CUENTOS Y RELATOS-FEBRERO
Nota Editorial: Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

“Cada historia es una puerta que se abre hacia lo inesperado.”
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COLABORAN
- Magi Balsells – España
- Carlos González Saavedra-Argentina
- Elspeth Gormley – España
- Sandra Romeo – Argentina
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EL VIEJO LIBRO
Magi Balsells – España
Que sorpresa, al efectuar unas obras en mi vivienda, me he encontrado con algo que pensé estaría perdido, y si lo ha
estado durante muchos años, el hallarlo me ha devuelto a mi juventud, cuantos recuerdos han aparecido en breves
momentos en mi pensamiento, cuanta añoranza hay en su contenido, cuanto deseo y cariño hay en este viejo libro
Casi con temor abro su portada, y allí en la primera hoja, una dulce dedicación a mi persona, con cuidado paso las
primeras paginas, recreándome en la lectura de su contenido y leyendo unas anotaciones en los márgenes que hice
en su momento, me parecen escritas por otra persona ya que hoy las encuentro aun siendo mías de un gran contenido
y sentimiento,
Cada página, es un dulce recuerdo, no me hace falta leerlo ya que las palabras escritas van reviviendo en mi mente,
pese a los años transcurridos
Al llegar a la mitad de este libro, hacen su aparición , la cosa mas deseada y añorada en su día, unos pétalos de una
rosa que en su momento llenos de fragancia aromatizaban el libro, hoy caducas y secas, siguen para mi siendo
frescas y lozanas como el primer día, con mucho tiento cojo uno de los pétalos esta seco y posiblemente crujiente,
pero esto no me importa, solo pienso en que no se rompa, lo acerco a mis labios para depositar en la rigidez de su
tersura el mas puro beso , tan cerca esta de mi que aun pasados los años mantiene un fondo de suave aroma, cierro
los ojos y se presenta en mi memoria el recuerdo de día que me fue regalado y por la persona que tuvo este bello
detalle,
Éramos muy jóvenes, pero teníamos un amor puro y sincero, ella un año mas joven que yo solo tenia 15 años, con sus
pobres ahorros me compro este gran regalo, que juntos pasábamos las horas deleitándonos con su contenido,
mientras nuestras manos enlazadas soportaban el cariño que nos profesábamos
Muchas horas pasamos leyendo y releyendo esta magnifica obra poética, basándonos en el intentamos nuestros
incipientes ensayos poéticos, no se si eran bellos ni rimados, pero eran una glosa al cariño que de nuestras letras
emanaban
Pero nuestra felicidad se trunco, era época de escasez, poco trabajo , mucha miseria, sus padres decidieron marchar a
buscar fortuna a otro país, y así de golpe sin esperarlo nuestras vidas se separaron, quedamos en escribirnos, pero
algo mas aumento nuestra desdicha, mis padres también emigraron y yo con ello, nuestro amor quedo en el olvido
Cuanto llore, cuantas noches despierto estuve pensando, como estaría, que haría, mil y un pensamiento se alojaba en
mi mente
Con los días se fue perdiendo este deseo, aunque no quedo en el olvido , así pasaron muchos años, yo nunca pude
mirar a otra mujer ya que su grácil figura permanentemente estaba en mi mente, ninguna me parecía lo suficiente
hermosa para desbancar a mi flor querida
Voy a cerrar el libro y guardarlo, ya que me estoy entristeciendo, de lo que puedo ser y no fue, al pasar la ultima
pagina, encuentro un papel pegado, que nunca lo había visto en las muchas horas de lectura
Con curiosidad lo abro y allí con su fina letra hay una nota de mi amada que dice
Mi querido amor Debería haberte dicho esto de palabra, pero he preferido hacerlo de esta manera, se que nos separan,
e ingenie una manera de poder volvernos a encontrar en el futuro, no se si recordaras que antes de marcharme con
mis padres , te pedí este libro, allí puse en el ultimo instante y antes de devolvértelo esta nota ,hoy tengo 15 años, pero
dentro de los mismos que ahora tengo o sea 30, estaré en el pinar que había junto a la ermita de san Jacobo, en el día
de tu cumpleaños, si no estas lo sentiré mucho significara que no has leído mi nota, por lo cual cada día de tu
cumpleaños allí te esperare, esto será mi prueba de amor hacia ti, iré cada año , esperándote
Te quiero Que alegría, dentro de dos días es mi cumpleaños, no puedo perder mas tiempo, pediré permiso en el
trabajo a cuenta de vacaciones, no creo que haya ningún problema. Estoy tan nervioso que hasta el libro se me ha
caído de las manos, no se que hacer si gritar reír o llorar, no lo se, pues las sensaciones que tengo no puedo
enumerarlas
Hoy es el día que debemos encontrarnos, ya llevo mas de dos horas sentado en el pórtico de la ermita, estoy
anhelante. No se si vendrá o a que hora, es igual esperare hasta la noche si hace falta, pero no será necesario, por el
camino, viene una figura femenina, no se si será ella, veo que es toda una mujer, nada que ver con aquella chiquilla de
pelo rubio y trenzas, pero algo tiene que me es familiar, no puedo esperarla aquí, le levanto y salgo corriendo a su
encuentro, si es ella, no me equivoque, aquí esta
Nos juntamos con un fuerte abrazo, mi corazón golpea mi tórax con la fuerza de un ciclón, no se que decir, pero creo
que no son necesarias la palabras, las miradas son suficiente
Una vez pasado estos naturales arrebatos, empezamos a contarnos nuestras vidas, ella aun soltera y yo también, ella
esperándome siempre y yo deseándola mas que a mi vida
Me pregunta, me esperaste todo este tiempo
Solo tenía un pensamiento y era volver a estar contigo, para hoy ya con cierta edad decirte lo mucho que te quiero y
que de tu lado nada ni nadie me separara
Y así fue como volví a recuperar el amor de mi vida
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TARDES EN LA PLAZA
Carlos González Saavedra – Argentina
Las tardes, en esta época, suelen tener una dulzura especial. Me siento en un bar a tomar un café mientras el sol baja lentamente y algunas hojas de cobre caen, llevadas por una brisa cálida. Me gusta estar aquí. Entre tantos colores y la calidez de la gente que me saluda, disfruto plenamente este momento.
A la misma hora, todas las tardes, pasa caminando una joven. Cruza la plaza de un extremo al otro con la arrogancia de la belleza y el pudor de no mostrarse demasiado. La plaza, colmada de árboles y flores, parece detenerse a su paso. Hasta un colibrí suspende su aleteo para seguir el aroma de su perfume.
La magia está en el aire. Con solo caminar, logra hechizar el ambiente.
Averigüé quién eras. Supe que trabajabas en una contaduría. Nunca me animé a iniciar un diálogo, ni siquiera a decir un respetuoso “buenas tardes”.
Pasó el tiempo y pensé que algún día dejaría de verte. Pero comprendí que, detrás de tu belleza orgullosa y tu pudor, había un ángel. Sí, uno de esos que caminan a nuestro lado, custodiando la belleza y la magia de la naturaleza. Sin ellos, sería imposible disfrutar la magia de la vida.
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EL DESVÁN
Elspeth Gormley – España
La escalera, vieja y astillada, protestaba con cada paso que daba. Subía despacio, como si ascendiera hacia un lugar que no solo estaba arriba, sino también atrás en el tiempo. El aire se volvía más denso a medida que me acercaba al desván, ese territorio suspendido donde las cosas que ya no viven tampoco terminan de morir.
En el rellano, una puerta vencida por los años me ofreció, a través de sus huecos, un adelanto de su penumbra. La empujé, y los goznes chirriaron como si despertaran de un sueño demasiado largo. Entré con una especie de reverencia involuntaria: aquel espacio tenía algo de templo abandonado.
El olor a polvo antiguo, humedad y memoria me envolvió de inmediato. La luz que se filtraba por las rendijas de la ventana apenas dibujaba formas en el aire. Abrí la hoja con esfuerzo —la madera hinchada, el metal rendido— y un soplo de aire fresco atravesó la estancia, levantando motas que parecían almas diminutas.
Entonces lo ví.
El desván entero era un cementerio de objetos que alguna vez tuvieron vida propia. No eran simples muebles: eran testigos. Habían sostenido cuerpos, conversaciones, risas, llantos, secretos. Ahora reposaban en un orden torpe, cubiertos por sudarios de polvo y telarañas que parecían bordados por el tiempo.
Contra una pared abombada, un sofá de respaldo alto conservaba, pese a todo, su dignidad. La madera de nogal aún mostraba su antigua nobleza, aunque el damasco dorado se hundía entre muelles rotos. Parecía esperar a alguien que volviera a confiarle un peso, una historia.
Una consola de patas arqueadas sostenía un mármol quebrado que había visto demasiadas manos. Sobre ella, un espejo turbio dormía su vejez sin reflejar ya nada, como si hubiera renunciado a recordar rostros.
Junto a la ventana, una cómoda dejaba entrever papeles amarillentos, escritos con una tinta que se resistía a desaparecer del todo. Y en la estantería que llegaba hasta el techo, figuritas mutiladas de porcelana convivían con una lámpara moruna intacta, una taza azul cobalto que parecía conservar el aroma de un té imposible, y utensilios de latón que un día brillaron en la cocina.
Un reloj detenido marcaba una hora que ya no pertenecía a nadie. La cama de hierro y bronce dormía bajo cuadros desvaídos de santos que parecían vigilarlo todo desde un tiempo remoto. Del techo colgaba una telaraña enorme, como un dosel que intentara devolver solemnidad a tanto esplendor marchito.
Me senté en el sofá, limpiando un hueco con la mano. El aire del huerto entraba por la ventana: olor a manzanas, a flores recién abiertas, al eucalipto que llevaba siglos respirando para todos. El murmullo del agua en la acequia me fue adormeciendo.
Y entonces ocurrió. El desván despertó.
La luz se volvió más intensa, los olores más vivos. El sofá pareció acomodarse bajo mi cuerpo, como si quisiera abrazarme. Una voz suave, casi un susurro, brotó de su madera: —He vivido más de lo que puedo recordar…
La consola lo interrumpió con un entusiasmo juvenil: —¡Y yo estaba frente a ti! ¡Qué salón aquel! ¡Qué música, qué risas!
El espejo suspiró, como si volviera a ver rostros que ya no existen: —En mí se reflejaba toda esa alegría…
La cama, despertando de su letargo, habló con una gravedad antigua: —¿Qué sabréis vosotros de amor? En mí nacieron vidas…
El reloj, con un esfuerzo casi doloroso, dejó caer una campanada solitaria. Las figuritas de porcelana, cansadas de tanta nostalgia, comenzaron a moverse: el trovador templó su laúd, la bailarina danzó con sus bracitos rotos, los zapatitos taconearon solos como si recordaran una fiesta perdida.
La lámpara moruna encendió su llama, iluminando los metales dorados. La taza azul cobalto flotó hacia mí, ofreciéndome un té que olía a infancia.
La araña, alarmada, gritó desde su telaraña: —¡Cuidado, infiel! ¡Mi obra!
Y la lámpara respondió, envuelta en luz: —No temas, hermana. Mi fuego no quema; renace.
Sentí un escalofrío. Abrí los ojos. El sol se había ido, y la luna llena entraba por la ventana, bañando el desván con una claridad que no era de este mundo. No supe si lo que había visto era vida… o un último destello antes de la muerte.
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RECUERDO DE LA SEQUÍA
Sandra B. Romeo – Argentina
Por el cauce del río seco corrían lenguas de fuego, sí señor. Así se veía la tarde y los días enteros, señor. Así fue cuando la gran sequía. Secó todo: los animales, las plantas, la tierra, los hombres. No éramos muchos en el pueblo, pero cuando los vientos, rojos de secos, aventaron hasta los muertos viejos del cementerio, los vivos empezaron a irse también. Quedamos pocos, sí señor. Y ahora que usté lo dice, recuerdo que entonces, los que quedamos, manteníamos el pueblo andando, tan convencidos estábamos de que los otros volverían. Pero cuando el viento quemante soplaba y soplaba, empezamos a perder las ganas de caminar un pueblo vacío. Las ganas y la esperanza.
De tanto en tanto, alguna nube hinchada de grises se pinchaba entre los cerros y se desperdigaba en muchas nubecitas más. Pero de agua nada, ni hablar. Ni una gota. Primero dejamos de arreglar las paredes y los techos. Ahí arriba el sol nos pelaba y nos confundía la cabeza. La tierra entera parecía haberse metido para adentro y nos dejaba a mano solamente un cuero duro y rugoso. Las pequeñas huertas caseras murieron incrustadas entre el polvo y las grietas del suelo.
Después, el pellejo se nos empezó a pegar a los huesos. Sí señor, tanto que parecía que salíamos de la tierra misma, correosos y secos. Viejos. Más tarde nos dimos cuenta de que estábamos solos de veras. No se veía ni se escuchaba en el pueblo el ladrido de un solo perro. Detenido, quieto estaba el aire. Tan estancado por el calor que cuando abríamos la boca, la misma lengua hacía como ruiditos de fritanga. El mismo aliento del sol la cocinaba. Sí señor, fue grande la sequía ese año. Y larga.
Cuando caía la noche, las luciérnagas se suicidaban prendidas del viento de polvo. Apenas se encendían, opacadas, las perdíamos de vista. Dejamos de dormir. Acostarse en los catres, abajo, tan cerca del suelo, al ras del piso crujiente, era aspirar la furia misma de la tierra por estar abandonada de humedad. Finalmente, el polvo eterno que levantaba el viento parecía formar paredes que costaba trabajo traspasar. Entonces fue cuando dejamos de caminar, levantarnos, acostarnos, para no gastar el poco resuello que nos quedaba. De tan envueltos en tierra como estábamos, dejamos de vernos, poco a poco, unos a otros.
Así fue como pasó. —Pero… dígame una cosa, señor, ¿usté no es Damiano, el hijo de doña Ramira, el que se ahogó el día de la crecida grande? Lo sacamos del río, si mal no recuerdo, con ramas de piquillín… —Sí, soy Damiano.
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