CUENTOS Y RELATOS NOVIEMBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Cuentos-y-relatos

“Aquí, la imaginación escribe con luz.”


COLABORADORES DE ESTA EDICIÓN

  • Miriam Alberganti – Argentina
  • Magi Balsells – España
  • María Elena Camba – Argentina
  • Judith Cartagena Espina – Colombia
  • Carlos González Saavedra – Argentina
  • Elspeth Gormley – España
  • Carlos Pérez de Villarreal – Argentina
  • Sandra Romeo – Argentina
  • María Sánchez Fernández – España

***** ***** *****

¡ GRACIAS !

Miriam Alberganti – Argentina

A veces me sorprende cómo hay personas que aún se acuerdan de mí.  Con algunos hace ya decenas de años que no me veo, y con otros no tanto;  pero con cada uno de ellos he compartido experiencias de vida que, en su momento,  
lo único que hicieron fue crear historia y recuerdos.  

A veces rememoro viejas situaciones donde prevaleció el abrazo,  la contención, la palabra en el instante justo, la presencia,  el compartir, los detalles, las lágrimas derramadas  y hasta esa risa que me hacía doler la cara.  

Muchas veces fui yo quien dejó un recuerdo en el otro,  pero muchas más fueron ellos quienes dejaron huellas de amor en mí.  ¿Cómo no agradecer a la vida por haberme cruzado con personas tan lindas?  

Hoy también me rodean seres luminosos que acarician mi alma solo con su presencia,  y que siguen siendo parte de mi historia.  
Gracias, gracias a aquellos y a estos por hacer mi vida más hermosa.  Es más lo que recibí que lo que di.  

Les aseguro que todos esos momentos están guardados en mi cofre de tesoros,  que llevo y llevaré siempre en mi corazón.  
Gracias a todos los que, de una manera u otra, me recuerdan e hicieron que mi cumpleaños fuese una maravillosa experiencia personal.  

CAMINO Y MOCHILA

Magi Balsells – España

Mochila al hombro, inicio mi camino sin rumbo, sin ningún plan establecido, solo buscando la libertad de andar por donde quiera y el tiempo que quiera, sin prisas, recreándome en los diferentes paisajes que van apareciendo delante de mis ojos, viviendo las experiencias de las pocas personas que encuentre en mi caminar, ya que mis caminos serán siempre por las más agrestes y solitarias montañas, ya que no intento establecer ningún vínculo con mis congéneres. Durmiendo bajo el amparo de las estrellas —ellas nunca me engañarán—, comiendo lo que la naturaleza me ofrezca: será poco o mucho, pero siempre será más sano que cualquier comida de la ciudad. Poder contemplar el firmamento en las noches claras, donde las estrellas son la luz que me ilumina con sus guiños constantes; ver la luna en todo su esplendor y belleza, y dejar que mi imaginación vuele mientras mi mente elabora pensamientos puros. Buscar un rincón para aposentarme y poder dormir en mi saco, sin sufrir las inclemencias de la fría noche. Despertar junto a un arroyo, donde el agua cristalina me servirá para mi aseo y calmará mi sed matutina, y donde los pájaros, con su trinar que saluda al nuevo día, son música celestial que ningún coro puede igualar. Ello me servirá para poder retomar este camino sin objetivo, solo el de la libertad personal.

Respirar las fragancias matutinas, con ese perfume tan especial que se nota entre las hierbas; la pureza del aire que embriaga mis sentidos, bálsamo para mis pulmones, motor de mi cuerpo. Es la maravilla de la naturaleza, de la que con gran placer disfruto gratuitamente.

Encontraré animales del bosque que, ante mi presencia, huirán, ya que para ellos soy, de momento, un enemigo que solo busca sus vidas. Esto es lo que han aprendido estos seres tan indefensos, aunque ellos, dentro de su ignorancia, no saben que no todos los humanos, por suerte, somos iguales.

REFLEXIONES NAVIDEÑAS

María Elena Camba – Argentina

El bar era uno de esos típicos de Palermo, repleto a esa hora. Pablo y Juan intentaban escucharse, elevando la voz por sobre la música, que estaba bastante fuerte. Faltaba poco para la llegada de las fiestas. Estaban sentados junto al ventanal y veían pasar la gente, apurada, cargando regalos, intentando llegar a sus casas antes de que anocheciera.
La mirada de Juan se perdía en un horizonte imaginario mientras revolvía su taza de café, hasta que, de golpe, Pablo lo escuchó decir:

  • Cuando yo era chico, Papa Noel ni figuraba, no existía-.
  • Parecía que pensaba en voz alta.
  • Es cierto – le contestó Pablo-. Era el Niño Dios el de los regalos.
  • Sí, siempre de chicos hacíamos el pesebre con el Niñito Dios y los Reyes
    Magos
  • Esto de Papa Noel- agregó indignado- lo importaron de otros países para vendernos cosas.
  • Me acuerdo de que en casa armábamos el pesebre, empezábamos como diez días antes. ¡Cuántos recuerdos! – dijo Pablo con nostalgia.
  • Nosotros teníamos chimenea. Y recogíamos del jardín hojas, ramas de pino, hasta piñas para poner alrededor. Mi mamá forraba las paredes del hogar con papel metalizado. Era toda una ceremonia.
  • Vos eras un afortunado que tenías casa con jardín. Nuestro departamento era chiquito, pero en el living había una araña de bronce redonda. La cubríamos con unas boas verdes y colgábamos estrellitas. Y en la mesa del comedor hacíamos la ciudad de Belén con el pesebre en el medio.
  • Todo eso se acabó, inclusive ahora los chicos ni saben la historia de Jesús. Lo que les interesa son los regalos y ver a Papá Noel. Mi hijo mayor se disfraza y tira los regalos desde la terraza, con el clásico JO JO, para que no lo
    reconozcan mis nietos.
  • En lo de mi hija directamente no hay pesebre, sólo el arbolito con sus luces de colores. Ellos no creen en nada, son ateos, pero bien que arman su arbolito.
  • ¡Los tiempos cambiaron tanto! ¿Quién va a la iglesia ahora?
  • Cierto, me hacés acordar cuando en Nochebuena íbamos a misa de gallo y recién después de salir de la iglesia volvíamos a cenar y poníamos el niñito Jesús en el pesebre, porque ya había nacido.
  • Ahora todo es material, todo comercio, para eso sirven las fiestas.
  • Sí, todo consumismo ¿Qué tiene que ver con nosotros y nuestras costumbres
    Papa Noel? Vestido para la nieve, abrigado como para ir a la Antártida. Y en un trineo tirado por renos…
  • Ja, ja, cierto. ¿Alguna vez viste en Argentina un reno? Ni siquiera en el sur, que hace frío y nieva encontrás un reno.
  • Tantas fiestas que nos meten y no son nuestras… Desde hace unos años incorporamos una nueva, Halloween, la festejamos como tarados… todos los negocios se adornan con telarañas, brujas, murciélagos…
  • Tal cual y el día de la Tradición, en cambio, casi no se festeja. Somos el mundo al revés. ¡Qué país! Por todos lados empiezan a vender esas calabazas para que los chiquitos se las pongan en la cabeza y las casas de disfraces se llenan
    de plata. Una locura.
  • Después nos peleamos con los uruguayos sobre quién inventó el mate y el dulce de leche, pero de fiestas nuestras…. Nada.
    En la mesa de al lado un matrimonio ruso conversaba tranquilamente. Cada tanto los miraban y se sonreían. Quizás les llamaba la atención cómo gesticulaban, aunque no comprendieran del todo la conversación. O quizás sí entendían. Había tantos rusos últimamente en Buenos Aires. Juan, que los tenía enfrente y los miraba de a ratos. agregó en un tono irónico:
  • Ahora empezaron con la Pachamama, un poco tarde se acordaron. Igual es un esnobismo porque los que ponen recordatorios en Facebook o en Instagram son hippies con Osde. A lo mejor, si tenemos suerte, llegamos a celebrar
    alguna fiesta indígena, reverenciar al Dios de la Lluvia, bailar desnudos bajo la luz de la luna, todo puede suceder.
  • Tenés razón, Juan- respondió Pablo. Y hablando de esnobismo, amigo, no vengamos más a esta cafetería. Hoy le pedí un café con leche al mozo y me dijo que aquí servían solo Flat White…
  • ¡Impresentable! Y encima nos pregunta ¿Qué quieren chicos? Yo no soy ningún chico, soy un señor mayor- y golpeando la mesa agregó – Rajemos de acá Pablo, acabo de pagar la cuenta.

  • Se perdieron por las calles del barrio, donde los talleres mecánicos habían devenido en negocios de diseño, donde las viejas casas se demolían cada vez con mayor velocidad, donde costaba contemplar el cielo, oculto por altos edificios. Ya no había casi vestigios del viejo Palermo que recordaban. Sólo persistía el aroma de los tilos y la alfombra celeste de las flores de jacarandá que cubría las veredas.
    Y ellos continuaban, a su modo, resistiendo.

Y….ME VOLVÍ A CASAR

Judith Cartagena Espina – Colombia

A los 61 años, me volví a casar con mi primer amor: Pero en nuestra noche de bodas, al desnudarla, me impactó y me dolió profundamente lo que vi.

Me llamo Rajiv y tengo 61 años.

Mi primera esposa falleció hace ocho años, tras una larga enfermedad. Desde entonces, he vivido solo, en silencio. Mis hijos ya están casados, cada uno ocupado con su vida. Una vez al mes vienen a visitarme, me dejan dinero y medicinas… y se van rápido.

No los culpo. Tienen sus propias responsabilidades, y lo entiendo.

Pero en las noches de tormenta, cuando la lluvia golpea el techo de hojalata y el viento se cuela por las grietas, me siento insoportablemente pequeño… y solo.

El año pasado, navegando por Facebook, me topé con Meena, mi primer amor del instituto.

La adoraba por aquel entonces. Tenía el pelo largo y suelto, unos profundos ojos negros y una sonrisa tan radiante que podía iluminar toda la clase. Pero justo cuando me preparaba para el examen de admisión a la universidad, su familia concertó su matrimonio con un hombre diez años mayor, del sur de la India.

Después de eso, perdimos el contacto.

Cuarenta años después, el destino volvió a cruzarse en nuestros caminos.

Ella también enviudó; su marido había fallecido cinco años antes. Vivía con su hijo menor, pero él trabajaba en otra ciudad y rara vez volvía a casa.

Al principio, intercambiamos saludos sencillos.

Luego vinieron las llamadas.

Luego el café por las tardes.

Y sin darme cuenta, iba en mi vieja moto a su casa cada pocos días, llevándole una cesta de fruta, algunos dulces y analgésicos.

Un día, medio en broma, le dije:

— «¿Y si… dos almas viejas como nosotras nos casáramos? ¿No aliviaría eso la soledad?»

Para mi sorpresa, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Entré en pánico y le dije rápidamente que solo era una broma, pero ella sonrió suavemente y asintió con suavidad.

Y así, a los 61 años, me volví a casar con mi primer amor.

El día de nuestra boda, yo vestía un sherwani marrón oscuro.

Ella llevaba un sencillo sari de seda color crema.

Llevaba el pelo recogido con cuidado, adornado con un pequeño broche de perla.

Vinieron amigos y vecinos a celebrar.

Todos decían: «¡Parecen jóvenes enamorados otra vez!».

Y, sinceramente, así me sentí.

Esa noche, después de recoger los restos del banquete, ya eran más de las diez.

Le preparé un vaso de leche caliente y salí a cerrar la puerta con llave y apagar las luces del porche.

Nuestra noche de bodas, algo que nunca pensé que volvería a vivir a mi edad, por fin había llegado.

Entré en la habitación. Ella estaba sentada en la cama, esperando con una tímida sonrisa.

Me acerqué.

Con manos temblorosas, le quité suavemente la blusa…

Y entonces me quedé paralizado.

Su espalda, sus hombros, sus brazos estaban cubiertos de marcas oscuras. Viejas cicatrices, profundas y entrecruzadas como un mapa del sufrimiento.

Sentí que se me rompía el corazón.

Se cubrió rápidamente con una manta, con los ojos abiertos de miedo.

Temblé al preguntar:

— “Meena… ¿qué te pasó?”

Se dio la vuelta, con la voz quebrada:

— “En aquellos años… tenía un carácter terrible. Gritaba… me pegaba… Nunca se lo conté a nadie…”

Me senté a su lado, desconsolada, con lágrimas en los ojos.

Todos esos años, había vivido en silencio, con miedo, con vergüenza, sin decírselo a nadie.

Tomé su mano y la puse suavemente contra mi pecho.

— “Se acabó. A partir de hoy, nadie volverá a hacerte daño. Nadie tiene derecho a hacerte sufrir… excepto yo, pero solo por amarte demasiado”.

Rompió a llorar, un llanto suave y tembloroso que resonó por la habitación. La abracé con ternura. Su espalda era frágil, sus huesos ligeramente prominentes: esta pequeña mujer que había soportado tanto, durante tantos años.

Nuestra noche de bodas no fue como la de las parejas jóvenes.

Nos acostamos una junto a la otra en silencio, escuchando los grillos afuera, el viento susurrando entre los árboles.

Le acaricié el pelo. La besé en la frente.

Me rozó la mejilla y susurró:

— «Gracias. Gracias por mostrarme que todavía hay alguien en este mundo que se preocupa por mí».

Sonreí.

A los 61 años, por fin entendí:

La felicidad no está en la riqueza ni en las pasiones salvajes de la juventud.

Está en tener una mano que me sostenga, un hombro en el que apoyarme y alguien que se quede toda la noche… solo para escuchar tu corazón latir.

Mañana llegará.

¿Quién sabe cuántos días me quedan?

Pero una cosa está clara:

Por el resto de su vida, compensaré todo lo que perdió.

La cuidaré. La protegeré. Para que nunca más tenga miedo.

Porque para mí, esta noche de bodas —después de medio siglo de añoranza, oportunidades perdidas y una espera interminable—

es el regalo más grande que la vida me ha dado.

CUANDO QUISE SER MARADONA

Carlos González Saavedra – Argentina

A las ocho de la mañana de aquel primero de enero, había llegado el día. Después de esperar siete años, al fin comenzaban las vacaciones.
Había elegido un destino tranquilo, lejos de todo bullicio, al menos durante los primeros días.
También había decidido con quién ir: no quería una compañera que estuviera diciéndome lo que debía hacer o no.

Conocía Merlo, en San Luis, pero no la ciudad misma, sino sus alrededores.
Los Molles, precisamente, donde también se mantiene el microclima.
En esa zona, suspendidas en el aire por efecto del viento, hay partículas subatómicas llamadas iones negativos, un elemento imprescindible para combatir el estrés.
Nos quedaríamos diez días.

El dueño ofrecía un pequeño departamento contiguo a su casa, dentro de lo que él mismo describía como un paraíso.
Guillermo era una persona muy agradable y amable en el trato. No había exagerado nada de lo que prometió, al contrario.
Era su casa familiar, donde vivía con su esposa y dos de sus hijos, ya que la tercera estudiaba en Córdoba. Su esposa, cariñosa y muy atenta.
Había transformado un antiguo garaje en un coqueto departamento rodeado de aire puro y naturaleza.

Tenía comedor diario con cocina incluida, un pasillo que conducía a la galería acristalada donde los pájaros, confundidos por la transparencia, a veces chocaban.
Por allí se llegaba al dormitorio, confortable, amplio y limpio. El baño, para mi gusto pequeño, pero suficiente.
Todo rodeado de mil quinientos árboles, con riego por goteo ideado por Guillermo.
Un gallinero bien cuidado, con aves de la zona, a unos 150 metros. Parrilla y hasta horno de barro para cocinar unas empanadas o pizzas. Todo, al pie del Cerro de los Comechingones.
Ah, y un gran estanque para almacenar el agua que bajaba del cerro, con una bomba que funcionaba de vez en cuando. Prácticamente no hacía falta, pues el agua de las vertientes cumplía su cometido.

Diez días plenos de sol, naturaleza y bienestar.
Los primeros cuatro, por efecto del microclima, dormíamos profundamente, además de una siesta de tres horas.
La rutina era desayuno, charla, café o mate, almuerzo, siesta, alguna broma si surgía, té o mate, cena y otra vez descanso.
Mirar un cielo estrellado, lejos de las luces de la ciudad, era francamente un sueño.

Completamente descansados después de esos cuatro días, uno quiere hacer de todo: salir, escalar, rapel, pasear, viajar, conocer. La energía y vitalidad eran envidiables.
Eso hicimos hasta que, faltando tres días para irnos, Guillermo preguntó:
—Carlos, ¿te bañaste en el estanque?
—No, ni me acerqué.
—A la hora de la siesta toma el sol en el estanque. Solo escucharás el canto de los pájaros en un silencio increíble y el agua de vertiente que se mantiene fresca.

Nunca fui muy aficionado a las piscinas, pero ante su insistencia acepté.
—¿Sabes nadar? —preguntó. Igual el agua apenas llega a la cintura, aclaró.
—Me voy a Buenos Aires pero vuelvo en tres días. No quiero regresar y enterarme de que no te metiste —comentó en tono de broma.
—Aquí tienes una colchoneta inflable, la dejo preparada por si quieres disfrutar. Hasta el sábado —se despidió.

Confieso que no me atraía demasiado el plan, pero tampoco era descabellado.
Al día siguiente, después de almorzar, observando el estanque pensé: ¿por qué no?
Carmen prefirió dormir.

De pronto una imagen llenó mi mente: Maradona en Cuba, con un habano y acompañado de dos jóvenes.
Toda esa escena me impulsó a imitarlo. Aunque no había señoritas, sino una señora de mi edad que dormía profundamente, nada me privó del intento de ser, por un rato, Maradona.

Puse la colchoneta inflable en el estanque y vi cómo se deslizaba suavemente. Sol radiante, agua fresca, temperatura ideal.
Guillermo me había dicho:
—¿Sabes cómo usar la colchoneta? Se trepa desde atrás, lentamente, hasta que estés acostado en ella. Después, con cuidado, te das vuelta y te acomodas.
—Sí, claro —respondí como si lo hubiera hecho muchas veces.

Mi primer intento fue un fracaso: al intentar trepar, la colchoneta se dio vuelta y terminé en un chapuzón en medio del estanque, mientras Carmen se reía a carcajadas.
El segundo intento lo planeé mejor: la traje al borde, me puse en cuclillas sobre las piedras, la sujeté con la mano izquierda y me lancé como un delfín. Tampoco lo logré: la colchoneta apareció fuera del estanque. Hasta hoy no sé cómo ocurrió.

—No me vas a vencer —me dije.
Pensé: si Diego lo hizo, que está más gordo que yo, ¿por qué yo no?

Tercer intento. Me senté en el borde con los pies en el agua, fingiendo calma. Abracé la colchoneta y me deslicé suavemente sobre ella. Terminé en el fondo del estanque, mientras la colchoneta flotaba espléndida como si nada.
Mi perseverancia fue mayor aún: intenté vencerla una y otra vez, sin éxito.

Casi resignado, me vino otro pensamiento que me ayudó a salir de la frustración: ¿y si a Diego lo ayudaron? ¿Y si había alguien sosteniéndolo bajo el agua? ¿Y si las chicas eran un fotomontaje? Solo el habano sería cierto, por la publicidad.

Desistí. Me quedó como tarea pendiente. En casa no tengo estanque, así que sabe Dios cuándo aprenderé.

Al último día volvió Guillermo. La pregunta era obvia y la respuesta también:
—Carlos, ¿todo bien en el estanque? ¿Probaste la colchoneta?
—Fantástico, una tarde espectacular. Disfruté muchísimo, parecía Maradona en Cuba.
—Que estés bien y buen viaje. Vuelvan pronto.
—Gracias, Guillermo. Hasta la próxima.

LA CARTA QUE NUNCA LLEGÓ

Elspeth Gormley – España

En un desván polvoriento de una casa antigua, Clara encontró una caja de madera con el nombre de su abuelo grabado en la tapa. Dentro, cuidadosamente dobladas, había decenas de cartas amarillentas, todas dirigidas a la misma persona: Madre. Ninguna tenía sello ni marcas de correo. Eran cartas que nunca habían salido de aquella habitación.

Clara comenzó a leer. La primera hablaba de un joven que, en la posguerra, buscaba consuelo en la escritura. “Madre, hoy la ciudad parece un fantasma. Camino entre ruinas y pienso en tu voz, que me sostiene.” Cada carta era un fragmento de vida: la espera de un trabajo, la ilusión de un amor, el miedo a la represión. El abuelo había escrito como quien conversa con alguien que ya no está, como quien se aferra a la palabra para no desaparecer.

Las cartas se sucedían como estaciones de un viaje íntimo. En una, describía cómo se reunía con amigos en un café clandestino, leyendo poemas prohibidos. En otra, confesaba que había aprendido a sembrar tomates en un huerto improvisado, porque “la tierra es la única que no traiciona”. Clara descubrió que su abuelo había sido un hombre de resistencia silenciosa, que transformaba la soledad en memoria escrita.

Pero lo más sorprendente llegó al final: una carta sin fecha, escrita con una caligrafía temblorosa. “Madre, si alguna vez alguien encuentra estas palabras, sabrá que no fueron para ti solamente. Fueron para todos los que no pudieron hablar, para los que callaron por miedo. Que estas cartas sean testimonio de que seguimos vivos en la palabra.” Clara comprendió entonces que su abuelo nunca quiso enviar aquellas cartas: eran un legado, un archivo secreto de dignidad.

Conmovida, decidió publicar algunas en un pequeño blog literario. Al hacerlo, comenzaron a llegar mensajes de desconocidos que decían haber sentido lo mismo en sus propias familias: cartas escondidas, diarios ocultos, voces que nunca llegaron a destino. La historia de su abuelo se convirtió en un espejo colectivo.

Clara cerró la caja y la guardó de nuevo en el desván, pero ya no era un objeto olvidado. Era un faro. Cada vez que escribía, sentía que alguien la acompañaba desde esas páginas amarillentas. Y comprendió que, aunque las cartas nunca llegaron a su madre, habían llegado a ella, y a todos los que aún buscan en la palabra un refugio contra el silencio.

PUBS

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

El Liverpool se encontraba repleto.
Era la “hora pico” diría un viejo cliente del lugar. Pero tenía razón.
Invierno, viernes siete y media de la noche, pleno centro de la Capital… el bar estaba lleno de gente joven que había terminado su jornada semanal y era “la previa” para la salida nocturna.

Eli trataba de llegar a las mesas con la bandeja en una mano, llena de jarros de cerveza.
No le resultaba fácil, y menos cuando el estúpido de la gorra roja la hizo tropezar.
A duras penas consiguió enderezar el cuerpo y sortear el obstáculo. La mirada fría, intimidó a Jorge, que sacándose la gorra pidió disculpas que, por supuesto, no fueron escuchadas. Eli ya estaba en otra parte.
Un brazo pasó por el cuello de Jorge sacudiéndolo un poco y cuando se dio vuelta, encontró a Soledad mirándolo divertida. Se había percatado de lo que había pasado e intentaba reconfortarlo.

A cuatro metros de distancia, Isabella, en plan de conquista, hablaba con su jefe del gabinete de abogados.
Hacía dos meses le había echado el ojo y hoy sería el día especial, lo presentía. Por segunda vez estaban juntos en un pub y las miradas de su compañero hacia su anatomía delantera eran cada vez más frecuentes. Es que el saco abierto y la camisa desprendida hasta el segundo botón, dejaban entrever sus encantos.

En la barra, Juan bebía despaciosamente su whisky.
Hizo crujir los tres cubos de hielo en su interior al sacudir el vaso, mientras por el espejo observaba a la morocha que de espaldas le sonreía a veces, cuando sus dos acompañantes la dejaban. Si lo volvía a mirar, encaraba, total el no ya lo tenía. Iba por el sí.

Damián, detrás de la caja, sonreía para sus adentros.
Sabía con certeza que abrir el local había sido un verdadero acierto. Era lo que le había dicho a su socio en la conversación mantenida un año atrás. El tiempo había confirmado su presentimiento.

Entre el gentío que abarrotaba el lugar, nadie vio al joven de campera negra y jeans, que desde el fondo de la barra se fue alejando despacio hacia la puerta de salida.
Nadie se dio cuenta que el joven había entrado con una mochila y ahora se iba sin ella.
Nadie observó el bulto oscuro que quedaba bien apretado entre el apoya pie y la barra.
Esa noche de diversión y alegría, donde las emociones y los sentimientos se encontraban a flor de piel, nadie advirtió nada.

Una semana después los grandes titulares todavía estaban hablando de la explosión de una bomba en un pub, en pleno centro de la capital, con un saldo de 30 víctimas mortales y 40 heridos, algunos de consideración; por lo que se pensaba que las muertes ascenderían. Ninguna organización reclamó el hecho. Realmente los inspectores de policía y fuerzas especiales a cargo, todavía no tenían una base sólida en la investigación.

La puerta del viejo Bar “El antiguo”, en la zona de Recoleta, se abrió ese viernes a la tarde-noche, dos meses después.
Un joven de campera negra y jean, con una mochila al hombro se dirigió hacia el fondo de la barra.

EL MANUSCRITO

Sandra Romeo – Argentina

¿Qué es un acto humano si no una ilusión
cuando dos interpretaciones distintas
son igualmente válidas?
Lawrence Durrell. Escritor británico

El sol cae a pico sobre las piedras de los acantilados como si todas las horas transcurrieran en un mediodía eterno.
Durante los atardeceres violentos las tonalidades varían del rojo al ocre, del amarillo al ciruela sin compasión, rápidamente.
Sin transición la noche acalorada se desmorona sobre la tierra.
Olvido en este clima.
Hice todo lo que pude por acercarme a los hechos. Traté de rescatarlos para que ocuparan su sitio en el drama que nos tocó vivir.
Sin embargo…
—Pienso en usted con el debido rencor.
»Alejado de todos, poniendo nuestros actos y palabras bajo la lupa de su soberbia creerá, en un momento, haber llegado a la verdad. ¡¡Gran error , amigo mío!!
»Nosotros, todos y cada uno, podríamos darle versiones distintas sobre lo que sucedió y sobre usted mismo. Todas verdaderas.
Estas palabras me había escrito Demetrio a poco de instalarme aquí.
Lo único que pude hacer fue enviarle mi manuscrito así como estaba, sin corregir y, quién sabe, sin ninguna verdad.
La lancha correo de esa semana depositó en mis manos un sobre de papel marrón.
A l frente sólo mi nombre; ni dirección ni apellido. En el reverso, la letra desmañada y torpe de Demetrio asaltó mi alma.
Atadas con una cinta violeta cayeron las hojas de mis escritos, corregidas aquí y allá con trazos rojos. Gruesos…
Deslizándome entre sus frases comprendí que no habría olvido posible. Entre mis manos comenzaban a desperezarse los recuerdos.
Ahí estaban todos otra vez.
Los esquivados hábilmente por mi memoria selectiva; los vivos aún, los muertos ya.
Los hechos contundentes se erguían desde esas hojas tomando la dimensión y la altura que yo les había negado y que Demetrio recuperaba.
¿Para quién?
Insistía sobre mi inocencia en aquellas páginas en las que yo me culpaba por abandono, desamor, engaño y desidia.
Me quitaba importancia en donde yo afirmaba haber sido ungido por ella:

—Nada más lejos de la realidad, amigo mío, Norah se volcaba a usted para desviar a su marido del verdadero amante.
¡Pensar que el recuerdo de haber sido elegido me sostuvo desde entonces! Por favor
Demetrio, déjeme solo con mi memoria perdida, en este lugar alejado de verdades.
Pero es inútil.
En un punto sí estaba de acuerdo conmigo.
Cuando yo me nombro portador de desgracias. Por mis burdos engaños el dolor anidó en Aniela y luego partieron juntos.
—Sí, las mentiras la desintegraron, minaron su salud ya quebrada. Ambos lo sabíamos.
Juntos velamos noches enteras su tos y su fiebre, antes o después de que usted llegara de sus incursiones infieles en aquella ciudad espuria. Esos grandes ojos oscuros lo seguían por toda la habitación sin perderse un detalle de sus comedias domésticas de marido abnegado. Ya ve usted, querido amigo, hay certezas clavadas en la memoria.
¡La implacable lucidez de Demetrio!
Los comentarios en rojo comienzan a marcarme a fuego.
Ciertamente, hay muchas cosas que desconozco.
Lo que no ignoro es el peso de su muerte. Casi una pluma en mis brazos hacia el hospital; plomo fundido en mis manos el resto de mis días.
Lo que sé es cómo me siguen ese par de grandes ojos negros por todos mis caminos.
A veces pienso si me cuidan o si sólo esperan el momento de pedirme explicaciones.
Los ojos de Aniela…
Han pasado las horas agobiantes del día. El atardecer rabioso se debate en brazos de la noche cuando Lucio me acerca el farol y con su mutismo de siglos me indica que se retira.
El alba se anuncia con un aire cristalino y su primera luz ilumina otra verdad: yo sostengo que Norah me amó.
Él afirma que sólo fui para ella una fachada pobre y delirante; una broma absurda mi figura a su lado, una pieza más en el macabro juego de su vida.
—Ya lo ve amigo mío, las mujeres que nos han amado o no, han partido ya. Unas vivas, otras muertas.
»Aniela, Norah…
»Ante tales acontecimientos implacables de nuestras vidas, yo no podía dejar que usted siguiera sin comprender la esencia de sus caracteres; solamente eso me indujo a enviarle nuevamente su manuscrito, (quizá ahora un poco mío también).
»No sé si quiera tomar en cuenta estas verdades indiferenciadas, pero con ellas y las suyas quizá comprenda la pequeña exacta medida de los sufrimientos ajenos.
»O su inacabable magnitud…
»Con el afecto de siempre, Demetrio.
El lápiz rojo comienza a diluirse.

Deja manchones sanguinolentos en las hojas ventosas arremolinadas en la orilla del agua.
Los primeros rayos del sol apagan la luz del farol agotado.
Rebotan en la madera vencida de una silla vacía

LA NAVIDAD DE HALLEY

María Sánchez Fernández – España

Hace algún tiempo vino a caer en mis manos la famosa obra de Sigmund Freud “La interpretación de los sueños”. Comencé a leerla y quedé tan fascinada que en un par de días ya la había concluido.

Es fabuloso poder comprobar cómo nuestra mente, al sentirse libre de control mientras dormimos, divaga y se nos escapa por los caminos más inverosímiles. Vivimos nuestro mundo cotidiano, por ejemplo de mil cabriolas que nos zarandean caprichosamente.


Una noche de invierno, próxima a la Navidad, salí a la terraza de mi casa para tirar un poco de basura. El cielo estaba tan claro que me fijé en las estrellas. Me quedé un rato observándolas, pensando en lo pequeñas que somos en comparación con el universo. Me pregunté si habría vida en otros planetas, si alguien nos estaría observando. Alguna de las estrellas parecía moverse.

Regresé a mi habitación, me metí en la cama y conecté la radio para buscar un programa informativo. Al momento me quedé dormida.

Mi mente empezó a trabajar rápida, libre, sin cadenas, y soñé.

Soñé con un mundo fantástico llamado “Cosmos”. Yo era una estrella fugaz que cruzaba el cosmos por aquel espacio inmenso sin principio ni fin. Miles de cuerpos con grandes masas vagaban por el universo. Me desplacé por el espacio como una estrella fugaz, sin rumbo fijo, sin destino, sin tiempo, sin espacio. Todo era negro, sin color, sin sonido.

Me sentía liberada, etérea, y corría y corría sin dirección. De repente, vi una estrella que brillaba más que las demás. Me acerqué a ella y observé que en su interior se estaba formando una gran nube de brillante materia.

Una multitud de estrellas de todas las clases y condiciones rodeaban curiosas y admiradas a otra de mayor tamaño y belleza. Era hermosa, rutilante, vestida de suave gasa blanca; con su lenta traslación, se movía como bailarina en su danza de las esferas. Era tan bella que una vista de estrella menor quiso poseerla y se le acercó.

La estrella mayor, al notar la presencia de la menor, giró sobre su eje y la había también parte. Usaba una suave música que la envolvía toda. Era como una brisa que se deslizaba por su cuerpo. La estrella menor se acercó más y más, y cuando estuvo muy cerca, giró también sobre su eje y se unió a la danza. Ambas giraban y giraban, envueltas en la música, y se fueron alejando del lugar donde estaban. La música se fue apagando y la danza se hizo más lenta. Finalmente, se detuvieron y se quedaron juntas, muy juntas, en un rincón del universo.

La reina de la fiesta pidió la palabra y participó en aquella velada contando una hermosa historia, llena de fragancia purísima, inundada toda de luz, de amor y de paz. A mí personalmente escuchamos con la mayor atención:

«Mi relato es corto en el tiempo, pero su contenido en esencia es largo y se ha ido transmitiendo de generación en generación a lo largo de los siglos:

«Acababa de nacer uno de los soles mayores del universo, llegó muy cerca de una estrella menor. Curiosa me acerqué a él y me detuve. Era azul y muy bello. Formaba parte de un grupo de nueve que giran…

Alrededor del sol

Alrededor de un astro muy poderoso llamado Sol. Me aproximé cuanto pude y observé que en él se movían masas enormes de múltiples especies. Se veían grandes llamas que se alzaban como si fueran grandes edificios encendidos. Las masas que se movían en el Sol eran tan grandes que no alcanzaba a dimensionarlas. Las llamas que se levantaban y caían eran tan grandes que los edificios más altos del mundo quedaban pequeños. Las llamas las dominaban a las demás con su brillantez.

Seguí mi camino, pero sentí que una fuerza poderosa me atraía en mi viaje extraordinario. El Sol, la Tierra, para recrearme en ella y observar a sus criaturas.

En una ocasión pude ver que en una pequeña aldea ocurría algo extraordinario. El Sol ya no iluminaba y estaba oscuro. Solamente mi luz la hacía visible. Gozo y emoción se apoderaron de mí. Me acerqué más y observé que en una humilde casa había un niño. Observé que en un reducido espacio en la parte inferior de la casa se encontraba un pesebre. En él estaba un niño recién nacido. Su madre lo sostenía en sus brazos y lo arrullaba. El niño era hermoso, su rostro resplandecía. Era el Niño más hermoso que había visto.

Todos, al llegar, se postraron ante Él en señal de adoración.


Una extraña visita

Más tarde vino una gran comitiva de personas importantes vestidas de elegantes ropas que buscaban la cabaña señalada por una estrella brillante. Hablaban de cálculos astronómicos de sus cabalgaduras y se postraron ante el Niño.

Los pastores se preguntaban maravillados: ¿Qué estaba ocurriendo? ¿Quién era aquel pequeño que acababa de nacer? ¿Y qué todos adoraban como si fuera el mismo Dios?

Y en ese cielo estrellado, brillaron como un sol los ángeles de los cielos, y enmudecidos los humanos escucharon un mensaje de paz y amor que resonó en el firmamento:

¡GLORIA A DIOS EN LAS ALTURAS Y PAZ EN LA TIERRA A LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD!

La estrella enmudeció y quedó por unos instantes absorbida por después proseguir.

Seguidamente comprendió. Aquel planeta Tierra había sido escogido por el Señor hacedor para realizar sus grandes designios. Ese Niño recién nacido era el enviado de Dios, su hijo, una humilde estrella, un cometa que se convirtió en testigo mudo y privilegiado del acontecimiento más grande jamás ocurrido.


Entonces, henchida de gozo, también canté con agua las cristianas bienaventuranzas y de buena voluntad dije: GLORIA A DIOS.

Después me dormí. Tenía conciencia de la radio que emitía un espléndido canto de Navidad, el clásico de Saint-Saëns, GLORIA IN ALTISSIMIS DEO.

La teoría de Freud quedaba confirmada. Al escuchar música de Navidad, la buena Gloria, excitada de estímulos sensoriales excesivos, había soñado, en unos brevísimos momentos, que vivía, por unos brevísimos momentos, la Navidad del Cometa Halley.