CUENTOS Y RELATOS «LA LEALTAD» NOVIEMBRE
Nota Editorial
Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

“Donde el silencio abriga, la lealtad florece.”
Colaboran en esta sección:
Carlos González Saavedra – Argentina
Elspeth Gormley – España
Andrea Kiperman – Argentina
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LEALTAD
Carlos González Saavedra – Argentina
Uno camina por la vida apresurado, sin detenerse en las cosas simples que hemos aprendido. Aquellas que nos han formado. Valores que, por el vértigo con que vivimos, parecemos olvidar. No soy la excepción.
Trabajaba todos los días y, en los tiempos libres, iba al gimnasio; otros días, a meditación; los que quedaban, al teatro. No paraba.
Vivo solo, y mi única compañía era Rambo, un ovejero que me habían regalado cuando tenía siete años. Sus anteriores dueños eran mayores, vivían en un departamento y ya no podían con su fuerza.
Caminábamos juntos por las mañanas. Me sentaba a tomar mi cafecito en el bar de la esquina, siempre con él a mi lado.
Rambo era feliz paseando con mis nietos. Lo había acostumbrado a caminar sin correa. Libre.
Recuerdo una noche de festejo en una de las reuniones. Terminó bastante tarde; después fuimos a comer pizza y seguimos la charla. Me acordé de Rambo a las dos de la madrugada. Llegué lo más rápido que pude. Estaba sentado, cuidando la casa detrás del portón de hierro. Erguido, elegante y con la mirada alerta.
Me sentí cuidado, acompañado. Al abrir, su alegría fue tal que se quedó dentro de casa para siempre. Estaba educado para no ensuciar.
Así pasaron otros siete años, plenos de cariño y compañía. Era un amigo leal.
Empezó a enfermarse de viejo, y viví muy dolorosamente su despedida, por el dolor de su bendita cadera.
Ya en sus últimas horas, tirado en el living junto al hogar, no daba más. Me resistía a darle una inyección, aunque ya había hablado con una veterinaria.
Tenía un compromiso impostergable por trabajo. Debía ausentarme, pero volvería en una hora. No sabía qué hacer. No podía dejarlo. No tenía opción.
Entonces decidí hablarle como a un amigo. Le dije: “¡Rambo! Ya me cuidaste mucho. Vuelvo en una hora. Descansa tranquilo”. Lo acaricié. Con lágrimas en los ojos, sentí que esa fue mi despedida.
Llamé a mi hija, que vivía cerca, y me fui. A la media hora me avisó que, al entrar, lo encontró muerto.
Si bien sabía lo que ocurriría, no dejé de sentir una desazón, un vacío enorme en mi corazón.
Llorando, lo enterré en el jardín. Sentí, por mucho tiempo, que no había sido tan leal como él. Después, con los años, entendí que debía ser así.
Tuve tres ovejeros que me han acompañado. Amo esa raza. Mayka, Indio y Rambo: todos me dejaron una enseñanza enorme.
Rambo fue el que más lealtad me mostró. El que, con su silencio, me habló siempre. Y así nos entendimos.
Rambo se fue en silencio, pero me habló más que nadie.

LA FUERZA INVISIBLE DE LA LEALTAD
Elspeth Gormley – España
La lealtad no se impone: se elige. Es un acto consciente, una decisión que nos mantiene fieles a una persona, a una causa o a unos principios, incluso cuando el camino se vuelve difícil.
En tiempos dominados por la prisa y el interés propio, la lealtad se convierte en resistencia silenciosa.
Ser leal no es obedecer sin pensar, sino sostener con dignidad aquello en lo que creemos. Es permanecer cuando otros se ausentan, defender la verdad aunque incomode, no traicionar la confianza que alguien ha depositado en nosotros.
La lealtad es espejo y raíz: refleja quiénes somos y el lugar que ocupamos en la vida de los demás. Una amistad sin lealtad se quiebra, una sociedad sin lealtad se fragmenta, una política sin lealtad se reduce a espectáculo vacío.
Necesitamos recuperar la lealtad como virtud cotidiana. No importa si nace de un gesto pequeño o de una gran decisión:
cada acto de lealtad construye confianza, y la confianza es el tejido que sostiene la convivencia. La lealtad no es palabra antigua: es semilla de todo futuro compartido.
La lealtad también es memoria: es el compromiso que no se olvida, la promesa que se cumple incluso en silencio,
la certeza de que alguien estará allí cuando más lo necesitemos.
Es fuerza invisible que sostiene vínculos, que da sentido a la palabra dada, que convierte lo efímero en eterno.
Sin ella, todo se desvanece; con ella, todo se enraíza y florece.
“La lealtad no se grita, se demuestra: es el hilo invisible que sostiene la dignidad de toda palabra.”

LEALTAD
Andrea Kiperman – Argentina
Lealtad: una palabra de gran valor que nos remite a otra época, a un momento casi tan lejano como el sol. Lo leal, lo distinto, los valores que se desvanecen en estas sociedades modernas, extrañas, líquidas, dubitativas, ambiguas y desconcertantes. La lealtad es uno de los valores más difíciles de encontrar. ¿Qué es la lealtad, sino un valor casi extinto como los dinosaurios? En un mundo tan incierto, la lealtad grita su importancia, porque ya no se trata de la cantidad, sino de la calidad de personas que te acompañan en tus días y en tu vida. Se trata de aquellas que están contigo en los momentos de luz y de sombra. No de quien te sonríe en la cara, sino de quien cuida tu espalda. La lealtad, hoy, es la figurita difícil del álbum. Pero si se busca, aparece. Como las grandes cosas de la vida, llega en el momento menos pensado; como el amor, simplemente toca la puerta. Ojalá podamos reflexionar sobre a quiénes estamos dejando entrar en nuestra vida, porque es importante reconocernos ese valor.


