CUENTOS Y RELATOS NAVIDAD

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MILAGRO DE NAVIDAD

Magi Balsells / España

Días señalados en el calendario, momentos de ilusión y alegría nos invaden, lo que es momentos de reunión con la familia y los seres queridos, el jolgorio y también el recogimiento, si hay con quien disfrutar de ello

Solo estoy, en un gran piso, sin pareja, sin hijos, sin nada mas que mi sola compañía, los únicos familiares muy lejanos están, y poco contacto ha habido en estos últimos años, todos tienen sus problemas, todos tienen su familia y yo me he quedado solo,

Solo con mis recuerdos, con mis tristes pensamientos, con la tristeza de no ver mas a mis seres tan amados, todos ellos desaparecieron hace ya algún tiempo sin ver que yo me quedaba solo y abandonado a esta triste situación no deseada

Tengo que celebrar la Nochebuena, ¿con que? o ¿con quién?, qué dilema, no puedo llamar a ninguna puerta para que me acojan en estos días, aunque solo fuera una sola, para poder sentir el calor y el cariño de otras personas, mis amigos tampoco están y los pocos que quedan, ellos quizás estén en la misma situación, ya que solos nos quedamos muchas veces, según van pasando los años

Pondré la mesa y en ella las fotografías de los que se fueron, así no estaré tan solo, encenderé todas luces para iluminar la casa como les gustaba, pondré el mejor servicio como si aún estuvieran aquí conmigo, hablaré con ellos aunque no pueda oír sus voces, pero en mi mente si los escucharé, reiré con ellos aunque las lágrimas mansamente afloren resbalando por mis enjutas mejillas

Llaman a la puerta, ¿Quién será a estas horas? Es el vecino de al lado, que me viene a buscar, no admite excusas me están esperando

Toda su familia en la mesa están, me guardan el sitio de honor, como si yo fuera su patriarca, me besan las mujeres y me abrazan los hombres Sin poderme contener es ahora es cuando las lagrimas salen a borbotones de mis cansados ojos ya que sin poderlas ni quererlas reprimir.

Las palabras se agolpan en mi boca, me es imposible darles las gracias, la emoción tapa cualquier palabra, todos me acogen como uno más de ellos, como uno más de su familia

Gracias a mis deudos ausentes, por lograr este milagro, se que habéis sido vosotros los que habéis tocado el corazón de estas personas

Veo que en el mundo aún existe bondad, ahora si será una hermosa Navidad

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UN RELATO DE NAVIDAD

Carlos González Saavedra / Argentina

Ese domingo estaba ansioso, más que otras veces. Si bien conocía Río, en mi cuatro viaje me faltaba conocer el Río profundo donde se respira Brasil en las paredes. El Samba y pobreza de las favelas. Contrastes y desigualdad de un país maravilloso.

El brasilero común, de la sonrisa permanente, de la onda que te invade. En cada rincón, en cada vuelta de la esquina hay una sorpresa rayana en la bohemia, melancolía y esa fuerza increíble para salir adelante, cantando a pesar de todo. Todo eso, ni más ni menos, de la mano de mi hijo Federico, residente en Río hace nueve años.

—Viejo, ¿que queres conocer bien?.

—Un barcito de esos donde se hace música con una tapita de coca o una latita de cerveza.

—Bien, esta noche vamos a lo de Alfredo.

—¡Dale! Ya me gusta la idea con solo conocer el nombre de pila.

Allí fuimos, domingo a las nueve de la noche, imaginé un bar grande, no un sucucho que no tenía más de ocho metros de frente por doce de fondo. Fede me presenta a Alfredo. que permanecía sentado en la puerta del local en una mesa, con una planilla que anotaba las consumiciones.

—Viejo, el tema acá es así: En el fondo tenes dos heladeras cargadas de cervezas, una con alguna botella de vino y agua. Una barra para lavar alguna copa y un bañito. Te servís y le avisas a Alfredo lo que tomas, el anota y al irnos pagamos.

En un costado del angosto salón, había una madera donde uno ajustado apoyaba el codo, tomando una cerveza, en el medio sentados en sillas o bancos comunes músicos y mas gente en la calle que del local.

—¿Por qué se llama Bip Bip?

-Alfredo le puso ese nombre por el corre caminos, no se le ocurrió otro —Cerveza mediante Fede acota—, ojo acá no se aplaude, está prohibido. Solo se casquilla los dedos, por respeto a los vecinos, a la música. Si hay mucho bullicio Alfredo, ¡No sabes como se pone!

El samba recorría las paredes y nuestros oídos. Era un momento y un lugar pleno de magia, cuando cantaban, lo mismo. Venían unos, otros se iban. Siempre ocupaban los banquitos. Tocaban con instrumentos pero también marcando el ritmo con cucharitas.

—Viejo, este es un bar socialista. Los martes se viene a hablar de política. Los músicos son profesores del conservatorio, como algunos de canto.

—¿Como los músicos también pagan lo que consumen?

—Acá, todos pagamos papá, ellos también.

La bohemia me arrancaba el corazón. Fui dos veces al baño, para quedarme en la barra de atrás, observándolo todo. El bullicio iba subiendo en intensidad y el número de gente en la vereda crecía y hablaba. Furioso se levantó de su silla, los músicos dejaron de tocar y un silencio sepulcral se adueñó del lugar. Alfredo se había enojado. Alfredo tenia problemas respiratorios por el cigarrillo, cercano a los sesenta y cinco años, se ponía colorado y hablaba salteado para poder tomar aire:

—Acá venimos a escuchar música y disfrutar. Si hablamos gritando, no escuchamos la música y es una falta de respeto a los vecinos —Todo en un portugués cerrado propio de Copacabana—. Si no les gusta, se van y listo.

Lentamente después de su alocución, complicada por su falta de aire, una suave y dulce melodía de una flauta volvió a la normalidad. Alfredo se habia vuelto a sentar. La noche se nos iba de las mano, eran como la una de la mañana y seguía llegando gente.

—¿A que hora cierran Fede?

—Hasta que salga el sol. Nosotros, si querés en una hora más, nos vamos, viejo. ¡Mañana tengo que laburar!

—Si, hijo cuando me digas.

—Quedémonos una hora más.

—Dale.

La paredes impregnadas de nostalgia, decoradas con recuerdos, fotos y en una de esos cuadritos medio perdidos en un rincón, encuentro un diploma con una Distinción del Ministerio de cultura. Nombrando a Bip Bip tal cual su nombre, lugar cultural de Río de Janeiro. Cobró otra dimensión donde me había traído mi hijo, cuna del Samba y autóctono sentir de Brasil. Solo tomaba cerveza, iba por la quinta y veía como Fede se divertía con ellos, aprendí los secretos de la pandereta, tan famosa por su ruido, Tan característicos toca con el movimiento de la muñeca. El profesor nos señalaba:

— Ven esa niña está tocando mal.

Para mí, tocaba bárbaro. Hasta que la sentí, por él. Su sonido, me transformaba. Eso sí que era maravilloso, como todo lo que estaba ahí. Mientras la música acariciaba los oídos y todos meneábamos el cuerpo al compás. Una muchacha con una lata de helado de cinco litros, con una ranura en la tapa invitaba a todos una propina. Será para los músicos, pensé.

—Fede muy bueno el lugar, quedé encantado. ¡Como tocan, que maravilla! ¿Ahora cada uno se paga su cerveza? ¡Increíble!, menos mal que después con la propina se arreglan. Hermoso regalo me hiciste hijo.

—¡No, viejo! Ése dinero que se junta cada noche, durante todo el año, es para el día de Navidad!

—¿Cómo?

—Alfredo el día de Navidad pone las mesas en la calle y le da de comer a todos los indigentes y vagabundos que no tienen donde ir. Hace una gran mesa y brinda con todos ellos, por la Navidad.

Ese comentario, terminó por darme una dimensión mucho mas profunda de Alfredo y sus músicos, de su altruismo, de su humanidad. Rescatando al hombre concreto de una sociedad injusta y salvaje. Me impactó mucho emocionalmente. Antes de irme volvimos y tuve la oportunidad de confundirme en un abrazo con Alfredo, cosa inusual según mi hijo .Le había escrito un poema al lugar. Fede se encargó de dárselo a su amigo para que se lo traduzca. Seguramente fue por eso que me abrazó. Sentí su emoción. Lo abracé por tantas cosas, que no me alcanzaban los brazos para decirle gracias. No sé, me sentía en deuda, con él.

Alfredo falleció de un enfisema pulmonar, hace un año y medio. El amigo de mi hijo, no recuerdo su nombre, quedó a cargo del lugar. Después nos invadió la pandemia y no pude volver. Me gustaría volver al Bip Bip y ayudar a servir la mesa rescatando miradas de agradecimiento y felicidad por Alfredo, por su inmensa humanidad. Brindando, con ojos escarchados, por una ¡Feliz Navidad!

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EL ROBLE Y LA LUZ DE NAVIDAD

Elspeth Gormley / España

En las tierras altas de Escocia, en un pequeño pueblo rodeado de montañas y lagos, se cuenta la historia de un roble mágico y el Espíritu de la Nochebuena, dos símbolos de esperanza y renovación que aparecen cada año en la víspera de Navidad.

Hace muchos años, durante una Navidad especialmente fría y oscura, el pueblo estaba al borde de la desesperación. Las cosechas habían sido malas y el invierno era implacable.

Una noche, un sabio anciano del pueblo tuvo un sueño, en el que el espíritu del bosque le decía que debía llevar a todos los aldeanos al Roble de Navidad.

Siguiendo las instrucciones del anciano, los aldeanos se reunieron alrededor del roble en la noche de Navidad. Al llegar la medianoche, el roble comenzó a brillar con una luz dorada y sus ramas se llenaron de hojas verdes y frutos dorados. Los aldeanos recogieron los frutos y, al comerlos, sintieron una calidez y una energía renovada.

En ese momento, el anciano contó a los aldeanos la historia del nacimiento del Niño Dios, recordándoles cómo, en una noche fría y oscura en Belén, un niño nació en un humilde pesebre, trayendo esperanza y luz al mundo.

Inspirados por esta historia, los aldeanos comprendieron que la verdadera magia de la Navidad no solo residía en el milagro del roble, sino también en el amor y la fe que compartían.

De repente, una luz brillante apareció en el cielo y descendió hasta el altar de la iglesia del pueblo. La luz se transformó en el Espíritu de la Nochebuena, una figura etérea y radiante que irradiaba calidez y amor. El espíritu habló a los aldeanos, diciéndoles que su fe y bondad habían sido escuchadas y que, a partir de ese momento, cada Nochebuena, él vendría a bendecir el pueblo con paz y prosperidad.

Desde entonces, cada víspera de Navidad, los aldeanos se reúnen alrededor del Roble de Navidad y en la iglesia para celebrar y recordar el milagro que les salvó, y para contar la historia del nacimiento del Niño Dios. Al llegar la medianoche, una luz brillante aparece en el altar, recordándoles que la verdadera magia de la Navidad reside en la fe, la esperanza y el amor compartido.

La leyenda dice que mientras el roble siga floreciendo cada Navidad y el Espíritu de la Nochebuena siga apareciendo, el pueblo siempre tendrá esperanza y prosperidad.

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EL MILAGRO DE NAVIDAD

Mercedes Alberdi / España

En un pequeño pueblo cubierto de nieve, la Navidad siempre había sido una época de alegría y celebración. Las luces brillaban en cada ventana y el aroma de galletas recién horneadas llenaba el aire. Sin embargo, este año era diferente. La guerra había dejado su huella en el corazón de muchos, y la Navidad parecía más sombría que nunca.

En medio de esta tristeza, vivía una niña llamada Clara. A pesar de las dificultades, Clara nunca perdió la esperanza. Cada noche, miraba las estrellas y pedía un deseo: que la paz y la alegría volvieran a su pueblo.

Una fría noche de diciembre, mientras Clara caminaba por las calles desiertas, encontró a un anciano sentado en un banco. Su rostro estaba marcado por las arrugas del tiempo, pero sus ojos brillaban con una luz especial. Clara se acercó y le ofreció una galleta que había guardado para sí misma.

El anciano sonrió y aceptó la galleta con gratitud. «Gracias, pequeña,» dijo con una voz suave. «Tu bondad es un verdadero regalo de Navidad.»

Clara se sentó junto a él y comenzaron a hablar. El anciano le contó historias de Navidades pasadas, de tiempos de paz y amor. Clara escuchaba con atención, sintiendo cómo su corazón se llenaba de calidez.

«¿Sabes, Clara?» dijo el anciano. «La Navidad no es solo luces y regalos. Es un tiempo para recordar lo que realmente importa: el amor, la esperanza y la solidaridad.»

Esa noche, Clara regresó a casa con una nueva perspectiva. Decidió que haría todo lo posible para traer un poco de alegría a su pueblo. Junto con sus amigos, comenzó a organizar pequeñas acciones de bondad: repartieron comida a los necesitados, decoraron las casas de los ancianos y cantaron villancicos en las calles.

Poco a poco, el espíritu de la Navidad comenzó a regresar. Las sonrisas volvieron a los rostros de las personas y el pueblo se llenó de una calidez que hacía tiempo no se sentía. La guerra seguía siendo una realidad, pero la esperanza y la solidaridad habían encontrado su lugar en los corazones de todos.

En la noche de Navidad, Clara miró al cielo y vio una estrella brillar más intensamente que nunca. Supo en ese momento que su deseo se había cumplido. La paz y la alegría habían vuelto, no solo a su pueblo, sino también a su corazón.

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