CRÓNICAS Y ENSAYOS – NOVIEMBRE
Nota Editorial
Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Cada crónica es memoria que arde, cada ensayo es luz que permanece.
Colaboran en esta sección:
Adam Abdelmoula – Siria
Enrique Fredy Díaz Castro – México
Elspeth Gormley – España
Ángel Medina – España
Gustavo Páez Escobar – Colombia

SIRIA EN 2025
Adam Abdelmoula – Siria
Coordinador Residente y Humanitario de las Naciones Unidas en Siria
Siria continúa siendo una de las mayores crisis de desplazamiento del mundo. En 2025, más de 7 millones de personas permanecen desplazadas dentro del país, mientras que 6 millones de refugiados sirios viven en el extranjero. En el norte de Siria, más de 2 millones de personas residen en 1.500 campamentos y asentamientos informales, en condiciones precarias, siendo la mayoría mujeres y niños que sobreviven en tiendas de campaña deterioradas. En el noreste, las hostilidades siguen amenazando a la población civil.
Una generación entera de niños ha crecido sin conocer otra realidad que la guerra y el desplazamiento. Muchos han sido privados de educación y de una infancia segura. Un testimonio conmovedor de un niño de 13 años en Homs resume esta tragedia: Debería estar en la escuela, aprendiendo con mis amigos, pero en cambio, trabajo en el campo para ayudar a mi familia a sobrevivir. Sueño con sostener un libro en lugar de una pala en mis manos.”
A pesar de este panorama, las Naciones Unidas y sus socios han logrado avances humanitarios significativos en las últimas décadas. Las organizaciones no gubernamentales locales han sido clave en esta labor, rehabilitando viviendas, estaciones de agua, centros de salud y escuelas afectadas por el conflicto y los terremotos de 2023. En el noroeste, se ha logrado trasladar a muchas personas desde tiendas de campaña hacia refugios más dignos.
Desde 2014, más de 60.000 camiones con alimentos, medicinas y ayuda humanitaria han cruzado desde Turquía, gracias a la coordinación de siete agencias de la ONU. Sin embargo, el objetivo actual va más allá de la asistencia inmediata: se busca una transformación profunda que permita a Siria pasar del socorro humanitario al desarrollo sostenible y la reconstrucción.
Para ello, en noviembre de 2024 se lanzó la Estrategia de Pronta Recuperación, centrada en cuatro áreas prioritarias:
- Salud y nutrición
- Educación
- Servicios de agua, saneamiento e higiene (WASH)
- Medios de vida, con especial énfasis en el acceso a la electricidad
La historia de Siria no debe ser solo una historia de supervivencia, sino una historia de justicia, dignidad y paz duradera

RÍOS PÚRPURA
Enrique Fredy Díaz Castro – México
La tarde y sus presagios cayeron sobre la ciudad, así como la cortina de ignominia, odio y cerrazón de aquel que desde Los Pinos ordenó magnicidio.
Las voces enervadas de conciencia, razón y coraje, los corazones jóvenes, pulsando en la sociedad la empatía e identidad,
recorrieron esas calles tumultuosas y admiradas del valiente atrevimiento surcando el murmullo que crecía y crecía como respuesta al descarnado y amenazante régimen absolutista.
De pronto las bengalas y al segundo, las ráfagas en lluvia aniquilante, atravesaban los cuerpos en grotesca competencia por acabar con la carrera desaforada hacia la esperanza que no alcanzó a llegar.
Tarde, noche y madrugada que en persecución de jauría, hambre de tragedia y sed de sangre recorrió palmo a palmo aquel dos de octubre de 1968, los edificios de un Tlatelolco en shock,
Viendo sus calles convertidas en trágicos e insospechados RÍOS PÚRPURA, en llanto incontenible y en rabia que no tendría fin en el discurrir del tiempo.
«La Noche de Tlatelolco dejé de creer en DIOS…» clamaría después, José de Molina,
Elena Poniatowska disertaría también en cientos de páginas, el horror que la prensa reaccionaria calló en franca complicidad con el diazordacismo y su oscuro secretario de gobernación.
La historia se quebró, se hizo añicos, el alma se templó, se hizo de acero, las conciencias rompieron los moldes, y el carácter cobró fuerza y voluntad para gritar un desafiante ¡Nunca más..!
El dos de octubre y su noche sin embargo, tuvieron inesperada y dolorosa réplica, cuarenta y seis años después en Iguala.
Nuevamente de las tinieblas asomaron las harpías, Otra vez la felonía del poder mísero y atroz
descargó en estudiantes la rabia al saberse trastocado, tambaleante y socavado.
Los otroras poderosos han buscado justificar la represión, las aberrantes mentiras, los rios sanguinolentos, pero la epopeya es también pisada firme y voz de trueno:
La dignidad encamina al pensamiento y algún día alcanzará sus metas, forzando honestidad y alzando el coro que retumbe en las montañas, en los mares y lagos, en el desierto y en las grandes ciudades, clamando justicia y castigo a los culpables.
En el clásico y justo tremor que seguirá cimbrando muros y pavimento: «Ni perdón ni olvido…»

JUSTICIA Y LEY
Dos caminos que no siempre se encuentran
Elspeth Gormley – España
La ley es el conjunto de normas que regulan la convivencia. Se escribe, se codifica, se aplica. La justicia, en cambio, es un principio más alto: es la búsqueda del bien común, de la equidad, de la dignidad.
Aplicar la ley no siempre significa alcanzar la justicia. Una ley puede ser injusta si protege privilegios o perpetúa desigualdades. Al mismo tiempo, la justicia puede exigir actos que van más allá de lo escrito, decisiones que nacen de la conciencia y no del código.
La diferencia es clara: la ley es letra; la justicia es espíritu. La ley organiza, pero la justicia humaniza. La ley puede castigar, pero la justicia busca reparar. La ley puede ser fría, mientras que la justicia late con el calor de la verdad.
En nuestra sociedad, confundimos a menudo ambos términos. Creemos que cumplir la ley basta para ser justos. Sin embargo, la historia nos recuerda que muchas injusticias se han cometido bajo el amparo de leyes vigentes. La justicia exige un paso más: cuestionar, transformar, dignificar.
Quizá el reto de nuestro tiempo sea reconciliar ambos caminos. Que la ley se acerque a la justicia, y que la justicia inspire nuevas leyes. Solo entonces podremos decir que vivimos en una sociedad donde la norma no es un muro, sino un puente hacia la dignidad.
“La ley ordena; la justicia dignifica. Cuando ambas se encuentran, nace la verdadera libertad.”

ENSAYO: LA CAÍDA DEL ÁNGEL
Entre mito y palabra
Elspeth Gormley – España
En La caída del Ángel, Carlos Pérez de Villarreal nos invita a recorrer un territorio donde lo humano y lo divino se enfrentan en un pulso eterno. La novela abre con una imagen luminosa: dos niños corriendo tras una luz que desciende del cielo. Desde ese instante, el lector queda atrapado en un relato que mezcla misterio, mito y actualidad.
El protagonista, Eduardo Bazán, periodista y narrador, encarna al hombre común que se ve arrastrado a un conflicto cósmico. Su voz crítica y solidaria lo convierte en puente entre mundos enfrentados, recordándonos que la palabra es también resistencia.
La aparición de los Imaginarios, guardianes de una verdad oculta, revela que lo que acontece es más que un accidente: una guerra en los cielos. Luzbel y Mikael representan fuerzas opuestas, pero la novela se atreve a cuestionar los roles tradicionales. ¿Es Luzbel quien defiende a la humanidad, mientras Mikael ejecuta una sentencia divina? La tensión entre ambos abre un espacio de reflexión sobre la fragilidad del bien y la complejidad del mal.
Más allá de la acción, Pérez de Villarreal construye un relato que dialoga con la tradición bíblica y la reinterpreta desde la contemporaneidad. Su estilo ágil, con capítulos breves y escenas intensas, mantiene al lector en vilo, mientras lo invita a pensar en la condición humana y en la eterna pregunta: ¿qué significa caer?
La caída del Ángel no es solo una novela fantástica; es una exploración de la memoria, la palabra y la lucha interior que todos llevamos.
En sus páginas, el mito se convierte en espejo y la literatura en un recordatorio de que incluso los ángeles, como los hombres, pueden perder el rumbo.

ENSAYO SADUCEÍSMO
Ángel Medina – España
Decía Unamuno que la filosofía se acuesta más a la poesía que a la ciencia. Y debe ser cierto, porque el pensamiento ha de ser explicitado y hay verdades que resultan difícilmente explicables en su literalidad, por lo que conviene recurrir a la metáfora, sin que por ello pierda brillo la idea. Porque, la propia vida es farragosa y en ocasiones no es fácil, no ya explicarla, sino explicarse el que la piensa y es vivido por ella.
¡Cuántas veces decimos “no” a lo que no sabemos o podemos explicar con la siempre dudosa racionalidad e ignoramos que el hombre es razón, sí, pero también es intuición y sensibilidad! Y hay realidades que son como los alimentos, mejor digeribles tomándolos bocado a bocado y no atragantándose, procurando ver sus propiedades y no sólo la degustación o el placer del buen yantar.
Una de estas cosas que se atragantan, pues ciertamente traspasan el umbral del raciocinio de la diosa suficiencia es la propia sensación del viviente con respecto a su existencia. De ahí, la frase aquella vulgarizada de “Para dos días que hay que vivir, aprovecha la vida”.
Dos días. O tres. O bastantes más. ¿Qué son? Pero la razón se entrecorta cuando trata de hallar una respuesta categórica a ese deseo de perpetuarse. No sabe. No puede. E incluso la autosuficiencia y el prejuicio humano del qué dirán los falsos intelectuales de cualquier época descreída, guías ciegos que conducen a los otros invidentes y les hacen echar el freno, por eso del mal llamado respeto humano, y se acaba diciendo: “No hay nada. Comamos y bebamos, por si acaso”.
Es el caso del que niega la resurrección. La suya propia. Y, sin embargo, se queda con la vacuidad de la nada como respuesta; por consiguiente, díganme si no: si mantener la esperanza es arriesgado, ¿negar cualquier forma de confianza no habrá de ser aberración?, pues redirige al propio hombre hacia un rumbo que carece de destino: esto es, hacia la nada absoluta. Es algo así como si el piloto de un barco sabe dónde está el ojo del huracán y se deja arrastrar hacia él.
Siendo el hombre tal― si es capaz de pensar esto es porque está dotado de vida―, y manteniendo dentro de él― no sabe la razón, pero la percibe― un sentimiento de vivirse, afirmar la negación equivale a cerrar la puerta del sentimiento del ser. Y es que, releyendo a Spinoza, aquel judío portugués que nació y vivió en Holanda, el esfuerzo con el que cada cosa trata de perseverar en su ser no es sino la esencia actual de la cosa misma. Esto equivale, lector, a que la esencia del hombre― incluidos tú y yo― no es sino el esfuerzo que ha de ponerse en seguir siendo hombre, en no morir con la muerte. Y lo contrario, equivale a negar esa forma de vivirse― no es este el lugar para profundizar el cómo ha de ser la resurrección―, esta corriente de la modernidad de la que hablaba el Testamento Nuevo acerca de la doctrina del saduceísmo.
Tomando los relatos de Lucas y Mateos, y retomando al vasco Unamuno en su lirismo, en esa obra magna de poesía que es “El Cristo de Velázquez”, capítulo VIII, podemos leer:
“Dobla tu frente, triste saduceo,
contempla el polvo, que es tu fuente,
la vida toda no es sino embuste
si no hay otra allende.
¿A qué saber, si la conciencia al borde
de la nada matriz no espera nada
más que saber? Di: ¿Dónde están las olas
que gimiendo en la playa se sumieron?
Eso de “doblar tu frente”, encoger el entrecejo es propio del que estruja la testa y se encuentra al límite de su discernimiento. Ya no da más de sí y ha de reconocer― posiblemente en su fuero interno, que no el externo― su incapacidad de entender. Y, sin embargo, no es cuestión baladí, sino que le afecta directamente, y por ello no puede desentenderse (aunque dé la impresión de “pasar” de largo). Impotencia de la autosuficiencia se llama. Dependencia de lo que no es él mismo. Es la misma sensación― hábilmente presentada por el agnosticismo― de la criatura aquella ante el dios aquel, en “Las moscas”. Como me reconozco, me autoproclamo independiente de cualquier divinidad, pues yo soy mi propio dios. Lo malo, es que el hambre no se espanta pensando que no se tiene, sino saciándola. Extendiendo la mano desde la propia contingencia. Y eso es algo que duele en los tiempos que vivimos. A lo más que se llega es a la aceptación de un humanismo laico, que empieza y concluye en el hombre. Pero, la pregunta viene a ser: ¿Cómo autoafirmarse este hombre si no añadimos al humanismo la trascendencia, ― esto es, un “humanismo trascendente” ―si a fin de cuentas es el primero y el último anhelo para continuar siéndolo?
“Saduceo” es el que niega cualquier clase de “re-nacimiento”; lo cual le condena a tener que aceptar su limitación, pues sabe que no puede prolongar su existencia, y también que la muerte le espera a la altura de sus deseos como una liberación o como una condena hacia la nada. Del ser al no ser. Triste destino el así concebido: entender en su afán de emancipación, que su única fuente es el polvo del que procede. Todo lo cual viene a concluir en los últimos versos: una vida así concebida, si no hay salida, si no existe la continuidad de alguna manera, se constituye en un gran embuste.
Pues, ¿Cómo darle sentido a ese deseo que el viejo erudito mencionaba acerca del perseverar en ser, es decir, que no se extinga la consciencia de vivirse?
De lo que se trata, más que de “saber” ― algo imposible― es de confianza. Opción que grita la voz interna del hombre, que quiere vivir. Es el máximo anhelo. Sabe que el tiempo y el espacio en el que se desenvuelve es finito, no así su espíritu, que tiende a ancharse, hasta el punto de tender a entregarse a ese destino que le susurra muy dentro. Porque, aunque la ola se estrelle en la orilla, no escapa del mar. Es mar. Si desea infinitud habrá de perpetuarse en ella para no desaparecer en la tierra.

NUÑEZ: AMORES Y DESAMORES
Gustavo Páez Escobar – Colombia
El pasado 28 de septiembre se celebraron los doscientos años del nacimiento en Cartagena de Rafael Núñez. Hombre de sólida formación y fuerte carácter, forjado para la lucha y el servicio a la patria, libró duras batallas y nunca retrocedió ante
los inmensos problemas que surgían a su paso. Es uno de los políticos más destacados de la historia nacional.
Fue presidente de Colombia en cuatro períodos, entre 1880 y 1894, año este en que falleció. Sus audaces reformas iban en contravía de algunos intereses políticos, y sus enemigos, por tanto, no cesaban en el empeño de obstruir sus propósitos y sacarlo del poder. Derrotado, como lo fue varias veces en algunos actos, más se crecía y más se le temía. En las treguas tomaba mayor impulso. Su principal fuerza estaba en el pensamiento, con el cual le daba firmeza a la acción.
Esto le permitió crear el movimiento político conocido como la Regeneración, el cual cambió la estructura social de la época. Merced a ello se impuso el centralismo, que derrotó al federalismo, y Núñez fue el líder vital de la Constitución
de 1886, que rigió la vida del país durante más de un siglo.
Su “gloria inmarcesible” está en ser el autor del himno nacional de Colombia, el cual desde tiempos remotos se escucha todos los días a lo largo y ancho del país.
Poeta consagrado, su obra está movida por las ideas y la vena romántica. Más que un retórico, era un cultivador de la palabra bien dicha y del sentimiento que enternece el alma. Su vida sentimental es una resonancia de su fibra lírica.
En la estupenda biografía escrita sobre él por Indalecio Liévano Aguirre como tesis de grado –la que a los veintisiete años le valió el ingreso a la Academia Colombiana de Historia–, recoge en detalle las relaciones amorosas de este personaje político que veía en la mujer no solo la compañera ideal, sino una motivación de la vida. Aparte de los casos que relata su biógrafo, descubrí en otras fuentes varios sucesos más de su alma apasionada que acrecientan las andanzas del eterno enamorado por los campos del erotismo. Es esta la faceta más acentuada de su personalidad.
En Cartagena, siendo muy joven, lo deslumbra una muchacha de familia modesta, cuyo nombre no ha sido establecido con certeza, aunque se habla de Pepita Vives –dejémosla así–, con quien goza de una época frenética que ocasiona el
embarazo de la joven. Esto determina que el padre de Núñez lo persuada para que se traslade a Panamá, donde ocurrirá su primer matrimonio. La joven se casa con un amigo de Núñez, y poco tiempo después queda viuda. Los antiguos amantes vuelven a frecuentarse, pero a la postre Núñez se aleja de la dama, por deseo de ella misma ante la realidad de que él está casado.
En Panamá tuvo relación con Manuela Arosemena, hermana de un destacado político, pero el hecho no pasa de una fuerte amistad. Ella murió en 1846. Allí conoció a Concepción Picón, de quien se enamoró y deseó casarse, pero el propósito fracasó por no encontrar en ella la ternura que buscaba. Núñez era apasionado en los amoríos, y al mismo tiempo inestable o inconforme.
Cuando hallaba en la pareja falta de afinidad o discrepancias notables, la unión se extinguía con facilidad, para dar lugar a otras aventuras de similar arrebato. El amor, la pasión, los dones femeninos, la armonía sin esguinces eran los imperativos que incitaban sus vínculos con las mujeres. No admitía términos medios.
Dolores Gallego, dama prestante, adinerada y atractiva, le produjo hondo encanto. Con ella se casó en 1851 y tuvo sus dos únicos hijos matrimoniales. La dureza de la dama determinó el rompimiento, y fue la etapa más crítica que él vivió. Aquí
volvió a encontrarse con su primer amor, Pepita Vives. ¿Casualidad o deseo de recuperar lo que había perdido? Es oportuno decir que el amor es en ocasiones caprichoso o misterioso, cuando no indescifrable.
En 1859, Núñez viajó a Bogotá y se alejó para siempre de Dolores. Allí apareció María Gregoria de Haro, mujer culta y hermosa. Estaba casada, pero el matrimonio no la hacía feliz. La mutua atracción los llevó a convivir durante varios
años. Se separaron en 1865, quedando el recuerdo de una vivencia intensa.
A Soledad Román, que sería su segunda esposa, la había tratado en 1857. Era miembro de una aprestigiada familia que tenía grandes nexos con la política. Núñez le propuso matrimonio, pero ella no lo aceptó por estar comprometida con el próspero catalán Pedro Macía. En 1871, Núñez obtuvo la anulación civil de su primer matrimonio, y en 1877 se realizó en París, mediante poder, el matrimonio civil con Soledad Román, hecho que provocó tremendo escándalo en la sociedad
por tratarse de una bigamia.
En la época de la negociación del concordato con la Santa Sede, el papa León XIII dio la aprobación al matrimonio civil. Este hecho se facilitó con la muerte en Panamá de la primera esposa de Núñez. De esta manera, la pareja realizó el
matrimonio católico en febrero de 1889, cinco años antes del fallecimiento de Núñez, cuando ejercía el cuarto período presidencial.
Soledad Román tuvo alta influencia en el gobierno de Núñez y se convirtió en la esposa soñada que no había tenido. Fue la gran inspiradora y consejera de sus actos de gobierno, como que venía de una familia experta en el ejercicio político, y
lo más importante, la compañera insuperable que lo colmó de amor y felicidad en el último tramo de su agitada vida.


