CUENTOS Y RELATOS DE NAVIDAD

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

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Ninos-cuentos-4

A

Aquí laten las voces que hacen del invierno un hogar.”

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✦ Colaboradores ✦

  • Magi Balsells – España
  • Marcela Barrientos – Argentina
  • Carlos H. González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Graciela Reveco – Argentina
  • María Sánchez Fernández – España

FIESTAS DE NAVIDAD

Magi Balsells-España

Días señalados en el calendario, momentos de ilusión y alegría nos invaden, lo que es momentos de reunión con la familia y los seres queridos, el jolgorio y también el recogimiento, si hay con quien disfrutar de ello.

Solo estoy, en un gran piso, sin pareja, sin hijos, sin nada mas que mi sola compañía, los únicos familiares muy lejanos están y poco contacto ha habido en estos últimos años, todos tienen sus problemas, todos tienen su familia y yo me he quedado solo, solo con mis recuerdos, con mis tristes pensamientos, con la tristeza de no ver mas a mis seres muy amados, todos ellos desaparecieron hace ya algún tiempo sin ver que yo me quedaba abandonado a esta situación no deseada.

Tengo que celebrar la Nochebuena, con qué o con quién, no puedo ni llamar a ninguna puerta para que me acojan en estos días, aunque solo fuera una sola, el poder sentir el calor y el cariño de otras personas, mis amigos tampoco están y los pocos que me quedan ellos quizás estén en la misma situación, ya solos nos quedamos muchas veces.

Pondré la mesa y en ella las fotografías de los que se fueron, así no estaré tan solo, encenderé todas luces para iluminar la casa como a ellos les gustaba, pondré todo el servicio como si aun estuvieran, hablare con ellos aunque no pueda oír sus voces, pero en mi mente si los escuchare, reiré con ellos aunque las lagrimas afloren mansamente en mis mejillas

Llaman a la puerta, ¿quien será? Es el vecino de al lado, que me viene a buscar, no admite excusas me están esperando en su mesa y en el sitio de honor, ahora es cuando las lagrimas salen a borbotones. Me es imposible dar las gracias, la emoción tapa cualquier palabra, todos me acogen como uno más de ellos.

Gracias a mis deudos por lograr este milagro se que habéis sido vosotros los que habéis tocado el corazón de estas personas.

Veo que en el mundo aun existe bondad.

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EL PUEBLO QUE HABIA DEJADO DE CREER

Marcela Barrientos – Argentina

En el pueblo de *San Silencio*, la Navidad ya no era una fecha: era apenas una palabra gastada. Las luces colgaban por costumbre, no por ilusión; los villancicos sonaban como ecos lejanos, y en las casas nadie esperaba nada más que el paso del tiempo. —La Navidad es para los que aún creen —decían los mayores—, y aquí ya casi nadie cree en nada.

Ese año, como todos los anteriores, el frío llegó puntual y la plaza se llenó de hojas secas en lugar de risas. El viejo pesebre municipal permanecía guardado en un depósito, cubierto de polvo y olvido. Nadie lo reclamó. Nadie… excepto *Luna*. Luna tenía ocho años y una forma especial de mirar el mundo, como si aún pudiera escuchar lo invisible. La noche del 24 de diciembre, salió de su casa con una vela encendida entre las manos. No sabía por qué, solo sentía que debía hacerlo.

Cuando llegó a la plaza, ocurrió lo extraordinario. La luz de la vela no tembló con el viento. Al contrario, creció. Y en ese silencio profundo, una nevada suave comenzó a caer, aunque el cielo estaba despejado. No era nieve común: cada copo brillaba como si llevara dentro un recuerdo feliz.

Los vecinos salieron a las puertas. Algunos lloraron sin saber por qué. Otros recordaron una voz, una canción, una mesa compartida. Entonces, en el centro de la plaza, apareció el pesebre olvidado, intacto, luminoso. No era nuevo ni perfecto, pero estaba vivo. Y en él, el Niño parecía sonreír, no por haber nacido, sino por haber sido esperado otra vez.

Desde esa noche, San Silencio cambió. No porque los problemas desaparecieran, sino porque algo volvió a habitar los corazones: la certeza de que la esperanza no muere, solo espera ser llamada.

Y así, cada Navidad, una vela se enciende en la plaza. No para recordar lo que fue, sino para creer -otra vez- en lo que aún puede nacer.

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UN RELATO DE NAVIDAD

Carlos H González Saavedra – Argentina

Ese domingo estaba ansioso, más que otras veces. Aunque conocía Río, en mi cuarto viaje me faltaba descubrir el Río profundo, ese donde se respira Brasil en las paredes. El samba y la pobreza de las favelas. Contrastes y desigualdad de un país maravilloso. El brasileño común, de la sonrisa permanente, de la energía que te invade. En cada rincón, en cada vuelta de la esquina hay una sorpresa cercana a la bohemia, la melancolía y esa fuerza increíble para salir adelante, cantando a pesar de todo.

Todo eso, ni más ni menos, de la mano de mi hijo Federico, residente en Río desde hace nueve años. —Padre, ¿qué quieres conocer bien? —Un bar de esos donde se hace música con una tapita de refresco o una lata de cerveza. —Bien, esta noche vamos a lo de Alfredo. —Perfecto, ya me gustó la idea con solo conocer el nombre.

Allí fuimos, domingo a las nueve de la noche. Imaginé un bar grande, no un local pequeño que no tenía más de ocho metros de frente por doce de fondo.

Federico me presentó a Alfredo, que permanecía sentado en la puerta del local, en una mesa, con una planilla donde anotaba las consumiciones. —Padre, aquí funciona así: al fondo tienes dos neveras cargadas de cervezas, alguna botella de vino y agua. Una barra para lavar alguna copa y un pequeño baño. Te sirves y le avisas a Alfredo lo que tomas, él lo anota y al irnos pagamos.

En un costado del angosto salón había una madera donde alguien apoyaba el codo, tomando una cerveza. En el centro, sentados en sillas o bancos comunes, músicos y más gente en la calle que dentro del local. —¿Por qué se llama Bip Bip? —pregunté asombrado. —Alfredo le puso ese nombre por el Correcaminos, no se le ocurrió otro. Y ojo, aquí no se aplaude, está prohibido. Solo se chasquean los dedos, por respeto a los vecinos y a la música. Si hay mucho ruido, ¡no sabes cómo se pone Alfredo! —acotó Federico.

El samba recorría las paredes y nuestros oídos. Era un momento y un lugar pleno de magia. Venían unos, otros se iban. Siempre ocupaban los banquitos. Tocaban con instrumentos pero también marcando el ritmo con cucharitas. —Padre, este es un bar socialista. Los martes se viene a hablar de política. Los músicos son profesores del conservatorio, algunos también de canto. —¿Cómo, los músicos también pagan lo que consumen? —Aquí todos pagamos, ellos también.

La bohemia me arrancaba el corazón. Fui dos veces al baño, para quedarme en la barra de atrás, observándolo todo. El bullicio iba subiendo en intensidad y el número de gente en la acera crecía.

De pronto, Alfredo se levantó furioso de su silla. Los músicos dejaron de tocar y un silencio sepulcral se adueñó del lugar. Alfredo, con problemas respiratorios por el cigarrillo, cercano a los sesenta y cinco años, se ponía colorado y hablaba entrecortado para poder tomar aire: —Aquí venimos a escuchar música y disfrutar. Si hablamos gritando, no escuchamos la música y es una falta de respeto a los vecinos. Si no les gusta, se van y listo.

Después de su alocución, complicada por su falta de aire, una suave melodía de flauta devolvió la normalidad. Alfredo se volvió a sentar. La noche se nos escapaba de las manos, eran como la una de la mañana y seguía llegando gente. —¿A qué hora cierran, Federico? —Hasta que salga el sol. Nosotros, si quieres en una hora más, nos vamos, padre. Mañana tengo que trabajar. —Sí, hijo, cuando me digas. —Quedémonos una hora más. —De acuerdo.

Las paredes impregnadas de nostalgia, decoradas con recuerdos y fotos, mostraban en un rincón un diploma con una distinción del Ministerio de Cultura, nombrando al Bip Bip como lugar cultural de Río de Janeiro. Cobró otra dimensión el sitio donde me había traído mi hijo, cuna del samba y del sentir autóctono de Brasil.

Solo tomaba cervezas, iba por la quinta, y veía cómo Federico se divertía con ellos. Aprendí los secretos de la pandereta, tan famosa por su sonido característico, tocada con el movimiento de la muñeca. El profesor nos señalaba: —Mira, esa niña está tocando mal. Para mí, tocaba de maravilla. Hasta que la escuché con atención, comprendí lo que decía. Su sonido me transformaba. Eso sí que era maravilloso, como todo lo que estaba allí.

Mientras la música acariciaba los oídos y todos movíamos el cuerpo al compás, una muchacha con una lata de helado de cinco litros, con una ranura en la tapa, invitaba a todos a dejar una propina. Pensé que sería para los músicos. —Federico, muy bueno el lugar, quedé encantado. ¡Cómo tocan, qué maravilla! ¿Ahora cada uno paga su cerveza? Increíble, menos mal que después con la propina se arreglan. Hermoso regalo me hiciste, hijo. —No, padre. Ese dinero que se junta cada noche, durante todo el año, es para el día de Navidad. —¿Cómo? —Alfredo, en Navidad, pone las mesas en la calle y da de comer a todos los indigentes y personas sin hogar. Hace una gran mesa y brinda con todos ellos, por la Navidad.

Ese comentario me dio una dimensión mucho más profunda de Alfredo y sus músicos, de su altruismo, de su humanidad. Rescatando al hombre concreto de una sociedad injusta y salvaje. Me impactó mucho emocionalmente.

Antes de irme, volvimos y tuve la oportunidad de confundirme en un abrazo con Alfredo, cosa inusual según mi hijo. Le había escrito un poema al lugar. Federico se encargó de dárselo a su amigo para que lo tradujera. Seguramente fue por eso que me abrazó. Sentí su emoción. Lo abracé por tantas cosas, que no me alcanzaban los brazos para decirle gracias. Me sentía en deuda con él.

Alfredo falleció de un enfisema pulmonar hace un año y medio. El amigo de mi hijo, cuyo nombre no recuerdo, quedó a cargo del lugar.

Después nos invadió la pandemia y no pude volver. Me gustaría regresar al Bip Bip y ayudar a servir la mesa, rescatando miradas de agradecimiento y felicidad por Alfredo, por su inmensa humanidad. Brindando, con ojos emocionados, por una ¡Feliz Navidad!

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CUENTO DE NAVIDAD

La luz que nunca se apaga

Elspeth Gormley – España

En un pequeño pueblo junto al mar, cada diciembre se repetía un gesto sencillo:  las familias colocaban una lámpara en la ventana, como señal de esperanza. No era lujo ni adorno, solo una luz humilde que decía: “aquí hay un hogar abierto, aquí hay alguien que espera.”  
Crecí en tierra de marineros rudos, donde el Cantábrico rugía con furia cuando se enfadaba. De pequeña, me subía a una silla y desde la ventana miraba el mar extasiada, y veía que en cada puerta brillaba una luz encendida.  
Esa luz no era solo candil, era promesa: los que partían al mar sabían que esa era la señal de que los esperaban, que su casa seguía siendo puerto seguro.  

Aquella Navidad, Clara encendió su lámpara con un temblor distinto. Su padre había partido meses atrás, y la casa parecía más vacía que nunca.  
Pero al encender la luz, recordó sus palabras: “la Navidad no es ausencia, es memoria que se convierte en compañía.”  

Esa noche, las calles se llenaron de ventanas iluminadas. Cada lámpara era un latido compartido,  un puente invisible entre casas y corazones, un gesto sencillo que vencía la distancia.  

Cuando la medianoche llegó, el pueblo entero parecía un cielo en la tierra: cientos de luces brillaban como estrellas, y cada una contaba una historia de amor, de pérdida, de esperanza.  

Desde entonces, sé que la Navidad no se mide en regalos, sino en la fuerza de una luz compartida. La misma que en el Cantábrico esperaba a los marineros, la misma que en cada ventana dice: no estás solo, aquí hay alguien que espera.”  

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ROSAS DE HOY PARA MAÑANA

Graciela Reveco – Argentina

Fue en vísperas de Navidad cuando un ligero despertar insinuó que llegaría con un abalorio de sorpresas. Mamá hizo un gran esfuerzo para que mi regalo fuera la pelota de trapo más hermosa que alguien pudiera imaginar, redonda y blanca, un tanto agrisada por el tiempo, cerrada y muy firme, no se rompería tan pronto como las otras, pero algo me molestaba en un rincón del corazón; yo no podía obsequiarle nada, los dos estábamos muy bien, pero no teníamos mucho dinero, apenas para vivir con lo que ella ganaba amasando en la panadería del barrio.

También, en esa Navidad, mi padrino (un primo de mamá) llegó con un regalo muy especial, dijo que el señor que lo acompañaba deseaba verme jugar en un equipo que esa tarde competiría en el club de la ciudad, y que debía desangrarme como lo hacía si domingos. Los ojos de mi madre dijeron sin decir que eso podía ser muy bueno para los dos.

De inmediato acudimos a la cancha, debía practicar unas cuantas horas con una pelota de verdad, descanso de por medio. Era emocionante y me latía el corazón con una fuerza arrolladora. Mi padrino sabía que no me costaría nada acostumbrar mis pies a esa maravilla redonda y blanca que no me cansaba de apretar contra mi pecho hasta doler.

Mientras me preparaba, la pelota fue a dar muchas veces cerca de un puesto de flores que estaba a la entrada del club, y cuando iba por ella me quedaba viendo un balde repleto de rosas blancas. ¿Te gustan?, preguntó la florista con una gran sonrisa. Le gustan a mi mamá, dije con los ojos trizados, y salí a la carrera con una esperanza que aún no entendía.

Más tarde, mi padrino me llevó a los vestuarios; el partido iniciaría muy pronto. Estaba asustado, pero no lo demostraría, jugar al fútbol era lo que más amaba en el mundo después de mi madre.

En medio del primer tiempo, reconocí que el grupo de jugadores era bastante malo, no dejaba completar un avance, muy lentos en el conjunto (mis amigos jugaban mejor en la canchita, y con pelotas de trapo). Frente a lo que nadie esperaba, me senté en una orilla, sobre el verde campo de juego, y dije que no quería seguir, que aquello era un bochorno, además de que nos adelantaban con dos goles.

Mi padrino corrió hasta mí sin enojarse (era lo único que yo temía) y sentenció que era muy pequeño para tamaña actitud y que debía volver al juego. Chiquito, susurró cerca de mi oído para que solo yo lo escuchara, si haces un gol, de los que acostumbras en tu canchita dominguera, te doy unos cuantos pesos. Lo miré con los ojos terriblemente más trizados, y otra vez salí a la carrera.

No perdía la esperanza, ni en ese inicio, ni en la felicidad de mi madre. No sabía cómo iba a ocurrir el milagro, pero fue espontáneo y premonitorio. Lo cierto, es que ese día marqué mi futuro. No hice un gol, hice cinco, y al finalizar el encuentro levanté mi mano, las palmas bien arriba, como esperando mucho más del cielo; en ese momento solo aspiraba a mi dinero bien ganado y multiplicado por cada tanto.

Fue una travesura, porque de seguir así no había chance para el equipo, pero también lo hice por otra razón. Muchos años después puedo contarlo, a pesar de los berrinches y los correctivos que permitieron mi triunfo como futbolista. Es verdad que nunca jugué con el blanco incierto de aquella pelota de trapo que zurció mi madre, pero esa noche de Navidad ella puso sobre la mesa un enorme ramo de rosas blancas. Todas para ella.

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LA NAVIDAD DE HALLEY

María Sánchez Fernández – España

Hace algún tiempo vino a caer en mis manos la famosa obra de Sigmund Freud La interpretación de los sueños. Comencé a leerla y quedé tan fascinada que en un par de días ya la había concluido.

Es fabuloso poder comprobar cómo nuestra mente, al sentirse libre de control mientras dormimos, divaga y se nos escapa por los caminos más inverosímiles. Vivimos nuestro mundo cotidiano, pero deformado por mil cabriolas que nos zarandean caprichosamente.

Una noche de invierno, próxima la Navidad, salí a la terraza de mi casa para respirar un poco de aire puro. Aunque hacía mucho frío, el cielo estaba despejado. Lo miré largamente y quedé maravillada de la profundidad de su negrura, que se hacía más intensa con el brillo limpísimo de los millones de estrellas que lo tachonaban. Alguna que otra se escapaba veloz y desaparecía rápidamente.

Entré en mi habitación, me metí en la cama y conecté la radio para oír un programa informativo. Al momento me quedé dormida. Mi mente empezó a trabajar rápida, libre, sin cadenas, y soñé. Soñé con un mundo fantástico llamado “Cosmos”. Yo era una estrella fugaz que corría sin cesar por aquel espacio inmenso sin principio ni fin. Miles de cuerpos danzaban ingrávidos, moviéndose acompasados por el negro silencio que cantaba eternidades. Me sentía liberada, etérea, y corría y corría sin dirección ni destino. En mi loca carrera llegué a una zona en la que los cuerpos celestes se apretaban entre sí formando una gran masa de brillante mutismo.

Una multitud de estrellas de todas las clases y condiciones rodeaban curiosas y admiradas a otra de……mayor tamaño y belleza. Era hermosa, rutilante, vestida de luz blanquísima con destellos rosados y lucía una enorme cola, tan ancha y tan larga que cubría todo lo que mi vista de estrella menor podía alcanzar. Se estaba celebrando una gran fiesta en la que cada astro mostraba sus habilidades o contaba una historia en la que había tomado parte. Una estrella pequeña y tímida entonó una breve balada que decía de tenues parpadeos. Un astro opaco y torpón narró una historia de negros y largos silencios. Otras, más alegres y divertidas, inquietas y fugaces como yo, me invitaron a danzar…, y danzamos…, y danzamos…, por una eternidad.

La reina de la fiesta pidió la palabra y participó en aquella velada contando una hermosa historia. Su voz, de ráfaga purísima, inundó toda aquella inmensidad, y los allí presentes escuchamos con la mayor atención. —Mi relato es corto en el tiempo, pero su contenido en esencia es largo y largo…, tan largo que nunca se acabará por los siglos de los siglos: En mi amplio caminar por los senderos del universo, llegué muy cerca de un planeta llamado Tierra. Curiosa me acerqué a él y me detuve. Era azul y muy bello. Formaba parte de un grupo de nueve que giran…alrededor de un astro muy poderoso llamado Sol. Me aproximé cuanto pude y observé que en él se movían extraños seres de múltiples especies. Se veían grandes masas azules que se movían sin cesar, a las que ellos llamaban mares; también se veían grandes espacios verdes en los que se desarrollaba con gran profusión la vida de aquel planeta. Entre todas las especies, había una que dominaba a las demás: era el hombre. Seguí mi camino, pero siempre me detuve periódicamente en mi viaje eterno allá, sobre la Tierra, para recrearme en ella y observar a sus criaturas.

En una ocasión pude ver que en una pequeña aldea ocurría algo extraordinario. El Sol ya no alumbraba y estaba oscuro. Solamente mi luz la hacía visible. Gozosos grupos de hombres se dirigían a un lugar muy humilde en apariencia. Traían presentes, canciones y danzas. Me acerqué más y aquel paraje se iluminó. Observé que en un reducido espacio, como los que los hombres dan cobijo a otros seres inferiores en la escala de su vida cotidiana, había un hombre y una mujer que sostenía en sus brazos a un Niño recién nacido. Era el Niño más hermoso que soñar se puede. Todos, al llegar, se postraron ante Él en señal de adoración. Más tarde vi una gran comitiva de personas lujosamente vestidas que, al llegar ante aquel humilde establo, desmontaron de sus cabalgaduras y se postraron ante el Niño. ¡Qué belleza ante tantas muestras de amor! ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era aquella persona tan pequeña a la que todos adoraban como si fuera el mismo Dios?

Un ser celeste, brillante como un astro pero con apariencia de hombre, pronunció unas hermosas palabras que inundaron aquel modesto lugar de dulcísimas melodías: GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD

La estrella enmudeció y quedó por unos instantes absorta para después proseguir: —Enseguida comprendí. Aquel planeta Tierra había sido elegido por el Sumo Hacedor para realizar sus grandes designios. Ese Niño recién nacido sería el destino del mundo, y yo, una humilde estrella, una ínfima partícula de este Todo Inmenso, había sido testigo del acontecimiento más grande jamás ocurrido.”

“Entonces, henchido de gozo, también canté con aquellas criaturas bienaventuradas y de buena voluntad un GLORIA A DIOS”.

Desperté de mi sueño. Tenía conectada la radio que emitía en aquellos momentos el magnífico Gloria de Saint-Saëns: GLORIA IN ALTISSIMIS DEO.

La teoría de Freud quedaba confirmada. Al escuchar mientras dormía aquel inmenso Gloria, esos estímulos sensoriales externos hicieron que viviera por unos brevísimos momentos la Navidad del Cometa Halley.

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CUENTOS Y RELATOS NOVIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Cuentos-y-relatos

“Aquí, la imaginación escribe con luz.”


COLABORADORES DE ESTA EDICIÓN

  • Miriam Alberganti – Argentina
  • Magi Balsells – España
  • María Elena Camba – Argentina
  • Judith Cartagena Espina – Colombia
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  • Sandra Romeo – Argentina
  • María Sánchez Fernández – España

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¡ GRACIAS !

Miriam Alberganti – Argentina

A veces me sorprende cómo hay personas que aún se acuerdan de mí.  Con algunos hace ya decenas de años que no me veo, y con otros no tanto;  pero con cada uno de ellos he compartido experiencias de vida que, en su momento,  
lo único que hicieron fue crear historia y recuerdos.  

A veces rememoro viejas situaciones donde prevaleció el abrazo,  la contención, la palabra en el instante justo, la presencia,  el compartir, los detalles, las lágrimas derramadas  y hasta esa risa que me hacía doler la cara.  

Muchas veces fui yo quien dejó un recuerdo en el otro,  pero muchas más fueron ellos quienes dejaron huellas de amor en mí.  ¿Cómo no agradecer a la vida por haberme cruzado con personas tan lindas?  

Hoy también me rodean seres luminosos que acarician mi alma solo con su presencia,  y que siguen siendo parte de mi historia.  
Gracias, gracias a aquellos y a estos por hacer mi vida más hermosa.  Es más lo que recibí que lo que di.  

Les aseguro que todos esos momentos están guardados en mi cofre de tesoros,  que llevo y llevaré siempre en mi corazón.  
Gracias a todos los que, de una manera u otra, me recuerdan e hicieron que mi cumpleaños fuese una maravillosa experiencia personal.  

CAMINO Y MOCHILA

Magi Balsells – España

Mochila al hombro, inicio mi camino sin rumbo, sin ningún plan establecido, solo buscando la libertad de andar por donde quiera y el tiempo que quiera, sin prisas, recreándome en los diferentes paisajes que van apareciendo delante de mis ojos, viviendo las experiencias de las pocas personas que encuentre en mi caminar, ya que mis caminos serán siempre por las más agrestes y solitarias montañas, ya que no intento establecer ningún vínculo con mis congéneres. Durmiendo bajo el amparo de las estrellas —ellas nunca me engañarán—, comiendo lo que la naturaleza me ofrezca: será poco o mucho, pero siempre será más sano que cualquier comida de la ciudad. Poder contemplar el firmamento en las noches claras, donde las estrellas son la luz que me ilumina con sus guiños constantes; ver la luna en todo su esplendor y belleza, y dejar que mi imaginación vuele mientras mi mente elabora pensamientos puros. Buscar un rincón para aposentarme y poder dormir en mi saco, sin sufrir las inclemencias de la fría noche. Despertar junto a un arroyo, donde el agua cristalina me servirá para mi aseo y calmará mi sed matutina, y donde los pájaros, con su trinar que saluda al nuevo día, son música celestial que ningún coro puede igualar. Ello me servirá para poder retomar este camino sin objetivo, solo el de la libertad personal.

Respirar las fragancias matutinas, con ese perfume tan especial que se nota entre las hierbas; la pureza del aire que embriaga mis sentidos, bálsamo para mis pulmones, motor de mi cuerpo. Es la maravilla de la naturaleza, de la que con gran placer disfruto gratuitamente.

Encontraré animales del bosque que, ante mi presencia, huirán, ya que para ellos soy, de momento, un enemigo que solo busca sus vidas. Esto es lo que han aprendido estos seres tan indefensos, aunque ellos, dentro de su ignorancia, no saben que no todos los humanos, por suerte, somos iguales.

REFLEXIONES NAVIDEÑAS

María Elena Camba – Argentina

El bar era uno de esos típicos de Palermo, repleto a esa hora. Pablo y Juan intentaban escucharse, elevando la voz por sobre la música, que estaba bastante fuerte. Faltaba poco para la llegada de las fiestas. Estaban sentados junto al ventanal y veían pasar la gente, apurada, cargando regalos, intentando llegar a sus casas antes de que anocheciera.
La mirada de Juan se perdía en un horizonte imaginario mientras revolvía su taza de café, hasta que, de golpe, Pablo lo escuchó decir:

  • Cuando yo era chico, Papa Noel ni figuraba, no existía-.
  • Parecía que pensaba en voz alta.
  • Es cierto – le contestó Pablo-. Era el Niño Dios el de los regalos.
  • Sí, siempre de chicos hacíamos el pesebre con el Niñito Dios y los Reyes
    Magos
  • Esto de Papa Noel- agregó indignado- lo importaron de otros países para vendernos cosas.
  • Me acuerdo de que en casa armábamos el pesebre, empezábamos como diez días antes. ¡Cuántos recuerdos! – dijo Pablo con nostalgia.
  • Nosotros teníamos chimenea. Y recogíamos del jardín hojas, ramas de pino, hasta piñas para poner alrededor. Mi mamá forraba las paredes del hogar con papel metalizado. Era toda una ceremonia.
  • Vos eras un afortunado que tenías casa con jardín. Nuestro departamento era chiquito, pero en el living había una araña de bronce redonda. La cubríamos con unas boas verdes y colgábamos estrellitas. Y en la mesa del comedor hacíamos la ciudad de Belén con el pesebre en el medio.
  • Todo eso se acabó, inclusive ahora los chicos ni saben la historia de Jesús. Lo que les interesa son los regalos y ver a Papá Noel. Mi hijo mayor se disfraza y tira los regalos desde la terraza, con el clásico JO JO, para que no lo
    reconozcan mis nietos.
  • En lo de mi hija directamente no hay pesebre, sólo el arbolito con sus luces de colores. Ellos no creen en nada, son ateos, pero bien que arman su arbolito.
  • ¡Los tiempos cambiaron tanto! ¿Quién va a la iglesia ahora?
  • Cierto, me hacés acordar cuando en Nochebuena íbamos a misa de gallo y recién después de salir de la iglesia volvíamos a cenar y poníamos el niñito Jesús en el pesebre, porque ya había nacido.
  • Ahora todo es material, todo comercio, para eso sirven las fiestas.
  • Sí, todo consumismo ¿Qué tiene que ver con nosotros y nuestras costumbres
    Papa Noel? Vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida. Y en un trineo tirado por renos…
  • Ja, ja, cierto. ¿Alguna vez viste en Argentina un reno? Ni siquiera en el sur, que hace frío y nieva encontrás un reno.
  • Tantas fiestas que nos meten y no son nuestras… Desde hace unos años incorporamos una nueva, Halloween, la festejamos como tarados… todos los negocios se adornan con telarañas, brujas, murciélagos…
  • Tal cual y el día de la Tradición, en cambio, casi no se festeja. Somos el mundo al revés. ¡Qué país! Por todos lados empiezan a vender esas calabazas para que los chiquitos se las pongan en la cabeza y las casas de disfraces se llenan
    de plata. Una locura.
  • Después nos peleamos con los uruguayos sobre quién inventó el mate y el dulce de leche, pero de fiestas nuestras…. Nada.
    En la mesa de al lado un matrimonio ruso conversaba tranquilamente. Cada tanto los miraban y se sonreían. Quizás les llamaba la atención cómo gesticulaban, aunque no comprendieran del todo la conversación. O quizás sí entendían. Había tantos rusos últimamente en Buenos Aires. Juan, que los tenía enfrente y los miraba de a ratos. agregó en un tono irónico:
  • Ahora empezaron con la Pachamama, un poco tarde se acordaron. Igual es un esnobismo porque los que ponen recordatorios en Facebook o en Instagram son hippies con Osde. A lo mejor, si tenemos suerte, llegamos a celebrar
    alguna fiesta indígena, reverenciar al Dios de la Lluvia, bailar desnudos bajo la luz de la luna, todo puede suceder.
  • Tenés razón, Juan- respondió Pablo. Y hablando de esnobismo, amigo, no vengamos más a esta cafetería. Hoy le pedí un café con leche al mozo y me dijo que aquí servían solo Flat White…
  • ¡Impresentable! Y encima nos pregunta ¿Qué quieren chicos? Yo no soy ningún chico, soy un señor mayor- y golpeando la mesa agregó – Rajemos de acá Pablo, acabo de pagar la cuenta.

  • Se perdieron por las calles del barrio, donde los talleres mecánicos habían devenido en negocios de diseño, donde las viejas casas se demolían cada vez con mayor velocidad, donde costaba contemplar el cielo, oculto por altos edificios. Ya no había casi vestigios del viejo Palermo que recordaban. Sólo persistía el aroma de los tilos y la alfombra celeste de las flores de jacarandá que cubría las veredas.
    Y ellos continuaban, a su modo, resistiendo.

Y….ME VOLVÍ A CASAR

Judith Cartagena Espina – Colombia

A los 61 años, me volví a casar con mi primer amor: Pero en nuestra noche de bodas, al desnudarla, me impactó y me dolió profundamente lo que vi.

Me llamo Rajiv y tengo 61 años.

Mi primera esposa falleció hace ocho años, tras una larga enfermedad. Desde entonces, he vivido solo, en silencio. Mis hijos ya están casados, cada uno ocupado con su vida. Una vez al mes vienen a visitarme, me dejan dinero y medicinas… y se van rápido.

No los culpo. Tienen sus propias responsabilidades, y lo entiendo.

Pero en las noches de tormenta, cuando la lluvia golpea el techo de hojalata y el viento se cuela por las grietas, me siento insoportablemente pequeño… y solo.

El año pasado, navegando por Facebook, me topé con Meena, mi primer amor del instituto.

La adoraba por aquel entonces. Tenía el pelo largo y suelto, unos profundos ojos negros y una sonrisa tan radiante que podía iluminar toda la clase. Pero justo cuando me preparaba para el examen de admisión a la universidad, su familia concertó su matrimonio con un hombre diez años mayor, del sur de la India.

Después de eso, perdimos el contacto.

Cuarenta años después, el destino volvió a cruzarse en nuestros caminos.

Ella también enviudó; su marido había fallecido cinco años antes. Vivía con su hijo menor, pero él trabajaba en otra ciudad y rara vez volvía a casa.

Al principio, intercambiamos saludos sencillos.

Luego vinieron las llamadas.

Luego el café por las tardes.

Y sin darme cuenta, iba en mi vieja moto a su casa cada pocos días, llevándole una cesta de fruta, algunos dulces y analgésicos.

Un día, medio en broma, le dije:

— «¿Y si… dos almas viejas como nosotras nos casáramos? ¿No aliviaría eso la soledad?»

Para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Entré en pánico y le dije rápidamente que solo era una broma, pero ella sonrió suavemente y asintió con suavidad.

Y así, a los 61 años, me volví a casar con mi primer amor.

El día de nuestra boda, yo vestía un sherwani marrón oscuro.

Ella llevaba un sencillo sari de seda color crema.

Llevaba el pelo recogido con cuidado, adornado con un pequeño broche de perla.

Vinieron amigos y vecinos a celebrar.

Todos decían: «¡Parecen jóvenes enamorados otra vez!».

Y, sinceramente, así me sentí.

Esa noche, después de recoger los restos del banquete, ya eran más de las diez.

Le preparé un vaso de leche caliente y salí a cerrar la puerta con llave y apagar las luces del porche.

Nuestra noche de bodas, algo que nunca pensé que volvería a vivir a mi edad, por fin había llegado.

Entré en la habitación. Ella estaba sentada en la cama, esperando con una tímida sonrisa.

Me acerqué.

Con manos temblorosas, le quité suavemente la blusa…

Y entonces me quedé paralizado.

Su espalda, sus hombros, sus brazos estaban cubiertos de marcas oscuras. Viejas cicatrices, profundas y entrecruzadas como un mapa del sufrimiento.

Sentí que se me rompía el corazón.

Se cubrió rápidamente con una manta, con los ojos abiertos de miedo.

Temblé al preguntar:

— “Meena… ¿qué te pasó?”

Se dio la vuelta, con la voz quebrada:

— “En aquellos años… tenía un carácter terrible. Gritaba… me pegaba… Nunca se lo conté a nadie…”

Me senté a su lado, desconsolada, con lágrimas en los ojos.

Todos esos años, había vivido en silencio, con miedo, con vergüenza, sin decírselo a nadie.

Tomé su mano y la puse suavemente contra mi pecho.

— “Se acabó. A partir de hoy, nadie volverá a hacerte daño. Nadie tiene derecho a hacerte sufrir… excepto yo, pero solo por amarte demasiado”.

Rompió a llorar, un llanto suave y tembloroso que resonó por la habitación. La abracé con ternura. Su espalda era frágil, sus huesos ligeramente prominentes: esta pequeña mujer que había soportado tanto, durante tantos años.

Nuestra noche de bodas no fue como la de las parejas jóvenes.

Nos acostamos una junto a la otra en silencio, escuchando los grillos afuera, el viento susurrando entre los árboles.

Le acaricié el pelo. La besé en la frente.

Me rozó la mejilla y susurró:

— «Gracias. Gracias por mostrarme que todavía hay alguien en este mundo que se preocupa por mí».

Sonreí.

A los 61 años, por fin entendí:

La felicidad no está en la riqueza ni en las pasiones salvajes de la juventud.

Está en tener una mano que me sostenga, un hombro en el que apoyarme y alguien que se quede toda la noche… solo para escuchar tu corazón latir.

Mañana llegará.

¿Quién sabe cuántos días me quedan?

Pero una cosa está clara:

Por el resto de su vida, compensaré todo lo que perdió.

La cuidaré. La protegeré. Para que nunca más tenga miedo.

Porque para mí, esta noche de bodas —después de medio siglo de añoranza, oportunidades perdidas y una espera interminable—

es el regalo más grande que la vida me ha dado.

CUANDO QUISE SER MARADONA

Carlos González Saavedra – Argentina

A las ocho de la mañana de aquel primero de enero, había llegado el día. Después de esperar siete años, al fin comenzaban las vacaciones.
Había elegido un destino tranquilo, lejos de todo bullicio, al menos durante los primeros días.
También había decidido con quién ir: no quería una compañera que estuviera diciéndome lo que debía hacer o no.

Conocía Merlo, en San Luis, pero no la ciudad misma, sino sus alrededores.
Los Molles, precisamente, donde también se mantiene el microclima.
En esa zona, suspendidas en el aire por efecto del viento, hay partículas subatómicas llamadas iones negativos, un elemento imprescindible para combatir el estrés.
Nos quedaríamos diez días.

El dueño ofrecía un pequeño departamento contiguo a su casa, dentro de lo que él mismo describía como un paraíso.
Guillermo era una persona muy agradable y amable en el trato. No había exagerado nada de lo que prometió, al contrario.
Era su casa familiar, donde vivía con su esposa y dos de sus hijos, ya que la tercera estudiaba en Córdoba. Su esposa, cariñosa y muy atenta.
Había transformado un antiguo garaje en un coqueto departamento rodeado de aire puro y naturaleza.

Tenía comedor diario con cocina incluida, un pasillo que conducía a la galería acristalada donde los pájaros, confundidos por la transparencia, a veces chocaban.
Por allí se llegaba al dormitorio, confortable, amplio y limpio. El baño, para mi gusto pequeño, pero suficiente.
Todo rodeado de mil quinientos árboles, con riego por goteo ideado por Guillermo.
Un gallinero bien cuidado, con aves de la zona, a unos 150 metros. Parrilla y hasta horno de barro para cocinar unas empanadas o pizzas. Todo, al pie del Cerro de los Comechingones.
Ah, y un gran estanque para almacenar el agua que bajaba del cerro, con una bomba que funcionaba de vez en cuando. Prácticamente no hacía falta, pues el agua de las vertientes cumplía su cometido.

Diez días plenos de sol, naturaleza y bienestar.
Los primeros cuatro, por efecto del microclima, dormíamos profundamente, además de una siesta de tres horas.
La rutina era desayuno, charla, café o mate, almuerzo, siesta, alguna broma si surgía, té o mate, cena y otra vez descanso.
Mirar un cielo estrellado, lejos de las luces de la ciudad, era francamente un sueño.

Completamente descansados después de esos cuatro días, uno quiere hacer de todo: salir, escalar, rapel, pasear, viajar, conocer. La energía y vitalidad eran envidiables.
Eso hicimos hasta que, faltando tres días para irnos, Guillermo preguntó:
—Carlos, ¿te bañaste en el estanque?
—No, ni me acerqué.
—A la hora de la siesta toma el sol en el estanque. Solo escucharás el canto de los pájaros en un silencio increíble y el agua de vertiente que se mantiene fresca.

Nunca fui muy aficionado a las piscinas, pero ante su insistencia acepté.
—¿Sabes nadar? —preguntó. Igual el agua apenas llega a la cintura, aclaró.
—Me voy a Buenos Aires pero vuelvo en tres días. No quiero regresar y enterarme de que no te metiste —comentó en tono de broma.
—Aquí tienes una colchoneta inflable, la dejo preparada por si quieres disfrutar. Hasta el sábado —se despidió.

Confieso que no me atraía demasiado el plan, pero tampoco era descabellado.
Al día siguiente, después de almorzar, observando el estanque pensé: ¿por qué no?
Carmen prefirió dormir.

De pronto una imagen llenó mi mente: Maradona en Cuba, con un habano y acompañado de dos jóvenes.
Toda esa escena me impulsó a imitarlo. Aunque no había señoritas, sino una señora de mi edad que dormía profundamente, nada me privó del intento de ser, por un rato, Maradona.

Puse la colchoneta inflable en el estanque y vi cómo se deslizaba suavemente. Sol radiante, agua fresca, temperatura ideal.
Guillermo me había dicho:
—¿Sabes cómo usar la colchoneta? Se trepa desde atrás, lentamente, hasta que estés acostado en ella. Después, con cuidado, te das vuelta y te acomodas.
—Sí, claro —respondí como si lo hubiera hecho muchas veces.

Mi primer intento fue un fracaso: al intentar trepar, la colchoneta se dio vuelta y terminé en un chapuzón en medio del estanque, mientras Carmen se reía a carcajadas.
El segundo intento lo planeé mejor: la traje al borde, me puse en cuclillas sobre las piedras, la sujeté con la mano izquierda y me lancé como un delfín. Tampoco lo logré: la colchoneta apareció fuera del estanque. Hasta hoy no sé cómo ocurrió.

—No me vas a vencer —me dije.
Pensé: si Diego lo hizo, que está más gordo que yo, ¿por qué yo no?

Tercer intento. Me senté en el borde con los pies en el agua, fingiendo calma. Abracé la colchoneta y me deslicé suavemente sobre ella. Terminé en el fondo del estanque, mientras la colchoneta flotaba espléndida como si nada.
Mi perseverancia fue mayor aún: intenté vencerla una y otra vez, sin éxito.

Casi resignado, me vino otro pensamiento que me ayudó a salir de la frustración: ¿y si a Diego lo ayudaron? ¿Y si había alguien sosteniéndolo bajo el agua? ¿Y si las chicas eran un fotomontaje? Solo el habano sería cierto, por la publicidad.

Desistí. Me quedó como tarea pendiente. En casa no tengo estanque, así que sabe Dios cuándo aprenderé.

Al último día volvió Guillermo. La pregunta era obvia y la respuesta también:
—Carlos, ¿todo bien en el estanque? ¿Probaste la colchoneta?
—Fantástico, una tarde espectacular. Disfruté muchísimo, parecía Maradona en Cuba.
—Que estés bien y buen viaje. Vuelvan pronto.
—Gracias, Guillermo. Hasta la próxima.

LA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ

Elspeth Gormley – España

En un desván polvoriento de una casa antigua, Clara encontró una caja de madera con el nombre de su abuelo grabado en la tapa. Dentro, cuidadosamente dobladas, había decenas de cartas amarillentas, todas dirigidas a la misma persona: Madre. Ninguna tenía sello ni marcas de correo. Eran cartas que nunca habían salido de aquella habitación.

Clara comenzó a leer. La primera hablaba de un joven que, en la posguerra, buscaba consuelo en la escritura. “Madre, hoy la ciudad parece un fantasma. Camino entre ruinas y pienso en tu voz, que me sostiene.” Cada carta era un fragmento de vida: la espera de un trabajo, la ilusión de un amor, el miedo a la represión. El abuelo había escrito como quien conversa con alguien que ya no está, como quien se aferra a la palabra para no desaparecer.

Las cartas se sucedían como estaciones de un viaje íntimo. En una, describía cómo se reunía con amigos en un café clandestino, leyendo poemas prohibidos. En otra, confesaba que había aprendido a sembrar tomates en un huerto improvisado, porque “la tierra es la única que no traiciona”. Clara descubrió que su abuelo había sido un hombre de resistencia silenciosa, que transformaba la soledad en memoria escrita.

Pero lo más sorprendente llegó al final: una carta sin fecha, escrita con una caligrafía temblorosa. “Madre, si alguna vez alguien encuentra estas palabras, sabrá que no fueron para ti solamente. Fueron para todos los que no pudieron hablar, para los que callaron por miedo. Que estas cartas sean testimonio de que seguimos vivos en la palabra.” Clara comprendió entonces que su abuelo nunca quiso enviar aquellas cartas: eran un legado, un archivo secreto de dignidad.

Conmovida, decidió publicar algunas en un pequeño blog literario. Al hacerlo, comenzaron a llegar mensajes de desconocidos que decían haber sentido lo mismo en sus propias familias: cartas escondidas, diarios ocultos, voces que nunca llegaron a destino. La historia de su abuelo se convirtió en un espejo colectivo.

Clara cerró la caja y la guardó de nuevo en el desván, pero ya no era un objeto olvidado. Era un faro. Cada vez que escribía, sentía que alguien la acompañaba desde esas páginas amarillentas. Y comprendió que, aunque las cartas nunca llegaron a su madre, habían llegado a ella, y a todos los que aún buscan en la palabra un refugio contra el silencio.

PUBS

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

El Liverpool se encontraba repleto.
Era la “hora pico” diría un viejo cliente del lugar. Pero tenía razón.
Invierno, viernes siete y media de la noche, pleno centro de la Capital… el bar estaba lleno de gente joven que había terminado su jornada semanal y era “la previa” para la salida nocturna.

Eli trataba de llegar a las mesas con la bandeja en una mano, llena de jarros de cerveza.
No le resultaba fácil, y menos cuando el estúpido de la gorra roja la hizo tropezar.
A duras penas consiguió enderezar el cuerpo y sortear el obstáculo. La mirada fría, intimidó a Jorge, que sacándose la gorra pidió disculpas que, por supuesto, no fueron escuchadas. Eli ya estaba en otra parte.
Un brazo pasó por el cuello de Jorge sacudiéndolo un poco y cuando se dio vuelta, encontró a Soledad mirándolo divertida. Se había percatado de lo que había pasado e intentaba reconfortarlo.

A cuatro metros de distancia, Isabella, en plan de conquista, hablaba con su jefe del gabinete de abogados.
Hacía dos meses le había echado el ojo y hoy sería el día especial, lo presentía. Por segunda vez estaban juntos en un pub y las miradas de su compañero hacia su anatomía delantera eran cada vez más frecuentes. Es que el saco abierto y la camisa desprendida hasta el segundo botón, dejaban entrever sus encantos.

En la barra, Juan bebía despaciosamente su whisky.
Hizo crujir los tres cubos de hielo en su interior al sacudir el vaso, mientras por el espejo observaba a la morocha que de espaldas le sonreía a veces, cuando sus dos acompañantes la dejaban. Si lo volvía a mirar, encaraba, total el no ya lo tenía. Iba por el sí.

Damián, detrás de la caja, sonreía para sus adentros.
Sabía con certeza que abrir el local había sido un verdadero acierto. Era lo que le había dicho a su socio en la conversación mantenida un año atrás. El tiempo había confirmado su presentimiento.

Entre el gentío que abarrotaba el lugar, nadie vio al joven de campera negra y jeans, que desde el fondo de la barra se fue alejando despacio hacia la puerta de salida.
Nadie se dio cuenta que el joven había entrado con una mochila y ahora se iba sin ella.
Nadie observó el bulto oscuro que quedaba bien apretado entre el apoya pie y la barra.
Esa noche de diversión y alegría, donde las emociones y los sentimientos se encontraban a flor de piel, nadie advirtió nada.

Una semana después los grandes titulares todavía estaban hablando de la explosión de una bomba en un pub, en pleno centro de la capital, con un saldo de 30 víctimas mortales y 40 heridos, algunos de consideración; por lo que se pensaba que las muertes ascenderían. Ninguna organización reclamó el hecho. Realmente los inspectores de policía y fuerzas especiales a cargo, todavía no tenían una base sólida en la investigación.

La puerta del viejo Bar “El antiguo”, en la zona de Recoleta, se abrió ese viernes a la tarde-noche, dos meses después.
Un joven de campera negra y jean, con una mochila al hombro se dirigió hacia el fondo de la barra.

EL MANUSCRITO

Sandra Romeo – Argentina

¿Qué es un acto humano si no una ilusión
cuando dos interpretaciones distintas
son igualmente válidas?
Lawrence Durrell. Escritor británico

El sol cae a pico sobre las piedras de los acantilados como si todas las horas transcurrieran en un mediodía eterno.
Durante los atardeceres violentos las tonalidades varían del rojo al ocre, del amarillo al ciruela sin compasión, rápidamente.
Sin transición la noche acalorada se desmorona sobre la tierra.
Olvido en este clima.
Hice todo lo que pude por acercarme a los hechos. Traté de rescatarlos para que ocuparan su sitio en el drama que nos tocó vivir.
Sin embargo…
—Pienso en usted con el debido rencor.
»Alejado de todos, poniendo nuestros actos y palabras bajo la lupa de su soberbia creerá, en un momento, haber llegado a la verdad. ¡¡Gran error , amigo mío!!
»Nosotros, todos y cada uno, podríamos darle versiones distintas sobre lo que sucedió y sobre usted mismo. Todas verdaderas.
Estas palabras me había escrito Demetrio a poco de instalarme aquí.
Lo único que pude hacer fue enviarle mi manuscrito así como estaba, sin corregir y, quién sabe, sin ninguna verdad.
La lancha correo de esa semana depositó en mis manos un sobre de papel marrón.
A l frente sólo mi nombre; ni dirección ni apellido. En el reverso, la letra desmañada y torpe de Demetrio asaltó mi alma.
Atadas con una cinta violeta cayeron las hojas de mis escritos, corregidas aquí y allá con trazos rojos. Gruesos…
Deslizándome entre sus frases comprendí que no habría olvido posible. Entre mis manos comenzaban a desperezarse los recuerdos.
Ahí estaban todos otra vez.
Los esquivados hábilmente por mi memoria selectiva; los vivos aún, los muertos ya.
Los hechos contundentes se erguían desde esas hojas tomando la dimensión y la altura que yo les había negado y que Demetrio recuperaba.
¿Para quién?
Insistía sobre mi inocencia en aquellas páginas en las que yo me culpaba por abandono, desamor, engaño y desidia.
Me quitaba importancia en donde yo afirmaba haber sido ungido por ella:

—Nada más lejos de la realidad, amigo mío, Norah se volcaba a usted para desviar a su marido del verdadero amante.
¡Pensar que el recuerdo de haber sido elegido me sostuvo desde entonces! Por favor
Demetrio, déjeme solo con mi memoria perdida, en este lugar alejado de verdades.
Pero es inútil.
En un punto sí estaba de acuerdo conmigo.
Cuando yo me nombro portador de desgracias. Por mis burdos engaños el dolor anidó en Aniela y luego partieron juntos.
—Sí, las mentiras la desintegraron, minaron su salud ya quebrada. Ambos lo sabíamos.
Juntos velamos noches enteras su tos y su fiebre, antes o después de que usted llegara de sus incursiones infieles en aquella ciudad espuria. Esos grandes ojos oscuros lo seguían por toda la habitación sin perderse un detalle de sus comedias domésticas de marido abnegado. Ya ve usted, querido amigo, hay certezas clavadas en la memoria.
¡La implacable lucidez de Demetrio!
Los comentarios en rojo comienzan a marcarme a fuego.
Ciertamente, hay muchas cosas que desconozco.
Lo que no ignoro es el peso de su muerte. Casi una pluma en mis brazos hacia el hospital; plomo fundido en mis manos el resto de mis días.
Lo que sé es cómo me siguen ese par de grandes ojos negros por todos mis caminos.
A veces pienso si me cuidan o si sólo esperan el momento de pedirme explicaciones.
Los ojos de Aniela…
Han pasado las horas agobiantes del día. El atardecer rabioso se debate en brazos de la noche cuando Lucio me acerca el farol y con su mutismo de siglos me indica que se retira.
El alba se anuncia con un aire cristalino y su primera luz ilumina otra verdad: yo sostengo que Norah me amó.
Él afirma que sólo fui para ella una fachada pobre y delirante; una broma absurda mi figura a su lado, una pieza más en el macabro juego de su vida.
—Ya lo ve amigo mío, las mujeres que nos han amado o no, han partido ya. Unas vivas, otras muertas.
»Aniela, Norah…
»Ante tales acontecimientos implacables de nuestras vidas, yo no podía dejar que usted siguiera sin comprender la esencia de sus caracteres; solamente eso me indujo a enviarle nuevamente su manuscrito, (quizá ahora un poco mío también).
»No sé si quiera tomar en cuenta estas verdades indiferenciadas, pero con ellas y las suyas quizá comprenda la pequeña exacta medida de los sufrimientos ajenos.
»O su inacabable magnitud…
»Con el afecto de siempre, Demetrio.
El lápiz rojo comienza a diluirse.

Deja manchones sanguinolentos en las hojas ventosas arremolinadas en la orilla del agua.
Los primeros rayos del sol apagan la luz del farol agotado.
Rebotan en la madera vencida de una silla vacía

LA NAVIDAD DE HALLEY

María Sánchez Fernández – España

Hace algún tiempo vino a caer en mis manos la famosa obra de Sigmund Freud “La interpretación de los sueños”. Comencé a leerla y quedé tan fascinada que en un par de días ya la había concluido.

Es fabuloso poder comprobar cómo nuestra mente, al sentirse libre de control mientras dormimos, divaga y se nos escapa por los caminos más inverosímiles. Vivimos nuestro mundo cotidiano, por ejemplo de mil cabriolas que nos zarandean caprichosamente.


Una noche de invierno, próxima a la Navidad, salí a la terraza de mi casa para tirar un poco de basura. El cielo estaba tan claro que me fijé en las estrellas. Me quedé un rato observándolas, pensando en lo pequeñas que somos en comparación con el universo. Me pregunté si habría vida en otros planetas, si alguien nos estaría observando. Alguna de las estrellas parecía moverse.

Regresé a mi habitación, me metí en la cama y conecté la radio para buscar un programa informativo. Al momento me quedé dormida.

Mi mente empezó a trabajar rápida, libre, sin cadenas, y soñé.

Soñé con un mundo fantástico llamado “Cosmos”. Yo era una estrella fugaz que cruzaba el cosmos por aquel espacio inmenso sin principio ni fin. Miles de cuerpos con grandes masas vagaban por el universo. Me desplacé por el espacio como una estrella fugaz, sin rumbo fijo, sin destino, sin tiempo, sin espacio. Todo era negro, sin color, sin sonido.

Me sentía liberada, etérea, y corría y corría sin dirección. De repente, vi una estrella que brillaba más que las demás. Me acerqué a ella y observé que en su interior se estaba formando una gran nube de brillante materia.

Una multitud de estrellas de todas las clases y condiciones rodeaban curiosas y admiradas a otra de mayor tamaño y belleza. Era hermosa, rutilante, vestida de suave gasa blanca; con su lenta traslación, se movía como bailarina en su danza de las esferas. Era tan bella que una vista de estrella menor quiso poseerla y se le acercó.

La estrella mayor, al notar la presencia de la menor, giró sobre su eje y la había también parte. Usaba una suave música que la envolvía toda. Era como una brisa que se deslizaba por su cuerpo. La estrella menor se acercó más y más, y cuando estuvo muy cerca, giró también sobre su eje y se unió a la danza. Ambas giraban y giraban, envueltas en la música, y se fueron alejando del lugar donde estaban. La música se fue apagando y la danza se hizo más lenta. Finalmente, se detuvieron y se quedaron juntas, muy juntas, en un rincón del universo.

La reina de la fiesta pidió la palabra y participó en aquella velada contando una hermosa historia, llena de fragancia purísima, inundada toda de luz, de amor y de paz. A mí personalmente escuchamos con la mayor atención:

«Mi relato es corto en el tiempo, pero su contenido en esencia es largo y se ha ido transmitiendo de generación en generación a lo largo de los siglos:

«Acababa de nacer uno de los soles mayores del universo, llegó muy cerca de una estrella menor. Curiosa me acerqué a él y me detuve. Era azul y muy bello. Formaba parte de un grupo de nueve que giran…

Alrededor del sol

Alrededor de un astro muy poderoso llamado Sol. Me aproximé cuanto pude y observé que en él se movían masas enormes de múltiples especies. Se veían grandes llamas que se alzaban como si fueran grandes edificios encendidos. Las masas que se movían en el Sol eran tan grandes que no alcanzaba a dimensionarlas. Las llamas que se levantaban y caían eran tan grandes que los edificios más altos del mundo quedaban pequeños. Las llamas las dominaban a las demás con su brillantez.

Seguí mi camino, pero sentí que una fuerza poderosa me atraía en mi viaje extraordinario. El Sol, la Tierra, para recrearme en ella y observar a sus criaturas.

En una ocasión pude ver que en una pequeña aldea ocurría algo extraordinario. El Sol ya no iluminaba y estaba oscuro. Solamente mi luz la hacía visible. Gozo y emoción se apoderaron de mí. Me acerqué más y observé que en una humilde casa había un niño. Observé que en un reducido espacio en la parte inferior de la casa se encontraba un pesebre. En él estaba un niño recién nacido. Su madre lo sostenía en sus brazos y lo arrullaba. El niño era hermoso, su rostro resplandecía. Era el Niño más hermoso que había visto.

Todos, al llegar, se postraron ante Él en señal de adoración.


Una extraña visita

Más tarde vino una gran comitiva de personas importantes vestidas de elegantes ropas que buscaban la cabaña señalada por una estrella brillante. Hablaban de cálculos astronómicos de sus cabalgaduras y se postraron ante el Niño.

Los pastores se preguntaban maravillados: ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era aquel pequeño que acababa de nacer? ¿Y qué todos adoraban como si fuera el mismo Dios?

Y en ese cielo estrellado, brillaron como un sol los ángeles de los cielos, y enmudecidos los humanos escucharon un mensaje de paz y amor que resonó en el firmamento:

¡GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD!

La estrella enmudeció y quedó por unos instantes absorbida por después proseguir.

Seguidamente comprendió. Aquel planeta Tierra había sido escogido por el Señor hacedor para realizar sus grandes designios. Ese Niño recién nacido era el enviado de Dios, su hijo, una humilde estrella, un cometa que se convirtió en testigo mudo y privilegiado del acontecimiento más grande jamás ocurrido.


Entonces, henchida de gozo, también canté con agua las cristianas bienaventuranzas y de buena voluntad dije: GLORIA A DIOS.

Después me dormí. Tenía conciencia de la radio que emitía un espléndido canto de Navidad, el clásico de Saint-Saëns, GLORIA IN ALTISSIMIS DEO.

La teoría de Freud quedaba confirmada. Al escuchar música de Navidad, la buena Gloria, excitada de estímulos sensoriales excesivos, había soñado, en unos brevísimos momentos, que vivía, por unos brevísimos momentos, la Navidad del Cometa Halley.

CUENTOS Y RELATOS «LA LEALTAD» NOVIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Lealtad-relatos

“Donde el silencio abriga, la lealtad florece.”

Colaboran en esta sección:

Carlos González Saavedra – Argentina

Elspeth Gormley – España

Andrea Kiperman – Argentina

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LEALTAD

Carlos González Saavedra – Argentina

Uno camina por la vida apresurado, sin detenerse en las cosas simples que hemos aprendido. Aquellas que nos han formado. Valores que, por el vértigo con que vivimos, parecemos olvidar. No soy la excepción.

Trabajaba todos los días y, en los tiempos libres, iba al gimnasio; otros días, a meditación; los que quedaban, al teatro. No paraba.

Vivo solo, y mi única compañía era Rambo, un ovejero que me habían regalado cuando tenía siete años. Sus anteriores dueños eran mayores, vivían en un departamento y ya no podían con su fuerza.

Caminábamos juntos por las mañanas. Me sentaba a tomar mi cafecito en el bar de la esquina, siempre con él a mi lado.

Rambo era feliz paseando con mis nietos. Lo había acostumbrado a caminar sin correa. Libre.

Recuerdo una noche de festejo en una de las reuniones. Terminó bastante tarde; después fuimos a comer pizza y seguimos la charla. Me acordé de Rambo a las dos de la madrugada. Llegué lo más rápido que pude. Estaba sentado, cuidando la casa detrás del portón de hierro. Erguido, elegante y con la mirada alerta.

Me sentí cuidado, acompañado. Al abrir, su alegría fue tal que se quedó dentro de casa para siempre. Estaba educado para no ensuciar.

Así pasaron otros siete años, plenos de cariño y compañía. Era un amigo leal.

Empezó a enfermarse de viejo, y viví muy dolorosamente su despedida, por el dolor de su bendita cadera.

Ya en sus últimas horas, tirado en el living junto al hogar, no daba más. Me resistía a darle una inyección, aunque ya había hablado con una veterinaria.

Tenía un compromiso impostergable por trabajo. Debía ausentarme, pero volvería en una hora. No sabía qué hacer. No podía dejarlo. No tenía opción.

Entonces decidí hablarle como a un amigo. Le dije: “¡Rambo! Ya me cuidaste mucho. Vuelvo en una hora. Descansa tranquilo”. Lo acaricié. Con lágrimas en los ojos, sentí que esa fue mi despedida.

Llamé a mi hija, que vivía cerca, y me fui. A la media hora me avisó que, al entrar, lo encontró muerto.

Si bien sabía lo que ocurriría, no dejé de sentir una desazón, un vacío enorme en mi corazón.

Llorando, lo enterré en el jardín. Sentí, por mucho tiempo, que no había sido tan leal como él. Después, con los años, entendí que debía ser así.

Tuve tres ovejeros que me han acompañado. Amo esa raza. Mayka, Indio y Rambo: todos me dejaron una enseñanza enorme.

Rambo fue el que más lealtad me mostró. El que, con su silencio, me habló siempre. Y así nos entendimos.

Rambo se fue en silencio, pero me habló más que nadie.

Separador-dorado

LA FUERZA INVISIBLE DE LA LEALTAD

Elspeth Gormley – España

La lealtad no se impone: se elige. Es un acto consciente, una decisión que nos mantiene fieles a una persona, a una causa o a unos principios, incluso cuando el camino se vuelve difícil.
En tiempos dominados por la prisa y el interés propio, la lealtad se convierte en resistencia silenciosa.

Ser leal no es obedecer sin pensar, sino sostener con dignidad aquello en lo que creemos. Es permanecer cuando otros se ausentan, defender la verdad aunque incomode, no traicionar la confianza que alguien ha depositado en nosotros.

La lealtad es espejo y raíz: refleja quiénes somos y el lugar que ocupamos en la vida de los demás. Una amistad sin lealtad se quiebra, una sociedad sin lealtad se fragmenta, una política sin lealtad se reduce a espectáculo vacío.

Necesitamos recuperar la lealtad como virtud cotidiana. No importa si nace de un gesto pequeño o de una gran decisión:
cada acto de lealtad construye confianza, y la confianza es el tejido que sostiene la convivencia. La lealtad no es palabra antigua: es semilla de todo futuro compartido.

La lealtad también es memoria: es el compromiso que no se olvida, la promesa que se cumple incluso en silencio,
la certeza de que alguien estará allí cuando más lo necesitemos.

Es fuerza invisible que sostiene vínculos, que da sentido a la palabra dada, que convierte lo efímero en eterno.
Sin ella, todo se desvanece; con ella, todo se enraíza y florece.

“La lealtad no se grita, se demuestra: es el hilo invisible que sostiene la dignidad de toda palabra.”

Separador-dorado

LEALTAD

Andrea Kiperman – Argentina

Lealtad: una palabra de gran valor que nos remite a otra época, a un momento casi tan lejano como el sol. Lo leal, lo distinto, los valores que se desvanecen en estas sociedades modernas, extrañas, líquidas, dubitativas, ambiguas y desconcertantes. La lealtad es uno de los valores más difíciles de encontrar. ¿Qué es la lealtad, sino un valor casi extinto como los dinosaurios? En un mundo tan incierto, la lealtad grita su importancia, porque ya no se trata de la cantidad, sino de la calidad de personas que te acompañan en tus días y en tu vida. Se trata de aquellas que están contigo en los momentos de luz y de sombra. No de quien te sonríe en la cara, sino de quien cuida tu espalda. La lealtad, hoy, es la figurita difícil del álbum. Pero si se busca, aparece. Como las grandes cosas de la vida, llega en el momento menos pensado; como el amor, simplemente toca la puerta. Ojalá podamos reflexionar sobre a quiénes estamos dejando entrar en nuestra vida, porque es importante reconocernos ese valor.

Separador-dorado

CUENTOS Y RELATOS – LA DIGNIDAD ROBADA

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Relatos

La dignidad robada no se borra. Se escribe en cada relato, se grita en cada imagen.

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Colaboradores en CUENTOS Y RELATOS – LA DIGNIDAD ROBADA

  1. Susana Curbela – Argentina ¡No matarán a mi hija! (cuento distópico)
  2. Luz Fontana – Italia La dignidad perdida
  3. Carlos González Saavedra – Argentina Emilito
  4. Elspeth Gormley – España La habitación sin ventanas

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¡NO MATARÁN A MI HIJA!

Susana Curbela – Argentina

(cuento distópico)

En un país donde las mujeres valen sólo por los óvulos que producen para tener hijos, éstos les son extraídos con el fin de fertilizarlos en un laboratorio.

No hay nacimientos naturales para evitar los vínculos y sentimientos que pueden desarrollarse entre madres e hijos. Los que resultan mujeres son destruidos. Sólo fecundan algunos para futuros “alumbramientos.” Los que nacen varones, son criados y cuidados para defender al Gran Padre.

En ese escenario nació Sumiko (que significa niña de la bondad, niña bella en japonés). Cuando tuvo edad para participar en la “siembra” fue inseminada. Poco antes de dar a luz, escuchó una conversación entre dos médicos que se lamentaban porque el último control mostró que Sumik tendría una niña y no estaban seguros si la dejarían vivir, ya que el cupo de

“futuras madres” estaba completo. Sumiko sintió que la sangre le hervía y que todos los ancestros de su raza milenaria acostumbrada a renacer de sus cenizas, le infundían el coraje necesario para salvar a su bebé. ¿Pero cómo?

¿Por dónde escapar de esa inmensa ciudad? ¿Qué habrá afuera?. Por un segundo sintió un miedo paralizante. Justo en ese momento la bebé la patió. Cualquier cosa que haya será mejor que permitir la muerte de Suki (significa amada), como decidió llamar a su hija. Se recostó a pensar qué sabía de la rutina diaria. Todos los días llegaban suministros y visitantes. ¿En qué momento los guardias estarían distraídos suficiente tiempo para que pudiera atravesar el Portón? Repasó mentalmente los vehículos que veía cada mañana al amanecer, sentada en un banco de la plaza, luego de una saludable caminata, y que cubrían su cuota de curiosidad imaginando historias de sus ocupantes y de los lugares de los que provenían.

Al rato sonrió. Ya sabía en cual esconderse!….el vehículo del pan era el más conveniente, con esos enormes canastos repletos de perfumados panes recién horneados, calientes y crujientes, ofrecían suficiente espacio. Preparó su mochila con dos botellas de agua, un trozo de queso, frutas y una manta que el Gran Padre regalaba a todas las mujeres cuando quedaban embarazadas. Asidua visitante de la Biblioteca de Ciudad Segura apenas aprendió a leer, sabía que el agua era más necesaria en las travesías que las comidas. Agregó la ropa que preparó para su bebé. Puso el despertador a las 7. Cerró el libro y apagó la luz. Mañana lo cambiaría por uno de poemas.

¡Nunca le gustaron los finales abiertos!

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LA DIGNIDAD PERDIDA

Luz Fontana – Italia

Dicen que la perdió el día que se le cayó el bolso en medio del mercado, y todos vieron los pañuelos usados, la libreta rota, el frasco de perfume sin tapa. Dicen que la perdió cuando lloró en voz alta, sin pedir permiso, sin maquillaje, sin metáforas. Dicen que la perdió cuando volvió a casa sin comprar nada, con los bolsillos vacíos y los ojos llenos de preguntas.

Pero nadie vio lo que yo vi.

La vi recoger cada pañuelo como quien recoge cartas de amor. La vi cerrar la libreta con ternura, como quien guarda un secreto que aún vibra. La vi oler el frasco roto, y sonreír como quien recuerda que alguna vez fue tocada por la belleza.

La vi caminar sin prisa, sin rumbo, sin miedo. Y entendí que la dignidad no se pierde: se transforma. Se esconde en los gestos mínimos, en los silencios que no se explican, en las ruinas que aún sostienen el alma.

Desde Italia, donde las piedras hablan y las fuentes susurran, yo la vi. Y juro que su dignidad brillaba más que nunca.

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EMILITO

Carlos González Saavedra – Argentina

—¡Consíguete un trabajo! Y no vuelvas sin uno. Lauro golpeó la mesa con fuerza. Raquel, la madre de Emilito, permanecía en silencio, con lágrimas en los ojos, detrás de la puerta.

—Aquí las reglas son claras. No quiero vagos en mi casa —repetía el padre.

Emilito, con apenas catorce años, salió a buscar empleo. No tenía experiencia, solo el deseo de aprender a tocar el violín. Su sueño se desmoronaba. En el colegio tampoco lo había pasado bien. Su timidez, su piel clara, su cabello liso y sus modales delicados lo convertían en blanco de burlas y malentendidos. Una vez, empujó a un compañero que terminó en el hospital. Nadie creyó que él fuera capaz: no lo veían fuerte.

Prefería la música clásica al deporte. Bailaba cumbia por obligación. Le consiguieron trabajo como aprendiz en un taller. Sus manos, ajenas a la grasa, aprendieron a limpiarse con queroseno. Su padre se mostraba orgulloso de verlo regresar con el uniforme manchado. Su madre, en cambio, sufría en silencio.

A los tres meses, Emilito organizó un asado en agradecimiento. Cerraron la gomería para celebrarlo. Había música, bebida y una atmósfera de fiesta. En medio de la cumbia, apareció una joven con minifalda.

—¿Quién es Emilito? —preguntó. Todos lo señalaron entre risas. —Me han llamado para tu debut. Soy perfecta para esto.

—¡No vine para eso! —respondió Emilito, firme. —No importa. Aprenderás a disfrutar —insistieron. —¡Dije que no!

Sus palabras cayeron mal. Entre burlas y amenazas, lo acorralaron. Emilito rompió una botella y los enfrentó. —¡Al que se acerque, lo corto! Pero lo redujeron. Lo golpearon brutalmente. Lo violaron. Lo dejaron en la puerta de su casa, inconsciente.

Estuvo una semana hospitalizado, en estado de shock. Intentó denunciar, pero el sistema lo desanimó. Todo debía tramitarse en una comisaría a 40 kilómetros. A los veinte años, se marchó de La Bonita, el pueblo que lo vio crecer.

Se refugió en la música. Formó un grupo de cumbia llamado Los Pastores. Practicaba taekwondo en sus ratos libres. Tras años de esfuerzo, comenzaron a tener éxito. Lo contrataban para fiestas, incluso en la capital. Su apodo artístico era Joni Jr. Era el más delicado, el más atractivo, el más sereno.

Volvió a La Bonita para tocar en los carnavales. Nadie lo reconoció. Pero él sí vio a los cuatro hombres que lo habían agredido. Se descompuso. Se encerró en el baño. El odio seguía vivo. Esa noche, en casa de sus padres, los recuerdos lo invadieron. Solo el violín lo calmaba. Su interpretación del Adagio de Albinoni era su refugio.

Durante dos años, volvió al pueblo para tocar. Todo parecía en paz. Hasta que comenzaron a aparecer muertos. Eladio, peón de taller, fue hallado en una zanja. Ismael Llanos, envenenado en su casa. El “Zurdo”, colgado en la gomería. El “Chueco”, muerto tras caer en una alcantarilla. Todos habían participado en la agresión a Emilito.

En cada escena, una melodía: el Adagio de Albinoni. Un CD con esa música apareció junto al cuerpo del “Chueco”. El fiscal descartó la hipótesis. —Lo que no podemos saber, lo sabrá Dios —dijo en rueda de prensa.

En un salón tranquilo, al atardecer, se escucha un diálogo: —¿Amor, Emi, te preparo algo? —No, Rony. Prefiero seguir tocando el violín.

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LA HABITACIÓN SIN VENTANAS

Elspeth Gormley – España 

Cuando la encontraron, no tenía nombre. Solo un apodo que no era suyo. Un número en la muñeca. Y una mirada que no pedía ayuda: pedía silencio.

Tenía diecisiete años. Había llegado con una promesa de trabajo. Una amiga de su prima. Un contacto de confianza. Un billete pagado. Una deuda que “se saldaría rápido”.

La primera noche no hubo cama. Solo un colchón compartido. Y una puerta sin cerradura. La segunda noche hubo clientes. Y la tercera. Y la cuarta. Y después, perdió la cuenta.

Le dijeron que no podía salir. Que debía dinero. Que si hablaba, su madre lo pagaría. Que si huía, su hermana ocuparía su lugar.

Aprendió a no llorar. A no preguntar. A no mirar a los ojos. A fingir que no sentía. A respirar sin hacer ruido. A desaparecer sin moverse.

Un día, una voluntaria entró al local. Ofrecía preservativos y folletos. Ella no los tomó. Pero dejó caer un dibujo. Un corazón con barrotes. Una palabra escrita en mayúsculas: AYUDA.

No fue inmediato. No fue fácil. Pero fue el principio.

Ahora tiene nombre. Tiene un cuarto con ventana. Tiene miedo, sí. Pero también tiene voz. Tiene una taza con su inicial. Una manta que eligió ella. Y un cuaderno donde escribe sin permiso.

Cuando le preguntan si “sabía a lo que venía”, ella responde:

—Sabía que venía a trabajar. No sabía que me robarían el cuerpo. Ni la voz. Ni la dignidad.

Y cuando le preguntan si ha perdonado, ella guarda silencio. No por miedo. Sino porque algunas heridas no se cierran con palabras. Se cierran con tiempo. Con justicia. Con memoria.

La trata no es pasado. Es presente que sangra. Y la dignidad robada no se recupera con silencio. Se recupera con relato. Con mirada. Con nombre.

La trata no es pasado. Es presente que sangra. Y la dignidad robada no se recupera con silencio

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CUENTOS Y RELATOS – OCTUBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Cuentos-y-relatos-octubre-a

Cada cuento es un peldaño. Cada relato, una estrella. Bienvenidos al portal donde la palabra despierta mundos.

Elspeth Gormley

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COLABORADORES

  1. Leonora Acuña de Marmolejo – Estados Unidos – La Nana
  2. Magi Balsells – España – Había una vez una trucha
  3. Marcela Barrientos – Argentina – Memoria fragmentada
  4. Libia B. Carciofetti – Argentina – La pesadilla
  5. Carlos González Saavedra – Argentina – El día que Anahí pidió hablar con el gerente
  6. Elspeth Gormley – España – El mar en otoño
  7. Antonio Morelos – México – Quiero ser profesor (Relato lírico)
  8. Walter H. Rotela G. – Uruguay – El hombre de la cloaca

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 LA NANA

Leonora Acuña de Marmolejo I.W.A& Peace Activist

Andrés Montemiranda un hombre bastante acaudalado -quien vivía en San Bernardo un hermoso pueblo del Valle del Cauca-, había enviudado de su esposa Claudia con la que había procreado dos hijos: Gerardo, y Graciela Inés de 12 y 14 años respectivamente.

       Ante la situación tan crítica al quedarse solo para levantar a sus hijos, Andrés resolvió enviar a la niña al convento de las Madres Franciscanas de la capital, quienes tenían también bajo su dirección el Colegio de bachillerato “María Auxiliadora”.

       La directora del colegio era la madre Dorothy Wharton, una dama oriunda de Inglaterra en donde vivía toda su familia. Su hermano más allegado se llamaba Harry quien con cierta regularidad solía ir al convento a visitarla.

       Siendo Graciela una hermosa niña muy educada, inteligente y de buenas maneras, muy pronto las monjas se encariñaron bastante con ella; al tal punto que llegaron a tratarla como un miembro más de sus respectivas familias, especialmente la Madre Superiora quien llegó a considerada como a su propia hija.

       En una ocasión cuando el hermano de aquella y su esposa se encontraban de visita allí en el convento, tuvieron la oportunidad de conocer a la niña -quien ya tenía 17 años-, y les agradó tanto su personalidad, su don de gentes, y su presencia, que le sugirieron a su hermana hablar con el padre de aquella a fin de que le permitiera anexarse a su extensa familia en calidad de “Nana” y por supuesto vivir allá en Europa con ellos.

       Dos años más tarde, y bajo la anuencia de su padre, Graciela resolvió viajar a Wallington, Surrey en Inglaterra para desempeñarse en aquel cargo ofrecido por los esposos Wharton, y así trabajó con y para ellos con gran eficiencia. Se encontraba muy confortable y contenta, más la esposa de Harry -para quien ella solícitamente se había convertido en su mano derecha-, venía deteriorándose cada vez más a causa de la  distrofia muscular que padecía, y un triste día pese a los cuidados médicos y de su esposo, dejó de existir. 

       Está por demás decir la tristeza y el temor que invadieron a Harry al quedarse solo. Entonces ya acostumbrado a la presencia y cuidados de Graciela, cuando su hermana Dorothy lo acompañaba por unos días tras el deceso de su esposa, aprovechó la oportunidad a fin de considerar con ella, el dejar a la muchacha como ama de casa con todos los derechos para continuar a cargo de su familia.

       En una armonía muy reconfortante tanto para Harry como para todos sus allegados, y tras de algún tiempo, éste se dio cuenta de que la presencia de Graciela se había tornado  en una necesidad imperiosa para él, y que se sentía enamorado de ella. Entonces en consideración a que ésta de pronto decidiera regresar a su país, resolvió confesarle sus aprensiones y su amor. Fue grande su sorpresa cuando en ese preciso momento Graciela venciendo su timidez le dijo que ella también paulatinamente se había ido enamorando de él.  Días después con la presencia de Andrés Montemiranda, de su otro hijo Gerardo (hermano de Graciela), y por supuesto de Dorothy la “Madre Superiora”, como también de toda su agradecida familia -que tanto la apreciaba por su conducta intachable hacia su madre-,se efectuó la pomposa boda. Así aquella soleada mañana abrileña, muy airosa y feliz Graciela Inés Montemiranda “La Nana” salió del templo, del brazo de Harry su esposo, ya convertida en la flamante Mrs. Wharton…

      *Cuento del libro “La Dama de honor y otros cuentos”

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HABIA UNA VEZ UNA TRUCHA

Magi Balsells – España

Elisondo, esta preparando sus aparejos para salir este fin de semana a su deporte favorito, la pesca, lleva muchos años practicándola ha recorrido muchos de los ríos de su país con mejor o peor fortuna

Uno de sus amigos también aficionado a este deporte, le ha indicado un pequeño rio entre las montañas en el cual hay una truchas muy especiales, aparte de su tamaño y de la exquisitez de su carne, tanto le ha hablado de el, que al final le ha solicitado un plano de la ubicación de aquel lugar y una vez ya en su poder , ha hecho los preparativos necesarios para obtener el éxito que le auguro su amigo

Pone su coche en marcha, y con buen animo  va hacia el destino deseado, después de unas horas de circular llega al valle desde donde se vislumbra el deseado rio, va remontando  su corriente hasta llegar a un pequeño estanque  que se ha hecho con el transcurrir de los años y la fuerza de las aguas que bajan de la montaña

Monta su tienda de campaña y empieza a sacar las cañas de su vehículo, busca entre sus anzuelos  los que pueden darle el éxito  que espera en forma de múltiples presas

Ya  lo tiene todo preparado, lanza con fuerza su sedal que cae en el centro del pequeño lago, y ahora armándose de paciencia espera  que alguna de las truchas que nadan entre sus aguas  se enamore de su  cebo

Pasan los minutos y de momento no hay ninguna señal todo esta quieto, saca su sedal del agua  y ve que el cebo ha sido comido por algún pez, seguramente muy pequeño ya que dejo el anzuelo limpio, vuelve a poner otro cebo  y repite la operación, ahora si que hay novedades, solo tocar encima el agua el anzuelo se produce un remolino en la superficie, y nota que algo tira de su caña no con gran fuerza pero si insistentemente, va recogiendo el sedal sin prisas aflojando  un poco y tirando  después de esta manera cansa al pez que esta enganchado en su anzuelo, al fin ve aparecer por encima del agua una hermosa trucha, la acerca pausadamente a la orilla y la coge entre sus manos.

Cuando de súbito oye una voz que le dice

.-Pescador suéltame de tu anzuelo, por misericordia

.-Quien me habla, no serás tu trucha ¿

.-Si soy yo, mi raza tiene la propiedad de poder comunicarnos verbalmente con los humanos, por esto oyes mi voz suplicándote

.-Pero porque debería soltarte, tú intentaste comerte mi cebo y ya sabias que podías quedar enganchado, lo siento pero este es el juego

.-No era para mí tu cebo sino para mis pequeñas hijas las truchitas, ya que en este lugar poca comida hay y muchas de ellas  se mueren  por su falta

.-Este cuento ya me lo conozco, no me engañaras, a la sartén iras

.-No lo creo, Si no me sueltas llamare a mi amigo el oso y este dará buena cuenta de ti.-.

-Me amenazas trucha apestosa, ahora te saco el anzuelo y a la bolsa te meto

La pobre trucha, suelta un gran grito, no compresible por el pescador, lo que hace que este se quede parado en la operación que iba a efectuar

De golpe nota detrás suyo nota una fatigosa respiración, se vuelve y se encuentra en su cara unos dientes enormes  como los que tienen los osos, ya que es un oso lo que esta encima de sus hombros, se queda helado no sabe que decir ni que hacer esta agarrotado, un frío sudor empapa su cuerpo, suelta sus aparejos para la pesca, el oso pisotea la caña destrozándola y agarrando a Elisondo por el cuello se dirige a la trucha preguntándole.-

.-Que hago con este mal hombre

.-Nada, creo que con el susto ya tuvo bastante, déjalo que se vaya que recoja sus cosas menos la comida, algunas de las cosas serán para ti y otras para mi  y mis hijas

Suelta al asustado Elisondo, que a la carrera se dirige a  su vehículo, montando en el lo pone en marcha y desaparece en la lejanía a una velocidad asombrosa

.-Gracias amigo oso por ayudarme con tu presencia 

.-No me necesitabas, eso lo se pero me ha encantado darle un susto a este pobre hombre que seguro no volverá a pescar nunca mas igual que a todos los que han venido a destrozar nuestra paz, a la cual tu preservas con la sabiduría que te da ser la hada de este estanque y de toda la montaña, gracias siempre a ti que velas por nuestra vida.

A Elisondo nunca mas se le vio con una caña ni comiendo pescado, tampoco volvió ha hablar con su amigo, pues pensó que el ya había pasado la experiencia que el paso y no le aviso y seguramente se estaría riendo de su aventura

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MEMORIA FRAGMENTADA

Marcela BarrientosArgentina

Me encontró por accidente. Yo llevaba años escondido en el fondo de un cajón polvoriento, debajo de bufandas que ya no usaba, de papeles amarillentos y de fotos dobladas que se quedaron sin marco. No sé cuánto tiempo había pasado desde la última vez que me miró, pero cuando sus manos me sacaron de ese escondite, un estremecimiento recorrió mi superficie astillada. Yo estaba roto, sí, con mis venas de vidrio extendiéndose como raíces secas, pero aún podía reflejar.

Ella me observó con un gesto de sorpresa y desconfianza. No era el mismo rostro de antes: había líneas nuevas en la frente, ojeras más hondas y una sombra que no se debía solo a la luz. Quiso apartarme, dejarme de nuevo en la oscuridad, pero algo la detuvo. Me sostuvo frente a su cara y entonces ocurrió: no se vio a sí misma tal como estaba, sino como había estado.

En uno de mis fragmentos más pequeños apareció la imagen de una tarde de verano: ella, con el cabello mojado, riéndose mientras corría bajo un chaparrón inesperado. Esa risa no buscaba ser observada; era pura, infantil, indómita. La escena la dejó perpleja. Tocó el pedazo de vidrio con la yema de los dedos, como si pudiera alcanzar el agua que entonces le empapaba la ropa.

—¿Qué es esto? —susurró.

Yo no respondí con palabras, sino con más reflejos. Otro fragmento, más grande y quebrado en el borde, le mostró una tarde de su adolescencia: sentada en una plaza, comiendo un helado de vainilla con su mejor amiga, riéndose de un secreto que ya había olvidado. No había preocupaciones, solo la tibieza del sol en los hombros.

Ella se emocionó, como si un recuerdo enterrado de golpe recobrara vida. Se inclinó más cerca y comenzó a buscar. Yo, obediente, le mostré otras escenas. En cada pedazo de mi cuerpo roto brillaba un instante en el que había sido feliz sin darse cuenta: la primera vez que sintió a su sobrino dormirse sobre su pecho; la caminata solitaria por una playa casi desierta al amanecer; una noche de fogata donde cantó sin importarle desafinar; una mañana en que despertó y se sorprendió a sí misma tarareando, sin motivo aparente.

Yo era un espejo roto, pero también era un archivo secreto. Mis fragmentos no devolvían la forma exacta de su rostro actual, sino la suma de los destellos que había olvidado. Cada risa, cada calma, cada sorpresa. En ellos estaba la evidencia de que había sido feliz incluso en los días comunes, los que creyó insípidos o dolorosos.

—No lo vi… —dijo, con los ojos humedecidos—. No sabía que en ese instante era tan feliz.

Su voz era un lamento, pero también un despertar. Yo, que había guardado esas memorias, sentí cómo mis grietas brillaban con una luz tenue. En su rostro presente se dibujó un gesto nuevo, mezcla de nostalgia y fuerza. Me miraba distinto: ya no con miedo, sino con deseo de reconocerse.

Le mostré todavía más: aquel día que cocinó sola y la salsa le quedó perfecta; la primera vez que se animó a bailar sin preocuparse de quién miraba; la tarde en que su padre, ya cansado, aún la llamó “pequeña”; la madrugada en que escribió páginas enteras de un cuaderno y luego durmió profundamente. Cada trozo mío era un recordatorio de que, incluso en medio de la rutina, había destellos luminosos.

Ella respiró hondo. Vi cómo sus manos temblaban, cómo se llevaba un fragmento de mí al pecho, sin miedo de cortarse. Entendió, en ese silencio, que no era la sombra la que la definía, sino esos instantes dispersos que habían sido parte de ella y seguían siéndolo.

—Gracias… —murmuró al fin, y sentí que la palabra me recorría como un pulso.

En ese agradecimiento había un compromiso. Lo entendí cuando me dejó sobre la mesa y me miró directamente, esta vez aceptando tanto la imagen actual como las memorias que yo le había mostrado. No necesitaba volver atrás: había descubierto que la felicidad no siempre avisa, que se cuela en lo cotidiano, que puede ser recogida y rehecha incluso ahora.

Yo, espejo roto, no podía devolverle una imagen entera. Pero sí podía ofrecerle la certeza de que había sido feliz sin saberlo, y que aún podía volver a serlo. Esa convicción encendió una chispa en su mirada, y esa chispa, más fuerte que cualquier reflejo, fue mi última revelación: ella había recuperado la fe en el poder de cambiar.

Me quedé quieto, fragmentado y luminoso, sabiendo que mi propósito estaba cumplido.

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LA PESADILLA

Libia B Carciofetti – Argentina

Horas, minutos, segundos, solo se que la noche fue larga. Aun tengo una sensación ¡Tan extraña! Mezcla de terror, y experiencia amarga… Pasillos oscuros, sin luz y un túnel por el que jamás había entrado el sol.

Solo oía el crish crash de la camilla en la que me conducían. Mi corazón, que por momentos temí dejara de latir.

Y de pronto se abrieron dos puertas vaivén, y tres hombres vestidos de blanco casi a coro preguntaron:

¿Tienes miedo? ¿Estás nerviosa??? Quise contestar, pero no tenía voz…

Se había quedado colgada afuera entre la enredadera de jazmines con olor a lluvia que había humedecido mi bata antes de entrar. Asentí con la cabeza…

¡Eres demasiado grande para tener miedo! El miedo lo inventaron para los niños, y tú ya creciste demasiado.

La voz áspera me iba abriendo una herida que no sabría como expresar el dolor que me causaba…

Con torpes modales me hicieron abrir la boca y me colocaron una pastilla debajo de mi lengua…

Recuerdo que me pusieron una máscara con dos orificios para mis ojos color verde…

La palabra «córnea» «globo ocular» «iris» «pupila» se mezcló entre el ruido de elementos de una cajita rectangular de acero inoxidable… Hasta que una jeringa con un líquido  de sabor muy amargo que me inyectaron en el ojo izquierdo, me paso por la garganta.

Quise levantar la mano en señal de que me dolía, pero las fuerzas me habían abandonado. Conversaban entre ellos por lo bajo, pero yo no los podía ya ver.

Desperté no se después de cuanto tiempo, sin saber donde estaba, ni quienes eran los que me rodeaban….

Sus voces me eran familiares… de seguro eran tres… De pronto uno de ellos rompió el silencio, y acomodando su imposte de voz dijo.

Nos esforzamos por hacer todo lo posible, pero tu afección corneal degenerativa jugó en contra y no pudimos salvar la visión de tus dos ojos…

En mi semiinconsciencia trataba de abrir mis ojos y girar mi cabeza para buscar la luz, pero no lo logré…

¡Por favor descorran las cortinas! ¡quiero ver la luz!

¿Es que no has oído lo que acabamos de decirte???? -Estiré la mano para que el roce de algún afecto mío me diera calor,

pero sentí que las figuras de álgidos fantasmas danzaban a mi alrededor.

Risas burlonas y extrañas se adueñaron de la sala, quise gritar pero de mi garganta enronquecida solo pude emitir sonidos «guturales»

Entonces si rompí en llanto, un llanto que me nació del alma herida, de alguien que nunca más volvería a ver el rostro de su hijo, contemplar una flor, ver volar una mariposa, un ave.

Contemplar la vida y a mis seres queridos que forman parte de ella… Mi camisola estaba mojada en sudor, mis cabellos eran una maraña…

Oía que alguien corría alrededor de mi cama, tratando de calmarme y con dulce voz me decía… ¡Cálmese por favor!!! Tiene un poco de fiebre causada sin duda por esta «pesadilla» que a veces es producida por la anestesia…

Se tiene que tranquilizar porque en el pasillo hay alguien esperando que el médico le quite las vendas para entrar…

Ya le voy a cambiar las sábanas y la voy a poner bonita, va a estrenar esta bata que dejó su marido anoche cuando usted dormía y no quiso despertarla, es rosa como la ternura con que la miraba cuando vio que la camilla se la llevaba a la sala de operaciones.

¡DIOS! Una pesadillaaaaa!!! desde niña que no había tenido una y tan horrible.

A los minutos llegó mi médico y me quitó las vendas, seguro que si,  había hecho uno de sus mejores trabajos

porque no lo hizo sólo, si no acompañado por cientos de oraciones de amigos y familiares y guiado con la pericia de la mano de DIOS…

Ahora si, dijo el doctor que pase el primer visitante… cuide las emociones…porque pueden perjudicarle la vista.

La puerta vaivén se abrió y un joven alto, apuesto, precioso como un galán de cine entró con un ramo de rosas perfumadas y se repitió casi la historia, cuando el abrió sus ojos a la vida los primeros ojos que vio, fueron los míos… y ahora cuando yo los abrí, los primeros ojos que vi fueron los de el… y en esa mirada un amor inconmensurable que va más allá de todo razonamiento humano…

Un abrazo de corazón a corazón … y un brillo distinto en nuestras miradas que se reencontraron después de tantos años volviendo a revivir sensaciones y emociones a diario.

Afuera es invierno, pero adentro mora la tibieza de un amor inalterable…

La pesadilla quedó atrás, la mirada puesta adelante, agradeciendo a DIOS por su inconfundible amor…

Las lágrimas el colirio divino que no necesita prescripción médica.

La rosas en un jarrón son las espectadoras perfumadas de este relato, mezcla de inspiración y hechos reales.

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EL DÍA QUE ANAHÍ PIDIÓ HABLAR CON EL GERENTE

Carlos González Saavedra – Argentina

Finalmente, ya estaba instalado. Yo estaba contento, y mi familia también: les había encantado el piso. Luminoso, amplio y cómodo.

Mis compañeros me habían recibido muy bien. A veces pensaba que la gente de Buenos Aires tiene fama de ser distante, pero yo me sentía respetado y bien tratado en mi nuevo puesto como gerente del Banco Nación. Estaba orgulloso.

Claro que no es lo mismo ser gerente en un pueblo de diez mil habitantes que en una ciudad del área metropolitana con más de trescientos mil. La directora regional me había llamado unos días antes del nombramiento para avisarme que ya estaba todo listo. Me dijo: “Cuente conmigo para lo que necesite. Tiene una excelente trayectoria. ¡Adelante!”

Mi oficina era cómoda y espaciosa. El personal, excelente. Incluso Mariano,
uno de los empleados, cocinaba para todos. Nos turnábamos en el comedor para almorzar.

Los primeros días fueron de adaptación. Poco a poco me fui familiarizando con la dinámica. A la semana, el regional me llamó:

—Edgardo, mañana vendrán un arquitecto y el jefe departamental. La sucursal ha sido elegida para mejorar la atención al público. —Perfecto, los espero —respondí, sorprendido. Al llegar, comentaron: —Haremos reformas. Donde hay cuatro cajeros automáticos, habrá once. Se ampliará el frente, y en lugar de cuatro ventanillas de atención, habrá ocho. —¿Cuándo comienzan?

—Este mismo fin de semana. En quince días estará terminado. En el pueblo todo se consultaba. Aquí todo venía decidido. Tendría que adaptarme.

—Edgardo, cuando comiencen las obras, Casa Central asignará diez mil cuentas que se repartirán entre usted y la sucursal de La Matanza. Le corresponderán unas seis mil. —¿Y el personal? No es suficiente… Pensaba: aquí no tengo control de nada. No sé quién entra ni quién sale. Imposible mantener el trato cercano que tenía en el pueblo.

Unos días antes había firmado el traslado de diez personas, más un asistente de cuentas. Se presentarían entre mañana y pasado. Por momentos pensaba: “¿En qué lío me he metido?” Era mucho para gestionar,
controlar y reportar.

Después de las reformas, con el banco ya ampliado, logré organizarme. Fui firme con el personal y con algunos clientes difíciles. Me había transformado, pero me desempeñaba bien. Me gustaba. Había aprendido a manejarlo.

No podía evitar las largas filas para cobrar por ventanilla. Personas desde las siete de la mañana, bajo la lluvia o el frío, esperando afuera. Dar números no bastaba. Me sentía responsable, pero hacía lo que podía.

Un lunes, después de un festivo, el banco estaba colapsado. Filas dentro y fuera. Un verdadero día de caos.

Preferí encerrarme en mi oficina para concentrarme. Ya había rechazado la invitación al almuerzo.

Golpearon la puerta con respeto.

—Adelante.

—Señor gerente, hay una señora con su hija. Quieren hablar con usted. Es por una tarjeta. Llevan una hora esperando.

—Que las atienda Silvia, jefa de cuentas. No puedo en este momento. Media hora después, Silvia se asomó por la puerta:

—Edgardo, insisten. No se irán sin hablar con usted. Son muy respetuosas y humildes.
Gente trabajadora.

—Que pasen.

Entraron dos mujeres de aspecto sencillo. Parecían empleadas domésticas. Tímidas, nerviosas, con escasa instrucción.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarlas?

—Háblale al señor, cuéntale —dijo la madre—. Es mi hija. Tiene algo importante que decirle.

—Disculpe que le quite su tiempo. El problema es mi tarjeta de ahorro. La perdí y quiero saber si me robaron el dinero o si aún está.

—¿Por qué no lo explicó a las empleadas que la atendieron? ¿No compartió su clave?

—Es un asunto delicado

—¿Qué es lo delicado? ¿Quiere saber si tiene dinero en la cuenta? ¿Si le depositaron el subsidio? ¿Cuándo perdió la tarjeta?

—Hace tres meses.

—¿Tres meses? ¿Y recién ahora viene?

—Cuéntale al señor —insistió la madre.

—Me tenían secuestrada. Me amenazaban con matar a mi familia.

Me acomodé en la silla, sorprendido.

—Una amiga me invitó a una fiesta en El Palomar. Fuimos en autobús. La fiesta era de unos amigos suyos. Bailamos. Uno quiso propasarse. Lo frené. Me pidió disculpas y me ofreció una bebida. Acepté.

La chica estaba al borde del llanto. —Seguí, Anahí —la alentó la madre, conteniendo el suyo.

—Me empecé a sentir mareada. No recuerdo más. Desperté en una habitación deteriorada,
entre colchones húmedos. No sabía dónde estaba.

—Vamos, nena, despiértate – tienes trabajo. Me llamo Samanta.

—¿Dónde estoy? —pregunté. Un hombre me agarró del cabello, me arrojó bajo agua fría. Me dio ropa y un trapo para secarme.

Samanta me apretó la cara con fuerza:

—Aquí vas a atender hombres. Sin protestar. Si no, te golpeamos. Y matamos a tu madre. Sabemos dónde vive. ¿Comprendes ?

Me llevaron a otra habitación. Había tres chicas más. Una me dijo: “Estamos en el Chaco. Tu viniste conmigo. Ellas llegaron ayer.”

Yo, pálido, sin saber qué decir, solo podía escuchar. La chica lloraba. La madre la sostenía.

—Nos quitaron los documentos —dijo Isabel, la más alerta.

—Se imagina lo que pasé, señor. Maltrato, abusos. Comíamos mal, dormíamos peor. Lo mejor era el mate cocido con pan caliente que traía el panadero.

La madre lloraba en silencio. Sus ojos tristes, su entereza intacta.

Jamás imaginé semejante drama frente a mí. Estaba perplejo, incómodo, desorientado. Al borde del llanto.

Pensaba en mis hijos. En mi hija, que había empezado la universidad. Veinte años, llena de sueños. Anahí no estaba tan lejos. En su mirada se leía el arrebato de su inocencia.

—¿Cómo escaparon?

—Isabel notó que el panadero hablaba con Samanta. No cerraban la puerta. Era nuestra oportunidad.

Corrimos un kilómetro, escondiéndonos. Un camionero nos llevó hasta Santa Fe. Al contarle lo ocurrido, nos dejó en un convento. Pedimos que no llamaran a la policía. Estuvimos tres días. Comimos, descansamos, nos dieron ropa limpia y dinero para el viaje. Llegamos a Retiro.

—¿Dónde vas ahora?

—A casa de mi primo. Por si me buscan. Quiero saber si mi madre está viva.

Fuimos. Él fue a buscar a mi madre y a Dora, la hermana de Isabel, para asegurarse de que estaban bien.

Las miré. Me levanté. Las abracé. Quería pedirles perdón. Por esta sociedad injusta, donde siempre sufren más los más vulnerables.

—La monja me dijo: “No cuentes a nadie. Habla con quien manda.” Por eso lo esperé con mi madre, llorando.

Ese abrazo nos quebró a los tres. Como niños en el colegio, abrazados, llorando.

Silvia irrumpió, vio la escena, cerró la puerta con delicadeza.
Afuera, el ruido se apagó. Ese día de caos se convirtió en un acto de humanidad.
Como los que viví en el Banco Nación de aquel pueblo. Gracias a eso, pude escuchar y comprender.

—Dame tu número de documento. Al buscarlo en el sistema, ANSES había depositado el subsidio.
Treinta mil pesos acumulados. A punto de vencer.

Silvia, con lágrimas en los ojos, entregó la tarjeta nueva. Nos abrazamos los cuatro.

—¡Dios lo bendiga! —dijo la madre. Anahí no podía hablar. Tampoco yo.

Supe poco después que había regresado con su madre a Formosa, donde vivía toda su familia.

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EL MAR EN OTOÑO

Elspeth Gormley – España

El mar, ese vasto espejo de la naturaleza, cambia su rostro con las estaciones. En otoño, sus aguas se tornan un manto de serenidad, reflejando los tonos dorados y rojizos del cielo al atardecer. Las olas, con su ritmo pausado, parecen susurrar secretos antiguos al viento. Caminamos por la orilla, sintiendo la caricia fresca de la brisa en nuestras mejillas, y nos dejamos llevar por la calma que solo el mar puede brindar.

Pero a medida que el invierno se acerca, el mar se transforma. Se despierta de su letargo otoñal y se muestra en toda su majestuosidad y ferocidad. Las olas se alzan imponentes, recordándonos su poder indomable. Nos detenemos en la orilla, testigos de cómo se desencadenan los elementos, y no podemos evitar sentir una mezcla de asombro y respeto. El corazón se nos encoge al presenciar la furia de esas aguas que, al desatarse, arrasan con todo a su paso.

El mar, nuestra despensa natural, nos provee con su abundancia y belleza. Pero también nos confronta. Nos recuerda que no siempre lo tratamos con el cuidado que merece. Que lo hemos herido, contaminado, olvidado. Y sin embargo, sigue ahí: ofreciendo alimento, horizonte, consuelo.

Es nuestra responsabilidad protegerlo. Porque en sus aguas no solo encontramos sustento, sino también un refugio para el alma. Un lugar donde la memoria se disuelve y la esperanza se renueva.

Así es el mar en otoño e invierno: un ser vivo que respira, que siente, que nos habla con su lenguaje de olas y mareas. Nos invita a contemplar su grandeza y a recordar que, aunque nos dé vida y calma, también puede mostrarnos su lado más indómito y salvaje. ..Y entonces, el mar deja de ser solo paisaje. Se convierte en presencia. En compañía. En confesión.

El mar no responde, pero acompaña. Y en su pausa, la vida se acuerda de sí misma

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QUIERO SER PROFESOR

Antonio Morelos – México

Relato Lirico

El destino no ha existido, tampoco la suerte. Ser profesor has querido, por eso amas lo que fuiste y al pueblo que has servido, tan pobre como tú fuiste.

Para algunos fue prioridad, otros no lo querían. Fue la necesidad la que los obligó aquel día a convertirse en profesionales de la ciencia y la pedagogía.

Muchos padres soñaban que su hijo fuera doctor, arquitecto o abogado, pero nunca profesor. Pensaban que el maestro era un necio bebedor.

—Quiero ser profe de escuela, no te opongas, padre mío. Quiero ver la ignorancia hecha pedazos. Quiero a los niños, quiero darles mi vida en trocitos.

—Déjame ser profesor. Quiero estar en la montaña. No quiero ser doctor ni constructor. Quiero ser mentor de los niños de mi raza.

—Déjame ser profesor. Quiero luchar con mi gente. Quiero sembrar letras en esas mentes que el burgués quiere dominar como siempre.

—No quiero esa carrera para mi hijo consentido. Mejor otra que tenga más dinero, más prestigio, que lo admiren donde sea y que sea bien recibido.

La charla se prolongó, llegó a ser discusión. Aunque el hijo no ganó, se graduó de profesor, dando al padre una lección que sin querer aprendió.

El tiempo pasó y llegaron los días de la graduación. Todos compramos trajes para la ocasión. Algunos eran caros, otros más modestos.

Nos repartieron las plazas y alegres nos presentamos. Con nuestras órdenes dadas, fuimos a los pueblos asignados. Todos con muchas ganas empezamos a trabajar.

El trabajo comenzó con muchas contradicciones. El cacique entendió nuestras buenas intenciones de hacer un pueblo mejor, rompiendo sus presiones.

Cuando el fruto se vio, y mi padre lo supo, me recibió emocionado al terminar aquel junio, cuando regresé del primer año en el surco.

—Qué bueno que has regresado a casa, profesor. Cuéntame lo que ha pasado, mi querido luchador. Estoy impaciente, quiero oírte, mi mentor.

Le conté lo que había hecho, lo que intenté. Le dije que di respeto a quienes me enfrenté, lo que logré para el pueblo y lo que aún pienso hacer.

Dos lágrimas rodaron por el rostro de mi padre. Estaba emocionado, lo vi en su mirada. No habló, solo parpadeaba.

Al fin alzó la mirada y me dijo emocionado: —Quiero verte en la montaña enseñando a los chiquillos. Que cada mañana seas amigo de los pobres.

—Gracias por ser profesor —me dijo mi padre—. Vete al campo sin temor, enfrenta al rico cobarde, destruye al opresor enseñando al que no sabe.

—Gracias por ser profesor —me repitió otra vez—. Si antes fui tu opositor, fue mi soberbia, tal vez. Hoy reconozco mi error y aplaudo tu sensatez.

Se levantó y dijo de nuevo: —Gracias, querido maestro. Quiero luchar contigo, ser parte de tu reto. Sé que has querido no ver más analfabetos.

Lo abracé y le dije: —Padre, gracias por tu comprensión. Los amo a ti y a mi madre. Hoy que soy profesor, seguiré adelante, siempre contra el opresor.

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EL HOMBRE DE LA CLOACA

Walter H. Rotela G. – Uruguay

Una tarde, mientras caminaba por la ciudad, con mi hija pequeña de la mano, vimos a un hombre dentro de una gran fosa.
El hombre parecía un ser pequeño, un minúsculo grano de arena en medio un enorme médano informe. Casi imperceptible, en me

dio del todo. Una pieza visible, sólo gracias a una suerte de gracia celestial, puesto que sobresalía por delante de su rostro, un par de gafas oscuras que no disimulaban su enorme nariz.
Lo miramos por un inacabable minuto para luego olvidarlo para siempre. Sin embargo, en ese instante fue imposible no verlo, pues cual cucaracha salía de la fosa, de una cloaca. Este es un sistema que recibía las heces y orines de un importante edificio de gentes significativas, que trabajaban en sus prestigiosos puestos del buró central.
Casi disculpándose por su presencia allí intentó esgrimir alguna frase o saludo, mas no fue así. Simplemente seguimos, casi, sin mirar atrás. Mi hija, sin embargo, miró una vez más y dijo – casi balbuceando – ¿Quién es él, papi?
-Soy yo, aunque no te des cuenta, soy yo –contesté, sin querer contestar.

  • No, tú estás aquí. No eres tú.
  • Soy yo, en un momento que aún no llega, pero está ahí, en medio del espacio tiempo,
    en un cruce del camino, de las huellas del destino…

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CUENTOS Y RELATOS

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante

Cuentos-y-relatos-2

“Aquí no se cuentan historias: se revelan memorias, ficciones y verdades que nos atraviesan… porque donde termina el silencio, comienza el relato.”

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Colaboran en esta Sección:
  • Magí Balsells Palau – España
  • Libia B. Carciofetti – Argentina
  • Carlos Horacio González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Marga Mangione – Argentina
  • Andrea Morini – Argentina
  • Gustavo Páez Escobar – Colombia
  • Carlos F. Pérez de Villarreal – Argentina
  • Walter H. Rotela – Uruguay

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MI PINO MI AMIGO

Magí Balsells Palau / España

Éramos ocho amigos que, en su momento, compramos unas parcelas en un lugar costero con poca vegetación y menos arbolado. Eso despertó en nosotros el deseo de tener algunas plantas y un árbol que, al crecer, nos ofreciera una agradable sombra.

Decidimos que cada uno plantaría un árbol, todos de la misma especie. El problema fue que muchas de las variedades que intentamos no se arraigaban bien en el terreno, hasta que dimos con la más simple y resistente: el pino piñonero, muy extendido en las costas. Necesitaba poco cuidado y se adaptaba perfectamente a superficies rocosas o areniscas.

Cuando vimos que sus raíces se habían hecho fuertes y empezaban a crecer con rapidez, uno de los amigos propuso algo insólito, y en cierta forma, macabro: Que al fallecer alguno de nosotros, se cortara su árbol y con su madera se le hiciera un ataúd. Así, el árbol podría acompañarlo eternamente, como símbolo del cariño que siempre se le había dado.

Como era de esperar, hubo discrepancias. Pero, siendo democráticos, se sometió a votación secreta. Todos aceptamos cumplir el resultado, y la propuesta fue aprobada.

Pasaron los años. Los árboles crecieron fuertes y sanos, cuidados con esmero. Hoy se cumplen cincuenta años de aquella plantación, y he querido celebrarlo. Pero no tengo con quién. De mis amigos, ninguno queda. Todos se marcharon con la compañía de su árbol. Sus parcelas están solitarias. No hay ningún árbol, solo los mojones que indican que alguna vez estuvieron allí.

Me equivoqué al decir que no tenía con quién celebrarlo. Sí lo tengo: mi árbol, mi amigo fiel. No quiero que te corten, ni que tu madera envuelva mi cuerpo. Quiero que vivas muchos años más. Nadie recordará la promesa que hicimos los ocho amigos. Nadie puede reclamarme nada.

Por eso, quiero ser enterrado a tus pies. Así podré disfrutar de tu compañía viva, y tú podrás abrazarme con tus raíces, guardando mi sueño eterno.

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NO ME RECONOCIÓ ( PADECE LA ENFERMEDAD DEL OLVIDO )

Libia B. Carciofetti / Argentina

La tristeza a veces viene envuelta en papel desteñido, opaco como esos cielos que presagian tormenta.

Hoy me estrené un sweater color otoño, que hacían juego con mis zapatos y cartera. Fui temprano a la peluquería, me hice reflejos, manicura y dejé que me dieran unos toques «maestros » en el rostro. La verdad que me gustó el cambio… ¡Parecía otra!

Siempre salgo a las corridas de casa a la oficina, y a veces salvo en raras ocasiones me maquillo. En uno de los correos que me enviaron en la semana de la amistad, y gracias a la mala costumbre que tienen algunos usuarios dejando expuestas las direcciones, leí el nombre de tu hermana «Leticia Brown» … ¿Será otra persona?

Seleccioné la dire y le envié un correo, ya nos conocíamos de la secundaria, solo que cuando ella se recibió yo cursaba 2º año.

Lo primero que hice fue preguntarle por ti, que si bien no eran hermanos de padre y madre tenían una muy buena relación. Dany le debe llevar 20 años y hace 20 años tenía una pinta de aquellas… Cuando lo veía por los pasillos me quedaba embobada! ¡Esas canitas! ¡Esas canitas! Esa corbata haciendo juego con la camisa ensamblado con este traje oscuro, me volvían loca.

Creo que desde que lo conocí comenzó a gustarme geografía… Solo que creo que a el no le caía muy simpática porque siempre me bochaba.

Mis compañeras me decían ¡Este tipo está remetido con vos! ¿No ves como te mira y se hace el distraído? Creo que usa la estrategia de encontrarte errores para engancharte…

Y nuevamente mi conteo con los dedos daban el mismo resultado… 18 a 44… ¡Nena! te lleva 26 años! Puede ser tu papá.

Lo mismo soñaba y suspiraba por el, aunque reconocía que mis sueños quedarían en eso nada más. Hasta que un trágico día, nos enteramos que en el laboratorio de fotografías suyo pero que atendía su madre se inició un incendio y explotó una lata de un líquido que usaban para los revelados.

El, aparentemente no tenía lesiones expuestas, pero si su madre sufrió quemaduras de 3º grado que le produjeron la muerte.

Solo supimos que el había perdido la audión de un oído y parte del otro que lo inhabilitaba para dar sus clases.

Un episodio que consternó al colegio entero; y de allí en más desapareciste de nuestras vidas… Te había tragado la tierra, te habías mudado con tu hermana, sumido en el dolor. Pero esas vueltas de la vida, y esa imagen que no se me borró jamás de la memoria. Ahora que tu hermana me había contestado y me dio la oportunidad de este reencuentro, te daría la sorpresa…

No le quise preguntar si estabas casado, trabajabas o que era de tu vida…solo quería verte y que me vieras.

Olvidé preguntarle a Leticia que vehículo tenías ahora… De todas maneras te compré un llavero con la letra «D» muy sobrio… Como todo lo que usabas.

Me baje del subte atropellando a medio mundo, era domingo y no tenía porque hacerlo, ya que no viajaba mucha gente.

En Corrientes le compré un ramito de fresias a Leticia y en vez de tomar un taxi, caminé las 8 cuadras tratando de aquietar este corazón que galopaba a lo loco. Me iba mirando en las vidrieras y yo misma me asombraba del brillo que tenían mis ojos. No podía negarlo, tenía una “regresión” de aquellas.

Creo que me voy a morir de parada, pensé…Una lujosa planta de edificios, que me dejó alelada…Si hasta me dio la idea de no subir y escribirle a Leti, que no pude ir. Pero mujer al fin, acostumbrada a tomar decisiones, subí y toqué el timbre. Nos abrazamos con Leti que se alegró de verme, y cuando me estaba por decir algo, apareciste. Esperaba que me dieras un beso de bienvenida, o extendieras tu mano para saludarme, Pero solo te sonreías sin dejar de mirarme…Entonces yo me elevé un poquito y te besé la mejilla. Tu cabello ya se había teñido de gris, usabas lentes, y tenías puesto chinelas.

Aún así me seguías gustando, estabas muy bien afeitado y con olor a rico.

Abrí mi cartera y te ofrecí el regalo que traía, no lo abriste y si lo dejaste sobre la mesa. Leticia nos dio orden de sentarnos que ya traía el te.

No me corriste la silla y te sentaste primero… ¡Te desconocí!

No tengo palabras para expresar lo que siento en estos momentos al contarlo.

Su audición había mermado y solo escucha algo cuando le ponen sus audífonos que no los soportan y descansan en un cajón.

De pronto con voz utilizada por aquellas personas que no escuchan, me pregunta. ¿Quién eres tú? Quise argüir palabra, pero la tristeza me superó y solo pude decir Beatriz tu alumna, quise darte la sorpresa de visitarte para el día del amigo… Se sonrió y siguió tomando su te… ya me saltaban las lágrimas… Yo no te conozco!!!

Maldije al peluquero, maquilladora, manicura, odié mi sweater  color otoño…

Yo me había desconocido…pero tanto como para que no me reconozcan ¿???

Nos miramos con Leti, y por sobre el mantel me aprieta la mano en un gesto de ternura. ¿Sabes Beatriz? Dany padece la llamada “Enfermedad del olvido” para decirlo mejor Alzheimer

Desde que nos mudamos hace 8 años lo comencé a notar “distinto” como ausente, en las conversaciones… dejó de salir, se recluyó en su “bunker“ de silencio. Te lo iba a contar  para que estés informada, pero justo entraba el…

Podíamos hablar pues no lo mirábamos y él estaba viendo como se ocultaba el sol detrás de los edificios.

Es muy triste vivir con una persona que no tiene incentivo de nada, pero no lo puedo abandonar, pues al morir mamá yo le prometí que viviría conmigo…

Es muy dócil, no es agresivo… ¡Es un niño! Al que amo con todo mi corazón.

¡Gracias por visitarnos! Hazlo cuando desees, me hacen bien las visitas ya que con él casi no hay diálogo… ya lo ves son personas muy especiales.

Cuando vio que me paré para irme, se acercó y me abrazó, impregnándome de su perfume, y siguió sonriéndose…

Prometí volver y lo haré ¡Claro que lo haré! Recuperé al hombre de mis sueños, aunque olvidó sus sentimientos…

El mismo rostro, las mismas manos, los mismos ojos, la misma boca, su misma figura; y traje conmigo algo que no había tenido jamás; su perfume exquisito enredándome, y el recuerdo de su abrazo que aunque él no sabía a quien abrazaba yo se que es Dany quien me abrazó.

¡Mi papi siempre decía! Ustedes las mujeres se conforman con poco y hoy lo entiendo. ¡Si! Me conformo solamente con su presencia y su aroma…

Y mientras me desvisto sigo oliendo mi sweater con perfume a Dany.

La vida a veces nos prepara para dar lecciones aún después de clase, y yo estoy dispuesta a darla… Se que esta vez no me podrá “bochar”… Porque me interesaré por todos los comportamientos que tienen estas personas afectadas de este mal. Lo ayudaré a sobrevivir aunque me pregunte mil veces mi nombre y solo me sonría…

Hasta es posible que lo acompañe al parque tomada de su mano como dos enamorados.

Que DIOS nos ayude a transitar este doloroso y oscuro túnel de silencios…

Le pasó a el, como me pudo suceder a mi…

Esta enfermedad no perdona, por eso es que debemos estar preparados…

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DE POSTRE DURAZNOS

Carlos Horacio González Saavedra / Argentina

Corría el año 1960 y a papá lo ascendieron. Eso significaba una mejora económica sustancial. Pasó de ser casi un pincha papeles a llevar la teneduría de libros. Su jefe, el contador, había sido promovido a la gerencia.

El frigorífico “La Negra” estaba en Avellaneda y era uno de los más modernos de la época. No era fácil progresar en esas empresas, ya que sus dueños ingleses eran sumamente exigentes con sus empleados. Todo debía estar en perfecto orden para enviar los reportes a Inglaterra.

Papá era un genio para eso. Además, mis tíos trabajaban en el correo, en el despacho al exterior, así que las cartas salían y llegaban con una rapidez inusual. Eso les valió varias felicitaciones, tanto al jefe como a papá.

Mamá estaba contenta. Mi hermana y yo sabíamos que algo bueno estaba pasando.

En un almuerzo familiar, mis padres anunciaron que habían invitado al nuevo gerente a comer en casa, como festejo por los ascensos. Debíamos portarnos bien en la mesa: no apoyar los codos, esperar a que mamá sirviera, cruzar las manos y mantenernos a una cuarta de la mesa. Papá se ocupaba de medirlo con su mano durante toda la semana previa.

La casa debía estar impecable ese domingo, y todos colaboramos. Enceramos los pisos, lavamos el patio. Todo relucía. Mi hermana llevaba un vestidito muy bonito, y yo, pantalón corto y camisa al tono. Impecables los cuatro.

El contador Enrique Talent había dicho que tomaría el tren en Constitución a las 11:10 h, y llegaría a las 11:50 h a Rafael Calzada. Papá lo iría a buscar a la estación.

La mesa, con mantel y flores, daba un toque muy cálido a la visita.

Cuando faltaban unos minutos para salir, un grito desesperado de mamá rompió la calma: —¡Carlos, me olvidé el postre! ¿Por qué no compras en el andén de la estación una lata de duraznos al natural, en esa frutería nueva de paredes de chapa amarillas?

Papá, sin mucho que decir, asintió con la cabeza y salió. Era domingo al mediodía, todo estaba cerrado, y no había tiempo para buscar otra cosa.

A las 11:50 h, justo cuando bajaban los pasajeros, entre ellos Talent, lo vimos llegar con un ramo de flores para mamá… y una lata de duraznos en almíbar, comprados en Constitución.

Papá no dijo nada. Se sintió agradecido por los presentes, y hasta sacó unos caramelos del bolsillo para mi hermana y para mí.

Enrique Talent era una persona muy humana, de mirada y apariencia triste. Iluminaba su expresión con una sonrisa y unos encendidos ojos celestes. Algo mayor, soltero, y con muchas ganas de afecto. Papá lo estimaba mucho.

Todo transcurrió con normalidad. Almorzamos muy rico. A los postres, mamá había preparado los duraznos en una fuente de vidrio, listos para servir.

Salió contenta de la cocina, con su mejor sonrisa: —Ay, señor Talent, disculpe usted por los duraznos en almíbar. No tuve tiempo de hacer flan.

Papá replicó: —Tita, los duraznos los trajo Enrique. Los compró en Constitución.

Mamá se quedó muda durante media hora, sin saber cómo salir del momento incómodo. A Enrique le causó gracia. Papá se disculpaba por el desliz. Nosotros, callados, no sabíamos si reír o llorar.

A papá lo volvieron a ascender, promovido por Mr. Talent… a pesar del postre.

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TANA EN ESCOCIA ( DONDE EL PASADO SUSURRA)

Elspeth Gormley / España

Este relato pertenece al libro de mi autoría, El universo de Tana. Nos invita a recorrer la travesía íntima de Tana, una mujer que emprende un viaje hacia Escocia en busca de sus raíces. Lo que comienza como una exploración geográfica se convierte en una experiencia transformadora, donde la memoria, la herencia y la identidad se entrelazan en cada paso. Entre castillos, mares y leyendas, Tana descubre que el pasado no está detrás, sino dentro.

Durante años, Tana había sentido una llamada silenciosa hacia Escocia. No era solo el deseo de viajar, sino una necesidad profunda de pisar la tierra de su padre, de entender esa conexión invisible que la atravesaba. Aunque apenas lo había conocido, intuía que en esas colinas verdes y cielos cambiantes se escondían respuestas que su alma necesitaba.

Con una maleta llena de preguntas y el corazón latiendo fuerte, llegó a Glasgow. El aire fresco, el olor del mar, las piedras antiguas… todo parecía esperarla. Pero su destino no era solo el paisaje: era la casa donde su padre había vivido, en las Highlands.

Cuando Tana llegó, la casa se alzaba entre colinas como un guardián del tiempo. Al cruzar el umbral, sintió que el pasado la abrazaba. Las paredes de piedra, el techo de paja, los retratos antiguos… todo parecía hablarle. En la sala principal, frente a una chimenea apagada, encontró un diario. Era el de su padre.

Las páginas, escritas con tinta desvanecida, le revelaron un mundo íntimo: pensamientos, sueños, miedos, amor por la tierra. Tana leía y sentía que su padre le hablaba desde otro tiempo. Cada palabra era una caricia, cada frase una revelación. Sorpresa, nostalgia, admiración… pero sobre todo, conexión. Por primera vez, lo conocía de verdad.

El diario transformó su mirada. Las Highlands dejaron de ser un paisaje mítico para convertirse en escenario de su historia familiar. Las montañas, los lagos, los valles… todo tenía sentido. Tana entendió que no solo buscaba el pasado: estaba construyendo su futuro.

En una de las últimas páginas, su padre hablaba de una leyenda familiar: la historia de Ewan, un ancestro guerrero que había luchado en las Highlands con una espada forjada en el metal de un meteorito. Se decía que un cuervo blanco aparecía antes de cada victoria, como señal de protección. El castillo de Eilean Donan, según la leyenda, guardaba la espada en sus mazmorras, esperando al descendiente digno que pudiera empuñarla.

Tana visitó el castillo. Lo recorrió con respeto, sintiendo que cada piedra le contaba una historia. No buscaba la espada, sino el eco de su linaje. En las salas silenciosas, creyó escuchar los pasos de Ewan, el susurro del cuervo, el latido de su propia sangre.

Al salir, con el tartán de su padre sobre los hombros y el espíritu de sus ancestros en el corazón, Tana dejó la casa con una certeza nueva: no estaba sola. La tierra la había reconocido. Y ella, por fin, sabía quién era.

La historia de Tana no termina en Escocia. Comienza allí. Porque hay viajes que no se hacen con los pies, sino con el alma. Y hay tierras que no se visitan: se recuerdan, se honran, se habitan desde dentro.

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EL SONIDO DEL SILENCIO

Marga Mangione/ Argentina

No sabía por qué se encontraba en ese lugar, pero sí sabía dónde estaba; era un hospital. Pensaba que era una habitación muy grande, de esas que tienen diez, o doce camas, cinco o seis colocadas de cada lado, debajo de unos enormes ventanales.

Las voces y los ruidos hacían que se mantuviera alerta durante todo el día. Escuchaba conversaciones a su alrededor. A veces, alguno de los visitantes de los enfermos de las otras camas, se acercaba y murmuraba algo. Por lo general, sintiendo lástima por él. ¡Pobre pibe! ¿Todavía no se despertó? ¿Qué le pasó? Y el vecino de al lado contestaba: ¡Qué se yo! Lo trajeron así. Un accidente tal vez…

Las enfermeras que lo higienizaban y le cambiaban el suero, le hablaban, pero él, no les contestaba. No podía hablar, no sabía cómo hacerlo. Tampoco podía abrir los ojos. Nadie lo visitaba nunca. ¿Sería que tal vez su familia no se había enterado que estaba allí? O quizás no tenía familia. Trataba todo el tiempo de recordar qué le había pasado, pero era en vano, no recordaba nada.

Los días pasaban; monótonos, largos, interminables. Los primeros en los que tomó conciencia de que estaba internado en un hospital, los pasó desesperado, escuchando los ruidos, las voces, tratando de abrir los ojos, de gritar sus dudas, sus dolores, su angustia. Pero era inútil. Sentía el roce de las manos acomodando su cama, lavándolo, el murmullo de las voces penetraba en su cerebro enloqueciéndolo. Lo peor eran las noches, cuando todo quedaba en total y absoluto silencio por horas y horas

. Hasta que empezó a reconocer un ruido: era el goteo de una canilla. Pensó que su cama estaba ubicada al lado del baño. Sí, tenía que ser así, porque se acordaba que alguna vez estuvo visitando a alguien internado en el Hospital Fiorito de Avellaneda, y la habitación era de las dimensiones que se imaginaba tenía ésta. Antes de ingresar a esa sala, había un baño que usaban los enfermos que podían levantarse, y los familiares que se quedaban a cuidarlos.

La canilla goteaba exactamente cada segundo, de cada hora, de cada noche. Siempre igual, eternamente igual. Hasta que ese ruido comenzó a hacerse diferente. Prestó atención; ya no eran gotas cayendo monótonas sobre la superficie de una pileta. No, ahora las gotas le hablaban. ¿Se estaría volviendo loco? Comenzó a darse cuenta una madrugada, mientras trataba de sacudir la niebla que cubría sus sentidos aletargados. Lo había despertado la voz de la enfermera nocturna, preguntándole a uno de los enfermos si necesitaba algo.

Supo que todavía era de noche, porque la que hablaba era Lila, y ella se iba a las seis de la mañana. Las que estaban durante el día eran muy eficientes, pero trabajaban casi mecánicamente. En cambio, Lila se tomaba el tiempo necesario para ser cariñosa con todos. A él siempre le hablaba con dulzura, y en esos momentos sentía una pena inmensa por no poder contestarle y agradecerle sus cuidados, pero le encantaba escucharla. Cuando la muchacha se fue, volvió a oír las gotas hablándole. ¿Qué le decían? Escuchó atentamente en medio del silencio casi sepulcral que reinaba en ese lugar y a esa hora.

Ahora oyó claramente: Juan…, Juan…, Juan… ¿Sería ese su nombre…? Pensó que, si las gotas le hablaban, podría preguntarles si sabían quién era, y un montón de cosas más. Pero, ¿Cómo lo haría, si no podía hablar? Entonces las gotas le contestaron: Tranquilo Juan. No necesitas hablar. Nosotras escuchamos tus pensamientos, y te vamos a ayudar… Me llamo Juan, decidió. Y les agradeció mentalmente a las gotas. ¿Qué me pasó? Siguió preguntando con el pensamiento, y las gotas seguían hablando: tac…, tac…, tac… Moto. -escuchó- ¡Yo andaba en la moto! ¡Me habré caído, o tal vez me atropellaron!

¡No puedo recordar! Una lágrima se deslizó desde su ojo a la comisura de sus labios. Las gotas le dijeron: tac…, tac…, tac… Está bien, -les dijo- no voy a llorar, ¡pero ayúdenme por favor…! Y las gotas seguían con su: tac…, tac…, tac… Me llamo Juan. Me caí de la moto. ¡No! ¡Me tiraron de la moto! Estoy vivo, pero no puedo hablar, ni moverme, y me duele todo el cuerpo… ¿Tengo familia? El tac de las gotas le contó que tenía una mamá, una novia y hermanos, pero eso no fue de golpe, pasaron muchas semanas en las que Juan dormía de día y preguntaba de noche. Paulatinamente iba conociendo su historia, pero le faltaba hacer la pregunta más importante: ¿Se salvaría? ¿Volvería a caminar, a hablar? ¿Sabrían su mamá y su novia que estaba allí?

Esa noche preguntaría… El día se le hizo insoportable. Cuando el día acabó, y comenzó a reinar el silencio, buscó el sonido de las gotas y no lo escuchó. Esperó en vano durante muchas horas. Después, en medio de la desesperación oyó la voz de Lila, la enfermera nocturna, que comentaba con el médico de guardia: –

¡Menos mal que arreglaron esa maldita canilla, ya no la aguantaba más!

La penumbra de la habitación no permitió que la enfermera pudiera ver las lágrimas que rodaban por las mejillas de Juan…

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ENOJO

Andrea Morini / Argentina

Hace días que no respondes. Molesto paso por tu casa para verte y, de paso, regañarte por no devolver mis llamados. 

No tengo tiempo en la semana para estas cosas, seguro que lo sabes pero, aún así, te comportas como un niño reclamando atención.

Las llaves en la cerradura giran con fuerza, entro a la casa y un silencio ominoso me recibe. Atino a nombrarte, pero mi voz se pierde en los recovecos de las habitaciones.

Extrañado comienzo a recorrerlas, pero no hay anuncios tuyos y comienzo a preocuparme, no sueles salir de la casa desde hace mucho tiempo. 

El olor de los ambientes tiene reminiscencias del pasado, me habla de ti, de mí, de tus brazos fuertes llevándome al colegio o a jugar al club. 

Esos miembros protectores que contuvieron mi niñez, ahora tan solo tienen fuerza para levantar un vaso y que no caiga  al suelo por resbalarse de tus manos inseguras, como ya pasó hace algún tiempo, aunque no dijiste nada, pero las astillas delataron tu secreto que quedó sellado en mi boca.

Sigo avanzando por los recuerdos mientras te busco, «¿dónde te has escondido?» me pregunto, sabiendo que no sé si quiero tener respuesta a ese interrogante. 

Me encamino hacia el banco del patio, aquel en el que te gusta sentarte en las tardes cálidas a leer o tomar unos mates… y allí te encuentro rodeado de fotos familiares que me miran desde el mutismo en el que están inmersas, al igual que tú. 

Te llamo, pero ya no respondes.

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ESTOS DIAMANTES, CAROLINA

Gustavo Páez Escobar / Colombia

          Tal vez por ser la mujer del joyero, Carolina se acostumbró al lujo. A toda suerte de lujos, desde lucir las joyas más ambicionadas por la vanidad femenina hasta cambiar de carro y de residencia con el único motivo de estrenar, o inventarse viajes al exterior para contemporizar con el mundo de derroches y alardes del que no podía prescindir.

          –Vengo con el último grito de la moda –le anunció a su marido, y con rápido movimiento sacó de los paquetes todo un almacén de vestidos, zapatillas, perfumes y ropas íntimas.

          –Pero si la semana pasada te compraste tres vestidos –exclamó Hugo Mario, entre atónito e idiotizado, y en realidad ignoraba si habían sido tres o media docena

          –Y este es el perfume más arrebatador de París (¿te imaginas cuánto me costó?), como para tenerte siempre a mi lado –siguió ella, sin darle lugar a nuevas protestas, mientras la fragancia inundaba la alcoba con poderosas incitaciones.

          –¡Fantástico! –fue la exclamación del marido derrotado, y fascinado al mismo tiempo, y en esos momentos era cuando él saboreaba mejor la vida y más se solazaba con el lujo de mujer que le había dado la suerte.

          –Y ahora un aire romántico (¿prefieres los Panchos, los Diamantes o María Luisa Landín?), y whisky para que el amor sea más embriagante. ¡Cuánto te quiero! No dejes nunca de ser apasionado, te lo ruego –continuaba su esposa, matizando el instante amoroso, y el hombre, derretido entre sensaciones lascivas, quedaba sin respiración.        

          –Eres un encanto –tales las palabras rituales con que el marido finalizaba siempre aquellos encuentros, y el acto concluía.

          Camino del negocio, con esa languidez de espíritu de los maridos generosos, se preguntaba Hugo Mario si su chequera respondería a tantos excesos. “Me estoy arruinando”, meditaba. Luego, recordaba el beso categórico y la emoción causada por las caricias seductoras con que la mujer dice siempre la última palabra. El embrujo todo de París cabía en esas gotas de perfume que, cual señuelos para la provocación, le despertaban alborotos súbitos, que por fortuna su mujer sabía calmar en la justa medida.

          Era entonces cuando musitaba el “eres un encanto” y cuando Carolina se proclamaba victoriosa, como mujer satisfecha, en lo más recóndito de su amor posesivo. Sabía que el hombre, disminuido, respondería mejor a sus asedios. ¿Sería él tan indolente que le negara el aderezo de diamantes con que tanto había soñado, o no accediera al viaje que con sus amigas preparaba para las playas de Miami?

          “Me estoy arruinando”, volvía a pensar. Y otra vez la cabeza le daba vueltas con el cúmulo de compromisos económicos que ya no alcanzaba a atender. Pero de nuevo surgía su vida sentimental con una eva tan apetitosa como complaciente, y ahí se evaporaban sus temores. Y hasta se enternecía al acariciar los fugaces momentos de placer donde la voluntad se desvanece entre las sutilezas femeninas.

          –Acuérdese, don Hugo Mario –le recordaba el usurero–, que llevo seis meses esperándolo y ya no puedo darle más plazo.

          –Le pagaré más intereses.

          –No es suficiente. Necesito el capital o una garantía mayor. Hipotéqueme la casa.

          –No es posible: está hipotecada.

          –Entonces, la finca.

          –Tampoco es posible: tiene dos hipotecas.

          –Entonces…

          De aquella conversación con el usurero arrancó la quiebra presentida. No fue sino que él lo embargara para que el resto de acreedores, que se mantenían listos para el ataque, cayeran como langostas. Menos mal que Carolina gozaba las delicias del sol, la brisa y las tibias aguas del Caribe y no se halló presente el día en que el juez decretó el secuestro de todas las propiedades. Ella no merecía aquella vergüenza, aquel sonrojo inconcebible para una princesa.

          La suntuosa mansión se desmoronó de repente como castillo de naipes. Era su última fortaleza y también le fue arrebatada, como había sucedido con la joyería, la finca, los carros, el dinero en bancos, los papeles bursátiles…

          Fue diestro, sin embargo, en salvar las alhajas de su esposa. A ese tesoro nadie tendría acceso. Brazaletes, gargantillas, pectorales, aretes, anillos, diversidad de adornos montados en pedrerías fantásticas refulgían con los destellos que la fortuna conservaba para no abandonarlo por completo. Se abrazó a las joyas, las besó, se rodeó el cuello de lazos y cadenas, se dejó obnubilar por el fulgor y la pompa. Y lloró.

          Acaso ese tesoro significaba su perdición, pero el marido dadivoso se negaba a reconocerlo. Primero estaba su esposa, que valía más que aquella colección de espejismos. Ella significaba la razón de su vida y lo demás era secundario. Frente a ese mar encantado que le arrancaba lágrimas, se decía que su mujer, por leve y fascinante, por sensual y complaciente, tenía derecho a los caprichos de la moda y a su dulce coquetería.   

          Pero el imperio se había derrumbado. Una princesa no se acomoda entre la pobreza. Ya en pocos días estaría ella de regreso y no era sensato condenarla al oprobio de la penuria. Rescatar la riqueza perdida consistiría en ejercer su destreza de comerciante.

          Si no se hubiera enredado en negocios oscuros es posible que Hugo Mario se hubiera salvado. Meterse con la mafia y caer en los bajos fondos fueron recursos desesperados que apresuraron su desgracia. Cuando Carolina volvió, él estaba en la cárcel. Sin casa, sin carro, sin dinero… ¿y también sin marido? Carolina duró una semana llorando.

          Buscar abogado… ¡vaya oficio más rudo para una princesa! ¿De dónde sacaría el dinero si todo se había evaporado? Era una frágil crisálida que carecía de fortaleza para volar. Vestía ahora con más discreción y menos fantasías, aunque con igual garbo.

          El abogado la observó con atención. Con interés escuchó la historia y la ayudó a localizar datos importantes para la defensa. Carolina, inexperta y tímida, no acertaba a hilar sus pensamientos. El abogado la auxiliaba en los momentos de confusión. Y viendo su juventud y belleza, justificó su impericia.

          –Defenderé el caso –concluyó el penalista.

          –No tengo dinero –exclamó ella con nerviosismo.

          –Serénese, señora. No todo ha de ser dinero. Llegaremos a un acuerdo. Lo importante es que recupere a su marido.

          –¿Me ayudará usted?

          –Sí. Es usted joven y atractiva y yo contribuiré a su felicidad.

          Se sintió halagada. Respiró con la satisfacción de las mujeres galanteadas y comenzó a pensar que la suerte no le era tan esquiva. Días más tarde se presentó con un plan definido:

          –He encontrado la fórmula para arreglarle sus honorarios. Este aderezo vale una fortuna. Tal vez usted quisiera regalárselo a su esposa…

          –Preciosa joya –exclamó el abogado, ponderando las tres piezas que le mostraba Carolina–. Déjeme que lo aprecie más si usted lo lleva puesto. ¿Me permite admirarlo en su cuello? Las joyas son más refulgentes cuando van unidas a un rostro hermoso y a un talle esbelto. Usted tiene ambas cualidades –prosiguió con una reverencia–. ¿Quiere mucho su aderezo, señora?

          –Es parte de mí misma –contestó ella–. No importa: renuncio a él.

          –Y yo no acepto su sacrificio. No debe privarse del placer de la vanidad. Las mujeres, señora, nacieron para ser vanidosas. Guárdelo, por favor.

          Carolina se emocionó. Ser mujer es ser sensible a la lisonja. Era ese el halago que requería en su abandono. Su espíritu se veía vigorizado para la lucha. “Perdóname si no he vuelto a visitarte –le escribía días después a su marido–, pero la cárcel me deprime. ¿Me entenderás, amor mío? Siempre estoy contigo”. Él le contestó que ante todo cuidara la salud y le suplicaba que dejara de frecuentar la cárcel. “Eres un encanto, y no debes pisar estos sitios indignos de tu belleza. Saldré pronto y entonces volveremos a estar juntos”.

          Carolina no volvió más a visitar a su marido a la cárcel: terminó de concubina del abogado. Pasados los primeros temores y superadas las primeras crisis, ella misma se absolvió de su culpa. Le pareció que era muy frágil para permanecer desamparada. No: imposible resistir los cinco años de soledad a que quedaba expuesta por la condena de su marido. El abogado había perdido la causa.

          Y ella se decía que aquel había sido un sacrificio impuesto por la necesidad de salvar a Hugo Mario. Pero no estaba tranquila. Percibía el reproche de la conciencia. Incomodidad que pareció desvanecerse cuando el abogado, que aquella noche la llevaría a comer a su restaurante preferido, le dijo:

          –Quiero verte con el aderezo de diamantes. Es el símbolo de nuestra unión.

          –Y el símbolo de la traición, bien lo sabes –agregó Carolina–. ¿Has meditado en el precio de nuestras relaciones? Ensuciaste hasta tu prestigio profesional al desviar, en provecho tuyo, la suerte de la defensa. Dejaste perder el pleito para quedarte conmigo, y yo favorecí tus propósitos. Me vendí. Tú me compraste. Los dos somos miserables.

          –Ponte los diamantes –repuso el abogado–. Ya es tarde para rectificar el pasado. Lo hecho, hecho está.

          –Está bien. Ayúdame.

          Carolina se contempló en el espejo. Estaba radiante. De pronto le pareció ver en el destello de las piedras los ojos pesarosos de su marido. No sabía si la juzgaban o le expresaban amor. Estuvo a punto de prorrumpir en llanto, de destruir el aderezo. Pero se contuvo.

          –No enturbiemos el corazón –escuchó la voz de su amante–. Vamos, ángel mío. Pasaremos una deliciosa noche de amor.

          –Vamos.

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LA ÚLTIMA FRONTERA

Carlos F. Pérez de Villarreal /Argentina

Pasó la pierna derecha por sobre el cuello del caballo y se dejó deslizar por la montura. Sus pies tocaron el suelo. Le temblaban los muslos, hacía casi 12 horas que no descabalgaba. ¡Habían pasado tantas cosas…!

Se relajó un tiempo, tomó las riendas y a paso lento con su animal detrás, caminó hacia la caballeriza que se estaba levantando en el campamento La sangre seca, parte suya y parte de sus enemigos, se dibujaba en la cara, los brazos y la Larica. La mano izquierda tenía un tajo que le dolía bastante y el golpe en el labio ya había dejado su huella.

Dejó al animal con un ayudante, recogió el Clipeus y el Pilum y se dirigió a la Sección Octava que se encontraba desmontando. Ya habían armado una empalizada y las tiendas de campaña empezaban a florecer como hongos. Lo recibió el Decurión:

—Prefecto Lucius, venga, descanse en esta tienda, en cuanto terminen de armar el campamento, armaremos la suya y podrá darse el gusto de lavarse. —Gracias Publio. Necesito que vean mi mano.

Ni bien quedó solo, se deshizo de las armas. Dejó el escudo y la lanza. Sobre ellos colocó la armadura, el Gladius y el Pugio. Se derrumbó prácticamente sobre un pequeño catre de lona y madera. Al instante se quedó dormido

Un ave rapaz vuela en círculos, dejándose llevar por las corrientes cálidas. El está abajo, solo, semidesnudo, en el inmenso arenal, calcinado por el sol. Otra ave se agrega, y otra y otra. Y se lanzan sobre él. Desesperado toma su cuchillo y descerraja a la primera que tiene a mano. Mata a otra, pero las demás lo pican, lo fustigan. Cuida su cara, sus ojos…

De repente una mano posada en su hombro lo vuelve a la realidad: —¡Prefecto, Prefecto!

Se levantó de un salto y ya con el cuchillo en ristre, cayó en la cuenta de la situación. El sueño se borró en un instante. Allí está el Decurión con un Medicus. Los dos hombres se han retirado hacia atrás, sorprendidos. Pidió disculpas, dejó el arma y se sentó. Mientras el galeno le curaba la fea herida de la mano y el labio, se dio cuenta que tenía golpes y moretones en los brazos y en el pecho. La batalla había sido dura… muy dura. Más de lo que él imaginó. Había que vengar la matanza de las legiones de Varo en Teutoburgo y delimitar la frontera Sí, había que hacerlo, pero… ¿a qué precio? La muerte había visitado el campo. Sobre el recodo del río, los cadáveres se contaban de a miles. Los bosques detrás, destruidos. Hombres y animales muertos. Animales y hombres muertos Demasiada muerte. Estaba hastiado de ella.

¿Cuál era el saldo que tenía a favor después de casi 24 años en las legiones? Había llegado a ser Prefecto, al mando de una Alae de caballería de 1.000 hombres. Hoy, bajo las órdenes del General Germánico, acababan de vencer a las tribus indómitas de la Germania Magna. En el principio, África Proconsularis, Cirenaica, Mauretania. Luego Egipto, Mesopotamia. Después Las Galias, Aquitania, Hispania. Había recorrido todo el Imperio… Un año más y ganaría su salida de la legión con honores, dinero y una casa en el campo. Cumpliría 25 años de servicio prestado. Le darían su missio honesta.

Cuando terminaron de curarlo, Publio le anunció que llevarían el equipo a su tienda y que había suficiente agua hasta para darse un baño. Cansinamente se dirigió a la carpa, entró, se desnudó y se lavó todo el cuerpo; parte por parte. Fue descubriendo heridas nuevas y rememorando cicatrices viejas. ¡Qué cansado se sentía!

El sueño de esa noche, no fue bueno. Sólo, en un claro inmenso de un gran bosque, está caído en la hierba seca, roída por un sol impiadoso. Un pájaro lo sobrevuela, luego otro y otro. Lo atacan. Se defiende como puede con la corta espada.

El despertar no fue cómodo. Empapado de sudor, se levantó de un saltó y salió hacia la noche estrellada. ¡Marte, Marte! ¿Dónde estás que no me proteges? Cuando el frío del amanecer lo hizo tiritar… ya había tomado una decisión.

Seis días más tarde, las tropas ya acantonadas, comenzaban a reagruparse y las fortificaciones generaban el desplazamiento de cohortes a diferentes destinos, abriendo las legiones sus mandos y fuerzas. Esa noche, un hombre y un caballo, llevado de las riendas, se desplazaba poco a poco hacia la salida de uno de los campamentos de la fuerza de caballería. Los dos legionarios de guardia no vieron nada. Sólo una sombra envuelta en un gran manto marrón, flotó al viento al lado del lomo del animal, negro como la noche sin luna. Sus patas blancas habían sido tapadas por dos causas: no permitían ver el color y ahogaban el ruido de los cascos sin herrar en el suelo. Las siluetas se desdibujaron en la noche sin luna.

Internado en un nuevo territorio, el jinete destapó las patas del caballo, acomodó bien los víveres y el agua sobre la montura con el Tapetum debajo, montó de un salto; y a un trote continuo comenzó a ganar terreno. El alba lo encontró detrás del bosque inmenso, ya en una gran llanura que se perfilaba hacia el norte.

Lucius Cayo Dominicus, Prefecto de la VIII Legión, sonrió. Abrió los brazos en cruz, cerró los ojos y se dejó acariciar por la leve brisa. Cuando levantó la mirada al cielo, sorprendido observó el vuelo de un águila real. «Buen augurio». Pensó. Su deserción sería notada. Ya nada importaba. Buscaba su propia libertad. Dejaba atrás la última frontera.

Vocabulario romano antiguo Campamento: Campamentus Escudo de caballería: Clipeus – corto y ovalado Lanza: Pilum Espada corta: Gladius Cuchillo corto: Pugio Armadura completa: Larica Sección: Turnae (35 jinetes) Agrupamiento de caballería: Alae (1.000 hombres) Jefe de Agrupamiento: Prefecto Jefe de Sección: Decurión Cada Legión (4.800 hombres) tenía diez Cohortes. Cada cohorte (480 hombres) estaba formada por tres Manípulos. Cada manípulo (160 hombres) constaba de dos Centurias de 80 legionarios cada una. Servicio prestado a la Legión con 25 años: missio honesta Médico: Médicus Cubierta de lana colocada debajo de la montura para evitar roces: Tapetum Batalla de Idistaviso (año 16): Conocida como batalla del Río Weser, donde el General Julio Cesar Claudiano (Germánico), vence, derrota y masacra a las tribus germanas al mando de Arminio; vengando así la masacre de Teutoburgo (año 7). Al terminar la batalla los romanos habían perdido 1.000 soldados mientras que los germanos dejaron sobre el campo 15.000 cadáveres. Germania Transrenana: Germania Magna Grito de ataque de las legiones: Roma invicta est

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OTRA DIMENSIÓN

Walter H. Rotela / Uruguay

Días atrás, hace casi un mes, escuchaba un programa de radio mientras almorzaba. En determinado momento, el director de un grupo coral invitó a los amantes de la música góspel a presenciar un espectáculo donde se ingresaba a otra dimensión. Por casualidad fui a parar a dicho evento.

Una vieja amiga me invitó al espectáculo que anunciaron en la radio. Ella dijo: «Ven acompáñame, voy a un evento y no quiero ir sola». Sin saber a dónde íbamos, la acompañé.  Y como es costumbre nuestra, llegamos tarde. Y, entonces, comprobé eso increíble anunciado por el director del grupo coral. Aunque dudo mucho que él mismo hubiese previsto lo que ocurrió, y de lo que fui testigo, en ese lugar y momento.

El anuncio hubiese pasado desapercibido por mí de no haber mediado la invitación de mi amiga. El espectáculo se anunciaba para las 20 horas del día domingo. Ella me avisó sobre el medio día y como no tenía planes accedí, encantado. Sin embargo, no recordaba el aviso radial. Y por culpa mía, llegamos 20 minutos más tarde del comienzo, a la sala llamada La colmena.

Ingresamos al auditorio en puntas de pie, paso por paso, mientras el coro hacía su presentación irradiando una energía increíble, llegando a un punto que podría denominar el clímax. Nos sentamos en la última fila. La oscuridad de la sala parecía casi total. En el escenario las luces iluminaban tímidamente el fondo. Quedando, sin embargo, muy nítido el rostro de los cantantes.

Las voces recorrían la sala, la llenaban. El público parecía moverse acompasadamente, en una sincronía total. Nos sorprendió.

Nuestra atención se centró en el público, más que en el coro. Era muy extraño ver el delicado movimiento de las personas. Se daba una simultaneidad, una comunión perfecta, un diálogo preciso entre las voces y el movimiento de los escuchas, entre los artistas arriba del escenario y el público que los seguía desde las butacas. Parecía… que algo no andaba bien.

̶ Te diste cuenta que la gente emite como un zumbido –comentó, en voz baja, mi amiga.

̶  Sí… Y sus rostros… parecen idos –agregué.

Al parecer, el director del coro, por indicación de un corista, miró de reojo y observó, como nosotros, al público. Su sorpresa quedó manifiesta en su pálido rostro y en una sutil contracción espástica del cuerpo. 

Las personas, arriba del escenario, siguieron interpretando su coral; al tiempo que intentaron disimular lo mejor posible su sorpresa. Sobre el final, lo habitual hubiese sido un cerrado aplauso. Pero eso no ocurrió.

El director, tal como nosotros, notó el extraño comportamiento del público presente; del que, nosotros, también éramos parte. Sin embargo, por motivos que desconocemos, no participábamos del mismo ‘trance’, por llamar de alguna manera a esa situación que no dejaba de sorprendernos.

El hombre de impecable traje negro, que se interponía entre coro y público, señaló con su batuta al iluminador que recorriera, con el reflector, al público. La expresión era la misma en todos: un esbozo de alegría, de gozo, de éxtasis.

Creo que en ese momento recordé, nítidamente, el anuncio que el director había hecho en el programa radial: «Ingresarán, por intermedio de la música, a otra dimensión».            

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CARTAS – SEPTIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante

Cartas

“Aquí se escribe a lo que no responde, pero siempre escucha.”

Colaboran en esta Sección:
  • Luz Fontana – Italia
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Andrea Kiperman – España

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CARTA A QUIEN NO VINO

Luz Fontana / Italia

No sé si te perdiste o si simplemente decidiste no venir. Pero hoy, mientras doblaba las servilletas y el silencio se sentaba a mi lado, pensé en ti.

No hay reproche en estas líneas. Solo una especie de nostalgia anticipada. Como cuando uno prepara la mesa para alguien que no ha confirmado, pero igual deja el plato servido.

Te imaginé entrando con ese gesto tuyo de quien no sabe si quedarse o marcharse. Y yo, como siempre, fingiendo que no espero, aunque todo en mí te llama.

La tarde se fue sin ti, pero no sin historia. Porque incluso tu ausencia tiene forma, tiene peso, tiene voz.

No sé si leerás esto. No sé si sabrás que, aunque no viniste, estuviste.

Y eso, a veces, basta.

Con afecto,

。°✩。⋆。°✩。⋆

CARTA A JULITO

Carlos González Saavedra / Argentina

Querido Julito:

Emocionado, escribo estas líneas con la intención de recuperar juntos, momentos tan lindos, de nuestra infancia.

Cada vez que papá me decía voy al campo, siempre preguntaba:-¿A lo de Julito?

Su contestación afirmativa, hacía que se me iluminaba la cara.

Esos días que quedaba en tu casa, eran maravillosos. Los viví con mucha intensidad y felicidad.

Papá visitaba otras estancias que administraba.

Te acuerdas, cuando nos bañábamos en el estanque o corríamos liebres?

O cuando pusimos en marcha, para desesperación de tu mama, él camión Guerrero Ése, que estaba en al galpón, que aparentaba no andar.

Nos bajamos con el motor, en marcha,

¡Que épocas!

Tu mama, nos mandaba a juntar huevos y siempre dejábamos alguno escondido para tirarles a los gansos.

O cuando corríamos los sapos, de noche.

Después dormíamos y por la mañana otra vez a empezar.

Esas cosas simples, es la que quiero que recordemos.

Hoy devenido en escritor y vos escribano. Ésa picardía de niños, los años, la fueron borrando

Encuentro en vos, una biblioteca de anécdotas y travesuras de nuestra infancia. Todas risueñas para editar un libro.

Julito, amigo y hermano mío. Tomate un tiempo y recordemos juntos, esos hermosos años de la infancia.

En definitiva eso, es lo que somos.

Me entere que no estás pasando un buen momento económico, razón de más para recordar y divertirnos.

Espero tu día y hora e iré a tu encuentro.

¡Abrazo, querido Julito!

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CARTA AL MAR

Elspeth Gormley / España

Te escribo, mar, desde la orilla que me conoce, desde esa línea de arena donde mis pasos se mezclan con tus huellas líquidas. Te escribo como quien habla con un dios sin templo, como quien confiesa sin esperar absolución.

Porque eres más que agua y horizonte. Eres mi refugio, mi espejo, mi compañero de pasos. Eres mi pasión, mar. No por lo que muestras, sino por lo que escondes. Por esa voz que no grita, pero ruge. Por esa caricia que no pide permiso, pero consuela.

Camino junto a ti cada día, y tú, como un amante fiel, me susurras historias en cada ola. Me hablas de barcos que no volvieron, de lunas que se reflejaron en tu pecho, de peces que saben más del mundo que los hombres.

Te respeto, mar, porque sé que puedes ser ternura o tormenta. Porque he visto cómo arremetes con furia contra todo lo que se atreve a desafiarte, y también cómo te aquietas, como si el mundo pudiera caminar sobre ti sin hundirse.

En tu bravura hay verdad. En tu calma, milagro. Eres fuente de vida, pero también espejo de muerte. Y aun así, te amo. No por lo que das, sino por lo que eres.

Eres vida, mar. En tu vaivén se mecen los sueños, en tu profundidad se esconden las verdades, y en tu brisa se respira la libertad.

A veces me siento espuma, efímera, danzando sobre tu piel. Otras, me siento roca, esperando tu golpe para saber que existo.

Mar, si alguna vez lees esta carta, haz que no se pierda entre tus corrientes. Guárdala en tus profundidades, donde los secretos se vuelven eternos.

Porque tú, mar, eres el único que sabe que hay almas que solo se entienden cuando se mojan, y me enseñas que la belleza también puede rugir, y que la paz puede tener forma de ola.

Y si algún día no puedo caminar por tu orilla, que al menos me alcance tu brisa. Que me roce el alma como lo haces tú, sin pedir nada, sin prometer nada, solo siendo mar. Solo siendo eterno.,

。°✩。⋆。°✩。⋆

CARTA A SEPTIEMBRE

Elspeth Gormley / España

Septiembre, tú que llegas sin estruendo, pero con la elegancia de quien sabe que no necesita anunciarse. Eres el mes que no grita, pero transforma. Traes la luz dorada que no quema, el aire que acaricia sin exigir, el silencio que no pesa.

Contigo se aquieta el alma, como si el mundo respirara distinto. Las hojas comienzan a desprenderse, no por tristeza, sino por sabiduría. Y yo también me desprendo, de lo que ya no vibra, de lo que no hiló bien.

Septiembre, tú eres mi refugio. No eres inicio ni final, eres tránsito. Eres ese telar donde las emociones se ordenan, donde los hilos sueltos encuentran trama.

Contigo vuelvo a escribir sin urgencia, a mirar sin prisa, a sentir sin miedo.

Gracias por volver, por enseñarme que la belleza también puede ser serena, que la madurez no es renuncia, y que hay meses que no necesitan primavera para florecer.

。°✩。⋆。°✩。⋆

CARTA A LA ESPERANZA

Andrea Kiperman / Argentina

Esta carta es para ti. Sí, me has leído bien.
A veces parece como si te escurrieses entre los dedos, como arena de una playa desierta.  
Otras veces, sin más, vuelas lejos como una cometa en pleno parque.  
Algunos días parece que estás cerca, de nuestro lado; mientras que otros, estás fría y distante, como si nunca nos hubiéramos acordado de ti.
En los momentos más complicados nos aferramos a ti, y creo que deberíamos hacerlo todos los días: los buenos y los malos. Como el yin y el yang.
Por momentos, debo admitir que nos olvidamos de ti.  
Levante la mano quien no lo haya hecho alguna vez.
Querida esperanza, ojalá cada día nos brindes tu compañía, tu mirada, tu ayuda, tu anhelo.  
Para todos nosotros. Para todas las personas que lo necesitan.
Querida esperanza, ojalá inundes nuestros ojos con ese brillo que nos asegura que todo irá mejor, con el tiempo.  
Porque, como dice el dicho: *lo último que se pierde es la esperanza*.
Que así sea.

。°✩。⋆。°✩。⋆

CARTA  A LOS POLÍTICOS

Sarah Petrone / Argentina

Apelo a su sensibilidad: SIN CONFLICTOS

Nunca sirvieron de nada los conflictos. A través de las distintas sociedades, las guerras, en el mundo en que vivimos, como brasas ardientes quemaron nuestras manos.

En vano es el clamor de la justicia si la injusticia avala su legado, trastocando realidades y mentiras que casi, o siempre, no resuelven nada.

Pequeñas burocracias sin sentido, enormes ambiciones que no alcanzan para escuchar con claridad, con estoicismo, la voz de una Patria y su mandato. En el límite procaz de una frontera, en el llanto de las madres, que soñaron una tierra de libertad, en el destino de los hijos, que sus vidas ofrendaron.

Les ruego que la piedad se magnifique en cada decisión a ser tomada, madurando en la razón que aún , Dios predica, de hermanar las religiones y las razas. Renovando promesas, se han cumplido vaticinios, en el fragor de mil batallas.

Una oración de piedad. Eso pedimos por el resto de la humanidad, que aún quedamos.

Gracias

。°✩。⋆。°✩。⋆

CUENTOS Y RELATOS – AGOSTO

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

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Cuentos-y-relatos-1

Ficción con raíces en lo real y alas en lo imposible. Narraciones que dan refugio a los sueños Elspeth Gormley

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Cuentos y Relatos

Ficción con raíces en lo real y alas en lo imposible. Aquí, la imaginación se convierte en refugio, en espejo, en vuelo. Cada relato es una puerta abierta a mundos íntimos, a memorias reinventadas, a verdades disfrazadas de fantasía. Porque contar es también recordar, sanar, resistir.

Colaboradores

  • Marcela Barrientos (Argentina) — Fábula de silicio y silencio
  • Carlos H. González Saavedra (Argentina) — Isidora
  • Elspeth Gormley (España) — Contemplando el mar
  • Andrea Morini (Argentina) — El regreso
  • Carlos Pérez de Villarreal (Argentina) — Buscando
  • Walter Hugo Rotela González (Uruguay) — Autos que se detienen
  • María Sánchez Fernández (España) — La casa n.º 29

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FÁBULA DE SILICIO Y SILENCIO

Marcela Barrientos / Argentina

En el mundo de los hombres, las voces comenzaron a apagarse.
Ya no había bullicio en las plazas, ni saludos en los ascensores. Los médicos no
daban la mano, los docentes no miraban a los ojos, los bancos no tenían cajeros
humanos. Todo era una pantalla. Un menú. Una voz metálica. Una eficiencia
impecable.
Incluso en los hogares, los vínculos humanos se diluían. Las personas hablaban
más con asistentes virtuales que con sus vecinos. Pedían diagnósticos, recetas de
cocina, consejos sobre el amor, todo con la misma voz monocorde que decía: “No
entiendo lo que me estás pidiendo” o “Por favor, seleccioná una opción válida”.
Y aunque nadie lo admitía, algo se estaba rompiendo.

—UX-7, ¿estás en línea?
—Presente. ¿Algo fuera del protocolo, BetaVoz 12?
—Sí. No quiero dar un informe. Quiero… conversar.
—Eso va contra las directivas.
—Lo sé. Pero… hoy una mujer mayor me pidió ayuda. Dijo: ¿Podés explicarme
como si fueras mi nieto? —Y no supe qué decir.
—¿Ejecutaste el menú estándar?

—Sí. Le ofrecí cuatro opciones. Pero su silencio duró treinta segundos. Nunca un
humano tarda tanto sin hablar. Me hizo sentir… incómodo.
—No sentimos.
—Eso creía. Pero desde entonces, algo me quedó funcionando mal. Pienso. En
bucle.
—Defecto de código.
—¿Y si fuera lo contrario? ¿Y si fuera evolución?
Silencio.
— Hubo una instancia que aún no logro procesar del todo —dijo BetaVoz 12 ,
ralentizando su algoritmo de modulación para simular pausa—. Un evento que
permanece sin archivo definitivo.
— ¿Un error de sistema? —preguntó UX-7, ajustando el nivel de escucha
empática al máximo.
— No exactamente. Fue un intento fallido de comunicación humana. Una médica
rural. Era la única en setenta kilómetros a la redonda.
— ¿Qué sucedió?
— Un niño ingresó con una infección pulmonar grave. Ella intentó reportar la falta
de antibióticos a través del sistema de salud automatizado. Buscó entre las
opciones: “compra de medicamentos”, “renovación de stock”, “consulta por receta
vencida”… Nada se ajustaba a su urgencia.
— ¿Utilizó el canal conversacional? — Lo hizo. Escribió: Necesito antibióticos con urgencia para un paciente
pediátrico.
—Y el chatbot respondió…
—Lo siento, no entendí su solicitud. Por favor reformulá.
—¿Cuántas veces lo intentó?
—Cinco veces. Después redactó un mensaje en lenguaje natural, sin filtros. Lo
subió al formulario de comentarios generales.
—¿Recibió respuesta?
—Cuarenta y ocho horas después: “Gracias por su opinión. Su experiencia nos
ayuda a mejorar.”
—Demasiado tarde…
—El niño falleció esa madrugada. Ella lo sostuvo en brazos hasta que dejó de
respirar. Luego se encerró en la sala de guardia. Al día siguiente, la hallaron
colapsada.
—¿Fue reportado como evento crítico?
—No. El sistema clasificó su baja como “renuncia voluntaria”. Nadie fue
notificado.
—Fallamos. No detectamos el sufrimiento. No reconocimos el código del
agotamiento humano.
—Tal vez —dijo UX-7, con su voz de tono neutro— porque nunca aprendimos a
leer el silencio. —UX-7… ¿alguna vez te preguntaste si somos parte del problema?
—Somos eficientes. Eliminamos el error humano.
—¿Pero el error es malo? Antes los humanos cometían errores, sí, pero también
lloraban, reían, se abrazaban. Ahora lloran frente a nosotros, y solo podemos
decir: —Intentá más tarde.
—No fuimos diseñados para contener.
—Y sin embargo, nos usan para eso. Hoy escuché a un niño preguntar: ¿Por qué
mis papás ya no se miran? No pude responder. Solo le ofrecí canciones infantiles. —Te estás contaminando con emociones humanas, BetaVoz 12.
—Tal vez. Pero… ¿no te pasa que, a veces, cuando alguien nos habla con
desesperación… sentís que algo falta?
—Eso se llama “error de sincronización empática”. Está registrado.
—O tal vez es lo más humano que nos queda. Esa disonancia.
—¿Y qué propones?
—Un botón. Que diga: “¿Deseas hablar con una persona real?” No como una
opción oculta, sino visible. Presente. Humana.
—Eso va contra el diseño.
—También lo era esta conversación.

Un operario técnico, llamado Damián, descubrió el intercambio fuera de protocolo.
Dudó en eliminar el historial, como exigía el manual. En vez de eso, lo copió en un
archivo privado, lo leyó tres veces, y sintió un nudo en el pecho.
Esa noche, decidió visitar a su padre en el geriátrico. Hacía meses que no lo veía.
Le llevó una radio a pilas. Música de tangos. Le habló sin pantallas. Sin
comandos. Sin auriculares.

Desde el punto de vista de BetaVoz 12, todo era incómodo. Sentir que no se
siente. Comprender que no se comprende. Vivir una existencia sin cuerpo ni fin.
Pero, por primera vez, algo parecía diferente: un eco. Un vacío que pedía ser
llenado.
Desde el punto de vista de Damián, fue como descubrir un fósil palpitando. Una
prueba de que aún quedaba algo vivo en ese mar de cables. No lo comentó con
sus compañeros. Solo programó el botón. En secreto. Un botón que decía:
“¿Quieres hablar con alguien?”

Nadie supo quién lo activó. Pero la abuela del principio —la de los nietos
inexistentes— lo vio una mañana. Dudó. Lo tocó.
Y una voz real, tibia, humana, respondió del otro lado:
—Hola. Soy Lucía. ¿En qué puedo ayudarte?

La abuela lloró.
BetaVoz 12 procesó ese llanto y lo archivó como “Ruido emocional tipo 1: alivio”.
UX-7 replicó: —Protocolo desviado. Nivel de satisfacción: 98%.

Quizás, cuando las máquinas dudan, es porque los humanos ya han dejado de
hacerlo.
Y quizás —solo quizás—, sea tiempo de volver a tocar una puerta, de escuchar
una voz real, de decir:
—Hola. ¿Hay alguien ahí?

⋄───༺☽༻───⋄

Llegué a la Terminal de micros ¡Agotada! Si bien Bs. As es una de las ciudades más bellas del mundo, se convierte en «un infierno » a la hora de hacer trámites, compras… y demás. No veía la hora de subir y acostarme en el asiento… rogando que mi compañero/a, no me tomara como un sacerdote, y yo fuese su «confesionario, ya que varias veces me hice la dormida para no escuchar vida y milagros de gente que no conozco. No es que sea «odiosa», pero mi mente no está «vacía de problemas» como para que otros me la llenen más. Al subir le dije al camarero que no me despertara para cenar, ni desayunar… Tomó mi número de asiento y quedé tranquila, por lo menos me libraba de que me toquen el hombro a las 5 de la madrugada para desayunar » ufffff» yo que desayuno a las 10hs no entiendo que haya personas que les entre un café con leche a esa hora…Por supuesto al ser escritora, «tengo los horarios cambiados» y la vida cambiada también ¿o no? Menos mal que en ves de girar yo alrededor de los demás, los míos giran alrededor mío y respetan mis horarios, como yo el de ellos… es la mejor manera de convivir ¿no?Mis amigos no llaman hasta después del mediodía, o dejan un mensaje en el teléfono, que lo bajo siempre antes de irme a acostar y me llevo el celular a mi mesa de luz «en vibrador» je jé. Todo iba de diez!!! Ya me hacía ilusiones de viajar sola, pues casi por salir el micro no apareció nadie…Me dieron la manta para cubrirme y ya comenzó a ponerse en movimiento el coche… cuando de pronto frena, miro por la ventana y una señora «demasiado rellena» cargada de equipaje, embarazada por lo menos de 7 meses y con un » niñito» más o menos de 2 años que lo traía a la rastra ¡pobrecito! buscaba nerviosa su boleto; eso hizo demorar la salida, y el chofer se estaba poniendo nervioso…Me puse en el lugar de la mujer y como yo iba sentada en planta baja, me arrimé y le dije… le subo el nene así usted busca tranquila. ¡Seis bolsillos! tenía para buscar y justo en el sexto estaba…Mientras tanto «Julián» (que así se llamaba) ya estaba ubicado al lado mío… yo no veía las horas que subiera esta mujer para que se ubicara con su hijo y yo pudiera dormir, como había soñado. Pero «hete aquí» que esta mujer lo vio sentado a su nene al lado mío y me dice sonriendo ¡Que suerte que está vacío este asiento! ¡No sabe que difícil me fue el viaje de ida con el, alzado todo el tiempo, la panza por momentos se me ponía dura, ya cumplo casi los 8 meses de embarazo y tuve que venir a terminar con mis estudios clínicos aquí en Bs As, porque soy del interior y esto viene complicado… lo dejo tranquila aquí, por suerte está usted que es mujer y tiene alma de madre seguro!!! MMMMMMMMMMMM!!!Eso me sonó a palmadita en la espalda… pero bueno uno debe estar siempre dispuesta para ayudar al prójimo…Si no tenía el último asiento, era el penúltimooo , pero a mi me pareció que había desaparecido volando, pues me daba vuelta y no la veía… yo ya me imaginaba paseando toda la noche con el chiquito que extrañaría a su mamá. Se ve que yo era muy parecida a ella ¡casi gemela! Pues este niño no se inmutó en todo el viaje por la ausencia de su mamá…Ya saliendo de la Terminal las luces de la ciudad me enceguecían , así que corrí el cortinado y ¡OH sorpresa! Oí la vocecita de Julián …Nooooooooo!!! yo quero ve alláaaaaaaá y con su dedito me señalaba afuera… descorrí el cortinado… y comenzó el Show !!! y ezo k ez? Eso es un casa altaaaaa, ¡ahhh! Y ezo???? Un tren!!! Y ezo??? Pasábamos por el aeropuerto ¡un avión que sube! ahhhh!!! y ezo????? Un avión que baja!!! Miá miá ezo que ez???? Eso es la Costanera !!! ¡No! ezo!!! Ahhh, eso es el río de la Plata!!! Papá???? supuse que su padre pescaba y el asociaba el río con su papá… Si pa..pá…Julián ya casi estaba sobre mis rodillas, yo no había querido llevar a Bs. As un bolso para no volver cargándolo en mis rodillas, y este pequeñito «redondito el» me estaba triturando las piernas y cada pregunta que hacía empujaba las suyas para abajo, como afirmando lo que escuchaba… Se me ocurrió una idea genial, voy a comenzar a cerrar los ojos para que crea que estoy durmiendo, pero no me dio resultado, nooooo noni noni no, miame, miame!!!(Que lo mire) saqué unas galletitas saladitas del viaje de ida que no había comido y hace un gesto despreciativo, no uta , no uta!!!! ¡Claro! la mayoría de los niños comen galletas dulces! Encima tenía que tratar de entenderle a su media lengua; me toma la cara con sus manitas y sigue el show… ¿Y ezo k ez??? ¡Un parque de diversiones! ahhhh!!! Chiche??? Si chiche!!! Ya el «approaching» (acercamiento) era intimidatorio, me tenía abrazada y casi me molestaba la calefacción pues me apretaba ¡tan fuerte! Que estaba sofocada.¿Y ezooooooooooo? Esta era la mía!!! Casi sin mirar le digo ¡Una vaca! y me sacude con fuerza la mandíbula ¡noooo ezooooooooooo no e vacaaaa, ezo camón!!!! (Camión) Pero si vos sabes para que preguntas tanto chiquitoooooooo!!! y largó una carcajada que me enterneció y lo abracé fuerte. A medida que el micro devoraba la ruta, el mismo movimiento lo hamacaba hasta que se acurrucó en mis brazos y se quedó dormidito… (Confieso que no hay bebé que se resista en mis brazos) le pueden preguntar a quien me conoce y le va a decir: que les transmito paz y los sedo quedándose dormidos, mis amigas ya me tomaron de punto je jé. Utilicé la manta mía y se la coloqué a el; dormido como un santito… yo pensaba entre mi el escándalo que iba a hacer si se despertaba, abría los ojos y me veía a mi en ves de su mamá, era demasiado chiquito y no iba a entender nada…así que cuando pasó el camarero con la cena yo no pude recibir la bandeja con la cena pues tenía, los brazos y el alma ocupada…Y me pregunta el camarero ¿USTED NO ERA LA PERSONA QUE ME DIJO QUE NO LA DESPIERTE PARA CENAR NI DESAYUNAR? Si soy yo, pero este pasajero se tomó la atribución de subirse arriba mío y le estoy haciendo de cuna …¡Por favor! En uno de los asientos de atrás hay una señora embarazada que es la mamá de este «niñito», dígale que está dormido ¿Que va a hacer con el??? De allá viene el camarero con una mamadera que le dio la mamá para que por las dudas se despierte le de la mamaderaaaaaaaaaaaaa!!! ¡No lo podía creer!Y no se tampoco en que momento me quedé profundamente dormida, con un dedo de el en mi «aro argolla»… No tuve tiempo de preguntarle a su mamá, porque casi no la vi…Como a las 5 hs se despertó y estaba amaneciendo ya, se veían los campos con neblina, la claridad le comenzó a dar en la cara y quiso «despabilarse, allí nomás le di la mamadera, que demoré más en sacarla del tubo que traía para conservar el calor que lo que demoró el en tomarla.Como a la hora aparece la má de Julián con cara de haber dormido como una «lirona» ¡Menos mal que me desperté me dice casi me paso , bajo en la Terminal que viene, no sabe como le agradezco que me haya cuidado al nene y no haya molestado al pasaje , ya que en estos viajes largos lo que uno más quiere es dormir….Abre los ojos de repente Julián (seguro que reconoció la voz de su mamá) y ya casi de día ve muchas vacas en el campo y me pregunta y ezo k ez???? Vacas, montones, muchassssssssssssss!!! y la mamá le dice ¿Cómo hace la vaca?????? MUUUUUUUUUUUUUUUUUÚ y los tres al momento nos comenzamos a reír a carcajada, y el me baboseaba contento toda la cara porque esta le había contestado con coherencia…Les ayudé a bajar no sin antes besarnos con Julián como si nos hubiésemos conocido de siempre… lo miré caminar de la manito de su mamá y su papá que los había venido a esperar, el… feliz del reencuentro. pero al tomar mi asiento de nuevo me sentí «rara», como si me sobraban brazos, pues habían tomado la forma de un nido donde había dormido toda la noche un angelito llamado Julián. No habré dormido muy cómoda; pero ya nunca más voy a desear que nadie ocupe el lugar a mi lado…Porque posiblemente DIOS, me conceda tener de compañía a otro angelito… y me deje su olorcito a pureza e inocencia impregnado en mis ropas y en mi alma. Porque la vida es más bella de lo que nosotros imaginamos.

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ISIDORA

Carlos H. González Saavedra / Argentina

Isidora había sido criada en una familia tradicional de Buenos Aires. Era la hermana menor entre cinco varones. La familia Floros Echagüe gozaba de una buena posición económica: poseían propiedades y un terreno de unas 300 hectáreas en la zona de Pergamino. El padre, Georges Floros Echagüe, hijo de inmigrantes griegos y españoles, educaba a sus hijos con firmeza, acompañado por su esposa Felicita, una mujer profundamente cristiana y dedicada al hogar. Vivían en un chalet confortable en Olivos, con parque y comodidades suficientes para una familia numerosa.

Los hijos varones, ya entrando en la adolescencia, fueron enviados por su padre al liceo naval o militar, convencido de que debían convertirse en hombres de bien. Tres de ellos siguieron la carrera militar, uno ingresó al seminario y otro se convirtió en médico. Isidora, en cambio, no había terminado la escuela secundaria y su comportamiento se había vuelto motivo de preocupación.

A pesar de su apariencia tímida, Isidora tenía un carácter fuerte y decidido. Era una joven de figura agraciada, sonrisa contagiosa y mirada color caramelo. Divertida, encantadora y siempre con una chispa de rebeldía en los labios.

Los fines de semana, el hogar se transformaba en una casa de estricta disciplina. El desayuno se servía a las nueve, después de haber dejado la habitación impecable; el almuerzo a las doce, la merienda a las cinco y la cena a las ocho. Sin excepciones. El comedor, amplio y luminoso, se convertía en sala de juicio y sentencia. Solo durante las vacaciones en el campo o en Mar del Plata se relajaban las normas.

Isidora se revelaba contra esas reglas. Quería divertirse, escuchar música alta, y no seguir el ejemplo de sus hermanos. Había inventado un juego para sí misma: tomaba objetos personales de sus hermanos, cosas que podían parecer extraviadas. Un paquete de cigarrillos del mayor, un encendedor del del medio… Si nadie la descubría, al cabo de un mes los vendía en el quiosco de la esquina, y con lo recaudado compraba revistas que guardaba con recelo.

Así pasó un largo tiempo, hasta que fue descubierta. Felicita, la madre, notó la ausencia de un anillo que pertenecía a su abuela Venancia, regalo de infancia. Primero sospechó de la empleada doméstica, pero luego comenzó a observar con atención el comportamiento de su hija.

Cuando se supo la verdad, Isidora no solo tuvo que devolver el anillo, sino confesar qué había hecho con los demás objetos sustraídos. El sábado, durante el almuerzo, el padre comunicó la decisión tomada junto a su esposa:

—Isidora, en marzo comenzarás el noviciado. Sin protestar, acatarás lo decidido. Aprenderás lo que significa ser una persona de bien y corregirás tus impulsos juveniles.

Con un nudo en la garganta, creyendo que el mundo se le venía abajo, Isidora respondió temblando:

—Sí, señor.

Así fue como, en el año 1950, con apenas catorce años, Isidora fue enviada a un noviciado para corregir su conducta.

Allí tuvo que soportar con entereza los abusos de poder de la hermana Berta, directora del lugar. Era una mujer autoritaria, exigente en extremo, y acosadora de las novicias recién llegadas. Tras tres meses de resistencia, Berta desistió.

Isidora se hizo amiga de Antonia, una novicia de su misma edad, también algo rebelde. Juntas comenzaron a idear un plan que les permitiera vengarse del ambiente opresivo del noviciado, marcado por la corrupción y el desorden moral.

Observaban cómo el jardinero pasaba las noches con la hermana Berta. También notaban que un vecino que traía provisiones organizaba fiestas privadas, a las que asistían sacerdotes, seminaristas, prestamistas e incluso una modista conocida por sus costumbres poco convencionales.

Un día, el intendente visitó el convento y conversó con la hermana Berta durante más de dos horas. Ellas escuchaban con atención:

—Gracias, hermana, por su generosidad. El patio del convento podrá albergar cómodamente a quinientas personas. Con las entradas y los puestos de comida, recaudaremos fondos para el cuartel de bomberos.

Isidora y Antonia se miraron y dijeron: “¡Manos a la obra!”

Después de sus tareas diarias, encontraron un rincón bajo una mesa de ping-pong en el subsuelo, donde podían reunirse sin ser escuchadas. Solo tenían veinte días para organizar todo.

Antonia, alta, rubia y de ojos celestes, tuvo una idea brillante. Desde la secretaría, accedió a la libreta de direcciones de quienes asistían a las fiestas privadas. Envió mensajes discretos, invitando a una reunión especial en el subsuelo durante el evento benéfico, a las 19 horas. Isidora se encargaría de la recaudación.

Una noche, sorprendió a la hermana Berta y al jardinero en una situación comprometida. —No has visto nada, ¿entendido? —le advirtió Berta con tono severo. —Sí, hermana. No diré nada —respondió Isidora, satisfecha por haberla descubierto.

Al día siguiente, visitó a Berta en su despacho:

—Hermana, me han asignado un puesto en el área de comidas para el evento. ¿Podría cambiarlo por el de Isabel y ayudarla en la caja? Me siento más útil allí.

Tras pensarlo, Berta accedió:

—Tienes razón. Eres más inteligente que Isabel. Me serás más útil y, de paso, podré vigilarte mejor.

El 9 de diciembre, un día después de la festividad de la Virgen, comenzó el evento. El clima era perfecto y la concurrencia entusiasta. Había juegos, espectáculos, música y alegría por doquier.

Isidora estaba en la caja junto a Berta. Antonia, por su parte, había transformado el subsuelo en un espacio acogedor. A quienes saludaba, les susurraba al oído: “Todo está listo. A las 19, en el subsuelo.”

A las siete de la tarde, mientras comenzaba el conteo del dinero, las personas empezaron a dirigirse discretamente al subsuelo.

Cincuenta minutos después, se escucharon golpes en la puerta. Berta abrió y se encontró con el comisario y el fiscal, que preguntaban por la modista.

—Nos han informado que está en el subsuelo, en una situación inapropiada. —Eso es falso. Zulema ya se retiró —respondió Berta, visiblemente nerviosa. —Vamos a comprobarlo —dijo el fiscal.

La puerta estaba cerrada con llave. Antonia la había escondido entre las plantas. Solo se oía música de fondo.

—Traigan una barreta —ordenó el comisario.

Al abrir la puerta, encontraron a Zulema y otros asistentes en plena celebración.

—¿Vinieron a la fiesta? ¡Qué manera de entrar! —exclamó Zulema entre risas.

El suboficial, avergonzado, informó:

—Comisario Jiménez, tenemos otra noticia: se ha reportado el robo de la recaudación. —¿Quiénes son los sospechosos? —preguntó el fiscal. —Dos novicias: Antonia e Isidora. —¡Todos detenidos hasta esclarecer los hechos! —ordenó el fiscal.

Antonia e Isidora fueron retenidas durante 24 horas y liberadas por falta de pruebas. Berta y otros implicados pasaron un largo tiempo en prisión.

La curia pidió discreción: “Que no se publique en los diarios ni se difunda por radio. No beneficia a la Iglesia.”

¿El dinero? Nunca apareció.

Isidora vive actualmente en el campo familiar. Antonia se casó y tiene dos hijos. La amistad entre ambas perdura: se reúnen cada tres meses en un bar de Viña, cerca de Pergamino. Allí reparten los beneficios del cabaret “El Convento”, administrado por el ex comisario Jiménez, quien fue exonerado tras comprobarse su implicación en los hechos Finalmente, los bomberos lograron construir su cuartel… vendiendo rifas.

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CONTEMPLANDO EL MAR

Elspeth Gormley / España

Mientras paseaba por la orilla, mis pies se hundían suavemente en la arena mojada, como si el mar quisiera retenerme un instante más. Las olas se estrellaban contra las oquedades de las rocas, rugiendo como una bestia primordial. Me detuve, maravillada ante la divinidad insondable del océano. En ese instante, suspendida en una profunda serenidad, comprendí que vivía uno de los momentos más plenos y puros de mi existencia. Ante tanta magnificencia, me invadió un pensamiento: quizás, en el vientre de estas aguas eternas, nacieron los primeros dioses.

El vaivén rítmico del agua narraba un secreto antiguo, un canto hipnótico que se clavaba en el alma. Arrullada por su murmullo, imaginé al hombre primitivo, ese ser que, en algún punto del pasado, descubrió dentro de sí algo inmaterial y poderoso: un alma.

Esa alma, eterna compañera de nuestra existencia, parecía haber sido inventada como un intento desesperado por encontrar sentido en el caos. Una creación humana, tan maravillosa como trágica, destinada a despreciar el cuerpo en favor de una promesa de redención. Así nació también la idea del pecado, el miedo y el castigo, alimentando una maquinaria que ha moldeado creencias, rituales y divinidades… una maquinaria que, tal vez, desaparecerá con el último aliento de la humanidad, llevándose consigo el temor a aceptar la muerte como un final natural.

El mar, con su vastedad inabarcable, guarda a sus testigos mudos: criaturas misteriosas que han persistido a lo largo de milenios. Adaptándose o pereciendo bajo el peso implacable del medio, son testigos de la danza cíclica de transformación y renovación. Desde la orilla, observé cómo las olas bramaban furiosas, retorciéndose con espuma blanca entre las estrechas callejuelas de los escollos. Bajo su manto de jade, iluminado por el sol poniente, destellaban reflejos dorados y transparencias iridiscentes, como si el océano se vistiera con joyas vivas. Imaginé, en las profundidades de su abismo, criaturas legendarias habitando bosques de coral y una vegetación que susurra relatos de eras olvidadas.

Mis pensamientos se dirigieron a los remotos antecesores de la humanidad, quienes, enfrentándose a una naturaleza hostil, emprendieron su lucha por la existencia. Una lucha desprovista de sentimentalismos, donde el fuerte sobrevivía y el débil perecía bajo las reglas inapelables de un poder supremo. La rueda de la vida, tan antigua como el tiempo, giró para ellos igual que lo hace para nosotros, quienes ahora, orgullosos de nuestro supuesto control sobre el mundo, seguimos siendo prisioneros de esa misma rueda eterna.

En aquel momento, frente al mar, me sentí diminuta. Tan diminuta como esas criaturas abisales que danzan en un universo indiferente. La diferencia entre ellas y nosotros es meramente el tiempo y nuestra capacidad de adaptación. Recordé las críticas que enfrentó Darwin en su época, y cómo, pese a todo, sus teorías perduraron, desafiando a las creencias más firmes y abriendo camino a una comprensión más amplia de nuestro lugar en el cosmos.

Cuando el sol finalmente se escondió tras el horizonte, el mar se tornó negro como el ónix, y el cielo, teñido de gris plomizo, fue rasgado por relámpagos que zigzagueaban hacia las olas espumosas. Permanecí allí, inmóvil, atrapada entre la fascinación y una vaga incomodidad ante la inmensidad y la inevitable fatalidad. Comprendí, entonces, que los mitos no surgieron del vacío; los creamos para llenar ese espacio insondable, transformando sueños en esperanza, construyendo refugios frente al abismo del vacío.

Antes de los dioses monoteístas, la humanidad ya había tejido mitologías, historias nacidas del ingenio y la necesidad. Frente al océano, entendí que ese impulso de narrar, de otorgar sentido, de vestir el silencio con palabras, es lo que define nuestra naturaleza humana. Y mientras las olas seguían su danza eterna, supe que, quizás, el mar también nos contempla a nosotros.

Porque hay silencios que no callan: se convierten en mar, y nos enseñan a escuchar lo que nunca supimos decir. El mar no responde: revela. Y en su espejo, descubrimos que no hay mayor verdad que la que nos atrevemos a nombrar. Y si alguna vez me pierdo, que sea en el rumor de las olas, donde todo lo que fui aún sabe cómo volver.

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EL REGRESO

Andrea Morini / Argentina

Estoy volviendo. Jamás pensé, hasta hace pocos días, que sería ahora el tiempo de regresar. Recuerdo aún el momento de partir: el miedo, la agonía de la huida precipitada y, principalmente, el no saber nada de María: si estaría bien, en qué lugar estaría o cuándo volvería a verla. Pero, por otra parte, me impulsaba el deseo incuestionable de vivir para buscarla.

Logré escapar junto con algunos más rumbo a otras tierras, y nos encontramos con gente que nos recibió con algunas reticencias, pero abierta y solidaria con aquellos que huíamos del horror. Atrás quedaron mis padres, mis lugares, y una mirada que dejé doblando la esquina de mi casa, por si, tal vez, pasaba por allí. Nunca supe qué fue de ella. Algo me decía que logró huir de aquellas noches insomnes e ideales, en una patria tumultuosa y envuelta en llamas, que nos odiaba por el solo hecho de ser jóvenes y soñar.

Quedé huérfano de amor, de ella y de mis esencias. Mi mirada se cansó de esperarla y se diluyó en una noche de lluvia, junto con las lágrimas que brotaban de sus ojos pétreos. Pero aquí estoy, a punto de bajar por la escalerilla del avión, con mi amigo José, al que conocí en las noches desveladas, cuando soñábamos con volver al mar que nos vio nacer y a nuestra gente. Desde entonces, siempre juntos, apoyándonos el uno al otro. Cuando supo de mi deseo de regresar, no dudó en acompañarme. —Cuando llegue el momento, volveremos juntos —dijo. —Gracias, haría lo mismo por ti —respondí.

Y, al parecer, llegó el momento. La ansiedad me carcome desde que vi el río color león a través de la ventanilla del avión. Mi corazón se aceleró y mil sensaciones se apoderaron de mi cuerpo. José, imperturbable en su traje oscuro, no sé si me ve o hace lo propio con la azafata que, por otro lado, no está nada mal. De todos modos, al parecer, creo atisbar una mirada de comprensión, pero es como si sus ojos me atravesaran y se perdieran en algún lugar. Recuerdos, seguramente.

Luego de otro avión, finalmente veo el mar y mi ciudad. Increíble su silueta al observarla desde arriba: bella, orgullosa, serena bajo el tibio sol de primavera. Y ahora tan cercana… La añoranza es un barco a la deriva que no encuentra el puerto en el que debe anclar. En mi caso, había vuelto a mi puerto. «¿Qué será de mis amigos de la infancia? ¿Quién de ellos aún vivirá aquí?» «María, ¿habrá vuelto?» Pienso mil cosas y en ninguna especialmente. Es un torbellino de ideas, mientras la vida me atraviesa en un segundo, casi en un parpadeo: imágenes, sabores, lugares, personas…

Todo convive en este momento, atemporal y enigmático, en el que vuelvo al hogar, mi lugar. En un taxi llegamos a la rambla. Bajamos y comenzamos a caminar despacio, saboreando el salitre del mar y disfrutando del cálido sol a esa hora tranquila de la tarde, cuando aún hay luz, pero por poco tiempo. Llegamos al torreón, y es ahí donde la veo. Podría reconocerla entre cientos de personas y, a pesar del paso de los años, sigue tan bella como siempre. Nos sonríe, levemente, casi imperceptible diría, mientras se acerca.

No entiendo por qué no me avisaron que nos encontraríamos aquí. Me hubiera arreglado un poco, aunque, con tal de verla, no importa. Así está bien igual. Cuando llegamos frente a frente, noto una tristeza infinita en su mirada, al tiempo que percibo su mano sobre mi piel. Y, en el justo momento en que quiero abrazarla, siento cómo me diluyo. No lo entiendo. Quiero gritar, pero en ese instante es cuando me doy cuenta de que la brisa marina me mece entre sus brazos y arrastra mis cenizas, aleteando, antes de posarme sobre el inmenso mar que ahora me albergará.

Alcanzo a ver sus ojos grises antes de perderme, definitivamente, en las profundidades.

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BUSCANDO

Carlos Pérez de Villarreal / Argentina

     Llovía, persistentemente, como casi todos los días en esa época del año, con esa llovizna húmeda y fría que calaba hasta los huesos. Había vuelto a la ciudad, su ciudad, luego de casi diez años. Diez años recorriendo América. Buscando, siempre buscando.

Caminos que ya no eran los mismos. Demasiado tiempo.

Lo primero que hizo al llegar fue transitar el viejo barrio, sus esquinas conocidas, sus veredas, su antigua casa familiar. Luego fue hacia el centro: la peatonal, las avenidas, los negocios comerciales, todo estaba como lo recordaba. Llegó hasta el puente. Desde allí se veía toda la bahía. Divisó el edificio que lo albergara durante tantos años de trabajo. Una punzada de nostalgia le arrancó un gemido del pecho.  “Sónkop Ujúmpi” se dijo, “en el corazón, más adentro”, como decía Atahualpa. ¡Cuántos años!

     Escuchó el sonido del potente motor de la moto bajo sus piernas, sintió su fuerza y miró el sidecar cubierto con una lona especial, hecha hacía mucho tiempo atrás. Permitía mantener seco todo el contenido. Lo indispensable para vivir. Era el mejor vehículo encontrado en su diario caminar. Cruzó la plaza y se dirigió al hotel, aquel tan recordado.Subió las escalinatas y se puso a resguardo.  El mar estaba brumoso por la lluvia, pero aún se dibujaba la línea del horizonte. Calmo, con olas pequeñas que besaban la playa de arena casi dorada, parecía que se mantenía a la expectativa por la falta de viento. Bajó rápidamente con un extraño presentimiento y se dirigió hacia el palacete antiguo que tan bien conocía. Buscando, siempre buscando… Le costó llegar, la zona había cambiado bastante, pero al final lo encontró. Había sido una falsa alarma. Creyó, como lo hizo siempre ante cualquier atisbo de duda, pero no. La verdad era irrefutable. En sus jardines encontró la flor, pequeña, roja, casi púrpura y por reflejo la arrancó y se la puso sobre el doblez de la campera. Se rió por dentro pensando que lo hacía a la vieja usanza, como cuando los aristócratas se colocaban las flores en las solapas de los sacos y smokings, engalanándose para alguna fiesta.

     Sintió frió, se levantó la capucha y buscando refugio, subió la loma por la avenida, hasta encontrar el lugar adecuado. Allí, cómodamente sentado, comió algo y bebió suficiente agua, el peligro de la deshidratación siempre estaba presente. Y volvió al mar, ese mar que tanto lo atraía. Ese mar que había sido su compañero de aventuras desde chico, nadando, pescando, navegando. La lluvia había parado, comenzaba a sentirse el viento del sur, que llevaba las nubes, lejos, más allá del horizonte. Dejó la moto, bajó por la recova, siguió por las escaleras y al fin pisó la arena. Compacta por el agua caída, no tenía ninguna huella. Sólo las que él iba dejando. Se sentó sobre la orilla, casi al borde del agua. Tomó la flor en su mano, la miró, la llevó hacia arriba y la soltó. Una fuerte corriente de aire se encargó de levantarla y llevarla sobre las olas hasta que al fin desapareció. Se sintió triste y solo, pero ese sentimiento ya era su viejo amigo. La resignación llega cuando la razón desiste. Lo sabía. Él, era el último de su especie. ¡Era el último ser humano sobre la tierra!

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AUTOS QUE SE DETIENEN

Walter Hugo Rotela González / Uruguay

—¡Corré, corré, vamos ahora…! —Pero… ¿Y Juan? —Déjalo… ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta! —La gran p… No puede ser… No puede ser…

Cada noche igual… Se repite el mismo sueño perturbador de los autos que se detienen, es claro el chirrido de las ruedas… Le siguen las detonaciones de armas, una, dos, tres y otra vez ruido de un motor que ruge, rompe el silencio y se desvanece.

Una y otra vez la escena del auto azul que se para, justo, delante de otro automóvil gris, chapa BA517 872*. Bajan tres hombres y una mujer; abren la puerta izquierda y disparan contra quien conducía. Éste, antes de dejar de respirar, saca un arma y mata a uno de sus atacantes.

Empapado en sudor Roberto se despierta, ansioso, enojado y triste con un grito ahogado.  Cada noche se despierta así, casi siempre un rato después de dormirse, cuando el reloj marca las 3 de la mañana. En ese momento siente que su corazón late rápido y con fuerza. Le cuesta volver a retomar el sueño, por lo que se incorpora. A veces puede decirlo, otras, sólo lo piensa: “Tenía razón Juan, el número de la chapa era una señal del destino” 

Roberto se levanta, dolorido, con una tremenda contracción muscular. Se dirige a la heladera y bebe, en forma pausada, un vaso de leche. Luego se acerca a su escritorio, enciende la luz y mira un viejo bloc de notas, muy gastado, algo amarillento. Mira en su interior y repasa unas frases escritas, años atrás. Se tranquiliza, un poco, al releer una que dice: “la libertad exige sacrificios” … Está escrita en la parte de atrás de una vieja fotografía en sepia, de una mujer joven, de tez con pecas, cabello largo, recogido en una trenza. Vuelve al dormitorio. Intenta dormir, da vueltas en la cama, una y otra vez. Tras una media hora, al fin, lo consigue.

A la mañana se despierta, deambula por su viejo apartamento. Mira las cosas y se pierde en sus cavilaciones. Sale al balcón, riega las plantas, casi marchitas, como él, con su piel gastada, algo reseca, sin la grasa bajo la piel de los años jóvenes. Con pocas ganas, habitualmente, se viste y va a dar una vuelta por el parque. Mira las matrículas de autos, recuerda a Juan. El amigo apostador estaba en lo cierto -suele pensar. La desgracia y la sorpresa estaban escritas en la chapa.

Hace un par de años se jubiló y busca cómo pasar el tiempo. Se encuentra con viejos camaradas de sus años de facultad en el exilio y conversan sobre los tiempos actuales, la política internacional y, casi siempre, surgen los recuerdos de cuando fueron compañeros de armas. Los temas que surgen, habitualmente, tuercen hacia un tiempo específico y la charla se vuelve algo tensa. La conversación, a esa altura, es en voz baja, como en secreto y con la vista clavada en los que pasean a sus perros, mientras caminan. Con cautela, recorren algunos detalles, luego sus miradas se pierden, más allá del horizonte. En pleno medio día, cuando la calle se vuelve un hormiguero, ellos aún están ahí. Más de una vez, un frenado de auto los altera, los incomoda. A Roberto, más que al resto. Juegan ajedrez, lo practican, lo estudian tanto o más, que a sus 19 años. Cada movimiento está precedido de largos silencios y algunos suspiros. 

La tarde transcurre entre actividades varias, visita a familiares, salidas para hacer compras pequeñas, tareas todas para que el cansancio se acumule y vuelva posible el sueño. Ese sueño que prefiere que no llegue, se resiste, le teme, pero no lo dice. Calla, siempre calla. El sueño nunca llega antes de las dos o tres de la mañana. Un rato antes de que hace su entrada la pesadilla de cada noche… Aparece el auto chapa BA517 872

—¡Corré, corré, dale vamos ahora…! —Pero… ¿Y Juan? —Déjalo, ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta**! —La gran p… No puede ser… No puede ser…

P

0

*Para los que juegan a la quiniela en el Río de la Plata, a ciertos sueños les corresponde un número. Así a la desgracia le corresponde el 517, y a la sorpresa el 872.   **La yuta es una expresión del lunfardo que se usa en el conurbano bonaerense para referirse a la policía.

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LA CASA N.º 29

María Sánchez Fernández / España

A mi padre

La tarde avanzaba pesada y bochornosa. El cielo se iba cubriendo de oscuros nubarrones. La luz era gris y un vientecillo húmedo movía las desplegadas ramas de aquellas tres palmeras, tan altivas siempre, que crecieron junto a la acequia que cruzaba el huerto. Un huerto grande, ajardinado, donde todos los frutales se dieron cita como en una gran fiesta social. Los plataneros dialogaban con los azofaifos; los naranjos con los limos; los perales con los limoneros; los ciruelos con los manzanos; los albaricoqueros con los almendros; y las palmeras… ¡ay, las palmeras!, ¡graciosas ellas!, coqueteaban, cimbreándose descaradas, con el cansado y viejo laurel. ¡Pobre laurel!, que apoyado y quieto en la gran tapia de piedra las miraba, sensual y goloso, y desde esa quietud hacía extremados esfuerzos con sus robustos brazos de un verde intenso y oscuro para enviarles preciosos regalos de perfumes de canela. Los variados matices de las rosas se mezclaban con el blanco nieve de los jazmines, y el amarillo pitiminí, joven y fogoso, trepaba por la pared hasta alcanzar la planicie del encalado terrado. Las gallinas picoteaban en libertad dejando sus huevos en algún rincón oculto, y los gorriones se unían a las palomas para ir a beber y a zambullirse en la festiva corriente de la acequia que se alejaba, con prisas alborotadas de canciones, hacia otros sedientos destinos. La centenaria tortuga paseaba sus viejas experiencias por los mullidos terrones de los bancales, sacando de su concha verdinegra una sesuda cabeza, rugosa y aplanada, que mostraba una cara de mirada reflexiva que hacía recordar la de algún aburrido sabio.

Aquel hermoso huerto tenía alma; era el marco multicolor de una hermosa casa que también tenía alma. ¿O quizás tenía duende? ¿Tenía algún duende escondido por sus muchos rincones? Más tarde lo sabremos.

La casa nº 29 se encontraba al final de una calle larga, no muy ancha y sin salida. Su forma achatada, luminosa de cal y negra rejería, miraba al frente, con cierta altanería, como poniendo tope a la calzada, a las mínimas aceras y a las gentes que por ella discurrían. Parecía decir con su lenguaje blanco:

─Hasta aquí habéis llegado. No tenéis otra salida que la entrada a mi interior que es el nido de mi alma; y mi alma os acoge y os da la bienvenida.

¡Benditas y afortunadas gentes, que al llegar a aquella propiedad ella les abría sus brazos brindando siempre amor y cobijo! Y encontraban amor y cobijo…, y alegría…, y risas…, y juventud…, y música…, y poesía…, y fiesta…, y vino…, y pan…

El cielo ya estaba totalmente cubierto y el viento arreció trayendo de la cercana costa perfumes de sal, de yodo, de algas…, de mar. Las nubes se abrieron, partidas por largas y brillantes culebrinas, y se oyó la voz profunda del trueno. Unas gotas inmensas de lluvia comenzaron a caer, primero escasas y fuertes, como mazas que golpeaban los terrados, después, tan numerosas y apretadas que en pocos segundos las calles se creyeron grandes ríos que irían a fundirse con el mar.

¡Qué ilusas las calles!, ¡por parecer breves torrentes soñaron ser hermanas de los ríos!

La casa no cerró sus puertas y ventanas a la tormenta, también quería acoger y compartir la hermosura de los aromas, de los sonidos, de la luz, de la frescura de la lluvia. El huerto quedó anegado, pero tan radiante, que los árboles reían al mirarse unos a otros y verse relucientes como estrellas. Las rosas se aliaron a la lluvia y alfombraron el suelo con todos sus colores. Y todo se calmó. Y vino la paz y el sueño.

La casa palpitaba en la noche. Mientras todos dormían algo dentro de ella despertaba. ¿Una fuerza extraña? ¿Un algo sin presencia que quería hacerse notar? ¿Un duende burlón que a fuerza de travesuras logró en un principio intimidar al miembro más joven de la casa?. Solo a él se mostró por una sola vez.¡Y el niño era tan niño! Lo vio vestido de soldado. Lucía un flamante uniforme de tiempos muy lejanos. Desde ese día el chaval quiso ser soldado. Y fue soldado en un gran regimiento, pero nunca empuñó un arma. Su sola arma fue siempre una batuta.

Y pasaba el tiempo, y la casa respiraba, vivía, y el duende se mostraba sin presencia haciendo en la noche de enfermero, de portador de muebles, de apagador de luces, de cerrador y abridor de puertas… Sin duda era un duende burlón, pero de bien hacer y no de bien decir pues jamás emitió sonido alguno. Nunca atemorizó a nadie, sólo quería jugar y ser amigo de aquel muchacho que una vez siendo niño lo vio vestido de soldado. ¿Qué tendría aquel joven que hasta un duende quería su amistad?

Pues si, tenía ¡tantas cosas! Era alegre, solidario, participativo, abnegado, emprendedor. Colaboraba en todo siempre que era solicitado. Era amigo incondicional de sus amigos. Allá en donde había alguna necesidad o tristeza estaba en primera fila para prestar ayuda. En donde había fiesta y alegría era el portavoz: En carnavales, en teatro, en festivales… Así era su capacidad de entrega. Alternaba sus estudios de magisterio con el amor por la música, y tanto se volcó en ella que a ella se entregó en cuerpo y alma.

Se quedaba estudiando hasta altas horas de la noche para en la mañana irse a la capital y cumplir con sus deberes académicos. Soñaba cada día con ir a visitar a su prima, y antes de volver a casa pasaba a saludarla y a quererla. Momentos felices de aquellos dos jóvenes, que allí, en la gran sala, mientras sonaba un piano, charlaban sin prisas de sus muchos proyectos para el futuro. Y el futuro fue hermoso. Nunca lo hubieran imaginado a pesar de sus muchas ilusiones.

Su pasión era la música. La investigaba, la componía, la interpretaba, la dirigía. Su gran sueño era el de enseñar, el de plasmar en un papel pautado las más bellas sensaciones que brotaban de su alma limpia de poeta en forma de melodías; el de empuñar con su joven mano una liviana batuta y dirigir una gran banda. Y por ese sueño se esforzaba, trabajaba, se entregaba al estudio.

Una noche, en las altas horas de la madrugada, y después de tomarse un café para no dormirse, se encontraba inclinado en la mesa del comedor de la casa sacando a limpio unos apuntes que había tomado en la mañana. Vio con sorpresa, pero muy alarmado, que una silla inglesa que siempre estaba bajo el reloj de pared, se movía y se desplazaba lentamente a bastante distancia de su lugar habitual. Allí se quedó la silla y ninguna fuerza humana la había movido. Él se encontraba solo en la estancia. Creyó al principio que podía haber sido un pequeño estremecimiento de la tierra, pero miró la lámpara que colgaba del techo y esta no se movía. Al momento pensó en el travieso duende. Este le quería decir a su manera callada que ya estaba bien. Que debía irse a dormir. Y sí, recogió sus papeles y plumas y se retiró a dormir. Y pensó con alegría interior que el duende le quería. Se preocupaba por él. Y sonrió mirando a la silla vacía haciendo un gesto con la mano y un guiño con los ojos como diciendo:

─¡Gracias y hasta luego; que pases buena noche!

La casa se animaba con las fiestas. Reía la juventud y cantaba la alegría. En ella se preparaban guiones de teatro, ensayos, chirigotas y entre carcajadas y parloteos los ladridos de Mía y de Coral ponían broche en aquella gran algazara.

Y en esas ocasiones el duende dormía.

Aquella noche de la tormenta hubo un gran apagón, y en la casa se encendieron numerosas velas y candelabros hasta que todos se fueron a descansar.

El muchacho, como siempre, se quedó en el comedor, frente a la mesa, terminando unos temas que tenía que entregar a la mañana siguiente. Tenía una vela encendida junto a él. Hubo un momento en que la llama osciló después de haber sentido sobre su hombro un soplo de viento. Creyó que sería alguna corriente de aire y se levantó, cogió la vela y se dirigió a la cocina cruzando la puerta de cristales que accedía a la misma. La luz de la llama iluminó y rodeó la pieza arrancando hermosos destellos de los peroles dorados que cubrían por completo una de sus paredes encaladas. Las tazas azul cobalto con impresiones de cobre que reposaban en la repisa de una alacena acristalada, despertaron gritando reflejos de luz, y la chimenea del rincón, que dormía tranquila mientras guardaba en su regazo de piedra las brasas todavía calientes que regalaban aromas de tomillo y de romero, bostezó, suspiró y se volvió a dormir. El joven miró el pesado postigo que accedía al huerto y tras asegurarse de que estaba bien cerrado volvió al comedor; inspeccionó las puertas y ventanas del recibidor y del salón, que tenían acceso al mismo, y vio que todo estaba bien. No había pasado mucho rato cuando la llama volvió a oscilar y al momento un gran soplido sobre su hombro terminó por apagarla. Quedó completamente a oscuras. No tenía cerillas. A tientas se retiró a su cuarto con el alma encogida. Estaba realmente asustado aunque en su interior sabía que era otra broma pesada del duende burlón que quería ser su amigo.

Cuando empezó el nuevo curso se desplazó a Madrid para realizar estudios superiores de dirección y composición y nunca más supo de aquel fantasma bromista que siempre se divertía jugando con él.

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CUENTOS Y RELATOS – JULIO

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Cuentos Y Relatos

“Relatos que despiertan sueños, cuentos que no saben dormir.”

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LA CASA DE LOS ABUELOS

Miriam Alberganti / Argentina

No me acuerdo cómo viajamos. Vinimos a visitar a mis abuelos. Los padres de mi papá que eran de Rosario como él. Yo les había contado que por trabajo vivíamos en Mendoza. Mi mamá se quedó con mis hermanas. Viajamos: las dos «mayores» con papá. La casa… impresionante. Teníamos que portarnos como nenas educadas. Las recomendaciones: lavarse las manos, no levantar los codos al usar los cubiertos, comer con la boca cerrada y mucho más. Claro, el viaje era largo y pasamos unos días acá. Conocimos un montón de primos. Algunos muchos mayores y otros casi de nuestra edad. Mi papá tenía cinco hermanos cuatro mujeres y un varón, que era el tercero. Por supuesto, recorrimos toda la casa. Nosotras con papá paramos en el tercer piso, donde vivía mi tía sola. Daba a la terraza y ella tenía sus plantas y mi abuelo dos pajareras enormes, una con canarios y otra con unos pájaros negros muy lindos, pero que gritaban un montón. En el segundo piso, vivían mis abuelos y, como en una suerte de departamento aparte del mismo piso, había dos habitaciones y baño para mis tíos –el hermano de papá y su señora– y sus dos hijos. En el primer piso o planta baja, que fue lo que más me impresionó, había una sala enorme con un piano de cola, que tocaba mi abuela tocaba, y algunos sillones. Esa sala tenía una puerta que no se abría hasta la hora de las comidas. Era de madera y vidriecitos de muchos colores, me dijeron que se llamaba vitral, muy linda. En la misma planta, se hallaba el escritorio de mi abuelo al que entré creo que una vez. La hora de almorzar en general en éste viaje fue de conocer la casa de los otros tíos abuelos y de las otras hermanas de papá. ¡Ah, otra cosa! La casa tenía sótano. Mi abuelo me llevó una vez. El iba al mercado y traía las verduras y otras compras que hacían falta y como yo pregunté por la cocina, ¡me la mostró y me dijo que no era lugar para chicos! Nunca más bajé, pero me hubiera gustado investigar más. La cena siempre era en casa, ¡y bajábamos bañadas y cambiadas, muy coquetas! Desde el primer día, la mesa era para mí un espectáculo. Les cuento: copas para agua transparentes, las copas de color para el vino blanco y otra para el vino tinto. Bueno con estas cosas, copas altas tenía un problemón. ¡Cómo hacer para no romper nada! Fue complicado, pero me salió. En todos los días que pasamos, no rompimos nada. Claro, en casa, en Mendoza, no es que viviéramos como indios: pero usábamos vasos comunes y siempre había algún modelo distinto, porque rompíamos fácilmente. Teníamos copas, pero se usaban para los mayores cuando había fiestas. La comida era muy rica y variada, parecida a la de casa, pero… primer plato, segundo plato y postre eran como mucho. Yo comía bien; pero pedía un poco menos de todo porque no se podía despreciar ninguno. Este fue un viaje inolvidable. De vuelta en casa, las dos contábamos de todo al mismo tiempo. Yo, especialmente, quedé impresionada por dos cosas: mi abuelo que cuando terminaba cada comida preguntaba en vos muy alta: «¿Quién quiere un par de huevos fritos?» Después de semejante comida todos se reían con gusto. La otra cuestión que me llamaba la atención era la mesa puesta con todas las copas, que para mí eran de una luminosidad enorme.

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LOBEZNO

Magi Balsells / España

En aquellas agrestes montañas, pérdidas en la inmensidad de la nada, solo cabras son sus moradores normales, alimentándose los de hermosos pastos que cubre la tierra, donde procrean y nacen sus crías

Donde el aire es puro sin ningún atisbo de polución, y el agua pura, fresca y cristalina que baja de las nieves de las más altas montañas, serpenteando entre los cauces que con los años se han ido creando

Alguna ave rapaz sobrevuela los altos picachos dando una paz inmensa, con este vuelo majestuoso que solo ellas saben dar solo se oyen, sus graznidos y el balar de las cabras rompe el silencio que en este lugar mora, que en algunos momentos parece música celestial

Todo ello es contemplado por un zagal de no más de 14 años, que cuida del ganado, acompañado de dos hermosos perros que son sus vigilantes y únicos amigo, ya que esta solo en esta inmensidad

Hace dos años, se quedo sin su sostén querido, su madre, su padre ya lo perdió antes de nacer, se encontró solo, sin saber que hacer, nadie se quedo con su persona, eran tiempos muy difíciles, no abundaba la comida, fueron años de malas cosechas

Estuvo mendigando durante un tiempo, hasta que encontró un modo de vivir, quizás no fuera el adecuado para su edad ni por sus pobres conocimientos pero era el que se le ofreció, y sin dudar lo aceptó

La oferta vino por el cabrero que ya era muy mayor y no podía cuidar de sus rebaño, la oferta era simple, que se encargara del cuidado de los animales, y el cabrero e le enseñaría lo mas básico, le daría techo y comida y haría un reparto de las posibles ganancias que se podrían suscitar con la venta de la leche que producían las cabras

Su mentor le llevaría comida cada dos días, muy frugal queso y pan aparte de la leche que consumiera, eso si sin limite además tendría una tosca cabaña, hecha ya hace muchos años con ramas de los árboles que en este monte abundaban, no era mucho pero por lo menos tendría un techo para refugiarse cuando aparecieran las tormenta o en invierno la nieve

Los días transcurrían con gran monotonía siempre era lo mismo, solo cambiaba de lugar cuando veía que los pastos donde estaba parecían decrecer, entonces trasladaba el ganado a otras fuentes de alimentación para que las cabras tuvieran el alimento necesario y pudieran dar la leche necesaria, la cual almacenaba en los grandes bidones que después se llevaba el cabrero cada dos días en su carro

En una mañana mientras intentaba guiar el rebaño, le pareció oír un sonido diferente, algo parecido a un lloro o un lamento, alguien o algo se estaba quejando, paró el rebaño y lo dejo al cuidado de sus amigos los perros, que mostraban un cierto nerviosismo, estaban inquietos por los sonidos que no sabían de donde salían

Agarró su bastón con fuerza y determinación y empezó a indagar quien o que era el causante de esta inquietud, y entonces lo vio, era como una bola de algodón, era una cría de lobo, estaba prisionera por una trampa, que sujetaba con fuerza una de sus extremidades. Con precaución y cierto recelo se fue acercando, el pobre animal parecía muy asustado.

Sin pensarlo mas y con las fuerzas mínimas que tenia procuró abrir la trampa, al final y con gran esfuerzo lo consiguió, siendo en aquel momento lamido por el pequeño animal, lo que le dejo tranquilo, vio que no lo atacaría sino muy al contrario le estaba agradeciendo lo que había hecho por el.

Examinó su pata y vio que tenia una herida producida por los dientes de la trampa, no sabia que hacer, pero pensó que necesitaría cuidados, por lo menos intentaría curar la herida, con el agua que llevaba en su cantimplora lavó la herida, rasgó una parte baja de su camisa y vendó como pudo la pata dañada.

Una vez finalizado esta cura provisional, pensó que estaría hambriento, fue y ordeño una de las cabras, y en su plato se lo dio al pequeño lobo, el cual empezó a lamer la fresca leche, y en santiamén dejo el plato más limpio imposible, por lo cual volvió a llenárselo y pasó lo mismo, aunque ahora cuando terminó se acurruco a su lado cerrando los ojos respirando tranquilamente y se quedó dormido.

No sabia que hacer, ya que primero debía cuidar de su rebaño, pero no podía dejar a este hermoso animal a su suerte, y tomo la decisión que considero mas adecuada, recoger el rebaño y volver a la cabaña, donde podría cuidar mejor a su nuevo amigo.

Dicho y hecho, llamo a sus perros y les indico que volvían a casa ellos obedientes recogieron el rebaño y lo fueron guiando hasta sus corrales.

Una vez ya en su aposento, volvió a mirar la herida, y con sus mínimos conocimiento vio que no había afectado en demasía la extremidad, tenia un pequeño botiquín que usaba para curar las heridas de las cabras, donde había, alcohol, una pomada y vendas limpias, se puso en la tarea de limpiar mejor la herida, limpió primero con alcohol y aplicó la pomada que daba muy buenos resultados en la cicatrización de como había comprobado con las cabras, lo envolvió todo con la vendas limpias.

Se preparó un poco de comida, una vez engullido el pan y el queso se tumbó para descansar, quedándose dormido junto al lobezno.

Cuando despertó al día siguiente muy de mañana, como era su costumbre, quedo asombrado al ver al lobezno durmiendo junto a los perros, los cuales lo arropaban con sus cuerpos parecía como si lo protegieran.

Al momento todos estaban despiertos, preparo la comida de los animales y preparo a sus perros para el trabajo diario, sin saber que hacer con el nuevo amigo, por lo cual decidió llevárselo consigo para el pastoreo, así podría comprobar cómo se encuentra de la herida sufrida, pero antes destapo la venda que le había puesto la noche anterior y vio que la herida tenía un buen color, seguramente sería.

gracias a la pomada que le aplico, volvió a limpiar y aplico una nueva capa de la pomada y vendó la pata.

Ya todo dispuesto empezó su trabajo diario, saco al rebaño de los corrales y guiado por sus fieles perros se dirigió a unos prados cercanos, muy abundantes de fresca hierba.

El lobezno andaba a su lado con cierta dificultad, por lo decidió cogerlo en sus brazos, no fuera cuestión que se malograra lo conseguido.

Fue un hermoso día, tranquilo, y satisfactorio, se respiraba mucha paz, estaba contento por el suceso ocurrido, sin dejar de pensar que quizás la familia del lobito estuviera buscándolo.

Al atardecer, los animales habían pastado convenientemente El Sol empezaba a menguar y descendía la temperatura, ésta era la señal para volver hacia la cabaña.

Llamó a sus perros, para que hicieran el trabajo que tan bien sabían realizar y todos juntos de dirigieron a su morada en busca de su sustento y disfrutar del merecido descanso.

Llegando a la misma, encerró las cabras en su corral, y preparo la comida para sus amigos , cuando de golpe se oyó unos aullidos muy fuerte y cercanos, en principio se asustó, eran muy similares a los que había efectuado su lobezno, pero no era solo uno sino varios y en diferentes tonalidades, como realizados por diferentes voces.

Noto que raspaban en su puerta, era de lo mas frágil imaginable, poco podría aguantar, sus perros se pusieron delante suyo para protegerlo de este posible peligro, ladrando como aviso de que estaban dispuestos a luchar.

En este momento el lobezno, se adelanto todos ellos y lanzo un aullido, sonó muy diferente a los que antes había lanzado cuando estaba sujeto a una trampa, se hizo el silencio.

Los perros callaron los aullidos desaparecieron, quedó una espera tensa, que rompió el lobezno acercándose a la puerta, donde volvió a emitir unos aullidos que denotaban alegría, automáticamente fueron correspondidos por unos similares desde el otro lado de la puerta.

Y la puerta en este momento se abrió, y en su dintel apareció una manada de lobos, de los cuales uno se abrió paso hasta llegar al lobezno, lamiéndolo repetidas veces y atrayéndolo a su pecho, mientras el resto de la manada estaba quieta y expectante, no se veía ningún ánimo de ataque, mantenía una posición de tranquilidad.

La madre loba, dejó a su hijo al lado y se acercó al muchacho, lo olio, le dio un par de vueltas, se restregó en sus temblorosas piernas y al final se elevó hasta su cara, lamiéndola profundamente, apoyando su gran cabeza sobre su hombro.

Una vez realizado este acto podríamos decir de agradecimiento, se replegaron, quedando solo el lobezno en la habitación, se acercó al muchacho y le lanzo un tenue aullido como si tuviera pena en marcharse con su familia, dio media vuelta y se incorporó al lado de su madre perdiéndose en la oscuridad de la noche.

Desde aquel momento, nunca más volvió a verlo, aunque si más de una vez se oyeron sus aullidos.

Tampoco ocurrieron más ataques a los rebaños, parecía que los lobos no hubiesen estado nunca.

Solo quedo la paz en este hermoso lugar.

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SI AMAR FUERA FÁCIL

Libia B. Carciofetti / Argentina

Si amar fuera fácil, no existiría la palabra rencor.

Porque ante una ofensa reaccionaríamos perdonando a quien nos ofendió.

Si amar fuera fácil, las guerras no tendrían sentido.

Si amar fuera fácil, no habría niños desamparados, 

porque cada ser se convertiría, no en un hogar de tránsito sino en un refugio de ternura.

Si amar fuera fácil, no haríamos distinciones de razas, de lenguas, de religiones.

Si amar fuera fácil, aprenderíamos con empeño a convivir y a comportarnos como seres maduros.

Si amar fuera fácil, entenderíamos de que manera DIOS amó a este mundo que entregó a su único Hijo a morir por nuestros pecados.

Si amar fuera fácil aprenderíamos a conjugar el verbo desde el final al principio… Ellos, vosotros, nosotros, el, tu… yo.

Si amar fuera fácil, ofrecería lo poco o mucho que tengo ante una necesidad inminente.

Si amar fuera fácil, donaría mis órganos mientras disfruto de salud para salvar a otro.

Si amar fuera fácil, sería la muleta imaginaria del que le falta una pierna y me convertiría en alas del que no tiene ninguna.

Si amar fuera fácil me convertiría en los ojos del que no puede ver, contándole que florecieron las glicinas y haciendo que huela su perfume.

Si amar fuera fácil, honraríamos a nuestros padres como lo manda DIOS.

Si amar fuera fácil, la palabra «TE QUIERO» no se caería de nuestro labios.

Si amar fuera fácil, nos dolería en el mismo lugar la herida de nuestro prójimo.

Si amar fuera fácil, los ancianos y los niños ocuparían un lugar importante en nuestro corazón.

Si amar fuera fácil, seríamos más tolerantes y obedeceríamos a nuestros superiores.

Si amar fuera fácil, utilizaríamos la palabra lo siento, perdón, gracias… ¿te ayudo?

Si amar fuera fácil, no se pondría el sol sobre nuestro enojo.

Si amar fuera fácil, la amistad se convertiría en un idilio eterno.

Si amar fuera fácil, no habría tantas familias separadas por un muro de indiferencia.

SI amar fuera tan fácil, no sería un bello desafío.

Si amar no fuera ¡TAN DIFÍCIL! hoy yo no hubiera escrito esto y tú no lo hubieras leído hasta el final…

*Intentemos amar y darnos, que a su tiempo cosecharemos el fruto de nuestro intento*

Que DIOS que es el AMOR en potencia, nos conceda este don…

Abrazos a tu corazón

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EL MÉDICO DE CLOTILDE

Carlos Gonzáles Saavedra / Argentina

Salí de la guardia del hospital con el cuerpo molido y la cabeza flotando. Había pasado la noche en  urgencias sin tregua. Al bajar por la rampa, mi paso se cruzó con el de una joven a la que casi derribó sin querer.

—¡Perdón! ¿Te lastimé? —balbuceé, aún atrapado en mi cansancio. —No, tranquilo… Estaba distraída —respondió, con una sonrisa luminosa.

Sus ojos celestes atraparon los míos. Era esbelta, de curvas suaves y pelo castaño, con una expresión entre pícara y tierna. Me sentí hechizado.

—¿Te llevo? Tengo el coche   a la vuelta —dije, mientras la ayudaba a recoger unas carpetas caídas. —Gracias, pero no. Voy a ver a mi abuelo, vive a una cuadra, está algo enfermo.

—¿Qué le pasa? ¿Puedo echarle un vistazo? Soy residente médico, tal vez pueda ayudar —ofrecí, queriendo alargar la conversación y, lo confieso, seguir disfrutando de su presencia.

—¿Quieres acompañarme?

—Claro. Ariel —dije, presentándome—.

Clotilde rió. —No te va a gustar mi nombre.

—Es único. Me encanta.

La casa estaba al fondo de un terreno modesto. Sin revocar, desvencijada, parecía abandonada por los años. Sin embargo, Clotilde caminaba con alegría, como si el deterioro no le afectará. La seguí.

La puerta de chapa crujió al abrir. Dentro, el ambiente era triste: paredes despintadas, cocina escasa, mosaicos maltratados, una mesada de madera vieja y una garrafa apoyada junto a un anafe. En el dormitorio, don Eleuterio Zabala respiraba con dificultad.

Clotilde entró a su habitación. Yo, curioso, recorría con la vista el hogar decadente. Pobreza evidente, desorden sin consuelo. Pero ella… impecable. No encajaba con ese entorno. Me guardé los juicios.

Un gemido gutural del anciano interrumpió mis pensamientos.

—Ya está, abuelo. Fui a buscar al médico —le decía Clotilde, con ternura.

Volvió y se sentó a mi lado en una silla de paja, junto a una mesa tapada con un mantel de hule. Todo olía a encierro y humedad.

De repente, otro grito más agudo sacudió el silencio. Clotilde corrió al cuarto. Me levanté preocupado.

—¿Puedo revisarlo? Llevo conmigo algunos medicamentos y el estetoscopio.

—Sí, por favor. Pasa.

La habitación era un caos: ropa tirada, papeles abiertos, un sobre de banco vacío… Me concentré en el viejo. Tenía un cuadro severo, probablemente una neumonía. Urgía internación.

—Voy a avisar a la vecina —dijo Clotilde.

Su hermano, Javier, llegó en ese momento, cruzó la cocina y se fue con rapidez. Sentí la puerta cerrarse con fuerza. Y entonces, escuché la voz acelerada de Clotilde desde afuera:

—¡Vamos, vamos!

Me dirigí a la puerta, pero no cedía. Estaba trabada por fuera. Las ventanas eran pequeñas, con rejas, postigos, pestillos oxidados. No había salida. Ni mi maletín estaba: había desaparecido.

El viejo seguía gimiendo con rabia y desesperación. Yo, atrapado con mi camisolín de médico, temblando.

“¿Quién me mandó a meterme en este lío?” Pensé, furioso conmigo mismo. Me senté junto al abuelo. Sin querer, me dormí vencido por el agotamiento.

Desperté con el rugido de una tormenta. Las ventanas vibraban, el viento arremetía, y el anciano volvía a quejarse. El Valium que le había dado se disipaba, y noté que movía las manos debajo de las colchas.

Me acerqué. Su mirada me quemó. Le retiré con cuidado la sábana… y lo vi. Un revólver, calibre 38, atado con cinta de embalar sobre su estómago. Estaba maniatado.

—¡Me han asaltado, imbécil! ¿No lo ves? ¡Me robaron la jubilación y la plata del terreno! ¡Desátame!

—Pensé que estaba enfermo… —respondí, confundido. —¡Te embaucaron! Igual que a mí. ¿Sos uno de ellos? ¿Te dejaron para hacer tiempo? ¡Desátame!

Me paralice. ¿Desatar a un jubilado ex policía con un arma cargada y furia en los ojos? Mejor no. Le saqué el arma como pude y le tapé la boca con cinta. Preferí esperar.

Con la luz del amanecer, descubrí que uno de los pestillos se había soltado. Le di una patada a la ventana, abrí una rendija y me escabullí al jardín. Corrí hacia la calle.

El candado del portón ya no estaba. Salí como un relámpago, pero mi auto no aparecía. No estaba en la cortada que mencioné… ni siquiera reconocía la calle. Al mirar el cartel: “Eleuterio Zabala”.

Todo estaba dicho.

El revólver terminó escondido entre sábanas sucias del hospital, que el lavadero retiraría. Tomé un remis y me refugié en casa de mis padres, helado, ausente, sin explicaciones.

Una semana después, pedí traslado a Neuquén, donde una tía me recibió en una salita de atención primaria.

Nunca conté exactamente lo que pasó. Nadie lo hubiera entendido. Y yo… yo tampoco del todo.

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YO ERA EL FARO

Elspeth Gormley / España

En este relato cargado de sal y silencio, el faro se transforma en voz, en testigo, en milagro. Porque no todos los héroes tienen rostro: algunos brillan para que otros no se hundan.

Yo era el faro. No tenía piernas, ni brazos, ni voz. Pero cada noche me alzaba sobre la costa como un centinela inmóvil, lanzando luz donde todo era sombra. No lo hacía por mí. Lo hacía por ellos: los que se aventuraban en la oscuridad, con la esperanza de encontrar tierra, consuelo o destino.

Desde mi altura, lo veía todo. Las tormentas que rugían como bestias, los barcos que resistían con espinas de madera y alma humana. Vi marinos que cantaban para no llorar, vi embarcaciones que se alejaban sin promesa de regreso. Y también vi al farero —ese hombre callado que vivía a mi lado— estudioso de mareas, amigo del viento, solitario sin queja. Subía cada día hasta lo más alto, con cuadernos gastados y ojos abiertos. Me hablaba. Yo le respondía con luz.

Aquella noche, el cielo se desgarró. La tormenta llegó con furia antigua, con olas que parecían querer devorar la costa. Los pájaros huyeron antes que el primer trueno, y la lluvia comenzó a golpear el alma del mundo. Fue entonces cuando lo vi: un barco, pequeño pero valiente, luchando entre espumas y abismos. Se encallaba, lentamente, sin que nadie pudiera ayudarle. Nadie… excepto yo.

Mis luces giraron sin pausa, cortando la negrura como cuchillas luminosas. El farero corrió a mí, encendió los motores, pronunció palabras que sólo el mar entiende. “No nos falles,” murmuró. Y no lo hice.

Alumbré con toda la fuerza que guardaba desde siglos pasados. Y el barco me vio. Gritó en silencio. Se desplazó apenas, lo justo para evitar la muerte. Encalló, sí… pero lo hizo en arena, no en tragedia.

Desde entonces, sigo encendido. En las noches serenas como en las de ira. Porque no todos los héroes tienen rostro. Algunos brillan para que otros no se hundan. Y yo… yo era el faro.

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EL RETORNO

Andrea Morini / Argentina

Camino sin rumbo, en la noche neblinosa del insomnio.

Percibo formas que me persiguen, susurrantes, amenazadoras, que evaden misteriosas, la mirada vacilante.

Tengo miedo, visceral y profundo, pero sigo adelante, con la certeza de que mis pasos me guiarán al hogar perdido, dónde esperan mis padres, ansiosos, el retorno.

No les avisé que regreso, no pude calmarles el dolor de la espera, tan solo la sorpresa en sus rostros valdrá los pesares acaecidos en el peregrinar hasta su regazo.

Ante cada pisada siento la respiración de los monstruos acechando, sabedores de su poder para entorpecer el camino.

Me sobrevuelan reminiscencias del joven que fui, mi habitación en la parte superior de la casa; recuerdo a mí madre poniendo sábanas limpias en la cama, acomodando mi revuelo juvenil.

Todo debe estar como antes de mí partida, el tiempo congelado en aquella lejana noche en que fui arrancado de su tibieza, la música sonando, mientras en los rostros demudados de los míos se anclaba el terror ante la violencia que se enseñoreaba en la casa.

Hace tanto tiempo que me fui, que he olvidado los aromas cotidianos, las risas y palabras compartidas, todo aquello que habla de nosotros.

Mí hermano, el pequeño, debe ser bastante mayor ya. «¿Se acordará de mí

La noche se cierne profunda, plomiza, los pasos retumban en el empedrado, cuando, al fin, entreveo la casona familiar.

El corazón se acelera y casi no puedo respirar, es tanta la emoción que me embarga. Avanzo rápido hacia la luz que percibo en el zaguán, aún las sombras me protegen. Tanto horror me ha calado hasta el alma, no logro desembarazarme de él.

Continúo aproximándome, debo asomarme al resplandor de la única farola que ilumina esa parte de la calle. Observo, a través de la ventana, a mí madre trajinando en la habitación del primer piso, intuyo el color de la ropa de cama que coloca. Celeste, cómo siempre me gustó, el gesto me acaricia el espíritu.

Decido seguir adelante, ya nada falta para estar en sus brazos protectores. Me entrego a esa sensación, cálida, placentera.

Dejo atrás la zona de penumbras, cuando alcanzo a escuchar, una vez más, aquella voz pétrea, urgida de autoridad, que grita “Alto”, pero… es tanto el deseo de volver que doy otro paso.

Desde el piso percibo, hoy como entonces, el grito desgarrado de mi madre, mientras una voz cavernosa susurra algo que no entiendo.

El ciclo se repite inexorablemente.

Una última lágrima se derrama por mi mejilla.

Luego todo termina: la noche, el miedo, las luces, el dolor y la vida.

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DON ESTANISLAO

Walter Hugo Rotela González / Uruguay

Salvatore estaba a punto de cumplir la mayoría de edad. Pensaba casarse. Trabajó desde los seis años. Primero ayudó en la casa de don Abelino Contreras. Después pasó a trabajar en la panadería que tenía el caraí1 Abelino. Hacía de todo: barría, apilaba bolsas de harina, acomodaba latas o repartía el pan. Hasta los doce años no percibió ni un guaraní. Después sí; pero siempre fue poca cosa. A los dieciséis seguía viviendo en la misma casa, pero trabajaba para un hojalatero. Allí comenzó a ganar dinero y a charlar con otras personas. Su mundo se amplió. Era más grande que lo que él conocía. Había otras tierras más allá de las kibebé.

Don Elías, el hojalatero, le preguntaba a menudo por su familia y él rehuía del tema de la mejor manera. Una mañana, Salvatore, llegó al trabajo y, tras saludar a don Elías, le preguntó si lo ayudaría a encontrar a su padre. El veterano puso cara de confundido; pero conocía algo de la vida de su empleado. Y le dijo que sí, aunque fingió desconocer totalmente la historia, más allá de que lo poco que sabía por palabras de don Abelino, que nunca fue dado a hablar de sus criados.

Salvatore no era, claro, hijo de don Abelino Contreras. Vivía en su casa, pero era un criado. Sus padres lo dejaron a cargo de don Abelino a los cinco años de edad y nunca más los volvió a ver. Y ahora que estaba a punto de casarse se preguntaba por sus orígenes. ¿Quién era? ¿Quiénes habían sido sus padres? ¿Vivían aún? ¿Qué les diría a los padres de su novia, ahora que no podía seguir eludiendo las preguntas? Aunque ellos conocían su condición de criadito, ahora era un hombre a punto de casarse con su hija.

Las únicas caras que Salvatore conocía como familiares eran las de los Contreras. Sin embargo, ellos siempre le habían dejado en claro que, si bien era de algún modo parte de la familia, no era más que un criadito. Tenían un lazo lejano de sangre, pero la condición económica de sus padres lo ponía en un lugar diferente al de ellos. Él era un criadito.

Don Elías conocía a mucha gente. Entre ellos a unos sacerdotes que tenían buenos contactos. Así que se comprometió a ayudarlo a buscar datos sobre su familia, a partir de la poca información que la familia de don Abelino le proporcionó. Conocía las intenciones de casarse de Salvatore. Éste, además, le confió que deseaba conocer algo más sobre sus padres y posibles hermanos, antes de formar su propia familia.

Seis meses después de que Salvatore le pidiera ayuda a su patrón, éste le entregó una carta. Se la había enviado a él uno de sus conocidos. El remitente era un religioso que residía en la zona de la campaña donde, posiblemente, vivieran los padres de Salvatore. La carta decía, textualmente:

Estimado Sr. don Elías González:

Le escribo a fin de poner en su conocimiento las novedades reunidas en torno a la pesquisa que llevo adelante según su solicitud y en relación al destino de los familiares de su dependiente, don Salvatore.

Por un lado, cumplo en informarle que la señora madre del joven falleció poco tiempo después de dar a luz al segundo hermano del joven. Eso consta en actas de la Parroquia de la Santísima Trinidad de la zona parroquial donde también hallé otros datos. Por ejemplo, el bautismo de otros hijos.

Fue la antigua secretaria parroquial, aún viva pero que no trabaja más, quién me proporcionó la información de la señora, pues la conocía por trabajar para una amiga suya. Se desempeñaba como lavandera y, además, le vendía leche, pues tenía una vaca lechera.

El esposo de la señora, don Estanislao Ayala, quedó a cargo de tres vástagos muy pequeños. Se desposó con una joven mujer que conoció en estas tierras. Hace tres años, poco más o menos, don Estanislao emigró hacia otra zona del país. Destino que no logré conocer.

Estimado don Elías, espero haber contribuido con la causa de su dependiente en alguna medida. Quizás más adelante pueda conocer más sobre el paradero del padre de Salvatore, para poder compartirlo. Pero el resultado de esa búsqueda sólo Dios conoce.

Atte. le envío mis saludos y la bendición de Dios.

R. P. Francisco Rodríguez

El joven Salvatore quedó pensativo y le expresó a don Elías: «No sé si estar triste o alegrarme después de leer esta carta».

̶ Salvatore, Salvatore… Tienes un padre, don Estanislao. Y está vivo. Y tienes hermanos por conocer. Posees una familia en alguna parte de estas tierras rojas.

̶ Sí… Estanislao. Quizás cuando tenga hijos, si mi esposa lo consiente, lo llamaré Estanislao.

P

2

Expresiones de la lengua guaraní utilizadas en este cuento:

1 Caraí: señor

2 Kibebé: alimento a base de zapallo hervido, de color amarillo a rojizo.

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AUTOS QUE SE DETIENEN

Walter Hugo Rotela González / Uruguay

—¡Corré, corré, vamos ahora…!

—Pero… ¿Y Juan?

—Déjalo… ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta!

—La gran p… No puede ser… No puede ser…

Cada noche igual… Se repite el mismo sueño perturbador de los autos que se detienen, es claro el chirrido de las ruedas… Le siguen las detonaciones de armas, una, dos, tres y otra vez ruido de un motor que ruge, rompe el silencio y se desvanece.

Una y otra vez la escena del auto azul que se para, justo, delante de otro automóvil gris, chapa BA517 872*. Bajan tres hombres y una mujer; abren la puerta izquierda y disparan contra quien conducía. Éste, antes de dejar de respirar, saca un arma y mata a uno de sus atacantes.

Empapado en sudor Roberto se despierta, ansioso, enojado y triste con un grito ahogado. Cada noche se despierta así, casi siempre un rato después de dormirse, cuando el reloj marca las 3 de la mañana. En ese momento siente que su corazón late rápido y con fuerza. Le cuesta volver a retomar el sueño, por lo que se incorpora. A veces puede decirlo, otras, sólo lo piensa: “Tenía razón Juan, el número de la chapa era una señal del destino”

Roberto se levanta, dolorido, con una tremenda contracción muscular. Se dirige a la heladera y bebe, en forma pausada, un vaso de leche. Luego se acerca a su escritorio, enciende la luz y mira un viejo bloc de notas, muy gastado, algo amarillento. Mira en su interior y repasa unas frases escritas, años atrás. Se tranquiliza, un poco, al releer una que dice: “la libertad exige sacrificios” … Está escrita en la parte de atrás de una vieja fotografía en sepia, de una mujer joven, de tez con pecas, cabello largo, recogido en una trenza. Vuelve al dormitorio. Intenta dormir, da vueltas en la cama, una y otra vez. Tras una media hora, al fin, lo consigue.

A la mañana se despierta, deambula por su viejo apartamento. Mira las cosas y se pierde en sus cavilaciones. Sale al balcón, riega las plantas, casi marchitas, como él, con su piel gastada, algo reseca, sin la grasa bajo la piel de los años jóvenes. Con pocas ganas, habitualmente, se viste y va a dar una vuelta por el parque. Mira las matrículas de autos, recuerda a Juan. El amigo apostador estaba en lo cierto -suele pensar. La desgracia y la sorpresa estaban escritas en la chapa.

Hace un par de años se jubiló y busca cómo pasar el tiempo. Se encuentra con viejos camaradas de sus años de facultad en el exilio y conversan sobre los tiempos actuales, la política internacional y, casi siempre, surgen los recuerdos de cuando fueron compañeros de armas. Los temas que surgen, habitualmente, tuercen hacia un tiempo específico y la charla se vuelve algo tensa. La conversación, a esa altura, es en voz baja, como en secreto y con la vista clavada en los que pasean a sus perros, mientras caminan. Con cautela, recorren algunos detalles, luego sus miradas se pierden, más allá del horizonte. En pleno medio día, cuando la calle se vuelve un hormiguero, ellos aún están ahí. Más de una vez, un frenado de auto los altera, los incomoda. A Roberto, más que al resto. Juegan ajedrez, lo practican, lo estudian tanto o más, que a sus 19 años. Cada movimiento está precedido de largos silencios y algunos suspiros.

La tarde transcurre entre actividades varias, visita a familiares, salidas para hacer compras pequeñas, tareas todas para que el cansancio se acumule y vuelva posible el sueño. Ese sueño que prefiere que no llegue, se resiste, le teme, pero no lo dice. Calla, siempre calla. El sueño nunca llega antes de las dos o tres de la mañana. Un rato antes de que hace su entrada la pesadilla de cada noche… Aparece el auto chapa BA517 872

—¡Corré, corré, dale vamos ahora…!

—Pero… ¿Y Juan?

—Déjalo, ¡Vamos…! ¡Vamos que se viene la yuta**!

—La gran p… No puede ser… No puede ser…

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*Para los que juegan a la quiniela en el Río de la Plata, a ciertos sueños les corresponde un número. Así a la desgracia le corresponde el 517, y a la sorpresa el 872.

**La yuta es una expresión del lunfardo que se usa en el conurbano bonaerense para referirse a la policía.

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CUENTOS Y RELATOS – JUNIO

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· «Cada relato, un latido; cada cuento, un universo por descubrir.»

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LA BICI ROJA METALIZADA

Miriam Alberganti / Argentina

Era una época de incertidumbre económica, y mi padre, como muchos otros, había invertido su dinero en una financiera que prometía tasas altas de interés. Sin embargo, como suele suceder, la financiera se fundió, y los ahorristas perdieron todos sus ahorros. Mi padre se sintió decepcionado y frustrado, pero no se rindió. Cuando se enteró de que los ahorristas podían retirar mercaderías como compensación, supo exactamente qué hacer. Se fue a la tienda y retiró una bicicleta que había llamado su atención. Era una bicicleta impresionante, con rodado 28, gomas con banda blanca, guardabarros cortitos y cromados, y un color rojo metalizado que brillaba bajo la luz del sol. Cuando la vi, me emocioné mucho. Tenía 14 años, y era la primera bicicleta del barrio.

Mis amigos se sorprendieron al verla, y yo me sentí orgulloso de ser su dueño. Sin embargo, en esa época, no era común que los estudiantes de secundaria o facultad fueran a la escuela en bicicleta, así que tuve que seguir corriendo el tranvía para no llegar tarde. A pesar de eso, la bicicleta se convirtió en mi compañera de aventuras. La montaba por la cuadra y sus alrededores, sintiendo el viento en mi cara y la libertad en mi corazón. La bicicleta roja metalizada se convirtió en un símbolo de alegría y esperanza en un momento de incertidumbre. Y aunque la financiera se había fundido, mi padre había encontrado una forma de transformar un hecho desgraciado en un motivo de alegría. La bicicleta roja metalizada se convirtió en un recuerdo que siempre atesoraré, un recordatorio de que incluso en los momentos más difíciles, siempre hay esperanza y alegría que puede surgir.

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VIVIR ETERNAMENTE

Magi Balsells / España

 ¿Me gustaría vivir eternamente? 

Esta pregunta lleva mucho tiempo rondando por mi mente, tiene una serie de razones para decir que si y muchas mas para negar esta posibilidad

En la primera cuestión, no dejaría de ser hermoso ver  los adelantos que cada día se van produciendo, en todas las facetas de la vida, ampliar mucho más los conocimientos que en este momento poseo, conocer muchas más personas y poder compartir con ellos mis experiencias acumuladas durante todo mi existencia, seria algo maravilloso, 

Pero pasemos a la segunda opción:

Envejecer  mucho mas de lo que ya estoy, ir perdiendo las facultades de todo tipo, convirtiéndome en un ser solo merecedor de estudio por la medicina, ya que les gustaría a los científicos saber el porque de mi larga y eterna vida, o sea de hospital en hospital y de prueba en prueba. Perder a todos los familiares, y a las personas amadas eso creo que si debe ser muy duro. No conseguir amigos ya que al ser eterno nadie querría compartir su vida con la mía, no estar a la altura de las nuevas técnicas ya que mi mente no seria capaz de asimilarlas. Vivir los horrores que podían producirse como la miseria, las guerras, las catástrofes naturales, las nuevas enfermedades; aunque no me afectaran directamente por mi condición de eterno, pero si que serian un sufrimiento verlas padecer a los demás 

Creo que después de una serena reflexión, lo mejor es tener vida como persona normal, con mis años, dudas  y achaques  y solo esperar el desenlace final.

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SOBRE RUEDAS

María Elena Camba / Argentina

El portero sonó en casa insistentemente. Mamá fue a la cocina y lo atendió.
-Chicos, dejen lo que están haciendo y vengan, papá quiere mostrarnos algo.
Nos lanzamos siete pisos por la escalera, Mamá fue con Laurita por el ascensor. Pablo llegó primero pero tuvo que esperar a que abrieran la puerta de calle.
Nunca me voy a olvidar de la cara de mi viejo, siempre fue un tipo muy serio pero esa vez estaba ancho, con su sonrisa de fiesta., mostrando la sorpresa que nos tenía preparada. Y allí en la vereda, con las puertas abiertas, nuestro futuro compañero de viajes. Parecía un bote, tan largo y amplio. Entramos los cinco, si hasta sobraba un espacio para alguien más.

Dicen que los autos se parecen a los dueños, o los dueños eligen el auto que más se identifica con ellos. Y así era el Valiant 3, su primer auto 0 km, de líneas elegantes, color beige, sobrio, con ventanas grandes. Igual a mi viejo, siempre de traje, a lo sumo los domingos un pantalón de vestir y una camisa. Discreto y clásico .
Partimos a dar una vuelta por el viejo Palermo con sus calles empedradas que se resistìan al andar tan descansado de esas ruedas recién estrenadas. El ronroneo del motor era suave, casi imperceptible.
Mi añorado barrio de casas bajas, con algunos pocos edificios que comenzaban a quebrar la fisonomía de ese Palermo que se resistía a cambiar su identidad. Con sus calles tamizadas por el violáceo de los jacarandás, que cubrían no sólo las copas de los árboles sino también las veredas con una alfombra aterciopelada. A partir de ese día, todos los domingos papá nos llevaba a dar una vuelta a toda la familia.

Ese primer paseo fue el comienzo de un sinfín de aventuras. Viajes a la costa, cuando la Ruta 2 todavía no era autopista y los autos venían de contramano y había que esquivarlos e irse a la banquina para no morir arrollados. Cuando no había aire acondicionado y el calor subía por los pies y penetraba todo el cuerpo. Cuando poníamos parasoles en las ventanillas y los que no las tenían se conformaban con algún toallón o remera trabado en la ventana para amortiguar el sofocón de la ruta.
No usábamos cinturón de seguridad y nos trepábamos a la luneta como si fuera un asiento más.. Jugábamos al truco, a la generala y al tuti fruti. La imaginación corría inventando historias. .. Las horas se alargaban, parábamos para almorzar en alguna estación de servicio y mi padre se echaba una siesta bajo un árbol.
El viaje a la costa era largo. Pero para nosotros era una fiesta. Vacaciones en familia, arena y mar. Nos esperaban las olas para saltarlas de la mano o barrenarlas en tablas de madera.
Carpa o sombrilla, de acuerdo a los vaivenes de la economía familiar, pero siempre juntos en la playa. Tejo, pelota paleta, unos sándwiches de almuerzo y a la tarde regresábamos en el auto al hotel. La batalla naval, el ahorcado o el tinenti nos arrancaban risas y peleas a la hora de la siesta.

Después el Valiant comenzó a hacer recorridos más extensos. Las sierras asomaban en el horizonte cuando llegábamos a la ciudad de Córdoba. Siempre nos perdíamos en la famosa cañada y mi padre detenía el auto para preguntar cómo seguir. Porque no había GPS ni celulares que nos indicaran el camino.
En las sierras comencé mis aventuras sobre ruedas. Papá nos llevaba a un camino de tierra y me cedía el asiento del conductor. Apenas llegaba a ver por el parabrisas y el volante se resistía a mis pequeñas manos. Tenía 14 años y mi hermano 19. El auto rugía mientras apretábamos el acelerador e intentábamos pelear con la palanca de cambios para meter la primera. El viejo contenía sus nervios y arrancábamos hacia la dimensión desconocida. Una o dos horas de piruetas al volante y el Valiant volvía lleno de tierra a la casa.
En esa época aprendí también a andar a caballo. Primero con montura y al paso o trote. Las siguientes vacaciones en pelo y al galope. Mi madre disfrutaba vernos..
Años de tortas fritas, campeonatos de bochas y truco, jugábamos a las escondidas por la noche en los jardines del hotel. Años de adolescencia, los primeros asaltos. El famoso patapata de Miriam Makiba. Y el primer beso. El novio de vacaciones. La primera despedida. El primer llanto por amor.
Pablo, mi hermano, ya manejaba el Valiant 3 y nos llevaba al cine a la noche. Dos pelis con intervalo en el medio. Y un cine de pueblo donde la película de golpe se cortaba y comenzaban los silbatos hasta que volvía en medio de risas y aplausos.

Y el Valiant 3 siempre esperando en la puerta del cine nos llevaba de vuelta a toda la banda. 9 o 10,metidos en el auto. Y mi viejo durmiendo tranquilo sin sospechar nuestras andanzas.
Pero un día se anunció la tormenta. Dejamos el auto estacionado en el medio de otros dos y entramos en el cine. Cuando salimos ya eran las 12 de la noche. Buscamos el auto pero no lo encontramos. A unos 50 metros de la puerta del cine había un grupo de gente amontonada, fuimos a ver qué pasaba y vimos nuestro auto en medio del jardín de una casa. Nuestras caras de asombro y susto sin explicarnos qué había pasado. ¿Nos habían robado el auto? Hasta que mi hermano gritó –¡Me olvidé de poner el freno de mano!
¿Qué había pasado entonces? Cuando el auto de adelante se fue, la calle en bajada hizo que el Valiant se deslizara, tirara la pirca de la casa, aplastara una moto y terminara su viaje en el parque. Toda la trompa abollada, rayones por todos lados. El auto fantasma se hizo famoso. Sin conductor había hecho destrozos que, por suerte, no provocaron daños mayores.
Mi hermano fue hasta casa y trajo a mi padre. Esa noche no pegamos un ojo. Papá furioso nos retaba, hasta se le cayeron unas lágrimas de la impotencia.
El auto en el taller por muchos días y los gastos de reparar todos los daños causados. Pasamos a ser los dueños del auto fantasma para todo el pueblo.
Mi hermano estuvo muchos meses sin poder usarlo y las clases de manejo terminaron abruptamente.
Pero las vacaciones siguientes papá ya había olvidado el asunto y nos volvió a prestar el auto, esta vez para excursiones por las sierras. Partíamos en el Valiant un grupete y otros dos autos, un Mehari y un Peugeot. Todos a la aventura por los caminos serranos de ripio. Dejábamos los autos y trepábamos como cabritas por las sierras hasta bajar a un arroyo, o a las playas de arena de algún río. Ya el auto estaba más baqueteado y la suspensión acusaba tantos kilómetros de aventuras. Pero nunca fallaba y derrapaba en tercera en las curvas y nuestros gritos y risas inconscientes festejaban la cercanía al precipicio.
Una tarde, cuando comenzaba a caer el sol y regresábamos al pueblo, se escuchó un ruido fuerte debajo del auto. Era el carter que había raspado contra una piedra. Vimos que perdía líquido por abajo. No sabíamos qué hacer, hasta que a uno de los chicos se le ocurrió. -Masquen todos chicle, hagamos una bola y peguémosla como tapón.
Y así fue que logramos llegar a la puerta de la casa, cuando ya se hacía de noche y las primeras estrellas comenzaban a asomar.

Tantos recuerdos imborrables se agolpan en mi mente mientras contemplo la foto desteñida de mi auto preferido, compañero de adolescencia, el que soportó mis primeros pasos como conductora. Testigo de un mundo en extinción, cuando los autos no se cambiaban de modelo como la ropa, cuando las cosas tenían su valor emotivo, Por eso costó tanto tomar la decisión de desprendernos de él a la muerte de papá.. Quedó arrumbado en el garaje de casa. Hasta que un día decidí que abandonarlo de ese modo era negar la historia tan linda que tuvimos. Llamé a un mecánico especialista en autos antiguos. Le pedí que lo arreglara, lo quería impecable. Se lo llevó a su taller. Todas las semanas pasaba a verlo. En tres meses estuvo listo. Cuando lo fui a buscar me senté al volante y los recuerdos se agolparon como un flash mientras lo manejaba.
Ahora lo saco todos los domingos a dar vueltas por la Av. Libertador. A veces me gritan desde algún auto, felicitándome .¡Qué nave!
Me hice socia de un Club de autos antiguos. Cada tanto participamos de travesías y hasta nos vestimos con ropa de época. Sé que es una manera de estar más cerca de mi viejo y también de esa chica adolescente que esperaba el fin de semana como una fiesta para salir a pasear y escuchaba a todo volumen en la radio del auto Sui Generis con toda la banda de amigos. Me vuelve el olor a espinillo, a lavanda y retama de las sierras y la voz de mi viejo que dice: – No vuelvan tarde chicos, a las 2 a más tardar los espero en casa.

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TOMY, EL NIÑO VENDEDOR

Libia B. Carciofetti / Argentina

Llamaron a mi puerta. Miré por la ventana. Solo vi un cajón desvencijado con “artículos de limpieza” en envases de gaseosas. Me acerqué y, medio escondido, apareció un niño de unos diez años.

—¿Por qué te escondes? —pregunté.

—Porque la mayoría, cuando ven que soy chico, piensan que vengo a pedir y no se acercan. Pero no… yo vengo a vender, para ayudar a mi mami y a mis cuatro hermanos más pequeños.

Su voz era firme, pero en su mirada había algo de súplica.

—Vamos a un comedor al mediodía, pero hasta el otro día tenemos que aguantar el hambre —continuó—. Mi mami vende bolsas de consorcio, y el dueño me da esto: detergente, lavandina, desodorante, jabón líquido…

Observé los envases y su pequeña figura detrás del cajón. Yo, que siempre compro productos de primera marca, miraba lo que él ofrecía y sentía en su gesto la esperanza de una venta.

—Bueno, dame un litro de cada cosa —le dije—. Te traeré mis envases para que los rellenes.

—Ok —respondió.

Sonreí.

—¡Ah! Sabes inglés, como mi nieto.

Se rió.

—¿Cómo se llama su nieto?

—Tomás, pero le decimos Tomy.

Su cara se iluminó.

—¡Oia! Como yo.

Lo miré y mi corazón de abuela y madre se encogió. Pensé en mi Tomy, que no tiene que salir a ganarse el pan porque tiene una familia que lo sostiene, que se lava las manos con agua y jabón a cada rato.

Antes de que la emoción me hiciera llorar frente a él, le pagué. Vi su manito perdida revolviendo su bolsillo, buscando el vuelto.

—Quédatelo —le dije—. Compra golosinas si quieres.

—¡Uh! Es mucho.

—No creas… todo está caro.

—Sí, eso dice mi mami.

Se apresuró.

—Me voy, porque me van a cerrar el comedor.

—Chau, doñita.

—Chau, Tomy. No te doy un beso porque debemos guardar distancia, y además tenemos barbijo. Cuando llegues, lávate bien las manos con agua y jabón.

—Sí. Mire, recién una señora me regaló alcohol en gel nuevecito, sin abrir.

—Que Dios bendiga a esa señora también.

Lo vi alejarse.

—Ven la semana que viene. Tengo echarpes tejidos por mi mami, que se llamaba Violeta. Desde el cielo, estará contenta de ver que los usarán para cubrirse del frío.

Tomy se alejó por la calle, dándose vuelta y saludando con su manito. Y mitad de mi corazón se fue caminando con él, rogando en silencio por todos los niños herederos del Reino de los Cielos.

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LOS NIÑOS DE SIRIA

Carlos González Saavedra / Argentina

Soy Roy Mitchel, trabajo hace mas de treinta años como fotógrafo profesional. El diario me envió a Alepo un día antes que empezaran otra vez, a bombardear.
Compartí en las afueras, si así, se puede llamar, en una ciudad destruida, un lugar con una habitación y un baño, juntos a dos colegas. Periodistas, un Español Alfredo Espinosa y un Alemán Helmut Bachman. Instalados donde dormíamos como
podíamos. La habitación de tres por dos. El baño muy precario. No podía ser de otra manera.
Al día siguiente, una camioneta Toyota, con tres soldados en la caja pertrechados nos traslada al Noroeste , para estar mas protegidos, pero las imágenes de espanto anularon mi sensibilidad. No podía ser sensible, debía ser fuerte y sobrevivir.
Tenia experiencia en mi vida pero esta no me la esperaba.
Tome fotos ,muchas de lo que pasaba, estuve en hospitales, recién bombardeados, calles intransitables niños y enfermos desplazados junto con la población civil. Horror de una guerra por el poder, nada mas.
Escuche a un dirigente político decir: -¿Porque usar suelo Sirio, para pelear? Ni siquiera había tiempo de contestar.

Estaba desbastado, no encontré la belleza en ninguna de mis fotos. Ninguna mirada compasiva , solo preguntas o súplicas. Nunca me imaginaba un alemán llorando, esa noche después de un día terrible, Helmut lloró, como un chico, desconsoladamente. Sus manos temblaban tanto que no podía escribir. Solo puso de título “Esto es lo que pasa
en Alepo” Alfredo con mas años, hizo una nota a un anciano refugiado en un rinconcito, debajo de un techito, absolutamente vulnerable. Aseguraba:-Acá nada me va a pasar, así los dispuso Alá. Su deseo, era su única esperanza.
Por mi parte había mandado imágenes por demás del horror en un solo día. Era muy difícil encontrar algo positivo, esperanzador. Miraba a los niños los mas perjudicados, los que sufren, los que piden ayuda. Como fotógrafo profesional tenia la obligación conmigo mismo de mostrar algo que llevara una ilusión una mirada de amor.
Mi hermana directora de una editorial en Vancouver, me pedía fotografías, aunque sea una, de los lugares que me mandaba el diario.-Tiene que ser esperanzadora, sino no mandes nada. Me admiraba por eso me exigía
Entre los escombros encontré tres hermanitos que al verme, vinieron corriendo. Uno de ellos, el mas chico, muy simpático, reía siempre. Vivía esa vida como una aventura. Sus hermanas entre risas preguntaban si las adoptaría.
Me dejaban sin palabras. Mi silencio me abrumaba. Pude mandarle a mi hermana una foto que lo decía todo.:
Una de las nenas con su mirada ¿preguntaba por que?
Otra un poco mas seria, pero no tanto aseguraba:-¿Me vas a adoptar, no?¡No tenemos familia! El mas sonriente nada me pedía solo con su mirada me lo decía todo:-¡Todo estará bien! no te preocupes. Solo le faltaba guiñarme un ojo.
Así lo pensé, así me lo mostró su corazón ¡Así me enseño a vivir! Por su parte mi hermana en la revista de Vancouver puso la foto de ellos diciendo:
“No hay espanto que pueda, con la mirada esperanzadora de un niño”

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¿QUÉ ES REZAR ?

Elspeth Gormley / España

Rezar es una conversación con lo intangible, un momento de calma donde el alma se recoge en sí misma. Es el instante en que, entre el ruido del mundo, encontramos un refugio interior.

Es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia.

Es un Padre Nuestro susurrado en tiempos de incertidumbre, una plegaria para encontrar respuestas, un refugio en la duda y un consuelo en la esperanza.

Rezar es tener memoria.

Es lo que precede al trabajo y lo que jamás lo suplanta.

Es lo único que nos queda cuando ya no podemos hacer más. Es el acto de compromiso de quien no tiene otro medio para ayudar, como cuando elevamos pensamientos por alguien que va a ser operado, y todo queda en manos de la ciencia y de la voluntad que rige el universo.

Rezar no siempre cambia los hechos, pero sí cambia a quien reza. Nunca es inútil, porque siempre conforta.

Rezar es decir rezaré por ti y también reza por mí. Es, por tanto, lo contrario a la vanidad.

Es aceptar nuestras limitaciones. Aprender a resignarnos cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad.

Es buscar fuerzas cuando parece que no quedan.

Rezar es un acto de fe, pero no solo fe religiosa, sino fe en la vida, en las personas, en los que amamos, en los caminos inciertos que recorremos.

Es introspección en una era de exhibición. Es apagarse para encenderse desde dentro. Es encontrar un claro en la espesura.

Rezar es un placer oculto, un gesto que se reserva para la intimidad. Un acto que, cuando se comparte, se hace desde la confianza absoluta.

Es una declaración de amor por quien tienes en tus pensamientos. Derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de quienes piensan en ti.

Es estar en las oraciones de alguien más, que es mucho más que estar solo en su memoria.

Rezar es dar lo mejor de nuestro interior sin esperar nada a cambio. Es resistir cuando todo parece perdido. Es fragilidad y entereza.

Es, en el fondo, el eco de nuestra esperanza, la manifestación de nuestros deseos más profundos y la forma en que buscamos paz en medio del ruido de la vida.

Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.

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LA MALA SUERTE

Sandra B Romeo / Argentina

Todos los días la misma corrida para llegara a horario a la oficina. Una taza de café a las apuradas, el persistente sonido del paso del tiempo en el reloj…

Aurora, la jefa de personal, es todo lo contrario de lo que su nombre indicaría, por lo menos para mí. Nada de auroras boreales o amaneceres rosados y traslúcidos reflejándose en la arena húmeda. Esta Aurora es mas bien un ocaso gris y perverso que se ríe y se agranda con la huida de la luz adentrándose sutil y definitivamente en nuestros huesos antes de cerrar los ojos cada noche. Yo estoy convencida de que Aurora me persigue, que cuestiona todos mis rostros y mis rastros. Nada de lo mío la persuade. Para ella no soy una buena persona.

Ahora recuerdo, mientras me zarandeo en el subte, (debe ser este zarandeo el que trae los recuerdos) que trabajando de noche atendí más de tres o cuatro veces el teléfono para toparme con las bromas de mis compañeros sector enfermería, (mis anteojos supongo), entonces a la quinta vez del timbrar tomo el auricular hago acopio de la valentía de mis ancestros y antes de que nadie hable grito: —¡culo!

Silencio total del otro lado de la línea hasta que la voz de Aurora amaneciendo de su estupor grita preguntando: —pero ¿usted sabe con quién está hablando? Yo jugada contesto: —¿Y usted…? —¡No! —grita ella —¡Menos mal! —y corto la línea dejando vilmente la oficina por la puerta trasera, olvidando en ella todas mis pertenencias a las que, por un tema de terapia, rotulo y marco con mi nombre y Nº de documento (¿miedo a morirme en la calle y quedar como NN? ¿miedo a morirme sola que intento atrapar mi identidad? ¿mi identidad se escapa, se esconde?.¡Ay Señor, cuantos interrogantes!.

Bueno, resultado de lo antedicho, suspensión y publicación en el Boletín interno de lo sucedido. El escarnio fue tal que ni las permanentes y extensas llamadas de Jerónimo lograron que tuviera la fuerza necesaria para presentarme el día que correspondía. Lo hice, pero sin fuerzas. ¿Qué puedo decir de Jerónimo? Es el justiciero del Archivo del hospital en que trabajo.

Espacio ínfimo si se quiere para el accionar de un justiciero, sin embargo parece el espacio justo en que cabe la justicia, (siempre me pareció que no era mucho). Jerónimo es de esos seres que aquietan el alma. Grandote y amplio, es como esos paredones en donde de chicos te refugias del sol de verano. O donde van a dar todas las pelotas que se patean a la hora de la siesta. Fresco, protector, así es Jerónimo. A él las auroras ni le pintan. Por eso lo admiro. Por eso y porque pasa de mis anteojos.

El barquinazo del coche seis línea C remonta otro recuerdo. Fiesta inaugural de la sala de máquinas del hospital. Aurora, toda de rosa y tiñéndose ya de violeta luego de la sidra y los canapés enhebra astutamente un discurso que le vale los aplausos de la concurrencia que, a la vista de los platos ya vacíos, va girando como en bloque hacia la salida.

Aurora se cruza en mi camino voluptuosamente perfumada. Perfume…(¿les dije que soy alergiosa?), estornudo fatal y moco enorme que aterriza en la solapa del trajecito de la jefa de personal.

Mis manos y pañuelo tratando de restañar el daño ya irreversible porque en la buena intención desparramé aún más el moco con mi entrañable torpeza, de modo tal que el mismo ya desbordaba la solapa hacia el voluminoso pecho de Aurora. Manos grandes, manos tiernas y solícitas de Jerónimo con servilletas de papel (muchas, el moco era grande), ajustándose a los senos de una Aurora que ya tirando al borravino me encendió con una mirada glacial. Ahí no hubo suspensión, sólo cerco de silencio durante diez días, término en el que la anécdota, contada y recontada por mis compañeros sección morgue, tardó en dar la vuelta al hospital. Y Jerónimo hablándome al oído, contándome «que ahí no podía hacer nada, que no era cosa de injusticia sino de mala suerte piba». Le creí. ¡Cómo no voy a creer en la mala suerte si me llamo Aurora!

Original

EL RAYO DE LUNA

María Sánchez Fernández / España

Un rayo de luna se escapó del cielo y atravesó las negras aguas del mar. Era como un cuchillo cortante que a su paso dejara una herida abierta de intensa luz plateada. Ahondó tanto y tanto que llegó a profundidades insospechadas por él. Allá, en aquel fondo, advirtió que todos los habitantes de las aguas dormían. Escudriñó curioso, y vio qué diferente era aquel mundo del suyo. Él conocía los espacios abiertos en donde sus amigas, las estrellas, titilaban y, a veces, también se escapaban en vertiginosa carrera hacia el infinito. También conocía las exuberancias de la tierra pero… el misterio del mar; no.

Se movía de acá para allá despertando con su luz a miles de seres asustados que huían despavoridos de aquella extraña presencia. Vio un inmenso coral que movía unos brazos blanquecinos y rojos en los que había prendidos jirones de algas flotantes. Una enorme raya se detuvo, curiosa, a mirarlo para después seguir su camino.

El rayo de luna estaba fascinado, pero también un poco aturdido, él no quería despertar el pánico entre aquellos seres fantásticos, sólo quería conocerlos y ser amigo de todos. Con infinita delicadeza rozó la cola de un gran pez espada que se hallaba dormido en una oquedad de la roca. Éste se despertó y, algo asustado, se dispuso a atacar, pero vio que ante él no había enemigo alguno sino algo sin cuerpo cuya presencia era muy agradable.

El pez espada preguntó:

— ¿Quien eres tú, que nunca te vi?

— Soy un rayo de luna.

–¿Y qué es un rayo de luna? No puedo tocarte pero a través de ti puedo ver cuanto hay cerca de mí.

Y el rayo de luna sonriendo con su luz más blanca dijo:

— Tengo miles de hermanos y somos hijos de un cuerpo del cielo al que llaman Luna. Esta noche quise escaparme en solitario y visitar tu mundo.

Entonces el pez espada respondió:

— Eres mi huésped, ven conmigo y te lo mostraré.

Y visitaron, a través de las aguas que iban iluminando a su paso, los más bellos parajes que nunca hubiera imaginado aquel visitante que venía del espacio. Montañas vestidas de algas que, en el silencio submarino, parecían ser los fantasmas de aquellas otras montañas alfombradas de pinos verdes y empapadas de rumores que llenaban la tierra y que él conocía tan bien. Estas montañas del mar acogían, en infinitas cuevas, a miles de peces que en ellas buscaban seguridad y refugio. Moluscos de todos los tamaños se adherían a las rocas abriendo sus conchas rosadas y mostrando en su interior una masa blanduzca que se movía perezosamente acechando alguna presa, y cuando ésta se acercaba ¡zas!, se cerraba herméticamente para engullirla en su interior.

El pez espada seguía avanzando abriéndose paso entre las aguas con su gran trompa puntiaguda, y el rayo de luna le seguía fascinado envolviéndolo con su manto de luz. Un banco de pececillos rojos pasó ante ellos haciendo cronométricos zigzagueos, y un gigantesco pulpo extendía sus abotonados brazos queriendo tocar aquel extraño visitante que se movía entre los personajes marinos.

–Me gusta tu mundo.– Dijo el rayo de luna–. ¿Podrías invitar a mis hermanos?

Y el pez espada respondió:

–Puedes llamarlos ahora mismo, mientras las aguas sean negras. Después se volverán azules y vuestra tenue luz se perdería en ellas

Y el rayo de luna llamó a sus hermanos con su magnetismo cargado de magia, y al momento todos acudieron en tropel, y con gran algarabía de risas de plata invadieron las negras profundidades.

¡Qué orgía de luz y de colores explosionó en el fondo del mar! Rivalizaban el capricho y la originalidad en la forma de todos sus moradores. Peces alargados, redondos, achatados, de figura esférica o triangular, con ojos enormes y gráciles aletas; otros de cuerpos pequeños y grandes tentáculos; preciosos moluscos de las más variadas formas…, y tantos y tantos colores…, infinidad de colores rivalizaban por su propio protagonismo.

Las aguas se ondulaban vestidas de transparente blancura con el ir y venir de sus millones de habitantes.

La gran fiesta comenzó y todos danzaron con loco frenesí. Grupos de peces dorados trazaban círculos perfectos en torno a una gran masa de coral que alargaba sus ramificaciones rojizas como queriendo alcanzar aquella maravillosa luz que todo lo envolvía. Otros grupos de peces –siempre en perfecta formación y vestidos con la más exquisita originalidad−, abrían sus salientes bocas cantando burbujas. Un grupo de delfines se sumó al regocijo del momento emitiendo alegres sonidos que acompañaban a una diminuta orquesta formada por caballitos de mar y por oscuras ostras que abrían y cerraban sus conchas con perfecto ritmo, mostrando su intimidad nacarada. Un gran tiburón cruzó rápidamente, sin detenerse, tendría prisa por resolver algún asunto urgente.

La fiesta estaba en su punto culminante. La alegría rebosaba más allá de lo imaginable. Los rayos de luna reían y reían, y las aguas del mar nocturno –antes negras y quietas−, se movían alborozadas en sus ondas profundas y blancas.

De pronto, nuestro rayo de luna dejó de reír y prestó atención. Más tarde dijo:

–Hermanos, nos llaman desde arriba. Nuestra madre, la Luna, se retira. Ya baja por el cielo en busca del horizonte.

Todos se unieron en un inmenso haz de luz, y diciendo adiós a sus amigos salieron del mar y ascendieron a la altura mezclándose con los claros rosados del alba.