CRÓNICAS Y ENSAYOS – ABRIL

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Cronicas

“Cada crónica es una mirada que intenta comprender el mundo.”

COLABORADORES

Maren Alberdi – España

Luz Fontana – Italia/España

Elspeth Gormley – España

Gustavo Páez Escobar – Colombia

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CRÓNICA DE LA SOCIEDAD ACTUAL

Maren Alberdi — España

Hay días en los que salgo a la calle y tengo la sensación de que el mundo camina demasiado deprisa para sí mismo. La gente pasa a mi lado con el gesto apretado, los ojos clavados en pantallas que iluminan más sus rostros que sus vidas. Cada uno va en su propio carril, como si la ciudad fuese un tablero de líneas invisibles que nadie se atreve a cruzar.

En la parada del autobús, una mujer habla sola. O eso parece. Luego descubro que lleva auriculares diminutos, casi invisibles, que la conectan con alguien que no está aquí. A su lado, un hombre mira el móvil como si dentro hubiera una respuesta urgente que nunca llega. Dos adolescentes ríen, pero no se miran entre ellos: ríen hacia la cámara. Todo es público, todo es compartido, todo es inmediato… y sin embargo, todo parece un poco más solo.

La sociedad actual tiene esta paradoja: estamos más conectados que nunca, pero nos tocamos menos. Nos contamos la vida en fragmentos, en mensajes rápidos, en fotos que duran un instante. Y aun así, cuando cae la tarde, muchos sienten un hueco que no saben nombrar.

Camino por el paseo marítimo y veo a un anciano sentado frente al mar. No tiene prisa. No tiene pantalla. No tiene ruido. Solo mira. Y pienso que quizá ahí está la resistencia silenciosa: en quienes todavía saben detenerse, en quienes escuchan el rumor del mundo sin filtros, sin algoritmos, sin prisa.

La sociedad actual corre, produce, publica, opina. Pero también cansa, agota, desorienta. Y en medio de todo eso, seguimos buscando algo que nos devuelva al centro: una conversación verdadera, un abrazo sin prisa, un silencio que no asuste, una mirada que no pase de largo.

Quizá no estemos tan perdidos como creemos. Quizá solo necesitamos recordar que, detrás de cada pantalla, sigue habiendo un corazón que late. Y que, aunque el mundo vaya rápido, nosotros aún podemos elegir el ritmo.

A veces basta con levantar la vista. A veces basta con mirar al otro. A veces basta con recordar que seguimos aquí, juntos, intentando entendernos en medio del ruido.

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ENTRE LA SEMANA SANTA Y LAS “ FIESTAS DE PRIMAVERA”

Luz Fontana — Italia/España

Hay lugares donde la Semana Santa no es un evento: es un latido. Andalucia es uno de ellos.

Aquí, cuando llega marzo, el aire cambia. No es solo el olor a incienso o a flores recién cortadas. Es una forma de estar, una manera de caminar, un respeto antiguo que se transmite sin necesidad de explicarlo.

Para muchos, la Semana Santa es fe. Para otros, es tradición. Para otros, es memoria familiar. Y para algunos, simplemente es parte del paisaje emocional del pueblo.

Pero en los últimos años, algo ha empezado a cambiar. En algunos lugares —no aquí, pero sí en otros rincones del mapa— se ha empezado a hablar de “fiestas de primavera” para no herir susceptibilidades de quienes llegan de fuera.

Y yo lo entiendo… pero no lo comparto.

Porque hay una verdad sencilla, antigua, casi de sentido común: A donde fueres, haz lo que vieres.

Quien llega a un país, a un pueblo, a una cultura, no tiene por qué adoptar sus creencias, pero sí respetar sus costumbres.

La Semana Santa no es una imposición. Es una expresión cultural. Es parte de la identidad de un lugar. Y borrar el nombre para no incomodar es, en el fondo, borrar una parte de su historia.

En Andalucía por suerte, eso no ocurre, aunque lo han intentado. Aquí la Semana Santa sigue siendo Semana Santa. Con sus procesiones, sus silencios, sus pasos, sus luces temblorosas en la noche. Con esa mezcla de solemnidad y comunidad que solo se entiende cuando se vive desde dentro.

Y aun así, también están los otros: los que llegan de fuera, los que miran con curiosidad, los que observan sin comprender del todo. Y está bien. Porque la convivencia no exige uniformidad. Exige respeto.

Quizá por eso Andalucía es un buen ejemplo: un lugar donde la tradición no se esconde, pero tampoco se impone. Un lugar donde la Semana Santa convive con quienes la sienten y con quienes simplemente la contemplan.

Y yo, que vengo de raíces mezcladas, que he vivido dentro y fuera, lo miro todo con una doble mirada: la de quien pertenece y la de quien recuerda lo que es llegar a un sitio nuevo.

Por eso lo digo sin miedo: las costumbres no se diluyen para no molestar. Se comparten. Se explican. Se celebran. Y quien llega, observa, aprende, respeta… y encuentra su lugar.

Porque al final, la identidad de un pueblo no se negocia: se vive.

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CRÓNICA DE UN VIAJE A ZUGARRAMURDI

Elspeth Gormley — España

Donde la memoria respira bajo tierra

Hay lugares que no se visitan: se acuden a ellos. Zugarramurdi es uno de esos sitios que te llaman por dentro, como si una parte antigua de ti reconociera el camino antes que tus pasos.

Llegué temprano, con esa luz del norte que no invade: se posa. El pueblo parecía tranquilo, casi inocente, como si quisiera disimular lo que guarda bajo la piel. Pero basta caminar unos metros para sentirlo: una vibración antigua, un rumor que no pertenece al presente.

No importa cuántos kilómetros haya entre mi vida actual y estas montañas: una parte de mis raíces sigue aquí, escondida entre la humedad de las cuevas y el verde profundo del norte.

El sendero hacia las cuevas es amable, casi doméstico. Pero a medida que avanzas, el silencio cambia. Ya no es silencio de bosque: es silencio de memoria. De lo que no se dijo. De lo que se gritó demasiado tarde.

Las cuevas se abren como una boca inmensa. No hay luz suficiente para abarcarlo todo. Y quizá sea mejor así.

Aquí no hace falta imaginación: la historia está viva.

Pensé en aquellas mujeres —y también hombres— acusados de brujería. No por magia, sino por miedo. Por ignorancia. Por la necesidad humana de culpar a alguien cuando la vida se desordena.

No eran brujas. Eran diferentes. Y eso, en ciertos siglos, era suficiente para morir.

El aire dentro de la cueva es frío, pero no es un frío natural. Es un frío que viene de la injusticia. De la fragilidad humana. De la crueldad que se disfraza de fe.

Y aun así, hay algo más: una fuerza. Una dignidad que no se apagó ni con hogueras ni con inquisidores.

Al salir, el cielo había abierto un claro. Un rayo de luz cayó justo sobre la entrada, como si el paisaje quisiera recordarme que incluso los lugares marcados por el dolor pueden tener belleza.

Zugarramurdi no es un sitio para aprender. Es un sitio para recordar.

Recordar que el miedo puede destruir. Recordar que la diferencia puede salvar. Recordar que la historia, cuando se olvida, vuelve disfrazada.

Seguí caminando por el sendero con la sensación de haber escuchado algo que no se oye con los oídos. Algo que solo se percibe cuando una parte de ti —la más antigua— despierta.

Y pensé que quizá, solo quizá, las brujas no eran ellas. Quizá las brujas somos todas las que seguimos caminando con la verdad en los bolsillos, aunque el mundo prefiera la mentira.

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HASTA SIEMPRE ALICIA CARO

Gustavo Páez EscobarColombia

Las primeras letras las aprendió Beatriz Segura Peñuela (Alicia Caro, en el cine mexicano) en el Colegio de la Presentación de Duitama, Colombia. Radicada en México, solo volvió a su patria por breves temporadas. Matriculada en una academia de arte dramático, el productor Miguel Zacarías solicitó la presencia de las mejores alumnas para someterlas a un examen ante las cámaras.   bella y delicada, asistió a las pruebas en compañía de Laura Victoria, su madre, la famosa pionera de la poesía erótica en Colombia.

Antes de que la hija se sometiera a concurso, la poetisa tuvo una larga conversación con Zacarías. Por los rasgos suministrados, este dedujo que la estudiante podía representar el papel estelar que buscaba para La vorágine.

Cuando la conoció en persona, supo que no estaba equivocado, y la invitó a dejarse dirigir en las disciplinas del cine. Él fue su maestro. Vino luego un duro año de ejercicios de dicción, fotografía y actuación, al cabo del cual comenzó el rodaje de la película.

El director deseaba un nombre corto para la nueva estrella. Madre e hija escogieron varias opciones y se inclinaron por el de Alicia Caro, nombre que se hizo famoso en el cine, hasta el punto de sustituir el suyo propio en la vida corriente.

En 1956, en una de sus venidas a Colombia, Alicia se casó con Fernando Arbeláez, destacado intelectual de Manizales que ejercía el cargo de primer secretario de la embajada de Colombia en Suiza. Fernando Arbeláez estudió leyes, pero desde muy joven se dedicó a las letras. Todo hacía pensar que la pareja sería feliz, pero la unión duró apenas un año. Alicia se había equivocado de camino.

Estrella de cine

Irrumpió en el cine en plena juventud y belleza. Su figura atractiva conquistó numerosos admiradores. El cine azteca, con honda penetración en el continente, irradiaba a los cuatro vientos una graciosa imagen juvenil que difundía encanto y frescura. Su serena belleza seducía a los exigentes cineastas que no se dejan seducir por la primera cara bonita.

En sus actuaciones iniciales, Alicia representó a la muchacha sencilla y pudorosa de algún pueblo oculto, envuelta en el aura de la ingenuidad y la inocencia. Se mostraba deliciosa, astuta y picante. Su fina estampa, resaltada por unos ojos vivaces y un perfil seductor, incitaba el deseo. Esta mezcla de arte, juventud y hechizo eran los ingredientes mágicos que hacían rutilar en la pantalla un nuevo símbolo erótico. Actuó en 36 películas al lado de figuras consagradas. Su comienzo triunfal en La vorágine fue seguido de otros desempeños brillantes.

El cine, arte derivado de las letras, es un amplio escenario donde la vida se mueve bajo los artificios de la ficción, calcando la realidad. Los actores se despojan de su propia naturaleza para retratar la comedia humana. Es lo mismo que sucede en el teatro, la novela y el cuento. Es, por tanto, un eco de la sociedad. En el caso de las actrices, ellas pasan, con asombroso poder de ubicuidad, a ser reinas o plebeyas, vírgenes o pecadoras.

Esta versatilidad permite que el público las idolatre o las odie, según cada papel.

Es un público movedizo y lleno de sentimientos contrarios, que oscila de acuerdo con las actuaciones cambiantes de sus heroínas. Al decir de Charles Chaplin, “la tragedia del cine estriba en su fugacidad inexorable”.

El amor verdadero

Un productor avivato, al saber que Alicia Caro buscaba para su trabajo un automóvil usado, le envió uno nuevo como regalo de Navidad. La joven lo rechazó, y fue su propia madre quien se encargó de devolver el obsequio con estas palabras tajantes: “Dígale a su patrono que se equivocó de puerta”.

Otra vez la invitaron a una fiesta privada, y a la hora del compromiso llegó un vehículo a recogerla. Pero no fue Alicia Caro quien lo abordó, sino Laura Victoria, que había decidido intervenir como mujer experimentada en estos lances. Al verla llegar, los asistentes quedaron estupefactos. Ella les explicó que venía en remplazo de su hija, por encontrarse indispuesta. Como su presencia en el alegre jolgorio no era nada grata, al poco rato se retiró. Moraleja: en el ambiente oscuro del cine aúllan los lobos.

Años después apareció el amor ideal: Jorge Martínez de Hoyos, de amplio prestigio en el cine, la televisión y el teatro. En 1965, año en que se casaron, era él la figura más acreditada de la cinematografía nacional. Esta unión restituyó a Alicia la ilusión perdida y le trajo años de completa felicidad.

Pocas parejas del cine han podido exhibir un matrimonio tan sólido. Caso insólito, pues el amor que los actores representan en la pantalla no es, por lo general, el mismo que viven en sus hogares. En este medio son comunes los deslices amorosos y los escándalos, que a veces parecen salidos de sus propios papeles.

Estos dos personajes de la vida real se encontraron en el camino del cine –que suele ser una ficción– y unieron sus vidas con los lazos del amor verdadero. Su caso contradice los amores equívocos de la farándula. Duraron 32 años unidos, hasta que la muerte los separó.

Heroína del amor

La última película donde actuó Martínez de Hoyos fue Edipo alcalde, guion de García Márquez filmado en el municipio colombiano de Salamina. La versión, basada en el Edipo rey de Sófocles, muestra la cruda violencia colombiana desatada desde hace varias décadas, y agrega a la obra griega la presencia de un cura de pueblo (personaje muy nuestro) representado por Martínez de Hoyos.

El cura muere sacrificado por la barbarie que azota al país. Cruel ironía: el actor mexicano fue el único muerto de la obra y el único muerto de la vida real. De vuelta en México, Alicia Caro me informó que a Jorge le habían descubierto un cáncer terminal. Y comenzó el calvario: visitas angustiosas a los médicos, desesperantes transfusiones de sangre, atroces tratamientos de quimioterapia.

“Las cosas estuvieron muy duras para Jorge y para mí –me dijo Alicia–. Mi sueño, antes tan tranquilo, se acabó. Hubo necesidad de hacerle cuatro transfusiones en los últimos meses, pues esos medicamentos son tan agresivos que barren con los glóbulos rojos, blancos y plaquetas. ¡Ay, Gustavo, cuánto dolor y cuánto sufrimiento tuvo que soportar Jorge, y yo con él, ¡pues su dolor fue el mío!

“No puedo comprender por qué y en qué momento nuestro destino se torció en forma tan grotesca. Su enfermedad nos envolvió, nos atrapó como un remolino del que ya no había salida, y a él lo mató. Muero un poco cada día –se dolía–, porque no puedo concebir mi vida sin la suya. Todo esto pasa como una lápida sobre mi corazón”. Sin embargo, Alicia Caro no fue una mujer derrotada. Pasó, eso sí, por una etapa crítica, que trató de superar.

Mientras escribo estas letras, repaso un legajo de su época dorada y veo a la actriz radiante y lozana y llena de ilusiones. Eran los días en que su estampa de princesa le hacía conquistar admiración y aplausos. Pasado el tiempo, era la mujer herida por el infortunio que no acertaba a explicarse por qué se había roto su felicidad en forma tan abrupta. La heroína del dolor, alentada por su fe religiosa, confiaba en que Dios le deparara caminos para seguir adelante.

Y ahora es ella quien se ha ido del mundo, a los 95 años, mientras muchos ignoran que fue una de las brillantes intérpretes de la Época de Oro del cine mexicano. Desde mi lejanía bogotana evoco los días en que me brindó toda su colaboración, con el aporte de datos y documentos, que me permitieron escribir la biografía publicada en el año 2003 sobre Laura Victoria. En su tumba deposito una flor de conmovido afecto.

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