CUENTOS Y RELATOS DE NAVIDAD

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

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A

Aquí laten las voces que hacen del invierno un hogar.”

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✦ Colaboradores ✦

  • Magi Balsells – España
  • Marcela Barrientos – Argentina
  • Carlos H. González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Graciela Reveco – Argentina
  • María Sánchez Fernández – España

FIESTAS DE NAVIDAD

Magi Balsells-España

Días señalados en el calendario, momentos de ilusión y alegría nos invaden, lo que es momentos de reunión con la familia y los seres queridos, el jolgorio y también el recogimiento, si hay con quien disfrutar de ello.

Solo estoy, en un gran piso, sin pareja, sin hijos, sin nada mas que mi sola compañía, los únicos familiares muy lejanos están y poco contacto ha habido en estos últimos años, todos tienen sus problemas, todos tienen su familia y yo me he quedado solo, solo con mis recuerdos, con mis tristes pensamientos, con la tristeza de no ver mas a mis seres muy amados, todos ellos desaparecieron hace ya algún tiempo sin ver que yo me quedaba abandonado a esta situación no deseada.

Tengo que celebrar la Nochebuena, con qué o con quién, no puedo ni llamar a ninguna puerta para que me acojan en estos días, aunque solo fuera una sola, el poder sentir el calor y el cariño de otras personas, mis amigos tampoco están y los pocos que me quedan ellos quizás estén en la misma situación, ya solos nos quedamos muchas veces.

Pondré la mesa y en ella las fotografías de los que se fueron, así no estaré tan solo, encenderé todas luces para iluminar la casa como a ellos les gustaba, pondré todo el servicio como si aun estuvieran, hablare con ellos aunque no pueda oír sus voces, pero en mi mente si los escuchare, reiré con ellos aunque las lagrimas afloren mansamente en mis mejillas

Llaman a la puerta, ¿quien será? Es el vecino de al lado, que me viene a buscar, no admite excusas me están esperando en su mesa y en el sitio de honor, ahora es cuando las lagrimas salen a borbotones. Me es imposible dar las gracias, la emoción tapa cualquier palabra, todos me acogen como uno más de ellos.

Gracias a mis deudos por lograr este milagro se que habéis sido vosotros los que habéis tocado el corazón de estas personas.

Veo que en el mundo aun existe bondad.

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EL PUEBLO QUE HABIA DEJADO DE CREER

Marcela Barrientos – Argentina

En el pueblo de *San Silencio*, la Navidad ya no era una fecha: era apenas una palabra gastada. Las luces colgaban por costumbre, no por ilusión; los villancicos sonaban como ecos lejanos, y en las casas nadie esperaba nada más que el paso del tiempo. —La Navidad es para los que aún creen —decían los mayores—, y aquí ya casi nadie cree en nada.

Ese año, como todos los anteriores, el frío llegó puntual y la plaza se llenó de hojas secas en lugar de risas. El viejo pesebre municipal permanecía guardado en un depósito, cubierto de polvo y olvido. Nadie lo reclamó. Nadie… excepto *Luna*. Luna tenía ocho años y una forma especial de mirar el mundo, como si aún pudiera escuchar lo invisible. La noche del 24 de diciembre, salió de su casa con una vela encendida entre las manos. No sabía por qué, solo sentía que debía hacerlo.

Cuando llegó a la plaza, ocurrió lo extraordinario. La luz de la vela no tembló con el viento. Al contrario, creció. Y en ese silencio profundo, una nevada suave comenzó a caer, aunque el cielo estaba despejado. No era nieve común: cada copo brillaba como si llevara dentro un recuerdo feliz.

Los vecinos salieron a las puertas. Algunos lloraron sin saber por qué. Otros recordaron una voz, una canción, una mesa compartida. Entonces, en el centro de la plaza, apareció el pesebre olvidado, intacto, luminoso. No era nuevo ni perfecto, pero estaba vivo. Y en él, el Niño parecía sonreír, no por haber nacido, sino por haber sido esperado otra vez.

Desde esa noche, San Silencio cambió. No porque los problemas desaparecieran, sino porque algo volvió a habitar los corazones: la certeza de que la esperanza no muere, solo espera ser llamada.

Y así, cada Navidad, una vela se enciende en la plaza. No para recordar lo que fue, sino para creer -otra vez- en lo que aún puede nacer.

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UN RELATO DE NAVIDAD

Carlos H González Saavedra – Argentina

Ese domingo estaba ansioso, más que otras veces. Aunque conocía Río, en mi cuarto viaje me faltaba descubrir el Río profundo, ese donde se respira Brasil en las paredes. El samba y la pobreza de las favelas. Contrastes y desigualdad de un país maravilloso. El brasileño común, de la sonrisa permanente, de la energía que te invade. En cada rincón, en cada vuelta de la esquina hay una sorpresa cercana a la bohemia, la melancolía y esa fuerza increíble para salir adelante, cantando a pesar de todo.

Todo eso, ni más ni menos, de la mano de mi hijo Federico, residente en Río desde hace nueve años. —Padre, ¿qué quieres conocer bien? —Un bar de esos donde se hace música con una tapita de refresco o una lata de cerveza. —Bien, esta noche vamos a lo de Alfredo. —Perfecto, ya me gustó la idea con solo conocer el nombre.

Allí fuimos, domingo a las nueve de la noche. Imaginé un bar grande, no un local pequeño que no tenía más de ocho metros de frente por doce de fondo.

Federico me presentó a Alfredo, que permanecía sentado en la puerta del local, en una mesa, con una planilla donde anotaba las consumiciones. —Padre, aquí funciona así: al fondo tienes dos neveras cargadas de cervezas, alguna botella de vino y agua. Una barra para lavar alguna copa y un pequeño baño. Te sirves y le avisas a Alfredo lo que tomas, él lo anota y al irnos pagamos.

En un costado del angosto salón había una madera donde alguien apoyaba el codo, tomando una cerveza. En el centro, sentados en sillas o bancos comunes, músicos y más gente en la calle que dentro del local. —¿Por qué se llama Bip Bip? —pregunté asombrado. —Alfredo le puso ese nombre por el Correcaminos, no se le ocurrió otro. Y ojo, aquí no se aplaude, está prohibido. Solo se chasquean los dedos, por respeto a los vecinos y a la música. Si hay mucho ruido, ¡no sabes cómo se pone Alfredo! —acotó Federico.

El samba recorría las paredes y nuestros oídos. Era un momento y un lugar pleno de magia. Venían unos, otros se iban. Siempre ocupaban los banquitos. Tocaban con instrumentos pero también marcando el ritmo con cucharitas. —Padre, este es un bar socialista. Los martes se viene a hablar de política. Los músicos son profesores del conservatorio, algunos también de canto. —¿Cómo, los músicos también pagan lo que consumen? —Aquí todos pagamos, ellos también.

La bohemia me arrancaba el corazón. Fui dos veces al baño, para quedarme en la barra de atrás, observándolo todo. El bullicio iba subiendo en intensidad y el número de gente en la acera crecía.

De pronto, Alfredo se levantó furioso de su silla. Los músicos dejaron de tocar y un silencio sepulcral se adueñó del lugar. Alfredo, con problemas respiratorios por el cigarrillo, cercano a los sesenta y cinco años, se ponía colorado y hablaba entrecortado para poder tomar aire: —Aquí venimos a escuchar música y disfrutar. Si hablamos gritando, no escuchamos la música y es una falta de respeto a los vecinos. Si no les gusta, se van y listo.

Después de su alocución, complicada por su falta de aire, una suave melodía de flauta devolvió la normalidad. Alfredo se volvió a sentar. La noche se nos escapaba de las manos, eran como la una de la mañana y seguía llegando gente. —¿A qué hora cierran, Federico? —Hasta que salga el sol. Nosotros, si quieres en una hora más, nos vamos, padre. Mañana tengo que trabajar. —Sí, hijo, cuando me digas. —Quedémonos una hora más. —De acuerdo.

Las paredes impregnadas de nostalgia, decoradas con recuerdos y fotos, mostraban en un rincón un diploma con una distinción del Ministerio de Cultura, nombrando al Bip Bip como lugar cultural de Río de Janeiro. Cobró otra dimensión el sitio donde me había traído mi hijo, cuna del samba y del sentir autóctono de Brasil.

Solo tomaba cervezas, iba por la quinta, y veía cómo Federico se divertía con ellos. Aprendí los secretos de la pandereta, tan famosa por su sonido característico, tocada con el movimiento de la muñeca. El profesor nos señalaba: —Mira, esa niña está tocando mal. Para mí, tocaba de maravilla. Hasta que la escuché con atención, comprendí lo que decía. Su sonido me transformaba. Eso sí que era maravilloso, como todo lo que estaba allí.

Mientras la música acariciaba los oídos y todos movíamos el cuerpo al compás, una muchacha con una lata de helado de cinco litros, con una ranura en la tapa, invitaba a todos a dejar una propina. Pensé que sería para los músicos. —Federico, muy bueno el lugar, quedé encantado. ¡Cómo tocan, qué maravilla! ¿Ahora cada uno paga su cerveza? Increíble, menos mal que después con la propina se arreglan. Hermoso regalo me hiciste, hijo. —No, padre. Ese dinero que se junta cada noche, durante todo el año, es para el día de Navidad. —¿Cómo? —Alfredo, en Navidad, pone las mesas en la calle y da de comer a todos los indigentes y personas sin hogar. Hace una gran mesa y brinda con todos ellos, por la Navidad.

Ese comentario me dio una dimensión mucho más profunda de Alfredo y sus músicos, de su altruismo, de su humanidad. Rescatando al hombre concreto de una sociedad injusta y salvaje. Me impactó mucho emocionalmente.

Antes de irme, volvimos y tuve la oportunidad de confundirme en un abrazo con Alfredo, cosa inusual según mi hijo. Le había escrito un poema al lugar. Federico se encargó de dárselo a su amigo para que lo tradujera. Seguramente fue por eso que me abrazó. Sentí su emoción. Lo abracé por tantas cosas, que no me alcanzaban los brazos para decirle gracias. Me sentía en deuda con él.

Alfredo falleció de un enfisema pulmonar hace un año y medio. El amigo de mi hijo, cuyo nombre no recuerdo, quedó a cargo del lugar.

Después nos invadió la pandemia y no pude volver. Me gustaría regresar al Bip Bip y ayudar a servir la mesa, rescatando miradas de agradecimiento y felicidad por Alfredo, por su inmensa humanidad. Brindando, con ojos emocionados, por una ¡Feliz Navidad!

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CUENTO DE NAVIDAD

La luz que nunca se apaga

Elspeth Gormley – España

En un pequeño pueblo junto al mar, cada diciembre se repetía un gesto sencillo:  las familias colocaban una lámpara en la ventana, como señal de esperanza. No era lujo ni adorno, solo una luz humilde que decía: “aquí hay un hogar abierto, aquí hay alguien que espera.”  
Crecí en tierra de marineros rudos, donde el Cantábrico rugía con furia cuando se enfadaba. De pequeña, me subía a una silla y desde la ventana miraba el mar extasiada, y veía que en cada puerta brillaba una luz encendida.  
Esa luz no era solo candil, era promesa: los que partían al mar sabían que esa era la señal de que los esperaban, que su casa seguía siendo puerto seguro.  

Aquella Navidad, Clara encendió su lámpara con un temblor distinto. Su padre había partido meses atrás, y la casa parecía más vacía que nunca.  
Pero al encender la luz, recordó sus palabras: “la Navidad no es ausencia, es memoria que se convierte en compañía.”  

Esa noche, las calles se llenaron de ventanas iluminadas. Cada lámpara era un latido compartido,  un puente invisible entre casas y corazones, un gesto sencillo que vencía la distancia.  

Cuando la medianoche llegó, el pueblo entero parecía un cielo en la tierra: cientos de luces brillaban como estrellas, y cada una contaba una historia de amor, de pérdida, de esperanza.  

Desde entonces, sé que la Navidad no se mide en regalos, sino en la fuerza de una luz compartida. La misma que en el Cantábrico esperaba a los marineros, la misma que en cada ventana dice: no estás solo, aquí hay alguien que espera.”  

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ROSAS DE HOY PARA MAÑANA

Graciela Reveco – Argentina

Fue en vísperas de Navidad cuando un ligero despertar insinuó que llegaría con un abalorio de sorpresas. Mamá hizo un gran esfuerzo para que mi regalo fuera la pelota de trapo más hermosa que alguien pudiera imaginar, redonda y blanca, un tanto agrisada por el tiempo, cerrada y muy firme, no se rompería tan pronto como las otras, pero algo me molestaba en un rincón del corazón; yo no podía obsequiarle nada, los dos estábamos muy bien, pero no teníamos mucho dinero, apenas para vivir con lo que ella ganaba amasando en la panadería del barrio.

También, en esa Navidad, mi padrino (un primo de mamá) llegó con un regalo muy especial, dijo que el señor que lo acompañaba deseaba verme jugar en un equipo que esa tarde competiría en el club de la ciudad, y que debía desangrarme como lo hacía si domingos. Los ojos de mi madre dijeron sin decir que eso podía ser muy bueno para los dos.

De inmediato acudimos a la cancha, debía practicar unas cuantas horas con una pelota de verdad, descanso de por medio. Era emocionante y me latía el corazón con una fuerza arrolladora. Mi padrino sabía que no me costaría nada acostumbrar mis pies a esa maravilla redonda y blanca que no me cansaba de apretar contra mi pecho hasta doler.

Mientras me preparaba, la pelota fue a dar muchas veces cerca de un puesto de flores que estaba a la entrada del club, y cuando iba por ella me quedaba viendo un balde repleto de rosas blancas. ¿Te gustan?, preguntó la florista con una gran sonrisa. Le gustan a mi mamá, dije con los ojos trizados, y salí a la carrera con una esperanza que aún no entendía.

Más tarde, mi padrino me llevó a los vestuarios; el partido iniciaría muy pronto. Estaba asustado, pero no lo demostraría, jugar al fútbol era lo que más amaba en el mundo después de mi madre.

En medio del primer tiempo, reconocí que el grupo de jugadores era bastante malo, no dejaba completar un avance, muy lentos en el conjunto (mis amigos jugaban mejor en la canchita, y con pelotas de trapo). Frente a lo que nadie esperaba, me senté en una orilla, sobre el verde campo de juego, y dije que no quería seguir, que aquello era un bochorno, además de que nos adelantaban con dos goles.

Mi padrino corrió hasta mí sin enojarse (era lo único que yo temía) y sentenció que era muy pequeño para tamaña actitud y que debía volver al juego. Chiquito, susurró cerca de mi oído para que solo yo lo escuchara, si haces un gol, de los que acostumbras en tu canchita dominguera, te doy unos cuantos pesos. Lo miré con los ojos terriblemente más trizados, y otra vez salí a la carrera.

No perdía la esperanza, ni en ese inicio, ni en la felicidad de mi madre. No sabía cómo iba a ocurrir el milagro, pero fue espontáneo y premonitorio. Lo cierto, es que ese día marqué mi futuro. No hice un gol, hice cinco, y al finalizar el encuentro levanté mi mano, las palmas bien arriba, como esperando mucho más del cielo; en ese momento solo aspiraba a mi dinero bien ganado y multiplicado por cada tanto.

Fue una travesura, porque de seguir así no había chance para el equipo, pero también lo hice por otra razón. Muchos años después puedo contarlo, a pesar de los berrinches y los correctivos que permitieron mi triunfo como futbolista. Es verdad que nunca jugué con el blanco incierto de aquella pelota de trapo que zurció mi madre, pero esa noche de Navidad ella puso sobre la mesa un enorme ramo de rosas blancas. Todas para ella.

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LA NAVIDAD DE HALLEY

María Sánchez Fernández – España

Hace algún tiempo vino a caer en mis manos la famosa obra de Sigmund Freud La interpretación de los sueños. Comencé a leerla y quedé tan fascinada que en un par de días ya la había concluido.

Es fabuloso poder comprobar cómo nuestra mente, al sentirse libre de control mientras dormimos, divaga y se nos escapa por los caminos más inverosímiles. Vivimos nuestro mundo cotidiano, pero deformado por mil cabriolas que nos zarandean caprichosamente.

Una noche de invierno, próxima la Navidad, salí a la terraza de mi casa para respirar un poco de aire puro. Aunque hacía mucho frío, el cielo estaba despejado. Lo miré largamente y quedé maravillada de la profundidad de su negrura, que se hacía más intensa con el brillo limpísimo de los millones de estrellas que lo tachonaban. Alguna que otra se escapaba veloz y desaparecía rápidamente.

Entré en mi habitación, me metí en la cama y conecté la radio para oír un programa informativo. Al momento me quedé dormida. Mi mente empezó a trabajar rápida, libre, sin cadenas, y soñé. Soñé con un mundo fantástico llamado “Cosmos”. Yo era una estrella fugaz que corría sin cesar por aquel espacio inmenso sin principio ni fin. Miles de cuerpos danzaban ingrávidos, moviéndose acompasados por el negro silencio que cantaba eternidades. Me sentía liberada, etérea, y corría y corría sin dirección ni destino. En mi loca carrera llegué a una zona en la que los cuerpos celestes se apretaban entre sí formando una gran masa de brillante mutismo.

Una multitud de estrellas de todas las clases y condiciones rodeaban curiosas y admiradas a otra de……mayor tamaño y belleza. Era hermosa, rutilante, vestida de luz blanquísima con destellos rosados y lucía una enorme cola, tan ancha y tan larga que cubría todo lo que mi vista de estrella menor podía alcanzar. Se estaba celebrando una gran fiesta en la que cada astro mostraba sus habilidades o contaba una historia en la que había tomado parte. Una estrella pequeña y tímida entonó una breve balada que decía de tenues parpadeos. Un astro opaco y torpón narró una historia de negros y largos silencios. Otras, más alegres y divertidas, inquietas y fugaces como yo, me invitaron a danzar…, y danzamos…, y danzamos…, por una eternidad.

La reina de la fiesta pidió la palabra y participó en aquella velada contando una hermosa historia. Su voz, de ráfaga purísima, inundó toda aquella inmensidad, y los allí presentes escuchamos con la mayor atención. —Mi relato es corto en el tiempo, pero su contenido en esencia es largo y largo…, tan largo que nunca se acabará por los siglos de los siglos: En mi amplio caminar por los senderos del universo, llegué muy cerca de un planeta llamado Tierra. Curiosa me acerqué a él y me detuve. Era azul y muy bello. Formaba parte de un grupo de nueve que giran…alrededor de un astro muy poderoso llamado Sol. Me aproximé cuanto pude y observé que en él se movían extraños seres de múltiples especies. Se veían grandes masas azules que se movían sin cesar, a las que ellos llamaban mares; también se veían grandes espacios verdes en los que se desarrollaba con gran profusión la vida de aquel planeta. Entre todas las especies, había una que dominaba a las demás: era el hombre. Seguí mi camino, pero siempre me detuve periódicamente en mi viaje eterno allá, sobre la Tierra, para recrearme en ella y observar a sus criaturas.

En una ocasión pude ver que en una pequeña aldea ocurría algo extraordinario. El Sol ya no alumbraba y estaba oscuro. Solamente mi luz la hacía visible. Gozosos grupos de hombres se dirigían a un lugar muy humilde en apariencia. Traían presentes, canciones y danzas. Me acerqué más y aquel paraje se iluminó. Observé que en un reducido espacio, como los que los hombres dan cobijo a otros seres inferiores en la escala de su vida cotidiana, había un hombre y una mujer que sostenía en sus brazos a un Niño recién nacido. Era el Niño más hermoso que soñar se puede. Todos, al llegar, se postraron ante Él en señal de adoración. Más tarde vi una gran comitiva de personas lujosamente vestidas que, al llegar ante aquel humilde establo, desmontaron de sus cabalgaduras y se postraron ante el Niño. ¡Qué belleza ante tantas muestras de amor! ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era aquella persona tan pequeña a la que todos adoraban como si fuera el mismo Dios?

Un ser celeste, brillante como un astro pero con apariencia de hombre, pronunció unas hermosas palabras que inundaron aquel modesto lugar de dulcísimas melodías: GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD

La estrella enmudeció y quedó por unos instantes absorta para después proseguir: —Enseguida comprendí. Aquel planeta Tierra había sido elegido por el Sumo Hacedor para realizar sus grandes designios. Ese Niño recién nacido sería el destino del mundo, y yo, una humilde estrella, una ínfima partícula de este Todo Inmenso, había sido testigo del acontecimiento más grande jamás ocurrido.”

“Entonces, henchido de gozo, también canté con aquellas criaturas bienaventuradas y de buena voluntad un GLORIA A DIOS”.

Desperté de mi sueño. Tenía conectada la radio que emitía en aquellos momentos el magnífico Gloria de Saint-Saëns: GLORIA IN ALTISSIMIS DEO.

La teoría de Freud quedaba confirmada. Al escuchar mientras dormía aquel inmenso Gloria, esos estímulos sensoriales externos hicieron que viviera por unos brevísimos momentos la Navidad del Cometa Halley.

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