CRÓNICAS Y ENSAYOS – AGOSTO
Nota editorial
Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada palabra es propiedad de su autor, quien la comparte bajo su sensibilidad y mirada única. La reproducción de este contenido debe hacerse con respeto, siempre citando su fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo el amparo de la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Voces que caminan y cuentan lo que ven. Desde la calle, el alma y el instante
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Voces que construyen puentes-: Los que escriben aquí no están solos. Son parte de una comunidad que cree en la palabra como puente, como refugio, como acto de resistencia. Desde distintas geografías, comparten sus historias, reflexiones y pasiones. A continuación, presentamos a quienes hacen posible este viaje literario.
Colaboradores de Crónicas y Ensayos – Agosto
(Orden alfabético por primer apellido):
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- Luz Fontana (Italia) — Ludovico Einaudi y la música del silencio
- Elspeth Gormley (España) — Viaje por Toulouse y Carcassonne – Francia
- Gustavo Páez Escobar (Colombia) — Regresa el romance
- Carlos Pérez de Villarreal (Argentina) — El muro de los muros
- Alfredo Luchiano Perotti (Argentina) — Democracia y libertad, vigencia y desafíos
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EL ALMA QUE COMPONE
Ludovico Einaudi y la música del silencio
Luz Fontana / Italia
Hay compositores que escriben notas. Y hay otros, como Ludovico Einaudi, que escriben emociones. Su música no se impone: se desliza. No grita: susurra. No busca protagonismo, sino presencia. Es el arte de estar sin ocupar, de decir sin palabras, de conmover sin artificios.
Nacido en Turín en 1955, Einaudi ha logrado algo que pocos pianistas contemporáneos consiguen: que el silencio tenga forma. Su obra, minimalista y profundamente introspectiva, se ha convertido en banda sonora de películas, documentales, y sobre todo, de momentos íntimos. Porque escuchar a Einaudi es como abrir una ventana al alma.
Sus composiciones como Nuvole Bianche, Una Mattina o Divenire no necesitan explicación. Son paisajes sonoros que cada oyente recorre a su manera. No hay una sola emoción en ellas: hay miles, dependiendo de quién las escuche y cuándo.
Pero más allá de su técnica impecable y su sensibilidad melódica, lo que define a Einaudi es su capacidad de crear atmósferas. Su música no acompaña: transforma. Y en tiempos donde el ruido parece dominarlo todo, su piano se convierte en refugio.
Ludovico Einaudi no compone para impresionar. Compone para tocar. Y lo hace, una tecla a la vez, en el corazón de quienes lo escuchan.
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VIAJE POR TOULOUSSE Y CARCASONNE – FRANCIA
Elspeth Gormley / España
Toulouse, la Ville Rose
Toulouse despierta con un aire entre académico y bohemio. El sol roza los ladrillos de terracota como si quisiera iluminar viejos manuscritos. Caminamos sin prisa, seducidos por el aroma del foie gras y el susurro del cassoulet que escapa de cocinas generosas. En la distancia, los ecos de Ariane y la Ciudad del Espacio murmuran que aquí se estudia el cielo… pero también se respira alma.
Toulouse no se visita: se escucha. Cuenta su historia entre ladrillos que se tiñen de oro al atardecer. Su color no es solo visual, es emocional. El dorado del ladrillo me recordó a una carta antigua, escrita con tinta de memoria.
Todo comienza en el Mercado Victor Hugo, entre quesos que dialogan en francés y occitano. Allí, la vida cotidiana se sirve en baguettes y se bebe en copas de vino local.
Desde el Capitolio, corazón palpitante, las calles se extienden como versos. La Rue du Taur, con sus librerías y cafés, guía hasta la majestuosa Basílica de Saint-Sernin. El silencio allí tiene eco, como si rezara en voz baja.
El Convento de los Jacobinos, con su palmera de piedra, se eleva como un poema gótico. Y si te dejas llevar por el río Garona, llegas al Pont Neuf, donde los atardeceres se convierten en óleos vivos.
Y aún en su modernidad, Toulouse lanza sueños al cielo desde la Ciudad del Espacio, sin dejar de saborear su cassoulet terrenal.
Partir duele. Pero Toulouse siempre espera: con café caliente, con acordeón en la esquina, con paciencia de amante secreto.
Se quedó detrás como perfume en pañuelo, como melodía que no termina pero ya no suena. El Garona siguió su cauce, indiferente a mi equipaje emocional. Y yo… le dejé mis pasos como ofrenda íntima.
Partir de Toulouse no es alejarse: es llevarla dentro.
Carcassonne — Entre torres y susurros medievales
Carcassonne, ciudadela sin prisa, se alza como si nunca hubiese cedido al reloj. Las piedras murmuran nombres antiguos y las torres observan con altivez. Se entra con respeto. Porque en Carcassonne, incluso el silencio tiene arquitectura.
Caminamos por la Porte Narbonnaise, y cada paso desbloquea un recuerdo. Las piedras respiran. Las torres no miran: contemplan. Imaginé trovadores bordando versos para damas imposibles, niños jugando entre almenas, y caballeros templarios dejando polvo y promesas en el aire.
Respiré… y el aire tenía cuerpo. No era viento: era historia. No pisaba piedra: tocaba siglos.
Mis pasos tímidos no interrumpían: acompañaban. Las murallas ya no eran fronteras, eran abrazos.
Y fue entonces, cuando vi que todo era extraordinario. El silencio hablaba más alto que las palabras. Sentí una emoción como canto sin letra… y supe que era yo reconociendo algo que siempre estuvo allí. Carcassonne dejó de ser postal y se convirtió en poema.
No sé cómo contarlo. Pero lo viví. Allí, entre ladrillos que susurran y murallas que aún recuerdan, entendí que viajar no es cambiar de lugar… es cambiar de alma.
Y al final, fui yo quien partió reconstruida, con la piedra en la pupila y la melodía aún temblando en los oídos.
El ladrillo quedó allá como testigo silente, y la torre como centinela de lo que fui. Pero lo que llevo ahora no pesa: palpita.
Viajar no fue mover los pies. Fue mover los recuerdos futuros que aún no tenían nombre.
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REGRESA EL ROMANCE
Gustavo Páez Escobar / Colombia
El romance, género poético que se originó en la Edad Media y se volvió muy popular entre los siglos XV y XVII, está hoy en franca decadencia. Fue en sus comienzos una expresión oral que cantaban o declamaban los trovadores o juglares. Su temática era muy variada, pero se orientaba hacia la narración de historias con carácter épico y sentimental. Se dice que el primer romance escrito fue encontrado en un cuaderno del estudiante de leyes Jaume de Olesa, de origen marroquí italiano, en 1421.
En el Renacimiento surgieron notables amantes de esta tendencia, como Cervantes, Lope de Vega y Luis de Góngora. A esa época pertenece el Cancionero general (1511), de Hernando del Castillo. El siglo XX le dejó a la literatura obras de exquisito sabor, como Romancero gitano, de Federico García Lorca, o Flor nueva de romances viejos, de Ramón Menéndez Pidal.
El nombre de romance obedece a que los primeros versos que se escribieron fueron en español (lengua romance). Regla esencial de este género es la de los versos octosílabos, con rima asonante en los impares. En el ámbito colombiano, la lista de romanceros es brillante. Me viene a la mente Baudilio Montoya, en el Quindío, quien con acento romántico y social elaboró poemas de honda sensibilidad, como La niña de Puerto Espejo y José Dolores Naranjo.
El romance es ya obra del pasado. La distorsión de los tiempos lo ha despojado de la sabiduría íntima que sabía expresar con gran propiedad las querencias, gozos o penas del alma. No solo ha venido en declive este poema, sino el otro romance: el idilio, el cortejo, la relación amorosa. El mundo se volvió frío, insustancial, insensible.
Cuando recibí el libro Romances con nombres de mujer, de Vicente Pérez Silva, me pareció que estaba en otro planeta. Al decirme su autor que ponía en mis manos esta “chifladura” de sus lejanos años de juventud, me situé en la época exacta: la que se llevó el viento. Es un bello opúsculo de 90 páginas, editado en Medellín por Jesús Serna Giraldo, en el que Vicente recupera 21 poemas que tuvo la intención de publicar ¡hace 46 años! La noticia fue anunciada en 1979 por Helcías Martán Góngora en el periódico Occidente de Cali.
Entre los autores hay nombres de fama, y otros son desconocidos. Estos romances tienen la singularidad de llevar el nombre de una mujer, lo que de por sí significa un motivo incitante. Este es mi querido amigo Pérez Silva: un acucioso descubridor de libros y hechos extraños, a la vez que estudioso penetrante de la historia y la literatura. Autor de más de 30 libros, que a sus 96 años no se detiene en su destino laborioso y gratificante que le infunde entusiasmo, placer y vitalidad.
Algunos romances refulgen por su agudeza lírica y fino erotismo: Cecilia Rivadeneira / era nombre de romance, / con ella corrí una juerga / en noche de carnavales. / La cumbia latía en sus piernas / y en su cadera temprana. / ¡Tantas locuras que hicimos / vale más no recordarlas!: Jorge Artel. Bajo el vestido los senos / tomaban voz de protesta, / en aguas de luceros, / buscando romper la tela, / y en riña las dos palomas / con la quietud de la espera: Hugo Salazar Valdés.
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REFLEXIONES
EL MURO DE LOS MUROS
Carlos Pérez de Villarreal / Argentina
Hace unos años atrás escribí una nota para la revista argentina Nueva Etapa, de la que era -en aquel momento-, su jefe de Redacción; justamente en un mes como el que comenzamos a gestar. Hoy sigue teniendo la misma vigencia Ladrillos, bloques, cemento, hierro… Un 13 de agosto de 1961, comenzaba a levantarse el Muro de Berlín; lo que marcaría el inicio de una nueva etapa en la historia del siglo XX. La ciudad, dividida en dos, sería el símbolo de lo que dio en llamarse la «Guerra Fría». En realidad, el mundo comenzaba a dividirse en dos bloques ideológicos diametralmente opuestos -¿opuestos?-: capitalismo y comunismo. Fue todo un símbolo… pero de la brutalidad, la ignorancia y la ignominia; que suele caracterizar a veces al ser humano. 28 años y 89 días después, el 9 de noviembre de 1989, lo que costó la vida de más de 5000 personas -que intentaron traspasarlo por ganar el bien más preciado del hombre: la libertad-; fue derribado.
El mundo supuso entonces, que jamás se construiría algo similar. Craso error, estimado lector. Se han levantado ya en el siglo XX y XXI: el muro de Belfast en Irlanda del Norte (1969), el muro de hormigón, que separa Corea del Norte y Corea del Sur (1970); el muro de Marruecos en el Sahara Occidental (1980); el de la India con Bangladesh (1986); el construido por EEUU en la frontera con México (1994); los construidos en Ceuta y Melilla en el norte de África (1999); el de Cisjordania, que divide Israel de los territorios palestinos (2002); el denominado Muro de Evros, construido por Grecia en la frontera con Turquía (2012), y no sé si queda algún otro en el tintero.
Nos preguntamos entonces: ¿qué diferencia al Muro de Berlín de estos otros que se han levantado? Creemos que nada. Los muros son todos iguales: separan, dividen… nunca unen. Jamás serán una solución.
«Los muros están en las cabezas. Lo que todos los muros tienen en común es el miedo. Es una forma que data de un tiempo antiguo y que ahora ha regresado. La intención es dejar afuera a los otros.» (Thomas Heise, cineasta y documentalista alemán)
Y nosotros pensamos: ¿Qué diferencia a los “otros” de “nosotros”?, ¿la inseguridad?, ¿el miedo?, ¿el creer que somos diferentes? ¿Será por eso que se han creado barrios privados, construidos como entornos defensivos que protegen contra esa realidad, de la que también son parte? Levantamos muros para no ser heridos, sin darnos cuenta que quien siembra muros no recoge nada. Hilando fino, podríamos decir que casi todos somos albañiles de muros. ¿No sería mejor construir puentes, porque sobre ellos se va a la orilla y también se vuelve? (parte de un poema de autor anónimo).
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DEMOCRACIA Y LIBERTAD, VIGENCIA Y DESAFÍOS
Alfredo Luchiano Perotti / Argentina
A lo largo de la historia, la tensión entre democracia y libertad ha sido constante. No existen en estado puro: dependen de ciudadanos responsables, instituciones sólidas y un equilibrio delicado entre derechos y deberes.
Si partimos de la certeza de que nadie es perfecto, entendemos que la libertad individual siempre puede rozar los límites de la convivencia. Ejercerla sin respeto por los demás erosiona la vida en común. De allí que la libertad de pensamiento sea la más absoluta; todo lo demás implica actos que pueden afectar a otros, y por lo tanto requieren responsabilidad.
En las democracias representativas, el voto delega el poder en dirigentes que deberían hacer cumplir las leyes para beneficio general. Sin embargo, con frecuencia las normas que protegen a la mayoría se aplican con tibieza, mientras que aquellas que favorecen al poder reciben celo y urgencia. Así, la república se debilita y la confianza ciudadana se erosiona.
La democracia es libertad; el desgobierno, libertinaje.
Una democracia sin ciudadanos educados y críticos corre el riesgo de caer en liderazgos construidos sobre eslóganes antes que sobre capacidades. El resultado suele ser un deterioro institucional que abre la puerta al autoritarismo o la apatía.
En lo cotidiano argentino, sobran ejemplos: tránsito caótico con motos sin casco ni patente, automovilistas que no respetan a peatones, basura arrojada a calles y ríos, destrucción de humedales, inseguridad creciente.
Son incumplimientos que podrían prevenirse con controles efectivos y voluntad política, pero que a menudo se toleran hasta normalizarse.
En la última década, la polarización política, las crisis económicas recurrentes y la pérdida de confianza en las instituciones han profundizado la “anemia cívica”: menos participación, menos esperanza, menos diálogo. La cultura del esfuerzo y el respeto por lo común parecen diluirse en la urgencia y el sálvese quien pueda.
El desafío de hoy no es solo recuperar la economía o fortalecer las instituciones: es reconstituir el tejido cívico. Sin cultura ciudadana, ninguna república respira; y sin cultura, ninguna libertad florece.
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