CRÓNICAS Y ENSAYOS – OCTUBRE
Nota Editorial
Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

“Aquí se escribe lo que no cabe en el olvido. Crónica es memoria, y ensayo, resistencia.” Elspeth Gormley
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Colaboradores de CRÓNICAS Y ENSAYOS – OCTUBRE
- Miriam Alberganti – Paseando por el barrio del Retiro de Buenos Aires
- Miguel Escudero – Víctimas sin nombre, historia sin justicia
- Elspeth Gormley – Los niños ya no se manchan
- Gustavo Páez Escobar – La mirada inquieta de Cela
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PASEANDO POR EL BARRIO DEL RETIRO DE BUENOS AIRES
Miriam Alberganti – Argentina
En mi paseo por Retiro con Cecilia —una loca encantadora, curiosa de arquitecturas y de sus historias— nos subimos a la Torre Monumental, un imponente monumento de estilo renacentista donado por los residentes británicos con motivo del centenario del primer gobierno patrio. Inaugurada el 24 de mayo de 1916, se alza en la plaza Fuerza Aérea Argentina, en pleno corazón del barrio de Retiro.
Conocida durante décadas como la Torre de los Ingleses, esta estructura se convirtió en testigo fiel del desarrollo urbano del siglo XX. Durante años, fue la puerta de entrada a la Ciudad de Buenos Aires, gracias a su cercanía con la terminal ferroviaria de la Estación Retiro, el Puerto de la Ciudad y el antiguo Hotel de Inmigrantes, hoy transformado en museo.
Con sus sesenta metros de altura, la torre —diseñada por el arquitecto Ambrose Macdonald Poynter— luce una elegante combinación de ladrillos rojos y piedra labrada. Se erige sobre un basamento con cuatro escalinatas, una en cada lado, y vertederos en sus esquinas que completan su armonía arquitectónica.
El guía nos compartió muchas historias, todas contadas con pasión, pero lo que más me impactó fue la sincronicidad perfecta de su gran reloj inglés y la vista majestuosa que se impone desde lo alto. El barrio de Retiro, con su belleza serena y su carga histórica, sigue asombrando a quien se detiene a mirarlo con ojos nuevos.
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VICTIMAS SIN NOMBRE, HISTORIA SIN JUSTICIA
Miguel Escudero – España
Si sólo se leyeran los libros de la propia especialidad, el mercado se resentiría enormemente. Yo procuro leer lo que me atrae y deseo conocer mejor lo que sé de modo insuficiente. En particular, me interesan los espléndidos libros que historiadores como Gaizka Fernández Soldevilla, María Jiménez Ramos y Josefina Martínez Álvarez, entre otros, van acumulando en un fondo editorial acerca de las consecuencias de la violencia política organizada.
El año en que murió Franco, 1975, fue también el año en el que se registró en España un mayor número de ataques a las librerías; fueron ataques de la ultraderecha. En paralelo a la represión legal funcionó una violencia extralegal. En Terrorismo y represión (Tecnos), fruto de la cooperación del Centro Memorial de las Víctimas del Terrorismo con la UNED, se analiza la violencia en el ocaso de la dictadura. Es un libro donde los autores citados han coordinado a un equipo de historiadores, juristas y periodistas empleando las herramientas metodológicas propias de sus respectivas disciplinas. Y siempre contrastando con rigor y cautela todos los datos que ofrecen.
En un borrador del acta del Consejo de Ministros del 30 de diciembre de 1970 constan unas líneas que el almirante Carrero Blanco modificó. Pero las penas de muerte dictadas fueron conmutadas. Carrero auspició una clemencia que desapareció con Arias Navarro, quien le sucedió tras su muerte, al acabar 1973:
“En este momento fue parecer general que, tras la justicia, la clemencia era la fórmula más adecuada, a fin de evitar caer en la trampa tendida por el enemigo, orientada a crear ‘mártires’.
Para exterminar a la ETA se juzga que lo más útil, aunque de momento pudiera parecer no comprensible, era conceder el indulto de todas las sentencias.
Una ejecución ahora magnificaría más que dañaría a la ETA”.
El asesinato de Carrero no buscaba acabar con el franquismo, como se aireó, sino seguir atizando la estrategia de la acción-reacción-acción. Cabe insistir en que el 95 por ciento de las 853 víctimas mortales producidas por la banda terrorista ultranacionalista sucedieron una vez muerto Franco; en el caso de los 2.658 heridos, el porcentaje asciende al 99 por ciento.
En enero de 1975 el Estado organizó un grupo de Técnicos Especialistas en Desactivar Artefactos Explosivos (los TEDAX) Ese mismo año, un boletín del servicio de inteligencia franquista recogía la siguiente apreciación: “Esta escalada de la violencia está provocando en nuestra sociedad una visible psicosis de preocupación y miedo” Todo en un contexto de lo que se conoce como tercera oleada internacional del terrorismo, una oleada que tenía unas características comunes al margen de la ideología que profesasen los distintos terroristas.
Aquel año se ordenaron redadas masivas sin pruebas consistentes, lo que obligó a una elevada tasa de liberaciones sin cargos. El asesinato de Carrero (y de su escolta y de su chófer) ocurrió en pleno Proceso 1001 contra Comisiones Obreras. No toda la oposición antifranquista celebró con cava el atentado: la represión del movimiento sindical alcanzó una dureza muy superior a la de antes. El propio Salvador Puig Antich, ejecutado por decisión política con el bárbaro método del garrote vil, adivinó lo que le esperaba cuando, ya encarcelado, supo que el coche de Carrero había volado por los aires; ‘El MIL, una guerrilla contracultural en el peor lugar posible’ es un capítulo de especial interés, escrito por Manuel Calderón. El capítulo ‘Txiki y Otaegi. De ETA al mito’ muestra la adopción de interpretaciones volubles según las circunstancias políticas. Ninguno de ellos luchó para establecer la democracia, tenían en perspectiva un régimen totalitario. Fueron tanto terroristas como víctimas del franquismo. Y procesados por un Estado que no era de Derecho y no tuvieron un juicio justo. Sin embargo, no eran inocentes de los cargos que se les imputaban, mataron a sangre fría.
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LOS NIÑOS YA NO SE MANCHAN
Elspeth Gormley – España
Antes, sabíamos que un niño había jugado porque volvía con las rodillas raspadas, la ropa manchada y los ojos llenos de historias. Hoy, la ropa está intacta. Y el silencio también.
Los niños ya no se manchan. No trepan árboles, no se esconden entre arbustos, no se revuelcan en la tierra como lo hacíamos nosotros. Salen, sí. Pero siempre acompañados. Vigilados. Dirigidos. El juego ha perdido su desorden, su riesgo, su libertad.
En los últimos años, hemos cruzado una línea invisible: la que separa la protección de la sobreprotección. Y en ese cruce, algo se ha perdido.
Es evitarles toda dificultad, todo sufrimiento, todo problema. Es resolver por ellos, anticiparse a cada tropiezo, suavizar cada borde. Es querer que estén siempre felices, siempre seguros. Pero esa seguridad tiene un precio: la incapacidad para afrontar la vida.
Porque si tú solucionas todos los problemas de tu hijo, no le estás capacitando para vivir. Le estás enseñando que el mundo se adapta a él, que no hay piedras en el camino, que alguien siempre vendrá a rescatarlo. Y eso no es verdad.
Jugar no es solo entretenimiento. Es ensayo. Es aprendizaje. Es enfrentarse al miedo, al error, al conflicto. Es negociar, perder, caer, levantarse. Es mancharse. Y en esa mancha, hay una lección.
Los niños necesitan saber que pueden equivocarse. Que pueden resolver. Que pueden pedir ayuda, sí, pero también intentarlo solos. Necesitan saber que el mundo no siempre será amable, pero ellos pueden ser fuertes.
Debemos proteger a nuestros hijos, claro que sí. Pero no impedirles vivir. No encerrarles en una burbuja de perfección y control. Debemos prepararles para volar, aunque eso implique que a veces caigan. Porque el vuelo no se aprende en el aire, sino en el suelo.
Un niño que no se mancha, no juega. Un niño que no juega, no explora. Y un niño que no explora, no aprende a volar. Dejémosles volar, aunque a veces caigan. Que el cielo también se aprende desde el suelo.
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LA MIRADA INQUIETA DE CELA
Gustavo Páez Escobar – Colombia
Tal vez la condición más desarrollada de Camilo José Cela fue su capacidad de análisis del hombre y sus circunstancias. Poseía una mirada penetrante sobre el mundo cotidiano, y esa habilidad innata le permitió descubrir, con agudo y a veces despiadado realismo, el lado oculto de la gente.
No había detalle que se escapara a su ojo de zahorí, ni pecado o virtud que tratara de ocultarse a su mirada inquieta, porque poseía la perspicacia capaz de desentrañar los secretos más escondidos. Era, ante todo, un escrutador del alma, y eso explica su destreza para crear en sus novelas auténticos personajes de la comedia humana.
Desde sus primeros años mostró el temperamento provocador, rayano a veces en la insolencia, con que irrumpió siempre en los ambientes ortodoxos para romper costumbres inveteradas y poner en duda la autenticidad de las cosas aparentes.
Las celebridades eran para él siempre sospechosas, y nunca fue fácil para aceptar lo establecido por el solo hecho de obedecer a la tradición o la costumbre. Por el contrario, huía de lo tradicional y lo ilusorio: allí podía existir una mentira. Pero no despreciaba la legitimidad de los hechos y la realidad de las personas.
Debido a su carácter abierto y desenfadado cosechó no pocas enemistades.
Enemistades que no ignoraba y parecía consentir. En 1972, en nueva publicación de La familia de Pascual Duarte en Ediciones Destino, anotó con malicia y vanidad: “Dedico esta edición a mis enemigos, que tanto me han ayudado en mi carrera”.
Lo importante para él era escribir, sin fijarse a quiénes hería o incomodaba. Como era iconoclasta y transgresor por naturaleza, su oficio de escritor lo ejercía con mayor placer utilizando las armas punzantes de la ironía y el duelo implacable de las palabras.
Vivió en función permanente, casi angustiosa, de crear nuevos vocablos y darle sonoridad y mayores alcances a su expresión idiomática. Su sentido del idioma como patrimonio del pueblo le hizo manejar el lenguaje directo y vigoroso, rico en matices, claridad y belleza.
Sus libros están matizados de poesía, porque su vocación por la estética y las cosas hermosas del universo era la llave maestra para comunicarse con sus lectores. En 1936, apenas de 20 años, escribió su primer poemario, que publicaría en 1945: Pisando la dudosa luz del día. Más aún: de solo ocho años ya escribía poemas secretos.
Pocos como él han incursionado en todos los géneros literarios. Es uno de los escritores más prolíficos de España y una de las figuras más destacadas de las letras universales. Escribió mucho, tal vez demasiado (se habla de más de un centenar de libros), y varias de sus obras quedarán sepultadas en la fosa del olvido. Pero las que marcan su popularidad y prestigio, que no pasan de cinco o seis, son suficientes para definirlo como un clásico del mundo. Su personalidad literaria es no sólo singular, sino arrolladora. Su mayor mérito reside en su maestría para captar la tragedia del hombre. Cela buscaba mostrar su verdad con palabras, y así lo deja evidenciado en su obra.
Los personajes fuertes y bien caracterizados de sus novelas –sobre todo los que se mueven en La familia de Pascual Duarte y La colmena, que son las de mayor contextura y densidad humana– se quedan caminando por el planeta como actores imperecederos de la realidad social. La misma realidad que él vivió en su España convulsionada –en la que, por extraña ironía, desempeñó el cargo de censor oficial, oprobio que él mismo sufriría con sus dos obras mayores– y la que ha vivido y continuará viviendo el hombre a lo largo de la historia.
Nada nuevo descubre el escritor en el mundo conflictivo de Pascual Duarte, ni en la atmósfera madrileña de los años 40, pero la ciencia novelística consiste en pintar ambientes y personajes novedosos. Nada nuevo hay en el arte: la magia consiste en saber expresarlo. Los personajes creados son la propia encarnación del novelista, pero estos solo perduran si tienen vida propia y alma inmortal, como Cela se las transmitió a los suyos. Lo demás es perecedero.
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