CRÓNICAS Y ENSAYOS – AGOSTO
NOTA EDITORIAL
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COLABORADORES
- Clemente Álvarez – España
- Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos
- Maren Alberdi – España
- Gustavo Páez Escobar – Colombia
- Patricia Gualinga – Ecuador
- Elspeth Gormley – España
- Andrea Kiperman – Argentina
- Valentina Parada Lugo – Colombia
- Juana Viúdez – España
- Aitor Zubiri – España
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LA RESILIENCIA
Maren Alberdi – España
La palabra resiliencia se ha puesto de moda. La repiten en conferencias, en anuncios, en libros que prometen soluciones rápidas. La venden como si fuera una vitamina: “sé fuerte”, “levántate”, “supera”, “sigue adelante”.
Pero la resiliencia real no tiene nada que ver con eso.
La resiliencia no es heroica. No es luminosa. No es épica. No es una bandera que se agita en alto.
La resiliencia es silenciosa. Es humana. Es torpe. Es lenta. Es la vida intentando recomponerse sin saber cómo.
Es la mujer que vuelve a casa después de un diagnóstico y se sienta en la cama sin saber qué hacer. Es el hombre que perdió a alguien y sigue poniendo el café cada mañana porque es lo único que le ordena el día. Es el niño que pregunta “¿por qué?” y no recibe respuesta, pero igual sigue creciendo. Es la persona que tiembla por dentro, pero aun así sale a la calle.
La resiliencia no es volver a ser la misma persona. Es aprender a vivir siendo otra.
No es olvidar. Es recordar sin romperse del todo.
No es levantarse rápido. Es levantarse cuando se pueda.
No es fuerza. Es resistencia. Es fragilidad que sigue adelante. Es una grieta que no impide caminar.
La resiliencia es un abrazo. El que damos. El que recibimos. El que nos sostiene cuando la vida se vuelve demasiado grande.
Por eso cuesta tanto explicarla: porque no se ve, no se presume, no se exhibe. Solo se vive.
La resiliencia no es un triunfo. Es un proceso. Y cada persona lo atraviesa como puede.
Cuando escucho la palabra, no pienso en héroes. Pienso en gente común. En quienes siguen aquí con sus cicatrices, sus pérdidas, sus pequeñas victorias. En quienes, a pesar de todo, continúan.
La resiliencia no es un concepto. Es un latido.
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LA OLA DE CALOR QUE NO VEMOS
Clemente Álvarez – España
Este verano no solo arde la tierra. También arde el mar.
Las temperaturas marinas han alcanzado niveles nunca vistos, desde Irlanda hasta el Mediterráneo. Un estudio internacional confirma que el calentamiento del planeta está detrás de este fenómeno: el Mediterráneo se está calentando al doble de la media mundial, y eso no es un dato técnico, es una advertencia.
El mar caliente no es solo un agua más agradable para bañarse. Es un riesgo silencioso.
Las olas de calor marinas alteran los ecosistemas, matan corales, esponjas, algas, y empujan a especies invasoras a ocupar territorios que antes no podían. Cambian los fondos marinos, transforman la pesca, afectan a la salud humana y a la economía de las comunidades costeras.
Y lo más inquietante: el mar caliente alimenta fenómenos extremos en tierra. Más humedad, más energía, más tormentas violentas. Como la DANA de Valencia en 2024, que dejó más de 230 muertos.
En el País Vasco, este año el agua alcanzó los 25 ºC en junio. Antes, esa temperatura solo aparecía puntualmente en agosto. Los científicos ya hablan de un “invasivoceno”: medusas, salpas y especies que llegan en masa, alterando todo lo que conocíamos.
No todo es cambio climático, pero sí es la causa principal. Y aunque algunos políticos sigan negándolo, la realidad es que el mar está enviando señales claras. Se está calentando más rápido de lo que podemos asumir. Y cuando el mar cambia, cambia todo.
La ola de calor más peligrosa del verano no está en el aire. Está bajo la superficie.
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CATALINA SALE A CAMINAR
Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos
Ve el reloj y le faltan quince minutos para salir de trabajar. Tiene dolor en los pies, en los tobillos, en las rodillas, y las piernas se le inflaman por la retención de líquidos al pasar diez horas de pie. En su espalda siente como astillas ancladas, un ardor punzante que no se mueve de lugar; lo describiría como la sensación de un alfiler entrando en su piel a la velocidad en la que se mueve la aguja de una máquina de coser. Las muñecas de las manos las tiene inflamadas todo el tiempo. Doña Bartola, que se dedica a sobar y que también es comadrona, le dijo que tiene artritis en las manos y que pronto se le regará en todo el cuerpo.
Tal vez será artritis la que tiene en las caderas entonces, se dice todas las mañanas cuando se levanta y el dolor en la cintura lo siente puro chile. La suela de un zapato tiene un agujero; lo tapa con papel periódico. Está que irá a donde don Obdulio, el zapatero, para que le cambie la suela, pero tiene todo el dinero comprometido en pagos.
Para cada veinte de mes, Catalina está en números rojos, prestando dinero para el pasaje. Y no es que se malgaste lo poco que gana: es que lo que le pagan es una miseria. Sueña despierta, como la mayoría de sus compañeras en el trabajo. Algunas con una casa propia, otras con vacaciones, un automóvil, un trabajo donde no tengan que estar de pie, un esposo decente que no les pegue, un padre responsable para sus hijos, dinero suficiente para pagar los recibos y que les sobre para llegar a fin de mes.
Todas fantasean con un abrazo, con una caricia en el rostro, en el cabello. Con un masaje en los pies. Con dormir tres días seguidos. Muchas, en sus conversaciones durante los 20 minutos de almuerzo, cuentan que si volvieran a nacer no se casarían ni tendrían hijos. Algunas, al escucharlas, se persignan; otras guardan silencio, diciendo para sus adentros que también harían lo mismo.
Ni Catalina ni ninguna de sus compañeras de trabajo tuvo la oportunidad de estudiar; esas alturas son inalcanzables para personas como ellas, lo han comentado en infinidad de ocasiones. Pero si hubieran tenido la oportunidad, ahí habría doctoras, ingenieras, docentes, químicas… y Catalina, que siempre quiso ser bióloga marina. Nacida en una casa con paredes de lámina, a las orillas de un río de aguas negras, en la periferia de la ciudad de Guatemala. La mayor de ocho hermanos, casada a la fuerza en la adolescencia con un hombre treinta años mayor, madre de cuatro, Catalina sueña con juntar dinero para comprarse una prótesis dental.
Y con un bosque cerca de su casa, donde canten las chicharras y alumbren las luciérnagas. Un bosque frondoso como el de los cuentos que contaba su abuela en las tardes en las que le ayudaba a preparar la cena. Un bosque con árboles grandes que llenen de sombra el camino. Un bosque para ir a caminar.
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ENSAYO DE CRIMEN Y CASTIGO DE F. DOSTOYEVSKI
Elspeth Gormley – España
He leído Crimen y castigo en dos ocasiones: una cuando tenía unos veinte años, y otra hace apenas un mes. Y si algo he comprendido es que esta obra no debe abordarse solo desde la literatura, sino también desde el alma. Dostoyevski escribió una de las exploraciones más profundas de la conciencia humana.
Hay novelas que se leen y se olvidan, y hay otras que permanecen acompañándonos como una pregunta imposible de responder. Crimen y castigo pertenece a este último grupo. Más que la historia de un asesinato, es el viaje doloroso de un hombre que descubre que no existe prisión más severa que la propia conciencia.
Raskólnikov, el protagonista, es un joven inteligente, orgulloso y empobrecido que llega a convencerse de que ciertas personas extraordinarias tienen derecho a transgredir las leyes comunes en beneficio de un fin superior. Bajo esta idea asesina a una anciana usurera, creyendo que su acción puede justificarse racionalmente. Pero lo que parecía una construcción lógica perfecta se derrumba en el instante mismo en que comete el crimen.
La grandeza de la novela reside en que el castigo no comienza cuando interviene la justicia, sino mucho antes. Dostoyevski nos muestra que el verdadero tribunal se encuentra dentro del ser humano. Raskólnikov intenta escapar de la culpa mediante teorías, razonamientos y excusas, pero descubre que una conciencia herida no entiende de argumentos. El remordimiento se infiltra en cada pensamiento, en cada silencio, en cada mirada.
La obra plantea una cuestión que sigue siendo actual: ¿puede una idea justificar el sufrimiento de otro ser humano? Dostoyevski responde con una contundencia admirable. Cuando la inteligencia se separa de la compasión, corre el riesgo de convertirse en un instrumento de destrucción. El autor nos advierte del peligro de creer que algunos individuos están por encima de los demás, pues esa creencia acaba erosionando la propia humanidad.
Frente a la oscuridad de Raskólnikov aparece Sonia, un personaje fundamental. Ella representa la humildad, el sacrificio y la capacidad redentora del amor. Sonia no salva al protagonista mediante discursos ni juicios; lo salva a través de la comprensión. Su presencia recuerda que incluso en los seres más perdidos existe una posibilidad de reconstrucción. Gracias a ella, la novela deja de ser únicamente una reflexión sobre la culpa para convertirse también en una reflexión sobre la esperanza.
Dostoyevski parece decirnos que ningún ser humano está definido exclusivamente por sus errores. El reconocimiento de la culpa, aunque doloroso, es también el primer paso hacia la redención. El sufrimiento no aparece como un castigo vacío, sino como un camino de transformación interior que puede conducir a una comprensión más profunda de uno mismo y de los demás.
Por ello, Crimen y castigo sigue siendo una obra imprescindible. No porque hable de un asesinato, sino porque habla de algo universal: la lucha entre el orgullo y la compasión, entre la razón y el corazón, entre la culpa y el perdón. Cada lector encuentra en ella un reflejo distinto de sus propias contradicciones.
Al cerrar el libro comprendemos que Dostoyevski no escribió una novela policial. Escribió una obra sobre la fragilidad humana. Nos recuerda que podemos engañar al mundo, esconder nuestros actos y construir mil justificaciones, pero hay una voz de la que no podemos huir: la que habita en nuestra conciencia. Y es precisamente esa voz la que convierte el castigo en una experiencia mucho más profunda que cualquier condena impuesta por los hombres.
“La verdadera tragedia de Raskólnikov no fue cometer un crimen; fue descubrir que ninguna teoría es capaz de silenciar el corazón.”
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LA SELVA QUE DECIDE SU FUTUR
Patricia Gualinga – Ecuador
Yo vengo de Sarayaku, un pueblo kichwa de la Amazonia ecuatoriana que lleva décadas defendiendo su territorio frente a la explotación petrolera. Durante años nos han repetido el mismo argumento: bajo nuestro bosque hay recursos que el país necesita, y quienes nos oponemos somos enemigos del progreso.
Pero nosotros conocemos otra riqueza. Está en los ríos, en los animales, en las plantas, en los conocimientos de nuestros mayores y en las relaciones que sostienen la vida. Nuestro territorio no es una reserva esperando ser explotada: es un territorio de vida.
Durante demasiado tiempo se ha medido la Amazonia por lo que puede extraerse de ella: petróleo, gas, minerales, madera. Hoy, millones de hectáreas pertenecen a pueblos indígenas, pero una gran parte sigue amenazada por concesiones petroleras y mineras. Se nos plantea una falsa elección: extracción o pobreza. Los pueblos amazónicos sabemos que existen otros caminos.
En Sarayaku hablamos de Kawsak Sacha, la selva viviente. Para nosotros, la selva es un ser del que formamos parte, donde todo está conectado y donde nuestra existencia depende de mantener ese equilibrio. Nuestra lucha no es solo contra un pozo petrolero: es por el derecho a decidir cómo queremos vivir y qué futuro dejamos a las próximas generaciones.
En el Foro Social Panamazónico proponemos crear zonas libres de combustibles fósiles, territorios donde impedir nuevas fronteras extractivas es urgente. La Amazonia sostiene pueblos, culturas, ríos, bosques y conocimientos. Protegerla significa preguntarnos qué entendemos por desarrollo y qué necesitamos preservar para que la vida continúe.
Pero la Amazonia no es homogénea. Donde la explotación no ha llegado, debemos impedir que avance. Donde existen planes de expansión, detenerlos. Donde la industria lleva décadas operando, planificar una transición justa. Donde ha dejado destrucción, exigir reparación. Y donde los pueblos han decidido poner fin a la explotación, esa decisión debe cumplirse.
Ecuador conoce bien este desafío: millones de hectáreas de bosque primario y territorios indígenas están amenazados por lotes petroleros. En Yasuní, la ciudadanía decidió mantener el petróleo bajo tierra. Ahora debemos hacer realidad esa decisión. La transición también es democracia y autodeterminación.
Durante años se nos ha querido convencer de que necesitamos petróleo para salir de la pobreza. Pero una transición justa exige cambiar la idea de riqueza: fortalecer economías que mantengan el bosque en pie, proteger nuestras formas de gobernanza y dirigir recursos hacia actividades que sostengan la vida.
Si todavía existen grandes extensiones de bosque es porque nuestros pueblos las han defendido durante generaciones. Pero la Amazonia no sostiene solo nuestras vidas: sostiene la vida del mundo. Por eso, de Puyo no podemos salir solo con discursos. Tenemos que salir con decisiones.
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AGUACERO EN PARÍS
Gustavo Páez Escobar – Colombia
(Memoria de un viaje realizado a París en septiembre de 1998)
La salida de Miami estaba señalada para la una de la tarde. En Miami haremos una breve escala y luego volaremos a París. Nunca he estado en Europa. En cambio, conozco buena parte de Colombia. Con Astrid, mi esposa, he ido a varios países de América, y de común acuerdo hemos aplazado la visita al Viejo Mundo para la época de la madurez, que en mi caso coincide con el retiro del trabajo.
El ruido de los frenos hidráulicos indica que hemos iniciado el descenso. En el avión hay revuelo general. Una melodiosa voz femenina anuncia por el altavoz la proximidad de París. Todos se desperezan y, con las telarañas del sopor todavía en los ojos, buscan sus enseres de viaje. El día, en un instante, se ha tornado sombrío, y a los pocos minutos se desgaja una lluvia pertinaz.
En la distancia se ven los campos ondulados por los cultivos de frutas y cereales. La silueta de la ciudad, con su cielo nublado y la lluvia torrencial, sobrecoge el espíritu. Pensábamos encontrar una urbe radiante de sol, y el efecto contrario –el de la tempestad incontenible– produce una imagen alucinante.
Ver llover… El alma se conmueve con la lluvia, se llena de embeleso. Bajo el poder de la lluvia se estimulan las emociones humanas. Es un prodigio que provoca a la vez ardor y sosiego. Cuando las gotas son persistentes, el ánimo se enerva. Se desea entonces que el agua sea nutrida, para enfrentarla con decisión, en lugar de la llovizna incierta, que desazona el espíritu. Ver llover… La lluvia es poesía.
Aterrizamos a las 10:35 p.m. en el viejo aeropuerto de Orly. Cae agua a cántaros sobre París. El agua lustral, como en los antiguos ritos religiosos, purifica a la urbe fabulosa. Pretendo verle la cara, pero la neblina no lo permite. Diríase que la dama se encuentra apenada. ¿Dónde está la Torre Eiffel con sus dimensiones colosales? ¿Dónde están los penachos airosos de la villa de gente ilustre? ¿Dónde están los diez millones de habitantes, el emporio de fábricas, las soberbias construcciones? ¡Llueve a torrentes!
La metrópoli, entre ráfagas de ventisca, emerge enigmática y esquiva. Un soplo le destrenza la abundante cabellera y la pone a ondear al viento en remolinos azules. Ciudad impenitente y encantada, cuyos resplandores se diluyen entre besos húmedos y brisas temblorosas. Ciudad de armonía y colorido, de amores desatados en noches lascivas, hecha de pasión y aroma.
La urbe legendaria desentierra sus raíces en esta mañana tempestuosa. En cualquier forma como se le mire –como reina o como cortesana–, París entra por los ojos y enciende el corazón. Por eso es la Ciudad Luz.
Un vehículo enviado por la excursión nos recoge para llevarnos al hotel. Avanzamos por una avenida esbelta, por entre árboles llorosos. Unos niños se divierten con la nieve. No les importa empaparse de lluvia, porque el placer está en la diversión. Contra los vidrios se estrellan goterones furiosos. Más adelante el agua se aminora y un tímido rayo de sol se asoma en la lejanía. Cuando traspasa las nubes se producen irisaciones estremecidas.
¡Estamos en París, la remota, la bella, la diosa apetecida que clama en el sentimiento y que traemos anidada en el alma! Así, invadida por la lluvia, se ve más hechizante. Y me acuerdo del poema premonitorio de César Vallejo:
Me moriré en París con aguacero, Un día del cual tengo ya el recuerdo. Me moriré en París –y no me corro– tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Pronto comenzará el otoño, estación de serenidad. Hemos escogido el otoño, que en Europa dura tres meses –del 23 de septiembre al 21 de diciembre– como estación propicia para disfrutar mejor la temporada. Es una época agradable por los climas templados. Tiempo de bonanza, punto intermedio entre el calor y el frío. El sol de otoño, cuando se filtra por los árboles, dibuja cuadros poéticos. El crecimiento de las cosechas se realiza entre la última helada de la primavera y la primera del otoño. Los frutos se maduran en otoño. Nosotros venimos a recoger la cosecha. Ver llover… El agua es vida.
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DE DORMIR EN LA CALLE A ESCATAR VIDAS E EL TERREMOTO DE CALI
Valentina Parada Lugo – Colombia
Varios de los voluntarios que prestaron sus manos para escarbar entre los escombros eran personas de barrios vulnerables que no tenían equipos ni uniformes de rescate
Mayerli Arrigui, una joven de 30 años de Cali, se convirtió en una de las figuras más visibles entre los voluntarios que acudieron al rescate tras el terremoto de 7,4 que sacudió el occidente de Colombia el 10 de agosto. Antes de que llegaran los equipos oficiales, más de cien personas se organizaron espontáneamente para buscar sobrevivientes entre los escombros, y Mayerli fue una de las primeras en llegar, sin uniforme, sin protección y sin más herramientas que sus manos y una voluntad inquebrantable. Su liderazgo quedó marcado en un casco blanco que le regalaron y en el que alguien escribió la palabra “líder”.
Durante seis días, Mayerli trabajó sin descanso en una de las zonas más afectadas, moviendo escombros, organizando voluntarios y ayudando a rescatar a cuatro personas con vida. Su presencia llamó la atención desde el primer momento: llegó en chanclas, con ropa ligera, y se puso a cargar baldes cuando aún no había una estructura oficial de mando. Su motivación era personal: su madre vivía cerca del barrio afectado y, al enterarse de la tragedia, sintió que ayudar era una vocación que debía cumplir.
La historia de Mayerli está marcada por la resiliencia. Antes de vender velas e inciensos en el sistema de transporte público de Cali para mantener a sus dos hijos, vivió diez años en la calle, enfrentando violencia, adicción y abandono. Su vida cambió cuando quedó embarazada de su primer hijo, lo que la impulsó a iniciar un proceso de rehabilitación que finalmente logró sostener. Esa experiencia le dio una sensibilidad especial para leer el peligro, entender el terreno y actuar con rapidez en medio del caos.
En los días posteriores al terremoto, muchos voluntarios eran jóvenes que habían participado en la Primera Línea durante las protestas de 2021. Aquellos cuerpos que antes resistían en las calles ahora se enfrentaban a los escombros, movidos por un sentido de comunidad y urgencia. Aunque Mayerli no perteneció a ese grupo, reconoció entre los voluntarios a muchos de los rostros que había visto en los puntos de resistencia de la ciudad.
El trabajo voluntario no estuvo exento de riesgos. La falta de coordinación inicial provocó tensiones y decisiones peligrosas: mover una piedra en el lugar equivocado podía causar un derrumbe fatal. Mayerli aprendió a distinguir los sonidos de vida bajo los escombros y a identificar qué estructuras aún sostenían peso. Hasta el 12 de agosto escuchó señales de personas vivas, pero cuando entraron las máquinas pesadas, esas señales desaparecieron.
A los riesgos físicos se sumaron problemas institucionales. Mayerli trabajaba acompañada de su hija pequeña y su hermana, que la cuidaban desde una carpa cercana. Funcionarios del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar le advirtieron que debía retirarse o podrían quitarle a la menor. Ella se negó, argumentando que estaba ayudando a salvar vidas. Volvió cada día, pese a las advertencias, hasta que la labor de rescate terminó.
El viernes por la noche, cuando ya solo quedaban cuerpos por recuperar, Mayerli acompañó a las familias que esperaban noticias de sus seres queridos atrapados bajo los escombros. Su misión, dice, era que todas las familias pudieran despedirse de los suyos, aunque ya no hubiera esperanza de encontrarlos con vida. El sábado, cuando recuperaron los últimos cuerpos, Mayerli se quitó los guantes y regresó a casa caminando, como cada día, sin haber ganado dinero alguno durante la semana. Las donaciones de comida y agua fueron suficientes para sostener a sus hijos.
El terremoto también destruyó su vivienda en Siloé, obligándola a mudarse a una casa provisional situada junto al enorme escombrero donde la ciudad deposita los restos del desastre. Allí, el polvo invade todo: la ropa, el aire, los pulmones. Su hija Daniela despierta con la nariz tapada y los ojos irritados. Mayerli, que ayudó a otros a respirar bajo el concreto, ahora vive al lado del derrumbe de su propia ciudad.
Ha vuelto a vender velas en los buses, orgullosa de su trabajo y del ejemplo que da a sus hijos. En el lugar donde fueron enterradas dos de las víctimas, los voluntarios dejaron cascos como homenaje. Mayerli se pregunta si, de haber sido los barrios pobres los afectados, los sectores más acomodados habrían respondido con la misma entrega. Su reflexión final es tan dura como honesta: en esta tragedia, quienes más ayudaron fueron los que menos tenían.
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CRISIS MIGRATORIA EN CEUTA
Juana Viúdez – España
El Gobierno trabaja en el traslado urgente de 500 niñas migrantes de Ceuta a la Península
La ciudad autónoma acepta el plan del Ejecutivo como “medida extraordinaria” y reclama el retorno de todos los extranjeros que accedieron de forma irregular
El Gobierno trabaja en el traslado de al menos 500 niñas migrantes de Ceuta a la Península. Concretamente, el Ministerio de Juventud e Infancia está buscando la fórmula para la acogida de cientos de menores no acompañados que se encuentran en la ciudad autónoma desde la entrada masiva del 30 y 31 de julio, dentro de un plan integral de choque coordinado entre administraciones, según ha adelantado este miércoles la Cadena Sr Fuentes del departamento que dirige Sira Rego sostienen que “este plan incluye el cumplimiento del real decreto-ley para la acogida vinculante y solidaria por parte de todas las comunidades autónomas o el acogimiento familiar, pero también otras fórmulas que permiten agilizar la acogida”.
Entre estas otras fórmulas, indican dichas fuentes, se contempla una vía para que organizaciones de protección a la infancia acojan y cuiden de los perfiles más vunerables sin necesidad de trasladar la tutela a las comunidades autónomas. En este momento, añaden desde el Ministerio, se trabaja en esta vía de manera urgente para un número concreto de menores, cifrado en 500 aproximadamente, aunque el número puede variar durante el proceso.
Aunque para Ceuta la salida a la crisis migratoria pasa por “el retorno a Marruecos de todas las personas que accedieron irregularmente a la ciudad autónoma a finales de julio, incluidos los menores extranjeros no acompañados”, el Ejecutivo que dirige Juan Jesús Vivas está dispuesto a hacer una excepción con esas 500 niñas migrantes. Fuentes del Gobierno de Ceuta admiten la necesidad de “adoptar medidas extraordinarias”, en referencia al plan de Juventud e Infancia que busca distintas alternativas para la acogida de las menores. “La solución no puede pasar únicamente por ampliar indefinidamente la capacidad de acogida, sino por avanzar en el retorno y, mientras este se materializa, adoptar medidas extraordinarias”, señalan.
El PP también reconoce que el caso de los menores atiende a otros supuestos. El vicesecretario de Hacienda, Vivienda e Infraestructuras del PP, Juan Bravo, ha cuestionado el plan con el que trabaja el Ministerio de Infancia y Juventud para este traslado y ha defendido que “el interés superior del menor es estar con su familia”. En una entrevista en Antena 3, Bravo ha incidido en que el mejor lugar en el que pueden estar los menores es “en su entorno” y ha recordado el aval de la Comisión Europea para el retorno de los menores que cruzaron la rotnera ceutíTambién ha querido recordar las declaraciones del ministro del Interior, Fernando Grande-Marlaska, y del ministro de Exteriores, José Manuel Albares, en las que, a su juicio, habrían asegurado que los menores regresarían a su lugar de origen.
Por ello, Bravo ha cuestionado que el Ejecutivo de Pedro Sánchez esté velando por el interés superior de los menores, como ha aseverado este miércoles la ministra de Inclusión, Seguridad Social y Migraciones, Elma Saiz, ya que “hay una petición de Marruecos para que los niños vuelvan”. “Si hay petición de Marruecos para que vuelvan los niños, si Europa ha dicho que por favor vuelvan los niños y los no niños, los que han entrado de manera irregular, ¿qué más necesita el Gobierno?”, se ha cuestionado el vicesecretario del PP.
En paralelo, Unicef ha advertido de la situación de “inseguridad e insalubridad” en la que se encuentran cientos de menores en Ceuta desde la entrada masiva. La directora de Influencia, Programas y Alianzas del organismo, Lara Contreras, ha considerado “urgente” que los niños y niñas que están solos sean identificados de manera adecuada. Y ha denunciado que “cientos de ellos vagan solos por las calles, en condiciones insalubres y con necesidad urgente de tres comidas al día y, en muchos casos, de atención sanitaria”.
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RESPONSABILIDAD CONTRA EL FUEGO
Aitor Zubiri – España
La nueva normalidad de los incendios extraordinarios exige de las comunidades autónomas una preparación acorde con su riesgo
España atraviesa uno de los años más duros en materia de incendios forestales. En lo que va de 2024, más de 297.000 hectáreas han ardido en más de 2.300 fuegos, una cifra que representa casi la mitad de toda la superficie quemada en Europa. El país, que posee una de las mayores extensiones forestales de la Unión Europea, se enfrenta a una situación que ya no es excepcional, sino cada vez más habitual: incendios simultáneos en varias comunidades y temporadas de riesgo que se adelantan y se prolongan.
A pesar de contar con uno de los sistemas de extinción más potentes del continente —especialmente en medios aéreos— existen grandes desigualdades entre comunidades autónomas en inversión, personal y recursos. Regiones como Extremadura y Aragón, con millones de hectáreas forestales, disponen proporcionalmente de menos personal de extinción. En Aragón, los bomberos forestales han denunciado la falta de medios propios y han iniciado una huelga indefinida para reclamar mejores condiciones, más recursos y equipos permanentes de prevención durante todo el año.
Castilla y León, la comunidad más extensa y arbolada del país, también sufre carencias importantes. Sus bomberos llevan tiempo reclamando refuerzos y formación, mientras los incendios recientes han puesto en evidencia la insuficiencia de los recursos disponibles. En varias provincias, los profesionales han salido a las calles para exigir mejoras urgentes.
El cambio climático actúa como un acelerador: los incendios son más frecuentes, más tempranos y más difíciles de controlar. Aunque no se puede establecer una relación directa entre menos medios y más hectáreas quemadas, la tendencia de los últimos años apunta a una nueva normalidad de fuegos intensos y prolongados.
Frente a este escenario, los expertos insisten en que la extinción no basta. Son necesarias estrategias de prevención, gestión forestal, limpieza de montes, planificación territorial y sistemas de alerta más eficaces. Las comunidades autónomas, responsables directas de la gestión de incendios desde 1985, deben reforzar sus estructuras y asumir la urgencia de prepararse para un futuro en el que los incendios devastadores serán cada vez más habituales.
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