nos comenta:-Pueden anotarse ahora, para almorzar al volver .Tenemos una hora de caminata mas una hora de vuelta, sin tomar en cuenta la estadía en el salto.

-¿Te anotás para almorzar?

-No me hablés de comida mucho menos de tomar .Tengo una resaca de esa barrica de vino blanco, que no doy más.

-¡Flojito! Alejándose, riéndose me dijo Claudio.

Caminata de ida, al llegar a la laguna que formaba el salto me refresque, ése agua fría me despejo. .Otra caminata de una y cuarto.

Al llegar otra vez pregunta un lugareño ¿seguro no come nada? ¡Que el chivito tiene una pinta bárbara!

Un comedor comunitario, con mesas y bancos simples .La casa donde vivían eran de pircas y chapas .Las cabras, chivos y demás animales poblaban el lugar .Tres mujeres, una, lavando y las otras haciendo ensaladas en cocinas precarias. Allí donde vivían, todo muy rudimentario. Para no tentarme me fui a dar una vuelta por el predio ,pensando como se vive acá en invierno ,en el medio de la nada .Los rostros de los lugareños curtidos por el viento ,duros de tanto trabajar .De lejos veía gente reunida alrededor de una parrilla, pero no fui ,me asomé de lejos, no quise tentarme y volví.

Como a lo lejos escucho:

-¡González! ¡Acá venga!

Sorprendido quien me conoce en la cima del cerro en una excursión ¿Tan distante de mi casa? Me doy vuelta una mano que me llama.

Camino, al llegar en medio de la parrilla con un delantal de cuero sacando porciones de chivito, el tono Albornoz .Para mi sorpresa abro bien los ojos-¿No me conoció?

-La verdad que no esperaba encontrarlo, acá.

-¡Esta es mi casa! soy el dueño y todos estos animales son míos, allí esta mi señora y mis ocho hijos colaborando para atenderlo, como corresponde .Orgulloso y sonriente .Venga tómese un vinito.

-¡No! Desde ayer ando con resaca .No tengo costumbre de tomar .Pero si

Eso no es tomar, hermano, riéndose una barrica y media .Tomo cinco a seis por noche.

Mójate los labios, nada más, con este vino y se te va.

Me negaba y me negaba, pero acepte ante la insistencia de tono-Esta bien, ¡solo me mojo los labios!

Así fue, en forma inmediata me sentí mucho mejor .Es el día de hoy que no se porque .Fui a saludarlo y agradecerle, antes de irme.

-Carlos venir a comer el cabrito esta delicioso, sintiéndome mejor acepte la invitación de Claudio. Eso si tome una gaseosa.

Estaba contento, finalmente había sido una muy buena excursión, como todo lo que proponía mi amigo, Claudio Alaniz.

Pasaron dos días y me encuentro con otro lugareño que también me conoce ,al cual le comento que me volvía y se me ocurre contarle esta aventura, que les acabo de contar. Estuve con Antonio, el pase bárbaro en Cabeza del Indio

-¿Antonio? No lo conozco

-Como no lo vas a conocer Albornoz que te da de comer una chivitos en el filo espectaculares.

-Ah ¿El tono?

-¡Si! Albornoz

-No se llama Antonio le decimos Tono, porque siempre anda entonado .Todo el mundo lo conoce. Baja del cerro creo que el martes con dulces caseros, compra mercadería los miércoles y vuelve a subir los jueves, por ahí se queda en alguna casa, cuando lo invitan, .Guiñándome un ojo.

-¿En que anda?

-En ese jeep amarillo, medio destartalado, no sabes con la destreza que lo maneja, con lluvia, frío y siempre entonado .Pero por suerte nunca le paso nada.

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¡ A LAS OCHO EN LA ESTACIÓN !

Carlos H. González Saavedra / Argentina

Como un rezo laico, esa consigna era el motor que impulsaba a nuestros jugadores de rugby infantil. Generalmente, las delegaciones superaban los cincuenta niños. Siempre había más de un micro. Con cánticos, banderas, sueños e ilusiones, abordaban ese colectivo bullicioso y lleno de esperanza. ¡Si ganaban, mejor!

En el mencionado punto de encuentro, aguardaba el chofer. Un señor lleno de rulos, con las manos sobre el volante y cara de pocos amigos. Era el primer hincha. Pedía a viva voz: – ¡Chicos, pórtense bien! ¡Con cuidado! A la vez, nos recordaba: – ¡Ojo! Descuento cualquier rotura. Todo impecable. ¡No se paren en los asientos! Y su recomendación inconfundible: – ¡Nene, la cortinita, nene!

Aun así, era un viaje divertido. Se lo recuerda con mucho cariño.

Después de dos horas (o más), se emprendía el regreso. Sus rulos al viento, su sonrisa… Garantía de que los había visto ganar. La mirada cariñosa y cómplice del chofer daba rienda suelta al festejo, sin descuidar, claro está, su atención al espejo retrovisor.

–¡No se olviden nada! ¡Ni botines ni bolsos! –exclamaba, mientras inspeccionaba el interior y revisaba con detalle.

Este pequeño relato busca agradecer los hermosos momentos vividos junto a Horacio. Su micro naranja y blanco estaba siempre preparado. Como una calesita, aguardaba la alegría de los niños. Un duende me contó que este micro no lleva gasoil; se alimenta de la felicidad de los pequeños.

Hoy mis hijos tienen casi cincuenta años, pero mantienen vivos esos recuerdos. Momentos grabados para siempre en sus retinas. Nos seguimos encontrando con este hincha de mis hijos. Nos saludamos con bromas y afecto, como la primera vez.

Bellos momentos de la vida. Cosas simples, pero que merecen ser contadas. Este homenaje es para todos aquellos que, con bondad, sabiduría y educación, han hecho nuestra vida más fácil. Seres anónimos, siempre olvidados por el vértigo de la vida. Que valgan estas letras para rescatarlos.

Por suerte, mis hijos lo llevan vivo en el corazón.

Gracias, Horacio Pierandrey.

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EL ECO DEL ALMA

Elspeth Gormley / España

No escribo versos por capricho; escribo porque mi alma lo exige. Cada palabra es un destello que ilumina las sombras de mis silencios, un refugio donde las emociones encuentran su hogar. Escribo para liberar las voces que se ocultan dentro, para que el eco de mi interior no quede atrapado en las profundidades.

Cada línea que trazo es un suspiro hecho de tinta, un latido que vive en el papel. Es mi forma de abrir una puerta entre mi mundo y el tuyo, de hablarte en un idioma invisible que trasciende lo tangible, lo cotidiano. En este acto de creación, me dejo llevar por las emociones que tantas veces no encuentran lugar en lo dicho.

El papel no es un objeto cualquiera; es confidente, espejo, y amigo leal. En su blancura sincera, mis sentimientos se desnudan, se enfrentan al juicio de la verdad, y se convierten en fragmentos de mi existencia, los cuales te entrego sin reservas. Lo que nace de mi pluma no solo me pertenece; al compartirse, se transforma en un pedazo de nosotros, en un vínculo silencioso que tú también haces tuyo.

Escribo para sanar las grietas de mi ser, esas que solo conocen las madrugadas y los suspiros ahogados. Pero en cada palabra hay también la esperanza de que tú, al leerme, encuentres un reflejo en estas emociones. Quizás encuentres una parte de ti mismo que estaba oculta, un pensamiento que no había tomado forma, o una verdad que siempre había estado esperando ser escuchada.

Mis sentimientos viajan libres, sin fronteras, buscando tus manos, tu mente, tu pecho. Te alcanzan, susurran algo que tal vez ya sabías, algo eterno y esencial que solo necesitaba un poema para despertar. Porque escribir no es simplemente desahogar el alma; es una invitación a compartir el peso y la hermosura de la existencia. Es abrir ventanas al corazón, dejar que la luz entre y bañe todo con claridad y esperanza.

Cada verso lleva una parte de mí, una chispa de mi esencia, pero cuando lo lees, esa chispa se convierte en parte de ti. Mis palabras ya no son solo mías; todos juntos creamos un puente invisible que nos une, que nos conecta en un susurro eterno. Y así, el eco de mi alma resuena en ti, como en un espejo infinito donde ambos nos encontramos.

¿Y tú, has escuchado el eco de tu alma? Ese susurro que habla cuando todo está en silencio, cuando la vida se detiene por un instante y permite que emerja lo que llevamos dentro. Es el latido escondido detrás de cada pensamiento, el reflejo de lo que somos en lo más profundo. Escúchalo, déjalo vibrar en ti, porque en su sonido hallarás respuestas, verdades y el impulso de seguir adelante.»

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LA ANTESALA

Jaime Hoyos Forero / Colombia

Cuando atravesaba el gran vestíbulo de la torre Sears de Chicago, me pareció que era mucho más amplio, más alto y más severo que hace dos años. ¿Y esas columnas?

¿Realmente era esta la torre Sears? ¿Me habría equivocado?

-Señor -le pregunté al primero que vi- ¿Esta es la torre Sears?.-

Nunca me habían mirado tan aterradoramente.:

-Señor -me contestó el hombre- ¡usted está muerto!

-Vaya -pensé- me tropecé con un loco.-

De todos modos hice un rápido autoexamen…-No estoy borracho – me dije- No tomé anoche…¿Anoche? Dios mío: ¿Qué sucedió anoche a las 11:45 cuando caminaba por la avenida Michigan?-

Yo venía pensando que al otro día, es decir, hoy, en el piso 82 de la torre me darían mi cheque. Pero…¿Qué me pasó anoche, una cuadra adelante?…¡Qué confusión! Me parece recordar ahora que en la avenida Michigan sentí en el pecho una punzada agudísima.

-Oh Dios. ¿Estaré muerto?-

Entré a los baños. Me consolé cuando me vi de cuerpo entero en el espejo. Me veía bien: afeitado, dinámico, con mi vestido nuevo.

Entonces sonreí ante el espejo y ya tranquilo me toqué instintivamente la cara.

¿La cara? ¡Dios santo! Yo veía mi cara en el espejo, pero mi mano no sentía la cara al tocármela.

¿Qué es esto, Dios mío?…¡Estoy insensible!-

Toqué con urgencia mi pecho y la mano pasó de lado a lado por mi cuerpo…una vez y otra vez. Parecía como si de mí solo quedara mi figura, mi apariencia, pero…¿mi cuerpo?-

Entonces comprendí que estaba muerto…irremediablemente. Y no estaba en la torren Sears de Chicago sino en la antesala del “más allá”.

Sin pretenderlo, atravesé una puerta giratoria y me encontré en la recepción.

Como si me conociera, la rubia al otro lado del mostrador, (¡Dios, qué rubia! Su pelo ensortijado era una viva llamarada . ¡Qué hermosura de mujer!). Me dijo:

-Jaime, bienvenido al infierno.

-Señorita, yo…-

Pero ella, con una sonrisa divina, un poquito maliciosa como la de la Monalisa, me tranquilizó diciendo:

-Jaime, no se preocupe. El Tribunal, más estricto y justo que la Corte Constitucional de los países de la Tierra y desde luego, más inteligente, formado por el diablo y san Pedro,  lo calificaron a usted con una nota de 5.99 sobre 10. Le faltó una centésima para pasar raspando.-

-¡Eso es injusto! -grité- ¿Cómo me van a condenar por una centésima? ¿Aquí no aproximan por exceso? Además, yo no he hecho nada malo, señorita.-

-Señor -dice la rubia- ¡Aquí no hay señoritas. Respete!-

-Perdón, señora, pero yo no he hecho nada malo.-

-Señor, aquí no hay señoras…Y solo para refrescar su memoria, le voy a leer sus infidelidades conyugales -dijo ella desplegando un rollo tan gordo como los rollos de papel higiénico, pero mucho más ancho.-

-¡Léalos! -dije yo- Eso no me asusta.

-Bien, Jaime. Usted lo ha pedido. Según la ley 100 del infierno, que los congresistas de aquí tampoco han querido reformar, la lectura de las infidelidades se le hace al condenado delante de su señora –dijo y enseguida gritó- ¡Que la traigan!

-No, señorita, por favor no, no la traigan. Dígame dónde le firmo.-

-Jaime, si me vuelve a decir “señorita” le bajo la calificación a 4.98.-

-Perdón, perdón. ¿Cuál será mi castigo?-

-Mire, Jaime: usted iba a ser condenado, como todos los infieles, a clavar un clavo de un millón de kilómetros de largo, en una pared infinitamente ancha, hecha de alma de mujer.-

-Dijo usted, “de alma de mujer”, doctora?-

-¡Aquí no hay doctoras! Aquí sí todas somos iguales; todas somos diablas. Mire Jaime: a usted que llegó a viejo medio inocentón, le enseñaré que el alma de la mujer es casi tan dura como la piedra; raro que no se haya dado cuenta. Pero alégrese. Como una excepción, teniendo en cuenta los millones de oraciones que por usted han elevado sus amigos y por haber participado, aunque sin mucho éxito, en las tertulias poéticas de la tierra, el Tribunal le ha cambiado el castigo por uno más suave: usted, Jaime, está condenado a oír, oír y oír los cuentos y poemas de Letras hispanas por el mundo, por toda la eternidad.-

Al día siguiente, (digo “día siguiente” para que ustedes me entiendan, pero desde luego, allí no hay día ni noche), me asignaron una sillita de una sola pata terminada en punta por ambos lados. Así que para no maltratarme, decidí hacer mi trabajo de pie.

Como a los tres días (vuelvo a decir “días” para que ustedes me entiendan) recordé que yo era insensible y que del cuerpo solo tenía la apariencia, de modo que la afilada punta de la silla no me iba a ser ningún daño al sentarme. Y cuando me fui a sentar, me di cuenta de  que en lugar de nalgas, me salía hasta arrastrarse, una cola roja de lo más repugnante.

Me toqué la frente para saber si también tenía cachos, pero no. Entiendo que los cachondos eran únicamente  aquellos condenados cuyas mujeres se los habían puesto…los cachos. Entonces comprendí por qué todas las condenadas, o casi todas tenían cachos, y algunas los tenían tan grandes que parecían antenas satelitales.

Algunas pocas condenadas, sin embargo, no tenían cachos. Eso se debía -me dijo mi diablo de la guarda- a que esas condenadas habían sido ejecutivas solteras. Nunca tuvieron -fíjense ustedes lo inteligentes- quién les pusiera los cachos.

Pero en cambio, aquellas mujeres que habían abortado, tenían que cargar una bolsa como los canguros, llena de una horrorosa sustancia viscosa y maloliente, con un letrero que de lejos parecía decir “Derechos humanos”, pero ya de cerca lo que decía era “Delitos humanos” y su contenido no era otra cosa que una enorme piedra, al rojo vivo, que por toda la eternidad carcomía y quemaba las entrañas.

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LA MUJER: “EL SEXO DÉBIL”

Elsa Lorences de Llaneza-/ Argentina

En mis largos años de vida he oído difamar a las mujeres llamándolas “El sexo débil” Cuando joven me enojaba tremendamente oír este despropósito. Con los años la furia fue dando paso a la indiferencia: Es mejor demostrar que enojarse.

En algún momento de la antigüedad la mujer era el adorno de la casa. El hombre la tenía bajo su pie y su palabra no valía demasiado. La mujer era sumisa y se dejaba someter. Todavía ahora en algunas culturas pasa.

Un día se dio cuenta que tenía una capacidad intuitiva superior al hombre. Que además de limpiar, lavar, cuidar la casa, los hijos, el esposo y recibir a las visitas, servía para algo más, pero para eso tenía que salir de su casa, estudiar y capacitarse. Romper esa imagen con que el mundo la encarcelaba y aprovechó una época en que el hombre perdía su trabajo y que era ella la que necesitaba salir a trabajar y demostró que, además de todas las cosas que siempre había hecho, podía agregarle: trabajar afuera, traer el pan a la casa, seguir engendrando hijos y administrar el dinero para poder llegar a fin de mes.

Entonces pensó: ¿Y el sexo débil dónde está? Y nos empezamos a reír cuando, de tanto en tanto, algún desubicado lo mencionaba, esos que se creían superiores. Esos, que muchas veces no conseguían trabajo y tuvieron que pasar a limpiar la casa y cuidar a los chicos para que la mujer saliera a trabajar y demostrar cuánto valía. Y esas dos palabras horribles empezaron a desaparecer y por suerte ya casi ni se escuchan y las mujeres se empezaron a imponer en cargos que eran exclusivos de hombres, manejándolos, a veces, muchísimo mejor.

Es así, como Mahatma Gandhi, Líder Mundial en la cultura de la no violencia, llegó a decir:

“Si por fuerza entendemos firmeza moral, la mujer es inconmensurablemente superior al hombre. ¿No tiene ella más intuición? ¿No está más presta al sacrificio? ¿No posee más poder de resistencia? ¿No tiene más valor? Sin ella el hombre no existiría. Si la no violencia es la ley del ser, el futuro pertenece a las mujeres.”

Lo dijo Mahatma Gandhi. Yo no. Yo apoyo.

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LA SILLA AZUL

Sandra B. Romeo-/ Argentina

Lo veo apoyar su mano sobre el pomo de la puerta y al abrir dejar caer su

brazo cansado. Muerto.

Yo,en casa, me acomodo en el viejo sillón frente a la ventana. Las persianas

bajas para mirar tranquila.

Es hora de la ceremonia. También de los recuerdos.

Al observarlo me observo.

Su cansancio, el mío.

Enciende las luces sin ganas. Desde que Ana no está todo es así. Desganado

y lento.

Es el momento en que desaparece de mi ángulo de visión.

Lo sé porque conozco la casa. ¡Pensar que antes éramos tan amigos!.

Pero desde lo sucedido, él me evita.

Nunca supe por qué si estamos en igualdad de condiciones. Después de todo

la responsabilidad de los hechos no es cosa nuestra.

Creo

Pero no debo perderme en esos caminos, debo seguir la visión.

Sus pasos en la escalera.

Ahora enciende la luz del dormitorio principal. Sí, eso es.

La figura se acerca a la ventana cruzando el rectángulo iluminado.

En esa esquina está la silla tapizada de azul en donde deja la ropa. Recuerdo

que en casa teníamos una Luis XV con el mismo brocado. Cuando conocí el

cuarto le comenté a Oscar, mi marido, la coincidencia de los colores.

Sigue el ritual.

Ahora el saco desenvuelve su espalda quebrada y cae.

Esa caída es el único desliz que se permite.

Viéndolo así no puedo dejar de pensar que sólo debe sentirse. Siempre fue

muy dependiente.

Veo sus manos amplias subir hacia el cuello y desanudar la corbata. Intuyo que

querría hacer todo lo contrario. Apretar hasta que no entre más el aire. Pero no,

el lazo es doblado con prolijidad y se funde con el tapizado de la silla.

El momento que viene ahora es el único en que suelo sentirme reconocida,

cuando gira y frente a la ventana, mirando hacia mi casa, despacio, se

desprende la camisa.

Ese gesto como de abrazarse y soltarse me emociona y a la vez me demuestra

la distancia infranqueable que hay entre ambos.

La ropa queda prolijamente colgada del perchero.

Las manos tientan el cinturón y los pantalones juegan en la silla azul la danza

de los durmientes.

Todo esto lo hace casi sin moverse.

Sólo veo su sombra que se alza, se encoge, se agranda, disminuye.

Luego la nada.

Las preguntas comienzan su baile dentro de mi cabeza.

Preguntas bizantinas, si las hay.

¿Habrá sido esta formalidad lo que espantó a Ana?.

¿Se estaría muriendo de aburrimiento?.

¿Se les terminaron las palabras?

¿Y a vos, Oscar, que te pasó?

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EL VIAJE

Sandra B. Romeo / Argentina

Miro por la ventanilla del avión como se despega de la tierra. De la seguridad.

No es miedo pero me tomo fuertemente de los posa brazos del asiento.

Cierro los ojos. Un vértigo acunado en la espera me recibe dentro mío.

También me acuna.

Te sostengo en mis ganas y me pregunto si seré capaz. Si ése es el lugar adecuado, el momento justo.

La ingravidez me contesta.

La escucho. La miro en tanto cierra los ojos y se sostiene en la mentirosa seguridad de un asiento de avión.

Sé que me necesita. Me busca. Sus dedos ávidos juegan conmigo.

Me sostienen. Me sueltan. Me estrujan.

En este ida y vuelta de sensaciones mi deseo de disolverme se torna feroz.

Ruedo y me oculto en sus manos. Se decide.

Toma un sorbo de agua. Me disuelvo en su boca.

La llevo conmigo.

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EL MOLINO QUEMADO… UN SANTUARIO NATURAL

Walter H. Rotela González / Uruguay


La tarde estaba mutando apresuradamente. Se tornaba rojiza, viraba a un tono violáceo como de vino tinto. Aún faltaba un tramo del trayecto final en el recorrido del sol, al final de cada día.
Los caminos estaban llenos de polvo, secos, muy secos. La tierra cubría las hojas de las plantas que surgían rebeldes, amontonadas unas con otras, al costado del camino. Más adentro de los alambrados, las plantaciones de girasol, sorgo, maíz o trigo, afloraban mansas, sumisas, en ordenadas filas rectilíneas. El conjunto lucía como una armoniosa ciudad
civilizada, donde cada cual está donde debe estar.
Un cartel, oxidado, indicaba un destino próximo al pueblo, que en las fechas recientes cumple sus ciento cincuenta años. Por algún extraño motivo el nombre invitaba a visitarlo.
Había que adentrarse en un polvoriento camino y recorrerlo por unos 4 kilómetros. Relativamente próximo, más aún, andando en auto. Pero la calzada debía recorrerse lentamente debido a la gran cantidad de roca suelta; del suelo pedregoso que afloraba en forma de lomo de yacaré, cada poco ciento de metros. Lo que significaba una ventaja para los pocos habitantes que vimos a la veda del camino, unas lindas casitas de campo, pues evita que los coches pasen rápido y levanten demasiado polvo. Una solución natural, diferente a la encontrada por los vecinos, personajes del cuento de Don Luis Landrisina, que pusieron el cartel: “¡Despacio! A 100 metros, Campo Nudista”.
Tras andar un rato avistamos con mi compañera de ruta, un puente de hormigón. Nos detuvimos y observamos. Una familia acampaba, aguas arriba. Bajo el puente se oía el murmullo del agua cruzando entre el pedregoso lecho del arroyo San Francisco. En las cercanías, a nuestra izquierda, una vieja camioneta estaba estacionada. Un matrimonio de adultos entrados en años, quizás de unos sesenta y cinco años, pero cómo saberlo, cuando las arrugas afloran, producto de la labor a la intemperie muy probablemente, descansaba, disfrutaba de la tranquilidad. Me aproximé y pregunté por la ubicación del Molino Quemado.
-Es aquí la entrada –dijo el hombre, que tomó la iniciativa y se transformó en improvisado guía turístico. Cruce el alambrado y siga el sendero por un kilómetro y medio, más o menos, hacia el sur.
-Gracias… Visitaremos el lugar –expresé señalando a mi compañera, que aún espera dentro del vehículo.
Dejamos el auto estacionado en un pequeño claro, metros adelante de la vieja camioneta Ford 100, del hombre de las arrugas pronunciadas. Su vehículo lucía impecable.
Cruzamos el alambrado y comencé el registro fotográfico. Lo primero en llamar nuestra atención fue un nido de avispas. Un bosquecillo con soto-bosque ralo daba comienzos a pocos pasos de lo que oficiaba de entrada, lo cual no es más que unos palos cruzados donde nacen o mueren hilos de alambre que se continúan a los lados. Dar los primeros pasos fue como entrar a un túnel. La temperatura descendió, y creo que también se volvió más húmedo el aire. El sol casi desaparecía bajo la frondosidad de los árboles. La humedad se notaba no sólo en el aire, sino en la vegetación, en los musgos, en los hongos que afloran en la base de algunos árboles e incluso en un tronco, aparentemente seco, cubierto por una especie de hongos que semejan almejas adosadas.

Como galerías se extienden, a un lado y otro, más senderos que terminan arriba en la formación abovedada creada por el ramaje, y se extienden pocos metros sin llegar a ningún sitio especial. Anduvimos varios metros y nada del molino. Quizás –pensamos- equivocamos el camino, o quizás, no había restos…
Vestigios de una antigua muralla, muy baja, oficiaba de guía. El sendero se confundía con él, pero el musgo y la vegetación no permiten delimitar o distinguir muy bien de qué se trata en un principio. La evidencia son los montículos de bosta esparcidos a uno y otro lado.
El sol se filtraba en forma de rayos por entre el tupido ramaje. Después de andar un buen rato, una estructura de ladrillos y piedra emergió en medio de un claro. Voluminosa estructura, pero, sin embargo, quedaba oculta en la densidad del bosquecillo.
La corriente de agua sigue la caprichosa y serpenteante forma del suelo rocoso, hasta que se nota el desvío del curso que ahora está ocluida, y por ende seco el canal que, como la muralla baja del comienzo del camino, aparece oculto y confundido entre la vegetación.
Antiguamente, de seguro el agua entraba por allí y llegaba al molino, por esa formación de rocas y ladrillos que primero es un canal y luego se convierte en túnel. Mirándolo desde afuera, el edificio parece hueco, pero no se ve entrada, una puerta, algo que indique por aquí se entraba. O sea, aparenta un edificio alto, pero no imaginamos en principio lo que en
realidad es. En la parte alta, unos orificios semejan ventanas, tiene forma de media luna, con la delimitación rectilínea hacia abajo, y aparecen en varios puntos del grueso muro. El monte se integró a la construcción, se metió adentro, floreció en su interior. Como si estuviese ganando la batalla contra la voluntad del hombre que construyó el molino. Un árbol emerge
desde el interior, varias especies vegetales se dejan ver desde afuera. Es enorme la construcción. Parece irreal, como salido de un cuento de aventuras. El microambiente es lúgubre, por la penumbra producto de lo cerrado del monte, como por el cierre de la tarde, todo se vuelve más irreal.
Rayos de sol se cuelan y dejan puntos iluminados que resaltan. Un joven padre y sus dos hijos adolescentes regresan de pescar, trayendo cañas y aparejos. No hablan casi y miran de reojo al retirarse. El dueño del viejo Ford los viene a buscar, algunos pasos detrás nuestro venía, sin que nos percatáramos de su presencia. Haciendo uso de la palabra nos relata
algunas cosas sobre la historia del lugar.
-Un francés construyó este molino… Funcionó un par de años -cuenta. Pero él mismo lo quemó.
-¿Lo quemó…? –pregunté incrédulo. Pero, sin embargo, era ese el nombre del lugar al que aludía el cartel, en la calle de acceso principal de la ciudad conocida como Nueva Helvecia.
-Sí, quemó su propia construcción… Es que… el hombre estaba unido a una mujer, la que era su segunda mujer. Y tenía un hijo del primer matrimonio, casi de la edad de su segunda pareja. Una tarde, el viejo francés, apareció por el molino y encontró a su mujer, medio desnuda, entregándose a su hijo. Cegado por la furia, incendió el lugar y luego huyó a
su país natal. Nada se supo más de él.
Cuando salíamos del bosquecillo, aún estaba la familia del viejo cruzando el alambrado, y él se había demorado como esperándonos. Prosiguió su relato sobre el lugar:

“Algunas veces, de tardecita –contó- se puede ver la imagen de una mujer que anda por aquí, como vagando por los senderos”.

  • ¿En serio…?
    -No sé, pero yo por si acaso nunca me quedo de noche por aquí.
    -Sin embargo, hay vestigios de fogatas encendidas cerca del molino. Alguien hizo fuego, de hecho, hay rastros de varias hogueras en lugares aledaños a la construcción.
    -Puede ser… pero por si caso yo no…
    -Bueno, seguiremos su consejo y… tan pronto tomemos unas pocas fotos más, nos marcharemos.
    Registré el lugar desde el interior de la construcción. Tomé fotos del lugar donde estaba la rueda del molino. Lo que antes creí vacío o hueco, en realidad, estaba cubierto de tierra, y lo que considerábamos ventanitas, casi como ojos semiabiertos, no eran tales. Pues estaban casi sobre esa superficie alta de suelo, a unos tres metros sobre el nivel de la superficie externa a la construcción.
    La luz del sol declinaba rápidamente, el frío comenzaba a sentirse con mayor intensidad, y cuando nos marchábamos, un a joven pareja se adentraba al montecillo en dirección al molino, como nosotros, rato antes. Pensé, quizás en la tranquilidad del monte, hagan el amor. Pues el halo de misterio se mezcla con un no sé qué de aventura, misterio,
    placer que se experimenta al caminar por ese sendero que lleva al molino. Es una sensación agradable, pero la presencia del manto oscuro, del follaje tupido, impregna todo de un silencio cómplice.
    Cuando registraba las últimas imágenes tomé una foto a la pareja que llegaba al claro que rodea a la construcción, y quedaba esa especie de entrada a la misma por detrás.
    Volvimos sobre nuestros pasos, nos encontramos con el murallón bajo, que según el dueño del viejo Ford era usado para contener el agua desbordada, para aprovecharla.
    El sol declinaba y se ponía al oeste, la noche surgía rápida y los colores del campo variaban. Las plantaciones se perdían y sólo unas aves solitarias, dos o tres, vigilaban el camino desde los hilos, desde los cables de la corriente eléctrica.
    Volvimos, tras andar un poco por el pueblo, a nuestro hogar, cien kilómetros al este.
    Al día siguiente, mientras comentábamos con mi esposa lo bien que habíamos pasado en aquél lugar y observábamos las fotografías digitales registradas el día anterior, noté algo extraño. Un defecto –pensé. Pero se repetía y adquiría cierta nitidez, que comenzó a inquietarme.
  • ¿Podrías mira estás fotos? -Le dije a mi esposa.
    -Sí… ¿Y eso qué es…? –preguntó algo confundida, pero sin darle mucha importancia.
    -Son las fotos de ayer…
    -Sí, pero eso que aparece allí en varias fotos… ¿Lo ves?
    -Sí… por eso te pedí que las miraras… No había nada cuando tomé las fotos.
    -No. No vi nada cuando estuvimos allí. Está algo borroso… pero parece una mujer ¿no?
    -Eso creí yo también cuando las vi… y por eso te sugerí que miraras.
    Quedamos mudos, atónitos con lo que aparecía en el monitor de la computadora. ¿Era
    eso un alma en pena? ¿Era esa la mujer del francés, la del relato del hombre viejo? ¿Era una
    suerte de evidencia de dicho relato?
    Quizás el molino se había convertido en una especie de santuario natural.

Nota del autor:
Cuánto me gustaría volver a encontrar al hombre de la Ford 100 para contarle, para mostrarle lo que registró la cámara fotográfica. Es la confirmación de su relato, de la anécdota que narra como algo posible, pero de lo que no tiene certeza.

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CUENTOS Y RELATOS – MARZO

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Cuentos

CUENTOS Y RELATOS : «Historias que despiertan la imaginación y acarician el alma»

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EL LEÑADOR Y LA FLOR

Magi Balsells / España

Erase una vez, un mísero leñador, que habitaba en el frondoso bosque, donde tenia su morada en una su antigua cabaña, donde solitario pasaba sus momentos mas tristes.

Caminando por el sendero que le conducía a su labor diaria, con rumbo ya determinado por las muchas veces realizado, sin mirar donde pisaba, de pronto tropezó con una bella flor, y cual fue su sorpresa cuando oyó una dulce voz que en tono lastimero le decía, ten cuidado, no me pises, ya que ello comportaría el fin de mi existencia.

Asombrado por no esperar que una flor pudiera hablar, no sabia ni que hacer ni que decir, pero algo dentro de el le obligó a pedir perdón

Arrodillándose junto a ella, para examinar si algún daño había sufrido,el suave vientecillo del bosque le traía su fragancia y aroma.

Contemplo sus hermosos pétalos, bañados por el roció matutino, lo cual le daba una belleza sin par, que hasta el momento no se había percatado.

—Dime bella flor, que puedo hacer por tí, ya que siento estar en deuda contigo.

—Poco puedes hacer amigo leñador, mi vida es muy efímera, aquí solitaria en este inmenso lugar, sin amigos, sin nadie a quien contentar, se que tu también estas solo y una cosa quisiera pedirte, es que estas horas que señalan el fin de mi hermosura, las disfrutes conmigo. ¡Llévame contigo a tu morada! hazme este favor no quiero fenecer sola, quiero que mi ultimo aroma, sea para ti.

Dicho esto el leñador muy aturdido, cogió a la exuberante flor y volvió a su habitáculo, depositándola en el más bonito jarrón que poseía, y pareció que todo se llenaba de luz con su sola presencia.

Ya no estaremos solos, tendremos la compañía del uno para el otro y yo prometo cuidarte como si de mi vida se tratara, serás mi amor y mi ilusión.

Quizás por el cariño demostrado aquella flor cada día era más hermosa, llenando la vida de aquel hombre que se desvivía por cuidarla.

Los años pasaron muy deprisa, el leñador cada día mas anciano, pocas fuerzas le estaban quedando. También la flor se estaba apagando, se marchitaba como si notara el fin de este cariño por ambos profesado.

Llegó el final para ambos, juntos y en el mismo momento, la flor sobre su pecho, impregnada de las lagrimas, las cuales se habían convertido en gotas de rocío

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HABIA UNA VEZ…

Libia B. Carcioffeti / Argentina

A los diez años, gané un Concurso Nacional de poesía organizado por Radio El Mundo de Buenos Aires, en el que participaban escuelas de todo el país. Cuando se anunció la selección y me eligieron, jamás imaginé por qué la señorita Gertrudis Eggan, mi directora, me llamó a la oficina.

En mi cuaderno llevaba ya dos notas que decían textualmente: “La niña Libia Carciofetti observó mala conducta por conversar en clase. Se ruega a los señores tutores firmar esta nota.” Lo que no decían esas palabras era que, como consecuencia, mi madre me mandaba a la cama sin cenar. Así eran las cosas: después de sermones interminables, ella solía decirme, como en la canción de Valeria Lynch, “La tercera es la vencida”.

Esa vez, además, me prohibió salir a jugar con Ana María Giacomolli, mi compañera de asiento. Esa sentencia, para mí, sonaba como “cadena perpetua”. Mi madre permanecía inconmovible ante mis lágrimas y mi hambre. Pero mi padre, nuestro eterno abogado defensor, solía esperar a que ella se durmiera para ir a la heladera y preparar el sándwich más delicioso que recuerdo. Fue entonces cuando prometí no abrir la boca en clase, so pena de pasar el resto de mi infancia encerrada en mi dormitorio.

Cuando la directora me llamó, fui con el cuaderno en la mano, temblando ante la posibilidad de una tercera notificación. Apenas entré en la oficina y, a punto de romper en llanto, la señorita Eggan me dijo: “¡Te felicito, Carciofetti! Ganaste el Concurso. ¡Primer Premio entre todas las escuelas del país! Un terreno en San Carlos de Bariloche”.

En ese momento me abracé a esta mujer, normalmente fría, quizá por su investidura. Quizá porque nunca tuvo hijos ni pareja y no entendía que a los niños nos gusta conversar dentro y fuera del aula. Aún así, le costó contener mis lágrimas. Siempre fui llorona, pero aquel día todo me desbordó: ¡era increíble! Sin embargo, a pesar de todo, no supo comprenderme.

“Recibirás la notificación por correo”, dijo. Y añadió: “No le comentes nada a tus compañeros hasta que lo haga público. ¿Entendido?”. Respondí un tímido “sí”, pero mi corazón apenas podía contener el deseo de correr a casa para compartir la noticia con mis padres. Ese día creo que aprendí a volar: las ocho cuadras hasta mi casa las recorrí en segundos, tanto que llegué sin aliento.

A partir de ahí, comencé a soñar. Sin embargo, jamás imaginé que llegaría al Café Tortoni, lugar mítico de escritores como Borges, García Lorca, Alfonsina Storni, Carlos Gardel, Tita Merello y tantos otros. Mi llegada coincidió con un periodo de orfandad emocional: la ausencia de mis padres y la pérdida de mi esposo, quien tanto disfrutaba de mis letras. Para él, cada uno de mis escritos pasaba “su prueba de galera”. Dios me había reservado este tiempo, el suyo, no el mío. Hoy, solo puedo decir: “Amén, Señor, porque así te ha placido a Ti”.

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MI VISITA A TEMPERLEY

Carlos H. González Saavedra/ Argentina

—¡Después de las 15, estaré en tu casa!

—¡Te espero!

Conocía el barrio; en mis años de scout solía andar mucho por allí. Empecé a caminar, tratando de recuperar esos pasos infantiles que tanto atesoraba. Habían pasado sesenta años, y en parte lo logré. A medida que me acercaba al lugar, se despertaban recuerdos de mi infancia: aventuras y un sinfín de momentos que llevaba guardados. Recordé los naranjos en flor y cómo pateábamos las naranjas por la calle. Desilusionado, descubrí que ya los habían quitado todos.

Tomé el tren para sumergirme en un viaje imaginario, como cuando era niño. Pero las cosas habían cambiado; el tren ya no era el de antes. La estación, que anteriormente tenía seis andenes, ahora contaba con nueve. Un conglomerado de gente, yendo, viniendo y esperando, dibujaba un nuevo paisaje.

Al llegar, Guillermo me recibió con un cálido abrazo y una sonrisa franca. Por suerte, no hablamos del club, pero sí de gente conocida del lugar. Me invitó a pasar al quincho de su casa, un lugar encantador, donde me impactó su calidez. Guillermo se esmeraba en atenderme, y lentamente fuimos entrando en tema. Me mostró un libro familiar, una joya de su herencia alemana, que me fascinó. Percibí, de manera sutil, que deseaba hablar de su vida, de su familia, de sus raíces. Me pareció encantador, porque los hombres no siempre compartimos este tipo de historias. Entonces, comencé a contarle cosas mías, mientras él compartía las suyas. Perdimos la noción del tiempo. Tomamos dos deliciosos cafecitos mientras recordábamos cómo Monte Grande, la ciudad donde vivo, era una tranquera al campo.

La avenida, empedrada y con las copas de los árboles uniéndose sobre ella, parecía la entrada a una estancia. Cada dos esquinas había un palenque, y sulkys y caballos floreaban en las fiestas patrias. El almacén de Pardini era un punto de referencia en la zona este del pueblo: Ramos Generales, cancha de bochas, de paleta, carrera de sortija y mucho más. Guillermo mencionó que Melitón Legarreta, nacido en Oyeregui, comunidad de Navarra, había tomado un barco para hacer las Américas. Se instaló en los campos de Monte Grande, donde, como buen vasco, comenzó con un tambo. Su hija, Ester Lagareta, junto con Víctor Loupias, había sido dueña del mencionado almacén.

La charla derivó hacia una casa en el pueblo, pero no encontró unos papeles que quería mostrarme. No me importó; estaba seguro de que recordaría más anécdotas familiares que tendríamos tiempo de escuchar y escribir, vino de por medio. En algún momento, al relatar una historia, sus ojos se escarcharon. No quise indagar más.

Pasamos cuatro horas muy amenas. Sin embargo, lo más impactante, en términos emocionales, fue su quincho. Paredes repletas de recuerdos: fotos, alegorías, escudos, una colección de mates, discos de vinilo y casetes, todo dispuesto con amor y dedicación. —Carlitos, mira lo que quieras. Metete, revisá, preguntá —me dijo.

No me animé. Descubrí finalmente que ése era su lugar, donde estaba plasmada su vida. Un espacio que reflejaba su enorme corazón abierto de par en par. Era un rincón donde la máquina del tiempo parecía haberse detenido para ser disfrutada. Un pequeño cartel rezaba: “Es lo que hay”. Y sí, allí estaba todo: recuerdos, alegrías, y momentos simples de la vida, como éste, como tantos.

Nos despedimos con otro abrazo, prometiendo vernos en otra ocasión.

Tomé el tren con el dulce sabor de haber recuperado el romanticismo de Temperley y la conexión con un amigo que personificaba a su propia familia. Y como si fuera poco, al llegar a casa, encontré en mi celular todas las fotos del quincho. Pensé: “La magia de la vida”. Justamente de eso se trató nuestra charla.

Gracias, Guillermo Loupias.

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CONTEMPLANDO EL MAR

Elspeth Gormley / España

Mientras paseaba por la orilla de la playa, mis pies se hundían suavemente en la arena mojada, sintiendo el vaivén de las olas que se estrellaban contra las oquedades de las rocas, lanzando rugidos como una bestia primordial. Me detuve, maravillada ante la divinidad insondable del océano. En ese instante, suspendida en una profunda serenidad, comprendí que estaba viviendo uno de los momentos más plenos y puros de mi existencia. Ante tanta magnificencia, me invadió un pensamiento: quizás, en el vientre de estas aguas eternas, nacieron los primeros dioses.

El vaivén rítmico del agua narraba un secreto antiguo, un canto hipnótico que se clavaba en el alma. Arrullada por su murmullo, me vi de pronto imaginando al hombre primitivo, ese ser que, en algún punto del pasado, descubrió dentro de sí algo inmaterial y poderoso: un alma.

Esa alma, eterna compañera de nuestra existencia, parecía haber sido inventada como un intento desesperado por encontrar significado en el caos. Una creación humana, tan maravillosa como trágica, destinada a despreciar el cuerpo en favor de una promesa de redención. Así nació también la idea del pecado, el miedo y el castigo, alimentando una maquinaria que ha moldeado dioses y mitos… una maquinaria que, tal vez, desaparecerá con el último aliento de la humanidad, llevándose consigo el temor a aceptar la muerte como un final natural.

El mar, con su vastedad inabarcable, guarda a sus testigos mudos: criaturas misteriosas que han persistido a lo largo de milenios. Adaptándose o pereciendo bajo el peso implacable del medio, son testigos de la danza cíclica de transformación y renovación. Desde la orilla, observé cómo las olas bramaban furiosas, retorciéndose con espuma blanca entre las estrechas callejuelas de los escollos. Bajo su manto de jade, iluminado por el sol poniente, destellaban reflejos dorados y transparencias iridiscentes, como si el océano se vistiera con joyas vivas. Imaginé, en las profundidades de su abismo, criaturas legendarias habitando bosques de coral y una vegetación que susurra relatos de eras olvidadas.

Mis pensamientos se dirigieron a los remotos antecesores de la humanidad, quienes, enfrentándose a una naturaleza hostil, emprendieron su lucha por la existencia. Una lucha desprovista de sentimentalismos, donde el fuerte sobrevivía y el débil perecía bajo las reglas inapelables de un poder supremo. La rueda de la vida, tan antigua como el tiempo, giró para ellos igual que lo hace para nosotros, quienes ahora, orgullosos de nuestro supuesto control sobre el mundo, seguimos siendo prisioneros de esa misma rueda eterna.

En aquel momento, frente al mar, me sentí diminuta. Tan diminuta como esas criaturas abisales que danzan en un universo indiferente. La diferencia entre ellas y nosotros es meramente el tiempo y nuestra capacidad de adaptación. Recordé las críticas que enfrentó Darwin en su época, y cómo, pese a todo, sus teorías perduraron, desafiando a las creencias más firmes y abriendo camino a una comprensión más amplia de nuestro lugar en el cosmos.

Cuando el sol finalmente se escondió tras el horizonte, el mar se tornó negro como el ónix, y el cielo, teñido de gris plomizo, fue rasgado por relámpagos que zigzagueaban hacia las olas espumosas. Permanecí allí, inmóvil, atrapada entre la fascinación y una vaga incomodidad ante la inmensidad y la inevitable fatalidad. Comprendí, entonces, que los mitos no surgieron del vacío; los creamos para llenar ese espacio insondable, transformando sueños en esperanza, construyendo refugios frente al abismo del vacío.

Antes de los dioses monoteístas, la humanidad ya había tejido mitologías, historias nacidas del ingenio y la necesidad. Frente al océano, entendí que ese impulso de narrar, de otorgar sentido, de vestir el silencio con palabras, es lo que define nuestra naturaleza humana.

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FRAGMENTADO

Andrea Morini / Argentina

Samuel se encontraba en el ático de su casa. El ambiente estaba desvencijado, sucio y polvoriento, tanto como su espíritu; el ambiente tenía un pequeño ventanuco hacia el frente, por el que entraba un hilo de luz de la calle, aunque los vidrios cargados de tierra, impedían el paso de la poca iluminación que acertara a pasar por allí. El lugar y su estado de ánimo eran oprimentes, tanto como la vida que había llevado hasta ese momento.

Sentía permanentemente un estado de irrealidad, nunca estaba muy seguro de aquello que veía o creía percibir, los recuerdos se le agolpaban desordenadamente en su mente obnubilada, habitada, tenía cierta idea de eso, por otros seres que vivían junto a él, y de los cuales no podía desprenderse.

A veces, solo a veces, podía reconocerlos como flashes en su interior.

Su casa, fiel reflejo de ese estado de conciencia, era un rejunte de estilos y cosas, que ocupaban todo el espacio formando un conjunto surrealista, donde las cosas más inverosímiles convivían en un precario equilibrio.

Desde hacía algunos días, presentía que Él estaba por advenir, su presencia engañosa surgía en los pequeños detalles que iba descubriendo en los lugares, lo cercaba, tal como le había anticipado desde niños: «Un día seremos uno», fue la sentencia.

Encerrado en ese espacio y en sus pensamientos un ruido lo sobresaltó y se acurrucó, aún más, en el rincón más lejano a la entrada trampilla que permitía el acceso al lugar.  En ese momento el alumbrado de la calle se apagó, sumiendo todo en una oscuridad profunda, sin grises, como si un gran agujero negro succionara todo atisbo de claridad. Le castañeteaban los dientes, no de frío, sino de un miedo visceral que le carcomía el alma, si es que tuviese y, conocía por experiencia, que ese sentir solo se calmaba infligiéndose un dolor aún mayor que el temor, la automutilación y la impulsividad convergían en un deseo irrefrenable en él.

Se cortó levemente el brazo, aún vendría más la necesidad, por ahora creía poder controlarla. No sirvió, el dolor solo avivó aún más el pánico que lo carcomía. Entonces se dejó llevar, no podía frenar más el desdoblamiento que estaba ocurriendo. Reconoció al instante los signos de la mutación, y la entrada irruptora de Él, el sin nombre que, con una sonrisa meliflua en su rostro, le dijo: —Hola Samuel, tanto tiempo sin hablarnos.

Intentó hacer caso omiso de esa presencia que lo amedrentaba profundamente, siempre quiso desentenderse de ella y, hasta ahora, lo había logrado, pero ya no encontraba más fuerzas para continuar soportándolo. —No quiero hablar contigo —contestó a media voz como sospechando que el otro se pudiera ofender con sus palabras. —Pero eso no es algo que puedas evitar, al menos no todo el tiempo, estamos juntos, y así seguiremos por siempre, al menos hasta que yo prevalezca —Le dijo mientras se relamía los labios obscenamente.

A lo lejos un trueno rasgó la noche, luego la luz de un relámpago entró por la pequeña ventana, reflejando destellos lunares en la habitación ya de por sí fantasmagórica. Fue en ese momento cuando pudo ver su reflejo en el espejo que se encontraba frente a él. Solo su imagen le devolvió, aunque creyó entrever una sonrisa aterradora cerca suyo.

No pudo reprimir su deseo de escapar, lejos, muy lejos, tal vez a su infancia, aunque los recuerdos de ese período se le aparecían borrosos, no estaba seguro de sus percepciones, si procedían de la realidad o de la distorsión de la misma. Vagamente recordaba el rostro de su madre y poco más. La sombra que lo perseguía desde niño lo rodeaba, viscosa y mortal, mientras Samuel luchaba por desprenderse de ella. Quiso correr, no pudo, una pulsión irrefrenable lo anclaba en ese lugar. «Nunca lo lograré» pensó en ese instante. Unas garras delgadas y filosas lo habían alcanzado y empezaban a rodearlo reconociendo la derrota del otro. —Ya eres mío —susurró la sombra amenazante.

Fue entonces cuando, decidido a poner fin a su desdicha, tomó el revólver que guardaba en ese oscuro rincón. Nunca fue consciente del por qué lo tenía allí, aunque en el fondo, lo sabía. —Aún no lo soy —afirmó Samuel, mientras se dejaba abrazar por el intruso. Luego, apuntando a ambos, disparó.

A la mañana siguiente lo encontraron solo, con un tiro en la sien frente al espejo del viejo desván de la casa. Nadie imaginó por qué había tomado esa decisión fatal.

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DIARIO DE XITA RUBERT

Xita Rubert / España

Tras la muerte de su padre, el filósofo Xavier Rubert de Ventós La escritora narra cómo su fallecido padre se le sigue apareciendo en sueños

Desde la muerte de mi padre mantengo un diario sobre su aparición en mis sueños: es un diario sobre un fantasma, que sólo me visita por las noches, y cuya relación conmigo no ha terminado, sino que sigue desarrollándose más allá de nuestras dos migraciones. Ahora, tanto mi vida como la suya continúan en otros países, y nos reencontramos en el espacio intermedio al que nadie más puede acceder. Yo misma tengo dificultades para entrar, cuando despierto y trato de transcribirlo. Varios de estos sueños, ahora que los releo, exploran el ambiguo sentimiento de avanzar, de reinsertarme en la vida tras su muerte.

30 de agosto de 2024. Creo haber tenido otro sueño con papá. La escena significativa ha ocurrido justo antes de despertarme: me ha sacudido su propia intensidad, el tacto y la mirada no eran difusos como suelen serlo en los sueños. Me encontraba ordenando mantas y cojines con él, viendo qué se llevaba él y qué me llevaba yo, pero ¿adónde iba cada uno? No recuerdo el intercambio verbal, tenía que ver con alguno de esos elementos domésticos, con una mudanza y una ausencia inminente. Estábamos preparándonos para el cambio, pero ¿qué cambio? De pronto, durante la conversación, me invadía la realidad extrema de su cuerpo, sus mejillas, sus ojos: me los quedaba mirando como si mirar con intensidad impidiera que se fuera. Sospechaba que, tras marcharme yo, él desaparecería también, como si al preparar mi próxima mudanza (este septiembre) fuese a revivir la suya, la definitiva (hace ahora un año y medio). Pero su mirada no era desesperada, inquisitiva como la mía. Sus ojos tampoco se apartaban de mí, pero eran dulces, plácidos. Conformes.

Tiendo a narrar más que a interpretar mis sueños, aquí, pero este es un posible significado: no quiero alejarme, ni siquiera, del momento o del lugar en que él murió. No quiero poner distancia entre nuestra vida con su enfermedad y mi vida nueva, sola, con plena salud. Siento una inesperada ambivalencia a retomar la normalidad, el año laboral: mudarme a Nueva York, publicar mi segunda novela, recuperar mi rutina en Estados Unidos tras estos dos años en España, y montarme en el ajetreo del mundo, tan distinto a los tempos —y a las epifanías— de la muerte. Si antes deseaba recuperar el ánimo y la energía, ahora deseo quedarme quieta en este inframundo, entre la realidad y el sueño, entre los vivos y los muertos, suspendida y feliz, porque es aquí donde lo encuentro y donde su piel y sus ojos todavía no se difuminan.

1 de enero de 2025. Cuando releo algunos de mis cuentos, constato que sólo escribo bien cuando escribo sobre la muerte, o desde la muerte, o en estrecha proximidad con muertos que siguen pululando en mi mundo interior. Sé que mis historias están vivas cuando hay algo difunto en sus tramas, cuando mis personajes son conscientes de que algo (o alguien) está a punto de terminarse. No es cierto que sea necesario sentirse desolado, abandonado, para escribir bien (de hecho, lo contrario es cierto), pero hay algo vivificante en invocar a la muerte, y sé que mis mejores párrafos están animados por ella, o sea, por él. Hay algo en la oscuridad infinita, en la claridad irrecuperable, que alumbra mis frases y convierte a mis imágenes en bichos fluorescentes.

Pero la cuestión es otra, más importante: cuanto más lejos de la muerte y la enfermedad, no sólo escribo peor, sino que vivo peor. Más triviales mis preocupaciones, mis quehaceres, más superficiales y falsamente difíciles mis dilemas. Los falsos dilemas de los vivos sólo existen para cubrir, para cegarnos, ante la dificultad real: que el final siempre acecha bajo la salud; que la vida debe continuar incluso cuando la vida terminó; que la ausencia más difícil es la sostenida, tan distinta al duelo inicial.

Recuerdo cuando mi amigo y escritor Andrés Barba hablando de su propio padre, me auguró lo siguiente: lo más arduo es el primer año, hay que pasar por todas las fechas significativas en que te gustaría estar con él —su cumpleaños, tu cumpleaños, el verano, la Navidad. Paradójicamente, ese primer año lo encaré con la fortaleza que me imprimía el propio recuerdo de su vida, las lecciones viscerales de su enfermedad, el estado de excepción que daba sentido a lo que lo tenía, y extirpaba el falso sentido de todo lo demás. Es ahora, en el segundo año, cuando debo enfrentarme a su falta: no a su ida, sino a la constatación de que no volverá.

14 de enero de 2025. Sé que les pasa a otras personas, que sueñan con la persona difunta. En mi caso hay dos tipos de sueños: en los extáticos, su presencia no la experimento como un shock sino como una especie de gracia divina, mística. En los sueños más demoledores, alcanzo a tocar su cuerpo, al despertar desaparece, y el acceso de llanto no tarda en llegar. Los primeros sueños son cada vez más recurrentes que los segundos, pero hoy ha pasado algo distinto. Ha aparecido en mi sueño, sin éxtasis ni demolición: simplemente estaba, en toda su fisicidad, vivo, y no vivo todavía, ni vivo de nuevo. No era una aparición, era él. Papá se reincorporaba a mi vida, como un personaje sin mayor gravedad, dos años después.

En el sueño, era el día de su cumpleaños: íbamos en coche y pasábamos el día en la playa con mamá, con varias amigas mías, con una especie de novia de él. Nada resultaba doloroso ni existencial. Y no teníamos cobertura: cuando se ponía el sol y debíamos volver, él insistía en que era su cumpleaños, pero nosotras reíamos porque no estábamos seguras del día o la hora. Nadie nos molestaba: ni las fechas de cumpleaños de vida ni las fechas de aniversario de muerte. Algo en la atmósfera indicaba que no estábamos en un lugar trascendental, de resurrección, no. Su presencia, hoy, era un hecho y no un recordatorio.

El verano tras su muerte, en 2023, pasé unos días en Atenas. Visité casi todos los cementerios y llegué caminando a Kerameikos, la mayor necrópolis de la ciudad antigua. Me fijé en que todas las lápidas mostraban a una persona tocando la mano, el hombro, el cuello de otra persona, a veces con un solo dedo. Cada escena era un reencuentro, extraño e imposible, y entendí que no aludían a un recuerdo, sino a un deseo: los griegos sabían que no es el alma del difunto lo que nos falta —su alma sigue con nosotros—, sino su cuerpo. El deseo de los vivos es tocar las mejillas, los huesos, el pelo de los muertos, y ese deseo está estampado en cada lápida de Atenas y en cada página de mi diario del inframundo.

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CUENTOS Y RELATOS FEBRERO

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Una Imagen Para La Sección De Cuentos Y Relatos, No Infantiles

En los cuentos, la realidad y la fantasía se entrelazan, tejiendo historias que desafían la lógica y revelan las verdades más profundas del ser humano. Elspeth Gormley

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EL MUNDO DE ALEJANDRO

Lidia B. Carciofetti / Argentina

El mundo de Alejandro es su habitación. Come, duerme, juega solito allí… no quiere compañía y se molesta toda vez que sus hermanitos quieren entrar a conversar con él o demostrarle cariño.

Ale nació con el síndrome de autismo grado máximo. Una prueba muy dura para toda la familia que lo esperaban con tanta expectativa… Sus berrinches cada vez más acentuados hacían que hasta se diera la cabeza contra la pared y se lastimara.

Curarle las heridas se volvían una odisea, pues no quería que nadie lo toque. Tenía asistente 3 veces por semana, para sus terapias.

El tiempo que estaba con ellos tomaba atención, le daban tarea y era muy aplicado hasta que el desenfreno le hacía romper los papeles y tirarlos en el cesto.

Bello su aspecto cuando pasaba yo por la vereda, su carita y sus ojitos perdidos me miraban fijo. Yo le sonreía, pero no servía de nada.

Vivió en su mundo hasta los 14 años. Nunca festejó con alegría la fiesta que organizaban en su honor.

Estaba presente su cuerpo pero él no.

Un día de pleno invierno, aprovechó un descuido de la familia que estaba cenando, y como ladrón sin hacer ruido abrió la puerta y se escapó. Se dieron cuenta sus hermanos cuando fueron a retirar el servicio de la cena.

La policía lo encontró en la plaza a más de 10 cuadras de allí.. Sus padres lo llevaban cuando el aceptaba ir.

Tenía el torso desnudo y temblaba de frío, pero corría entre los juegos y sonreía a carcajadas. A duras penas entre sus padres y el oficial pudieron sujetarlo.

Sufrió hipotermia, y como consecuencia Neumonía bilateral.

Hoy Ale ya descansa en paz, tal vez la que tanto deseó tener en el mundo impenetrable que el mismo construyó, a pesar de todo el amor que su familia le demostraba.

Lo recordé porque vi un niño con ésta crisis en un centro comercial, solo que pudieron calmarlo.

No podré olvidar nunca sus ojitos a través de la ventana.

¡Que tristeza convivir con un ser amado así! Es como convivir con la misma muerte.

Seamos empáticos con ellos y con la familia porque solo ellos saben cómo se hace para vivir en su mundo.

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EL MÉDICO DE CLOTILDE

Carlos H. González Saavedra / Argentina

Bajé rápidamente la rampa de la guardia del hospital, con ganas de llegar a casa. Estuve toda la noche, atendiendo. Sin darme cuenta tropiezo con una señorita, que casi la tiro al piso con mi empellón. ¿Perdón te lastime? pregunto avergonzado -¡No estoy bien! iba distraída, no te sientas mal, dijo mirándome con simpatía.

Sus ojos tenían una mirada muy subyugante y cautivadora, Sin contar cuando baje la vista y encontré una esbelta muchacha de pelo castaño buenas curvas y ojos celestes. -Te alcanzo a algún lado, tengo el auto en la cortada, a la vuelta. Ayudándole con carpetas que seguía juntando del piso. -No, voy a una cuadra a ver a mi abuelo que esta medio pachucho. ¿Qué le paso?¿ puedo ayudar? no quería perderme esa sonrisa entre picara y seductora. -Sí ¿me quieres acompañar? -Claro, respondí entusiasmado. -Perdón, me llamo Arie ¿y tú? -Mm….. No te va a gustar, riéndose y con un mohín contesta: Clotilde. -Es original, poco común. Repliqué haciéndome el simpático

Caminamos una cuadra y la casita estaba en el fondo, sin revocar, dentro de un terreno como de cincuenta metros. Daba una cosita entrar, pero…ella se desplazaba contenta y yo la miraba y empezaba a tenerle ganas. Era muy seductora. Abrimos con cuidado y oí el crujido lento de la puerta de chapa por las bisagras oxidadas, entramos a la cocina, muy sencilla por cierto. Un dormitorio donde estaba don Eleuterio Zabala y un bañito muy pobre. -Enseguida regreso, se fue a la habitación, mientras tanto, me quede mirando unas paredes celestes despintadas, estaba todo sucio, los mosaicos del piso sin pasar un trapo, pocos enseres de cocina, sobre la mesada vieja de madera, un anafe de tres hornallas y una garrafa. Todo muy lúgubre.

Un sonido gutural de Don Eleuterio rompió el estado de observación que yo tenía -Ya está abuelo. ya está. Quédese tranquilo, ya fui a buscar al médico.

Me puse de pie esperando que Clotilde me llamase. Tardaba un poco pero entendí que estaba tranquilizando al abuelo, al que se oía respirar raro. Veo que corre la cortina y se sienta a mi lado, en la silla de paja que había en la cocina, más otras tres y un banquito que coronaba la desvencijada mesa, cubierta con un mantel de hule. Me intrigaba Clotilde, porque ella tenia muy buen aspecto, no coincidía con la pobreza del lugar. No hice comentario. Aprendí tanto en la guardia, en el día a día, que preferí no hacerlo.

A los pocos minutos otro sonido gutural como un alarido sacudió el silencio que me producía mirar a Clotilde embelesado. Ella corrió al dormitorio me levanté de la silla y le pregunté, ¿Qué pasa? -No se, hace unos días que esta así, comenta llorando. -¿Puedo verlo, revisarlo? Estoy haciendo la residencia, en el portafolio tengo algunos medicamentos, el estetoscopio y la compu que siempre llevo conmigo. -Sí, claro, pasa gracias. Me encuentro en una habitación toda revuelta, ropa tirada en el suelo. Hasta un sobre abierto de un banco de la zona, vacío. Todo desprolijo y el viejo que gritaba. No distaba mucho de lo que era la cocina, pero llamo mi atención la habitación. Siento un grito de Clotilde diciendo: -Javier, Javier, cuando comenzaba a revisar al abuelo. -Quien es Javier, pregunto. -Mi hermano -Abre dijo Javier desde la calle. El portón de alambre estaba cerrado con candado, siempre se lo ponía, por temor, según me dijo al entrar.

Salí a abrirle y sigo revisando a Don Eleuterio, tenía un cuadro complicado rayano a la neumonía. -Hay que internarlo, comenté. Sus ojitos me miraban con desesperación. -Bueno comenta Clotilde voy a avisar a la vecina.

El hermano me saluda al pasar y se va. Sentí cerrar la puerta de la cocina con fuerza, poner una traba del lado de afuera y la voz dulce de Clotilde con tono acelerado, diciendo: -¡Vamos, vamos!

Me levanté del costado de la cama y traté de abrir la puerta. Cosa que no conseguí. Miré por la ventana del baño, tan chiquita que ni un gato pasaba por allí. La cocina tenia unas rejas y postigos de madera y en el dormitorio una ventana de chapa, de las fuertes, con pestillos oxidados por la falta de uso. Trate en forma insistente, casi frenética, pero no logré abrir. Pensé, en buscar el celular y llamar a la policía o alguien que me ayude y me doy cuenta que el maletín había desaparecido. Estaba encerrado muerto de frío con el camisolín de medico y sin nada, mientras, el abuelo gritando, gimiendo por falta de aire. Casi suplicando, con mirada furiosa. ¿Quién carajo me pidió que me meta en este lio? Estaba enojado conmigo mismo. Soy un calentón, me recriminaba.

Me tranquilice y sin darme cuenta me quede dormido. Un ruido muy fuerte de tormenta me despierta. Las ventanas vibraban, golpeteaban los postigos por el viento. Al rato volví a dormirme. Me había vencido nuevamente el cansancio. Eleuterio respiraba con dificultad, cada vez más notoria. Se había pasado el efecto del valium que le había suministrado.

Sus manos siempre las había tenido cubiertas con las sabanas y colchas, aparentemente cruzadas sobre el estomago. Observe que las movía como para mostrarlas o hacer algo con ellas. Sus ojos miraban con odio. -¿Qué le pasa Don Zabala, en esas manos?, pregunté. Mientras abrí cuidadosamente la colcha y la sabana, para revisarlas. Mi sorpresa fue mayor, al advertir que portaba un calibre 38 apuntando a su vientre, maniatado con cinta de embalar. Inmovilizado de la cintura para abajo. -¡Me han asaltado¡ ¿no se dio cuenta? -No, pensé que estaba enfermo, contesté confundido. -Idiota lo embaucaron como a mí. Se llevaron la jubilación y la plata del terreno. Desáteme pide enérgicamente, o es uno de ellos que lo dejaron para escapar tranquilos.

Costaba entenderle, se agitaba pero así y todo exigía que lo desate. -Jubilado como policía, conozco bien el paño. Desáteme ¿no me escuchó? ¡desáteme!

Yo entendía claramente lo que pedía y más temor me daba. Lo miro sin responderle, pensando…¿si lo suelto y empieza a los tiros? Mejor me llevo el arma y listo. Desato solo el arma como puedo, ante sus maldiciones.

Estaba amaneciendo y preferí esperar mientras Zabala como podía, gritaba. Le había tapado parcialmente su boca con un pedazo de cinta de embalar, que encontré. Quería salir de ahí lo más rápido posible.

Providencialmente con el sol, la habitación lucia iluminada y me permite ver una hendija junto con el pestillo que se había soltado. Con lo cual de un patadón logre abrirla. Subí como pude y salté al pasto. Cuando llego a la puerta, veo que no estaba puesto el candado y salí más rápido que ligero, en busca de mi auto. Claro, nunca lo encontré. Lo había estacionada en una cortada, detrás del hospital. Déjalo en la cortada, siempre me decían y eso hice. Al mirar el nombre de la calle para orientarme, leo Eleuterio Zabala. Estaba todo dicho.

Finalmente el 38 terminó entre las sabanas sucias del hospital, que serían retiradas por el lavadero. Tomé un remís, muerto de frío, me llevó a la casa de mis padres. Durante una semana no fui al hospital. Pedí traslado a Neuquén a una salita donde una tía que era directora, me insistía que fuera.

Nunca hubiesen entendido mi explicación del porque estaba allí y el porqué había salido por la ventana, corriendo con ropa de medico con un arma en la mano. Lo único que tenia explicación, es que era médico acreditado, con lo cual no me exculpaba de nada. Así fue.

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EL ABRAZO DEL MAR Y LA LUNA

Elspeth Gormley / España

La noche se despliega como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que titilan en la distancia. La luna llena, majestuosa y resplandeciente, se alza en el cielo, bañando el mar con su luz plateada. El océano, en respuesta, se extiende hacia ella, como si quisiera abrazarla, en una danza eterna de atracción y deseo.

Cada ola que rompe en la orilla parece susurrar secretos antiguos, historias de navegantes y criaturas marinas que han habitado sus profundidades. La brisa marina acaricia mi rostro, trayendo consigo el aroma salado y fresco del mar. Es un momento de conexión profunda, donde la naturaleza revela su belleza y misterio, y donde el alma humana encuentra refugio y consuelo.

El mar y la luna comparten una danza eterna, un vaivén que refleja la armonía y el equilibrio del universo. La luna, con su poder gravitacional, rige las mareas, moviendo las aguas en un ciclo constante de subida y bajada. El mar, en su vastedad infinita, acoge este influjo con gracia, adaptándose a los cambios y mostrando su fuerza y serenidad en cada movimiento ondulante.

Pasear por la playa en una noche así es un privilegio que pocas veces se encuentra. La arena fría bajo mis pies desnudos, el sonido rítmico de las olas y la luz suave de la luna crean una atmósfera de paz y reflexión, un remanso de tranquilidad en medio de la vorágine de la vida cotidiana. Me siento en una roca y contemplo el horizonte, donde el cielo y el mar se encuentran en un abrazo infinito, un encuentro que trasciende el tiempo y el espacio.

El mar es como la vida: en ocasiones sereno y apacible, invitándonos a disfrutar de sus orillas con alegría y despreocupación. En otras, desata su furia y arrasa con todo a su paso, recordándonos su poder indomable y la necesidad de respeto y humildad ante la naturaleza. Pero siempre, en su inmensidad insondable, encontramos consuelo y sabiduría, un espejo en el que se reflejan nuestras propias emociones y experiencias.

La luna, testigo silenciosa de nuestras noches, nos recuerda la importancia de la constancia y la paciencia. Su luz, aunque reflejada, ilumina nuestro camino y nos guía en la oscuridad, un faro de esperanza en medio de las tinieblas. Juntos, el mar y la luna nos enseñan a encontrar belleza en lo simple y a valorar los momentos de calma y reflexión, a descubrir la grandeza en los pequeños detalles y a abrazar la serenidad en medio de la tormenta.

En noches como esta, me siento parte de algo más grande, una diminuta pieza en el vasto mosaico del universo. La inmensidad del mar y la serenidad de la luna me envuelven en su abrazo, recordándome la maravilla de estar vivo, la magia de existir en un mundo lleno de misterios y maravillas. Y así, bajo el cielo estrellado, me dejo llevar por la poesía de la noche, permitiendo que el abrazo del mar y la luna llene mi alma de paz y asombro.

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EN EL SALÓN DE CONFERENCIAS

Jaime Hoyos Forero / Colombia

Queridos asistentes a este salón de conferencias.

Este cuento, señoras y señores, lo advierto honradamente desde el comienzo, es exclusivamente para mujeres. Sugiero, por lo tanto, que los señores se retiren. Si alguno insiste en quedarse, lo hace bajo su responsabilidad.

Quiero responder a la pregunta que los señores me están haciendo sin mover los labios y con cierta sonrisa picaresca, pregunta que es esta: “¿qué pasa si me quedo?”. Pues verán. Al regresar cada uno a su casa, si es soltero, encontrará muerto a su perro. Si no tiene perro encontrará a su gato, muerto. Y si no tiene gato, no podrá oír ni ver las noticias de la noche: el televisor se habrá dañado. Lo siento.

Y si el que se queda aquí oyendo el cuento es casado, a éste le doy la desagradable noticia de que al llegar a su casa hallará viva ¡qué horror! a su suegra. Después no digan los señores que no lo advertí.

Pero a los que se retiren, les cuento este chisme: En el siguiente salón y en pantalla gigante están pasando un partido de fútbol sensacional. Están en el minuto 30 del 2º. tiempo y nuestro seleccionado está jugando maravillosamente. Nuestro portero parece un Supermán. El resultado parcial es de 5-0… a favor del rival.

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Ahora bien, queridas señoras. El cuento es este: Había una vez en un lejano país del oriente, donde todavía de flor en flor vuelan los elefantes rociando con sus trompas los jardines encantados, había pues, un millón de hermosas mujeres y un millón de hombres “tipo adonis”, según decían las mismas señoras.

Sin embargo, en aquel rico país (rico porque el subsuelo estaba inundado de petróleo) había un pequeño, pequeñísimo problema, pese a que cada mujer era una “venus” y cada hombre un “adonis”. El problema era este: Los hombres -quién lo creyera- no estaban muy interesados en las mujeres. Solamente los motivaba el fútbol, el ciclismo, la lucha libre, el boxeo… y los otros hombres.

El rey estaba preocupado. Las sociólogas y las estadistas del reino pronosticaban que 30 años más adelante, la población que ahora era de 2 millones, sería de sólo 1.500.000. No había nacimientos. Y se juzgaba que en 80 años más, la población sería de sólo 2 habitantes: El rey y la reina. (Nota importante: la inseminación artificial estaba prohibida).

Allí comenzaron a verse cosas, unas veces curiosas y otras veces bochornosas. Por ejemplo: Todos los cargos públicos, todas las “curules” del congreso, todas las alcaldías estaban manejados por mujeres. Por una parte ellas con su inteligencia, superior a la de los hombres, su sagacidad, superior a la de los hombres, su visión para los negocios, superior a la de los hombres, ocupaban todos los espacios importantes. Desde luego, los hombres también estaban ocupados: Manejaban los buses, “boleaban” ladrillo, tapaban los huecos de las calles; en fin, todos los oficios de fuerza. Seguían siendo, pues, el sexo fuerte: Hábiles para echarse sobre los hombros la pesada responsabilidad de los bultos de papa.

Y desde luego, no eran brutos. Por ejemplo: Los médicos eran excelentes enfermeros, los economistas, excelentes “amas” de casa, los periodistas, sorprendentes chismosos, los arquitectos, insuperables albañiles y los pilotos de avión, inigualables choferes.

Los hombres, además, se idearon (porque siempre han sido, como ya lo dijimos, muy inteligentes) otras profesiones que ya existían pero que ahora acaparaban por completo: Diseño de ropa interior, servicio de manicura, servicio doméstico, etc.

La vida entonces era cada vez más complicada. Por ejemplo, la tasa de matrimonios había subido del 33% al 50% pero con el agravante de que los que se casaban eran hombres con hombres.

Los hombres se pusieron felices cuando en el periódico apareció el siguiente título a 8 columnas: “Es un hecho el embarazo de los hombres”. Los que se tomaron el trabajo de leer el subtítulo, se desilusionaron. Decía: “es un hecho el embarazo de los hombres, es decir el obstáculo, la dificultad, la incomodidad que tienen para coser calcetines”.

De todos modos la población se acababa de año en año. El rey y la reina estaban, como es de suponerse, preocupadísimos.

¡Pero, oh maravilla!, en ese momento tan crítico, a la ministra sin cartera se le ocurrió una fulgurante idea: ordenó por decreto que firmó el rey, que todas las mujeres se maquillaran de tal manera que parecieran hombres por dentro y por fuera. ¿Cómo? Bueno… las mujeres, que son como sabemos muy inteligentes, se ingeniaron la manera. Yo no supe cómo pero que se las ingeniaron… se las ingeniaron. No sé si ayudadas por la magia o por qué, pero se las arreglaron para que los hombres volvieran con ellas a… ya sabemos a qué.

Y como los hombres, desde Adán han sido seducidos por las mujeres, les quedó gustando la cosa, volvió todo a la normalidad y la población del reino comenzó a crecer y crecer.

Los hombres se casaron con las mujeres, no todos, pero vivieron muy felices.

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AZUL CELESTE Y NEGRO

Carlos Pérez de Villarreal / Argentina

No se conocían. Habían nacido el mismo día, mes y año, pero no se conocían. Ella pertenecía a una de las familias pudientes porteñas, que emigraba todos los veranos hacia la costa marplatense. Vivía en la loma de Stella Maris, en una gran casona que dominaba una hectárea de parques y jardines. Por esa época, en el grupo más representativo del espectro social, se cotizaba más alto el poder del dinero que el origen. Su padre había tenido fortuna con la venta de ganado vacuno y poseía grandes latifundios. Él, pertenecía a la clase trabajadora. Sus progenitores, emigrados «de las Europas» vivían en una modesta casa en el barrio Norte, a cuatro cuadras de la estación del ferrocarril.

Pero llegó un día en que la vida los comenzó a enredar. Como un mazo de cartas que se mezclan y se barajan, el azar intervino y a los cinco años de edad se vieron por primera vez. María Rosa y Juan José, una tarde calurosa de enero; ella pegada a las faldas de su madre y él agarrado a la mano de la suya, se miraron fijamente. La familia Gómez Olazábal, necesitaba empleadas para trabajar durante el verano en los quehaceres de la casona y la madre de Juan, con buenas referencias, se presentó para el consiguiente empleo. Allí nomás la contrataron. Los ojos azul celestes de María Rosa y los negros de Juan, quedaron prendados uno del otro. Una corriente de afecto los sacudió y desde el primer momento en que pudieron, cuando se daban las circunstancias, jugaban juntos. Él le enseñó los trucos del balero y ella aportó su conocimiento de las flores. A partir de allí, durante varios veranos, los jóvenes fueron afianzando su relación. Compartían su pasión por la lectura; ella proveía los libros y él su incansable naturalidad para escribir. Poco a poco esa relación fue transformándose en amor. Amor juvenil, puro, íntegro; pero oculto, porque la diferencia de clases, impedía cualquier exteriorización.

La Belle Epoque comenzaba a desintegrarse. El despilfarro de los años locos se terminaba. Una nueva burguesía que ascendía en lo social y algunos hechos concretos, como la construcción de la Ruta 2, marcaban un nuevo paradigma. Llegó el fin del último verano y las familias ya no se vieron más. El azul celeste y el negro, dejaron de mirarse. La vida los separaba.

Aquel 16 de Junio de 1955, el General Perón llegó como todos los días muy temprano a la Casa de Gobierno. Juan salió de la pensión ubicada a tres cuadras de allí, bastante más tarde. Hacía cuatro años que vivía en Buenos Aires. Pasado el mediodía, se dirigió a la zona de las «librerías de viejo». Siempre concurría. Después, entre el gentío, en un día nublado y frío, se dirigió a la Plaza de Mayo. No llegó. Sintió el rumor de los aviones. Se había comentado que habría un desfile aéreo, pero cuando miró para arriba, tembló. Varios aeroplanos sobrevolaban los aires. Alcanzó a distinguir uno de ellos que dejó caer un inmenso cilindro negro. Luego vino la explosión, otras bombas comenzaron a explotar. El caos se apoderó de la Plaza. Como un hormiguero reventado, la gente despavorida, huía en todas direcciones. Los gritos de los heridos, el aullar de las sirenas y el pánico generalizado ganaron las calles. Corrió desesperado por Hipólito Yrigoyen, dobló en Defensa para alejarse, pero cuando vio el zaguán, prácticamente se zambulló adentro. Tremendamente agitado, trató de tranquilizarse, cuando una figura femenina entró tras él a los tropezones y se agarró a su brazo para no caer. Unos ojos miraron los suyos, con miedo primero y sorpresa después. El azul celeste y el negro, se volvían a encontrar. Se fundieron en un abrazo interminable. Apretados uno al otro hasta hacerse doler, se quedaron así hasta que pasó lo peor. Luego vino la ayuda a los heridos, socorrer a los más débiles, sentir el sufrimiento ante la muerte; hasta que por fin cansados por dentro y por fuera, fueron a la pensión de él. La soledad del cuarto los acogió de la mano. Gimieron, sollozaron, rugieron, entreverados sus cuerpos, hasta que poco a poco la respiración se relajó y el esfuerzo, más tarde… fue silencioso, con goce de ternura.

Ese fue el principio. Siguieron viéndose varias veces más. Ella le contó que vivía en Buenos Aires. Se había casado con un hombre que no le brindó su amor y había enviudado años más tarde. Su familia había quedado desmembrada a raíz de la muerte de sus padres, en un accidente, perdiéndose casi todas las propiedades, pero había una pequeña casa en Mar del Plata, que ella quería volver a usar. Su sueño era ese. Él le contó que era un solterón empedernido, que había podido lograr escribir ya tres libros, los cuales habían sido publicados por una Editorial, brindándole la posibilidad de estar en la capital del país. Pero también su idea era volver a Mar del Plata. De pronto un día, María Rosa desapareció de la vida de Juan como un soplo en el viento. Un grave accidente doméstico la dejó inválida. No quiso dar compasión. Sin su dirección, Juan la buscó por todas partes, desesperado, con ansias, dolor y rabia, pero no la encontró. El azul celeste y el negro, volvían a dejar de mirarse.

El anciano, se sentó despaciosamente en uno de los bancos de la sucursal de PAMI en Mar del Plata. La primavera tardía no quería llegar en ese octubre frío. Había hablado ya con la empleada que lo atendió por su trámite, pero debía esperar un poco, por unos papeles. Acomodó el bastón entre sus piernas y la cartera en la silla vacía, a su lado. Extrajo un libro de su interior. Un amigo se lo había regalado hacía muy poco, era de un escritor marplatense. Su título, significativo: La aventura de narrar. Comenzó a leerlo y se distrajo. No vio la silla de ruedas, que con la mujer sentada dentro se arrimaba para ser atendida. La voz de la empleada lo sorprendió: —¡Qué coincidencia, el mismo día, mes y año del señor que estuvo aquí antes que usted!

Sobresaltado se paró, el bastón sonó como un pistoletazo cuando cayó al suelo. A él no le importó. Rengueando se acercó rápidamente a la silla dándola vuelta. El azul celeste y el negro, después de tanto tiempo… volvían a encontrarse.

Juan se inclinó y con un dedo rescató una lágrima que rodaba por la mejilla de María Rosa, llevándosela a los labios. Se acercó al oído de ella y le murmuró unas palabras. La empleada, sorprendida, le preguntó: —¿Conoce al señor? —¡De toda la vida! —contestó María Rosa —Disculpe, pero estoy intrigada, ¿Qué le dijo? —¡Esta vez es para siempre!

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SENTENCIA DE LA TRENZA

Graciela Reveco / Argentina

Me vi obligada a emitir un veredicto que ningún juez daría. Mi tierra era fértil y por mis venas corrían extensos ríos hasta que él llegó a mi vida. Manipulaba siempre en el mismo sitio, al principio solo con palabras. El cabello trenzado iluminaba tanto mi belleza que un puño definitivo evitó que escuchara el último arañazo de vocales sangrantes. No tembló su mano, incluso pudo huir sin culpas. A partir de ese día, me soñó todas las noches, mientras la trenza de mi cabello crecía en el silencio húmedo, avanzaba, avanzaba… desde el féretro hacia la tierra, sigilosa, provocativa. La última vez me soñó llegando hasta su cama, alzada mi trenza como una rubia serpiente. Por la mañana, lo encontró la empleada del servicio doméstico, tan lejos de mis ríos y tan cerca de su infierno, ahorcado.

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REALISMO

Graciela Reveco/ Argentina

Antes de dormir, miró debajo de la almohada de su mujer. Noche tras noche soñaba que ella tomaba un arma, la apoyaba en su cabeza y disparaba; el estruendo, real y vívido, lo despertaba, mientras ella dormía plácidamente sin hacer ruido. No había contacto entre ellos, la culpaba, la vejaba y se iba a la calle en busca de otros placeres. Terminaría con eso esa misma mañana, la echaría sin contemplaciones, nada, solo se llevaría el maldito sueño que no lo dejaba dormir tranquilo.

Acomodó otra vez la cabeza y se sumergió en las sombras deseando alivio, sin embargo, allí estaba de nuevo, pero por primera vez, desde que lo soñara, vio un brillo especial en los ojos de su mujer y gritó amenazante para detenerla, pero no podía porque era un sueño, y seguía gritando mientras ella tomaba el arma debajo de la almohada, mientras la apoyaba en su cabeza, mientras disparaba, solo que esta vez el estruendo… no lo despertó.

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CAPACIDADES DIFERENTES

Sandra B. Romeo / Argentina

Siempre le habían gustado las mancias y las había desarrollado muy bien. Después de la operación que aún la mantenía inactiva, se dio cuenta de que contaba con un nuevo don.

Todavía no sabía que nombre darle a su último tesoro, pero empezó con los ejercicios. Pensaba en un objeto con ganas, con pasión y ese objeto venía a ella, lo movía a su antojo por la habitación. Varias tareas cotidianas realizaba desde la cama. Corría las cortinas, se alcanzaba los libros que había en la biblioteca del cuarto, los cuadernos y lápices que había dejado sobre el escritorio danzaban en el aire limpio hasta sus manos.

Tratando de dominar su habilidad pensó que debía agregar objetos de más peso y contundencia a sus pruebas. Empezaron a formar parte de las danzas circulares floreros, sillas, jarrones y banquetas.

De pronto y sin aviso su suegra abrió la puerta con fuerza. Hacía varios días que escuchaba ruidos extraños, como si la habitación entera hubiera cobrado vida. En esa bruja de pueblo que era su nuera ella nunca había confiado: «¿qué se trae encerrada ahí tantos días? Ya tendría que estar ocupándose de su casa, que yo aquí no pienso quedarme a vivir».

La puerta abierta por sorpresa. El estupor en la mirada, el miedo en la acción. El pensamiento suelto, puro como látigo de energía. El juego de mates tallados girando en el aire. Golpeando la cabeza con fuerza.

Rebotando. Estallando.

La mano alzada como si quisiera detenerse o como si hubiera golpeado. El cuerpo sin vida en el suelo. Segundos, sólo segundos.

Una luz de comprensión se abre paso por su mente. «Cuando se quiere algo con fuerza desde adentro el universo entero conspira para que eso suceda». ¿Será esa la explicación para su capacidad de mover objetos a la distancia?

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AÚN NO ES TIEMPO ABUELA

Walter Rotela / Uruguay

Visitábamos una de las montañas cercanas a la ciudad de la Paz, en Bolivia, cuando ocurrió lo de la abuela. Sí, lo contó Rodrigo y lo vi cuando bajó. Entre risas y lágrimas de un susto disimulado comentó que estando en la ladera de la montaña, mientras le faltaba el aire sintió cierto mareo. Se encontraba al borde de un precipicio, pero debía seguir. Estaba cansado y había venido para conquistar la montaña. No quiso tomar el vino que nos regalaron la noche anterior. Su meta era llegar lo más alto posible. El aire estaba fresco esa mañana, un poco sobre el medio día, aunque el sol calentaba lo suficiente para mantenerse bien. Sin campera sería imposible soportar ese viento suave pero penetrante, que cala hasta los huesos. Unos chicos que ayudaban a su abuela en el refugio de la montaña, tenían sus abrigos, sus guantes, sus gorras con los cobertores de orejas. Nos miraban con cariño, pero cobraban para entrar al baño. Era esa su tarea. Esa que la abuela, les había encomendado, en ese tiempo de vacaciones, lejos de la ciudad, a los pies de la montaña. Yo observaba el paisaje con un dejo de desconfianza y con admiración. Estar a tanta altura era un sueño, un sacrificio también. Cada paso es todo un logro. El dolor de cabeza había estado presente durante toda la noche, no paró en la mañana. Por eso no quise subir la ladera, no quise crear una situación extraña pará los más jóvenes, para nadie. Pedro, muy valiente, con sus 66 años subió despacio, con cautela, tomando cada bocanada de aire con tranquilidad, con gracia casi. Pero estaba decidido a conocer el otro lado de la montaña que teníamos en frente. Era un reto, y como tal, lo tomó. “Subiré hasta donde se pueda, seguiré hasta lo más alto posible, pero no dejaré de intentarlo”-aseguró, antes de seguir al grupo. Rodrigo y el resto de los viajeros turistas que participaban de la travesía a la montaña estaban felices de poder tocar la nieve, sentir el frío, pero otra cosa era sentir el agotamiento y la falta de aire.

Sin embargo, la juventud está cargada con esa energía que desafía toda experiencia que se interpone. Por eso Rodrigo sitió que se iba. Sí, así lo manifestó al estar cerca del ómnibus y mientras se recuperaba dijo: «Saben que vi a mi abuelita. Vi que estaba todo nubladito. Y sí, a los 5.000 metros había nubes rozando la ladera de la montaña, pero mi abuela no podía estar allí. Me refregué los ojos y no lo podía creer. Esa mujer, era no hay dudas, mi abuela. Con la mano me decía algo así como que me acercara». Todos lo miramos incrédulos, pero él insistió en lo mismo: “yo la miré de reojo. No sabía si creer o no pero le repetí que no era tiempo y me levanté, vi que uno de los chicos seguía varios pasos más adelante, se dio vuelta, me miró y: ¿Estás bien? Le contesté afirmativamente con la cabeza y lo seguí, sin decir nada. Miraba para abajo y un gran precipicio estaba allí. Tropezar con una pequeña piedra podía ser lo último antes de caer por la ladera. De hecho, un niño pequeño, que acompañaba a otros turistas que estaban subiendo la ladera, estuvo a punto de caer. De no ser por la rapidez con que reaccionó un adulto de nuestro grupo, ese niño hubiese caído delante de nuestras narices. Pero no fue así, no cayó ese niño, no caí yo, y ahora sé que pudo ser mi abuelita; pero entendí que quería vivir. Quiero vivir le dije: Aún no es tiempo abuela”. Rodrigo siguió el viaje, llegó a los pies de la zona nevada, se sacó unas fotos y regresó; pero de esa experiencia no se olvidará nunca. Lo contó en tono de broma, pero creo que eso marcó un antes y un después en su vida. Quizás fue sólo producto de la falta de aire, quién sabe. Lo cierto es que ahora se lo ve disfrutar más de cada paso, subiendo otras montañas en otro país, del sur.

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CUENTOS Y RELATOS ENERO

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Los cuentos y relatos son las alas de la imaginación, transportándonos a mundos mágicos y desconocidos, donde cada palabra es una chispa que enciende la llama de la aventura. Elspeth Gormley

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LA NANA

Leonora Acuña de Marmolejo / EEUU

Andrés Monte Miranda un hombre bastante acaudalado -quien vivía en San Bernardo un hermoso pueblo del Valle del Cauca-, había enviudado de su esposa Claudia con la que había procreado dos hijos: Gerardo, y Graciela Inés de 12 y 14 años respectivamente.

Ante la situación tan crítica al quedarse solo para levantar a sus hijos, Andrés resolvió enviar a la niña al convento de las Madres Franciscanas de la capital, quienes tenían también bajo su dirección el Colegio de bachillerato “María Auxiliadora”.

La directora del colegio era la madre Dorothy Wharton, una dama oriunda de Inglaterra en donde vivía toda su familia. Su hermano más allegado se llamaba Harry quien con cierta regularidad solía ir al convento a visitarla.

Siendo Graciela una hermosa niña muy educada, inteligente y de buenas maneras, muy pronto las monjas se encariñaron bastante con ella; al tal punto que llegaron a tratarla como un miembro más de sus respectivas familias, especialmente la Madre Superiora quien llegó a considerada como a su propia hija.

En una ocasión cuando el hermano de aquella y su esposa se encontraban de visita allí en el convento, tuvieron la oportunidad de conocer a la niña -quien ya tenía 17 años-, y les agradó tanto su personalidad, su don de gentes, y su presencia, que le sugirieron a su hermana hablar con el padre de aquella a fin de que le permitiera anexarse a su extensa familia en calidad de “Nana” y por supuesto vivir allá en Europa con ellos.

Dos años más tarde, y bajo la anuencia de su padre, Graciela resolvió viajar a Wallington, Surrey en Inglaterra para desempeñarse en aquel cargo ofrecido por los esposos Wharton, y así trabajó con y para ellos con gran eficiencia. Se encontraba muy confortable y contenta, mas la esposa de Harry -para quien ella solícitamente se había convertido en su mano derecha-, venía deteriorándose cada vez más a causa de la distrofia muscular que padecía, y un triste día pese a los cuidados médicos y de su esposo, dejó de existir.

Está por demás decir la tristeza y el temor que invadieron a Harry al quedarse solo. Entonces ya acostumbrado a la presencia y cuidados de Graciela, cuando su hermana Dorothy lo acompañaba por unos días tras el deceso de su esposa, aprovechó la oportunidad a fin de considerar con ella, el dejar a la muchacha como ama de casa con todos los derechos para continuar a cargo de su familia.

En una armonía muy reconfortante tanto para Harry como para todos sus allegados, y tras de algún tiempo, éste se dio cuenta de que la presencia de Graciela se había tornado en una necesidad imperiosa para él, y que se sentía enamorado de ella. Entonces en consideración a que ésta de pronto decidiera regresar a su país, resolvió confesarle sus aprensiones y su amor. Fue grande su sorpresa cuando en ese preciso momento Graciela venciendo su timidez le dijo que ella también paulatinamente se había ido enamorando de él. Días después con la presencia de Andrés Monte miranda, de su otro hijo Gerardo (hermano de Graciela), y por supuesto de Dorothy la “Madre Superiora”, como también de toda su agradecida familia -que tanto la apreciaba por su conducta intachable hacia su madre-,se efectuó la pomposa boda. Así aquella soleada mañana abrileña, muy airosa y feliz Graciela Inés Monte miranda “La Nana” salió del templo, del brazo de Harry su esposo, ya convertida en la flamante Mrs. Wharton…

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LOBEZNO

Magi Balsells / España

En aquellas agrestes montañas, pérdidas en la inmensidad de la nada, solo cabras son sus moradores normales, alimentándose de hermosos pastos que cubre la tierra, donde procrean y nacen sus crías. Donde el aire es puro sin ningún atisbo de polución, y el agua pura, fresca y cristalina que baja de las nieves de las más altas montañas, serpentea entre los cauces que con los años se han ido creando.

Alguna ave rapaz sobrevuela los altos picachos dando una paz inmensa, con este vuelo majestuoso que solo ellas saben dar. Solo se oyen, sus graznidos y el balar de las cabras rompe el silencio que en este lugar mora, que en algunos momentos parece música celestial.

Todo ello es contemplado por un zagal de no más de 14 años, que cuida del ganado, acompañado de dos hermosos perros que son sus vigilantes y únicos amigos, ya que esta solo en esta inmensidad.

Hace dos años, se quedo sin su sostén querido, su madre; a su padre ya lo había perdido antes de nacer. Se encontró solo, sin saber que hacer, nadie se quedó con su persona, eran tiempos muy difíciles, no abundaba la comida, fueron años de malas cosechas.

Estuvo mendigando durante un tiempo, hasta que encontró un modo de vivir, quizás no fuera el adecuado para su edad ni por sus pobres conocimientos, pero era el que se le ofreció, y sin dudar lo aceptó.

La oferta vino por el cabrero que ya era muy mayor y no podía cuidar de sus rebaño; era simple, que se encargara del cuidado de los animales, y él le enseñaría lo mas básico, le daría techo y comida y haría un reparto de las posibles ganancias que se podrían suscitar con la venta de la leche que producían las cabras.

Su mentor le llevaría comida cada dos días, muy frugal, queso y pan aparte de la leche que consumiera, eso sí, sin límite. Además tendría una tosca cabaña, hecha hacía tiempo, con ramas de los árboles que en ese monte abundaban; no era mucho, pero por lo menos tendría un techo para refugiarse cuando aparecieran las tormenta o en invierno la nieve. Los días transcurrían con gran monotonía, siempre era lo mismo, solo cambiaba de lugar cuando veía que los pastos donde estaba parecían decrecer, entonces trasladaba el ganado a otras fuentes de alimentación para que las cabras tuvieran el alimento necesario y pudieran dar la leche, la cual almacenaba en los grandes bidones que después se llevaba el cabrero cada dos días en su carro.

Una mañana, mientras intentaba guiar el rebaño, le pareció oír un sonido diferente, algo parecido a un lloro o un lamento, alguien o algo se estaba quejando, paró el rebaño y lo dejó al cuidado de sus amigos los perros, que mostraban un cierto nerviosismo, estaban inquietos por los sonidos que no sabían de donde salían.

Agarró su bastón con fuerza y determinación y empezó a indagar quién o qué era el causante de esta inquietud, y entonces lo vio, era como una bola de algodón, una cría de lobo prisionera en una trampa, que sujetaba con fuerza una de sus extremidades. Con precaución y cierto recelo se fue acercando, el pobre animal parecía muy asustado. Sin pensarlo más y con las fuerzas mínimas que tenia procuró abrir la trampa, al final y con gran esfuerzo lo consiguió, siendo en aquel momento lamido por el pequeño animal, lo que le dejo tranquilo. No lo atacaría sino muy al contrario le estaba agradeciendo lo que había hecho por él.

Examinó su pata y vio que tenia una herida producida por los dientes de la trampa, no sabía que hacer, pero pensó que necesitaría cuidados, por lo menos intentaría curarlo, con el agua que llevaba en su cantimplora lavó la herida, rasgó una parte baja de su camisa y vendó como pudo la pata dañada. Una vez finalizado esta cura provisional, pensó que estaría hambriento, fue y ordeño una de las cabras, y en su plato se lo dio al pequeño lobo, el cual empezó a lamer la fresca leche, y en un santiamén lo dejó limpio, por lo cual volvió a llenárselo y pasó lo mismo, aunque ahora cuando terminó, se acurrucó a su lado cerrando los ojos respirando tranquilamente y se quedó dormido.

Debía cuidar de su rebaño, pero no podía dejar a este hermoso animal a su suerte, y tomo la decisión que consideró más adecuada, recoger el rebaño y volver a la cabaña, donde podría cuidar mejor a su nuevo amigo. Dicho y hecho, llamó a sus perros y les indicó que volvieran a casa; ellos obedientes recogieron el rebaño y lo fueron guiando, hasta sus corrales.

Una vez ya en su aposento, volvió a mirar la herida, y con sus mínimos conocimiento vio que no había afectado en demasía la extremidad, tenia un pequeño botiquín que usaba para curar a las cabras, donde había alcohol, una pomada y vendas limpias. Así se puso en la tarea de limpiar mejor la herida, aplicando dicha pomada que daba muy buenos resultados en la cicatrización, como había comprobado con las cabras, y luego lo vendó.

Se preparó un poco de comida… una vez engullido el pan y el queso se tumbó para descansar, quedándose dormido junto al lobezno. Cuando despertó al día siguiente muy de mañana, como era su costumbre, quedo asombrado al verlo durmiendo junto a los perros, los cuales lo arropaban con sus cuerpos; parecía como si lo protegieran.

Al momento todos estaban despiertos, preparó la comida de los animales y a sus perros para el trabajo diario, sin saber que hacer con el nuevo amigo, por lo cual decidió llevárselo consigo para el pastoreo, así podría comprobar cómo se encontraba, pero antes destapó la venda que le había puesto la noche anterior, viendo que la herida tenía un buen color. Volvió a limpiar, aplicó una nueva capa de la pomada y vendó la pata.

Ya todo dispuesto empezó su trabajo diario, saco al rebaño de los corrales y guiado por sus fieles perros se dirigió a unos prados cercanos, muy abundantes, de fresca hierba. El lobezno andaba a su lado con cierta dificultad, por lo que decidió cogerlo en sus brazos, no fuera cuestión que se malograra lo conseguido. Fue un hermoso día, tranquilo, y satisfactorio, se respiraba mucha paz, estaba contento por el suceso ocurrido, sin dejar de pensar que quizás la familia del lobito estuviera buscándolo. Al atardecer, los animales habían pastado convenientemente. El sol empezaba a menguar y descendía la temperatura, ésta era la señal para volver hacia la cabaña.

Llamó a sus perros, para que hicieran el trabajo que tan bien sabían realizar y todos juntos de dirigieron a su morada en busca de su sustento y disfrutar del merecido descanso. Llegando a la misma, encerró las cabras en su corral, y preparó la comida para sus amigos, cuando de golpe se oyeron unos aullidos muy fuertes y cercanos. En principio se asustó, eran muy similares a los que había efectuado su lobezno, pero no era solo uno, sino varios y en diferentes tonalidades, como realizados por diferentes voces. Notó que raspaban en su puerta, era de lo mas frágil imaginable, poco podría aguantar; sus perros se pusieron delante suyo para protegerlo de este posible peligro, ladrando como aviso de que estaban dispuestos a luchar.

En este momento el lobezno, se adelantó a todos ellos y lanzó un aullido: sonó muy diferente a los de antes, cuando estaba sujeto a una trampa; se hizo el silencio. Los perros callaron, los aullidos desaparecieron, quedó una espera tensa, que rompió el lobezno acercándose a la puerta, donde volvió a emitir unos aullidos que denotaban alegría; automáticamente fueron correspondidos por unos similares desde el otro lado.

La puerta en ese momento se abrió, y en su dintel apareció una manada de lobos, de los cuales uno se abrió paso hasta llegar al lobezno, lamiéndolo repetidas veces y atrayéndolo a su pecho, mientras el resto de la manada estaba quieta y expectante, no se veía ningún ánimo de ataque, mantenían una posición de tranquilidad.

La madre loba, dejó a su hijo al lado y se acercó al muchacho, lo olió, le dio un par de vueltas, se restregó en sus temblorosas piernas y al final se elevó hasta su cara, lamiéndola profundamente, apoyando su gran cabeza sobre su hombro. Una vez realizado este acto podríamos decir de agradecimiento, se replegaron, quedando solo el lobezno en la habitación, se acercó al muchacho y le lanzo un tenue aullido como si tuviera pena en marcharse con su familia, dio media vuelta y se incorporó al lado de su madre perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Desde aquel momento, nunca más volvió a verlo, aunque si más de una vez se oyeron sus aullidos. Tampoco ocurrieron más ataques a los rebaños, parecía que los lobos no hubiesen estado nunca.

Solo quedó la paz en este hermoso lugar

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EL SILENCIO DEL MAR EN INVIERNO

Elspeth Gormley / España

Hay un encanto especial en el mar durante el invierno, una magia que solo se revelaba a aquellos que se atrevían a explorar sus orillas en los días fríos y grises. Cada paseo por la playa en esta estación era un viaje hacia la soledad y la paz. La arena vacía se convertía en un santuario, donde las olas rompían con fuerza, creando una sinfonía que resonaba en el alma. El viento frío acariciaba el rostro, recordando la pureza del momento.

Con cada paso, la tranquilidad del invierno se apoderaba de uno. No hay voces, no hay risas, solo el constante murmullo del mar y el susurro del viento. La playa, generalmente abarrotada en verano, ahora es un refugio de reflexión. En una cala escondida, una roca se convierte en el trono desde el cual se contemplaba la inmensidad del horizonte.

El mar se extendía ante mis ojos como un manto infinito, una fuente de vida que había existido mucho antes que nosotros y que seguiría su curso mucho después. Su vastedad me hacía sentir pequeña, pero a la vez, inmensamente conectada con el universo. En esos momentos, el tiempo parecía detenerse y una puede perderse en sus pensamientos sin la presión de las obligaciones diarias.

Las olas dibujaban patrones efímeros en la arena, cada una diferente y única. Era un recordatorio de la naturaleza cambiante de la vida, de la belleza en la impermanencia. Los tonos grises y azules del cielo se mezclaban con el verde profundo del mar, creando una paleta de colores que solo la naturaleza puede pintar. Las gaviotas volaban cerca, sus gritos resonando como testigos de la contemplación silenciosa.

Al cerrar los ojos, sentía la brisa salada y escuchaba el ritmo del océano. En esos momentos de introspección, encontraba una paz interior difícil de hallar en otro lugar. La inmensidad del mar hablaba de la eternidad, de los ciclos naturales y de la esperanza que siempre surgía, incluso en los días más fríos.

El mar en invierno recuerda que, a pesar de las tempestades y las olas furiosas, siempre había una calma que seguía. Que la vida, con sus altos y bajos, era un viaje continuo y hermoso. Y mientras estaba allí, en la roca de alguna cala, mirando al horizonte, me daba cuenta de que la verdadera paz no estaba en la ausencia de ruido, sino en la presencia del alma.

La noche se desplegaba como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que titilaban en la distancia. La luna llena, majestuosa y resplandeciente, se alzaba en el cielo, bañando el mar con su luz plateada. El océano, en respuesta, se extendía hacia ella, como si quisiera abrazarla.

Cada ola que rompía en la orilla parecía susurrar secretos antiguos, historias de navegantes y criaturas marinas que habían habitado sus profundidades. La brisa marina acariciaba el rostro, trayendo consigo el aroma salado y fresco del mar. Era un momento de conexión profunda, donde la naturaleza revelaba su belleza y misterio.

El mar y la luna compartían una danza eterna, un vaivén que reflejaba la armonía y el equilibrio del universo. La luna, con su poder gravitacional, regía las mareas, moviendo las aguas en un ciclo constante de subida y bajada. El mar, en su vastedad, acogía este influjo con gracia, adaptándose a los cambios y mostrando su fuerza y serenidad.

Pasear por la playa en una noche así es un privilegio. La arena fría bajo los pies, el sonido rítmico de las olas y la luz suave de la luna creaban una atmósfera de paz y reflexión. Sentada en una roca, contemplaba el horizonte, donde el cielo y el mar se encontraban en un abrazo infinito.

El mar es como la vida: en ocasiones sereno y apacible, invitando a disfrutar de sus orillas con alegría. En otras, desataba su furia y arrasaba con todo a su paso, recordando su poder y la necesidad de respeto. Pero siempre, en su inmensidad, se encontraba consuelo y sabiduría.

La luna, testigo silenciosa de mis noches, recordaba la importancia de la constancia y la paciencia. Su luz, aunque reflejada, iluminaba el camino y guiaba en la oscuridad. Juntos, el mar y la luna enseñaban a encontrar belleza en lo simple y a valorar los momentos de calma y reflexión.

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LA MAGIA DE LOS REYES

Carlos H. González Saavedra / Argentina

Mis retinas guardan una imagen de la infancia. La visita de los reyes magos. Una noche dormí al revés y puse mis zapatos a los pies de la cama. Aun así, no pude verlos. Ahora siendo abuelo, sigo con la misma ilusión. Dejé mis zapatos a los pies de la cama y me dormí, esperándolos.

Me levanto habitualmente al baño, cerca de las cuatro. Me asombre, cuando vi mis zapatos, colmados de estrellitas de colores. Probé tocarlos, para ver si era cierto. Con su cosquilleo en mis manos, entendí que sí. Eran reales. Con cuidado, decidí calzarme. Rápidamente un calor agradable, envolvente, amoroso se apodero de mí. Por momentos estaba en la cama y por momentos viajaba a mundos maravillosos. Siempre la presencia de uno de ellos, a mi lado. Así sentía pero no sabía quién era de los tres. Estaban muy presentes dentro de mi corazón. Algo imposible de explicar.¡ Maravilloso!

Los cielos azul celestes, soles, cascadas de aguas cristalinas. Mis hermanos los animales, así los sentía, me sonreían. Hermanos caminando con distintos aspectos. Todos sonreían. Estaban muy cerca de mí, me llamaban por mi nombre, preguntaban por mis nietos. En forma telepática Sus miradas limpias, manos algo extrañas, no me importaban.

Tanto amor sentía, que solo quería interesarme por ellos y ellos por mí. Sus palacios con ciertos ribetes dorados y paredes blancas. Ventanas entre verdes y violetas. Sus árboles y flores todas coloridas. Había rayos y extraños platos que volaban que nos saludaban. Prendían y apagaban las luces. Paz y armonía, espacios de felicidad.

Reunidos con los tres me dijeron: ¡todo esto, os merecéis! Sabemos que tu única meta es hacer feliz al otro, estés donde estés. Sabemos de tí. Siempre tu ruta de vida ha sido el amor. Eres un ser muy amado. —¿Estoy soñando o lo estoy viviendo? Al unísono, respondieron: —¡Lo estás viviendo!

Me desperté, a las ocho. Tres colibríes revoloteaban mi ventana. Mis zapatos, mi pijama, todavía guardaban alguna estrellita perezosa. Mi corazón explotaba de amor y las miradas de mi familia eran distintas. Me miraban con amor. Entonces pensé; valió la pena, esperar tantos años. Confiar en la la magia de los reyes magos. Porque la magia existe, está dentro de nosotros.

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EL DIA DEL JUICIO

Jaime Hoyos Forero / Colombia

Procread y multiplicaos”, dijo Jehová el sexto día, en el primer capítulo del Génesis.

Casandra, la bella troyana hermana de Héctor, según lo relata la Ilíada, recibió de Apolo el don de la profecía, pero como no accedió a la seducción del dios, este se vengó haciendo que nadie creyera en las infalibles profecías de la hermosa Casandra.

Eso me pasa a mí, queridos amigos , tal vez por ser por línea directa materna, descendiente de Casandra. No que haya heredado el don de la profecía, sino el que nadie me crea lo que digo. Por eso no me creeréis, seguramente, esta verídica historia que sucederá infaliblemente en la tercera década del 2100. Pues aunque no lo vais a creer y solo por cumplir con un deber histórico, voy a relataros lo que pasará dentro de 100 años en el planeta Tierra.

“Enero 31 de 2125, hoy será el fin del mundo”. Eso no lo dirán los periódicos, porque dentro de cien años no habrá periódicos, ni radio, ni internet, ni televisión, porque no habrá consumidores. En 2125 no habrá compradores y sin compradores no habrá medios. Toda la infraestructura y toda la estructura de los medios de comunicación estará intacta: los edificios, la maquinaria, la energía, las computadoras, los teléfonos, los vehículos, los micrófonos. Todo listo, todo en su puesto; ¡Y todo para qué!… sin lectores y sin oyentes. Y sin periodistas. Y sin operarios.

Nunca habrá existido en más de 20000 años de historia, una noticia más importante. Imagínense: el fin del mundo. Un fin del mundo triste, sin noticias porque no habrá quién las diga… porque no habrá a quién decírselas. Los edificios, desocupados; las calles desocupadas; el campo, desocupado; desocupados los vehículos, desocupadas las casas, deshabitada la tierra. Igual que el sexto día del Génesis, sobre la tierra sólo existirán dos humanos. Curiosa y casualmente se llamarán Adán y Eva.

El mundo estará habitado tan solo por unos cuántos animales que habrán sobrevivido a la contaminación y a la falta casi absoluta de agua, carencias que la técnica humana había logrado “conseguir”, de tanto herir la naturaleza, en el último milenio. Todos los grandes inventos estarán ahí -¿para qué ?- paralizados, como inmóviles payasos burlándose de la inteligencia, ¿inteligencia… ? digamos más bien, de la soberbia de los hombres.

Eva y Adán, no los de la historia que os estoy relatando, sino los del Génesis, tenían el paraíso. Eran dueños del Edén, es decir, lo tenían todo y gozaban de todo. Pero la Eva y el Adán de nuestra historia tendrán a su disposición todas las maravillas creadas por el hombre, pero no gozarán de nada. ¿Cómo gozar de ellas ? Para qué sin mano de obra para moverla y sobre todo sin frutos en los árboles, muertos por falta de agua, con charcos contaminados que ya no serán ríos, con unos pocos peces con su carne envenenada. Adán y Eva se alimentarán entrando a las casas, todas deshabitadas, y a los supermercados, a saquear lo poco que quedará en las despensas y las bodegas.

Pero ¿sabéis vosotros por qué solo habrá en 2.125 un hombre y una mujer?

Bueno, se cree que por un pequeñísimo problema creado por los sabios y los técnicos: ellos inventaron a mediados del siglo XX y luego el mundo entero comercializó, unas diminutas pastillas llamadas “anticonceptivas”. Pero no sabían estos sabios y técnicos ni los poderosos laboratorios ni los gobiernos que se dejaron convencer, para propagar las pastillitas, no sabían ellos, o tal vez lo ocultaron, que esas lindas y efectivas pastillitas harían estériles a las mujeres al cabo de unas siete generaciones.

Por eso los dos últimos humanos, Adán y Eva, nacerán, él en 2.079 y ella en 2.080. Desde luego se encontrarán, se enamorarán, se amarán, pero no podrán tener hijos. Además, los clones que en el 2.050 fabricarán los hombres, morirán todos 30 años después porque les faltará un gen… (Creo que ese pequeñísimo gen se llama amor).

—Cuando hoy, enero 31 de 2125 llegue el Señor a las 18 horas —dijo Adán a Eva—, nos bendecirá y nos conducirá al paraíso.

Los inventores y comercializadores de las pastillitas de marras resucitarán como estaba prometido en el viejo y en el nuevo testamento (Daniel 12,2 – Juan 5,29) al sonido de las trompetas, a las 18.05 horas del 31 de enero del 2125. El ángel del Señor les dirá: “Si no queréis ir al infierno, no tenéis que ir. Si lo preferís podéis quedaros aquí, convertidos en monitos sin cola, por toda la eternidad.”

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ESTÍO

Andrea Morini /Argentina

Luis se encontraba caminando una bochornosa y soñolienta Buenos Aires, en uno de esos días en donde el calor parece derretir el paisaje de cemento, junto con los recuerdos que lo pueblan. Sus pasos lo guiaron hacia la calle Corrientes, más precisamente a una vieja librería, que no por antigua dejaba de tener aire acondicionado. Su cuerpo agradecido recibió el embate del frescor mientras exhalaba un suspiro de alivio, a la vez que se encaminaba hacia los pasillos, un poco polvorientos, poblados de libros e historias.

Era una típica librería, con sus exhibidores ordenados por rubro y alfabéticamente, mesas repletas de ofertas, tentadoras algunas, otras no tanto. Se imaginaba los mundos a partir de los títulos, hojeaba algunos, y hasta leía un par de páginas también. Estaba solo en tan inmenso lugar, «era lógico» pensó, plena hora de la siesta, en un día agobiante de enero, solo él podía tener tamaña idea. En eso divagaba cuando creyó escuchar una voz que lo llamaba, se giró, miró hacia uno y otro lado, pero no encontró al responsable de esos sonidos. Siguió recorriendo lentamente el lugar, no quería volver a enfrentarse al asfalto y la calina, prefería estar un rato más al fresco; en realidad, sentía que algo le impelía a quedarse, aunque pretendía no reconocerlo, ya que lo asustaba un poco, por lo cual no le prestó demasiada atención.

Volvió al sitio en donde escuchara el llamado, libros de misterios rezaba un Cartel sobre el mismo y, al punto, oyó el susurro, «Luisssssss», que le reclamaba. Bajó su mirada pensando que, tal vez, hubiera alguien debajo de la mesa, pero no encontró nada allí mismo. Cuando se disponía a abandonar esa búsqueda infructuosa, creyó percibir sobre el estante un leve movimiento que le sobresaltó, al pensar que podía ser algún insecto, él siempre les tuvo mucha aprehensión. Tamaña fue su sorpresa cuando se encontró con una pequeña persona haciendo señas desde la tapa de un libro, Historias que no creerás leyó en la misma, de autor desconocido le pareció. Extrañado ante este evento tan extraordinario, buscó alguien con quien compartirlo, pero, nuevamente, no había nadie a su alrededor. Estaba dispuesto a dejarse abrazar por la canícula, pero una fuerza misteriosa lo obligaba a quedarse, es más, ni siquiera pudo alejarse de la fila y de la mesa, desde la cual aquel ser lo llamaba, por lo tanto, sumando su curiosidad a la ecuación, se dispuso a contesta

—Hola —Le dijo. —Hola —contestó, lo que fuera que se encontrara en la tapa. —¿Quién eres? —se animó a preguntar, aunque estaba casi seguro de no querer saber. —Soy el personaje principal de esta historia, me llamo Luis —respondió orgulloso—. Aunque ya estoy cansado de esperar —añadió. —¿Qué esperas? —Terció Luis entonces, más esperanzado que curioso, ya que deseaba terminar esa conversación, que se le ocurría siniestra, en ese preciso momento. —Espero que alguien me escuche, hace mucho tiempo que lo hago, porque muchos leen, y toman este libro, pero pocos, muy pocos, escuchan realmente —contestó. —¿Y por qué es importante que alguien te escuche? —dijo a la vez que agregaba—, si yo lo hago cualquiera puede hacerlo. —Cualquiera no, si así fuera no hubiera tardado tanto en encontrar a la persona adecuada —añadió el personaje con una sonrisa siniestra que le heló la piel en plena tarde de verano— Y que, además, se llame Luis como yo… —Hace mucho que te espero —afirmó con una mirada que lo estremeció.

En ese momento se sintió transportado mientras la librería se desvanecía y el mundo giraba a sus pies. De pronto todo se detuvo, miró a su alrededor, y ya no estaba el libro ni el ente que le hablaba desde allí, sino que veía el mismo sitio, pero desde una perspectiva diferente. El techo se destacaba por sobre todo lo demás. Fue en ese preciso instante cuando se reconoció atrapado dentro de un párrafo, más precisamente en el medio de un punto y coma, mientras observaba azorado, como el otrora personaje salía apurado de la librería hacía el sol abrasador de la tarde porteña. —Es tu turno —gritó desde la calle—, ya he esperado demasiado tiempo. —Y dándose vuelta, rápidamente desapareció.

Quiso contestarle, pero no pudo, su garganta muda por el espanto se negó a emitir sonido alguno, mientras las letras que lo acompañaban lo miraban recelosas desde su metonímico espacio. Desde entonces llama a todo aquel que pasa por ahí, pero hasta ahora nadie ha respondido a su voz.

Por las dudas, los luises deberían abstenerse de ir por esos lares, no se los aconsejo.

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Xóchitl Robles Bello / México

EL JARDINERO.

Cuando Avelino llegó a casa de Martha para ayudarle en el jardín, ella dudó en admitirlo. Su aspecto era descuidado; entelerido, los pellejos de las mejillas pegadas en los huesos de la mandíbula, alto, con la piel ceniza quemada por el sol y una mirada perdida en quién sabe qué parte de su infinita tristeza. ¿De dónde eres? De Comalapa. ¿Ya te dijeron lo que tienes que hacer? Pos… contestó rascándose la cabeza. Andaba trabajando en la obra y el “ingeniera” dijo que me traigan a regar y cuidar tus matas.

No era cosa de ponerse remilgosa aunque no era precisamente, el jardinero que ella hubiese querido tener. No había por el momento otra opción. Así se quedó Avelino en la casa.

Poco a poco, Martha se fue acostumbrando a su manera de hablar. En su escaso español, Avelino se hacía entender. Así se enteró que había llegado de la Sierra de Chiapas a trabajar, junto con otros del mismo pueblo, para poder pagar las festividades del Santo Patrono San Caralampio pues ese año, contaba orgulloso Avelino, a él le tocaba ser el mayordomo.

Todos los viernes, sin faltar uno, el improvisado jardinero después de cumplir con su trabajo, se iba a la terminal de los autobuses de segunda, procedentes de Chiapas. Ahí se sentaba horas y horas esperando, pacientemente, hasta que llegaba el último de ese día, para ver si en él venía alguien de su comunidad trayendo las últimas noticias; cómo seguían los enfermos, quién se había muerto, qué familia necesitaba tal cosa. Al mismo tiempo, su misión era entregarle a los viajeros de regreso, el dinero que sus compañeros le enviaban a sus familiares.

Pero sólo los viernes, porque los demás días de la semana ya estaban señalados para la misma tarea otros habitantes de Comalapa que trabajaban en la ciudad, de tal manera que en la central siempre había, por las tardes, una forma de comunicarse con la gente de su pueblo.

A Martha le conmovía la ingenuidad y la ignorancia del chiapaneco y como pensaba que en algún tiempo, éste había pasado hambre, procuraba alimentarlo muy bien. Su figura empezó a cambiar, las mejillas se veían ya rellenitas y eso a ella le daba mucho gusto. Le tenía mucha paciencia y trataba de explicarle de forma sencilla lo que necesitaba, como en aquella ocasión que a sus flores preferidas las invadió una plaga de gusanos feos, negros, grandes y de patas peludas. Compró un insecticida y le enseñó cómo debía aplicar el líquido a las plantas.

Le pones esta agüita así, para matar los gusanos, pero de “lejecitos” le dijo, al mismo tiempo que le demostraba cuál era la forma de usar el atomizador Ya era casi medio día cuando se acordó de Avelino; lo fue a buscar. El hombre seguía en el mismo lugar donde lo había dejado, frente a las flores que tenían la plaga. Con curiosidad se acercó para ver qué pasaba y asombrada vio como, con una lentitud que rayaba en flojera, el jardinero desprendía, con su mano, uno a uno los asquerosos gusanos; después cuando los tenía a su alcance, les rociaba generosamente el spray; eso sí, de “lejecitos”.

Definitivamente con Avelino se debía tener mucha paciencia y Martha lo entendía así, aun cuando a veces, estaba a punto de perderla; como ese día en que llegó del mercado donde había comprado unas deliciosas y frescas pigüas, para prepararlas al mojo de ajo, y le pidió al jardinero que las sacara de la bolsa. En el fregadero le dijo

Mientras ella acomodaba los otros alimentos que había traído; tortilla de maíz nuevo, pozol, dulce de coco, longaniza, tamalitos de chipilín entre muchas otras delicias, de pronto escuchó unos ruidos que la hicieron voltear. ¿Qué haces? le preguntó casi gritando, cuando vio que su ayudante tenía la llave del agua abierta y luchaba por regresar al fregador una de las pigüas que estaba a punto de salir. Pos’ estos animales están vivos y por mas que les hecho agua pa’ que se hoguen no se mueren. Explicarle cualquier cosa, era inútil, y se limitó a cerrar el grifo.

Una mañana temprano, Martha oyó un sonido fuerte que golpeaba el tejado; el agua mojaba los pasillos, escurría por las paredes y azotaba los cristales, buscando la manera de invadir la casa. Aun cuando hacía ya un tiempo que vivía en el sureste, todavía no podía acostumbrarse a esa manera de llover, tampoco a los truenos acompañantes de las tormentas. Temerosa abrió la ventana de la recámara para ver si todo estaba bien. El viento sacudía con fuerza los árboles, haciendo que las flores y la fruta cayeran sobre el pasto y en medio de la tempestad, sorprendida, pudo ver la figura inconfundible de Avelino quien, con una manguera en la mano, y la vista extraviada en el infinito, ¡regaba el jardín! ¡Avelino, ven! Gritó lo más fuerte que pudo para hacer oír su voz en medio del aguacero. !Mira cómo estás, empapado! ¿Qué estás haciendo?

Se acercó lentamente, con esa parsimonia característica, escurría agua por todos lados, su figura era deplorable y sus chanclas de pata de gallo chaculiaban en el líquido. Regando. Fue su lacónica respuesta. ¿Por qué estas regando? Su respuesta fue contundente. Ingeniera dijo: Avelino regar martes y jueves. Hoy jueves, Avelino riega. ¡Pero si está lloviendo! Ingeniera no dijo; si llueve no riegues.

Martha, aspiró profundamente y dejó salir con lentitud el aire de sus pulmones tal como le había aconsejado su terapeuta en casos de emergencia, ordenó bien sus ideas, para poder explicar con claridad. Mira, cuando llegaste a trabajar aquí, eras peón y el ingeniero te daba órdenes, ¿verdad? Y tú obedecías. Sí. Pero cuando el ingeniero no estaba en la obra, tu capataz te ordenaba lo que tenías que hacer, igual le obedecías. Sí. Bueno, pues ahora, aquí en la casa el capataz soy yo, y te ordeno que cuando llueva no riegues.

El jardinero, atónito, abrió sus pequeños ojos todo lo que éstos le permitieron, se restregó la mojada cabeza, y contundente exclamó: Tú, mujer; ¿capataz de Avelino, el mayordomo de San Caralampio? ¡No! Avelino se va. Avelino… se fue

Y hasta el día de hoy Martha no lo ha vuelto a ver.

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Yo soy un poeta, un buscador y un confesor, y estoy comprometido con la verdad y la sinceridad. Tengo una misión, aunque pequeña y limitada: ayudar a otros buscadores a entender y afrontar el mundo, asegurándoles que no están solos. Herman Hesse

JUICIO JUSTO

Sandra B. Romeo / Argentina

Ustedes piensan que tienen la razón, que me están ofreciendo un juicio justo. Hasta me dan la posibilidad de un descargo.
¿Qué esperan ustedes que diga?.
¿Qué reniegue acaso de todo aquello que dio sustento a mi existencia?.
Saben que jamás lo haré.
Solamente puedo contarles, recordarles que aquello que ustedes llaman traición para mí es simplemente búsqueda, necesidad de saber y compartir.

Yo cuento…

Abracé esta vida como la abracé a ella, inmemoriales tiempos atrás.
Navego en esta senda que tanto me conduce de cara al dolor como de lleno a la felicidad.
Así como navegué en su brillante cuerpo obteniendo los mismos resultados.
Penetro en los secretos de la búsqueda empapándome de doctrinas y dogmas, así como me introduje en ella deshaciéndome en sus luces y sombras.
Buscando también.
La alquimia me brindó el mapa que necesitaba para mi evolución interior.
A través de los diversos pasos de la obra sagrada me convertí en persona, en un noble participante de la creación de Dios.
He contribuido a realzar y mejorar Su trabajo por obra de mi esfuerzo individual.
Así también me calciné en ella a través de nuestras comunes pasiones.
Me diluí en la solutio de nuestros sentimientos y sublimé las imperfecciones de ambos a través de su aire vital.
Ahondé en esa noción de la metafísica en donde nada de lo que nos dicen es dicho. En donde lo que vemos no es real y lo real es lo paralelo, lo que nos alimenta y nos da la información que necesitamos para seguir viaje.
Eché anclas en ese tiempo en el que ella estaba en ríos metafísicos, buscando en las profundidades la fuerza y el impulso para una mejor comprensión de la obra. Yo busco, defino y deseo esas corrientes. Ella las vive.
Ahí reside nuestra gran diferencia.
Lo que para ella es piel, en mí es hábito, búsqueda.
Ella es la naturaleza divina, yo soy el interventor humano en esa naturaleza.
Ella es lo que es. Yo soy lo que sé.
Ella navega esos ríos, forman parte de su esencia.
La balsa en la que yo intento surcarlos lleva en sí el peso del intelecto, de las definiciones.
Me hundo en esas aguas que me transportan al fuego de los herejes..
Ya ven, nunca abjuraré de mí ni de ella. Tampoco de lo que sé ni de lo que ella es.
El humo de esta hoguera será saber para muchos otros.
Eso no podrán detenerlo, porque ¿quién encierra golondrinas de humo en ningún lado?…
Ella, justamente por ser, será con otro como lo fue conmigo.
Y tampoco podrán detenerla porque ¿quién confina a la vida en ningún sitio?…

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UN TRUENO

Walter Hugo Rotela G. / Uruguay

El 24 de noviembre de 2016 fue una noche calurosa, despejada. En esos días la humedad nos tenía a todos algo aletargados, pero no tanto. Mucha gente aprovechó el respiro que nos dio el frío y salió a correr, trotar o caminar.

Algunas personas se duermen temprano debido a que al día siguiente deben madrugar para ir a trabajar o estudiar. No es mi caso. Así que a las once de la noche estaba terminando de freír unas papas para cenar, las milanesas estaban prontas, así como la ensalada de verduras. Mientras cenamos en familia miramos algo en la televisión.

Sobre las 23:30 sentí un ruido algo intenso, muy breve, al que resté importancia. Sin embargo, deduje que no era un disparo, ni una bomba de estruendo, pero no supe a qué atribuirlo y tampoco me ocupé de indagar, al menos en ese momento.

Terminamos de cenar y sobre las cero horas, del día que iniciaba, alguien tocó a la puerta. Al mismo tiempo mi hija bajaba precipitadamente las escaleras preguntando: «¿Ustedes escucharon algo hace media hora? En las redes -continuó- todo el mundo está comentando que sintieron un temblor, otros, que además escucharon un ruido, o dos consecutivos, pero de escasa duración». Quien tocaba a la puerta era una amiga y vecina que entró preguntando lo mismo y comentando sobre que el tema que se divulgaba en la red.

Consideré que era temprano y seguimos viendo una película. Inicié, ahora sí, una prolongada búsqueda exhaustiva en la Internet, sobre los comentarios de la gente, la declaración del gobierno y de una científica, según lo señalado en el último informativo, poco antes de la media noche. En la breve presentación del informativo último la científica señaló que un equipo de guardia de un centro de investigación percibió el temblor en la propia oficina, y estaba al tanto que el sismógrafo, instalado en una zona de la ciudad, había registrado algo. En plena madrugada se disponían a dirigirse al centro donde está instalado el aparato en cuestión.

A la mañana siguiente, la vida siguió su curso habitual. En los medios se reflejaba brevemente lo manifestado por las personas, lo que habían percibido, sus opiniones. La postura del gobierno buscó ser cauta. Se confirmó que el sismógrafo registró un temblor de magnitud 2.3 grados en la escala de Richter. La causa… seguía sin conocerse. Un estudioso chileno dio una versión distinta de los acontecimientos y ocupaba un espacio menor en los detalles brindados por los medios. Lo único que se repetía fue: «Estamos estudiando el caso, estamos estudiando…»

Alguien de la NASA supo del tema apenas minutos después de que se alertara en las redes sociales; pero él se enteró por otro canal. Era un experto en temas de fenómenos atmosféricos y conocedor e investigador en otros campos, por fuera del sistema. Se contactó con colegas, y todos dirigieron la atención hacia lo que sucedió en ese país del sur. Un reducido grupo de personalidades influyentes del servicio militar y de inteligencia del país del norte buscaron las imágenes satelitales de las coordenadas y en el tiempo que se produjeron lo que se indicaba como un trueno y un temblor.

Se combinaron las imágenes de tres satélites que barren la zona en momentos consecutivos, e incluso una de la Estación Espacial Internacional (conocida como ISS, por sus siglas en inglés). Se modificó las velocidades de las filmaciones y, de la superposición de toda la información se llegó a una conclusión. Tenía relación con lo que sugirió un investigador chileno. Nadie lo contactó.

La semana continuó y hubo muchas versiones del asunto, bromas surgieron desde los primeros minutos que se percibió el extraño ruido que llamamos «trueno». Pero se fue generando tanta información que concluyó en ruido, se banalizó el tema y pronto se olvidó el asunto, como ocurre casi siempre con lo que es noticia.

Un joven difundió un par de fotografías y todo el mundo le tomó el pelo, lo ridiculizó. Los medios no lo entrevistaron. Se llamó a silencio. Así como apareció, se esfumó. Sin embargo, su IP fue plenamente identificada, y dos agentes del gobierno del norte lo visitaron, un par de minutos pasadas las 1600. La imagen del poblado, de la casa donde vive aparece en Google Maps. Está casi aislada de otras viviendas, extensas llanuras lo rodean y un pequeño monte de eucaliptos lo aleja, un poco más, de la población urbana.

El joven estaba en su casa cuando llegaron los dos agentes, consultores de la embajada. Iban acompañados de dos policías en un auto particular. La casa estuvo vigilada desde la madrugada. Se filtró la idea de que estaban ante la presencia de un importante narcotraficante que había cambiado de identidad. Se montó el operativo secreto que concluyó en el expediente número XXI 16/11/24 Suramérica Coordenadas…

El individuo vivía solo. Habitaba la casa desde hacía un año. Por única compañía tenía un perro cimarrón. Esa noche -según contó a los agentes- estaba tomando unas cervezas a la hora en cuestión. «Disfruto de la soledad del campo» -explicó. Estaba ideal para fotografiar estrellas fugaces. Tenía más de una en su haber. Esa noche registró varias imágenes, pero dos de ellas le parecieron las más relevantes y nítidas que fueron las que publicó en su cuenta de Twitter. Era la primera vez que publicaba algo, aunque la cuenta estaba activa desde hacía más de seis meses. Sería también la última.

Los agentes lo entrevistaron a solas. Le contaron que eran parte de una investigación importante y que su cuenta sería desactivada por motivos de seguridad. Le preguntaron qué más vio o escuchó. El relato fue increíble y hasta descabellado para cualquiera no entendido; pero no para los agentes. Sin embargo, buscaron, en principio al menos, convencerlo que era imposible creer lo que relataba. «Divulgar esas imágenes podría causar alarma innecesaria en la población civil. Él podría ser víctima de hostilidades innecesarias al difundir eso que creyó ver -le dijeron.»

Por su seguridad el joven debía acompañarlos. La conversación con los agentes había sido en total privacidad, por ende, los policías estaban al margen de los datos logrados. Lo trasladaron a una oficina de la capital, primero, luego a otra, y así hasta que los policías perdieron el rastro del individuo que quedó en manos de los agentes.

El desconcertado muchacho mencionó que escuchó un trueno. Su perro fue el primero en oírlo y comenzó a ladrar extrañamente. Esto hizo que tomara su máquina y apuntara en dirección hacia donde ladraba el can, un punto del firmamento donde, también él, escuchó lo que creyó era un trueno, aunque la noche estaba despejada. Seguidamente vio unas luces en formación que estaban suspendidas a las que fotografió. Eso duró escasos dos minutos que le parecieron «eternos», agregó. «Pude capturar más de 30 imágenes pues tenía preparada la cámara para registro en modo continuo. Aunque compartí solo dos».

La cámara de fotografías, la notebook y varios pendrives que tenía fueron confiscados por los agentes, cuando lo llevaron. Se le informó varias horas después que pocas personas habían visto realmente lo que vio y fotografió y que necesitaban negarlo, por razones de seguridad. Sería trasladado a otra zona, a otro país con identificación falsa. Le darían trabajo como fotógrafo en medio del amazonas donde viviría por un año acompañado de científicos de la naturaleza y con un sueldo importante. No le dieron otra opción.

Las imágenes correspondían exactamente a una similar tomada desde uno de los satélites. En el momento que se escuchó eso similar a un trueno, se materializaron una serie de naves en formación, por un lado, y otra de mayor tamaño por otro. Las pequeñas desaparecieron en dirección al suelo, en una zona que vista desde el satélite tiene un par de lagos y a la que le rodean unas formaciones circulares de gran tamaño. Quizás no perceptibles desde la superficie.

El tema se fue perdiendo de la atención de los medios y al joven nadie extrañó porque no tenía vínculos cercanos, ni conocía comerciantes que le vendieran algo, pues se proveía de cosas en la capital. Del trueno al poco tiempo se dejo de hablar y sólo quedó registrado en el expediente secreto número XXI 24/11/16 .

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