CUENTOS Y RELATOS – OCTUBRE

Nota Editorial

Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece. Esta revista protege la obra de sus colaboradores bajo la ley de propiedad intelectual vigente en España y en el marco jurídico de la comunidad hispanohablante.

Cuentos-y-relatos-octubre-a

Cada cuento es un peldaño. Cada relato, una estrella. Bienvenidos al portal donde la palabra despierta mundos.

Elspeth Gormley

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COLABORADORES

  1. Leonora Acuña de Marmolejo – Estados Unidos – La Nana
  2. Magi Balsells – España – Había una vez una trucha
  3. Marcela Barrientos – Argentina – Memoria fragmentada
  4. Libia B. Carciofetti – Argentina – La pesadilla
  5. Carlos González Saavedra – Argentina – El día que Anahí pidió hablar con el gerente
  6. Elspeth Gormley – España – El mar en otoño
  7. Antonio Morelos – México – Quiero ser profesor (Relato lírico)
  8. Walter H. Rotela G. – Uruguay – El hombre de la cloaca

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 LA NANA

Leonora Acuña de Marmolejo I.W.A& Peace Activist

Andrés Montemiranda un hombre bastante acaudalado -quien vivía en San Bernardo un hermoso pueblo del Valle del Cauca-, había enviudado de su esposa Claudia con la que había procreado dos hijos: Gerardo, y Graciela Inés de 12 y 14 años respectivamente.

       Ante la situación tan crítica al quedarse solo para levantar a sus hijos, Andrés resolvió enviar a la niña al convento de las Madres Franciscanas de la capital, quienes tenían también bajo su dirección el Colegio de bachillerato “María Auxiliadora”.

       La directora del colegio era la madre Dorothy Wharton, una dama oriunda de Inglaterra en donde vivía toda su familia. Su hermano más allegado se llamaba Harry quien con cierta regularidad solía ir al convento a visitarla.

       Siendo Graciela una hermosa niña muy educada, inteligente y de buenas maneras, muy pronto las monjas se encariñaron bastante con ella; al tal punto que llegaron a tratarla como un miembro más de sus respectivas familias, especialmente la Madre Superiora quien llegó a considerada como a su propia hija.

       En una ocasión cuando el hermano de aquella y su esposa se encontraban de visita allí en el convento, tuvieron la oportunidad de conocer a la niña -quien ya tenía 17 años-, y les agradó tanto su personalidad, su don de gentes, y su presencia, que le sugirieron a su hermana hablar con el padre de aquella a fin de que le permitiera anexarse a su extensa familia en calidad de “Nana” y por supuesto vivir allá en Europa con ellos.

       Dos años más tarde, y bajo la anuencia de su padre, Graciela resolvió viajar a Wallington, Surrey en Inglaterra para desempeñarse en aquel cargo ofrecido por los esposos Wharton, y así trabajó con y para ellos con gran eficiencia. Se encontraba muy confortable y contenta, más la esposa de Harry -para quien ella solícitamente se había convertido en su mano derecha-, venía deteriorándose cada vez más a causa de la  distrofia muscular que padecía, y un triste día pese a los cuidados médicos y de su esposo, dejó de existir. 

       Está por demás decir la tristeza y el temor que invadieron a Harry al quedarse solo. Entonces ya acostumbrado a la presencia y cuidados de Graciela, cuando su hermana Dorothy lo acompañaba por unos días tras el deceso de su esposa, aprovechó la oportunidad a fin de considerar con ella, el dejar a la muchacha como ama de casa con todos los derechos para continuar a cargo de su familia.

       En una armonía muy reconfortante tanto para Harry como para todos sus allegados, y tras de algún tiempo, éste se dio cuenta de que la presencia de Graciela se había tornado  en una necesidad imperiosa para él, y que se sentía enamorado de ella. Entonces en consideración a que ésta de pronto decidiera regresar a su país, resolvió confesarle sus aprensiones y su amor. Fue grande su sorpresa cuando en ese preciso momento Graciela venciendo su timidez le dijo que ella también paulatinamente se había ido enamorando de él.  Días después con la presencia de Andrés Montemiranda, de su otro hijo Gerardo (hermano de Graciela), y por supuesto de Dorothy la “Madre Superiora”, como también de toda su agradecida familia -que tanto la apreciaba por su conducta intachable hacia su madre-,se efectuó la pomposa boda. Así aquella soleada mañana abrileña, muy airosa y feliz Graciela Inés Montemiranda “La Nana” salió del templo, del brazo de Harry su esposo, ya convertida en la flamante Mrs. Wharton…

      *Cuento del libro “La Dama de honor y otros cuentos”

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HABIA UNA VEZ UNA TRUCHA

Magi Balsells – España

Elisondo, esta preparando sus aparejos para salir este fin de semana a su deporte favorito, la pesca, lleva muchos años practicándola ha recorrido muchos de los ríos de su país con mejor o peor fortuna

Uno de sus amigos también aficionado a este deporte, le ha indicado un pequeño rio entre las montañas en el cual hay una truchas muy especiales, aparte de su tamaño y de la exquisitez de su carne, tanto le ha hablado de el, que al final le ha solicitado un plano de la ubicación de aquel lugar y una vez ya en su poder , ha hecho los preparativos necesarios para obtener el éxito que le auguro su amigo

Pone su coche en marcha, y con buen animo  va hacia el destino deseado, después de unas horas de circular llega al valle desde donde se vislumbra el deseado rio, va remontando  su corriente hasta llegar a un pequeño estanque  que se ha hecho con el transcurrir de los años y la fuerza de las aguas que bajan de la montaña

Monta su tienda de campaña y empieza a sacar las cañas de su vehículo, busca entre sus anzuelos  los que pueden darle el éxito  que espera en forma de múltiples presas

Ya  lo tiene todo preparado, lanza con fuerza su sedal que cae en el centro del pequeño lago, y ahora armándose de paciencia espera  que alguna de las truchas que nadan entre sus aguas  se enamore de su  cebo

Pasan los minutos y de momento no hay ninguna señal todo esta quieto, saca su sedal del agua  y ve que el cebo ha sido comido por algún pez, seguramente muy pequeño ya que dejo el anzuelo limpio, vuelve a poner otro cebo  y repite la operación, ahora si que hay novedades, solo tocar encima el agua el anzuelo se produce un remolino en la superficie, y nota que algo tira de su caña no con gran fuerza pero si insistentemente, va recogiendo el sedal sin prisas aflojando  un poco y tirando  después de esta manera cansa al pez que esta enganchado en su anzuelo, al fin ve aparecer por encima del agua una hermosa trucha, la acerca pausadamente a la orilla y la coge entre sus manos.

Cuando de súbito oye una voz que le dice

.-Pescador suéltame de tu anzuelo, por misericordia

.-Quien me habla, no serás tu trucha ¿

.-Si soy yo, mi raza tiene la propiedad de poder comunicarnos verbalmente con los humanos, por esto oyes mi voz suplicándote

.-Pero porque debería soltarte, tú intentaste comerte mi cebo y ya sabias que podías quedar enganchado, lo siento pero este es el juego

.-No era para mí tu cebo sino para mis pequeñas hijas las truchitas, ya que en este lugar poca comida hay y muchas de ellas  se mueren  por su falta

.-Este cuento ya me lo conozco, no me engañaras, a la sartén iras

.-No lo creo, Si no me sueltas llamare a mi amigo el oso y este dará buena cuenta de ti.-.

-Me amenazas trucha apestosa, ahora te saco el anzuelo y a la bolsa te meto

La pobre trucha, suelta un gran grito, no compresible por el pescador, lo que hace que este se quede parado en la operación que iba a efectuar

De golpe nota detrás suyo nota una fatigosa respiración, se vuelve y se encuentra en su cara unos dientes enormes  como los que tienen los osos, ya que es un oso lo que esta encima de sus hombros, se queda helado no sabe que decir ni que hacer esta agarrotado, un frío sudor empapa su cuerpo, suelta sus aparejos para la pesca, el oso pisotea la caña destrozándola y agarrando a Elisondo por el cuello se dirige a la trucha preguntándole.-

.-Que hago con este mal hombre

.-Nada, creo que con el susto ya tuvo bastante, déjalo que se vaya que recoja sus cosas menos la comida, algunas de las cosas serán para ti y otras para mi  y mis hijas

Suelta al asustado Elisondo, que a la carrera se dirige a  su vehículo, montando en el lo pone en marcha y desaparece en la lejanía a una velocidad asombrosa

.-Gracias amigo oso por ayudarme con tu presencia 

.-No me necesitabas, eso lo se pero me ha encantado darle un susto a este pobre hombre que seguro no volverá a pescar nunca mas igual que a todos los que han venido a destrozar nuestra paz, a la cual tu preservas con la sabiduría que te da ser la hada de este estanque y de toda la montaña, gracias siempre a ti que velas por nuestra vida.

A Elisondo nunca mas se le vio con una caña ni comiendo pescado, tampoco volvió ha hablar con su amigo, pues pensó que el ya había pasado la experiencia que el paso y no le aviso y seguramente se estaría riendo de su aventura

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MEMORIA FRAGMENTADA

Marcela BarrientosArgentina

Me encontró por accidente. Yo llevaba años escondido en el fondo de un cajón polvoriento, debajo de bufandas que ya no usaba, de papeles amarillentos y de fotos dobladas que se quedaron sin marco. No sé cuánto tiempo había pasado desde la última vez que me miró, pero cuando sus manos me sacaron de ese escondite, un estremecimiento recorrió mi superficie astillada. Yo estaba roto, sí, con mis venas de vidrio extendiéndose como raíces secas, pero aún podía reflejar.

Ella me observó con un gesto de sorpresa y desconfianza. No era el mismo rostro de antes: había líneas nuevas en la frente, ojeras más hondas y una sombra que no se debía solo a la luz. Quiso apartarme, dejarme de nuevo en la oscuridad, pero algo la detuvo. Me sostuvo frente a su cara y entonces ocurrió: no se vio a sí misma tal como estaba, sino como había estado.

En uno de mis fragmentos más pequeños apareció la imagen de una tarde de verano: ella, con el cabello mojado, riéndose mientras corría bajo un chaparrón inesperado. Esa risa no buscaba ser observada; era pura, infantil, indómita. La escena la dejó perpleja. Tocó el pedazo de vidrio con la yema de los dedos, como si pudiera alcanzar el agua que entonces le empapaba la ropa.

—¿Qué es esto? —susurró.

Yo no respondí con palabras, sino con más reflejos. Otro fragmento, más grande y quebrado en el borde, le mostró una tarde de su adolescencia: sentada en una plaza, comiendo un helado de vainilla con su mejor amiga, riéndose de un secreto que ya había olvidado. No había preocupaciones, solo la tibieza del sol en los hombros.

Ella se emocionó, como si un recuerdo enterrado de golpe recobrara vida. Se inclinó más cerca y comenzó a buscar. Yo, obediente, le mostré otras escenas. En cada pedazo de mi cuerpo roto brillaba un instante en el que había sido feliz sin darse cuenta: la primera vez que sintió a su sobrino dormirse sobre su pecho; la caminata solitaria por una playa casi desierta al amanecer; una noche de fogata donde cantó sin importarle desafinar; una mañana en que despertó y se sorprendió a sí misma tarareando, sin motivo aparente.

Yo era un espejo roto, pero también era un archivo secreto. Mis fragmentos no devolvían la forma exacta de su rostro actual, sino la suma de los destellos que había olvidado. Cada risa, cada calma, cada sorpresa. En ellos estaba la evidencia de que había sido feliz incluso en los días comunes, los que creyó insípidos o dolorosos.

—No lo vi… —dijo, con los ojos humedecidos—. No sabía que en ese instante era tan feliz.

Su voz era un lamento, pero también un despertar. Yo, que había guardado esas memorias, sentí cómo mis grietas brillaban con una luz tenue. En su rostro presente se dibujó un gesto nuevo, mezcla de nostalgia y fuerza. Me miraba distinto: ya no con miedo, sino con deseo de reconocerse.

Le mostré todavía más: aquel día que cocinó sola y la salsa le quedó perfecta; la primera vez que se animó a bailar sin preocuparse de quién miraba; la tarde en que su padre, ya cansado, aún la llamó “pequeña”; la madrugada en que escribió páginas enteras de un cuaderno y luego durmió profundamente. Cada trozo mío era un recordatorio de que, incluso en medio de la rutina, había destellos luminosos.

Ella respiró hondo. Vi cómo sus manos temblaban, cómo se llevaba un fragmento de mí al pecho, sin miedo de cortarse. Entendió, en ese silencio, que no era la sombra la que la definía, sino esos instantes dispersos que habían sido parte de ella y seguían siéndolo.

—Gracias… —murmuró al fin, y sentí que la palabra me recorría como un pulso.

En ese agradecimiento había un compromiso. Lo entendí cuando me dejó sobre la mesa y me miró directamente, esta vez aceptando tanto la imagen actual como las memorias que yo le había mostrado. No necesitaba volver atrás: había descubierto que la felicidad no siempre avisa, que se cuela en lo cotidiano, que puede ser recogida y rehecha incluso ahora.

Yo, espejo roto, no podía devolverle una imagen entera. Pero sí podía ofrecerle la certeza de que había sido feliz sin saberlo, y que aún podía volver a serlo. Esa convicción encendió una chispa en su mirada, y esa chispa, más fuerte que cualquier reflejo, fue mi última revelación: ella había recuperado la fe en el poder de cambiar.

Me quedé quieto, fragmentado y luminoso, sabiendo que mi propósito estaba cumplido.

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LA PESADILLA

Libia B Carciofetti – Argentina

Horas, minutos, segundos, solo se que la noche fue larga. Aun tengo una sensación ¡Tan extraña! Mezcla de terror, y experiencia amarga… Pasillos oscuros, sin luz y un túnel por el que jamás había entrado el sol.

Solo oía el crish crash de la camilla en la que me conducían. Mi corazón, que por momentos temí dejara de latir.

Y de pronto se abrieron dos puertas vaivén, y tres hombres vestidos de blanco casi a coro preguntaron:

¿Tienes miedo? ¿Estás nerviosa??? Quise contestar, pero no tenía voz…

Se había quedado colgada afuera entre la enredadera de jazmines con olor a lluvia que había humedecido mi bata antes de entrar. Asentí con la cabeza…

¡Eres demasiado grande para tener miedo! El miedo lo inventaron para los niños, y tú ya creciste demasiado.

La voz áspera me iba abriendo una herida que no sabría como expresar el dolor que me causaba…

Con torpes modales me hicieron abrir la boca y me colocaron una pastilla debajo de mi lengua…

Recuerdo que me pusieron una máscara con dos orificios para mis ojos color verde…

La palabra «córnea» «globo ocular» «iris» «pupila» se mezcló entre el ruido de elementos de una cajita rectangular de acero inoxidable… Hasta que una jeringa con un líquido  de sabor muy amargo que me inyectaron en el ojo izquierdo, me paso por la garganta.

Quise levantar la mano en señal de que me dolía, pero las fuerzas me habían abandonado. Conversaban entre ellos por lo bajo, pero yo no los podía ya ver.

Desperté no se después de cuanto tiempo, sin saber donde estaba, ni quienes eran los que me rodeaban….

Sus voces me eran familiares… de seguro eran tres… De pronto uno de ellos rompió el silencio, y acomodando su imposte de voz dijo.

Nos esforzamos por hacer todo lo posible, pero tu afección corneal degenerativa jugó en contra y no pudimos salvar la visión de tus dos ojos…

En mi semiinconsciencia trataba de abrir mis ojos y girar mi cabeza para buscar la luz, pero no lo logré…

¡Por favor descorran las cortinas! ¡quiero ver la luz!

¿Es que no has oído lo que acabamos de decirte???? -Estiré la mano para que el roce de algún afecto mío me diera calor,

pero sentí que las figuras de álgidos fantasmas danzaban a mi alrededor.

Risas burlonas y extrañas se adueñaron de la sala, quise gritar pero de mi garganta enronquecida solo pude emitir sonidos «guturales»

Entonces si rompí en llanto, un llanto que me nació del alma herida, de alguien que nunca más volvería a ver el rostro de su hijo, contemplar una flor, ver volar una mariposa, un ave.

Contemplar la vida y a mis seres queridos que forman parte de ella… Mi camisola estaba mojada en sudor, mis cabellos eran una maraña…

Oía que alguien corría alrededor de mi cama, tratando de calmarme y con dulce voz me decía… ¡Cálmese por favor!!! Tiene un poco de fiebre causada sin duda por esta «pesadilla» que a veces es producida por la anestesia…

Se tiene que tranquilizar porque en el pasillo hay alguien esperando que el médico le quite las vendas para entrar…

Ya le voy a cambiar las sábanas y la voy a poner bonita, va a estrenar esta bata que dejó su marido anoche cuando usted dormía y no quiso despertarla, es rosa como la ternura con que la miraba cuando vio que la camilla se la llevaba a la sala de operaciones.

¡DIOS! Una pesadillaaaaa!!! desde niña que no había tenido una y tan horrible.

A los minutos llegó mi médico y me quitó las vendas, seguro que si,  había hecho uno de sus mejores trabajos

porque no lo hizo sólo, si no acompañado por cientos de oraciones de amigos y familiares y guiado con la pericia de la mano de DIOS…

Ahora si, dijo el doctor que pase el primer visitante… cuide las emociones…porque pueden perjudicarle la vista.

La puerta vaivén se abrió y un joven alto, apuesto, precioso como un galán de cine entró con un ramo de rosas perfumadas y se repitió casi la historia, cuando el abrió sus ojos a la vida los primeros ojos que vio, fueron los míos… y ahora cuando yo los abrí, los primeros ojos que vi fueron los de el… y en esa mirada un amor inconmensurable que va más allá de todo razonamiento humano…

Un abrazo de corazón a corazón … y un brillo distinto en nuestras miradas que se reencontraron después de tantos años volviendo a revivir sensaciones y emociones a diario.

Afuera es invierno, pero adentro mora la tibieza de un amor inalterable…

La pesadilla quedó atrás, la mirada puesta adelante, agradeciendo a DIOS por su inconfundible amor…

Las lágrimas el colirio divino que no necesita prescripción médica.

La rosas en un jarrón son las espectadoras perfumadas de este relato, mezcla de inspiración y hechos reales.

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EL DÍA QUE ANAHÍ PIDIÓ HABLAR CON EL GERENTE

Carlos González Saavedra – Argentina

Finalmente, ya estaba instalado. Yo estaba contento, y mi familia también: les había encantado el piso. Luminoso, amplio y cómodo.

Mis compañeros me habían recibido muy bien. A veces pensaba que la gente de Buenos Aires tiene fama de ser distante, pero yo me sentía respetado y bien tratado en mi nuevo puesto como gerente del Banco Nación. Estaba orgulloso.

Claro que no es lo mismo ser gerente en un pueblo de diez mil habitantes que en una ciudad del área metropolitana con más de trescientos mil. La directora regional me había llamado unos días antes del nombramiento para avisarme que ya estaba todo listo. Me dijo: “Cuente conmigo para lo que necesite. Tiene una excelente trayectoria. ¡Adelante!”

Mi oficina era cómoda y espaciosa. El personal, excelente. Incluso Mariano,
uno de los empleados, cocinaba para todos. Nos turnábamos en el comedor para almorzar.

Los primeros días fueron de adaptación. Poco a poco me fui familiarizando con la dinámica. A la semana, el regional me llamó:

—Edgardo, mañana vendrán un arquitecto y el jefe departamental. La sucursal ha sido elegida para mejorar la atención al público. —Perfecto, los espero —respondí, sorprendido. Al llegar, comentaron: —Haremos reformas. Donde hay cuatro cajeros automáticos, habrá once. Se ampliará el frente, y en lugar de cuatro ventanillas de atención, habrá ocho. —¿Cuándo comienzan?

—Este mismo fin de semana. En quince días estará terminado. En el pueblo todo se consultaba. Aquí todo venía decidido. Tendría que adaptarme.

—Edgardo, cuando comiencen las obras, Casa Central asignará diez mil cuentas que se repartirán entre usted y la sucursal de La Matanza. Le corresponderán unas seis mil. —¿Y el personal? No es suficiente… Pensaba: aquí no tengo control de nada. No sé quién entra ni quién sale. Imposible mantener el trato cercano que tenía en el pueblo.

Unos días antes había firmado el traslado de diez personas, más un asistente de cuentas. Se presentarían entre mañana y pasado. Por momentos pensaba: “¿En qué lío me he metido?” Era mucho para gestionar,
controlar y reportar.

Después de las reformas, con el banco ya ampliado, logré organizarme. Fui firme con el personal y con algunos clientes difíciles. Me había transformado, pero me desempeñaba bien. Me gustaba. Había aprendido a manejarlo.

No podía evitar las largas filas para cobrar por ventanilla. Personas desde las siete de la mañana, bajo la lluvia o el frío, esperando afuera. Dar números no bastaba. Me sentía responsable, pero hacía lo que podía.

Un lunes, después de un festivo, el banco estaba colapsado. Filas dentro y fuera. Un verdadero día de caos.

Preferí encerrarme en mi oficina para concentrarme. Ya había rechazado la invitación al almuerzo.

Golpearon la puerta con respeto.

—Adelante.

—Señor gerente, hay una señora con su hija. Quieren hablar con usted. Es por una tarjeta. Llevan una hora esperando.

—Que las atienda Silvia, jefa de cuentas. No puedo en este momento. Media hora después, Silvia se asomó por la puerta:

—Edgardo, insisten. No se irán sin hablar con usted. Son muy respetuosas y humildes.
Gente trabajadora.

—Que pasen.

Entraron dos mujeres de aspecto sencillo. Parecían empleadas domésticas. Tímidas, nerviosas, con escasa instrucción.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarlas?

—Háblale al señor, cuéntale —dijo la madre—. Es mi hija. Tiene algo importante que decirle.

—Disculpe que le quite su tiempo. El problema es mi tarjeta de ahorro. La perdí y quiero saber si me robaron el dinero o si aún está.

—¿Por qué no lo explicó a las empleadas que la atendieron? ¿No compartió su clave?

—Es un asunto delicado

—¿Qué es lo delicado? ¿Quiere saber si tiene dinero en la cuenta? ¿Si le depositaron el subsidio? ¿Cuándo perdió la tarjeta?

—Hace tres meses.

—¿Tres meses? ¿Y recién ahora viene?

—Cuéntale al señor —insistió la madre.

—Me tenían secuestrada. Me amenazaban con matar a mi familia.

Me acomodé en la silla, sorprendido.

—Una amiga me invitó a una fiesta en El Palomar. Fuimos en autobús. La fiesta era de unos amigos suyos. Bailamos. Uno quiso propasarse. Lo frené. Me pidió disculpas y me ofreció una bebida. Acepté.

La chica estaba al borde del llanto. —Seguí, Anahí —la alentó la madre, conteniendo el suyo.

—Me empecé a sentir mareada. No recuerdo más. Desperté en una habitación deteriorada,
entre colchones húmedos. No sabía dónde estaba.

—Vamos, nena, despiértate – tienes trabajo. Me llamo Samanta.

—¿Dónde estoy? —pregunté. Un hombre me agarró del cabello, me arrojó bajo agua fría. Me dio ropa y un trapo para secarme.

Samanta me apretó la cara con fuerza:

—Aquí vas a atender hombres. Sin protestar. Si no, te golpeamos. Y matamos a tu madre. Sabemos dónde vive. ¿Comprendes ?

Me llevaron a otra habitación. Había tres chicas más. Una me dijo: “Estamos en el Chaco. Tu viniste conmigo. Ellas llegaron ayer.”

Yo, pálido, sin saber qué decir, solo podía escuchar. La chica lloraba. La madre la sostenía.

—Nos quitaron los documentos —dijo Isabel, la más alerta.

—Se imagina lo que pasé, señor. Maltrato, abusos. Comíamos mal, dormíamos peor. Lo mejor era el mate cocido con pan caliente que traía el panadero.

La madre lloraba en silencio. Sus ojos tristes, su entereza intacta.

Jamás imaginé semejante drama frente a mí. Estaba perplejo, incómodo, desorientado. Al borde del llanto.

Pensaba en mis hijos. En mi hija, que había empezado la universidad. Veinte años, llena de sueños. Anahí no estaba tan lejos. En su mirada se leía el arrebato de su inocencia.

—¿Cómo escaparon?

—Isabel notó que el panadero hablaba con Samanta. No cerraban la puerta. Era nuestra oportunidad.

Corrimos un kilómetro, escondiéndonos. Un camionero nos llevó hasta Santa Fe. Al contarle lo ocurrido, nos dejó en un convento. Pedimos que no llamaran a la policía. Estuvimos tres días. Comimos, descansamos, nos dieron ropa limpia y dinero para el viaje. Llegamos a Retiro.

—¿Dónde vas ahora?

—A casa de mi primo. Por si me buscan. Quiero saber si mi madre está viva.

Fuimos. Él fue a buscar a mi madre y a Dora, la hermana de Isabel, para asegurarse de que estaban bien.

Las miré. Me levanté. Las abracé. Quería pedirles perdón. Por esta sociedad injusta, donde siempre sufren más los más vulnerables.

—La monja me dijo: “No cuentes a nadie. Habla con quien manda.” Por eso lo esperé con mi madre, llorando.

Ese abrazo nos quebró a los tres. Como niños en el colegio, abrazados, llorando.

Silvia irrumpió, vio la escena, cerró la puerta con delicadeza.
Afuera, el ruido se apagó. Ese día de caos se convirtió en un acto de humanidad.
Como los que viví en el Banco Nación de aquel pueblo. Gracias a eso, pude escuchar y comprender.

—Dame tu número de documento. Al buscarlo en el sistema, ANSES había depositado el subsidio.
Treinta mil pesos acumulados. A punto de vencer.

Silvia, con lágrimas en los ojos, entregó la tarjeta nueva. Nos abrazamos los cuatro.

—¡Dios lo bendiga! —dijo la madre. Anahí no podía hablar. Tampoco yo.

Supe poco después que había regresado con su madre a Formosa, donde vivía toda su familia.

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EL MAR EN OTOÑO

Elspeth Gormley – España

El mar, ese vasto espejo de la naturaleza, cambia su rostro con las estaciones. En otoño, sus aguas se tornan un manto de serenidad, reflejando los tonos dorados y rojizos del cielo al atardecer. Las olas, con su ritmo pausado, parecen susurrar secretos antiguos al viento. Caminamos por la orilla, sintiendo la caricia fresca de la brisa en nuestras mejillas, y nos dejamos llevar por la calma que solo el mar puede brindar.

Pero a medida que el invierno se acerca, el mar se transforma. Se despierta de su letargo otoñal y se muestra en toda su majestuosidad y ferocidad. Las olas se alzan imponentes, recordándonos su poder indomable. Nos detenemos en la orilla, testigos de cómo se desencadenan los elementos, y no podemos evitar sentir una mezcla de asombro y respeto. El corazón se nos encoge al presenciar la furia de esas aguas que, al desatarse, arrasan con todo a su paso.

El mar, nuestra despensa natural, nos provee con su abundancia y belleza. Pero también nos confronta. Nos recuerda que no siempre lo tratamos con el cuidado que merece. Que lo hemos herido, contaminado, olvidado. Y sin embargo, sigue ahí: ofreciendo alimento, horizonte, consuelo.

Es nuestra responsabilidad protegerlo. Porque en sus aguas no solo encontramos sustento, sino también un refugio para el alma. Un lugar donde la memoria se disuelve y la esperanza se renueva.

Así es el mar en otoño e invierno: un ser vivo que respira, que siente, que nos habla con su lenguaje de olas y mareas. Nos invita a contemplar su grandeza y a recordar que, aunque nos dé vida y calma, también puede mostrarnos su lado más indómito y salvaje. ..Y entonces, el mar deja de ser solo paisaje. Se convierte en presencia. En compañía. En confesión.

El mar no responde, pero acompaña. Y en su pausa, la vida se acuerda de sí misma

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QUIERO SER PROFESOR

Antonio Morelos – México

Relato Lirico

El destino no ha existido, tampoco la suerte. Ser profesor has querido, por eso amas lo que fuiste y al pueblo que has servido, tan pobre como tú fuiste.

Para algunos fue prioridad, otros no lo querían. Fue la necesidad la que los obligó aquel día a convertirse en profesionales de la ciencia y la pedagogía.

Muchos padres soñaban que su hijo fuera doctor, arquitecto o abogado, pero nunca profesor. Pensaban que el maestro era un necio bebedor.

—Quiero ser profe de escuela, no te opongas, padre mío. Quiero ver la ignorancia hecha pedazos. Quiero a los niños, quiero darles mi vida en trocitos.

—Déjame ser profesor. Quiero estar en la montaña. No quiero ser doctor ni constructor. Quiero ser mentor de los niños de mi raza.

—Déjame ser profesor. Quiero luchar con mi gente. Quiero sembrar letras en esas mentes que el burgués quiere dominar como siempre.

—No quiero esa carrera para mi hijo consentido. Mejor otra que tenga más dinero, más prestigio, que lo admiren donde sea y que sea bien recibido.

La charla se prolongó, llegó a ser discusión. Aunque el hijo no ganó, se graduó de profesor, dando al padre una lección que sin querer aprendió.

El tiempo pasó y llegaron los días de la graduación. Todos compramos trajes para la ocasión. Algunos eran caros, otros más modestos.

Nos repartieron las plazas y alegres nos presentamos. Con nuestras órdenes dadas, fuimos a los pueblos asignados. Todos con muchas ganas empezamos a trabajar.

El trabajo comenzó con muchas contradicciones. El cacique entendió nuestras buenas intenciones de hacer un pueblo mejor, rompiendo sus presiones.

Cuando el fruto se vio, y mi padre lo supo, me recibió emocionado al terminar aquel junio, cuando regresé del primer año en el surco.

—Qué bueno que has regresado a casa, profesor. Cuéntame lo que ha pasado, mi querido luchador. Estoy impaciente, quiero oírte, mi mentor.

Le conté lo que había hecho, lo que intenté. Le dije que di respeto a quienes me enfrenté, lo que logré para el pueblo y lo que aún pienso hacer.

Dos lágrimas rodaron por el rostro de mi padre. Estaba emocionado, lo vi en su mirada. No habló, solo parpadeaba.

Al fin alzó la mirada y me dijo emocionado: —Quiero verte en la montaña enseñando a los chiquillos. Que cada mañana seas amigo de los pobres.

—Gracias por ser profesor —me dijo mi padre—. Vete al campo sin temor, enfrenta al rico cobarde, destruye al opresor enseñando al que no sabe.

—Gracias por ser profesor —me repitió otra vez—. Si antes fui tu opositor, fue mi soberbia, tal vez. Hoy reconozco mi error y aplaudo tu sensatez.

Se levantó y dijo de nuevo: —Gracias, querido maestro. Quiero luchar contigo, ser parte de tu reto. Sé que has querido no ver más analfabetos.

Lo abracé y le dije: —Padre, gracias por tu comprensión. Los amo a ti y a mi madre. Hoy que soy profesor, seguiré adelante, siempre contra el opresor.

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EL HOMBRE DE LA CLOACA

Walter H. Rotela G. – Uruguay

Una tarde, mientras caminaba por la ciudad, con mi hija pequeña de la mano, vimos a un hombre dentro de una gran fosa.
El hombre parecía un ser pequeño, un minúsculo grano de arena en medio un enorme médano informe. Casi imperceptible, en me

dio del todo. Una pieza visible, sólo gracias a una suerte de gracia celestial, puesto que sobresalía por delante de su rostro, un par de gafas oscuras que no disimulaban su enorme nariz.
Lo miramos por un inacabable minuto para luego olvidarlo para siempre. Sin embargo, en ese instante fue imposible no verlo, pues cual cucaracha salía de la fosa, de una cloaca. Este es un sistema que recibía las heces y orines de un importante edificio de gentes significativas, que trabajaban en sus prestigiosos puestos del buró central.
Casi disculpándose por su presencia allí intentó esgrimir alguna frase o saludo, mas no fue así. Simplemente seguimos, casi, sin mirar atrás. Mi hija, sin embargo, miró una vez más y dijo – casi balbuceando – ¿Quién es él, papi?
-Soy yo, aunque no te des cuenta, soy yo –contesté, sin querer contestar.

  • No, tú estás aquí. No eres tú.
  • Soy yo, en un momento que aún no llega, pero está ahí, en medio del espacio tiempo,
    en un cruce del camino, de las huellas del destino…

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