CUENTOS Y RELATOS – MARZO
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CUENTOS Y RELATOS : «Historias que despiertan la imaginación y acarician el alma»

EL LEÑADOR Y LA FLOR
Magi Balsells / España
Erase una vez, un mísero leñador, que habitaba en el frondoso bosque, donde tenia su morada en una su antigua cabaña, donde solitario pasaba sus momentos mas tristes.
Caminando por el sendero que le conducía a su labor diaria, con rumbo ya determinado por las muchas veces realizado, sin mirar donde pisaba, de pronto tropezó con una bella flor, y cual fue su sorpresa cuando oyó una dulce voz que en tono lastimero le decía, ten cuidado, no me pises, ya que ello comportaría el fin de mi existencia.
Asombrado por no esperar que una flor pudiera hablar, no sabia ni que hacer ni que decir, pero algo dentro de el le obligó a pedir perdón
Arrodillándose junto a ella, para examinar si algún daño había sufrido,el suave vientecillo del bosque le traía su fragancia y aroma.
Contemplo sus hermosos pétalos, bañados por el roció matutino, lo cual le daba una belleza sin par, que hasta el momento no se había percatado.
—Dime bella flor, que puedo hacer por tí, ya que siento estar en deuda contigo.
—Poco puedes hacer amigo leñador, mi vida es muy efímera, aquí solitaria en este inmenso lugar, sin amigos, sin nadie a quien contentar, se que tu también estas solo y una cosa quisiera pedirte, es que estas horas que señalan el fin de mi hermosura, las disfrutes conmigo. ¡Llévame contigo a tu morada! hazme este favor no quiero fenecer sola, quiero que mi ultimo aroma, sea para ti.
Dicho esto el leñador muy aturdido, cogió a la exuberante flor y volvió a su habitáculo, depositándola en el más bonito jarrón que poseía, y pareció que todo se llenaba de luz con su sola presencia.
Ya no estaremos solos, tendremos la compañía del uno para el otro y yo prometo cuidarte como si de mi vida se tratara, serás mi amor y mi ilusión.
Quizás por el cariño demostrado aquella flor cada día era más hermosa, llenando la vida de aquel hombre que se desvivía por cuidarla.
Los años pasaron muy deprisa, el leñador cada día mas anciano, pocas fuerzas le estaban quedando. También la flor se estaba apagando, se marchitaba como si notara el fin de este cariño por ambos profesado.
Llegó el final para ambos, juntos y en el mismo momento, la flor sobre su pecho, impregnada de las lagrimas, las cuales se habían convertido en gotas de rocío

HABIA UNA VEZ…
Libia B. Carcioffeti / Argentina
A los diez años, gané un Concurso Nacional de poesía organizado por Radio El Mundo de Buenos Aires, en el que participaban escuelas de todo el país. Cuando se anunció la selección y me eligieron, jamás imaginé por qué la señorita Gertrudis Eggan, mi directora, me llamó a la oficina.
En mi cuaderno llevaba ya dos notas que decían textualmente: “La niña Libia Carciofetti observó mala conducta por conversar en clase. Se ruega a los señores tutores firmar esta nota.” Lo que no decían esas palabras era que, como consecuencia, mi madre me mandaba a la cama sin cenar. Así eran las cosas: después de sermones interminables, ella solía decirme, como en la canción de Valeria Lynch, “La tercera es la vencida”.
Esa vez, además, me prohibió salir a jugar con Ana María Giacomolli, mi compañera de asiento. Esa sentencia, para mí, sonaba como “cadena perpetua”. Mi madre permanecía inconmovible ante mis lágrimas y mi hambre. Pero mi padre, nuestro eterno abogado defensor, solía esperar a que ella se durmiera para ir a la heladera y preparar el sándwich más delicioso que recuerdo. Fue entonces cuando prometí no abrir la boca en clase, so pena de pasar el resto de mi infancia encerrada en mi dormitorio.
Cuando la directora me llamó, fui con el cuaderno en la mano, temblando ante la posibilidad de una tercera notificación. Apenas entré en la oficina y, a punto de romper en llanto, la señorita Eggan me dijo: “¡Te felicito, Carciofetti! Ganaste el Concurso. ¡Primer Premio entre todas las escuelas del país! Un terreno en San Carlos de Bariloche”.
En ese momento me abracé a esta mujer, normalmente fría, quizá por su investidura. Quizá porque nunca tuvo hijos ni pareja y no entendía que a los niños nos gusta conversar dentro y fuera del aula. Aún así, le costó contener mis lágrimas. Siempre fui llorona, pero aquel día todo me desbordó: ¡era increíble! Sin embargo, a pesar de todo, no supo comprenderme.
“Recibirás la notificación por correo”, dijo. Y añadió: “No le comentes nada a tus compañeros hasta que lo haga público. ¿Entendido?”. Respondí un tímido “sí”, pero mi corazón apenas podía contener el deseo de correr a casa para compartir la noticia con mis padres. Ese día creo que aprendí a volar: las ocho cuadras hasta mi casa las recorrí en segundos, tanto que llegué sin aliento.
A partir de ahí, comencé a soñar. Sin embargo, jamás imaginé que llegaría al Café Tortoni, lugar mítico de escritores como Borges, García Lorca, Alfonsina Storni, Carlos Gardel, Tita Merello y tantos otros. Mi llegada coincidió con un periodo de orfandad emocional: la ausencia de mis padres y la pérdida de mi esposo, quien tanto disfrutaba de mis letras. Para él, cada uno de mis escritos pasaba “su prueba de galera”. Dios me había reservado este tiempo, el suyo, no el mío. Hoy, solo puedo decir: “Amén, Señor, porque así te ha placido a Ti”.

MI VISITA A TEMPERLEY
Carlos H. González Saavedra/ Argentina
—¡Después de las 15, estaré en tu casa!
—¡Te espero!
Conocía el barrio; en mis años de scout solía andar mucho por allí. Empecé a caminar, tratando de recuperar esos pasos infantiles que tanto atesoraba. Habían pasado sesenta años, y en parte lo logré. A medida que me acercaba al lugar, se despertaban recuerdos de mi infancia: aventuras y un sinfín de momentos que llevaba guardados. Recordé los naranjos en flor y cómo pateábamos las naranjas por la calle. Desilusionado, descubrí que ya los habían quitado todos.
Tomé el tren para sumergirme en un viaje imaginario, como cuando era niño. Pero las cosas habían cambiado; el tren ya no era el de antes. La estación, que anteriormente tenía seis andenes, ahora contaba con nueve. Un conglomerado de gente, yendo, viniendo y esperando, dibujaba un nuevo paisaje.
Al llegar, Guillermo me recibió con un cálido abrazo y una sonrisa franca. Por suerte, no hablamos del club, pero sí de gente conocida del lugar. Me invitó a pasar al quincho de su casa, un lugar encantador, donde me impactó su calidez. Guillermo se esmeraba en atenderme, y lentamente fuimos entrando en tema. Me mostró un libro familiar, una joya de su herencia alemana, que me fascinó. Percibí, de manera sutil, que deseaba hablar de su vida, de su familia, de sus raíces. Me pareció encantador, porque los hombres no siempre compartimos este tipo de historias. Entonces, comencé a contarle cosas mías, mientras él compartía las suyas. Perdimos la noción del tiempo. Tomamos dos deliciosos cafecitos mientras recordábamos cómo Monte Grande, la ciudad donde vivo, era una tranquera al campo.
La avenida, empedrada y con las copas de los árboles uniéndose sobre ella, parecía la entrada a una estancia. Cada dos esquinas había un palenque, y sulkys y caballos floreaban en las fiestas patrias. El almacén de Pardini era un punto de referencia en la zona este del pueblo: Ramos Generales, cancha de bochas, de paleta, carrera de sortija y mucho más. Guillermo mencionó que Melitón Legarreta, nacido en Oyeregui, comunidad de Navarra, había tomado un barco para hacer las Américas. Se instaló en los campos de Monte Grande, donde, como buen vasco, comenzó con un tambo. Su hija, Ester Lagareta, junto con Víctor Loupias, había sido dueña del mencionado almacén.
La charla derivó hacia una casa en el pueblo, pero no encontró unos papeles que quería mostrarme. No me importó; estaba seguro de que recordaría más anécdotas familiares que tendríamos tiempo de escuchar y escribir, vino de por medio. En algún momento, al relatar una historia, sus ojos se escarcharon. No quise indagar más.
Pasamos cuatro horas muy amenas. Sin embargo, lo más impactante, en términos emocionales, fue su quincho. Paredes repletas de recuerdos: fotos, alegorías, escudos, una colección de mates, discos de vinilo y casetes, todo dispuesto con amor y dedicación. —Carlitos, mira lo que quieras. Metete, revisá, preguntá —me dijo.
No me animé. Descubrí finalmente que ése era su lugar, donde estaba plasmada su vida. Un espacio que reflejaba su enorme corazón abierto de par en par. Era un rincón donde la máquina del tiempo parecía haberse detenido para ser disfrutada. Un pequeño cartel rezaba: “Es lo que hay”. Y sí, allí estaba todo: recuerdos, alegrías, y momentos simples de la vida, como éste, como tantos.
Nos despedimos con otro abrazo, prometiendo vernos en otra ocasión.
Tomé el tren con el dulce sabor de haber recuperado el romanticismo de Temperley y la conexión con un amigo que personificaba a su propia familia. Y como si fuera poco, al llegar a casa, encontré en mi celular todas las fotos del quincho. Pensé: “La magia de la vida”. Justamente de eso se trató nuestra charla.
Gracias, Guillermo Loupias.

CONTEMPLANDO EL MAR
Elspeth Gormley / España
Mientras paseaba por la orilla de la playa, mis pies se hundían suavemente en la arena mojada, sintiendo el vaivén de las olas que se estrellaban contra las oquedades de las rocas, lanzando rugidos como una bestia primordial. Me detuve, maravillada ante la divinidad insondable del océano. En ese instante, suspendida en una profunda serenidad, comprendí que estaba viviendo uno de los momentos más plenos y puros de mi existencia. Ante tanta magnificencia, me invadió un pensamiento: quizás, en el vientre de estas aguas eternas, nacieron los primeros dioses.
El vaivén rítmico del agua narraba un secreto antiguo, un canto hipnótico que se clavaba en el alma. Arrullada por su murmullo, me vi de pronto imaginando al hombre primitivo, ese ser que, en algún punto del pasado, descubrió dentro de sí algo inmaterial y poderoso: un alma.
Esa alma, eterna compañera de nuestra existencia, parecía haber sido inventada como un intento desesperado por encontrar significado en el caos. Una creación humana, tan maravillosa como trágica, destinada a despreciar el cuerpo en favor de una promesa de redención. Así nació también la idea del pecado, el miedo y el castigo, alimentando una maquinaria que ha moldeado dioses y mitos… una maquinaria que, tal vez, desaparecerá con el último aliento de la humanidad, llevándose consigo el temor a aceptar la muerte como un final natural.
El mar, con su vastedad inabarcable, guarda a sus testigos mudos: criaturas misteriosas que han persistido a lo largo de milenios. Adaptándose o pereciendo bajo el peso implacable del medio, son testigos de la danza cíclica de transformación y renovación. Desde la orilla, observé cómo las olas bramaban furiosas, retorciéndose con espuma blanca entre las estrechas callejuelas de los escollos. Bajo su manto de jade, iluminado por el sol poniente, destellaban reflejos dorados y transparencias iridiscentes, como si el océano se vistiera con joyas vivas. Imaginé, en las profundidades de su abismo, criaturas legendarias habitando bosques de coral y una vegetación que susurra relatos de eras olvidadas.
Mis pensamientos se dirigieron a los remotos antecesores de la humanidad, quienes, enfrentándose a una naturaleza hostil, emprendieron su lucha por la existencia. Una lucha desprovista de sentimentalismos, donde el fuerte sobrevivía y el débil perecía bajo las reglas inapelables de un poder supremo. La rueda de la vida, tan antigua como el tiempo, giró para ellos igual que lo hace para nosotros, quienes ahora, orgullosos de nuestro supuesto control sobre el mundo, seguimos siendo prisioneros de esa misma rueda eterna.
En aquel momento, frente al mar, me sentí diminuta. Tan diminuta como esas criaturas abisales que danzan en un universo indiferente. La diferencia entre ellas y nosotros es meramente el tiempo y nuestra capacidad de adaptación. Recordé las críticas que enfrentó Darwin en su época, y cómo, pese a todo, sus teorías perduraron, desafiando a las creencias más firmes y abriendo camino a una comprensión más amplia de nuestro lugar en el cosmos.
Cuando el sol finalmente se escondió tras el horizonte, el mar se tornó negro como el ónix, y el cielo, teñido de gris plomizo, fue rasgado por relámpagos que zigzagueaban hacia las olas espumosas. Permanecí allí, inmóvil, atrapada entre la fascinación y una vaga incomodidad ante la inmensidad y la inevitable fatalidad. Comprendí, entonces, que los mitos no surgieron del vacío; los creamos para llenar ese espacio insondable, transformando sueños en esperanza, construyendo refugios frente al abismo del vacío.
Antes de los dioses monoteístas, la humanidad ya había tejido mitologías, historias nacidas del ingenio y la necesidad. Frente al océano, entendí que ese impulso de narrar, de otorgar sentido, de vestir el silencio con palabras, es lo que define nuestra naturaleza humana.

FRAGMENTADO
Andrea Morini / Argentina
Samuel se encontraba en el ático de su casa. El ambiente estaba desvencijado, sucio y polvoriento, tanto como su espíritu; el ambiente tenía un pequeño ventanuco hacia el frente, por el que entraba un hilo de luz de la calle, aunque los vidrios cargados de tierra, impedían el paso de la poca iluminación que acertara a pasar por allí. El lugar y su estado de ánimo eran oprimentes, tanto como la vida que había llevado hasta ese momento.
Sentía permanentemente un estado de irrealidad, nunca estaba muy seguro de aquello que veía o creía percibir, los recuerdos se le agolpaban desordenadamente en su mente obnubilada, habitada, tenía cierta idea de eso, por otros seres que vivían junto a él, y de los cuales no podía desprenderse.
A veces, solo a veces, podía reconocerlos como flashes en su interior.
Su casa, fiel reflejo de ese estado de conciencia, era un rejunte de estilos y cosas, que ocupaban todo el espacio formando un conjunto surrealista, donde las cosas más inverosímiles convivían en un precario equilibrio.
Desde hacía algunos días, presentía que Él estaba por advenir, su presencia engañosa surgía en los pequeños detalles que iba descubriendo en los lugares, lo cercaba, tal como le había anticipado desde niños: «Un día seremos uno», fue la sentencia.
Encerrado en ese espacio y en sus pensamientos un ruido lo sobresaltó y se acurrucó, aún más, en el rincón más lejano a la entrada trampilla que permitía el acceso al lugar. En ese momento el alumbrado de la calle se apagó, sumiendo todo en una oscuridad profunda, sin grises, como si un gran agujero negro succionara todo atisbo de claridad. Le castañeteaban los dientes, no de frío, sino de un miedo visceral que le carcomía el alma, si es que tuviese y, conocía por experiencia, que ese sentir solo se calmaba infligiéndose un dolor aún mayor que el temor, la automutilación y la impulsividad convergían en un deseo irrefrenable en él.
Se cortó levemente el brazo, aún vendría más la necesidad, por ahora creía poder controlarla. No sirvió, el dolor solo avivó aún más el pánico que lo carcomía. Entonces se dejó llevar, no podía frenar más el desdoblamiento que estaba ocurriendo. Reconoció al instante los signos de la mutación, y la entrada irruptora de Él, el sin nombre que, con una sonrisa meliflua en su rostro, le dijo: —Hola Samuel, tanto tiempo sin hablarnos.
Intentó hacer caso omiso de esa presencia que lo amedrentaba profundamente, siempre quiso desentenderse de ella y, hasta ahora, lo había logrado, pero ya no encontraba más fuerzas para continuar soportándolo. —No quiero hablar contigo —contestó a media voz como sospechando que el otro se pudiera ofender con sus palabras. —Pero eso no es algo que puedas evitar, al menos no todo el tiempo, estamos juntos, y así seguiremos por siempre, al menos hasta que yo prevalezca —Le dijo mientras se relamía los labios obscenamente.
A lo lejos un trueno rasgó la noche, luego la luz de un relámpago entró por la pequeña ventana, reflejando destellos lunares en la habitación ya de por sí fantasmagórica. Fue en ese momento cuando pudo ver su reflejo en el espejo que se encontraba frente a él. Solo su imagen le devolvió, aunque creyó entrever una sonrisa aterradora cerca suyo.
No pudo reprimir su deseo de escapar, lejos, muy lejos, tal vez a su infancia, aunque los recuerdos de ese período se le aparecían borrosos, no estaba seguro de sus percepciones, si procedían de la realidad o de la distorsión de la misma. Vagamente recordaba el rostro de su madre y poco más. La sombra que lo perseguía desde niño lo rodeaba, viscosa y mortal, mientras Samuel luchaba por desprenderse de ella. Quiso correr, no pudo, una pulsión irrefrenable lo anclaba en ese lugar. «Nunca lo lograré» pensó en ese instante. Unas garras delgadas y filosas lo habían alcanzado y empezaban a rodearlo reconociendo la derrota del otro. —Ya eres mío —susurró la sombra amenazante.
Fue entonces cuando, decidido a poner fin a su desdicha, tomó el revólver que guardaba en ese oscuro rincón. Nunca fue consciente del por qué lo tenía allí, aunque en el fondo, lo sabía. —Aún no lo soy —afirmó Samuel, mientras se dejaba abrazar por el intruso. Luego, apuntando a ambos, disparó.
A la mañana siguiente lo encontraron solo, con un tiro en la sien frente al espejo del viejo desván de la casa. Nadie imaginó por qué había tomado esa decisión fatal.

DIARIO DE XITA RUBERT
Xita Rubert / España
Tras la muerte de su padre, el filósofo Xavier Rubert de Ventós La escritora narra cómo su fallecido padre se le sigue apareciendo en sueños
Desde la muerte de mi padre mantengo un diario sobre su aparición en mis sueños: es un diario sobre un fantasma, que sólo me visita por las noches, y cuya relación conmigo no ha terminado, sino que sigue desarrollándose más allá de nuestras dos migraciones. Ahora, tanto mi vida como la suya continúan en otros países, y nos reencontramos en el espacio intermedio al que nadie más puede acceder. Yo misma tengo dificultades para entrar, cuando despierto y trato de transcribirlo. Varios de estos sueños, ahora que los releo, exploran el ambiguo sentimiento de avanzar, de reinsertarme en la vida tras su muerte.
30 de agosto de 2024. Creo haber tenido otro sueño con papá. La escena significativa ha ocurrido justo antes de despertarme: me ha sacudido su propia intensidad, el tacto y la mirada no eran difusos como suelen serlo en los sueños. Me encontraba ordenando mantas y cojines con él, viendo qué se llevaba él y qué me llevaba yo, pero ¿adónde iba cada uno? No recuerdo el intercambio verbal, tenía que ver con alguno de esos elementos domésticos, con una mudanza y una ausencia inminente. Estábamos preparándonos para el cambio, pero ¿qué cambio? De pronto, durante la conversación, me invadía la realidad extrema de su cuerpo, sus mejillas, sus ojos: me los quedaba mirando como si mirar con intensidad impidiera que se fuera. Sospechaba que, tras marcharme yo, él desaparecería también, como si al preparar mi próxima mudanza (este septiembre) fuese a revivir la suya, la definitiva (hace ahora un año y medio). Pero su mirada no era desesperada, inquisitiva como la mía. Sus ojos tampoco se apartaban de mí, pero eran dulces, plácidos. Conformes.
Tiendo a narrar más que a interpretar mis sueños, aquí, pero este es un posible significado: no quiero alejarme, ni siquiera, del momento o del lugar en que él murió. No quiero poner distancia entre nuestra vida con su enfermedad y mi vida nueva, sola, con plena salud. Siento una inesperada ambivalencia a retomar la normalidad, el año laboral: mudarme a Nueva York, publicar mi segunda novela, recuperar mi rutina en Estados Unidos tras estos dos años en España, y montarme en el ajetreo del mundo, tan distinto a los tempos —y a las epifanías— de la muerte. Si antes deseaba recuperar el ánimo y la energía, ahora deseo quedarme quieta en este inframundo, entre la realidad y el sueño, entre los vivos y los muertos, suspendida y feliz, porque es aquí donde lo encuentro y donde su piel y sus ojos todavía no se difuminan.
1 de enero de 2025. Cuando releo algunos de mis cuentos, constato que sólo escribo bien cuando escribo sobre la muerte, o desde la muerte, o en estrecha proximidad con muertos que siguen pululando en mi mundo interior. Sé que mis historias están vivas cuando hay algo difunto en sus tramas, cuando mis personajes son conscientes de que algo (o alguien) está a punto de terminarse. No es cierto que sea necesario sentirse desolado, abandonado, para escribir bien (de hecho, lo contrario es cierto), pero hay algo vivificante en invocar a la muerte, y sé que mis mejores párrafos están animados por ella, o sea, por él. Hay algo en la oscuridad infinita, en la claridad irrecuperable, que alumbra mis frases y convierte a mis imágenes en bichos fluorescentes.
Pero la cuestión es otra, más importante: cuanto más lejos de la muerte y la enfermedad, no sólo escribo peor, sino que vivo peor. Más triviales mis preocupaciones, mis quehaceres, más superficiales y falsamente difíciles mis dilemas. Los falsos dilemas de los vivos sólo existen para cubrir, para cegarnos, ante la dificultad real: que el final siempre acecha bajo la salud; que la vida debe continuar incluso cuando la vida terminó; que la ausencia más difícil es la sostenida, tan distinta al duelo inicial.
Recuerdo cuando mi amigo y escritor Andrés Barba hablando de su propio padre, me auguró lo siguiente: lo más arduo es el primer año, hay que pasar por todas las fechas significativas en que te gustaría estar con él —su cumpleaños, tu cumpleaños, el verano, la Navidad. Paradójicamente, ese primer año lo encaré con la fortaleza que me imprimía el propio recuerdo de su vida, las lecciones viscerales de su enfermedad, el estado de excepción que daba sentido a lo que lo tenía, y extirpaba el falso sentido de todo lo demás. Es ahora, en el segundo año, cuando debo enfrentarme a su falta: no a su ida, sino a la constatación de que no volverá.
14 de enero de 2025. Sé que les pasa a otras personas, que sueñan con la persona difunta. En mi caso hay dos tipos de sueños: en los extáticos, su presencia no la experimento como un shock sino como una especie de gracia divina, mística. En los sueños más demoledores, alcanzo a tocar su cuerpo, al despertar desaparece, y el acceso de llanto no tarda en llegar. Los primeros sueños son cada vez más recurrentes que los segundos, pero hoy ha pasado algo distinto. Ha aparecido en mi sueño, sin éxtasis ni demolición: simplemente estaba, en toda su fisicidad, vivo, y no vivo todavía, ni vivo de nuevo. No era una aparición, era él. Papá se reincorporaba a mi vida, como un personaje sin mayor gravedad, dos años después.
En el sueño, era el día de su cumpleaños: íbamos en coche y pasábamos el día en la playa con mamá, con varias amigas mías, con una especie de novia de él. Nada resultaba doloroso ni existencial. Y no teníamos cobertura: cuando se ponía el sol y debíamos volver, él insistía en que era su cumpleaños, pero nosotras reíamos porque no estábamos seguras del día o la hora. Nadie nos molestaba: ni las fechas de cumpleaños de vida ni las fechas de aniversario de muerte. Algo en la atmósfera indicaba que no estábamos en un lugar trascendental, de resurrección, no. Su presencia, hoy, era un hecho y no un recordatorio.
El verano tras su muerte, en 2023, pasé unos días en Atenas. Visité casi todos los cementerios y llegué caminando a Kerameikos, la mayor necrópolis de la ciudad antigua. Me fijé en que todas las lápidas mostraban a una persona tocando la mano, el hombro, el cuello de otra persona, a veces con un solo dedo. Cada escena era un reencuentro, extraño e imposible, y entendí que no aludían a un recuerdo, sino a un deseo: los griegos sabían que no es el alma del difunto lo que nos falta —su alma sigue con nosotros—, sino su cuerpo. El deseo de los vivos es tocar las mejillas, los huesos, el pelo de los muertos, y ese deseo está estampado en cada lápida de Atenas y en cada página de mi diario del inframundo.


