CUENTOS Y RELATOS

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante

Cuentos-y-relatos-2

“Aquí no se cuentan historias: se revelan memorias, ficciones y verdades que nos atraviesan… porque donde termina el silencio, comienza el relato.”

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Colaboran en esta Sección:
  • Magí Balsells Palau – España
  • Libia B. Carciofetti – Argentina
  • Carlos Horacio González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Marga Mangione – Argentina
  • Andrea Morini – Argentina
  • Gustavo Páez Escobar – Colombia
  • Carlos F. Pérez de Villarreal – Argentina
  • Walter H. Rotela – Uruguay

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MI PINO MI AMIGO

Magí Balsells Palau / España

Éramos ocho amigos que, en su momento, compramos unas parcelas en un lugar costero con poca vegetación y menos arbolado. Eso despertó en nosotros el deseo de tener algunas plantas y un árbol que, al crecer, nos ofreciera una agradable sombra.

Decidimos que cada uno plantaría un árbol, todos de la misma especie. El problema fue que muchas de las variedades que intentamos no se arraigaban bien en el terreno, hasta que dimos con la más simple y resistente: el pino piñonero, muy extendido en las costas. Necesitaba poco cuidado y se adaptaba perfectamente a superficies rocosas o areniscas.

Cuando vimos que sus raíces se habían hecho fuertes y empezaban a crecer con rapidez, uno de los amigos propuso algo insólito, y en cierta forma, macabro: Que al fallecer alguno de nosotros, se cortara su árbol y con su madera se le hiciera un ataúd. Así, el árbol podría acompañarlo eternamente, como símbolo del cariño que siempre se le había dado.

Como era de esperar, hubo discrepancias. Pero, siendo democráticos, se sometió a votación secreta. Todos aceptamos cumplir el resultado, y la propuesta fue aprobada.

Pasaron los años. Los árboles crecieron fuertes y sanos, cuidados con esmero. Hoy se cumplen cincuenta años de aquella plantación, y he querido celebrarlo. Pero no tengo con quién. De mis amigos, ninguno queda. Todos se marcharon con la compañía de su árbol. Sus parcelas están solitarias. No hay ningún árbol, solo los mojones que indican que alguna vez estuvieron allí.

Me equivoqué al decir que no tenía con quién celebrarlo. Sí lo tengo: mi árbol, mi amigo fiel. No quiero que te corten, ni que tu madera envuelva mi cuerpo. Quiero que vivas muchos años más. Nadie recordará la promesa que hicimos los ocho amigos. Nadie puede reclamarme nada.

Por eso, quiero ser enterrado a tus pies. Así podré disfrutar de tu compañía viva, y tú podrás abrazarme con tus raíces, guardando mi sueño eterno.

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NO ME RECONOCIÓ ( PADECE LA ENFERMEDAD DEL OLVIDO )

Libia B. Carciofetti / Argentina

La tristeza a veces viene envuelta en papel desteñido, opaco como esos cielos que presagian tormenta.

Hoy me estrené un sweater color otoño, que hacían juego con mis zapatos y cartera. Fui temprano a la peluquería, me hice reflejos, manicura y dejé que me dieran unos toques «maestros » en el rostro. La verdad que me gustó el cambio… ¡Parecía otra!

Siempre salgo a las corridas de casa a la oficina, y a veces salvo en raras ocasiones me maquillo. En uno de los correos que me enviaron en la semana de la amistad, y gracias a la mala costumbre que tienen algunos usuarios dejando expuestas las direcciones, leí el nombre de tu hermana «Leticia Brown» … ¿Será otra persona?

Seleccioné la dire y le envié un correo, ya nos conocíamos de la secundaria, solo que cuando ella se recibió yo cursaba 2º año.

Lo primero que hice fue preguntarle por ti, que si bien no eran hermanos de padre y madre tenían una muy buena relación. Dany le debe llevar 20 años y hace 20 años tenía una pinta de aquellas… Cuando lo veía por los pasillos me quedaba embobada! ¡Esas canitas! ¡Esas canitas! Esa corbata haciendo juego con la camisa ensamblado con este traje oscuro, me volvían loca.

Creo que desde que lo conocí comenzó a gustarme geografía… Solo que creo que a el no le caía muy simpática porque siempre me bochaba.

Mis compañeras me decían ¡Este tipo está remetido con vos! ¿No ves como te mira y se hace el distraído? Creo que usa la estrategia de encontrarte errores para engancharte…

Y nuevamente mi conteo con los dedos daban el mismo resultado… 18 a 44… ¡Nena! te lleva 26 años! Puede ser tu papá.

Lo mismo soñaba y suspiraba por el, aunque reconocía que mis sueños quedarían en eso nada más. Hasta que un trágico día, nos enteramos que en el laboratorio de fotografías suyo pero que atendía su madre se inició un incendio y explotó una lata de un líquido que usaban para los revelados.

El, aparentemente no tenía lesiones expuestas, pero si su madre sufrió quemaduras de 3º grado que le produjeron la muerte.

Solo supimos que el había perdido la audión de un oído y parte del otro que lo inhabilitaba para dar sus clases.

Un episodio que consternó al colegio entero; y de allí en más desapareciste de nuestras vidas… Te había tragado la tierra, te habías mudado con tu hermana, sumido en el dolor. Pero esas vueltas de la vida, y esa imagen que no se me borró jamás de la memoria. Ahora que tu hermana me había contestado y me dio la oportunidad de este reencuentro, te daría la sorpresa…

No le quise preguntar si estabas casado, trabajabas o que era de tu vida…solo quería verte y que me vieras.

Olvidé preguntarle a Leticia que vehículo tenías ahora… De todas maneras te compré un llavero con la letra «D» muy sobrio… Como todo lo que usabas.

Me baje del subte atropellando a medio mundo, era domingo y no tenía porque hacerlo, ya que no viajaba mucha gente.

En Corrientes le compré un ramito de fresias a Leticia y en vez de tomar un taxi, caminé las 8 cuadras tratando de aquietar este corazón que galopaba a lo loco. Me iba mirando en las vidrieras y yo misma me asombraba del brillo que tenían mis ojos. No podía negarlo, tenía una “regresión” de aquellas.

Creo que me voy a morir de parada, pensé…Una lujosa planta de edificios, que me dejó alelada…Si hasta me dio la idea de no subir y escribirle a Leti, que no pude ir. Pero mujer al fin, acostumbrada a tomar decisiones, subí y toqué el timbre. Nos abrazamos con Leti que se alegró de verme, y cuando me estaba por decir algo, apareciste. Esperaba que me dieras un beso de bienvenida, o extendieras tu mano para saludarme, Pero solo te sonreías sin dejar de mirarme…Entonces yo me elevé un poquito y te besé la mejilla. Tu cabello ya se había teñido de gris, usabas lentes, y tenías puesto chinelas.

Aún así me seguías gustando, estabas muy bien afeitado y con olor a rico.

Abrí mi cartera y te ofrecí el regalo que traía, no lo abriste y si lo dejaste sobre la mesa. Leticia nos dio orden de sentarnos que ya traía el te.

No me corriste la silla y te sentaste primero… ¡Te desconocí!

No tengo palabras para expresar lo que siento en estos momentos al contarlo.

Su audición había mermado y solo escucha algo cuando le ponen sus audífonos que no los soportan y descansan en un cajón.

De pronto con voz utilizada por aquellas personas que no escuchan, me pregunta. ¿Quién eres tú? Quise argüir palabra, pero la tristeza me superó y solo pude decir Beatriz tu alumna, quise darte la sorpresa de visitarte para el día del amigo… Se sonrió y siguió tomando su te… ya me saltaban las lágrimas… Yo no te conozco!!!

Maldije al peluquero, maquilladora, manicura, odié mi sweater  color otoño…

Yo me había desconocido…pero tanto como para que no me reconozcan ¿???

Nos miramos con Leti, y por sobre el mantel me aprieta la mano en un gesto de ternura. ¿Sabes Beatriz? Dany padece la llamada “Enfermedad del olvido” para decirlo mejor Alzheimer

Desde que nos mudamos hace 8 años lo comencé a notar “distinto” como ausente, en las conversaciones… dejó de salir, se recluyó en su “bunker“ de silencio. Te lo iba a contar  para que estés informada, pero justo entraba el…

Podíamos hablar pues no lo mirábamos y él estaba viendo como se ocultaba el sol detrás de los edificios.

Es muy triste vivir con una persona que no tiene incentivo de nada, pero no lo puedo abandonar, pues al morir mamá yo le prometí que viviría conmigo…

Es muy dócil, no es agresivo… ¡Es un niño! Al que amo con todo mi corazón.

¡Gracias por visitarnos! Hazlo cuando desees, me hacen bien las visitas ya que con él casi no hay diálogo… ya lo ves son personas muy especiales.

Cuando vio que me paré para irme, se acercó y me abrazó, impregnándome de su perfume, y siguió sonriéndose…

Prometí volver y lo haré ¡Claro que lo haré! Recuperé al hombre de mis sueños, aunque olvidó sus sentimientos…

El mismo rostro, las mismas manos, los mismos ojos, la misma boca, su misma figura; y traje conmigo algo que no había tenido jamás; su perfume exquisito enredándome, y el recuerdo de su abrazo que aunque él no sabía a quien abrazaba yo se que es Dany quien me abrazó.

¡Mi papi siempre decía! Ustedes las mujeres se conforman con poco y hoy lo entiendo. ¡Si! Me conformo solamente con su presencia y su aroma…

Y mientras me desvisto sigo oliendo mi sweater con perfume a Dany.

La vida a veces nos prepara para dar lecciones aún después de clase, y yo estoy dispuesta a darla… Se que esta vez no me podrá “bochar”… Porque me interesaré por todos los comportamientos que tienen estas personas afectadas de este mal. Lo ayudaré a sobrevivir aunque me pregunte mil veces mi nombre y solo me sonría…

Hasta es posible que lo acompañe al parque tomada de su mano como dos enamorados.

Que DIOS nos ayude a transitar este doloroso y oscuro túnel de silencios…

Le pasó a el, como me pudo suceder a mi…

Esta enfermedad no perdona, por eso es que debemos estar preparados…

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DE POSTRE DURAZNOS

Carlos Horacio González Saavedra / Argentina

Corría el año 1960 y a papá lo ascendieron. Eso significaba una mejora económica sustancial. Pasó de ser casi un pincha papeles a llevar la teneduría de libros. Su jefe, el contador, había sido promovido a la gerencia.

El frigorífico “La Negra” estaba en Avellaneda y era uno de los más modernos de la época. No era fácil progresar en esas empresas, ya que sus dueños ingleses eran sumamente exigentes con sus empleados. Todo debía estar en perfecto orden para enviar los reportes a Inglaterra.

Papá era un genio para eso. Además, mis tíos trabajaban en el correo, en el despacho al exterior, así que las cartas salían y llegaban con una rapidez inusual. Eso les valió varias felicitaciones, tanto al jefe como a papá.

Mamá estaba contenta. Mi hermana y yo sabíamos que algo bueno estaba pasando.

En un almuerzo familiar, mis padres anunciaron que habían invitado al nuevo gerente a comer en casa, como festejo por los ascensos. Debíamos portarnos bien en la mesa: no apoyar los codos, esperar a que mamá sirviera, cruzar las manos y mantenernos a una cuarta de la mesa. Papá se ocupaba de medirlo con su mano durante toda la semana previa.

La casa debía estar impecable ese domingo, y todos colaboramos. Enceramos los pisos, lavamos el patio. Todo relucía. Mi hermana llevaba un vestidito muy bonito, y yo, pantalón corto y camisa al tono. Impecables los cuatro.

El contador Enrique Talent había dicho que tomaría el tren en Constitución a las 11:10 h, y llegaría a las 11:50 h a Rafael Calzada. Papá lo iría a buscar a la estación.

La mesa, con mantel y flores, daba un toque muy cálido a la visita.

Cuando faltaban unos minutos para salir, un grito desesperado de mamá rompió la calma: —¡Carlos, me olvidé el postre! ¿Por qué no compras en el andén de la estación una lata de duraznos al natural, en esa frutería nueva de paredes de chapa amarillas?

Papá, sin mucho que decir, asintió con la cabeza y salió. Era domingo al mediodía, todo estaba cerrado, y no había tiempo para buscar otra cosa.

A las 11:50 h, justo cuando bajaban los pasajeros, entre ellos Talent, lo vimos llegar con un ramo de flores para mamá… y una lata de duraznos en almíbar, comprados en Constitución.

Papá no dijo nada. Se sintió agradecido por los presentes, y hasta sacó unos caramelos del bolsillo para mi hermana y para mí.

Enrique Talent era una persona muy humana, de mirada y apariencia triste. Iluminaba su expresión con una sonrisa y unos encendidos ojos celestes. Algo mayor, soltero, y con muchas ganas de afecto. Papá lo estimaba mucho.

Todo transcurrió con normalidad. Almorzamos muy rico. A los postres, mamá había preparado los duraznos en una fuente de vidrio, listos para servir.

Salió contenta de la cocina, con su mejor sonrisa: —Ay, señor Talent, disculpe usted por los duraznos en almíbar. No tuve tiempo de hacer flan.

Papá replicó: —Tita, los duraznos los trajo Enrique. Los compró en Constitución.

Mamá se quedó muda durante media hora, sin saber cómo salir del momento incómodo. A Enrique le causó gracia. Papá se disculpaba por el desliz. Nosotros, callados, no sabíamos si reír o llorar.

A papá lo volvieron a ascender, promovido por Mr. Talent… a pesar del postre.

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TANA EN ESCOCIA ( DONDE EL PASADO SUSURRA)

Elspeth Gormley / España

Este relato pertenece al libro de mi autoría, El universo de Tana. Nos invita a recorrer la travesía íntima de Tana, una mujer que emprende un viaje hacia Escocia en busca de sus raíces. Lo que comienza como una exploración geográfica se convierte en una experiencia transformadora, donde la memoria, la herencia y la identidad se entrelazan en cada paso. Entre castillos, mares y leyendas, Tana descubre que el pasado no está detrás, sino dentro.

Durante años, Tana había sentido una llamada silenciosa hacia Escocia. No era solo el deseo de viajar, sino una necesidad profunda de pisar la tierra de su padre, de entender esa conexión invisible que la atravesaba. Aunque apenas lo había conocido, intuía que en esas colinas verdes y cielos cambiantes se escondían respuestas que su alma necesitaba.

Con una maleta llena de preguntas y el corazón latiendo fuerte, llegó a Glasgow. El aire fresco, el olor del mar, las piedras antiguas… todo parecía esperarla. Pero su destino no era solo el paisaje: era la casa donde su padre había vivido, en las Highlands.

Cuando Tana llegó, la casa se alzaba entre colinas como un guardián del tiempo. Al cruzar el umbral, sintió que el pasado la abrazaba. Las paredes de piedra, el techo de paja, los retratos antiguos… todo parecía hablarle. En la sala principal, frente a una chimenea apagada, encontró un diario. Era el de su padre.

Las páginas, escritas con tinta desvanecida, le revelaron un mundo íntimo: pensamientos, sueños, miedos, amor por la tierra. Tana leía y sentía que su padre le hablaba desde otro tiempo. Cada palabra era una caricia, cada frase una revelación. Sorpresa, nostalgia, admiración… pero sobre todo, conexión. Por primera vez, lo conocía de verdad.

El diario transformó su mirada. Las Highlands dejaron de ser un paisaje mítico para convertirse en escenario de su historia familiar. Las montañas, los lagos, los valles… todo tenía sentido. Tana entendió que no solo buscaba el pasado: estaba construyendo su futuro.

En una de las últimas páginas, su padre hablaba de una leyenda familiar: la historia de Ewan, un ancestro guerrero que había luchado en las Highlands con una espada forjada en el metal de un meteorito. Se decía que un cuervo blanco aparecía antes de cada victoria, como señal de protección. El castillo de Eilean Donan, según la leyenda, guardaba la espada en sus mazmorras, esperando al descendiente digno que pudiera empuñarla.

Tana visitó el castillo. Lo recorrió con respeto, sintiendo que cada piedra le contaba una historia. No buscaba la espada, sino el eco de su linaje. En las salas silenciosas, creyó escuchar los pasos de Ewan, el susurro del cuervo, el latido de su propia sangre.

Al salir, con el tartán de su padre sobre los hombros y el espíritu de sus ancestros en el corazón, Tana dejó la casa con una certeza nueva: no estaba sola. La tierra la había reconocido. Y ella, por fin, sabía quién era.

La historia de Tana no termina en Escocia. Comienza allí. Porque hay viajes que no se hacen con los pies, sino con el alma. Y hay tierras que no se visitan: se recuerdan, se honran, se habitan desde dentro.

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EL SONIDO DEL SILENCIO

Marga Mangione/ Argentina

No sabía por qué se encontraba en ese lugar, pero sí sabía dónde estaba; era un hospital. Pensaba que era una habitación muy grande, de esas que tienen diez, o doce camas, cinco o seis colocadas de cada lado, debajo de unos enormes ventanales.

Las voces y los ruidos hacían que se mantuviera alerta durante todo el día. Escuchaba conversaciones a su alrededor. A veces, alguno de los visitantes de los enfermos de las otras camas, se acercaba y murmuraba algo. Por lo general, sintiendo lástima por él. ¡Pobre pibe! ¿Todavía no se despertó? ¿Qué le pasó? Y el vecino de al lado contestaba: ¡Qué se yo! Lo trajeron así. Un accidente tal vez…

Las enfermeras que lo higienizaban y le cambiaban el suero, le hablaban, pero él, no les contestaba. No podía hablar, no sabía cómo hacerlo. Tampoco podía abrir los ojos. Nadie lo visitaba nunca. ¿Sería que tal vez su familia no se había enterado que estaba allí? O quizás no tenía familia. Trataba todo el tiempo de recordar qué le había pasado, pero era en vano, no recordaba nada.

Los días pasaban; monótonos, largos, interminables. Los primeros en los que tomó conciencia de que estaba internado en un hospital, los pasó desesperado, escuchando los ruidos, las voces, tratando de abrir los ojos, de gritar sus dudas, sus dolores, su angustia. Pero era inútil. Sentía el roce de las manos acomodando su cama, lavándolo, el murmullo de las voces penetraba en su cerebro enloqueciéndolo. Lo peor eran las noches, cuando todo quedaba en total y absoluto silencio por horas y horas

. Hasta que empezó a reconocer un ruido: era el goteo de una canilla. Pensó que su cama estaba ubicada al lado del baño. Sí, tenía que ser así, porque se acordaba que alguna vez estuvo visitando a alguien internado en el Hospital Fiorito de Avellaneda, y la habitación era de las dimensiones que se imaginaba tenía ésta. Antes de ingresar a esa sala, había un baño que usaban los enfermos que podían levantarse, y los familiares que se quedaban a cuidarlos.

La canilla goteaba exactamente cada segundo, de cada hora, de cada noche. Siempre igual, eternamente igual. Hasta que ese ruido comenzó a hacerse diferente. Prestó atención; ya no eran gotas cayendo monótonas sobre la superficie de una pileta. No, ahora las gotas le hablaban. ¿Se estaría volviendo loco? Comenzó a darse cuenta una madrugada, mientras trataba de sacudir la niebla que cubría sus sentidos aletargados. Lo había despertado la voz de la enfermera nocturna, preguntándole a uno de los enfermos si necesitaba algo.

Supo que todavía era de noche, porque la que hablaba era Lila, y ella se iba a las seis de la mañana. Las que estaban durante el día eran muy eficientes, pero trabajaban casi mecánicamente. En cambio, Lila se tomaba el tiempo necesario para ser cariñosa con todos. A él siempre le hablaba con dulzura, y en esos momentos sentía una pena inmensa por no poder contestarle y agradecerle sus cuidados, pero le encantaba escucharla. Cuando la muchacha se fue, volvió a oír las gotas hablándole. ¿Qué le decían? Escuchó atentamente en medio del silencio casi sepulcral que reinaba en ese lugar y a esa hora.

Ahora oyó claramente: Juan…, Juan…, Juan… ¿Sería ese su nombre…? Pensó que, si las gotas le hablaban, podría preguntarles si sabían quién era, y un montón de cosas más. Pero, ¿Cómo lo haría, si no podía hablar? Entonces las gotas le contestaron: Tranquilo Juan. No necesitas hablar. Nosotras escuchamos tus pensamientos, y te vamos a ayudar… Me llamo Juan, decidió. Y les agradeció mentalmente a las gotas. ¿Qué me pasó? Siguió preguntando con el pensamiento, y las gotas seguían hablando: tac…, tac…, tac… Moto. -escuchó- ¡Yo andaba en la moto! ¡Me habré caído, o tal vez me atropellaron!

¡No puedo recordar! Una lágrima se deslizó desde su ojo a la comisura de sus labios. Las gotas le dijeron: tac…, tac…, tac… Está bien, -les dijo- no voy a llorar, ¡pero ayúdenme por favor…! Y las gotas seguían con su: tac…, tac…, tac… Me llamo Juan. Me caí de la moto. ¡No! ¡Me tiraron de la moto! Estoy vivo, pero no puedo hablar, ni moverme, y me duele todo el cuerpo… ¿Tengo familia? El tac de las gotas le contó que tenía una mamá, una novia y hermanos, pero eso no fue de golpe, pasaron muchas semanas en las que Juan dormía de día y preguntaba de noche. Paulatinamente iba conociendo su historia, pero le faltaba hacer la pregunta más importante: ¿Se salvaría? ¿Volvería a caminar, a hablar? ¿Sabrían su mamá y su novia que estaba allí?

Esa noche preguntaría… El día se le hizo insoportable. Cuando el día acabó, y comenzó a reinar el silencio, buscó el sonido de las gotas y no lo escuchó. Esperó en vano durante muchas horas. Después, en medio de la desesperación oyó la voz de Lila, la enfermera nocturna, que comentaba con el médico de guardia: –

¡Menos mal que arreglaron esa maldita canilla, ya no la aguantaba más!

La penumbra de la habitación no permitió que la enfermera pudiera ver las lágrimas que rodaban por las mejillas de Juan…

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ENOJO

Andrea Morini / Argentina

Hace días que no respondes. Molesto paso por tu casa para verte y, de paso, regañarte por no devolver mis llamados. 

No tengo tiempo en la semana para estas cosas, seguro que lo sabes pero, aún así, te comportas como un niño reclamando atención.

Las llaves en la cerradura giran con fuerza, entro a la casa y un silencio ominoso me recibe. Atino a nombrarte, pero mi voz se pierde en los recovecos de las habitaciones.

Extrañado comienzo a recorrerlas, pero no hay anuncios tuyos y comienzo a preocuparme, no sueles salir de la casa desde hace mucho tiempo. 

El olor de los ambientes tiene reminiscencias del pasado, me habla de ti, de mí, de tus brazos fuertes llevándome al colegio o a jugar al club. 

Esos miembros protectores que contuvieron mi niñez, ahora tan solo tienen fuerza para levantar un vaso y que no caiga  al suelo por resbalarse de tus manos inseguras, como ya pasó hace algún tiempo, aunque no dijiste nada, pero las astillas delataron tu secreto que quedó sellado en mi boca.

Sigo avanzando por los recuerdos mientras te busco, «¿dónde te has escondido?» me pregunto, sabiendo que no sé si quiero tener respuesta a ese interrogante. 

Me encamino hacia el banco del patio, aquel en el que te gusta sentarte en las tardes cálidas a leer o tomar unos mates… y allí te encuentro rodeado de fotos familiares que me miran desde el mutismo en el que están inmersas, al igual que tú. 

Te llamo, pero ya no respondes.

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ESTOS DIAMANTES, CAROLINA

Gustavo Páez Escobar / Colombia

          Tal vez por ser la mujer del joyero, Carolina se acostumbró al lujo. A toda suerte de lujos, desde lucir las joyas más ambicionadas por la vanidad femenina hasta cambiar de carro y de residencia con el único motivo de estrenar, o inventarse viajes al exterior para contemporizar con el mundo de derroches y alardes del que no podía prescindir.

          –Vengo con el último grito de la moda –le anunció a su marido, y con rápido movimiento sacó de los paquetes todo un almacén de vestidos, zapatillas, perfumes y ropas íntimas.

          –Pero si la semana pasada te compraste tres vestidos –exclamó Hugo Mario, entre atónito e idiotizado, y en realidad ignoraba si habían sido tres o media docena

          –Y este es el perfume más arrebatador de París (¿te imaginas cuánto me costó?), como para tenerte siempre a mi lado –siguió ella, sin darle lugar a nuevas protestas, mientras la fragancia inundaba la alcoba con poderosas incitaciones.

          –¡Fantástico! –fue la exclamación del marido derrotado, y fascinado al mismo tiempo, y en esos momentos era cuando él saboreaba mejor la vida y más se solazaba con el lujo de mujer que le había dado la suerte.

          –Y ahora un aire romántico (¿prefieres los Panchos, los Diamantes o María Luisa Landín?), y whisky para que el amor sea más embriagante. ¡Cuánto te quiero! No dejes nunca de ser apasionado, te lo ruego –continuaba su esposa, matizando el instante amoroso, y el hombre, derretido entre sensaciones lascivas, quedaba sin respiración.        

          –Eres un encanto –tales las palabras rituales con que el marido finalizaba siempre aquellos encuentros, y el acto concluía.

          Camino del negocio, con esa languidez de espíritu de los maridos generosos, se preguntaba Hugo Mario si su chequera respondería a tantos excesos. “Me estoy arruinando”, meditaba. Luego, recordaba el beso categórico y la emoción causada por las caricias seductoras con que la mujer dice siempre la última palabra. El embrujo todo de París cabía en esas gotas de perfume que, cual señuelos para la provocación, le despertaban alborotos súbitos, que por fortuna su mujer sabía calmar en la justa medida.

          Era entonces cuando musitaba el “eres un encanto” y cuando Carolina se proclamaba victoriosa, como mujer satisfecha, en lo más recóndito de su amor posesivo. Sabía que el hombre, disminuido, respondería mejor a sus asedios. ¿Sería él tan indolente que le negara el aderezo de diamantes con que tanto había soñado, o no accediera al viaje que con sus amigas preparaba para las playas de Miami?

          “Me estoy arruinando”, volvía a pensar. Y otra vez la cabeza le daba vueltas con el cúmulo de compromisos económicos que ya no alcanzaba a atender. Pero de nuevo surgía su vida sentimental con una eva tan apetitosa como complaciente, y ahí se evaporaban sus temores. Y hasta se enternecía al acariciar los fugaces momentos de placer donde la voluntad se desvanece entre las sutilezas femeninas.

          –Acuérdese, don Hugo Mario –le recordaba el usurero–, que llevo seis meses esperándolo y ya no puedo darle más plazo.

          –Le pagaré más intereses.

          –No es suficiente. Necesito el capital o una garantía mayor. Hipotéqueme la casa.

          –No es posible: está hipotecada.

          –Entonces, la finca.

          –Tampoco es posible: tiene dos hipotecas.

          –Entonces…

          De aquella conversación con el usurero arrancó la quiebra presentida. No fue sino que él lo embargara para que el resto de acreedores, que se mantenían listos para el ataque, cayeran como langostas. Menos mal que Carolina gozaba las delicias del sol, la brisa y las tibias aguas del Caribe y no se halló presente el día en que el juez decretó el secuestro de todas las propiedades. Ella no merecía aquella vergüenza, aquel sonrojo inconcebible para una princesa.

          La suntuosa mansión se desmoronó de repente como castillo de naipes. Era su última fortaleza y también le fue arrebatada, como había sucedido con la joyería, la finca, los carros, el dinero en bancos, los papeles bursátiles…

          Fue diestro, sin embargo, en salvar las alhajas de su esposa. A ese tesoro nadie tendría acceso. Brazaletes, gargantillas, pectorales, aretes, anillos, diversidad de adornos montados en pedrerías fantásticas refulgían con los destellos que la fortuna conservaba para no abandonarlo por completo. Se abrazó a las joyas, las besó, se rodeó el cuello de lazos y cadenas, se dejó obnubilar por el fulgor y la pompa. Y lloró.

          Acaso ese tesoro significaba su perdición, pero el marido dadivoso se negaba a reconocerlo. Primero estaba su esposa, que valía más que aquella colección de espejismos. Ella significaba la razón de su vida y lo demás era secundario. Frente a ese mar encantado que le arrancaba lágrimas, se decía que su mujer, por leve y fascinante, por sensual y complaciente, tenía derecho a los caprichos de la moda y a su dulce coquetería.   

          Pero el imperio se había derrumbado. Una princesa no se acomoda entre la pobreza. Ya en pocos días estaría ella de regreso y no era sensato condenarla al oprobio de la penuria. Rescatar la riqueza perdida consistiría en ejercer su destreza de comerciante.

          Si no se hubiera enredado en negocios oscuros es posible que Hugo Mario se hubiera salvado. Meterse con la mafia y caer en los bajos fondos fueron recursos desesperados que apresuraron su desgracia. Cuando Carolina volvió, él estaba en la cárcel. Sin casa, sin carro, sin dinero… ¿y también sin marido? Carolina duró una semana llorando.

          Buscar abogado… ¡vaya oficio más rudo para una princesa! ¿De dónde sacaría el dinero si todo se había evaporado? Era una frágil crisálida que carecía de fortaleza para volar. Vestía ahora con más discreción y menos fantasías, aunque con igual garbo.

          El abogado la observó con atención. Con interés escuchó la historia y la ayudó a localizar datos importantes para la defensa. Carolina, inexperta y tímida, no acertaba a hilar sus pensamientos. El abogado la auxiliaba en los momentos de confusión. Y viendo su juventud y belleza, justificó su impericia.

          –Defenderé el caso –concluyó el penalista.

          –No tengo dinero –exclamó ella con nerviosismo.

          –Serénese, señora. No todo ha de ser dinero. Llegaremos a un acuerdo. Lo importante es que recupere a su marido.

          –¿Me ayudará usted?

          –Sí. Es usted joven y atractiva y yo contribuiré a su felicidad.

          Se sintió halagada. Respiró con la satisfacción de las mujeres galanteadas y comenzó a pensar que la suerte no le era tan esquiva. Días más tarde se presentó con un plan definido:

          –He encontrado la fórmula para arreglarle sus honorarios. Este aderezo vale una fortuna. Tal vez usted quisiera regalárselo a su esposa…

          –Preciosa joya –exclamó el abogado, ponderando las tres piezas que le mostraba Carolina–. Déjeme que lo aprecie más si usted lo lleva puesto. ¿Me permite admirarlo en su cuello? Las joyas son más refulgentes cuando van unidas a un rostro hermoso y a un talle esbelto. Usted tiene ambas cualidades –prosiguió con una reverencia–. ¿Quiere mucho su aderezo, señora?

          –Es parte de mí misma –contestó ella–. No importa: renuncio a él.

          –Y yo no acepto su sacrificio. No debe privarse del placer de la vanidad. Las mujeres, señora, nacieron para ser vanidosas. Guárdelo, por favor.

          Carolina se emocionó. Ser mujer es ser sensible a la lisonja. Era ese el halago que requería en su abandono. Su espíritu se veía vigorizado para la lucha. “Perdóname si no he vuelto a visitarte –le escribía días después a su marido–, pero la cárcel me deprime. ¿Me entenderás, amor mío? Siempre estoy contigo”. Él le contestó que ante todo cuidara la salud y le suplicaba que dejara de frecuentar la cárcel. “Eres un encanto, y no debes pisar estos sitios indignos de tu belleza. Saldré pronto y entonces volveremos a estar juntos”.

          Carolina no volvió más a visitar a su marido a la cárcel: terminó de concubina del abogado. Pasados los primeros temores y superadas las primeras crisis, ella misma se absolvió de su culpa. Le pareció que era muy frágil para permanecer desamparada. No: imposible resistir los cinco años de soledad a que quedaba expuesta por la condena de su marido. El abogado había perdido la causa.

          Y ella se decía que aquel había sido un sacrificio impuesto por la necesidad de salvar a Hugo Mario. Pero no estaba tranquila. Percibía el reproche de la conciencia. Incomodidad que pareció desvanecerse cuando el abogado, que aquella noche la llevaría a comer a su restaurante preferido, le dijo:

          –Quiero verte con el aderezo de diamantes. Es el símbolo de nuestra unión.

          –Y el símbolo de la traición, bien lo sabes –agregó Carolina–. ¿Has meditado en el precio de nuestras relaciones? Ensuciaste hasta tu prestigio profesional al desviar, en provecho tuyo, la suerte de la defensa. Dejaste perder el pleito para quedarte conmigo, y yo favorecí tus propósitos. Me vendí. Tú me compraste. Los dos somos miserables.

          –Ponte los diamantes –repuso el abogado–. Ya es tarde para rectificar el pasado. Lo hecho, hecho está.

          –Está bien. Ayúdame.

          Carolina se contempló en el espejo. Estaba radiante. De pronto le pareció ver en el destello de las piedras los ojos pesarosos de su marido. No sabía si la juzgaban o le expresaban amor. Estuvo a punto de prorrumpir en llanto, de destruir el aderezo. Pero se contuvo.

          –No enturbiemos el corazón –escuchó la voz de su amante–. Vamos, ángel mío. Pasaremos una deliciosa noche de amor.

          –Vamos.

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LA ÚLTIMA FRONTERA

Carlos F. Pérez de Villarreal /Argentina

Pasó la pierna derecha por sobre el cuello del caballo y se dejó deslizar por la montura. Sus pies tocaron el suelo. Le temblaban los muslos, hacía casi 12 horas que no descabalgaba. ¡Habían pasado tantas cosas…!

Se relajó un tiempo, tomó las riendas y a paso lento con su animal detrás, caminó hacia la caballeriza que se estaba levantando en el campamento La sangre seca, parte suya y parte de sus enemigos, se dibujaba en la cara, los brazos y la Larica. La mano izquierda tenía un tajo que le dolía bastante y el golpe en el labio ya había dejado su huella.

Dejó al animal con un ayudante, recogió el Clipeus y el Pilum y se dirigió a la Sección Octava que se encontraba desmontando. Ya habían armado una empalizada y las tiendas de campaña empezaban a florecer como hongos. Lo recibió el Decurión:

—Prefecto Lucius, venga, descanse en esta tienda, en cuanto terminen de armar el campamento, armaremos la suya y podrá darse el gusto de lavarse. —Gracias Publio. Necesito que vean mi mano.

Ni bien quedó solo, se deshizo de las armas. Dejó el escudo y la lanza. Sobre ellos colocó la armadura, el Gladius y el Pugio. Se derrumbó prácticamente sobre un pequeño catre de lona y madera. Al instante se quedó dormido

Un ave rapaz vuela en círculos, dejándose llevar por las corrientes cálidas. El está abajo, solo, semidesnudo, en el inmenso arenal, calcinado por el sol. Otra ave se agrega, y otra y otra. Y se lanzan sobre él. Desesperado toma su cuchillo y descerraja a la primera que tiene a mano. Mata a otra, pero las demás lo pican, lo fustigan. Cuida su cara, sus ojos…

De repente una mano posada en su hombro lo vuelve a la realidad: —¡Prefecto, Prefecto!

Se levantó de un salto y ya con el cuchillo en ristre, cayó en la cuenta de la situación. El sueño se borró en un instante. Allí está el Decurión con un Medicus. Los dos hombres se han retirado hacia atrás, sorprendidos. Pidió disculpas, dejó el arma y se sentó. Mientras el galeno le curaba la fea herida de la mano y el labio, se dio cuenta que tenía golpes y moretones en los brazos y en el pecho. La batalla había sido dura… muy dura. Más de lo que él imaginó. Había que vengar la matanza de las legiones de Varo en Teutoburgo y delimitar la frontera Sí, había que hacerlo, pero… ¿a qué precio? La muerte había visitado el campo. Sobre el recodo del río, los cadáveres se contaban de a miles. Los bosques detrás, destruidos. Hombres y animales muertos. Animales y hombres muertos Demasiada muerte. Estaba hastiado de ella.

¿Cuál era el saldo que tenía a favor después de casi 24 años en las legiones? Había llegado a ser Prefecto, al mando de una Alae de caballería de 1.000 hombres. Hoy, bajo las órdenes del General Germánico, acababan de vencer a las tribus indómitas de la Germania Magna. En el principio, África Proconsularis, Cirenaica, Mauretania. Luego Egipto, Mesopotamia. Después Las Galias, Aquitania, Hispania. Había recorrido todo el Imperio… Un año más y ganaría su salida de la legión con honores, dinero y una casa en el campo. Cumpliría 25 años de servicio prestado. Le darían su missio honesta.

Cuando terminaron de curarlo, Publio le anunció que llevarían el equipo a su tienda y que había suficiente agua hasta para darse un baño. Cansinamente se dirigió a la carpa, entró, se desnudó y se lavó todo el cuerpo; parte por parte. Fue descubriendo heridas nuevas y rememorando cicatrices viejas. ¡Qué cansado se sentía!

El sueño de esa noche, no fue bueno. Sólo, en un claro inmenso de un gran bosque, está caído en la hierba seca, roída por un sol impiadoso. Un pájaro lo sobrevuela, luego otro y otro. Lo atacan. Se defiende como puede con la corta espada.

El despertar no fue cómodo. Empapado de sudor, se levantó de un saltó y salió hacia la noche estrellada. ¡Marte, Marte! ¿Dónde estás que no me proteges? Cuando el frío del amanecer lo hizo tiritar… ya había tomado una decisión.

Seis días más tarde, las tropas ya acantonadas, comenzaban a reagruparse y las fortificaciones generaban el desplazamiento de cohortes a diferentes destinos, abriendo las legiones sus mandos y fuerzas. Esa noche, un hombre y un caballo, llevado de las riendas, se desplazaba poco a poco hacia la salida de uno de los campamentos de la fuerza de caballería. Los dos legionarios de guardia no vieron nada. Sólo una sombra envuelta en un gran manto marrón, flotó al viento al lado del lomo del animal, negro como la noche sin luna. Sus patas blancas habían sido tapadas por dos causas: no permitían ver el color y ahogaban el ruido de los cascos sin herrar en el suelo. Las siluetas se desdibujaron en la noche sin luna.

Internado en un nuevo territorio, el jinete destapó las patas del caballo, acomodó bien los víveres y el agua sobre la montura con el Tapetum debajo, montó de un salto; y a un trote continuo comenzó a ganar terreno. El alba lo encontró detrás del bosque inmenso, ya en una gran llanura que se perfilaba hacia el norte.

Lucius Cayo Dominicus, Prefecto de la VIII Legión, sonrió. Abrió los brazos en cruz, cerró los ojos y se dejó acariciar por la leve brisa. Cuando levantó la mirada al cielo, sorprendido observó el vuelo de un águila real. «Buen augurio». Pensó. Su deserción sería notada. Ya nada importaba. Buscaba su propia libertad. Dejaba atrás la última frontera.

Vocabulario romano antiguo Campamento: Campamentus Escudo de caballería: Clipeus – corto y ovalado Lanza: Pilum Espada corta: Gladius Cuchillo corto: Pugio Armadura completa: Larica Sección: Turnae (35 jinetes) Agrupamiento de caballería: Alae (1.000 hombres) Jefe de Agrupamiento: Prefecto Jefe de Sección: Decurión Cada Legión (4.800 hombres) tenía diez Cohortes. Cada cohorte (480 hombres) estaba formada por tres Manípulos. Cada manípulo (160 hombres) constaba de dos Centurias de 80 legionarios cada una. Servicio prestado a la Legión con 25 años: missio honesta Médico: Médicus Cubierta de lana colocada debajo de la montura para evitar roces: Tapetum Batalla de Idistaviso (año 16): Conocida como batalla del Río Weser, donde el General Julio Cesar Claudiano (Germánico), vence, derrota y masacra a las tribus germanas al mando de Arminio; vengando así la masacre de Teutoburgo (año 7). Al terminar la batalla los romanos habían perdido 1.000 soldados mientras que los germanos dejaron sobre el campo 15.000 cadáveres. Germania Transrenana: Germania Magna Grito de ataque de las legiones: Roma invicta est

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OTRA DIMENSIÓN

Walter H. Rotela / Uruguay

Días atrás, hace casi un mes, escuchaba un programa de radio mientras almorzaba. En determinado momento, el director de un grupo coral invitó a los amantes de la música góspel a presenciar un espectáculo donde se ingresaba a otra dimensión. Por casualidad fui a parar a dicho evento.

Una vieja amiga me invitó al espectáculo que anunciaron en la radio. Ella dijo: «Ven acompáñame, voy a un evento y no quiero ir sola». Sin saber a dónde íbamos, la acompañé.  Y como es costumbre nuestra, llegamos tarde. Y, entonces, comprobé eso increíble anunciado por el director del grupo coral. Aunque dudo mucho que él mismo hubiese previsto lo que ocurrió, y de lo que fui testigo, en ese lugar y momento.

El anuncio hubiese pasado desapercibido por mí de no haber mediado la invitación de mi amiga. El espectáculo se anunciaba para las 20 horas del día domingo. Ella me avisó sobre el medio día y como no tenía planes accedí, encantado. Sin embargo, no recordaba el aviso radial. Y por culpa mía, llegamos 20 minutos más tarde del comienzo, a la sala llamada La colmena.

Ingresamos al auditorio en puntas de pie, paso por paso, mientras el coro hacía su presentación irradiando una energía increíble, llegando a un punto que podría denominar el clímax. Nos sentamos en la última fila. La oscuridad de la sala parecía casi total. En el escenario las luces iluminaban tímidamente el fondo. Quedando, sin embargo, muy nítido el rostro de los cantantes.

Las voces recorrían la sala, la llenaban. El público parecía moverse acompasadamente, en una sincronía total. Nos sorprendió.

Nuestra atención se centró en el público, más que en el coro. Era muy extraño ver el delicado movimiento de las personas. Se daba una simultaneidad, una comunión perfecta, un diálogo preciso entre las voces y el movimiento de los escuchas, entre los artistas arriba del escenario y el público que los seguía desde las butacas. Parecía… que algo no andaba bien.

̶ Te diste cuenta que la gente emite como un zumbido –comentó, en voz baja, mi amiga.

̶  Sí… Y sus rostros… parecen idos –agregué.

Al parecer, el director del coro, por indicación de un corista, miró de reojo y observó, como nosotros, al público. Su sorpresa quedó manifiesta en su pálido rostro y en una sutil contracción espástica del cuerpo. 

Las personas, arriba del escenario, siguieron interpretando su coral; al tiempo que intentaron disimular lo mejor posible su sorpresa. Sobre el final, lo habitual hubiese sido un cerrado aplauso. Pero eso no ocurrió.

El director, tal como nosotros, notó el extraño comportamiento del público presente; del que, nosotros, también éramos parte. Sin embargo, por motivos que desconocemos, no participábamos del mismo ‘trance’, por llamar de alguna manera a esa situación que no dejaba de sorprendernos.

El hombre de impecable traje negro, que se interponía entre coro y público, señaló con su batuta al iluminador que recorriera, con el reflector, al público. La expresión era la misma en todos: un esbozo de alegría, de gozo, de éxtasis.

Creo que en ese momento recordé, nítidamente, el anuncio que el director había hecho en el programa radial: «Ingresarán, por intermedio de la música, a otra dimensión».            

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