CRÓNICAS Y ENSAYOS DICIEMBRE

Cronicas-y-ensayos

El arte de pensar lo vivido y vivir lo pensado.

─── ✿ ───

✦ Colaboradores — Crónicas y Ensayos ✦

  • Manuel Altares – España
  • Francisco Báez Rodríguez – México-Italia
  • Ilka Oliva Corado – Estados Unidos
  • Elspeth Gormley – España
  • Gustavo Páez Escobar – Colombia
  • Arturo Pérez Reverte – España
  • Ignacio Zabala – México

─── ✿ ───

EL PELIGRO EN EUROPA

Manuel Altares – España

El verdadero peligro para Europa está dentro de sus fronteras.

Los partidos ultraderechistas y la desunión representan mayores amenazas que Rusia y la política exterior de Donald Trump

Mary Bead explica en su maravilloso libro sobre el Partenón, tal vez el edificio más reconocible de Europa, que en realidad no se sabe para qué lo utilizaron los griegos: no se ha encontrado ningún documento que demuestre que fue un templo ni que aclare su uso cuando Atenas era el centro del mundo occidental en el siglo V antes de nuestra era. De hecho, la primera ceremonia religiosa de la que hay constancia fue una misa celebrada por un obispo bizantino en siglo XII. También fue una mezquita. La historia de Europa es siempre así: llena de giros inesperados y sorpresas. Y siempre se debe leer la letra pequeña.

En el mismo libro El Partenón, traducción de Silvia Furió, Crítica, 2025—, Beard recuerda que fragmentos del famoso discurso fúnebre de Pericles, que Tucidides recoge (o se inventa, nunca lo sabremos) en el tomo II de su Historia de la guerra del Peloponeso, fueron reproducidos en los autobuses londinenses durante la Primera Guerra Mundial como símbolo de los valores que los soldados defendían en las enfangadas y mortíferas trincheras de Flandes. Palabras como “nuestro gobierno se llama democracia, porque la administración de la república no está en pocos, sino en muchos” simbolizan unos valores que Europa se ha saltado muchas veces en muchos lugares; pero que, a la vez, encarnan sus aspiraciones y son el fundamento de la UE, actualmente el mayor espacio de libertad en el mundo.

Muchos de los partidos ultras que reivindican el mundo clásico y el cristianismo como las únicas herencias sobre las que se debe construir Europa —como si la Alhambra y la Mezquita de Córdoba las hubiesen construido los mismos marcianos que edificaron las pirámides de Egipto y el cero, el ajedrez y los sistemas de regadío hubiesen caído del cielo en la Edad Media— tienden a olvidar otro fragmento de aquel famoso discurso: “Nuestra ciudad está abierta a todo el mundo y en ningún caso recurrimos a expulsiones de extranjeros” (Traducción de Juan José Torres Esbarrancha para la edición de Gredos).

La defensa de la libertad frente a las amenazas externas —como la que ahora mismo representa Rusia, pero también Estados Unidos bajo la presidencia de Trump— es uno de los pilares de la UE, pero también, como recordaba ya Tucídides, la generosidad con los extranjeros. Europa, como Estados Unidos, se ha forjado a base de migraciones. Esa mezcla y esa diversidad es la que nos hace fuertes. Pero —y eso también forma parte de la historia europea— ha sido atacada por desgraciados brotes de xenofobia.

Las persecuciones que han sufrido los judíos durante siglos son la mayor prueba de ello, pero no la única: en otro gran libro de historia publicado este año, El renacimiento oscuro (Crítica, traducción de Yolanda Fontal), Stephen Greenblatt explica la fétida xenofobia contra los hugonotes, los protestantes que habían huido de Francia, que padecía Londres en el siglo XVI. “El objeto de antipatía más común era la pequeña comunidad de extranjeros residentes en Londres, los foráneos. Los refugiaos solían ser personas pacíficas y trabajadoras, que pagaban obedientemente el impuesto especial gravado a los extranjeros”, explica Greenblatt en su biografía de Christopher Marlowe. En tiempos de crisis, los fanáticos siempre escogen los mismos objetivos. La historia se repite de una manera patética.

En el siglo XVI como ahora en el XXI, el peor enemigo de Europa estaba dentro de sus fronteras, no fuera de ellas. Por eso, la nueva etapa de seguridad nacional de la Administración Trump asegura que “la creciente influencia de los partidos patrióticos europeos es motivo de gran optimismo”. Saben que todos esos partidos ultras son la clave para que Europa emprenda un camino decidido hacia un abismo autoritario que ya conoció en los años treinta.

No es la primera vez que EE UU juega al “divide y vencerás” con la UE: la última gran crisis se produjo en 2003 durante la invasión de Irak, basada en mentiras y fabulaciones. La Administración de George W. Bush contó con el apoyo de los Gobiernos de Tony Blair en el Reino Unido y de José María Aznar en España —una complicidad que pagaron en las urnas, porque no escucharon a los ciudadanos—.

En la cumbre que se celebra el jueves y el viernes en Bruselas, Europa tiene una nueva oportunidad de perder una oportunidad, pero también puede demostrar que los valores sobre los que se funda Europa —la solidaridad, la generosidad con los extranjeros, la justicia, la defensa de los derechos humanos— importan y deben ser defendidos, por ejemplo, con el apoyo decidido a Ucrania. Tal vez no sepamos para qué se construyó el Partenón; pero sí que los principios que encarna son importantes y que son incompatibles con los que defienden Trump y sus funestos amigotes antidemocráticos.

─── ✿ ───

LOS CAMBIOS EN 2025

Francisco Báez Rodríguez – México-Italia

A lo largo de 2025 hemos visto cambios profundos que empiezan a dibujar un mundo distinto al que conocíamos. Es apenas un esbozo, y por eso no sabemos cuál será el resultado final. Lo que sí parece claro es que el paisaje ya no es el mismo, y que los problemas centrales de la humanidad están mutando.

Las economías del mundo avanzan a tumbos, con contadísimas excepciones. Tres lustros después de la crisis financiera desatada por la falta de regulación, no ha habido una respuesta productiva sólida. El crecimiento es lento y desigual en todos los sentidos: desigual entre regiones y desigual en la distribución del ingreso. Los mercados laborales están dislocados; la precariedad y la inestabilidad se han convertido en la nueva normalidad, generando además brechas intergeneracionales cada vez más visibles.

Lejos quedaron los años de posguerra, cuando las economías crecían y existían oportunidades suficientes para que hubiera movilidad social, incluso en contextos desiguales. Tan lejos, que la mayoría de la población mundial nunca vivió esos tiempos: su única experiencia ha sido la de un crecimiento lento o de crisis recurrentes. En ese marco se están produciendo cambios políticos de gran envergadura. Las elecciones celebradas en 2024 ya anticipaban este descontento generalizado.

En la mayor parte de los países, los votantes expresaron su hartazgo con el estado de cosas. Tras la crisis financiera de 2008, la confianza en los mercados y en quienes defendían la receta económica tradicional se erosionó. Pero tampoco hubo un giro claro hacia la izquierda: la confianza en el Estado como interventor tampoco se consolidó. Con pocas excepciones, las mayorías han perdido la fe en los gobiernos y se han inclinado hacia figuras que se presentan como ajenas a la política tradicional. Esto genera un problema adicional: la desconfianza hacia cualquier fuente de autoridad convive con el deseo de que aparezca una autoridad capaz de ofrecer soluciones mágicas. Un terreno fértil para el populismo.

A ello se suman nuevos problemas que ya están claramente sobre la mesa. Uno es la reproducción acelerada de rumores, posverdades y teorías conspirativas impulsadas por las redes sociales, alimentadas por la desconfianza hacia periodistas y medios profesionales. La realidad se fragmenta: cada quien construye una versión distinta —y no siempre coherente— de lo que ocurre. Esto dificulta la gobernanza, erosiona la solidaridad social y profundiza la polarización.

Otro es la irrupción precipitada de la inteligencia artificial en los mercados laborales. Sin regulación suficiente, está generando problemas que van desde la transformación o eliminación de empleos hasta sesgos en los resultados y una merma en la calidad de ciertos servicios. Todo ello puede desembocar en crisis sociales de gran escala.

Un tercer problema es la creciente importancia de las migraciones en el contexto global. Su impacto político y social es evidente en Europa, y el hecho de que haya sido un tema central en la campaña presidencial de Estados Unidos —un país de inmigrantes— demuestra que se trata de un desafío universal. Surgen tensiones cuando una parte de la sociedad tiene todos los derechos y otra, numéricamente relevante, no. Más aún cuando no se trata de flujos paulatinos, sino de olas migratorias masivas en un mundo tan interconectado que resulta imposible detenerlas.

Un cuarto elemento es la reconfiguración del orden mundial. Era previsible que el mundo unipolar posterior a la caída del bloque soviético fuera efímero, pero vivir el proceso de reacomodo no es sencillo. Los conflictos bélicos que marcaron el inicio del año siguen activos, y algunos se han recrudecido, como en Medio Oriente. Es imposible interpretarlos bajo la lógica simplista de “buenos contra malos”, especialmente cuando los valores se trastocan. Llegará una nueva estabilidad, pero no sabemos cuándo ni si será favorable para los pueblos. Mientras tanto, la incertidumbre seguirá dominando.

Finalmente, asistimos a un reacomodo de valores. La democracia ya no goza del prestigio que tuvo, aunque siga siendo el método más civilizado para dirimir diferencias y trazar un rumbo colectivo. Crece el choque entre lo que dicen las leyes y la manera en que se interpretan o se viven. Casos recientes —como el del asesino del CEO de United Healthcare, su manifiesto y la inesperada popularidad que ha generado— muestran que muchas injusticias siguen sin resolverse, y que algunos presuntos justicieros solo reproducen el problema bajo la lógica del “quítate tú para ponerme yo”.

─── ✿ ───

FLOR DE PITO

Ilka Oliva Corado – Estados Unidos

Mientras buscaba café y helado de vainilla en la sección de congelados, Baudilia descubrió un Nacimiento, fue como encontrar su cinco favorito, su tira, después de buscarla en la pocilga, debajo del tapesco de las gallinas, en el rincón donde duermen las cabras, en el nido de plumas de las coquechas, y hasta debajo de los dos metros de grava que sobraron de la construcción del tapial de la casa. (muro de barro). Era su tira favorita la que siempre le traía suerte al ganar jugando al triángulo, a los hoyos y a la tortuga.

Cuando vio la bolsa de flores de pito congeladas, sintió que había recuperado la mona que perdió jugando a los calazos. La mona que había conseguido a crédito en el mercado y que decoró con esmalte de uñas; la mona que era una fiesta de colores, un arcoíris que zumbaba cuando entraba al círculo a girar.

Debido a sus problemas respiratorios, respiró profundamente. Se sentía como si estuviera en lo alto del volcán San Pedro de la Laguna, en lo alto del matasano del tío Tibo, en la piedrona del estanque del arroyo, en lo más alto de su columpio en la hamaca. Pero no podía quedarse ahí, con la mano pegada al congelador.

Se frotó los ojos nublados y abrió la puerta del frigorífico del supermercado. Antes de agarrar la bolsa de flores de pito congeladas, la palpó primero, frotándola con gran choya (muy lentamente), sin ninguna urgencia. Suspiró y colocó con cuidado la bolsa en su cesta como si fuera contrabando. Allí estaban: suaves y empezando a ponerse rojas, las flores de pito de su amada Jutiapa. Compró dos bolsas. Juntas, las dos bolsas quizás pesaban media libra, por lo que pagó el equivalente a una semana de gasolina para su automóvil. Se había acostumbrado al hecho de que los lujos eran caros.

El almuerzo iba a ser un festín, así que compró harina de maíz porque aquellas flores de pito merecían unas pishtones (tortillas gruesas). También compró media libra de queso griego, lo más parecido al queso fresco del oriente de Guatemala. Sintió que su corazón daba un vuelco cuando vio las coloridas vainas de pitaya de los frijoles camagua colgando de una percha.

Se sintió mareada, sintió que iba con los pies por delante. Pensó que las emociones eran demasiadas para un solo día, emociones que no había experimentado en años. ¿Por qué todos a la vez? Su corazón no podía soportar tanta felicidad; era demasiado fuego, ese resplandor incandescente la iba a convertir en cenizas. Tuvo un flashback de cuando se cayó de una bicicleta por primera vez. Se vio caer de la rama más alta del jocote de pitarrillo en el patio de María del Tomatal.

Vio las manos de su abuela materna acariciando los pishtones y enseñándole a tortear (hacer tortillas). Se vio llorando cuando un chaye de culo de botella se le atascó en la planta de uno de sus pies mientras jugaba pelota sobre el césped. Vio los mocos que le corrían por la barbilla en los fríos días de noviembre. Vio a su tía quitándose los piojos del pelo. Sintió el dolor en la nuca cuando se peinaba para ir a la escuela. Sintió el dolor cuando le arrancaron los dientes de leche con una cuerda. Revivió el shock de su primera menstruación, se tocó el vientre y se agarró a los estantes, los frijoles camagua la devolvieron a sus sentidos, y con sumo esfuerzo y tomando una bocanada de aire fresco, llenó una bolsa de tres libras y se fue.

Al llegar a casa, ponía a hervir los frijoles, y cuando el manjar estuvo listo le agregaba las flores de pito, cocinaba los pishtones en un comal de aluminio y se dejaba abrazar por el aroma de la madera, de la milpa secándose con mazorcas de maíz secadas al aire rellenas de granos de maíz nuevos, del olor a tierra, de los ayotes maduros y de las flores de

─── ✿ ───

LA MAREA DE ESTOS AÑOS

Elspeth Gormley – España

En estos últimos quince años, la sociedad se ha transformado como una marea que avanza y retrocede. Primero fueron las plazas llenas de voces jóvenes, reclamando futuro y dignidad. Las acampadas del 15M en Madrid, con carteles improvisados y tiendas de campaña, se convirtieron en símbolo de una generación que aprendía a reclamar en voz alta. La crisis económica nos obligó a reinventar la esperanza en lo cotidiano, a buscar refugio en la solidaridad y en los gestos mínimos, mientras las colas en las oficinas de empleo recordaban la fragilidad de aquel presente.

Las pantallas comenzaron a convertirse en plazas digitales: allí se compartieron protestas, afectos, aprendizajes. La vida empezó a latir también en lo virtual, y descubrimos que la comunidad podía extenderse más allá de las fronteras físicas.

Después llegó la pandemia, y con ella el silencio de las calles, el miedo compartido, la distancia. Los balcones se transformaron en escenarios de aplausos, las mascarillas en símbolos de resistencia, y las aulas se improvisaron en pantallas. Pero también surgieron nuevas formas de abrazo: digitales, colectivos, rituales que nos sostuvieron en la fragilidad. La tecnología se volvió puente y frontera al mismo tiempo: nos acercó y nos aisló, nos permitió seguir y nos obligó a detenernos.

Al regresar a las plazas, lo hicimos con más fuerza. Los movimientos sociales encontraron eco en las redes y en las calles: las huelgas climáticas de Fridays for Future, las marchas por la igualdad de género, las celebraciones de la diversidad cultural se hicieron más visibles, más urgentes. La comunidad se reinventó, y nosotros también.

Nos hicimos más conscientes de la fragilidad, más atentos al valor de lo cotidiano. Descubrimos que la rutina podía ser ritual, que el silencio podía ser compañía, que la palabra escrita podía sostenernos cuando el cuerpo no podía abrazar.

Hoy, al volver a encontrarnos entre plazas y pantallas, sabemos que no somos los mismos. Somos herederos de plazas y pantallas, de silencios y abrazos reinventados. Y en este tránsito, descubrimos que la historia no se escribe en piedra, sino en voces que se levantan una y otra vez.

En medio de estas mareas, comprendimos que la verdadera fuerza de una sociedad está en su capacidad de ser justa y convivir en paz. No se trata de grandes discursos, sino de gestos cotidianos: compartir, escuchar, abrir espacio al otro.

La igualdad y la paz no son consignas, son la base de una comunidad que quiere seguir resurgiendo frente a cada marea.

─── ✿ ───

INVENTARIO DE LAS GRIETAS

Gustavo Páez Escobar – Colombia

Este nuevo libro de Mauricio Botero Montoya, editado en Bogotá por la Imprenta Editores, tiene un título sugerente que pondrá a pensar a qué grietas se refiere el autor. Otras obras suyas que he tenido el placer de leer y comentar tienen esa misma peculiaridad en el rótulo: Otto, el vendedor de música, El adiós de Otto, La alegoría del sueño.

Botero Montoya es un escritor original que se ha distinguido por la lucidez, la sobriedad y la agudeza de sus ideas, las que son manejadas con los recursos del humor, la filosofía, la poesía y la ironía. Desliza en sus escritos gotas de sabiduría con la misma propiedad con que pinta rasgos humanos.

Cuando fue cónsul general de la Argentina, su maestro y contertulio era Jorge Luis Borges, hecho significativo que pone de relieve su calidad intelectual. Ese carácter lo ha llevado siempre consigo, como filósofo, conferencista, ensayista, periodista y autor de libros. Su mundo es el de las ideas, la reflexión, la controversia ilustrada. Lo mismo que es incisivo en ocasiones, se expresa con sutileza, llaneza y gracia al alcance de todos. Sabe manejar la chispa del ingenio, la frase perspicaz, la sátira benévola y a veces urticante. Debe deducirse que estas grietas se refieren al obstáculo o desacuerdo que le surgen a la persona pensante, que es él mismo, para aceptar el orden establecido cuando este se aparta de su formación y principios.

Sabe interpretar el mundo enrevesado con que todos los días nos tropezamos, y como no acepta lo absurdo o lo prosaico, se va por su propio camino pregonando sus juicios y convicciones. Viene al caso citar esta frase anotada en su libro:

“Acepté el consejo de Borges, mi maestro: escribo para mí, para los amigos y para mitigar el paso del tiempo”.

Con frases breves, concisas y rotundas, expresa su pensamiento y precisa su ideología sobre los más variados temas. En todo el texto brotan trozos de filosofía, y se recrea, por supuesto, con este juego de las ideas que lo salvan de la inercia mental. Piensa y pone a pensar. Examina los hechos menudos de la vida de la misma manera que escruta las grandes civilizaciones, los imperios, los ámbitos del

poder. Contradice ciertas afirmaciones de la historia, y se declara impotente para entender el sinnúmero de posturas falsas.

Este es Mauricio Botero, quien frente a esta serie de grietas busca enderezar lo torcido y rechaza la mediocridad y la pobreza del espíritu. Nacimos para pensar, pero para pensar bien, sería su axioma. Y les enseña a los escritores a escribir bien. He aquí, para corroborar lo dicho, algunas de sus frases:

“El pensamiento nace desnudo; hay que vestirlo para presentarlo en sociedad”. “Si un adjetivo no da vida, debilita”. “Leo para saber que no estoy solo, y escribo porque la vida duele”. “Cuando no tienen nada que decir, gritan”. “La persona que no tiene sentido del humor no es seria”. “Ante las consignas de la igualdad social, las francesas contestan que viva la pequeña diferencia”. “Los espejos que no mienten pueden ser falsos”. “Al terminar un libro hay que hacer un duelo, como si nos hubieran robado un querido juguete”.

─── ✿ ───

CRÓNICA HISTÓRICA: MIRADA SOBRE EUROPA

Arturo Pérez Reverte – España

En esta entrega de su serie Una historia de Europa, el escritor y académico nos invita a recorrer los claroscuros del continente con su estilo incisivo y narrativo. Una crónica que combina erudición y relato vivo, recordándonos que la historia nunca se detiene… y siempre continúa.

A todo esto, mientras el pastel mundial lo cocinaban Inglaterra, Alemania y Francia (y al otro lado del Atlántico los jóvenes Estados Unidos se preparaban para engullir su porción) y se lo repartían entre ellos, los extremos del Viejo Continente, oriental y occidental, Rusia por un lado y la península ibérica por otro, jugaban papeles secundarios en el cogollo europeo, al margen del negocio principal. Lo que no quita que Rusia se convirtiera en gran potencia, pues tal era la ambición de sus zares e iba realmente camino de eso, extendiéndose por Asia hasta las costas mismas del Pacífico.

Pero a esa pujanza exterior no correspondía una felicidad interior. De una parte, el imperio estaba formado por nacionalidades mal avenidas entre sí (rusos, polacos, fineses, lituanos, letones, estonios, bielorrusos y otros más). Por otro lado, el régimen seguía siendo despótico y feudal en manos de la monarquía, la aristocracia y la iglesia, no había clase media que industrializara un carajo, y se daba la paradoja de que, en un país que vivía de la agricultura, con masivas exportaciones de trigo como principal riqueza nacional, los mujiks, los campesinos, palmaban en la más cruda miseria.

Tampoco la clase intelectual era numerosa, y los brotes de oposición nihilistas y anarquistas, así como las revueltas de campesinos hambrientos, fueron aplastados con fácil crueldad, primero bajo el zar Alejandro III y luego, a caballo entre los dos siglos, por Nicolás II (que acabaría pagando la factura, con su familia, dos décadas más tarde).

La guerra de Crimea, librada contra Turquía (a la que apoyaban las potencias occidentales), puso de manifiesto las muchas deficiencias de Rusia; y las clamorosas derrotas navales y terrestres sufridas en otra guerra contra el Japón (1904), con el que chocaban los intereses rusos en Asia, aumentó el descrédito internacional de los zares. Pero lo más grave fueron las consecuencias internas de ese último desastre militar, con protestas y revueltas que acabarían cambiando no sólo la faz de Rusia, sino la del mundo (trifulcas en San Petersburgo, socialistas, Lenin, etcétera).

Y mientras eso ocurría en la parte oriental de Europa, en la otra punta, la ibérica, Portugal y España progresaban a trancas y barrancas, muy lejos ya de los grandes imperios que habían sido, con papeles secundarios en el nuevo concierto mundial. Entre los portugueses, después de casi medio siglo de monarquía parlamentaria, la tensión de corona y república se había disparado.

Con Luis I (que reinó entre 1861 y 1889) hubo un momento chachi en lo económico gracias a la gestión patriótica del eficaz ministro Saldanha; pero la cosa se descuajeringó en la última década del siglo, bajo el reinado del sucesor Carlos I, a quien todo se le fue de las manos: progresistas y regeneradores (los dos partidos que se turnaban en el poder) iban a lo suyo y emputecían un ambiente agravado por campañas de los más destacados escritores, periodistas e intelectuales (Herculano, Martins, Quental), que sacudían fuerte a la monarquía, en plan republicano e incluso revolucionario.

Para completar el pifostio, que iba a más, en Brasil se proclamó la república; y en los territorios coloniales de África, la omnipresente Inglaterra (que seguía siendo conspicuo macarra internacional) procuraba incordiar cuanto podía, que era mucho. El caso es que, entre pitos y flautas, el Portugal monárquico se fue yendo al garete en un caos político y social que reventaba las costuras.

Acojonado con el panorama, el nuevo rey (Carlos I se llamaba la criatura) inauguró el siglo XX clausurando el parlamento, que ya era un gallinero ingobernable, y se puso en manos de un dictador inteligente y moderado, razonable para el momento, Julián Franco, quien puso buena voluntad en democratizar la monarquía; pero todo se descompuso con un atentado (anarquistas y revolucionarios habían puesto de moda el magnicidio en Europa) que en 1908 se llevó por delante, dos al precio de uno, al rey y al príncipe heredero.

Eso llevó al trono al segundón de la familia, Manuel II: un tiñalpa blandito y obtuso que se confió a otro dictador, el almirante Ferreira de Amaral. Pero aquello no había ya quien lo salvara, y una revolución en la que participaron el ejército y la armada estalló en Lisboa. Con la sublevación de las dotaciones de los cruceros San Rafael y Adamastor y la pajarraca callejera subsiguiente, el rey puso pies en polvorosa y se proclamó una república que incluía separación de iglesia y estado, abolición de títulos de nobleza, divorcio y sufragio universal.

Mientras tanto, la España monárquica (lo veremos en el siguiente episodio) miraba de reojo, enfrentada a sus propios y muchos problemas. Que en realidad eran casi los mismos.

( Continuará…)

─── ✿ ───

CAMBIAR DE OPINIÓN.

Ignacio Zabala-México

Son tiempos de cambios. Lo que antes era un exceso, ahora es una necesidad y los gobernantes deben, antes que nada, perder el miedo al ridículo

Son tiempos de cambios. “Nada es como antes”. “Ahora es distinto”. “Así no se hacía”. “Las cosas hoy son de otra manera”. “Pensar como hace 15 años no tiene sentido”. “Ahora lo veo diferente”. “Sigo pensando lo mismo, pero resulta que estoy equivocado”. Son frases que escuchamos constantemente con relación a la política.

Se critica el cambio de opinión como si fuéramos seres destinados a la inmovilidad. En las épocas de definiciones, de los radicalisos está prohibida el agua tibia. Si antes te decían que el mundo no era blanco y negro, sino que consistía en una serie de matices, ahora los grises han sido borrados. Hoy se dice que el centro siempre fue cómodo, el lugar ideal para el camaleón. Se tomaba un poco de aquí, otro tanto de allá y eso formaba una determinada corriente de pensamiento. Candidatos de izquierda se derechizaban y los de derecha prometían “rebasar por la izquierda”. Fueron años de corrimiento hacia el centro, hoy refugio de tibio y de grises: los famosos habitantes de Corea del Centro.

Hoy es normal que un demócrata de antes vea con buenos ojos el populismo, que deje pasar los desplantes que se consideraban autoritarios y que ahora son parte de la normalidad. Así, los que llegan por los votos anhelan el poder de un dictador y eliminar los controles que detenían caprichos y venganzas. Lo que antes era un exceso, ahora es una necesidad y los gobernantes deben, antes que nada, perder el miedo al ridículo, pues este dejó de existir. Lo de hoy es la lucha constante y frontal contra el enemigo en la que quien pega primero, pega seis veces.

Es curioso que cambiar de opinión sea algo tan castigado en escenarios novedosos. El neoliberal de hace unos años admite con culpa que el periodo de crecimiento de su país escondía el aumento y becha de la desigualdad, y ahora ve, complaciente, los programas sociales. El hombre que fue prudente y que jamás emitía un calificativo, ahora no duda en calificar de nazi-mercenario a cualquiera que no esté de acuerdo con él. Son tiempos de tomar partido sin importar que eso implique convivir con los impresentables de antes. Discutir no es lo importante, sino tener la razón en cualquier tema de discusión pública: la forma en que se hornea el pan o el desarrollo de políticas públicas de infraestructura. Todo vale lo mismo.

Sorprende entonces que en ocasiones sea tan criticable el cambio de opinión sobre determinado tema. Se entiende esa crítica cuando uno ve desplazarse a los políticos de un lado a otro por mera conveniencia política o económica. Pero el ciudadano común no solamente puede, sino que debe cambiar de opiniones para lograr su adaptabilidad al mundo que lo rodea y lo sostiene. Lián Barnes, en un interesante ensayo dice: “Cambiamos de opinión sobre infinidad de cosas, desde cuestiones de gustos —los colores que preferimos, la ropa que vestimos—, estéticas —la música, los libros que nos gustan o de afiliación social— —el equipo de futbol que seguimos, o el partido político que votamos—, hasta las verdades más trascendentales: la persona a la que amamos, el dios al que veneramos, la significancia o insignificancia del lugar que ocupamos en universo vacío o misteriosamente lleno”. Cierto, por eso es fácil encontrar ahora a gente que hace unos años era progre, de centro-izquierda, admitir con cierta vergüenza que, en realidad, son de derecha.

El año que entra será también de posiciones previas a las elecciones del 2027 En un escenario en el que las cosas se definen más por lo que odiamos que por lo que nos gusta, estaremos rodeados de cambios de opinión. Como bien dice Barnes: “Algunos de nosotros tenemos firmes opiniones que defendemos con débil convicción; otros, débiles opiniones que defendemos con firme convicción”. Queda en el lector decidir en qué lado está.

─── ✿ ───