CUENTOS Y RELATOS ENERO
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Los cuentos y relatos son las alas de la imaginación, transportándonos a mundos mágicos y desconocidos, donde cada palabra es una chispa que enciende la llama de la aventura. Elspeth Gormley

LA NANA
Leonora Acuña de Marmolejo / EEUU
Andrés Monte Miranda un hombre bastante acaudalado -quien vivía en San Bernardo un hermoso pueblo del Valle del Cauca-, había enviudado de su esposa Claudia con la que había procreado dos hijos: Gerardo, y Graciela Inés de 12 y 14 años respectivamente.
Ante la situación tan crítica al quedarse solo para levantar a sus hijos, Andrés resolvió enviar a la niña al convento de las Madres Franciscanas de la capital, quienes tenían también bajo su dirección el Colegio de bachillerato “María Auxiliadora”.
La directora del colegio era la madre Dorothy Wharton, una dama oriunda de Inglaterra en donde vivía toda su familia. Su hermano más allegado se llamaba Harry quien con cierta regularidad solía ir al convento a visitarla.
Siendo Graciela una hermosa niña muy educada, inteligente y de buenas maneras, muy pronto las monjas se encariñaron bastante con ella; al tal punto que llegaron a tratarla como un miembro más de sus respectivas familias, especialmente la Madre Superiora quien llegó a considerada como a su propia hija.
En una ocasión cuando el hermano de aquella y su esposa se encontraban de visita allí en el convento, tuvieron la oportunidad de conocer a la niña -quien ya tenía 17 años-, y les agradó tanto su personalidad, su don de gentes, y su presencia, que le sugirieron a su hermana hablar con el padre de aquella a fin de que le permitiera anexarse a su extensa familia en calidad de “Nana” y por supuesto vivir allá en Europa con ellos.
Dos años más tarde, y bajo la anuencia de su padre, Graciela resolvió viajar a Wallington, Surrey en Inglaterra para desempeñarse en aquel cargo ofrecido por los esposos Wharton, y así trabajó con y para ellos con gran eficiencia. Se encontraba muy confortable y contenta, mas la esposa de Harry -para quien ella solícitamente se había convertido en su mano derecha-, venía deteriorándose cada vez más a causa de la distrofia muscular que padecía, y un triste día pese a los cuidados médicos y de su esposo, dejó de existir.
Está por demás decir la tristeza y el temor que invadieron a Harry al quedarse solo. Entonces ya acostumbrado a la presencia y cuidados de Graciela, cuando su hermana Dorothy lo acompañaba por unos días tras el deceso de su esposa, aprovechó la oportunidad a fin de considerar con ella, el dejar a la muchacha como ama de casa con todos los derechos para continuar a cargo de su familia.
En una armonía muy reconfortante tanto para Harry como para todos sus allegados, y tras de algún tiempo, éste se dio cuenta de que la presencia de Graciela se había tornado en una necesidad imperiosa para él, y que se sentía enamorado de ella. Entonces en consideración a que ésta de pronto decidiera regresar a su país, resolvió confesarle sus aprensiones y su amor. Fue grande su sorpresa cuando en ese preciso momento Graciela venciendo su timidez le dijo que ella también paulatinamente se había ido enamorando de él. Días después con la presencia de Andrés Monte miranda, de su otro hijo Gerardo (hermano de Graciela), y por supuesto de Dorothy la “Madre Superiora”, como también de toda su agradecida familia -que tanto la apreciaba por su conducta intachable hacia su madre-,se efectuó la pomposa boda. Así aquella soleada mañana abrileña, muy airosa y feliz Graciela Inés Monte miranda “La Nana” salió del templo, del brazo de Harry su esposo, ya convertida en la flamante Mrs. Wharton…

LOBEZNO
Magi Balsells / España
En aquellas agrestes montañas, pérdidas en la inmensidad de la nada, solo cabras son sus moradores normales, alimentándose de hermosos pastos que cubre la tierra, donde procrean y nacen sus crías. Donde el aire es puro sin ningún atisbo de polución, y el agua pura, fresca y cristalina que baja de las nieves de las más altas montañas, serpentea entre los cauces que con los años se han ido creando.
Alguna ave rapaz sobrevuela los altos picachos dando una paz inmensa, con este vuelo majestuoso que solo ellas saben dar. Solo se oyen, sus graznidos y el balar de las cabras rompe el silencio que en este lugar mora, que en algunos momentos parece música celestial.
Todo ello es contemplado por un zagal de no más de 14 años, que cuida del ganado, acompañado de dos hermosos perros que son sus vigilantes y únicos amigos, ya que esta solo en esta inmensidad.
Hace dos años, se quedo sin su sostén querido, su madre; a su padre ya lo había perdido antes de nacer. Se encontró solo, sin saber que hacer, nadie se quedó con su persona, eran tiempos muy difíciles, no abundaba la comida, fueron años de malas cosechas.
Estuvo mendigando durante un tiempo, hasta que encontró un modo de vivir, quizás no fuera el adecuado para su edad ni por sus pobres conocimientos, pero era el que se le ofreció, y sin dudar lo aceptó.
La oferta vino por el cabrero que ya era muy mayor y no podía cuidar de sus rebaño; era simple, que se encargara del cuidado de los animales, y él le enseñaría lo mas básico, le daría techo y comida y haría un reparto de las posibles ganancias que se podrían suscitar con la venta de la leche que producían las cabras.
Su mentor le llevaría comida cada dos días, muy frugal, queso y pan aparte de la leche que consumiera, eso sí, sin límite. Además tendría una tosca cabaña, hecha hacía tiempo, con ramas de los árboles que en ese monte abundaban; no era mucho, pero por lo menos tendría un techo para refugiarse cuando aparecieran las tormenta o en invierno la nieve. Los días transcurrían con gran monotonía, siempre era lo mismo, solo cambiaba de lugar cuando veía que los pastos donde estaba parecían decrecer, entonces trasladaba el ganado a otras fuentes de alimentación para que las cabras tuvieran el alimento necesario y pudieran dar la leche, la cual almacenaba en los grandes bidones que después se llevaba el cabrero cada dos días en su carro.
Una mañana, mientras intentaba guiar el rebaño, le pareció oír un sonido diferente, algo parecido a un lloro o un lamento, alguien o algo se estaba quejando, paró el rebaño y lo dejó al cuidado de sus amigos los perros, que mostraban un cierto nerviosismo, estaban inquietos por los sonidos que no sabían de donde salían.
Agarró su bastón con fuerza y determinación y empezó a indagar quién o qué era el causante de esta inquietud, y entonces lo vio, era como una bola de algodón, una cría de lobo prisionera en una trampa, que sujetaba con fuerza una de sus extremidades. Con precaución y cierto recelo se fue acercando, el pobre animal parecía muy asustado. Sin pensarlo más y con las fuerzas mínimas que tenia procuró abrir la trampa, al final y con gran esfuerzo lo consiguió, siendo en aquel momento lamido por el pequeño animal, lo que le dejo tranquilo. No lo atacaría sino muy al contrario le estaba agradeciendo lo que había hecho por él.
Examinó su pata y vio que tenia una herida producida por los dientes de la trampa, no sabía que hacer, pero pensó que necesitaría cuidados, por lo menos intentaría curarlo, con el agua que llevaba en su cantimplora lavó la herida, rasgó una parte baja de su camisa y vendó como pudo la pata dañada. Una vez finalizado esta cura provisional, pensó que estaría hambriento, fue y ordeño una de las cabras, y en su plato se lo dio al pequeño lobo, el cual empezó a lamer la fresca leche, y en un santiamén lo dejó limpio, por lo cual volvió a llenárselo y pasó lo mismo, aunque ahora cuando terminó, se acurrucó a su lado cerrando los ojos respirando tranquilamente y se quedó dormido.
Debía cuidar de su rebaño, pero no podía dejar a este hermoso animal a su suerte, y tomo la decisión que consideró más adecuada, recoger el rebaño y volver a la cabaña, donde podría cuidar mejor a su nuevo amigo. Dicho y hecho, llamó a sus perros y les indicó que volvieran a casa; ellos obedientes recogieron el rebaño y lo fueron guiando, hasta sus corrales.
Una vez ya en su aposento, volvió a mirar la herida, y con sus mínimos conocimiento vio que no había afectado en demasía la extremidad, tenia un pequeño botiquín que usaba para curar a las cabras, donde había alcohol, una pomada y vendas limpias. Así se puso en la tarea de limpiar mejor la herida, aplicando dicha pomada que daba muy buenos resultados en la cicatrización, como había comprobado con las cabras, y luego lo vendó.
Se preparó un poco de comida… una vez engullido el pan y el queso se tumbó para descansar, quedándose dormido junto al lobezno. Cuando despertó al día siguiente muy de mañana, como era su costumbre, quedo asombrado al verlo durmiendo junto a los perros, los cuales lo arropaban con sus cuerpos; parecía como si lo protegieran.
Al momento todos estaban despiertos, preparó la comida de los animales y a sus perros para el trabajo diario, sin saber que hacer con el nuevo amigo, por lo cual decidió llevárselo consigo para el pastoreo, así podría comprobar cómo se encontraba, pero antes destapó la venda que le había puesto la noche anterior, viendo que la herida tenía un buen color. Volvió a limpiar, aplicó una nueva capa de la pomada y vendó la pata.
Ya todo dispuesto empezó su trabajo diario, saco al rebaño de los corrales y guiado por sus fieles perros se dirigió a unos prados cercanos, muy abundantes, de fresca hierba. El lobezno andaba a su lado con cierta dificultad, por lo que decidió cogerlo en sus brazos, no fuera cuestión que se malograra lo conseguido. Fue un hermoso día, tranquilo, y satisfactorio, se respiraba mucha paz, estaba contento por el suceso ocurrido, sin dejar de pensar que quizás la familia del lobito estuviera buscándolo. Al atardecer, los animales habían pastado convenientemente. El sol empezaba a menguar y descendía la temperatura, ésta era la señal para volver hacia la cabaña.
Llamó a sus perros, para que hicieran el trabajo que tan bien sabían realizar y todos juntos de dirigieron a su morada en busca de su sustento y disfrutar del merecido descanso. Llegando a la misma, encerró las cabras en su corral, y preparó la comida para sus amigos, cuando de golpe se oyeron unos aullidos muy fuertes y cercanos. En principio se asustó, eran muy similares a los que había efectuado su lobezno, pero no era solo uno, sino varios y en diferentes tonalidades, como realizados por diferentes voces. Notó que raspaban en su puerta, era de lo mas frágil imaginable, poco podría aguantar; sus perros se pusieron delante suyo para protegerlo de este posible peligro, ladrando como aviso de que estaban dispuestos a luchar.
En este momento el lobezno, se adelantó a todos ellos y lanzó un aullido: sonó muy diferente a los de antes, cuando estaba sujeto a una trampa; se hizo el silencio. Los perros callaron, los aullidos desaparecieron, quedó una espera tensa, que rompió el lobezno acercándose a la puerta, donde volvió a emitir unos aullidos que denotaban alegría; automáticamente fueron correspondidos por unos similares desde el otro lado.
La puerta en ese momento se abrió, y en su dintel apareció una manada de lobos, de los cuales uno se abrió paso hasta llegar al lobezno, lamiéndolo repetidas veces y atrayéndolo a su pecho, mientras el resto de la manada estaba quieta y expectante, no se veía ningún ánimo de ataque, mantenían una posición de tranquilidad.
La madre loba, dejó a su hijo al lado y se acercó al muchacho, lo olió, le dio un par de vueltas, se restregó en sus temblorosas piernas y al final se elevó hasta su cara, lamiéndola profundamente, apoyando su gran cabeza sobre su hombro. Una vez realizado este acto podríamos decir de agradecimiento, se replegaron, quedando solo el lobezno en la habitación, se acercó al muchacho y le lanzo un tenue aullido como si tuviera pena en marcharse con su familia, dio media vuelta y se incorporó al lado de su madre perdiéndose en la oscuridad de la noche.
Desde aquel momento, nunca más volvió a verlo, aunque si más de una vez se oyeron sus aullidos. Tampoco ocurrieron más ataques a los rebaños, parecía que los lobos no hubiesen estado nunca.
Solo quedó la paz en este hermoso lugar

EL SILENCIO DEL MAR EN INVIERNO
Elspeth Gormley / España
Hay un encanto especial en el mar durante el invierno, una magia que solo se revelaba a aquellos que se atrevían a explorar sus orillas en los días fríos y grises. Cada paseo por la playa en esta estación era un viaje hacia la soledad y la paz. La arena vacía se convertía en un santuario, donde las olas rompían con fuerza, creando una sinfonía que resonaba en el alma. El viento frío acariciaba el rostro, recordando la pureza del momento.
Con cada paso, la tranquilidad del invierno se apoderaba de uno. No hay voces, no hay risas, solo el constante murmullo del mar y el susurro del viento. La playa, generalmente abarrotada en verano, ahora es un refugio de reflexión. En una cala escondida, una roca se convierte en el trono desde el cual se contemplaba la inmensidad del horizonte.
El mar se extendía ante mis ojos como un manto infinito, una fuente de vida que había existido mucho antes que nosotros y que seguiría su curso mucho después. Su vastedad me hacía sentir pequeña, pero a la vez, inmensamente conectada con el universo. En esos momentos, el tiempo parecía detenerse y una puede perderse en sus pensamientos sin la presión de las obligaciones diarias.
Las olas dibujaban patrones efímeros en la arena, cada una diferente y única. Era un recordatorio de la naturaleza cambiante de la vida, de la belleza en la impermanencia. Los tonos grises y azules del cielo se mezclaban con el verde profundo del mar, creando una paleta de colores que solo la naturaleza puede pintar. Las gaviotas volaban cerca, sus gritos resonando como testigos de la contemplación silenciosa.
Al cerrar los ojos, sentía la brisa salada y escuchaba el ritmo del océano. En esos momentos de introspección, encontraba una paz interior difícil de hallar en otro lugar. La inmensidad del mar hablaba de la eternidad, de los ciclos naturales y de la esperanza que siempre surgía, incluso en los días más fríos.
El mar en invierno recuerda que, a pesar de las tempestades y las olas furiosas, siempre había una calma que seguía. Que la vida, con sus altos y bajos, era un viaje continuo y hermoso. Y mientras estaba allí, en la roca de alguna cala, mirando al horizonte, me daba cuenta de que la verdadera paz no estaba en la ausencia de ruido, sino en la presencia del alma.
La noche se desplegaba como un manto de terciopelo oscuro, salpicado de estrellas que titilaban en la distancia. La luna llena, majestuosa y resplandeciente, se alzaba en el cielo, bañando el mar con su luz plateada. El océano, en respuesta, se extendía hacia ella, como si quisiera abrazarla.
Cada ola que rompía en la orilla parecía susurrar secretos antiguos, historias de navegantes y criaturas marinas que habían habitado sus profundidades. La brisa marina acariciaba el rostro, trayendo consigo el aroma salado y fresco del mar. Era un momento de conexión profunda, donde la naturaleza revelaba su belleza y misterio.
El mar y la luna compartían una danza eterna, un vaivén que reflejaba la armonía y el equilibrio del universo. La luna, con su poder gravitacional, regía las mareas, moviendo las aguas en un ciclo constante de subida y bajada. El mar, en su vastedad, acogía este influjo con gracia, adaptándose a los cambios y mostrando su fuerza y serenidad.
Pasear por la playa en una noche así es un privilegio. La arena fría bajo los pies, el sonido rítmico de las olas y la luz suave de la luna creaban una atmósfera de paz y reflexión. Sentada en una roca, contemplaba el horizonte, donde el cielo y el mar se encontraban en un abrazo infinito.
El mar es como la vida: en ocasiones sereno y apacible, invitando a disfrutar de sus orillas con alegría. En otras, desataba su furia y arrasaba con todo a su paso, recordando su poder y la necesidad de respeto. Pero siempre, en su inmensidad, se encontraba consuelo y sabiduría.
La luna, testigo silenciosa de mis noches, recordaba la importancia de la constancia y la paciencia. Su luz, aunque reflejada, iluminaba el camino y guiaba en la oscuridad. Juntos, el mar y la luna enseñaban a encontrar belleza en lo simple y a valorar los momentos de calma y reflexión.

LA MAGIA DE LOS REYES
Carlos H. González Saavedra / Argentina
Mis retinas guardan una imagen de la infancia. La visita de los reyes magos. Una noche dormí al revés y puse mis zapatos a los pies de la cama. Aun así, no pude verlos. Ahora siendo abuelo, sigo con la misma ilusión. Dejé mis zapatos a los pies de la cama y me dormí, esperándolos.
Me levanto habitualmente al baño, cerca de las cuatro. Me asombre, cuando vi mis zapatos, colmados de estrellitas de colores. Probé tocarlos, para ver si era cierto. Con su cosquilleo en mis manos, entendí que sí. Eran reales. Con cuidado, decidí calzarme. Rápidamente un calor agradable, envolvente, amoroso se apodero de mí. Por momentos estaba en la cama y por momentos viajaba a mundos maravillosos. Siempre la presencia de uno de ellos, a mi lado. Así sentía pero no sabía quién era de los tres. Estaban muy presentes dentro de mi corazón. Algo imposible de explicar.¡ Maravilloso!
Los cielos azul celestes, soles, cascadas de aguas cristalinas. Mis hermanos los animales, así los sentía, me sonreían. Hermanos caminando con distintos aspectos. Todos sonreían. Estaban muy cerca de mí, me llamaban por mi nombre, preguntaban por mis nietos. En forma telepática Sus miradas limpias, manos algo extrañas, no me importaban.
Tanto amor sentía, que solo quería interesarme por ellos y ellos por mí. Sus palacios con ciertos ribetes dorados y paredes blancas. Ventanas entre verdes y violetas. Sus árboles y flores todas coloridas. Había rayos y extraños platos que volaban que nos saludaban. Prendían y apagaban las luces. Paz y armonía, espacios de felicidad.
Reunidos con los tres me dijeron: ¡todo esto, os merecéis! Sabemos que tu única meta es hacer feliz al otro, estés donde estés. Sabemos de tí. Siempre tu ruta de vida ha sido el amor. Eres un ser muy amado. —¿Estoy soñando o lo estoy viviendo? Al unísono, respondieron: —¡Lo estás viviendo!
Me desperté, a las ocho. Tres colibríes revoloteaban mi ventana. Mis zapatos, mi pijama, todavía guardaban alguna estrellita perezosa. Mi corazón explotaba de amor y las miradas de mi familia eran distintas. Me miraban con amor. Entonces pensé; valió la pena, esperar tantos años. Confiar en la la magia de los reyes magos. Porque la magia existe, está dentro de nosotros.

EL DIA DEL JUICIO
Jaime Hoyos Forero / Colombia
“Procread y multiplicaos”, dijo Jehová el sexto día, en el primer capítulo del Génesis.
Casandra, la bella troyana hermana de Héctor, según lo relata la Ilíada, recibió de Apolo el don de la profecía, pero como no accedió a la seducción del dios, este se vengó haciendo que nadie creyera en las infalibles profecías de la hermosa Casandra.
Eso me pasa a mí, queridos amigos , tal vez por ser por línea directa materna, descendiente de Casandra. No que haya heredado el don de la profecía, sino el que nadie me crea lo que digo. Por eso no me creeréis, seguramente, esta verídica historia que sucederá infaliblemente en la tercera década del 2100. Pues aunque no lo vais a creer y solo por cumplir con un deber histórico, voy a relataros lo que pasará dentro de 100 años en el planeta Tierra.
“Enero 31 de 2125, hoy será el fin del mundo”. Eso no lo dirán los periódicos, porque dentro de cien años no habrá periódicos, ni radio, ni internet, ni televisión, porque no habrá consumidores. En 2125 no habrá compradores y sin compradores no habrá medios. Toda la infraestructura y toda la estructura de los medios de comunicación estará intacta: los edificios, la maquinaria, la energía, las computadoras, los teléfonos, los vehículos, los micrófonos. Todo listo, todo en su puesto; ¡Y todo para qué!… sin lectores y sin oyentes. Y sin periodistas. Y sin operarios.
Nunca habrá existido en más de 20000 años de historia, una noticia más importante. Imagínense: el fin del mundo. Un fin del mundo triste, sin noticias porque no habrá quién las diga… porque no habrá a quién decírselas. Los edificios, desocupados; las calles desocupadas; el campo, desocupado; desocupados los vehículos, desocupadas las casas, deshabitada la tierra. Igual que el sexto día del Génesis, sobre la tierra sólo existirán dos humanos. Curiosa y casualmente se llamarán Adán y Eva.
El mundo estará habitado tan solo por unos cuántos animales que habrán sobrevivido a la contaminación y a la falta casi absoluta de agua, carencias que la técnica humana había logrado “conseguir”, de tanto herir la naturaleza, en el último milenio. Todos los grandes inventos estarán ahí -¿para qué ?- paralizados, como inmóviles payasos burlándose de la inteligencia, ¿inteligencia… ? digamos más bien, de la soberbia de los hombres.
Eva y Adán, no los de la historia que os estoy relatando, sino los del Génesis, tenían el paraíso. Eran dueños del Edén, es decir, lo tenían todo y gozaban de todo. Pero la Eva y el Adán de nuestra historia tendrán a su disposición todas las maravillas creadas por el hombre, pero no gozarán de nada. ¿Cómo gozar de ellas ? Para qué sin mano de obra para moverla y sobre todo sin frutos en los árboles, muertos por falta de agua, con charcos contaminados que ya no serán ríos, con unos pocos peces con su carne envenenada. Adán y Eva se alimentarán entrando a las casas, todas deshabitadas, y a los supermercados, a saquear lo poco que quedará en las despensas y las bodegas.
Pero ¿sabéis vosotros por qué solo habrá en 2.125 un hombre y una mujer?
Bueno, se cree que por un pequeñísimo problema creado por los sabios y los técnicos: ellos inventaron a mediados del siglo XX y luego el mundo entero comercializó, unas diminutas pastillas llamadas “anticonceptivas”. Pero no sabían estos sabios y técnicos ni los poderosos laboratorios ni los gobiernos que se dejaron convencer, para propagar las pastillitas, no sabían ellos, o tal vez lo ocultaron, que esas lindas y efectivas pastillitas harían estériles a las mujeres al cabo de unas siete generaciones.
Por eso los dos últimos humanos, Adán y Eva, nacerán, él en 2.079 y ella en 2.080. Desde luego se encontrarán, se enamorarán, se amarán, pero no podrán tener hijos. Además, los clones que en el 2.050 fabricarán los hombres, morirán todos 30 años después porque les faltará un gen… (Creo que ese pequeñísimo gen se llama amor).
—Cuando hoy, enero 31 de 2125 llegue el Señor a las 18 horas —dijo Adán a Eva—, nos bendecirá y nos conducirá al paraíso.
Los inventores y comercializadores de las pastillitas de marras resucitarán como estaba prometido en el viejo y en el nuevo testamento (Daniel 12,2 – Juan 5,29) al sonido de las trompetas, a las 18.05 horas del 31 de enero del 2125. El ángel del Señor les dirá: “Si no queréis ir al infierno, no tenéis que ir. Si lo preferís podéis quedaros aquí, convertidos en monitos sin cola, por toda la eternidad.”

ESTÍO
Andrea Morini /Argentina
Luis se encontraba caminando una bochornosa y soñolienta Buenos Aires, en uno de esos días en donde el calor parece derretir el paisaje de cemento, junto con los recuerdos que lo pueblan. Sus pasos lo guiaron hacia la calle Corrientes, más precisamente a una vieja librería, que no por antigua dejaba de tener aire acondicionado. Su cuerpo agradecido recibió el embate del frescor mientras exhalaba un suspiro de alivio, a la vez que se encaminaba hacia los pasillos, un poco polvorientos, poblados de libros e historias.
Era una típica librería, con sus exhibidores ordenados por rubro y alfabéticamente, mesas repletas de ofertas, tentadoras algunas, otras no tanto. Se imaginaba los mundos a partir de los títulos, hojeaba algunos, y hasta leía un par de páginas también. Estaba solo en tan inmenso lugar, «era lógico» pensó, plena hora de la siesta, en un día agobiante de enero, solo él podía tener tamaña idea. En eso divagaba cuando creyó escuchar una voz que lo llamaba, se giró, miró hacia uno y otro lado, pero no encontró al responsable de esos sonidos. Siguió recorriendo lentamente el lugar, no quería volver a enfrentarse al asfalto y la calina, prefería estar un rato más al fresco; en realidad, sentía que algo le impelía a quedarse, aunque pretendía no reconocerlo, ya que lo asustaba un poco, por lo cual no le prestó demasiada atención.
Volvió al sitio en donde escuchara el llamado, libros de misterios rezaba un Cartel sobre el mismo y, al punto, oyó el susurro, «Luisssssss», que le reclamaba. Bajó su mirada pensando que, tal vez, hubiera alguien debajo de la mesa, pero no encontró nada allí mismo. Cuando se disponía a abandonar esa búsqueda infructuosa, creyó percibir sobre el estante un leve movimiento que le sobresaltó, al pensar que podía ser algún insecto, él siempre les tuvo mucha aprehensión. Tamaña fue su sorpresa cuando se encontró con una pequeña persona haciendo señas desde la tapa de un libro, Historias que no creerás leyó en la misma, de autor desconocido le pareció. Extrañado ante este evento tan extraordinario, buscó alguien con quien compartirlo, pero, nuevamente, no había nadie a su alrededor. Estaba dispuesto a dejarse abrazar por la canícula, pero una fuerza misteriosa lo obligaba a quedarse, es más, ni siquiera pudo alejarse de la fila y de la mesa, desde la cual aquel ser lo llamaba, por lo tanto, sumando su curiosidad a la ecuación, se dispuso a contesta
—Hola —Le dijo. —Hola —contestó, lo que fuera que se encontrara en la tapa. —¿Quién eres? —se animó a preguntar, aunque estaba casi seguro de no querer saber. —Soy el personaje principal de esta historia, me llamo Luis —respondió orgulloso—. Aunque ya estoy cansado de esperar —añadió. —¿Qué esperas? —Terció Luis entonces, más esperanzado que curioso, ya que deseaba terminar esa conversación, que se le ocurría siniestra, en ese preciso momento. —Espero que alguien me escuche, hace mucho tiempo que lo hago, porque muchos leen, y toman este libro, pero pocos, muy pocos, escuchan realmente —contestó. —¿Y por qué es importante que alguien te escuche? —dijo a la vez que agregaba—, si yo lo hago cualquiera puede hacerlo. —Cualquiera no, si así fuera no hubiera tardado tanto en encontrar a la persona adecuada —añadió el personaje con una sonrisa siniestra que le heló la piel en plena tarde de verano— Y que, además, se llame Luis como yo… —Hace mucho que te espero —afirmó con una mirada que lo estremeció.
En ese momento se sintió transportado mientras la librería se desvanecía y el mundo giraba a sus pies. De pronto todo se detuvo, miró a su alrededor, y ya no estaba el libro ni el ente que le hablaba desde allí, sino que veía el mismo sitio, pero desde una perspectiva diferente. El techo se destacaba por sobre todo lo demás. Fue en ese preciso instante cuando se reconoció atrapado dentro de un párrafo, más precisamente en el medio de un punto y coma, mientras observaba azorado, como el otrora personaje salía apurado de la librería hacía el sol abrasador de la tarde porteña. —Es tu turno —gritó desde la calle—, ya he esperado demasiado tiempo. —Y dándose vuelta, rápidamente desapareció.
Quiso contestarle, pero no pudo, su garganta muda por el espanto se negó a emitir sonido alguno, mientras las letras que lo acompañaban lo miraban recelosas desde su metonímico espacio. Desde entonces llama a todo aquel que pasa por ahí, pero hasta ahora nadie ha respondido a su voz.
Por las dudas, los luises deberían abstenerse de ir por esos lares, no se los aconsejo.

Xóchitl Robles Bello / México
EL JARDINERO.
Cuando Avelino llegó a casa de Martha para ayudarle en el jardín, ella dudó en admitirlo. Su aspecto era descuidado; entelerido, los pellejos de las mejillas pegadas en los huesos de la mandíbula, alto, con la piel ceniza quemada por el sol y una mirada perdida en quién sabe qué parte de su infinita tristeza. ¿De dónde eres? De Comalapa. ¿Ya te dijeron lo que tienes que hacer? Pos… contestó rascándose la cabeza. Andaba trabajando en la obra y el “ingeniera” dijo que me traigan a regar y cuidar tus matas.
No era cosa de ponerse remilgosa aunque no era precisamente, el jardinero que ella hubiese querido tener. No había por el momento otra opción. Así se quedó Avelino en la casa.
Poco a poco, Martha se fue acostumbrando a su manera de hablar. En su escaso español, Avelino se hacía entender. Así se enteró que había llegado de la Sierra de Chiapas a trabajar, junto con otros del mismo pueblo, para poder pagar las festividades del Santo Patrono San Caralampio pues ese año, contaba orgulloso Avelino, a él le tocaba ser el mayordomo.
Todos los viernes, sin faltar uno, el improvisado jardinero después de cumplir con su trabajo, se iba a la terminal de los autobuses de segunda, procedentes de Chiapas. Ahí se sentaba horas y horas esperando, pacientemente, hasta que llegaba el último de ese día, para ver si en él venía alguien de su comunidad trayendo las últimas noticias; cómo seguían los enfermos, quién se había muerto, qué familia necesitaba tal cosa. Al mismo tiempo, su misión era entregarle a los viajeros de regreso, el dinero que sus compañeros le enviaban a sus familiares.
Pero sólo los viernes, porque los demás días de la semana ya estaban señalados para la misma tarea otros habitantes de Comalapa que trabajaban en la ciudad, de tal manera que en la central siempre había, por las tardes, una forma de comunicarse con la gente de su pueblo.
A Martha le conmovía la ingenuidad y la ignorancia del chiapaneco y como pensaba que en algún tiempo, éste había pasado hambre, procuraba alimentarlo muy bien. Su figura empezó a cambiar, las mejillas se veían ya rellenitas y eso a ella le daba mucho gusto. Le tenía mucha paciencia y trataba de explicarle de forma sencilla lo que necesitaba, como en aquella ocasión que a sus flores preferidas las invadió una plaga de gusanos feos, negros, grandes y de patas peludas. Compró un insecticida y le enseñó cómo debía aplicar el líquido a las plantas.
Le pones esta agüita así, para matar los gusanos, pero de “lejecitos” le dijo, al mismo tiempo que le demostraba cuál era la forma de usar el atomizador Ya era casi medio día cuando se acordó de Avelino; lo fue a buscar. El hombre seguía en el mismo lugar donde lo había dejado, frente a las flores que tenían la plaga. Con curiosidad se acercó para ver qué pasaba y asombrada vio como, con una lentitud que rayaba en flojera, el jardinero desprendía, con su mano, uno a uno los asquerosos gusanos; después cuando los tenía a su alcance, les rociaba generosamente el spray; eso sí, de “lejecitos”.
Definitivamente con Avelino se debía tener mucha paciencia y Martha lo entendía así, aun cuando a veces, estaba a punto de perderla; como ese día en que llegó del mercado donde había comprado unas deliciosas y frescas pigüas, para prepararlas al mojo de ajo, y le pidió al jardinero que las sacara de la bolsa. En el fregadero le dijo
Mientras ella acomodaba los otros alimentos que había traído; tortilla de maíz nuevo, pozol, dulce de coco, longaniza, tamalitos de chipilín entre muchas otras delicias, de pronto escuchó unos ruidos que la hicieron voltear. ¿Qué haces? le preguntó casi gritando, cuando vio que su ayudante tenía la llave del agua abierta y luchaba por regresar al fregador una de las pigüas que estaba a punto de salir. Pos’ estos animales están vivos y por mas que les hecho agua pa’ que se hoguen no se mueren. Explicarle cualquier cosa, era inútil, y se limitó a cerrar el grifo.
Una mañana temprano, Martha oyó un sonido fuerte que golpeaba el tejado; el agua mojaba los pasillos, escurría por las paredes y azotaba los cristales, buscando la manera de invadir la casa. Aun cuando hacía ya un tiempo que vivía en el sureste, todavía no podía acostumbrarse a esa manera de llover, tampoco a los truenos acompañantes de las tormentas. Temerosa abrió la ventana de la recámara para ver si todo estaba bien. El viento sacudía con fuerza los árboles, haciendo que las flores y la fruta cayeran sobre el pasto y en medio de la tempestad, sorprendida, pudo ver la figura inconfundible de Avelino quien, con una manguera en la mano, y la vista extraviada en el infinito, ¡regaba el jardín! ¡Avelino, ven! Gritó lo más fuerte que pudo para hacer oír su voz en medio del aguacero. !Mira cómo estás, empapado! ¿Qué estás haciendo?
Se acercó lentamente, con esa parsimonia característica, escurría agua por todos lados, su figura era deplorable y sus chanclas de pata de gallo chaculiaban en el líquido. Regando. Fue su lacónica respuesta. ¿Por qué estas regando? Su respuesta fue contundente. Ingeniera dijo: Avelino regar martes y jueves. Hoy jueves, Avelino riega. ¡Pero si está lloviendo! Ingeniera no dijo; si llueve no riegues.
Martha, aspiró profundamente y dejó salir con lentitud el aire de sus pulmones tal como le había aconsejado su terapeuta en casos de emergencia, ordenó bien sus ideas, para poder explicar con claridad. Mira, cuando llegaste a trabajar aquí, eras peón y el ingeniero te daba órdenes, ¿verdad? Y tú obedecías. Sí. Pero cuando el ingeniero no estaba en la obra, tu capataz te ordenaba lo que tenías que hacer, igual le obedecías. Sí. Bueno, pues ahora, aquí en la casa el capataz soy yo, y te ordeno que cuando llueva no riegues.
El jardinero, atónito, abrió sus pequeños ojos todo lo que éstos le permitieron, se restregó la mojada cabeza, y contundente exclamó: Tú, mujer; ¿capataz de Avelino, el mayordomo de San Caralampio? ¡No! Avelino se va. Avelino… se fue
Y hasta el día de hoy Martha no lo ha vuelto a ver.

Yo soy un poeta, un buscador y un confesor, y estoy comprometido con la verdad y la sinceridad. Tengo una misión, aunque pequeña y limitada: ayudar a otros buscadores a entender y afrontar el mundo, asegurándoles que no están solos. Herman Hesse
JUICIO JUSTO
Sandra B. Romeo / Argentina
Ustedes piensan que tienen la razón, que me están ofreciendo un juicio justo. Hasta me dan la posibilidad de un descargo.
¿Qué esperan ustedes que diga?.
¿Qué reniegue acaso de todo aquello que dio sustento a mi existencia?.
Saben que jamás lo haré.
Solamente puedo contarles, recordarles que aquello que ustedes llaman traición para mí es simplemente búsqueda, necesidad de saber y compartir.
Yo cuento…
Abracé esta vida como la abracé a ella, inmemoriales tiempos atrás.
Navego en esta senda que tanto me conduce de cara al dolor como de lleno a la felicidad.
Así como navegué en su brillante cuerpo obteniendo los mismos resultados.
Penetro en los secretos de la búsqueda empapándome de doctrinas y dogmas, así como me introduje en ella deshaciéndome en sus luces y sombras.
Buscando también.
La alquimia me brindó el mapa que necesitaba para mi evolución interior.
A través de los diversos pasos de la obra sagrada me convertí en persona, en un noble participante de la creación de Dios.
He contribuido a realzar y mejorar Su trabajo por obra de mi esfuerzo individual.
Así también me calciné en ella a través de nuestras comunes pasiones.
Me diluí en la solutio de nuestros sentimientos y sublimé las imperfecciones de ambos a través de su aire vital.
Ahondé en esa noción de la metafísica en donde nada de lo que nos dicen es dicho. En donde lo que vemos no es real y lo real es lo paralelo, lo que nos alimenta y nos da la información que necesitamos para seguir viaje.
Eché anclas en ese tiempo en el que ella estaba en ríos metafísicos, buscando en las profundidades la fuerza y el impulso para una mejor comprensión de la obra. Yo busco, defino y deseo esas corrientes. Ella las vive.
Ahí reside nuestra gran diferencia.
Lo que para ella es piel, en mí es hábito, búsqueda.
Ella es la naturaleza divina, yo soy el interventor humano en esa naturaleza.
Ella es lo que es. Yo soy lo que sé.
Ella navega esos ríos, forman parte de su esencia.
La balsa en la que yo intento surcarlos lleva en sí el peso del intelecto, de las definiciones.
Me hundo en esas aguas que me transportan al fuego de los herejes..
Ya ven, nunca abjuraré de mí ni de ella. Tampoco de lo que sé ni de lo que ella es.
El humo de esta hoguera será saber para muchos otros.
Eso no podrán detenerlo, porque ¿quién encierra golondrinas de humo en ningún lado?…
Ella, justamente por ser, será con otro como lo fue conmigo.
Y tampoco podrán detenerla porque ¿quién confina a la vida en ningún sitio?…

UN TRUENO
Walter Hugo Rotela G. / Uruguay
El 24 de noviembre de 2016 fue una noche calurosa, despejada. En esos días la humedad nos tenía a todos algo aletargados, pero no tanto. Mucha gente aprovechó el respiro que nos dio el frío y salió a correr, trotar o caminar.
Algunas personas se duermen temprano debido a que al día siguiente deben madrugar para ir a trabajar o estudiar. No es mi caso. Así que a las once de la noche estaba terminando de freír unas papas para cenar, las milanesas estaban prontas, así como la ensalada de verduras. Mientras cenamos en familia miramos algo en la televisión.
Sobre las 23:30 sentí un ruido algo intenso, muy breve, al que resté importancia. Sin embargo, deduje que no era un disparo, ni una bomba de estruendo, pero no supe a qué atribuirlo y tampoco me ocupé de indagar, al menos en ese momento.
Terminamos de cenar y sobre las cero horas, del día que iniciaba, alguien tocó a la puerta. Al mismo tiempo mi hija bajaba precipitadamente las escaleras preguntando: «¿Ustedes escucharon algo hace media hora? En las redes -continuó- todo el mundo está comentando que sintieron un temblor, otros, que además escucharon un ruido, o dos consecutivos, pero de escasa duración». Quien tocaba a la puerta era una amiga y vecina que entró preguntando lo mismo y comentando sobre que el tema que se divulgaba en la red.
Consideré que era temprano y seguimos viendo una película. Inicié, ahora sí, una prolongada búsqueda exhaustiva en la Internet, sobre los comentarios de la gente, la declaración del gobierno y de una científica, según lo señalado en el último informativo, poco antes de la media noche. En la breve presentación del informativo último la científica señaló que un equipo de guardia de un centro de investigación percibió el temblor en la propia oficina, y estaba al tanto que el sismógrafo, instalado en una zona de la ciudad, había registrado algo. En plena madrugada se disponían a dirigirse al centro donde está instalado el aparato en cuestión.
A la mañana siguiente, la vida siguió su curso habitual. En los medios se reflejaba brevemente lo manifestado por las personas, lo que habían percibido, sus opiniones. La postura del gobierno buscó ser cauta. Se confirmó que el sismógrafo registró un temblor de magnitud 2.3 grados en la escala de Richter. La causa… seguía sin conocerse. Un estudioso chileno dio una versión distinta de los acontecimientos y ocupaba un espacio menor en los detalles brindados por los medios. Lo único que se repetía fue: «Estamos estudiando el caso, estamos estudiando…»
Alguien de la NASA supo del tema apenas minutos después de que se alertara en las redes sociales; pero él se enteró por otro canal. Era un experto en temas de fenómenos atmosféricos y conocedor e investigador en otros campos, por fuera del sistema. Se contactó con colegas, y todos dirigieron la atención hacia lo que sucedió en ese país del sur. Un reducido grupo de personalidades influyentes del servicio militar y de inteligencia del país del norte buscaron las imágenes satelitales de las coordenadas y en el tiempo que se produjeron lo que se indicaba como un trueno y un temblor.
Se combinaron las imágenes de tres satélites que barren la zona en momentos consecutivos, e incluso una de la Estación Espacial Internacional (conocida como ISS, por sus siglas en inglés). Se modificó las velocidades de las filmaciones y, de la superposición de toda la información se llegó a una conclusión. Tenía relación con lo que sugirió un investigador chileno. Nadie lo contactó.
La semana continuó y hubo muchas versiones del asunto, bromas surgieron desde los primeros minutos que se percibió el extraño ruido que llamamos «trueno». Pero se fue generando tanta información que concluyó en ruido, se banalizó el tema y pronto se olvidó el asunto, como ocurre casi siempre con lo que es noticia.
Un joven difundió un par de fotografías y todo el mundo le tomó el pelo, lo ridiculizó. Los medios no lo entrevistaron. Se llamó a silencio. Así como apareció, se esfumó. Sin embargo, su IP fue plenamente identificada, y dos agentes del gobierno del norte lo visitaron, un par de minutos pasadas las 1600. La imagen del poblado, de la casa donde vive aparece en Google Maps. Está casi aislada de otras viviendas, extensas llanuras lo rodean y un pequeño monte de eucaliptos lo aleja, un poco más, de la población urbana.
El joven estaba en su casa cuando llegaron los dos agentes, consultores de la embajada. Iban acompañados de dos policías en un auto particular. La casa estuvo vigilada desde la madrugada. Se filtró la idea de que estaban ante la presencia de un importante narcotraficante que había cambiado de identidad. Se montó el operativo secreto que concluyó en el expediente número XXI 16/11/24 Suramérica Coordenadas…
El individuo vivía solo. Habitaba la casa desde hacía un año. Por única compañía tenía un perro cimarrón. Esa noche -según contó a los agentes- estaba tomando unas cervezas a la hora en cuestión. «Disfruto de la soledad del campo» -explicó. Estaba ideal para fotografiar estrellas fugaces. Tenía más de una en su haber. Esa noche registró varias imágenes, pero dos de ellas le parecieron las más relevantes y nítidas que fueron las que publicó en su cuenta de Twitter. Era la primera vez que publicaba algo, aunque la cuenta estaba activa desde hacía más de seis meses. Sería también la última.
Los agentes lo entrevistaron a solas. Le contaron que eran parte de una investigación importante y que su cuenta sería desactivada por motivos de seguridad. Le preguntaron qué más vio o escuchó. El relato fue increíble y hasta descabellado para cualquiera no entendido; pero no para los agentes. Sin embargo, buscaron, en principio al menos, convencerlo que era imposible creer lo que relataba. «Divulgar esas imágenes podría causar alarma innecesaria en la población civil. Él podría ser víctima de hostilidades innecesarias al difundir eso que creyó ver -le dijeron.»
Por su seguridad el joven debía acompañarlos. La conversación con los agentes había sido en total privacidad, por ende, los policías estaban al margen de los datos logrados. Lo trasladaron a una oficina de la capital, primero, luego a otra, y así hasta que los policías perdieron el rastro del individuo que quedó en manos de los agentes.
El desconcertado muchacho mencionó que escuchó un trueno. Su perro fue el primero en oírlo y comenzó a ladrar extrañamente. Esto hizo que tomara su máquina y apuntara en dirección hacia donde ladraba el can, un punto del firmamento donde, también él, escuchó lo que creyó era un trueno, aunque la noche estaba despejada. Seguidamente vio unas luces en formación que estaban suspendidas a las que fotografió. Eso duró escasos dos minutos que le parecieron «eternos», agregó. «Pude capturar más de 30 imágenes pues tenía preparada la cámara para registro en modo continuo. Aunque compartí solo dos».
La cámara de fotografías, la notebook y varios pendrives que tenía fueron confiscados por los agentes, cuando lo llevaron. Se le informó varias horas después que pocas personas habían visto realmente lo que vio y fotografió y que necesitaban negarlo, por razones de seguridad. Sería trasladado a otra zona, a otro país con identificación falsa. Le darían trabajo como fotógrafo en medio del amazonas donde viviría por un año acompañado de científicos de la naturaleza y con un sueldo importante. No le dieron otra opción.
Las imágenes correspondían exactamente a una similar tomada desde uno de los satélites. En el momento que se escuchó eso similar a un trueno, se materializaron una serie de naves en formación, por un lado, y otra de mayor tamaño por otro. Las pequeñas desaparecieron en dirección al suelo, en una zona que vista desde el satélite tiene un par de lagos y a la que le rodean unas formaciones circulares de gran tamaño. Quizás no perceptibles desde la superficie.
El tema se fue perdiendo de la atención de los medios y al joven nadie extrañó porque no tenía vínculos cercanos, ni conocía comerciantes que le vendieran algo, pues se proveía de cosas en la capital. Del trueno al poco tiempo se dejo de hablar y sólo quedó registrado en el expediente secreto número XXI 24/11/16 .


