CRÓNICAS Y ENSAYOS- JULIO
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«Cada instante es un país vivido, cada palabra, una frontera cruzada.«
EL SEÑOR DE LOS ANILLOS- ENSAYO
Luz Fontana / Italia
Los libros de El Señor de los Anillos, escritos por J.R.R. Tolkien, no son sólo novelas de aventuras. Son una declaración profunda sobre la amistad, el poder, la corrupción, y la resiliencia frente a la oscuridad. Aunque muchas personas ,conocen la historia a través de las películas, leer los libros despierta una experiencia distinta, más íntima y reveladora.
El texto que respira profundidad
Tolkien, filólogo apasionado, construye no solo una historia sino un universo: con idiomas propios, mitologías, mapas, genealogías y leyendas. La Tierra Media no es escenario sino protagonista. Cada página contiene capas de significado, desde lo épico hasta lo contemplativo.
Leer la trilogía –La Comunidad del Anillo, Las Dos Torres y El Retorno del Rey-, permite descubrir matices que el cine no puede capturar: el pensamiento de Frodo, los silencios de Sam, la lucha interna de Gollum, o la nobleza casi mística de Aragorn. La voz narrativa de Tolkien, serena y elegante, transporta con un ritmo que es más lento que el cine, pero más envolvente.
El poder del anillo como metáfora
El Anillo Único representa mucho más que un objeto mágico: es un símbolo de poder absoluto, capaz de corromper incluso al más puro. Tolkien, que vivió las dos guerras mundiales, entendía cómo el poder sin límite podía desfigurar lo humano. La caída de Saruman, el tormento de Boromir, y el sufrimiento de Frodo son reflejos de esta tensión universal.
Naturaleza, nostalgia y lo perdido
Uno de los aspectos más emotivos del libro es la presencia constante de la naturaleza. Los Ents, los bosques antiguos, el Shire… todo habla de una nostalgia por lo que fue, por los espacios que se pierden ante el avance de la guerra y el dominio. Tolkien parece susurrarnos: “la belleza está en lo sencillo, y no debemos olvidarla”.
La luz que resiste
Más allá de batallas épicas y caminatas eternas, El Señor de los Anillos es un canto a la esperanza. A la bondad silenciosa que cambia el mundo. Frodo no vence por fuerza, sino por perseverancia; Sam no brilla por estrategia, sino por amor. Es esa luz interior la que sostiene la historia, y tal vez por eso, sigue tocando corazones en todos los hemisferios.

ENTRADA RESTRINGIDA
Leila Guerriero / España
Si la Iglesia Católica ha perdido miles de fieles, ¿no convendría confiar en la posibilidad de que un curioso entrara, fuera tocado por el rayo de la fe y se transformara en devoto?
Estaba hace poco en Palma de Mallorca. Salí a caminar. Llegué a una iglesia. En la entrada había dos carteles con la señal de “Prohibido el paso”, y la frase: “Entrada restringida. Solo para quienes acudan a misa”. Aunque no tengo fe, me interesa la fe de los otros: entro a las iglesias, escucho los rezos, observo la devoción. Pero ese cartel era un freno a mi curiosidad irrespetuosa, así que me fui. Supuse que estarían hartos de la irrupción de turistas sacando fotos como si aquello fuera un zoológico y no un sitio de recogimiento, pero me pregunté cómo confirmarían que alguien efectivamente entraba para asistir a la misa y no para curiosear. ¿Exigirían el recitado del Credo, someterían al paseante a un múltiple choice de contenido religioso? En todo caso, me pareció que el cartel era publicidad en contra. Si la Iglesia Católica ha perdido miles de fieles, ¿no convendría confiar en la posibilidad de que un curioso entrara, fuera tocado por el rayo de la fe y se transformara en devoto? Después de todo, los católicos creen en cosas más extrañas, como la santísima trinidad o el embarazo de una virgen. Mientras caminaba, imaginé el consultorio de un psicoanalista en cuya puerta se leyera “Entrada restringida. Solo para pacientes interesantes”. ¿Y la posibilidad de toparse con lo impredecible, de descubrir que nos gusta mucho aquello que pensábamos que no? El cartel, además, contradecía la idea de acogida que promueve la Iglesia arrojando el mensaje opuesto: estamos encantados con nosotros mismos, no necesitamos a nadie más. Al día siguiente, un señor con quien comenté el asunto me explicó que ese cartel está allí ―y en muchas otras iglesias― para impedir que la gente entre gratis: “Si hay misa, no se puede cobrar la visita. Les da igual lo de la fe. Lo que quieren es que pagues”. Así fue como todas mis disquisiciones me parecieron cándidas y nobles comparadas con las maniobras financieras de la Empresa de Dios.

MEMORIA EN TRÁNSITO. ENTRE ACRÓPOLIS Y NILO
Elspeth Gormley / España
Corría el año 1987. Cinco noches sobre aguas mediterráneas en un ferry que se balanceaba entre sueños, charlas y el rumor persistente del mar. La parada en El Pireo no fue solo un descanso: fue una respiración de historia, un paseo por Atenas con la Acrópolis asomando majestuosa, incluso envuelta en andamios, como una diosa en plena renovación. Desde el monte Licabeto, la ciudad brillaba como un mapa estrellado. Pero el viaje no había hecho más que empezar
Aquel paseo no era sólo turismo: era un rito silencioso de encuentro con lo ancestral. Cada piedra parecía querer contar su versión de la historia, y nosotros escuchábamos sin saber que ese asombro sería apenas la primera página del viaje.
En ese momento estaba en obras, pero no por eso dejaba de ser increíblemente majestuosa. La Acrópolis es una antigua ciudadela fortificada situada en lo alto de Atenas. Considerada la cuna de la civilización occidental y símbolo de la democracia, su nombre significa “ciudad alta” en griego. El conjunto arquitectónico incluye el Partenón, el Erecteión, el Templo de Atenea Niké, los Propileos y el Odeón de Herodes Ático.
Después de la visita, fuimos a comer al monte Licabeto. La vista desde el restaurante era bellísima: se podía contemplar todo Atenas extendido como un mapa luminoso.
Regresamos al barco… y dos días más tarde llegamos a Egipto.
Desde la cubierta, mientras el sol comenzaba a pintar de dorado las aguas, la policía egipcia subía al ferry. Miraban los pasaportes, los sellaban, y explicaban a los turistas cómo debían proceder con las compras, el cambio de moneda, y algunas normas de comportamiento.
Allí comenzaba otro viaje, distinto, profundo, envuelto en arena y misterio.
Luego de aquel desembarco en Alejandría, el aire olía a especias y mar. Mientras la policía egipcia revisaba pasaportes y daba instrucciones con gestos firmes y palabras casi ceremoniales, uno sentía que estaba a punto de entrar en otra dimensión -un país que no solo conserva ruinas, sino también secretos que no se han dicho-.
Alejandría y sus ecos Las calles eran un collage de carteles árabes, vendedores ambulantes y arquitectura desgastada por el salitre. El contraste entre las palmeras y los edificios coloniales nos hacía sentir como si el tiempo no se midiera en años, sino en capas. Visitamos la moderna Biblioteca Alejandrina, aún reciente en aquella época, y contemplamos el Mediterráneo como quien busca en él los libros perdidos de la Antigüedad.
El Cairo, ciudad de mil voces. Entre bocinazos, palomas, y niños correteando, El Cairo se desplegaba como un caos organizado. Subimos a la Ciudadela de Saladino, y desde allí la vista era infinita: mezquitas, barrios, humo, historia. Visitamos el Museo Egipcio, donde la máscara de Tutankamón nos miraba como si supiera más de nosotros que nosotros mismos.
Las Pirámides de Giza Ahí estaban. Inmutables. Gigantes. No hay foto ni documental que iguale el silencio que las rodea. El calor pegaba, los camellos pasaban sin apuro, y el viento traía arena con vocación de eternidad. Nos sentamos frente a la Esfinge y alguien susurró: “Aquí no se viene a mirar, se viene a recordar”.
Navegar el Nilo Tomamos una faluca pequeña. El agua era oscura pero tranquila, como si guardara todas las historias. En la orilla, mujeres lavaban ropa, niños saludaban y el río seguía su curso sin mirar atrás. Esa tarde, escribí una frase en mi diario: “Viajar no es ir lejos, es volver distinta”.
Aquella noche, las luces de El Cairo se apagaban lentamente mientras el barco partía en silencio. Días después, regresamos a España. Pero yo ya no era la misma. Egipto me había tocado el alma —y algunas partes de mí todavía siguen allí, entre las aguas del Nilo y las piedras que susurran historia.

LITERATURA Y FICCIÓN
La confluencia entre realidad y ficción – El papel de la ficción en la literatura
Carlos Pérez de Villarreal / Argentina
2da Parte – Su importancia
Siendo una de las formas de locución artística, la literatura permite el desarrollo de una de las particularidades de la humanidad toda… el lenguaje. Y ha producido cambios sustanciales en la cultura y nuestra forma de pensar. La imaginación y la creatividad son nuevos elementos a ser tenidos en cuenta. No tenemos una clasificación de la misma, pero a grandes rasgos podemos decir que su tipología más frecuentes es: la oral, antigua, clásica, contemporánea, vanguardista, mística, romántica, de ciencia-ficción, realista, fantástica. En cuanto a los géneros modernos citamos: poesía, narrativa y dramaturgia.
Terry Eagleton (crítico literario británico nacido en 1943), a partir del texto denominado ¿Qué es la literatura?, introducción de su obra más conocida «Una introducción a la teoría literaria», supone que los cimientos de esta teoría deberían estar terminados, pero aún no se ha encontrado la respuesta. La cuestión origina una gran discusión y la solución está lejos de percibirse. Su conjetura es que a partir del Siglo XVII se comienzan a distinguir las obras literarias entre “hechos” y “ficción”. Pero esta teoría muestra temas en que los escritos afines con historias de esa época, dejan establecido perspectivas filosóficas que en la actualidad se leen como literarias o textos científicos-históricos. Tampoco es estimable diferenciar en algunas obras históricas, el uso de un lenguaje “novelístico” entre la “historia” y lo “artístico. Eagleton expresa que los formalistas rusos son importantes en la historia de la crítica. El término «formalismo ruso» designa un movimiento intelectual que marca el nacimiento de la teoría literaria y de la crítica literaria como disciplinas autónomas y que también tuvo su influencia en la evolución de los estudios lingüísticos. (1915 – 1916). Entre los principales investigadores del movimiento figuran Víktor Shklovski -considerado el padre del formalismo-, Borís Tomashevski, Yuri Tyniánov, Borís Eichenbaum, Vladímir Propp y Román Jakobson.
Desechan los conceptos sociológicos, políticos, o cualquier otra característica fuera de lo formal. Se vuelve un objeto de estudio científico, se analizan sus partes descubriendo la conformación de los textos. El “texto literario” se explicita en el lenguaje. Lo literario, entonces, usa figuras retóricas del pensamiento, logrando un efecto que va más allá del lenguaje mismo.
Pero, de acuerdo a quien reciba el mensaje, oraciones comunes u otros términos pueden considerarse textos literarios. A su vez las normas no se mantienen invariables, sino que cambian y lo literario se vuelve más confuso. Eagleton después de estas cuestiones, respalda una postura que defiende la manera que tiene cada persona de leer. No importa lo que el autor dice, sino lo que busca el lector. Cualquiera puede leer un texto informativo como literario y viceversa. Surge claramente que lo literario llama la atención sobre sí mismo. El discurso se hace “referente” (función poética de Jakobson). Se centra en el mensaje. Produce un efecto especial en el destinatario: goce, emoción, entusiasmo, etc.
El autor avanza en sus conceptos, para establecer que lo literario no es un cúmulo de matices de una obra determinada, sino la manera en que el lector se conecta con lo escrito. La literatura no tiene una naturaleza definitiva, solo es una construcción, una convención necesaria. No tiene un carácter real. No pasa por lo funcional, sino por lo que se considera “bien escrito”. Se centra en el conocimiento que tenemos en una época determinada. En consecuencia no se la puede estudiar como algo objetivo, ya que siempre la veremos desde nuestro enfoque personal.
La literatura está siempre en un proceso de “reescribirse”. Cada persona tiene una manera diferente de ver el mundo, por eso es imposible valorarlo en forma desinteresada. Estos valores se relacionan con la ideología, las maneras de percibirlo y creencias -tal vez inconscientes-, que entran en contacto con nosotros. Eagleton proclama que aunque la literatura no puede ser objetiva, tampoco es totalmente subjetiva porque los juicios de valor de los individuos son originados y formados en los grupos sociales dominantes, y con ello va implícito ese mismo pensamiento que transmiten. Fíjense la dicotomía de todos estos pensamientos.
Ficción
La palabra ficción deriva del latín fictus, que significa «inventado», derivado del verbo fingiere, «fingir». Y es el nombre que tiene el género opuesto a la «no-ficción» de las crónicas, ensayos y novelas, que se ciñen lo más fielmente posible a la realidad.
La ficción literaria, nos permite expresar con palabras, hechos no reales, donde los personajes forman una historia importante y particular de la misma Es la imaginación llevada al límite, donde cada uno de sus exponentes expresa una determinada historia, con las particularidades que le imprime cada escritor. ¿Qué buscamos cuando escribimos ficción…? que los lectores perciban la trama que escribimos, que incluye diversos elementos dentro de la historia, desarrollo de la acción y profundidad psicológica. Estimo que es un aspecto propio de nuestra especie, que muestra el grado de evolución que nos permitió acceder a complicados horizontes de formación social a través de lo imaginario. Así lo establece el Historiador Harari (Yuval Noah Harari es un historiador y escritor israelí de origen judeopolaco, profesor en la Universidad Hebrea de Jerusalén. Entre sus obras se encuentran Sapiens: De animales a dioses, Homo Deus: Breve historia del mañana y 21 lecciones para el siglo XXI)
Podríamos considerar que, aparte de la oralidad que deviene de tiempos primitivos, tenemos varios arquetipos principales de géneros de ficción: misterio, suspenso, ciencia ficción, romance y fantasía; y alguna de sus formas pueden ser: cuento, novela corta (nouvelle) y novela, sin soslayar la historieta, la cinematografía o incluso, el imaginario popular. ¿Acaso no tenemos leyendas urbanas? También nos cabe aseverar que de acuerdo al tipo de recursos estilísticos que usamos, podríamos hace una especie de categorización:
Fantástica: mundos donde todo es posible debido a la magia (hechicería, brujería), los fantasmas (espectros, apariciones), las fuerzas sobrenaturales, etc. Realista: intenta parecerse al mundo real. Ciencia Ficción: que originalmente fue tomado como un subgénero, pero que se ha convertido en esta contemporaneidad en una extrapolación del alegato científico.
La Ficción es inventada, necesitamos usar nuestra imaginación cuando la estamos escribiendo. Una historia de Ficción debe establecer su propio mundo, otorgarle la mejor decoración, ofrecer una credibilidad y coherencia, el proceso de la trama, la creación de personajes, el lenguaje y el desenlace de nuestra historia. Por ello decimos que todo cuento, novela corta o novela, debe tener un principio, un medio y un final y si este último es sorprendente, mejor. Cortázar, a quien le gustaba el boxeo, solía decir que una novela gana por puntos, mientras que un cuento gana por knock-out. El final debe girar 180 grados para darle esa etapa de suspicacia que sobrecoge al lector.
Por otro lado Antón Chéjov, explicaba su principio narrativo de la siguiente manera “Si en el primer acto has colgado una pistola en la pared, en el siguiente debes dispararla. De lo contrario, no la coloques allí.”


