CRÓNICAS Y ENSAYOS – JULIO

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Cronicas

Las crónicas nacen donde la vida se detiene a pensar.

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COLABORAN

Maren Alberdi – España

Miriam Alberganti – Argentina

Ilka Oliva-Corado – Estados Unidos

Elspeth Gormley – España

Gustavo Páez Escobar – Colombia

Beatriz Villacañas – Españ

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DESDE LA LADERA DEL BAZTÁN

Maren Alberdi España

Sentada en la ladera, puedo ver todos los pueblecitos del Valle de Baztán como si fueran semillas antiguas esparcidas por una mano divina. Aquí, en esta tierra húmeda y profunda, nada es solo paisaje: todo es mito, memoria, susurro, presencia. El Baztán no tiene una sola leyenda: es un territorio donde la mitología vasca respira como si fuera parte del aire, del musgo, del agua que corre entre piedras.

En estas montañas, el bosque no está solo. Nunca lo está.

Aquí vive el Basajaun, el Señor del Bosque, gigante corpulento cubierto de vello espeso, con una cabellera que le llega hasta las rodillas y un pie humano y otro de pezuña redonda. Cuando el viento cambia, cuando los lobos rondan, cuando la tormenta se acerca, él grita. Y sus gritos no son amenaza: son aviso, son protección, son la voz antigua que cuida del ganado y de los hombres que aún creen en la montaña.

Dicen que fue él quien enseñó a los humanos a trabajar el hierro, a cultivar el trigo, a entender la tierra. El primer herrero. El primer agricultor. El primer maestro. El primer guardián.

Y si el bosque tiene dueño, el agua también.

En los arroyos limpios, en las cuevas húmedas, en los saltos de agua escondidos, viven las lamias, esas criaturas hermosas y extrañas que peinan sus cabellos rubios con peines de oro. Mitad mujer, mitad animal. Mitad belleza, mitad misterio.

En la Cascada de Xorroxín —un salto de agua de cuatro metros donde nace el río Baztán— la poza profunda se llama Lamiputzu, el pozo de las lamias. Y allí, cuenta la tradición, una lamia se enamoró de un pastor. Lo amó con la fuerza de las aguas que nunca se detienen. Pero él la rechazó. Y su tristeza fue tan grande que su llanto creó un caudal eterno que aún hoy alimenta la magia de ese rincón.

Dicen que si te acercas en silencio, puedes escuchar el rumor de su pena mezclado con el agua. Dicen que si miras bien, entre la espuma aparece un destello dorado: el peine que nunca dejó de usar.

Yo, sentada en esta ladera, siento que el Baztán no es solo un valle. Es un territorio donde la realidad y la leyenda se dan la mano sin pelear. Donde el bosque tiene dueño. Donde el agua tiene alma. Donde las montañas guardan secretos que no necesitan explicación.

Y mientras el viento me roza la cara, pienso que quizá por eso este valle me llama desde siempre: porque aquí la mujer que soy se encuentra con la niña que fui, y ambas entienden que hay lugares donde la vida no se cuenta… se recuerda.

“En algunos lugares la mitología no es cuento: es la forma que tiene la tierra de hablar.”

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CÓMO NACIÓ Y EVOLUCIONÓ EL CASTELLANO

Miriam Alberganti – Argentina

El castellano —o español— es una lengua nacida del encuentro, la mezcla y la transformación. Su origen se remonta al latín vulgar que los romanos llevaron a la península ibérica, pero su desarrollo posterior es el resultado de siglos de convivencia entre pueblos muy distintos: íberos, celtas, romanos, visigodos, árabes, judíos y, más tarde, las culturas indígenas de América. Hoy es una de las lenguas más habladas del planeta y continúa expandiéndose y cambiando.
1. El origen: del latín a las primeras formas del castellano

Cuando Roma conquistó la península ibérica, el latín vulgar se impuso como lengua administrativa y cotidiana. Ese latín se mezcló con las lenguas prerromanas —íbero, celtíbero, tartesio y el euskera, que aún perdura— y dio lugar a las primeras variedades romances.

Tras la caída del Imperio romano, los visigodos aportaron algunos términos y estructuras, y más tarde, la llegada de los árabes dejó una huella profunda en el vocabulario, la ciencia, la agricultura y la vida cotidiana. Palabras como acequia, almohada, azúcar, ojalá o albahaca son herencia directa de esa convivencia.

El castellano, por tanto, no nació de todas las culturas por igual, pero sí se enriqueció con aportes sucesivos que lo hicieron más complejo y diverso.

2. La expansión hacia América

En el siglo XVI, el castellano cruzó el océano. Los colonizadores llevaron consigo una variedad del español con fuerte influencia andaluza, ya que muchos procedían del sur de España.

En América, el castellano se transformó aún más: incorporó palabras indígenas como canoa, cacique, maíz, hule, chocolate, aguacate o tomate, y convivió con lenguas como el náhuatl, el quechua, el guaraní y el mapudungún.

Hoy, el español de América es tan legítimo como el peninsular, y juntos forman una lengua viva, plural y en constante movimiento.

3. Una lengua que sigue creciendo

El castellano continúa evolucionando gracias a:

  • la migración
  • los medios de comunicación
  • la ciencia y la tecnología
  • la globalización

De ahí provienen italianismos como piano o soneto, galicismos como garaje o pantalón, y anglicismos como fútbol, vagón o champú. También han surgido neologismos como internet, ciberespacio, globalización o desburocratizar.

Hoy el español es:

  • la segunda lengua materna más hablada del mundo,
  • una de las más estudiadas en Europa,
  • y el segundo idioma más usado en Estados Unidos.
4. La literatura medieval: juglares y clérigos

En la Edad Media, el castellano comenzó a tomar forma literaria.

Mester de juglaría

Los juglares del siglo XII transmitían oralmente historias de héroes y gestas. Su obra más emblemática es el Poema de Mío Cid, donde la figura histórica de Rodrigo Díaz de Vivar se convierte en un héroe legendario.

Mester de clerecía

En los siglos XIII y XIV, los clérigos comenzaron a escribir en lengua romance para enseñar y difundir conocimientos. Sus textos eran cultos, en verso y con intención didáctica. Entre sus autores destacan Gonzalo de Berceo y Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita.

5. Alfonso X: el rey que hizo del castellano una lengua de cultura

Alfonso X el Sabio (1221–1284) impulsó un proyecto cultural sin precedentes. Reunió en su corte a cristianos, musulmanes y judíos, y creó escuelas de traductores que llevaron al castellano obras fundamentales: la Biblia, el Corán, el Talmud, textos científicos, históricos y jurídicos.

Bajo su mandato se escribieron:

  • las Cantigas de Santa María (en gallego),
  • el Fuero Real,
  • la Primera Crónica General,
  • la General Estoria,
  • y los Libros del saber de Astronomía, con las célebres Tablas Alfonsíes.

Gracias a él, el castellano dejó de ser solo lengua hablada y se convirtió en lengua de ciencia, historia y derecho.

Conclusión

El castellano no es solo un idioma: es una historia viva. Una lengua que nació del latín, se enriqueció con culturas diversas, cruzó océanos, se mezcló con pueblos indígenas y hoy sigue creciendo con cada generación.

Es, en esencia, una lengua de encuentros.

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ATOL DE MOSH

Ilka Oliva Corado – Estados Unidos

Rufina saca un poco de comida y la echa en el comedero de los pajaritos, después llena el recipiente de agua y los cuelga de nuevo en el árbol. De allí se alimentan también los patos silvestres, las ardillas y de vez en cuando las liebres a las que ella llama conejitos silvestres, todos se amontonan al pie del árbol a disfrutar la comida que cae desde la rama.  Por inercia al final de la primavera siempre quiere sembrar máiz, frijol y maicillo. Ayote y güisquil para que se enreden en el árbol y se vayan en puro vicio para arriba, como las flores de campana y las buganvilias en el palo de jocote y en el matasano en la casa de sus abuelos en San Ixtán, Jalpatagua. 

Ese árbol que es una especie de pino de los que usan para navidad en Estados Unidos, por días parece ciprés y cuando la nostalgia se acurruca en las persianas de la ventana en los días de otoño, aparece entre las ramas el musgo blanco y las orquídeas de la tierra donde dejó el ombligo. Rufina entonces hace atol de mosh y compra pan francés, para elaborar paso a paso el ritual que realiza solo en los días en los que el clima ablanda el hierro fundido que acoraza su alma, para reencontrarse con las manos morenas de la niña que fue. 

Absorta las admira, las acaricia y las besa. Manos hacedoras, que crean, que juegan, que trabajan, que sueñan, que hilan, manos que emigraron para seguir sobreviviendo. Entonces Rufina, tosca y ruda como las generaciones de mujeres que la antecedieron en su árbol genealógico, poco a poco comienza a quitarle los siete candados a su puerta y asoma lentamente hacia la luz que irradian las manos morenas de la niña que habita en su espíritu. 

Emocionada por la aparición comienza a contarle cuentos, le lee libros, le compra acuarelas, le cocina su comida favorita, la peina, le enseña a lustrar sus zapatos y a forrar sus libros. La baña con jabón de coche, le quita lo percudido con un pashte natural y al final la perfuma con Agua Florida. La niña de manos morenas ya sabe tortear, remendar sus calcetas y el ruedo de su uniforme, rajar leña, ordeñar las vacas, hacer queso, crema y mantequilla de costal. Secar la carne, hacer adobe, acuñar las tejas del techo, capar los marranos y descuartizar las gallinas para el caldo. Ayuda a su abuela a hacer los comales, las ollas y los cántaros de barro que salen a vender los fines de semana a Comapa. 

En verano con el canto de las chicharras y la luz de las luciérnagas la niña aparece de nuevo antes del amanecer, con el canto de los gallos que habitan en la memoria de Rufina, su reloj natural está en sintonía con el horario en el que los zacatales sazonan y los mozotes comienzan a pegarse en las mangas de los pantalones para la época del ayote en rapadura, el atol shuco y el máiz salpor. Para cuando Rufina acuerda la niña ya le tiene el café servido, endulzado con rapadura canche, Rufina lo toma así, le da pena decirle que desde hace años toma el café sin azúcar, es que si se lo dice la niña le va a decir que ya aprendió las mañas de ese país y que es capaz también hace ayuno intermitente y que quiere bajar de peso para andar como cadáver con las ropas cáidas. 

Rufina que no cree en el petate del muerto ha comenzado a rezar para que la niña no abra la puerta de la refri y se encuentre con los jugos verdes. Y ojalá que no haya abierto los gabinetes porque le va a ir a contar a todos a la aldea que la Rufina se agringó porque ahora compra multivitamínicos y suplementos con colágeno no sé qué. Qué más colágeno que el caldo de patas le va a decir. Rufina comienza a sudar solo de imaginarse y salta de la cama, la niña le tostó tortillas para que le eche al café. 

Claro, es su versión más joven, es la versión de su infancia, claro que le tostará tortillas para echarle al café y le pasará un banano para que también le eche, por supuesto que endulzó el café con rapadura. Rufina le agradece inmensamente la delicadeza de prepararle el desayuno, la niña se disculpa por no servirle leche de vaca con tortillas tostadas y frijoles parados, pero es que no hay leche en esa casa y mucho menos frijoles. Rufina le quiere explicar que los frijoles le dan gases y que la leche la inflama, pero mejor cierra el pico antes de que la otra la agarre a leñazos y el arrastre de las crines por toda la casa.

Esa niña dulce, rebelde, tartamuda, despeinada, es la médula espinal de la mujer que es hoy en día.  Rufina la abraza, quiere protegerla, y le dice que ella ha hecho bien en jugar pelota, en treparse a los árboles, en jugar cincos, trompo, yoyo, en montar los caballos a pelo, en ponerse pantalón de lona y camisa a cuadros como su abuela.  Que tiene derecho a que no le gusten los vestidos y que si cuando crezca no quiere maquillarse que no lo haga. Que si no se quiere casar que no se case y si no quiere tener hijos que no los tenga tampoco. Que es dueña absoluta de su sexualidad y de su cuerpo, que en su cuerpo solo decide ella. Le repite que la admira porque jamás creyó en que las frutas se argeñan si se sube una mujer a los árboles. Que le fascina su tenacidad y lo indomable de su carácter, la necedad y su pelo sin peinar, el gran charral, la rebelión de tener su pelo suelto. De atreverse a dar su opinión, a preguntar, a no quedarse con la duda, su instinto silvestre, propio del monte, una mula sin domar. 

Con el amanecer la niña ha desaparecido, afuera comienzan a picar los mosquitos y los zancudos, Rufina se sirve un vaso de fresco de semilla de ayote y ajonjolí y saca su libro y se sumerge en las historias venidas de otros tiempos, escritas en otros parajes, en otra cultura, con distinto idioma, para entregarse a ella, migrante de mil caminos desde su infancia. 

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VIAJANDO POR RUSIA

Elspeth Gormley – España

Desde que era niña tuve un deseo: conocer esa tierra lejana y misteriosa que para nosotros era Rusia. En aquellos tiempos, la Unión Soviética parecía un mundo inaccesible. Leía a los clásicos rusos desde los catorce años y mi imaginación se llenaba de vivencias no vividas, pero deseadas, influenciadas por esas novelas maravillosas que me enseñaban el alma de un pueblo oprimido y castigado: primero por las invasiones constantes, fruto de la codicia del poder, y después por el yugo omnipotente de la riqueza zarista ante el campesino sometido, el mujik, el humilde funcionario que debía demostrar dignidad bajo su traje raído mientras en su tugurio, compartido con otras familias, se hacinaba una prole acuciada por el hambre y la enfermedad.

Las penurias del estudiante entre pan, buhardillas y libros mugrientos, luchando por labrarse un porvenir en la sociedad que le tocó vivir. Esa es la crudeza dulzona de Fiódor Dostoievski y de Máximo Gorki, suavizada por el humor satírico de Anton Chéjov, el romanticismo de León Tolstói y la dulzura de Turguéniev. Yo deseaba vivir su arte, su alma, su historia.

Y un día, el 24 de agosto de 2017, cumplí mi gran deseo: volé hacia esa tierra soñada que durante tantos años había pintado en el gran lienzo de mi mente.

Llegamos muy de mañana a San Petersburgo y el calor ya acuciaba. Después del desayuno en un local subterráneo tapizado de maderas oscuras, nos dirigimos a un lujoso hotel en el centro de la ciudad, frente al Ministerio de Asuntos Exteriores. Hicimos una visita panorámica en bus y vi San Petersburgo tal como la había soñado: señorial, majestuosa, obra dirigida por un zar caprichoso y activo como Pedro I. La ciudad es un compendio de lo más bello de Europa.

Numerosos canales la atraviesan, y el río Neva, bajo puentes monumentales, la cruza majestuoso en busca del mar, escoltado por magníficos palacios y catedrales de cúpulas multicolores donde predomina el fulgor del oro. Las estatuas presiden plazas y jardines, sin distinciones, destacando a sus principales estadistas.

Y el arte… cuánto arte en San Petersburgo. Los museos predominan, y el Ermitage, a la misma orilla del Neva, lo rubrica: un museo grandioso donde se reúnen las más bellas obras de arte por capricho, obra y gracia de Catalina II La Grande.

La música, la danza… Tuve el privilegio de asistir al Teatro Nacional Mariinsky y escuchar y ver el alma de Tchaikovsky en El lago de los cisnes, interpretado por el Ballet Nacional y la Orquesta Filarmónica de San Petersburgo. ¿Habrá mejor sueño realizado?

Y la religiosidad del pueblo ruso… No soy católica, pero nunca sentí a Dios tan cerca como en la misa ortodoxa que pude oír en Nuestra Señora de Kazán. La gente siempre de pie ante la cara de Dios. Las mujeres, jóvenes y mayores, cubiertas con pañuelos. No hay bancos ni reclinatorios, y la polifonía —siempre en directo— se mezcla con los mosaicos de esmalte y oro que cubren por completo el interior de los templos. Aquella mañana de domingo mis ojos se empañaron.

Salimos en un tren diurno hacia Moscú y llegamos ya declinada la tarde. Al poner pie en tierra, el semblante de todos era el mismo: descompuesto. Aquello era una auténtica caldera. Además del intenso calor, una niebla que no era niebla, sino humo espeso, no dejaba ver más de veinte metros. Ya estábamos advertidos por las noticias internacionales de que Moscú estaba sitiada por el fuego, pero nunca imaginamos tal magnitud.

Nos fuimos preocupados al hotel, un cinco estrellas donde todo era confort y lujo, y allí tratamos de tranquilizarnos. Como los medios de transporte y los lugares de visita estaban acondicionados, era soportable, pero el panorama de la ciudad aquel primer día era desolador.

Visitamos la Plaza Roja con mascarillas, porque el humo secaba las gargantas, y tuvimos que usar gafas de sol para proteger los ojos. La temperatura era de 42 grados. Al día siguiente tuvimos una tregua: el ambiente se aclaró, aunque el calor seguía siendo insoportable. Volvimos a la Plaza Roja y pudimos admirar su grandiosidad con algún rayo de sol.

Visitamos el Kremlin, que nunca imaginé como una gran ciudad amurallada que guarda maravillosas catedrales de cúpulas doradas, hermosos museos, edificios estatales y preciosas plazas y jardines. Allí, tras los muros rojos de su muralla, nos maravillamos con el Museo de la Armería. Nunca pude imaginar tanta riqueza reunida.

Y el metro… jamás vi una obra de tal magnitud en arte y buen gusto.

Al tercer día hicimos una visita nocturna en bus. Moscú es una ciudad monstruo por su grandeza. Nunca imaginé tanta hermosura: la Universidad, la Plaza de la Reverencia con su gran obelisco coronado por figuras al aire, esa fuente kilométrica de surtidores rojos como la sangre… y las grandes avenidas, todo iluminado con exquisito gusto.

Y aquella noche llovió. Sí, llovió entre una gran tormenta de viento y aparato eléctrico, y la mañana amaneció fresca y radiante, sin calor y sin humo. Pudimos despedirnos de Moscú bajo el sol y un cielo azul.

A veces una cruza fronteras para descubrir que el verdadero territorio que se transforma es el que llevamos dentro

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DOS CÁRCELES LITERARIAS

Gustavo Páez Escobar – Colombia

Dos cárceles famosas en la historia de la literatura son las de Reading, en Inglaterra, y la de Lecumberri, en Méjico. Si por allí no hubieran pasado Óscar Wilde y Álvaro Mutis, no tendrían la nombradía que obtuvieron desde que ellos las honraron como presidiarios. Con estas circunstancias caprichosas del destino se unen dos mundos y dos tragedias, tanto alrededor de los personajes y sus carreras líricas, como de los vejámenes que sufrieron en la cárcel, gracias a los cuales la literatura ganó dos obras maestras: “Balada de la cárcel de Reading”, la de Wilde, y “Diario de Lecumberri”, la de Mutis.

Tanto Wilde como Mutis eran poetas destacados en el momento de su reclusión, y después lograrían mayor celebridad. Hacían parte de los altos círculos sociales de sus países y eran los perfectos dandis de sus épocas, dados además a la buena vida, el hedonismo, el afán de notoriedad, el exhibicionismo e incluso la extravagancia. Ambos estudiaron en otras naciones, y los dos fueron lectores apasionados desde muy jóvenes. Uno y otro protagonizaron intensos escándalos sociales: Wilde por sus relaciones homosexuales, y Mutis por un desfalco en la compañía donde trabajaba.

Fueron a presidio a edades parecidas: Wilde a los 41 años, Mutis a los 36. El tiempo del cautiverio fue también similar: 24 meses el uno, 15 meses el otro. Ambos, por los días de su adversidad, mantenían relaciones sentimentales con gente de la nobleza: Wilde con un lord, Mutis con una condesa. En fin, un cúmulo de extrañas similitudes concurren en estos sucesos, ocurridos con 64 años de distancia, y los convierten, a pesar del fondo amargo que poseen, en capítulos apasionantes de la comedia humana.

Óscar Wilde nace en Dublín en octubre de 1854. Su padre era un oftalmólogo de prestigio, y su madre tenía afición por la poesía y la bohemia. De ella heredó el temperamento y la vena literaria. En la Universidad de Oxford sobresalió en letras clásicas y en humanidades, y bien pronto se manifestó su placer por la literatura clásica de todos los tiempos. Su indudable vocación lo llevó a hacerse notar, por cuanto medio encuentra a la mano, en los círculos intelectuales de Londres.

Desde temprana edad aparecen sus inclinaciones homosexuales. En la propia universidad se hacen evidentes sus relaciones con otros compañeros. Esta conducta comienza a escandalizar a la sociedad, pero él pasa por encima de los prejuicios y las murmuraciones para mostrarse como lo que es. En 1884, a los 30 años de edad, rodeado de una serie de irreverencias y extravagancias, se casa con Constance Lloyd, joven agraciada y dueña de cierta fortuna, a quien tampoco parecen importarle los chismes que circulan alrededor de su elegido. El matrimonio logra estabilidad por varios años y en él llegan dos hijos que hacen la felicidad de la pareja.

Su horizonte literario se amplía luego de sus viajes a Nueva York y París, ciudad donde se vuelve amigo de famosos escritores: Hugo, Daudet, Mallarmé, Zola, Verlaine. Su nombre consigue los mayores reconocimientos de la crítica, mientras su desprecio de las costumbres imperantes lo hace detestable ante la ortodoxa sociedad inglesa. En 1889 escribe un relato que no deja duda sobre su naturaleza homosexual, hecho que refrenda al año siguiente con “El retrato de Dorian Gray”, la única novela que escribe y que se convierte en su obra más renombrada. El homosexual que hay en esta obra es una pintura del alma del propio autor. Por esta época su unión conyugal con Constance es cada vez más frágil, y poco tiempo después llega el rompimiento definitivo.

En 1890 conoce al lord Alfred Douglas, apuesto mancebo, hijo de un marqués, con quien inicia una amistad tempestuosa que alborota el avispero londinense. Las intervenciones del marqués no logran nada distinto de unir más a la pareja, la que muestra arrestos suficientes para romper con la moral burguesa e irse a Argelia en un viaje desafiante, hecho que desencadena la inmediata reacción del padre iracundo, quien acusa al escritor de conducta licenciosa y escándalo público. A raíz del denuncio, Wilde es detenido en 1895 y llevado a la cárcel de Holloway.

Tras un sonado proceso judicial, el poeta es condenado a trabajos forzados y, luego de pasar por varios establecimientos penitenciarios, termina en la cárcel de Reading. En uno de los traslados de penal aparece vestido de presidiario y con el pelo rapado, y el público lo hace objeto de escarnios y ultrajes. En la última cárcel presencia, horrorizado, la muerte en la horca de un recluso de 30 años, y la sevicia que se ejerce sobre el criminal –quien en un rapto de locura había matado por celos a su esposa– mueve sus más íntimas fibras de estupor y conmiseración. Este cuadro macabro, sumado a los oprobios sufridos en la mazmorra, inspiran su célebre “Balada”, que es una protesta por la crueldad del hombre y una voz de ternura por la tragedia de los infelices.

Óscar Wilde sale de la cárcel en mayo de 1897 y ese mismo día se marcha de Inglaterra y nunca más regresa. Muere en París, a la edad de 46 años, el 30 de noviembre de 1900. Solo un siglo después, tolerante ya con la condición homosexual que se ha destapado en el mundo entero, Inglaterra rectificará ante la historia aquel acto reaccionario y despiadado, obra del fanatismo y la mojigatería social.

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CHESTERTON O CÓMO NO SER HIJO DE SU TIEMPO

Beatriz Villacañas – España

Bien es sabido que en la obra de Gilbert Keith Chesterton se percibe vocación de permanencia. Y no sólo porque la obra de Chesterton, dado el genio lúcido de su creador, es, en sí, permanente, sino por la firme creencia, lo que podemos llamar fe, en lo permanente que caracteriza la personalidad y la obra del autor inglés. Frente al “Carpe diem”, que él considera pesimista por basarse en el verlo todo como algo efímero y pasajero, Chesterton, escribiendo sobre Dante Alighieri, afirma lo siguiente: “El Carpe diem no es la religión de la gente feliz, sino de gente muy infeliz, la gran alegría no está en recoger los capullos de rosa mientras se pueda, pues sus ojos están fijos en la rosa inmortal que Dante vio”.

Está claro que Chesterton supo ver algo verdaderamente feliz y luminoso en la permanencia de todo aquello que da sentido a nuestra vida, como, por supuesto, el amor. En esto Shakespeare y Chesterton se hermanan, pues es el autor renacentista inglés quien, en su soneto dieciséis, afirma: “El amor no es el juguete del tiempo, aunque al compás de su guadaña caiga la frescura de labios y mejillas”.

En el caso de Shakespeare, su fe en el amor, en el amor incluso más allá de la muerte, desafía al tiempo en abstracto. Chesterton desafía también al tiempo como entidad abstracta, porque cree en lo permanente, pero también lo desafía en su realidad concreta, esto es, el tiempo en una época determinada. ¿Y cuál fue el tiempo de Chesterton? Un tiempo en el que, con gran parecido al nuestro, era ya frecuente oír a individuos, escritores e intelectuales, decir que no creen en la verdad, que la verdad no existe, que todo es opinable. Y, por tanto, que algo puede ser bueno o malo según la opinión generalizada del momento, según la época, según el tiempo. Esta idea ya se había generalizado en vida de Chesterton. Y Chesterton, en Ortodoxia, 1908, pone de manifiesto la falacia de esta forma de pensar, la inconsistencia de quienes afirmaban que lo que pudo ser bueno para una época puede ser malo para otra. Y viceversa. Esto no es otra cosa que relativismo moral, lo cual, sin duda, es algo grave, pero, a su vez, ridículo, como muestra Chesterton con su enérgico sentido del humor: “La imbécil costumbre de decir que una cosa puede ser sostenida en una época pero no en otra es lo mismo que decir que cierta filosofía puede ser creída en lunes pero no en viernes.”.

Chesterton fue más allá de su propio tiempo, de todo tiempo.

Y su obra vive permanencia.                                                                                          

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