CRÓNICAS Y ENSAYOS – FEBRERO

Cronicas

“El tiempo deja huellas; la crónica las convierte en relato.”

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COLABORAN

  • Elspeth Gormley – España
  • Ernesto Kahan – Israel
  • Gustavo Páez Escobar – Colombia

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VIAJANDO POR CHINA

Elspeth Gormley – España

Amanecía cuando, a once mil trescientos metros de altura, sobrevolábamos los Montes Urales. Las ventanillas del avión estaban enmarcadas por un fino y blanquísimo hielo. El sol asomaba con timidez. Una cordillera interminable de picos blanquecinos se extendía bajo nosotros, desafiante en su propia soledad.

Llevaba conectado el monitor del asiento y seguía con interés la trayectoria del vuelo. Cuando el sol apareció en el horizonte como un disco anaranjado, pude ver que allá, muy abajo, estaba Siberia. ¡Con cuánta emoción me adentré en su paisaje desde tan alto! Llanuras, montañas… la inmensidad. Recordé los cuentos de Turguéniev, Tolstói, Gorki y Dostoievski, a los que fui tan asidua desde niña. Ya alcanzábamos Mongolia. Cruzamos su territorio y, muy avanzado el día, nos adentramos en China.

Aterrizamos en Pekín a las diez de la mañana. El calor ya amenazaba. Tras llegar al hotel y ponernos cómodos, nos dispusimos a disfrutar del programa de viaje que se prolongaría durante cuatro días.

Salimos con un guía e hicimos una visita panorámica en autobús. Nunca imaginé que Pekín fuera tan hermosa, tan moderna, tan abierta al mundo occidental. Por una de sus grandes avenidas, la Gongti Nanlu, en el distrito de Chaoyang, vimos con inmensa alegría un edificio enorme, elegante y moderno donde podía leerse, en grandes letras: Instituto Cervantes. Un orgullo para todos nosotros.

Llegamos a la plaza de Tiananmen. Grandiosa en extensión, como todo en China. Multitudes se perdían en aquel espacio prendido para siempre en la Historia. Monumentos a efemérides nacionales, banderas rojas ondeando en altísimos mástiles, policías inmóviles como estatuas de piedra, el mausoleo de Mao, el Museo Nacional, el Gran Palacio del Pueblo…

Visitamos la Ciudad Prohibida, con sus palacios rojos y parques poblados de quioscos y pagodas. Me remonté a tiempos remotos viviéndolos tan de cerca. El Templo del Cielo, donde los emperadores rogaban por las cosechas; el Palacio de Verano, que miraba al gran lago poblado de barcazas con forma de dragón; el Templo de los Lamas, donde budas dorados reían o lloraban escoltados por espíritus del bien y del mal, mientras humos perfumados ascendían en ofrenda. Y allá, lejos de la ciudad, la Gran Muralla nos acogía con su alarde de poderío defensor.

El último día visitamos el corazón auténtico de Pekín. Nos adentramos en los barrios antiguos y palpamos de cerca el alma de sus calles y de sus gentes sencillas. Pequeñas casas con ropas tendidas al sol compartían leñeras y baños comunes. Vendedores ambulantes nos ofrecían cometas de colores o relojes por veinte yuanes. Muchachos conductores de rickshaws esperaban al forastero. El gran mercado rebosaba de gente y mercancías: peces vivos, huevos azules fermentados, pollos sin plumas, calabazas de mil formas, fideos de arroz o de habas, candados, cintas, cadenas… Nunca vi tanta variedad. Las calles adyacentes, con tiendas de una sola planta, lucían vistosos letreros y escaparates. Aún quedaban retazos de los Juegos Olímpicos de 2008.

Después de un vuelo de dos horas aterrizamos en Xi’an, una ciudad verde y hermosa protegida por una gran muralla rectangular. Cerca de la montaña Li Shan visitamos las fosas que acompañan la tumba del primer emperador chino, Qin Shi Huang. Nunca quedé más impresionada ante algo tan extraordinario. Miles de guerreros de terracota, a tamaño natural, se mostraban en perfecta formación, erguidos y desafiantes. Carros de combate con magníficos caballos completaban la escena. Dicen que representan a los diez mil guerreros que el emperador venció en su última batalla para la unificación de China.

En el extremo opuesto de la ciudad se alzaban la Torre de la Campana, que anunciaba el día, y la Torre del Tambor, que anunciaba la noche. ¡Cuánta poesía en Oriente! Nuestra despedida de Xi’an fue con músicas, cantos y danzas de Chang’an, de la dinastía Tang, en un Banquete Imperial celebrado en un gran teatro-palacio.

Volamos hacia Guilin. Nos recibió con un calor intenso. El hotel reconfortaba: su enorme fachada de cristal se convertía por la noche en una cascada iluminada, auténtica cascada de agua fresca con irisaciones de colores. La ciudad se abría luminosa, con tiendas y terrazas donde calmar el cansancio. Los lagos y parques la adornaban. El río Lijiang la poseía, la amaba y la dejaba, recorriendo parajes suntuosos.

Una cordillera extraña y bella formaba una corona que ceñía el paisaje. La Gruta de la Flauta de Caña nos llevó a mundos irreales, donde las formas talladas por el agua y los siglos parecían de otra dimensión. Navegamos por el Lijiang durante toda una mañana, degustando la típica cocina china en el comedor del barco. Las márgenes del río nos saludaban con árboles de copas alargadas, arrozales y manadas de búfalos de agua. Llovía. Guilin, preciosa Guilin.

Tomamos otro vuelo rumbo a Shanghái. Al entrar por sus grandes avenidas bordeadas de rascacielos quedé impresionada. Jamás imaginé que una ciudad tan oriental pudiera ser tan occidental. Abierta al mundo, a las finanzas, al comercio, a la arquitectura desafiante. Abierta al mar.

El río Yangtsé la atraviesa como un enorme sable, recordándole sus orígenes. Pero Shanghái sonríe en la noche con luces de colores, rótulos gigantes en chino y en lenguas extranjeras, su gran malecón iluminado, la torre Jin Mao, la Perla de Oriente. De día, parques y estanques con isletas de lotos donde nadan carpas rosadas vigiladas por aves pescadoras; budas de jade de tamaño natural, custodiados como joyas; el Barrio Antiguo, con sus casas rojas y doradas, rebosante de multitudes y recuerdos. La música fluía de flautas y tambores de artistas ambulantes.

Y llegó la partida. Dejamos Shanghái . Volamos hacia París en nuestro regreso a España. Era 22 de mayo de 2018. Y Oriente, con su belleza, su misterio y su poesía, quedó para siempre grabado en mi memoria.

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EN EL REFUGIO ESPERANDO EL FUTURO

Por Ernesto Kahan – Israel

Testimonio personal desde un refugio en Israel

Para mis familiares, amigos, compañeros, colegas y para mi columna Prospectiva Independiente del Diario de Madrid .

Escribo estas líneas desde un refugio en Israel. No es una metáfora. No es un recurso literario. Es el lugar físico donde estoy ahora mismo, sentado junto a vecinos que hace unos minutos corrían escaleras abajo mientras sonaban las sirenas anunciando misiles lanzados desde Irán.

El sonido de la alarma tiene algo imposible de describir hasta que se vive. No es solo ruido: es una orden biológica. El cuerpo se mueve antes que el pensamiento. Tomar el teléfono, buscar a quienes están cerca, cerrar la puerta reforzada, contar mentalmente a los hijos, a los amigos, a los ancianos.

Aquí abajo no hay discursos políticos.

Hay respiraciones contenidas.

Una niña pregunta cuánto falta para volver a casa. Nadie sabe qué responder. Un hombre intenta seguir leyendo las noticias aunque las manos le tiemblan ligeramente. Una mujer reparte agua como si ese gesto pudiera devolverle al mundo algo de normalidad.

Desde afuera, las guerras suelen parecer debates estratégicos o confrontaciones ideológicas. Desde dentro —desde la vida civil— la guerra es otra cosa: es la interrupción brutal de la rutina, la conciencia permanente de la fragilidad.

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UNA PASIÓN ARGENTINA (2)

Gustavo Páez EscobarColombia

En el vuelo de Bariloche a Buenos Aires me tocó de vecino un señor de aspecto distinguido, que observaba con interés el libro que yo leía: Historia de una pasión argentina, de Eduardo Mallea. Deseoso de entablar conversación, se presentó como profesor universitario y me dijo que una hija suya había hecho su tesis de grado sobre Mallea. Agregó que sentía profunda admiración por el escritor.

Eduardo Mallea nació en Bahía Blanca en 1903 y murió en Buenos Aires en 1982. Su padre, médico de profesión y gran amigo de los libros, le infundió el entusiasmo por la lectura. En 1916 la familia se trasladó a Buenos Aires, donde el futuro literato cursó cuatro años de Derecho, que interrumpió al sentir una fuerte atracción por las letras. En 1926 publicó Cuentos para una inglesa desesperada, libro que le abrió las puertas del mundo que perseguía.

Ingresó como redactor del diario La Nación, cuyo suplemento literario dirigió durante largos años. Un par de novelas escritas entre 1932 y 1936 acrecentaron su nombre de narrador, campo en el que tuvo notable desempeño. En 1937, a los 34 años, editó el ensayo Historia de una pasión argentina, que en poco tiempo se tradujo al inglés, francés, alemán, portugués e italiano. Es su obra maestra. Si bien se trata de su libro más señalado, después de él siguió una producción constante y exitosa en los géneros de la novela, el cuento, el ensayo y el teatro. Su obra llega a 40 títulos.

Y está sostenida por un eje central: la Argentina. Pintando su país, dibujó el mundo entero. La realidad humana está en cualquier geografía y perdura a lo largo de todos los tiempos. Nada cambia, porque la tragedia es universal. El mundo es la aldea. Es el país propio. Es un mensaje vigoroso con el que buscó conmover la conciencia nacional, alterada por hondos conflictos sociales y políticos que causaron al pueblo desolación y ruina espiritual.

Cuando en la década del treinta escribió su obra cumbre, la conciencia argentina estaba herida por una racha persistente de corrupción, venalidad, infamia y connivencia con conductas rastreras. Frente a la atmósfera dañina que minaba las fuerzas morales de la sociedad, se levantó la voz crítica del escritor, que clamaba por el imperio de la ética y la recuperación de los valores perdidos. Gritó su angustia a todos los vientos, para que las almas se sacudieran y buscaran sus propios caminos. Para que dirigentes y sociedad abrieran los ojos ante los despeñaderos que amenazaban devorarlos. “Los pueblos -dice-: «son grandes o pequeños en la medida de su propio sentimiento de eternidad”. Sus denuncias se prolongarían hasta el final de su vida. Nunca cesó de señalar los yerros demenciales en que incurrían los gobernantes autoritarios.«

La nación fue víctima, durante casi todo el siglo, de un colérico ánimo belicista, de retaliación y oprobio, infligido por la sucesión obsesiva del poder, en continuos golpes y contragolpes que dieron al traste con las libertades y hundieron al país en la negra noche llorada por Mallea. Hasta 1982 (el mismo año de su muerte) se presentó una pugna insaciable entre militares y civiles por el gobierno del país. La época de mayor violencia comenzó en 1966, cuando los militares despojaron de nuevo a los civiles del mando democrático. En 1970 fue asesinado el expresidente Aramburu. Se vivían entonces los peores días de torturas clandestinas. Quien pretendiera ofrecer fórmulas de salvación era lanzado a las tinieblas. La economía se vino al suelo con resultados desastrosos.

Los miles de desaparecidos en la Guerra Sucia de los años 70 se sienten todavía en el aire de la nación como una ráfaga de dolor y una constancia macabra contra la ignominia de los tiranos. Las voces de los muertos siguen repercutiendo en la Plaza de Mayo, donde las madres y abuelas han mantenido ante la faz del mundo una asociación silenciosa en la que invocan a sus muertos y recuerdan los días de terror. Todavía los recuerdan con terror.

El despeño moral no se presentó de la noche a la mañana. Nunca la ruina de los pueblos ocurre por generación espontánea. Es el resultado de muchos años de gestación y de una larga cadena de desaciertos. Desde 1937, cuando Mallea publicó su Historia de una pasión argentina, ya el ambiente estaba enrarecido. El autor era amante visceral de su patria y ardiente admirador de sus paisajes y tradiciones. Un nacionalismo acendrado le calentaba la sangre. Protestaba contra el desenfreno reinante y lanzaba su voz airada contra el desvío de las costumbres. En el paisaje contemplaba, con fascinación infinita, la Argentina visible. Y en la congoja de su alma sufría la Argentina invisible. “Este país —dice en el libro que da origen a esta crónica viajera— me desespera, me desalienta. Contra ese desaliento me alzo, toco la piel de mi tierra, su temperatura. La presencia de esta tierra yo la siento como algo corpóreo. Como una mujer de increíble hermosura secreta”.

Mallea quería una Argentina distinta y se rebelaba contra la patria falseada. Buscaba la Argentina auténtica que se había perdido en medio de la confusión general. Reclamaba la pasión por el trabajo honrado, por la calidad de vida, por las alturas de la ética. Depurar el aire corrupto era su mayor pasión. El mensaje de su libro interpreta la cruda realidad de un país desfigurado y cada vez más ciego ante el desastre espiritual. Y señala horizontes claros para salir de los escombros. Diseña un nuevo modelo del hombre argentino: el hombre que durante milenios ha poblado las pampas con los ojos puestos en la bondad de la tierra y en el cultivo de los hábitos hogareños; el hombre llegado a las metrópolis a forjar el progreso local y construir su propio bienestar; el hombre atado a hondas raíces culturales; en fin, el hombre interior, el legítimo argentino, que no puede encontrarse en el caos de la vida degradada.

Toda la obra de Mallea está penetrada de firmeza espiritual. Su actitud crítica ante la sociedad decadente parece vaticinar los días tenebrosos que habrían de sobrevenir por falta de disciplina social. Sus novelas y toda su obra marcan un hito en la vida argentina. Con el bisturí de su pasión, de su amor por la patria, perfora el cuerpo del país para darle vida al moribundo. Sabía que el hombre es impuro e intentaba regenerarlo.

Sus personajes le brotan de las lecturas de Dostoievski, Kafka y Faulkner, y el pensamiento filosófico lo recibe de San Agustín, Pascal y Kierkegaard. Siguiendo a este último autor, las ideas deben contener fuego y han de expresarse con pasión para que la persona salga del letargo y halle, mediante la reconstrucción del alma, la luz del espíritu. La condición mística le permite a Mallea adentrarse en las honduras del hombre y escudriñar la verdad social de su tierra.

La Argentina esplendorosa que durante mi viaje admiré en su apariencia física, esa Argentina tan encantadora y galante con el turista, no estaría completa sin la otra Argentina, la invisible, la profunda, la de adentro, la que escruta Mallea con dolor de patria. Todos los países tienen dos caras: la externa y la interior. Asimismo, el hombre está formado por dos elementos: su presencia física y su región espiritual. Es decir, por su cuerpo y por su alma.

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