CUENTOS Y RELATOS – JUNIO
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· «Cada relato, un latido; cada cuento, un universo por descubrir.»

LA BICI ROJA METALIZADA
Miriam Alberganti / Argentina
Era una época de incertidumbre económica, y mi padre, como muchos otros, había invertido su dinero en una financiera que prometía tasas altas de interés. Sin embargo, como suele suceder, la financiera se fundió, y los ahorristas perdieron todos sus ahorros. Mi padre se sintió decepcionado y frustrado, pero no se rindió. Cuando se enteró de que los ahorristas podían retirar mercaderías como compensación, supo exactamente qué hacer. Se fue a la tienda y retiró una bicicleta que había llamado su atención. Era una bicicleta impresionante, con rodado 28, gomas con banda blanca, guardabarros cortitos y cromados, y un color rojo metalizado que brillaba bajo la luz del sol. Cuando la vi, me emocioné mucho. Tenía 14 años, y era la primera bicicleta del barrio.
Mis amigos se sorprendieron al verla, y yo me sentí orgulloso de ser su dueño. Sin embargo, en esa época, no era común que los estudiantes de secundaria o facultad fueran a la escuela en bicicleta, así que tuve que seguir corriendo el tranvía para no llegar tarde. A pesar de eso, la bicicleta se convirtió en mi compañera de aventuras. La montaba por la cuadra y sus alrededores, sintiendo el viento en mi cara y la libertad en mi corazón. La bicicleta roja metalizada se convirtió en un símbolo de alegría y esperanza en un momento de incertidumbre. Y aunque la financiera se había fundido, mi padre había encontrado una forma de transformar un hecho desgraciado en un motivo de alegría. La bicicleta roja metalizada se convirtió en un recuerdo que siempre atesoraré, un recordatorio de que incluso en los momentos más difíciles, siempre hay esperanza y alegría que puede surgir.

VIVIR ETERNAMENTE
Magi Balsells / España
¿Me gustaría vivir eternamente?
Esta pregunta lleva mucho tiempo rondando por mi mente, tiene una serie de razones para decir que si y muchas mas para negar esta posibilidad
En la primera cuestión, no dejaría de ser hermoso ver los adelantos que cada día se van produciendo, en todas las facetas de la vida, ampliar mucho más los conocimientos que en este momento poseo, conocer muchas más personas y poder compartir con ellos mis experiencias acumuladas durante todo mi existencia, seria algo maravilloso,
Pero pasemos a la segunda opción:
Envejecer mucho mas de lo que ya estoy, ir perdiendo las facultades de todo tipo, convirtiéndome en un ser solo merecedor de estudio por la medicina, ya que les gustaría a los científicos saber el porque de mi larga y eterna vida, o sea de hospital en hospital y de prueba en prueba. Perder a todos los familiares, y a las personas amadas eso creo que si debe ser muy duro. No conseguir amigos ya que al ser eterno nadie querría compartir su vida con la mía, no estar a la altura de las nuevas técnicas ya que mi mente no seria capaz de asimilarlas. Vivir los horrores que podían producirse como la miseria, las guerras, las catástrofes naturales, las nuevas enfermedades; aunque no me afectaran directamente por mi condición de eterno, pero si que serian un sufrimiento verlas padecer a los demás
Creo que después de una serena reflexión, lo mejor es tener vida como persona normal, con mis años, dudas y achaques y solo esperar el desenlace final.

SOBRE RUEDAS
María Elena Camba / Argentina
El portero sonó en casa insistentemente. Mamá fue a la cocina y lo atendió.
-Chicos, dejen lo que están haciendo y vengan, papá quiere mostrarnos algo.
Nos lanzamos siete pisos por la escalera, Mamá fue con Laurita por el ascensor. Pablo llegó primero pero tuvo que esperar a que abrieran la puerta de calle.
Nunca me voy a olvidar de la cara de mi viejo, siempre fue un tipo muy serio pero esa vez estaba ancho, con su sonrisa de fiesta., mostrando la sorpresa que nos tenía preparada. Y allí en la vereda, con las puertas abiertas, nuestro futuro compañero de viajes. Parecía un bote, tan largo y amplio. Entramos los cinco, si hasta sobraba un espacio para alguien más.
Dicen que los autos se parecen a los dueños, o los dueños eligen el auto que más se identifica con ellos. Y así era el Valiant 3, su primer auto 0 km, de líneas elegantes, color beige, sobrio, con ventanas grandes. Igual a mi viejo, siempre de traje, a lo sumo los domingos un pantalón de vestir y una camisa. Discreto y clásico .
Partimos a dar una vuelta por el viejo Palermo con sus calles empedradas que se resistìan al andar tan descansado de esas ruedas recién estrenadas. El ronroneo del motor era suave, casi imperceptible.
Mi añorado barrio de casas bajas, con algunos pocos edificios que comenzaban a quebrar la fisonomía de ese Palermo que se resistía a cambiar su identidad. Con sus calles tamizadas por el violáceo de los jacarandás, que cubrían no sólo las copas de los árboles sino también las veredas con una alfombra aterciopelada. A partir de ese día, todos los domingos papá nos llevaba a dar una vuelta a toda la familia.
Ese primer paseo fue el comienzo de un sinfín de aventuras. Viajes a la costa, cuando la Ruta 2 todavía no era autopista y los autos venían de contramano y había que esquivarlos e irse a la banquina para no morir arrollados. Cuando no había aire acondicionado y el calor subía por los pies y penetraba todo el cuerpo. Cuando poníamos parasoles en las ventanillas y los que no las tenían se conformaban con algún toallón o remera trabado en la ventana para amortiguar el sofocón de la ruta.
No usábamos cinturón de seguridad y nos trepábamos a la luneta como si fuera un asiento más.. Jugábamos al truco, a la generala y al tuti fruti. La imaginación corría inventando historias. .. Las horas se alargaban, parábamos para almorzar en alguna estación de servicio y mi padre se echaba una siesta bajo un árbol.
El viaje a la costa era largo. Pero para nosotros era una fiesta. Vacaciones en familia, arena y mar. Nos esperaban las olas para saltarlas de la mano o barrenarlas en tablas de madera.
Carpa o sombrilla, de acuerdo a los vaivenes de la economía familiar, pero siempre juntos en la playa. Tejo, pelota paleta, unos sándwiches de almuerzo y a la tarde regresábamos en el auto al hotel. La batalla naval, el ahorcado o el tinenti nos arrancaban risas y peleas a la hora de la siesta.
Después el Valiant comenzó a hacer recorridos más extensos. Las sierras asomaban en el horizonte cuando llegábamos a la ciudad de Córdoba. Siempre nos perdíamos en la famosa cañada y mi padre detenía el auto para preguntar cómo seguir. Porque no había GPS ni celulares que nos indicaran el camino.
En las sierras comencé mis aventuras sobre ruedas. Papá nos llevaba a un camino de tierra y me cedía el asiento del conductor. Apenas llegaba a ver por el parabrisas y el volante se resistía a mis pequeñas manos. Tenía 14 años y mi hermano 19. El auto rugía mientras apretábamos el acelerador e intentábamos pelear con la palanca de cambios para meter la primera. El viejo contenía sus nervios y arrancábamos hacia la dimensión desconocida. Una o dos horas de piruetas al volante y el Valiant volvía lleno de tierra a la casa.
En esa época aprendí también a andar a caballo. Primero con montura y al paso o trote. Las siguientes vacaciones en pelo y al galope. Mi madre disfrutaba vernos..
Años de tortas fritas, campeonatos de bochas y truco, jugábamos a las escondidas por la noche en los jardines del hotel. Años de adolescencia, los primeros asaltos. El famoso patapata de Miriam Makiba. Y el primer beso. El novio de vacaciones. La primera despedida. El primer llanto por amor.
Pablo, mi hermano, ya manejaba el Valiant 3 y nos llevaba al cine a la noche. Dos pelis con intervalo en el medio. Y un cine de pueblo donde la película de golpe se cortaba y comenzaban los silbatos hasta que volvía en medio de risas y aplausos.
Y el Valiant 3 siempre esperando en la puerta del cine nos llevaba de vuelta a toda la banda. 9 o 10,metidos en el auto. Y mi viejo durmiendo tranquilo sin sospechar nuestras andanzas.
Pero un día se anunció la tormenta. Dejamos el auto estacionado en el medio de otros dos y entramos en el cine. Cuando salimos ya eran las 12 de la noche. Buscamos el auto pero no lo encontramos. A unos 50 metros de la puerta del cine había un grupo de gente amontonada, fuimos a ver qué pasaba y vimos nuestro auto en medio del jardín de una casa. Nuestras caras de asombro y susto sin explicarnos qué había pasado. ¿Nos habían robado el auto? Hasta que mi hermano gritó –¡Me olvidé de poner el freno de mano!
¿Qué había pasado entonces? Cuando el auto de adelante se fue, la calle en bajada hizo que el Valiant se deslizara, tirara la pirca de la casa, aplastara una moto y terminara su viaje en el parque. Toda la trompa abollada, rayones por todos lados. El auto fantasma se hizo famoso. Sin conductor había hecho destrozos que, por suerte, no provocaron daños mayores.
Mi hermano fue hasta casa y trajo a mi padre. Esa noche no pegamos un ojo. Papá furioso nos retaba, hasta se le cayeron unas lágrimas de la impotencia.
El auto en el taller por muchos días y los gastos de reparar todos los daños causados. Pasamos a ser los dueños del auto fantasma para todo el pueblo.
Mi hermano estuvo muchos meses sin poder usarlo y las clases de manejo terminaron abruptamente.
Pero las vacaciones siguientes papá ya había olvidado el asunto y nos volvió a prestar el auto, esta vez para excursiones por las sierras. Partíamos en el Valiant un grupete y otros dos autos, un Mehari y un Peugeot. Todos a la aventura por los caminos serranos de ripio. Dejábamos los autos y trepábamos como cabritas por las sierras hasta bajar a un arroyo, o a las playas de arena de algún río. Ya el auto estaba más baqueteado y la suspensión acusaba tantos kilómetros de aventuras. Pero nunca fallaba y derrapaba en tercera en las curvas y nuestros gritos y risas inconscientes festejaban la cercanía al precipicio.
Una tarde, cuando comenzaba a caer el sol y regresábamos al pueblo, se escuchó un ruido fuerte debajo del auto. Era el carter que había raspado contra una piedra. Vimos que perdía líquido por abajo. No sabíamos qué hacer, hasta que a uno de los chicos se le ocurrió. -Masquen todos chicle, hagamos una bola y peguémosla como tapón.
Y así fue que logramos llegar a la puerta de la casa, cuando ya se hacía de noche y las primeras estrellas comenzaban a asomar.
Tantos recuerdos imborrables se agolpan en mi mente mientras contemplo la foto desteñida de mi auto preferido, compañero de adolescencia, el que soportó mis primeros pasos como conductora. Testigo de un mundo en extinción, cuando los autos no se cambiaban de modelo como la ropa, cuando las cosas tenían su valor emotivo, Por eso costó tanto tomar la decisión de desprendernos de él a la muerte de papá.. Quedó arrumbado en el garaje de casa. Hasta que un día decidí que abandonarlo de ese modo era negar la historia tan linda que tuvimos. Llamé a un mecánico especialista en autos antiguos. Le pedí que lo arreglara, lo quería impecable. Se lo llevó a su taller. Todas las semanas pasaba a verlo. En tres meses estuvo listo. Cuando lo fui a buscar me senté al volante y los recuerdos se agolparon como un flash mientras lo manejaba.
Ahora lo saco todos los domingos a dar vueltas por la Av. Libertador. A veces me gritan desde algún auto, felicitándome .¡Qué nave!
Me hice socia de un Club de autos antiguos. Cada tanto participamos de travesías y hasta nos vestimos con ropa de época. Sé que es una manera de estar más cerca de mi viejo y también de esa chica adolescente que esperaba el fin de semana como una fiesta para salir a pasear y escuchaba a todo volumen en la radio del auto Sui Generis con toda la banda de amigos. Me vuelve el olor a espinillo, a lavanda y retama de las sierras y la voz de mi viejo que dice: – No vuelvan tarde chicos, a las 2 a más tardar los espero en casa.

TOMY, EL NIÑO VENDEDOR
Libia B. Carciofetti / Argentina
Llamaron a mi puerta. Miré por la ventana. Solo vi un cajón desvencijado con “artículos de limpieza” en envases de gaseosas. Me acerqué y, medio escondido, apareció un niño de unos diez años.
—¿Por qué te escondes? —pregunté.
—Porque la mayoría, cuando ven que soy chico, piensan que vengo a pedir y no se acercan. Pero no… yo vengo a vender, para ayudar a mi mami y a mis cuatro hermanos más pequeños.
Su voz era firme, pero en su mirada había algo de súplica.
—Vamos a un comedor al mediodía, pero hasta el otro día tenemos que aguantar el hambre —continuó—. Mi mami vende bolsas de consorcio, y el dueño me da esto: detergente, lavandina, desodorante, jabón líquido…
Observé los envases y su pequeña figura detrás del cajón. Yo, que siempre compro productos de primera marca, miraba lo que él ofrecía y sentía en su gesto la esperanza de una venta.
—Bueno, dame un litro de cada cosa —le dije—. Te traeré mis envases para que los rellenes.
—Ok —respondió.
Sonreí.
—¡Ah! Sabes inglés, como mi nieto.
Se rió.
—¿Cómo se llama su nieto?
—Tomás, pero le decimos Tomy.
Su cara se iluminó.
—¡Oia! Como yo.
Lo miré y mi corazón de abuela y madre se encogió. Pensé en mi Tomy, que no tiene que salir a ganarse el pan porque tiene una familia que lo sostiene, que se lava las manos con agua y jabón a cada rato.
Antes de que la emoción me hiciera llorar frente a él, le pagué. Vi su manito perdida revolviendo su bolsillo, buscando el vuelto.
—Quédatelo —le dije—. Compra golosinas si quieres.
—¡Uh! Es mucho.
—No creas… todo está caro.
—Sí, eso dice mi mami.
Se apresuró.
—Me voy, porque me van a cerrar el comedor.
—Chau, doñita.
—Chau, Tomy. No te doy un beso porque debemos guardar distancia, y además tenemos barbijo. Cuando llegues, lávate bien las manos con agua y jabón.
—Sí. Mire, recién una señora me regaló alcohol en gel nuevecito, sin abrir.
—Que Dios bendiga a esa señora también.
Lo vi alejarse.
—Ven la semana que viene. Tengo echarpes tejidos por mi mami, que se llamaba Violeta. Desde el cielo, estará contenta de ver que los usarán para cubrirse del frío.
Tomy se alejó por la calle, dándose vuelta y saludando con su manito. Y mitad de mi corazón se fue caminando con él, rogando en silencio por todos los niños herederos del Reino de los Cielos.

LOS NIÑOS DE SIRIA
Carlos González Saavedra / Argentina
Soy Roy Mitchel, trabajo hace mas de treinta años como fotógrafo profesional. El diario me envió a Alepo un día antes que empezaran otra vez, a bombardear.
Compartí en las afueras, si así, se puede llamar, en una ciudad destruida, un lugar con una habitación y un baño, juntos a dos colegas. Periodistas, un Español Alfredo Espinosa y un Alemán Helmut Bachman. Instalados donde dormíamos como
podíamos. La habitación de tres por dos. El baño muy precario. No podía ser de otra manera.
Al día siguiente, una camioneta Toyota, con tres soldados en la caja pertrechados nos traslada al Noroeste , para estar mas protegidos, pero las imágenes de espanto anularon mi sensibilidad. No podía ser sensible, debía ser fuerte y sobrevivir.
Tenia experiencia en mi vida pero esta no me la esperaba.
Tome fotos ,muchas de lo que pasaba, estuve en hospitales, recién bombardeados, calles intransitables niños y enfermos desplazados junto con la población civil. Horror de una guerra por el poder, nada mas.
Escuche a un dirigente político decir: -¿Porque usar suelo Sirio, para pelear? Ni siquiera había tiempo de contestar.
Estaba desbastado, no encontré la belleza en ninguna de mis fotos. Ninguna mirada compasiva , solo preguntas o súplicas. Nunca me imaginaba un alemán llorando, esa noche después de un día terrible, Helmut lloró, como un chico, desconsoladamente. Sus manos temblaban tanto que no podía escribir. Solo puso de título “Esto es lo que pasa
en Alepo” Alfredo con mas años, hizo una nota a un anciano refugiado en un rinconcito, debajo de un techito, absolutamente vulnerable. Aseguraba:-Acá nada me va a pasar, así los dispuso Alá. Su deseo, era su única esperanza.
Por mi parte había mandado imágenes por demás del horror en un solo día. Era muy difícil encontrar algo positivo, esperanzador. Miraba a los niños los mas perjudicados, los que sufren, los que piden ayuda. Como fotógrafo profesional tenia la obligación conmigo mismo de mostrar algo que llevara una ilusión una mirada de amor.
Mi hermana directora de una editorial en Vancouver, me pedía fotografías, aunque sea una, de los lugares que me mandaba el diario.-Tiene que ser esperanzadora, sino no mandes nada. Me admiraba por eso me exigía
Entre los escombros encontré tres hermanitos que al verme, vinieron corriendo. Uno de ellos, el mas chico, muy simpático, reía siempre. Vivía esa vida como una aventura. Sus hermanas entre risas preguntaban si las adoptaría.
Me dejaban sin palabras. Mi silencio me abrumaba. Pude mandarle a mi hermana una foto que lo decía todo.:
Una de las nenas con su mirada ¿preguntaba por que?
Otra un poco mas seria, pero no tanto aseguraba:-¿Me vas a adoptar, no?¡No tenemos familia! El mas sonriente nada me pedía solo con su mirada me lo decía todo:-¡Todo estará bien! no te preocupes. Solo le faltaba guiñarme un ojo.
Así lo pensé, así me lo mostró su corazón ¡Así me enseño a vivir! Por su parte mi hermana en la revista de Vancouver puso la foto de ellos diciendo:
“No hay espanto que pueda, con la mirada esperanzadora de un niño”

¿QUÉ ES REZAR ?
Elspeth Gormley / España
Rezar es una conversación con lo intangible, un momento de calma donde el alma se recoge en sí misma. Es el instante en que, entre el ruido del mundo, encontramos un refugio interior.
Es una fotografía en sepia, un regreso a la casa de tus abuelos y al tiempo sin tiempo de tu infancia.
Es un Padre Nuestro susurrado en tiempos de incertidumbre, una plegaria para encontrar respuestas, un refugio en la duda y un consuelo en la esperanza.
Rezar es tener memoria.
Es lo que precede al trabajo y lo que jamás lo suplanta.
Es lo único que nos queda cuando ya no podemos hacer más. Es el acto de compromiso de quien no tiene otro medio para ayudar, como cuando elevamos pensamientos por alguien que va a ser operado, y todo queda en manos de la ciencia y de la voluntad que rige el universo.
Rezar no siempre cambia los hechos, pero sí cambia a quien reza. Nunca es inútil, porque siempre conforta.
Rezar es decir rezaré por ti y también reza por mí. Es, por tanto, lo contrario a la vanidad.
Es aceptar nuestras limitaciones. Aprender a resignarnos cuando lo que pudo ser no ha sido. Es vivir sin rencor, aprender a olvidar, aceptar la derrota con dignidad y celebrar el triunfo con humildad.
Es buscar fuerzas cuando parece que no quedan.
Rezar es un acto de fe, pero no solo fe religiosa, sino fe en la vida, en las personas, en los que amamos, en los caminos inciertos que recorremos.
Es introspección en una era de exhibición. Es apagarse para encenderse desde dentro. Es encontrar un claro en la espesura.
Rezar es un placer oculto, un gesto que se reserva para la intimidad. Un acto que, cuando se comparte, se hace desde la confianza absoluta.
Es una declaración de amor por quien tienes en tus pensamientos. Derramar tu cariño sobre los que más quieres y sentir el cariño de quienes piensan en ti.
Es estar en las oraciones de alguien más, que es mucho más que estar solo en su memoria.
Rezar es dar lo mejor de nuestro interior sin esperar nada a cambio. Es resistir cuando todo parece perdido. Es fragilidad y entereza.
Es, en el fondo, el eco de nuestra esperanza, la manifestación de nuestros deseos más profundos y la forma en que buscamos paz en medio del ruido de la vida.
Rezar es creer y ser practicante de un mundo mejor.

LA MALA SUERTE
Sandra B Romeo / Argentina
Todos los días la misma corrida para llegara a horario a la oficina. Una taza de café a las apuradas, el persistente sonido del paso del tiempo en el reloj…
Aurora, la jefa de personal, es todo lo contrario de lo que su nombre indicaría, por lo menos para mí. Nada de auroras boreales o amaneceres rosados y traslúcidos reflejándose en la arena húmeda. Esta Aurora es mas bien un ocaso gris y perverso que se ríe y se agranda con la huida de la luz adentrándose sutil y definitivamente en nuestros huesos antes de cerrar los ojos cada noche. Yo estoy convencida de que Aurora me persigue, que cuestiona todos mis rostros y mis rastros. Nada de lo mío la persuade. Para ella no soy una buena persona.
Ahora recuerdo, mientras me zarandeo en el subte, (debe ser este zarandeo el que trae los recuerdos) que trabajando de noche atendí más de tres o cuatro veces el teléfono para toparme con las bromas de mis compañeros sector enfermería, (mis anteojos supongo), entonces a la quinta vez del timbrar tomo el auricular hago acopio de la valentía de mis ancestros y antes de que nadie hable grito: —¡culo!
Silencio total del otro lado de la línea hasta que la voz de Aurora amaneciendo de su estupor grita preguntando: —pero ¿usted sabe con quién está hablando? Yo jugada contesto: —¿Y usted…? —¡No! —grita ella —¡Menos mal! —y corto la línea dejando vilmente la oficina por la puerta trasera, olvidando en ella todas mis pertenencias a las que, por un tema de terapia, rotulo y marco con mi nombre y Nº de documento (¿miedo a morirme en la calle y quedar como NN? ¿miedo a morirme sola que intento atrapar mi identidad? ¿mi identidad se escapa, se esconde?.¡Ay Señor, cuantos interrogantes!.
Bueno, resultado de lo antedicho, suspensión y publicación en el Boletín interno de lo sucedido. El escarnio fue tal que ni las permanentes y extensas llamadas de Jerónimo lograron que tuviera la fuerza necesaria para presentarme el día que correspondía. Lo hice, pero sin fuerzas. ¿Qué puedo decir de Jerónimo? Es el justiciero del Archivo del hospital en que trabajo.
Espacio ínfimo si se quiere para el accionar de un justiciero, sin embargo parece el espacio justo en que cabe la justicia, (siempre me pareció que no era mucho). Jerónimo es de esos seres que aquietan el alma. Grandote y amplio, es como esos paredones en donde de chicos te refugias del sol de verano. O donde van a dar todas las pelotas que se patean a la hora de la siesta. Fresco, protector, así es Jerónimo. A él las auroras ni le pintan. Por eso lo admiro. Por eso y porque pasa de mis anteojos.
El barquinazo del coche seis línea C remonta otro recuerdo. Fiesta inaugural de la sala de máquinas del hospital. Aurora, toda de rosa y tiñéndose ya de violeta luego de la sidra y los canapés enhebra astutamente un discurso que le vale los aplausos de la concurrencia que, a la vista de los platos ya vacíos, va girando como en bloque hacia la salida.
Aurora se cruza en mi camino voluptuosamente perfumada. Perfume…(¿les dije que soy alergiosa?), estornudo fatal y moco enorme que aterriza en la solapa del trajecito de la jefa de personal.
Mis manos y pañuelo tratando de restañar el daño ya irreversible porque en la buena intención desparramé aún más el moco con mi entrañable torpeza, de modo tal que el mismo ya desbordaba la solapa hacia el voluminoso pecho de Aurora. Manos grandes, manos tiernas y solícitas de Jerónimo con servilletas de papel (muchas, el moco era grande), ajustándose a los senos de una Aurora que ya tirando al borravino me encendió con una mirada glacial. Ahí no hubo suspensión, sólo cerco de silencio durante diez días, término en el que la anécdota, contada y recontada por mis compañeros sección morgue, tardó en dar la vuelta al hospital. Y Jerónimo hablándome al oído, contándome «que ahí no podía hacer nada, que no era cosa de injusticia sino de mala suerte piba». Le creí. ¡Cómo no voy a creer en la mala suerte si me llamo Aurora!

EL RAYO DE LUNA
María Sánchez Fernández / España
Un rayo de luna se escapó del cielo y atravesó las negras aguas del mar. Era como un cuchillo cortante que a su paso dejara una herida abierta de intensa luz plateada. Ahondó tanto y tanto que llegó a profundidades insospechadas por él. Allá, en aquel fondo, advirtió que todos los habitantes de las aguas dormían. Escudriñó curioso, y vio qué diferente era aquel mundo del suyo. Él conocía los espacios abiertos en donde sus amigas, las estrellas, titilaban y, a veces, también se escapaban en vertiginosa carrera hacia el infinito. También conocía las exuberancias de la tierra pero… el misterio del mar; no.
Se movía de acá para allá despertando con su luz a miles de seres asustados que huían despavoridos de aquella extraña presencia. Vio un inmenso coral que movía unos brazos blanquecinos y rojos en los que había prendidos jirones de algas flotantes. Una enorme raya se detuvo, curiosa, a mirarlo para después seguir su camino.
El rayo de luna estaba fascinado, pero también un poco aturdido, él no quería despertar el pánico entre aquellos seres fantásticos, sólo quería conocerlos y ser amigo de todos. Con infinita delicadeza rozó la cola de un gran pez espada que se hallaba dormido en una oquedad de la roca. Éste se despertó y, algo asustado, se dispuso a atacar, pero vio que ante él no había enemigo alguno sino algo sin cuerpo cuya presencia era muy agradable.
El pez espada preguntó:
— ¿Quien eres tú, que nunca te vi?
— Soy un rayo de luna.
–¿Y qué es un rayo de luna? No puedo tocarte pero a través de ti puedo ver cuanto hay cerca de mí.
Y el rayo de luna sonriendo con su luz más blanca dijo:
— Tengo miles de hermanos y somos hijos de un cuerpo del cielo al que llaman Luna. Esta noche quise escaparme en solitario y visitar tu mundo.
Entonces el pez espada respondió:
— Eres mi huésped, ven conmigo y te lo mostraré.
Y visitaron, a través de las aguas que iban iluminando a su paso, los más bellos parajes que nunca hubiera imaginado aquel visitante que venía del espacio. Montañas vestidas de algas que, en el silencio submarino, parecían ser los fantasmas de aquellas otras montañas alfombradas de pinos verdes y empapadas de rumores que llenaban la tierra y que él conocía tan bien. Estas montañas del mar acogían, en infinitas cuevas, a miles de peces que en ellas buscaban seguridad y refugio. Moluscos de todos los tamaños se adherían a las rocas abriendo sus conchas rosadas y mostrando en su interior una masa blanduzca que se movía perezosamente acechando alguna presa, y cuando ésta se acercaba ¡zas!, se cerraba herméticamente para engullirla en su interior.
El pez espada seguía avanzando abriéndose paso entre las aguas con su gran trompa puntiaguda, y el rayo de luna le seguía fascinado envolviéndolo con su manto de luz. Un banco de pececillos rojos pasó ante ellos haciendo cronométricos zigzagueos, y un gigantesco pulpo extendía sus abotonados brazos queriendo tocar aquel extraño visitante que se movía entre los personajes marinos.
–Me gusta tu mundo.– Dijo el rayo de luna–. ¿Podrías invitar a mis hermanos?
Y el pez espada respondió:
–Puedes llamarlos ahora mismo, mientras las aguas sean negras. Después se volverán azules y vuestra tenue luz se perdería en ellas
Y el rayo de luna llamó a sus hermanos con su magnetismo cargado de magia, y al momento todos acudieron en tropel, y con gran algarabía de risas de plata invadieron las negras profundidades.
¡Qué orgía de luz y de colores explosionó en el fondo del mar! Rivalizaban el capricho y la originalidad en la forma de todos sus moradores. Peces alargados, redondos, achatados, de figura esférica o triangular, con ojos enormes y gráciles aletas; otros de cuerpos pequeños y grandes tentáculos; preciosos moluscos de las más variadas formas…, y tantos y tantos colores…, infinidad de colores rivalizaban por su propio protagonismo.
Las aguas se ondulaban vestidas de transparente blancura con el ir y venir de sus millones de habitantes.
La gran fiesta comenzó y todos danzaron con loco frenesí. Grupos de peces dorados trazaban círculos perfectos en torno a una gran masa de coral que alargaba sus ramificaciones rojizas como queriendo alcanzar aquella maravillosa luz que todo lo envolvía. Otros grupos de peces –siempre en perfecta formación y vestidos con la más exquisita originalidad−, abrían sus salientes bocas cantando burbujas. Un grupo de delfines se sumó al regocijo del momento emitiendo alegres sonidos que acompañaban a una diminuta orquesta formada por caballitos de mar y por oscuras ostras que abrían y cerraban sus conchas con perfecto ritmo, mostrando su intimidad nacarada. Un gran tiburón cruzó rápidamente, sin detenerse, tendría prisa por resolver algún asunto urgente.
La fiesta estaba en su punto culminante. La alegría rebosaba más allá de lo imaginable. Los rayos de luna reían y reían, y las aguas del mar nocturno –antes negras y quietas−, se movían alborozadas en sus ondas profundas y blancas.
De pronto, nuestro rayo de luna dejó de reír y prestó atención. Más tarde dijo:
–Hermanos, nos llaman desde arriba. Nuestra madre, la Luna, se retira. Ya baja por el cielo en busca del horizonte.
Todos se unieron en un inmenso haz de luz, y diciendo adiós a sus amigos salieron del mar y ascendieron a la altura mezclándose con los claros rosados del alba.


