CRÓNICAS – SEPTIEMBRE
Nota Editorial
Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante

“A veces lo más actual no es lo que pasa en el mundo, sino lo que pasa en el alma.”.
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Colaboran en esta Sección:
- Magis Balsells Palau – España
- Luz Fontana – Italia
- Elspeth Gormley – España
- Jaime Hoyos Forero – Colombia
- Ángel medina – España
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VIEJO ROBLE
Magí Balsells Palau / España
Por una suave brisa en este día caluroso, ha llegado hasta mí una bella estampa de estos humildes y simpáticos seres: las mariposas.
Soy un árbol con muchos años, lo que me ha permitido disfrutar durante décadas de la hermosura de estos frágiles y hermosos insectos.
Hoy recuerdo con cariño mi brote desde la madre tierra. Apenas aparecí, ya vinieron a saludarme, posándose en mis incipientes ramas, que se doblegaban aún por su escaso peso.
Siempre han anidado entre mis ramas, y las hojas han sido sus hermanas: las han alimentado y protegido de los enemigos naturales y de las inclemencias del tiempo.
Algunas, incluso, se han refugiado en mi resquebrajada corteza, marcada por los fenómenos de la naturaleza, dando una sensación de colorido muy especial.
Cuando elevan el vuelo, es como si el arco iris se aposentara en todos los rincones. Es una visión hermosa que muchos poetas han querido pintar, pero nunca han logrado capturar la belleza que ellas impregnan en el espacio.
No puedo soñar como tú, querida mariposa, ya que no es una de mis condiciones. Tampoco puedo volar, pues no tengo alas. Pero sí puedo disfrutar de la alegría de tu presencia.
Cuando se elevan al cielo, se produce una explosión de colores. Y cuando vuelven, es para darme a conocer bellezas que sus ojos han visto.
Cuando aparecen los primeros fríos, se marchan. Ha finalizado su vida. Dejan a sus queridas hermanas, las hojas, que también mustias van perdiendo su color. Ellas también abandonan las ramas, como si quisieran acompañarlas en su último viaje.
Pero para mi deleite, sé que siempre volveré a disfrutar de su hermosa compañía en primavera.
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CRÓNICA DESDE EL ANDÉN
Luz Fontana / Italia
Hoy vi a una mujer llorar en el andén. No era un llanto escandaloso, ni siquiera audible. Era ese tipo de llanto que se queda en los ojos, como si no quisiera molestar. Tenía una bolsa de tela, un abrigo que ya no abriga, y una mirada que parecía buscar algo más allá del tren.
La gente pasaba a su lado como si no existiera. Algunos con prisa, otros con auriculares, otros simplemente con la costumbre de no mirar. Y yo, que tampoco suelo mirar, me detuve.
No por heroísmo. Por humanidad.
Le pregunté si necesitaba algo. Me dijo que no. Que solo estaba esperando. No supe si hablaba del tren o de otra cosa.
Me senté cerca, sin invadir. A veces el silencio es el mejor gesto. Y mientras el tren llegaba, pensé en cuántos andenes hay en el mundo donde alguien espera algo que no siempre llega.
Un abrazo. Una llamada. Una respuesta. Una tregua.
Vivimos tiempos donde todo corre, pero nadie se detiene. Donde la información nos inunda, pero la empatía se evapora. Y sin embargo, ahí estaba ella. Y ahí estaba yo. Dos desconocidas compartiendo un instante que no saldrá en ningún titular.
El tren se fue. Ella también. Yo me quedé con la certeza de que, a veces, lo más actual no es lo que pasa en el mundo, sino lo que pasa en el alma.
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CRÓNICA DE UN VIAJE DESDE XANTHI A LAS ISLAS GRIEGAS
Elspeth Gormley / España
Llegamos a Xanthi desde Turquía, un 28 de octubre que parecía sacado de una novela de espionaje. La lluvia caía con fuerza, como si el cielo quisiera borrar algo. Las calles estaban llenas de militares, algunos con carros de combate. No sabíamos qué estaba ocurriendo. ¿Un golpe militar? ¿Una revuelta? ¿Habíamos cruzado una frontera en el momento equivocado?
El corazón latía rápido. Nadie hablaba. Solo mirábamos por la ventanilla, buscando señales, respuestas. Y entonces, al llegar al hotel, todo cambió. Sonrisas. Música. Gente celebrando. Era el Día del Oxi, la fiesta nacional griega. La tensión se disolvió en abrazos. Y así, entre confusión y ternura, comenzó nuestro viaje por el norte de Grecia.
Xanthi nos recibió con encanto discreto. Una ciudad universitaria donde los jóvenes se acercaban al hotel al ver matrículas españolas, buscando conversación, recuerdos compartidos. Aprendí la carta en griego —ena kotopulo, ena krasi, ena potiri nero— y con esas palabras tejí puentes. Descubrí que nuestras lenguas se abrazan en sus raíces, como si el Mediterráneo supiera que todos venimos del mismo mar.
Las carreteras serpenteaban entre montañas y pueblos escondidos. Y en cada curva, pequeñas capillas al borde del camino, como suspiros sagrados. Dentro, iconos bizantinos, velas encendidas, flores secas. No eran monumentos: eran gestos. Como si cada tramo del viaje mereciera una oración.
En Xanthi, la diversidad se hacía visible. Muchas mujeres turcas caminaban con sus velos, con paso firme y mirada serena. Al principio, lo confieso, pensé que eran religiosas. Me imaginé conventos, votos de silencio, alguna historia mística. Pero no. Eran pomacas, una comunidad musulmana con raíces profundas en la región. Y allí, entre culturas que conviven, entendí que Grecia no es solo ruinas y mitología: es mezcla, es respeto, es historia viva.
Un día nos llevaron hasta Panfhoro, un pueblecito en la frontera grecoturca. Nos dijeron que allí vivía un anciano muy especial. Yo pensaba que era una broma. Imaginaba un personaje pintoresco, quizás alguien que contaba historias para entretener a los turistas.
Pero al llegar… El hombre parecía tener doscientos años. Delgado, con una barba larguísima, rodeado de cabras, sentado bajo un árbol como si fuera parte del paisaje. No hablaba. Solo miraba. Y cuando nos sentamos frente a él, abrió el Corán, empezó a pasar sus páginas lentamente… Y comenzó a hablar.
Uno de mis amigos se atrevió a decir su nombre. El anciano, sin dudar, empezó a contarle todo lo que le había sucedido. Y lo peor —o lo mejor— es que era cierto. Cada detalle. Cada momento. Nos quedamos helados.
La risa se apagó. La curiosidad se volvió respeto. Y nadie más quiso preguntar nada.
Fue como estar frente a un oráculo, pero sin espectáculo. Solo verdad. Solo silencio. Solo ese hombre, que parecía saber más de nosotros que nosotros mismos.
De Panfhoro partimos hacia Kavala, y luego Salónica. Kavala nos mostró una Grecia más urbana, pero no menos mágica. Sus calles olían a café recién hecho y a historia sin fecha. Allí, cada balcón parecía guardar un secreto, y cada piedra tenía algo que contar.
Salónica me hechizó. Sus playas por la noche tenían algo de Zorba bailando sirtaki bajo la luna. Visitamos la Torre Blanca, caminamos por el puerto, y sentí que la historia no era solo pasado, sino presente que respira. El puerto, herido en guerras, se ha reinventado como parque cultural, con galerías, museos y bares que parecen susurrar secretos antiguos.
Y entonces, el ferry. El mar abierto. Las islas.
woooo qué maravilla. Cada una con su alma distinta, con sus casas blancas, sus gatos dormidos, sus callejuelas que huelen a sal y a tiempo detenido. Allí entendí que el viaje no era solo geografía: era transformación. Era Grecia, sí… pero también era yo, distinta, más ligera, más viva.
Caminamos por la ágora como quien camina por dentro de un poema antiguo. Las piedras hablaban, los pasos resonaban, y el tiempo parecía detenerse. Allí probé el yogur griego, espeso, fresco, con ese sabor que no necesita azúcar para ser dulce. Y el souvlaki —sí, así lo llaman ellos—, envuelto en pan caliente, con carne que parecía recién cantada por el fuego.
Y si alguna vez me preguntan qué aprendí en Grecia, no hablaré de ruinas ni de mapas. Diré que aprendí a mirar con el alma, a escuchar sin prisa, …a saborear la vida como se saborea un sorbo de vino frente al mar: despacio, con gratitud, y con los ojos cerrados.”
Porque hay lugares que no se visitan: se sienten. Y hay viajes que no terminan cuando regresas, sino cuando el alma decide que ya ha aprendido lo que tenía que aprender.”
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SOBRE EL QUIJOTE
Jaime Hoyos Forero/ Colombia
Don Quijote murió una tarde en el capítulo 74 de la segunda parte de la obra. Pero el gran triunfo de Cervantes, Dios de la novela, fue el haber logrado la resurrección de don Quijote en nuestros corazones y a través de todos los siglos.
Algunas cosas que os voy a decir, queridos tertulianos, os van a parecer serias y bien razonadas: esas no son mías; las entresaqué de algunos libros que se han escrito sobre Cervantes y el Quijote; las más de ellas, escritas sabiamente por don Alberto Gerchunoff, cervantista argentino insigne, que incluso, os recomiendo.
Otras cosas que os voy a decir, van a pareceros una locura: esas no las copié de nadie, sino que las saqué de mi cabeza y si son una locura será tal vez porque me he ido dejando contagiar de don Quijote, que con el correr del tiempo se ha ido haciendo mi amigo. Y aunque yo, como Sancho, le digo por ejemplo al ver a las mujeres -mira, señor, que no son más que mujeres aunque ya casi nunca usan falda, él me replica diciendo: bien te he dicho, Jaime amigo, y te lo seguiré diciendo…que no son mujeres sino ángeles y por eso hay que amarlas a todas y ese amor es ante todo un ejercicio del alma.
Como veis, queridos tertulianos, las palabras anteriores no están en el Quijote. Me las ha dicho él, al oído, porque don Quijote -para quienes lo amamos- vive en este y en todos los siglos y nos acompaña siempre -igual que el ángel de la guarda- y nos habla en el bus, en la calle, en el silencio de la noche o en el tumulto de la urbe. No os extrañéis, pues, cuando me veáis a solas, moviendo los labios…Es que estoy, seguramente, dialogando con don Quijote; y si veis que levanto la vista es, simplemente, porque mi invisible amigo va cabalgando a Rocinante.
Os invito, queridos tertulianos, y esto no lo hago por mí, sino cumpliendo una orden secreta de don Quijote, a que a partir de hoy os contagiéis de su locura: veréis cómo al salir de aquí, os sentiréis, y espero que para siempre, acompañados de mi señor don Quijote y seréis felices enmendando entuertos y exigiendo justicia sin que os importe tropezar y caer entre las aspas de los molinos. Entonces sentiréis que don Quijote acudirá en vuestro auxilio y sabréis que él no ha muerto, que no es un libro solamente, una novela, sino un hombre vivo, un padre, un loco y un amigo.
Y ahora os voy a escandalizar:
No creo, como dicen muchos críticos, que don Miguel quiso acabar -como efectivamente sucedió- con las narraciones de caballería. Ningún caballerito andante podía ser, claro que no, digno de estar encarnado en don Quijote. Personaje de novela tan grande, tan magnánimo, tan entregado por nosotros, hasta los azotes, tan noble y extraordinario, tan divinamente loco y único como don Quijote, solo ha tenido un par en la vida real. ¿Ya lo adivinasteis? Desde luego: Nuestro Señor Jesucristo.
.No me vais a reprochar por mi herejía, tertulianos, que ya por ella pedí perdón a Jesús y él, benévolamente, me ha perdonado, y al guiñarme un ojo detrás de las nubes, me ha dado a entender que, efectivamente, don Quijote es su par, su émulo en la vida irreal de la novela.
Hay un capítulo en particular que siempre he creído que Cervantes lo tomó de una escena de Jesús terriblemente trágica y desgarradora: Jesús despreciado por el pueblo, calumniado por el pueblo, pero sobre todo, convertido en el escarnio, en la burla grosera, en el hazmerreír de la baja soldadesca; le ponen un trapo a manera de manto real y entre grandes carcajadas se hincan ante Jesús. Y le ponen un cetro de caña y le encajan una corona de espinas en su divina cabeza; pero lo que más tuvo que herir el alma de Jesús, fueron las burlas y las risotadas de la canalla…
Y en la novela, tenemos a don Quijote burlado, enjabonado grotescamente por las criadas por orden de la duquesa, sumiso, humilde y humillado, vilipendiado, reído y mofado. Uno casi no se explica cómo don Miguel de Cervantes escribió tan dolorosa escena,
que cada vez que la leemos se nos humedecen los ojos y se nos atenaza de dolor y rabia la garganta.
Don Quijote todo lo soporta por el bien de los desposeídos, de los desarrapados, de los menesterosos, pero sobre todo porque sabe, como Jesús en la vida real -guardadas desde luego todas las proporciones- que su utopía, que su aparente locura, terminarán por cambiar al mundo, por redimir a los hombres, por darnos un cielo pleno de igualdad para todos, de libertad y de amor.
A veces, en los centenares de mártires de la Iglesia de hoy, en Papúa Occidental, en Siria, en China, y en monjas de indiscutible entrega como la de Calcuta y en algunos docentes, veo la figura flaca y seria de don Quijote. Como él, son los locos de hoy. Pocos creen en sus enseñanzas. Pocos creen en sus recomendaciones y advertencias. Se burlan de su fe, usan los medios de comunicación para mofarse y zaherirlos. Son objeto de desprecio y se refieren a ellos como a unos pobres chiflados, ajenos a la realidad.
Pero esos pobres locos chiflados, al igual que don Quijote, aguantan estoicamente las burlas y el escarnio y seguirán, como apóstoles íntegros, combatiendo contra los molinos, contra los carneros, contra la irreligiosidad, contra el desmedro de las costumbres, contra los falsos profetas, contra la esclavitud de las riquezas, contra los que olvidan olímpicamente a los desamparados de la fortuna, necesitados no de limosna sino de trabajo.
Los locos de hoy, al igual que don Quijote, conocen su locura, pero como dice Gerchunoff, no la curan porque saben que es bella y siguen combatientes y altivos en la esperanza de un mejor mañana.
La novela de Cervantes no es una comedia de aventuras, ¡es una tragedia! La tragedia de los locos sublimes de todas las razas y de todos los tiempos.
Pero ahora, tertulianos, perdonad… Entra aquí, vedla corriendo y brincando, Claudia, mi sobrina nieta de 12 años…
-Chica: cómo te atreves a interrumpirme; ¿No ves que estoy haciendo una seria disertación sobre don Quijote?
-Tío abuelo: precisamente yo quiero que les digas a tus contertulios, que estoy muy sentida con el papa Juan Pablo II.
-¿Qué tiene que ver, chica, el venerable pontífice fallecido, contigo y con don Quijote?
-Estoy sentidísima, tío abuelo, porque el papa hizo santas a muchas personas, y no hizo santo a don Quijote. ¡Eso es injusto!
-Pero Claudia, el papa no podía canonizarlo porque don Quijote no es humano.
-¡Claro que sí es humano, tío abuelo! Es más humano que tú. El sí me dejaría meter el pan entre el chocolate. Él dejaba comer, sin problemas, a Sancho.
-Claudia: cuando yo digo que don Quijote no era humano, quiero decir que…que no fue un homo sapiens.
-¿Qué?
-Bueno. Quiero decir que.. que no nació como tú o como yo, de una mamá. Nació de una novela. No lo podían canonizar.
-Pero yo digo que de todos modos, tío abuelo, don Quijote fue un “bacano”.
-De acuerdo, Claudia. Pero no digas esa palabra; castiza pero no muy culta.
-Entonces, tío abuelo, don Quijote fue un “duro”.
-Sí, Claudia, pero “duro”…
-Entonces fue un “verra…”
-¡Claudia!…Por favor, sal de aquí, chiquilla grosera, que estoy haciendo una disertación seria sobre don Quijote. Esta noche hablaremos en casa… ¿de acuerdo?
Ah, qué niña. Pero yo creo, queridos tertulianos, que en el fondo, mi sobrina nieta tiene toda la razón. Don Quijote, como los santos, merece nuestra profunda veneración.. Ya Rubén Darío le compuso unas bellas letanías.
Si hubiera sido humano -y sí que lo fue como dijo Claudia- sería fantástico que pudiéramos colocar su imagen en los altares, completando un hermoso trío de santos:
San Francisco de Asís,
San Pablo de Tarso,
San Quijote de la Mancha.
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¿AMA USTED A SU ESPOSA?
Ángel Medina / España
Esta clase de situaciones no suelen ser frecuentes. Por si acaso, no haga usted la prueba, porque ni siquiera el Gran Juzgador de todo el Oriente en la época de su esplendor salomónico se halló ante semejante dilema.
Noelia era una mujer hermosa y pizpireta. La beldad estaba casada con un sastre. Un día tuvo su marido que hacer un viaje en avión, que acabó estrellándose. La mujer se sintió desolada, mas como la vida debe seguir― ciertamente no tenía vocación monjil― volvió a contraer nupcias con unmúsico que tocaba el saxo en un crucero. Vinieron tiempos felices, pero al cabo el buque naufragó en medio de una tormenta. La mujer lloraba a los consortes perdidos, pero las lágrimas de aquel copioso río cesaron y se secó el cauce.
A fin de distraer su confusa mente decidió hacer un viaje a la tierra de los faraones, donde entabló amistad con un arqueólogo, que acabó desposándola. Meses más tarde recibió una llamada del consulado en la que le comunicaron que había quedado sepultado durante unas excavaciones. Triste es la vida, y la dulce Noelia mitigó su dolor en la persona de un alpinista que le fue presentado por una amiga. Corriendo el calendario, acabaron suscribiendo el acta de matrimonio. Pero, ¡ay!, ¿Por qué a veces es tan persistente el destino y se ceba con las criaturas? Un mal día, su cónyuge acabó despeñándose durante una ventisca, sin que consiguieran encontrar su cuerpo. Al paso del tiempohalló en su vida a un apuesto galán otoñal, quien, bromeando, la piropeó diciendo: ¿le gustaría convertirse en mi viuda? ¡Santo cielo! ¡Para qué nombrarlo! Transcurridas unas semanas se convertía en su flamante mujercita. El caballero en cuestión era de profesión bombero. Un día, se desató una lluvia torrencial y se desbordó el río, desapareciendo él en la riada.
La belleza tenía su mesita de estar convertida en un retablo, sustituyendo las fotos de santos las de sus cinco “ex”, escapando de sus labios una sentida jaculatoria al contemplar su desdicha ¡Ay, Señor, ¿qué habré hecho para merecer todo esto? ¡Porque, ya era mala suerte!
Cinco bodas y ningún marido. Desencantada, pues, se propuso no volver a probar suerte en el amor, manteniendo como única compañía la de un caniche.
Pasó el tiempo y recibió cinco cartas. La grafía de cada sobre le resultaba conocida, sintiendo resquemor en abrir las misivas. ¡No era posible! Aunque, no siéndolo… ¿cómo tenía en sus manos las cartas? Y como los muertos no están facultados para escribir, decidió abrirlas sin dilación. Las cinco tenían un contenido parecido. Decían algo así: “Sobreviví al accidente. Estoy recuperado y vuelvo a casa. Te amo más que nunca”.
La situación resultaba ser esperpéntica. Todos esperaban encontrar a su mujercita desconsolada y se encontraron con que no eran cónyuges sino de una quinta parte.
El primero le dijo que el avión consiguió amerizar en medio del mar, siendo él el único superviviente, manteniéndose encaramado en el fuselaje hasta que finalmente fue rescatado por unos pescadores. Como consecuencia del golpe sufrió una amnesia profunda.
El segundo arrió un bote y viajó a la deriva, padeciendo sed y hambre hasta que las corrientes le llevaron a una isla. Allí se alimentó de la pesca y bebió agua de un río, en tanto que fue rescatado por un mercante.
El tercero se vio obligado a compartir la experiencia del mundo de los muertos, rodeado de criptas funerarias. Al cabo de unos días creyó volverse loco, siendo escuchado sus gritos por unos turistas japoneses, no recordando lo que le había pasado, debiendo permanecer largo tiempo en el hospital antes de recuperarse.
El cuarto, al despeñarse tuvo la fortuna de ver amortiguada la caída por unos arbustos, quebrándosele los huesos. La soledad y el frío terminaron por trastornar su intelecto. Finalmente fue encontrado e ingresado en un sanatorio, hasta que pudo recuperar su salud física y mental.
La salvación del quinto no fue menos portentosa. El torrente lo arrastró hasta una playa lejana convertida en vertedero. Cuando abrió los ojos no recordaba qué había sucedido y comenzó a vagar sin saber ni dónde estaba ni a quién acudir.
Todo resultaba increíble, pero cierto. Más, la buena de Noelia hízose la pregunta: Y ahora, ¿qué? Todos eran sus legítimos maridos y se imponía poner en orden la situación que se había creado. Y esto sólo podía hacerlo la Justicia.
El provecto del juez hubo de reconocer que nunca jamás había tenido que dirimir un caso semejante. Legislado no había nada, y saber de alguna jurisprudencia, por lejana que fuese, se le antojaba dificultoso. ¿Dónde podría posar su pensamiento para guiar sabiamente la decisión a tomar? Desconcertado, pero sabiendo que tenía la obligación de dar solución a la coyuntura, resolvió así:
―Voy a hacer unas propuestas antes de dictar sentencia alguna, pues entiendo que la mejor solución sería la avenencia consentida entre las partes. Por equidad, puesto que todos son maridos legales de esta mujer, propongo que puedan vivir en común. Esto es, en situación de poligamia. Pasado un año se celebrará una nueva vista, por si hubiese de ser corregida esta primera.
Noelia, que era muy fogosa se sintió al principio adulada. Pero calculó mal, porque aquel ritmo frenético que le venía impuesto acabó desbordándola. El cansancio se reflejaba en su rostro, debiendo rechazar a unos y aceptar a otros según le apetecía, todo lo cual suscitó la rencilla entre los varones, por lo que recurrió al Juez en busca de mejor solución para todos.
La segunda recomendación no fue menos pintoresca.
―Cada cónyuge pasará con su esposa dos meses al año, de modo que ella podrá relajarse y cada uno de ustedes hacer uso del matrimonio sin tener que competir con los otros.
Pero el tiempo es buen o mal consejero, pues trae la reflexión. Y conforme pasaban las semanas, la mujer comenzó a sentirse como concubina o hurí de un harem. Visto lo cual, el Magistrado propuso una tercera alternativa. Algo peculiar, pues se debía de echar a suerte quien ocuparía el lugar como marido. Y la bella empezó a perder el sentido de la autoestima, considerándose como un osito de feria que corresponde a un premio de azar.
El pleito desbordaba los conocimientos del Juez. Por eso, solicitó un receso a fin de consultar todos los libros de leyes de que disponía. Aunque, en vano. En ninguno se ofrecía solución para dirimir lo que se le había encomendado. Repensándolo, una lucecita vino a encenderse en su leguyesca testa. Se divorciaría de todos e indemnizaría a cada uno. Resolución también vana, pues la mujer era de humilde condición y no tenía capital alguno, salvo el de su belleza. ¿Qué hacer? ― repensaba el togado― De tanto exprimir la mollera, comenzó a fraguar una genial idea. ¿Por qué no recurrir a “él”? Nada perdía por intentarlo, porque el caso no podía ser cerrado en falso y alguna salida habría de darle. Y meditando, imaginando la escena del rey sabio con el niño en sus brazos y las mujeres asustadas al escucharle decir que lo dividiría en dos mitades, una para cada una de ellas, se dispuso a dictar el fallo.
―Puesto que he de dar por sentado que todos y cada uno de los maridos aman a Noelia, habrán de estar dispuestos a una prueba total del amor profesado. ¿Y qué mayor abnegación que la de entregar la vida por la persona a la que se ama? Así, pues, esta es mi sentencia definitiva: aquí tienen cinco copas para beberlas. Sólo una no tiene cianuro. El que viva se constituirá en el marido legal. ¡A fin de cuentas, todos ustedes estaban muertos!
Al conjuro de sus palabras la sorpresa se dibujó en el rostro de los cinco maridos. Ciertamente, ninguno podía esperar un veredicto de tal calibre. Y cabizbajos, comenzaron a desfilar ante el estrado. Sólo uno permaneció allí. Era el sastre, su primer esposo, que había decidido arriesgar su vida con tal de ganar su amor. Y al punto, entendió ella quién la amaba de verdad, proclamándose el renacido matrimonio. Y es que el amor es el único capaz de afrontar los miedos que todos llevamos dentro.
La sala se había vaciado. Cuando todos salieron, habiendo quedado sólo el juez, vertió la bebida de todas las copas en un vaso, ingirió el líquido para calmar su sed y abandonó el estrado sonriente, satisfecho por su sentencia, en tanto ronroneaba en su cabeza que, cuando algún día le contase esta historia a su nieto, a buen seguro que le escucharía decir: “Abuelo, no me cuentes más batallitas”. Salomón había hecho justicia.
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