GUERRA Y PALABRA- MARZO
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“Entre el estruendo y el silencio, la palabra decide.”
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COLABORADORES – GUERRA Y PALABRA
- Alberdi Maren – España
- Fontana Luz – Italia
- Gormley Elspeth – España
- Olay Raquel – Argentina
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SIN NOVEDAD EN EL FRENTE
Alberdi Maren – España
La guerra que devora al hombre desde dentro
En la época del confinamiento, lei un libro que me gustó mucho, fue Sin novedad en el frente, y rebuscando entre os archivos, he encontrado el ensayo que entonces escribí, le he dado unos retoques y aquí lo dejo, os recomiendo que leais el libro.
Cuándo Erich Maria Remarque publicó Sin novedad en el frente en 1929, Europa aún no había terminado de enterrar a sus muertos. La Primera Guerra Mundial había dejado un paisaje físico y moral devastado, y Remarque, que había combatido en el frente occidental, escribió no para glorificar la guerra, sino para despojarla de cualquier ilusión heroica. Su novela es un testimonio brutal y honesto de lo que ocurre cuando un joven es arrancado de su vida y arrojado a una maquinaria que no entiende y que no puede detener.
El protagonista, Paul Bäumer, representa a toda una generación sacrificada. No es un héroe, no es un estratega, no es un patriota exaltado: es un muchacho que quería vivir, estudiar, amar, y que termina convertido en un engranaje más de una guerra absurda. A través de él, Remarque muestra cómo la guerra no solo mata cuerpos, sino que destruye identidades. Los jóvenes que regresan —si regresan— ya no son los mismos. La guerra los ha vaciado por dentro.
Uno de los ejes más poderosos del libro es la deshumanización. Los soldados aprenden a sobrevivir apagando emociones, convirtiéndose en sombras de sí mismos. La camaradería es lo único que los sostiene: los compañeros son la familia improvisada que reemplaza a la que quedó lejos. Pero incluso esa fraternidad está condenada, porque la guerra se encarga de arrebatarla una y otra vez. Cada muerte es una mutilación emocional más.
Remarque también denuncia la distancia entre quienes deciden la guerra y quienes la sufren. Los jóvenes son enviados al frente por discursos patrióticos pronunciados desde despachos seguros. Los maestros, los políticos, los generales hablan de honor; los soldados hablan de hambre, miedo y barro. Esa brecha moral es uno de los elementos más actuales del libro: un siglo después, sigue siendo la misma.
La novela no busca explicar estrategias ni batallas. Su objetivo es otro: mostrar la guerra desde el interior del soldado, desde su respiración entrecortada en la trinchera, desde su desesperación al escuchar los obuses, desde su fragilidad absoluta. Remarque convierte la experiencia bélica en una vivencia íntima, casi física, que el lector siente en la piel.
El título, Sin novedad en el frente, es una ironía devastadora. Significa que no ha ocurrido nada relevante, que todo sigue igual. Pero lo que sigue igual es la muerte cotidiana, la destrucción lenta, la pérdida constante. La “no novedad” es, en realidad, la tragedia repetida.
Hoy, casi cien años después, el libro sigue siendo una advertencia. No solo sobre la guerra, sino sobre la facilidad con la que una sociedad puede sacrificar a sus jóvenes en nombre de ideas abstractas. Remarque nos recuerda que detrás de cada uniforme hay un muchacho que quería vivir. Y que la guerra, cualquier guerra, es siempre una derrota de la humanidad.
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CON LA PALABRA COMO PUENTE
Fontana Luz – Italia
La paz no es un milagro ni un regalo caído del cielo. Es una construcción diaria, frágil y valiosa, que depende de la voluntad humana de elegir el diálogo antes que el ruido de las armas. Cada vez que la guerra estalla en algún rincón del mundo, no solo se destruyen ciudades: se quiebran vidas, sueños, familias, futuros enteros. Y, sin embargo, seguimos repitiendo la misma historia como si no hubiéramos aprendido nada del dolor acumulado por generaciones.
La paz comienza en un gesto sencillo: escuchar. Escuchar al otro, incluso cuando piensa distinto, incluso cuando duele. La guerra nace cuando dejamos de hacerlo. Cuando la ambición, el miedo o el orgullo se imponen sobre la razón, la humanidad retrocede. Ninguna victoria militar compensa el llanto de una madre, la mirada perdida de un niño o el silencio de quienes ya no pueden volver.
No hay bandera, frontera ni ideología que justifique la destrucción de la vida. La tierra que se disputa con violencia termina regada de lágrimas, no de futuro. La verdadera grandeza de un pueblo no se mide por su poderío, sino por su capacidad de convivir, de tender puentes, de elegir la palabra antes que la herida.
Hoy, más que nunca, necesitamos voces que recuerden que la paz no es una utopía: es una responsabilidad. Cada gesto de respeto, cada acto de justicia, cada palabra que evita un conflicto es un ladrillo más en la construcción de un mundo posible. Un mundo donde la vida valga más que la tierra, donde el diálogo valga más que el orgullo, donde la esperanza valga más que la fuerza.
Que quienes tienen el poder de decidir recuerden que la historia no perdona a quienes siembran destrucción, pero honra a quienes eligen proteger la vida. Que la paz no sea un deseo tardío, sino una elección urgente.
Porque la guerra hiere, pero la palabra puede sanar. Y mientras exista alguien dispuesto a pronunciarla con valentía, todavía habrá esperanza.
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DESDE EL PRINCIPIO DE LOS TIEMPOS
Gormley Elspeth – España
Desde que el mundo es mundo, el ser humano ha caminado con una sombra que nunca termina de abandonar: la guerra. Cambian los siglos, cambian los imperios, cambian las banderas… pero la raíz es siempre la misma. Poder. Ambición. El deseo de poseer lo que está al otro lado de la frontera, aunque para alcanzarlo haya que destruirlo todo.
La historia podría contarse como una sucesión de conquistas, batallas y victorias, pero cuando miramos de verdad —cuando dejamos de lado los mapas y observamos los rostros— la piel se eriza. Porque detrás de cada guerra hay ciudades reducidas a polvo, familias rotas, niños que crecen sin futuro, cuerpos que no vuelven, almas que no sanan. La guerra no es un capítulo glorioso: es una herida que nunca termina de cerrarse.
Y sin embargo, seguimos repitiéndola. Como si no hubiéramos aprendido nada. Como si el dolor ajeno no fuera suficiente advertencia.
Frente a esta realidad, quienes escribimos —poetas, narradores, cronistas, soñadores— no tenemos armas ni ejércitos. Pero tenemos algo que, a veces, puede más que la fuerza: la palabra. La palabra que denuncia, que recuerda, que incomoda, que despierta. La palabra que se niega a aceptar la guerra como destino inevitable. La palabra que ilumina lo que otros quieren mantener en sombras.
No podemos detener los tanques, pero podemos impedir el silencio. No podemos frenar las bombas, pero podemos nombrar a quienes las sufren. No podemos cambiar la ambición de los poderosos, pero sí podemos recordarle al mundo que la vida vale más que cualquier territorio.
Quizá no logremos detener una guerra. Quizá no podamos evitar la próxima. Pero cada texto que escribimos, cada poema que nace, cada reflexión que compartimos es un pequeño acto de resistencia. Una forma de decir: esto no es normal, esto no es aceptable, esto no debe repetirse.
La paz no se construye solo en despachos. También se construye en las páginas, en las voces, en los corazones que se niegan a olvidar el sufrimiento que la guerra deja a su paso.
Si algún día la humanidad aprende a vivir sin destruirse, será porque alguien —quizá un escritor, quizá un poeta, quizá un lector silencioso— se atrevió a imaginar un mundo distinto. Y lo escribió. No olvidemos que la sociedad cambiará cuando el amor a la humanidad sea tan grande como el amor al poder.
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CONSTRUCTORES DE PAZ
Olay Raquel – Argentina
PAZ, don precioso que a veces tarde lo valoramos, cuando ha sido quebrantado, se hace difícil restaurarlo. A los dirigentes del mundo se les otorga la autoridad para preservarlo, nunca promover la guerra que destruye y mata, no resuelve los problemas, al contrario, los agrava, y al final todo se pierde; la realidad muestra que nadie gana por la guerra. Es la tragedia más profunda que sufre la humanidad: muerte, mutilación, hambre, peste, destrucción, locura, miseria, orfandad… son sus funestas consecuencias. Es la derrota del diálogo y la unidad.
Cuando la ambición desmedida de los hombres y las naciones pelean en forma irracional por un territorio, valorando más la tierra que la vida de los seres que habitan en ella, se parece más a la crueldad que ejercen las fieras en la selva que al paraíso que prometen al término de la guerra. La máxima aspiración del hombre es alcanzar la felicidad plena, que solo se llega a ella en un ámbito de PAZ, donde la justicia, la equidad, la esperanza, la fraternidad y el amor pueden libremente reinar.
Roguemos a Dios con fervor que ilumine a quienes tienen el poder de decisión de vivir en PAZ o en guerra; de nada servirá el botín conquistado a sangre y fuego si el llanto, el dolor y la muerte son los frutos que cosechan al terminar la contienda. El amor y el odio nacen en el corazón humano; es responsabilidad nuestra a cuál de los dos alimentamos para que crezca con fuerza.
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