CUENTOS Y RELATOS – ABRIL
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· «Historias que despiertan el alma y transportan a mundos donde todo es posible.» ( E. Gormley )

EL SAMURÁI Y SU PERRO
Matías Bonora / Argentina
(Fábula japonesa)
Había una vez un samurái que solía tener la costumbre de pasear con su perro al cual tenía una gran estima.
Un día, su perro se alejó de él y jugueteaba con las hojas que caían de los árboles. Más grande fue la sorpresa del samurái, cuando de repente su perro se lanzó corriendo contra él con aire fiero y muchos deseos de morder.
El samurái, que estaba bien entrenado, desenvaino su espada y justo cuando el perro saltó le cortó la cabeza.
El samurái no entendió por qué de repente su fiel perro se puso en contra suya.
Entonces, elevó la cabeza y vio como una serpiente, que estaba en una rama, se estaba acercando peligrosamente FFÁBYFa él. Cuando el samurái comprendió que lo que intentaba su perro era salvarle y no lastimarle, lloró amargamente.
Fue entonces cuando recordó una vieja enseñanza de su maestro:
“El sentido de una acción no siempre es fácil de interpretar. Por eso, antes de desenvainar tu espada, asegúrate que esa es tu única opción”.

UNA NOCHE CON TONO
Carlos González Saavedra / Argentina
Ansioso esperaba el jueves por la noche. Estaba de vacaciones en Merlo, San Luis y Cabeza del Indio, brindaba cena-show. El restaurante sobre la ladera de Los Comenchigones, ofrecía un menú fijo y números musicales. Conocía a los dueños un matrimonio de lo mas amables.
-Carlos te espero esta noche, cuando los encontré en el pueblo.
-¡Si! Voy esta noche Reserva para uno.
Estaba parando en unas cabañas, en Rincón del Este, como diez kilómetros de allí.
El cielo estrellado pero lucia fantasmal por un incendio que se habia desatado en la cima.Uno piensa que no llegara mas abajo, pero como los vientos se mueven caprichosamente el fuego puede devorar todo en poco tiempo.Los lugareños estaban atentos.Como ciudadano lo único que hice es poner mi auto encarando directo de la salida del estacionamiento.Unos trescientos metros de ripio y después asfalto.Ese era mi resguardo
Como a las nueve al llegar, encuentro todo ocupado,prontamente Isabel al verme-Te deje un lugar afuera al lado del horno cuando comience el show te siento en la barra del mostrador, un lugar perfecto a dos metros del escenario.
El horno grande de barro y unos paisanos, algunos chóferes de las combi con turista cenando, la verdad estaba bueno ese lugar.Menú asado con cuero con papas rústicas, así como sabana del horno me servía en el mostrador.
-¿Tomas vino o gaseosa?
-Un vaso.
-Viene en barrica, jarrita de barro tipo pingüino,
-Bueno, charla va charla viene, anécdotas y risas me tome el vino, cuando Isabel nos llama.
-Te presento a Don Tono Albornoz,
-Mucho gusto González, mientras me alcanzaba el postre helado.
El lugar privilegiado, en la barra a dos metros del escenario.
-¿Es de por acá muchacho?
-No, de Buenos Aires, me vuelvo el lunes ¿ usted ?
-Acá no nomás, soy el que trae la carne, lo que comió esta criado en casa
-Ah mire usted, bueno me alegro.
Una hora y media después el show estaba terminando. Se me ocurre ir al baño y me llevo una silla por delante. Al salir un banco, no se quien lo había puesto ahí .Pensé es hora de irme, eso hice. No sin antes ver el curso del fuego en el cerro. Estaba cerca, pero nunca llegaría con la prontitud que yo me iría. Salí rápido medio mareado, encaré de casualidad el ripio y después el camino de asfalto, cuando doble para ir a las cabañas, otro desafío se presento .Cual era la calle de entrada, ya que entraba por atrás, di un par de vueltas perdido, finalmente la providencia hizo que llegara.
A dormir, Claudio me viene a buscar a las nueve, para una excursión al filo, borde natural de los cerros, donde hay un salto al que se le llaman del Tigre.
Al acostarme me daba vuelta todo, me habían dicho que poniendo un pie en el piso y el resto en la cama, podía dormir, dejaría de darme vuelta todo… Me fue imposible. La descompostura y demás fue todo a parar al inodoro, sin poder hacer nada.
Opté por bañarme y no se me pasaba la borrachera .Decidí me, acostarme en el Futon de la entrada, aguardando que Claudio me llamara .Con los anteojos puestos .Así fue a las nueve en punto. Ultimo que buscaron fue a mi, con lo cual subí al ómnibus lleno de gente, con un sol esplendido y un cielo limpio, con anteojos negros y resaca.
Puerta del Sol es como un balcón, es un mirador en mitad del cerro con una vista del valle de Conlara maravillosa .A mi me daba igual.
Al llegar al bendito filo, Claudio nos comenta:-Pueden anotarse ahora, para almorzar al volver .Tenemos una hora de caminata mas una hora de vuelta, sin tomar en cuenta la estadía en el salto.
-¿Te anotás para almorzar?
-No me hablés de comida mucho menos de tomar .Tengo una resaca de esa barrica de vino blanco, que no doy más.
-¡Flojito! Alejándose, riéndose me dijo Claudio.
Caminata de ida, al llegar a la laguna que formaba el salto me refresque, ése agua fría me despejo. .Otra caminata de una y cuarto.
Al llegar otra vez pregunta un lugareño ¿seguro no come nada? ¡Que el chivito tiene una pinta bárbara!
Un comedor comunitario, con mesas y bancos simples .La casa donde vivían eran de pircas y chapas .Las cabras, chivos y demás animales poblaban el lugar .Tres mujeres, una, lavando y las otras haciendo ensaladas en cocinas precarias. Allí donde vivían, todo muy rudimentario. Para no tentarme me fui a dar una vuelta por el predio ,pensando como se vive acá en invierno ,en el medio de la nada .Los rostros de los lugareños curtidos por el viento ,duros de tanto trabajar .De lejos veía gente reunida alrededor de una parrilla, pero no fui ,me asomé de lejos, no quise tentarme y volví.
Como a lo lejos escucho:
-¡González! ¡Acá venga!
Sorprendido quien me conoce en la cima del cerro en una excursión ¿Tan distante de mi casa? Me doy vuelta una mano que me llama.
Camino, al llegar en medio de la parrilla con un delantal de cuero sacando porciones de chivito, el tono Albornoz .Para mi sorpresa abro bien los ojos-¿No me conoció?
-La verdad que no esperaba encontrarlo, acá.
-¡Esta es mi casa! soy el dueño y todos estos animales son míos, allí esta mi señora y mis ocho hijos colaborando para atenderlo, como corresponde .Orgulloso y sonriente .Venga tómese un vinito.
-¡No! Desde ayer ando con resaca .No tengo costumbre de tomar .Pero si
Eso no es tomar, hermano, riéndose una barrica y media .Tomo cinco a seis por noche.
Mójate los labios, nada más, con este vino y se te va.
Me negaba y me negaba, pero acepte ante la insistencia de tono-Esta bien, ¡solo me mojo los labios!
Así fue, en forma inmediata me sentí mucho mejor .Es el día de hoy que no se porque .Fui a saludarlo y agradecerle, antes de irme.
-Carlos venir a comer el cabrito esta delicioso, sintiéndome mejor acepte la invitación de Claudio. Eso si tome una gaseosa.
Estaba contento, finalmente había sido una muy buena excursión, como todo lo que proponía mi amigo, Claudio Alaniz.
Pasaron dos días y me encuentro con otro lugareño que también me conoce ,al cual le comento que me volvía y se me ocurre contarle esta aventura, que les acabo de contar. Estuve con Antonio, el pase bárbaro en Cabeza del Indio
-¿Antonio? No lo conozco
-Como no lo vas a conocer Albornoz que te da de comer una chivitos en el filo espectaculares.
-Ah ¿El tono?
-¡Si! Albornoz
-No se llama Antonio le decimos Tono, porque siempre anda entonado .Todo el mundo lo conoce. Baja del cerro creo que el martes con dulces caseros, compra mercadería los miércoles y vuelve a subir los jueves, por ahí se queda en alguna casa, cuando lo invitan, .Guiñándome un ojo.
-¿En que anda?
-En ese jeep amarillo, medio destartalado, no sabes con la destreza que lo maneja, con lluvia, frío y siempre entonado .Pero por suerte nunca le paso nada.

¡ A LAS OCHO EN LA ESTACIÓN !
Carlos H. González Saavedra / Argentina
Como un rezo laico, esa consigna era el motor que impulsaba a nuestros jugadores de rugby infantil. Generalmente, las delegaciones superaban los cincuenta niños. Siempre había más de un micro. Con cánticos, banderas, sueños e ilusiones, abordaban ese colectivo bullicioso y lleno de esperanza. ¡Si ganaban, mejor!
En el mencionado punto de encuentro, aguardaba el chofer. Un señor lleno de rulos, con las manos sobre el volante y cara de pocos amigos. Era el primer hincha. Pedía a viva voz: – ¡Chicos, pórtense bien! ¡Con cuidado! A la vez, nos recordaba: – ¡Ojo! Descuento cualquier rotura. Todo impecable. ¡No se paren en los asientos! Y su recomendación inconfundible: – ¡Nene, la cortinita, nene!
Aun así, era un viaje divertido. Se lo recuerda con mucho cariño.
Después de dos horas (o más), se emprendía el regreso. Sus rulos al viento, su sonrisa… Garantía de que los había visto ganar. La mirada cariñosa y cómplice del chofer daba rienda suelta al festejo, sin descuidar, claro está, su atención al espejo retrovisor.
–¡No se olviden nada! ¡Ni botines ni bolsos! –exclamaba, mientras inspeccionaba el interior y revisaba con detalle.
Este pequeño relato busca agradecer los hermosos momentos vividos junto a Horacio. Su micro naranja y blanco estaba siempre preparado. Como una calesita, aguardaba la alegría de los niños. Un duende me contó que este micro no lleva gasoil; se alimenta de la felicidad de los pequeños.
Hoy mis hijos tienen casi cincuenta años, pero mantienen vivos esos recuerdos. Momentos grabados para siempre en sus retinas. Nos seguimos encontrando con este hincha de mis hijos. Nos saludamos con bromas y afecto, como la primera vez.
Bellos momentos de la vida. Cosas simples, pero que merecen ser contadas. Este homenaje es para todos aquellos que, con bondad, sabiduría y educación, han hecho nuestra vida más fácil. Seres anónimos, siempre olvidados por el vértigo de la vida. Que valgan estas letras para rescatarlos.
Por suerte, mis hijos lo llevan vivo en el corazón.
Gracias, Horacio Pierandrey.

EL ECO DEL ALMA
Elspeth Gormley / España
No escribo versos por capricho; escribo porque mi alma lo exige. Cada palabra es un destello que ilumina las sombras de mis silencios, un refugio donde las emociones encuentran su hogar. Escribo para liberar las voces que se ocultan dentro, para que el eco de mi interior no quede atrapado en las profundidades.
Cada línea que trazo es un suspiro hecho de tinta, un latido que vive en el papel. Es mi forma de abrir una puerta entre mi mundo y el tuyo, de hablarte en un idioma invisible que trasciende lo tangible, lo cotidiano. En este acto de creación, me dejo llevar por las emociones que tantas veces no encuentran lugar en lo dicho.
El papel no es un objeto cualquiera; es confidente, espejo, y amigo leal. En su blancura sincera, mis sentimientos se desnudan, se enfrentan al juicio de la verdad, y se convierten en fragmentos de mi existencia, los cuales te entrego sin reservas. Lo que nace de mi pluma no solo me pertenece; al compartirse, se transforma en un pedazo de nosotros, en un vínculo silencioso que tú también haces tuyo.
Escribo para sanar las grietas de mi ser, esas que solo conocen las madrugadas y los suspiros ahogados. Pero en cada palabra hay también la esperanza de que tú, al leerme, encuentres un reflejo en estas emociones. Quizás encuentres una parte de ti mismo que estaba oculta, un pensamiento que no había tomado forma, o una verdad que siempre había estado esperando ser escuchada.
Mis sentimientos viajan libres, sin fronteras, buscando tus manos, tu mente, tu pecho. Te alcanzan, susurran algo que tal vez ya sabías, algo eterno y esencial que solo necesitaba un poema para despertar. Porque escribir no es simplemente desahogar el alma; es una invitación a compartir el peso y la hermosura de la existencia. Es abrir ventanas al corazón, dejar que la luz entre y bañe todo con claridad y esperanza.
Cada verso lleva una parte de mí, una chispa de mi esencia, pero cuando lo lees, esa chispa se convierte en parte de ti. Mis palabras ya no son solo mías; todos juntos creamos un puente invisible que nos une, que nos conecta en un susurro eterno. Y así, el eco de mi alma resuena en ti, como en un espejo infinito donde ambos nos encontramos.
¿Y tú, has escuchado el eco de tu alma? Ese susurro que habla cuando todo está en silencio, cuando la vida se detiene por un instante y permite que emerja lo que llevamos dentro. Es el latido escondido detrás de cada pensamiento, el reflejo de lo que somos en lo más profundo. Escúchalo, déjalo vibrar en ti, porque en su sonido hallarás respuestas, verdades y el impulso de seguir adelante.»

LA ANTESALA
Jaime Hoyos Forero / Colombia
Cuando atravesaba el gran vestíbulo de la torre Sears de Chicago, me pareció que era mucho más amplio, más alto y más severo que hace dos años. ¿Y esas columnas?
¿Realmente era esta la torre Sears? ¿Me habría equivocado?
-Señor -le pregunté al primero que vi- ¿Esta es la torre Sears?.-
Nunca me habían mirado tan aterradoramente.:
-Señor -me contestó el hombre- ¡usted está muerto!
-Vaya -pensé- me tropecé con un loco.-
De todos modos hice un rápido autoexamen…-No estoy borracho – me dije- No tomé anoche…¿Anoche? Dios mío: ¿Qué sucedió anoche a las 11:45 cuando caminaba por la avenida Michigan?-
Yo venía pensando que al otro día, es decir, hoy, en el piso 82 de la torre me darían mi cheque. Pero…¿Qué me pasó anoche, una cuadra adelante?…¡Qué confusión! Me parece recordar ahora que en la avenida Michigan sentí en el pecho una punzada agudísima.
-Oh Dios. ¿Estaré muerto?-
Entré a los baños. Me consolé cuando me vi de cuerpo entero en el espejo. Me veía bien: afeitado, dinámico, con mi vestido nuevo.
Entonces sonreí ante el espejo y ya tranquilo me toqué instintivamente la cara.
¿La cara? ¡Dios santo! Yo veía mi cara en el espejo, pero mi mano no sentía la cara al tocármela.
¿Qué es esto, Dios mío?…¡Estoy insensible!-
Toqué con urgencia mi pecho y la mano pasó de lado a lado por mi cuerpo…una vez y otra vez. Parecía como si de mí solo quedara mi figura, mi apariencia, pero…¿mi cuerpo?-
Entonces comprendí que estaba muerto…irremediablemente. Y no estaba en la torren Sears de Chicago sino en la antesala del “más allá”.
Sin pretenderlo, atravesé una puerta giratoria y me encontré en la recepción.
Como si me conociera, la rubia al otro lado del mostrador, (¡Dios, qué rubia! Su pelo ensortijado era una viva llamarada . ¡Qué hermosura de mujer!). Me dijo:
-Jaime, bienvenido al infierno.
-Señorita, yo…-
Pero ella, con una sonrisa divina, un poquito maliciosa como la de la Monalisa, me tranquilizó diciendo:
-Jaime, no se preocupe. El Tribunal, más estricto y justo que la Corte Constitucional de los países de la Tierra y desde luego, más inteligente, formado por el diablo y san Pedro, lo calificaron a usted con una nota de 5.99 sobre 10. Le faltó una centésima para pasar raspando.-
-¡Eso es injusto! -grité- ¿Cómo me van a condenar por una centésima? ¿Aquí no aproximan por exceso? Además, yo no he hecho nada malo, señorita.-
-Señor -dice la rubia- ¡Aquí no hay señoritas. Respete!-
-Perdón, señora, pero yo no he hecho nada malo.-
-Señor, aquí no hay señoras…Y solo para refrescar su memoria, le voy a leer sus infidelidades conyugales -dijo ella desplegando un rollo tan gordo como los rollos de papel higiénico, pero mucho más ancho.-
-¡Léalos! -dije yo- Eso no me asusta.
-Bien, Jaime. Usted lo ha pedido. Según la ley 100 del infierno, que los congresistas de aquí tampoco han querido reformar, la lectura de las infidelidades se le hace al condenado delante de su señora –dijo y enseguida gritó- ¡Que la traigan!
-No, señorita, por favor no, no la traigan. Dígame dónde le firmo.-
-Jaime, si me vuelve a decir “señorita” le bajo la calificación a 4.98.-
-Perdón, perdón. ¿Cuál será mi castigo?-
-Mire, Jaime: usted iba a ser condenado, como todos los infieles, a clavar un clavo de un millón de kilómetros de largo, en una pared infinitamente ancha, hecha de alma de mujer.-
-Dijo usted, “de alma de mujer”, doctora?-
-¡Aquí no hay doctoras! Aquí sí todas somos iguales; todas somos diablas. Mire Jaime: a usted que llegó a viejo medio inocentón, le enseñaré que el alma de la mujer es casi tan dura como la piedra; raro que no se haya dado cuenta. Pero alégrese. Como una excepción, teniendo en cuenta los millones de oraciones que por usted han elevado sus amigos y por haber participado, aunque sin mucho éxito, en las tertulias poéticas de la tierra, el Tribunal le ha cambiado el castigo por uno más suave: usted, Jaime, está condenado a oír, oír y oír los cuentos y poemas de Letras hispanas por el mundo, por toda la eternidad.-
Al día siguiente, (digo “día siguiente” para que ustedes me entiendan, pero desde luego, allí no hay día ni noche), me asignaron una sillita de una sola pata terminada en punta por ambos lados. Así que para no maltratarme, decidí hacer mi trabajo de pie.
Como a los tres días (vuelvo a decir “días” para que ustedes me entiendan) recordé que yo era insensible y que del cuerpo solo tenía la apariencia, de modo que la afilada punta de la silla no me iba a ser ningún daño al sentarme. Y cuando me fui a sentar, me di cuenta de que en lugar de nalgas, me salía hasta arrastrarse, una cola roja de lo más repugnante.
Me toqué la frente para saber si también tenía cachos, pero no. Entiendo que los cachondos eran únicamente aquellos condenados cuyas mujeres se los habían puesto…los cachos. Entonces comprendí por qué todas las condenadas, o casi todas tenían cachos, y algunas los tenían tan grandes que parecían antenas satelitales.
Algunas pocas condenadas, sin embargo, no tenían cachos. Eso se debía -me dijo mi diablo de la guarda- a que esas condenadas habían sido ejecutivas solteras. Nunca tuvieron -fíjense ustedes lo inteligentes- quién les pusiera los cachos.
Pero en cambio, aquellas mujeres que habían abortado, tenían que cargar una bolsa como los canguros, llena de una horrorosa sustancia viscosa y maloliente, con un letrero que de lejos parecía decir “Derechos humanos”, pero ya de cerca lo que decía era “Delitos humanos” y su contenido no era otra cosa que una enorme piedra, al rojo vivo, que por toda la eternidad carcomía y quemaba las entrañas.

LA MUJER: “EL SEXO DÉBIL”
Elsa Lorences de Llaneza-/ Argentina
En mis largos años de vida he oído difamar a las mujeres llamándolas “El sexo débil” Cuando joven me enojaba tremendamente oír este despropósito. Con los años la furia fue dando paso a la indiferencia: Es mejor demostrar que enojarse.
En algún momento de la antigüedad la mujer era el adorno de la casa. El hombre la tenía bajo su pie y su palabra no valía demasiado. La mujer era sumisa y se dejaba someter. Todavía ahora en algunas culturas pasa.
Un día se dio cuenta que tenía una capacidad intuitiva superior al hombre. Que además de limpiar, lavar, cuidar la casa, los hijos, el esposo y recibir a las visitas, servía para algo más, pero para eso tenía que salir de su casa, estudiar y capacitarse. Romper esa imagen con que el mundo la encarcelaba y aprovechó una época en que el hombre perdía su trabajo y que era ella la que necesitaba salir a trabajar y demostró que, además de todas las cosas que siempre había hecho, podía agregarle: trabajar afuera, traer el pan a la casa, seguir engendrando hijos y administrar el dinero para poder llegar a fin de mes.
Entonces pensó: ¿Y el sexo débil dónde está? Y nos empezamos a reír cuando, de tanto en tanto, algún desubicado lo mencionaba, esos que se creían superiores. Esos, que muchas veces no conseguían trabajo y tuvieron que pasar a limpiar la casa y cuidar a los chicos para que la mujer saliera a trabajar y demostrar cuánto valía. Y esas dos palabras horribles empezaron a desaparecer y por suerte ya casi ni se escuchan y las mujeres se empezaron a imponer en cargos que eran exclusivos de hombres, manejándolos, a veces, muchísimo mejor.
Es así, como Mahatma Gandhi, Líder Mundial en la cultura de la no violencia, llegó a decir:
“Si por fuerza entendemos firmeza moral, la mujer es inconmensurablemente superior al hombre. ¿No tiene ella más intuición? ¿No está más presta al sacrificio? ¿No posee más poder de resistencia? ¿No tiene más valor? Sin ella el hombre no existiría. Si la no violencia es la ley del ser, el futuro pertenece a las mujeres.”
Lo dijo Mahatma Gandhi. Yo no. Yo apoyo.

LA SILLA AZUL
Sandra B. Romeo-/ Argentina
Lo veo apoyar su mano sobre el pomo de la puerta y al abrir dejar caer su
brazo cansado. Muerto.
Yo,en casa, me acomodo en el viejo sillón frente a la ventana. Las persianas
bajas para mirar tranquila.
Es hora de la ceremonia. También de los recuerdos.
Al observarlo me observo.
Su cansancio, el mío.
Enciende las luces sin ganas. Desde que Ana no está todo es así. Desganado
y lento.
Es el momento en que desaparece de mi ángulo de visión.
Lo sé porque conozco la casa. ¡Pensar que antes éramos tan amigos!.
Pero desde lo sucedido, él me evita.
Nunca supe por qué si estamos en igualdad de condiciones. Después de todo
la responsabilidad de los hechos no es cosa nuestra.
Creo
Pero no debo perderme en esos caminos, debo seguir la visión.
Sus pasos en la escalera.
Ahora enciende la luz del dormitorio principal. Sí, eso es.
La figura se acerca a la ventana cruzando el rectángulo iluminado.
En esa esquina está la silla tapizada de azul en donde deja la ropa. Recuerdo
que en casa teníamos una Luis XV con el mismo brocado. Cuando conocí el
cuarto le comenté a Oscar, mi marido, la coincidencia de los colores.
Sigue el ritual.
Ahora el saco desenvuelve su espalda quebrada y cae.
Esa caída es el único desliz que se permite.
Viéndolo así no puedo dejar de pensar que sólo debe sentirse. Siempre fue
muy dependiente.
Veo sus manos amplias subir hacia el cuello y desanudar la corbata. Intuyo que
querría hacer todo lo contrario. Apretar hasta que no entre más el aire. Pero no,
el lazo es doblado con prolijidad y se funde con el tapizado de la silla.
El momento que viene ahora es el único en que suelo sentirme reconocida,
cuando gira y frente a la ventana, mirando hacia mi casa, despacio, se
desprende la camisa.
Ese gesto como de abrazarse y soltarse me emociona y a la vez me demuestra
la distancia infranqueable que hay entre ambos.
La ropa queda prolijamente colgada del perchero.
Las manos tientan el cinturón y los pantalones juegan en la silla azul la danza
de los durmientes.
Todo esto lo hace casi sin moverse.
Sólo veo su sombra que se alza, se encoge, se agranda, disminuye.
Luego la nada.
Las preguntas comienzan su baile dentro de mi cabeza.
Preguntas bizantinas, si las hay.
¿Habrá sido esta formalidad lo que espantó a Ana?.
¿Se estaría muriendo de aburrimiento?.
¿Se les terminaron las palabras?
¿Y a vos, Oscar, que te pasó?

EL VIAJE
Sandra B. Romeo / Argentina
Miro por la ventanilla del avión como se despega de la tierra. De la seguridad.
No es miedo pero me tomo fuertemente de los posa brazos del asiento.
Cierro los ojos. Un vértigo acunado en la espera me recibe dentro mío.
También me acuna.
Te sostengo en mis ganas y me pregunto si seré capaz. Si ése es el lugar adecuado, el momento justo.
La ingravidez me contesta.
La escucho. La miro en tanto cierra los ojos y se sostiene en la mentirosa seguridad de un asiento de avión.
Sé que me necesita. Me busca. Sus dedos ávidos juegan conmigo.
Me sostienen. Me sueltan. Me estrujan.
En este ida y vuelta de sensaciones mi deseo de disolverme se torna feroz.
Ruedo y me oculto en sus manos. Se decide.
Toma un sorbo de agua. Me disuelvo en su boca.
La llevo conmigo.

EL MOLINO QUEMADO… UN SANTUARIO NATURAL
Walter H. Rotela González / Uruguay
La tarde estaba mutando apresuradamente. Se tornaba rojiza, viraba a un tono violáceo como de vino tinto. Aún faltaba un tramo del trayecto final en el recorrido del sol, al final de cada día.
Los caminos estaban llenos de polvo, secos, muy secos. La tierra cubría las hojas de las plantas que surgían rebeldes, amontonadas unas con otras, al costado del camino. Más adentro de los alambrados, las plantaciones de girasol, sorgo, maíz o trigo, afloraban mansas, sumisas, en ordenadas filas rectilíneas. El conjunto lucía como una armoniosa ciudad
civilizada, donde cada cual está donde debe estar.
Un cartel, oxidado, indicaba un destino próximo al pueblo, que en las fechas recientes cumple sus ciento cincuenta años. Por algún extraño motivo el nombre invitaba a visitarlo.
Había que adentrarse en un polvoriento camino y recorrerlo por unos 4 kilómetros. Relativamente próximo, más aún, andando en auto. Pero la calzada debía recorrerse lentamente debido a la gran cantidad de roca suelta; del suelo pedregoso que afloraba en forma de lomo de yacaré, cada poco ciento de metros. Lo que significaba una ventaja para los pocos habitantes que vimos a la veda del camino, unas lindas casitas de campo, pues evita que los coches pasen rápido y levanten demasiado polvo. Una solución natural, diferente a la encontrada por los vecinos, personajes del cuento de Don Luis Landrisina, que pusieron el cartel: “¡Despacio! A 100 metros, Campo Nudista”.
Tras andar un rato avistamos con mi compañera de ruta, un puente de hormigón. Nos detuvimos y observamos. Una familia acampaba, aguas arriba. Bajo el puente se oía el murmullo del agua cruzando entre el pedregoso lecho del arroyo San Francisco. En las cercanías, a nuestra izquierda, una vieja camioneta estaba estacionada. Un matrimonio de adultos entrados en años, quizás de unos sesenta y cinco años, pero cómo saberlo, cuando las arrugas afloran, producto de la labor a la intemperie muy probablemente, descansaba, disfrutaba de la tranquilidad. Me aproximé y pregunté por la ubicación del Molino Quemado.
-Es aquí la entrada –dijo el hombre, que tomó la iniciativa y se transformó en improvisado guía turístico. Cruce el alambrado y siga el sendero por un kilómetro y medio, más o menos, hacia el sur.
-Gracias… Visitaremos el lugar –expresé señalando a mi compañera, que aún espera dentro del vehículo.
Dejamos el auto estacionado en un pequeño claro, metros adelante de la vieja camioneta Ford 100, del hombre de las arrugas pronunciadas. Su vehículo lucía impecable.
Cruzamos el alambrado y comencé el registro fotográfico. Lo primero en llamar nuestra atención fue un nido de avispas. Un bosquecillo con soto-bosque ralo daba comienzos a pocos pasos de lo que oficiaba de entrada, lo cual no es más que unos palos cruzados donde nacen o mueren hilos de alambre que se continúan a los lados. Dar los primeros pasos fue como entrar a un túnel. La temperatura descendió, y creo que también se volvió más húmedo el aire. El sol casi desaparecía bajo la frondosidad de los árboles. La humedad se notaba no sólo en el aire, sino en la vegetación, en los musgos, en los hongos que afloran en la base de algunos árboles e incluso en un tronco, aparentemente seco, cubierto por una especie de hongos que semejan almejas adosadas.
Como galerías se extienden, a un lado y otro, más senderos que terminan arriba en la formación abovedada creada por el ramaje, y se extienden pocos metros sin llegar a ningún sitio especial. Anduvimos varios metros y nada del molino. Quizás –pensamos- equivocamos el camino, o quizás, no había restos…
Vestigios de una antigua muralla, muy baja, oficiaba de guía. El sendero se confundía con él, pero el musgo y la vegetación no permiten delimitar o distinguir muy bien de qué se trata en un principio. La evidencia son los montículos de bosta esparcidos a uno y otro lado.
El sol se filtraba en forma de rayos por entre el tupido ramaje. Después de andar un buen rato, una estructura de ladrillos y piedra emergió en medio de un claro. Voluminosa estructura, pero, sin embargo, quedaba oculta en la densidad del bosquecillo.
La corriente de agua sigue la caprichosa y serpenteante forma del suelo rocoso, hasta que se nota el desvío del curso que ahora está ocluida, y por ende seco el canal que, como la muralla baja del comienzo del camino, aparece oculto y confundido entre la vegetación.
Antiguamente, de seguro el agua entraba por allí y llegaba al molino, por esa formación de rocas y ladrillos que primero es un canal y luego se convierte en túnel. Mirándolo desde afuera, el edificio parece hueco, pero no se ve entrada, una puerta, algo que indique por aquí se entraba. O sea, aparenta un edificio alto, pero no imaginamos en principio lo que en
realidad es. En la parte alta, unos orificios semejan ventanas, tiene forma de media luna, con la delimitación rectilínea hacia abajo, y aparecen en varios puntos del grueso muro. El monte se integró a la construcción, se metió adentro, floreció en su interior. Como si estuviese ganando la batalla contra la voluntad del hombre que construyó el molino. Un árbol emerge
desde el interior, varias especies vegetales se dejan ver desde afuera. Es enorme la construcción. Parece irreal, como salido de un cuento de aventuras. El microambiente es lúgubre, por la penumbra producto de lo cerrado del monte, como por el cierre de la tarde, todo se vuelve más irreal.
Rayos de sol se cuelan y dejan puntos iluminados que resaltan. Un joven padre y sus dos hijos adolescentes regresan de pescar, trayendo cañas y aparejos. No hablan casi y miran de reojo al retirarse. El dueño del viejo Ford los viene a buscar, algunos pasos detrás nuestro venía, sin que nos percatáramos de su presencia. Haciendo uso de la palabra nos relata
algunas cosas sobre la historia del lugar.
-Un francés construyó este molino… Funcionó un par de años -cuenta. Pero él mismo lo quemó.
-¿Lo quemó…? –pregunté incrédulo. Pero, sin embargo, era ese el nombre del lugar al que aludía el cartel, en la calle de acceso principal de la ciudad conocida como Nueva Helvecia.
-Sí, quemó su propia construcción… Es que… el hombre estaba unido a una mujer, la que era su segunda mujer. Y tenía un hijo del primer matrimonio, casi de la edad de su segunda pareja. Una tarde, el viejo francés, apareció por el molino y encontró a su mujer, medio desnuda, entregándose a su hijo. Cegado por la furia, incendió el lugar y luego huyó a
su país natal. Nada se supo más de él.
Cuando salíamos del bosquecillo, aún estaba la familia del viejo cruzando el alambrado, y él se había demorado como esperándonos. Prosiguió su relato sobre el lugar:
“Algunas veces, de tardecita –contó- se puede ver la imagen de una mujer que anda por aquí, como vagando por los senderos”.
- ¿En serio…?
-No sé, pero yo por si acaso nunca me quedo de noche por aquí.
-Sin embargo, hay vestigios de fogatas encendidas cerca del molino. Alguien hizo fuego, de hecho, hay rastros de varias hogueras en lugares aledaños a la construcción.
-Puede ser… pero por si caso yo no…
-Bueno, seguiremos su consejo y… tan pronto tomemos unas pocas fotos más, nos marcharemos.
Registré el lugar desde el interior de la construcción. Tomé fotos del lugar donde estaba la rueda del molino. Lo que antes creí vacío o hueco, en realidad, estaba cubierto de tierra, y lo que considerábamos ventanitas, casi como ojos semiabiertos, no eran tales. Pues estaban casi sobre esa superficie alta de suelo, a unos tres metros sobre el nivel de la superficie externa a la construcción.
La luz del sol declinaba rápidamente, el frío comenzaba a sentirse con mayor intensidad, y cuando nos marchábamos, un a joven pareja se adentraba al montecillo en dirección al molino, como nosotros, rato antes. Pensé, quizás en la tranquilidad del monte, hagan el amor. Pues el halo de misterio se mezcla con un no sé qué de aventura, misterio,
placer que se experimenta al caminar por ese sendero que lleva al molino. Es una sensación agradable, pero la presencia del manto oscuro, del follaje tupido, impregna todo de un silencio cómplice.
Cuando registraba las últimas imágenes tomé una foto a la pareja que llegaba al claro que rodea a la construcción, y quedaba esa especie de entrada a la misma por detrás.
Volvimos sobre nuestros pasos, nos encontramos con el murallón bajo, que según el dueño del viejo Ford era usado para contener el agua desbordada, para aprovecharla.
El sol declinaba y se ponía al oeste, la noche surgía rápida y los colores del campo variaban. Las plantaciones se perdían y sólo unas aves solitarias, dos o tres, vigilaban el camino desde los hilos, desde los cables de la corriente eléctrica.
Volvimos, tras andar un poco por el pueblo, a nuestro hogar, cien kilómetros al este.
Al día siguiente, mientras comentábamos con mi esposa lo bien que habíamos pasado en aquél lugar y observábamos las fotografías digitales registradas el día anterior, noté algo extraño. Un defecto –pensé. Pero se repetía y adquiría cierta nitidez, que comenzó a inquietarme. - ¿Podrías mira estás fotos? -Le dije a mi esposa.
-Sí… ¿Y eso qué es…? –preguntó algo confundida, pero sin darle mucha importancia.
-Son las fotos de ayer…
-Sí, pero eso que aparece allí en varias fotos… ¿Lo ves?
-Sí… por eso te pedí que las miraras… No había nada cuando tomé las fotos.
-No. No vi nada cuando estuvimos allí. Está algo borroso… pero parece una mujer ¿no?
-Eso creí yo también cuando las vi… y por eso te sugerí que miraras.
Quedamos mudos, atónitos con lo que aparecía en el monitor de la computadora. ¿Era
eso un alma en pena? ¿Era esa la mujer del francés, la del relato del hombre viejo? ¿Era una
suerte de evidencia de dicho relato?
Quizás el molino se había convertido en una especie de santuario natural.
Nota del autor:
Cuánto me gustaría volver a encontrar al hombre de la Ford 100 para contarle, para mostrarle lo que registró la cámara fotográfica. Es la confirmación de su relato, de la anécdota que narra como algo posible, pero de lo que no tiene certeza.


