LA INGRATITUD – RELATOS – MAYO

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Olivo

Hay raíces que sostienen incluso cuando nadie las honra. Maren Alberdi

COLABORAN

  1. Maren Alberdi – España
  2. Enrique Fredy Díaz Castro – México
  3. Carlos González Saavedra- Argentina
  4. Elspeth Gormley – España
  5. Juan José Izaguirre – España
  6. Nuri Montenegro – Ecuador
  7. Ana Unhold – Argentina

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LA INGRATITUD: ESE VIEJO ANIMAL DOMÉSTICO

Maren Alberdi – España

Hay palabras que una aprende tarde, casi por obligación. La ingratitud, por ejemplo.

No porque no exista —existe desde que el mundo es mundo— sino porque una, durante años, insiste en creer que los gestos tienen memoria, que el cariño deja huella, que la gente recuerda quién le sostuvo la mano cuando el suelo temblaba. Qué ingenuidad tan hermosa y tan inútil.

La ingratitud no llega como un golpe. Llega como un silencio. Como una silla vacía que antes estaba ocupada. Como un mensaje que no se responde. Como una mirada que te atraviesa, como si fueras un mueble que ya no combina.

No hace ruido, pero desordena. No hiere, pero desgasta. No mata, pero afloja algo por dentro.

Y sin embargo —y aquí está el misterio— la ingratitud no dice nada sobre quien la recibe. Dice todo sobre quien la ejerce. Es un espejo que devuelve la pobreza emocional del otro, su incapacidad para sostener vínculos, su torpeza para reconocer lo que le fue dado sin factura.

Una aprende, con los años, a no pedir agradecimientos. A no esperar aplausos. A no reclamar lo que no llega.

Pero también aprende a cerrar puertas con suavidad, sin ruido, sin explicaciones. Porque la ingratitud no merece escándalo: merece distancia.

Y en esa distancia, curiosamente, una recupera algo que había perdido sin darse cuenta: la dignidad de seguir dando, pero ya no a cualquiera. La serenidad de elegir mejor. La libertad de no repetir la misma lección. La lucidez de no quedarse donde no hay retorno.

La ingratitud es un animal doméstico: vive en todas las casas. Pero no todas las casas la alimentan. Yo, al menos, ya no.

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FUEGOS FATUOS — Relato inspirado en el poema de mi autoría
Enrique Fredy Díaz Castro – México

La modernidad había levantado sus muros altos y brillantes, tan llenos de novedades como vacíos de raíces. En medio de ese mundo acelerado, muchos viejos —y no tan viejos— empezaron a notar algo inquietante: los valores que antes sostenían la vida cotidiana parecían desvanecerse como humo.

En otros tiempos, un niño aprendía en casa, casi sin darse cuenta, la ternura, el respeto, la disciplina. Eran enseñanzas sencillas, transmitidas en la mesa, en la calle, en la escuela. Hoy, sin embargo, esas mismas enseñanzas parecían reliquias de un pasado ingenuo, casi una subcultura que algunos miraban con desdén.

La ingratitud se había vuelto un ejemplo doloroso. Hijos que hablaban a sus padres como si fueran estorbos; jóvenes que olvidaban quién los sostuvo cuando no podían sostenerse solos. Y ese olvido dolía, taladraba, dejaba cicatrices invisibles.

Tampoco entre amigos o compañeros asomaba ya el gesto sencillo del agradecimiento. Para muchos, lo material era primero; el afecto, un lujo prescindible. Un “buenos días”, un apretón de manos, una sonrisa franca… parecían imposibles en medio de la prisa y la apatía.

Los mayores se miraban entre sí, desconcertados.

—¿Qué les pasa a estos chamacos? —preguntaban—. ¿En qué fallamos como sociedad?

Mientras tanto, la vida seguía su curso: familias sin modales, hogares sin tiempo, costumbres vacías que se repetían sin alma. La apatía se había convertido en refugio, en excusa, en hábito.

Y, sin embargo, no todo era nuevo. La violencia, por ejemplo, siempre había estado ahí, desde que el ser humano es ser humano. Pero ahora parecía distinta: más inmediata, más gratuita, más normalizada. Se agredía a animales por diversión, se contaminaban ríos sin remordimiento, se encendían conflictos por cualquier cosa.

Para colmo, muchos sentían que las leyes protegían más al agresor que al agredido. —Derechos Humanos —decían algunos—. Pero ¿y los derechos del que solo se defendió?

En medio de ese panorama, una idea volvía una y otra vez, como un eco: quizá habría que retomar los viejos manuales, aquellos que enseñaban respeto, responsabilidad, límites, humanidad. No para volver al pasado, sino para no perder el futuro.

Porque, al final, muchos de estos comportamientos —esta ingratitud, esta apatía, esta violencia sin freno— parecían eso: fuegos fatuos, destellos pasajeros que confundían, que deslumbraban, pero que no podían sostener una vida digna ni una sociedad justa.

Y el relato se cerraba con una certeza sencilla: si queremos un mundo con sustento, habrá que volver a sembrar lo que nunca debimos dejar de cuidar.

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ENFURECIDA

Carlos González Saavedra – Argentina

Después de caminar tranquilamente por la vereda, vi su silueta a lo lejos y su andar cansino, inconfundible.Una furia me invadió, tome un caño de un negocio y corrí a su encuentro, enfurecida.Iba dispuesta a partirle la cabeza. Algo me detuvo, no se que.

Han pasado muchos años esperando este momento, pensé y me dispuse a seguirlo al menos para saber donde iba y ahí esperar la oportunidad.

Se dio cuenta o percibió que lo seguía.

Siempre fue muy sagaz, habia estado un paso delante de todos, y esta vez no era la excepción.

Este sujeto habia tenido a toda mi familia en vilo durante años.

Papa al quedarse sin trabajo, acudió en su ayuda. Con el fin de contar con un préstamo para poder solventar los gastos de la casa hasta que consiguiera un nuevo trabajo.

Hipotecamos la casa familiar con la promesa devolver el dinero en dos años.

José Inverso, no tenía escrúpulos y abusaba de la buena fe y de la ignorancia de la gente de trabajo.

Recién llegado de Italia, papa habia ayudado a su padre a construir una piecita donde viviría en su juventud, mientras terminaba sus estudios.

Ayudo a toda su familia y lo sostuvo en momentos difíciles.

Siempre había un plato de comida para Inverso y familia.

Sin embargo, no tuvo valor alguno, ni consideración, a la hora de rematarnos la casa.

Poco le importo mis hermanos más chicos y mama con dificultades en la columna para desplazarse. Termino en sillas de ruedas.

Jamás entendí tanta ingratitud.

Pensé algún día te encontrare.

Como hija mayor habia tenido que salir a estudiar y limpiar casas.

Por suerte después de tres años, me recibí de enfermera y trabajada en el dispensario y en hospital.

Salía de uno y entraba en otro. Trabajaba quince horas por día. Sin sábados, ni domingos los primeros dos años.

A poco de andar perdí de vista al prestamista y cansada me senté en un macetero.Pense en volver a casa.

Lo vi salir de la farmacia y sigilosamente lo comencé a seguir.Entro en el hospital, no se lo veía bien, pero caminaba derecho.

Poniéndome el delantal, pregunto en la guardia por el.

-Le están tomando la presion, parece que no se siente bien me informan.

Preparo nerviosamente, en el baño, una jeringa, un frasco de potasio, y quedo aguardando que lo acuesten en la camilla de sala de guardia, prácticamente, al lado del baño.

Miraba por el pasillo, si alguien me habia visto. Justo ese día estaba de franco, estaba completamente, fuera de día y horario.

Finalmente viene el medico, toma la presión le da una pastilla y aconseja que descanse, en lo posible que dormite, en media hora volvía y le tomaría nuevamente, haber si habia bajado. Acusaba 24-9.

Espiaba de vez en cuando si el pasillo estaba vacío y alguien lo acompañaba.

Me apoyo sobre la puerta pido al cielo que me ayude con esto y cargo el potasio en la jeringa. Totalmente conmocionada, me tiemblan las manos, pero mi paso firme marca mi rumbo. A no aflojar, ahora que estoy tan cerca. Pienso.

En ese momento miles de fragmentos de recuerdos, perdidos vuelven a mi mente. Recuerdo a papa, vencido con sus ojos escarchados tratando de consolar a mama en su silla de ruedas.

Horas sin sueño, desazón, llantos, angustias, mama y papa entregados a la buena de Dios. Desconsolados al enterarse que habíamos perdido la casa Mis hermanos miraban asombrados con lágrimas en los ojos como el oficial de justicia ordenaba el desalojo, tirando todo en un camión de la municipalidad.

Finalmente el club de barrio nos presto un galpón, allí fuimos.

Yo sin saber que, ni cómo hacer, para sostener a mi familia, la que me habia dado todo.

Salimos adelante con la ayuda de los vecinos que contuvieron a mis hermanos y mis padres, que seguían desvastados.

Recuerdo que Inverso estaba presente.

Conmovida pedí-¡Piedad José!

-¿Para que piden dinero, si no pueden pagar? Me contesto con voz metálica.

Mientras apretaba los dientes de bronca, silenciosamente.

Dije: ¿Porque eres tan ingrato? Mirándolo a los ojos.

Nada, contesto.

Entré decidida a la habitación, dormitaba, tenía la bolsita con suero, inyecto en el suero todo el frasco de potasio.

Salgo raudamente, cuelgo mi delantal en un perchero cualquiera y gano la calle.

Un aire fresco inunda mi rostro, respiro profundamente y exhalo como abandonando tantos años de angustia. Ese día habia cambiado mi vida.

Pude demostrarme a mi misma todo lo que era capaz de hacer por mi familia.

Llego a casa, agotada y contenta mis hijos preguntan

-Estas bien bien mama?

-Siii, nunca estuve mejor

Pasaron dos días y en el diario local, informan del desafortunado desenlace que ha tenido el Sr. José Inverso al internarse en el hospital por un problema de presión.

La autopsia indico que murió por muerte natural.Nada hacia pensar en su deceso.

Sin embargo el fiscal abrió la investigación nuevamente por muerte dudosa.

Motivado por encontrarse un frasco vació de potasio y un par de guantes quirúrgicos

Un testigo afirma haber visto un señor salir raudamente de la habitación en situación sospechosa. El mismo es buscado intensamente de acuerdo a la descripción del testigo.

Al mes, una placa recordatoria en la plaza principal, homenajeando a José Inverso, una persona desinteresada y benefactora del hospital.

Por mi parte seguí con mi tarea de enfermera .Al mes fui nombrada, jefa de enfermería por mi abnegación y asistencia al los enfermos.

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LA INGRATITUD

Elspeth Gormley – España

La ingratitud no llega como un portazo. Llega como un murmullo. Como un “oye, ¿y lo mío para cuándo?” dicho con la boca llena de exigencia y las manos vacías de gratitud.

Yo lo he visto tantas veces que ya podría reconocerla por el olor: esa mezcla de prisa ajena, ego inflado y memoria selectiva.

Publicas a alguien con cariño —con tiempo robado a tu propio descanso, con cuidado, con mimo— y durante un instante crees que ese gesto va a resonar en algún lugar. Pero no. A veces lo único que resuena es la queja.

Que porque no sale mi foto.. Que si el texto debería ser más largo. Que si por qué no salen antes que otros. Que si faltaba esto, que si sobraba aquello. Y, por supuesto, ni rastro de un “gracias”. Ni uno. Ni medio.

La ingratitud es así: no muerde, pero desgasta. No grita, pero invade. No hiere, pero te deja una sombra en la piel.

Y lo peor no es lo que hacen. Es lo que te hacen pensar: que quizá fuiste tú quien dio demasiado, quien abrió demasiado, quien creyó demasiado.

Pero no. La ingratitud no habla de mí. Habla de ellos. De su pobreza emocional, de su incapacidad para sostener un gesto sin convertirlo en deuda, de esa torpeza tan suya para reconocer lo que reciben sin exigir más.

Yo ya no discuto. Ya no explico. Ya no justifico.

He aprendido a cerrar puertas con la misma suavidad con la que antes las abría. A dejar que cada cual se quede con su ruido. A no alimentar animales que no saben convivir.

Porque al final, la ingratitud es eso: gente que recibe más de lo que da, y aun así se permite exigir. Personas que convierten un gesto generoso en una obligación, y un regalo en un derecho adquirido. Y cuando ya no pueden sacar nada más, simplemente te dejan con el eco de su silencio, como si nunca hubieras estado ahí.

Sigo dando —sí—, pero no a cualquiera. Sigo publicando —sí—, pero no para quien confunde generosidad con obligación. Sigo abriendo espacio —sí—, pero solo a quienes saben que un “gracias” no cuesta nada y, sin embargo, lo cambia todo.

La ingratitud se queda fuera. Yo, dentro. Y la puerta, por fin, en paz.

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EL PERRO QUE ESPERABA

Juan José Izaguirre – España

Durante años, él fue su sombra. La seguía por la casa con ese trotecito alegre que solo tienen los perros que aman sin medida. La esperaba junto a la puerta cada tarde, como si el mundo entero cupiera en ese instante en que ella metía la llave en la cerradura. Dormía a sus pies cuando estaba triste, y ladraba a cualquiera que se acercara demasiado cuando ella tenía miedo.

Él no sabía de horarios, ni de cansancio, ni de decepciones humanas. Solo sabía querer.

Ella, en cambio, fue cambiando. Primero llegó el trabajo nuevo, luego la pareja, después la mudanza. Y con cada cambio, el perro fue ocupando menos espacio en su vida. No en la casa —en la vida. Que es donde realmente importa.

El día que hicieron las cajas, él las olió todas, moviendo la cola, creyendo que era un juego. Ella lo miró de reojo, como si le pesara algo que no quería pensar. —No puedo llevarte —murmuró, sin mirarlo a los ojos. Él ladeó la cabeza, como hacen los perros cuando intentan entender lo que no entienden.

Lo dejó en un refugio pequeño, diciendo que “no tenía sitio”. El perro, sin comprender, se quedó sentado frente a la puerta por la que ella había salido. No lloró, no ladró, no hizo escándalo. Solo esperó. Porque los perros esperan incluso cuando ya no hay nadie que vuelva.

Los voluntarios del refugio decían que era un perro bueno, noble, de esos que parecen pedir perdón por existir. Comía poco, dormía mucho, y cada vez que alguien abría la puerta, levantaba la cabeza con un brillo que se apagaba en cuanto veía que no era ella.

Pasaron semanas. Pasaron meses. El perro seguía esperando.

Un día, una niña se acercó a él con una galleta en la mano. Él la olió despacio, como si temiera romper algo. La niña lo abrazó sin miedo, y él apoyó la cabeza en su hombro, cansado, rendido, pero todavía capaz de amar.

La adoptaron esa misma tarde.

Y aunque nunca volvió a mirar hacia la puerta del refugio, aunque aprendió a dormir tranquilo y a correr por el jardín como si la vida empezara de nuevo, algo en sus ojos quedó marcado para siempre: esa herida silenciosa que deja la ingratitud de quien fue todo… y decidió no ser nada.

Porque los perros no saben odiar. Pero sí saben recordar.

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RELATO DE LA GRATITUD.

Nuri Montenegro – Ecuador

Ella miró por la ventana: eran las 17:57.
Observó la luna clara y resplandeciente y susurró: “Es luna llena”. Entonces recordó a su amor, aquellas noches en que ambos la contemplaban y el ambiente se llenaba de ternura. Sonrió con nostalgia y sintió gratitud; agradeció
a Dios por haber puesto la luna en cada uno de sus encuentros, como un
puente silencioso entre sus corazones. Comprendió que, en la distancia, la luna
seguía siendo su puerta de unión, el testigo fiel de un amor que no se apaga,
que resiste el tiempo y siempre encuentra la forma de sentirse cerca.

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INGRATITUD

Ana Unhold Argentina

La ingratitud no es olvido: es una elección.
Se expresa en gestos concretos, en el desdén o la indiferencia frente a los esfuerzos ‒ a veces sacrificios ‒ de otros.
A lo largo de la vida todos recibimos actos de generosidad. Algunos responden con
agradecimiento puntual; otros adoptan la ingratitud como una forma de estar en el mundo. Y eso es
más grave.
Soy escritora y artista plástica. He tenido maestros notables, generosos, de esos que dejan huella. Durante años, en Bogotá, me formé con ellos. Tiempo después ,ya en Argentina, una pareja se irritaba cada vez que yo los mencionaba en una presentación o en una inauguración.

No entendía por qué debía agradecer: según él el talento era únicamente mío. Esa escena, repetida, me reveló algo más profundo: la ingratitud puede disfrazarse de afirmación personal. Pero en el fondo es una forma de negación del otro, una traición silenciosa.
Creo que los talentos, son, en parte, préstamos. Los desarrollamos, sí, pero no nacen en el vacío.
No es un problema menor: atraviesa la vida privada y también la pública. La historia está llena de figuras que ampliaron derechos o mejoraron la vida de otros y, sin embargo, recibieron a cambio olvido o desprecio.
Ningún atleta llega solo. Sin embargo, no todos eligen recordar: algunos agradecen y nombran; otros se atribuyen el logro como propio.
En ese gesto mínimo ‒nombrar o borrar‒ hay una ética.

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