CRÓNICAS Y ENSAYOS – MAYO

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Cronicas

«Testigos del tiempo, relatos que capturan instantes y los convierten en memoria. La vida narrada con la intensidad de quien la observa.» E. Gormley

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A COMAPA, MI NUEVO POEMARIO

Ilka Oliva Corado / Estados Unidos

Cuando cumplí 15 años fui a conocer Comapa, el pueblo donde nací. Me enamoré a primera vista, de los niños de panzas cundidas de amebas saltando descalzos en los charcos de agua, ¡la felicidad de los inocentes! De las sombras de los encinos rojos que daban vida a los barrancos. Y en los senderos la compañía de los guayabos silvestres, los palos de jiote, los nances, las manzanas rosas, los chaparrones y los palos de jocote de corona.

Las milpas que se atrevían a dar flor en aquella tierra árida de pedrerío por doquier, porque así es Comapa, allá hay más piedras que tierra y el agua potable llega a cuenta gotas a las cercanías del pueblo, pero nada más. Las aldeas siguen saciando su sed con el agua de los escasos nacimientos, eso en invierno pero, ¿y en verano?

Y yo me enamoré perdidamente del color chiltoto de las tejas quebradas que tapaban los techos de las casas de adobe, del bajareque y de los toles de morro para beber atol. De los polletones de barro embadurnado con las manos de las abuelas, de los comalones de barro donde se echaban los pishtones, los tazcales y se freían los huevos con manteca de coche o con lo que quedaba de la medida de mantequilla o el aceite que se compraban si se lograba vender una carga de leña, unos pollos o de perdida una medida de maíz o frijol de la cosecha.

Y de la misma forma los aldeanos compraban su ropa, si vendían por pocos lo que iban produciendo. Así los vi llegar al pueblo con sus panas de jocotes de corona para el tiempo de cosecha, costales de ayotes, de frijol camagua, frijol nuevo, maíz nuevo, maicillo, sus cargas de leña; los vendían o los hacían trueque en el día de mercado. Al atardecer iban de regreso con sus pedazos de tela, sus botas de hule nuevas o de segunda mano, como de segunda mano los zapatos también, sus medias de gas para los candiles. Candelas, fósforos, baterías para los radios que colgaban en las vigas de los corredores de las casas para sintonizar alguna radio de El Salvador, las de Guatemala no se escuchaban. El azúcar, la sal y la cal siempre artículos de primera necesidad en aquel pueblito perdido entre los cerros y piedras.

Me enamoré, sí, perdidamente del chipilín fresco con arroz y crema, del caldo de hojas de guías en los que iban quilete o hierba mora, guías de ayotes, de güisquil, hojas de chile chiltepe y las que fueran para darle sustancia y sustento al caldo. Los tomates y las cebollas siempre fueron lujos, caros de caros. Pero la rapadura canche y oscura abundaban junto con el jabón de aceituna, la chicha de piña y de maíz, el ayote y el atol shuco. La tortilla con leche fue mi desayuno preferido desde entonces. Y lujo era ver aquellos tamales de viaje, los ticucos y los tamales de elote.

Enamorarse duele, claro que sí y a mí me dolió tanto ver a niñas de mi edad ya con dos o tres hijos, casadas o en convivencia con hombres que les doblaban la edad o hasta tres veces mayores que ellas. Ellas con la responsabilidad de todo en la casa, los hombres trabajando la tierra que rentaban para lograr una cosecha de maíz, frijol o maicillo para octubre y así ayudarse con lo básico de la sobrevivencia. Y los niños que se casaron niños, parejas de adolescentes que no pasaban de los 14 años y ya con hijos. La cantidad de niñas que tenían hijos de sus familiares, porque fueron abusadas por estos, que era la forma de apartarlas para decirles a los otros hombres que esas niñas nunca se casarían, que no las iban a dejar casarse, que les pertenecían. Porque el machismo es crudo pero en oriente además es cruel.

El bar del pueblo, lleno de patojas de otros municipios y salvadoreñas, que para el día de pago no se daban abasto con tanto aldeano que llegaba a dejar allá el salario para quedarse borrachos durmiendo en las banquetas. A deshoras subían las esposas de las aldeas a traerlos y se los llevaban montados en las bestias que con los cascos de sus patas hacían sonar los adoquines de las calles del pueblo.

Así fui conociendo que la yegua tal que hace tal ruido al caminar es de fulano, que ahí va mengano de la zutana porque su bestia renquea de una manita, que el caballo de perencejo hace tal ruido al caminar, todo esto a oscuras porque en aquellos tiempos la gente se acostaba a la hora de la oración y los candiles se apagaban cuando comenzaban a aparecer las primeras luciérnagas. Y conocí pues los horarios de cada quién, que fulano sube a tales horas al pueblo y baja a la aldea de regreso a tales, que mengana va con la masa al molino a tales horas y regresa a tales y lleva de regreso quesadillas y semitas de donde doña Adelona. En las aldeas era común comer marquesote pero las semitas, panes de arroz y quesadillas eran famosas las que hacía doña Adelona. Y también por supuesto, no podía ser de otra manera, caí rendida a los pies de las semitas, los panes de arroz y las quesadillas de doña Adelona, hasta la fecha las añoro.

Ver a los niños desgranando maíz con las manos ampolladas y las niñas moliéndolo en piedras y al güiralito acarreando agua de La Pilona en el centro del pueblo. Era otra vida tan distinta a la del arrabal, mucho más rústica pero tan llena de placeres simples, donde las horas pasaban sin prisa y se sentaban a descansar bajo la sombra de los morros y los amates. Las vi beber agua de la quebrada al medio día, escuchando el canto de las chicharras. Conversaban a veces de las pepescas del río Paz.

Aquel viaje a Comapa me nutrió la raíz y la identidad, me dio ese sentido de pertenencia que también siento por Ciudad Peronia. En mi escritura desde el primer día han estado ambos, decir Ilka es decir Comapa y Ciudad Peronia, yo no soy sin estos dos lugares, no podría ser, me haría falta algo, lo vital, lo esencial. Es por eso que hoy publico este poemario que escribí el año pasado, como un saludo y una reverencia a ese pueblo maravilloso que me dio tanto y al que le debo mi fascinación por las flores de chacté, las chiliguas y las chilipucas.

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UN APAGÓN DOS MUNDOS MALOS

No es bueno vivir en la desconfianza permanente,

pero tampoco entregarse sin reservas a un sistema que se presenta impoluto

Leila Guerriero

Corresponsal El País / España

Hace unas semanas, regresaba a Madrid en tren cuando la formación se detuvo. Pasaron cinco minutos, 15. Los demás pasajeros no parecían preocupados, pero yo soy del Cono Sur, donde sabemos que todo puede fallar. Fui a buscar información. Encontré a tres revisoras. Un problema técnico, dijeron, pero nadie sabía dónde estaba el fallo ni cuándo iba a solucionarse. Volví a mi asiento. Los pasajeros seguían inmutables. Hice una lista: tengo una botella de agua, un sándwich, la batería del celular al 90%. Bien. El tren se puso en marcha 45 minutos después. Final feliz. El 28 de abril, cuando se produjo el apagón en España yo estaba en Buenos Aires. Leí historias de gente que no podía comprar, porque no tenía efectivo, de hogares inutilizados porque todo funcionaba con energía eléctrica, cosas peores. Me sorprendió el asombro de los ciudadanos ante la evidencia de que un corte energético podía acabar con la vida tal como se la conoce. Como mi confianza en el sistema es igual a cero —las energéticas cortan la luz en el verano durante horas o días en Buenos Aires—, en mi casa el refrigerador nunca está repleto y siempre hay agua, linternas, velas, dinero en efectivo. El pavor a que todo falle es algo que compartimos muchos latinoamericanos. El 16 de junio de 2019, hubo un apagón en Argentina que afectó a mas de 50 millones de personas(repercutió en Uruguay y Brasil). El 25 de febrero de 2025, un apagón afectó a ocho millones de de hogares en Chile. Hace poco, Ecuador a través de una etapa de apagones aterradora y están a la espera del próximo. Cuando veía el asombro de los ciudadanos en España recordé la calma de los pasajeros del tren y me dije que estamos en mundos distintos, pero ninguno me parece bueno: ni el de quienes vivimos en desconfianza permanente, ni el de los que se entregan sin reservas a un sistema que se presenta impoluto, ajenos a la idea de que todo puede venirse abajo en cinco segundos.

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ENSAYO SOBRE EL UNIVERSO DE TANA

Elspeth Gormley / España

«El océano no olvida, guarda en sus aguas las historias de aquellos que lo han amado y respetado.»El Universo de Tana

La obra El Universo de Tana nos sumerge en un mundo donde la mitología marina y la conciencia ecológica se entrelazan en una narrativa profunda y envolvente. A través de la historia de Tana, la protagonista, la autora nos invita a reflexionar sobre nuestra relación con el océano y el impacto que tenemos en su conservación.

Explorando la mitología marina

Uno de los aspectos más fascinantes de la obra es su uso de la mitología para construir un universo rico en simbolismo. Tana no es una heroína convencional; es la guardiana de los mares, una figura que representa la conexión ancestral entre la humanidad y el océano. Criaturas legendarias, espíritus del agua y antiguos relatos se entremezclan, creando una atmósfera mágica que transporta al lector a un mundo donde el mar tiene voz y memoria propia.

La conciencia ecológica y su mensaje

Más allá de su belleza narrativa, El Universo de Tana plantea una cuestión urgente: la preservación de los océanos. La protagonista se enfrenta a desafíos que reflejan la crisis ambiental actual, como la contaminación, la sobreexplotación de recursos y la desconexión de la humanidad con la naturaleza. A través de su viaje, la autora nos llama a la acción, recordándonos que somos parte de este universo y que nuestra responsabilidad es protegerlo.

Un estilo narrativo poético y evocador

El estilo de la obra es otro de sus puntos fuertes. La prosa poética utilizada crea imágenes vívidas que resuenan en la mente del lector, convirtiendo cada página en una experiencia sensorial. La combinación de descripciones detalladas y diálogos introspectivos dota a la historia de una profundidad emocional que invita a la reflexión.

Conclusión

El Universo de Tana no es solo una novela; es una invitación a mirar más allá de nuestra realidad cotidiana y conectar con la esencia del mundo natural. Nos recuerda que el océano, con su inmensidad y misterio, es un reflejo de nuestra propia existencia.

El Universo de Tana, de la autora Elspeth Gormley, nos invita a explorar un mundo donde la mitología marina y la conciencia ecológica se entrelazan en una narrativa profunda y envolvente.»

¿Estamos realmente escuchando lo que el mar intenta decirnos?

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DECADENCIA MORAL

Daniel Méndez / Corresponsal ABC

¿Crees que vivimos una crisis de valores?

La maldad se extiende sin fin. El hombre amable se ha desvanecido». Con estas palabras se lamentaba un poeta egipcio en los tiempos del Imperio Medio, unos dos mil años antes de nuestra era. Desde entonces, el diagnóstico pesimista se ha oído o leído sin cesar: en la Ilíada, de Homero, o en la barra del bar; desde Livio, que auspiciaba «el derrumbe del edificio» por el proceso de declive moral, a Madonna que aseguraba en las redes sociales que «hemos olvidado nuestra humanidad».

«Durante toda mi vida he oído a la gente lamentarse por el fin de la bondad humana. Me entran ganas de cogerlos de la solapa y preguntarles: ‘¿Cómo lo sabes? ¿Lo has visto en una temporada de Mad Men? ¿O es por una anécdota aleatoria que te contó tu abuelo?’». En lugar de hacer esto, el psicólogo Adam Mastroianni –que realiza en la actualidad sus investigaciones posdoctorales en la Universidad de Columbia (antes en Harvard)– decidió estudiar qué se esconde tras estos discursos pesimistas… Si responden o no a una realidad y si subyace algún mecanismo en nuestra psique que explique su abundancia. Spoiler: es una ilusión. Con este título –La ilusión del declive moral– acaba de publicarse su investigación en la revista Nature.

Tendemos a pensar que los jóvenes están peor en las cosas en las que nosotros sobresalimos. Si alguien ha leído mucho, insistirá en que se ha perdido el hábito de lectura

Para ello ha buceado en encuestas realizadas entre 1949 y 2024, que incluyen a casi 12,5 millones de personas de 60 países. Y la respuesta, se pregunte a quien se pregunte, es siempre la misma: los valores morales están en declive,cada generación es peor que la anterior. Menos solidaria, menos respetuosa, más materialista y egoísta…

No hay datos españoles en su estudio, pero las encuestas demuestran que no somos una excepción. Un sondeo del CIS en 2023 preguntaba: «En comparación con hace 25 años, ¿opina usted que los españoles son más, igual o menos respetuosos hacia los demás?». El 41,4 por ciento pensaba que eran menos respetuosos, y solo una cuarta parte afirmaba lo contrario. A finales de 2017, la respuesta era similar: un 44,2 por ciento consideraba a los españoles menos respetuosos que cinco años antes.

«Preguntes a quien preguntes, donde y cuando sea, las personas dan la misma respuesta –concluye Adam Mastroianni–. La gente es menos amable que antes». El diagnóstico es algo peor entre quienes se autodefinen políticamente como conservadores, pero, por lo demás, poco importa la edad, el género o el estrato social. Algunos investigadores han bautizado el fenómeno como el ‘efecto los chicos de hoy en día’ (KTD effect, en las siglas inglesas de kids this day).

El sesgo se produce no solo porque las noticias negativas captan más nuestra atención, también es porque recordamos mejor los episodios positivos del pasado

Y añaden otro dato: tendemos a pensar que los chicos de hoy están peor en cosas en las que nosotros sobresalimos. Si alguien ha leído muchos libros, pensará que se está perdiendo el hábito de lectura. Y, aunque no estemos tan leídos… tenderemos igualmente a pensar que los siguientes abrirán menos libros que nosotros porque tendemos a vernos con buenos ojos… y cuesta menos ver la viga en los ajenos.

Pero ¿de verdad existe este declive continuo? Lo curioso es que las cifras cambian poco con los años. Si las cosas fuesen constantemente a peor, cada año debería arrojar resultados más pesimistas en las encuestas. Sin embargo, repasando más de 100 sondeos realizados entre 1965 y 2024, Mastroianni y su equipo han visto que no existe una variación. En torno a un 70 por ciento de los encuestados afirma, año tras año, que los valores morales de la sociedad están empeorando. Y al mismo tiempo ofrecen respuestas contradictorias con esa aseveración: el 90 por ciento afirmaba haber sido tratado con respeto el día anterior…

Afirman que es la suma de la exposición a noticias negativas, que captan nuestra atención más que las positivas, y un sesgo de nuestra memoria, que tiende a difuminar con mayor rapidez los recuerdos negativos que los positivos. Así, al volver la vista atrás, recordaremos con mayor intensidad los episodios que nos hicieron estar bien. Pero, al observar el presente, serán las malas noticias las que más atrapen nuestra atención.

La combinación de ambas cosas explica esa tendencia a caer en la tentación de pensar que la sociedad está perdiendo sus valores. «Hay muchos problemas en la sociedad actual –concluye Mastroianni–. Por suerte, la crisis moral es una mera ilusión y no hay que invertir mucho esfuerzo en revertirla». Porque las cosas no están tan mal, quizá sean nuestros propios prejuicios los que hemos de revisar

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¿ POR QUÉ CON LA EDAD NOS COMPORTAMOS COMO NUESTROS PADRES ?

Lea Wolz / Alemania

¿Por qué de repente te descubres haciendo aquello que tanto te molestaba de tu madre o de tu padre? Un psicólogo está realizando un estudio con cuatro mil parejas de gemelos de diferentes edades en busca de respuestas. El entorno y la propia actitud son determinantes a la hora de desarrollar nuestra personalidad, pero el tiempo también juega un rol: cuando crecemos y ganamos autonomía disminuye la presión que nos ‘obligaba’ a enfrentarnos y distanciarnos de nuestros padres y, entonces, emergen los genes…

Hace dos año, un usuario de la red social Reddit preguntaba a otros en qué momento se habían dado cuenta de que se comportaban exactamente igual que sus padres. Las respuestas no tardaron en llegar. ¿Te suenan?

«Mi novio y yo estábamos terminando de hacer las maletas para ir a pasar el fin de semana con la familia. Mientras recogía un poco, me dijo: ‘No te pongas con eso ahora, ya limpiarás cuando volvamos’. Y yo respondí: ‘No quiero volver y encontrarme una casa llena de porquería’. En ese instante, me di cuenta de que me estaba convirtiendo en mi madre».

«Yo me di cuenta cuando me fijé en la cantidad de gomas para el pelo y de horquillas que tengo guardadas».

«La primera vez que le dije a mi hijo: ‘Cuando seas padre, comerás huevos’».

Ayer todavía nos esforzábamos en ser nosotros mismos, no queríamos para nada ser como nuestros padres, y hoy ya empieza a haber cosas en las que nos parecemos sorprendentemente a mamá o papá. ¿Cuándo tiene lugar este fenómeno? Y ¿por qué sucede?

Cuando remite la juvenil rebelión ante los padres y cesa el enfrentamiento con ellos,entonces emergen las similitudes

Para investigar la influencia de los genes y el entorno en nuestro desarrollo, no hay nada mejor que los estudios con gemelos.. Por lo general, los gemelos crecen en el mismo hogar y en el mismo entorno. Los gemelos univitelinos son genéticamente idénticos, los bivitelinos o mellizos solo comparten en torno al 50 por ciento de los genes, igual que los hermanos normales.

Frank Spinath es profesor de Psicología Diferencial y Diagnóstico Psicológico en la Universidad del Sarre, en Alemania. Para este psicólogo, no es extraño que nos parezcamos a nuestros padres. «Al fin y al cabo compartimos genes con ellos», explica. Eso quiere decir que hay un componente hereditario en la personalidad. Es algo que se manifiesta con claridad en el caso de los niños que crecen con padres adoptivos desde que son bebés y que, pasado el tiempo, empiezan a mostrar rasgos de carácter propios de sus padres biológicos.

Mamma mía

La película Mamma mía, protagonizada por Meryl Streep y Amanda Seyfried, indaga en las relaciones madre-hija desde el humor entrañable.

Sin embargo, los genes no son el destino. Tampoco son un guion que nos ata irremisiblemente, sino que el entorno y la propia actitud personal siempre tienen algo que decir. «En el ámbito de la personalidad hay buenos ejemplos de que es posible seguir un camino distinto, de que los hijos también pueden ser muy diferentes a sus padres», dice el psicólogo.

Los gemelos y sus familias, bajo la lupa

En definitiva, ¿qué es lo que determina que seamos como somos? Para averiguarlo, Frank Spinath y el equipo del estudio TwinLife llevan desde 2014 observando e interrogando de forma anual a más de cuatro mil parejas de gemelos de diferentes edades, así como a sus familias. Los científicos van a acompañar a estos gemelos univitelinos y bivitelinos -que al comienzo del proyecto tenían 5, 11, 17 y 23 años- hasta el año 2026, con lo que cubrirán etapas de la vida totalmente diferentes, desde la preescolar hasta la laboral.

«El estudio ya nos está dejando ver que la influencia que tienen los genes y el entorno sobre la personalidad va cambiando con el tiempo», explica el psicólogo. En los primeros años de la edad adulta, nuestra personalidad se vuelve más heterogénea. Nos empezamos a desvincular de las reglas de la casa familiar, nuestro entorno nos va ofreciendo más posibilidades, podemos elegir por nosotros mismos. «Todo esto hace que nos sintamos más libres y que las influencias del entorno tengan un papel mayor».

En la fase de la vida en la que tenemos que rendir profesionalmente, «recurrimos a esquemas genéticos y descubrimos cierta comprensión hacia nuestros padres al ver, por ejemplo, que es verdad que algunas cosas salen mejor si las planificas»

En algún momento de la vida, esa revolución contra los padres acaba remitiendo, lo que, en opinión del psicólogo, es una de las razones de que con los años nos vayamos haciendo más parecidos a ellos. Ya no existe esa presión que nos obligaba a enfrentarnos constantemente a las opiniones y conductas de los padres, a distanciarnos de una forma activa y la mayoría de las veces también muy emocional. «Es en ese momento cuando las semejanzas que probablemente tengamos con ellos, y que en parte están influidas por los genes, se hacen más visibles».

Por otro lado, el entorno nos plantea constantes exigencias. En el trabajo tenemos que hacer lo que se espera de nosotros y estar a altura de las expectativas. En esa fase de la vida en la que tenemos que rendir profesional o personalmente, «nos vemos recurriendo otra vez a nuestros esquemas genéticos -afirma Spinath-. Y es posible que descubramos cierta comprensión hacia nuestros padres, por ejemplo, al ver que es verdad que algunas cosas salen mejor si las planificas antes».

Pensar las cosas y hacerlas bien merece la pena. Si no dejamos que el calor de la calefacción se escape por la ventana abierta, nuestro bolsillo lo agradece. Y arreglar la casa antes de irse no está de más. Con cada ración de vida que atesoramos también tenemos más material para comparar y encontrar semejanzas. Aunque soltar durante una discusión la frase «eres como tu madre» pueda resonar más que un portazo, «ir pareciéndose cada vez más a los padres no tiene por qué ser siempre malo», asegura Spinath.

Dejando a un lado la violencia o el alcoholismo, por supuesto. Este tipo de traumas y malas experiencias en la infancia dejan huella y representan un riesgo real. «El que las ha sufrido de niño acaba necesitando apoyo para evitar el peligro de reproducirlas», dice Spinath, y añade: «Los niños que crecen en esas situaciones no solo toman como modelo conductas negativas, sino que es probable que también compartan una predisposición genética a mostrar comportamientos como la impulsividad o la irritabilidad».

Trucos para cambiar la personalidad

Todo el que lo ha intentado sabe que cambiar no es fácil, aunque solo se trate de pulir algunas menudencias poco agradables. «La personalidad es una criatura muy estable», cuenta el psicólogo. Si queremos cambiar algo, es fundamental que primero seamos conscientes de ese algo y luego que aceptemos que no queremos seguir siendo así. En este proceso puede ser de ayuda buscarse aliados -como, por ejemplo, nuestra pareja, que nos diga cómo vamos-, quizá también comprometernos con otra persona, firmar una especie de contrato con ella.

Esta estrategia «no sirve para cambiar la personalidad como tal, pero sí nuestra forma de actuar -prosigue Spinath-. No me despierto una mañana y ya soy más lanzado solo porque me lo haya propuesto. Pero sí puedo aprovechar situaciones concretas para ejercitar reacciones nuevas».

No es fácil cambiar la personalidad, pero se puede modificar la forma de actuar. Conviene contar con aliados

También hay algunas cosas que no hay que forzar, que acaban sucediendo por sí mismas. «Hay tendencias asociadas a la edad, ciertas propensiones que en nuestros estudios hemos observado que aparecen en todas las personas», dice Spinath. Por ejemplo, con los años tendemos a ser más organizados simplemente porque nos hemos dado cuenta de que así nos apañamos mejor con las exigencias del día a día y de que las cosas se vuelven más fáciles. Nuestra estabilidad emocional también aumenta: con 40 años sabemos mejor que con 14 de lo que somos capaces, hemos trabajado nuestra seguridad y todas las tareas que hemos realizado a lo largo de nuestra vida nos refuerzan. Por otro lado, con la edad perdemos espontaneidad y curiosidad, «aunque naturalmente eso no significa que no haya aventureros de 80 años», comenta Spinath.

Su hijo, cuenta el psicólogo para terminar, ha cumplido 10 años y también va poniendo caras cuando papá empieza a criticar, aunque solo sea a media voz, el comportamiento de otras personas. «Por lo que se ve, nosotros ya estamos cerrando el círculo».

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