CRÓNICAS Y ENSAYOS – ENERO
Nota Editorial: Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.
Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

“El aroma del mundo cabe en una crónica.”
✦ COLABORADORES ✦
✦Ilka Oliva Corado – Estados Unidos
✦Gustavo Páez Escobar – Colombia
✦Elspeth Gormley – España
✦Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
✦Fran Serrato – España
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LA RESISTENCIA A TRAVÉS DE LA CULTURA Y EL ARTE
Ilka Oliva Corado – Estados Unidos
Mi expresión escrita nació de mi inexpresión verbal. Nunca he podido comunicarme con los humanos, dentro de mí habitan mundos y volcanes en erupción, pero por fuera son un témpano, la tosquedad misma. Me cuesta acércame a las personas, no soy tímida al contrario soy atrevida, tengo facilidad de palabra gracias a mi Alma Mater, el mercado donde crecí vendiendo helados, esa experiencia me enseñó a salir al paso y a buscarme la vida al trote, la vergüenza no sirve para la sobrevivencia; entonces gracias a aquellos años saliéndoles al paso a los comensales para ofrecerles los ricos helados que vendía y tratar de convencerlos prácticamente haciendo piruetas en el aire, puedo expresar mi opinión sin ningún problema, auto presentarme, conversar de puntos varios. Pero los sentimientos no, cuando se trata de sentimientos y emociones mi mundo es completamente aislado e inhabitable. Soy un vacío insondable.
Empecé a escribir poesía a la edad de los 13 años, cuando vivía en Ciudad Peronia, el arrabal donde crecí, en Guatemala. Pero el trabajo del día a día era demasiado que no quedaba tiempo ni para comer mucho menos para el ocio, el ocio fue catalogado como haraganería y haraganes en el arrabal no existen la necesidad obliga a ir contra reloj; entonces esos 10 o 15 minutos que yo tomaba al día para escribir significaban dejar de limpiar el gallinero a las horas o limpiar el chiquero a las horas, dar de comer a los animalitos de forma puntual y ordeñar las cabritas a su hora, un retraso de cinco minutos provoca un descontrol para quienes hemos vivido al trote: el arrabal lo sabe. Cualquier sueño, cualquier anhelo fue fulminado por el hambre, el frío y la pobreza. En las capas que recubren la pureza del alma, en la más profunda se encontraba mi amor por la pintura, fue bloqueado de un portazo en la nariz contra la realidad. Bloquear la poesía y el arte ayudaron a mi sobrevivencia en aquellos años, porque para qué iba a anhelar algo que era imposible, unas acuarelas eran un lujo que los niños en Peronia no nos podíamos dar. Escribo estas palabras con honestidad, sin afán de dramas innecesarios, pero con la responsabilidad que me obliga a relatar la esencia del arrabal…, porque estoy segura de que no soy la única que bloqueó y se dio con la cabeza contra la pared, ardiendo en furia por no poder ilusionarse con una realidad distinta a la que le tocó vivir.
Con los años emigré, joven, a los 23, llegué con toda la leche a dejar lo que me quedaba de pulmones en los pisos de las mansiones donde trabajé de empleada doméstica en Estados Unidos, aquí continuó mi labor de mil oficios con los que crecí, también buscándome la vida al trote solo que indocumentada, sin estatus de nada ni de ser humano. Las razones de la angustia y el miedo de los indocumentados son distintas a las del país de origen, pero es angustia al final de cuentas. Aquí mi inexpresión se volvió un ahogo, un dolor sordo, un nudo de sal en la garganta; provocados por la añoranza, la depresión post frontera, el estigma y el bloque de hielo enorme como muralla que era el idioma inglés, mismo que yo desconocía por completo. A los 6 años de emigrada, cansada de todos esos años sin poder dormir de corrido ni una sola noche por las pesadillas provocadas por los recuerdos de mi experiencia en la frontera, una madrugada comencé a escribir un poema que lo terminé cuando salió el sol. Y fue una catarsis total porque lloré cada letra. Lloré por mi frustración, por mi descontento, por el dolor de sentirme lastre. Ese poema al que yo titulé Nostalgia, fue la luz de un nuevo día en mi vida, una pequeña rendija de una ventana, diría que fue como el rocío del amanecer. Un amanecer que duró otros largos años porque mi proceso fue lento, pero lo sobrellevé con la escritura, primero con poemas, luego con relatos y después con artículos de opinión. Poco a poco fue reabriendo las heridas que estaban sin cerrar y las encaré, las traté de curar quitando costras y sangre podrida para ventilarlas y dejar que cicatrizaran a su paso, a su tiempo. Y eso ha sido la escritura para mí, una cura. Una pócima que le ha permitido a mi espíritu sanar su dolor. El dolor de la exclusión, de las sobrecargas de trabajo desde mi infancia, de la incomprensión, de los golpes recibidos, del racismo, de la pobreza. Porque sí, a nosotros los obreros nos han obligado a vivir la crudeza de la pobreza y la exclusión.
La pintura llegó muchos años después de aquel anhelo de infancia, llegó en la diáspora, después de varios años escribiendo, imagino que emergió de lo más profundo de mi alma cuando me había sacado ya varias espinas gracias a la escritura. Porque mi terapia han sido las letras. Llegó de forma inesperada y ha sido un regocijo para mi espíritu, el placer absoluto, la paz. Mi pintura refleja la paz de mi espíritu. Sucede lo contrario que con la escritura, con la escritura yo puedo expresar mi enojo, mi frustración, mi descontento, conmigo misma y con el sistema, en cambio con la pintura sólo brota de mi alma la tranquilidad y vuelvo a ser niña, no puedo verme como mujer adulta en la pintura, en la pintura soy niña. Y soy una niña feliz, como debe de ser la infancia de todos los niños en el mundo.
Desconozco de técnicas, desconozco completamente de los fundamentos del arte, de la escuela del arte, no puedo darme el lujo de tomar clases de pintura, no pagaría la renta si lo hiciera. Porque aquí también soy obrera y vivo al día. Para comprar mis pinturas, mis pinceles y mis lienzos he tenido que ahorrar, lo hice mi prioridad, ajustando y dejando de comprar otras cosas de primera necesidad. Porque para mí es muy importante acariciar este amor, alimentarlo, cobijarlo, este amor de niña que necesita mi abrigo o más bien, yo soy la que necesita ese amor y ese cobijo de esa niña que apareció de pronto con sus colores encendidos para que me reconcilie con mi infancia. Con la pintura he aprendido a defender quién soy, lo que soy, a defender mi esencia, a tener muy claro que mi estilo es mi estilo y que hacer las cosas a mi manera ha sido mi camino siempre, es decir; ser auténtica, aunque el mundo me cierre las puertas en la cara.
Y también he aprendido a que no hay necesidad ni espacio para la frustración y el enojo, porque claro está, tengo limitaciones porque mis manos no están familiarizadas con los pinceles y las técnicas, pero como todo en la vida se aprende y lleva tiempo y práctica. Pero tomar un pincel y poner los colores sobre el lienzo es ya para mí una realización. Es mi realización personal. Lo demás, lo demás la verdad no importa. Y siempre me han gustado las cosas simples, yo misma soy muy simple, no escribo con palabras rebuscadas y no busco en la pintura los excesos.
Tengo varias series, una de mis favoritas es la serie de la Mamá África a la que reverencio y quiero, por ser la raíz, mi raíz pero la raíz de todos los continentes y de quien he heredado mi cabello y mi color de piel. Está la serie Raíces, y la última en la que he estado trabajando que es la serie Mi familia, que se trata de las cabritas con las que crecí, los amores de mi vida, con la únicas con la que puedo ser yo, con las únicas con las que me puedo expresar. La serie Mi familia, es el amor puro a las cabritas.
La escritura es la expresión de mi alma, pero la pintura es la realización de mi espíritu. Quien quiera conocerme solo tiene que ver mis pinturas, me conocería mejor que conversando conmigo en persona. Y como todo lo que hacemos o dejamos de hacer en la vida es un acto político, yo sigo escribiendo y pintando por necedad y por resistencia. Mi esencia siempre fue ser necia, por necia recibí grandes palizas y fui excluida y por necia elevo mi voz en la escritura y mi espíritu en la pintura.
Porque el día que no esté más en este mundo quiero que cuando una niña de arrabal de sienta sola, desechada, violentada, excluida y se sienta un lastre, sepa que también en otros tiempos, otra niña de arrabal que creció en la pobreza como ella, que fue agredida y desechada se sintió como ella y después de darse con la cabeza contra la pared y anegarse en alcohol, comenzó a escribir y a pintar y ambas cosas le dieron sentido a su existencia. Quiero que esa niña sepa que vale la pena y la alegría resistir.
Será mi abrazo, mi cobijo de hermana para esas niñas, y estoy segura de que el tiempo me permitirá ese reencuentro con ellas, aunque yo ya no esté físicamente, porque todas las almas que están destinadas a coincidir se encuentran en el momento justo. Como yo he encontrado otras almas de ancestras que me han abrazado y cobijado como hermanas desde distintas partes del mundo y de la historia.
Mi legado para ellas, niñas de arrabal es la resistencia a través de la escritura y el arte.
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UN PAÍS DE OLVIDOS
Elspeth Gormley – España
A veces me pregunto si en Estados Unidos recuerdan quiénes fueron. No quiénes son hoy, sino quiénes fueron al principio: un país levantado por manos que venían de lejos, por acentos que chocaban entre sí, por esperanzas que cruzaron océanos enteros. Un país que nació del movimiento, del desarraigo, del miedo y del deseo urgente de empezar de nuevo.
Porque, salvo las generaciones más recientes y los pueblos originarios -los únicos verdaderamente anteriores a todo-, la inmensa mayoría de los estadounidenses descienden de inmigrantes. De personas que llegaron con frío, con hambre, con lo puesto, con un futuro que todavía no existía. Y sin embargo, hoy vemos deportaciones, detenciones masivas, familias separadas, interrogatorios interminables, incluso ciudadanos con nacionalidad obligados a demostrar una y otra vez que pertenecen al país donde nacieron. Una contradicción tan grande que roza lo grotesco.
Entonces surge la pregunta inevitable: ¿Cómo puede un país nacido del movimiento castigar ahora el movimiento?
¿Qué está pasando en Norteamérica para que la memoria se haya vuelto tan corta? ¿En qué momento se olvidó que la diversidad fue su cimiento, su fuerza, su identidad más profunda? ¿En qué instante se decidió que el origen ajeno era una amenaza, cuando el propio origen fue exactamente el mismo?
Quizá la respuesta esté en algo tan humano como el miedo. Miedo al cambio, miedo al otro, miedo a perder un lugar que nunca fue del todo propio. O quizá sea simplemente que la historia, cuando incomoda, se guarda en un cajón y se tapa con una bandera.
Pero la crónica no busca sentencias, sino preguntas. Y la pregunta que queda flotando es esta: ¿Puede un país renegar de su origen sin perderse a sí mismo?
No tengo la respuesta. Solo sé que la memoria es un territorio frágil, y que cuando un país decide olvidarla, no solo repite sus errores más antiguos.
También empieza a convertirse en aquello de lo que un día quiso escapar.
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UNA PASIÓN ARGENTINA
Gustavo Páez Escobar – Colombia
Historia de una pasión argentina, de Eduardo Mallea, me acompañó en el viaje que hace varios años realicé a su país. Comencé a leer el libro dos días antes de abordar el avión, continué la lectura en el largo itinerario a Buenos Aires, y a la postre -de regreso otra vez en Bogotá- supe que había percibido una imagen clara de Argentina.
Todo viaje debe tener un objetivo cultural. Los turistas superficiales, incapaces de apreciar la cultura de los pueblos a través de los tesoros que cada nación exhibe, carecen de sensibilidad para el arte y de vocación para la historia. Solo ven lo aparente, lo fastuoso o lo trivial.
Mientras en los inicios de la primavera entrábamos a Buenos Aires, apareció de repente, en medio de una madrugada apacible, la ciudad espléndida, llena de soberbias avenidas, airosos edificios y preciosas residencias. Buenos Aires es una ciudad cosmopolita abierta a todos los extranjeros. Tiene sangre europea: sus primeros pobladores fueron italianos y españoles. Varias calles recuerdan las de París, Madrid, Barcelona o Londres. Argentina, a pesar de su extensa superficie, está poco poblada y en algunos parajes es tierra desierta. Alrededor del 87 % de sus habitantes reside en las ciudades. La Patagonia argentina, que se une con la chilena hasta llegar al estrecho de Magallanes, y entre las dos crean una de las estampas más fascinantes del planeta, se caracteriza por sus glaciares de hielos milenarios, que se revisten de un blanco purísimo y forman grietas con resplandores azul y violeta.
Para tener una idea de la pampa, los programas turísticos ofrecen la visita, durante un día entero, a una de las estancias rurales localizadas en la provincia de Buenos Aires. Así llegamos a Santa Susana, a más de una hora de la capital. En los jardines de la entrada, bellas muchachas vestidas con atuendos típicos saludan a los turistas y les ofrecen las ricas empanadas que constituyen una de las comidas favoritas del país.
Vienen luego los vinos, las cervezas y los refrescos, mientras la parrillada, el atractivo central de la fiesta, hace ojitos al fondo del amplio salón que alberga a turistas de todo el mundo. En los potreros, los gauchos hacen destrezas con los caballos y de esta manera demuestran que como hijos de la tierra bravía nacieron para las faenas de la doma y el rodeo. Desde pequeños aprendieron el arte de amaestrar caballos y resistir temporales. El gaucho es trabajador incansable de la vida rural. Posee fuerza, arrogancia y coraje para enfrentar su severo destino. Ama la libertad y corre como el viento. Montado en un caballo y provisto de la rastra, la faja, el rebenque y el pañuelo, es el soberano de las llanuras.
Estamos en la legítima pampa. La cantada por José Hernández en Martín Fierro y por Ricardo Güiraldes en Don Segundo Sombra. Para armonizar con el momento, voy a tomarme un mate a la salud de mis lectores. Un gaucho no puede prescindir de esta infusión legendaria. Es la bebida nacional por excelencia, que ha pasado de generación en generación hasta volverse uno de los mayores íconos del pueblo argentino.
La Patagonia comienza en Bariloche, ubicada a dos horas de avión desde Buenos Aires. Sitio encantador, pulcro y amable, donde se respira una paz edénica. El sitio es célebre por la confección de deliciosos y artísticos chocolates, arte aprendido de sus primeros pobladores (emigrantes alemanes, austriacos y suizos). Bariloche limita con el fantástico lago Nahuel Huapi, alrededor del cual se extiende el parque de 710.000 hectáreas que lleva el mismo nombre.
En este recorrido hallamos otros lagos menores conectados entre sí, lo mismo que varios ríos míticos que fertilizan una amplia extensión de bosques nativos.
Es un valle encantado. Villa Traful parece irreal: se trata de una aldea mínima, de 500 personas (yo diría que invisibles), adormilada en aquella zona de silencio como si fuera un sueño profundo de la montaña. Entre sus bienes singulares cabe citar la Piedra del Viento, roca gigante que posee una puerta de madera asegurada con candado. ¿Qué se ocultará en aquel misterioso laberinto?
La tierra no se vende a ningún precio. Algún extranjero logró al fin, luego de mucha insistencia y no menos paciencia, que le vendieran media hectárea de aquella tierra dormida, pero por ella le pidieron ¡400.000 dólares! Negocio imposible.
Volvamos a Buenos Aires. Cerca del hotel Nogaró, donde nos hospedamos, está el nervio palpitante de la ciudad: la Plaza de Mayo, testigo de los sucesos más trascendentales de la vida política y social del país, que debe su nombre a la revolución del 25 mayo de 1810, la cual inició el proceso de la independencia.
En aquel sector se hallan la Casa Rosada, sede oficial del Gobierno; la Catedral Metropolitana, donde reposan los restos del general San Martín; el Cabildo, el Banco de la Nación y otros organismos tradicionales.
En el centro de la plaza se erige, en honor de la libertad, un majestuoso obelisco, y la circundan la Avenida de Mayo y la Avenida 9 de Julio, las dos arterias más importantes de Buenos Aires. Son famosas las reuniones que las “Madres y Abuelas de Mayo” realizan aquí desde viejos tiempos para recordar por este medio a los miles de familiares desaparecidos en la llamada Guerra Sucia de los años 70. Y aquí se congregan, de modo permanente y como si fueran parte del paisaje, grupos de manifestantes que lanzan sus protestas hacia la Casa Rosada, para que el presidente las escuche.
Los argentinos son muy apegados a sus costumbres y tradiciones. Pregonan su comida criolla, y no exageran la ponderación: la gastronomía del país goza de merecida fama internacional. El churrasco, por supuesto, es el campeón de los platos autóctonos y nadie regresa de la Argentina sin haber saboreado tan exquisito manjar. Eva de Perón es un mito que brota a flor de labio como un símbolo social Buenos Aires es febril y seductora. Tiene alma femenina. Su actividad comercial palpita en diversos escenarios, como la Calle Florida, zona peatonal llena de atracciones para el turista que busca novedades; o San Telmo, sector de talleres artesanales en medio de preciosas casonas; o Puerto Madero, a orillas del río de La Plata (el dios tutelar de la ciudad), pintoresca área dotada de importantes oficinas bancarias y lujosos hoteles y restaurantes; o La Recoleta, barrio aristocrático que tiene sus orígenes en el siglo XVIII -cuando los padres franciscanos construyeron el convento y la iglesia de Nuestra Señora del Pilar- y que hoy ostenta refinadas boutiques y tentadores restaurantes.
Hacemos un detallado paseo por La Recoleta y llegamos al legendario cementerio del barrio, obra fundada en 1822 por los monjes recoletos. Es un recinto famoso por el arte que atesora en mausoleos, tumbas y esculturas. A este camposanto fue traído el cadáver de Eva de Perón luego de los continuos traslados de que fue objeto a raíz de la implacable persecución política que se desató contra ella. Su cadáver se convirtió en un cuerpo político. Un cadáver embalsamado que deambuló por muchos lugares clandestinos, incluso del exterior, huyendo de la sevicia de sus enemigos.
El escritor Tomás Eloy Martínez, con los episodios estremecedores que narra en su novela Santa Evita (1995), ha agrandado la leyenda alrededor del itinerario infamante que recorrió, ya muerta, la mamá de los “descamisados”.
Otro escritor, refiriéndose a tan bochornoso capítulo de la vida argentina, habla de la “novia hermosa, melancólica y profanada por la vida en el corazón de su larga muerte”. Gardel y su tango son parte esencial del ambiente y del folklore argentinos. No podíamos regresar a casa sin ir a visitarlo en el cementerio de la Chacarita. Lo hacemos en un día de lluvia intensa, excepcional dentro del buen tiempo de la temporada. Y allí lo encontramos en su grandiosa estatua de bronce, sonriente y varonil, en medio de flores frescas y de mensajes escritos que evidencian la idolatría de la gente. Gardel está en todas partes, con increíble poder de ubicuidad: en San Telmo, en el Caminito, en La Ventana, en Señor Tango, en las tiendas de discos, en las librerías, en los suburbios, en los clubes, en las innumerables tanguerías y academias de baile, en cada esquina, y sobre todo en el alma del pueblo. A 33 kilómetros de Buenos Aires está localizada la ciudad de Tigre, punto ineludible de atracción. Hacia allí viajamos en bus, luego tomamos un tren hasta San Isidro, pintoresco sitio de artesanías, y al final nos embarcamos en el catamarán, la embarcación que nos lleva al delta del río Paraná, donde se goza de un maravilloso recorrido en medio de islas, arroyos, ranchos y canales.
Y si se trata de buscar un ambiente de religiosidad, está el parque temático de Tierra Santa, obra exclusiva en el mundo. En un predio de siete hectáreas, a poca distancia del centro de la ciudad, se representa, en más de mil figuras humanas y de animales de tamaño natural, la vida de Jesús de Nazaret desde su nacimiento hasta su resurrección. Todo en este parque es sobrecogedor. La emoción final se obtiene con la aparición de Cristo resucitado, en una imagen de 18 metros de altura que se mueve en lo alto de la montaña bajo los efectos deslumbrantes de la luz y el sonido.
Esta es la Argentina visible, la que se ve en todas partes, la de la fiesta y el ánimo alborozado. Dejo para otro capítulo a la Argentina invisible, la recóndita, la que llega al alma del escritor viajero a través de los libros y del clima espiritual. Esa Argentina la analiza Eduardo Mallea en Historia de una pasión argentina, sin dejar de contemplar el ámbito externo.
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ANÁLISIS DE LA NOVELA LOS SIETE LOCOS DE ROBERTO ARLT
Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
Publicada en octubre de 1929, la novela de Roberto Arlt, Los siete locos, logra dos cometidos importantes y novedosos para la época: el primero de ellos fue comentar los problemas sociales que asolaban a la Argentina en ese período de los años 20´. En ellos incluyó sus reflexiones y puntos de vista filosóficos, que de alguna manera se anticiparon a la corriente del existencialismo. En segundo lugar, eligió escribir giros del lenguaje porteño, que incluso le valieron críticas, porque muchos pensaban que no quería usar expresiones correctas. Pero justamente aquí, es donde se conjuga la novedad de la obra, una crítica social con una marcada imagen realista, más la aportación de un estilo literario propio e innovador.
Arlt refleja el sentido de la vida, el amor, la muerte, el absurdo existencial y con ellos construye una feroz crítica al canon impuesto. Y no es solamente a la sociedad, sino también a la literatura, a las condiciones humanas y a la existencia, que parece tener más de quimera que una construcción sólida con la cual se pueda vivir. Nos refriega en la cara nuestra propia vida y hace que la veamos tal cual es, desnuda, despojada, hermosa y espantosa, como solo los mejores escritores lo han podido lograr.
En esta obra se presentan tres aspectos diferentes: uno psicológico, uno policial y otro den fantasía. La novela presenta desde las primeras páginas un relato objetivo, conducido en tercera persona por un narrador omnisciente que en el texto toma el nombre de “comentador” y que ingresa en la obra como un cronista a quien el propio personaje le hace sus confesiones Pero rápidamente se pone de manifiesto que la labor del narrador es mucho más complicada que describir los principales pasos que llevan a su protagonista Remo Erdosain, de la angustia a la desesperación. La objetividad de los hechos narrados, que son crueles, es secundaria. Existe un núcleo central (la conciencia de Erdosain), con lo que se logra dar mayor énfasis a su tragedia individual, al mismo tiempo que da la impresión de objetividad, de distancia. Por otra parte la narración presenta oraciones cortas, incisivas, cortantes, que lanzan un reto a quien las quiera recoger.
Arlt tuvo una niñez triste y dura, debido principalmente al problema económico que asolaba a las grandes masas de inmigrantes llegadas al país, y al autoritarismo de su padre, inmigrante prusiano, de rígido carácter, que provocó la huida de su hogar de muy joven, dejándole un recuerdo desagradable que incluso lo refleja en las palabras de su principal protagonista de la novela. Sus personajes pasan desde el absurdo a lo ideológico, donde es prácticamente imposible encontrarle un sentido a la vida. El mismo Remo Erdosain explica que esta no o tiene, y es igual seguir cualquier corriente. Todos los protagonistas viven encerrados en sí mismos, tienen una preeminencia en sus propios fracasos, con una perspectiva de liberación que solo puede llegar con un suceso sorprendente, pero que ellos mismos consideran improbable.
Ambientada en la Buenos Aires de la década del 20´, Los siete locos, impone una teatralidad en cada uno de sus personajes, que es minuciosa, pulida y muy exacta. Cuando el lector se sumerge en la trama es difícil no ver a esos intérpretes corporizados. El escritor refleja sus experiencias importantes, se aleja de lo clásico, la tradicionalidad, para poner a contraluz, la realidad de la Argentina que a él le interesaba. Cubiertos de angustia y suciedad, sus personajes pintorescos deambulan por los suburbios, en los arrabales, en los rincones oscuros de la capital. Arlt cimienta sus ficciones con noticias que va reuniendo de varios lados. Lo que aparece como un enloquecimiento de pura imaginación, fue extraído de noticias periodísticas. En EEUU, para esa época, se había descubierto una organización secreta denominada “La Orden del Gran Sello”, que tenía por misión, casi las mismas que el autor hace aparecer en las novela. Por otro lado, se supone que este presunto golpe que dará el Astrólogo, junto con todos los demás personajes, fue premonitorio de la revolución del 30´, en la que el general José Félix Uriburu y Agustín Pedro Justo derrocan al presidente electo Hipólito Irigoyen, provocando la primera dictadura militar del siglo XX, que tuvo éxito.
La novela en su texto escritural tiene tres días de duración, pero lo que caracteriza a esta construcción narrativa, es que la trama casi no avanza, gira en torno a sí misma, porque su clave es lo que pasa en el interior de cada personaje. Se cuentan pocos hechos. Todos son seres que han quedado sujetos a la angustia de su propia individualidad. Sufren por ser como son y cuando buscan “ser”, ellos mismos hacen difícil lograr ese cambio. En esa búsqueda acaban destruyéndose.
El libro se refleja en tres capítulos, que se subdividen cada uno en acápites que tienen un título que aclara su contenido. El primero y el tercer capítulo contienen catorce acápites y el segundo solamente seis, lo que causa curiosidad: ¿por qué no fueron siete para completar así una secuencia que se basa en el número múltiplo del nombre de la novela? La explicación hay que encontrarla tomando en consideración Los siete locos y Los lanzallamas (la continuación) como una unidad, expresándose claramente este hecho, en la introducción de esta última.
Dentro de la narrativa hispanoamericana del siglo XX, varios escritores abordaron uno de los movimientos intelectuales y culturales, que dejó una huella muy profunda en el pensamiento y las artes europeas, denominado Existencialismo. Pese a que aparece muy ligado a nombres propios como Camus o Sartre, muchos críticos mencionan a Roberto Arlt como el Dostoievski argentino. De hecho el escritor ruso fue uno de los primeros en presentar en sus obras temáticas de corte existencialista, con personajes que bucean a través de novelas de profunda carga psicológica como Crimen y castigo. Otro tanto sucede en este caso con Arlt, que colma su novela con monólogos interiores que tocan el absurdo kafkiano o la perspicacia nietzscheana, dejando entrever lo que se esconde social y moralmente.
La obra de Roberto Arlt resulta más atractiva si lo vemos a la luz de ese movimiento vanguardista que fue el expresionismo alemán. Las actitudes, las discordancias, incluso el vocabulario vulgar que algunos críticos le reprochan, surgen como lo que son: la manifestación de una estética deliberada que ejerce sobre quien lo lee, una atracción muy fuerte. La trama relativamente complicada, en la que el hilo argumental central se mezcla de pronto con episodios laterales, y donde la inquietud de toda novela policial se combina con largas diálogos y conversaciones semifilosóficas, se asemeja al folletín, pero está muy emparentada con la novela Los poseídos, de Dostoievsky, con la cual comparte varios objetivos característicos. Una sociedad secreta se funda para conquistar el poder; pero su desafío es más bien metafísico que político, y su pretensión es alcanzar la destrucción antes que dirigir la sociedad. Sus componentes, en ambos casos, son seres desequilibrados, rodeados por la esquizofrenia o hundidos en ella, en los que se manifiestan, en relámpagos de significado, las tensiones y las contradicciones de todo el ámbito social que los envuelve.
A diferencia del escritor ruso, Arlt propone en sus novelas un foco central (la conciencia de Erdosain), a través del que se da mayor relieve a la tragedia individual y como una sensación de distancia, de objetividad, frente a la organización clandestina que el protagonista integra.
Los siete locos, no es una novela distópica, ya que no cumple con las características de la misma. En realidad pasa a ser una novela grotesca, algunas de cuyas características son: la búsqueda de comunicación por parte del sujeto y la contención familiar no obtenida, que lleva al protagonista a la depresión y a lo patético.
Los siete locos fue llevado al cine en 1973, en la película argentina homónima dirigida por Leopoldo Torre Nilsson, quien escribió el guion en colaboración con Luis Pico Estrada, Beatriz Guido y Mirtha Arlt. Fue protagonizada por Alfredo Alcón como Remo Erdosain, junto a Norma Aleandro, Thelma Biral, Héctor Alterio y Sergio Renán. En 2015 la TV Pública estrenó una adaptación televisiva de la novela de Arlt y su continuación, con el nombre Los siete locos y los lanzallamas. La misma contó con la dirección de Fernando Spiner y Ana Piterbarg y fue desarrollada por el reconocido escritor Ricardo Piglia, quien realizó el argumento. Fue protagonizada por Diego Velázquez como Remo Erdosain, junto a Carlos Belloso, Daniel Fanego, Pablo Cedrón, Belén Blanco, Fabio Alberti, Leonor Manso, Pompeyo Audivert, Julieta Zylberberg, Claudio Rissi y Daniel Hendler.
Roberto Arlt (Buenos Aires, 1900-1942) fue periodista toda su vida. En sus comienzos, colaboró en la revista Don Goyo, fue redactor del diario Crítica, en el que se dedicó a las crónicas policiales. Y, a partir de 1928, integró el equipo del periódico El Mundo, donde permaneció hasta su muerte y para el que escribió magistralmente textos luego compilados en Aguafuertes porteñas (1933). Sus obras más importantes son las novelas El juguete perdido (1926), Los siete locos (1929) y Los lanzallamas (1931), habiendo publicado además El amor brujo (1932) y El criador de gorilas (1941) y la colección de cuentos El jorobadito (1933). Como dramaturgo, retrató un cuadro alucinado de la vida burocrática con La isla desierta (1938). Es autor, asimismo, de Trescientos millones (1932), Saverio el cruel (1936), El fabricante de fantasmas (1936), La fiesta de hierro (1940) y El desierto entra en la ciudad (1942).
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LAS BRUJAS DE ESCOCIA BUSCAN PERDÓN
Fran Serrato – España
La abogada Claire Mitchell lidera una campaña para que el Parlamento indulte a 2.500 mujeres asesinadas hace más de tres siglos
Lilias Adie reconoció haber practicado sexo con el mismísimo diablo. Esa confesión, obtenida bajo tortura, valió para que en 1704 un tribunal la condenase a arder en la hoguera por bruja. El castigo nunca se completó porque la mujer apareció sin vida en su celda de Torryburn, un pequeño pueblo escocés. Los delatores creyeron que su inesperada muerte era una prueba irrefutable de sus vínculos con Lucifer, pero los científicos que recrearon su rostro hace unos años sostienen que se suicidó. Lilias fue enterrada en la playa, bajo una pesada piedra, pues los lugareños temían que volviera de entre los muertos para perseguirles. Como ella, más de 3.800 personas fueron procesadas por brujería en Escocia entre los siglos XV y XVIII. Unas 2.500 acabaron siendo ejecutadas, la mayoría mujeres. Tres siglos más tarde, un grupo de activistas ha lanzado una campaña, para que el Parlamento escocés indulte a las víctimas.
Los humanos han invocado fuerzas y seres sobrenaturales desde el inicio de los tiempos. Muchas culturas han reaccionado a esas acusaciones por temor religioso o supersticioso. Es justo lo que sucedió en el siglo XV, cuando se extendió la creencia de que la cristiandad se enfrentaba a un nuevo enemigo. El Papa Inocencio VIII redactó una bula en 1484 para luchar contra la brujería, un tipo de hechicería en la que intervenía el diablo. El documento tuvo influencia en los territorios católicos, pero también fue aceptada por luteranos, puritanos y anglicanos. Desde entonces, la Inquisición se dedicó a quemar herejes y brujas por América y Europa, siendo especialmente virulentos los territorios del Sacro Imperio Románico Germánico. Cuando los Estados feudales se organizaron como monarquías, la tarea se trasladó a los jueces laicos.
La Ley de Brujería estuvo vigente en Escocia de 1567 a 1736. Han pasado casi tres siglos y nadie hasta ahora se ha disculpado por los atroces acontecimientos. La abogada Claire Mitchell busca restituir a las víctimas y, para ello, ha iniciado la campaña Brujas de Escocia Todo comenzó por casualidad, mientras realizaba una investigación sobre el letrado George Mackenzie en la Biblioteca del Colegio de Abogados de Edimburgo. Revisando documentos leyó la cita de una mujer pobre que había sido condenada por brujería. Se preguntaba si podía ser bruja sin saberlo. La declaración le causó tanta impresión que decidió seguir indagando. En Escocia, la caza de brujas fue especialmente feroz, ya que contó con el entusiasmo del rey Jacobo VI. “La campaña tiene tres objetivos: el indulto para los condenados, una disculpa para los acusados y un monumento nacional para recordarles”, explica la abogada por correo electrónico.
Juicios parciales Mitchell sostiene que el 84% de las denuncias en Escocia se realizaron contra mujeres. “La gente creía entonces que eran más débiles y, por tanto, más propensas a caer bajo el hechizo del diablo”, insiste. En su opinión, es “muy importante” reconocer esta grave injusticia. Por eso, en enero de 2021 presentó una solicitud al Comité de Justicia del Parlamento que es quien debe decidir si indulta a las víctimas. De momento, su labor consiste en crear conciencia pública, ya que son pocos los lugares que han resarcido a las víctimas. Salem, en Estados Unidos, ya emitió una disculpa formal para cientos de personas condenadas por brujería. Lo mismo que en España las Juntas Generales de Bizkaia, en 2018. En otros países, como Noruega, se han levantado monumentos públicos como homenaje. Así triunfaron las series policíacas del país sin crímenes. La mujer araña: la víctima de maltrato se convirtió en una asesina en seria
“Los acusados tuvieron un juicio parcial. En ese momento se creía que la brujería existía realmente y las mujeres ni siquiera podían defenderse de las acusaciones”, relata Mitchell. Los calderos y las escobas jamás figuraron como pruebas. Y por supuesto, ningún juez vio el vuelo nocturno de las brujas. Algunos historiadores sostienen que muchas de las acusadas eran mujeres viudas a las que se acusaba sin pruebas con el objetivo de arrebatarles las tierras. De hecho, la crisis económica de finales del siglo XVI sirvió como excusa para intensificar la persecución. Se les culpaba de ser el origen de todas las desgracias. Aunque no se puede saber con exactitud el número de víctimas, un estudio publicado en 2019 por el profesor Michel Porret, de la Universidad de Ginebra, sostiene que Europa sentenció a muerte a casi 70.000 personas, la mayoría habitantes de zonas rurales, y que el 75% de las víctimas fueron mujeres.
España fue uno de los países menos contundente con las persecuciones. La Inquisición abrió 125.000 procesos, pero solo condenó a 59 mujeres, según un trabajo realizado por una treintena de especialistas. Aun así, se produjeron episodios como los de Zugarramurdi, la localidad navarra en la que fueron condenadas decenas de personas en 1609. El especialista Fermín Mayorga explica que el Santo Oficio se mostró muy indulgente con estas mujeres, “siempre y cuando no intervinieran en las oraciones y creencias cristianas”. No obstante, revela que las persecuciones en España correspondieron a los tribunales civiles, que veían en la brujería un atentado contra el orden público. Mayorga relata que solo en Cataluña se han documentado 800 de estos casos. Y concluye: “Se persiguió a personas que conocían plantas venenosas. Muchas mujeres acudían a estas hechiceras para librarse de un marido que las maltrataba. No tenían otra posibilidad”.
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