LA NIEBLA – RELATOS – FEBRERO

Nota Editorial: Las voces que aquí se escuchan son reflejo de mundos interiores. Cada texto pertenece a su autor, quien lo comparte desde su sensibilidad única. La reproducción debe hacerse con respeto, siempre citando la fuente. Porque la inspiración se expande… pero con respeto, florece.

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Toda historia comienza cuando la niebla decide abrir un umbral.

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COLABORAN

  • Maren Alberdi España
  • Magi Balsells – España
  • Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

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LA NIEBLA

Maren Alberdi – España

Dicen que hubo un tiempo en que un pequeño pueblo pesquero vivía atrapado en una rutina tan espesa como la propia niebla que un día llegó del horizonte. Aunque lo tenían todo -el mar generoso, los huertos fértiles, el bosque vivo, la paz con los pueblos vecinos-, la gente caminaba sin alma, “como ausentes, sin una sonrisa de saludo…”, hasta que la niebla vino a mostrarles lo que no querían ver.

Aquel amanecer, los pescadores vieron cómo una masa gris avanzaba desde la línea donde el mar besa al cielo. No era una bruma ligera, sino un muro vivo que se movía con la lentitud de un gigante cansado. Cuando llegó al pueblo, lo cubrió todo: calles, casas, animales, voces, miradas. La vida quedó suspendida. Los pájaros callaron, los perros se escondieron, los niños dejaron de jugar.

El pueblo entero se convirtió en un mundo sin luz, sin tacto, sin sonido.

Los días pasaban y la niebla no se movía. Era como si una fuerza invisible hubiera apagado la voluntad de todos.

Entonces, los ancianos decidieron acudir a Euri, la bruja buena que vivía junto al bosque. Ella los recibió con una lámpara antigua en la mano, su rostro iluminado por sombras que parecían hablar.

Les dijo que la niebla no era un castigo, sino un espejo. Que la ambición por una felicidad inmediata los había vuelto ciegos a lo que ya tenían. Que la niebla solo les mostraba el vacío que ellos mismos habían creado.

Aquella noche, Euri bajó sola a la playa. Encendió una hoguera con los restos de una barca y, desnuda frente al mar, danzó alrededor del fuego recitando conjuros de perdón y memoria. Cuando cayó rendida, la luna llena iluminó el cielo como si quisiera ayudarla. El mar despertó, las olas rugieron, y la niebla comenzó a retirarse, concentrándose en un bloque blanco que se hundió lentamente en el océano.

Al amanecer, el pueblo despertó a un sol radiante. Los pájaros cantaban, los perros corrían, las casas brillaban. La vida había vuelto. Pero junto a las brasas de la hoguera solo encontraron los harapos de Euri. Su cuerpo ya no estaba. Algunos dicen que se hundió con la niebla. Otros, que subió por un rayo de luna para reunirse con la estrella que siempre la guiaba.

Lo cierto es que, desde aquel día, el pueblo aprendió a mirar. Y nunca más volvió a aburrirse.

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NIEBLAS

Magi Balsells España

Esta niebla que, desde la tierra húmeda, se eleva produciendo en nuestros ojos figuradas formas fantasmales, penetra en nuestro cálido cuerpo y nos hace sentir un frío oculto, provocando en algún momento un leve temblor de ansiedad, dejando un suave rocío sobre nuestra vestimenta.

No solo están las matinales, que con los primeros rayos del sol desaparecen sin mayor importancia, simples caprichos de la naturaleza. También están las nocturnas, esas que siempre nos provocan un cierto temor. En la oscuridad, cuantas más formas espectrales creemos ver, más apresuramos el paso para dejarlas atrás lo antes posible, buscando el calor que ellas nos niegan.

Pero existe otro tipo de niebla, mucho más peligrosa, que ningún rayo de sol logra disipar. Son las nieblas de la mente, con sus múltiples formas y nombres. Cada una, según nuestra idiosincrasia, juega un papel fundamental en el comportamiento humano. A pesar de los medicamentos y de los estudios que continuamente se realizan, no se encuentra una solución definitiva. Algunos dicen que son cuestiones mentales; otros, simples manías. Pero lo cierto es que son ofuscaciones del pensamiento que, a diferencia de la niebla natural que se desvanece con el sol, están tan arraigadas que no existe astro rey capaz de iluminarlas ni borrarlas.

También existen las nieblas del corazón. Estas, muchas veces, nacen de amores truncados, de desgracias vividas o de situaciones afectivas no resueltas. Son más fáciles de sanar, porque el tiempo —ese gran doctor— puede llegar a curarlas, o quizá otro amor logre poner orden en esos sobresaltos del alma.

Procuremos, entonces, que nuestra niebla sea solo la que vemos muchos días, la que se disipa mientras el amanecer avanza. Y de las otras, deseemos que nunca se instalen en nuestras partes más queridas: la mente y el corazón.

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SILUETAS

Carlos Pérez de Villarreal – Argentina

Las ruedas de los patines en línea dejaban tras de sí el sonido áspero del roce con el pavimento. El cuerpo esbelto de la joven mujer se inclinaba en esa pose característica de los patinadores: inclinada hacia adelante, la mano izquierda atrás, apoyada en la cintura, mientras la derecha acompañaba el vaivén de las piernas, en forma acompasada. El movimiento era continuo, tranquilo, sin prisa… pero sin pausa.

María Eugenia se sentía contenta, saludable por fuera y por dentro. Gozaba del momento, en donde todas sus energías psíquicas y físicas estaban puestas en el patinaje. Dueña de una fuerte personalidad e interesada en cuidar su aspecto, daba rienda suelta a sus gustos. Había dejado hacía una hora su consultorio de psicóloga y, aunque tenía una invitación de un pretendiente, decidió salir a practicar su deporte favorito. Soltera, sin hijos, ni ataduras, vivía su vida tal cual lo deseaba, al momento.

Aunque el otoño había comenzado, el sol todavía estaba fuerte. Unas gotas de transpiración corrieron por su mejilla derecha, dejando un pequeño surco sobre la piel cobriza. Su sombra, todavía no muy alargada, estaba detrás de ella, siguiendo el ritmo de sus movimientos. En un momento determinado tomó conciencia de que debía descansar. Miró su cronómetro colocado en la muñeca y comprobó que ya había cumplido el tiempo de ida. Cuando vio el cordón de una isla en el medio de la calzada, se detuvo, se sentó y, sacando su pequeña cantimplora del equipo, bebió lenta y pausadamente. Se sintió satisfecha, un poco cansada por el ejercicio, pero llena de vitalidad.

Vio su sombra proyectarse delante y, en un gesto de broma, la saludó con la mano. Por supuesto, recibió el mismo cumplido. Guardó la botella en su pequeño arsenal, se levantó y comenzó de nuevo a balancearse con ritmo al compás de los patines, rumbo a su departamento, ya de regreso. La sombra ahora se encontraba al frente. Distinguió su casco, su figura, el torso, los brazos y las piernas balanceándose al ritmo de la marcha.

De repente… una duda germinó en su mente. Cuando había saludado a la sombra en el momento en que estaba sentada, recordaba haber movido su mano derecha, ¿Le había contestado igual o había movido la otra mano? Pensó y repasó en su memoria todos los movimientos realizados. Su intelecto estaba acostumbrado a analizar críticamente los actos de las personas. Puso en práctica su adiestramiento. Conclusión: algo aterrador. Estaba plenamente segura de que la sombra había contestado con la mano izquierda. ¡No podía ser! ¡Era una locura! ¡Qué estaba pasando!

Fijó su vista adelante y movió su mano derecha. El saludo vino… con la mano izquierda. Atónita, paró de golpe aplicando los frenos traseros con desesperación. Quedó clavada al piso, totalmente desconcertada.

Una niebla espesa comenzó a cubrir el espacio que la rodeaba. Algo inquietante, malévolo se expandió y la cubrió por completo. Poco a poco, la bruma fue desvaneciéndose, hasta que al fin se disipó. En el pavimento solo quedó reflejada una oscura silueta.

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